Primera mision






PRIMERA MISION
1
—¡Cuidado!
—¡...!
Siguiendo ese grito agudo y apremiante, rodeé instintivamente su delgada cintura con mi brazo para protegerla, lanzándome a través de aquella tormenta mortal.
En ese instante, al sentir el filo de las estocadas rozar mi cuello y mis hombros, los vellos de mi inexperto cuerpo se erizaron, dándome cuenta de que acababa de escapar de una muerte segura por un solo cabello. Un segundo de retraso y alguna de mis extremidades, o quizás mi propia cabeza, habrían salido volando.
—... Buena decisión. No parece que haya sido por pura suerte, ¿verdad?
Mientras yo intentaba recuperar el aliento, el oponente que había desatado esa tempestad de acero incrementó su vigilancia. Por la sensación del ataque, parecía estar seguro de que su espada no había dado en el blanco. Por lo mismo, ahora nos evaluaba como una amenaza que no debía subestimar.
—Lo sabía, es un oponente difícil —dijo la chica que había caído al suelo conmigo, como si leyera mis pensamientos.
Era una joven de llamativo cabello pelirrojo y hermosos ojos azules. Su voz no temblaba, pero por la seriedad de su perfil era evidente que no le sobraba la calma. No podía ignorar aquello. ¿Por qué? Porque proteger a los ciudadanos, a los débiles que son oprimidos por los fuertes, es el deber de un caballero.
—Gracias por lo de hace un momento. Te lo agradezco.
—... ¿Qué piensas hacer?
—Por supuesto, me encantaría decir que lo enfrentaré de frente y con toda dignidad... pero me temo que no es el caso.
Postrado así en el suelo, mis palabras no resultaban muy convincentes por más que intentara sonar firme ante ella. En realidad, mi "yo" actual no tiene la fuerza suficiente para cumplir mis ideales. Por muy nobles que sean las intenciones, si uno no tiene el poder para respaldarlas, no son más que deseos lanzados al cielo estrellado.
Por eso...
—Usaré el ingenio para desafiarlo. Te pido disculpas de nuevo por obligarte a pasar por esto.
—No me importa en lo absoluto. Parece que estamos en el mismo barco. Ah, pero una cosa...
—¿...? ¿Qué sucede?
Solté mi agarre y, mientras ambos seguíamos pecho a tierra sobre el suelo sucio, cruzamos miradas. El hermoso rostro de la joven, a escasos centímetros del mío, mostró una sonrisa ligeramente traviesa.
—Creo que esa forma de hablar te queda mucho mejor.
—... Es un verdadero honor escucharlo.
Me tomó por sorpresa un momento, pero mi respuesta brotó con total sinceridad, lejos de cualquier cortesía vacía. Si ella decía que mi actitud era la adecuada, entonces quizá mi lamentable situación actual no era tan patética. Con ese pensamiento, llevé mi mano a la empuñadura de la espada que colgaba de mi cintura.
Cerré los ojos, regulé mi respiración y repasé en un breve instante el camino que había recorrido y todo lo que había construido hasta ahora. Entonces, abrí los ojos y me puse en pie.
—Andando... mis flores en ciernes.
En respuesta a mi llamado, sentí cómo seis luces de colores tenues me prestaban su fuerza. Protegiendo a la chica pelirroja, me dispuse a enfrentar mi primera batalla a vida o muerte.
Aquello fue el clímax de una batalla inolvidable de la época en que Julius Juukulius, quien algún día sería llamado "el más Excelente", todavía era un joven inexperto.
2
──El Reino de Lugunica, la nación de los dragones, es el país de los caballeros.
Aunque era una expresión un tanto exagerada, Julius Juukulius consideraba que no estaba muy lejos de la realidad.
Por supuesto, en la cima del Reino de Lugunica se encontraba el Rey, seguido por los miembros de la familia real. Y como objeto de máxima veneración, también estaba la existencia del "Dragón", con quien el reino mantenía un antiguo pacto de amistad.
Siendo así, ¿por qué alguien se atrevería a ignorar a tan excelsas figuras y jactarse de que este era el país de los caballeros?
La razón era simple: a diferencia de esos seres sagrados que eran especiales por nacimiento, un caballero era alguien que, partiendo de una existencia común, lograba alcanzar ese estatus a través del entrenamiento, el perfeccionamiento de su técnica y la nobleza de sus ideales. Julius creía firmemente que aquello en lo que uno decide convertirse por voluntad propia es lo que despierta la verdadera admiración.
Por eso...
—... Julius Juukulius, ¿correcto?
Al ser llamado por esa voz grave y solemne, Julius enderezó la espalda con determinación.
Vestía el honorable uniforme de la Orden de Caballeros del Reino de Lugunica. Aunque cada mañana se aseguraba de revisar su reflejo en el espejo —luciendo la prenda blanca con su capa azul—, todavía no podía sacudirse la sensación de que el uniforme le quedaba grande.
Sin embargo, pensaba que la alegría de portar estas vestiduras no se desvanecería, incluso cuando su imagen en el espejo terminara por volverse algo cotidiano.
Ese era el sincero sentimiento de Julius, quien a la temprana edad de dieciséis años ya formaba parte de la Orden de Caballeros del Reino.
—Acabas de unirte, pero he oído que eres una joven promesa. Dicen que te sobra ambición.
Frente a Julius, sentado en una silla que parecía quedarle pequeña, un hombre de gran envergadura hojeaba unos documentos sobre su escritorio mientras le dirigía una mirada imponente.
A pesar de que Julius tenía la estatura promedio de un hombre adulto, este individuo era considerablemente más robusto; su cuerpo estaba cubierto por una armadura de músculos sólidos que le daban un aire puramente marcial. Su sola presencia emanaba un aura de autoridad abrumadora, lo cual no era de extrañar.
Después de todo, la persona que tenía delante era...
—Me honra su evaluación, aunque me parece excesiva. Capitán Marcos Gildark.
Dicho esto, Julius hizo una profunda reverencia ante la imponente figura de Marcos Gildark, el comandante de los Caballeros de la Guardia Real de Lugunica.
Julius intentó que ese gesto transmitiera tanto su ligero nerviosismo como un respeto genuino. No obstante, Marcos frunció el ceño profundamente ante las palabras del joven caballero.
—... Ya veo. Tal como decían, tienes mucha clase.
—¿Capitán?
—No me hagas caso, hablaba conmigo mismo. Además, eso de "Capitán"... bueno, supongo que no queda de otra. Cielos, me va a costar acostumbrarme a esto.
Ante la mirada confusa de Julius, Marcos se frotó el entrecejo con los dedos como si intentara deshacer sus arrugas.
Julius no alcanzó a comprender el sentido de lo primero que dijo el capitán, pero pudo intuir la intención detrás de su queja final. Se refería a su reciente ascenso al cargo de Capitán de la Orden.
Marcos, conocido por su inmensa fuerza y sus numerosos logros, había sido nombrado capitán de la prestigiosa Guardia Real casi al mismo tiempo que Julius había sido admitido en la orden, hace apenas un mes.
En cierto sentido, al igual que Julius era un novato como caballero, Marcos también era un novato en su puesto de capitán.
Por esa razón, el aire en la oficina del capitán todavía no terminaba de impregnarse por completo con la esencia y el carácter de Marcos.
—Si me permite el atrevimiento, a pesar de mi inexperiencia, diría que el Capitán Marcos ya posee la dignidad necesaria para liderar la orden.
—¿Eso es tu forma de decir que tengo cara de viejo?
—N-no, en absoluto, no era mi intención...
—Olvídalo, es una broma. Aunque supongo que no es fácil para un subordinado ignorar un comentario de su superior.
—Le agradezco su comprensión.
—Bueno, yo... mejor dicho, "yo" también tuve mi época de novato, igual que tú y los demás. Una época en la que vivía aterrorizado por un superior increíblemente hábil.
Julius guardó silencio mientras observaba a Marcos encoger sus hombros, que eran tan anchos como la cabeza de un niño.
Por el tono de la conversación, sospechaba que esas últimas palabras no eran una broma, aunque la idea en sí misma resultara difícil de creer.
A pesar de su apariencia, Julius se jactaba de conocer la Orden de Caballeros mejor que la mayoría. Por supuesto, sabía de Marcos mucho antes de que fuera capitán;
conocía sus hazañas desde hacía diez años, cuando empezó a destacar como caballero. Los rumores sobre sus logros eran tan asombrosos y vívidos que parecían sacados de un libro de leyendas antiguas. Para Julius, él era uno de los modelos de caballero a los que aspiraba.
Que un hombre así tuviera un superior al que temer era una anécdota increíble. Por supuesto, lo más probable era que solo fuera una broma para relajar su tensión, pero...
—Si me permite la pregunta, ¿acaso ese superior no era el "Demonio de la Espada", el señor Wilhelm van Astrea?
—... Me sorprendes. ¿Cómo lo supiste?
—No estaba seguro. Pero considerando el tiempo que el Capitán Marcos lleva en la orden, si existe alguien cuya leyenda sea comparable a la suya, las opciones se reducen naturalmente.
Ante un Marcos que arqueaba las cejas con asombro, Julius asintió para sus adentros confirmando sus sospechas.
Wilhelm van Astrea, el "Demonio de la Espada", era un maestro de la esgrima cuyo nombre brillaba con luz propia en la historia de Lugunica, y había servido como capitán de la orden dos generaciones antes que Marcos. Aunque hacía tiempo que se había retirado de la orden, seguía siendo un héroe cuyas hazañas no se desvanecían con el tiempo.
Ese Wilhelm era también uno de los caballeros que despertaba la admiración de Julius.
—Es un atrevimiento de mi parte, pero me llena de satisfacción tener la oportunidad de hablar con usted y, además, poder conversar sobre el señor Wilhelm, uno de sus predecesores.
—A mí lo que me da miedo es que un novato recién llegado esté tan bien informado sobre la orden. Originalmente, la familia Juukulius es un linaje de caballeros, ¿has oído estas historias de tu padre, el señor Alviero?
—No, mi hermano menor es quien conoce estos detalles a la perfección. Se alegró por mi ingreso a la orden incluso más que yo mismo; es un hermano en quien puedo confiar plenamente.
—Ya veo. Entonces, esperaré con ansias el día en que tu hermano también se una a nosotros.
Ante las palabras de Marcos, Julius respondió con una sonrisa teñida de una ligera melancolía.
Sentía lástima por decepcionar a Marcos, quien lo decía con la mejor de las intenciones, pero las posibilidades de que su hermano Joshua se uniera a la orden eran inciertas. Joshua nació con una salud muy frágil y, aunque ahora estaba más estable que antes, todavía sufría de fiebres repentinas que lo obligaban a guardar cama.
Julius se recordaba a sí mismo que debía esforzarse el doble como caballero, también por su hermano.
Y siguiendo ese recordatorio personal...
—Bueno, nos hemos desviado un poco del tema principal.
El tono de voz de Marcos cambió justo en el momento en que Julius pensaba lo mismo.
Julius recuperó la tensión inicial y compuso su expresión.
Como se mencionó antes, Julius era un novato que apenas llevaba un mes en la orden. La capa azul que vestía indicaba que pertenecía al Segundo Ejército, por lo que su relación con Marcos —el capitán de la Guardia Real, la élite de la élite— era prácticamente inexistente a pesar de estar en la misma organización.
Si Julius había sido llamado específicamente, debía haber una razón.
Y esa era...
—Según los registros, no eres el hijo biológico de Alviero Juukulius, sino su hijo adoptivo... Antes de ser acogido por tu familia actual, te criaste como un plebeyo. ¿Es correcto?
—... Sí. Si lo ha visto en los registros, no hay duda alguna.
—Hum.
—Sin embargo, aunque sea adoptado, mi padre, Alviero Juukulius, me dio todo lo que necesitaba. Puedo responder con orgullo que soy un miembro de la familia Juukulius.
—No te adelantes. No he sacado a relucir tu origen para cuestionar si eres digno de la orden o algo por el estilo. Ya te lo dije: eres una joven promesa.
Reprendido por Marcos, quien levantó una mano para calmarlo, Julius se sintió avergonzado por su propia impaciencia.
Hablar de más era una señal de inseguridad y falta de confianza. Debía ser consciente de que ese comportamiento no solo lo rebajaba a él, sino también a su padre, a su hermano y a la casa Juukulius que lo había recibido.
Mientras Julius reflexionaba sobre esto, Marcos soltó un bufido por la nariz.
—Tener espíritu competitivo es bueno. Pero si sientes algo especial respecto a tu origen, me gustaría que lo aproveches al máximo.
—... ¿Mi origen? Lo lamento, pero no entiendo a qué se refiere.
—Está bien. Dejémonos de rodeos. —Marcos golpeó el escritorio con fuerza y ordenó—: Adelante.
Ante la señal, la puerta detrás de Julius se abrió. Un hombre de edad avanzada, vestido con el uniforme de caballero, entró lentamente en la oficina.
Marcos señaló a Julius con la barbilla mientras recibía al recién llegado.
—Señor Bikram, lamento haberlo hecho esperar. Aquí tiene al talento que buscaba: Julius Juukulius.
—Hum...
Tras la presentación de Marcos, el viejo caballero recorrió a Julius con la mirada de arriba abajo. Después de observarlo meticulosamente durante un rato, el viejo caballero habló:
—Capitán, ¿no le parece que este muchacho es demasiado refinado? ¿De verdad estará bien este jovenzuelo?
—Honestamente, es una incógnita. Pero de todos los candidatos, es el que mejor encaja con las condiciones solicitadas. Julius, él es...
—¿Es usted el señor Bikram Edditz, si no me equivoco?
—...
Marcos y el viejo caballero abrieron los ojos de par en par ante la pregunta de Julius, quien se había inclinado hacia adelante con entusiasmo. Ante la reacción de ambos, Julius se llevó una mano al pecho y continuó:
—Si hablamos del señor Bikram Edditz, se trata del jefe de la casa Edditz, una familia que ha producido caballeros durante generaciones, y es el "Caballero de Plata", poseedor del récord de permanencia más largo en la actual Orden de Caballeros. Comandó la subyugación de la "Brigada del Alba" que tenía su base en las llanuras de Costuul, y se dice que ostenta el récord de la presa más grande cazada en el festival de caza organizado por su alteza el primer príncipe Zabinel en la Meseta de Hyclara...
—¡Oye... oye, Marcos! Este jovenzuelo... ¿qué demonios le pasa? ¡¿Qué es esto?!
—Parece que es así. Y por favor, recuerda que técnicamente soy el Capitán.
El viejo caballero, Bikram Edditz, frunció el ceño ante el desbordante entusiasmo de Julius. Por su parte, Marcos dirigió una mirada a Julius mientras soltaba un suspiro exagerado.
—Parece que no necesita presentación, pero como habrás deducido, es el señor Bikram. En esta ocasión, estarás bajo su mando.
—¿Bajo el mando del señor Bikram? Es un honor.
—Este jovenzuelo me saca de quicio...
Julius se cuadró frente a Bikram, quien se acariciaba el bigote canoso.
Poder participar en una misión junto a un gran veterano que había servido al reino durante tantos años era una oportunidad privilegiada que no se presentaba a menudo.
Sin importar cuál fuera la tarea, Julius henchía el pecho con determinación.
—Entonces, ¿cuál es nuestra misión?
—... La erradicación del "Hexcel".
Al escuchar la respuesta de Bikram, Julius contuvo el aliento.
La voz amarga de Bikram rebosaba de un evidente desprecio y hostilidad. No era para menos. El "Hexcel" del que hablaba era...
—Es una droga prohibida que circula principalmente por los barrios bajos de la capital. Quiero erradicar su distribución de raíz.
Una plaga química que, de ser ignorada, podría corroer todo el Reino de Lugunica y llevar a la nación a la ruina.
Evitar esa catástrofe era la gran misión encomendada a Julius Juukulius, quien no era más que un simple recluta.
3
──El "Hexcel" era una droga prohibida cuyo nombre había empezado a resonar con fuerza en la capital por aquel entonces.
Su materia prima era un fruto conocido como fruto bokko. En condiciones normales, masticar este fruto tiene el efecto de activar el maná en el cuerpo; sin embargo, al extraer y concentrar sus componentes, se obtiene esta droga.
Se decía que, al ingerirla, las "puertas" que sirven de canales para el maná del usuario se excitan violentamente, haciendo que el maná circule por todo el cuerpo con una intensidad incomparable a su estado normal. Dicho estado otorgaba al consumidor una intensa sensación de liberación y omnipotencia, generando una vitalidad tal que no se agotaba incluso tras pasar varios días sin comer ni dormir.
Ciertamente, sus efectos recordaban a los de una medicina milagrosa propia de un cuento de hadas, pero...
—Por desgracia, no existe nada que sea tan conveniente. Esa vitalidad no es más que un préstamo de la propia fuerza vital, y esa sensación de liberación u omnipotencia es un simple espejismo.
Con una expresión de profundo desagrado que no se molestó en ocultar, Bikram describió lo que era el Hexcel.
En realidad, se trataba de una droga prohibida que, al parecer, seguía expandiendo su mercado teniendo como principales clientes a las clases más pobres. Su propagación amenazaba con paralizar la capital y, por extensión, todo el reino, alterando la paz de la nación.
Por esa razón...
—Cueste lo que cueste, erradicaremos el Hexcel que circula por las calles. Esa es nuestra misión.
—Sí, opino lo mismo. Debemos detener la propagación de esta droga a toda costa. Sin embargo...
—¿Qué pasa?
—Comparado con la gravedad de la situación, me temo que nuestro personal es un tanto insuficiente —confesó Julius con total franqueza frente a Bikram, quien mantenía una mirada severa en su rostro surcado por las arrugas.
Había aceptado la orden de Marcos de ponerse bajo el mando de Bikram para la redada contra el Hexcel. No obstante, tras salir del cuartel de la orden siguiendo al veterano, Julius se encontraba ahora sentado en una mesa de un comedor popular en el distrito de los plebeyos.
Había dado por sentado que se reunirían con otros compañeros en aquel lugar, pero no había señales de nadie más.
—Sobre todo, me resulta desconcertante que nos hayamos reunido tras quitarnos el uniforme. Originalmente, este asunto debería ser un problema que la orden entera tendría que movilizarse para sofocar. Lo correcto sería vestir nuestras galas de caballero y proceder con la investigación como un escuadrón. Pero...
—Pero no lo estamos haciendo así. ¿Y por eso crees que hay gato encerrado? Bueno, a grandes rasgos, estás en lo cierto.
—... Entonces, ¿realmente no hay más personal aparte de usted y yo, señor Bikram?
A pesar de ser su propia deducción, Julius abrió los ojos de par en par, incrédulo al recibir la confirmación.
Julius vestía ropa civil: una chaqueta sencilla sobre una camisa con cuello, habiéndose despojado de su honorable uniforme. Frente a él, Bikram también vestía ropas comunes que lo hacían mezclarse perfectamente con el entorno de la ciudad.
Por ese solo hecho, Julius ya sospechaba que había razones que impedían realizar una investigación oficial como caballeros, pero que solo fueran dos personas —y que, dejando de lado al experimentado Bikram, su compañero fuera un Julius que era, en toda regla, un novato inexperto— le parecía ir demasiado lejos.
Ante el asombro de Julius, Bikram sentenció con frialdad: "No te equivoques".
—Es cierto que me he traído a un novato como tú, y no diré ni bajo tortura que nos sobren los recursos, pero tampoco es que vayamos a estar solos nosotros dos.
—Eso... le ruego me disculpe. Entonces, ¿contamos con más refuerzos?
—Sí, los hay... Una persona más.
Bikram desvió la mirada al añadir eso último, lo que hizo que Julius parpadeara confundido una vez más.
Incluso con un refuerzo adicional, serían tres personas; un número que difícilmente podría considerarse alentador. No era difícil imaginar el daño que causaba la propagación del Hexcel, incluso para alguien como Julius que aún no conocía todos los detalles. A pesar de ello, ¿acaso la orden y los altos mandos del reino estaban subestimando la situación?
"No, no puede ser eso".
Negando para sí mismo el pensamiento que empezaba a formarse, Julius sacudió levemente la cabeza.
Aunque esto estaba fuera del alcance de la vista de un simple caballero recién nombrado, era evidente que aquellos con cargos de responsabilidad y puestos clave eran personas sumamente capaces. Los problemas que a Julius se le ocurrían tras escuchar la situación por un momento, seguramente ya habrían sido analizados exhaustivamente por ellos.
En otras palabras, existía una razón para que, aun estando plenamente alerta ante la situación, el número de efectivos fuera tan reducido.
Esa razón era...
—... Si desplegamos personal de manera indiscriminada, corremos el riesgo de ensanchar la misma grieta que nos preocupa. Parece que esa es la opinión de los altos mandos.


—¡...!
Ante esa voz repentina, Julius contuvo el aliento instintivamente.
Estaban en una mesa apartada en el fondo del comedor popular. Apoyando su mano en el respaldo de la silla vacía en la mesa de Julius y Bikram, la dueña de la voz dirigía una sonrisa suave hacia los sorprendidos comensales.
Era una mujer. No era muy alta, de complexión esbelta y vestía ropas masculinas de civil. Tenía el cabello de un color verde oscuro tan intenso que parecía negro según la luz, recogido detrás de la cabeza, con un flequillo largo que cubría uno de sus ojos, dándole un aire un tanto difuso y difícil de definir.
Julius quedó momentáneamente desconcertado por la súbita aparición de la mujer, pero se recompuso de inmediato.
—¿Es usted la tercera aliada de la que hablaba el señor Bikram?
—Así es, no se equivoca. Veo que no se ha inmutado tanto como esperaba. Para nosotros, es un imprevisto muy bienvenido.
—... Llegas tarde, Gatness. No nos hagas esperar tanto.
—Vaya, vaya, nosotros hemos llegado justo a tiempo. El tiempo debe usarse con precisión y prudencia. Esa es la enseñanza del líder de nuestra organización.
Bikram la miró con severidad, pero la mujer, llamada Gatness, respondió con total naturalidad manteniendo su sonrisa. Cuando preguntó "¿Puedo sentarme?", el viejo caballero asintió mientras se tocaba el bigote. Al ocupar el asiento al lado de Bikram, ella volvió a mirar a Julius.
—Lamento no haberme presentado antes. Mi nombre es Helaine Gatness. Como habrá deducido, soy colaboradora del señor Bikram.
—Señorita Helaine, es un placer. Yo soy...
—... Julius Juukulius. El hijo mayor de la casa Juukulius, asignado al Segundo Ejército de la orden hace apenas un mes. Un joven con una reputación creciente por su excelente manejo de la espada y su talento para la magia.
—... Ambas son evaluaciones exageradas. Todavía soy un aprendiz, tanto como caballero como persona.
Al enterarse de que ya lo conocían antes de presentarse, Julius cerró un ojo momentáneamente.
No tenía intención de evaluar a su interlocutora, Helaine, pero parecía que ella ya lo había hecho con él. Además, el hecho de que no fuera descartado de inmediato significaba que...
—¿Puedo asumir que, por ahora, me permitirá escuchar lo que tiene que decir?
—Qué modesto. No me causa una mala impresión. ¿Señor Bikram?
—Ya le he hablado del asunto del Hexcel y de que solo estamos nosotros.
—Entonces, parece que todavía no le ha contado lo más importante.
Helaine soltó un pequeño suspiro de soslayo hacia el rostro amargado de Bikram. En ese momento, el camarero del local trajo las bebidas y dejó sobre la mesa el vaso de leche que Helaine había pedido. Ella le dio un sorbo, humedeciendo sus labios y lengua, y continuó:
—La razón por la que se ha convocado a alguien tan joven y a un grupo tan reducido para este caso es simple y clara: es una medida ante la sospecha de una filtración de información dentro de la propia Orden de Caballeros.
—¡...! ¿Qué quiere decir con eso?
Ante tan inesperado preámbulo, los ojos amarillos de Julius se abrieron de par en par.
—Nuestra organización había detectado los movimientos del Hexcel desde hace tiempo. Naturalmente, solicitamos la intervención de la orden y se movilizaron en varias ocasiones para incautar la droga, pero...
—... Todas las operaciones fallaron. Fue como si supieran de antemano que íbamos a intervenir.
—De antemano... ¿Entonces sospechan que hubo una filtración desde la orden? Si es así, ¿no es una conclusión un tanto precipitada?
—Las conclusiones precipitadas y los malentendidos son errores necios que ocurren con frecuencia. Quizás por eso, en nuestra organización nos enseñan a no aferrarnos a suposiciones sin fundamento.
Helaine entrecerró sus ojos rasgados ante la interrupción de Julius, quien había hablado en defensa del honor de la orden. Atrapado por esa mirada, Julius cerró la boca con prudencia.
Aunque la edad de Helaine era difícil de precisar por su apariencia, era probable que tuviera mucha más experiencia que él en situaciones críticas.
Tras hacerle una leve inclinación de cabeza a un Julius que parecía comprenderlo, Helaine prosiguió:
—Digo esto porque tenemos pruebas. Según la información que hemos rastreado, quienes manejan el Hexcel son una organización clandestina formada por exdelincuentes, pero quien la lidera es Reiner Wahrheit.
—Reiner Wahrheit...
—Escucha, Juukulius. Ese tipo, Wahrheit, es...
—Si mi memoria no me falla, ¿esa persona no fue expulsada de la orden hace unos años? Es más, ¿no fue una baja deshonrosa?
—¡¿Incluso conoces a los que fueron expulsados?! ¡¿Pero qué clase de sujeto eres tú?!
Bikram, que se disponía a explicar quién era el individuo en cuestión pensando que Julius no lo sabría, lo miró como si viera a un bicho raro.
—No me digas que no solo me conoces a mí y a Marcos, sino a cada uno de los caballeros del reino.
—Eso es sobreestimarme. No tengo forma de conocer a quienes no puedo conocer. Sin embargo, una baja deshonrosa es algo que deja una impresión duradera.
—... Aun así, no es algo que pase todos los días. Definitivamente eres un tipo extraño.
Bikram se encogió de hombros ante la respuesta de Julius y se tocó el bigote por pura costumbre. A su lado, Helaine juntó sus manos frente a su rostro.
—Si ya lo conoce, esto será más rápido. Ese ex caballero que recibió la baja deshonrosa, Reiner Wahrheit, es un tipo escurridizo. Al parecer, ya era conocido en la orden por su mala conducta; nunca encajó en ningún escuadrón y fue saltando de una unidad a otra, lo que le dio muchos contactos.
—La lista de gente que ha tenido tratos con Wahrheit es interminable. Por eso, investigar quién está siendo su informante es algo que llevaría demasiado tiempo.
—... Ya entiendo. Por eso me llamaron a mí.
Julius levantó la vista al comprender el papel que se esperaba de él por el hilo de la conversación.
Bajo las miradas de Bikram y Helaine, Julius se llevó una mano al pecho.
—Reiner Wahrheit está involucrado en la distribución del Hexcel. Sin embargo, al ser un ex caballero, conoce bien las caras de la orden. Por lo tanto, yo, que acabo de entrar y cuya cara no es conocida por el enemigo, era el candidato ideal.
—Añadiría que ser alguien excepcional también era un requisito. Aunque no conozcan su rostro, no es un papel que podamos confiar a alguien que carezca de habilidad o ingenio.
—El otro motivo es que conoces, aunque sea un poco, la vida de los plebeyos. A partir de ahora, tendrás que contactar con la organización de Wahrheit e infiltrarte en sus filas.
—Como es de esperar, todos los miembros de la organización son básicamente criminales... Sería muy difícil hacer que alguien que no conoce ese mundo actúe de forma convincente desde cero. Por eso, lo elegimos a usted.
—...
Cerrando los ojos, Julius reflexionó sobre la magnitud de la tarea que se le había encomendado.
Al principio, cuando Marcos lo llamó y mencionó su origen, sintió una ansiedad repentina que lo llevó a dar explicaciones innecesarias; quién diría que precisamente ese origen le brindaría una oportunidad tan valiosa.
—Juukulius, ¿puedes hacerlo?
—... Mis disculpas. No guardaba silencio por miedo. Es solo que no esperaba que las circunstancias se alinearan de esta forma. Se lo agradezco.
—¿Agradecer qué? Eres un tipo raro... Está bien. Si dices que lo harás, llévalo hasta el final. Soy un viejo a punto de jubilarse, pero al menos puedo cubrirle las espaldas a un novato.
—¡A la orden!
Fue una frase sumamente alentadora de su veterano. Al recibir ese apoyo, Julius instintivamente llevó su mano al pecho y le hizo un saludo militar formal a Bikram.
Justo después de hacerlo, recordó que estaban en un comedor popular y que se había quitado el uniforme precisamente para mezclarse con el entorno.
—Vaya, qué novato tan entusiasta. Me da envidia, señor Bikram —comentó Helaine con ironía.
—... Por favor, no me vengas con sarcasmos.
Al ser reprendido por Helaine y Bikram por su descuido, Julius se sumió en una profunda autorreflexión.
4
—¿Puedo preguntar qué posición ocupa exactamente, señorita Helaine?
—Para empezar, mi cuna no es tan distinguida como para que alguien como usted me llame "señorita".
—El valor de una persona no se define enteramente por su origen, ¿sabe?
—De plebeyo a caballero. Esas palabras tienen peso viniendo de alguien con su trayectoria.
Caminábamos entre el gentío de la capital tras haber dejado atrás el comedor popular. Yo seguí la espalda de Helaine mientras soltaba una sonrisa amarga ante su respuesta y me acomodaba el flequillo.
Helaine caminaba delante de mí, pero su vestimenta y peinado habían cambiado drásticamente desde que entramos al local. Había pasado de tener un aire masculino a ser una mujer vestida de civil sin nada que la hiciera destacar. De no haber presenciado el cambio con mis propios ojos, dudo que incluso yo hubiera notado que era la misma persona.
Sin embargo, cuando intenté elogiar su técnica, ella me cortó en seco.
—Simplemente utilicé la habilidad necesaria en el momento necesario. No necesito su validación.
Su actitud no dejaba margen para el diálogo. No estaba seguro de si era su personalidad natural la que mantenía a los demás a raya o si mis palabras le resultaban irritantes, pero era evidente que no le caía especialmente bien. Por desgracia, el señor Bikram, quien podría haber servido de mediador, se había separado de nosotros en el comedor para actuar por su cuenta.
A partir de este punto, Bikram no podía involucrarse, ya que existía una alta probabilidad de que el bando enemigo conociera su rostro.
—Dado que no hay mujeres caballeros, es obvio que no pertenece a la orden. Sin embargo, parece demasiado acostumbrada a este tipo de situaciones como para ser una simple ciudadana colaboradora... ¿Acaso hablo demasiado?
—Si ya se dio cuenta, me doy por satisfecha. No lo regañaré; es natural estar tenso en la primera misión.
—Le agradezco su consideración.
—... Tenemos prohibido mencionar el nombre de nuestra organización. Solo diré que sus sospechas no van por mal camino.
Helaine me dirigió una breve mirada al añadir eso y yo asentí.
No pertenecía a la orden, pero tampoco era ajena a ella. Era evidente que mi comprensión sobre la organización había cambiado radicalmente desde que me convertí en miembro, comparado con mis días de aspirante. Antes de ingresar, se rumoreaba mucho sobre la existencia de escuadrones más allá del Primero al Cuarto y la Guardia Real, pero una vez dentro, uno se da cuenta de que tales rumores no suelen tener cabida.
Sin embargo, al ver el margen de maniobra que tenía alguien como Helaine, la idea de una "orden en las sombras" empezaba a cobrar fuerza en mi mente, aunque todavía la tomaré con pinzas.
—Le sugiero que no alimente una curiosidad imprudente. Deseo que mantengamos una buena relación, señor Julius.
—... Me gustaría creer que eso es una intención sincera y no solo una advertencia cortés.
—Indagar en eso es precisamente lo que llamo curiosidad imprudente. Tenga cuidado. Nuestros ojos y manos están en todas partes, y llegan a cualquier lugar.
Ante el peso de sus palabras, abrí los ojos de par en par y asentí, desistiendo de seguir preguntando. Comprendí que aquello era, a su manera, un consejo honesto de su parte. Sin importar a qué grupo perteneciera, Helaine trabajaba por el bien del reino y estaba colaborando con nosotros. Por ahora, saber eso era suficiente.
Y entonces...
—Es aquí.
Tras caminar un buen rato por las calles, Helaine se detuvo.
Habíamos dejado atrás el distrito plebeyo donde estaba el comedor para adentrarnos en la periferia circular de la capital: una zona donde residen trabajadores de bajos ingresos y gente sumida en una pobreza tal que apenas aseguran el sustento diario. Es lo que llaman los barrios bajos. Me quedé sin aliento al ser guiado frente a un edificio de madera que parecía poco más que una choza destartalada, una zona problemática donde incluso las patrullas de la orden suelen mirar hacia otro lado.
Aquí empezaba el verdadero núcleo de mi papel.
Justo cuando me mentalizaba, un hombre salió de la choza y nos llamó.
—Vaya, Helena.
Quien nos saludaba con la mano era un hombre flaco de aspecto tosco. Tenía una cicatriz en la mejilla y llamó "Helena" a la mujer que me acompañaba. Helaine levantó la mano de la misma forma y respondió:
—¿Qué pasa, Blau? ¿Hoy te toca a ti hacer guardia afuera? Con todos los jóvenes que hay por aquí, parece que te están explotando.
Su voz y su tono cambiaron por completo, volviéndose vulgares y descarados. La atmósfera de Helaine dio un giro de ciento ochenta grados.
Sumado a su ropa y peinado, se mimetizó con el entorno en un instante. Estuve a punto de maravillarme por su perfecta transformación, pero contuve las ganas de aplaudir para mantener la compostura. Después de todo, yo también estaba en el campo de visión de aquel hombre. La batalla ya había comenzado, y no podía permitirme estar en el frente sin mis defensas listas.
Ignorando mi tensión, el tal Blau se rió ante el saludo de Helaine.
—Tú siempre tan ocurrente. En fin... ¿este es el tipo del que hablaste?
—Así es. Me lo recomendó un primo. Es un fichaje que tuvo que huir de su pueblo porque lo buscaba la justicia, así que terminó aquí en la capital. Vamos, preséntate.
—...
Helaine me dio una palmada en la espalda entre risas, empujándome hacia Blau.
Durante el trayecto, ya habíamos acordado mi papel: la identidad que debía asumir para infiltrarme en la organización. Siguiendo los consejos de Helaine, llevaba la ropa de civil de forma descuidada, listo para hacerme pasar por un rufián. Solo quedaba actuar.
Inspiré profundamente, asegurándome de no despertar sospechas, y solté el aire con brusquedad.
—Soy Julias. Helena ya me habló de ustedes. Aunque eso de que vine huyendo a escondidas... me molesta que se crean esos rumores.
—¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que debemos creer entonces?
—La verdadera razón por la que dejé mi tierra... el hecho de que me cargué a cinco de esos soldados engreídos del señor feudal.
—Oh...
Di un paso lento hacia adelante mientras hablaba, acortando la distancia con Blau. Él se quedó sin palabras al verse intimidado por mi mirada fija. Sus ojos, que al principio me evaluaban con desdén, fueron doblegados por mi actitud.
Por la actitud arrogante y violenta de este "Julias" sin modales que yo había creado.
—... Como ves, tiene agallas. Y sabe usar las manos. La espada que lleva en la cintura no es cualquier baratija, ¿verdad? —intervino Helaine.
—Así es. El tipo al que se la quité ya no va a necesitarla nunca más —respondí, zafándome bruscamente de la mano que Helaine había puesto sobre mi hombro.
Mi ropa desaliñada y mi lenguaje rudo contrastaban con la espada de caballero que llevaba al cinto; el arma que "Julias" supuestamente le había arrebatado a un enemigo. La viva imagen de un hombre peligroso.
—P-parece que de verdad tienes pelotas. Está bien, pasa. Si el Jefe te acepta, serás uno de los nuestros.
—"El Jefe", ¿eh? Espero que tenga dos dedos de frente. No tengo tiempo para perderlo con idiotas.
—Cuida esa lengua. Mejor guarda esa arrogancia antes de ver al Jefe. Él no tiene piedad. Además, es muy listo. Después de todo, es un ex caballero.
—... Caballero.
Entrecerré los ojos cuando Blau reveló con tanta naturalidad que su líder era un antiguo caballero. Él pareció interpretar mi silencio como sorpresa ante el título. Relajó un poco sus mejillas tensas, mostró una sonrisa burlona y le hizo un gesto a Helaine.
—Helena, nosotros nos encargamos desde aquí. Si este galán le cae bien al Jefe, te daré tu parte.
—¿Cómo? ¿No me vas a pagar ahora mismo? Eso no fue lo que acordamos.
—¡Cállate! ¿Quieres ir a quejarte con el Jefe en persona? Cruza los dedos para que tu galán sirva para algo.
—¡Maldición...! ¡Julias, más te vale no meter la pata! Mi comida depende de ti, ¡así que asegúrate de pagarme el favor!
La actuación de Helaine, distorsionando su rostro con avaricia y soltando improperios, era digna de una actriz de teatro. Tras esas palabras toscas, percibí su verdadero mensaje: "No falles la misión por el bien del reino". Y tras eso, se marchó.
Observé su espalda alejarse, quedándome solo en territorio enemigo. Sin embargo, no sentía miedo.
Este "Julias" no era un hombre tan blando como para acobardarse ahora y, sobre todo, contaba con las alentadoras palabras de Helaine: "Nuestros ojos y manos llegan a cualquier lugar".
Por lo tanto...
—Bien, veamos entonces a ese "Jefe". Estoy ansioso por conocerlo.
Con una sonrisa beligerante propia de mi personaje, me adentré con paso firme en el corazón del territorio enemigo.
5
──Como se mencionó anteriormente, Reiner Wahrheit era un hombre que había recibido una baja deshonrosa de la Orden de Caballeros.
Quienes se convierten en caballeros se dividen a grandes rasgos en dos grupos: los que lo son por linaje y los que lo son por méritos. En el caso de estos últimos, para atravesar esa puerta tan estrecha, muchos se esfuerzan por actuar como caballeros o incluso intentan ser más ejemplares que aquellos que obtuvieron el título por su cuna.
Por otro lado, entre quienes obtienen el estatus de caballero por pura inercia de su linaje, no es raro encontrar a quienes reciben el rango sin haber consolidado su propia identidad como tales, lo que a menudo genera conflictos con los caballeros que no comparten su origen.
Para unificar a estos individuos de distintos estratos, existe una disciplina estricta. Al seguir las reglas en medio de sus deberes diarios, entrenamientos y arduas jornadas, los caballeros se acercan, tanto en cuerpo como en alma, a la imagen del protector que el reino demanda.
Sin embargo, aunque lo ideal sería que todos pudieran convertirse en caballeros ejemplares por igual, la realidad no es tan sencilla. Algunos no logran adaptarse a esa disciplina o a la carga de trabajo, rompiendo el orden, cayendo en el crimen y manchando el honor de la caballería con sus actos.
Reiner Wahrheit fue uno de los que se desvió del camino y fue expulsado. Su pecado: asesinar al sirviente de un noble que se había entrometido en el plan de escolta mientras protegía a dicho aristócrata.
Originalmente, un crimen de tal magnitud debería haberlo llevado inevitablemente a prisión como un delincuente grave, pero se dice que, gracias a la intercesión del noble involucrado, evitó un castigo severo y su pena se limitó a la despojación de su rango de caballero.
Desde entonces, se unió a una organización clandestina y se involucró en el tráfico de drogas prohibidas, por lo que solo puede decirse que pisoteó la compasión que aquel noble le mostró...
—... ¿Así que tú eres el que quiere unirse a nosotros?
Al decir esto, el hombre del parche en el ojo izquierdo —Reiner Wahrheit— dirigió una mirada inquisitiva y descarada con su único ojo hacia Julius.


Era un hombre de unos treinta y tantos años, con facciones afiladas que recordaban a un ave de rapiña. Por su excelente postura y su porte, uno podía imaginar que en sus días como caballero el uniforme le sentaba a la perfección. No obstante, ahora que había caído en la delincuencia, esas ropas toscas que resaltaban su aire intimidante también le quedaban muy bien.
Su sola aura bastaba para darse cuenta de que no era un tipo común.
—...
Bajo la mirada de aquel ojo único, Julius observó en silencio la situación dentro de la habitación.
Era una sala amplia dentro de la choza; un salón creado a la fuerza derribando los tabiques originales para ganar espacio. A su lado estaba Blau, y frente a él, Reiner. Además de ellos dos, una decena de hombres —probablemente miembros de la organización— habían acudido para verle la cara al nuevo.
Julius escudriñó disimuladamente el rostro de cada uno, cotejándolos con su memoria para ver si alguno le resultaba familiar. No quería ni pensar en la posibilidad de que hubiera otros infiltrados o conocidos de la orden además de Reiner.
Fue en ese momento cuando...
—...!
Al ver a una figura apoyada contra la pared en un rincón, rodeada por los hombres, Julius contuvo el aliento.
No era un rostro conocido; era la primera vez que la veía. Ella tampoco mostró ninguna reacción especial hacia Julius. Aun así, era una joven que llamaba la atención de forma sobrenatural por su llamativo cabello pelirrojo y sus ojos azules que parecían contener el azul del firmamento, rasgos tan vivos que su belleza no se desvanecía a pesar del entorno.
Esas características físicas, demasiado llamativas, oprimieron el pecho de Julius por una razón ajena a la belleza.
Ignorando a Julius, quien no terminaba de comprender el motivo de tal sensación, la joven permanecía allí en silencio, tan quieta que parecía intentar convertirse en un adorno invisible en la pared, algo imposible dado su aspecto.
—He oído que causaste un buen alboroto en tu tierra. ¿De dónde vienes?
—... De un pueblo rural en las montañas de Guineb, al sur. Es un lugar desolado donde solo hay minas secas, pero el señor feudal de esa zona era un tipo gordo y codicioso. Sus subordinados no eran mejores.
—Y mataste a los soldados del señor y te convertiste en un fugitivo, ¿eh? Puedo entender ese sentimiento.
Julius, cuya atención había sido robada por la joven, logró reaccionar a tiempo a las palabras de Reiner. Fue digno de elogio que pudiera relatar el trasfondo preparado para “Julias” sin dejar que su agitación interna se reflejara en su rostro.
La historia de “Julias” preparada por Bikram y Helaine coincidía en ciertos puntos con la razón por la que Reiner fue expulsado. Habían apostado a que eso no causaría una mala impresión.
De hecho, Reiner asintió como si estuviera convencido.
—Ya veo, ya veo. Entonces, debe haber carteles de se busca con tu cara, ¿no? En Guineb y sus alrededores... debe ser imposible vivir ahí, ¿verdad?
Inmediatamente, Reiner presentó la mejor jugada para verificar la identidad de “Julias”. El incidente que supuestamente provocó era grave, por lo que era natural que Reiner pensara así. Julius ya había previsto este movimiento, pero que lo sacara a colación tan pronto le heló la sangre.
También sintió que era una lástima que Reiner no hubiera usado esa perspicacia y capacidad de juicio correctamente como caballero.
—¿Qué pasa? ¿Te comieron la lengua?
—No, si tienes curiosidad, busca todo lo que quieras. A mí también me interesa saber cómo me pusieron en los carteles. Seguro me dibujaron como a un monstruo. Por cierto...
—¿Qué?
—Tal como escuché, lo de ser un ex caballero no es solo palabrería. Me preocupaba que el jefe de la organización fuera un idiota con un solo músculo por cerebro, pero veo que fue una preocupación innecesaria.
Julius se encogió de hombros y esbozó una sonrisa de suficiencia mientras respondía a Reiner.
Independientemente de cómo usara su inteligencia, el elogio a su capacidad era sincero. Al escuchar las palabras de “Julias”, los demás hombres en la sala asintieron como si fuera lo más lógico. Solo la joven pelirroja que había captado su atención antes permaneció sin reacción, pero...
—... Tú, ¿de quién escuchaste eso?
De pronto, el tono de voz de Reiner perdió toda calidez, y un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Julius.
Al mirar, vio que Reiner entrecerraba su único ojo, dejando que una ira peligrosa se filtrara en su mirada mientras lo fulminaba. Desconcertado por el motivo de esa emoción, Julius hizo un gesto con la barbilla.
—De este tipo. En la entrada, habló como si usted fuera un gran jefe y...
—¡En la entrada! Vaya, vaya, Blau. ¿Acaso vas por la calle pregonando mi historial a los cuatro vientos? ¿O es que se lo susurras al oído a cualquiera que entre en este edificio?
—N-no, no era mi intención, Jefe, yo...
—Cállate.
Tras decirle eso a un Blau que temblaba, Reiner sacudió la cabeza lentamente. Luego, señaló a Julius con la mano.
—Tú viniste a vender tus habilidades, ¿verdad? Pues acaba de surgir la oportunidad de demostrar cuánto vales realmente.
—... No me diga que...
—Los charlatanes estúpidos solo rompen nuestra armonía.
—¡¿Qué...?!
Julius entrecerró los ojos ante las crueles palabras de Reiner, mientras Blau soltaba un grito ahogado.
Comprendiendo las intenciones de Reiner, los hombres de alrededor formaron lentamente un círculo en el salón y bloquearon firmemente la puerta de entrada, cerrando cualquier vía de escape.
En el centro del círculo quedaron Julius y Blau.
—¡Jefe! ¡Tenga piedad! ¡Solo le dije eso porque este tipo es un engreído!
—Cielos, no me des más problemas cuando nos falta personal, idiota.
—Ugh... ah...
Las desesperadas excusas de Blau ya no llegaban a oídos de Reiner. Blau, que se había quedado sin palabras, tenía el rostro pálido y cubierto de sudor frío. Miró a Julius con una expresión de agonía. En su mano empuñaba un cuchillo grande; su intención era clara.
—Déjalo. Tú no eres rival para mí.
—¡Cállate! ¡Ya lo oíste! ¡No se trata de querer o no querer! ¡Tú... tú eres un pájaro de mal agüero! ¡Maldita sea!
—...
Ante los gritos de un Blau con los ojos inyectados en sangre, Julius se sintió avergonzado por su falta de previsión.
En esta situación, Blau veía la realidad con más claridad que Julius. Sin importar lo que “Julias” argumentara, no podría hacer cambiar de opinión a Reiner. Entonces, ¿debería revelar su identidad aquí mismo y reducir a todos de una vez? No; si pudiera hacer eso, la Orden no habría recurrido a una investigación encubierta tan indirecta.
Ese método no serviría. No llegaría al origen ni a las rutas de distribución del Hexcel para realizar una redada masiva.
Por eso...
—... Tengo que mantenerme firme aquí a como dé lugar.
Desenvainando la espada que supuestamente “Julias” le había arrebatado a alguien que mató, Julius se enfrentó directamente a Blau.
—¡Uwaaaaaah!
En un instante, Blau se lanzó al ataque blandiendo su cuchillo en un acto de desesperación.
Seguramente no estaba en sus cabales debido a la ira y la ansiedad. Pero incluso teniendo eso en cuenta, era un ataque torpe, totalmente alejado de cualquier refinamiento. Julius simplemente alineó la punta de su espada desenvainada y dijo:
—No pediré perdón.
De un solo golpe desvió el cuchillo del oponente, y con un segundo movimiento, una estocada, atravesó el pecho de Blau.
Fue un golpe despiadado que pareció perforar el corazón en el centro del cuerpo del flaco Blau. Al recibirlo, Blau abrió mucho los ojos, soltó un débil "ah" mientras bajaba la mirada hacia su propio pecho, y se desplomó.
Julius retiró la espada del cuerpo que caía hacia adelante y la enfundó con calma.
Luego, se dio la vuelta.
—Tal como deseaba, creo que he demostrado mi habilidad. ¿Alguna queja?
—Hmph.
Ante la pregunta, Reiner soltó un bufido. Al lado de su rostro, un cuchillo estaba clavado en la pared.
Era el que Julius había hecho saltar de la mano de Blau. Reiner lo sujetó, lo arrancó y se lo entregó a un subordinado que estaba cerca.
—Por ahora, reconozco que eres hábil. Aquí tienes tu primer trabajo: deshazte del cadáver.
—No me explotes tan pronto.
—Demuestra que eres útil. Tú también necesitas un refugio, ¿no, Julius?
Ante el tono provocador de Reiner, Julius suspiró y cargó el cuerpo de Blau sobre sus hombros. Quizás por las palabras de Reiner, nadie a su alrededor se ofreció a ayudarle.
Con una mirada exagerada de desdén hacia ellos, Julius se dirigió hacia la salida del salón. Apartó a los que bloqueaban la puerta con un "quítense" y, tal como se le ordenó, fue a ocuparse de Blau.
... Sin dejar que su rostro reflejara el alivio que sentía porque nadie se hubiera ofrecido a ayudar.
6
—Escucha bien. Quédate quieto hasta que puedas moverte. Si se enteran de que estás vivo, tanto tu vida como la mía correrán peligro. Y no quieres eso, ¿verdad?
—E-eso es... Pero, ¿por qué...?
—No tengo nada personal contra ti. No soy un maníaco que disfruta cortando a cualquiera que se le cruce.
Tras decir esto, Julius le dio la espalda a Blau, quien debería estar muerto, y abandonó las ruinas.
En este distrito de barrios bajos, donde el desarrollo fue abandonado y ahora sirve de refugio para los desamparados, abundan las casas en ruinas que aún conservan su estructura básica. Muchos de estos edificios suelen ser escenarios de actos criminales y, tras las redadas de los caballeros, terminan convirtiéndose en auténticos cascarones vacíos que la gente evita a toda costa.
Este lugar era precisamente uno de esos rincones olvidados: el sitio donde antaño se erigía una iglesia para elevar plegarias al “Dragón Divino”, una ubicación que Bikram le había indicado de antemano para esta misión.
Aunque para la administración de la capital estos sitios eran un dolor de cabeza, unas ruinas donde nadie se atrevía a entrar resultaban de lo más convenientes en situaciones como esta. Especialmente cuando uno desea ocultar de miradas indiscretas a alguien que, técnicamente, debería estar muerto.
—...
Julius no mató a Blau; se limitó a curarlo y ordenarle reposo.
Cuando Reiner le ordenó deshacerse de él, se le heló la sangre y se preparó para el fracaso prematuro de su primera misión, pero logró salir del paso gracias a su técnica y a un poco de ingenio.
—Ia, Kua, gracias.
Al susurrar esto, dos tenues luces emergieron y flotaron alrededor de Julius.
Eran destellos suaves de color rojo y azul, vidas luminosas sin cuerpo físico: los fiables cuasi-espíritus que habían formado un contrato con él y siempre lo acompañaban. Con la ayuda de estos dos seres de fuego y agua, Julius orquestó el desenlace en aquel lugar, montando una farsa para fingir la muerte de Blau.
Por suerte, Reiner no pareció darse cuenta de que Julius era un usuario de artes espirituales, por lo que el truco para mantener a Blau con vida pasó inadvertido.
Aun así, la tensión constante, tanto física como mental, le provocó un cansancio repentino.
—Con esto...
—...¿Habrás conseguido infiltrarte con éxito en la organización?
—¡...!
Antes de que pudiera terminar de expresar su alivio, una voz le susurró al oído pillándolo desprevenido. Julius tensó todo su cuerpo y saltó instintivamente para alejarse. Antes siquiera de aterrizar, ya había desenvainado su espada y puesto en alerta a sus dos cuasi-espíritus, Ia y Kua.
¿Quién, cómo y con qué intención...?
—¡Hasta ahí!
—¿Qué...?
—Siento haberte asustado. Pero espera, por favor. No tengo intenciones hostiles.
Julius, con los talones firmes en el suelo y en posición de combate, abrió los ojos de par en par al ver a la persona que levantaba las manos frente a él.
Allí estaba la chica pelirroja que había visto en la choza de la organización clandestina. Eso significaba que sus acciones habían sido descubiertas por uno de los compañeros de Reiner.
Era evidente que, por encima de todo, Julius ahora tenía la necesidad de silenciarla. Sin embargo...
—...
—¿Crees que podrías escuchar lo que tengo que decir?
La chica preguntó con timidez al ver que Julius no se lanzaba de inmediato a reducirla. Ante su pregunta, Julius asintió, aunque sin abandonar su postura de guardia.
—Habla tú primero. ¿Te envió el Jefe... Reiner, para vigilarme?
—No, nada de eso. Por desgracia, el Jefe no confía tanto en mí. Yo también soy una recién llegada, no muy distinta a ti.
—¿Recién llegada...?
La joven negó con la cabeza ante su duda. Por su constitución esbelta y sus rasgos que aún conservaban cierta infantilidad, Julius calculó que debía de ser dos o tres años menor que él; de la misma edad que su hermano Joshua. Sentir que alguien de esa edad tomaba la decisión de unirse a la organización de Reiner le hizo ser dolorosamente consciente de su propia impotencia.
Pero tras pensarlo un momento, Julius reconsideró.
—Eres nueva y no te lo ordenó el Jefe. Siendo así, ¿cuál es tu objetivo al hablarme a propósito? Si hubieras ido directamente a contarle al Jefe lo que viste sin decirme nada, habría sido mérito más que suficiente, ¿no crees?
—Es cierto. Si tuviera lealtad hacia el Jefe o la organización, lo que dices tendría todo el sentido del mundo.
—Hablas con muchos rodeos. Entonces, ¿dónde reside tu lealtad?
—Mi lealtad está donde debe estar... En el reino y en mi familia.
La chica bajó ligeramente el tono de voz y se llevó una mano al pecho. Al escuchar esa respuesta, Julius confirmó que el presentimiento que había cruzado su mente era correcto.
Esta chica formaba parte de la organización de Reiner, pero no era su aliada. Más bien...
—Ya lo habrás oído, pero mi nombre es Julias. ¿Y el tuyo?
—...Adelheid.
Al preguntarle su nombre, la chica —Adelheid— respondió con sinceridad
Al escucharla, Julius encontró el momento para enfundar su espada. Se dirigió a Ia y Kua, sus valiosos cuasi-espíritus que flotaban inquietos, diciéndoles que todo estaba bien para que cancelaran su manifestación física. Con esto, esperaba transmitirle que había bajado la guardia tanto como espadachín como usuario de artes espirituales.
—Lo de la pelea de antes fue realmente impresionante. Aunque estocaste el centro del pecho de Blau, esquivaste el corazón con una precisión increíble... ¿Tus espíritus cerraron la herida?
Adelheid echó un vistazo hacia el fondo de las ruinas donde se encontraba Blau mientras preguntaba. Julius asintió.
—Hice que el espíritu de fuego cauterizara la herida para detener la hemorragia. Después, usé al espíritu de agua para aplicar artes curativas y salvarle la vida.
—Es asombroso. Al principio ni siquiera yo entendí qué había pasado.
—Eso de “al principio” suena un poco sarcástico. ¿Crees que el Jefe se dio cuenta?
—No creo. La sincronía entre tú y tus espíritus fue así de buena. Además, ocultar tus técnicas de esgrima de caballero para que parecieran un estilo propio fue perfecto.
—¿Incluso eso notaste...?
Aunque Adelheid lo decía con admiración, Julius se sintió algo expuesto al ver que todo el ingenio que había puesto en juego en ese momento fue descubierto. No obstante, era de esperarse considerando la verdadera identidad y afiliación de Adelheid.
—“Nuestros ojos y manos están en todas partes, y llegan a cualquier lugar”, ¿eh?
Era exactamente como Helaine le había advertido. Adelheid era alguien que pertenecía a la misma organización que Helaine, una especie de miembro de una orden de caballeros en las sombras. O quizás, viendo que tanto Helaine como Adelheid estaban involucradas, se trataba de una orden compuesta solo por mujeres.
—Llegados a este punto, supongo que no hay mucho que discutir, pero... Adelheid, ¿cuál es tu objetivo?
—Probablemente el mismo que el tuyo. Detener el “Hexcel”.
—El estupefaciente prohibido y el desmantelamiento de la red que lo distribuye. Para ello, debemos asegurar la captura de Reiner Wahrheit y descubrir quiénes están detrás de él.
Al continuar la frase de esa manera, Adelheid abrió ligeramente sus ojos azules. Ante esa reacción, Julius lamentó no haber mantenido una forma de hablar más acorde al personaje de “Julias”. Sin embargo, no creía que fuera buena idea volver a su forma de hablar anterior en este punto.
—Lo siento. No sé quién podría estar escuchando, así que no puedo abandonar este tono.
—No te disculpes. Es lo mejor. Yo también tendré que cuidarme de no cometer errores. Por cierto, ¿tienes experiencia en este tipo de trabajos de infiltración?
—...A decir verdad, es mi primera vez.
—Ya veo.
Julius asintió ante la tímida y honesta confesión de Adelheid. Podría haber mentido sobre su experiencia para tranquilizarla, pero si ella era cercana a Helaine, sería una mentira que se descubriría pronto. Además, Julius ya estaba fingiendo frente a Reiner y los demás; no quería acumular más falsedades ante una aliada.
—No sé si decirte que te tranquilices ayude de algo, pero para mí también es la primera misión de este tipo.
—Así que es eso... En ese caso...
—Sí. Necesitaremos una colaboración estrecha y constante. Cuento contigo.
Julius le tendió la mano, y por un instante, Adelheid se quedó en silencio. Él se extrañó por su reacción; fue la primera vez que la vio mostrar duda y confusión, una respuesta que parecía más propia de una chica de su edad.
—¿Acaso ha sido una falta de cortesía pedirte un apretón de manos?
—... No, no es eso. Es un problema mío. Gracias.
Adelheid negó lentamente con la cabeza y, finalmente, tomó la mano de Julius. Se estrecharon las manos con firmeza. Julius se preguntó qué la habría hecho dudar, pero respetando sus sentimientos al haber aceptado su petición, decidió no indagar más.
Sea como sea, contar con una aliada con el mismo objetivo era alentador.
—Por cierto, ¿cómo entraste tú en la organización?
—Demostré mis habilidades como ladrona. Robé unas cien carteras y bolsos a la gente de la calle en un momento.
—Eso es un poco...
—Ah... ¡que conste que los devolveré después! Tengo anotado exactamente de quién es cada cosa.
Era una hazaña de una escala considerable, pero el plan de devolución lo era aún más. En cualquier caso, si Adelheid no había tenido que pasar por la misma prueba que “Julias”, se alegraba por ella.
—Parece que no será una misión fácil para ninguno de los dos... Pero, de nuevo, cuento contigo, Adelheid.
—Igualmente. Me tranquiliza que estés aquí, Julias.
Ante las palabras sinceras de Julius, Adelheid respondió con una sonrisa.
Al ser llamado “Julias” mientras ella sonreía, se preguntó fugazmente si su nombre, “Adelheid”, sería también un seudónimo, al igual que el de “Helena” para Helaine.
Tras pensarlo, Julius tomó una decisión: cuando terminaran la misión y ambos regresaran sanos y salvos, se pondría como meta conocer su verdadero nombre.
7
Desmantelar la organización que propagaba el estupefaciente prohibido “Hexcel” por la capital real, extendiendo una amenaza silenciosa por todo el reino.
Ese era el objetivo. Aunque Julius había logrado infiltrarse con éxito, tras enfrentarse cara a cara con el líder, el ex caballero real Reiner Wahrheit —conocido como “El Halcón Tuerto”—, confirmó que él sería su mayor obstáculo.
—Originalmente, ese tipo no venía de una familia de caballeros; era un mercenario que se ganaba la vida con la espada. Su actitud dejaba mucho que desear, pero como era talentoso, llamó la atención de un noble... el conde Easley Oruon. Dicen que el conde le otorgó el rango de caballero y lo recomendó para entrar en la Orden.
Considerando los orígenes de Reiner, aquello había sido un trato preferencial sin precedentes, un giro que debió haber cambiado su vida para siempre. De hecho, Julius había oído que, tras unirse a la Orden, la destreza de Reiner con la espada fue sumamente valorada por sus compañeros.
Sin embargo...
—Reiner nunca encajó con la disciplina de los caballeros. Debido a su mala conducta, fue transferido del primer escuadrón al cuarto, pasando por todos los niveles, hasta que finalmente... durante una misión de escolta para su benefactor, el conde Oruon, tuvo una disputa con uno de los sirvientes del conde y lo asesinó.
Naturalmente, aquello fue un escándalo. Reiner fue expulsado de la Orden de Caballeros, pero gracias a la intercesión del propio conde, logró evitar la prisión.
—El conde seguramente esperaba que aquello le sirviera para enmendar su camino... pero viendo lo que hace ahora, es evidente que pisoteó su benevolencia.
Se desconocía cómo Reiner había llegado a su posición actual tras dejar la Orden, pero solo habían pasado unos pocos años desde su expulsión. Era difícil creer que hubiera algún periodo en el que realmente intentara reformarse o agradecer el gesto del conde Oruon. Al pensar en el noble que, a pesar de haber perdido a un sirviente, siguió creyendo en la redención de Reiner, a Julius se le oprimía el pecho.
Sumergido en esa frustración, Julius notó algo.
—... ¿Pasa algo, Adelheid? Tienes una expresión muy extraña.
—No, no es nada. Solo me sorprende que estés tan bien informado. Conoces muy bien al Jefe... a Reiner Wahrheit.
—Es una misión de infiltración. Es natural que me hayan dado esta información.
En realidad, Julius ya conocía los detalles sobre Reiner antes de recibir el informe, pero no creía que fuera necesario que todos los infiltrados supieran tanto sobre un caballero caído. Aun así, pensaba que conocer los antecedentes mínimos era indispensable para la misión; sin embargo, el rostro desorientado de Adelheid contradecía esa idea.
—... ¿Qué clase de política siguen en tu unidad? Entiendo lo de no dar información innecesaria por si te descubren, pero esto me parece esencial bajo cualquier circunstancia.
—... Lamentablemente, no puedo dar detalles sobre mis circunstancias. Solo diré que la falta es mía por no estar preparada. Te agradezco sinceramente que hayas cubierto mi falta de conocimiento.
Por su forma de defenderse, Julius intuyó que Adelheid no temía por su ignorancia, sino que le preocupaba que él hablara mal de la organización a la que ella pertenecía. Recordó que Helaine, quien probablemente compartía su posición, también evitaba a toda costa mencionar a su unidad o a sus superiores. Esa lealtad absoluta era algo que debía respetar si querían colaborar.
—Entiendo. No insistiré en tus asuntos personales. ¿Te parece bien?
—Sí, te lo agradezco... De verdad, lamento los inconvenientes.
—No dudo de tu palabra. Más importante ahora es hablar del “Hexcel”. Llevas más tiempo infiltrada que yo, ¿hay algo que puedas decirme?
—Aunque digas que llevo más tiempo, apenas ha sido una semana. Ahora mismo mi papel es el de una distribuidora; me dan pequeñas dosis para que las venda en las calles. Son muy cautelosos con sus movimientos.
—¿Eso significa que tienes el producto contigo?
Ante la posibilidad de un avance inesperado, Julius se inclinó hacia adelante. Con un “por supuesto”, Adelheid sacó de entre sus ropas un pequeño envoltorio de papel y lo sostuvo con la punta de los dedos.
Era el “Hexcel”, la terrorífica droga prohibida capaz de alterar la naturaleza humana incluso en dosis minúsculas.
—La división de tareas en la organización es estricta. Los que son buenos peleando se encargan de la seguridad en los talleres, bases y traslados. Los que tienen facilidad de palabra se encargan de vender el producto a los clientes en las calles o locales. Tú eres de los primeros; yo, de los segundos.
—Vendedora, ¿eh? Supongo que es lo que llaman poner a la persona adecuada en el lugar indicado.
Siendo honesto, con la apariencia de Adelheid, no tendría problemas para encontrar clientes. Ya fuera en un local o en plena calle, cualquier persona se detendría ante ella.
—Pero no puedes venderlo de verdad si quieres evitar sospechas. Y dudo que Reiner sea amable con los subordinados que no dan resultados. ¿Cómo lo manejas?
—Simulo que las vendo, pero el dinero lo pongo yo de mis fondos. El “Hexcel” real lo neutralizo y me deshago de él para que no caiga en manos de nadie. ¿Te deja eso más tranquilo?
—Sí. Si puedes neutralizarlo, es la mejor opción.
Aunque la respuesta de Adelheid le alivió, Julius se preguntó cómo se desharía de ello. Quemarlo produciría un humo peligroso, y enterrarlo podría contaminar el suelo. Si la organización de Adelheid y Helaine había encontrado una forma de anular sus efectos, era el escenario ideal.
—Es una cantidad ínfima, pero así reduzco un poco la droga que circula en la ciudad. El problema es que el presupuesto no es infinito. Honestamente, no es un método que pueda mantener por mucho tiempo.
—Es cierto. Es una medida temporal, mejor que nada, pero no una solución. De todos modos, no creo que yo pueda fingir ser “Julias” por mucho tiempo. Prefiero que vayamos a por todas en un ataque rápido y definitivo.
—Coincido en eso, pero... ¿tienes alguna razón específica?
—Reiner Wahrheit es peligroso. Ya viste cómo me ordenó deshacerme de ese subordinado solo por hablar de más; no duda en eliminar a cualquiera que le estorbe. La próxima vez no tendremos tanta suerte.
Que Blau no muriera en aquel lugar fue el resultado de una serie de casualidades afortunadas. Fue una prueba para medir la habilidad del novato “Julias” y su determinación para mancharse las manos. Si Reiner hubiera decidido ejecutar a Blau personalmente, ni siquiera con la ayuda de los cuasi-espíritus Julius habría podido salvarlo. Julius no era tan optimista como para creer que esa suerte se repetiría dos o tres veces más.
—Pienso actuar sin levantar sospechas, pero si me ordenan asesinar a alguien o purgar a un compañero, no podré acatarlo.
Julius sospechaba que, aunque pudiera posponer esas órdenes, tarde o temprano no tendría escapatoria. Quizás, por el bien de la misión, debería ser capaz de ser implacable, pero...
—... Sí, opino lo mismo que tú. Aunque a veces los sacrificios sean inevitables, creo que un caballero debe resistirse a ellos hasta el último aliento.
Ante el apoyo de Adelheid, Julius soltó un suspiro contenido y asintió. Una vez más, agradeció haber encontrado una buena compañera. Esta misión de infiltración prometía desgastar su espíritu, pero sentir que tenía a alguien con quien compartir la carga era su salvación.
—Bien, el plan está decidido. Intentaré influir desde mi posición para forzar un movimiento rápido. Por tu parte...
—Seguiré con la investigación interna. Probablemente me sea más fácil acercarme directamente al suministro.
—Entendido. Pero ten mucho cuidado de que no te descubran; yo haré lo mismo. Ya lo habrás oído, pero estos tipos han eludido las redadas de la Orden muchas veces.
No quiero ni pensarlo, pero debemos actuar bajo la premisa de que hay un informante dentro de los caballeros.
Mientras advertía a Adelheid, el corazón de Julius se llenaba de amargura. Ya era bastante doloroso que un ex caballero como Reiner estuviera involucrado, pero la posibilidad de que alguien activo en la Orden estuviera filtrando información era algo que preferiría no considerar.
—¿Un informante...? ¿La Orden tiene algún sospechoso en la mira?
—No sé qué pensará la Orden, pero yo sospecho de todos por igual. Si no puedo confiar en alguien ciegamente solo por el título de caballero, entonces el rango de Capitán o de “Caballero de Plata” tampoco garantiza nada.
Sin querer, sus verdaderos sentimientos se filtraron en su voz. Julius lamentó su falta de autocontrol, pero Adelheid no pareció molestarse por su inmadurez. En su lugar, sus labios pronunciaron un nombre:
—Sospechar de todos por igual... ¿Incluso de Heinkel Astrea?
—... ¿Qué?
Julius abrió los ojos de par en par al escuchar ese nombre tan inesperado.
—...
Frente a él, Adelheid lo observaba en silencio con una seriedad absoluta en su hermoso rostro.
Aquel nombre, Heinkel Astrea, pertenecía a una familia que cualquier ciudadano del reino conocía; un hombre con una posición especial dentro de la Orden. Incluso dejando de lado su apellido, era alguien famoso por razones no muy gratas. ¿Por qué Adelheid mencionaría a alguien así con tanta preocupación?
—... Ya veo.
De pronto, una comprensión tardía llegó a Julius. Entendió la actitud de Adelheid y el origen de esa extraña sensación que tuvo la primera vez que la vio. Su cabello rojo como el fuego y sus ojos azules como el firmamento... Esos rasgos que definían la belleza de Adelheid eran exactamente iguales a los de los miembros de la casa Astrea.
—...
Hasta donde Julius sabía, la línea principal de los Astrea solo contaba con Heinkel y su hijo mayor, por lo que Adelheid debía pertenecer a una rama lateral de la familia. Siendo así, era fácil adivinar qué era lo que le preocupaba al mencionar a Heinkel.
—No lo conozco personalmente, solo por rumores... pero para ser franco, no es alguien que me inspire simpatía. Lamentablemente, tampoco creo que esté cumpliendo con el deber que le corresponde por su posición.
—... Eso...
—Pero no quiero juzgarlo basándome solo en prejuicios. No sería lo correcto. Eso es lo que pienso.
Adelheid miró a Julius con asombro al oír sus palabras. Al ver que ella experimentaba la misma sorpresa que él había sentido momentos antes, Julius se permitió un pequeño gesto de satisfacción mientras se apartaba el flequillo.
—Mi objetivo es sacar a la luz la verdad. Si esa verdad resulta ser algo inconveniente para ti, no cerraré los ojos. Pero si es lo contrario, tampoco distorsionaré los hechos. Ese es mi principio.
—... Entiendo, Julias.
Adelheid asintió y se llevó una mano al pecho con una leve sonrisa. Le dio las gracias en un susurro casi inaudible, a lo que Julius solo respondió encogiéndose de hombros. No lo había dicho por consolarla, sino porque era lo que sentía.
Sin embargo, verla con esa expresión, como si alguien le hubiera quitado un gran peso de encima, le produjo a Julius una innegable sensación de logro.
8
—Ya veo. Por lo visto, tu primer día fue un auténtico torbellino.
Bikram murmuró aquello mientras se acariciaba con el dedo una de sus mejillas surcadas por las arrugas, tras escuchar el informe de Julius.
Se encontraban en un rincón del distrito de los plebeyos, en una taberna llamada “El Escudo de Plata”, distinta al local donde se habían reunido con Helaine. Era un establecimiento regentado por un caballero retirado y conocido por ser el lugar predilecto de los miembros de la Orden. El hecho de que los hubieran conducido a un reservado en lo más profundo del local hacía que Julius se sintiera aún más tenso.
El viejo caballero, que había escuchado el informe sin interrumpir ni una sola vez, dirigió a Julius una mirada cargada de prudencia y sabiduría.
—Ha sido un comienzo duro para un novato que acaba de entrar, pero ¿cómo te sientes? Si por un casual quieres tirar la toalla, dilo ahora. Buscar un sustituto requiere de ciertos trámites...
—No tengo ningún problema, señor. Gracias por su preocupación. Es cierto que hubo momentos de mucha tensión, pero... más importante que eso, ¿podría solicitar el envío de un sanador desde la clínica?
—¿Qué pasa? ¿Te has herido?
—No, no es por mí, sino por el señor Blau, como mencioné en el informe. Aunque tengo conocimientos de magia curativa, creo que lo mejor sería que lo examinara un profesional.
—... Lo lamento, pero estamos llevando este caso con el mínimo personal posible. A menos que la vida de ese tal Blau corra peligro inminente, la petición queda denegada.
Ante la negativa a una petición que él mismo sabía difícil, Julius se limitó a decir “entiendo” y no insistió. No había urgencia en el estado de Blau, que permanecía oculto en las ruinas. Con reposo, sus heridas sanarían pronto. Por ahora, no valía la pena arriesgar la misión para acelerar su tratamiento.
Ajenos a la resignación de Julius, la voz de Bikram se volvió severa. Con esa misma severidad en la mirada, el viejo caballero se dirigió a la otra persona en la habitación: Helaine.
Ella tampoco había interrumpido el informe de Julius. Bikram soltó un bufido y sentenció:
—No solo enviaste a nuestro chico, sino que ya tenías a alguien de los tuyos infiltrada allí... ¿Qué significa esto? Y encima, que no nos informaras de ello me parece una falta de ética profesional.
—¿Usted cree? Para empezar, fuimos nosotros quienes iniciamos la investigación interna. La Orden de Caballeros subestimó el peligro del “Hexcel” y no empezó a moverse hasta que ya era tarde... No tengo intención de pelear por territorios, pero me parece que le echa mucha cara al asunto.
—Tsk, siempre con respuestas elocuentes. ¡Oye, Juukulius, dile algo tú también!
Bikram chasqueó la lengua y le pasó la pelota a Julius. Sin embargo, este tardó en reaccionar, lo que hizo que Bikram lo llamara con extrañeza.
—¿Juukulius?
—Ah, lo lamento. Es que, cuando el señor Bikram se refirió a mí como “su nuevo chico”, me percaté de que realmente estoy trabajando a las órdenes del mismísimo “Caballero de Plata”, y me invadió la emoción.
—Gatness...
—No me mire a mí. Como bien dice, es su novato —respondió Helaine mientras se encogía de hombros con resignación ante la mueca de Bikram.
—Pido disculpas por no haber avisado de antemano. Sin embargo, nuestra presencia es meramente un seguro... no olviden que nuestra apuesta principal es el trabajo del señor Julius. De hecho, nosotros somos los primeros desconcertados. No esperábamos que ella contactara con Julius por iniciativa propia.
Helaine respondió sin rastro de ironía, pareciendo genuinamente intrigada por la situación.
Julius había informado de todo lo sucedido tras separarse de Helaine frente a la base enemiga; es decir, su encuentro con Adelheid y su acuerdo de cooperación. De haber sido posible, le habría gustado que ella también estuviera presente para pulir los detalles de sus movimientos internos.
—Yo soy un recién llegado y ella tiene una apariencia que llama mucho la atención. Si saliéramos los dos juntos, el riesgo de levantar sospechas sería muy alto. Visto lo ocurrido con el señor Blau, Reiner Wahrheit no duda en purgar a los suyos. Gobierna la organización mediante la fuerza y el terror.
—Tienes razón. Lo más sensato es evitar contactos imprudentes. Por lo visto, esa jovencita es mucho más cooperativa que sus compañeros. ¿Y bien, Gatness? ¿Tienes algún resultado “cooperativo” que ofrecer como nuestra aliada?
—Por desgracia, estamos en un punto muerto. La persona que estábamos usando para investigar los asuntos internos fue asesinada por el señor “Julias”.
En medio del intercambio de sarcasmos entre Bikram y Helaine, esta última depositó sobre la mesa un envoltorio de papel doblado: una dosis de “Hexcel”.
—He recorrido las calles y locales donde se rumorea que hay transacciones, y la forma en que se está extendiendo es realmente alarmante. Pude conseguir esto sin demasiado esfuerzo.
—... Qué tipos tan rápidos. O mejor dicho, somos nosotros los que nos movemos lento.
—Estamos investigando el origen, pero Reiner Wahrheit está resultando ser un hueso duro de roer. No obstante, aunque su base esté en los barrios bajos, no creo que puedan procesar el “Hexcel” abiertamente en esta capital. Engañarnos por completo no es algo realista.
—En ese caso, debemos asumir que Wahrheit no es el cerebro, sino el peón de alguien más.
La voz de Bikram, mientras se atusaba el bigote, denotaba irritación. Según sus deducciones y las de Helaine, el “Hexcel” se fabricaba fuera de la capital y se introducía de contrabando. De ser así, sería difícil para alguien como Reiner, que había perdido su estatus de caballero, disponer de las instalaciones o el terreno oculto para producir la droga. Es decir, era muy probable que alguien con recursos estuviera moviendo los hilos detrás de él.
—Eso significa que nuestro trabajo es cada vez más importante.
—... ¿Es que tu sentido del deber no conoce el miedo?
—Si estuviera solo, quizás me acobardaría. Pero ahora sé que tengo a un gran predecesor guardándome las espaldas.
—Tsk, muchacho insolente.
Bikram volvió a chasquear la lengua, pero su expresión ya no era la de un hombre amargado, a pesar de sus palabras. Golpeó el paquete de “Hexcel” con el dedo y añadió:
—Identificar el origen de la droga y esas cosas son competencia de Gatness. Mientras ellos dan resultados en su área, nosotros debemos hacer lo propio en la nuestra.
—Me honra que comprenda nuestro ámbito de trabajo, ¿pero qué piensa hacer exactamente?
—No planeo nada demasiado complicado. Juukulius, querías un ataque rápido, ¿verdad? Opino lo mismo. Tanto la droga como los traidores de la Orden deben ser erradicados cuanto antes.
Julius contuvo el aliento al ver la sonrisa beligerante de Bikram. La capacidad de ejecución de aquel hombre, apodado el “Caballero de Plata” y el miembro más veterano de la Orden, era legendaria por sus numerosas contribuciones al reino. Ser testigo de ello, y además como su subordinado, era un honor inmenso.
—¿Qué debo hacer? Cumpliré cualquier orden, incluso si me cuesta la vida.
—Esa intensidad tuya me da más miedo que confianza... En fin, aprovecharé ese entusiasmo. Gatness, el negocio de esos tipos no debe ser solo la droga. Tienes información sobre los garitos de apuestas que controlan, ¿verdad?
—La tengo, pero ¿qué planea...? Ah, ya veo por dónde va.
Helaine comprendió de inmediato y Bikram asintió con parsimonia. Entonces, con las manos sobre la mesa, procedió a explicar el plan de ataque.
—Señor Bikram, antes de marcharnos, me gustaría preguntarle algo.
Tras terminar la reunión y despedir a Helaine, que se había marchado rápido para seguir con su trabajo, Julius se dirigió al viejo caballero que aún permanecía en el reservado.
—¿Qué ocurre? ¿Hay algo del plan que no hayas entendido?
Bikram frunció el ceño mientras le daba un sorbo a un cuenco de madera lleno de leche.
No es que no pudiera beber. Bikram era un caballero veterano y, por principio, jamás probaba el alcohol durante una misión para no entorpecer sus facultades. Era una disciplina que había mantenido durante años.
Julius, al observar aquello, negó con la cabeza.
—No tengo dudas sobre el plan. Estoy un poco nervioso por si podré estar a la altura de sus expectativas, pero...
—No te presiones demasiado. Elegiré con cuidado a los hombres que te apoyarán. ¿Y bien? Si no es por inseguridad, ¿de qué se trata?
—... Es sobre el informante dentro de la Orden.
—...
Ante un tema tan delicado, la expresión de Bikram no cambió, pero el aire en la habitación se volvió notablemente más pesado. Como compañeros de la Orden, la existencia de un traidor era algo mucho más cercano y doloroso que el propio “Hexcel”.
—Señor Bikram, ¿tiene algún sospechoso en mente?
—... Al menos sé que ni yo, ni tú, ni Marcos lo somos.
—Es un honor oírlo. Pero eso es una evasiva. Para mí...
—... ¿Es incomprensible?
—... Sí.
Al verse descubierto, Julius bajó los hombros y la mirada. Tal como decía Bikram, Julius no podía entender qué pasaba por la cabeza de alguien que decidía traicionar el código de caballería. Después de haber aspirado a ser caballero, de haber sido reconocido y de pertenecer a la orgullosa Orden...
—No voy a defender a un traidor, pero idealizas demasiado a los caballeros. El caballero ideal, leal, noble y orgulloso... Nadie puede mantener ese nivel las veinticuatro horas del día. Los que terminan haciendo el mal es porque dejaron que la oscuridad se filtrara en esos momentos en los que bajaron la guardia.
—No se puede ser caballero todo el tiempo... Sin embargo, señor Bikram, usted tiene ese cuenco lleno de leche ahora mismo. Esa es la prueba de que usted intenta ser caballero en todo momento.
—Es que simplemente me gusta la leche.
—¡Mentira! ¡Sé perfectamente que el “Caballero de Plata” es un gran bebedor!
—¡Oye, me das miedo, de verdad!
Bikram se quejó ante la intensidad de Julius, quien se había inclinado sobre la mesa para presionarlo. El viejo caballero se atusó el bigote con nerviosismo y añadió:
—... Como te dije antes, Wahrheit estuvo en muchas unidades y conoce a mucha gente. Es difícil identificar al traidor solo por sus conexiones, así que no queda otra que basarse en el carácter y la reputación de cada uno. En ese sentido, hay varios a los que les tengo echado el ojo.
—¿Está Heinkel Astrea entre ellos?
—Cómo sueltas los temas tabú de la Orden así como así...
Bikram puso cara de espanto y dudó antes de responder. Con esa reacción, Julius lo comprendió todo sin necesidad de palabras. Heinkel Astrea era, en efecto, uno de los sospechosos que preocupaban a la Orden. Ahora entendía por qué Adelheid se esforzaba tanto en la misión, más allá de su sentido del deber.
—No le des demasiadas vueltas al asunto del traidor... Aunque sé que es difícil no hacerlo cuando tu seguridad en la infiltración depende de ello.
—No, no creo que mi identidad sea descubierta por el informante. Confío plenamente en usted y en el capitán Marcos. Solo me queda mantenerme alerta.
No diría que no tenía dudas, ni que estas se habían disipado. Pero Julius simplemente depositaría su confianza en quienes debía y cumpliría con su deber.
—Bien, señor Bikram, volveré a mi papel de “Julias”.
—... Sí, adelante. Ya sabes qué hacer.
—Saldré por la parte de atrás y daré un rodeo por la calle principal. Lo tengo claro.
Mientras caminaba, Julius haría la transición de sí mismo a su alias. Ser visto entrando o saliendo de “El Escudo de Plata” sería fatal.
Con ese último intercambio, Julius salió del reservado para regresar a los barrios bajos... para volver a su misión.
—...
Bikram, solo en la habitación, esperó a que la puerta se cerrara tras la espalda de Julius y luego dio un sorbo a su leche para humedecerse la lengua.
—Ciertamente, Heinkel es un idiota rematado, pero no es tan estúpido... Ambos lo sabemos muy bien, ¿verdad, Marcos? —murmuró Bikram con una voz tan tenue que apenas era un susurro quebrado.
9
—La mejora de la importancia de “Julias” dentro de la organización.
Esa era la prioridad absoluta tras decidir que la misión debía resolverse mediante un ataque rápido.
Aunque Julius se había ganado el respeto de los presentes en su primera “prueba de fuego”, necesitaba acumular una confianza mucho mayor para que le asignaran tareas de verdadera relevancia.
Y el plan que Bikram había preparado en la reunión era, precisamente, para lograr ese objetivo.
—En serio, el Capitán de los Caballeros era un tipo de lo más aterrador.
—Ya lo creo. De un solo revés mandó a volar a Rob y a Hont como si nada... ¡Y eso que esos dos son como un par de armarios! En serio, salieron disparados como si fueran de papel. ¡Pum!
Unos hombres vestidos con ropas toscas hablaban atropelladamente, gesticulando con exageración. En su tono de voz se mezclaba la ira y la frustración con una dosis casi igual de admiración.
A pesar de haber sido derrotados por completo, ¿por qué reaccionaban así?
La razón era simple...
—Estuvimos a nada de que nos atraparan. ¡Si no hubiera sido por Julias...!
Mientras decía esto, el hombre que había alzado la voz le dio una palmada en el hombro a Julius, quien formaba parte del círculo. Al sentir que todas las miradas se centraban en él, Julius se encogió de hombros con una expresión de arrogancia fingida.
—Déjenlo ya. Al final no pude cortarlo. Fue mi derrota.
—¡No digas tonterías! Si no fuera por ti, todos los que estábamos en el garito habríamos acabado entre rejas. Al contrario, después de haber dejado escapar a tantos de nosotros, los caballeros deben tener la moral por los suelos.
—No, ese Capitán todavía tenía fuerzas de sobra. Digan lo que digan, el garito quedó destrozado. Él nos superaba por mucho... Hay que saber aceptar la derrota cuando ocurre.
—O-oigan... no sé por qué insistes tanto en que perdiste...
Ante la respuesta de Julius, quien negaba con la cabeza, los hombres se miraron entre sí, confundidos. Julius se recriminó internamente por haber actuado de forma demasiado humilde para alguien como “Julias”.
Sin embargo, le resultaba difícil. Incluso actuando, no podía evitar sentir orgullo por la fuerza de Marcos, y le costaba fingir que lo había “vencido”.
En ese momento, unos diez hombres, incluido “Julias”, estaban de vuelta en la base explicando a los demás lo ocurrido en el local de apuestas.
Aunque la mayor fuente de ingresos de la organización de Reiner era el tráfico de “Hexcel”, también gestionaban garitos de apuestas y préstamos ilegales. Por eso, tras demostrar su habilidad con la espada, “Julias” había sido asignado a ese tipo de trabajos de fuerza.
Y hoy, mientras “Julias” estaba de guardia, la Orden de Caballeros realizó una redada. Una letal, liderada por el mismísimo Capitán Marcos Gildark.
Marcos, conocido en todo el Reino de Lugunica como “La Roca”, había reducido el local a escombros con su fuerza abrumadora. Por supuesto, todo estaba pactado de antemano, pero para que la farsa no fuera descubierta, el choque de espadas entre “Julias” y Marcos había sido bastante real. Naturalmente, la diferencia de poder era abismal.
—Pero Julias lo contuvo. Gracias a eso, nosotros pudimos escapar.
—Ya basta con eso de que “lo contuve”. Solo tuve suerte.
—¡¿Por qué sigues con eso?! ¡Deberías estar más orgulloso!
A Julius le costaba aprender la lección de su papel, pero el entusiasmo de aquellos hombres también era fuera de lo común. En realidad, aunque evitaron la aniquilación total, no todos lograron escapar y habían perdido el local. Que estuvieran celebrando en ese estado...
—¿Se puede saber por qué están tan alegres...?
—Julias tiene razón. No es momento para andar chillando como pajaritos.
Justo cuando Julius iba a reprender la actitud relajada de los hombres —muy al estilo de “Julias”—, una voz se superpuso a la suya, haciendo que todos en la sala se pusieran firmes al instante. Pisando con fuerza el suelo de madera que crujía a su paso, apareció el hombre del parche: Reiner.
“El Halcón Tuerto”, que al parecer había acudido tras recibir el informe, barrió la habitación con su ojo derecho descubierto y sentenció:
—Esos malditos caballeros nos arruinan el comedero y ustedes se atreven a parecer divertidos. De verdad que no entiendo qué tienen en la cabeza.
—J-Jefe... nosotros solo...
—Cállate.
Reiner estiró la mano y agarró por la mandíbula al hombre que intentaba excusarse, obligándolo a guardar silencio. Mientras hacía crujir los huesos del sujeto con la fuerza de su agarre, Reiner fijó su mirada en Julius.
Sus ojos grises y turbios se clavaron en él. Julius esperó a que hablara.
—¿Así que intercambiaste golpes con Marcos? ¿Qué te pareció?
— “Las avispas de Tirgu no conocen el vendaval” ... Para ser sincero, es tan hábil que casi me orino encima.
—¡Ja! Ya lo creo. Ese tipo es un monstruo. Es de esa clase de sujetos con los que es absurdo siquiera compararse.
Reiner se rio ante la respuesta de Julius y soltó la mandíbula del hombre. Mientras este se retiraba apresuradamente, Reiner recorrió con la mirada a los presentes.
—¿Y Belmont?
—Aquí estoy, Jefe. Sano y salvo gracias a Julias.
Ante el llamado de Reiner, un joven levantó la mano. Era un tipo flaco que llevaba un sombrero grande y destacaba por sus ojos felinos. Él también era uno de los que habían escapado del garito destrozado por Marcos y, tal como sugería el hecho de que Reiner verificara su estado personalmente, ocupaba un puesto importante en la organización; era un ejecutivo o alguien muy cercano al líder.
—Fue todo muy repentino y no pudimos sacar todo, pero logré recuperar parte de las ganancias. Compruébalo luego.
—Siempre tan astuto. No como estos idiotas que solo miran los fuegos artificiales. ¿Verdad?
Reiner se burló de los demás hombres tras el informe de Belmont.
Nadie se atrevió a replicar, y un aire denso empezó a llenar la sala. Fue entonces cuando...
—Pero es una lástima perder ese garito. Es mucho más fácil convencer a la gente cuando están eufóricos por las apuestas. Era muy útil para atraer clientes hacia nuestro lado.
Quien interrumpió sin miedo fue Adelheid, que permanecía de pie junto a la pared, como de costumbre.
Incluso allí apartada, su presencia era demasiado fuerte, pero parecía que ya se habían acostumbrado a que ese fuera su sitio y nadie decía nada. Sin embargo, ante sus palabras mientras mostraba una dosis de la droga entre sus dedos, Reiner pareció darle la razón. Soltó un breve improperio y añadió:
—Ese Marcos siempre tiene que ser un grano en el trasero.
—¿Qué vas a hacer, Reiner? Los que no pudieron escapar no saben gran cosa, pero podrían soltar todo lo que tengan. Si eso pasa...
—... El garito ya no servirá para nada. Necesitaremos más “Hexcel”.
Al oír a Reiner murmurar mientras se acariciaba el mentón, Julius contuvo el aliento y cruzó una breve mirada con Adelheid.
El hilo de pensamiento de Reiner iba exactamente por donde ellos querían: si se perdía una fuente de ingresos, no quedaba más remedio que potenciar las otras.
El gran negocio de la organización; es decir, el “Hexcel”.
—Belmont, prepara el transporte. Yo haré que aceleren la producción de la droga.
—Me parece bien, ¿pero dónde la venderemos? Sin el local de apuestas, será difícil hacer transacciones grandes.
—No te preocupes por eso. Precisamente estaba pensando en pasar a la siguiente fase. Y para eso... Adelheid.
Julius, que no era el aludido, tuvo problemas para ocultar su inquietud ante el repentino nombramiento.
Por su parte, Adelheid no mostró ni rastro de miedo o sorpresa en su hermoso rostro. Miró fijamente al ojo de Reiner y ladeó la cabeza con elegancia.
—¿Qué necesitas?
Reiner se acercó a ella y, con la mano extendida, peinó suavemente con sus dedos el cabello rojo que le caía sobre los hombros.
—Acompáñame a una fiesta. Es hora de que le saquemos provecho a esa cara bonita que tienes.
—... ¿Puedo preguntar qué clase de fiesta es? Dependiendo de eso, tendré que elegir el vestido y el tipo de maquillaje, ¿no crees?
—Siempre tan impertinente. Es una velada organizada por gente de una familia de comerciantes importante. Ya encargué que sus sirvientes probaran la droga para que se interesen en nuestro producto.
—Ya veo.
—Por fin está dando frutos. Sinceramente, si no fuera por lo del garito, me gustaría celebrarlo por todo lo alto.
A medida que Reiner revelaba sus planes secretos, la guardia de Julius subía de nivel.
Sabía que Reiner era un ex caballero y que su fuerza era una amenaza, pero ahora se veía sorprendido por su capacidad de planificación y liderazgo como jefe de una organización.
Lo tenía claro: aunque lograran erradicar el “Hexcel” y a la organización, si dejaban escapar a Reiner Wahrheit, la misión sería un fracaso. Reiner era una semilla de maldad que debía ser arrancada de raíz aquí mismo.
—Si ya tienes el camino trazado, me parece bien. Nosotros haremos nuestro trabajo. Pero, ¿me dejarías llevar a Julias conmigo?
—¿A... a mí?
Por un instante, Julius tardó en reaccionar al ser nombrado por Belmont, pero logró responder rápidamente como “Julias”.
Belmont no pareció notar el pequeño desliz y asintió.
—Si vamos a mover mucho producto, quiero que la seguridad sea impecable. Normalmente usaría a Rob y a los suyos, pero todos han caído. Además...
—¿Además?
—Es un tipo capaz que no retrocedió ni ante el Capitán de los Caballeros. No podemos desperdiciarlo vigilando calles para cobrar deudas. ¿No crees, Jefe?
—... Tienes razón.
Ante la sugerencia de Belmont, Reiner se volvió hacia Julius. Durante unos segundos, lo escrutó fijamente con su único ojo y dejó escapar un leve suspiro.
En ese instante, Julius sintió un escalofrío que le recorrió la piel e instintivamente desenvainó su espada de caballero.
Fue un acto reflejo que casi arruina su misión de infiltración, pero...
—¡Ja! No estás mal.
Se escuchó un sonido seco, como el de hielo rompiéndose, y un impacto resonó en la espada de Julius. Lo que su arma había detenido tras alzarla por puro instinto fue algo inexplicable que solo podría describirse como un tajo invisible.
De hecho, Reiner no había desenfundado la espada que llevaba a la cintura. Había lanzado un ataque sin siquiera mover el brazo.
—Eso de ahora...
—No te enojes, era la verdadera prueba de fuego. Últimamente tengo los nervios de punta. Si de verdad pudiste enfrentarte a ese monstruo, deberías ser capaz de bloquear algo como esto sin problemas.
—Si no lo hubiera detenido... ¿tenías intención de matarme?
—Oye, no soy tan cruel. Como mucho te habría hecho un rasguño en el cuello.
Reiner negó cualquier intención asesina, pero la agudeza de aquel ataque habría decapitado a cualquiera sin ninguna duda. Era imposible creerle.
La naturaleza de ese tajo invisible, la peligrosa agresividad de Reiner, Adelheid siendo llevada a una velada noble... había demasiados elementos inciertos.
Demasiados, pero...
—Dile como quieras, pero que sea la última vez que me pones a prueba.
Julius decidió tragarse sus palabras y continuar con la infiltración. Los movimientos que esperaba habían comenzado. Sin importar la velocidad de estos, debía cumplir con su deber.
Ante su respuesta, Reiner se encogió de hombros.
—Me alegra que seas alguien razonable. Belmont es irremplazable, así que asegúrate de protegerlo bien.
—Hecho. Siempre y cuando reconozcas que yo también estoy en el bando de los irremplazables.
Tras replicar, Julius guardó su espada en la vaina haciendo ruido a propósito. Reiner abrió un poco el ojo ante el gesto y soltó una carcajada salvaje, como la de una bestia.
Luego, se volvió hacia sus compañeros —o mejor dicho, subordinados— y abrió los brazos.
—¡Andando, que vamos a estar ocupados! Aquí no hay comida para los que se mueven lento. Trabajen duro, todos y cada uno de ustedes. Si los caballeros nos alcanzan, seré yo mismo quien les corte el trasero.
Y así, con palabras que sonaban a amenaza pero servían de arenga, los puso a todos en marcha.
10
—Por ahora, parece que ambos hemos logrado demostrar nuestra valía ante el Jefe. Aunque debo admitir que me sorprendió bastante tu método de hacer que los caballeros asaltaran la casa de apuestas.
—Admito que fue una medida extrema. Pero se trata de una batalla a corto plazo.
—Sí, creo que fue un buen plan; se siente la determinación de ustedes. El Jefe tampoco está en una situación tan holgada como aparenta con esa actitud suya.
Ante las palabras de Adelheid, quien se encogió de hombros con elegancia, Julius cerró un ojo y soltó un suspiro, procesando lo cerca que estuvo de caer al vacío en esa última interacción.
Actuar con mano dura contra el tugurio para sacudir los cimientos de la organización… ese era el plan de Bikram y, de hecho, habían tenido éxito al provocar un impacto igual o mayor al esperado. Sin embargo, el desgaste de Julius, tras haber caminado por la cuerda floja dos veces en un solo día, era considerable.
—El Comandante Marcos se contuvo, ¿verdad?
—Eso espero. Si el Comandante no se hubiera contenido, a estas alturas yo ya estaría bajo tierra.
—No creo que debas menospreciarte tanto… aunque es cierto que es un oponente inalcanzable.
Adelheid lo decía con una sonrisa amarga, pero Julius sabía que no era más que un consuelo de alguien que no había presenciado el combate real. La presión que emanaba de Marcos en la casa de apuestas y su increíble fuerza física, aun estando contenido, eran algo que Julius no podía igualar ni de lejos; el simple recuerdo lo hacía estremecerse. Pero, al mismo tiempo, sentía una chispa de alegría al conocer la magnitud de la cima que debía alcanzar.
Por lo mismo, su decepción respecto a la segunda "cuerda floja" del día, Reiner Wahrheit, era mucho mayor.
—Sobre la técnica del Jefe… me sorprende que pudieras bloquearla.
—No fue mérito solo mío. Hice que los espíritus que me acompañan vigilaran los alrededores. Gracias a eso, pude reaccionar a tiempo para el bloqueo… ¿Sabes qué clase de truco utiliza en ese ataque?
—No… No desenvainó su espada. Estoy segura de que se trata de algún tipo de magia.
—Tienes razón. No tengo muchas esperanzas, pero se lo preguntaré a mi superior por si acaso.
En realidad, las posibilidades de que Bikram o Marcos conocieran la verdadera naturaleza de la técnica de Reiner eran bajas. Incluso entre aliados, es raro compartir todas las técnicas o cartas bajo la manga. Más aún en el caso de la espada invisible de Reiner, una técnica cuyo mecanismo parece requerir un secreto absoluto. Era difícil imaginar que un hombre tan precavido revelara sus puntos fuertes a quienes lo rodean.
Siendo así, no quedaba más remedio que descifrar el secreto de su esgrima con las pocas pistas disponibles.
—Julias, ¿tienes intención de pelear contra el Jefe?
—… Aunque yo no busque el conflicto, si él vuelve a atacarme de esa forma, puede que llegue el momento en que deba enfrentarlo. Necesito estar preparado, ¿no crees?
—Preparado, eh. Tienes razón… Ojalá yo pudiera estar presente en ese momento.
Julius soltó una risita ante el murmullo de Adelheid, quien se llevaba un dedo a los labios pensativa. Si sus sospechas eran correctas y ella estaba vinculada a la familia Astrea, era muy probable que poseyera parte del talento de aquel linaje conocido como la estirpe del Santo de la Espada. Pero, aunque sonara ingenuo, Julius quería pelear uno contra uno si llegaba el momento de cruzar espadas con Reiner. Sentía que solo derrotándolo por sus propios medios podría demostrar la nobleza de un caballero.
—Supongo que es una forma de pensar poco flexible. Si podré contar con tu ayuda o no, dependerá de la situación. Por mi parte, parece que estaré involucrado en el traslado del Hexcel, ¿pero qué hay de ti? ¿Estarás bien?
—Me han invitado a la velada. En cuanto al vestido… planeo pedir prestado uno de mi madre. Creo que con mi estatura actual podré lucirlo bastante bien.
—El de tu madre… En ese caso, me gustaría evitar cualquier situación en la que pudiera ensuciarse.
—… Sí. Tienes razón.
Por un instante, la luz en los ojos de Adelheid pareció ensombrecerse, y Julius dudó antes de seguir hablando. La respuesta de Bikram sobre las sospechas hacia Heinkel Astrea no había sido alentadora. No es que las sospechas fueran extremadamente graves, pero tampoco creían plenamente en su inocencia. Sin nueva información, ya fuera una esperanza o una preocupación, no era prudente mencionarlo todavía.
—Por cierto, mencionaste que el Jefe no confiaba en ti, pero que te lleve a un evento tan importante sugiere que no es tan así, ¿no? Entiendo el punto de vista del Jefe al pensar que las cosas fluirían mejor contigo presente.
Julius no creía que Reiner fuera tan simple como para llevar a Adelheid solo por su buena apariencia. Ante esa suposición, Adelheid levantó un dedo.
—Yo también pensé que no podía quedarme atrás respecto a ti y los demás, así que hice un movimiento para ganarme su confianza.
—¿Un movimiento? ¿Qué hiciste?
—Bueno, consumí Hexcel frente a sus ojos.
—… ¿Qué?
Lo dijo de forma tan natural y despreocupada que Julius no pudo procesarlo de inmediato. Parpadeó con sus ojos amarillos y la miró fijamente, preguntándose si había oído mal. Ante su mirada, Adelheid ladeó la cabeza.
—Como dije, usé Hexcel frente al Jefe. Ahora, para él, soy una adicta que coopera con la organización para conseguir su dosis. Una drogadicta, por así decirlo.
—¡¿Cómo pudiste hacer semejante locura?! ¡¿Estás bien?!
Ante la actitud calmada de Adelheid, Julius lamentó profundamente su propia falta de previsión. Sabía que ella estaba en una posición difícil debido a las sospechas sobre Heinkel. Fue una negligencia de su parte no considerar que, desesperada, pudiera tomar una medida tan drástica.
Si consumes Hexcel, la activación de la puerta te otorga una euforia y una sensación de omnipotencia temporales. Sin embargo, lo que sigue es una ansiedad voraz por la siguiente dosis y los síntomas de abstinencia…
—No es cuestión de si estás bien o no. Adelheid, tienes que irte de aquí ahora mismo. Del resto nos encargaremos nosotros…
—C-Cálmate, Julias. Siento haber causado un malentendido, pero estoy bien.
—¡No! No importa cuánto digas que estás bien, esto no es algo que se solucione con fuerza de voluntad.
—Por eso te digo que no es fuerza de voluntad. Es una Protección Divina. Poseo la Protección Divina de la Desintoxicación.
Julius, que la había agarrado de los hombros para intentar convencerla con total seriedad, volvió a parpadear confundido al oír eso. Mientras él procesaba el significado, Adelheid repitió:
—Es una Protección Divina. Gracias a la Protección Divina de la Desintoxicación, mi cuerpo no se ve afectado por factores externos que alteren mi salud o pongan en riesgo mi vida. No solo con el Hexcel, ocurre lo mismo con cualquier veneno o incluso con el alcohol.
—La Protección Divina de la Desintoxicación… Ya veo, por eso te eligieron para esta misión de infiltración. Ahora todo tiene sentido.
—No es exactamente por eso… pero no importa. ¿Ya puedes soltarme?
—… Perdona.
Ante su sonrisa amarga, Julius liberó los hombros de Adelheid. En ese momento, recuperó el tono de voz de su identidad como "Julias", que casi había olvidado. Se disculpó no solo por haberla sujetado, sino por haber asumido que ella era alguien capaz de cometer una imprudencia sin pensar.
Sin embargo, ante la disculpa de Julius, Adelheid soltó una pequeña risa.
— No estoy enojada. Que alguien se preocupe por mí es algo nuevo, y me hace sentir feliz.
—¿Te hace feliz que se preocupen por ti? Qué raro. A mí me hace sentir más bien culpable.
—Supongo que también hay algo de eso… pero mejor olvidémoslo. Sé que, en momentos como este, mi sensibilidad no es de mucha confianza.
Adelheid negó lentamente con la cabeza, queriendo cerrar el tema, y Julius sintió una ligera punzada de inquietud. Sin embargo, no encontró la forma adecuada de abordar esa sensación, y perdió la oportunidad de profundizar en la actitud de ella.
—En fin, el Hexcel no me afecta. Como pretendo ser una adicta, el Jefe cree que no puedo traicionar a la organización. No es que confíe en mí, sino que confía en la droga que él mismo maneja. Eso lo hace más fácil de engañar para él, ¿no crees?
—… Entiendo tu determinación. Te dejo esa parte a ti.
Julius asintió y se mentalizó nuevamente sobre sus respectivos roles. "Julias" ayudaría a Belmont, uno de los altos mandos, con el traslado del Hexcel a la capital, mientras que Adelheid acompañaría a Reiner a la velada para buscar nuevos compradores del estupefaciente.
En ambos casos, estarían en posiciones donde se les confiaría información vital sobre las rutas de distribución y los contactos de la organización.
En cuanto se reuniera la información necesaria, los caballeros se pondrían en marcha de inmediato para desmantelar la red criminal.
Por lo tanto...
—Los próximos días serán decisivos. No metas la pata.
—Entendido. Tú también ten cuidado.
Confiando el uno en el otro, Julius despidió a Adelheid mientras ella se dirigía a prepararse para la velada.
11
—Nuestros principales objetivos de vigilancia son los competidores y los bandidos que ni siquiera saben qué cargamento llevamos. Lo otro son las mabestias, que vienen atraídas por el aroma del Hexcel.
—Entiendo lo de los primeros dos, ¿pero incluso las mabestias se sienten atraídas por esto?
—Quién sabe qué pasará por sus cabezas. Quizás ellas también quieran probar el Hexcel y abrirse hasta el último poro del cuerpo.
Julius dudó si debía reírse ante aquel comentario en tono de broma mientras observaba fijamente a Belmont, el responsable de la operación, quien lo había reclutado para escoltar el cargamento de Hexcel.
Belmont parecía joven, apenas superando los veinte años. Comparado con los rudos y temperamentales hombres de la organización, se veía delgado y daba la impresión de ser alguien ajeno a la violencia. Sus modales y su forma de hablar eran razonablemente suaves; a pesar de ser un alto mando, no proyectaba ninguna sensación de intimidación.
Tenía una suerte de aire ordinario, como si pudiera desaparecer de la vista y mezclarse con el paisaje en cuanto uno se descuidara. Para ser parte de una organización criminal, poseía una atmósfera que resultaba, irónicamente, inusual.
Sin embargo, Belmont era alguien respetado dentro del grupo; incluso Reiner le había asegurado que era un talento insustituible. Se encargaba de gestionar con eficiencia el traslado imprevisto de una cantidad de Hexcel mayor a la habitual, recibiendo la mercancía sin contratiempos.
Tras avanzar un tramo hacia el este desde la capital real, viendo a lo lejos el Gran Árbol de Flugel, la entrega se realizó en un almacén construido discretamente en lo profundo del bosque. Julius no tuvo oportunidad de intervenir en el intercambio y le resultó difícil identificar la ubicación exacta.
—La densidad de maná es muy alta por aquí. Cuanto más agudos son los sentidos de alguien, más se distorsionan por la "embriaguez de mana". Si sigues mirando a todos lados con tanta insistencia, terminarás mareándote.
Ese fue el consejo que Belmont le dio a Julius al verlo observar los alrededores con tanto ahínco.
Por suerte, Belmont pareció interpretar el escrutinio de Julius como simple vigilancia profesional. Sin embargo, tal como él decía, los cuasi-espíritus que Julius llevaba consigo no parecían estar en buenas condiciones, por lo que debía admitir que sería difícil conseguir pistas en ese lugar.
Sea como sea...
"Al menos debo localizar el lugar donde almacenan el Hexcel".
Si continuaba acompañando el traslado hasta el final, al menos debería poder cumplir ese objetivo. Sería contraproducente apresurarse por obtener resultados y terminar fallando incluso en la meta mínima. Conteniendo su impaciencia, Julius se concentró en el trabajo frente a él mientras rezaba por la seguridad de Adelheid, quien asistiría a la velada nocturna.
—Ahora que lo pienso, creo que aún no te he dado las gracias como es debido —dijo Belmont desde el pescante del carruaje de dragones, sujetando las riendas del cargamento.
Julius, que sostenía su espada de caballero intentando mantener una expresión lo más severa posible, alzó una ceja ante el inesperado comentario.
—¿Gracias?
—Así es. En el casino nos ganaste tiempo para escapar, ¿no? Y nada menos que contra ese capitán. Es una hazaña increíble.
—Ah, eso. Aprecio el gesto, pero personalmente no es algo de lo que me sienta orgulloso.
—Yo no pienso lo mismo... aunque bueno, mejor mantén esa actitud frente al Jefe. Después de todo, él detesta profundamente al Capitán de los Caballeros.
—¿Profundamente? ¿Tiene algo que ver con que el Jefe sea un antiguo caballero?
Por la forma en que Reiner hablaba en la base, Julius había intuido que tenía algún tipo de historia con Marcos. Sin embargo, hasta donde él sabía, no había escuchado rumores sobre un vínculo entre ambos. Después de todo, el conocimiento de Julius sobre la Orden se limitaba a lo que se escuchaba desde fuera sin pertenecer a ella.
Ante el interés de Julius, Belmont hizo un preámbulo: "Que esto sea un secreto", y continuó:
—El Jefe dejó de ser caballero porque mató al sirviente de un noble durante una misión. Intentó saltarse el consejo de guerra, pero fue Marcos, el Capitán de los Caballeros, quien lo atrapó, le dio una paliza y lo trajo de vuelta.
—No sabía que había pasado eso...
—Al final, gracias a la benevolencia del noble, el Jefe no fue castigado por su crimen, pero según cómo hubieran salido las cosas, podría haber enfrentado la pena de muerte. Por eso siempre le guarda rencor al Capitán.
—... No me digas que la razón por la que el Jefe está distribuyendo el Hexcel en la capital a propósito es...
—Bueno, es difícil asegurar que alguien no llegaría tan lejos por puro rencor. Así de aterrador es el odio humano.
Sin saber qué tan en serio debía tomarse la historia, Julius decidió guardarla en su memoria.
Por otro lado, por la forma de hablar de Belmont, no se percibía mucha lealtad hacia Reiner. Sin embargo, tampoco parecía obedecer por miedo como los demás.
Era evidente que, además de Reiner, los demás miembros de la organización cumplían con los requisitos suficientes para ser arrestados por su implicación en el tráfico de Hexcel. No obstante, a diferencia de Reiner, cuyo temperamento, pasado en la Orden y odio hacia Marcos eran claros, Julius se preguntaba por qué Belmont estaba en la organización.
Sentía que no intentar saber era más vergonzoso que simplemente no saber.
—Belmont, ¿por qué trabajas para la organización?
—Vaya, ¿ahora quieres que te cuente mi vida? Por desgracia, mi situación no es tan interesante como la de alguien que mató al sirviente de un noble o a los soldados de un señor feudal. Solo fue por inercia.
—¿Terminaste como subordinado de Reiner Wahrheit por pura inercia?
—Si te refieres a por qué entré en esta organización, seré directo: parecía que se podía ganar buen dinero. Lo de la "inercia" se refiere a cómo terminé siendo quien soy ahora.
—¿Quién eres ahora...?
Al recibir una respuesta más reflexiva de lo esperado, Julius lo instó con la mirada a continuar. Ante ese gesto, Belmont se ajustó la posición de su sombrero y murmuró un "qué remedio".
—No tiene un significado profundo. Solo soy un plebeyo común; mi vida no era ni muy buena ni muy mala. Odiaba ese estado de mediocridad y, mientras me quejaba de ello, caí en un agujero del que ya no pude salir. Simplemente rodé por ese agujero hasta terminar donde estoy hoy.
—Eso tampoco me parece una historia tan común.
—Puede que no sea común, pero tampoco es especial. Por ejemplo, tú finges a propósito tener una mala educación, pero tus raíces son diferentes a las mías.
—...
Ante el repentino señalamiento, las mejillas de Julius se tensaron levemente. De inmediato, frunció el ceño y compuso una expresión de extrañeza para devolverle la mirada a Belmont.
Sin embargo, Belmont cerró un ojo ante la expresión de Julius y añadió:
—Te sale muy bien, pero no puedes ocultar lo que hay en el fondo. Si tuviera que adivinar...
—¿Si tuvieras que adivinar?
—Dijiste que escapaste tras matar a los soldados de un señor feudal, pero en realidad, ¿no serás el hijo de ese señor?
—...
—Por eso pudiste llegar hasta la capital sin que te atraparan los perseguidores de tu tierra natal. Puede que haya carteles de búsqueda, pero seguro que han suavizado los cargos. Si no estás mintiendo del todo, sospecho que los tiros van por ahí. ¿Qué me dices?


Julius dejó escapar un suspiro ante Belmont, quien exponía su deducción con un ojo aún cerrado.
Por un instante, pensó que su actuación había sido descubierta por completo, pero aunque Belmont estuvo cerca, no llegó a pensar que “Julias” era una identidad totalmente falsa. Se podría decir que el malentendido resultaba sumamente conveniente para Julius.
Parecía más natural seguirle la corriente que negarlo todo en ese momento. Por lo tanto, Julius se dispuso a aceptar esa versión cuando...
—... Deténgase, señor Belmont.
Avanzaban por el camino nocturno y ya estaban cerca de divisar la capital real cuando Belmont tuvo que tirar de las riendas y detener el carruaje. La razón era un grupo de hombres que bloqueaba el paso: todos eran miembros de la organización que Julius había visto en la base.
Todos desprendían una atmósfera tensa y amenazante que hizo que Julius pusiera todo su cuerpo en alerta. Lo que ellos proyectaban era una ira y una hostilidad tan claras que no podían ocultarse.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
—Baje del carruaje, ahora mismo. Julias, tú también.
La orden de bajar no fue solo para Belmont, sino también para Julius. Los otros hombres que colaboraban en el traslado también fueron obligados a bajar al camino. Mientras todos se miraban entre sí preguntándose qué sucedía, Julius observó silenciosamente el cerco, trazando en su mente el plan para abrirse paso.
La causa era desconocida, pero los hombres que los esperaban hablaban en serio. En ese caso, sin dar excusas innecesarias, debía retirarse de inmediato, reunirse con Adelheid y regresar con la Orden.
Para lograrlo...
—Se supone que la velada aún no termina. ¿Por qué están tan alterados si el Jefe aún no ha vuelto?
—Ya hablaremos con el Jefe después. Pero esto también es un asunto urgente. Después de todo, se trata de la rata que se ha estado arrastrando entre nosotros.
Al escuchar la palabra definitiva, "rata", Julius se convenció de que la situación era crítica.
Sin embargo, no pudo retirarse de inmediato como había planeado. Lo que se desplegaba ante sus ojos era una escena desconcertante.
Los hombres se habían reunido allí tras obtener información sobre un infiltrado. Y a pesar de eso, a quien rodearon cerrándole el paso no fue a Julius. Fue a Belmont.
Por alguna razón, lo rodeaban a él, dirigiéndole miradas cargadas de una hostilidad evidente.
Y entonces...
—No tienes escapatoria... O mejor dicho, no vas a escapar, Belmont. Fuiste tú quien estaba conectado con "La Roca" de la Orden de Caballeros, ¿verdad? Después de todo, eres un viejo conocido de la "Hermandad" que creó Marcos, ¿no es así?
Era el reclamo de un pasado inolvidable para Belmont, aquel que él había descrito simplemente como "inercia" y un "agujero profundo".
12
En una habitación subterránea impregnada de un aire frío y húmedo, un hombre permanecía sentado en una silla colocada justo en el centro. Tenía las muñecas atadas a la espalda y la cabeza gacha, con el rostro desfigurado por la hinchazón.
Aquel hombre, que alguna vez tuvo un rostro jovial y carismático —casi como el de un gato—, ahora era una sombra de lo que fue. Sus ojos y mejillas estaban tan inflamados que apenas se le reconocía.
—No te me duermas todavía, señor Belmont.
Una voz cargada de malicia acompañó el gesto de arrojarle un balde de agua. Era agua estancada, sacada de algún río contaminado cercano, que hizo que el hombre
—Belmont— sufriera un violento ataque de tos.
Tras recuperar el aliento, levantó lentamente su rostro cubierto de hematomas.
—Cuando el Jefe... regrese... esto no se va a quedar así... ninguno de ustedes... se irá de rositas...
—Vaya, qué conmovedor, preocupándose por nosotros. Pero si yo fuera tú, me preocuparía más por lo que te va a pasar a ti cuando el Jefe vuelva, ¡maldito!
El final de la frase vino acompañado de un golpe seco. Belmont soltó un quejido ahogado mientras la sangre goteaba de su boca, manchando el suelo del sótano.
La paliza llevaba ya varias horas. Era un trato impensable para un alto mando de la organización de Reiner Wahrheit, pero la razón de esta situación era...
—Pero, ¿es verdad? ¿De verdad el señor Belmont nos traicionó?
—Sí, no hay duda. Lo hemos confirmado. Desde el principio, este tipo estaba compinchado con el Capitán de los Caballeros, Marcos Gildark. ¿Recuerdas la redada en el casino de hace unos días?
—Lo del casino... No me digas que...
—Exacto. Nuestro querido Belmont fue quien guio a esos perros de la Orden. Nos la jugó bien.
El que hablaba mientras se encogía de hombros era un hombre con un tatuaje de una espada en el cuello. Al igual que Belmont, era uno de los miembros más antiguos. Él fue quien lo acusó de traición y quien lideraba el interrogatorio en el sótano; y para ser justos, sus argumentos daban en el clavo.
El único problema era que estaba apuntando a la persona equivocada.
Por eso...
—... Honestamente, no creo que eso sea prueba suficiente.
El hombre del tatuaje agarró a Belmont del cabello para obligarlo a levantar la vista, pero Julius —bajo su identidad de "Julias"— intervino, presionando suavemente el brazo del agresor.
—¿Eh? ¿Qué pasa, Julias? ¿Qué pretendes?
—Digo que tus pruebas son flojas. ¿Que Belmont y ese capitán tan fuerte se conocen de hace tiempo? ¿Y qué? No importa lo que pasara en el pasado, ahora mismo ni siquiera se soportan, por eso no trabajan juntos.
—¡Eso es justo lo que quieren que creamos! Se hacen los que se odian, pero por debajo están más que compinchados. Es el truco de esos tipos. Haré que confiese la verdad ahora mismo. ¡Quítate!
—...
—¡He dicho que te quites!
Ante los gritos del hombre tatuado, Julius dudó seriamente si debía retroceder.
Las sospechas sobre Belmont no eran del todo infundadas, pero el objetivo era erróneo. Quien había guiado a la Orden y realizado las maniobras para desestabilizar a la organización era el propio “Julias”.
En esencia, la violencia que Belmont estaba sufriendo era la que debería estar recibiendo Julius.
—... Está bien, Julias. Apártate.
Julius se interpuso ante el hombre del tatuaje para evitar que siguieran golpeando a Belmont, quien se había visto envuelto en sus planes. Sin embargo, fue el propio Belmont quien habló.
Julius se giró hacia él. Belmont lo miraba con los ojos entrecerrados tras sus párpados hinchados.
—No tengo nada que ocultar... En cuanto el Jefe llegue... él lo entenderá enseguida...
—Pero si te siguen golpeando hasta entonces...
—... Resistiré.
Respondió con voz débil y ronca, pero esa última palabra llevaba una pizca de fuerza.
Presionado por esa determinación, Julius guardó silencio un momento y dio un paso atrás.
—Je, qué agallas.
Fueron palabras de elogio, pero las intenciones detrás de ellas eran, probablemente, polos opuestos para el hombre del tatuaje y para Julius.
Sea como sea...
"Antes de que Reiner Wahrheit regrese..."
Tenía que rescatar a Belmont de aquel castigo injustificado.
13
—No podemos estar de acuerdo con eso.
En una habitación privada de "El Escudo de Plata", Helaine mantuvo su habitual expresión gélida y respondió con firmeza a Julius, quien acababa de explicarle la situación.
Ante sus palabras, Julius sintió un temblor en el puño que descansaba sobre la mesa.
—¡Pero por qué...! —exclamó—. Es por culpa de nuestro plan que lo están torturando sin motivo. Quien lo acusó le tiene un odio personal... si no hacemos nada, su vida corre peligro.
—¿Y no sería mejor que así fuera? ¿Pretende arriesgar su vida y la misión por un simple maleante?
—Es cierto que pertenece a la organización de Reiner Wahrheit. Pero el hecho de que sea un criminal no significa que el valor de su vida deba ser despreciado de esa manera.
—Sigo sin entenderlo. Ha aparecido un chivo expiatorio que evita que descubran su infiltración. ¿No sería mejor aprovecharlo para que todo salga según lo previsto por todos?
—¡Señorita Helaine!
Julius alzó la voz ante tales comentarios despiadados. Sin embargo, Helaine, sentada frente a él, no se inmutó ante su vehemencia. La tensión crecía y ambos se mantuvieron en un punto muerto, midiéndose con la mirada, hasta que...
—Juukulius, te estás calentando demasiado. Gatness, deja de provocarlo.
Bikram interpuso su mano entre ambos. Julius abrió el puño que mantenía apretado y forzó una disculpa:
—Lo siento...
No tenía cómo rebatir la observación de Bikram. En su afán por salvar a Belmont, quien estaba atrapado en su lugar, la sangre se le había subido a la cabeza.
—Dice que lo discutamos, señor Bikram, pero dudo que haya margen para el diálogo
—sentenció Helaine.
—Te dije que no lo provocaras... —Bikram se acarició el bigote—. ¿Cuándo tiene previsto regresar Wahrheit?
—Mañana por la noche, según el plan. Reiner aún no sabe nada, pero es del tipo que castiga ante la menor sospecha.
—En eso estamos de acuerdo. Y antes de eso, existe la posibilidad de que lo maten en ese interrogatorio que parece más un linchamiento.
Bikram se quedó pensativo. Julius lo observó fijamente, poniendo toda su voluntad en su mirada. Tenía que salvar a Belmont a como fuera lugar. Aunque fuera cierto que era un criminal, no podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo moría...
—Iría en contra de la caballería. ¿No es así, señor Bikram?
—¿Caballería, dices?
Un gruñido bajo, similar al de una bestia feroz, hizo que la garganta de Julius se olvidara de respirar por un instante.
Bikram lo miró fijamente con sus ojos amarillentos. Julius se sintió abrumado por la intensa presión que emanaba de aquel veterano.
—No te creas gran cosa solo porque te asignaron una misión importante siendo un novato. Puedes tener tus ideales y aspiraciones, pero ¿piensas poner en peligro al Reino por una simple teoría idealista?
—¡Yo nunca haría tal cosa!
—¿Ah, no? Piénsalo bien. Si priorizamos el rescate de ese tal Belmont y tu infiltración se va al traste, ellos desaparecerán sin dejar rastro. Luego, volverán a las andadas con el tráfico de Hexcel bajo otra forma. Y habiendo aprendido de esto, serán más cautelosos y audaces. ¿Tienes idea de cuánta gente sufrirá entonces?
—...
—Tal como dices, somos caballeros. Y un caballero debe proteger al Reino y a sus habitantes. A los ciudadanos de bien. No hay ningún beneficio, ni por ética ni por estrategia, en salvar a Belmont.
Ante una lógica tan aplastante, Julius no pudo más que bajar la cabeza frente a Bikram.
Aquellas palabras eran como cuchillas afiladas que reforzaban lo dicho por Helaine, sin dejar espacio al compromiso. El dilema de elegir qué vidas salvar, la lógica de admitir la impotencia de un caballero... eran verdades que Bikram seguramente no quería pronunciar.
Y Julius era quien lo había obligado a hacerlo.
—...
Bikram y Helaine tenían la experiencia y una lógica racional sin fisuras. Julius, un caballero novato que solo podía ofrecer ideales y sentimientos, no tenía forma de rebatirlos.
Justo cuando estaba a punto de rendirse y cerrar los ojos...
"Hermano, tus padres eran personas admirables. Si quieres estar a su altura, tienes que convertirte en un héroe".
—¡...!
Esa voz resonó en su mente. Era la voz de un niño, llena de sinceridad y empeño por llegar al corazón de su interlocutor. Eran las palabras que su hermano menor le había dedicado a un joven Julius que lloraba, palabras que lo habían moldeado hasta el día de hoy.
Era el recuerdo del día en que Julius Juukulius decidió de verdad convertirse en caballero.
—Ese día hice una promesa.
Prometió perseguir sus sueños e ideales con un corazón inquebrantable. Y su querido hermano, Joshua Juukulius, fue testigo de ello.
—Señor Bikram, ¿me permite hablar?
Alzó la vista y Bikram tensó sus mejillas curtidas. Sin decir palabra, el superior le indicó con la mirada que continuara. Julius hizo una breve reverencia y disparó:
—Mantengo mi postura de que debemos rescatar a Belmont.
Volvió a poner sobre la mesa la propuesta que acababa de ser rechazada.
Por un instante, el aire en la habitación se volvió denso. Pero la fuente de esa hostilidad no era Bikram, sino Helaine, quien permanecía en silencio. En sus ojos entrecerrados se leía la decepción ante la terquedad de Julius.
Si seguía insistiendo solo con ideales y emociones, no lograría cambiar esa mirada. Por eso, Julius decidió construir un argumento sólido sobre esa base emocional.
—Aunque Belmont sea un daño colateral de nuestro plan, debo señalar que su suposición sobre el impacto que tendría su rescate en la organización es errónea, señor Bikram.
—Vaya. ¿Errónea, dices? Te escucho.
—Si no intervenimos, Belmont morirá. Ya sea por el linchamiento de sus compañeros o por la purga de Reiner Wahrheit. ¿Y cómo creen que reaccionarán ante la sospecha de una traición? Pasará exactamente lo que usted predijo.
—... Desaparecerán y se ocultarán en las sombras.
—Exacto. Ya deberíamos dar eso por hecho. Es solo cuestión de tiempo que se esfumen... Reiner lo hará sin dudarlo. Estoy seguro de ello.
No era una respuesta desesperada; era la convicción sincera de Julius. Dada la cautela de Reiner, la simple sospecha de que la investigación le pisa los talones es motivo suficiente para actuar. Con las dudas sobre Belmont, la disolución de la organización es inminente.
—Señor Bikram, esto ya es una carrera contra el reloj. En cuanto Reiner regrese mañana por la noche, se marcharán.
—... ¿Y dices que, como se van a ir de todas formas, hay que salvar a Belmont para que su muerte no sea en vano?
—No es eso. Es probable que Belmont tenga la información que necesitamos. Debemos rescatarlo y negociar con él para obtener los detalles internos de la organización.
—Un momento. ¿No está asumiendo demasiado? Blau, a quien usted rescató antes, no tenía ninguna información útil. ¿Por qué Belmont sería diferente? —intervino Helaine alzando la mano.
Blau, cuya muerte fue fingida para que Julius pudiera entrar en la organización, seguía oculto en las ruinas de los barrios bajos. Al parecer, mientras Julius estaba infiltrado, Helaine había estado contactando con él e interrogándolo.
—Si Reiner es tan precavido como dice, las condiciones serán las mismas. Incluso si tuviera razón, no es motivo suficiente para correr el riesgo.
—No, Belmont es un mando intermedio. Reiner confiaba en sus habilidades. Seguro que tiene información sobre los contactos que Reiner tendría que abandonar si decide huir.
—No debería decir "seguro" tan a la ligera, Julius Juukulius.
En ese instante, la mirada de Helaine pasó de la decepción a una furia evidente. Las palabras de Julius parecían haber herido sus sentimientos. Era comprensible: para alguien que se jugaba la vida a diario para verificar hasta el dato más incierto, sus palabras resultaban imprudentes. Pero Julius no podía disculparse ahora.
Tras otro tenso duelo de miradas entre Julius y Helaine, Bikram rompió el silencio.
—... Lo que dice Juukulius tiene sentido.
—¡Bikram Edditz!
—He dicho que tiene sentido, nada más. Tendrás que admitirlo, Gatness... Juukulius, si sigues infiltrado, hay una posibilidad de que puedas seguirles el rastro cuando huyan. ¿Estás diciendo que la información de Belmont es tan valiosa como para sacrificar esa oportunidad?
—...
Julius contuvo el aliento ante la pregunta final de Bikram. Tal como señaló Helaine, no tenía pruebas sólidas; solo intentaba encontrar una salida que no fuera puramente emocional.
Justo cuando Julius apretaba los dientes para responder...
—Novato. En estos casos se responde "sí, será útil" de inmediato. Aunque no tengas la certeza.
Bikram dejó escapar un leve suspiro y Julius abrió mucho los ojos.
—¿Señor Bikram?
Sin mirar a Julius, Bikram se dirigió a Helaine:
—Juukulius se encargará de rescatar a Belmont. Tú consulta con tu superior qué podemos ofrecerle a cambio de lo que sabe.
—¿Habla en serio? Es más seguro que siga infiltrado y se mueva con la organización.
—Eso tomaría demasiado tiempo. Ya has visto lo testarudo que es este chico. Tarde o temprano acabará chocando con ellos y se descubrirá su identidad. ¿Me equivoco?
—... No, tiene razón. Mi fachada solo se mantiene por ahora.
—¡Deberías sentirte más culpable al decirlo! —tronó Bikram ante la respuesta tan directa de Julius.
Mientras Julius ponía cara de circunstancias ante el regaño, Helaine preguntó con voz calmada:
—Solo para confirmar... ¿Considera que Belmont es más útil para nosotros que Blau?
Julius se quedó mudo por un momento. Había impuesto su voluntad sobre la de ella, pero decidió que una disculpa no era lo adecuado.
—Así es —asintió con firmeza.
—... Entendido. Entonces actuaremos en consecuencia.
—¿... Está segura?
—Si vamos a hacerlo, asegúrese de que sea un éxito. Nosotros ayudaremos con la distracción.
—Vaya, qué cooperativa te has vuelto de repente.
—Si vamos a hacerlo, se hace bien. Eso es todo.
Helaine respondió con voz tranquila, negando levemente con la cabeza. Julius le agradeció el gesto y se preparó mentalmente. Esta noche sería la última vez que actuaría como “Julias”.
—Te daremos apoyo. Si vas a hacerlo, no falles, Juukulius.
—¡Entendido! ¡Es un honor, señor "Caballero de Plata" Bikram Edditz!
Ante el saludo formal y entusiasta, Bikram dejó escapar un largo suspiro. Pero esta vez, a Julius le pareció que ese suspiro guardaba un sentimiento muy distinto a los anteriores.
14
—La mayor preocupación de Julius al llevar a cabo el plan de rescate de Belmont era no haber podido coordinarse con Adelheid.
En ese momento, Adelheid acompañaba a Reiner a la fiesta de una familia de mercaderes para promocionar el Hexcel. Al poseer la "Protección Divina de la Desintoxicación", ella misma se jactaba de que no solo era inmune a las drogas, sino que ni siquiera podía emborracharse con el alcohol, por lo que no temía cometer un error por descuido. Sin embargo, los imprevistos siempre acechan; más aún cuando, en esta ocasión, las propias acciones de Julius podrían convertirse en un factor inesperado para ella.
Al menos no debería haber problemas hasta la noche siguiente, cuando Reiner se enterara de los sucesos en la capital, pero Julius quería poner a salvo a Adelheid antes de que los rumores llegaran a oídos de su objetivo. Para resolver esa inquietud...
—Debo darme prisa con el rescate de Belmont.
Con esa determinación, Julius inició sus movimientos en la que sería su última noche como “Julias”.
—... ¿Eh? ¿Qué es eso?
Uno de los dos guardias apostados frente a la habitación del sótano donde Belmont estaba confinado soltó un grito de duda. Atraído por la voz de su compañero, el otro guardia giró la cabeza en la misma dirección. En el campo de visión de ambos aparecieron seis tenues luces de colores que oscilaban de forma irregular en el pasillo en penumbra.
Cautivados por el baile de aquellas luces misteriosas y hermosas, los hombres olvidaron su deber por un instante. Fue un descuido suficiente para que Julius se deslizara tras ellos sin hacer ruido y segara su conciencia.
—Buen trabajo, mis pequeñas bellezas.
Tras ocultar a los dos guardias inconscientes en una habitación contigua, Julius agradeció a las luces —los cuasi-espíritus con los que tenía contrato— por su ayuda en la distracción. Tras sonreír a sus Bellezas, que parecían de muy buen humor por haberle sido útiles, Julius abrió con cautela la puerta de la habitación que buscaba.
—... ¿Julias?
Al entrar, una voz sorprendentemente clara lo llamó. Por suerte, no había guardias en el interior; solo estaba Belmont, atado a una silla. Julius se llevó un dedo a los labios, indicándole que guardara silencio.
—Voy a cortar las cuerdas para que escapes. ¿Puedes moverte?
—... Imposible. Me rompieron las piernas. Me cuesta moverme por mi cuenta.
—Las piernas...
Al comprobar la respuesta ronca de Belmont, Julius notó que el estado de sus extremidades, tornadas de un color azul negruzco, era grave. No tendría más remedio que cargarlo, pero si alguien lo veía, la confianza que “Julias” se había ganado caería por los suelos inevitablemente. En el peor de los casos, tendría que enfrentarse a todos en el escondite en una gran refriega.
Teniendo asegurado el apoyo de Bikram, era difícil pensar que perdería. Sin embargo, de ser así, la organización se ocultaría bajo tierra antes de que pudiera encontrar pistas para erradicar el Hexcel, que era su objetivo original.
—...
Belmont observaba en silencio a Julius mientras este se sumía en sus pensamientos. Su actitud calmada era de gran ayuda. Al principio, seguramente Belmont habría querido preguntar muchas cosas al ver que Julius venía a rescatarlo, pero se limitó a responder con la información necesaria de manera apropiada. Tenía la sensación de que era un hombre demasiado razonable...
—... ¡Pasó algo!
Ante el repentino susurro de Julius, Belmont contuvo el aliento. Julius había percibido una anomalía que el otro no podía notar; era un aviso de los cuasi-espíritus que había dejado vigilando los alrededores tras la distracción. Ia, el cuasi-espíritu de fuego que custodiaba la entrada del escondite, reaccionó ante algún tipo de alboroto en esa zona. Julius intuyó que se trataba del apoyo de sus aliados.
Supuso que era la distracción que Helaine había prometido organizar para ayudarlo. Julius decidió que no podía dejar pasar esta oportunidad.
—Será un poco brusco, pero te prestaré mi hombro. Vamos.
—Entendido —respondió Belmont brevemente mientras Julius cortaba las cuerdas y lo ayudaba a levantarse.
A simple vista, a Belmont no solo le habían roto las piernas, sino también varios dientes y dedos, aunque no parecía tener heridas que pusieran en peligro su vida. Aunque sería un esfuerzo excesivo para el herido, Julius lo sacó de allí.
Salieron del sótano y subieron con cautela a la planta superior. Por fortuna, el alboroto que supuestamente Helaine había provocado continuaba en la entrada, y no se percibía que nadie se acercara hacia su posición. Aprovechando el hueco, se dirigieron a la parte trasera del edificio para que Belmont pudiera escapar. El método específico era el siguiente:
—Hay un pequeño bote en el río, justo detrás del edificio. Allí está un colega mío; él se encargará de recibirte.
—Oye, oye... no soy un gato ni un niño, soy un hombre adulto hecho y derecho.
—Por ahora, espero que te comportes como un gato y lo hagas bien.
Al llegar bajo la ventana que daba al río, Belmont hizo una mueca de disgusto con su rostro magullado ante las palabras de Julius. Sin embargo, pronto soltó un corto suspiro.
—Tú... tu verdadera cara es muy distinta a la que mostrabas aquí. Menudo cambio, me dejas helado.
—Son gajes del oficio. Ya me disculparé en otro momento... Por ahora, quiero que te concentres en escapar a salvo. Te recomiendo que obedezcas dócilmente las exigencias de mi colega.
—... De acuerdo. Gracias.
Tras recibir aquel agradecimiento cargado de resignación, Julius empujó el cuerpo de Belmont por la ventana. Belmont desapareció de su vista, pero el hecho de que no se escuchara ningún chapuzón significaba que Bikram, que esperaba en el bote, lo había atrapado con éxito. El plan era que el bote se perdiera en la oscuridad de la noche río abajo para llevar a Belmont a una zona segura.
—Con esto, he cumplido el objetivo inicial. Ahora solo queda...
Si la traición de “Julias” no había sido descubierta, Julius tenía la ambición de unirse al alboroto de la entrada y, con suerte, continuar con la investigación infiltrado... pero eso resultó imposible.
—... Señorita Helaine.
Julius pronunció el nombre de la mujer que no estaba allí mientras apretaba los dientes con amargura. Al alejarse de la parte trasera por donde escapó Belmont y observar lo que ocurría en la entrada del escondite, presenció la verdadera naturaleza del señuelo que Helaine había preparado. Eso era...
—¡Maldita sea! ¡Oigan, que alguien lo detenga! ¡Mátenlo!
—¡Es imposible! ¡Se metió una dosis de Hexcel y está fuera de sí! ¡Maldición!
Un grupo de hombres rodeaba a alguien entre gritos de furia y miedo; en el centro, un hombre forcejeaba violentamente con un arma blanca en la mano. Aquel que arremetía a diestra y siniestra soltando ruidos que no se sabía si eran gruñidos o alaridos era un hombre conocido para Julius. Era Blau.
Blau, a quien habían puesto bajo custodia durante el transcurso de la misión, estaba causando un caos absoluto contra los hombres del escondite. Con los ojos inyectados en sangre, babeando y con una expresión bestial, parecía una persona distinta, pero la causa de su transformación era exactamente la que los hombres suponían: el Hexcel. A Blau le habían administrado la droga prohibida y, en un estado de desequilibrio mental total, lo habían enviado al escondite como señuelo.
"Solo para confirmar... ¿Considera que Belmont es más útil para nosotros que Blau?"
—Así que a eso se refería...
Ante la lamentable figura de Blau, la conversación previa con Helaine cruzó por la mente de Julius. Aquella pregunta insistente no era más que una confirmación para que Helaine decidiera qué carta jugar. Julius no pensó que esto fuera una venganza infantil; Helaine simplemente había dado un uso efectivo a una carta que tenía libre dentro de sus limitadas opciones. Solo que, para Julius, ni las personas ni sus vidas podían ser cartas o peones.
—¡Ah! ¡Uaaaah, aaaaaah!
Blau, que blandía su arma con el rostro desencajado por la locura, recibía contraataques de los hombres mientras tanto, sangrando por todas partes y quedando hecho jirones. Gracias a los efectos de la droga no parecía sentir dolor ni cansancio, pero la hemorragia y las heridas estaban consumiendo su vida sin duda alguna. Hasta el punto de que parecía que ya no había cura ni tratamiento posible.
—Aun así, si lo detengo ahora, todavía hay una posibilidad de...
Justo cuando Julius iba a intervenir como “Julias” para detener al hombre que causaba el caos en el escondite...
—... ¿Qué es todo este alboroto?
Se escuchó la voz de un hombre que no debería estar allí, acompañada de un sonido agudo, como si se quebrara una placa de hielo.
Inmediatamente después de aquel sonido frío y cortante, el cuerpo de Blau fue partido en dos diagonalmente. Cercenado desde el hombro derecho hasta el costado izquierdo, Blau murió al instante, desplomándose en un charco de sangre sin haber podido reconocer lo que le había sucedido ni la realidad frente a sus ojos.
Fue un tajo demasiado cruel y, al mismo tiempo, sofisticado. Y quien lo había ejecutado era un hombre tuerto que ni siquiera parecía haber desenvainado la espada de su cintura...
—¿Acaso no pueden encargarse ni de un solo drogadicto de Hexcel si yo no estoy? Su incompetencia no tiene límites. Si lo único que tienen es fachada, mejor tatúense todos la cara con tatuajes de monstruos, como esos tipos de "La Balanza".
Al ver la figura del "Halcón Tuerto" Reiner Wahrheit encogiéndose de hombros y amedrentando a los presentes, todo el cuerpo de Julius alcanzó el máximo nivel de alerta y tensión. Era una aparición imposible. Según el plan, el regreso de Reiner debía ser mañana por la noche. Que hubiera vuelto al escondite un día antes de esta manera...
—... No tengo más remedio que retirarme.
Dedicando una oración silenciosa al fallecido Blau, Julius decidió la retirada. No había logrado ver la verdadera naturaleza de ese tajo invisible y aterrador de Reiner, y si “Julias” aparecía ahora, lo más probable es que fuera castigado por no haber detenido a Blau.
Había logrado rescatar a Belmont. Ahora solo quedaba esperar que de su boca saliera información que llevara al desmantelamiento de la organización; por el momento, no había otra opción más que retirarse. Aguantando esa frustración, Julius dio media vuelta rápidamente y, siguiendo las indicaciones de los cuasi-espíritus que lo guiaban por el camino menos vigilado, escapó del edificio por una ventana del pasillo para perderse en la oscuridad. Tenía la intención de reunirse con Bikram río abajo y participar en el interrogatorio de Belmont.
Sin embargo, justo antes de alejarse por completo, Julius miró hacia el escondite y se quedó atónito, con los ojos como platos.
Lo que sorprendió a Julius fue la figura de una joven pelirroja vestida de gala, que trepaba hábilmente por la pared de un lateral descuidado del edificio para infiltrarse en el segundo piso...
—... ¿Adelheid?
15
—Y así están las cosas: tenemos a Belmont encerrado en el sótano. Se empeña en no hablar con nadie que no sea el Jefe. ¿Qué decide usted?
—Ya veo...
Al escuchar el informe de su subordinado —el hombre con el tatuaje en el cuello, Reiner se acarició la barbilla, sumido en sus pensamientos.
A los pies de Reiner, el suelo estaba manchado de sangre, y los hombres a su alrededor lo observaban con una mezcla de pavor y reverencia. Dominar a los demás a través del miedo es sencillo, pero tiene sus desventajas: suele producir una legión de incompetentes que solo saben leer el humor de su superior.
—En ese sentido, Belmont era uno de los pocos que sabía pensar por su cuenta.
Era un secreto a voces que Marcos, el actual Capitán de la Guardia Real, lideró en su juventud a una banda de delincuentes conocida como la “Hermandad”. Reiner sabía que los antiguos miembros se habían dispersado y vivían ocultando su pasado, pero no tenía idea de que Belmont fuera uno de ellos.
Eso no bastaba para asegurar que Belmont fuera un infiltrado de la Orden, pero como el propio Reiner siempre había aplicado la máxima de “castigar ante la duda”, no podía culpar al hombre del tatuaje por su iniciativa.
—En fin, iré a escuchar sus súplicas antes de que muera. ¿Está en el sótano?
—Sí... Por cierto, Jefe, volvió antes de lo previsto, ¿no? Se suponía que sería mañana por la noche.
—Eso fue mentira. Hice lo mismo que tú.
—¿Eh? ¿A qué se refiere?
—Últimamente tenía un mal presentimiento que no me dejaba en paz. En lugar de ignorar esa corazonada, es más fácil forzar al enemigo a que se mueva. Por eso dejé la capital vacía a propósito.
Nunca imaginó que Belmont sería el que mordería el anzuelo, pero si se trataba de alguien que había estado husmeando en su organización, tenía sentido que fuera un rival de ese calibre. Era una forma amarga de encajar las piezas, pero en este juego de engaños, ya había un claro ganador.
Reiner soltó un bufido ante el hombre del tatuaje, que asentía con obsecuencia, y se dirigió hacia el sótano. En ese momento, unos subordinados pasaron por su lado cargando el cadáver del adicto al Hexcel...
—Esperen.
Reiner los detuvo y clavó la vista en el cuerpo.
Cuando lo mató, el hombre estaba de espaldas; además, su rostro desencajado por la locura era tan desagradable que no le había prestado atención. Pero mirándolo de cerca...
—... ¿Es Blau?
—¡¿Qué?! —exclamaron los hombres, soltando un grito de sorpresa mientras verificaban el rostro del cadáver. Se quedaron mudos, con un nudo en la garganta.
Su reacción confirmó que Reiner no se equivocaba. Pero algo no cuadraba. Se suponía que Blau había muerto a manos de Julias hace unos días, como una prueba de valor para entrar en la organización.
Si ese mismo Blau estaba vivo, y encima drogado hasta las cejas causando destrozos aquí...
—Maldición...
Reiner dio media vuelta, cruzó el salón a paso rápido y bajó las escaleras del sótano a toda prisa. Al asomarse a la habitación donde debía estar Belmont, confirmó que no había nadie.
Belmont desapareció mientras el drogado de Blau servía de distracción. Si unía eso al hecho de que Blau seguía vivo, la conclusión era obvia.
Y el camino a seguir para Reiner Wahrheit también era uno solo.
—... Menudo problema me has causado, Julias.
—¿J-Jefe?
Detrás de Reiner, el hombre del tatuaje lo llamó con voz temblorosa al ver el sótano vacío. Reiner se giró hacia él y levantó ligeramente sus manos desnudas.
—Lo siento, pero es hora de hacer limpieza general. Con todos ustedes.
16
—¿Julias?
En el instante en que entró en la habitación sin hacer ruido, Julius sintió que sus músculos se tensaban al ser llamado por su nombre.
No esperaba que lo descubrieran tan fácilmente. Supuso que no debía intentar cosas para las que no estaba entrenado; después de todo, no era rival para una profesional en el arte del sigilo. Dejó escapar un suspiro que mezclaba la resignación con la admiración.
—Sí, soy yo. Te vi entrar al segundo piso desde afuera y vine a toda prisa tras de ti.
—Siento haberte asustado. El Jefe estaba distraído y se armó un buen lío en la entrada. Pensé que era mi única oportunidad.
Mientras se disculpaba, Adelheid no detuvo sus manos. Estaba en una de las habitaciones del escondite —el despacho privado de Reiner—, registrándolo todo a gran velocidad. Julius intuyó que buscaba algo vital para la misión, pero aun así le advirtió:
—Basta, Adelheid. No tuve oportunidad de contactarte, pero la situación cambió. Es peligroso seguir aquí. Tienes que venir conmigo ahora mismo...
—Yo tampoco pensaba quedarme mucho tiempo. Solo quiero encontrar la caja fuerte del Jefe. Ahí deben estar las pistas sobre quiénes son sus socios en la venta de Hexcel.
—¿Qué?
—Cartas. Al parecer las guarda para usarlas como chantaje contra sus compradores. Le robé la llave mientras estaba distraído, ahora solo falta...
—Entiendo. ¡doncellas, a mí!
Julius interrumpió a Adelheid y convocó a sus cuasi-espíritus. Ante la urgencia, ordenó a los pequeños seres que buscaran “algo” oculto en la habitación.
Mientras él se había ocupado del rescate de Belmont, Adelheid también había estado librando su propia batalla, arriesgándose en un peligroso juego contra Reiner para cumplir su parte. En ese caso, la ayudaría con todo lo que tuviera a su alcance.
—Lo encontramos. Hay un ladrillo en la pared que se puede quitar.
Para unos espíritus sin forma física, registrar cada rincón de la habitación era pan comido.
Siguiendo las indicaciones de Iku, el cuasi-espíritu de tierra, Julius se acercó a la pared en cuestión. Usando la punta de su espada envainada, tiró del ladrillo hacia afuera y reveló una pequeña caja fuerte de hierro negro.
—Aquí está. Es esta carta —exclamó Adelheid con entusiasmo tras abrir la caja con la llave. Solo había una carta en su interior, algo que encajaba perfectamente con la personalidad meticulosa de Reiner.
Sea como sea, el objetivo estaba cumplido. Ahora solo debían escapar por la ventana.
—Bien, vámonos. Si salimos ahora...
Podrían alejarse del lugar antes de que sus verdaderas intenciones quedaran al descubierto. O eso pensaba Julius mientras tomaba a Adelheid del brazo para marcharse.
—¡Cuidado!
—¡...!
Un tajo invisible marcó el inicio del inevitable combate entre Julius Juukulius y Reiner Wahrheit.
17
──Y así, la historia regresa al principio.
──…
Agazapado en el segundo piso de la guarida, Julius contenía el aliento mientras intentaba rastrear la presencia de un invisible Reiner.
Los ataques del enemigo no solo eran invisibles, sino que momentos antes lo habían alcanzado sin importar la distancia o los obstáculos. Por lo que podía deducir, la verdadera identidad de esa técnica era… ¿magia de viento?
—Si la respuesta son cuchillas de viento, eso explicaría por qué los ataques no se ven.
—Entiendo tu razonamiento. Pero dudo que esa sea la respuesta. Estuvieron a punto de alcanzarme a mí también.
—… ¿Es una afirmación basada en alguna prueba?
—Desde luego.
Julius frunció el ceño ante las palabras de Adelheid, quien acechaba a su lado con la misma cautela.
No es que dudara de ella; más bien, al creerle, su frustración nacía de sentir que la verdadera naturaleza de la técnica enemiga se alejaba una vez más de su comprensión.
Si no era magia de viento, lo siguiente que venía a su mente era la refracción de luz mediante magia de tipo Yang para ocultar el filo. De hecho, el propio Julius sería capaz de realizar un truco similar para esconder sus movimientos.
Sin embargo, el hecho de que fueran ataques a larga distancia y desde puntos ciegos invalidaba esa hipótesis.
En ese momento…
—¡Sal de ahí, Julias! ¡Sé que eres tú!
Al ser llamado por su nombre desde la planta baja, Julius comprendió que su identidad ya había sido descubierta.
Aun así, no tenía sentido darle más información al enemigo. Si revelaba su posición por descuido y los maleantes se lanzaban en masa contra ellos, le sería imposible esquivar los ataques de Reiner en medio de una refriega.
Pero entonces...
—No estés tan a la defensiva. No tienes de qué preocuparte, tú eres el único que queda aquí.
—… ¿Qué has dicho?
—No sé para quién trabajas. Mi apuesta principal es que eres de los Caballeros, y la segunda que vienes de otra organización… sea como sea, eres un gran actor. Me engañaste por completo.
Ante ese elogio cargado de burla, Julius intuyó que gran parte de su investigación encubierta había quedado al descubierto. Por ello, Reiner había comenzado a eliminar activamente cualquier estorbo. Y eso incluía a todos los que no fueran “Julias”.
—… Julias, el piso de abajo está demasiado silencioso.
—Sí, opino lo mismo. Probablemente… no quede nadie con vida aparte de nosotros.
Debía de haber más de veinte hombres en la guarida, pero no se sentía ni un solo rastro de ellos. Seguramente Reiner, al percatarse de que la investigación sobre su organización estaba cerca, decidió silenciarlos a todos con sus propias manos.
Julius no esperaba que llegara a tal extremo de crueldad, y Bikram y los demás tampoco lo habrían previsto...
—Ese es el problema. Por eso siempre están uno o dos pasos por detrás de mí.
—¡…!
Como si quisiera burlarse de un Julius consumido por el remordimiento, la mofa de Reiner vino acompañada de una ráfaga de cortes.
El sonido de las paredes y el suelo siendo triturados se repetía sin cesar, y en un abrir y cerrar de ojos, la escalera quedó reducida a escombros. Aquello limitaba cada vez más las opciones de movimiento de Julius, pero...
—… Es extraño.
Mientras se mantenía alerta ante los ataques que subían desde la planta baja, Julius murmuró al sentir una ligera disonancia.
Reiner era un hombre precavido y meticuloso. Su primer ataque, dirigido a los cuellos de Julius y Adelheid, habría sido fatal de no ser por el instinto de ella, pero los ataques de distracción posteriores no tenían la misma intención. Eran, por así decirlo, ataques sin sentido que solo buscaban mantenerlos en guardia. Eso no encajaba.
Si incluso eso formaba parte de la estrategia de Reiner Wahrheit...
—¡Adelheid!
Gritando por puro instinto, Julius atrajo a Adelheid hacia sí para protegerla. Inmediatamente después, una tormenta de destellos invisibles que parecía triturar el edificio entero estalló en un vendaval de espadas, bailando con furia en la noche del barrio bajo.
—… ¿Se acabó?
Mientras observaba cómo la guarida se derrumbaba ante sus ojos, Reiner esbozó una sonrisa de satisfacción al sentir que el golpe había sido certero.
Aquel último subordinado inepto que quedaba en el piso superior —probablemente ese tal Julias infiltrado de quién sabe dónde— era un espadachín cuyo punto fuerte era la calma y el análisis, a pesar de su apariencia ruda.
Un espadachín con ese temperamento reactivo no era más que una presa fácil para la “Espada Latente” de Reiner.
La verdadera naturaleza de los filos invisibles de Reiner Wahrheit no era magia de viento ni de luz. Él consideraba que, de clasificarse, sería una variante de la magia Yin, aunque ni él mismo tenía la certeza absoluta.
Lo único que sabía es que Reiner podía “posponer” el efecto de los cortes que lanzaba. Y una vez pospuestos, podía activarlos a voluntad en el momento que deseara.
En otras palabras, podía colocar trampas mortales invisibles e indetectables por doquier y activarlas cuando quisiera.
Por eso, la guarida estaba plagada de cortes que Reiner había “dejado” previamente. Especialmente alrededor de su habitación y en el segundo piso los había colocado con esmero; aquel vendaval de espadas desatado debió haber hecho pedazos al enemigo.
Para asegurar el resultado, los provocó desde abajo para que Julius se quedara quieto en el segundo piso.
—Hay que evitar hasta la más mínima posibilidad de error. Eso es lo que yo llamo actuar con inteligencia.
La técnica de Julius aún estaba en desarrollo, con la inmadurez propia de su edad, pero comparada con la de otros maleantes, la diferencia era abismal. Si se enfrentaban cara a cara, no podía descartar que ocurriera algún imprevisto.
Y él no solía correr riesgos innecesarios. Esa era la filosofía de vida de Reiner.
Hubo un tiempo, justo después de ser reclutado por los Caballeros, en que Reiner confiaba en su fuerza y tenía grandes expectativas. Soñaba con convertirse en el mejor espadachín del reino y estar a la altura de las leyendas del “Demonio de la Espada”.
Pero esas fantasías se desmoronaron al ver a monstruos como “La Roca” que existían en su misma época; comprendió que sus sueños eran inalcanzables. Solo era eso.
—Tú eres igual, Julias. Al final, no eres más que un mediocre...
—… Al Clauzeria.
En ese instante, un fulgor arcoíris brotó de entre los escombros de la guarida, quemando los ojos de Reiner.
—¡…!
Saltó hacia atrás por instinto mientras sus ojos, teñidos de blanco por el resplandor, se reajustaban a la oscuridad. Clavó la mirada al frente.
Allí...
──…
Vio a Julias de pie entre los restos del edificio, sosteniendo a Adelheid con un brazo mientras que con el otro apuntaba firmemente con su espada de caballero hacia él.
—¿Cómo es que…?
—Rompí el suelo y bajé a la planta inferior. Fue por los pelos, pero llegué a tiempo.
Julius hablaba en un estado deplorable; su cuerpo estaba cubierto de laceraciones y su ropa hecha jirones. Apenas se podía decir que estaba vivo, mucho menos que “había llegado a tiempo”… Pero no era así.
Julius estaba destrozado. Pero Adelheid no. Ella estaba ilesa.
Ciertamente, Julius lo había logrado a tiempo para ella.
—Julias, ¿qué has hecho? No era necesario que llegaras a este extremo, yo podría haber…
—… Julius.
Protegida en sus brazos, Adelheid se quedó sin palabras al escuchar el nombre. Julius la dejó suavemente en el suelo y dio un paso al frente, adoptando su postura de combate a pesar de estar empapado en sangre.
Entonces, continuó con voz firme para que tanto Adelheid detrás de él como Reiner frente a él pudieran escucharlo:
—… Caballero del Reino, Julius Juukulius.
Era la proclama de un guerrero. El protocolo que debe seguir aquel que se dispone a luchar; declarar su rango y su nombre para grabarlos en el oponente con quien decidirá su destino en un duelo a muerte.
Era el juramento estúpido de aquellos que creen en fantasías como el honor y el juego limpio, cosas de las que Reiner no hacía más que burlarse.


Sin embargo...
—… Reiner Wahrheit, el “Halcón Tuerto”.
Respondiendo al desafío, Reiner ya había desenvainado su espada.
Incluso estando al borde de la muerte, Julias —no, Julius Juukulius— se había identificado como un Caballero del Reino. No es que Reiner se sintiera conmovido o admirado por esa actitud; más bien, era todo lo contrario.
Era un caballero cuyo rostro Reiner no conocía, lo que significaba que era un novato que se unió después de que él fuera expulsado. Un mocoso con, a lo sumo, un año de experiencia. Un principiante que quizás estaba realizando su primera proclama de guerrero en un duelo real.
A ese insolente, arrogante y temerario chiquillo… le cortaría las alas aquí mismo. Sería incluso una misericordia para alguien como Julius, que aún no conocía la verdadera altura de la cima.
—Eso no es algo que tú decidas, Reiner Wahrheit.
Adelheid, ahora de pie junto al caballero, desafió con su mirada al “Halcón Tuerto”.
No hubo tiempo para responder a la impertinencia. En un segundo, el agonizante Julius se lanzó al ataque, envolviendo su cuerpo en un aura de luz. Era rápido. Para interceptarlo, Reiner activó su “Espada Latente” y, entre el vendaval de cortes, levantó su propia arma. Pero fue lento. Fue una lentitud exasperante y frustrante.
… Era la prueba de su propia decadencia por haber pasado demasiado tiempo sin blandir una espada de verdad, dependiendo solo de sus trucos.
18
—¡Ay, miau! ¡¿Pero qué pasa con esta noche?! ¡No dejan de llegar heridos uno tras otro!
En la Clínica Real, una adorable sanadora de orejas de gato color lino corría de un lado a otro con eficiencia, atendiendo a los heridos que no dejaban de entrar.
Aunque no era una sanadora oficial de la institución, poseía una habilidad superior a la de cualquiera allí presente, por lo que las peticiones de ayuda no dejaban de lloverle.
Según lo que había oído, hubo una gran redada de los Caballeros en los barrios bajos. Pero aun así, había demasiados heridos, y ninguno parecía tener aspecto de pertenecer a la orden.
Era un misterio qué clase de incidente había ocurrido, pero el deber de un sanador era tratar a todos por igual...
—¡Den prioridad a los que tengan salvación! ¡Si ven que alguien es demasiado para ustedes, pásenmelo a mí! ¡Miau! ¡Hay que salvar todas las vidas posibles! Porque ese es el estilo del maestro Garitch…
—Perdona, ¿podrías darle prioridad a él?
—¡¿Miaaaaaau?!
En medio del ajetreo, la sanadora de orejas de gato dio un salto al oír una voz a sus espaldas. Al darse la vuelta, vio a una chica pelirroja de su misma edad cargando a un joven de cabello violeta cubierto de heridas...
—¡Cielos, está hecho un desastre! ¡Rápido, rápido, acuéstenlo en la camilla!
—¿Puedes salvarlo? Él es… un amigo muy importante. Un salvador.
—¡Miau! ¡Nadie más que Ferri-chan podría hacerlo! Pero que conste que es pura suerte que yo esté aquí esta noche, ¡así que denle las gracias a su fortuna y a la señorita Crusch!
Dicho esto, la sanadora comenzó a examinar con presteza al joven gravemente herido.
Cortes por todo el cuerpo, mucha pérdida de sangre. Pero, por suerte, las heridas vitales habían sido evitadas milagrosamente. Por ahora dejaría de lado las posibles secuelas y apostaría todo a su fuerza vital.
Con esto, podría salvarlo. Pero realmente fue un milagro que la sanadora estuviera en la capital ese día.
—¡En serio, miau, este tipo tiene una suerte increíble! ¡Normalmente ya estaría muerto!
—Te lo encargo. Yo… aún tengo cosas que hacer.
—¿Eh? Espera, si es alguien tan importante deberías quedarte a tomarle la ma… ¡¿Ah?!
Antes de que terminara de hablar, la chica pelirroja ya había desaparecido de su vista. Miró a su alrededor buscando su rastro, pero no había ni rastro de ella.
“¡Qué egoísta!”, pensó la sanadora, con sus orejas de gato temblando de indignación mientras volvía a mirar al joven que estaba tratando.
—¡Miau, miau, miau! ¡Tienes que elegir mejor a tus amistades! ¿Puedes decirme tu nombre?
—… lias. Ju… lias…
—¿Julias? Entendido, ¡Julias! ¡No te dejaré morir, así que miau-agradécemelo después!
Pronunciando el nombre en voz baja, la sanadora impuso sus manos y activó su magia curativa. Una luz tenue comenzó a inundar la sala… Era un brillo “azul” intenso, vasto y hermoso.
19
──Y así, al mismo tiempo que en la Clínica Real se llevaba a cabo una curación desesperada...
—¡Rápido, muévanse! Los caballeros aparecerán en cualquier momento. ¡Antes de que eso pase, tenemos que irnos!
Con el rostro pálido, aquel noble apuraba al cochero mientras el carruaje de dragón partía a toda prisa por las calles nocturnas de la capital.
Se dirigían desde su villa en la ciudad hacia su mansión principal en sus tierras propias. Por lo general, lo normal sería esperar al amanecer para partir, pero a pesar de que la noche se hacía cada vez más profunda, el noble insistía en salir de inmediato.
Tenía una razón de peso para hacerlo: acababa de recibir la peor de las noticias. Su socio comercial, con quien compartía negocios turbios, había sido el objetivo de una redada de los caballeros.
Sin tiempo para discutir medidas, perdió todo contacto con él. En ese caso, era solo cuestión de tiempo para que la investigación llegara hasta su puerta. Tenía que poner su fortuna a salvo antes de que eso ocurriera.
Por esa razón, el noble obligaba al carruaje a ir a su máxima velocidad, hasta que...
—Hasta aquí llegaste.
Al instante siguiente, el enganche del carruaje fue destruido. Al quedar fuera del alcance de la “Protección Divina de Evasión del Viento” del dragón de tierra, el vehículo volcó violentamente. Para el noble, el conde Easley Oruon, el mundo se puso patas arriba en un segundo.
──…
Tras confirmar que el conde Oruon estaba aturdido dentro de la cabina volcada, la persona de cabello rojo que había provocado el accidente de forma tan contundente
—Adelheid— dejó escapar un largo suspiro.
Adelheid, que vestía un elegante vestido, llevaba guardada en el pecho una carta que había recuperado de la guarida de Reiner.
El contenido de esa carta era la prueba de que el conde Oruon respaldaba a la organización de Reiner y estaba implicado en el tráfico de “Hexcel”. Aunque el conde era conocido por su benevolencia, buena gestión y carácter afable, parece que en las sombras colaboraba con un caballero expulsado con deshonor para dedicarse a las fechorías.
Con el sospechoso bajo custodia y la carta en su poder, ya no había escapatoria. Una vez que obtuvieran el testimonio de un Reiner Wahrheit capturado, el conde no tendría forma de excusarse. Seguramente, la identidad del infiltrado que filtraba información de los caballeros a esos dos también saldría a la luz pronto.
Si eso se aclaraba, la actuación arbitraria de Adelheid habría valido la pena.
—Todo es gracias a Julias... no, a Julius.
Suspiró al pensar en el joven que había sido su compañero en esta infiltración.
Debido a sus propias dudas —por el riesgo de revelar su identidad y el temor de dañar el vestido de su madre— terminó provocando que él sufriera heridas innecesarias. Mientras rezaba para que no le quedaran cicatrices ni secuelas, sentía cierta confusión interna: era la primera vez en su vida que alguien lo protegía.
Y justo cuando estaba sumido en esos pensamientos...
—... Oh, no.
Un sonido metálico resonó y, acto seguido, varias monedas rodaron por el pavimento de piedra en todas direcciones. La caja de monedas de oro que el conde Oruon intentaba llevarse se había abierto al volcar el carruaje, y el contenido se salía por las ventanas rotas y el techo destrozado.
Apresurado, Adelheid comenzó a recoger las monedas dispersas. Al oír el alboroto, los guardias y los curiosos no tardarían en aparecer, y no quería causar más escándalo del necesario.
Justo cuando recogía con rapidez una o dos monedas...
—Ah...
Sus ojos se encontraron con los de una niña que acababa de recoger una moneda de oro que se había colado en el hueco de un callejón.
Era una pequeña de unos diez años, de cabello rubio y ojos rojos. La niña, que parecía haber estado en el lugar por casualidad, apretaba la pequeña moneda en su mano mientras observaba fijamente a Adelheid.
A juzgar por su ropa andrajosa, debía de ser una habitante de los barrios bajos. Antes de que Adelheid pudiera decir algo para pedirle que se fuera sin hacer ruido...
—... No uses ropa tan confusa, por un momento pensé que eras una mujer.
──…
Tras soltar esas palabras, la niña le dio la espalda a un estupefacto Adelheid y se perdió en la oscuridad del callejón antes de que pudiera detenerla.
Adelheid se quedó mirando por donde se había ido, parpadeó un par de veces y, finalmente, soltó una carcajada.
Rió suavemente mientras negaba con la cabeza y murmuraba para sí mismo:
—Vaya problema. Y yo que pensaba que me había disfrazado bastante bien.
20
—Reiner Wahrheit y el conde Easley Oruon, el cabecilla y el cerebro del tráfico de “Hexcel”, han sido capturados. Buen trabajo, Juukulius.
—No, solo cumplí con mi deber. Más bien, le agradezco que me haya trasladado a una habitación privada. Me resultaba... algo incómodo estar en la sala común.
—Es comprensible. Aunque no podíamos revelar que estabas en una misión de infiltración, se me heló la sangre cuando me enteré de que te habían metido en la misma habitación que a los maleantes que tú mismo ayudaste.
Bikram, que había ido a visitarlo a la clínica, se encogió de hombros mientras terminaba de pelar una manzane. Colocó los trozos en un plato y se los ofreció a Julius, que estaba en la cama.
Julius se incorporó un poco, tomó el plato y mordió una de las frutas con gratitud.
—... Es dulce y de un sabor exquisito. Y pensar que es una manzane pelada por las propias manos del “Caballero de Plata”.
—No me vengas con que eso cambia el sabor. Deja de decir cursilerías que dan escalofríos.
—Lo lamento... Por cierto, esta manzane que ha pelado, ¿puedo comerla toda?
—Haz lo que quieras... es más, cómetela toda ahora que estoy aquí. Siento que eres capaz de guardarla como un tesoro si te dejo solo.
La reacción de Bikram le pareció injusta, pero como no podía negar que había algo de verdad en ello, Julius guardó silencio y dio cuenta del segundo trozo de manzane.
Habían pasado ya varios días desde la noche de la gran redada, y Julius se estaba recuperando favorablemente.
A juzgar por la reacción de los cuasi-espíritus que tanto se preocuparon por él al despertar, parece que realmente estuvo al borde de la muerte, pero fue salvado por una sanadora excepcional que casualmente estaba de guardia ese día.
Dicha sanadora ya se había marchado de la clínica, por lo que Julius, que estuvo inconsciente durante tres días, no pudo agradecerle en persona.
—Sin duda encontraré la oportunidad de devolverle el favor a mi salvadora...
Eso fue lo que Julius juró en su corazón. —Este juramento se cumpliría años más tarde, cuando se reencontrara con dicha sanadora en las filas de los caballeros, pero esa es otra historia.
Sea como sea, tras hacer su promesa, Julius miró a Bikram y preguntó:
—¿Cree que habrá oportunidad de cruzar palabra con la señorita Helaine?
—... Será difícil. Para esa gente, una vez terminada la misión, cualquier relación previa se acaba. Pasan de inmediato al siguiente objetivo... ¿Querías quejarte con ella?
—... Siento una indignación que no puedo ocultar por el hecho de que usaran a Blau. No me gusta ese método de usar las vidas como si fueran piezas de un juego. Sin embargo, entiendo que sin esa distracción no habríamos podido rescatar al señor Belmont, ni resolver el incidente tan pronto.
—... Belmont me dijo que ella también estaba agradecida por haberlo salvado. Me pidió que te lo transmitiera.
Ante las palabras de Bikram, quien pareció dudar antes de hablar, Julius sonrió con amargura al imaginar la actitud de Helaine, quien se negaba a dar las gracias directamente.
Aun así, hubo algo que le sorprendió de verdad cuando se enteró después.
—Quién iba a decir que el señor Belmont era realmente un espía... y compañero de la señorita Helaine.
—A mí lo que más me sorprende es que el propio Belmont fuera quien hizo correr el rumor de que estaba aliado con los caballeros, solo para sacudir a la organización desde dentro. Si no hubieras soltado ese discurso idealista, no habría sido raro que muriera allí mismo. Realmente, esos tipos de las “Seis Lenguas” son...
—Señor Bikram, eso de...
—Perdón, se me escapó. Olvídalo. Si es necesario, ya volverás a escuchar ese nombre tarde o temprano.
Bikram puso una mueca de haber cometido el error de su vida. Julius tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener su curiosidad y no seguir preguntando.
Al ver el esfuerzo de Julius, Bikram dejó escapar un profundo suspiro.
—En cuanto a Reiner, está cooperando con el interrogatorio. Tiene una expresión como si se hubiera quitado un peso de encima... pero aun así, lo que hizo no tiene perdón. Probablemente le den la pena máxima.
—Es... una lástima. Aunque supongo que él ya estaba preparado para eso.
Como alguien que lo capturó sin matarlo, Julius sentía cierta pena. Pero al mismo tiempo, era un hecho que Reiner había cometido crímenes imperdonables. El tráfico de “Hexcel” era un delito gravísimo.
Seguramente recibirá un castigo severo para servir de escarmiento y evitar que otros sigan sus pasos.
Mientras su parte adulta aceptaba que ese castigo era inevitable, Julius recordaba a aquel Reiner Wahrheit con el que cruzó espadas en el último momento.
A pesar de estar herido y perdiendo mucha sangre, la mente de Julius estuvo muy lúcida durante el duelo.
Julius pudo comprobar en carne propia la expresión de Reiner, su excelente visión táctica y la maestría de una técnica que no dependía solo del talento. Por eso, no podía evitar sentir que era un desperdicio.
—Él pasó por varios escuadrones, pero nunca llegó a los Caballeros de la Guardia Real. Por eso nunca coincidió conmigo, que siempre estuve allí. Para mí, no es alguien a quien deba lamentar ni perdonar.
—Eso es...
—Pero tú no tienes por qué sentir lo mismo. Tú y yo somos personas distintas. Nuestra forma de sentir, de ver las cosas... e incluso nuestra forma de proteger y nuestros juramentos pueden ser diferentes. Siéntete como quieras.
Bikram leyó el corazón de Julius a través de su silencio y se lo dijo con cierta gentileza. Luego soltó un largo suspiro, se tocó el bigote y apoyó las manos sobre sus rodillas.
—He dicho muchas cosas, pero en general, lo hiciste muy bien, Juukulius. No habría podido terminar esta misión si no te hubiera tenido como subordinado. Como caballero, aunque ya sea un viejo, te doy las gracias.
──…
Julius contuvo el aliento ante el tono serio de Bikram, conmovido por sus palabras.
Que el mismísimo Bikram Edditz, el “Caballero de Plata”, le dijera algo así era motivo de un orgullo inmenso. Sin embargo, la emoción de Julius no se debía solo a eso.
Los rumores que llegaban incluso hasta la clínica no eran falsos.
—Wyatt Edditz... él era el informante de Reiner. Mi inútil hijo.
—Señor Bikram...
—Aquel incidente en el que mataron al mensajero del conde Oruon, que fue el detonante de la expulsión de Wahrheit... el verdadero culpable fue mi hijo, y Wahrheit cargó con la culpa. Bueno, viendo que ya estaba aliado con el conde y conociendo su técnica secreta, puede que todo fuera una trampa desde el principio, pero mi hijo filtró información de los caballeros muchas veces. Sea cual sea el origen, un crimen es un crimen.
Ante la explicación impasible de Bikram, Julius sintió una punzada de tristeza.
Wyatt Edditz, miembro de una familia que había dado caballeros por generaciones, había colaborado en las fechorías de Reiner. Pero pensando en los sentimientos de Bikram, Julius sentía que sería cruel recriminarle a su hijo haber cometido tal estupidez, especialmente si existía la sospecha de que fue engañado.
Como resultado, Julius no encontraba palabras de consuelo, y en ese silencio...
—Voy a retirarme de los caballeros. Mi hijo hizo lo que hizo, y debo asumir la responsabilidad.
──…
—No pongas esa cara tan amarga. Después de todo, te estoy agradecido, Juukulius.
—¿Agradecido? ¿Usted a mí, señor Bikram?
Julius, que se sentía mal por no haber podido ser de más ayuda, abrió los ojos de par en par. Bikram asintió.
—Cuando rescatamos a Belmont en el barco y mencionó el nombre de mi hijo como sospechoso de ser el informante... mentiría si dijera que no dudé. Podría haber protegido a mi estúpido hijo y haberme desviado del camino. Pero...
Bikram hizo una pausa y miró directamente a los ojos de Julius. Julius se sintió desconcertado por la agudeza de esa mirada, que contrastaba con una emoción cálida que brotaba de ella.
Bikram sonrió levemente ante la reacción de Julius y continuó:
—Tú me recordaste lo que significa el camino del caballero. Gracias a eso, aunque fracasé como padre, pude evitar tirar por la borda mi honor como caballero hasta el final. No está mal, ¿verdad?
—Eso es...
—Escucha, joven novato. Eres un tipo bastante increíble. A decir verdad, creo que tienes una personalidad con la que es fácil que te jueguen sucio... pero mantente así.
──…
—Sigue siendo siempre un caballero, tal como eres. Es el último favor que te pide este viejo soldado.
Ante las palabras de un Bikram con el rostro sereno y libre de asperezas, Julius se quedó sin habla.
Para Bikram Edditz, quien había servido al Reino de Lugunica durante tanto tiempo y destacado bajo el nombre del “Caballero de Plata”, este retiro era muy distinto al que habría deseado, pues se marcharía bajo las sombras.
El honor de la casa Edditz se vería manchado por las acciones de su hijo y por un padre que no supo ver la verdad. Sin embargo, Julius Juukulius lo sabía.
Sabía cuán grande y valiente era el caballero Bikram Edditz.
—Me esforzaré al máximo para estar a la altura de sus expectativas. Después de todo, son las palabras de Bikram Edditz, el “Caballero de Plata” que compitió en méritos militares con Grimm Fauzen, el “Caballero del Escudo”.
—¿Y cómo demonios sabes eso? En serio, siempre terminas dándome miedo.
21
—... Pequeño Bel.
Al ser llamado por ese antiguo apodo a sus espaldas, Belmont se detuvo y se dio la vuelta. Al reconocer el rostro de quien lo llamaba, una sonrisa se dibujó en sus labios sin que pudiera evitarlo.
—Vaya, Comandante, no ha cambiado absolutamente nada. ¿Seguro que han pasado diez años?
—Y tú tienes una cara más insolente que nunca. ¿Acaso te estás alimentando bien?
—Se ve igual que siempre, pero ya empezó a hablar como un viejo. ¿O es que siempre fue así?
—Cierra la boca —respondió el gigantón mientras se acercaba con zancadas pesadas.
Era Marcos. Para Belmont, era un viejo conocido al que no veía desde hacía una década.
Aunque no se habían visto en todo ese tiempo, la información sobre Marcos siempre llegaba a sus oídos. En parte era porque sus hazañas solían ser estruendosas, pero la razón principal era su relevancia política.
Marcos “La Roca” Gildark era una figura clave que no se podía perder de vista para mantener la estabilidad del Reino de Lugunica.
Por eso, la organización de Belmont —o mejor dicho, “su” organización— vigilaba cada uno de sus movimientos. Ese era el deber de “Las Seis Lenguas”, la agencia de inteligencia del Reino.
Con todo, Belmont no odiaba a Marcos; no lo hacía desde los días de “La Hermandad”. Siempre le había caído bien este gigante bonachón, un hombre honesto incapaz de mentir y cuya especialidad eran los enfrentamientos directos.
—Y pensar que el Comandante terminó convirtiéndose en un comandante de verdad. El paso del tiempo es algo increíble.
—Incluso aquel mocoso, el Pequeño Bel creció hasta volverse todo un adulto. ¿Qué hay de los demás? ¿Has mantenido el contacto?
—Leno es el asistente del alcalde de Costuul, y supongo que el resto también estará bastante ocupado. Yo, como ve, sigo igual que siempre.
Dicho esto, Belmont agitó sus dedos vendados, presumiendo sus “heridas de guerra”.
En el incidente relacionado con el “Hexcel”, los Caballeros del Reino también habían desplegado personal para la investigación. Por supuesto, Marcos, como Comandante de los Caballeros, debía saber que Belmont figuraba entre los involucrados.
De hecho, por eso mismo había podido emboscarlo justo aquí, en la entrada al distrito noble de la capital.
—Si no hacía esto, habrías seguido evitándome.
—Que el Comandante me hable con tanta formalidad me pone la piel de gallina... Pero bueno, es que no tenía cara para verlo. Después de todo, mire en lo que me he convertido.
—Mis subordinados me dijeron que te esforzaste al máximo para resolver el caso. Has actuado con dignidad. Además...
—¿Además?
—Entre tú y yo, no te preocupes por tonterías como si tienes o no cara para verme.
Ante esas palabras tan directas, Belmont no pudo evitar sentirse un poco avergonzado.
Como se mencionó antes, en estos diez años Belmont se había cansado de escuchar el nombre de Marcos, pero no era el caso de este último. Para él, Belmont era alguien con quien había perdido el contacto durante casi una década.
Y aun así, Marcos seguía dirigiéndole palabras tan cálidas.
—Vaya giros que da la vida.
—¿Qué dices?
—Nada. Solo pensaba que, si me hubiera encontrado con usted antes, probablemente habría dedicado mi vida a servirle.
—No digas tonterías. Tu vida es tuya, úsala para ti mismo.
—¿Eso es algo que debería decir un caballero?
Cuando llegara el momento, la misión de un caballero era arriesgar la vida por el país y por la gente. Y el hombre que lideraba y unificaba a todos esos caballeros le estaba diciendo que usara su vida para sí mismo.
Era un comentario tan propio de Marcos que Belmont no pudo evitar reír.
—Debe de estar ocupado, Comandante. Hablemos de nuevo cuando tenga tiempo libre. Esta vez no tardaré diez años.
Tras decir esto, Belmont se despidió con la mano y le dio la espalda a Marcos para empezar a caminar. Mientras se alejaba, Marcos se quedó allí de pie y lo llamó una vez más:
—¡Pequeño Bel! No hagas nada de lo que debas avergonzarte. Es la ley de “La Hermandad”.
—... Entendido.
Esa ley que en el pasado le habían repetido hasta el cansancio, esa que ya le dolía oír de tanto que se la habían grabado en la memoria... Belmont respondió exactamente igual que hace diez años mientras sentía ese mismo peso en la conciencia.
Con eso, Belmont se despidió de Marcos definitivamente. No era una promesa formal, y nadie sabía cuándo sería el próximo reencuentro.
—Sabía que usted y el Comandante Marcos se conocían, señor Belmont, pero no imaginaba que fueran tan cercanos.
Al mirar a su lado, una sonrisa sospechosa caminaba junto a él tras haberse unido al grupo sin hacer ruido.
Era Helaine Gatness, la integrante más joven de la misma agencia que Belmont y una joven promesa con un futuro brillante. En esta misión había cumplido un papel fundamental, logrando el objetivo de detener la propagación del “Hexcel”.
—Por desgracia, no fue solo mérito nuestro. Aprovechamos los preparativos que usted hizo al infiltrarse primero y, aunque me pese admitirlo, esta vez tuvimos que pedir prestada la fuerza de los caballeros.
—No tiene por qué pesarte. Gracias a eso, lo máximo que perdimos fue la movilidad de mis dedos. El Jefe evaluará los resultados con justicia, sin importar de quién hayamos tomado prestada la fuerza.
—¿Insinúa que dudo del juicio del Jefe?
—No he dicho eso. Pero si te obsesionas con ver a los caballeros como enemigos, podrían terminar jugándote sucio. Aunque los métodos sean distintos, nuestro objetivo y el de los caballeros es el mismo.
—¿El mismo que el de esa gente tan ineficiente? Si es una broma, no me hace ninguna gracia.
Helaine se negó a escuchar. Al oír las palabras de Belmont, pareció recordar a alguien
—o mejor dicho, a cierto caballero— y puso una expresión de profundo desagrado, así que él decidió no insistir más.
Simplemente tuvo el presentimiento de que, debido a su propia excelencia, Helaine acabaría pasándolo mal tarde o temprano. Quizás solo entonces comprendería lo temible que puede ser el Jefe, el comandante de “Las Seis Lenguas”. En cualquier caso...
—... Aunque no tenga cara para verlo, no tengo intención de hacer nada vergonzoso, Comandante.
No sabía vivir de otra manera. Al igual que esos caballeros que cargaban con su misma torpeza.
22
──Y así, mientras varios capullos de despedidas agridulces florecían en el escenario, la primera misión de Julius Juukulius como caballero llegaba a su escena final.
—Si gustas, ¿te gustaría una manzane? Es demasiada para mí solo.
—Creo que aceptaré. Me encantan las manzanes. Mi nana solía hacerme tartas con ellas.
Adelheid, que había ido a visitarlo a su habitación en la clínica, se llevó a la boca un trozo de la fruta servida en el plato. Al verla sonreír y comentar lo dulce que estaba, Julius relajó el gesto con alivio.
Por lo que podía ver, Adelheid no parecía tener ninguna herida. Durante el tramo final de la batalla contra Reiner, Julius había estado en un estado de trance, por lo que le preocupaba seriamente si había logrado protegerla hasta el final.
Dado que la descripción de la persona que lo había llevado a la clínica coincidía con la de Adelheid, supuso que ella estaba a salvo, pero...
—Aun así, no tenía la certeza de que estuvieras ilesa. Y sobre todo...
—¿Eh? ¿Sobre qué?
—Aquel vestido que usaste esa noche era de tu madre, ¿verdad? Era algo que no debía permitir que se arruinara, y me inquietaba pensar que pudiera haberse manchado con mi sangre.
Julius cerró un ojo mientras lo mencionaba. Adelheid abrió mucho los ojos por la sorpresa, luego se cubrió la boca con la mano, soltó una pequeña risita y negó con la cabeza.
—No te preocupes. Estoy ilesa y el vestido se salvó de cualquier mancha, así que todo salió a pedir de boca. Logramos detener el tráfico de “Hexcel” y se despejaron las sospechas. Me pesa que hayas sufrido heridas tan graves, pero...
—Es mucho mejor a que tú salieras herida. Considéralas heridas de honor.
—Si lo pones así, supongo que sería una falta de tacto simplemente pedir perdón.
Adelheid esbozó una sonrisa amarga. Pero, como se mencionó antes, si ella fue quien cargó con un Julius moribundo hasta la clínica tras la pelea con Reiner, era él quien debería estar agradecido.
Por eso, era natural que le expresara su gratitud, pero antes quería resolver una última inquietud. Si Adelheid estaba ilesa y el vestido impecable, solo quedaba una cosa por confirmar...
—Al final, parece que no eras un miembro de la... “Caballería de las Sombras” a la que pertenece la señorita Helaine.
—¿... Caballería de las Sombras?
—Mi superior... un antiguo superior a quien respeto, me ordenó estrictamente no indagar demasiado hasta que llegue el momento adecuado. Así que podemos dejar ese tema para después. Lo que me importa eres tú.
La mirada inquisitiva de Julius buscaba la verdadera afiliación de Adelheid.
Helaine nunca mencionó claramente a qué organización pertenecía, pero su colega, Belmont, era un agente infiltrado en la banda de Reiner. Aunque Helaine sabía de la existencia de un infiltrado, desconocía que se tratara de Belmont, razón por la cual hubo constantes y extraños malentendidos en sus informes que pasaron desapercibidos.
¿Pero qué causó esa confusión? En otras palabras, ¿quién era realmente Adelheid?
Su identidad no pertenecía a los Caballeros como Julius, ni a la “Caballería de las Sombras” como Helaine.
—Eso es...
—Si es algo difícil de responder, permíteme hacerte solo una pregunta.
—... Está bien.
Adelheid asintió con semblante tenso. Si accedió a pesar de sus dudas, fue probablemente porque su naturaleza honesta le impedía rechazar a Julius. Ella estaba intentando responderle con la mayor sinceridad posible.
Lo que Julius quería preguntarle era...
—Se han despejado las sospechas sobre el señor Heinkel Astrea, ¿es este el resultado que deseabas?
──…
Ante la pregunta, Adelheid parpadeó varias veces, visiblemente sorprendida. Julius inclinó la cabeza y repitió: “¿Lo es?”.
Tras un breve silencio, Adelheid soltó una risita suave.
—Ah, sí... sí, es el resultado que deseaba. Es gracias a tu ayuda, gracias, Julius.
—Me alegra oírlo. Yo también te debo la vida. Gracias, Adelheid.
Intercambiaron sonrisas y palabras de gratitud, y la tensión entre ambos se disipó.
Puede que no perteneciera a los Caballeros ni a la “Caballería de las Sombras”, pero los objetivos de Adelheid no eran erróneos, y ella era su salvadora. Quizás, siendo alguien vinculada al linaje del “Santo de la Espada”, ella fuera incluso más hábil que el propio Julius.
Aun así, ella le permitió mantener su orgullo como caballero hasta el final. Era una mujer con una nobleza de espíritu difícil de encontrar.
—Cierto. Sé que es una falta de educación después de decir que solo haría una pregunta, pero ¿podría hacerte una última más?
—Vaya, qué haré contigo. Me dijiste que solo sería una.
—Te daré otro trozo de manzane.
—No tengo opción, entonces. ¿Qué es?
—¿Puedo considerar que “Adelheid” es el verdadero nombre de mi amiga?
Julius lanzó la pregunta mientras ella mordía el trozo de fruta ofrecido.
Esa había sido una de las metas de Julius desde aquel primer momento en que juraron cooperar para infiltrarse en la organización de Reiner.
—Mis padres, cuando iba a nacer, pensaron en nombres tanto para niño como para niña. Ese... el nombre para niña era Adelheid. Tu amiga es, sin lugar a dudas, Adelheid.
Fue una respuesta un tanto críptica, pero era exactamente lo que Julius quería escuchar.
Con una sonrisa tan suave como la temporada de flores, Adelheid miró hacia la ventana.
—Ya es hora de que me retire. No quiero ser una carga para tu recuperación.
—Los únicos que vienen a verme son mi hermano y la gente de mi casa. Como no puedo hablarles de la misión, tu visita es más que bienvenida.
—Es una propuesta tentadora, pero lo dejaremos para otra ocasión. Adiós, Julius.
Adelheid se despidió con la mano mientras caminaba hacia la puerta de la habitación. Al ver su espalda delgada, Julius tuvo, por alguna razón, la impresión de que esta sería su última oportunidad de verla.
A pesar de que ella mencionó “otra ocasión”, sintió la corazonada de que no volverían a encontrarse.
──…
Intentar detenerla no sería lo correcto. Tampoco es que quisiera retenerla a la fuerza.
Simplemente, si su instinto le decía que esta era una despedida definitiva, debía decir lo que sentía.
—Adelheid. Aunque nuestros métodos fueran distintos, te respeto por haberte esforzado con sinceridad para cumplir tu deseo sin desviarte del camino correcto. Por favor, sigue siendo siempre quién eres.
—... Cuídate.
Sin darse la vuelta ante las palabras de Julius, Adelheid dejó ese saludo final y abandonó la habitación.
Tras ver cómo la puerta se cerraba tras ella, Julius se dio cuenta de que sus palabras habían sido, en gran medida, un eco de lo que Bikram le había dicho a él.
Supuso que, al ser palabras que lo hicieron feliz, terminó entregándoselas a ella de la misma forma.
Al finalizar su turbulenta primera misión y encontrar un momento de paz, Julius sintió una profunda revelación.
—Mis ideales y mi caballería... todavía no son más que algo prestado de alguien a quien admiro. Espero que este ser carente de talento pueda, algún día, encontrar sus propias palabras y su propia forma de caminar.
En cuanto Julius murmuró aquello, seis luces emergieron a su alrededor como si quisieran reprenderlo.
Los cuasi-espíritus revolotearon en torno a su cabeza, regañando a un Julius que se mostraba inusualmente pesimista. Ante el regaño, él soltó una risita amarga y mordió el último trozo de manzane que quedaba en el plato.
Pensó que aquel sabor agridulce quizá era la última lección de Bikram: aprender a saborear tanto lo amargo como lo dulce de la vida.
Casi podía oír a Bikram gritándole: “¡No te tomes todo tan a pecho!”.
──Después de aquello, tal como Julius presintió, nunca volvió a encontrarse con Adelheid.
Sin embargo, años más tarde, cuando entabló amistad con el hijo de aquel Heinkel Astrea por quien Adelheid se había preocupado —Reinhard van Astrea, el “Santo de la Espada”—, se atrevió a mencionar el tema de Adelheid de manera casual.
Ante la mención, Reinhard mostró una inusual expresión de apuro y, con una sonrisa forzada, respondió:
—Adelheid sigue estando muy bien. Julius, ella te considera un amigo muy valioso. De eso no hay duda, te lo garantizo.
Julius no pudo indagar más ante la respuesta tan atropellada de su amigo.
Tras ese extraño giro en la conversación, Julius continuó rezando por el bienestar de aquella otra amiga vinculada a la familia Astrea.
Y así fue como concluyó, finalmente, la primera misión de Julius.
FIN