Érase una vez en Lugunica II
ÉRASE UNA VEZ EN LUGUNICA II
1
—Marcos.
En el camino de regreso desde el campo de entrenamiento, dentro de los terrenos del castillo real, una voz suave lo llamó desde atrás, haciendo que Marcos Gildark se tensara por completo.
Como miembro de la orden de caballeros, alguien que entrenaba cuerpo y mente a diario para cultivar una constitución fuerte y un espíritu inquebrantable, aquello era un descuido fatal. Si quien lo llamaba hubiera sido un enemigo, no habría sido extraño que su cabeza rodara por el suelo en ese mismo instante.
Aunque, pensándolo bien, la dueña de esa voz no sentía la menor hostilidad y, de haberla tenido, habría podido cortarle ese grueso cuello con la misma facilidad incluso si Marcos no hubiera bajado la guardia.
Ella era esa clase de persona. Después de todo...
—Cuánto tiempo sin verla, Lady Theresia.
Tras un breve segundo de retraso, Marcos se dio la vuelta y respondió con un saludo formal a la mujer que allí aguardaba.
Era una belleza de cabellos rojos tan vibrantes como el fuego. De piel blanca, ojos azules y una silueta esbelta, se mantenía de pie con una elegancia natural. Sin embargo, para los ojos de Marcos, lo que destacaba no era su apariencia, sino la asombrosa perfección de su postura, centrada de una forma sobrehumana. Emanaba un aire de serenidad aterradora; sus movimientos, perfectamente refinados, eran propios de alguien que ha alcanzado la cúspide de las artes marciales.
Pero era de esperarse. Quien estaba frente a él no era otra que la mujer considerada la guerrera más fuerte y talentosa del Reino de Lugunica: la “Santa de la Espada”, Theresia van Astrea. Ante el saludo de Marcos, Theresia esbozó una sonrisa.
—Vaya, ese saludo te sale con mucha naturalidad ahora, ¿no crees? El uniforme de los caballeros te queda... sí, te queda muy bien. Te da un aire de autoridad.
Theresia comentó esto mientras lo observaba de arriba abajo con curiosidad.
A diferencia de la tensión que sentía Marcos, ella mostraba una actitud relajada, ajena a cualquier severidad. Ante ese trato, Marcos, cuyo rostro solía compararse con una rígida pared de roca, relajó el ceño y bajó la mirada.
—Que Lady Theresia me elogie de esa manera es... bueno, me honra.
—Hm, ¿así que ahora te pones así de formal? No pareces el mismo Marcos Gildark que presumía de su fuerza y no inclinaba la cabeza ante nadie. Menudo cambio.
—Por favor, no me recuerde el pasado. Después de que el Comandante Wilhelm me diera una paliza, comprendí perfectamente lo engreído que era.
—Ya veo. Eso es lo más importante. Debe de ser difícil trabajar bajo sus órdenes, ¿verdad? Siempre ha sido un hombre de muy pocas palabras.
Theresia puso una expresión de leve preocupación al decir esto, pero sus labios se curvaron con ternura. En su rostro se reflejaba un amor profundo por el hombre mencionado, su esposo, Wilhelm van Astrea, un sentimiento que no se había desvanecido ni un ápice con el paso de los años.
Wilhelm, quien también era el comandante de la orden a la que pertenecía Marcos, era un guerrero famoso dentro y fuera del país por ser el hombre que derrotó a la “Santa de la Espada”. A las puertas de los cincuenta años, su destreza con la espada no mostraba signos de debilidad; seguía siendo la cima de los guerreros y uno de los pilares de fuerza del reino.
—Incluso con ese cargo tan importante, es un despistado que olvida su almuerzo.
—... ¿Entonces ha venido usted misma hasta aquí solo para traerle la comida al Comandante?
Theresia levantó el paquete que llevaba en la mano y asintió con un “así es” ante la pregunta de Marcos. Luego, comenzó a caminar en dirección al cuartel de los caballeros.
—Quiero encargarme personalmente de todo lo relacionado con Wilhelm siempre que pueda. Es el deber de una esposa, ¿no crees?
—Lamentablemente, soy soltero, así que no sabría qué decirle al respecto.
—Ah, claro, es verdad. Marcos, tú aún no te has casado...
Ante la respuesta de Marcos, que se encogió de hombros, Theresia se quedó pensativa un momento. Luego, lo miró tímidamente desde abajo, dada la gran diferencia de estatura entre ambos.
—Si quieres, ¿podría ayudarte a buscar a alguien?
—... ¿Por qué parece divertirle tanto la idea?


—¡Es que el matrimonio es algo maravilloso! Sea quien sea el que se case, ¿no es fantástico poder participar en ello?
—Como ya dije, soy soltero por una razón.
Marcos respondió sintiéndose un poco abrumado por el entusiasmo de Theresia.
Ella soltó un “¡Jo!” de insatisfacción, pero Marcos sabía que, si daba una respuesta descuidada, ella sería capaz de buscarle una prometida en ese mismo instante. Por supuesto, como heredero de la familia Gildark, era consciente de que algún día tendría el deber de tomar una esposa y dejar descendencia, pero...
—Por ahora, tengo las manos llenas ocupándome de mis propios asuntos.
—Si sigues diciendo eso, te quedarás soltero para siempre. Y no tiene por qué ser alguien que yo te presente, pero cuando encuentres a una buena persona, ¡no dudes en dar el paso!
—... Lo tendré en cuenta.
—Muy bien. Entonces, iré a buscar a Wilhelm.
Theresia asintió satisfecha tras haberle impuesto su opinión.
La “Santa de la Espada”, que ya no empuñaba su arma desde hacía tiempo, se dirigió hacia el cuartel.
—¡Hasta luego, Marcos! Pásate por casa algún día para cenar.
—Sería un honor demasiado grande.
Marcos se quedó observando su esbelta espalda mientras ella se alejaba despidiéndose con la mano. Una vez que Theresia desapareció de su vista, por fin pudo relajar los hombros.
No es que Theresia le hubiera aplicado algún tipo de presión de forma consciente, pero...
—Vaya, vaya. Había oído que Lady Theresia van Astrea era una persona accesible, pero nunca imaginé que fuera tan... cercana.
—...
De repente, otra voz llegó a los oídos de Marcos.
Frunciendo el ceño, Marcos se dio la vuelta y se encontró con la mirada de un joven de cabello rubio cenizo que caminaba lentamente hacia él desde el patio del castillo.
Al reconocerlo, el rostro de Marcos se contrajo en una mueca de evidente fastidio.
—¿Qué demonios haces tú aquí, Russell?
—Vaya, qué bienvenida. Y pensar que hace un momento se mostraba tan cortés... ¿Debo asumir que esto significa que me considera un amigo con el que puede hablar con confianza?
—Esto se llama tratar a alguien con desdén. Solo guardo la cortesía y el respeto para quienes merecen la pena.
—Vaya, qué duro.
Quien respondió encogiéndose de hombros, con una expresión a la que no parecía afectarle el comentario, era Russell Fellow, el segundo hijo de la familia Fellow, una estirpe de comerciantes de la capital.
Marcos lo había conocido hacía poco a través de un tercero; a pesar de su apariencia algo lánguida, Marcos lo consideraba un joven con una determinación inusual y una sangre fría asombrosa.
Sin embargo, por muy valiente que fuera, colarse en el castillo real era pasarse de la raya.
—Por mi posición, debería escoltar fuera de los terrenos a cualquier intruso sospechoso, ¿sabes?
—Si con lo de “sospechoso” te refieres a mí, es un malentendido lamentable. Jamás entraría en el castillo sin permiso. Hoy he venido en representación de mi padre y mi hermano para atender unos asuntos comerciales.
—¿Asuntos comerciales, dices?
—Así es. Por suerte, la familia Fellow goza de buena reputación en el gremio de comerciantes de la capital. Por eso se me permite subir al castillo con frecuencia.
Marcos observó con desconfianza a Russell, quien respondía con total tranquilidad mientras se llevaba una mano al pecho.
Para ser sincero, que Russell entrara y saliera libremente del castillo le causaba inquietud. No creía que tuviera malas intenciones o planes de rebelión contra el reino, pero Russell poseía una agudeza y una astucia que no correspondían a su edad ni a su estatus. Marcos tenía el vago presentimiento de que, en cualquier momento, este joven podría tramar algo impredecible.
Y como si confirmara los temores de Marcos...
—Aun así, Lady Theresia puede ser un poco cruel a veces, ¿no le parece?
—¿Qué?
—Seguramente es porque solo tiene ojos para el Comandante Wilhelm, pero es demasiado indiferente a su propio encanto. Que ella misma te proponga buscarte pareja debe de haber sido un tormento inigualable para usted, señor Marcos.
—Tú... desgraciado...
Marcos abrió los ojos de par en par ante el tono calmado pero certero de Russell. Ante su reacción, Russell se llevó un dedo a los labios en un gesto de silencio.
—No se preocupe, no se lo diré a nadie. El amor no correspondido de una joven promesa de los caballeros... es una información demasiado delicada como para andar aireándola.
—... ¿Es una amenaza?
—Le acabo de decir que no diré nada, pero si decide interpretarlo así, no hay mucho que yo pueda hacer.
Marcos apretó los dientes con fuerza mientras Russell levantaba las manos como indicando que no tenía malas intenciones.
Incluso si Russell hablara, el único perjudicado sería el orgullo de Marcos, pero el hecho de que eso pudiera dificultar sus encuentros con Theresia o Wilhelm era un golpe innecesario. Russell probablemente sabía que esa información no servía para mucho más que para molestar.
—Por cierto —dijo Russell, cambiando de tema—, me alegra haberlo encontrado. Precisamente lo estaba buscando.
—¿A mí? ¿Para qué?
—Para darle un aviso por pura buena voluntad, por así decirlo. Verá, en la zona de los barrios bajos se han avistado a personas moviéndose de manera sospechosa.
—... ¿Y por qué me lo dices a mí? Eso es trabajo de la guardia urbana.
—¿Incluso si el lugar que están usando es el mismo donde solía reunirse “La Hermandad”?
Marcos apretó los dientes ante la pregunta de Russell, quien bajó ligeramente el tono de voz.
Lo de antes sobre Theresia no era una amenaza real. Si había algo que Russell podía usar para presionarlo, era esto: el hecho de que Marcos había sido el líder de “La Hermandad”, una banda de matones de los barrios bajos que operaba en la capital real hasta hace poco.
Aunque la mayoría de los miembros de la banda ya se habían marchado de la capital real y trabajaban como mano de obra para desarrollar la ciudad industrial de Costuul, eso no borraba el pasado.
—Sea lo que sea lo que quede allí, no creo que le convenga que gente de fuera se entrometa. Por mi parte, sentí que tenía la obligación de advertirle tanto a usted como a Roswaal.
—... ¿Has llamado a ese tipo?
—No puedo llamar a un margrave tan ocupado así como así. Por supuesto, si el asunto superara sus capacidades, no me quedaría más remedio que recurrir a él, pero...
—... No, está bien.
Marcos negó con la cabeza ante la posibilidad de involucrar al joven margrave.
Tal como decía Russell, no debía molestar a alguien de su posición por asuntos triviales. Además, si ese joven se involucraba, el asunto podría escalar demasiado. Su intención era resolver las cosas por su cuenta; de lo contrario, todo sería contraproducente.
—Yo me encargaré. Cuéntame los detalles.
Ante la propuesta de Marcos, Russell asintió con un “entendido”, como si ya lo hubiera previsto. Al ver la eficiencia de su respuesta, Marcos volvió a pensar lo mismo: que ese joven era alguien tan indescifrable como el joven margrave, o quizás incluso más.
2
Originalmente, “La Hermandad” no fue creada por alguien en específico, sino que fue un grupo que surgió de forma espontánea, alimentado por la ira de aquellos que acumulaban frustración y resentimiento.
El hecho de que Marcos terminara como líder de ese grupo —que parecía más un fenómeno de la naturaleza que una organización— se debió a que, cuando recibió la orden de suprimirlos, conoció las causas de su activismo y decidió abandonar la misión.
Posteriormente, por diversos motivos, “La Hermandad” se disolvió y Marcos solicitó su reingreso a la orden de caballeros. Sin embargo, debido a que había abandonado sus deberes por razones puramente personales, la mirada de quienes lo rodeaban era gélida; su camino de regreso fue un sendero de espinas.
Aunque, claro...
“La orden es una meritocracia. Si tienes mala reputación o sufres prejuicios, demuéstrales lo contrario con tu destreza con la espada”.
Esas fueron las gratas palabras del comandante al aceptar su regreso.
Como era de esperar, un hombre que se ganó su posición actual tras derrotar a la “Santa de la Espada” en un duelo y desposarla, tenía una perspectiva diferente. Además, Marcos compartía esa visión meritocrática; era justo lo que buscaba.
Por ello, desde entonces, Marcos siempre era el primero en ofrecerse para las misiones de vanguardia. Al fin y al cabo, estaba convencido de que su verdadero valor solo podía demostrarse en el frente de batalla.
Sin embargo...
—Marcos, dicen que todos están en sus posiciones. Estamos listos cuando tú digas.
Marcos bajó la mirada hacia el colega pelirrojo que le entregaba el mando para iniciar la operación. Ante su escrutinio, el otro frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —balbuceó—. Tú eres el líder de escuadrón en esta misión. Necesito tus instrucciones...
—¿Por qué me has seguido hasta aquí? No vas a ser de ninguna utilidad.
—¿Qué...?
Ante la franqueza de la pregunta, el hombre abrió los ojos de par en par, con el rostro desencajado por la estupefacción. No obstante, para Marcos, lo sorprendente era la reacción del otro. Heinkel debía de estar harto de escuchar críticas y desprecios similares, y aun así, parecía que cada palabra lograba herirlo como si fuera la primera vez.
—¡Vine hasta aquí para ayudar, decir que no sirvo para nada es pasarse de la raya...!
—Precisamente digo que no te necesito. Los demás todavía tienen un pase, pero ¿qué pintas tú aquí, Heinkel?
Ignorando al hombre que abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua — Heinkel Astrea—, Marcos recorrió con la mirada a los caballeros que colaboraban en la redada de los barrios bajos y ladeó la cabeza.
Ellos cumplirían con su papel. Pero ¿qué pasaba con Heinkel?
—Yo también estoy aquí para ganar puntos, pero al menos tengo la determinación de arriesgar el pellejo. En ese sentido, me considero un poco mejor que tú.
—¡Es... es una misión! ¡No hables de ganar puntos como si fuera algo sucio! ¡Y decir que no tengo determinación es un insulto!
—No grites. ¿Has olvidado a qué hemos venido?
Heinkel, con el rostro encendido de rabia, se tapó la boca apresuradamente ante la observación de Marcos. El hecho de que usara ambas manos para cubrirse la boca delataba una lamentable falta de conciencia sobre el hecho de que estaban en una zona de combate real. Siempre debería tener al menos una mano cerca de su arma; era cuestionable que alguien con tan poco criterio pudiera llamarse caballero.
Aunque el papel de Marcos era, precisamente, compensar esas carencias y actuar como el pilar que sostiene la estructura.
—No te voy a decir que te largues a estas alturas, pero no estorbes. Quédate escondido en un rincón.
Tras dejarlo con la palabra en la boca, Marcos le dio la espalda y clavó la vista en las ruinas señaladas en el informe: el escondite de los sospechosos según la información de Russell.
Aunque estaba en ruinas, el edificio tenía una estructura sorprendentemente sólida. Originalmente había sido una iglesia donde los fieles ofrecían sus plegarias al “Dragón Divino”. Resultaba irónico que terminara convertida en el centro de reuniones de “La Hermandad”, un grupo de jóvenes resentidos con el reino.
Al disolverse el grupo, se aseguraron de limpiar el lugar y no debería quedar nada que pudiera vincularse directamente con Marcos, pero quizás existiera algo que pudiera perjudicar a los que ahora trabajaban en Costuul.
Si podía aprovechar la confusión para demoler el edificio entero, se ahorraría problemas futuros.
Sin embargo...
—No hay nadie.
A pesar de concentrar sus sentidos en el interior de las ruinas, nada caía en su red. Parecía haber ratas, pero esas eran habitantes habituales de los barrios bajos; le daba lástima echarlas sin motivo.
Quizás los objetivos estaban fuera durante el día, o tal vez Russell lo había enviado a una búsqueda inútil.
—Iré a echar un vistazo dentro.
Con total naturalidad, se presentó como voluntario y ordenó a Heinkel y a los demás caballeros que permanecieran a la espera antes de adentrarse en las ruinas.
Hasta ahora, su única cosecha eran roedores, pero quería encontrar cualquier pretexto para causar un alboroto y reducir el edificio a escombros con sus propias manos. Justo cuando Marcos saboreaba la idea de una solución por la fuerza...
Un golpe por sorpresa, surgido de la penumbra de un pasillo, impactó de lleno en su garganta.
—Ghk...
Al recibir un impacto tan brutal estando desprevenido, el cuerpo gigantesco de Marcos soltó un quejido sordo y salió despedido contra la pared. Atravesó el muro del pasillo por el impacto y cayó dentro de una habitación; Marcos parpadeó, aturdido por el dolor y el choque.
Fue incapaz de detectar la presencia del enemigo. Ni un rastro.
—Maldición, ¿caballeros del reino...? —escupió el atacante al ver el uniforme de Marcos en el suelo.
Sin molestarse en comprobar si su víctima seguía con vida, el agresor se dio la vuelta rápidamente para huir de las ruinas.
—Espera —intentó decir Marcos, pero su garganta golpeada no emitió sonido. Se incorporó a la fuerza y sus oídos captaron el estrépito de las espadas afuera; sus compañeros ya habían entablado combate. Con solo escuchar el ritmo del acero, supo que la situación era desfavorable, y Marcos golpeó el suelo con rabia.
—¡¡Raaaaaaaaaah!!
Al instante siguiente, la onda de choque del pisotón de Marcos hizo que las paredes y el suelo de las ruinas volaran por los aires. Emergiendo entre una lluvia de escombros, Marcos vio la escena: varios caballeros derribados y Heinkel cayendo de espaldas al suelo.
Frente a un Heinkel aterrorizado, un hombre escuálido levantaba sus largos brazos para atacar... pero Marcos, saliendo de entre los restos del edificio, le propinó un codazo devastador en la espalda.
—¡¡Gua-agh!!
El impacto del codo le devolvió la sensación de haber triturado la columna vertebral y los huesos circundantes del enemigo.
Era un ataque lo suficientemente brutal como para matarlo o, en el mejor de los casos, dejarlo inválido de por vida. El cuerpo del oponente rebotó contra el suelo como una pelota antes de estrellarse contra la casa abandonada vecina, derribándola por completo y creando una montaña de escombros.
—Heinkel, atiende a los que han caído.
—Eh... ah... ¿qué...?
—¡Hazlo de una vez!
—¡S-sí!
Heinkel, que estaba sentado en el suelo con la mirada perdida, se levantó de un salto tras el grito. Marcos chasqueó la lengua ante su patética actuación y se dispuso a ayudar a sus compañeros cuando...
—...Grrrruuuh.
—...
Un gruñido tenue pero inconfundible llegó a sus oídos. Marcos se giró hacia la montaña de escombros donde acababa de lanzar a su enemigo. Bajo los restos de la casa, el gruñido persistía.
Un instante después, el dueño del sonido emergió haciendo saltar los escombros por los aires.
—¡¡GRAAAAAAAAR!!
Una enorme boca se abrió hacia el cielo y un rugido bestial desgarró el aire de los barrios bajos.
Entre el polvo y las piedras apareció una figura imponente, una aberración de pelaje marrón oscuro. A diferencia de su forma anterior, ahora estaba cubierto de vello animal y su cabeza deformada apuntaba al firmamento. Era un hombre lobo.
La bestia cambió el color de sus ojos a un dorado intenso y clavó su mirada turbia de ira y odio en Marcos.
Y entonces...
—Lo siento por ustedes, pero... —empezó a decir el licántropo, mostrando sus afilados colmillos en lo que parecía el inicio de una amenaza.
Sin embargo, Marcos le hundió el puño en la tráquea, silenciándolo por la fuerza antes de que pudiera terminar.
—¡Gugh!
Como devolución por el golpe recibido al inicio, el hombre lobo soltó un quejido deforme y sus ojos casi se salen de sus órbitas. Acto seguido, Marcos lo agarró de la cabeza y lo estampó contra el suelo sin la menor compasión. El impacto fue tan violento que la cabeza quedó semienterrada en la dura tierra, haciendo que todo el cuerpo de la bestia convulsionara violentamente.
Poco después, la fuerza abandonó las extremidades del hombre lobo y su transformación comenzó a revertirse lentamente.
—... ¿Y todavía sigue vivo después de esto? Qué tipo con mala suerte.
El hombre lobo, ahora con los ojos en blanco y sufriendo espasmos, aún respiraba. No era el aliento de alguien que está a punto de expirar.
Cuando el pelaje desapareció y la desnudez del hombre escuálido quedó expuesta bajo las ropas desgarradas por la expansión muscular, Marcos soltó la cabeza que sujetaba y sintió una pizca de lástima.
Si no tuviera un cuerpo tan resistente, ese último golpe lo habría matado. Al no ser así, el destino que le esperaba a este hombre lobo era...
—¡M-Marcos! ¡Un hombre lobo...! ¡Es un hombre lobo!
Heinkel, detrás de él, gritó lo evidente con la voz quebrada.
Tras presenciar el combate de Marcos, se quedó atónito al ver la verdadera identidad del enemigo, deteniendo incluso los primeros auxilios que prestaba a los heridos. Marcos soltó un profundo suspiro.
—Lo sé, aunque no lo digas. Tú sigue atendiendo a los demás.
—Pero... ¿de verdad lo entiendes, Marcos? Existe un tratado con el Imperio de Vollachia. Los hombres lobo, y más si son criminales, deben ser entregados al Imperio...
—¿Acaso no me has oído?
Marcos lanzó una amenaza en voz baja, lo suficientemente clara para que incluso alguien tan obtuso como Heinkel lo entendiera. Esta vez, Heinkel se guardó sus ruidosas quejas en el fondo de la garganta. La situación ya era lo bastante deprimente como para que, al menos, uno de los suyos tuviera la decencia de no agobiarlo más.
—Dudo mucho que pueda aceptar esa invitación a cenar ahora.
Marcos murmuró esto con voz ronca, respondiendo para sus adentros a la breve conversación que había tenido antes de la misión.
Al pensar en el informe que tendría que redactar, en el trato frío que le estaba dando al hijo de Theresia —la mujer que lo había invitado a su mesa— y en su fracaso al intentar destruir el centro de reuniones en medio del caos, el ánimo de Marcos se volvió aún más pesado que su pétrea expresión.
3
—La Capital Real, Lugunica, es la ciudad más grande del Reino de Lugunica.
Comenzando por el Castillo Real, la ciudad cuenta con diversas instalaciones de múltiples funciones, tanto dentro como fuera de sus murallas. La torre de piedra que se alza en el lado oeste es una de esas estructuras características de la capital.
Dicha torre fue construida hace aproximadamente veinticinco años con el propósito de investigar y desarrollar la magia. En resumen: el “Instituto Real de Investigación Mágica”.
Durante mucho tiempo, la magia fue considerada un poder especial manipulado únicamente por ciertos semihumanos y usuarios de artes espirituales. El objetivo del instituto es desentrañar sus mecanismos, sistematizarlos y ampliar el acceso para que más personas puedan utilizarla. Asimismo, busca desarrollar magias con efectos completamente desconocidos para legarlas a la posteridad.
Por el momento, no hay muchos logros que puedan anunciarse con bombos y platillos, pero se espera con ansias su éxito a largo plazo. Entre sus avances se encuentran la creación de guías de aprendizaje y la sistematización de magias sencillas, además de la prometedora integración de las Herramientas de Magicreación producidos en la “Ciudad Industrial”, Costuul.
Dado que el desarrollo en este campo representa un beneficio tangible para el reino frente a otras naciones, el Instituto de Investigación Mágica es sumamente valorado...
—O eso es lo que uno pensaría en teoría, pero las cosas no suelen salir como uno quieee-re —comentó el joven de ojos de distinto color, Roswaal L. Mathers, mientras colocaba con cuidado un mineral mágico sobre el equipo de laboratorio, evaluando la solitaria "prosperidad" del lugar.
En ese momento, Roswaal realizaba un experimento de recreación mágica utilizando cristales de maná. El objetivo era usar el maná externo como apoyo en lugar de depender únicamente del maná interno del individuo. Si el experimento tenía éxito, sería posible activar magia sin pasar por la "puerta" (el órgano necesario para canalizarla) o incluso en un estado de agotamiento de maná.
—Aun así, una vez que el sistema de producción masiva de Herramientas de Magicreación esté listo, el valor de uso de los cristales se desviará mayormente hacia allá. No veo que esta técnica tenga mucho futuro, ¿sabe?
Quien interrumpía el experimento de Roswaal con ese comentario mordaz era Russell Fellow, que observaba el equipo desde un costado.
Ante la observación tan poco sutil de Russell, Roswaal hizo un preámbulo con un “no necesariamente” y añadió:
—Si logramos documentar y estandarizar esta técnica, cualquier hijo de noble podría llevar un cristal como amuleto para su defensa personal. Este instituto no pone restricciones al suministro o aprendizaje de la técnica, pero... el manejo de bienes con valor añadido es otro tema, ¿no creee-es?
—Ya veo. Si la demanda de cristales aumenta, eso generará grandes beneficios para usted, que posee minas de donde se extraen dichos minerales. Sus intenciones son bastante transparentes.
Conversar con alguien que entiende diez cuando apenas se le explica uno es un placer.
Roswaal se sentía satisfecho con el intercambio con su peculiar amigo, Russell; sin embargo, no estaba nada conforme con el trato que recibía el Instituto de Investigación Mágica.
—Para ser honestos, la atención del reino está demasiado centrada en las Herramientas de Magicreación. Quizás mi error fue dejar que la conveniencia de esos aparatos se arraigara demasiado en la vida cotidiaaaa-na.
—¿Llama "error" al mérito de haberle demostrado a la gente común, que veía la magia como un cuento de hadas, que esta puede ser algo cercano? Si el anterior Roswaal... su padre, lo escuchara, sentiría que sus esfuerzos fueron en vano.
—Qué va, estoy seguro de que mi padre opinaría lo mismo que yooo. Tengo total certeza de ello.
Ante la respuesta de Roswaal, quien se encogió de hombros, Russell imitó el gesto.
El predecesor que mencionó, Roswaal K. Mathers, es considerado el padre de las Herramientas de Magicreación, habiendo traído un avance revolucionario en el uso de las piedras mágicas. Los artilugios que utilizan cristales y piedras mágicas como fuente de energía han expandido las posibilidades mucho más allá de los simples minerales de Lagmita que solo emiten luz, penetrando rápidamente en la vida de los ciudadanos, incluyendo a los plebeyos.
Se dice que su impacto y logros rivalizan incluso con los de los “Meteor”, herramientas que se rumorea fueron creadas en la era de las brujas, antes de que el mundo fuera azotado por la tiranía de la Bruja de la Envidia. Pero...
—Desde mi perspectiva, esa es una valoración excesiva e inapropiaaaa-da.
Los “Meteor” son herramientas para realizar fenómenos o milagros que están fuera del alcance humano; el nivel en el que operan es fundamentalmente distinto al de las Herramientas de Magicreación que solo asisten en la vida diaria. Un Meteor es algo divino, algo que permite alcanzar las estrellas, por así decirlo...
—A pesar de recibir tan alta valoración, no está satisfecho. Más que ser ambicioso, parece que su punto de partida es distinto en cuanto a qué es lo que desea, más allá del honor o el ascenso social.
Russell interpretó así el murmullo de Roswaal.
Diferencias de premisas, brechas en los valores sobre qué es lo importante. Esas cosas suelen alejar a las personas y convertirlas en seres incapaces de entenderse. En la antigüedad, la razón principal por la que las “Brujas” eran aborrecidas no era tanto por su poder especial, sino por esa diferencia radical en sus valores.
No obstante, ante esa brecha, Russell añadió:
—Si yo no tengo interés en lo que tú valoras, y tú no deseas lo que yo anhelo, entonces es más fácil coexistir. Lo que necesitamos no es entender los valores del otro, sino respetarlos. Es muy práctico y ahorra energía.
—...
—¿Qué sucede, Roswaal?
Russell apoyó la mano en su mentón y frunció el ceño. Roswaal simplemente negó con la cabeza.
—Solo pensaba, una vez más, que eres un amigo difícil de reemplazaaaa-ar.
—Vaya. Aunque me cuesta abrir mi corazón, que me elogien tan abiertamente me resulta un poco vergonzoso.
—¿Cuesta abrir el corazón...? Ah, te refieres a Marcos.1
Roswaal asintió al imaginar el rostro severo de aquel hombre.
Entre las personas que Roswaal conoció en la capital real, aparte de los grupos de “La Hermandad” y “El Ala Dorada”2 que ayudan a expandir Costuul, donde está la sede principal de los Mathers—, Russell y el mencionado Marcos son quienes entran en su círculo de amigos.
A diferencia de Roswaal, que no suele estar en la capital, Russell y Marcos residen allí. Es natural que tengan sus propios encuentros fuera de la vista de Roswaal. Aunque, por lo visto, Russell ha tenido situaciones que le han dado dolor de cabeza.
—En confianza, hace poco surgió un asunto en el que necesité la ayuda de los caballeros, y decidí contar con la fuerza del señor Marcos, pero...
—Oh, eso suena bieee-en. Con él de nuestro lado, podría someter a casi cualquier oponente. Creo que fue la mejor elección. A menos que el enemigo fuera un dragón, claro.
—Por suerte no era un dragón, pero resultó ser un oponente problemático. Era... un lobo.
—... Un lobo.
Ante el cambio de tono en la voz de Russell, Roswaal arqueó una ceja y detuvo su trabajo.
1"abrir el corazón" (腹を割る - hara wo waru o 心を開く - kokoro wo hiraku) significa ser honesto, transparente o mostrarse vulnerable. Roswaal hace un chiste interno o una asociación mental: piensa que Russell se refiere a la dificultad (o al miedo) de hacerle una cirugía, "abrirle el pecho/corazón" o simplemente lograr que un hombre tan rudo y cerrado como Marcos muestre algún sentimiento.
2 Facción del Ala Dorada, una reunión de nobles que sentían patriotismo por su país pero carecían del propósito para actuar en consecuencia.
Mencionar al dragón había sido una simple broma, pero si lo que había aparecido era un lobo, el asunto se volvía mucho más complejo.
Los licántropos —u hombres lobo— son tratados como criminales cuya existencia no está permitida en el Imperio de Vollachia.
Tanto los hombres lobo como los hombres topo son objeto de odio en esa nación, y la magnitud de su hostilidad salpica a otros países. Existe un tratado según el cual, en cuanto se descubre a un hombre lobo, debe ser entregado de inmediato al Imperio. Por supuesto, una vez entregado, es inevitable que sea ejecutado.
Esta es una política despiadada de exterminio que el Imperio de Vollachia ha mantenido durante largo tiempo.
—Cuando hay hombres lobo de por medio, el Imperio de Vollachia se pone muy ruidooo-so.
—Exactamente. En pocas palabras, la información sobre un sospechoso que le di al señor Marcos resultó ser un hombre lobo, así que ahora me trata como si fuera un amuleto de mala suerte.
—Ya veo. Desde tu perspectiva, fue una consideración para que Marcos, que tiene una posición delicada en la orden, ganara méritos, pero él siente que solo le has traído problemas. Es una tragedia.
—Sí, una tragedia.
Asintiendo mutuamente, Roswaal y Russell compartieron su simpatía por Marcos (a expensas de él).
Por supuesto, Roswaal no creía ciegamente en la buena voluntad de Russell. Según sus sospechas, Russell era el autor intelectual que organizó a los hijos no primogénitos de los nobles frustrados de la capital real en el grupo patriótico “El Ala Dorada”.
Si alguien como él contactó a Marcos, lo más probable es que tuviera la certeza de que ese sospechoso no era un tipo cualquiera. Aunque eso no quita que Russell pudiera tener, a su manera, algo de buena voluntad hacia Marcos.
—Pero, según lo que dices, el hombre lobo fue capturado vivo, ¿no? En ese caso, lo normal sería entregarlo al Imperio...
—De hecho, parece que las cosas van en esa dirección. Probablemente el Imperio haga contacto pronto.
—Y esa tarea también recaerá en la orden y en Marcos por ser quien lo encontró. Con razón está resentido.
Dada la relación con el país vecino, el Imperio de Vollachia, no hay muchos caballeros que quieran verse involucrados en tales asuntos. Marcos, como era de esperarse, no es la excepción.
Para Roswaal, que la relación con el Imperio se complique en este momento también está fuera de sus planes. Lo ideal sería que este embrollo se resolviera de la manera más pacífica posible.
Justo cuando Roswaal pensaba eso...
—¡Se-Señor Margrave! ¡Director! ¡Margrave Mathers!
Se escuchó un grito apresurado y desordenado que hizo que Roswaal y Russell se dieran la vuelta. En la entrada de la sala de investigación estaba un joven investigador con el rostro pálido. Era uno de los miembros del instituto y una persona bastante entusiasta, pero...
—Ilzea, ¿qué sucede? ¿No tenías el trabajo de clasificar los minerales mágicos recién llegados según su pureza?
—¿Pone a un miembro del personal, que debería ser un activo valioso, a hacer tareas de mensajería y limpieza?
—El objetivo es entrenar su vista. Un experto debería ser capaz de distinguir la calidad de una piedra mágica a simple vista, de lo contrario estaríamos en probleeee- mas.
Incluso las tareas mundanas tienen un propósito. Por supuesto, también estaba el hecho de que Roswaal no quería que personas que estaban a cien pasos de él en términos de magia interrumpieran sus investigaciones serias.
—¡E-es grave! Verán, ha venido alguien que dice querer realizar una visita de inspección... —anunció Ilzea con voz temblorosa, ignorando la conversación anterior.
Roswaal arqueó una ceja ante la noticia.
Independientemente de sus resultados, este Instituto Real de Investigación Mágica era una instalación patrocinada por el reino. No sería extraño que algún alto funcionario tuviera interés, pero lo ideal sería recibir un aviso previo. Si alguien aparece de forma repentina, los anfitriones no tienen tiempo de prepararse.
—En resumen, es una petición irrazonable. Incluso tú deberías ser capaz de juzgar eee-so. Aunque fuera el mismísimo Rey, pídele que se marche.
—¿¿D-de verdad?? ¡¿Incluso si fuera Su Majestad?!
—Bueno, si fuera el Rey pensaría en una forma más diplomática de rechazarlo... pero, ¿se trata de Su Majestad?
—N-no, no es el Rey, pe-pero...
Ante la actitud vacilante y las respuestas a medias de Ilzea, Roswaal y Russell intercambiaron una mirada y pasaron de largo junto a él al mismo tiempo. Decidieron que sería más rápido encontrarse directamente con el visitante que seguir perdiendo el tiempo con él. De hecho, fue la decisión correcta.
Sin embargo...
—Vaya, por fin aparece alguien con quien se puede hablar.
Quien recibió a Roswaal y compañía era una persona que esperaba de pie firmemente en la entrada del instituto.
Era una mujer de mirada penetrante, con un abundante cabello rojo oscuro recogido detrás de la cabeza. Su edad parecía ser mayor que la de Roswaal pero menor que la de Russell. Tenía una figura esbelta y ágil, con extremidades largas, y su postura digna irradiaba una gran fuerza interior.
Era obvio que se trataba de una mujer difícil de manejar para el débil de Ilzea, pero la razón principal por la que el aprendiz de investigador estaba tan nervioso se encontraba en el cuello de la ropa de ella, que lucía una sonrisa llena de confianza.
La mujer vestía ropas de alta calidad, y en su cuello llevaba un emblema. El emblema del “Lobo-Espada”, que representa al Imperio de Vollachia: un lobo atravesado por una espada.
Es decir, la identidad de esta mujer era...
—Soy Serena Dracroy, enviada especial del Imperio de Vollachia. He oído que este es el lugar donde se investiga la magia del reino. Solicito una visita guiada.
Así, la enviada del país vecino anunció con total desplante que ella era una invitada inesperada.
4
—Soy impaciente por naturaleza. La entrega del hombre lobo está programada para mañana, pero decidí adelantar mi llegada a la capital. Sin embargo, sería un fastidio que una ciudadana del Imperio causara problemas al deambular por aquí sin rumbo, ¿no creen? Entonces escuché un rumor interesante sobre este lugar. Así que aquí me tienen.
Golpeando la pared con los nudillos, la mujer que se presentó como Serena Dracroy explicó el motivo y la intención de su visita. No obstante, que fuera una explicación convincente era otra historia muy distinta.
—¿Una enviada especial del Imperio? Vaya... me imagino que el pabellón de invitados debe de estar sumido en el caos justo ahora.
—Bah, no hay necesidad de armar tanto alboroto. El Reino tampoco querría crear fricciones innecesarias con el Imperio, ¿verdad? Con que ustedes no hagan ruido, asunto arreglado.
Ante la duda de Russell, Serena respondió con una sonrisa que recordaba a la de un depredador feroz. Para ser honestos, era una respuesta que solo podía describirse como "típicamente imperial".
—Una forma de hablar muy propia del Imperi-ooo. Creen que cualquier cosa se puede imponer si uno se muestra lo bastante fuer-teee.
—¿Ah, sí?
Roswaal clavó la mirada en la visitante del país vecino mientras expresaba en voz alta exactamente la misma impresión que Russell guardaba para sus adentros. Ante ese escrutinio, Serena arqueó levemente una ceja. Luego, se dio dos golpecitos con los dedos bajo sus ojos y comentó:
—Tienes los ojos de distinto color. Es inusual, pero hermoso. Si me fijo bien, tienes facciones más que decentes... Oye, ¿por qué no vienes al Imperio y te conviertes en mi esposo?
—...
—¿No cree que es una broma un tanto inapropiaaaa-da para alguien que acaba de conocer, y más viniendo de una da-maaaa?
—No me vengas con debates sobre hombres o mujeres, qué fastidio. Aunque admito que a menudo las cosas avanzarían más rápido si yo fuera hombre.
Serena resopló, encogiéndose de hombros a pesar de su cuerpo ágil y bien entrenado. Ante su reacción, Russell se acarició el mentón con los dedos y añadió:
—Con todo respeto, Lady Dracroy, ¿acaso no sabe que este joven es el Margrave Mathers?
—El Margrave Mathers... ¿el Margrave del Oeste de Lugunica?
—Así es. El Margrave no solo carga con las pesadas responsabilidades del Reino de Lugunica, sino que despliega su genio para el desarrollo de la magia. Es, sin duda, una figura indispensable para nuestra nación.
—Uuuh, que un amigo me ponga en un pedestal de esa forma me da algo de calofriiiiii-os.
Roswaal sabía perfectamente por qué Russell le lanzaba ese salvavidas, pero aun así mantuvo su tono despreocupado hasta que una mirada severa de Russell lo obligó a guardar silencio.
En cualquier caso, Serena seguramente cambiaría de actitud al saber que su interlocutor era Roswaal L. Mathers. Era impensable que ella, siendo una enviada especial, quisiera provocar un conflicto internacional de forma deliberada...
—Ya veo, así que eres alguien de posición. En ese caso, si te doy un hijo y hago que herede el título pronto, ¿podré llevarte conmigo al Imperio?
—Vaya, no se rinde.
—Por supuesto que no. No he vivido de una forma tan dócil como para retirarme fácilmente. La casa Dracroy... mejor dicho, yo, siempre estoy hambrienta. Hambrienta de gente capaz, de nuevas ideas y de tecnología.
Serena declaró aquello abriendo los brazos y señalando toda la torre de piedra del instituto. Ante tal declaración de intenciones, tan audaz como invasiva, Ilzea y los otros investigadores miraron a Roswaal con rostros perplejos. Tanto por su rango noble como por su cargo de director, él era el único que podía hacer frente a la enviada imperial.
Sin embargo, ante la proclama de Serena, Roswaal cerró su ojo amarillo y preguntó:
—Entiendo que me consideras alguien capaz, pero... ¿dices que tienes interés en la magi-aaaa?
—Así es. Me intrigan esas Herramientas de Magicreación que han empezado a usarse en el Reino, pero lo que hace que mi curiosidad palpite no son los objetos, sino la técnica detrás de ellos.
—Eso es...
—En pocas palabras, tengo un gran interés en la magia. Tanto que me gustaría aprenderla antes de volver a casa.
Serena sonrió con suficiencia y se golpeó el pecho con el puño. Ante esa actitud voraz tan propia del Imperio, Roswaal abrió el ojo que tenía cerrado y la observó fijamente con ambos.
Al ver el destello que cruzó sus pupilas, Russell sintió un mal presentimiento. Pero antes de que pudiera abrir la boca impulsado por esa urgencia...
—¡¿Dice que quiere aprender sobre magia?! ¡Eso es espléndido! ¡Es muy prometedooo-or! ¡Claro que podemos hablaaaa-aar!
—¡...!
Roswaal fue más rápido; extendió los brazos y sujetó las manos de Serena mientras exclamaba aquello. Sus ojos brillaban como los de un niño. Serena se quedó un segundo sin palabras ante el ímpetu de Roswaal, pero en cuanto comprendió que era una actitud positiva, respondió:
—¡Vaya, vaya! ¡Me alegra que lo digas! Te lo agradezco, me esforzaré por aprender.
—Te guiaré a mi laboratorio personal, al fondo. Vamos, por aquí, Lady Dracroy.
—"Lady Dracroy" suena demasiado distante. Serena está bien.
—Entonces a mí tampoco me importa que me llames Roswaaaaa-al.
—¡Roswaal!
Los dos avanzaban en la conversación a un ritmo vertiginoso, pero quien gritó el nombre de Roswaal no fue Serena, sino Russell. Ante el volumen de su voz, ambos se dieron la vuelta y Russell hizo una seña para que solo Roswaal se acercara.
—¿Qué demonios pretende?
—¿A qué te refieeeeee-res?
—Esta es una instalación vital para el Reino y ella es una invitada de honor del Imperio.
Russell increpó a Roswaal en un susurro cargado de una clara advertencia. Aunque no se conocían desde hacía mucho tiempo, Russell había estado vigilando los movimientos de Roswaal. Sabía que tenía una obsesión fuera de lo común con la magia, pero esto era perder los estribos por completo solo porque alguien decía estar interesado en ella.
Si su excesivo ego iba a convertirse en una debilidad estratégica en este lugar, Russell tendría que replantearse su relación con él en el futuro. Le sorprendió un poco sentir que eso sería una lástima.
—Russell, creo que hay un malentendido debido a nuestras distintas perspectivas — respondió Roswaal, interrumpiendo las dudas internas de su amigo.
Russell frunció el ceño con un "¿malentendido?", a lo que Roswaal asintió y continuó:
—Sí. Para empezar, la estructura de la "puerta" es distinta entre la gente del Reino y la del Imperio. Esto se debe a una evolución adecuada a cada territorio a lo largo de muchos años. En un entorno de calor extremo, los seres vivos adquieren las características necesarias para sobrevivir allí, ¿no es ci-eeeerto?
—... ¿Y dice que lo mismo ocurre con la "puerta", el órgano que maneja la magia? ¿Por lo tanto, aunque ella aprenda cómo usamos la magia en el Reino, no podrá replicarlo siendo imperial?
—Exactameeee-ente.
Roswaal lucía tan satisfecho como un profesor apasionado que encuentra a un alumno brillante. Ante esa respuesta, Russell se sintió un poco más aliviado, pero no estaba convencido del todo.
Incluso si Serena no pudiera usar la magia al estilo de Lugunica, tal como decía Roswaal...
—Podría aplicar los principios aprendidos al estilo imperial y rediseñarlos para usarlos en combate.
—...Lady Dracroy.
—Lo siento. Siempre he tenido buen oído. Gracias a eso nunca me pierdo un secreto, lo cual es muy útil. Aunque también me obliga a escuchar rumores estúpidos sobre cómo mi padre desprecia a su hija.
Serena respondió sin asomo de culpa, tocándose el lóbulo de la oreja y haciendo oscilar su pendiente carmesí. Independientemente de la ética de escuchar a hurtadillas, su comentario había dado en el clavo con la preocupación de Russell. Aunque el uso de la puerta de un ciudadano de Lugunica no se aplicara directamente a un imperial, eso no significaba que el conocimiento fuera inútil.
Incluso si eran solo las bases, no era deseable que el conocimiento del Reino fuera extraído por el Imperio.
—Bueno, si eso pasa, tampoco sería el fin del muuuun-do —dijo Roswaal, como si no fuera para tanto.
Russell lo miró fijamente, intentando descifrar sus verdaderas intenciones. Pero Roswaal le devolvió la mirada con una sonrisa carente de malicia.
—En un campo donde no hay competencia, el progreso suele ser leeen-to. Creo que la falta de un sentido de urgencia es parte de la razón por la cual este instituto apenas tiene logros que superen a los de mis antepasados, o por la cual las clínicas siguen ocultando sus técnicas durante aaa-años.
—... ¿Y por eso está dispuesto a perjudicar los intereses del Reino?
—Digo que, para obtener un beneficio mayor a largo plazo, hay que estar dispuestos a aceptar una pérdida temporaaaa-al.
Roswaal y Russell se quedaron en un silencio tenso, midiéndose con la mirada. Aunque la lógica de Roswaal tenía puntos válidos, para Russell era difícil de aceptar a gran escala. No se debe integrar en un plan de futuro algo que asuma como "natural" una pérdida temporal —una herida y el flujo de sangre resultante— si no se puede calcular su magnitud.
Después de todo, ¿era Roswaal L. Mathers una persona peligrosa para el Reino de Lugunica?
—"Deja que el lobo te muerda el brazo; así podrás atravesar su torso con la espada".
—...
—Es una frase legada por el primer Emperador de Vollachia. Es una interpretación opuesta a lo que representa el "Lobo-Espada" en nuestra bandera —un lobo atravesado por una espada—, pero me gusta.
Al lado de Russell y Roswaal, Serena hablaba desde una posición que difícilmente podría llamarse neutral.
El "Lobo-Espada" es la expresión que los ciudadanos de Vollachia usan para referirse a sí mismos. Se dice que representa la voluntad de lucha de alguien que, incluso con una espada atravesándole el cuerpo, es capaz de desgarrar la garganta del enemigo. Pero la interpretación de Serena era la contraria.
—Por supuesto, no tendría sentido que yo, siendo imperial, dijera que beneficiar al Imperio llevará a la prosperidad del Reino. Así que solo diré una cosa.
—... ¿Qué cosa?
—Yo siempre devuelvo lo que recibo, ya sea un favor o un agravio. No dejaré que salgan perdiendo.
Russell entrecerró los ojos y apretó los labios ante la seguridad con la que Serena hablaba con los brazos cruzados. En última instancia, la filosofía de Vollachia es hacer lo que sea necesario para vencer, y que eso es lo correcto. No había nada en su promesa verbal en lo que confiar, excepto quizás esa expresión llena de orgullo.
Sin embargo...
—¿Qué me dices, Russell? Lo ha dicho con mucha seguridaaa-ad. Serena es una gran mujeee-er. Tú también te has dado cuenta de eso, ¿no es verdaaa-ad?
—...
Ese no era el centro del problema. Roswaal lo sabía, pero aun así lanzó la pregunta mientras observaba el rostro de Russell. Al sentir esa voluntad inamovible, Russell soltó un pequeño suspiro.
—... Para empezar, usted es el director de este instituto. Yo solo soy un extraño que entra aquí gracias a su cortesía. Mi aprobación no le ha hecho falta desde el principio.
—Hm. Técnicamente eso es cierto, pero...
Roswaal hizo una pausa, tomándose un momento para reflexionar. Era inusual en él, que siempre decidía y encontraba respuestas al instante. Ante un Russell que fruncía el ceño, Roswaal bajó la mirada brevemente y añadió:
—Es que no me gustaría seguir adelante con esto si eso significa arruinarle el humor a un ami-gooo.
—...
—¿Russell?
Fue un comentario inesperado, propio de alguien que valora la amistad. Russell sospechó que podría ser una broma, pero al mirar fijamente el rostro de Roswaal, no encontró rastro de burla, lo cual lo tomó por sorpresa.
—Sabía que no sería fácil tratar con usted, pero esto...
Nuevamente, Russell se encontraba ante el dilema de si debía considerar a Roswaal como un factor de riesgo incontrolable o como un patriota con un poder inmenso que podía ser un gran aliado.
Y, para ser honestos, sentía lo mismo no solo por Roswaal, sino también por Serena.
—Jajaja, dices cosas de lo más adorables. Me agradas cada vez más, Roswaal.
—Que me digas "adorable" es un insul-tooo. Creo que eres mayor que yo por unos años, pero yo guardo en este cuerpo mucho más tiempo del que creeee-es. Me gustaría que me trataras como a un caballe-rooo.
—¿Usas una pequeña diferencia de edad como excusa para enfadarte? Más que adorable, eres encantador.
Serena se rio abiertamente y siguió conversando con Roswaal. Tal como él decía, para Russell era evidente que ella llegaría a ser una figura de gran importancia.
Se podría decir que Russell tenía "ojo para la gente", pero en su caso no era una corazonada sin fundamento, sino una certeza absoluta gracias a su “Protección Divina de la Evaluación”.
Aunque se suele pensar que esta protección divina solo sirve para distinguir la calidad de los objetos, la de Russell le permitía ver la competencia de las personas e incluso la superioridad de los dragones de tierra.
Por eso, sabía que Roswaal y Serena eran genios, y que los investigadores acobardados que no podían enfrentar a Serena eran, a su manera, talentos adecuados para una institución del Reino.
Sin embargo, una cosa es el talento y otra cómo se usa; eso debía juzgarlo observando a la persona. Ese era el desafío de Russell y una tarea urgente para el Reino de Lugunica.
Por lo tanto...
—Si llegara a estallar una guerra entre el Reino y el Imperio, y viera que desde el Imperio nos lanzan magia, le apuñalaré por la espalda, Margrave.
—Vaya, vaya, qué amistad tan valiooo-osa. Saber que incluso en una situación tan extrema, seguirías estando a mi espalda-aa.
Tras devolver ironía con ironía, Russell llegó a un acuerdo tácito con Roswaal: vigilaría el progreso de la situación. Como ya había dicho, Roswaal no necesitaba el permiso de Russell. Por su parte, Russell tampoco necesitaba el permiso de Roswaal para tomar sus propias contramedidas.
Para que cada uno jugara su mejor carta, no era necesario abrirse el pecho por completo.
—Parece que nos hemos puesto de acuerdo. Bien, mi curiosidad está llegando a su límite. Cuéntame todo de una vez.
Serena, que había estado esperando impaciente, aplaudió animando a Roswaal. Ante sus palabras, Roswaal asintió, sin ocultar su alegría por tener a alguien interesado en la magia.
—De acuerdo. Primero me gustaría hablar de la esencia de lo que es una "puerta", pero... Serena, esa joya de tu pendiente es un cristal mágico, ¿no es cierto-ooo?
—Así es. Me lo otorgó Su Majestad el Emperador como recompensa por sofocar un indicio de rebelión en las tierras de mi familia. Le tengo bastante aprecio.
Mientras conversaban animadamente, Roswaal y Serena se dirigieron al interior del instituto. Siguiéndolos de cerca, Russell llamó a Ilzea en voz baja. El pálido investigador parpadeó sorprendido.
—No bajes la guardia. Si el Margrave hace algo sospechoso, infórmame de inmediato.
—... Entendido.
Russell ni siquiera miró a Ilzea cuando este respondió con una voz inusualmente fría. Solo suspiró profundamente mientras observaba la espalda de Roswaal, que impartía su lección de magia con entusiasmo, preguntándose en qué lado de la balanza debía colocar a ese joven: si en el de un amigo o en el de una amenaza.
5
En cumplimiento con el tratado firmado con el Imperio, se dispuso la entrega del “hombre lobo” Alagar a las autoridades de Vollachia.
Ese era el contenido de la siguiente misión asignada al escuadrón de Heinkel Astrea, quien había recibido el crédito por la captura del Hombre Lobo que se ocultaba en la Capital Real.
Debían recibir a la enviada especial del Imperio de Vollachia, entregarle a Alagar y escoltarla hasta la frontera para completar el traspaso sin incidentes. Era una responsabilidad crucial para no deteriorar las ya gélidas relaciones con el Imperio, pero...
—Vaya, tiene un rostro bastante arrogante, ¿no creen?
Al confirmar el estado del hombre lobo, que se encontraba amordazado y con grilletes, la enviada imperial Serena Dracroy esbozó una sonrisa cargada de sadismo.
A pesar de ser una joven que aparentaba apenas unos dieciocho años, sus palabras y su porte eran los de una noble de gran linaje y autoridad. Su presencia emanaba un aura de beligerancia propia de los imperiales, dejando claro que era alguien cuyo talento había superado cualquier prejuicio de edad o género para ganarse su cargo.
Sin embargo, su actitud imponente y descuidada ponía los nervios de Heinkel de punta. Se preguntaba si ella realmente era consciente de la gravedad de su labor para mantener la paz entre ambas naciones.
—Su nombre es Alagar... un fugitivo que escapó del Imperio para refugiarse en el Reino. Es un hombre con mala suerte; tras librarse de sus cadenas y saborear la libertad, cometió la torpeza de dejarse atrapar aquí también. —Serena hizo una pausa y miró a los caballeros—. ¿Es este pequeño grupo el que logró capturarlo?
—... S-sí, así es. Nosotros fuimos quienes lo arrestamos.
Heinkel se sintió amargado por haber titubeado al responder tras ser interpelado de improvisto. No obstante, ignorando la inseguridad del capitán, Serena arqueó una ceja con interés.
—No quiero sonar grosera, pero me sorprende que tan pocos hombres hayan podido someterlo. En nuestro país, este sujeto destruyó un fuerte entero antes de lograr huir.
—... Supongo que es el fruto de nuestro entrenamiento diario.
—No digo que el entrenamiento no rinda sus frutos. Sin embargo...
Mientras hablaba, la mirada de Serena se apartó de Heinkel y se dirigió hacia los miembros del escuadrón que formaban detrás de él. Sus ojos se detuvieron en uno de los cuatro caballeros: un hombre de estatura imponente y una musculatura tan densa que parecía una armadura de carne. Marcos Gildark.
—Solo uno de ustedes es harina de otro costal. Pero veo que no lidera el grupo. ¿Acaso es un elemento problemático?
—Señora enviada, si desea hablar, hágalo con el capitán. Mis compañeros y yo nos limitaremos a vigilar el perímetro.
—Vaya, qué frío. En fin, supongo que habrá tiempo para que abras esa boca cerrada durante el viaje.
Ante el comentario de Serena, Marcos respondió con una formalidad estricta y cortante. A pesar de su rechazo, el interés de la mujer por Marcos no disminuyó, algo que Heinkel sintió como una humillación.
Era frustrante que, pasando por encima de su autoridad como capitán, la atención se centrara en Marcos. Incluso si Heinkel sabía perfectamente que, dada la fuerza y el talento de su subordinado, esa atención era más que merecida.
—¡Señora enviada! ¡Me gustaría discutir el plan de viaje!
—¿Eh? Ah, claro, proceda. De todos modos, no pienso interferir; dejaré los asuntos del Reino en manos de la gente del Reino. Yo prefiero concentrarme en lo que tengo entre manos por ahora.
—¿Lo que tiene entre manos?
—Estoy poniendo a prueba lo que un amigo del Reino me enseñó ayer.
Serena respondió a los gritos de Heinkel mientras manipulaba algo con los dedos. Sostenía lo que parecía ser una fina hebra plateada, maleable y suave. Heinkel frunció el ceño ante aquel objeto desconocido, a lo que ella explicó:
—Me dijeron que si canalizo el maná a través de mi "puerta" y lo hago fluir correctamente entre mis manos, puedo cambiar la forma de este hilo de plata a voluntad. Es una especie de juguete para aprender a controlar el flujo de maná.
—Controlar el flujo de maná... No puede ser.
—¿Mmm? ¿Acaso esa reacción significa que por fin vas a soltar la lengua?
Heinkel no entendió ni una palabra de la explicación de Serena, pero Marcos parecía haber captado algo. Sin embargo, el caballero ignoró la invitación de la mujer a hablar, ocultando cualquier respuesta tras una expresión tan imperturbable como una roca.
Ante la falta de cortesía de Marcos, Serena simplemente dijo: “Está bien”, sin reprenderlo.
Heinkel se sintió irritado, como si fuera el único que estaba desgastando su salud mental innecesariamente, pero negó con la cabeza al comprender que no ganaba nada obligando a Serena a castigar a Marcos.
—Iniciaremos el traslado según lo planeado. Le ruego que siga nuestras instrucciones en todo momento.
Así comenzó la misión, bajo un aura de pesadumbre que Heinkel no lograba sacudirse.
El grupo era pequeño: Heinkel como capitán, Marcos como vicecapitán, tres caballeros del Reino y cuatro cocheros para los carruajes de dragón que transportaban a Alagar. Por parte del Imperio, estaban la enviada Serena y cuatro soldados de escolta. Catorce personas en total.
Sin embargo, a menudo el peso de la responsabilidad no es proporcional al número de personas involucradas. Este caso era un claro ejemplo de ello, y por eso el corazón de Heinkel estaba sumido en la confusión.
Originalmente, quien había liderado la captura del hombre lobo fue Marcos. Ni Heinkel ni los otros caballeros habían sido rivales para la ferocidad de Alagar; de no ser por Marcos, habrían sido aniquilados y el fugitivo habría escapado. Sus vidas habrían llegado a su fin.
A pesar de eso, Marcos aprovechó que los demás caballeros estaban inconscientes durante la captura para cederle todo el mérito a Heinkel. Cuando este le pidió una explicación, Marcos solo respondió con algo tan críptico como: “Todavía estoy en proceso de recuperar el instinto”.
Si tanto le molestaba, Heinkel podría haber rechazado el honor, pero...
—... Maldición.
Incluso siendo un mérito regalado, Heinkel lo deseaba con toda su alma. Había llegado a la conclusión de que, si iba a despreciarse a sí mismo de todos modos, prefería hacerlo con una medalla en el pecho que con las manos vacías. Aceptó el reconocimiento, pero el sabor amargo no desaparecía.
Para colmo, la escolta de la enviada lo obligaba a ausentarse de la capital real durante varios días, alejándolo de su hijo, Reinhard.
—Reinhard...
Siendo honesto, su hijo era alguien frágil. Podría parecer favoritismo de padre, pero Heinkel sentía en Reinhard un talento innato que no existía en otros niños. Aquello incluía ese indicio de una Protección Divina sumamente peligrosa que se había manifestado hace poco. Una protección divina que influía en el corazón de los demás y que, de usarse mal, podría convertir fácilmente a su hijo en el enemigo del mundo.
Heinkel le había hablado con firmeza, y Reinhard juró no volver a usarla nunca más. Sin embargo, Heinkel no era tan optimista como para creer que el autocontrol de un niño fuera suficiente para cumplir una promesa de por vida. Por eso no quería alejarse de él, y mucho menos dejarlo al cuidado de sus abuelos en lugar de los Fauzen, que eran quienes realmente se encargaban de la casa.
—Señor capitán, tiene una cara de pocos amigos.
—¡...!
Heinkel se sobresaltó cuando Serena se asomó desde el asiento de enfrente para mirarlo a la cara. Al ver su reacción, ella mostró los dientes en una sonrisa mientras seguía jugueteando con el hilo de plata.
Se habían dividido en dos carruajes de dragón escoltados por jinetes de dragones de tierra. En uno iba Alagar bajo vigilancia, y en el otro viajaba Serena junto a Heinkel y Marcos, encargados de su protección.
No era un grupo dado a la charla, ni Heinkel sentía la necesidad de iniciarla, pero Serena parecía tener otros planes.
—¿Algún motivo para estar ansioso? Estamos en el Reino, no en el Imperio. No es por hablar mal de mi país, pero si algo fuera a salir mal en el camino, sería mucho más probable que ocurriera en mis tierras que aquí.
—N-no, no es eso...
—Lo que pasa es que su hijo no se despega de él. Está preocupado por eso — intervino Marcos desde su lado.
Era una defensa que simplemente decía la verdad, pero Serena asintió con interés.
—Ya veo, amor de padre. Lo entiendo perfectamente.
—... Con todo respeto, la señora enviada parece ser bastante joven.
—Tengo la costumbre de recoger cualquier cosa que brille un poco. Por eso tengo a muchos niños a mi cargo. Todos dan mucho trabajo, pero son pequeños encantadores con un gran futuro. Por cierto, yo también siento que tú tienes algo que brilla.
—No bromee conmigo. Especialmente si son bromas que no tienen gracia.
—Vaya, qué país más seco. En mi tierra soy una mujer muy solicitada, ¿sabes?
Serena agitó la mano con despreocupación, pero cuando habló de los niños, Heinkel percibió en ella una ternura genuina que no había mostrado antes. Eso hizo que, por primera vez, Heinkel viera en ella a una persona con identidad propia más allá de su título imperial. Soltó sus puños cerrados y bajó la mirada. Estuvo a punto de aceptar la ayuda de Marcos y explicar su situación cuando, de repente...
—¡¡Ataque enemigo!!
Un grito agudo resonó desde el exterior del carruaje y el cuerpo de Heinkel se quedó petrificado. Sin embargo, a su lado, Marcos y Serena reaccionaron al instante.
Serena se agazapó de inmediato en el centro del carruaje mientras Marcos se ponía en pie y se lanzaba hacia la puerta. Salió despedido hacia el exterior con una fuerza que casi arranca la portezuela de sus goznes mientras gritaba:
—¡¡Heinkel!!
Apenas pudo procesar que Marcos le estaba ordenando proteger a Serena. Pero entenderlo era una cosa y tener la compostura para hacerlo era otra muy distinta.
—¡¿U-uoh, aaaaah?!
Acto seguido, una sacudida violenta hizo que el carruaje se inclinara de forma estrepitosa. Incapaz de resistir la fuerza del impacto, Heinkel fue golpeado contra las paredes y los asientos, dejando escapar un alarido de terror.
Un asalto inesperado, algo que no debería haber ocurrido, acababa de rodear al grupo de caballeros y soldados imperiales con la clara intención de aniquilarlos.
6
—¡Ataque enemigo!
Ante el grito agudo de alerta de su colega, Marcos se puso en pie de un salto y se lanzó hacia la puerta del carruaje dragón.
El ataque se producía justo cuando escoltaban a la enviada especial del Imperio, Serena Dracroy, hacia la frontera. Dada la tensa relación entre el Reino y el Imperio, que algo le sucediera a ella sería un desastre diplomático.
—¡Heinkel!
Marcos llamó a Heinkel, que compartía el carruaje, instándolo a proteger a la enviada.
Si Heinkel lograba reaccionar tras el desconcierto inicial, sería de alguna ayuda. Y si no, para ser honestos, su presencia o ausencia no cambiaría mucho el curso de las cosas.
Lo que sí afectaba el panorama era...
—¡Maldición!
Marcos chasqueó la lengua al ver cómo la cabeza del cochero estallaba frente a sus ojos.
Tras recibir un impacto fulminante en el costado de la cabeza, el pobre hombre había perdido la vida de forma instantánea; de su cuello hacia arriba no quedaba nada. Sin embargo, no tenían tiempo para lamentar su muerte. Al instante siguiente, el mismo impacto que mató al cochero destrozó violentamente las ruedas del carruaje.
—¡Uuuh, aaahhh!
Al perder su apoyo, el vehículo se inclinó bruscamente, provocando gritos de pánico en su interior.
Resultaba patético que Heinkel, quien debía proteger, estuviera gritando, mientras que Serena, la protegida, mantenía un silencio sepulcral. No obstante, en la situación actual, Marcos no podía ponerse exigente ante la cobardía de Heinkel. Él también estaba a la defensiva, recibiendo golpe tras golpe sin poder contraatacar.
—¿Y el otro carruaje...?
De los dos vehículos, uno transportaba a la enviada Serena y el otro al "Hombre Lobo" Alagar, un prisionero que debía ser entregado al Imperio.
Por desgracia, se encontraban en un sendero de montaña muy estrecho. Con el primer carruaje inutilizado, el segundo no podía avanzar. Si el de atrás aún fuera capaz de moverse, podrían haber trasladado a Serena para que escapara, pero...
—Parece que también rompieron sus ruedas. Estamos inmovilizados.
—Usted...
Serena se asomó junto a Marcos para confirmar la situación por sí misma. Él abrió los ojos de par en par ante su temeridad, pero ella solo mostró una sonrisa provocadora.
—Si nos quedamos aquí dentro, solo esperaremos a que acaben con nosotros. ¿Qué piensas hacer?
—...Salga del carruaje y úselo como escudo. Yo me encargaré de los enemigos.
—Me parece bien. Trato hecho.
Sintiendo una punzada de admiración por la presteza con la que Serena aceptó, Marcos fulminó con la mirada a Heinkel, que seguía de rodillas en el suelo del carruaje. Ante esa mirada, Heinkel balbuceó un lastimoso "M-Marcos", pero los insultos tendrían que esperar.
—Protege a la enviada. Su vida es mucho más importante que la tuya.
Sin decir más, Marcos saltó fuera del carruaje, exponiéndose deliberadamente como señuelo.
Era una provocación evidente, pero el enemigo no podría ignorarla. Justo después, un proyectil dirigido al centro de su cuerpo —el mismo que mató al cochero— surcó el aire hacia él.
—...
Marcos desenfundó su espada al instante para desviar el destello que se aproximaba desde la lejanía. Su arma no era una espada común, sino un espadón colosal que priorizaba la resistencia sobre el filo. A decir verdad, se le daba mejor golpear directamente al oponente que blandir la espada con técnica, pero como caballero, no podía soltar su arma.
Además, en momentos como este, tener una espada resultaba muy útil.
—Como esperaba, intentar desviarlo con las manos desnudas no habría sido realista.
Por el impacto que rebotó en su espadón y el sonido del choque metálico, Marcos dedujo que los proyectiles eran saetas afiladas similares a flechas. Sin embargo, surgían dos problemas: la saeta que acababa de desviar no aparecía por ningún lado y no lograba localizar al tirador que la había disparado.
Una saeta que desaparece tras el impacto y un tirador problemático que oculta su presencia a la perfección.
Justo cuando se disponía a mantenerse como señuelo para vigilar a ese asesino...
—Así que lo bloqueaste. Eres un enemigo. No hay que bajar la guardia.
Una voz apagada, como si hablara con una bolsa en la cabeza, aterrizó justo frente a él.
Sobre el camino de la montaña, saltando desde el acantilado con un estruendo ensordecedor, apareció un gigante que superaba por mucho la ya elevada estatura de Marcos. Todo su cuerpo estaba cubierto por un mineral grisáceo que brillaba de forma mortecina... No, no es que estuviera cubierto. Su cuerpo era el mineral mismo.
Ante tal apariencia y presión, Marcos rugió mientras el vello de su nuca se erizaba.
—¡¿No me digas que eres un Hombre de Acero?!
—Correcto. Buena respuesta.
La respuesta formal vino acompañada de un puñetazo igual de formal y contundente.
Era un golpe con la masa de un pilar de una gran mansión. Marcos lo recibió de frente con su espadón, plantando firmemente los pies en el suelo.
Sin exagerar, tenía la fuerza destructiva de un choque frontal contra un carruaje dragón. Mientras Marcos apretaba los dientes para resistir la presión, el Hombre de Acero empujaba con su brazo.
—¿Me detienes? Tengo miedo.
—¡Ah, sí! ¡¿Tienes miedo?! ¡Pues te daré razones para que tengas más!
Rugiendo contra el Hombre de Acero que seguía ejerciendo presión, Marcos pasó al contraataque.
Haciendo vibrar todos sus músculos, empujó a su oponente y, sosteniendo el espadón con un solo brazo, usó el izquierdo para sujetar la pierna del enemigo y estamparlo con todas sus fuerzas contra la pared del acantilado.
—¡¡Oooooooh!!
Lo estrelló con tal potencia que el cuerpo del enemigo quedó incrustado en la roca, pero el contraataque no terminó ahí. Usando el cuerpo de su oponente como herramienta, Marcos comenzó una demolición a gran escala contra el acantilado.
Los Hombres de Acero son una raza rara entre los semihumanos, caracterizados por tener cuerpos compuestos de minerales o metales desde su nacimiento. Por naturaleza, son duros y resistentes. Era el equivalente a que un bloque de hierro con extremidades intentara golpearte.
Pues bien, usaría ese cuerpo tan orgulloso para remodelar el estrecho camino de la montaña.
—¡Tsk!
Mientras Marcos trituraba el acantilado con el cuerpo de su oponente, chasqueó la lengua al sentir una punzada aguda en el costado.
Era un disparo del asesino que aprovechó la apertura mientras él forcejeaba con el Hombre de Acero. En cuanto el proyectil perforó la piel de su costado, Marcos tensó sus músculos para detener la saeta en seco.
Aun así, era un hecho que lo habían herido. Y lo que era peor, habían logrado distraerlo...
—También detuviste eso. Eres alguien increíble.
Tras esas palabras de elogio, el Hombre de Acero le sujetó la cabeza y ambos intercambiaron posiciones. El gigante lo hizo girar en el aire y lo estampó de espaldas contra el acantilado, rematándolo con un golpe directo de su brazo.
El impacto atravesó el pecho de Marcos hasta su espalda, penetrando en el acantilado tras él y provocando grietas por doquier. El desprendimiento resultante comenzó a sepultar el camino, y la polvareda dificultaba aún más la batalla.
Y por si fuera poco...
—¡Bang-bang-baaan!
Aquella voz, fuera de lugar y festiva, llegó acompañada de un estruendo de destrucción masiva.
Más allá de la humareda, Marcos pudo ver árboles astillándose y salpicaduras de sangre, intuyendo de inmediato el destino del segundo carruaje que venía detrás.
El dragón de tierra, el cochero, el caballero del Reino o el soldado imperial de escolta... alguno, o quizás todos, habían muerto. Y el responsable de aquello estaba entrando en su campo de batalla.
—¿Qué-qué-qué? ¿Aún-aún-aún sigues en esto, Jimrack? ¿Es que te sientes mal-mal- mal, o es que tu oponente es bueno-bueno-bueno?
Quien llegó lanzando esos chillidos estridentes era un hombre delgado de mirada afilada y baja estatura. Tenía una larga cola plateada, pero su forma de aparecer era aún más extraña que su aspecto. Sin razón aparente, el hombre venía girando sobre sí mismo verticalmente, usando su cola para rasgar la cortina de humo al entrar.
El Hombre de Acero —llamado Jimrack— recibió al extraño recién llegado con calma.
—Perdón. Es el oponente. Los derriba y los detiene. Incluso las flechas de Elcain.
—¡Vaya-vaya-vaya! Eso-eso es impresionante-impresionante. ¡Y yo que pensaba que se habían ablandado con el Pacto del Dragón, pero el Reino todavía tiene gente que sabe-sabe-sabe lo que hace!
—No deberías bajar la guardia. Oulouzo, es tu mal hábito.
Jimrack llamó Oulouzo al pequeño individuo que aplaudía con aire de superioridad, y se colocó junto a su compañero mientras vigilaba a Marcos.
—...
Frente a esos dos, Marcos se liberó de la pared del acantilado y soltó un suspiro.
Ambos enemigos eran formidables. Estaba claramente en desventaja, pero al menos había sacado algo en claro.
—Gracias por los halagos hacia el Reino. Por esa mezcla de razas, estoy casi seguro de que son gente del Imperio. ¿Cuál es su objetivo? ¿El carruaje de adelante o el de atrás?
—¡Jajaja, entiendo-entiendo! ¡Así que no te dejas vencer sin antes sacar información! ¡Bien-bien, guerrero del Reino! Es una lástima que esto sea una misión de asalto.
No respondió a la pregunta, pero tampoco negó la acusación.
En ese punto, su afiliación al Imperio de Vollachia era casi un hecho, aunque eso no mejoraba la situación de forma drástica. Para mejorar las cosas, necesitaba sus cabezas.
Jimrack, Oulouzo, Elcain.
Esos eran los nombres que había escuchado en su intercambio; probablemente los líderes del ataque.
Sin derribar esas tres cabezas, no habría victoria ni supervivencia.
—¡Aquí viene-viene!
En cuanto Marcos puso fuerza en sus rodillas, Oulouzo soltó una carcajada. Pensando en lo problemáticos que son los enemigos competentes, Marcos salió disparado como un resorte.
—¡Hyaaaaah!
Lanzó un tajo horizontal con su espadón, intentando alcanzar a Jimrack y a Oulouzo a la vez, pero Jimrack se interpuso y detuvo la hoja con su torso de acero.
El metal chirrió contra el mineral, saltaron chispas al ritmo de un sonido agudo y la fuerza bruta de ambos chocó en un punto de equilibrio.


Fue entonces cuando...
—Es una espada muy-muy-muy buena. ¡Pero-pero no tanto como yo!
Soltando esas extrañas palabras, Oulouzo intervino en el forcejeo... o mejor dicho, le puso fin.
Tras subir ágilmente por la pared del acantilado, Oulouzo saltó al aire y comenzó a girar verticalmente. Su larga cola silbó mientras se convertía en un disco plateado que arremetió con furia.
Ese extraño ataque de Oulouzo partió por la mitad el espadón de Marcos, que estaba bloqueado por Jimrack. El filo era tan absurdo que el brazo de Marcos salió despedido por la inercia sin sentir resistencia alguna. En el borde de su visión, un destello cruzó la distancia en un instante...
—Maldita sea.
Giró el cuello instintivamente, logrando que la saeta que debía atravesarle el cráneo solo le desgarrara la sien. Sin embargo, la sangre nubló su visión del ojo izquierdo, y los ataques simultáneos de aquellos asesinos de élite resultaron ser un obstáculo insuperable.
—¡...!
Un impacto sólido y pesado junto con un corte profundo y afilado crearon una herida en forma de cruz en el pecho de Marcos, mandándolo a volar. Rodó violentamente hacia atrás, atravesando la humareda hasta quedar postrado en el suelo.
Justo cuando los perseguidores se disponían a rematarlo...
—¡Al suelo!
Era la voz de una mujer; no pertenecía a Marcos ni a ninguno de los atacantes.
Al escucharla y ver un destello rojo distinto al de las saetas en el borde de su visión, Marcos se dejó caer, quitando toda fuerza de sus rodillas.
Inmediatamente después, la luz estalló.
Una llamarada devastadora se extendió por el camino de la montaña, devorándolo todo a su paso.
7
—...¿Director?
Ilzea, uno de los investigadores, frunció el ceño mientras observaba a Roswaal, quien de pronto había interrumpido su discurso.
Sin responder al llamado de Ilzea, Roswaal caminó en silencio hacia la ventana del laboratorio, la abrió de par en par y entornó sus ojos de distinto color para contemplar el paisaje exterior.
—E-esto... ¿he hecho algo malo...?
En su voz vacilante se percibía la angustia de Ilzea al lidiar con un superior tan difícil de comprender. Para él, lo más probable era que su caprichoso jefe volviera a estar de mal humor por alguna razón desconocida.
Sin embargo, Roswaal no tenía tiempo en ese momento para preocuparse por las inseguridades de su subordinado.
—Esta perturbación en el maná...
A través de la atmósfera, una leve sensación punzante recorrió la piel de Roswaal: era la percepción de una gran fluctuación de maná.
Era algo claramente distinto a un fenómeno natural; era la prueba fehaciente de que alguien había transformado el maná de forma intencionada. En otras palabras, la evidencia de que se había activado magia.
Además, esa longitud de onda le resultaba familiar...
—Ilzea, contacta a Russell.
Sin apartar la vista de la ventana, Roswaal le dio la instrucción a Ilzea, quien estaba a sus espaldas. Al escucharlo, Ilzea contuvo el aliento y sus ojos se movieron con nerviosismo.
—¿Al Señor Russell? Con todo respeto, aunque sea amigo de usted, director, dejar que alguien así entre y salga del laboratorio con tanta libertad es un poco...
—Ah, ahora no me importa el protocooo-lo. Necesito hablar con él. De inmediato.
—No, pero... ¿por qué me lo pide a mí...?
—Contactar a Russell será más rápido si lo haces tú, ¿veeeer-dad?
Al decir esto, Roswaal se giró y clavó la mirada directamente en Ilzea. Ante ese escrutinio, Ilzea tensó ligeramente las mejillas y entornó los ojos.
Ese cambio de atmósfera y esa expresión tenían la agudeza que a Roswaal tanto le gustaba; le hicieron pensar que, después de todo, sí que valía la pena tenerlo en su laboratorio.
—¿Recuerdas el pendiente de cristal mágico que llevaba Serena? Parece que ha sido utilizado como catalizador. Es muy probable que haya surgido un problema.
Roswaal fue directo al grano con Russell, quien llegó de inmediato tras recibir el aviso.
La perturbación de maná que Roswaal sintió, su longitud de onda y el hecho de que se hubiera activado magia encajaban perfectamente con el pendiente de Serena Dracroy, quien había visitado la torre el día anterior.
Era un accesorio hecho con un cristal mágico extremadamente valioso. Ella mencionó que era una recompensa otorgada por el mismísimo Emperador, pero...
—Parece que no dudó en usarlo cuando llegó el momento. Su capacidad de decisión me sorprende, pero debo decir que fue un juicio adecuaaaa-do.
—El plan de darle piedras mágicas a los hijos de los nobles para su defensa personal... ella ya lo había mencionado —comentó Russell.
—No me disgusta que alguien domine tan rápido las técnicas que le enseño. No solo tiene el juicio de una aristócrata, sino que como alumna es excelente. Es realmente fascinante.
—Roswaal.
Russell llamó con calma a Roswaal, quien cerraba su ojo azul con aire de satisfacción.
Russell no mencionó nada sobre el hecho de haber sido convocado a través de Ilzea, y Roswaal tampoco tenía intención de indagar en ello.
La situación era urgente e, incluso si no lo fuera, no habría intentado remover ese asunto.
Tenía una buena relación de amistad con Russell... una que se mantenía incluso bajo la premisa de que ambos pudieran estar ocultando una daga tras sus espaldas.
Partiendo de esa tensa relación, Russell se llevó un dedo a su fina barbilla y continuó:
—Dejemos a un lado la excelencia de Lady Dracroy por ahora. El problema es que haya usado magia... mejor dicho, que se haya visto en una situación donde tuvo que usarla. ¿Está seguro de ello?
—Completamente seguuuu-ro. Era un cristal mágico de una calidad excepcional. No confundiría la ondulación de su maná... su "huella mágica", después de haberla visto apenas ayer. Además, la forma en que lo usó fue justo como le indiqué.
—¿A qué se refiere con eso?
—Usó todo el maná acumulado en la piedra para provocar un gran... ¡BUM!
Ante la explicación de Roswaal, quien extendió ambos brazos, Russell entornó los ojos en silencio.
Podría haber sonado a broma, pero la realidad era que resultaba difícil dar una instrucción compleja en apenas unas horas. Lo que Roswaal le enseñó a Serena fue la forma más eficiente de agotar un cristal mágico de un solo golpe.
Si con eso ella pudo superar el peligro, todo estaría bien, pero...
—Dime, ¿qué crees que le haya pasado?
—...Lady Dracroy es la enviada especial del Imperio. El propósito de su visita era la entrega del "Hombre Lobo" Alagar, capturado en la capital, para ser escoltado de regreso al Imperio.
—Gracias a la información que tú proporcionaste, Marcos pudo capturarlo, ¿verdad?
—Así es. Por lo tanto, el Señor Marcos debería estar acompañando a la enviada hasta la frontera para supervisar la entrega y su seguridad.
—Con Marcos allí, me cuesta creer que algo grave haya pasaaaa-do.
Aunque Marcos era joven, no abundaban en el Reino caballeros que superaran su habilidad.
Aparte de Wilhelm van Astrea, el "Demonio de la Espada" y comandante de la Guardia Real —alguien a quien Roswaal prefería no cruzarse demasiado—, Marcos era un activo de primer nivel.
En cualquier caso, se podría decir que el personal de más alto estándar estaba a cargo de la escolta. Y aun así, Serena se vio obligada a usar magia por iniciativa propia.
—Si consideramos las posibilidades... ¿un escenario donde Marcos no pueda actuar? Que fuera neutralizado de alguna forma, o que él mismo se volviera enemigo de Serena.
—Lo primero es posible, pero lo segundo es difícil de creer. Si ese fuera el caso, significaría que Lady Dracroy usó su magia como último recurso contra él... pero dada la trayectoria y la ideología del Señor Marcos, no tiene sentido que cometiera tal imprudencia.
—¿Tú creeeee-es? Él tiene antecedentes de haber colaborado con la "Hermandad", ¿no es así?
—¿No cree que es una pérdida de tiempo discutir algo cuya conclusión ya conocemos? El Señor Marcos no tiene intenciones rebeldes contra el Reino. Si partimos de esa base...
Russell guardó silencio un instante y cruzó miradas con Roswaal. Este último asintió levemente y ambos hablaron al unísono:
— —Un ataque de un tercero.
Esa era, por el momento, la deducción más lógica.
—Podemos asumir que El Señor Marcos y Lady Dracroy fueron atacados como aliados. Dado que ella tuvo que activar su magia, la situación debe superar lo que el Señor Marcos puede manejar por sí solo.
—O el enemigo los superó en número... o mejor dicho, no. Si hubiera sido algo tan descarado, la Orden de Caballeros habría detectado los indicios. El enemigo debe ser un grupo pequeño pero de élite.
—El objetivo podría ser la enviada del Imperio, el caballero del Reino... o tal vez el Hombre Lobo que escoltan.
—...Después de todo, todavía hay grupos con raíces profundas que persiguen esos fines.
Roswaal apenas añadió correcciones a la deducción de Russell.
En el contexto de Marcos y Serena, los objetivos más probables para ese "enemigo" desconocido eran la propia Serena o el Hombre Lobo.
Las razones para atacar a la primera podrían ser muchas, pero para el segundo, lo más probable es que el objetivo no fuera su vida, sino su liberación.
Desde la "Guerra Semihumana", los conflictos abiertos entre humanos y razas semihumanas habían cesado en el Reino de Lugunica, pero las chispas del conflicto seguían latentes en muchos lugares, estallando de vez en cuando en pequeños incendios.
Sin embargo...
—Involucrar a una enviada del Imperio hace que esto sea algo mucho más grave que un simple "incendio".
—Si algo le sucede a Serena, se convertirá en un problema diplomático mayooo-r. Ni hablar si llegara a perder la vida en territorio del Reino...
—...Podría escalar hasta convertirse en una guerra contra el Imperio de Vollachia.
Ante la conclusión de Russell, Roswaal asintió en silencio.
No era una exageración. La realidad era que el estado de no agresión entre Lugunica y Vollachia era un milagro sostenido sobre un equilibrio extremadamente frágil.
Y había muchísimas personas interesadas en poner fin a ese milagro y asestar un golpe definitivo a la relación entre ambas naciones. No solo gente belicista del Imperio, sino también del Reino.
Era una idea extrema, pero si esto fuera obra de semihumanos que buscaban liberar al Hombre Lobo, aquellos que aún guardaban rencor por la guerra y odiaban al Reino podrían desear que el conflicto escalara hasta una guerra total.
Todas eran semillas de posibilidades que bien podrían terminar en el peor de los escenarios.
—...Y no deseo que ninguna de esas posibilidades se haga realidad.
Roswaal L. Mathers tenía un plan que le había tomado muchísimo, muchísimo tiempo.
Era un proceso de años que a una persona normal le resultaría abrumador, una oportunidad única en la que el fracaso no estaba permitido... y aún ni siquiera había llegado al punto de partida.
Para asegurar su éxito, debía eliminar cualquier factor que pudiera detener su avance.
—La Orden de Caballeros probablemente aún no esté al tanto. Yo me encargaré de contactarlos. Usted...
—Por supuesto, me pondré en marcha de inmediato.
Dicho esto, Roswaal puso un pie en el marco de la ventana. Ante la mirada atónita de Russell, Roswaal se lanzó al vacío.
Y entonces...
—...La magia es algo que supera las expectativas, ¿no es así?
Russell murmuró mientras observaba a Roswaal flotando en el aire fuera de la ventana, envuelto por ráfagas de viento.
—Por cierto, si usted me enseñara, ¿podría volar yo también?
—Más que de mi enseñanza, depende de cuánto te esfuerces. Siempre y cuando tengas la determinación de encontrar tu aptitud y dedicar toda tu vida a la magia, claro está.
—Entiendo, parece que no es nada fácil. ...¿Alguna idea de dónde buscar?
—Por lo pronto, seguiré el rastro de la magia de Serena. Por tu parte...
—Entonces, tome esto.
Interrumpiéndolo, Russell le lanzó algo. Roswaal lo atrapó al vuelo; era un espejo de mano plegable, y era evidente que no era una simple herramienta de aseo.
Un "Espejo de Conversación", un “Meteor” que permitía la conversación entre espejos gemelos.
—Siempre tan precavido.
—Es mi mayor virtud. ...No cometa imprudencias, Roswaal.
Roswaal guardó el espejo en su túnica, se despidió de Russell con un gesto de la mano y comenzó a ganar altura, alejándose de la torre del laboratorio mientras empezaba a rastrear los vestigios de maná.
Sería un problema que algo le pasara a Serena por descuido y que estallara una guerra no planificada entre el Reino y el Imperio.
Y además...
—Tanto Serena como Marcos son amigos que me dolería mucho perder.
8
—Parece que, por ahora, hemos logrado despistar a los perseguidores.
Tras alejarse una distancia considerable del sendero de montaña envuelto en llamas y explosiones, Serena se ocultó entre la espesa vegetación del bosque, relajando un poco su tensa guardia mientras se encogía de hombros.
Aunque su vestido de gala, propio de una dama de la alta nobleza, estaba manchado de hollín y tierra, por fortuna no había sufrido ni un solo rasguño. Eso se debía tanto a su propia capacidad de reacción como al esfuerzo desesperado de quienes la rodeaban.
Era lo mínimo que se podía esperar tras semejante despliegue.
Después de todo...
—Los únicos que hemos quedado con vida de este lado somos nosotros cuatro.
Al decir esto, Serena se giró hacia atrás. Tras la sombra de un gran árbol, tres figuras descansaban y recuperaban el aliento. Ninguno era un soldado imperial. Lamentablemente, los cuatro soldados que la habían acompañado al Reino como su escolta personal no salieron vivos de aquel sendero.
Y lo mismo ocurrió con los tres caballeros del Reino, el cochero y el dragón de tierra. Como resultado, los únicos supervivientes eran Serena, los caballeros Marcos y Heinkel, y...
—E-enviada especial, la situación es crítica... Entonces, ¿por qué traemos a este sujeto con nosotros?
—¿Hum? Ah, soy consciente de que te he encomendado una tarea difícil. Pero se me ordenó escoltar a este individuo. Si es un mandato directo de Su Majestad el Emperador, no tengo más remedio que obedecer, ¿no es así?
—¡Pero aun así...!
Heinkel guardó silencio, con el rostro contraído por la amargura. Su mirada y su atención estaban fijas en el último superviviente de aquella masacre: el hombre lobo encadenado, Alagar.
En su forma humana, Alagar no parecía más que un hombre escuálido, pero no mostraba ni un ápice de debilidad en su mirada, cargada de hostilidad y desconfianza hacia Serena y los demás.
Ante ese odio tan palpable, Serena esbozó una pequeña sonrisa.
—Mala suerte para ti, Alagar, pero vas a tener que acompañarnos un poco más.
—...Ustedes están mal de la cabeza —escupió Alagar, arrugando el entrecejo.
Haber logrado sacar a Alagar de allí en medio de aquel caos, a pesar de estar encadenado, fue una suerte casi milagrosa. Aunque, por lo visto, el beneficiado no sentía la más mínima gratitud por haber salvado el pellejo.
—Me ofende que dudes de mi cordura. Después de todo, se supone que soy quien te salvó la vida, ¿no?
—Es normal que dude. ¿Arriesgar tu propia vida para sacarme de allí? ¿Solo porque son "órdenes del Emperador"? No puedo decirte otra cosa más que: púdrete, mujer desquiciada.
—¡Tú...! ¡Cuida tu lenguaje!
Quien explotó ante la actitud desafiante de Alagar no fue Serena, sino Heinkel. El caballero pelirrojo puso una expresión feroz en su rostro de facciones suaves y apuntó con su imponente espada al prisionero.
—¿Es que no lo entiendes? Si la enviada no hubiera decidido salvarte, ahora mismo estarías muerto en ese sendero...
—Da igual, si me llevan de vuelta al Imperio me van a ejecutar de todos modos. Mira el fondo del asunto, señorito.
—¡Maldito...!
Rojo de ira por el tono burlón de Alagar, Heinkel levantó su espada. Por un momento pareció que la misión de Serena terminaría en fracaso debido a un arrebato de cólera, pero...
—Ugh...
Heinkel se detuvo con la espada en alto. Sus manos, que sujetaban con fuerza la empuñadura, ejercían una presión fuera de lo común y temblaban ligeramente.
Serena cerró un ojo ante la escena y llamó al caballero.
—Ya es suficiente, caballero Heinkel. Es una vida que hemos salvado arriesgándonos demasiado. Sería una estupidez que tú mismo la segaras ahora de forma tan absurda.
—... Si la enviada así lo desea.
Heinkel respondió y, con evidente desgana, envainó su espada.
Había sido un intercambio casi teatral, pero Heinkel era parte del limitado personal disponible. De ahora en adelante debían actuar como uno solo, por lo que era mejor evitar roces innecesarios.
Su mala respuesta ante la emergencia y el temblor de su espada hace un momento... por desgracia, los problemas que cargaba Heinkel no parecían ser algo que Serena pudiera resolver allí mismo.
Por lo tanto, el aliado en quien más debía confiar ahora era...
—No hagas que la enviada se preocupe por tus estupideces.
—¡M-Marcos!
—No grites. ¿En qué situación crees que estamos?
Una voz grave surgió de tras de un gran árbol, haciendo que Heinkel se sobresaltara. Quien lo reprendió con irritación fue Marcos, que se estaba tratando las heridas a la sombra.
Marcos se había enfrentado directamente a los atacantes en el sendero y había sufrido heridas bastante graves. Gracias a los primeros auxilios, la hemorragia en su ancho y robusto pecho parecía haberse detenido.
—Has perdido mucha sangre. ¿Cómo te encuentras?
—Puedo moverme, de alguna manera. Me salvó su rapidez de reflejos, enviada especial.
—No digas eso. El ingenio y las tácticas solo sirven si se crea la situación para aprovecharlas. En ese sentido, la forma de luchar del caballero Marcos fue nuestra tabla de salvación.
Serena se encogió de hombros, elogiando a Marcos sinceramente, sin intención de consolarlo o darle ánimos vacíos.
Aquello fue una emboscada casi perfecta: atacantes de larga distancia combinados con dos vanguardias extremadamente poderosas. No habría sido extraño que los hubieran aniquilado sin que pudieran hacer nada.
De hecho, Serena se encontró en una situación desesperada tras perder su medio de transporte y a su escolta en el primer movimiento.
Aunque ella era algo más astuta que una chica común y tenía confianza en su manejo de la espada, no era tan engreída como para creer que podría haber salido de aquel apuro por su cuenta. Si seguían vivos, era gracias a Marcos. No era algo para tomarse a la ligera.
—El caballero Heinkel también siguió mis instrucciones sin rechazarme por ser del Imperio. Gracias a eso, parece que podré cumplir mi misión de escoltar al hombre lobo.
—N-no, enviada... Solo hice lo que debía...
—Deja de adularla y cállate. —Marcos señaló con agudeza—: Aquella distracción de hace un momento tuvo una potencia excesiva para ser un simple truco. Ese pendiente debía ser algo muy valioso, ¿no es así?
—Lo usé cuando debía usarse. Se podría decir que cumplió su propósito fundamental —respondió Serena, tocándose la oreja donde antes estaba el pendiente.
Era una joya que el Emperador de Vollachia le había otorgado en reconocimiento por aplastar una rebelión en sus tierras. Fue una suerte inmensa haber aprendido su uso correcto hace apenas nada.
El método que le enseñó Roswaal, a quien conoció ayer en el laboratorio de magia, resultó en una distracción descomunal que les dio la oportunidad de escapar.
—Si por casualidad los perseguidores hubieran muerto en ese incendio, todo sería más fácil, pero...
—... Es poco probable. Esos tipos eran expertos entre expertos. E incluso si no fuera así, el que atacaba desde lejos no se habría visto afectado.
—Bueno, supongo que tienes razón. Solo lo decía por decir.
Marcos había dejado un "regalo de despedida" para disuadir al tirador mientras escapaban entre la explosión del cristal mágico, pero pensar que eso habría acabado con el enemigo era ser demasiado optimista.
Debían asumir que los tres asesinos seguían en plenas facultades.
—Logramos bajar del sendero y refugiarnos en el bosque bajo el acantilado, pero ¿cuánto crees que tarde el Reino en comprender la situación y enviar refuerzos?
—E-eso... por supuesto, la Orden de Caballeros responderá lo antes posible...
—No lo sabemos con certeza. El enemigo nos estaba esperando con todo preparado. Eso significa que podrían haber tomado medidas para evitar que la noticia se propague.
—Entonces, no es realista esperar a que los perseguidores se retiren confiando en los refuerzos —concluyó Serena ante la respuesta de Marcos, ignorando la vaga contestación de Heinkel.
Había sido un ataque meticulosamente planeado. El problema era saber cómo —o mejor dicho, desde qué país— se había filtrado que ellos pasarían por ese lugar a esa hora.
Dependiendo de si la culpa era del Reino o del Imperio, la gravedad del problema para Serena cambiaría.
En ese momento...
—Disculpe, tengo una propuesta para la enviada. —¿Por qué no le entregamos a ese hombre lobo?
—¿Oh?
Serena arqueó una ceja ante la propuesta de Heinkel, quien levantó levemente la mano y bajó la voz.
Era la primera vez que Heinkel lograba sorprenderla, y era la opinión más digna de consideración que había dado hasta ahora. Por supuesto, todo dependía de la verdadera intención tras la propuesta.
—Esos tipos que se enfrentaron a Marcos hace un rato eran claramente semihumanos. Entonces, su objetivo es liberar a ese hombre lobo. Si se lo entregamos, habría margen para negociar... ¡Agh!
—¡Heinkel! ¡¿Pero qué demonios estás diciendo?!
Marcos, con la voz cargada de furia, agarró a Heinkel por el cuello de la ropa y lo levantó. Mientras Heinkel pataleaba en el aire con los ojos desorbitados por la fuerza de Marcos, este lo fulminó con la mirada desde una distancia mínima.
—Han matado a los soldados de la enviada y a nuestros propios compañeros. ¿Y aun así sugieres entregarles al prisionero? ¡¿Qué pasará con el honor de los que murieron?!
—¡E-el honor me importa tanto como a ti! ¡Pero el que no entiende nada eres tú!
—¿Qué has dicho?
—¡La seguridad de la enviada es lo primero! ¡Eso fue lo que tú mismo dijiste!
Heinkel forcejeó, tratando de apartar las manos de Marcos de su cuello. Aunque sus brazos comparados con los de Marcos eran como una rama frente a un tronco, la fuerza de sus convicciones estaba igualada en ese momento.
En esencia, la opinión de Marcos era una cuestión emocional de alguien que ha perdido a sus allegados y carecía de realismo. Por otro lado, la opinión de Heinkel consideraba el problema diplomático, pero carecía de certeza.
Se podría decir que, al menos, Heinkel era quien tenía una base más teórica.
Sin embargo...
—Eso solo funcionaría bajo la premisa de que el objetivo del enemigo es Alagar.
—... ¿Dice que hay otra posibilidad?
—Es muy posible. Al menos, mientras esté en el Reino, soy como una piedra mágica de fuego. No importa dónde me hagan estallar, causaré un daño considerable. Si ese daño es el objetivo del enemigo, no importará si entrego a Alagar o no.
Si el objetivo del enemigo era que Serena perdiera la vida en el Reino, la propuesta de Heinkel sería ignorada y no habría margen de negociación. O tal vez, matar a Serena y liberar a Alagar fuera la forma más efectiva de provocar un conflicto diplomático entre el Imperio y el Reino.
En cualquier caso...
—Tu valiosa opinión, caballero Heinkel, tiene el inconveniente de que no hay vuelta atrás si fallamos al intentarlo. Y, además...
—¿A-además?
—Ya lo dije antes. Esto es un mandato directo del Emperador. Por eso saqué a Alagar de ese sendero arriesgando mi vida. Si no cumplo con ese mandato, incluso si salgo viva de aquí, dudo que mi cabeza siga pegada a mis hombros por mucho tiempo.
En resumen, Serena no tenía la libertad de liberar a Alagar en primer lugar.
Tras escuchar las palabras de Serena, Heinkel se desinfló y Marcos lo soltó contra el suelo. Marcos se rascó la cabeza con brusquedad y resopló.
—Entonces, ¿nos toca seguir con la misión a solas, sin refuerzos, y aniquilando a los perseguidores?
—En el mejor de los casos, bastaría con esquivarlos y llegar a la fortaleza fronteriza... Pero dependiendo de quién haya enviado a los asesinos, no es seguro que la fortaleza sea un lugar seguro.
—¿La fortaleza no es segura?
—Tanto yo como la familia Dracroy tenemos muchos enemigos. No solo en el Reino, sino también dentro del Imperio. Además, mi enemigo más cercano es... no, dejémoslo por ahora.
Serena negó lentamente con la cabeza, decidiendo no seguir hablando de eso.
Entonces Alagar, que había estado escuchando la conversación en silencio, dejó escapar un gruñido bajo. Era una sonrisa sombría de alguien que, a pesar de estar encadenado y en una situación desesperada, parecía disfrutar del caos.
Al sentir las miradas de Serena y los demás, soltó un bufido.
—Antes de partir te creías muy superior, pero ahora resulta que tu situación no es tan distinta a la mía. ¿Qué tal si aúllo y llamo a esos tipos?
—¿Q-qué has dicho?
—Con todo este lío se me soltó la mordaza. Es una opción, ¿no?
—Siempre hay opciones. Pero no te lo recomiendo.
Serena puso sus manos en la cintura y le dirigió una mirada severa. Alagar la observó con recelo. Si sus palabras sonaron como una súplica por su vida, no iba a negarlo, pero había más que eso.
—Dada la situación, no creo que el objetivo del enemigo sea tu liberación. En ese caso, ¿cuál sería tu papel si te encuentran? Serías el chivo expiatorio perfecto.
—...
—La masacre de la comitiva imperial y de los caballeros del Reino. Un hombre lobo que iba a ser ejecutado en el Imperio sería el culpable ideal para cargar con todo.
A medida que Serena exponía su deducción, la expresión de Alagar se ensombrecía.
Aunque ella solo planteaba una posibilidad, tenía la confianza de que sus palabras resultaban muy convincentes para alguien en la posición de Alagar.
Sin embargo, había un agujero decisivo en el razonamiento de Serena para Alagar.
Y era que...
—Entiendo que, si dejo que esos tipos los maten, yo tampoco me salvaré. Pero, al final, me da lo mismo si los traiciono o no.
Exacto. Ese era el punto débil de su argumento.
Incluso si Alagar cooperaba y llegaban a la fortaleza, lo que le esperaba era el patíbulo. Si de todos modos iba a morir, no se le podía culpar si decidía arrastrarlos con él por puro despecho.
Por eso, para romper esa premisa...
—Sí, tienes razón. Por eso mismo, tú y yo tenemos margen para negociar.
—¿Negociar?
—Así es. Escucha, Alagar. Si decides no traicionarnos aquí, estoy dispuesta a fingir que has muerto y dejarte escapar.
—¡¿Qué...?!
—¡¿Enviada?!
Alagar y Heinkel abrieron los ojos de par en par ante la propuesta de Serena.
Solo Marcos mantuvo su rostro de piedra, observando fijamente a Serena como si tratara de leer sus intenciones.
—... Juraría que acaba de decir que no podía desobedecer el mandato del Emperador.
—Pero la supervivencia es lo primero. Si Alagar grita y atrae a esos tipos, todo habrá terminado. ¿Debería entonces cortarle la lengua para que guarde silencio?
—...
—¿Acaso no quieres recurrir a tácticas tan viles? Yo tampoco.
Serena le sonrió al silencioso Marcos y levantó la barbilla con orgullo.
Había quienes pensaban que estaba bien desechar el honor y la dignidad con tal de aferrarse a la vida, y Serena no negaba ese pensamiento, pero no era la forma en que ella elegía vivir.
Para Serena, el orgullo era algo que debía protegerse tanto como la vida, o incluso más.
—Y para conservar tanto mi vida como mi orgullo, la opción de engañar a Su Majestad el Emperador entra dentro de mis posibilidades. ¿Qué dices, Alagar?
—... Aunque me lo preguntes así...
—Por supuesto, para que mi informe de que has muerto sea convincente, tendré que pedirte una prueba... un ojo o un brazo sería suficiente. Pero a cambio, tendrás una oportunidad de vivir. Esa es mi propuesta.
—...
—Lo siento, pero no tengo mucho tiempo para que lo pienses. El caballero Heinkel es más impaciente que yo.
Serena dirigió una breve mirada a Heinkel. Él se quedó atónito por un momento, pero enseguida captó la intención y desenvainó su espada.
El brillo del acero terminó de presionar al dubitativo Alagar.
—... Está bien. Haré lo que dices.
—Excelente decisión. Por cierto, no hace falta decir que si esos tipos nos matan, tú tampoco te salvarás. Así que, si llega el momento...
—... Mujer desquiciada.
Serena soltó una carcajada ante el rostro de odio de Alagar.
De alguna manera, había logrado llegar a un acuerdo racional con el hombre lobo. Engañar al Emperador Drizen Vollachia con una mentira era una apuesta arriesgada, pero lo primero era volver con vida.
Marcos suspiró profundamente mientras observaba el perfil de Serena tras cerrar el trato.
—... Ahora entiendo por qué eres amiga de Roswaal.
—Vaya. Así que después de todo conocías a Roswaal. Fuiste muy reservado al no decir nada, caballero Marcos.
—No tanto como él, como tú, o como el otro amigo de Roswaal.
—¿Te refieres a Russell Fellow? A él también lo conocí ayer.
—Ya veo...
El respeto desapareció de sus palabras y de su actitud, y Marcos puso una cara como si se acabara el mundo. Serena dejó escapar una sonrisa ante su reacción y miró hacia el cielo.
La luz del sol apenas penetraba en aquel bosque sombrío, bloqueada por la espesura de los árboles. Era una ventaja para ellos, que debían ocultarse, pero sería un inconveniente para cualquiera que intentara buscarlos además de los perseguidores.
—...
De repente, se le ocurrió algo. Serena buscó en su ropa y jugueteó con un objeto delgado y ligero entre sus dedos. Por fortuna, al estallar su pendiente, había obtenido una nueva sensación.
—Haré todo lo que esté en mis manos sin pisotear mi honor ni mi dignidad. Ese es mi estilo.
Mientras Serena colocaba sus piezas de reserva por si acaso...
—Heinkel, vigila los movimientos del hombre lobo. La enviada llegó a un acuerdo con él, pero no sabemos hasta qué punto se lo ha tomado en serio.
Marcos le dio la instrucción a Heinkel mientras comprobaba la fuerza de su puño al abrir y cerrar la mano.
A estas alturas, ya no tenía sentido discutir quién era el líder del escuadrón. Heinkel asintió con una expresión amarga y respondió con un "entendido".
Sin embargo, después guardó silencio y se quedó mirando fijamente a Marcos, algo que este no lograba comprender.
—¿Qué pasa? Tu mirada me molesta.
—Tú... estás bien, ¿verdad? Es la primera vez que te veo tan acorralado.
—... Ya te lo dije, eran expertos. Además, era un dos contra uno... no, con el que disparaba de lejos era un tres contra uno. Es normal que tuviera dificultades.
—...
—Si al menos mis aliados fueran mejores, la historia sería distinta. ¿No crees que es una vergüenza para un caballero tener que ser salvado por el ingenio de la enviada?
—Eso es...
Marcos se sintió harto de Heinkel, quien, como de costumbre, no sabía cómo responder a sus provocaciones.
Hace un momento, cuando Heinkel le replicó emocionalmente, Marcos se sintió algo sorprendido, pero ahora volvía a mostrar esa falta de espíritu que le hacía pensar que aquello había sido solo un error.
En cualquier caso, no tenía tiempo para seguir aguantando las dudas existenciales de Heinkel.
—Yo iré en la vanguardia y tú en la retaguardia. Al menos, asegúrate de ser el primero en detectar al enemigo.
—E-entendido. ... No pierdas, Marcos.
Tras añadir ese comentario innecesario, Heinkel se dirigió hacia Alagar y mantuvo a raya con su espada al hombre lobo, quien parecía dispuesto a seguirlos dócilmente.
Mientras observaba la escena, Marcos volvió a mirar su propia mano.
—Tsk.
En el campo de visión de Marcos, el puño que abría y cerraba temblaba levemente.
Era sumamente irritante cómo la herida provocada por aquella saeta empezaba a palpitar de una forma inquietante.
9
Tras despegar del Instituto Real de Investigación Mágica, Roswaal siguió el rastro de las huellas de maná que había percibido.
Como el cristal mágico era una esencia de maná puro, la magia que Serena activó usándolo como catalizador debió ser bastante potente; sin embargo, con el paso del tiempo el rastro se iba desvaneciendo, dificultando la localización exacta.
Por ello, pensó que seguirle los pasos no sería tarea sencilla, pero...
—¿Habrá sido Marcos el responsable de esto? Tan fuera de lo común como siempre.
Roswaal soltó un suspiro de asombro ante los restos de una batalla demasiado escandalosa que descubrió bajo sus pies.
Ante él se extendía la insólita imagen de un carruaje de dragón incrustado en la pared de un acantilado, en pleno camino de la montaña. Un simple accidente donde el vehículo resbalara por el barranco no terminaría así. Lo más lógico era pensar que alguien lo había arrojado y clavado allí por pura fuerza bruta.
—El concepto de “lógica” se vuelve un poco difuso... pero bueno, no creo que haya sido nadie máaaa-as.
No es que fuera una proeza al alcance de cualquiera, pero si existía al menos un candidato capaz de lograrlo, entonces se podía dar por sentado que era una posibilidad real.
Roswaal calculó el ángulo y la trayectoria con la que el carruaje fue lanzado y, tras marcar un punto en el sendero del lado opuesto del valle, se dirigió hacia allá.
Y entonces...
—Vaya.
Se arrodilló en medio del camino y caviló mientras recorría con la palma de la mano el suelo irregular.
Según sus deducciones, este tramo del sendero era el lugar donde Serena había activado su magia y, al mismo tiempo, el punto donde Marcos se había desatado tanto como para lanzar un carruaje de dragón. A pesar de ello, no había rastros que lo indicaran en los alrededores; el carruaje clavado en el acantilado era lo único que desentonaba por completo.
Era una vista sumamente desconcertante, pero entre el carruaje del risco y el sendero impecable, uno de los dos mentía.
—Y, por lo general, las mentiras se usan para embellecer la realidad, ¿no es asiiii-í?
Convencido de ello, Roswaal chasqueó los dedos con fuerza en mitad del camino.
Acto seguido, una ráfaga de viento nació desde su posición y barrió el sendero de golpe. Al instante siguiente, incapaces de resistir el vendaval, los artesanos que decoraban la realidad quedaron al descubierto.
Se trataba de...
—... Bichos.
Roswaal murmuró al ver cómo innumerables insectos alados eran arrastrados por el viento. Estos bichos camuflaban la superficie de sus alas para imitar el paisaje y, al agruparse, creaban la ilusión de un “sendero impecable”.
Sin embargo, una vez expuesta la trampa y revelado lo que había bajo el camuflaje, lo que quedó a la vista fueron grietas en el suelo, un acantilado desmoronado y los restos de los caídos, amontonados de cualquier manera.
—Vaya, vaya.
En ese instante, “algo” pasó rozando el largo cabello azul de Roswaal.
Él se giró de inmediato, comprendiendo que se trataba de un ataque dirigido hacia él desde la lejanía. Desde el momento en que notó la distancia entre el lugar de la batalla y donde estaba el carruaje que Marcos lanzó, ya estaba en alerta por la presencia de un tirador que obligara a Marcos a arrojar un objeto de semejante masa.
Por eso, se había envuelto de antemano en una armadura de viento para prevenir cualquier emboscada. Gracias a ello evitó el impacto directo, pero que el proyectil casi atravesara su defensa por los pelos fue una sorpresa inesperada.
—Con razón Marcos tuvo dificultades.
Si se tratara de un oponente promedio, no habría razón para que la capacidad física de Marcos no pudiera repelerlo. Si los enemigos fueran soldados comunes, Marcos podría someter a mil o dos mil con facilidad.
Si estaba en aprietos, era porque se trataba de la élite. Después de todo, el mundo se mueve gracias a aquellos que poseen una fuerza sobresaliente.
Aun así, Roswaal no creía que Marcos fuera tan mal guerrero como para dejarse superar por alguien que solo disparaba desde lejos. Por ello, esquivó sin problemas una nueva emboscada elevándose en el aire sin previo aviso; esta vez eran insectos distintos que acechaban pegados al suelo con fines furtivos.
—Si no es una Meteor para controlar insectos, debe ser obra de la Tribu de la Jaula de Insectos. No me gusta mucho la matanza innecesaria, pero como no tengo tiempo, tendré que seguir mis prioridaaaa-des.
Dicho esto, Roswaal extendió la mano hacia el enjambre de insectos con forma de sierra que se agolpaba bajo sus pies y liberó una llamarada que los calcinó a todos.
Mientras escuchaba el chirrido agónico de los bichos, Roswaal apuntó su otra mano hacia el cielo, extendiendo el fuego hacia el grupo de insectos alados que camuflaba el camino. Si el enemigo era un usuario de insectos, sería una negligencia pensar que esos bichos eran simples señuelos no combatientes.
Él no descuidaba su análisis. Y entonces...
—¡...!
De repente, un impacto que atravesó la cortina de fuego golpeó a Roswaal.
Era el segundo disparo del enemigo, quien, tras ver su primer ataque bloqueado por la armadura de viento, respondió de inmediato con una saeta de mayor penetración. No obstante, en cuanto a capacidad de respuesta, Roswaal no se quedaba atrás.
El impacto fue directo al centro de su pecho, pero no logró perforar su cuerpo. Previendo que el oponente se adaptaría rápido a su armadura de viento, se había colocado una placa de piedra bajo la ropa.
—Ahí estáaaa-as.
En el momento en que recibió el segundo golpe, Roswaal aprovechó su posición invertida en el aire para localizar el punto aproximado del tirador y bajó la mano con fuerza. De inmediato, una lluvia de esferas de fuego cayó sobre la zona donde el francotirador se ocultaba, al otro lado del valle.
Eran bolas de fuego que había creado discretamente sobre las nubes tras bloquear el primer ataque, esperando a localizar al enemigo. El bombardeo calcinó la zona sin dejar vía de escape.
—Usar el máximo poder desde el inicio es la base del combate.
La estrategia infalible de un mago es aniquilar al enemigo con una potencia abrumadora antes de que este pueda obtener información.
En ese aspecto, su maestra lo había entrenado a conciencia. Por supuesto, dependiendo de la situación podría elegir otras tácticas, pero en este momento no tenía motivos para ignorar sus enseñanzas.
Había calcinado a los bichos y quemado al tirador. Ahora solo quedaba reunirse con Marcos y los demás, que probablemente se habrían refugiado en el bosque... o eso creía.
—... Rayos, me descuidé.
Roswaal sintió un impacto agudo clavándose en su hombro izquierdo y comprendió su error.
¿Había sido el último aliento de orgullo del tirador envuelto en llamas? El disparo no fue directo hacia él, sino que incluyó un truco.
El enemigo corrigió de inmediato el hecho de que sus ataques frontales fueran bloqueados y atacó la espalda de Roswaal, logrando un disparo parabólico al hacer rebotar la saeta en un tercer tipo de insecto —uno con caparazón— que apareció en el cielo.
Gracias a la armadura de viento el proyectil se desvió, pero la profundidad de la herida no era algo de lo que pudiera reírse.
—Pronto llegarán los aliados del enemigo... No puedo quedarme mucho tieeee- empo.
Presionando la parte posterior de su hombro izquierdo desgarrado, Roswaal decidió retirarse de la zona.
Era una herida profunda que requería tratamiento, pero quedarse allí solo atraería refuerzos enemigos, lo cual sería fatal. De inmediato, redujo la altitud de su magia de vuelo y descendió hacia el bosque que se extendía bajo el acantilado.
Consideró por un momento la opción de volver a la capital real para informar, pero incluso ese tirador por sí solo era la élite de la élite.
Si se retiraba priorizando su seguridad, Serena acabaría muerta y la cuenta regresiva para la guerra comenzaría. Y eso no era lo que él deseaba...
—¿...?
Por un instante sintió un mareo y el control de su magia de vuelo flaqueó.
Sorprendido por su propia reacción, Roswaal presionó con fuerza la herida del hombro. La sangre no se había detenido, pero no era una pérdida tan masiva como para nublarle la conciencia. Tampoco era tan débil como para que el dolor afectara su control mágico.
A pesar de ello, Roswaal empezó a perder estabilidad en el aire...
—Veneno, ¿eh?
Roswaal apretó los dientes, dándose cuenta demasiado tarde.
Las saetas del tirador estaban envenenadas. Dado que el enemigo pertenecía a la Tribu de la Jaula de Insectos, lo más probable era que fuera un veneno de origen insecto, difícil de identificar.
Por instinto sintió que no era un veneno de muerte instantánea, pero la situación era mala.
—No puedo... moldear bien el maná...
Con la respiración agitada, la altitud de Roswaal cayó en picada.
Prácticamente planeando, chocó contra las ramas de los árboles del bosque mientras se cubría el rostro con las manos y encogía el cuerpo para prepararse para el impacto contra el suelo.
Si caía sobre tierra blanda estaría bien, pero si era sobre roca, el resultado sería desastroso. Ante la inminencia del suelo, Roswaal tensó todos sus músculos y...
—Eres un tipo peligroso.
Roswaal, que esperaba el impacto contra el suelo, sintió un contacto duro, pero bastante más suave que el peor de los escenarios, mientras una voz grave le hablaba. Abrió los ojos con sorpresa y se encontró con una mirada tan firme como una roca.
Se trataba de...
—Holaaaa-a, Marcos. Sentí que estabas en una situación crítica y vine corriendo a rescataaa-arte.
—¿Esa es la excusa de alguien que acaba de caer del cielo? Si no te hubiera atrapado, ahora serías una mancha de sangre en el suelo.
—En otras palabras, nos apoyamos mutuamente. ¿No crees que la amistad es algo hermoooos-o? ... ¡Ay!
—No lo creo.
Marcos bajo los brazos y dejó caer a Roswaal al suelo sin miramientos. El caballero soltó un bufido mientras miraba hacia abajo al hombre que había estado buscando.
Al parecer, se había lanzado a atrapar a Roswaal al verlo caer sin control.
Normalmente, intentar atrapar a alguien con ese impulso le costaría caro al salvador, pero tratándose de Marcos, mencionarlo sería una pérdida de tiempo.
Mientras Roswaal se sentía aliviado por haberse reunido con él...
—Vaya, vaya, pero si es Roswaal. ¿Acaso no pudiste soportar estar lejos de mí? En ese caso, deberías venir conmigo al Imperio y convertirte en mi marido.
Serena apareció de entre la vegetación.
Al encontrar a Roswaal, mostró una sonrisa gallarda; se veía imponente y, por lo que podía ver, no parecía estar fingiendo ni tener heridas de gravedad.
Parecía que Marcos había cumplido con su orgullo de caballero y la había protegido hasta el final.
—Siento decirte que tendré que rechazar la oferta de matrimooo-nio. Pero me alegra ver que mi nueva amiga está a salvo. ¿Son ustedes los únicos supervivientes?
—No, el hombre lobo que escoltamos y el capitán de los caballeros del Reino están con nosotros. Aunque a ambos les cuesta contar como fuerza de combate... Oh, es broma, es que uno debe vigilar que Alagar no escape, ¿sabes?
—No me interesa cómo califiques a Heinkel. En cuanto a que es un inútil, estoy de acuerdo.
Marcos respondió a Serena con una expresión que denotaba que tenía mucho en qué pensar.
Ante el intercambio entre ambos, Roswaal suspiró aliviado al ver que, por lo menos, había evitado el peor escenario de llegar demasiado tarde.
Ahora solo debía evitar el pesimismo y buscar una forma de salir de esta situación...
—Es cierto. Roswaal, la magia que me enseñaste fue de gran ayuda. Es gratificante ver que lo aprendido sirve de algo en cualquier situación, ¿no crees?
—...
Roswaal contuvo el aliento ante la sonrisa de Serena y luego soltó una carcajada.
Estaba totalmente de acuerdo con ella, pero...
—Estás fuera de lugar... Pero bueno, eres una amiga a la que vale la pena ayudá-aar.
10
—...Ya veo. Si es verdad que ese francotirador ha sido eliminado, entonces solo quedan dos enemigos formidables.
—Así es, suuu-pongo. Si además recibieron el regalo de despedida de Marcos, dudo que hayan podido esquivar todas mis llamas... ¡Ay, ay! ¿No podrías ser un poco más delicado con las curaciones?
—No te quejes ahora, después de haberte marchado por tu cuenta a la línea del frente.
Dicho esto, Marcos le propinó una palmada en la espalda a Roswaal tras terminar de vendarle la herida del hombro izquierdo.
Ante la falta de consideración en ese golpe, Roswaal dejó escapar un quejido y fulminó a Marcos con una mirada de resentimiento. Después de haber arriesgado la vida para acudir al rescate y cargar con una herida de guerra, recibir este trato de su parte lo convertía en un amigo por el que, francamente, no valía la pena esforzarse.
—Serena es mucho más amable a la hora de agradecer, y eso que la conozco desde hace meee-nos.
—Por lo que he visto, ustedes dos también parecen tener una relación bastante cercana. Además, como ya he dicho antes, tengo el firme propósito de convertirte en mi esposo.
—Hay que tener valor para insistir en eso en esta situación. Lo tuyo va más allá de tener agallas, ¿saaa-bes?
Roswaal esbozó una sonrisa amarga ante el comentario ligero de Serena, quien se cruzó de brazos con una mueca de suficiencia.
Realmente poseía una entereza asombrosa. No parecía en absoluto la típica princesa trágica cuya vida estaba bajo amenaza. Tras haber terminado de intercambiar información, Roswaal volvió a sentirse impresionado por la fortaleza de Serena.
De hecho, su agudeza mental era sobresaliente; gracias a su rápida capacidad de decisión en un momento crítico, logró escapar de la emboscada de los asesinos e incluso alertó a Roswaal activando su magia. Era tal su eficacia que, de no ser por la gravedad del asunto, casi daban ganas de sentir lástima por los atacantes que tuvieron que enfrentarse a las contramedidas de Serena.
Sin embargo, la situación seguía siendo un juego de vida o muerte. Por su parte, también tenían el interés de evitar el estallido de una guerra. La piedad y la compasión deberían reservarse para cuando se depositaran flores sobre las tumbas de sus enemigos.
—...Ya comprendo las circunstancias. No obstante, solo de escucharlas me dan ganas de fruncir el ceño.
Quien habló fue Russell, cuya imagen se proyectaba en un pequeño espejo de mano mientras se frotaba el entrecejo con un dedo.
Actualmente, Roswaal y los demás estaban conectados con Russell, que permanecía en la capital, a través de un "Espejo de Conversación" que permitía la comunicación con su par correspondiente. Como Russell también había participado en el intercambio de información con Serena, estaba al tanto de todos los detalles de este lado.
Por lo tanto, era natural que sintiera la necesidad de masajearse las arrugas de preocupación en su frente.
—Añadiré algo más: la herida que me causó el francotirador no tiene buena pinta. Parece que me inyectaron algún tipo de veneno, al punto de que estoy teniendo problemas para usar mi magia.
—...Eso suena aún peor. ¿Está en peligro de muerte?
—Incluso si es un veneno letal, debe ser de efecto lennn-to. Con el tratamiento adecuado, hay muchas posibilidades de salvarse. Aunque, para recibir ese tratamiento...
—Tendremos que sacarle información a esos tipos sobre qué clase de veneno es.
La voz pesada de Marcos completó solemnemente la conclusión de Roswaal. Sin embargo, fue una declaración un tanto sorprendente. Después de todo, el afectado por el veneno era Roswaal.
—Desde tu posición, tu prioridad absoluta debería ser la seguridad de Serena, ¿no es así? No esperaba que te preocuparas por mí y mi envenenamiento.
—... Por desgracia, no es algo ajeno a mí.
Ante la respuesta de Marcos, quien torció el gesto, Roswaal frunció el ceño intrigado.
Entonces, Marcos levantó el brazo y, desde su costado izquierdo —a través de un hueco en su armadura—, mostró una herida de la que brotaba sangre. Roswaal no podía ver su propia herida en el hombro con claridad, pero el aspecto de esa lesión, teñida de un tono azul violáceo, parecía idéntico a la suya.
—Tengo una sensación de hormigueo constante en las manos. Pensé que era solo mi imaginación, pero...
—Aunque lo dije con ligereza, yo mismo siento que me han dado un veneno bastante peligroso. A pesar de la diferencia de contextura, tu resistencia física es realmente de clase monstruosa.
—¿No será más bien que tú eres excepcionalmente debilucho?
—No es por ponerme de parte de Roswaal, pero dada la naturaleza de los asesinos, no tendría sentido usar un veneno que no fuera efectivo. El que es extraño aquí es usted, señor Marcos.
Gracias al apoyo de Russell, la razón en este caso se inclinó a favor de Roswaal. Aun así, que la única recompensa fuera un chasquido de lengua de Marcos estaba lejos de ser el sabor de la victoria.
Serena observó alternativamente las heridas de Roswaal y Marcos, y tras cerrar un ojo, comentó:
—En resumen, tenemos a dos víctimas de veneno. Por lo que acabo de escuchar, no parece algo que se pueda solucionar solo con fuerza de voluntad. Siendo así... ¿cómo piensan acabar con los asesinos?
Ante la pregunta de Serena sobre cómo proceder, Russell intervino a través del espejo con un "esperen un momento".
—Como les dije antes, la prioridad máxima es la vida de la enviada Dracroy. Si a Roswaal y al señor Marcos no les queda mucho tiempo debido al veneno, con mayor razón. No deben confundir las prioridades.
—"No les queda mucho tiempo"... vaya forma de decirlo.
—Vaya, qué poca consideración tienes con tus amiiii-gos.
—Podrán ser muy elocuentes, pero un Roswaal que no puede usar magia y un señor Marcos que pierde sus fuerzas no sirven de mucho más que para entretener. Para ese papel, yo basto desde el otro lado del espejo.
—¿Así que sugieres que nos abandone? Es una opinión interesante, desde lueee-go.
Serena dejó escapar un breve resoplido y una sonrisa amarga antes de continuar:
—Russell Fellow, entiendo tu argumento. Tampoco soy tan necia como para no comprender el impacto que mi muerte tendría en el entorno. Sin embargo... no entra en mis planes la opción de abandonar a dos hombres consumidos por el veneno.
—... ¿Podría preguntar la razón?
—Es simple. Si regreso a mi país sin saber quién es el autor intelectual que orquestó esta situación, acabaré enfrentando un destino similar a estar envenenada de todos modos.
Serena respondió con firmeza ante la gélida observación de Russell. Al escucharla, Russell entornó los ojos tras el espejo y Roswaal cerró uno de los suyos.
"Veneno". Así fue como Serena describió la difícil situación en la que se encontraba.
No se trataba de si realmente había sido envenenada físicamente o no. Por decirlo de alguna manera, ella consideraba que encontrarse en una posición donde podían envenenarla en cualquier momento era equivalente a haberlo sido ya. Y eso, en el Imperio de Vollachia, una nación donde impera la supervivencia del más apto, era la absoluta "Ley de Hierro y Sangre".
—Además, aunque suene mal decirlo, no creo que pueda despistar a los perseguidores yo sola con un simple espejo parlanchín. Aunque digan que no pueden usar magia o que les faltan fuerzas, no se pondrán a lloriquear diciendo que son completamente inútiles, ¿verdad?
—... Bueno, digamos que estoy a la mitad de mi capacidad habitual, más o meee-nos.
Roswaal respondió mientras evaluaba su estado físico bajo la mirada provocadora de Serena. Luego, lanzó una mirada a Marcos, quien soltó un profundo suspiro.
—Yo todavía puedo moverme un poco más. Aun así, no podemos ser optimistas teniendo a esos expertos como oponentes.
—... Aun con todo, no queda más remedio que ganar. Por mi parte, estoy presionando a los caballeros para que envíen refuerzos, pero no abundan guerreros de su calibre.
—Parece que Marcos debería ascender pronto para empezar a elevar el nivel de los caballeros cuanto annnn-tes.
—No cierran la boca ni un segundo.
Marcos resopló, descartando con pocas palabras los comentarios de Roswaal y Russell.
En cualquier caso, la voluntad de Serena era firme. Russell también desistió de su propuesta pasiva basada en la racionalidad y retiró su objeción, aceptando el plan de repeler activamente la amenaza inminente.
De hecho, la lógica de Serena era correcta. Si no luchas, no puedes ganar. Si ella, que era quien más debería valorar su propia vida, estaba dispuesta a dar el paso, a Roswaal y a los demás solo les quedaba responder a esa determinación.
—Después de todo, yo tampoco puedo permitirme morir en un lugar como esss-te.
Por el bien de su ambicioso objetivo, y por el plan que había preparado meticulosamente durante tanto tiempo, Roswaal no podía simplemente entregar su vida con nobleza por su patria en este momento.
—Russell, haremos todo lo que esté en nuestras manos. Cuento contigo también.
—Haré lo mejor posible. Siempre lo hago.
Asintiendo ante la confiable respuesta de su amigo a través del espejo, Roswaal guardó el "Espejo de Conversación" en su ropa y recorrió lentamente con la mirada los rostros de Marcos y Serena.
Y entonces...
—Bien, esforcémonos todos juntos para salir de esta con vida.
11
Alagar sentía una profunda lástima por el caballero pelirrojo que lo encañonaba con su espada.
Heinkel Astrea. Un miembro de la casa Astrea, el linaje del “Santo de la Espada”; un hombre que contaba entre sus ancestros directos al “Demonio de la Espada” y a la “Santa de la Espada”, portadores de una leyenda que se heredaba de generación en generación. Había nacido bajo la promesa de un futuro brillante, pero de su persona emanaba un aroma a desdicha.
Incluso sus propios colegas caballeros lo trataban con desdén. Para Alagar, cuya condición de hombre lobo ya era de por sí un estigma problemático, Heinkel parecía vivir en un estado de asfixia constante. Por supuesto, no iba a decir nada de esto en voz alta; sabía que solo serviría para irritar a un hombre que ya carecía de calma y temple, y no quería complicaciones innecesarias.
En cualquier caso—,
—N-no te muevas. Si intentas algo raro, date por muerto.
—... Ya se lo dije a esa mujer loca. No pienso hacer nada raro.
—¡Cállate! Dicen que los de tu clase, los hombres lobo, son astutos y engañan a la gente. No importa lo dócil que parezcas, quién sabe qué estarás tramando en realidad.
—Tú fuiste el que me dirigió la palabra, ¿no cre-es?
No llegaba a ser incoherente, pero su inestabilidad emocional era excesiva. Aun así, considerando la situación de Heinkel, esa falta de compostura era comprensible.
Lo habían dejado solo en medio del bosque con Alagar, sabiendo que existía la posibilidad de que el objetivo del enemigo fuera el propio hombre lobo.
Heinkel, que vigilaba los alrededores, había visto algo en el cielo. Serena y Marcos se habían marchado a verificarlo, aunque era muy probable que solo fuera una excusa para hablar de algo que no querían que él oyera. A medida que pasaba el tiempo, el rostro de Heinkel se volvía más pálido.
La causa de su creciente ansiedad y tensión era evidente.
—Crees que te han abandonado y te han dejado atrás, ¿verdad?
—¡C-cállate!
—Aunque me calle, la realidad no va a cambiar. Y si explotas mientras guardo silencio, el problema será para mí. Si de verdad te hubieran abandonado, te habrían usado como un señuelo mucho más obvio, así que no te preocupes.
—Como si supieras de lo que hablas...
—Claro que lo sé. ¿Quieres que te cuente lo difícil que es vivir siendo un hombre lobo o una persona lobo?
Ante el tono sombrío de Alagar, Heinkel, que estaba a punto de estallar, se quedó sin palabras.
Parecía que este caballero pelirrojo de imaginación fértil se había puesto a reflexionar sobre las palabras de Alagar. No sabía qué clase de horrores estaría imaginando, pero probablemente se quedaban cortos.
Ese era el destino de los de su especie, malditos desde el momento en que llegaban a este mundo.
—Comparado con que te pinchen con una espada para usarte a la fuerza como señuelo, que te dejen atrás no es para tanto. Es más, diría que hasta es un gesto amable.
—¿Que te abandonen... es amable?
—Mientras te usan, eres un esclavo. Si te abandonan, a partir de ese momento eres libre. No importa qué tan desesperada sea la situación o qué tan poco tiempo te quede; la libertad siempre tiene valor, ¿no es ver-da?
Alagar había visto morir a demasiados de los suyos, con las garras y los colmillos sellados, pereciendo con la misma facilidad que un fajo de paja. Sus propios padres y hermanos habían muerto sin sentido, incapaces de desear nada al final.
Comparado con eso, incluso si lo lanzaran a un campo de batalla donde solo le esperara la muerte, el simple hecho de poder blandir su propia fuerza por voluntad propia era una forma mucho mejor de vivir y de morir.
Sin embargo, un pequeño y seco chasquido interrumpió sus pensamientos.
—... No estoy de acuerdo. No creo que ser abandonado sea algo “amable”.
Heinkel escupió esas palabras y, acto seguido, escupió algo de su boca.
Alagar notó un leve olor a sangre y vio que se trataba de un fragmento de diente; Heinkel había apretado tanto la mandíbula que se le había roto un molar.
Al parecer, Alagar había pisado una fibra sensible y dolorosa.
Aunque, desde su perspectiva, ese sufrimiento le parecía el de un niño mimado.
—... Comparar infiernos solo sirve para sentirse más vacío, su-pongo.
Era un intercambio inútil de lamerse las heridas para ver quién era más desgraciado. Algo que no se podía hacer sin una buena ración de alcohol.
Alagar suspiró ante tal sentimiento y entonces lo notó: el olor de otras personas acercándose.
—Parece que se han portado bien, niños. He vuelto con un regalo.
Serena regresó haciendo una broma cargada de ironía.
Era un chiste mediocre viniendo de la que probablemente era la más joven del grupo... o quizás esa premisa era errónea. Porque Serena no había vuelto solo con Marcos, sino con un muchacho desconocido.
—¡Señora enviada! Ese chico... ¡¿es uno de los enemigos?!
Al ver al joven, Heinkel, que por un instante se había aliviado al verlos regresar, soltó un grito que se le quebró en la garganta. De inmediato, Marcos soltó un resoplido burlón.
—No ladres por cualquier cosa. En primer lugar, ¿crees que me costaría tanto reducir a un tipo tan enclenque?
—Vaya, qué cosas diii-ces. Es cierto que sufrí una amarga derrota en nuestro primer encuentro, pero en la revancha posterior creo que dimos una buena pelea, ¿no es verrr-dad?
—No compliques más las cosas. Es el Margrave Mathers. Parece que ha venido al rescate. Es a quien viste cruzando el cielo.
—¡¿M-Margrave?! L-lamento mucho mi falta de respeto...
Ante el muchacho de hombros estrechos —presentado como un margrave—, Heinkel palideció de nuevo y se arrodilló en el acto. El margrave Mathers agitó la mano con una sonrisa amable hacia el arrodillado Heinkel y luego dirigió su mirada, con ojos de distinto color, hacia Alagar.
Por alguna razón, esa mirada resultaba inquietante y le produjo a Alagar un hormigueo en la boca del estómago.
—Así que tú eres el famoso hombre looo-bo. He oído sobre tu trato con Serena. ¿Puedo esperar grandes cosas de ti también, suuu-pongo?
—... Si es que puedes confiar en un hombre lobo, claro. Pero desde mi punto de vista, en el momento en que consideras pedir ayuda a uno de los nuestros, es que ya tienes la derrota asegurada.
—Jajaja, no te muerdes la lengua. Ciertamente no pareces muy cooperativo... pero, más allá de tu integridad personal, creo que podemos confiar en tu instinto de supervivencia, ¿no creee-es?
El Margrave asintió ante el desaire de Alagar con una sonrisa astuta que no encajaba con su edad.
Era una sonrisa que te helaba la sangre. Al verlo, Alagar sintió una alarma que no había experimentado ni con Serena, ni con Marcos, ni mucho menos con Heinkel.
Una advertencia instintiva de que este joven era, con diferencia, el ser más peligroso de todos.
En fin—,
—¡¿No vamos a huir, sino a emboscarlos?! ¡¿Lo dicen en serio?!
—Totalmente en serio. Después de todo, ellos nos estaban esperando. Seguramente conocen el terreno a la perfección y tienen listos los medios para rastrearnos. Tenemos pocas posibilidades de ganar en una persecución.
—¡Pero si hasta Marcos perdió! Aunque peleemos de frente...
—No perdí. El Margrave ya se encargó de eliminar a uno de los perseguidores. Si fueran tres, nos habrían superado con su coordinación, pero con dos la situación cambia. Además, ahora tenemos más aliados. Y no me refiero a ti.
—¡Y-ya lo sé, no hace falta que me lo digas!
—Pues no lo pare-ce.
Al escuchar la estrategia y las medidas de Serena y los demás, la agitación de Heinkel se intensificó. Alagar, que escuchaba a su lado, compartía la misma opinión.
Si solo pensaban en sobrevivir, lo mejor sería que Serena huyera hacia el fuerte usando a los demás como señuelos. Sin embargo, ante esa lógica tan evidente, Serena respondió con una sonrisa:
—Si dejo que me ataquen y no les devuelvo el golpe, estaré muerta, aunque no me quiten la vida. Si demuestro mi orgullo, no moriré incluso si me matan.
—...
Ante esa respuesta tan solemne, Alagar apretó los dientes y guardó silencio.
Porque una vez más, se dio cuenta de que esa mujer le resultaba... absoluta y profundamente repulsiva.
12
En medio de un bosque profundo, el terreno irregular y la escasa visibilidad solo favorecían a quien pretendiera lanzar un ataque sorpresa.
La estrategia de Roswaal para romper con ese entorno hostil era algo tan audaz como absurdo.
—Ya hice llover bolas de fuego sobre el campo de batalla. El enemigo ya debe estar al tanto de que cuento con refuerzos. En otras palabras, es solo cuestión de tiempo para que lleguen los refuerzos de verdad... El veneno no solo nos afecta a ti y a mí; también ha empezado a mermar sus opciones. —Roswaal miró a Marcos con seriedad—. Ninguno de los dos bandos puede permitirse una batalla larga.
—¿Y por eso dices que no hay problema en anunciar nuestra ubicación a los cuatro vientos?
—Un enfrentamiento rápido es justo lo que ellos también desean, ¿no creee-es? Ya nos acorralaron una vez y saben que su fuerza bruta es superior... ¿Qué razón tendrían para no morder el anzuelo?
—... De acuerdo. Aceptaremos ese desafío.
Ante la sutil mención de que ya habían estado contra las cuerdas, Marcos asintió torciendo el gesto. En realidad, Marcos coincidía con la lectura de Roswaal. Los asesinos querrían eliminarlos lo antes posible; si se les presentaba la oportunidad de dar el golpe final, no dudarían en lanzarse.
Por lo tanto—
—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Pero qué barbaridad, qué barbaridad! ¡Son unos tipos capaces de hacer cualquier locura!
Rugiendo esas palabras, el hombre de la cola plateada, Oulouzo, irrumpió en escena justo cuando Marcos terminaba de "acondicionar" el campo de batalla por la fuerza.
Si se observara este bosque desde las alturas en este preciso momento, se vería un hueco circular, como un claro nacido de la nada. Marcos había arrancado de raíz, talado y despejado con sus propios brazos toda una zona de árboles centenarios para crear un espacio abierto.
—Nos ahorraron el trabajo de buscarlos, ¡pero qué imprudencia, qué imprudencia!
—Lo hiciste tú solo. Da miedo.
Oulouzo soltó una carcajada estridente mientras recorría con la mirada el bosque devastado. Jimrack, que apareció tras él, mostraba su asombro con una expresión casi carente de emociones.
Ante las palabras de los dos asesinos —una Persona de Armas de baja estatura y un gigantesco Hombre de Acero—, Marcos asintió con un gruñido.
—Yo lo hice. Después de todo, el otro es un inútil que solo sirve para mirar.
—Vaya forma de llamarme inútil. Yo pongo el ingenio y tú la fuerza; es solo cuestión de asignar a cada quien su tarea ideal, ¿no te pareee-ce? Además, mi utilidad comienza justo ahora.
Soltando réplicas mordaces, Roswaal se levantó del tronco caído que usaba como silla. Al ponerse al lado de Marcos, la formación de dos contra dos quedó completada. Tal como dictaba el plan.
—...
Marcos fijó la vista en sus oponentes mientras mantenía la conciencia plena en la presencia de Roswaal a su lado.
Entre la admiración y el cansancio, debía admitir que todo hasta ahora había salido según los cálculos de Roswaal. La tala innecesariamente aparatosa para despejar el área tenía el objetivo de evitar que el enemigo eligiera un terreno ventajoso, pero también servía para confirmar una cosa: si el francotirador seguía con vida.
—Anunciamos nuestra posición de forma tan ruidosa y eliminamos todo el bosque que servía de cobertura. Marcos era un blanco perfecto mientras trabajaba. Si no dispararon a su espalda, eso significa que...
—El francotirador está fuera de combate. Diría que hay un ochenta por ciento de probabilidades de que sea así.
—Excelente, excelente.
Marcos no bajaba la guardia, sin descartar la posibilidad de que el enemigo simplemente no hubiera mordido el cebo tan obvio, pero Roswaal asintió con aire de superioridad como si fuera un mentor. Aunque su actitud le resultaba irritante, Marcos redirigió esa frustración hacia los enemigos que tenía enfrente.
—Solo por confirmar, ¿tienen intención de decirnos quién es el autor intelectual o cuáles son sus motivos?
—¡Qué duda, qué duda tan grande! ¿Por qué, por qué habríamos de hablar? Podremos mentir, pero jamás confesar. ¡Nada de lo que digamos cambiaría lo que ambos bandos debemos hacer!
—Tienen mucha energía, pero son de pocas palabras. Veo que son enemigos como Dios mannn-da.
Tras la respuesta de Oulouzo, Roswaal se encogió de hombros y miró a Marcos.
Al final, seguía siendo un misterio si el objetivo era la vida de Serena o la liberación de Alagar. Ante la actitud de Roswaal, que parecía no haber esperado mucho de la pregunta, Marcos respondió con otro encogimiento de hombros.
Solo en una cosa estaba de acuerdo con el enemigo: no importaba quiénes fueran, lo que debían hacer no iba a cambiar.
—No hay tiempo. Ni para ustedes, ni para nosotros.
—¡Así es, así es! Por eso aceptamos de buena gana este cebo tan evidente. Nuestros objetivos coinciden. ¡Hagamos esto de la forma más simple, más simple posible!
Todos en el lugar estaban "infectados" por lo que Roswaal llamaba "veneno". Si el paso del tiempo iba a erosionar sus vidas y sus destinos, ninguno de los dos bandos debía demorarse. Además, Marcos estaba llegando a su límite de paciencia.
Haber sido superado en el primer encuentro y luego provocado por Roswaal llamándolo "perro apaleado" había hecho que su espíritu de lucha entrara en erupción.
—Yo no usé la palabra "perdedor"... exactamente, ¿saaa-bes?
—Cállate.
Cortando tajantemente la excusa de Roswaal, Marcos se enfrentó a sus oponentes.
Y entonces—
—... Les voy a dar una paliza.
—... Adelante, por faaa-vor.
En un instante, marcadas por las palabras de Marcos y Roswaal, las hostilidades estallaron.
—...
El primero en moverse fue el Hombre de Acero, Jimrack.
A pesar de su cuerpo gigantesco y su peso abrumador, el semihumano —que parecía lento por fuera— lanzó una patada ágil y feroz que, lejos de ir dirigida a los caballeros, golpeó a Oulouzo para lanzarlo con violencia hacia ellos.
—¡Jajaja! ¡Primero, primero, un pequeño calentamiento!
Mientras salía disparado por la patada, Oulouzo empezó a girar sobre sí mismo. Envolvió su cuerpo verticalmente con su cola plateada, convirtiéndose en un disco plateado de destrucción capaz de rebanar incluso un espadón de acero.
Ante esto—
—Un calentamiento me parece demasiado tibio. Mi intención es terminar con esto ráaa-pido.
—¡¿Cómo?!
Justo después de que Roswaal chasqueara los dedos, el suelo despejado del bosque se hundió y luego emergió con una fuerza tremenda. Unas columnas de tierra se elevaron a toda velocidad, atrapando el disco plateado que volaba hacia ellos desde ambos flancos.
—¡No es nada, no es nada! ¡Esto no es nada!
A pesar de la situación anómala de quedar atrapado por la tierra en pleno aire, Oulouzo aceleró aún más su velocidad de rotación para desgarrar las columnas de tierra por pura fuerza, intentando atravesarlas.
En ese momento—
—¡Gracias por haberme roto la espada!
Pisando con fuerza y blandiendo un árbol enorme que sostenía entre sus brazos, Marcos descargó un golpe lateral devastador contra Oulouzo.
El Hombre de la tribu de los Armados —una raza semihumana rara que, al igual que los Hombres de Acero, posee un cuerpo que es en parte un arma—. La cola plateada de Oulouzo era la prueba de su linaje; una extremidad que rivalizaba con las armas de los mejores herreros. Sin embargo, incluso ese temible disco de carnicería tenía un punto débil: un ataque lateral que no pudiera ser absorbido por su rotación vertical.
—¡Gfuh...!
Golpeado brutalmente por el tronco, Oulouzo soltó un grito de dolor y salió volando a la velocidad de una bala de cañón. Se estrelló contra la arboleda más allá del claro y el disco plateado desapareció de la vista.
Parecía un juego de niños golpeando una piedra con un palo, pero la potencia y la inercia eran de otra escala. Además, distraerse con esa imagen podía ser fatal.
—Oulou...
—Goa.
La segunda mitad del nombre de su compañero fue devorada por las llamas que envolvieron la cabeza de Jimrack.
Con todo su cuerpo gigantesco envuelto en fuego, Jimrack se retorció y cayó de espaldas con un estruendo atronador. Roswaal, quien había ejecutado el hechizo con maestría, mantuvo la vista fija en el gigante.
—Marcos, según lo acordado.
—No metas la pata.
Tras intercambiar esas palabras, Marcos corrió en busca del Oulouzo que había mandado a volar hacia el bosque.
Después de analizar las características de los perseguidores, el Hombre de Acero y la Persona de Armas, Marcos y Roswaal habían decidido dividir a sus oponentes de esta manera. No fuerza contra fuerza o técnica contra técnica, sino dividirlos en fuerza contra técnica y técnica contra fuerza.
Si ambos podían usar sus fortalezas al máximo, Marcos no tenía motivos para perder. En cuanto a Roswaal, Marcos confiaba plenamente en su habilidad.
Por eso—
—¡¡Aaaaaah...!!
Marcos no cometió la imprudencia de saltar entre los árboles tras Oulouzo. Para aprovechar al máximo el campo de batalla que tanto le había costado crear, optó por un ataque de proyectiles. No obstante, lo que lanzaba no eran simples piedras, sino lanzas de terrón compactado que Roswaal le había preparado.
—¡Trágate esto!
Las lanzas tenían el grosor del torso de un niño, y la potencia con la que Marcos las arrojaba era suficiente para derribar los muros de una fortaleza en pocos impactos. Gracias a la generosidad de Roswaal, lanzó veinte lanzas consecutivas contra la posición de Oulouzo.
—¡¡Ooooooh!!
Las ondas de choque desgarraban la tierra, hacían volar los árboles y alteraban la geografía del bosque.
Por lo visto en el primer encuentro y en este segundo asalto, el poder destructivo de la cola plateada de Oulouzo era temible, pero requería de cierto tiempo de carga para activarse. Para no dárselo, Marcos lo bombardeaba unilateralmente desde una distancia donde no podía ser alcanzado. Con esto agotaría la resistencia del enemigo y, con suerte, lo eliminaría...
—... ¿Qué es eso?
Marcos, que no dejaba de lanzar lanzas de tierra, notó una anomalía.
En el bosque que estaba siendo destruido por el fuego cruzado, empezó a surgir una nueva forma de destrucción, distinta a la provocada por sus lanzamientos.
Un chirrido metálico agudo e irritante. Guiándose por ese sonido, Marcos lanzó una lanza directamente hacia el origen—
—Primero, primero me disculparé. Lamento haberte hecho malinterpretar las cosas. Y para que no haya confusiones, déjame decirte: jamás, jamás he estado conteniendo mi fuerza.
Su proclama se solapó con el sonido de la lanza siendo pulverizada de frente.
Entre un ruido metálico ensordecedor y una lluvia de chispas deslumbrantes, Oulouzo salió disparado del bosque devastado. Se había convertido en una esfera plateada que giraba sin control en todas direcciones, envuelto por su propia cola.
—¡Vaya, vaya! Esto consume demasiada energía. ¡Por eso, por eso, por eso... es mi carta de triunfo!
—¡...!
La esfera plateada, que no se detenía, trituraba sin piedad cada lanza de tierra adicional. Con un filo perfecto en cada ángulo de su superficie, esta forma superaba la debilidad que tenía como disco; era un estado de ataque absoluto que reducía cualquier amenaza a pedazos.
—¡¡Raaaaaaaah!!
Para interceptarlo, Marcos levantó el puño en el instante en que su última lanza fue pulverizada. Apuntando al centro de la esfera plateada que volaba hacia él, lanzó un golpe con toda su alma.
Un puño capaz de romper el viento, anular el sonido y reducir a astillas cualquier cosa que tocara...
—¡¡Guh...!!
Fue casi al mismo tiempo: un dolor punzante e imposible de ignorar en su costado hizo que su rostro se contrajera, justo cuando el puño de Marcos, al rozar la esfera plateada, estalló en sangre.
13
—Al mismo tiempo que el puño de Marcos estallaba contra la esfera plateada, la carta de triunfo de Oulouzo.
—Ya veo. Me rindo, suuu-pongo.
Entornando sus ojos de distinto color ante la escena que tenía frente a sí, Roswaal dejó que su voluntad de combate vibrara en silencio.
El plan de dividir a los dos enemigos y enfrentarlos en sus respectivas áreas de especialidad avanzaba viento en popa. Marcos, con su fuerza bruta de nivel monstruoso, debía someter a la Persona de Armas que atacaba con movilidad y capacidad de penetración, mientras que Roswaal cocinaría con elegancia mediante su magia al Hombre de Acero, quien vestía una armadura pesada por naturaleza.
Ciertamente, era una estrategia donde la destreza pulida y la confianza mutua les arrebatarían la victoria y, de hecho, todo iba bien... hasta hace apenas un momento.
—Había escuchado, yo. Magos son problemáticos, los del Reino.
—Desde mi perspectiva, tú resultas ser alguien muuu-cho más problemático.
Respondiendo de esa forma, Roswaal se encogió de hombros con un gesto teatral.
Frente a él, la figura de Jimrack, quien hilaba esas palabras con voz pesada, comenzó a transformarse lentamente.
Originalmente, el cuerpo de Jimrack parecía estar hecho de un mineral grisáceo; sin embargo, las propiedades de dicho mineral mutaron y su color, aunque se mantuvo igual, adquirió una textura metálica y lisa. La capa exterior, que antes era angulosa, se desprendió en pedazos como si fueran costras, revelando un nuevo cuerpo debajo.
Y ese cuerpo era—
—Goa.
Lanzó una pequeña bola de fuego a modo de prueba, la cual impactó directamente en Jimrack como si fuera succionada por él. Al instante siguiente, la bola de fuego rebotó contra la piel de Jimrack y prendió fuego a algunos de los árboles que Marcos había talado. Por suerte, no era algo que fuera a provocar un incendio forestal, pero todo lo demás se había convertido en un viento en contra para Roswaal.
Lo que el transformado Jimrack había obtenido era un cuerpo con la propiedad de reflejar la magia... o más bien, el maná.
Ese Goa solo había sido un estándar de prueba, pero si lanzaba más cantidad o hechizos de mayor potencia y eran reflejados de esa manera, los incendios a gran escala o recibir un impacto accidental serían inevitables.
—... Es cierto que hay muchas características de las razas semihumanas que aún no se conocen. Pero esto es falta de documentación, ¿no le pareee-ce, Maestra?
En una situación donde no podía moldear el maná a la perfección y enfrentando a un Hombre de Acero inmune a la magia, Roswaal se humedeció los labios y apretó los puños, sintiendo cómo su plan se desmoronaba mientras aumentaba su sentido del peligro.
—Peligroso, mucho, tú. Lidiar, perfectamente, yo.
Ante la inquietud de Roswaal, el Hombre de Acero se lanzó al ataque sin perder su postura inorgánica.
Incluso con el cambio en su estructura corporal, su agilidad permanecía intacta. Aquel gigantesco y poderoso brazo se alzó, y Roswaal, recibiéndolo de frente, concentró su magia con determinación.
Incluso en este momento crítico e inesperado, estaba decidido a abrirse paso con el poder de la magia a la que había entregado su alma.
14
—... Ya empezó.
A lo lejos, el estruendo fuera de toda escala que llegó a oídos de Serena fue el aviso del inicio de las hostilidades.
Tal como dictaba el plan, Roswaal y Marcos habían tenido éxito al atraer a los asesinos. La absurda fuerza bruta de Marcos al talar el bosque era la prueba de que todo estaba funcionando.
Sinceramente, era un plan tan ridículo que le habría gustado ver su ejecución con sus propios ojos. Pero este era el papel que había decidido desempeñar, incluso a costa de su paciencia. No se permitían fracasos.
—Me hiciste contenerme. Alagar, si quieres sobrevivir, muévete de una vez.
—Qué humos te car-gas...
Refunfuñando con resentimiento, Alagar giró el cuello y comenzó a olfatear el aire.
Incluso sin estar transformado, el olfato de un hombre lobo era tan agudo como el de un Hombre Perro. Serena le había ordenado usar ese olfato abrumador para buscar algo.
Mientras Alagar buscaba seriamente el rastro, Heinkel, en su papel de guardia, lo encañonaba con su espada desde atrás. Aunque vigilaba a Alagar, el sonido de la batalla que llegaba desde la distancia perturbaba su concentración. Cada vez que se oía un estruendo fuerte, la punta de su espada temblaba, amenazando con herir accidentalmente la espalda de Alagar.
—No estés tan ten-so. Por mucho que te desesperes, cuando te toca morir, te mue- res.
—¡N-no diga cosas de tan mal agüero! Yo... yo no puedo morir...
—Mmm. ¿Tienes alguna razón imperativa para querer vivir, más allá del simple instinto de supervivencia?
—¿Instinto de supervivencia...? Tengo un hijo. Solo tiene cinco años y aún no distingue bien el bien del mal. Mi esposa está postrada por una enfermedad... Si yo falto, mi familia...
Ante la confesión entrecortada de Heinkel, Serena cerró un ojo.
Sabía que Heinkel pertenecía a la familia Astrea, el linaje del “Santo de la Espada” famoso en el Reino, pero los detalles sobre su esposa e hijo estaban fuera de su conocimiento. En cualquier caso, al escuchar tales circunstancias, su excesivo instinto de autoprotección resultaba comprensible.
La existencia de una familia es así de pesada. Tanto en el sentido de ser un tesoro como en el de ser una cadena.
—...
Como era de esperar de la casa Astrea, Heinkel tenía potencial físico. Gozaba de una buena complexión y su postura revelaba los frutos de un entrenamiento constante.
Sin embargo, por otro lado, le preocupaba lo desequilibrados que estaban su mente y su cuerpo. En pocas palabras, Heinkel no podía manejar bien su cuerpo debido a la fragilidad de su corazón.
A Serena le pareció que la dureza con la que Marcos trataba a Heinkel se debía a esa clase de impotencia y frustración.
Como alguien que se enorgullecía de ser una coleccionista de talentos prometedores, Serena sentía la tentación de intervenir para que ese potencial no se desperdiciara, independientemente de si quería a Heinkel para sus filas o no, pero—
—¡Oye! ¡Lo encontré!
Alagar, que había estado olfateando, llamó a Serena y a los demás con voz convencida. Movió ligeramente la mandíbula, señalando la dirección de donde provenía el rastro.
Ante el resultado, Serena asintió satisfecha.
—En marcha. Espero que Roswaal y los demás ganen según lo planeado, pero no sería raro que las cartas bajo la manga del enemigo cambien las tornas. En ese caso, necesitarán nuestra ayuda.
—... Pero, que Marcos pierda es...
—Nada es imposible. Incluso el ser más fuerte del mundo puede perder la vida en un abrir y cerrar de ojos por el azar de las circunstancias; así es este mundo.
Serena reprendió así a Heinkel, quien profesaba una confianza casi temeraria en la fuerza de Marcos.
Hace apenas unos años, en Garkla, una de las grandes ciudades de Vollachia, un antiguo gran héroe perdió la vida.
Kurgan de los “Ocho Brazos”, un ser cantado en las leyendas; incluso alguien así puede ser despojado de su vida por una calamidad irracional en este mundo. El fin de esa leyenda también le causó a Serena un gran pesar.
No fue la única causa, pero desde entonces Serena dejó de ver la vida como algo absoluto.
—Aun así... Marcos es... él es de verdad...
Incluso después de escuchar las palabras de Serena, Heinkel mantenía su confianza en Marcos... no, a estas alturas, era algo más parecido a la fe. Una fe a la que Heinkel no podía renunciar.
Empujándolo para que avanzara, Serena atravesó el bosque confiando en el olfato de Alagar. Tras cruzar entre los árboles y subir por una ladera rocosa, finalmente—
—¡Ahí está!
Heinkel alzó la voz al encontrar lo mismo que Serena en la ladera.
Esa zona había sido arrasada por el fuego de Roswaal y la roca estaba calcinada y negra. Al ver un rastro de la destreza de Roswaal al quemar un área tan vasta, Serena sintió la diferencia entre ella —quien usaba piedras de cristal mágico como sacrificio— y él, y volvió a considerar el poder de un mago de alto nivel como una amenaza. Lo que encontraron al final de ese sendero de montaña fue un cadáver carbonizado.
Uno de los atacantes, el problemático francotirador. Ese cuerpo era lo que Serena y los demás estaban buscando.
—Buscaré la medicina entre sus pertenencias. Vigilen los alrededores.
Dándole instrucciones a Heinkel, Serena corrió hacia el cadáver y comenzó a revisarlo rápidamente.
El cuerpo estaba gravemente quemado, pero sus pertenencias no se habían perdido del todo. Tenía la esperanza de encontrar el antídoto para el veneno que les dieron a Roswaal y Marcos o, al menos, alguna pista que ayudara a identificar el tipo de veneno... o eso pensaba.
—... No es él.
Al darle la vuelta al cadáver que yacía boca abajo, Serena se dio cuenta. Este cuerpo no era el del francotirador. Era el cadáver de uno de los soldados imperiales que habían venido con ella al Reino y que debían haber muerto en el camino de la montaña—
—¡Caballero Hein...!
Su llamado urgente fue interrumpido a la fuerza por un ataque desde la distancia.
—¡Gugh!
Atraer a la presa y dispararle cuando está llena de aberturas. Serena había caído de lleno en la táctica básica de un cazador. El impacto en su pecho derecho le atravesó la espalda y cayó hacia atrás.
—... Ah.
Ante la imagen de Serena cayendo sin poder hacer nada, Heinkel se quedó paralizado con sus ojos azules muy abiertos.
Él también era un blanco perfecto para el francotirador, el candidato principal para ser la próxima víctima. En ese estado, Heinkel pronto se convertiría en el siguiente objetivo del disparo—
—¡Hein... kel...!
—¡...! ¡¿Señora enviada?!
Al ser llamado por esa voz temblorosa, el paralizado Heinkel reaccionó con una expresión de espanto.
Mientras Heinkel corría hacia ella con pasos torpes, Serena, tosiendo con dificultad, agarró al caballero pelirrojo por las solapas y le ordenó:
—En el sendero... de enfrente. ¡Ve y... mátalo!
—¡P-pero su herida...!
—¡Ve! ¡Heinkel Astrea!
—...
—¡¿No querías volver con tu familia?! ¡Mata al enemigo! ¡Cumple con tu deber!
El grito furioso de Serena golpeó de frente a Heinkel, quien intentaba replicar.
Sus huesos crujieron y sus órganos gritaron de dolor al gritar así, pero no lo demostró en lo más mínimo. No permitiría que nada detuviera a Heinkel mientras era consumido por la mirada ardiente de Serena.


Finalmente, Heinkel, que abría y cerraba la boca sin emitir sonido, se dio la vuelta con el rostro empapado en sudor frío.
Entonces, volvió a empuñar con fuerza la espada que nunca había soltado y—
—¡¡Ooooooaaaaaaaah!!
Lanzando un grito con la voz quebrada, se precipitó ferozmente hacia el sendero donde estaba el enemigo. Su velocidad era increíble, como si su actitud vacilante de antes hubiera sido una mentira.
—Si quieres... puedes hacerlo... Cof.
Al ver cómo se alejaba su espalda, Serena finalmente pudo permitirse fruncir el ceño por el dolor.
Ni Heinkel, que corría por el sendero, ni ella, que estaba moribunda, recibieron un segundo disparo del francotirador. El enemigo estaba tardando demasiado. Probablemente, él tampoco estaba ileso.
Si era así, Heinkel, a quien finalmente le habían inyectado algo de valor en su espíritu cobarde, tenía una oportunidad de ganar.
En ese momento—
—¿Crees que ese tipo podrá hacer algo solo? Solo va a morir.
—¿Quién de los dos? ¿Yo, que fui abandonada con un hombre lobo prisionero? ¿O el caballero Heinkel, que fue a matar a un francotirador medio muerto?
—... Si seguimos así, los dos. ¿Cómo es que sigues viva?
—Vaya modales. Te dije que mi vida también es la tuya. Deberías estar más aliviado de que siga viva.
—Eres una loca que no se calla nunca. —Alagar miró la herida—. ¿Qué tenías envuelto en el pecho?
—Un regalo... de un amigo.
Alagar estaba de pie sobre la roca calcinada. Ante su duda, Serena mostró su pecho; bajo la ropa desgarrada por el disparo, asomaba su ropa interior y algo completamente distinto: un hilo de plata que brillaba con intensidad.
Era el hilo de plata que Roswaal le había dado como obsequio ayer en el Instituto Real de Investigación Mágica.
Serena lo había envuelto firmemente alrededor de su cuerpo, ya que cambiaba de forma a voluntad si se le imbuía maná. Al desear que se volviera lo más duro posible al envolverlo, el hilo de plata funcionaba como una hermosa armadura ligera. Aun así, su resistencia no era tan alta; aunque evitó una herida mortal, la fuerza de penetración que no pudo detener le había roto las costillas y existía el riesgo de que sus órganos internos hubieran estallado.
—Pero... el beneficio secundario... fue mayor.
Susurrando eso con su último aliento, Serena miró la herida de flecha del disparo. Allí, vio que el proyectil usado por el francotirador se había enredado en el hilo de plata y estaba bullendo, retorciéndose.
Gracias a eso, tuvo éxito en identificar la verdadera naturaleza del veneno que afectaba a Roswaal y Marcos.
Su identidad era—
—... ¿Me oyes, Roswaal?
Luchando con su cuerpo caído, Serena hurgó en su ropa hasta que sus dedos sintieron algo: un fragmento roto del “Espejo de Conversación” que Roswaal traía consigo. Lo acercó a sus labios.
El fragmento roto del “Espejo de Conversación” crea un nuevo par con su superficie y cambia el destino de la conexión. La conexión con Russell en la capital real se había cortado, y ahora el fragmento se conectaba con el espejo del grupo principal, el de Roswaal.
Y Serena, dirigiéndose a ese fragmento de espejo, sentenció:
—...La verdadera naturaleza del veneno son insectos. Están anidando dentro de sus cuerpos.
15
—...La verdadera naturaleza del veneno son insectos. Están anidando dentro de sus cuerpos.
Esa información, que valía su peso en oro, llegó justo después de que Jimrack repeliera todos los hechizos de seis elementos de Roswaal, y de que el ecosistema del bosque fuera destruido de forma tan estrepitosa como colorida.
La voz de Serena, que informaba sobre la identidad del veneno a través del espejo, estaba cargada de un dolor contenido. En otra situación, Roswaal se habría preocupado por lo que le hubiera ocurrido, pero...
—Eso es algo que no querrías, ¿verdad-dd?
A pesar de su corto tiempo conociéndola, Roswaal respetaba su fiera forma de ser. Por ello, se tragó las palabras de consideración que ella no deseaba y volcó toda su alma en obtener la victoria que ella esperaba.
Marcos, quien parecía estar pasando por las mismas dificultades que Roswaal contra las cartas bajo la manga del enemigo, seguía en pie, aunque su uniforme blanco de caballero estaba manchado de sangre por todas partes en un estado lamentable. Entre la pérdida de sangre y el avance del veneno, el simple hecho de que siguiera luchando ya lo calificaba como un monstruo.
Siendo así, lo mejor sería que se convirtiera en un “monstruo” tanto de nombre como de hecho.
—¡Marcos!
—¡¡...!!
Ante el grito agudo de Roswaal, Marcos reaccionó sin siquiera mirar atrás.
Marcos levantó una pierna a gran altura y la descargó con fuerza. Al instante, se produjo un terremoto tan intenso que daba la ilusión de que todo el Reino se sacudía, abriendo grietas de decenas de metros en el bosque. Ese impacto devastador mandó a volar incluso a Oulouzo, que seguía convertido en una esfera plateada.
Jimrack se encontraba justo en la trayectoria del proyectil. Parecía que la esfera de Oulouzo iba a destrozar la sólida defensa de su propio compañero...
—¿Acaso, acaso intentas que nos matemos entre nosotros? ¡Si es así, es una idea demasiado, demasiado dulce!
—No ocurrirá, eso. Nos llevamos bien, nosotros.
La esperanza de que se eliminaran entre ellos fue pulverizada por el gigante de acero, que atrapó la esfera plateada con total facilidad.
En realidad, Roswaal no había descartado la estrategia de usar la lanza más fuerte para atravesar el escudo más resistente, pero al ver el resultado, comprendió que había sido un hilo demasiado fino como para confiar en él.
Por lo tanto, su verdadera apuesta era algo mucho más... irrealmente real.
—Me temo que será un dolor de muerte, pero te pido que no te mueras, ¿saaa-bes?
—Eso depende de tu puntería. Hazlo de una maldita vez.
Mientras Jimrack y Oulouzo se reagrupaban, Roswaal y Marcos hicieron lo mismo. Roswaal se posicionó detrás de Marcos y colocó sus manos sobre su robusta espalda.
Bajo esa armadura de músculos densos, los insectos inyectados por el francotirador estaban haciendo de las suyas. Seguramente eran parásitos que se alojaban en la puerta de maná de su víctima para devorar su energía. Era la táctica más despreciable de la Tribu de la Jaula de Insectos, un enemigo natural tanto para magos como para usuarios del “Método de Flujo”.
Pero, si no era veneno sino insectos, y si en lugar de desintoxicar solo había que exterminar, había una forma de lidiar con ello.
—... El Goa.
Recitó el conjuro, moldeó el maná, interfirió con el mundo y manifestó el fenómeno deseado para cumplir su objetivo. Como resultado, un fuego infernal envolvió el cuerpo de Marcos sin piedad alguna.
—¡¿Qué, qué, qué pasa?!
—Quemó a su aliado. Da miedo, ese fuego.
Ante el repentino suceso, los dos enemigos se mostraron desconcertados. Que Roswaal comenzara a incinerar a su propio compañero de la nada era motivo suficiente para que cualquiera sospechara de su cordura.
Sin embargo, no era un ataque de locura, ni tampoco un acto suicida.
—Más bien, es todo lo contrario. Es la mejor jugada... para ganar, por supuesss-to.
Apenas terminó de hablar Roswaal, un vendaval devastador se desató. Un impacto lanzado con la velocidad y potencia de un cañón se incrustó en el torso de Jimrack.
—Gugh...
El golpe fue tan brutal que la onda de choque atravesó la espalda de Jimrack.
En su piel grisácea y endurecida, aparecieron grietas en forma de telaraña tanto en el punto de impacto como por donde salió la fuerza del golpe. El gigantesco cuerpo del Hombre de Acero se desplomó hacia adelante sin poder hacer nada.
Aun así, Jimrack, en un último acto reflejo, había protegido a su compañero lanzándolo hacia un lado.
Y entonces...
—Huye... Oulouzo...
Mientras Jimrack le decía eso a su compañero, una mano gigantesca le sujetó la cabeza, y un “bloque de roca” comenzó a golpearlo.
Una vez, otra vez, y otra más... el “bloque de roca” machacó el rostro del Hombre de Acero una y otra vez, golpe tras golpe, hasta que su cabeza quedó deformada y perdió toda forma original. Golpear, golpear, golpear, golpear, golpear...
—¡Basta, basta, detente!
Oulouzo gritó y agitó su cola plateada, lanzando un tajo contra el brazo que sujetaba la cabeza de Jimrack. El ataque arrancó una gran parte del brazo del “bloque de roca”, pero no llegó a cercenarlo. Al contrario, la parte dañada se reconstruyó al instante, llenando de desesperación a un Oulouzo incapaz de salvar a su camarada.
Así, la violencia unilateral entre el Hombre de Acero y el “bloque de roca” llegó a su fin.
—...Ah.
Con un sonido sordo y pesado, Jimrack quedó tendido en la tierra con el cráneo hundido.
El Hombre de Acero ya no se movía. El “bloque de roca” que lo había logrado con una fuerza abrumadora... no, Marcos, miró sus propias manos.
—Oye... ¿qué demonios es esto?
—Fue para quemar a los insectos... o bueno, viéndolo así, ¿quizás quemar a los bichos fue lo de menos?
—Eso no es una respuesta. ¡No me habías dicho nada de esto!
—Porque no te lo había dicho, ¿no es cieeer-to? Pero deberías sentirte honrado. Es una armadura de roca que utiliza tu propio maná como combustible para autorepararse y expandirse. Normalmente sería demasiado pesada para que cualquier humano la usara sin perder fuerza y resistencia, pero un monstruo como tú puede manejarla sin problemas.
—¿A quién llamas monstruo?
A pesar de sus quejas, su figura envuelta en esa armadura y yelmo de piedra era, por decir poco, la encarnación de un risco viviente. Era una apariencia inhumana capaz de provocar pesadillas a cualquier niño. Incluso la maestra de Roswaal, quien dejó este arte prohibido incompleta, seguramente aplaudiría al verla.
Aquel arte prohibido, que se consideraba inútil fuera de inmovilizar al enemigo con rocas que devoran maná o aplastarlo bajo su propio peso, había encontrado su uso correcto.
Ciertamente, el conjuro se completó para dar vida a Marcos “La Roca”.
—Oh... oh... oh... pobre y triste Jimrack.
Frente al cadáver destrozado de Jimrack, Oulouzo derramó lágrimas.
Habiendo mostrado una coordinación tan perfecta, debía de existir una larga historia y un profundo vínculo entre Oulouzo, Jimrack y el francotirador de la Tribu de la Jaula de Insectos.
—Pero nosotros no tendremos la oportunidad de charlar sobre ello mientras compartimos una copa.
—...Así es, así es.
Ante el susurro de Roswaal, Oulouzo se puso en pie secándose las lágrimas que caían a raudales.
Viendo el aura escalofriante que emanaba de todo su cuerpo, Roswaal activó el maná en su interior e interfirió con los insectos que lo habitaban, dándoles más energía de la que podían procesar para que se autodestruyeran. Al sentir que los insectos morían y que su puerta de maná se liberaba de esa opresión, Roswaal supo que estaba recuperado.
Ahora, Roswaal también podría enfrentar al enemigo en perfectas condiciones.
Sin embargo...
—... Oulouzo Tarask, de la “Cola de Plata”.
Al presentarse y adoptar una postura baja, la intención de pelea de Oulouzo estaba dirigida exclusivamente hacia Marcos, quien había matado a su compañero. Cualquier intervención de Roswaal sería una falta de respeto.
—... Marcos Gildark, de la Orden de Caballeros de la Guardia Real de Lugunica.
Aceptando el espíritu de Oulouzo, Marcos también se preparó para recibir el ataque de frente.
La pausa fue de un segundo; el inicio, inmediato; y el resultado, instantáneo.
—...
La esfera plateada se lanzó en línea recta, cargando con furia contra el Marcos convertido en risco. Marcos, sin andarse con rodeos, recibió el ataque de frente con el puño en alto.
No era el armamento natural de una Persona de Armas, sino el arma primordial que cualquier ser humano posee. Fue un puñetazo puro y directo, sin piedad ni vacilación.
El choque entre la esfera plateada y el puño fue frontal. El impacto generado mantuvo el equilibrio apenas un instante antes de que el puño atravesara la defensa. La esfera fue pulverizada y la cola plateada de Oulouzo se arrancó desde la raíz.
—Ja... ja, ja... demasiado perfecto, es demasiado perfecto...
Despojado de su arma natural y estrellado contra el suelo, la Persona de Armas elogió a su vencedor.
Oulouzo, tendido boca arriba, sonreía con el rostro desfigurado. Marcos, cuyo rostro permanecía oculto tras el visor de piedra, volvió a cerrar el puño y lo levantó.
El perdedor elogió al ganador, y el ganador no tuvo una sola palabra para el perdedor.
—Es una muerte... demasiado ideal, es demasiado ideal.
Mientras observaba el puño descender, Oulouzo se mostró satisfecho hasta su último aliento.
—...
Tras haber aplastado literalmente a los dos asesinos con su fuerza bruta, Marcos se dio la vuelta lentamente. Roswaal lo recibió de frente, asintiendo profundamente.
—Sin embargo, no hay lugar a dudas: eres un monstruo perfecto, ¿saaa-bes?
—Cállate. Quítame esto de una vez. Hace un calor insoportable.
Marcos acarició con su brazo de piedra la armadura de roca, que seguía aumentando su grosor mientras hablaba. Ante eso, Roswaal asintió con una mueca y miró hacia el cielo.
Era un hecho innegable que lo había hecho para asegurar la victoria, pero un arte prohibido era un arte prohibido. ¿Cómo se suponía que le explicaría a Marcos, que ahora vestía aquel conjuro sellado por una buena razón...
...el trágico hecho de que ni siquiera Roswaal, el ejecutor, tenía la autoridad necesaria para quitarle ese “Risco” de encima?
16
Tras revelarle a Roswaal la verdadera naturaleza del veneno a través del espejo, Serena también se encontraba en un momento crucial.
Estranguló al espeluznante insecto atrapado en el hilo de plata y, manipulando el mismo hilo, aplicó presión sobre su herida. Impresionada por lo sumamente útil que resultaba aquel objeto, incorporó lentamente su cuerpo tendido.
Y entonces──,
—Hagamos un trato de nuevo. Revélame quién ideó este plan. No te irá mal.
Clavando la mirada en los ojos de Alagar, quien la contemplaba desde arriba, Serena le exigió una respuesta de frente.
Ante la pregunta de Serena, Alagar se quedó sin palabras. No obstante, disipó a toda prisa la agitación que recorría su cuerpo y no tardó en fingir una mueca sarcástica.
—Vaya sorpresa de repente. ¿Qué se supone que estás diciendo...?
—No intentes engañarme. Es una pérdida de tiempo. En este asunto, los asesinos estaban demasiado bien preparados. En un caso como este, solo hay dos opciones: ──o bien daba igual quién fuera el enviado objetivo y por eso los preparativos fueron rápidos, o bien el enviado ya estaba decidido de antemano y por eso ejecutaron la emboscada a la perfección.
—…
—Si fuera lo primero, yo sería una necia que saca conclusiones erróneas. Pero si fuera lo segundo, tu captura en el Reino también formaría parte del plan. Es decir, tú también estás del lado de los asesinos.
Mientras decía esto, Serena sacó la llave de los grilletes de Alagar ──la cual había encontrado al registrar el pecho calcinado del cadáver del soldado del Imperio que sirvió de señuelo y que constituía la prueba de su deducción──, y esbozó una sonrisa.
Naturalmente, si Alagar fuera uno de los asesinos, se necesitaría un traidor infiltrado cuya función fuera quitarle los grilletes. Que ese informante resultara atrapado en el primer ataque y terminara convertido en un cadáver carbonizado debió de ser un desafortunado accidente.
Justo cuando Serena terminó de exponer la hipótesis que había elaborado:
—Tú, ¿tienes idea de lo que estás diciendo?
Murmuró Alagar con una voz baja y gruñona. El cuerpo de aquel hombre esmirriado3 se transformó ruidosamente; su musculosa y expandida anatomía se cubrió de un pelaje marrón oscuro, y su cabeza se deformó junto con sus propios huesos.
Un instante después, lo que apareció allí fue un hombre lobo transformado en una bestia espantosa que, aun así, conservaba los grilletes puestos──.
3 Se utiliza de forma coloquial para describir a una persona o animal que está muy flaco, débil, consumido o que tiene un aspecto enfermizo.
—Si eso fuera verdad, ¡no habría forma de que salieras viva de este bosque!
Exhalando un aliento fétido por su boca abierta, Alagar le mostró los colmillos a una gravemente herida Serena.
En este momento, solo estaban ellos dos. Heinkel, quien al menos servía como disuasión a pesar de no ser confiable, ya no estaba, y Serena carecía de los medios para someter por la fuerza a Alagar en su forma de bestia.
Por lo tanto, solo quedaba una forma para que Serena Dracroy saliera de esta situación.
—…Ponte de mi lado, Alagar. Galahau Dracroy... mi estúpido padre no tiene la capacidad para esto.
—¿Qué...?
—Con toda probabilidad, la condición que te ofreció mi padre fue garantizar tu libertad tras mi asesinato. Pero, ¿crees que un hombre que planea matar a su propia hija porque teme por su posición tendría la osadía de desafiar el decreto de Su Majestad el Emperador y dejar con vida a un hombre lobo?
Alagar abrió los ojos de par en par; ante tal reacción, Serena sintió tanto alivio como decepción. ──Alivio por la confirmación de su deducción, y decepción no porque su propio progenitor hubiera atentado contra su vida, sino por lo descuidado que era el plan.
El cerebro detrás de todo esto era el mayor rival político de Serena, su propio padre, Galahau Dracroy. Con eso se explicaba todo lo ocurrido hasta ahora. Galahau no ejecutó al capturado hombre lobo Alagar, sino que permitió que escapara al Reino, hizo que nombraran a su hija como enviada y la seleccionó como un lamentable sacrificio para iniciar las hostilidades con el Reino.
Para ser él, probablemente creyó que estaba siendo muy astuto... pero su incapacidad para juzgar a las personas era fatal.
—Con tener la certeza es suficiente para derrocar a mi padre, quien recurrió a una estratagema tan ridícula. De todos modos, ese hombre no tiene futuro. Alíate conmigo. A diferencia de él, yo sí sé juzgar a las personas.
—…¡Maldición! ¿Y cómo sé que esto no es solo tu forma de rogar por tu vida?
—No digas tonterías. Tú mismo debes haberlo presenciado. Hasta ahora, ¿cuántas situaciones ha habido en las que cualquiera que no fuera yo habría muerto? Cada una de ellas es una prueba irrefutable de que he superado a mi padre.
Tras declarar esto, Serena aprovechó el titubeo de Alagar y estiró el brazo. ──Acto seguido, introdujo la llave que había extraído del cadáver en la cerradura de los grilletes de Alagar y la giró.
Tras un leve tintineo metálico, los pesados grilletes se abrieron y cayeron al suelo.
—──Ah... —articuló Alagar con la garganta temblando por la sorpresa, y Serena le sonrió mientras él contemplaba sus manos ahora libres.
Con una sonrisa feroz digna de la nobleza del Imperio de Vollachia, como un “Lobo- Espada”.
—Ponte de mi lado, Alagar. Ese es tu camino para sobrevivir... y la decisión necesaria para conquistar una verdadera libertad.
17
—¡…Gah!
Atravesado por un impacto cuyo número ya había perdido la cuenta, la garganta de Heinkel soltó un gemido de dolor.
A instancias de Serena, quien había recibido un disparo, Heinkel había salido corriendo para acabar con el francotirador oculto, pero su velocidad impulsiva empezó a disminuir, y su mente se llenó de los lamentos de siempre.
Una imperiosa necesidad de dejar atrás a Serena y a los demás para huir a toda prisa lo invadió, pero──
—No, no, no... Esto es veneno. Es peligroso.
Dado que había recibido los mismos proyectiles que Marcos y Roswaal, Heinkel ya estaba siendo consumido por el mismo veneno que ellos. Lo mismo iba para Serena. Conseguir el antídoto era una obligación absoluta. Si no lo lograba, no regresaría con vida.
──No podía regresar con semejante deshonra.
—¡¡Ugh, oh, ooooh──!!
El estallido de emociones provocado por las palabras de Serena, quien le había dicho que regresara con su familia, revivió en su interior, y recuperó el ritmo de su carrera.
Desprendiéndose de su conflicto interno, Heinkel corrió levantando una nube de polvo mientras el siguiente proyectil se aproximaba de frente. Podía ver la trayectoria. Y sin embargo, no pudo esquivarlo. Lo golpeó. Le dolió. Aun así, corrió, corrió y corrió... hasta que descubrió a un semihumano de ojos compuestos, con el lado izquierdo de su cuerpo carbonizado, postrado al borde de la muerte.
—…Tch.
Al cruzar la mirada con los innumerables ojos de un oponente que parecía que iba a morir aunque lo dejara en paz, todo el cuerpo de Heinkel se tensó.
Con semejantes heridas, si recibía un espadazo de Heinkel, moriría con toda certeza. Era una lesión tan grave que bastaría con golpearlo en cualquier parte del cuerpo, o incluso golpear el suelo a su lado, para acabar con él; debido a esto, la velocidad que había recuperado volvió a disminuir.
El rostro pálido de Heinkel se reflejó en la totalidad de los ojos compuestos del francotirador.
Mientras Heinkel dejaba escapar un gemido lastimero, el francotirador, que yacía boca abajo, apuntó con su brazo derecho cilíndrico, el cañón que disparaba los proyectiles de precisión directo a su cara.
En ese instante, el disparo que saldría del cañón estaba a punto de atravesar la cabeza de Heinkel... faltaba un suspiro.
—¡¡Yaaaaah!!
En una jugada de todo o nada, un destello plateado cargado de determinación cruzó el aire, decapitando despiadadamente al francotirador.
Fascinado por aquel corte de espada tan deslumbrante, a través de la sangre del semihumano que brotaba a borbotones, Heinkel divisó un rostro conocido y su garganta vibró.
—… Honorable padre.
Ante los ojos estupefactos de Heinkel, se alzaba un hombre cuyo uniforme blanco de la Guardia Real ondeaba al viento: el capitán de los caballeros del Reino de Lugunica, el maestro de la espada conocido por el alias del “Demonio de la Espada” y, ni más ni menos, el propio padre de Heinkel, Wilhelm van Astrea.
Heinkel abrió los ojos de par en par, petrificado ante la intervención de Wilhelm, quien se suponía que no debía estar allí. No obstante, el propio Wilhelm sacudió la sangre de su espada y, sin molestarse en mirar atrás, habló:
—He oído la situación por parte de la familia Fellow. ¿Dónde está la enviada del Imperio?
—Eh, ah... P-Por el sendero de la montaña. Pero... le disparó ese... ese sujeto de hace un momento...
—... Iremos a atenderla. Sería un grave problema si le ocurre algo a la enviada.
Con esas palabras, hizo un gesto con la barbilla e intentó pasar por el lado de Heinkel. Sin embargo, se detuvo por una fracción de segundo, miró de reojo a Heinkel y añadió:
—Tú... no, olvídalo. Nos daremos prisa.
Wilhelm comenzó a correr tras interrumpir lo que iba a decir, y Heinkel, exclamando:
“¡E-Espera!”, recogió apresuradamente las pertenencias del francotirador y lo persiguió por la espalda.
El francotirador había caído. Ahora solo faltaba que Serena estuviera a salvo y que se encontrara el antídoto entre las pertenencias. ──Ese débil alivio de Heinkel, no obstante, fue borrado de golpe por una escena espantosa.
—…Llegas tarde, caballero Heinkel. ¿Acaso es un regreso triunfal con tu familia?
Y es que Serena, quien recibió de ese modo a Heinkel y a Wilhelm, estaba apoyada contra la ladera y a su lado no había rastro alguno del hombre lobo que debían trasladar. En su lugar, unas feroces marcas de garras ──literalmente arañazos── cruzaban de arriba abajo la mejilla izquierda de su hermoso rostro.
—¡L-La enviada! ¡Esa herida... y qué pasó con el hombre lobo!?
De la mejilla de Serena brotaba una cantidad ingente de sangre. La herida no parecía en absoluto superficial y, precisamente por ser poseedora de un físico tan agraciado, resultaba todavía más dolorosa de ver. Sin embargo, ignorando por completo la consternación de Heinkel, la propia Serena se encogió de hombros con un rostro que no reflejaba el más mínimo dolor.
—Aprovechando tu ausencia, me enseñó los colmillos. Como puedes ver, me ha infligido un daño considerable.
—…Hay que tratarla de inmediato. ¿Qué ocurrió con dicho hombre lobo?
Al lado de un Heinkel que permanecía inmóvil, Wilhelm se arrodilló y le preguntó a Serena por el paradero del hombre lobo desaparecido. Ante esto, Serena señaló con la barbilla hacia la ladera rocosa.
En ese punto había un charco de sangre distinto al de la propia herida de Serena, y se apreciaba un rastro de sangre que avanzaba a rastras hacia el otro lado de la roca.
—Incluso si me tomó por sorpresa, no iba a dejarme vencer por un criminal encadenado. Le respondí con un contraataque y presencié cómo caía al fondo del acantilado. Desde mi posición no puedo ver nada, pero ¿es posible confirmar el cadáver?
—...No, por desgracia parece que hay un río fluyendo bajo el acantilado. Con todo, si se hundió en el fondo del agua con semejante pérdida de sangre, dudo mucho que logre salir a flote.
Respondió Wilhelm mientras comenzaba a curar la herida de su mejilla. Serena contestó con un breve “Ya veo” y, acto seguido, miró de reojo a Heinkel, que seguía estático, guiñándole un ojo de forma cómplice.
Tras quedarse pasmado unos instantes, Heinkel comprendió lo que significaba aquella mirada implícita. ──Aquello era una farsa dolorosa y sangrienta escenificada por Serena y Alagar.
Serena le había propuesto a Alagar dejarlo escapar si cooperaba con ellos. Heinkel había pensado que era una locura proteger a un hombre lobo, pero todo apuntaba a que ella pretendía cumplir su promesa.
Para lograrlo, ella misma había aceptado recibir una cicatriz imborrable, y ahora obligaba a Heinkel a engañar a quienes los rodeaban ──a engañar al mismísimo Wilhelm van Astrea── fingiendo que el hombre lobo había fallecido.
Aquella era una exigencia que carcomía demasiado el corazón de Heinkel, pero──
—No te pongas tan pálido, caballero Heinkel. Esta herida es mi medalla de honor. No es un fallo tuyo.
—…Tch.
Ante aquella puntualización añadida para zanjar el asunto, Heinkel contuvo el aliento y guardó silencio.
Al estar de espaldas para curar a Serena, el rostro de Wilhelm resultaba invisible. Sin embargo, a Heinkel le aterraba siquiera imaginar qué habría pensado Wilhelm, qué habría pensado el “Demonio de la Espada”, de la conversación que acababan de mantener.
Le asaltó el impulso de mandar a paseo los engaños y confesarlo todo, pero de hacerlo, solo conseguiría empeorar las relaciones entre el Reino y el Imperio. Heinkel se encontraba, como de costumbre, en un callejón sin salida.
—...Louanna. Reinhard.
Pronunciando los nombres de su esposa y de su hijo, Heinkel posó la mano sobre la empuñadura de la espada que no había podido desenvainar y bajó la cabeza.
Al menos, podría regresar a su hogar. ──Aferrándose a ese único consuelo, Heinkel cerró la boca.
18
—…Que el capitán de los caballeros haya llegado a tiempo al lugar en el último segundo ha sido una gran suerte.
—Vaaa-ya que sí, me salvaste gracias a los preparativos que coordinaste. De lo contrario, a estas alturas Alagar habría escapado, Serena y Heinkel habrían sido asesinados, y el Reino y el Imperio estarían en guerra.
—Aunque todavía quedan las brechas en las relaciones familiares de ambas partes y los diversos problemas relacionados con el hombre lobo.
Dijo Russell, encogiéndose de hombros ante Roswaal, quien había regresado a salvo de la crítica situación. A decir verdad, para Russell, que se había quedado en la capital real, la situación había sido frustrante.
Que hubiera logrado enviar los refuerzos decisivos en el último instante podría considerarse, al menos, su mayor logro. Parecía que ese logro había vuelto a causar fricciones innecesarias en el linaje del “Santo de la Espada”, pero la disfunción de esa familia no era nada nuevo.
De todos modos, a Russell no le importaba en absoluto el “Santo de la Espada”, que ya había renunciado a actuar como el arma del Reino.
—Como sea, todos regresaron a salvo. Eso es lo más importante. ¿No creee-es?
—Sí, no cabe duda. Sin embargo, ¿no cree que decir que todos están a salvo es un tanto inexacto?
Roswaal, que intentaba cerrar el tema de forma conveniente, enarcó una ceja ante las palabras de Russell. Por mucho que pusiera cara de no saber nada, aquello era imposible de ocultar. Después de todo, la prueba viviente de esa inexactitud se encontraba en el lugar más visible del laboratorio del Instituto Real de Investigación Mágica donde conversaban, rodeada por los investigadores.
—...Oye, Roswaal. Haz que estos tipos se retiren. Que dejen de mirarme tan fijamente.
Quien gruñó con tanto resentimiento en medio del laboratorio fue Marcos... o lo que parecía ser una mole de roca. Aunque la voz y los gestos malhumorados eran inconfundibles de Marcos, Russell no podía distinguir su rostro. Parecía ser el efecto del arte prohibido que Roswaal guardaba como as bajo la manga; finalmente, había dejado de ser humano.
—¿No es mejor así? Ahora es mucho más evidente que antes que acercarse a usted descuidadamente es peligroso.
—¡Te estás riendo, maldito bastardo! ¡Roswaal, regresame a la normalidad de una vez o te daré una paliza!
—Ese arte prohibido está ligado a tu Od. A menos que aprendas a controlar el maná y a alternarlo con tu propia voluntad, me temo que de ahora en adelante tendrás que vivir como un hombre de piedra, ¿no creee-es?
—¡No lo digas como si no fuera contigo! ¡Maldito seas por hacerme esta estupidez...!
—Es un regalo, una prueba de nuestra amistad. Si logras dominarlo, ni siquiera un proyectil diez veces más potente que los de esta vez podrá atravesarte. Tampoco podrán envenenarte; será el nacimiento de un auténtico monstruo.
—Te voy a matar.
Murmurando con voz pesada, Marcos agitó el brazo en su estado de hombre de piedra. Sin embargo, lo que destrozó esa mole de roca no fue a Roswaal, sino a los blancos de hielo y tierra que este había creado. Al parecer, Marcos había sido confinado en el laboratorio para aprender a manejar el arte prohibido mediante un entrenamiento puramente práctico. Russell era un profano en la materia, pero se preguntaba si desatar su furia de esa manera tendría algún efecto real.
—Espero que no se esté limitando a burlarse del Señor Marcos como de costumbre.
—Vaya, vaya, para nada. Incluso yo sé que Marcos no podría recibir a su esposa con un cuerpo como ese. Si la familia Gildark se extinguiera con su generación, sería algo más que una simple tragedia.
—¿Su familia, eh?
Reteniendo las palabras de Roswaal, Russell bajó la mirada hacia sus manos. Allí estaba el “Espejo de Conversación” agrietado. Ese había sido todo el precio que Russell tuvo que pagar en este incidente. Sin embargo, el precio que pagó Roswaal no fue en absoluto insignificante.
—¿De verdad vale tanto la pena haber forjado una amistad con la enviada Dracroy? Existe el riesgo de que, nada más regresar a su país, sucumba ante la malicia de su padre y rival político...
—Poner a prueba a los demás con cosas que ni tú mismo crees es un mal hábito tuyo, aunque yo también lo comparta. Ella saldrá adelante. Precisamente por eso cooperaste conmigo para cruzar este puente tan peligroso, ¿no es así?
Russell suspiró ante Roswaal, quien le dirigía su ojo azul mientras guiñaba el otro. Roswaal lo había expresado como "cruzar un puente peligroso", pero eso también era inexacto. Russell jamás había cruzado dicho puente. Simplemente le había enseñado cómo cruzarlo y había hecho la vista gorda mientras lo hacían. Quienes verdaderamente cruzaron el puente fueron Roswaal y, además...
—Y bien... ¿cómo deberíamos llamarte a partir de ahora, ya que dejarás de ser quien eras?
Girándose, Roswaal se dirigió al hombre que se encontraba al fondo de la habitación. Aquel individuo, que tenía el rostro cubierto por un grueso vendaje, destelló una mirada afilada ante la malintencionada pregunta.
Solo en esa mirada se conservaba el rastro de su antigua identidad; cuando le quitaran los gruesos vendajes, aparecería el rostro reconstruido de un hombre completamente distinto.
Sin embargo, se decía que la intervención quirúrgica conllevaba un dolor insoportable, y que el sufrimiento incesante continuaría hasta que la sanación fuera total.
Aun así, era de esperar que tuviera la resolución necesaria para soportarlo, ya que estaba naciendo de nuevo. Si en un nacimiento normal es la madre quien sufre el dolor del parto, en un renacimiento es el propio individuo quien debe experimentar el sufrimiento.
De este modo, el ser que solía ser un “hombre lobo” y que ahora renacía permaneció en silencio por unos momentos, hasta que...
—...Gwain. El nombre de mi difunto padre.
—Ya veo. Es un gran nooom-bre, Gwain.
Sin indagar en las razones o los detalles de la elección, Roswaal asintió de vuelta al “hombre lobo” —a Gwain, quien antes fuera Alagar. Acto seguido, levantó un dedo y dijo:
—No hace falta que lo diga, pero no olvides la promesa que nos hiciste a Serena y a mí. De ahora en adelante...
—Lo sé. No volveré a bestializarme... quiero decir, no. Si las cosas pueden terminar sin que yo tenga que hacerlo, lo juro.
—Empezando por tu forma de hablar, ¿eh? Es una bueee-na actitud.
Ante la dócil respuesta de Gwain, Roswaal sonrió con satisfacción. Incluso a ojos de Russell, su actitud era mucho más razonable que la que había percibido a través del espejo. Parecía evidente que su determinación de no desperdiciar esta oportunidad de empezar de cero era genuina. Por supuesto, de lo contrario, Russell se vería en problemas.
—A partir de ahora, vivirá ocultando su condición de semihumano. Por lo tanto, Russell, enséñale bien cómo desenvolverse en la vida. Después de todo, tú también eres mi cómplice por haber engañado al Reino y al Imperio, ¿no es así?
—Hablas con demasiada ligereza sobre esto. Comento Alagar
──Aunque no soy una persona blanda. Tal como dice Roswaal, ahora eres un ser que no pertenece a ningún lado tras cruzar un puente peligroso. Ya que voy a hacerme cargo de ti, necesito que trabajes de una manera que justifique mi inversión, o de lo contrario estaré en problemas.
Dijo Russell encogiéndose de hombros; de ahora en adelante, la familia Fellow sería la encargada de custodiar a Gwain. Decidir dejar con vida al hombre lobo estuvo muy bien, pero en lugar de los irresponsables de Roswaal y Serena, quienes se desentendieron por completo del asunto tras tomar la decisión, sería Russell quien de ahora en adelante le proporcionara un trabajo y un hogar a aquel hombre sin rumbo. Por supuesto, no lo hacía por pura benevolencia.
──Si se forjaba una alianza entre la familia Mathers del Reino y la familia Dracroy del Imperio, y él podía involucrarse tras haber descubierto las debilidades de ambas partes, no era una mala tajada como beneficio. Además, según su “Protección Divina de la Evaluación”, Gwain prometía ser un hallazgo bastante valioso.


—Sin embargo, aun así, ha habido un error de cálculo.
—Vaya, qué raro que cometas un error de cálculo. ¿Qué es exactamente lo que calculaste mal?
Roswaal ladeó la cabeza ante el leve murmullo de Russell, quien se tocaba la barbilla. Era una pregunta directa y, por una vez, carente de tono burlón, por lo que Russell sonrió con amargura antes de responder:
—A usted.
—Al igual que cuando llevó a “La Hermandad” y a “Las Alas Doradas” a Costuul, ¿no será que en el fondo es una persona compasiva y entrometida, Roswaal?
—Ja, ja, ja, qué buen chiste.
—…
──¡Yo que te consideraba mi amiii-go!
Que esa fuera la respuesta a sus palabras resultaba sumamente indignante para Russell. Ante el intercambio de palabras entre ambos, Gwain soltó una risita, dibujando una mueca que se intuía alegre a pesar de que los vendajes ocultaban su rostro, mientras desde el fondo del laboratorio resonaba el estruendo provocado por el frenesí de Marcos.
A pesar de que la situación bien podría haber marcado un punto de inflexión en la historia del Reino y del Imperio, ver a los principales implicados reunidos en medio de semejante y bullicioso alboroto resultaba insólito.
—Se suponía que este era el prestigioso Instituto Real de Investigación Mágica, ¿no?
—Así es. ¿Acaso no lo sabías, Russell? La magia existe para hacer realidad los sueños.
Tras soltar una frase tan sumamente infantil, Roswaal sonrió. Al percibir finalmente en ese gesto una inocencia propia de un muchacho de su edad, Russell se encogió de hombros.
…Su único deseo era preservar la paz y la tranquilidad del Reino de Lugunica. Para Russell Fellow, quien ponía esa prioridad por encima de todo, esto parecía un desenlace que, contra todo pronóstico, no resultaba nada desalentador.
19
──Atrapado dentro del carruaje de dragón que ardía con furia, lanzando un rugido agónico como el de una bestia, Galahau Dracroy encontraba su final bajo la mirada implacable de Serena Dracroy.
—Te preocupabas por las apariencias lo suficiente como para visitar a tu hija, quien regresó al país frustrada y con una profunda herida en el rostro.
──Esa superficialidad fue tu perdición, Galahau Dracroy.
Contemplando el fuego infernal desde el despacho de la mansión donde había recibido la visita, Serena murmuró aquello sin rastro de emoción.
Parecía haber urdido planes, reunido a hombres capaces y maquinado esto y aquello, pero los factores decisivos fueron que el hombre lobo aferrado a la vida conservaba una pizca de integridad, y que subestimó la severidad de su propia hija. Ninguno de los dos era un error irreversible por sí solo, pero la acumulación de ambos dio como resultado este final abrasador.
Los días de disputa con su padre llegaban a su fin por medio del fuego. Aceptaría esta cicatriz en la mejilla como su último regalo.
Al tocar por encima del vendaje la dolorosa herida grabada en la mejilla izquierda de la hija indigna —aquella causada por las garras del hombre lobo—, y sintiendo cómo palpitaba con un dolor persistente, los labios de Serena esbozaron una sonrisa.
—Con esto, las molestas propuestas de matrimonio también disminuirán. Como escudo contra los hombres, tomar a Roswaal como esposo habría sido lo ideal para mí... pero se apresuró a encasillarse en el rol de amigo. Qué hombre tan astuto.
Al evocar a aquel escurridizo amigo que había hecho en el Reino, Serena cerró un ojo.
Era una lástima no haberlo tenido bajo su control, pero Roswaal había contribuido más que suficiente a los planes de Serena. Salvándola del ataque, para empezar. Y también ayudando a Alagar, que había sido utilizado por Galahau, para asegurar que se cumpliera la promesa entre él y Serena.
Al tratarse de una promesa imposible de cumplir dentro del Imperio, era algo que deseaba respetar a toda costa, incluso si requería de la ayuda de Roswaal.
──Después de todo, había sido ella quien involucró a Alagar en primer lugar.
Porque el plan de asesinato que Galahau ideó no era más que una trampa que la misma Serena había provocado.
—Si te enfrentas a un veneno que no sabes cuándo te van a suministrar, solo queda preparar un plato donde les sea fácil servirlo.
Aunque Serena no conocía los detalles específicos del plan, si preparaba un camino fácil de seguir y le daba un empujón, el momento en el que atacaría se volvería evidente.
Alagar no era más que una víctima atrapada en las disputas políticas de la familia Dracroy.
Por eso mismo, Serena tenía la obligación de salvarlo.
—No, aunque también hubo otra víctima.
Heinkel Astrea, quien se vio obligado a guardar silencio ante el Reino y su propio padre con tal de evitar una guerra, cargando con la culpa de que hirieran a Serena, su objetivo de escolta... A él también le tocó bailar con la más fea.
Algún día tendría que saldar su deuda con Heinkel, un hombre dubitativo y poco confiable en muchos aspectos. Aunque no sabía si una oportunidad así volvería a presentarse entre ambos.
En cualquier caso──,
—A partir de aquí. Todo empieza aquí.
Ahora que por fin tenía en sus manos el control absoluto de la familia Dracroy, Serena albergaba un sinfín de ambiciones.
Puede que la reputación de la enviada en la capital imperial hubiera quedado un tanto mermada tras este aparente fracaso, pero librarse de un familiar que no dejaba de ponerle la zancadilla hacía que dar el siguiente gran paso fuera mucho más fácil.
—¡Lady Serena! ¡Afuera, afuera! ¡Esa cosa se está quemando de una forma brutal!
—¡¿Te parece momento de decir eso, pedazo de idiota?! ¡Traigan agua, rápido! ¡Ah, el fuego se está extendiendo, se está extendiendo!
Mientras Serena ordenaba sus ideas, el eco de los niños que armaban un gran alboroto alrededor del carruaje en llamas frente a la puerta de la mansión llegó a sus oídos.
Eran los peones del mañana que Serena misma había seleccionado y criado en la mansión Dracroy. Aunque, por el momento, no eran más que un puñado de niños problemáticos que daban demasiados dolores de cabeza, muy lejos de ser de utilidad.
—¡No se acerquen al fuego descuidadamente! Las heridas de guerra son un honor, pero que se burlen de ustedes por una quemadura accidental sería patético.
Abriendo la ventana de par en par, reprendió a los revoltosos. Luego, Serena se puso en pie exhalando un suspiro y salió del despacho para dirigirse también hacia la entrada principal.
En el trayecto, la figura de Roswaal, alguien que planeaba el futuro con tanta dedicación como ella, cruzó por su mente.
Con un ideal tan grandioso como el de ella, Roswaal continuaría avanzando con paso firme. Si en el futuro surgía la oportunidad de prestarle su fuerza, respondería con todas sus capacidades.
Después de todo, esa era la manera en que la “Dama Abrasadora”, Serena Dracroy, demostraba una amistad capaz de trascender las fronteras del Reino y del Imperio; un lazo dirigido a un amigo por quien guardaba un profundo respeto inusual para alguien de su misma edad, habiendo priorizado la camaradería mucho antes que cualquier interés romántico.
FIN