El Reencuentro, como Sangre Hirviente



Capítulo 1
El Reencuentro, como Sangre Hirviente
1
…Era una mujer “escarlata”, tan viva como una llama abrasadora, como la sangre de un rojo profundo y fragante.
En el último piso del ayuntamiento de la Ciudad Fortaleza de Guaral —en ruinas tras convertirse de pronto en un campo de batalla—, lo que acaparaba todas las miradas era una belleza brutal que empuñaba la espada Yang, encendida de un rojo vivo.
Cabello de un naranja deslumbrante y un vestido fastuoso del color de la sangre. Quien sostenía la espada Yang con un cuerpo rebosante de atractivo femenino era alguien que causaba una impresión intensa incluso de espaldas.
Subaru se quedó sin palabras mirando esa espalda, con los brazos abiertos, y su mente se llenó de confusión.
¿Por qué? Innumerables preguntas se apoderaron del cerebro de Subaru…
—Vaya cara de pasmado, necio. ¿Te deslumbró acaso mi nobleza?
—¡…! ¿Tienes ojos en la nuca, o qué?
—Necedades. ¿Acaso tengo yo pinta de semejante engendro? La cara de un necio la distingo con solo oírle respirar.
Una sola frase suya bastó para traer de vuelta a Subaru a la cordura: Priscilla Barielle.
La viva estampa de la arrogancia altiva, una de las candidatas de la Selección Real del Reino de Lugunica. Subaru también la conocía: una persona cuyo puesto hacía imposible que estuviera en el Imperio de Vollachia.
—Bien.
Dejando de lado cualquier duda, los ojos rojos de Priscilla barrieron cuanto la rodeaba.
En el último piso del ayuntamiento, irreconocible ya, las Shudrak y el General de Segunda Clase del Imperio, Zikr, estaban heridos y sin poder moverse. Los únicos conscientes eran Subaru y Rem a su espalda, y Abel en el balcón.
Y quien había causado esos daños era…
—…Arakiya.
Los finos labios de Priscilla se dirigieron a Arakiya, la medio bestia de cabello plateado que seguía inmóvil, de pie.
Tildada de ser la segunda fuerza del Imperio de Vollachia, la muchacha había dejado ver un destello de una destreza a la altura de su fama. Con su ojo derecho, rojo, el que el parche no le cubría, miró fijamente a Priscilla, que la había llamado.
Era el choque entre un ego férreo y un sentido del deber… No, no era eso.
—Prin… cesa…
Hasta un instante antes, Arakiya había estado por encima de todo, con un mundo propio firmemente asentado.
Pero bastó con que la mirada de Priscilla la alcanzara para que aquel mundo se derrumbara de la forma más lastimosa.
—Princesa… princesa, princesa…
La atmósfera de peligro se disipó, y Arakiya lo repitió una y otra vez, como si quisiera confirmarlo.
Se percibía una desesperación aferrada, como la de un niño perdido que reencuentra a sus padres, o la de un hermano pequeño que tirara del lazo que lo une a los hermanos mayores a los que adora.
Qué había entre Priscilla y Arakiya era algo que ni Subaru ni nadie ajeno podía comprender.
Pero sí se entendía que entre las dos había un pasado de peso y que eso le había quebrado a Arakiya las ganas de luchar.
—…
Arakiya bajó la fina rama de madera que apretaba en el puño y salió adelante, desbordante de emoción. Sin más, se dispuso a lanzarse al pecho de Priscilla para compartir con ella la alegría del reencuentro.
Sin embargo…
—Princes—
—Cállate.
No llegó a suceder.
La voz, breve y feroz, vino acompañada de un tajo que barrió de lado a lado.
Cuando Arakiya se disponía a dar un paso, un trazo rojo le barrió el suelo a escasos centímetros de la punta de los pies descalzos, y una llama encarnada se alzó como para cerrarle el camino.
—…
No era más que una llama de la potencia de una fogata, alta apenas hasta la pantorrilla.
Si se lo propusiera, con sus piernas largas Arakiya lo saltaría sin esfuerzo. Pero se quedó clavada en el sitio, como si ante ella se extendiera un calor abrasador imposible de cruzar.
Sin moverse, Priscilla continuó con frialdad, ante una Arakiya que había dejado de pensar.
—Arakiya, ¿con qué fin has pretendido venir ahora hacia mí?
—¿Eh…?
—¿Acaso creías que se me aceleraría el corazón con el reencuentro y que te estrecharía entre estos brazos? Pues si es así, tu ligereza es para quedarse de una pieza.
Palabra tras palabra, Priscilla rechazaba por completo cualquier intento de Arakiya por acercarse.
Al comprender aquel abismo, los ojos de Arakiya, muy abiertos por el estupor, temblaron. Desesperada, hacía vagar la mirada en busca de la respuesta óptima a las palabras de Priscilla.
—Pri… princesa Prisca…
—Prisca ha muerto. El tiempo ha pasado, has conseguido una posición, y aun así no has cambiado nada.
Priscilla suspiró, como si dijera desde lo más hondo que la había decepcionado.
A decir verdad, no había forma de adivinar la verdadera intención de Priscilla ni lo que pasaba ahora por su cabeza. Pero Subaru sí comprendió que aquellas palabras despiadadas le habían desgarrado el corazón a Arakiya y la habían hecho sangrar.
El dolor de que quien te ató con un lazo precioso te niegue ese lazo a la cara.
Era un dolor que también a Subaru le resultaba familiar. Un dolor que bastaría para tumbar a cualquiera y dejarlo encogido en el suelo; y sin embargo Arakiya no dobló las rodillas: encendió la pasión en su único ojo rojo.
Una llama que no era ira, sino más bien decisión y temple.
—…Me da igual lo que la princesa piense de mí. Aunque duela. Pero yo ya lo he decidido.
—…Hm. ¿Conque lo has decidido? ¿Y eso va a devolverme el interés? Vamos, dime qué has decidido.
Ante la serena súplica de Arakiya, Priscilla soltó aquello con provocación, sin que se supiera si le interesaba o no. Arakiya recibió las palabras, alzó el rostro con un “¡Yo…!” y aulló.
Mientras aullaba, el cuerpo delgado de Arakiya flexionó las rodillas…
—¡Al Imperio! ¡Voy a devolverle a la princesa el lugar que le corresponde! ¡Y para eso…!
Arakiya había estallado, pero el blanco de su emoción no era Priscilla, que no estaba dispuesta a escuchar.
Su único ojo se apartó de Priscilla y se dirigió a quien no debía. El blanco de aquella pasión era el apuesto hombre de cabello negro que seguía observando los acontecimientos desde el balcón: Abel.
—¡Excelencia, mentiroso…!
Con los ojos encendidos de pasión, el esbelto cuerpo de Arakiya se alzó por los aires. Ignorando la barrera de fuego que la separaba de Priscilla, fijó su objetivo en Abel, en el balcón.
Ni Subaru ni Rem, hechos polvo, tenían ya forma de detener aquella locura…
—¡Priscilla!
—…
Subaru le gritó a la espalda que tenía delante. Pero Priscilla, con la espada Yang en la mano, no movió un músculo.
Sus ojos carmesí miraban a Arakiya, que saltaba al balcón, y a Abel, que la acechaba con la vista.
Abel seguía en pie, agarrado a la barandilla del balcón semiderruido, con la sangre brotándole de la frente. No tenía ninguna posibilidad de enfrentarse a Arakiya, una de las más fuertes del Imperio. Y aun así, en sus ojos negros no había desesperación.
—¡Abel…!
Subaru intentó correr en su lugar, ya que Priscilla no se movía, y tropezó al primer paso. Sin fuerzas en las piernas, con la mano tendida como única opción, vio a Arakiya abalanzarse sobre Abel…
—…
En un instante, aquella sucesión de acontecimientos encadenados superó la comprensión de Subaru.
Sin quitarle los ojos de encima a Arakiya, que se le echaba encima, Abel pisó con fuerza el suelo del balcón. Al instante, las grietas del balcón semiderruido se agrandaron y la plataforma se vino abajo de golpe.
Tragado por la plataforma que se hundía, Abel cayó sin poder evitarlo… No: su cuerpo quedó colgando en el aire. Su brazo, estirado hacia arriba, había agarrado la cortina que entraba en el balcón.
Había escondido una cuerda de salvamento bajo la mano que apoyaba en la barandilla: él mismo había hecho caer la plataforma a propósito.
Quizá, si el rival hubiera sido un soldado raso, la treta habría servido para arrastrarlo al derrumbe, hacerlo caer al piso de abajo y acabar con él de una vez.
Pero su rival era de lo más fuerte del Imperio, una de los Nueve Generales Divinos, y ni más ni menos que la “Segunda”.
—¡¿Piensas que esto es un juego…?!
Aferrado a la cuerda y balanceándose como un péndulo, Abel recibió el ataque de Arakiya, que le mostraba los colmillos.
Por culpa de la artimaña de Abel, Arakiya se había quedado sin plataforma donde aterrizar. Pero su fuerte era precisamente ese: además de un cuerpo de capacidades sobrehumanas, poseía poderes anómalos igualmente sobrehumanos.
Sus pies parecieron ondular como un espejismo de calor y, al instante, de las rodillas para abajo ardieron de golpe. Convertidas en llamas, sus piernas corrigieron la postura en el aire, como una máquina de combate que escupía propulsores.
El fuego que abrasó a Mizelda, el tornado que dispersó al grupo, el suelo deformado que sujetó una columna al caer, el vendaval que desarmó a Rem y, por último, una parte de su propio cuerpo convertida en llamas.
La variedad y la amenaza de los poderes anómalos de Arakiya no tenían fondo a la vista.
—¡Excelencia, muere…!
Incapaz de sostenerse por sí mismo, Abel daba vueltas y vueltas sobre sí mismo; hacia él apuntó una rama de la que era imposible calcular la potencia que escondía.
No se sabía si lo ensartaría, si desataría magia o si provocaría cualquier otro efecto sobrenatural distinto. No se sabía, pero cualquiera de las opciones dejaría a Abel hecho pedazos.
Solo esa certeza hizo que las pupilas de los ojos negros de Subaru se contrajeran de impaciencia y tensión.
Y sin embargo…
—Vaya, eso estuvo cerca, hermano. Hasta que te oí la voz hace un momento, ni yo mismo me había dado cuenta de que eras tú.
En ese instante, una figura se interpuso entre una Arakiya sobrecogedora y el Abel suspendido en el aire.
La figura corrió por encima de las columnas clavadas en el suelo, convertido en caramelo, y descargó un golpe sobre la rama que se lanzaba al ataque. El tajo de la Guadaña Azul, de hoja ancha, frenó en seco el ímpetu de la embestida de Arakiya.
Con el ataque interrumpido, Arakiya se mordió los labios y sus piernas en llamas aumentaron la potencia y ganaron altura. Por su parte, quien había detenido sin esfuerzo aquella embestida lanzada con todo el cuerpo aterrizó y pataleó en el suelo: “¡Daaa!”.
—Mierda, ¡cómo duele el brazo! No me devuelvas con esa facilidad un golpe que puse con toda el alma, me hundes la moral.
Sacudiendo el brazo con que había barrido el golpe, una queja puso el punto final a toda la serie de acontecimientos.
Unas palabras que no encajaban con nada, pero Subaru, sin voz, no podía detenerse en ellas. Solo acertaba a perder el habla y abrir los ojos como platos ante aquel personaje que escapaba por completo a cualquier imaginación.
La cabeza cubierta por un yelmo negro azabache y, del cuello hacia abajo, un atuendo de bandolero: el aspecto de un salteador o de un forajido. Sumado a que le faltaba el brazo izquierdo, era una figura imposible de olvidar.

Un hombre conocido. Alguien con quien uno debía haber contado: si Priscilla estaba allí, él tenía que estar también.
Y ese alguien era…
—¿Al?
—¡Hola, hermano! Cruzarnos justo al otro lado de la frontera… vaya encuentro tan increíble, ¿eh?
Sí: Al, el sirviente de Priscilla, candidata de la Selección Real, que lo soltaba con un tono ligero fuera de lugar.
Un reencuentro imposible en tierra extranjera con un compatriota al que había conocido en otro mundo.
2
—Al, tú… ¿cómo…?
—Un momento, hermano, alto ahí. Yo también me muero de ganas de charlar contigo sobre la moda de cada uno, pero ahora no es el mejor momento.
Al respondió a Subaru con la cabeza ladeada y un tono despreocupado. Contestaba como siempre; y sin embargo, acababa de cruzar un choque con Arakiya y en ese mismo instante se estaba empleando a fondo para contenerla, mientras ella seguía flotando en el aire.
Era la primera vez que veía pelear a Al, y que tuviera brazo para plantarle cara a Arakiya…
—Ah, sí, puedes sorprenderte. Que no me salió a la primera, ¿eh?
—¡Apártense! ¡Así no puedo matar a Su Excelencia!
—He venido expresamente a estorbar. ¿Y crees que me voy a apartar? Aunque, ahora que lo veo…
Arakiya tenía el rostro desfigurado por la furia, y Al la observaba de frente, sin ningún miramiento.
La piel morena de Arakiya, apenas cubierta por un mínimo de tela; y aun así, la mirada con que Al contemplaba aquel derroche de carne no tenía nada de lascivo. Lo que había en ella era una suerte de extraña emoción, algo parecido a la nostalgia.
—Aah… mira que has crecido bien. Yo ya sabía que ibas a ser una belleza.
—…¿Quién eres?
—Que me hables así me hiere de verdad, ¿sabes? Y eso que somos de los que se han confiado la vida mutuamente, ¡ea!
Ante aquella llamada de Al, que sonaba a viejos conocidos, Arakiya frunció el ceño y dejó flotando un signo de interrogación. Y hacia su cuerpo menudo, Al pateó un pedazo del suelo para contenerla y tomó distancia.
Tras observar el trabajo de Al, Priscilla lo llamó con un breve “Al”.
—Ya sabes cuál era mi deseo al traerte a ti y no a Schult. Ponte a trabajar.
—¡Que ya lo estoy haciendo! ¿Es que te parece que estoy jugando alegremente con la muchachita? Si me descuido, en diez segundos me dejan hecho trizas, ¡¿eh?!
—Por lo que se ve, tampoco estás muy distinto de ahora.
—¡Hombre, algo mejor que hecho trizas estaré, ¿no?! ¡¿U-uoaá?!
Al, a quien los despiadados ánimos de su señora le rompieron la concentración, estuvo a punto de morir de un golpe de Arakiya.
Arakiya, que se movía por el aire, daba vueltas con más libertad que un pájaro, y Al, con el desespero pintado en el cuerpo, fue rechazando uno tras otro los golpes de rama que ella lanzaba sin pausa.
—Estorbas…
—Que una muchacha en la flor de la edad me diga eso le duele de verdad a este viejo, ¿eh?
Abel, colgado en el aire, y Al, que seguía protegiéndolo.
Mirándolos a ambos desde arriba, con los ojos encendidos de furia, un ánimo de combate le brotaba por todo el cuerpo a Arakiya. Y aun así, la razón por la que no lanzaba el devastador ataque en área que había mostrado al principio era…
—Priscilla…
Princesa: así llamaba Arakiya a Priscilla.
Priscilla no sentía apego alguno. Arakiya, en cambio, sí. Por eso no puede usar un ataque en área.
Así pues, si alguien podía mover aquella situación, no podía ser nadie más que Priscilla.
—No me mires con esos ojos de súplica, necio. Esa belleza postiza tuya hasta podría elogiarla, pero si pretendes con ella moverme, eso ya sería irreverencia de las gordas.
—Ugh…
Ante el Subaru que se giró sin levantarse del suelo, Priscilla se mostró altiva e inaccesible.
Subaru se quedó sin palabras ante esa respuesta. Pero fue ella quien se movió en su lugar.
—Se lo ruego. Por favor, préstenos su ayuda.
Era Rem, que hasta hacía un momento había estado protegida a la espalda de Subaru.
A Rem, que avanzó con los labios apretados y un paso a punto de ceder, Priscilla le soltó un resoplido por la nariz.
—Qué forma tan bien nacida de hablar. Comparada con el necio, aún se puede decir que sabes guardar las formas.
—Entonces…
—No te apresures. Y mira esto. Ya está todo dispuesto para que la situación se mueva.
Sin ofenderse por la súplica de Rem, Priscilla señaló el campo de batalla con un gesto de la barbilla.
Ante aquel gesto, Rem se volvió sobresaltada con un “¿eh?”, y Subaru, arrastrado por ella, miró hacia el mismo sitio.
—¡Da! ¡Ga! ¡Ao! ¡Goa! ¡Uboa!
Arakiya, dando giros en el aire con las piernas en llamas, lanzaba una y otra vez su táctica de golpear y retirarse contra Al; y la situación en que las vidas de Al y de Abel podían perderse en cuestión de segundos seguía su curso.
La defensa milagrosa de Al no podía durar para siempre y, al final, de un solo golpe la Guadaña Azul salió despedida con violencia.
Al, que perdió el equilibrio, quedó indefenso ante el siguiente ataque… y fue en ese instante.
—¡¿…?!
Cuando Arakiya intentó patear el aire, su cuerpo se tambaleó de forma antinatural y perdió el control.
Los ojos desorbitados por el asombro y el gemido ahogado eran la prueba de que aquello también había sido algo imprevisto para Arakiya.
Sin saber qué había ocurrido, todos —Arakiya incluida— contuvieron el aliento. Los únicos que no se sorprendieron fueron dos: Priscilla, que contemplaba la situación con aplomo, y el artífice de la trampa, metido en el torbellino del violento combate…
—¡Ahora!
—¡La explicación, para después, se lo ruego!
La señal que rasgó el aire con olor a quemado fue la voz que alzó Abel, colgado en el aire.
Al recibió la orden, recobró la Guadaña Azul con una postura torpe y saltó al aire. Sin más, descargó un golpe despiadado sobre la Arakiya que había perdido el equilibrio en pleno vuelo… No, sí que hubo piedad.
En un reflejo, giró la Guadaña Azul y el golpe salió con el lomo de la hoja.
—Necio.
Al ver esa artimaña de no matar, Priscilla lo dijo sin más, con brevedad.
Y aquella vista prodigiosa, que superaba la comprensión de cualquier mortal, presagió con exactitud lo que iba a ocurrir.
—¡Apártate…!
En el instante del choque, con el sonido sordo y la escena estremecedora, a Subaru le dieron ganas de apartar la mirada.
Arakiya recibió con el brazo izquierdo en alto el golpe que Al puso con todo el cuerpo, y el codo se le partió en dos. La sangre salpicaba y el hueso blanco asomaba por la piel del codo: un cuadro espantoso que, sin embargo, no era herida mortal.
Acto seguido, los pies en llamas de Arakiya atraparon el cuello de Al y, por el impacto, su cuerpo salió despedido fuera del balcón.
—¡¿Aaaah…!?
Un alarido torpe arrastró su estela y la figura de Al se borró de la vista.
Su suerte estaba por verse, pero con eso desapareció, ahora sí, el último obstáculo entre Abel y Arakiya. Arakiya devolvió a la normalidad sus piernas averiadas, apartándolas del fuego, y apoyó las plantas en el suelo.
Y sobre aquella espalda de Arakiya se lanzó, con furia, una sombra negra.
—¡Ooooh…!
Levantando escombros a su paso y con un rugido fiero, la sombra asaltó a Arakiya. Empuñaba un cuchillo grande con la hoja invertida y desató ataques brutales, tal como se lo dictaba su instinto de caza.
Sobrecogida por semejante ímpetu, tardó en reconocer quién era la sombra que la había emboscado…
—¡Señorita Mizelda!
—¡Aaaaah!
Sin responder a la voz que la llamaba, Mizelda rugió como si escupiera sangre.
Primera víctima del ataque con que Arakiya irrumpió en el ayuntamiento, Mizelda, con el cuerpo entero quemado y un aspecto desgarrador, seguía atacando como si quisiera consumir en ello su propia vida.
A diferencia de Al, en el trance final no mostraba piedad alguna por su presa. Viendo ese modo de pelear, Subaru comprendió, aunque tarde, que aquella orden de Abel —“¡Ahora!”— había sido para ella.
Abel había previsto el fallo de Arakiya y había alentado la lucha desesperada de una Mizelda al borde de la muerte.
¿Cuántas neuronas habría gastado en aquel cálculo prodigioso, en una situación que parecía repentina e irrecuperable? Subaru ni siquiera podía imaginárselo.
Pero aun así, faltaba un último paso.
—…
Arakiya apartó sin esfuerzo el ataque de Mizelda, que quemaba su vida al borde de la muerte, y contraatacó.
La punta de la rama que lanzaba atravesó con toda facilidad los abdominales curtidos de Mizelda.
Esta se revolvió sin miramientos dentro del cuerpo de Mizelda, destrozó de raíz sus órganos vitales y estuvo a punto de empujar aquel cuerpo de amazona, tan resistente, hacia la muerte…
—Con esto, por fin…
—¿Dónde estás mirando?
Fue en el instante en que Arakiya apartó la atención, creyendo haber eliminado al estorbo.
Con espuma de sangre en la comisura de los labios y los ojos encendidos, las dos manos de Mizelda agarraron el brazo de Arakiya. El derecho, el que sostenía la rama: lo aferró con una fuerza inmensa y le selló el movimiento.
Aquel instante de pausa que se abrió era, quizá, la última oportunidad.
Pero no había, entre los aliados —Subaru incluido—, ni una sola persona capaz de aprovechar ese instante creado por la astucia de Abel y la entrega de Mizelda.
Sin embargo…
—Alza bien alto el pecho, hija de Oni. Tu súplica es lo que ha atraído este tajo mío.
Pero eso valía entre aliados; la tercera fuerza era otra cosa.
—…
Priscilla, que había contemplado la batalla desde lo alto, acortó la distancia de un solo paso y apuntó a la espalda indefensa de Arakiya.
Por un instante, Arakiya percibió la presencia que se le acercaba por la espalda e intentó moverse para rechazarla. Pero no pudo. Al reconocer quién era, dejó de poder hacerlo.
—Princesa—
El destello carmesí de la espada alcanzó de lleno a Arakiya, que de principio a fin no había podido cortar su apego por Priscilla.
La sangre que brotó de su espalda se quemó en las llamas, y el cuerpo de Arakiya se tambaleó con violencia.
—Ya te lo advertí, Arakiya. Que para la próxima vez que nos veamos, tengas el corazón decidido.
Era una promesa sellada en el pasado, en la que nadie más tenía derecho a entrometerse.
Solo cabía entrever que esa promesa era la respuesta al golpe despiadado de Priscilla y, a la vez, la respuesta al apego que Arakiya no podía cortar.
Alcanzado por el golpe de la espada Yang, roja, el cuerpo de Arakiya se desplomó en el suelo.
Mizelda, que le agarraba el brazo y le sellaba el movimiento, cayó con ella. Las dos rodaron al suelo enredadas y quedaron con los brazos y las piernas sueltos, como muñecas a las que se les han cortado los hilos.
Después solo cayó un silencio que hacía parecer mentira el combate de un momento antes…
—¡Señorita Mizelda!
Como para romperlo, Rem alzó una voz tensa y se dirigió a Mizelda.
Avanzando a gatas, con paso vacilante, se acercó a Mizelda—caída sobre Arakiya— y, al ver aquel cuerpo cubierto de heridas por completo, contuvo el aliento.
A Mizelda la habían quemado de arriba abajo, la había barrido el vendaval y, encima, la habían atravesado en el abdomen.
Apretando los dientes ante aquel cúmulo de heridas, Rem, con la cara de quien está dispuesta a morir, pasó las manos sobre el cuerpo de Mizelda. Una luz tenue nació allí y la onda de curación se desbordó.
…¿Y desde cuándo recordaba cómo usar la magia de curación?
—¿Es momento de quedarse alelado? Échame una mano.
—Ah…
La voz de Abel llamó a Subaru, que se había quedado sin reacción ante lo que hizo Rem y no podía moverse.
Subaru sacudió la cabeza y corrió hacia el derruido exbalcón. Allí cruzó la mirada con Abel, que seguía colgado en el aire con cara de descaro.
—Veo que has sobrevivido. Tienes una suerte perra, ¿eh?
—…Y tú, por lo visto, todavía conservas bien afilada la lengua para el insulto.
Con el rostro torcido ante el Abel que no se callaba, Subaru agarró la cortina y tiró de él hacia arriba.
A decir verdad, si Subaru estaba hecho polvo, el Abel al que izaba tampoco se quedaba atrás. Le habrían dado ganas de soltar brazos y piernas y perder el conocimiento allí mismo, pero no era momento para decirlo.
—Y no solo la señorita Mizelda…
Arrastrados por la crueldad de Arakiya, había muchos heridos tendidos por el suelo.
En un entorno donde quien supiera usar magia de curación era un recurso escaso, la atención sin magia se volvía primordial. No había tiempo para quedarse tirado en el suelo. Si uno caía aquí, estaría aceptando que se perdiera lo que se perdiera.
Y eso no debía permitirlo jamás.
Así que…
—¡Sube, rápido…!
Apretando los dientes, tiró de la cortina y agarró la mano de Abel, ya a su alcance. Apoyándose en el tacto de aquel apretón que le devolvió, consiguió izar a duras penas al hombre más alto que él.
—Has cumplido. Te lo reconozco.
—Cállate…
Desestimando un elogio sin una gota de sinceridad, Subaru chasqueó la lengua, quedo.
Sin más, dispuesto a ir a atender a los demás heridos, levantó las caderas, que sentía pesadas como plomo…
—No te muevas por tu cuenta, necio. ¿A quién tomas por señor de este lugar?
El Subaru que cayó de posaderas al suelo y el Abel que estaba de rodillas cerraron la boca.
Quien los contuvo así, en calma, fue la mirada y la voz de la belleza escarlata, que alzaba su exuberante pecho con los brazos cruzados, como para hacer alarde de él: Priscilla.
Con ella ya se conocían de antes; no eran unos desconocidos.
Pero si alguien preguntaba si la relación era buena, dudaría antes de asentir. Y no solo porque en la Selección Real estuvieran en bandos opuestos: el carácter de Priscilla también tenía la culpa.
Priscilla, altanera con todo el mundo e incapaz de ceder, es una aliada formidable cuando se puede abordar la solución de un mismo problema; y cuando no, se convierte en una bomba impredecible.
En la batalla de la Ciudad de las Compuertas de Priestella fue una aliada de confianza. Ahora, en cambio, ¿cómo sería?
¿Acaso cabía tener por aliada a la mujer que les había echado una mano para repeler a Arakiya?
En cualquier caso…
—Me revienta, pero quien domina esta situación has de ser tú, Prisca Benedict.
En lugar de Subaru, que no podía ni moverse ni hablar, quien abrió la boca fue Abel.
Con una rodilla en el suelo, Abel llamó a Priscilla con otro nombre. Pero aquel nombre no era solo suyo: también Arakiya, antes de caer, lo había pronunciado.
Al oírse llamar así, la propia Priscilla soltó un breve bufido por la nariz, y dijo:
—Por desgracia, a Prisca Benedict la derrotaron en batalla y murió de la forma más lamentable. ¿Es que alguien que lleva tiempo bajo tierra puede hablar así, tan tranquilo?
—…Ya veo. Entonces, ¿quién eres, y con qué nombre te presentas?
—Priscilla Barielle. Ese es mi nombre. Grábalo bien, Vincent Abellux.
Respondiendo con entereza a la pregunta, las miradas de Priscilla y Abel se cruzaron.
Priscilla conocía el nombre de Abel, y Abel llamaba a Priscilla con otro nombre. Sintiendo con fuerza que entre ambos había una relación poco común, Subaru contuvo el aliento en silencio.
Y entonces, incorporando despacio el cuerpo que había quedado sentado en el suelo, clavó la mirada en Priscilla.
—Creo recordar que te ordené que no te movieras, ¿o no?
—Sí, lo oí. Pero vete a la mierda. Tengo cosas que hacer.
—¿Ah, sí? Vaya, qué bien ladras delante de mí.
El aire apestaba a quemado, y Subaru sintió que la mirada de Priscilla se cargaba de calor.
Pero no pensaba retroceder. Que la atención a los heridos se retrasara por andar midiendo el humor de Priscilla era inadmisible. Que por la mala relación entre dos personas hubiera muertes era algo que no podía pasar.
Dijera lo que dijera ella, Subaru…
—Priscilla, ¿cuántas veces has desenvainado la Espada Yang?
De pronto, fue el Abel de rodillas quien le lanzó esa pregunta a Priscilla.
Alzándose despacio, Abel miró fijamente a Priscilla. A decir verdad, a Subaru no le cabía en la cabeza la intención de aquella pregunta. La Espada Yang que Priscilla había sostenido: la espada roja y resplandeciente.
Ahora que había derrotado a Arakiya, la espada, que tenía al cielo por vaina, ya estaba guardada.
Por supuesto, en caso de necesidad, Priscilla la desenvainaría al instante, pero…
—¡Oiga, que me ayude alguien, el que sea! Es que ya estoy al límite, ¿eh?
Esa atmósfera quedó hecha trizas por una voz que llegó desde fuera del balcón derrumbado.
Era la voz de Al, a quien un golpe de Arakiya había lanzado por los aires hasta quedar enganchado en una de las Lámparas de Cristal montadas en el muro exterior del edificio. Su lastimosa llamada sacudía en vano una situación tan tensa.
Y entonces…
—Necio. Tú, súbelo. Con tanto escándalo se me quitan hasta las ganas.
—¿Eh…?
Al decirlo, Priscilla señaló con la barbilla el balcón destrozado.
Disipando de golpe la atmósfera tirante de hasta hacía un momento, Priscilla le ordenó aquello a Subaru, tan campante. Con los ojos como platos ante semejante vuelco, Subaru miró hacia Abel.
Y él, que había presenciado el mismo cambio de humor de Priscilla, suspiró y dijo:
—Mirarnos así no lleva a ninguna parte. Por lo pronto, haz lo que ella dice.
—…Está bien. Aunque no soy subordinado tuyo, que quede claro.
Subaru tenía sus reparos ante el capricho de Priscilla, pero no le convenía señalarlo y que ella acabara negándose.
Subaru le devolvió a Abel una réplica de compromiso y se puso en marcha para rescatar a Al.
—…
Dentro de su cabeza todo era un revoltijo: la suerte de Mizelda y de la gente Shudrak, lo que harían con Guaral de ahí en adelante, la relación entre Abel y Priscilla…
Apretando con fuerza los dientes para olvidarlo por el momento, se concentró en lo que tenía delante.
Igual que Rem, que se desvivía por salvar las vidas que tenía delante.
Y Subaru también, para acercar un poco más la realidad a esa Rendición sin Sangre que había imaginado.
3
El rescate de Al, enganchado en una de las lámparas exteriores del ayuntamiento, resultó más trabajoso de lo que parecía.
Y es que Al era de los que habían ofrendado uno de sus brazos al otro mundo. Subir a alguien colgado, con un manco como contraparte, limitaba bastante las opciones posibles.
—Así que muchas gracias, señorita Medium. Yo solo lo habría pasado fatal, de verdad.
—¡Nada, nada, ve! ¡Y perdón, que me quedé tendida justo en lo importante!
Quien lo dijo, riendo con ganas pese al atuendo hecho jirones, fue Medium.
En el rescate de Al, una tarea difícil para Subaru solo, contó con la fuerza de ella, que acababa de despertar. Gracias a eso Al salvó la vida: rodó con los brazos en cruz y celebró estar vivo con un “aaah”.
—¡Pero perdón, ¿eh?! Haberme quedado tendida en el momentito más importante sin poder ayudá’ en nada… ¡Ay, pilas, pilas, que tengo que ponerme las pilas!
—No, señorita Medium, tú no tienes ninguna culpa. No te disculpes.
Medium se disculpaba por no haber podido ayudar en el ataque de Arakiya. Pero eso tampoco tenía sentido: al fin y al cabo, a los hermanos solo los había arrastrado el desastre.
—Que no pudieras moverte fue por proteger al señor Flop y a Utakata… y a Ruy, ¿no?
Aunque con un pequeño reparo mordiéndole por dentro, Subaru elogió la actitud de Medium.
Cuando el tornado de Arakiya barrió el gran salón, Medium protegió al instante al Flop que tenía al lado y a los dos que llevaba sobre los hombros, Utakata y Ruy.
Y ella misma se reprochaba sin cesar que, a la sombra de aquel esfuerzo, un golpe en la cabeza la hubiera dejado sin poder moverse. Subaru pensaba que no debía atormentarse tanto; y ante él, ella soltó un “¡Nnn~!” y dijo:
—¡La próxima…! ¡La próxima no voy a mostrá’ un espectáculo tan lamentable, ve! ¡Mañana esperen mucho de mi manito y de mí, Natsumi-cita!
—…Que digas eso me da ánimo. Pero ya, ustedes dos no…
Subaru quiso continuar la frase, para decirle que no tenía por qué seguir acompañándolos.
Pero aquella frase a medio terminar la borró sin más el “¡Ah!” de ella, luminosa como el sol, con los ojos abiertos de par en par.
—¡Yo voy a ayudá’ a mi manito allá! ¡Con ese manito aguado que tengo, la tiene difícil!
—S-sí.
—¡Bueno, Natsumi-cita, hasta luego! ¡Y menos mal que el señor de la máscara no se cayó!
Agitando la mano de un lado a otro, Medium se alejó corriendo, sin poder quedarse quieta.
Y al verla ir a ayudar a su hermano y ponerse a atender a los heridos, la culpa de Subaru hacia los hermanos O'Connell no hacía sino crecer.
—…¿Algún día podré pagar del todo esta deuda?
—Qué jovencita tan grande y tan linda, ¿eh. No me extraña, hermano: hasta cruzando la frontera andas de flor en flor.
—Que no me suene de nada eso de “de flor en flor” me hace temblar. Que la señorita Medium es una gigantona linda, eso sí te lo concedo. Pero, más bien…
—¿Eh? ¿Y qué hay, hermano?
A Al, que hacía crujir los huesos del cuello mientras soltaba su socorrida broma, Subaru lo fulminó con el rabillo del ojo. Dentro había, como desquite, la bilis que no le había echado a Priscilla.
Pues claro: hasta ese momento, y sin fin, las preguntas de Subaru seguían aparcadas.
—No pongas esa cara. Vas a echar a perder el maquillaje y el peinado que te hiciste con tanto esfuerzo, ¿eh?
—Por desgracia, con el ajetreo de hace un rato, el maquillaje y el pelo ya estaban arruinados de por sí. La verdadera Natsumi Schwartz es mucho más linda, así que no te confundas.
—Natsumi Schwartz, ¿eh?
Al oír el seudónimo de quien lo fulminaba con la mirada, Al sonrió con un dejo enigmático.
Ante esa actitud de Al, que a Subaru le pareció extraña, él negó con la cabeza con un “no, no”.
—Solo admiraba lo bueno que es tu seudónimo. Y el disfraz de mujer te queda que ni pintado: hasta podrías cobrar por ello, ¿eh?
—No me tomes el pelo. Y para empezar, mi técnica de disfraz de mujer no la pienso usar para ganar dinero. Mejor respóndeme: ¿por qué tú y Priscilla están aquí… en el Imperio?
Por más que le diera vueltas, aquel encuentro era incomprensible: Subaru interrogó a Al con seriedad.
Toparse con esos dos, Priscilla y Al, en el Imperio era demasiado antinatural. Claro que, desde el punto de vista de ellos, de Subaru y los suyos se podría decir otro tanto.
—Eso me lo guardo para después. Las preguntas son para el que pregunta primero.
—Qué idea tan novedosa. Pero lo que de verdad quieres preguntarme, hermano, no es eso, ¿no?
—¿Qué dices?
—Por qué estamos la princesa y yo en el Imperio da igual. Tu verdadera pregunta es cómo volver… cómo regresar de este país tan peligroso y tan de temer a la casa en la que vivías a gusto. ¿Me equivoco o no?
Ante la contrapregunta, ahora fue Subaru quien se quedó mudo: le habían dado justo en el punto débil.
Un modo de volver al Reino de Lugunica: si eso era lo que Subaru más quería, no había palabras para negarlo. Las dudas sobre Al y los suyos, ante eso, eran poca cosa.
Llevar a Rem de vuelta y regresar junto a Emilia y los demás; comparado con ese gran objetivo…
—¿Y tú lo sabes, entonces? Cómo cruzar la frontera del Imperio y volver al Reino…
—No, lo siento. Después de haberte hecho ilusionar, es una jugarreta, pero no tengo ni idea.
—Tú…
—Espera, espera, ¡no te enojes! En realidad, la cosa es que salir del Imperio ahora es difícil. Entrar todavía pasa, pero salir se ha vuelto una hazaña de otro nivel. Así está la situación.
A Subaru, al que habían jugado con las emociones y se le estaba hinchando la bilis, Al le mostró la palma de la mano para pedirle una pausa.
Como siempre, un modo de hablar que no enseña lo que piensa.
—…¿También yo me veré así a los ojos de los demás? Si es así, tengo mucho que reflexionar.
—En fin…
—Que entrar se puede, pero salir no hay quien pueda. Aunque suene a adivinanza, ¿cuál es el fondo de eso?
—Oye, oye, eso ni hace falta decirlo, ¿no? Que hay alguien a quien no le conviene que, con el país abierto, se larguen tan fácil.
—…O sea que tú también sabes quién es Abel en realidad.
Al recibir la respuesta de Al, Subaru llegó por sí solo a esa conclusión.
Ya había oído antes que entrar y salir del Imperio de Vollachia era estricto, pero si ahora la restricción de salida se había endurecido en los términos que decía Al, la causa no era otra que la presencia de Abel… No: la de Vincent Vollachia, el emperador de Vollachia.
Un refuerzo de la vigilancia fronteriza para impedir que Abel, destronado y en fuga, se escapara a otro país.
Al final, el gran obstáculo para que Subaru y los demás volvieran al Reino: la altura de ese muro no había cambiado lo más mínimo.
—Al, ¿tú qué sabes? Si tienes mucha más información que nosotros…
—Ojo, hasta aquí llego: cremallera a la boca. No quiero soltar de más y que la princesa me regañe. Si tienes algo que preguntar, díselo a la princesa. Aunque, eso sí…
Y allí, cortando la frase como si se guardara algo, Al encogió los hombros ante el impaciente Subaru y siguió:
—Lo que no te garantizo es que la princesa vaya a contártelo, ¿eh?
4
—Volví vivo, princesa, ¿eh? ¿Y esa charla de ustedes cómo va?
—Poco o nada. A este paso, mejor espectáculo habrías dado tú colgado de la cuerda.
A Al, que preguntó por el avance en tono campechano, Priscilla le respondió aburrida, con la mejilla apoyada en la mano.
En la sala de reuniones del ayuntamiento estaban reunidos los rostros principales, Priscilla incluida.
El edificio había encajado un golpe durísimo en el ataque de Arakiya, pero por fortuna los cimientos, construidos con firmeza, seguían intactos: la mayor parte de las funciones del ayuntamiento, empezando por la sala de reuniones, continuaba viva.
En el centro de la sala se alzaba una mesa redonda bastante grande, con Abel y Priscilla en los dos extremos opuestos, uno delante y otro al fondo. Los demás participantes eran Zikr, el General de Segunda Clase que comandaba a los soldados imperiales de la ciudad, y su estratega, además de unas cuantas Shudrak encabezadas por Kuna.
—Oye, ¿así que estás bien, Natsumi?
—A ti, Kuna, qué bueno que despertaste. ¿Y las heridas?
—El corpachón de Holly sirvió de algo. La verdad, yo aquí también estoy incómoda y ya me quiero largar de una vez, pero…
Sentada a la fuerza en la mesa redonda, Kuna torció el gesto de desagrado al responder a Subaru.
Al leer la razón de esa cara, Subaru también bajó la vista sin querer. Que ella estuviera allí como representante de las Shudrak era porque nadie más podía cumplir ese papel.
Es decir, las dos: la jefa Mizelda y su hermana menor, Taritta.
—Taritta está descontrolada y no se despega de la jefa, y hacer hablar a Holly no sirve de nada. Así que, por favor, que a mí no me toque el turno…
—No, Kuna: tú te fijas bien en lo que te rodea y no te acaloras, así que creo que eres la indicada. …Aunque ahora, que no queda más que rezar por la vida de la señorita Mizelda, es muy frustrante, la verdad.
—…Pues sí.
Mizelda, herida de gravedad al borde de la muerte, y Taritta, que sollozaba por ello.
Preocupado por el cuerpo y el ánimo de las hermanas, Subaru hizo vagar la mirada buscando dónde sentarse en la sala. En teoría era el ideólogo de la operación para tomar Guaral, pero había llegado sin que quedara claro a qué bando pertenecía.
—Señorita Natsumi, si le resulta incómodo, ¿qué le parece sentarse a mi lado?
Y quien llamó al dubitativo Subaru y le acercó una silla fue Zikr, que se había puesto de pie con agilidad.
Zikr, de cuerpo bajo y rechoncho, sonrió con finura mirando a Subaru. Ante esa mirada, Subaru se señaló a sí mismo, que seguía disfrazado de mujer sin tiempo de cambiarse, y dijo:
—Eh, creo que ya se habrá dado cuenta, pero yo voy vestido de mujer, ¿sabe?
—Si usted finge ser mujer, yo vendría a estar fingiendo ser hombre. El modelo de hombre en el que yo creo es el que, aunque el otro se esté disfrazando, con una mujer se comporta como un caballero.
—E-este es el “amante de las mujeres”…
El “amante de las mujeres” como título de respeto, y no como insulto, era de otro nivel de conciencia.
Subaru, avergonzado de haberse disfrazado de mujer con tanta ligereza, se dejó mimar por la cortesía de Zikr y se sentó en la silla que este le acercó. Luego soltó un “disculpe” de rigor, y siguió:
—Allá arriba, gracias por protegerme. Gracias a usted, señor Zikr, me salvé de perder la vida.
—Nada, fue el cuerpo que se me movió solo. Al fin y al cabo, yo soy el “Cobarde”.
Ante el agradecimiento de Subaru, Zikr presumió de ser el “Cobarde” con cierto orgullo.
Y es que en aquel “General” del Imperio, Zikr Osman, estaba la prueba de que el emperador a quien juró lealtad se había acordado de él: de ahí, sin duda, su forma de ser inquebrantable.
Y el emperador a quien ese admirable Zikr dirigía su respeto, Abel, era…
—…que la Ciudad Fortaleza de Guaral ha caído y que Zikr Osman, General de Segunda Clase, comandante de las tropas acantonadas, se ha pasado a nuestro lado. A ello se suman las Shudrak de la Selva de Buddheim.
—Es muy poco. Hasta yo he oído hablar del arrojo de las Shudrak. Y aun así, para enfrentarse al Imperio, su capacidad de combate es harto insuficiente.
—Razonable. Priscilla, ¿y las fuerzas tuyas?
—A mis tropas privadas no las dejaron entrar en el Imperio. Fuera de eso, como fuerzas mías cabe contar al bufón del yelmo de hierro que tienes delante, al espadachín borrachín y al paje cuyo único mérito es ser lindo.
Priscilla y él, los dos, intercambiando su situación y su información, iban avanzando la conversación a paso firme.
Aquella conversación, en la que se percibía la inteligencia de cada uno, rechazaba en silencio cualquier intervención ajena. Pero Subaru se metió adrede en medio, con un “un momento”.
Lo habían traído y llevado hasta el cansancio. Y encima, que aquí también lo dejaran de lado: ni hablar.
—Vaya, necio. ¿Así que estabas aquí?
—¡Estoy, y aunque lo diga yo mismo, es un disparate que esta figura mía no te deje huella! Cuando Beako vio esto la última vez, tuvo pesadillas un buen rato, ¿eh?
—Si es un elogio sobre tu atuendo, ya te lo había regalado. ¿Acaso crees que por izar a Al con un trapo sucio mereces recompensa?
—¡Esas expectativas no las tengo! Bueno, sí, un poquito. Al menos, la expectativa de que me escuches aunque sea un poquito, esa sí.
Al Subaru que apoyó las manos en la mesa redonda y se inclinó hacia delante, Priscilla lo miró con los ojos entrecerrados.
Una mirada que parecía tasar su valor, pero Subaru no se amilanó. A diferencia de hacía un rato, allí estaban también Kuna y Zikr. Aunque, dicho así, sonara a rompeolas de lo más lastimoso.
—En fin, ¿y por qué estás tú aquí como si nada? A Al no hay forma de sacarle nada en claro. Quiero oírlo de tu propia boca.
—Qué pregunta tan molesta. Pues para hablar con ese hombre de ahí, Vincent Abellux.
Alzando la barbilla, Priscilla señaló a Abel, sentado enfrente, y respondió como si nada. Subaru captaba de reojo a Abel con los brazos cruzados; ante esa respuesta, dijo:
—¿Para hablar con Abel…? Pero ¿cómo supiste dónde estaba?
—En el Trono Imperial de la Capital Imperial de Lupugana hay un mecanismo para transferir al emperador. Si se tiene la capacidad de percibir un golpe de Estado, uno escapa por ese mecanismo hacia las tierras del este. La tumba donde, generación tras generación, se entierra a los emperadores.
—¿La tumba de los emperadores?
—Es el mecanismo que transfiere a ese lugar. ¿No es así, Vincent…? No, por lo visto ahora conviene más llamarte Abel.
Desviando la punta de la conversación de Subaru hacia Abel, Priscilla avivó más rojo el fuego de sus ojos.
Ante esa mirada abrasadora, Abel exhaló un suspiro y asintió con un “así es”.
—Llámame Abel. Al menos yo, al que le arrebataron el Trono Imperial, no tengo derecho a llamarme emperador.
—Modestia, pundonor, candidez… En cualquier caso, qué manera tan blanda de pensar. Entre tanto sentarte en el Trono Imperial, parece que se te olvidó cómo ponerte de pie.
—Vaya, así que a la cara me dices que se me olvidó cómo levantarme.
Ante la burla despiadada de Priscilla, hasta el aplomado Abel dejó ver un aire tirante.
En un instante, las miradas de ambos chocaron cargadas de calor, y hasta el aire de la sala de reuniones olía a quemado. Parecía inevitable que la conversación se rompiera allí mismo y saltaran chispas…
—Tranquilos, tranquilos, los dos. ¿De qué sirve pelearse?
Un comentario audaz, lanzado al barril de pólvora a punto de estallar con la desenvoltura de quien entra fumando un cigarrillo. Al, riéndose con sorna, apoyó el codo en el respaldo de la silla de Priscilla y se recostó, y siguió:
—Aunque no lo parezca, la princesa también tiene su lado tierno, ¿eh? Hizo volar al Dragón Volador a toda velocidad para llegar a Guaral, con el ímpetu de arrasarlo todo. Tan impaciente estaba por ver ese conmovedor reencuentro que… ¡¿Uy?!
—Necedades.
Al, que intentaba salir en defensa de la humanidad de Priscilla, se encontró con que su señora, sin recoger ni un ápice de aquel sentimiento, le clavó el abanico en el estómago con una fuerza brutal.
Con un alarido involuntario, el cuerpo de Al se dobló en forma de “U” y cayó de rodillas.
—Ponerte a hablar en mi nombre es una presunción de lo más exagerada. ¿Desde cuándo te has vuelto tan grande? Aunque seas un bufón, no te salgas de tu lugar.
—Q-que se te dispare la mecha es la mejor prueba de que sí… Pero que viniste a salvarlo es verdad, ¿no?
Entrecerrando los ojos escarlatas, Priscilla dejó a la vista su mal humor ante las palabras de Al.
Pero que no lo negara con palabras claras era prueba de que Al había dado en el blanco.
—¿Que Priscilla vino a salvar a Abel…?
Le resultaba tan difícil de aceptar que Subaru no lograba quitarse aquella sensación extraña.
Por supuesto, mirando solo el resultado y las acciones, era innegable que Priscilla había ayudado a Abel y a los suyos. Pero la imagen que Subaru tenía de ella se lo impedía aceptar.
Que pueda abatir a un enemigo que le desagrada, pase; pero que luche para proteger a alguien, ¿realmente cabe en la lógica de una persona como Priscilla Barielle?
—Tienes ojos de estar pensando algo desagradable. ¿Quieres que te los saque, necio?
—No, ni de broma. Eso no lo diría alguien que se dedica a ayudar a la gente.
—En cualquier caso, has entendido que yo usaría el mecanismo del Trono para saltar a las tierras del este. Entonces, ¿también cabe suponer que me uniría a las Shudrak y vendría a la ciudad?
—…¿Cabe…?
Que Priscilla tuviera una capacidad de percepción fuera de lo humano, Subaru lo aceptaba; pero las circunstancias que Abel había tragado con tanta facilidad le costaban más.
Cierto es que los hechos que le habían dado parecían respaldar esa suposición.
—No te metas, hermano. Los listos ya se han convencido. Si lo dejamos zanjado aquí, nos evitamos peleas que no hacen falta, ¿no?
—¿Y a ti te parece bien eso…?
—Bien o mal, no queda otra que tragárselo. Si nos ponemos a pelear, el que sale perdiendo es tu bando, ¿no? …Y al fin y al cabo, los que ganamos somos la princesa y yo.
Al, que lo afirmó así, en voz baja y sin levantarse de las rodillas, sorprendió un poco a Subaru.
A decir verdad, que Al asegurara que ellos iban a ganar le resultó inesperado a Subaru. En el fondo, Al no era de los presuntuosos: más bien tenía la costumbre de trazar una línea conveniente entre él y los demás.
De hecho, los caballeros de las demás candidatas de la Selección Real eran todos nombres de peso y fuerzas de renombre… Como para volverse engreídos en medio de ellos, ni Subaru ni Al eran personas especiales.
Esa clase de empatía era lo que Subaru sentía por Al.
Y por eso mismo, que él lo afirmara aquí con tanta seguridad resultó inesperado para Subaru.
Frívolo y risueño, parecía que nada había cambiado en él; pero también en él había cambios: los que le habían traído su relación de señor y sirvienta con Priscilla, y los días de lucha de la Selección Real que esa relación arrastraba.
—Bueno, eso sí: yo puedo ir de sobrado solo con rivales contra los que, aunque sea una entre un millón, existe alguna posibilidad de ganar. En ese punto, una jovencita de la clase de Arakiya era peligrosa. No le veía ninguna posibilidad de ganar.
—…Pues claro, los Nueve Generales Divinos son el equipo más fuerte del Imperio, ¿no? En el Reino de Lugunica serían como Reinhard o Julius.
Si se eligieran a los miembros más fuertes del Reino de Lugunica, Reinhard y Julius entrarían sin duda. Y quizá también Roswaal, el Principal Mago de la Corte.
A Subaru le habría gustado añadir ahí a Wilhelm y a Garfiel, reunir a un equipo ALL-STAR y presentarse así ante los Nueve Generales Divinos.
—No, no va por ahí la cosa. Además, por mucho que sean los Nueve Generales Divinos, que haya alguien como Reinhard es mucho decir…
—Por desgracia, no es para tanto.
—¿Cómo?
A Subaru, que intentaba medir la fuerza de los Nueve Generales Divinos como el rival al que más debía vigilar, Abel le soltó una frase que parecía increíble.
¿Acaso acababa de decir que existía alguien comparable a Reinhard?
—¿Así que hay más personajes BUG como Reinhard por ahí?
—No conozco esa palabra, pero si lo que quieres decir es que hay de su talla, cabe asentir. Entre los Nueve Generales Divinos, por encima de Arakiya está el “Primero”. Y esa es…
—El “Primero” de los Nueve Generales Divinos es…
—Cecilus Segmunt.
Al lado del Subaru boquiabierto, fue Zikr quien lo pronunció en voz baja.
Que aquel era un nombre de persona y, encima, el nombre de ese “Primero” del que hablaban, también lo comprendió Subaru. Que la persona de ese nombre era lo más poderoso del Imperio, el personaje BUG del que Vollachia se ufana…
—Es un espadachín de élite al que llaman el “Relámpago Azul de Vollachia”. Una figura que se menciona a la par del “Santo de la Espada” de Lugunica, el “Admirador” de Kararagi y el “Príncipe Loco” de Gusteko.
—Eh… ese apodo juraría que lo he oído antes… Entonces, ¿va en serio?
—Si te pones en su contra, la cabeza te vuela en un santiamén. Así es ese hombre.
Ante la pregunta de Subaru, que tenía las mejillas tensas, Abel, con los brazos cruzados, asintió.
En aquella mesa no había razón para que Abel o Zikr soltaran mentiras ni bromas; es decir, lo que había oído eran, sin más, hechos.
El hombre más poderoso del Imperio, de una fuerza equiparable a la de Reinhard: Cecilus Segmunt.
Un espadachín de élite cuya sola mención deja una impresión de peligro que no se borra: ¿qué clase de tipo tan rudo y feroz sería? Y a Subaru se le heló la espalda.
—…Pero, pensándolo bien, hay algo. Que hayamos podido tumbar aquí a la jovencita Arakiya, la de la posición de la “Segunda”, también fue una buena cosecha nuestra.
—Al…
Al contrario que Subaru y los demás, a quienes se les venía el ánimo abajo, Al lo soltó con voz alegre.
Era una opinión de lo más optimista, pero también era cierto que no apetecía subirse a ella sin más. Aun así, recogiendo el ánimo de Al, Subaru soltó un suspiro con un “sí, es verdad”.
En efecto, Subaru y los demás habían conseguido hacerse con la ciudad con las pérdidas reducidas al mínimo.
Estando aislados y sin nadie, aunque no se pudiera decir con claridad si eran enemigos o aliados, habían podido sumar incluso un refuerzo como Priscilla y Al.
A las Shudrak heridas, seguro que Rem se esmera en tratarlas. Mizelda también volverá al frente y seguro que vuelve a soltarles esa teoría universal del galán que te deja sin fuerzas.
Así que…
—Como dice Al, haber tumbado a uno de los Nueve Generales Divinos… y encima a una figura de peso, es enorme. Si es un cargo de esos que en el Imperio se cuentan desde arriba, seguro que ella también tiene información de su bando, ¿no?
—¡Ah, eso es verdad! ¡Qué agudo, hermano! En plena guerra, la información vale más que las pepitas de oro. Total, la capturamos viva. ¡Hagámosla hablar!
—Eso es. Alguna buena pista…
Subaru se esforzaba por levantar el ánimo, y Al le seguía la corriente. Y con ese tono, la conversación empezaba a encaminarse hacia sacarle información a Arakiya, capturada con vida.
—Espera, Subaru y Máscara de Hierro. A eso yo me opongo.
Pero ahí fue donde entró el “un momento” de Kuna, que participaba como representante de las Shudrak.
Ante Subaru y Al, que se volvieron al oírla, Kuna, acariciándose el pelo teñido de verde, dijo:
—Esa mujer es peligrosa. Si le dejas un hueco, no se sabe de qué es capaz. Matarla ya, de una vez, es sin duda lo mejor.
—Eso… lo entiendo, pero me parece demasiado a la ligera, ¿no? Matarla, así sin más…
—A la jefa le hicieron eso. Por más que digas tú, Subaru, ni yo ni los demás vamos a quedar tranquilos hasta que la ajusticien.
Fulminando con la mirada al Subaru que insistía, Kuna sacó a relucir abiertamente la ejecución de Arakiya.
Si le señalaban el estado de Mizelda, a Subaru no le quedaba más que cerrar la boca. La vida de ella la habían puesto en manos de Rem; pero aunque las heridas sanen, el daño ya hecho no se borra.
Y si las Shudrak no pueden perdonarlo, a Arakiya le tocará pagarlo, seguramente.
—…
Buscando la respuesta para Kuna, Subaru echó un vistazo hacia Priscilla.
Pretendía comprobar qué reacción mostraría Priscilla —de la que se había intuido una relación recóndita con Arakiya— ante Kuna, que reclamaba ejecutarla.
Pero…
—Ya he decidido mi postura hacia Arakiya. Además, quien le cortó la espalda fui yo. ¿Que esos ojos negros que tienes en la cara son de adorno?
—Uf…
—Por Arakiya no pienso gastar ni una palabra. Si su destino se acaba aquí, ese será también el camino de Arakiya. Aunque me deje un mal regusto.
—…A ti no te entiendo nada.
A Priscilla, que hablaba con toda la calma mientras pesaba en la balanza la vida de Arakiya, Subaru le negó con la cabeza.
A juzgar por el final, parecía una relación tensa; pero a juzgar por la actitud de Arakiya, también debió de haber sido cercana. Y aun así, la actitud de Priscilla era de un corte brutal.
Para Subaru, que era un extraño, la relación entre ambas era indescifrable.
—Pero si muere, se acaba todo. Y la vida no vuelve, eso es así.
—¿A mí me vas a predicar el valor de la vida? ¿Acaso crees que yo podría equivocarme al medir el valor de una vida ajena?
—…Tú tampoco eres omnipotente. Equivocarte también te pasa, ¿no?
Mirando a Priscilla de frente, Subaru respondió casi sin dejar pasar un instante.
En el momento de decirlo, el aire de la sala se puso tenso.
Vio que Kuna y Zikr contuvieron la respiración y que Al se llevó la mano a la frente del yelmo. Y el propio Subaru era consciente de que, llevado por el impulso, había dicho algo que no debía.
Era el patrón de darse cuenta, ya dicha la frase, de que con ella podía ganarse la antipatía de Priscilla y hasta perder la vida.
Al instante siguiente, bien podía ser decapitado por aquella espada Yang, roja y radiante.
Y aun así…
—Yo no me equivoco. Y tú también te equivocas, seguro.
Otra vez, Subaru repitió la frase que podía costarle la vida.
En un abrir y cerrar de ojos, Priscilla entrecerró los párpados, y Subaru tuvo la visión de la llegada de un calor abrasador que castigaría su ligereza: la espada Yang, roja y radiante, degollando al insolente. La “muerte” sin piedad que…
—Así que hasta yo me equivoco, ¿eh? Qué fastidio.
No se descargó.
—¿Eh…?
Ante esa “muerte” que daba por segura y que pasó de largo, a Subaru se le escapó un suspiro ronco.
Tras echarle a ese Subaru un solo vistazo, Priscilla abrió el abanico con un chasquido y llevó la mirada más allá de Subaru, hacia Kuna.
—Antes de cortarle el cuello, bien está buscarle un uso.
—¡¿Que vas a venir a mandonearnos? Y tú, que ni siquiera eres de los nuestros!
—Si puedes ignorarme, inténtalo.
La mirada de Priscilla, que había retirado su opinión, recorrió el cuerpo menudo de Kuna como queriendo quemarlo.
Abrazándose a sí misma sin querer, Kuna terminó por demostrar por su cuenta la presión que transmitía esa mirada. Una lástima, pero entre Priscilla y Kuna había actores de distinto calibre.
Como avergonzada de sí misma por haberse encogido, Kuna se mordió los labios, y Priscilla soltó un bufido por la nariz.
—La verdad, qué sudores fríos pasé. Pero así quedó zanjado el asunto.
Y, como para rasgar la atmósfera tensa, Al golpeó con fuerza la mesa redonda con la mano, arrancando un golpe seco.
Tras atraer así la atención de todos, le lanzó una mirada a Subaru por encima del yelmo de hierro, y siguió:
—Que el hermano no haya muerto ya es para celebrarlo; y que el mundo no se haya visto privado sin piedad de una jovencita linda y sensual también es una buena noticia. Así que, cuando la chiquilla despierte, lo que toca es platicar…
—¡Esto es terrible~!
Fue justo cuando Al, entre cháchara sin sustancia, intentaba zanjar el destino de Arakiya.
Quien se coló en la sala de reuniones con pasos apresurados y una voz aterrada fue Holly, que metió su gran cuerpo por la entrada.
Recogiendo la atención de todos, ella, con el cuerpo y la respiración desbocados, dijo:
—¡Un par de soldados imperiales se metieron a la fuerza y dejaron escapar a la de los Nueve Generales Divinos que teníamos capturada~!