Interludio - Los que Tienen y los que no Tienen
Interludio
Los que Tienen y los que no Tienen
1
“Mientras uno está vivo, siempre hay ocasión de limpiar su vergüenza. Pero muerto, se acabó. Por eso yo me voy: a una batalla sin probabilidades de ganar, no me subo.”
En esas palabras no había mentira.
Lanzarse a una batalla con pocas probabilidades de victoria es una insensatez que solo comete el más inconcebible de los tontos.
No se le pasaba por la cabeza creerse inteligente; pero, precisamente por no serlo, debía juzgar con cautela. A la conclusión que un sabio alcanza en un instante, un tonto llega tras mucho tiempo y a su manera.
Así peleaba quien no tenía nada, y Todd Fang lo sabía.
A una batalla sin probabilidades de ganar no se subía. Y, sin embargo, dicho a la inversa…
—…viene a significar que sí se sube a las que tienen probabilidades de ganar.
Se llevó el puño cerrado frente al ojo derecho y miró a lo lejos por la rendija que dejaba.
Estrechar el campo de visión para ver más lejos: un método primitivo. Todd tenía buen alcance con solo entornar los ojos, pero ni así lograba ver el interior del ayuntamiento, sumido en el caos.
Y eso que, a esas alturas, el lugar tenía ya bastante más ventilación.
—¡Oye, al ayuntamiento le falta el techo! ¡¿Qué está pasando?!
Justo al lado, su feroz compañero no sabía qué hacer con las ganas que le sobraban y armaba un escándalo.
Cuando el ruido le rompía la concentración, bastaba un gesto de la mano para callarlo. Y se callaba. Era más dócil de lo que parecía.
—No debería haber duda de que uno de los Nueve Generales Divinos ha entrado en la ciudad.
De lo contrario, no tendría sentido haber permanecido en una ciudad fortaleza caída en manos del enemigo.
Como ya se ha dicho, en el momento en que el enemigo se apoderó del ayuntamiento con una artimaña, Todd ya pensaba abandonar la ciudad y huir. Y no tenía la menor intención de acatar la rendición con buenos modales ni de deponer las armas.
Para empezar, mientras el cerebro del enemigo fuera aquel hijo predilecto de la guerra—el que se hacía llamar Natsumi Schwartz—, elementos peligrosos como Todd o Jamal serían los primeros en ser eliminados.
Ejecutar por mano propia a los prisioneros rendidos se evitaba incluso en Vollachia, pero él inventaría cualquier pretexto para hacerlo con ellos. Por eso su primera elección fue la huida.
Si había dado marcha atrás y se había quedado, era porque había confirmado la presencia del “refuerzo” aparecido en la ciudad.
—No me equivoco: es la mujer que vi en la campaña de hace dos años… Arakiya, la General de Primera Clase, la “Segunda”.
Al ver a la mujer de ropas ligeras que había salvado sin esfuerzo la puerta principal cerrada y se había colado en la ciudad como si tal cosa, Jamal lo afirmó, resoplando por la nariz.
Era un hombre que parecía caminar con el instinto salvaje puesto: ni por fuerza como ser vivo ni por esa naturaleza de macho capaz de distinguir a las hembras olvidaría a quien le hubiera tocado la fibra.
Es decir: uno de los Nueve Generales Divinos, los más fuertes del Imperio, había aparecido para sofocar la rebelión. Sin duda, esa era la “probabilidad de ganar” que Todd había dado por perdida.
—Una probabilidad de ganar que bien merece dudar entre subirse o dejarla pasar.
No hacía falta, ni mucho menos, coordinarse con los Nueve Generales Divinos.
Bastaba con serle a la General más útil de lo que podían serlo los soldados del ayuntamiento, reducidos y sin nada que hacer. Si se encargaba de capturar e interrogar al enemigo y, de forma natural, se hacía con el mando, ganaría su aprecio.
Podrían ascenderlo, y quizá se le abriera pronto el camino de vuelta a la Capital Imperial.
—Bien, volvemos, Jamal. Nosotros también ayudaremos a retomar el ayuntamiento.
—¿Ah? ¡Ah, así que sí! ¡Jua, ja, ja, eso está bien! Huir no va con mi carácter, y tenía un picor por todo el cuerpo. ¡No voy a dejar que la General se lleve todo el mérito!
—No digas tonterías. Los que vamos a vivir de las sobras de la General somos nosotros.
Jamal se alegraba del giro que los devolvía al lugar de la muerte; Todd suspiró al verlo y, de vuelta en la ciudad, observó el ayuntamiento desde lejos para calcular el mejor momento de ofrecerse.
Fiel hasta el final a su propia convicción, con toda la cautela del mundo, y entonces…
—Mátalo, Arakiya.
El último piso del ayuntamiento, arrasado por un viento de tempestad, y la silueta apenas visible de la General pisoteando cuanto había.
A lo lejos se distinguía a la “Segunda”, de cabello plateado y piel morena, blandiendo una rama que parecía recogida del suelo y arrasando como si dominara las leyes del mundo.
Shudrak y soldados imperiales por igual yacían tendidos en el gran salón devastado.
En semejante situación, quien se interpuso ante Arakiya, con la muchacha de cabello azul a la espalda, no era otra que Natsumi Schwartz.
En el instante en que la vio, lo que pasó por la cabeza de Todd no fue nada tan indolente como “vaya estupidez, plantarse ante la General” o “con todo esto sigue vivo, qué admirable”.
Al contrario: con la guardia tensada al máximo, Todd gritó para sus adentros.
Acaba con ese hombre aquí y ahora, Arakiya.
En el peor de los casos, el mérito le daba igual. Lo que quería era la muerte segura de ese hombre.
Y, sin embargo…
—…Oye, oye, esto es broma.
Justo cuando concentraba la vista en la parte alta de su campo visual, decidido a no perderse el instante decisivo en que Arakiya matara a Natsumi, algo centelleó y, un instante después, su anhelo quedó hecho añicos.
Aquel resplandor rojo se metió entre Natsumi y Arakiya.
Se enfrentó a Arakiya con toda la majestuosidad y, como un poderoso absoluto, protegió a Natsumi a su espalda. En el instante en que lo vio, la balanza dentro de Todd se inclinó de golpe.
—¡¿Qué es eso que acaba de caer del cielo?! ¡¿Un dragón volador?! ¡¿De dónde salió ese dragón?!
—…
—¡Todd, qué hacemos! ¡¿No deberíamos apoyar a la General Arakiya?! ¡Oye, me estás escuchando…!
—Cállate, Jamal.
Jamal, que alzaba la voz ante el cambio de situación, contuvo el aliento ante aquella sola palabra.
Sin mirar a Jamal, Todd no apartaba los ojos de la escena del ayuntamiento. La mujer del vestido carmesí que acababa de aparecer encaraba a Arakiya de frente.
Lo entendió de un vistazo: aquella mujer también pertenecía a los “que tienen”, a tanta distancia de la gente común.
Y sintió con crudeza que Natsumi, que había salvado el pellejo en una situación que parecía sin salida, también era de los “que tienen”, de una forma distinta a la fuerza de combate o la agilidad.
—¡Todd…!
—No te muevas, Jamal. Aunque te muevas, no sirve de nada.
La probabilidad de ganar que había creído tener se esfumó, y la situación no hizo sino empeorar ante los ojos de Todd.
Conocía la ira de Jamal, que se le acercaba paso a paso, pero salir ahora sería una muerte inútil.
Al fin y al cabo…
—…es que la General Arakiya acaba de caer en este mismo instante.
Arakiya recibió en la espalda la hoja de la mujer carmesí y cayó sin poder hacer nada.
La balanza que se había inclinado quedó rota, y ya jamás volvería a inclinarse hacia el otro lado.
2
—…
Arakiya cayó y el asunto del ayuntamiento llegó a su fin.
Esta vez sí, sin dejar resquicio: la Ciudad Fortaleza de Guaral había caído por completo en manos del enemigo.
Ya no había forma de remontar. La balanza se había inclinado del todo; solo quedaba decidir cómo liquidar la derrota.
—Qué hacer, ¿eh?
A la sombra de un edificio, vigilando el desenlace del ayuntamiento, Todd cavilaba en silencio.
A decir verdad, la ira y la frustración le bullían por dentro, pero desahogarlas no servía de nada. Ya que la razón por la que había vuelto había desaparecido, lo más sensato debía de ser escabullirse sin más, y sin embargo…
—¡Oye, Todd…! Tú no pensarás largarte con el rabo entre las piernas, ¿verdad?
Cierto: no encontraba palabras para persuadir a Jamal, que tenía la vena hinchada en la frente.
Cuando la bandera del ayuntamiento fue quemada y la ciudad cayó, también le había costado Dios y ayuda convencerlo.
Aun así, en aquella ocasión era fácil guiar las emociones de Jamal: había logrado que envainara la espada que ya tenía fuera y que obedeciera, aunque fuera a regañadientes.
Pero esta vez, después de haberle hecho desenvainar de nuevo la hoja que ya había guardado, no sería igual. De hecho, si elegía mal las palabras, corría el peligro de que aquel filo desenvainado se volviera contra Todd.
Y si eso llegaba a pasar, por mucho que fuera Jamal, no habría razón para no matarlo. Era el hombre que iba a ser su cuñado. Si podía evitarlo, no quería matarlo.
Además, si no lo llevaba de vuelta sano y salvo, tampoco podría cumplir la promesa que le había hecho a su prometida.
—Probemos por ahí.
—¿Ah?
—…Entiendo lo que sientes. Pero cálmate. Con la General Arakiya derrotada, aunque entremos no tenemos probabilidades de ganar. ¿Vas a morir en vano y hacer llorar a tu hermana?
—…
Como medio para aplacar a Jamal, intentó persuadirlo escudándose en el amor fraternal.
Justo después de poner cara de solemnidad, deseando que surtiera efecto, un brazo se estiró con calma y lo agarró del cuello de la camisa. Y, acercándole la cara de golpe, Jamal el tuerto enseñó los colmillos.
—No te creas que porque me hables de Katya voy a echarme atrás cada vez. Ni lo sueñes.
—Ya veo… Qué lástima.
Moviendo la cabeza de un lado a otro con desgana, Todd le confesó una decepción bastante sincera.
No le importaría dejar que le pegara dos o tres veces si con eso Jamal se desahogaba, pero el Jamal que lo apartó de un empujón, chasqueando la lengua, no parecía tener esa intención.
No parecía necesario llegar a las manos, pero tampoco había manera de detenerlo.
Por suerte, la búsqueda de los pasadizos le había dejado bien trazada la geografía de la ciudad. Y ahora que Arakiya había armado ese alboroto, la fuga sería fácil. Jamal también, al parecer, daría un buen golpe y llamaría la atención.
—Jamal, lo siento, pero yo me voy. Decirlo no servirá de nada, pero es una muerte inútil. Aunque entremos, matarlos a todos no…
—¡Qué estúpido eres! ¡No voy a ponerme a hacer algo que ni se puede hacer! Yo voy a sacar de ahí a la General Arakiya.
—…¿Qué?
Aquella frase sentimental, dicha sabiendo que era inútil, le arrancó sin embargo una ocurrencia inesperada.
Todd se detuvo sin querer y se dio la vuelta; Jamal le miró la cara con un “¿qué?” de mal humor, y…
—No me digas que creías que yo iba a entrar con la idea de morir.
—Ah, pues sí, lo creía. Pensé que lo que querías era morir en vano.
—¡No digas estupideces! Sigo tus pequeñas maquinaciones, pero yo también tengo cabeza para pensar. Sé distinguir lo que puedo hacer de lo que no.
Con una salida que no podía ser más inesperada, Jamal sorprendió de verdad a Todd.
En la guerra había cosas dignas de verse, pero en todo lo demás era tan impulsivo y de tan malas costumbres que Todd había pensado que no se sabía para qué tenía cabeza.
—Si eres un cobarde pusilánime, no hay nada que hacer. Katya no tenía buen ojo para los hombres. Yo, aunque sea solo, voy a sacar a la General. Al fin y al cabo, era una mujer con buen culo.
—…Espera, yo también voy.
—¿Ah? Tú… o sea que con el culo de Katya no te…
—No tenía intención de acompañarte a un suicidio, pero si no es eso, la cosa cambia.
Sin hacer caso de aquella sospecha deshonrosa, Todd le tapó la boca a Jamal con la palma de la mano. Lo calló a la fuerza y, en su cabeza, fue armando el plan de acción acorde con la política que acababa de dar un giro.
En principio, llevar las cosas sin preparación no iba con el carácter de Todd. Pero, triste decirlo, a fuerza de obrar junto a Jamal, la experiencia de improvisar también había aumentado a su pesar.
Si Jamal iba a morir solo por retomar el ayuntamiento, lo habría dejado estar. Pero, si el objetivo era rescatar a Arakiya, la cosa cambiaba.
El ayuntamiento ya va poniendo orden en la situación.
A quienes había que vigilar era a Natsumi y a la mujer carmesí: actuar donde estuvieran ellas era un suicidio. Eso sí, tampoco el enemigo había podido poner fin a todo sin un rasguño.
Si aflojaban la tensión que mantenían, ahí habría un hueco por el que colarse.
—Entramos y armamos un escándalo. Y, aprovechando el hueco, rescatamos a la General…
—Se fue por el desagüe la admiración de hace un momento… Hay dos a los que vigilar. No se puede hacer nada donde estén esos dos. Bah, no te preocupes.
Mientras contenía al impaciente Jamal, Todd, que oteaba a lo lejos entre los dedos, relajó los labios. Se pasó la punta de la lengua por los blancos colmillos del fondo y sonrió con disimulo.
Al final de su mirada estaba Arakiya, a la que sacaban de allí al borde de la muerte.
Mientras no fuera un cadáver, había mil maneras de sacarla de ahí.
3
Era el edificio que les había servido de base. Colarse en el ayuntamiento fue coser y cantar.
Todd tenía por costumbre memorizar la geografía y los planos de cualquier sitio por el que pasara, aunque fuera una sola vez. Era de esa clase de persona incapaz de quedarse tranquila mucho tiempo en un lugar sin tener idea de las salidas ni de los escondrijos.
Por eso lo conocía a la perfección: dónde matar a un ser humano y esconderlo sin llamar la atención.
—Ugh.
Al infiltrarse en el interior del ayuntamiento, fue eliminando a los vigilantes que iba encontrando aquí y allá.
Los que hacían la ronda eran milicianos de la guardia ciudadana. Veletas que, tras colaborar en su día con el ejército imperial, en el momento en que la ciudad cayó se pusieron del lado de los agitadores—ya convertidos en todo un “ejército rebelde”—.
—Con ustedes no voy a tener piedad.
Jamal agarró con las dos manos el cuello del centinela y se lo retorció hasta troncharlo, y escupió la frase con hastío.
Jamal se enorgullecía de ser militar imperial más aún que de ser noble imperial. Su ira contra los milicianos que habían colaborado con el ejército rebelde que alzaba el arco contra ese Imperio, y que los había traicionado, era incalculable.
—Bueno, una idea que yo no comparto.
Mataba porque había que matar, y si no hacía falta matar, no mataba.
Un cambio de bando demasiado precipitado tampoco merecía reproche si solo era arrimarse al más fuerte para sobrevivir. Claro que, por un juicio errado, iban a pagar el precio con la vida.
Y así, los dos, Jamal y él, fueron avanzando mientras eliminaban a los centinelas que les estorbaban, hasta llegar al lugar objetivo.
En el sótano del ayuntamiento había calabozos, y existía la costumbre de encerrar allí a los reos que esperaban el fallo del alcalde de la ciudad en juicio. También cabía pensar que Arakiya, hecha prisionera, hubiera sido encerrada en esos calabozos.
—Ahí está. La General.
En el espacio subterráneo al que bajaron, varios calabozos se repartían a izquierda y derecha del vestíbulo. Estaban dispuestos de modo que, desde el frente, se metiera por orden a los reos de penas más leves; el más sólido de todos era el del fondo.
Y, como era de esperar, el calabozo del fondo, donde había sido metida Arakiya, estaba severamente custodiado.
Quien hacía guardia no era un miliciano, sino una mujer Shudrak de cabello teñido de amarillo. Una mujer corpulenta con una lanza en la mano; de un vistazo se veía que era de una destreza incomparable a la de esos milicianos.
—No se puede pasar sin enfrentarla. Aquí se acabó lo de colarse a hurtadillas.
—…Y a ti, ¿por qué te alegra tanto?
Ante un rival fuerte al que no podían rehuir, la alegría de Jamal resultaba incomprensible.
Seguramente pensaría que cuanto más peligroso, cuanta más sangre, mejor podría demostrar su lealtad al Imperio: una idea que Todd no compartía.
—Pues claro. ¡Luchar como un militar imperial y llevarse el mérito! Solo así puedo yo enorgullecerme de ser militar del Imperio.
—…Que le digan a uno casi exactamente lo que imaginaba, y que eso sorprenda, también tiene su gracia.
Un ser humano con semejante coherencia entre lo que dice y lo que hace era cosa rarísima.
Sin hacer caso a Jamal, que puso cara de disgusto ante la respuesta, Todd observó a la mujer que hacía guardia.
La mujer tenía el cuerpo grueso, y las manos y los pies protegidos por la carne correspondiente. Teniendo en cuenta la capacidad motriz de las Shudrak, puede que ni con el hacha de Todd bastara un solo golpe para cortarle una extremidad.
Por tanto, el objetivo era golpear la cabeza o cortar el cuello. Partirle la cara también era una opción, pero…
—…Para esto es para lo que sirvo yo, ¿no?
Dicho eso, Jamal salió adelante con una franqueza pasmosa y una sonrisa desafiante.
Todd dudó un instante si detenerlo, pero no dijo nada. En realidad, lanzar a Jamal por delante para atraer la atención era la primera baza de su plan improvisado.
Si se ahorraba ese paso y el propio Jamal tenía ganas, no había por qué quitarle las fuerzas.
—¡Mmm! ¡¿Quién eres~?!
—¿Hace falta responderte? Han mancillado al Lobo-Espada del Imperio de Vollachia. ¡No te creas que has ganado en un campo de batalla donde no estaba yo!
—¡Ha salido un tipo raro~!
La Shudrak vio a Jamal salir al vestíbulo y enarboló su gran lanza. Jamal, por su parte, desenvainó las dos espadas y se lanzó, con los ojos inyectados en sangre.
Jamal tenía muchos problemas de conducta, pero su destreza estaba más que probada. Al menos, si el rival era una sola Shudrak, no iba por detrás.
—¡Toma, toma, toma, toma, toma, toma, toma, toma!
—¡…! ¡Qué fuerte~!
Bramando con voz estruendosa, las dos espadas enfurecidas llovieron sin número sobre la Shudrak. La Shudrak las esquivaba con pericia gracias a su manejo de la gran lanza, pero se veía reducida a defenderse.
Para vigilar a Arakiya habrían puesto a alguien de cierto nivel. Pero, al parecer, jamás se les habría pasado por la cabeza que alguien apareciera a rescatarla nada más meterla en el calabozo.
Por eso, bajo el feroz ataque de Jamal, tampoco tenían medio de detener a Todd, que salió corriendo detrás.
—¡Ah! ¡Un compañero…! ¡Kya! ¡Aaah!
—¿Tienes tiempo de mirar a otro lado? ¡¿Ah?!
Ayudado por un Jamal que, rara vez, estuvo atento, Todd descargó el hacha con todas sus fuerzas sobre el candado del calabozo.
No había tiempo de buscar la llave. Tampoco podía destruir el calabozo, pero el candado debería de poder romperlo.
Hubo un golpe sordo y una resistencia dura, y la punta del hacha se deformó de lo lindo. En cambio, el candado se rompió estrepitosamente y Todd se metió por la puerta abierta que chirriaba.
—¡General Arakiya!
Dentro, sobre un catre improvisado, yacía una muchacha tendida boca abajo.
Arakiya estaba boca abajo, sin conocimiento, por el tajo que había recibido en la espalda. En su piel tersa tenía grabada una herida espantosa, como a hierro candente.
El corte había sido quemado a la vez, dejando una cicatriz atroz. Una herida así no se produce si no es con una hoja al rojo vivo.
—Esa mujer carmesí, ¿qué es lo que…?
La mujer no era poca cosa: el poder de la espada Yang que empuñaba también se salía de lo normal.
No había más información detallada, y Arakiya no respondía al llamado. Así que, a falta de otra cosa, Todd la alzó en brazos y salió disparado del calabozo.
—¡Recuperada! ¡Jamal, vamos!
—No te lo voy a permitir… ¡Augh!?
—¡Por eso! ¡Nada de mirar a otro lado! ¡No te distraigaaas!
Al arrebatarle a Arakiya, la atención de la Shudrak se desvió un instante.
Jamal se metió por ahí; la mujer bloqueó con la gran lanza, pero el impacto le arrancó el arma, y una patada hacia atrás de Jamal se hundió en el torso desprotegido de la mujer.
La mujer soltó un alarido y su cuerpo salió despedido, chocando con violencia contra la pared del calabozo. Se golpeó con fuerza la cabeza, se desplomó inerte y no volvió a moverse.
Al verlo, Todd iba a ordenar que la rematara, pero…
—…Arriba hay mucho jaleo. Habrán encontrado el cadáver del centinela.
—Tch. No hay tiempo que perder. La General.
—Sin conocimiento, pero no está muerta. Con eso basta, ¿no?
Todd respondió a la pregunta de Jamal con dos palabras y echó a correr fuera del calabozo. Jamal, adelantándose a Todd con facilidad, fue quien abrió camino.
—¿Quién demonios…? ¡Guoh!
—¡Apártense, majaderos!
Los milicianos que se asomaron al sótano fueron segados por el filo y salieron volando; siguiendo la espalda de Jamal, Todd atravesó a la carrera el ayuntamiento, donde crecía la alerta.
Lo sentía, pero no le quedaba margen para preocuparse por el cuerpo de Arakiya, a la que llevaba en brazos. Si era una de los Nueve Generales Divinos, el cuerpo también lo tendría resistente. Confiar en su aguante y correr, nada más.
—¡Han salido! ¡¿Adónde van?!
—La puerta principal estará cerrada… Sígueme.
Cosieron la noche oscura de la ciudad alborotada, y Todd se metió con Jamal en los callejones. Valiéndose de los pasajes y las callejuelas, fue burlando los ojos del enemigo que salía a perseguirlos.
La batalla acababa de terminar, el campo de batalla no había enfriado su confusión y, además, en la ciudad había trescientos soldados imperiales con el mismo atuendo, contando solo eso. No podrían distinguirlos.
Lo que quedaba era…
—¡…!
En el instante en que oyó el silbido del aire cortado, una hoja fue blandiada justo a espaldas de Todd.
Al darse la vuelta, vio una gruesa flecha clavada en el suelo, a sus pies. Estaba cortada: iba dirigida a Todd y Jamal la había detenido en el acto.
Un disparo que había apuntado con exactitud a Todd y a los suyos mientras huían y se ocultaban por la ciudad.
Sin duda, era la misma persona que, días antes, le había atravesado a Todd el torso de un flechazo.
Nos están viendo.
Y, si era así, no podían moverse a lo loco.
Si salían al callejón, los tomarían por blanco, y Todd, que llevaba a Arakiya, tampoco podía hacer movimientos ágiles. Aunque intentaran matar al arquero, por el ángulo la posición del enemigo era el ayuntamiento: volver allí por tercera vez no era una opción.
Entonces, ¿abandonaban a Arakiya y huían? Era la opción con más probabilidades de salvarles la vida, pero, de ser así, ya no se entendería para qué habían arriesgado el pellejo.
A la vista de la situación, sopesó las cartas que podía jugar, y la de mayor provecho era…
—…Jamal, te has dado cuenta de que te apuntan, ¿no?
—Ah, son un fastidio. Están demasiado lejos para ir a matarlos. A este paso, nos van a acribillar sin que podamos hacer nada. ¿Qué hacemos?
—…Solo hay una carta.
Ante las palabras de Todd, el único ojo de Jamal se entrecerró, afilado.
Ante la mirada de Jamal, que le pedía un plan, Todd exhaló un profundo suspiro y cerró un ojo.
—El enemigo nos va a disparar. Así que tú, que vas delante, vas a cortar las flechas. No una, sino dos, tres seguidas. Y yo correré con todas mis fuerzas para no soltar a la General.
—Ja, no es tu estilo. ¿Esa es tu carta? Es pura desesperación.
—A fin de cuentas, cuando se acaban las cartas no queda otra. Pero yo todavía tengo suerte.
—¿Ah? ¿En qué?
—En que tú, como carta, sigues siendo bastante fuerte.
El plan propuesto era, casi en su totalidad, dejarlo todo en manos de la fuerza de Jamal.
Si Jamal no cortaba las flechas que volaban, en ese instante los dos morirían. Jugarse la vida en semejante temeridad, según la convicción de Todd, era una locura.
Sin embargo, lo propuso. Con la fuerza de Jamal, la posibilidad no era cero.
—…Al final, Katya no tenía buen ojo. Te creía alguien más listo.
—No hables mal de mi prometida, hermanazo.
Todd le respondió con el rostro torcido a Jamal, que se rascaba la cabeza. Al oírlo, Jamal soltó un “ja” breve y volvió a agarrar las empuñaduras de las dos espadas.
Y, dándole de nuevo a Todd aquella espalda robusta,
—Está bien, te sigo. De vez en cuando, una apuesta de tonto tampoco está mal.
—Si no fuera por mí, tú no harías más que ese tipo de apuestas, ¿eh?
—Cállate… ¡Tú, cállate y sígueme la espalda!
Tras intercambiar insultos y declararlo con toda la majestad, Jamal salió disparado del callejón.
Al instante, una flecha envuelta en un viento impetuoso salió disparada hacia Jamal.
—¡…!
Jamal la respondió con unos reflejos asombrosos: juntó las dos espadas y la cortó. El impacto le volvió a la muñeca, y el Lobo-Espada rechinó las muelas con una sonrisa.
La sangre le ardió, el corazón le brincó, y la sensación de que la vida hervía se apoderó de Jamal.
—…¡Ja, ja!
Una tras otra, Jamal y Todd atravesaron la lluvia de flechas que caía del cielo.
Pisaban el suelo y, danzando, blandían las espadas, cortaban y derribaban las flechas. Lo que se desplegaba era una danza de espadas: la danza de las espadas de Jamal Aurélie.
Mientras repelía el ataque con furia, Jamal también se admiraba del empeño de Todd.
Bajo aquella lluvia de flechas mortales, como una tempestad, Todd lo seguía sin soltar ni un gemido. Era prueba de que él también sabía que, si la atención de Jamal se desviaba, eso mismo llevaba a la muerte.
Por eso Jamal expulsó a Todd de su conciencia y volcó todo su ser en evitar la “muerte” que se acercaba.
Derecho, esquivar, rechazar, hincar el pie, saltar, apartar y abrirse paso.
Y entonces…
—…Mierda.
Al final de la calle, recibido por un grupo de Shudrak que le apuntaban con lanzas, se le escapó un insulto.
Con el arquero apuntándoles, repeler a aquel número de Shudrak era difícil. Podía decirse imposible.
—Al final, por mucho que uno se mueva con astucia, la suerte lo abandona… Ja, qué vacío. Pero no estuvo mal.
Comprobando el tacto de las dos espadas, Jamal le dijo a Todd, a su espalda, con toda sinceridad.
En muchas cosas lo habían zarandeado los pensamientos y las acciones de Todd y muchas veces se había irritado. Pero, al final, él también había elegido, como militar imperial, resistir hasta que se le acabara la vida.
—A Katya le he hecho un mal, pero no hay remedio. Ella también es un retazo de nobleza imperial. Seguro que ya se imaginaba que a ti y a mí nos pasaría esto.
Recordando a la hermana que había dejado en la Capital Imperial, Jamal sintió una leve punzada en el pecho. Pero enseguida se la borró el ánimo de lucha contra el enemigo que tenía delante, y el olor a sangre lo cubrió todo.
Entonces se sintió aliviado: hasta la médula de los huesos, él era un Lobo-Espada del Imperio de Vollachia.
—¡Vamos, Todd! ¡Que al menos, al final, les hagamos ver las estrellas!
Adoptando de golpe una postura inclinada hacia delante, Jamal se lamió la sangre que le manaba del ojo derecho, tapado por el parche.
Y, con furia, para mostrar hasta el último aliento la dignidad de un militar imperial, se lanzó de frente contra el enemigo.
Los ataques mortales caían como una tempestad, pero ya no había arrepentimiento alguno.
Haber podido ser fiel a sí mismo hasta el último instante era, para Jamal, la mejor de las recompensas.
4
—…Hasta el último instante fuiste un tonto.
Escuchando a lo lejos el rugido furioso de Jamal, Todd murmuraba mientras se colaba por el agujero de la pared.
El agujero por el que había pasado lo cerró al instante, y borró con esmero las huellas para que no pudieran seguirlo. Los perseguidores estarían ocupados con Jamal un buen rato, así que debía de tener tiempo para huir.
Tenía razón Jamal cuando dijo que no era su estilo.
Poner la vida en manos de un plan desesperado era algo que Todd jamás haría ni muerto. …No: precisamente para no morir, jamás haría algo así.
—La atención de esa gente la vas a atraer tú. Bah, a Katya le he hecho un mal, pero…
La promesa de traer de vuelta a su cuñado ya no podría cumplirla, y su prometida lo sentiría muchísimo.
Para consolarla, también quería volver cuanto antes a la Capital Imperial. Por suerte, a cambio de perder a Jamal, había conseguido otra manera de volver a la Capital Imperial.
Y no solo eso: una carta de triunfo que parecía llevar a un punto de apoyo mucho, mucho más grande que Jamal, que apenas si ascendía a General de Tercera Clase.
—…Princesa.
—Vaya, vaya, qué cara tan inocente pone. Siendo una de los Nueve Generales Divinos, el número de muertos a sus manos no bajará de cien o doscientos.
En brazos de Todd, Arakiya tenía los ojos cerrados y derramaba lágrimas. Viéndolas recorrerle las mejillas, Todd pensó con vaguedad que, ahora que caía en la cuenta, también este compañero llevaba un parche en el ojo.
Y, tras pensarlo, Todd ladeó la cabeza con extrañeza.
—¿Jamal… en qué lado de la cara llevaba el parche, eh…?
