El Autoproclamado Héroe, Natsuki Subaru
Capítulo 2
El Autoproclamado Héroe, Natsuki Subaru
1
La noticia de que les habían arrebatado a la cautiva Arakiya sacudió como un rayo la sala de reuniones.
Era uno de los Nueve Generales Divinos, capturado tras no pocos esfuerzos. Y como además se estaba discutiendo qué hacer con ella, se lanzaron de inmediato partidas de búsqueda para recuperarla, pero…
—Qué vergüenza. Ni con el arco de Holly pudimos alcanzarlos, y se nos escaparon.
—Ay… ay~…
Quienes se disculpaban así, cabizbajas, eran Kuna y Holly, a las que habían tomado por sorpresa en su papel de francotiradoras de largo alcance.
Llevándose a Holly, que había traído la mala noticia, Kuna subió al instante al tejado del ayuntamiento y buscó al enemigo. Igual que cuando atravesaron a Todd de un flechazo desde fuera de la ciudad, la idea era acabar entre las dos con el fugitivo.
Pero el enemigo se dividió en dos grupos —un señuelo y la maniobra principal— y se las ingenió para burlar a Kuna y a su compañera.
En consecuencia, la recuperación de Arakiya fracasó y el General de Primera Clase del Imperio logró escapar.
—Es de los que se infiltran en campo enemigo con pocos hombres, cumplen solo su objetivo y se escabullen. A juzgar por cómo se repartieron los papeles y por la osadía con que lo ejecutaron, aunque les echemos encima perseguidores, no los atraparán.
—…No puedo dar la cara ni ante la jefa del clan ni ante Taritta.
Ante Abel, que analizaba al enemigo con el ceño fruncido, Kuna se mordía los labios de rabia.
Holly le sostenía el hombro con suavidad, pero la desazón de Kuna era honda: como jefa en funciones había exigido represalias contra Arakiya. Aun así, también había que darle la razón al frío juicio de Abel.
El enemigo que se había llevado a Arakiya era meticuloso, y capturarlo entrañaría dificultades descomunales.
—Si la fortuna de aquella no se ha agotado, es que aún le queda un papel por cumplir.
—Priscilla…
En el silencio que se había posado, Priscilla hilvanó unas palabras serenas.
En cuanto a la vida o la muerte de Arakiya, Priscilla daba en todo momento una impresión de cierta distancia. Qué pensaba de que se la hubieran llevado, no se podía leer en sus ojos carmesí.
Lo único que Subaru alcanzaba a comprender era que no era la muerte de ella lo que deseaba.
—Y bien, ¿qué hacemos al final con la jovencita Arakiya? ¿Decidido: la dejamos estar?
—…Si se ha escapado fuera, no hay otra cosa que hacer.
Ante la salida de Al, que a propósito se negaba a leer el ambiente, Subaru respondió con el rostro amargado.
Que hubiera sabido lidiar con la puntería de Kuna y Holly ya demostraba que el fugitivo era fuerte de verdad. Y si, encima, Arakiya despertaba durante la huida, no habría quien la manejara: solo aumentarían las víctimas.
Y es que, ya de por sí, cuando el fugitivo se infiltró en el ayuntamiento, había habido milicianos muertos.
—…¿Rendición sin Sangre? Vaya gran imbécil soy.
Apartándose hacia arriba la larga peluca de cabello negro, Subaru maldijo desde lo más hondo a su patético yo.
La Rendición sin Sangre, el plan con el que debía consumar la caída de Guaral, asumido con firmeza y proclamado a los cuatro vientos, había cobrado sin embargo numerosos sacrificios, muy al contrario de lo que prometía aquel arrojo.
Había incumplido su palabra, y aunque lo tildaran de gran embustero, no tenía excusa. Aun si nadie lo acusaba de tramposo, era el propio Subaru quien se vituperaba hasta tal punto.
Menudo embustero desvergonzado, se diría de él…
—¿Rendición sin Sangre, dices?
Hubo una voz que, al captar el murmullo de Subaru, lo repitió como si lo rumiara.
Quien lo hizo fue Priscilla, con la mejilla apoyada en la mano sobre la mesa redonda. Alzando apenas sus bien formadas cejas y con una expresión en la que, cosa rara, se mezclaba la sorpresa, le clavó un “tú” a Subaru, y…
—Vaya palabras temerarias las que he oído. ¿Acaso pretendías tomar una ciudad sin derramar sangre? En plena guerra y sin contar con una fuerza avasalladora.
—…Sí, ¿y qué? No, sí está mal. Al final, ha fracasado…
—Fue solo que me quedé estupefacta ante una idea tan insensata. Y más aún, me asombra que te propusieras llevar a la práctica semejante fantasía… Abel, ¿estás en tus cabales?
—…Aunque el plan en sí no era cosa de cuerdos.
Cuando la punta de la pregunta apuntó a Abel, este, con los brazos cruzados, asintió ante la duda de Priscilla.
Pero aquella operación que él mismo había tildado de insensata, Abel la aceptó y la llevó a cabo. Y eso, al parecer, Priscilla —que se diría una vieja conocida suya— no lograba entenderlo.
—Contemplar el Imperio desde el Trono… ¿cómo puedes ser tan blando? Sin sacrificio no hay conquista; sin derramar sangre no se conserva el orgullo. Esa es la usanza del Imperio.
—Yo tampoco tengo intención de ir contra las leyes del Lobo-Espada. Dije que el plan no era convencional, pero tenía probabilidades de éxito. De hecho, de no haber estado Arakiya, la Rendición sin Sangre habría salido adelante.
—…
—Lo que estuvo equivocado no fue el plan, sino mi juicio. Priscilla, aunque seas tú, no te permitiré que te mofes del consejo de mi estratega. Fue mi aprobación. La culpa es mía.
Con unas palabras demasiado inesperadas, Abel se enfrentaba frontalmente a Priscilla.
Aunque le acababan de asignar el cargo de estratega, que no era cosa de dejar pasar, las palabras y los actos de Abel lo protegían sin lugar a dudas. Ante el peligroso duelo de miradas entre ambos, no podía meter baza.
—Vaya, hermano. Se ve que le has caído en gracia. Menudo ascenso, ¿eh?
—…Yo ya tengo bastante con ser el caballero de Emilia-tan y el protector de Beako. No quiero más cargos que no me he ganado.
Rechazaba a Al, que se le arrimaba, y con él la responsabilidad arbitraria que no había pedido.
Aunque, gracias a que Abel lo había protegido, el interés de Priscilla parecía haberse desviado hacia allí. Pero eso no curaba la herida interior de Subaru.
La responsabilidad de las vidas perdidas debía recaer en Subaru, que había ideado y ejecutado el plan.
—No se puede salvar a todos, hermano.
Aquel conflicto de Subaru lo atravesó una frase que Al murmuró mientras trasteaba con los herrajes de su yelmo. Al echarle un vistazo, sin mirar hacia Subaru, alzó la vista al techo y…
—Todos viven como les da la gana y mueren como les da la gana. Cada quien responde de su propia vida. No es cosa que tú debas echarte encima, hermano.
Eran palabras nacidas de esa actitud cínica que Al mostraba de vez en cuando.
En efecto, Al tenía razón. No se puede salvar todo, y si uno se propone salvarlo, nunca acaba. Por eso Subaru, hasta ahora, tampoco había llegado a salvar todo por completo.
Pero la guerra es otra escala.
—¿De verdad se puede decir que esa elección es la correcta?
Las vidas que podía salvar un solo acto de Subaru, ¿no serían más de diez o de cien?
—Menuda farsa.
Y así, dejando a un lado la conversación entre Subaru y Al, el duelo de miradas entre Priscilla y Abel continuaba.
Ante Abel, que había declarado que la culpa era suya, Priscilla sacó un abanico de su escote y con la punta señaló en redondo la sala de reuniones. No, la ciudad entera.
—Aun logrando tomar la ciudad con el consejo de tu estratega, mira en qué estado. El milagro de haber podido ahuyentar a Arakiya no se repetirá una segunda vez. Aquel método tampoco servirá ya, ¿verdad?
—Sí, no habrá una segunda vez.
Ante la pregunta de Priscilla, Abel asintió sin titubear.
Ante la mención del método con que habían ahuyentado a Arakiya, Subaru también frunció el ceño y cayó en la cuenta. En pleno cruce de espadas entre Al y Arakiya, hubo un instante en que el estado de Arakiya se volvió extraño.
—Eso no fue cosa de Al, ¿verdad…?
—¿Eh? No fui yo. Y para empezar, si hubiera sido yo, lo de después lo habría hecho con más elegancia, ¿no crees? A mí me rechazaron y me tiraron al suelo.
Bien mirado, para haber sido obra de Al, lo de después resultaba chapucero.
A raíz de la conversación entre ambos, las miradas de la sala se reunieron sobre Abel. Si alguien había podido preparar algo en aquella escena, era solo él, y Abel resopló con fastidio ante las miradas que se acumulaban.
—Arakiya es una “Devoradora de Espíritus”. Tiene la propiedad de devorar los espíritus del aire y absorber su poder.
—¿Espíritus…, devoradora…?
Ante un sonido tan poco familiar y a la vez tan ominoso, Subaru abrió los ojos de par en par sin poder evitarlo.
Que el Imperio de Vollachia estaba hecho de reglas distintas y de un suelo distinto al del Reino de Lugunica ya se había dejado entrever hasta ahora, pero una “Devoradora de Espíritus” era también un bicho de lo más extravagante.
El propio Subaru, aunque fuera un usuario de Artes Espirituales de medio pelo que se servía del poder de los espíritus, hallaba aquello un sonido demasiado heterogéneo y, dicho sin rodeos…
—Desde luego, no quiero presentarle a Beako… ¿Eso de “Devoradora de Espíritus” es algo común?
—No puede ser. La “Devoradora de Espíritus” es, de origen, una de las artes secretas que solo se transmitían en una tribu que habita las fronteras de Vollachia. Debido a sus formidables propiedades, fue aniquilada, y hasta la manera de albergarla se perdió.
—Al menos, según lo que yo sé, no se ha confirmado ninguna otra “Devoradora de Espíritus” aparte de Arakiya. Si la hubiera, se la habría protegido con todos los honores. Esa es cosa de los Observadores… no, ahora no viene al caso.
Abel, a quien disgustaba que la conversación se desviara, negó con la cabeza y dijo “volvamos al asunto”, reconduciendo el tema.
Subaru también, al oír que la “Devoradora de Espíritus” no era común, se tranquilizó al saber que ya no había que temer que devoraran a Beatrice, y preguntó: “¿Y bien?”.
—¿Cómo conseguiste confundir a Arakiya, la “Devoradora de Espíritus”?
—No la confundí. Solo le provoqué una intoxicación por maná.
—Intoxicación por maná… Ja, ja, ya veo. Vaya, qué hábil te las ingeniaste.
Como si la respuesta de Abel le hubiera encajado, Al se acarició la barbilla y asintió con aire de admiración.
A diferencia de él, Subaru, al oír “intoxicación por maná”, no lo entendió solo con eso.
—Si no me equivoco, era que si vas a un lugar donde la concentración de maná es muy densa, las personas de constitución sensible al maná tienden a enfermar…, algo así creía recordar.
—Arakiya, por las propiedades de la “Devoradora de Espíritus”, es propensa a ese tipo de influencias. Dicho esto, como absorbe espíritus, su resistencia está fuera de lo común. Y para embriagar a una Arakiya así…
—Ah, tuve que usar un tesoro secreto. Contando lo que se gastó en eso, mis existencias se han agotado.
Mientras decía “eso”, Abel apuntó con la barbilla, y a quien señaló fue a Subaru. Ante aquellas palabras, Subaru frunció el ceño y ladeó la cabeza: “¿Un tesoro secreto?”.
—¿A qué te refieres con tesoro secreto? Yo no recuerdo nada de eso…
—Durante el “Ritual de Sangre”, para quebrar el cuerno de la mabestia rompiste un anillo, ¿no? Aquello era uno.
—Ah…
Se le había borrado por completo, pero dicho así, le volvió el recuerdo de haber recibido prestado un anillo capaz de usar magia.
En el fragor de la batalla, había golpeado el cuerno de Elgina con el anillo puesto y provocado una explosión. El cuerno de la mabestia se había roto, pero a cambio el brazo de Subaru y el anillo habían quedado hechos trizas.
—Fingiendo que iba a derribar el balcón, pisoteé y rompí un anillo igual que aquel. El maná que contenía se desbordó y, aunque tardó en llenar los alrededores…
—Y así, la jovencita Arakiya cayó redondita en la intoxicación por maná y acabó como acabó. Aunque, claro, el que se dejó vencer sin más por la jovencita en ese estado fui yo.
—¿Así que en ese instante andabas haciendo esas triquiñuelas…?
Y eso que todos y cada uno estaban heridos y hechos polvo; que, acorralado por uno de los más fuertes del Imperio, siguiera buscando la manera de ganar hacía que uno se quitara el sombrero ante la terca obstinación de Abel.
Subaru también se tenía por bastante obstinado, pero la astucia innata de Abel era demasiado distinta de la suya; la diferencia entre un simple forcejeo inútil y un contraataque a vida o muerte resultaba insoportable.
En cualquier caso…
—Es un plan que preparaste desde el principio para Arakiya, ¿no? Que hicieras semejantes preparativos por miedo a que te degollaran mientras dormías… qué pusilanimidad.
—Cuanto más cerca se tiene a alguien, más hay que preparar medidas para cuando se vuelva en contra… Sobre todo con Arakiya, nunca se sabía cuándo me mostraría los colmillos.
—…Pero los trucos ingeniosos solo funcionan una vez. Tampoco es fácil disponer de un cristal mágico capaz de provocar una intoxicación por maná. De aquí a la próxima ocasión, será indispensable asegurar una fuerza de combate decente. Aunque…
Y tras hablar hasta ahí, Priscilla cortó las palabras de manera significativa.
Ocultando su boca con el abanico desplegado, Priscilla entrecerró sus ojos carmesí y miró con desdén a Abel. Con una mirada en cierto modo inquisitiva y provocadora, dejó escapar un pequeño suspiro y…
—Hasta el punto de sumar a las Shudrak bajo tu mando, todo iba como esperaba…, pero adoptar el plan de un estratega soñador que enarbola la Rendición sin Sangre y lanzarte a asaltar una ciudad fortaleza: semejante desatino no hay por dónde cogerlo.
—…
—Así las cosas, yo tampoco puedo recomendar a mis colaboradores que te apoyen.
—¡¿Colaboradores?!
Ante Priscilla, que lo había declarado con calma y como si fuera lo más natural, Subaru se quedó atónito. Y no solo Subaru: todos los presentes en la sala, salvo Abel y Al, estaban asombrados.
—Espera, espera, espera, ¡te has saltado demasiado! Colaboradores…, para empezar, no entiendo tu postura. Oí que habías venido a ayudar a Abel, pero…
—No he venido a ayudar. No te tomes en serio las bravatas de mi bufón.
—¡Está bien! Si viniste a ayudar a Abel o no, da igual. Eso no es lo importante. Lo que yo quiero saber es tu gran objetivo.
Como objetivo inmediato y pequeño, ya había oído que su propósito era dialogar con Abel.
Pero lo que Subaru quería saber era por qué Priscilla —ella, Al y, al parecer, otros allegados suyos que probablemente habría traído consigo— estaba en el Imperio de Vollachia.
—Respóndeme. Sinceramente, ni yo ni los demás sabemos cómo tomarnos lo tuyo.
—Ja, qué presunción tan grande. Me tiene sin cuidado lo que unos necios piensen de mí. No importa lo que ustedes piensen: yo haré lo que yo quiera. Pues…
—“El mundo está hecho para que me convenga a mí”, ¿no es eso?
Ante Subaru, que había parafraseado aquella filosofía tan conocida para sus oídos, Priscilla resopló.
—Mi objetivo es devolver al emperador despojado del Trono a su lugar original. De lo contrario, no pararían de llegarme visitantes molestos.
—Huelga decirlo, pero esos asesinos no responden a mis órdenes.
—No es que dude de ti. Por eso precisamente me hice traer hasta aquí en alas.
Cerrando un ojo, Priscilla, tras responder a Abel, alzó la mirada. Lo que indicaba no era el techo de la sala, sino el cielo nocturno que había más allá.
Y, para ser más exactos, no un simple cielo, sino aquel ser que hace suyo el cielo…
—No me digas que Al y tú llegaron volando desde el cielo.
—En un dragón volador, servicio exprés. La verdad, cuando la princesa se tiró sola, creí que era el fin del mundo. Y yo no logré bajar hasta que nos hicieron descender.
—Dragón volador… Ya me asusté bien con el dragón de agua de Priestella.
Además del dragón de agua, que ya era una criatura fantástica aparte de los dragones de tierra, salía a la luz la existencia del dragón volador.
Según lo que había oído, los dragones voladores eran extremadamente feroces y para domarlos hacía falta una técnica especializada. Como los técnicos capaces de ello eran pocos, poder montar en un dragón volador era ya de por sí algo rarísimo.
—O sea, ¿que los colaboradores de Priscilla son alguien capaz de fletar un servicio exprés de dragones voladores?
—No incurras en la vil costumbre de retorcer las palabras. En tu caso, la bajeza supera a la sagacidad. Pule tu encanto. Si te arreglaras el maquillaje, aún serías pasable.
—Si ahora, aquí, me pusiera a retocarme el maquillaje, parecería un pirado…
Y si se ponía a decir eso, hasta el no haberse quitado el disfraz de mujer podría considerarse un problema, pero los presentes eran gente que sabía leer el ambiente, así que no lo mencionaron.
En cualquier caso, la conversación había vuelto a desviarse muchísimo…
—Si tu objetivo es devolver a Abel al Trono, ¿puedo entender que podemos colaborar?
—Y lo cierto es que no puedo asentir sin más… No habrás olvidado mis palabras de antes. Si este no tiene madera de emperador, devolverlo al Trono no tendría sentido.
Con la mirada afilada, Abel, a quien acababan de cuestionar de frente su madera de emperador, miró con furia a Priscilla.
Lo que Priscilla consideraba problemático no era que no hubieran podido llevar a término la Rendición sin Sangre —propuesta por Subaru y aprobada por Abel—, sino la idea en sí desde su raíz.
Visto desde la usanza de Vollachia, la blandura puede ser letal. En efecto, había vidas perdidas porque la ejecución de Subaru había sido floja. No se podía negar la duda de Priscilla.
Sin embargo…
—Recuperaré el Trono. Diga quien sea lo que diga, es cosa absoluta… Priscilla, aunque lo digas tú, eso no cambiará.
En lugar de Subaru, que había estado a punto de callarse, Abel lo declaró así, con firmeza.
Era una declaración tan apasionada como la de aquel momento en que, ante Subaru, había revelado su identidad y proclamado que recuperaría este país; o quizá más.
—…
Al oír aquella resolución de Abel, las expresiones de quienes estaban en la sala también cambiaron.
Kuna y Holly albergaron la voluntad de combatir y seguirle como Shudrak; Zikr inclinó la cabeza como si se hallara ante algo divino. Al, volviéndose, se preocupó por la reacción de Priscilla, y Priscilla, a quien había declarado aquello de frente, entrecerró sus ojos carmesí.
—El ánimo no decae, pero la realidad no acompaña. Y es que, ahora mismo, te han despojado del Trono.
—…
—Las circunstancias ya son conocidas. El problema es: ¿quién lo empezó? ¿De quién es la maquinación?
—El que dibujó el plano fue el canciller Berstetz, diría yo.
A la pregunta de Priscilla, Abel respondió así, albergando hostilidad en sus negros ojos.
El canciller era el cargo que administraba la política del país y ocupaba la cúspide efectiva, el allegado más cercano del rey o del emperador. Si la cúspide militar eran los generales o los capitanes de la orden de caballeros, podría decirse que era la cúspide de los funcionarios civiles.
En cualquier caso, era justo la posición de número dos que más fácilmente podía llevar a cabo una traición.
—¿Aquel viejo tronco? Que no le importe servirse del legado de Lamia ya es decir.
—Por supuesto, preví su intención de rebelarse y me preparé en consecuencia. Pero…
Abel cortó ahí las palabras y exhaló un suspiro silencioso.
Era una reacción impropia de él, que mostraba por primera vez. Él, que como emperador no se había tambaleado ni al verse despojado de su sitial, dejaba ver por primera vez una leve vacilación.
La causa de aquella vacilación no era el canciller que había traicionado, sino…
—No logré ver la traición de Chisha Gold, a quien tenía bajo vigilancia…, el “Cuatro” de los Nueve Generales Divinos.
—¡Imposible! ¡¿El General de Primera Clase Chisha?!
Quien alzó la voz sin poder evitarlo ante Abel, que dejaba salir aquel sentimiento de vergüenza, fue Zikr.
Para Zikr, que era General de Segunda Clase del Imperio, los nombres de los Nueve Generales Divinos que Subaru desconocía le resultaban cercanos, sin duda. Reuniendo sobre sí las miradas de la mesa redonda, se acarició su abundante cabello y…
—El General de Primera Clase Chisha es un hombre de valía singular entre los Nueve Generales Divinos. El propio General se hizo famoso más por su talento estratégico que por su nombre marcial, y en la Ceremonia de Selección Imperial fue quien mejor apoyó a Su Excelencia Vincent…
—¿Eso quiere decir que era su mano derecha? ¿O sea que le han traicionado tanto el canciller, su mano derecha en la política, como el general, su mano derecha de toda la vida?
—No lo repitas. Mi mano derecha está pegada a mi hombro derecho.
—Eso, dicho ahora, suena solo a farol…
Al oír la explicación de Zikr, Subaru se asombró de la popularidad de Abel, escasa de manera inesperada.
Aunque, a juzgar por las ideas radicales del Imperio de Vollachia, un emperador considerado falto de fuerza sería objeto de una rebelión inmediata, así que quizá no fuera algo tan raro.
—¿En este país es frecuente que los emperadores anden huyendo por ahí?
—Desde que ocupé el Trono, solo me han despojado de él, aunque fuera en apariencia, dos veces.
—¡Solo, dice! ¡O sea que ya tienes antecedentes!
—Insensato. Quienes me anduvieron trayendo y llevando fueron los caballeros de la guardia real del Reino. Si tienes quejas, díselas a ellos.
Al verle poner una cara de sincero agravio, Subaru se cansó incluso de replicar y se calló.
Ahora que lo pensaba, le parecía recordar que Julius había ido al Imperio como enviado; quería pensar que aquello no tenía nada que ver. Si fuera así, el mundo sería demasiado pequeño.
—Ah, o sea que Su Excelencia el Emperador fue despojado del Trono por sus hombres de confianza y sus allegados, y encima la jovencita Arakiya está en su contra… ¿No pinta mal? ¿No tiene ningún aliado?
—Goz Ralfon, otro de los Nueve Generales Divinos, como ese Chisha… Aquel se esforzó por hacerme escapar. De no haber sido por su contención, no habría podido activar el mecanismo de transferencia.
—¡Oh, como cabía esperar del General de Primera Clase Goz…!
—No obstante, si los demás Nueve Generales Divinos aparte de Chisha y Arakiya también se pasaron al enemigo, no sé hasta dónde habría podido resistir Goz por sí solo. Lo más probable es que muriera en combate.
La existencia de uno de los Nueve Generales Divinos que había protegido a Abel jugándose la vida era una esperanza, pero al parecer también era una esperanza bien frágil. Aun así, Zikr negó con la cabeza diciendo “no”, y…
—Con su permiso, a mí no me ha llegado noticia de que el General de Primera Clase Goz haya fallecido. Sea en combate o por enfermedad, la muerte de alguien de la talla del General de Primera Clase Goz no podría ocultarse por mucho tiempo.
—Entonces, cabe la posibilidad de que esté cautivo.
—Probablemente. ¡No, sin duda! ¡Tratándose de un guerrero de la talla del General de Primera Clase Goz!
Ante las palabras de Abel, Zikr hizo una reverencia respetuosa.
Si había conquistado semejante respeto de este Zikr, aquel tal Goz debía de ser un personaje de consideración. O bien, pese a su nombre imponente, una mujer: una de las dos opciones.
—Si el canciller y los Nueve Generales Divinos se vuelven enemigos, el Imperio es como un lugar de muerte.
Antes de que se pudiera meter una pregunta inútil, Priscilla, que había terminado de escuchar, murmuró aquello. Aunque compartía su opinión, Subaru levantó la mano diciendo “eh” y…
—Ya sé que llego tarde, pero ¿qué hay de que Abel se proclame emperador? Si lo hiciera, los que tan campantes están gobernando en la Capital Imperial pasarían a ser traidores que se han sublevado, y…
—Lo siento, hermano, pero no esperes que, con eso, el pueblo y los militares enfurecidos hagan una carnicería con el gobierno golpista.
—No estaba pensando en algo tan sangriento, pero ¿por qué?
—Porque este es el Imperio de Vollachia, que honra a quienes tienen poder.
La propuesta de Subaru quedó rechazada, y Abel complementó las palabras de Al.
El emperador despojado del Trono, con los brazos cruzados y sus bien formadas cejas apenas fruncidas, dijo…
—Si me diera a conocer y declarara mi intención de recuperar la Capital Imperial por mi cuenta, sería bienvenido. Pero eso no equivaldría a apoyarme. Lo que te han arrebatado, lo recuperas arrebatándolo. Esa es la usanza.
—No solo cosas o tierras, sino también el sitial del emperador…
—No hay excepción… Por eso, lo que yo debo hacer está decidido.
Subaru, que se disponía a sujetarse la cabeza pensando que estaba en un callejón sin salida, quedó sorprendido por las palabras de Abel.
Aunque creía que se había quedado sin jugadas, la respuesta de Abel era más bien lo contrario. Se levantó de su asiento y apoyó lentamente las manos en la mesa redonda.
Y entonces…
—Zikr, General de Segunda Clase, el mapa.
—¡Sí! ¡De inmediato!
Al oírlo, Zikr lanzó una orden a los soldados imperiales que aguardaban en un rincón de la sala. Al punto, los soldados descolgaron el mapa que pendía de la pared de la sala de reuniones y lo extendieron sobre la mesa redonda.
Desplegado de un golpe, era un mapamundi que mostraba el mundo entero, Vollachia incluida.
—Donde estamos es la tierra del este; la Ciudad Fortaleza de Guaral está aquí. Y la Capital Imperial de Lupugana, que hay que recuperar, se halla más o menos en el centro del Imperio.
—…Vollachia es enorme, ¿eh?
Al serle señalado en el mapa, tomó de nuevo conciencia de la magnitud del territorio, de la que hasta entonces apenas había sido consciente.
Este mundo lo gobiernan cuatro grandes naciones que se reparten el continente en cuatro; el territorio del Imperio de Vollachia, que ocupa el sur del mapamundi, es el más extenso en comparación con los demás países.
La Selva de Buddheim, que Subaru y los suyos habían atravesado con tantas fatigas, ocupaba, vista desde la totalidad de Vollachia, apenas una porción geográfica minúscula.
—Cada ciudad del Imperio es administrada por su propio alcalde o señor feudal. Como ocurre con Guaral, todas las ciudades cuentan con fuerzas de autodefensa y, en caso de emergencia, no dudan en combatir… Añadiéndolas bajo mi mando, aseguraré la fuerza necesaria para recuperar la Capital Imperial.
—…Entiendo que es el patrón ortodoxo de un simulador de conquistas.
—Parece que no te convence.
—Pues claro. Con una sola Guaral ya ha sido esta gran empresa. No me puedo creer que salga tan bien.
Subaru lograba seguir, a duras penas, a Abel, que explicaba aquello señalando el mapa. Lograba seguirle a duras penas, pero eso era cuestión de lógica, y la cuestión de los sentimientos era otra cosa.
Esto era la realidad. No era como un juego. Aunque fuera una técnica que funcionaría en un RPG de simulación, a Subaru le resultaba impensable que sirviera en la realidad.
Pero…
—Hay una manera de disipar tus recelos. Más aún: hay una manera indispensable para hacer lo que debo hacer.
—¿Una condición indispensable…?
—Asegurar a los Nueve Generales Divinos.
Al oír aquella respuesta, Subaru abrió los ojos de par en par.
Pues claro. Y es que acababa de contar que, precisamente por haber sido traicionado por aquellos Nueve Generales Divinos, había sido despojado del Trono.
De los Nueve Generales Divinos favorables, se desconocía su paradero; los dos que conocía eran ya enemigos.
Y el resto…
—¿Y los demás Nueve Generales Divinos…?
—Ahí está.
Alzando un dedo ante la duda que surgía de improviso, Abel asintió ante el agitado Subaru. Después recorrió con la mirada los rostros de todos menos Subaru, y…
—Que los súbditos del Imperio sean fuertes y poderosos. Los Nueve Generales Divinos son la encarnación de esa costumbre. Es decir, quien aspire a ser señor del Imperio de Vollachia no puede prescindir de unir bajo su mando a los Nueve Generales Divinos.
—Eso quiere decir que, en otras palabras…
Ante las palabras de Abel, Subaru, que había caído en lo que seguía, abrió mucho los ojos. Con la mejilla torcida por la reacción de Subaru, Abel esbozó una sonrisa belicosa.
Y entonces…
—“Relámpago Azul”, Cecilus Segmunt. “Devoradora de Espíritus”, Arakiya. “Anciano Cruel”, Olbart Dunkelkenn. “Araña Blanca”, Chisha Gold. “Caballero León”, Goz Ralfon. “Maestro de las Herramientas Malditas”, Groovy Gumlet. “Extravagante”, Yorna Mishigure. “Hombre de Acero”, Moguro Hagane. Y “General de los Dragones Voladores”, Madelyn Eschart.
—En esta contienda vencerá quien asegure a más de los Nueve Generales Divinos. Esa es la estrategia para ganar, y la condición absoluta que yo he de cumplir.
2
La condición de victoria para recuperar el Trono imperial: asegurar a los Nueve Generales Divinos.
Al oír la condición de victoria expuesta y, con ella, los nombres y apelativos de los Nueve Generales Divinos que hacían falta para cumplirla, Subaru sintió en su propia piel cómo el aire de la sala de reuniones se tensaba de golpe.
—…Si esto fuera un manga o un anime, podría emocionarme pensando que es un desarrollo candente en el que de golpe se desvelan los nombres de los peces gordos.
Pero, cuando la situación caía sobre uno mismo, el desarrollo no era en absoluto motivo para alegrarse sin reservas.
Los apelativos de los Nueve Generales Divinos que acababa de oír, junto con el de “Devoradora de Espíritus” de Arakiya, bastaban de sobra para hacer imaginar que todos eran adversarios problemáticos.
—…Si asegurar a esos problemáticos Nueve Generales Divinos es la condición de victoria, hay algo que quiero preguntar.
—¿Qué pasa? ¿Es que hay algún margen para la duda?
Abel, con la mano sobre el mapa de la mesa redonda, alzó una ceja con aires de importancia.
Si creía que con eso lo había explicado todo, no había manera más perfecta de quedarse corto para una persona inteligente. Y más aún cuando el conocimiento del Imperio de Subaru era, con mucho, el más escaso de todos los presentes.
—Por eso, de margen para la duda hay un montón. Tú, por creer que ya lo entiendes todo, te saltas las explicaciones cada dos por tres; si sigues así, los demás van a pensar que eres un tipo del que no se sabe qué piensa.
—Lo tomaré como un consejo y lo dejaré pasar. Expón tu duda.
—No lo dejes pasar y guárdatelo bien en el pecho…
Subaru suspiró ante Abel, que le respondía con altivez y los brazos cruzados. Luego, al notar que las miradas de los presentes se posaban en él, se decidió y, con un “¿de acuerdo?”, alzó cuatro dedos de una mano y cinco de la otra.
—Sobre los Nueve Generales Divinos: agradezco que sean un número impar, porque así la disputa por contar es más fácil de entender. Pero de los que nos son favorables no se sabe el paradero, y esa tal Arakiya y Chisha son enemigos seguros. Ya estamos en desventaja.
Aunque la premisa era asegurar a cinco o más, ya le habían quitado dos de los Nueve Generales Divinos.
Y para colmo, como se desconocía si seguía vivo un tal Goz, el hombre que había ayudado a Abel, lo más probable era que también hubieran perdido una carta que podría haber sumado con seguridad.
—Y, para empezar, no entiendo el sistema de los Nueve Generales Divinos. Me los imagino como nueve generales a las órdenes directas del Emperador, pero ¿no es así que todos estén apostados en la capital?
—Cada general es una pieza clave del Estado. Mira lo vasto, innecesariamente vasto, que es el territorio del Imperio. Aunque sea el centro del país, si todos estuvieran en la capital, ¿cómo iban a moverse con rapidez ante una emergencia?
—Exacto. En el reinado de Su Excelencia han disminuido drásticamente, pero aun así en el Imperio las brasas de la rebelión interna nunca dejan de arder. Proteger el Imperio no se reduce a blindar la capital.
—…O sea, que los Nueve Generales Divinos en cuestión también están desperdigados por todo el Imperio.
Con las aclaraciones de Priscilla y Zikr, Subaru se llevó la mano a la barbilla y dio su visto bueno.
Por poner un ejemplo cercano, Roswaal también tenía en el Reino de Lugunica el pomposo título de Margrave de la Frontera Oeste, y al parecer estaba obligado a acudir sin demora cuando el Reino se hallaba en apuros.
Y, por supuesto, también tenía permiso para organizar una tropa privada a tal efecto. —Aunque, en el caso de Roswaal, parecía que le bastaría con hacer llover bolas de fuego del cielo para ahuyentar casi cualquier amenaza, sin necesidad de ejército alguno.
—Visto así, ese también es una unidad bastante cheta… Si lo comparo con los Nueve Generales Divinos, ya me pica la curiosidad por saber en qué puesto quedaría.
—No me queda nada claro, pero te estás yendo por las ramas, ¿eh, Natsumi?
—Perdón. En fin, si los Nueve Generales Divinos están repartidos por todo el país, entonces es que no todos participaron en el golpe de Estado de la capital, ¿no? Margen para negociar hay, ¿verdad?
—Por lo que yo vi, y pensándolo en términos realistas, diría que sí.
Abel asintió ante la comprobación de Subaru.
Sinceramente, la apreciación de Abel, a quien acababan de descubrir una carencia de carisma bastante notable, le inspiraba cierta inquietud; pero que nadie a su alrededor pusiera objeción alguna indicaba que, por el momento, se trataba de un tema que podía darse por aceptado.
En cualquier caso, parecía que al menos se evitaba la derrota segura que habría supuesto que ya les hubieran tomado a todos los Nueve Generales Divinos.
—Me alegra que se haya descartado el peor de los escenarios… Entonces, una pregunta más: si los Nueve Generales Divinos también tienen un orden de rango, ¿está bien dar prioridad a los de rango más alto?
—Sí, tu forma de entenderlo es correcta.
—Entonces, si está a la altura de Reinhard, ese tal Cecilus… Ir tras él sería lo de manual… Bueno, ¿o es que con eso no queda decidida la cosa?
Uno de los cuatro individuos más fuertes de la humanidad, cuyo nombre resonaba en las Cuatro Grandes Naciones.
Si el tal Cecilus, que había salido a colación, era alguien a quien se ponía a la par de Reinhard, ¿no bastaría con él solo para que la suerte de la contienda quedara prácticamente sentenciada?
De hecho, Subaru albergaba la esperanza de que Reinhard pudiera ganar aunque luchara contra el Reino entero. Y por eso, con Cecilus, de su misma talla, le nacía una expectativa semejante, pero—
—…Si a ese lo aseguramos, es un hecho que los problemas de fuerza de combate se resolverían de una sola vez.
—Y, para eso, ¿por qué pones esa cara de amargura?
Abel, con el ceño fruncido, respondía a la duda de Subaru, pero su expresión no era buena.
Cuando Subaru se quedó desconcertado ante aquella contradicción entre la respuesta y el gesto, Abel exhaló un suspiro quedo y:
—Asegurar a los Nueve Generales Divinos es condición de victoria porque muchos oficiales y soldados siguen sus hazañas militares. Cuantos más Nueve Generales Divinos sumes a tu estandarte, con tantos más oficiales y soldados contarás. ¿Lo entiendes?
—¿…? Ah, sí, lo entiendo. Por eso hay que poner de nuestro lado al más fuerte, ¿no? ¿O es que el título de “el más fuerte del Imperio” es falso?
—No. Que ese tipo sea el más fuerte del Imperio no admite duda. Lo que pasa es que hay un problema.
—¿Un problema?
—…Ese tipo no tiene carisma.
Ante aquella frase, que salió tras acumular suspense sobre suspense, la mente de Subaru se detuvo por un rato.
A la espera de saber qué podía ser el problema, las palabras que le llegaban despacio fueron calando en su cerebro. No tenía carisma: la información quedó así, masticada y asimilada.
—¿Y eso lo dices tú?
—Es un hecho. Ocupa el puesto del “Primero” de los generales del Imperio, pero ese no tiene autoridad ninguna. Aunque se le concediera, no serviría de nada. Lo único que ese sabe hacer es cortar a la gente.
—¡A un tipo así no lo pongas en el puesto de general!
—Vamos, vamos, cálmate, hermano. Eso es costumbre del Imperio, no hay de otra.
Al sujetó a Subaru por detrás con una llave de brazos cuando este se abalanzó contra aquella valoración de Cecilus. Sin dejar de inmovilizarlo con un brazo, Al laddeó la cabeza para mirar a Abel y:
—En realidad, aparte del título del “Primero”, no le han dado nada. Y fíjate si le hubieran dado la autoridad correspondiente a su puesto: puede que cualquier listillo lo habría estado usando a su antojo.
—Desde luego, que ese sea utilizado por alguien que no sea yo no puede consentirse. Si hubiera existido semejante riesgo, lo habría ejecutado mucho antes.
—¡Pero tú estabas en el bosque, solo y sin ayuda…!
Que dijera que las riendas estaban en su mano sonaba bien, pero si la realidad era otra, no eran más que baladronadas.
Y, para empezar, ¿acaso podía tomarse en serio que un personaje al que incluso llamaban “el más fuerte del Imperio” no pudiera granjearse el afecto de nadie en el Imperio de Vollachia, que consagra la fuerza?
—Y sobre eso, ¿cómo es, señor Zikr?
—¿Yo?
—Sí, usted. Vamos, como general del Imperio, dígame su opinión sin pelos en la lengua. ¿Qué piensa del general Cecilus?
Puesto en el punto de mira, Zikr cruzó sus cortos brazos y se puso a pensar con un “ya veo”.
—Antes que nada, no hay duda de que el señor Cecilus es una pieza clave de la defensa nacional y el símbolo del poderío del Imperio de Vollachia. Es también la encarnación de ese modo de ser según el cual los súbditos del Imperio han de ser fuertes.
—Oh, va bien la cosa. ¿Y?
—Como persona es despreocupado y afable, y no cambia de actitud con nadie; es alguien despejado y de trato agradable. En conjunto…
—¿En conjunto…?
—Muchos oficiales y soldados lo temen como a un monstruo incomprensible con el que es imposible comunicarse en el fondo. Creo que la apreciación de Su Excelencia es acertada.
—¡¿Y ese giro tan brusco en la valoración?!
Viniendo de Zikr, que hasta ahora no había mostrado más que la cara de un hombre bondadoso, era una valoración con las palabras muy escogidas. Las profundas arrugas marcadas en su entrecejo y su gesto de esfuerzo eran la prueba de que aquello era su sincera opinión.
Es decir:
—Que no le vale el atajo de asegurar al “Primero” de los Nueve Generales Divinos y decantar la balanza de un solo golpe. Y que por mucho que se estruje ese cerebro de bufón, no se le ocurre ninguna “idea” decente, ¿verdad?
—¡Cállate ya! ¡No me eches la culpa también de que ese tipo no tenga carisma! Además, si ni el Emperador ni el general tienen carisma, ¡es lógico que les monten un golpe de Estado!
—Tú, ¿cuántas veces lo vas a repetir? No creas que la falta de respeto se te va a pasar siempre por alto.
Bajo las miradas afiladas de Priscilla y de Abel, Subaru les sacó la lengua a los dos.
Aun así, era un hecho que su cálculo se había venido abajo sin remedio. Si asegurar a los Nueve Generales Divinos equivalía a asegurar fuerza de combate, no había ventaja alguna en correr a asegurar a uno sin carisma.
—De hecho, si no tiene carisma, hasta podría decirse que lo mejor es dejarlo ahí…
—Eso también es un problema. Según las circunstancias, ese tiene la fuerza necesaria para cambiar el curso de la batalla él solo. Aunque llegaran a asegurar a todos los demás Nueve Generales Divinos, existe la posibilidad sobrada de que ese individuo se quede con mi cabeza.
—¡Qué tipo tan difícil de manejar! ¡Si es un estorbo de lo más incómodo!
Una persona con pocas ventajas para asegurarla con prisas, pero que si se la deja suelta se convierte en una bomba demasiado peligrosa.
Reinhard, cuyo poder y cuya calidad humana estaban garantizados: cuán valioso era como incorporación es algo que Subaru no comprendía del todo hasta hallarse en aquella tierra extranjera.
¿Y si lo llamara a voces? ¿No acudiría corriendo aunque estuviera en el país vecino?
—Te lo advierto, mentecato. Siendo “Santo de la Espada”, no puede cruzar la frontera por los acuerdos entre naciones. Más te vale no albergar expectativas absurdas.
—No me leas la mente. No pienso hacerlo de verdad… Aparecer solo cuando tienes problemas no es manera de tratar a un amigo.
Que acudiera al ser llamado no significaba que fuera correcto usarlo como una herramienta cómoda; eso no era una amistad.
Quizá, si la situación llegaba a ser realmente desesperada, no podría seguir diciendo lo mismo; pero hasta que ese momento llegara, Subaru estaba decidido a no abandonar sus principios.
—¿Y bien? Mentecato al que se trata como estratega de Abel, ¿se te han acabado las dudas?
—Acabado no se me ha nada, y estratega no soy, pero la primera parte…
Subaru respondió así, arrugando el gesto por la pulla de Priscilla sobre su posición. Y justo cuando iba a pasar al siguiente tema de la reunión—
—¡Señorita Natsumi, señor alcalde! ¡Permiso!
A la vez que una voz enérgica, se abrió la puerta y un nuevo personaje hizo su aparición impetuosa en la sala de reuniones.
Era Flop, un hombre hermoso de atuendo de tonos azules que hacía ondear con brío su larga cabellera dorada.
Reuniendo sobre sí las miradas de la sala, Flop asintió a Subaru y a Abel con un “ahí están”. Se suponía que había estado atendiendo a los heridos en el piso superior, aún marcado por las garras de Arakiya, pero—
—¡Señor Flop! ¿Y las curas de todos?
—¡Justo acabo de terminar! …¿Mm? Por lo que veo, ¿ahora te sientes más como el señor esposo que como la señorita Natsumi? En tal caso, vuelvo a llamarte señor esposo.
—Eh, como quieras. Pero… claro, ya han terminado…
Mientras recibía aquellas palabras de Flop, de una consideración un tanto desconcertante, Subaru, al oír que las tareas de curación habían concluido, masticó a la vez el alivio y la inquietud.
Temía que el fracaso de su propio plan añadiera más nombres a la lista de víctimas.
—No hay muertos, señor esposo.
—Eh…
—Todos estuvimos en una situación bastante difícil, eso sí. Pero es gracias a que la señorita esposa y tu sobrinita se esforzaron. También ayudó la prontitud de la señorita Taritta y de la señorita Utakata. Y, por supuesto, mi hermana y yo también nos batimos con denuedo.
Quizá por haber adivinado sus sentimientos en el color de su cara, Flop respondió con firmeza, sacando pecho.
Flop era franco al señalarse a sí mismo y jactarse de su contribución. Y la respuesta que le había dado era tan concisa que Subaru necesitó un instante para digerir la información.
—Ni un muerto…
—Sí, es la prueba de que todos hicieron su mejor esfuerzo por vivir. En mi caso, si mi hermana no me hubiera cubierto, puede que me habría golpeado la cabeza y muerto. ¡Jajaja! Con mi hermana tengo una deuda impagable.
—Sí, sí, es verdad. Con la señorita Medium tengo una deuda impagable…
Flop rio con alegría; frente a él, Subaru bajó la cabeza y le temblaron los hombros.
Sin exagerar ni un ápice, ni en broma: estaba completamente de acuerdo. Si Medium —no, si cualquiera de ellos— no hubiera estado ahí, este informe no habría llegado a oírse.
Hay vidas que se perdieron. Pero también hay vidas que no se perdieron.
La emoción que aquello le trajo al pecho fue grande—
—Mercader, ¿qué ha sido de la sanadora?
Ajeno por completo a la emoción de Subaru, Abel se metió en la conversación con tono impasible.
“Sanadora”: Subaru frunció el ceño ante aquel término poco habitual, y Flop también se quedó pensativo, pero:
—¿Eso será, quizá…, la señorita esposa del señor esposo?
—¿A quién si no? ¿Acaso había allí alguien aparte de esa muchacha capaz de usar magia de curación?
—No, no se me ocurre nadie más. Solo que…
—¿Solo que…?
—Señor alcalde, ¿no crees que deberías hablar de un modo que caiga mejor a los demás? Incluso para llamarla, si procuraras resultar más afable, las cosas avanzarían mucho más sin tropiezos.
Una protesta alegre, directa y sin rodeos a la cara; Abel, al recibirla, alzó una ceja.
Flop, tras soltarlo sin cortarse, estaba tan pancho; pero oído desde fuera, era una declaración para quedarse con el alma en vilo. Por supuesto, a Subaru tampoco le hacía gracia la actitud de llamar a Rem por sus habilidades útiles.
—Viniendo de la falta de respeto que has mostrado hasta hace un momento, hermano, ese criterio no tiene ninguna fuerza.
—Si se tiene en cuenta el viaje que hemos hecho, yo tengo derecho a decir al menos eso… Entonces, ¿el señor Flop tiene el mismo derecho?
—No lo sé, pero a ese pintoresco viaje de ustedes le tengo muchísima curiosidad.
Era una historia demasiado agitada para contarla, y profundizar en ese tema quedaba para otra ocasión.
Fuera cual fuera la forma de hablar de Abel, la seguridad de Rem era una de las máximas prioridades de Subaru. Aunque, por supuesto, ya había comprobado con sus propios ojos que ella no presentaba heridas visibles.
—¿No habrá caído por esforzarse demasiado?
—Ahí no tienes de qué preocuparte, señor esposo. Está bastante agotada, pero dentro de lo que se recupera con descanso. Tener una esposa tan trabajadora es algo maravilloso.
—Ya… Entonces, me alegro.
Subaru se llevó la mano al pecho, aliviado, y se tranquilizó con la garantía de Flop.
La situación era la que era. Aunque fuera un momento en que tenía que apoyarse en Rem, el que ella se esforzara demasiado era algo que francamente le daba miedo. Dijera lo que dijera Subaru, la Rem de ahora no le haría caso en lo que entraba dentro de lo que ella podía hacer.
—¿Tu señora?
Y así, al lado de Subaru, que acababa de sentirse aliviado, Al murmuró en voz baja.
Con la mano en la barbilla de su casco de hierro y la cabeza ladeada:
—Diría que arriba no la vi, pero ¿también ha venido la señorita de tu casa, hermano?
—¿La señorita de mi casa…? ¿Te refieres a Emilia-tan? No, no ha venido. Cuánto me reconfortaría tenerla aquí… Aunque también me da la impresión de que preferiría que no estuviera.
La dulce naturaleza de Emilia y el modo de ser del Imperio de Vollachia eran como el agua y el aceite.
Puede que Emilia, que pensaba las cosas con un punto de músculo y poco seso, encajara con la forma de sentir del Imperio; pero la crueldad del Imperio iba mucho más allá. El Imperio no le sentaba bien a Emilia.
—Una esposa que no es la señorita, ¿eh?
—…Te aviso de que eso es un arreglo práctico para salir del paso. A decir verdad, es una chica a la que he decidido tratar con ese grado de cuidado. La traeré de vuelta como sea.
Así se justificó ante Al, que había murmurado en voz baja sin apartar la mano de la barbilla.
Estando ambos en el Imperio, era imposible que un rumor extraño saliera de la boca de Al, pero no estaba dispuesto a que se hicieran conjeturas malintencionadas. Ni a que le aguaran la determinación.
—Tú, el tipo agraciado al que llamaban mercader… ¿también eres subordinado de Abel?
—Mm, subordinado no exactamente. Por las circunstancias, mi hermana y yo estamos en la posición de cooperar con el señor esposo y el señor alcalde. Bueno, creo que lo más apropiado es decir que soy su amigo más reciente.
—Vaya, un amigo, nada menos.
Priscilla, que había intercambiado palabras con Flop, distendió los labios ante su respuesta. Y, ocultando con el abanico aquellos labios distendidos, dirigió a Abel una mirada llena de intención.
—Conque te dedicabas a hacer amigos a mis espaldas. Por lo visto, el Trono del emperador de Vollachia se ha vuelto bastante fácil de dejar vacío.
—Déjate de sarcasmos. Y, para empezar, no recuerdo haberme hecho amigo de ese hombre.
—¡Qué dices, señor alcalde! ¡Si juntos nos jugamos la vida vestidos de mujer!
—¿Que si se atraviesan juntos las puertas de la muerte ya se es amigo? Entonces, todos los soldados del Imperio serían amigos míos. Y uno de los que más de cerca ha atravesado esa línea a mi lado es mi enemigo.
Una refutación perfecta, apoyada en la posición en que él mismo se hallaba; Flop, al recibirla, se calló.
Aun así, era una réplica de doble filo, de la que tampoco Abel, que la había pronunciado, salía indemne.
—En fin, el señor Flop nos ha traído una buena noticia. Yo también quisiera pasar a hablar de algo más animado…
—Espera.
—¿…Qué pasa?
En una reunión poco alentadora, era el primer tema alegre que llegaba. Interrumpiendo a Subaru, que intentaba tomar impulso con ello, Abel señaló a Flop con la barbilla.
Guiado por aquel movimiento, Subaru también dirigió la mirada hacia Flop y:
—¿Señor Flop?
Y así cayó en la razón por la que Abel lo había señalado: el cambio en su expresión.
Flop, que nunca prescindía de un gesto alegre y luminoso. Lo que asomó en los ojos de quien había mantenido siempre ese modo de ser semejante al sol fue una leve vacilación y un deje de pesar.
—Si fueras mercader, serías cuidadoso a la hora de conducir un tema. En ese aspecto, no creo en absoluto que sirvas para mercader.
—Esa opinión me la han dado bastantes veces, así que algo pienso al respecto, pero lo dejo para otro momento…Señor esposo, en lo que te conté antes había una parte que me dejé a medias.
Con Abel, que le había hecho la observación, en el rabillo del ojo, Flop miró a Subaru agitando con pesar sus largas pestañas.
En su bien formado rostro, la desesperada gravedad que asomaba le oprimió el pecho. Pensó que no quería oír lo que venía después, y aun así no podía dejar de escucharlo.
En ese sentido, Flop poseía un talento innato para hacer que los demás le escucharan. De no ser por esta situación, habría podido colmarlo de elogios diciendo que era un don que debía aprovechar como mercader.
Pero—
—No es algo ajeno al señor alcalde. También quiero que vengan la señorita Kuna y la señorita Holly.
Ahora que no podía interrumpir a Flop mientras decía aquello, ese talento le resultaba odioso, como si estuviera maldito.
3
—Así que Abel y Natsumi también han venido.
Llamados por Flop, Subaru y los demás salieron un momento de la sala de reuniones y subieron al piso superior del ayuntamiento.
En aquel espacio, donde se había reunido a los heridos hasta parecer un hospital de campaña, quien salió a recibirlos con esas palabras fue Mizelda, con su chamuscado cabello negro recortado al ras.
Mizelda, la que, expuesta al ataque de Arakiya, había sufrido las heridas más graves.
Por muy dueña de un cuerpo fuerte y resistente que fuera, sin duda era una situación en la que se ponía a prueba su fuerza vital: hasta dónde podría responder con la magia curativa de una Rem que no estaba en su mejor estado.
—Perdón por hacerles venir. Es solo que pensé que debía comunicárselo cuanto antes.
—Señorita Mizelda…
Mientras decía aquello, Mizelda, sentada en un objeto decorativo junto a la pared, esbozó una leve sonrisa.
En la sonrisa de Mizelda, una de las poderosas amazonas, faltaba aquel porte salvaje que tantas veces les había mostrado a Subaru y los suyos.
Aun así, no había perdido la fuerza de una mirada intensa. Aquello resultaba desequilibrado.
—Ante todo, quiero agradecerte. Gracias a Rem salvé la vida. Un milagro.
—…
—También lograste arrebatarles la ciudad, y de manera admirable. Como jefa de las Shudrak, me maravilla tu labor. Y, sobre eso, para la batalla que viene, tengo que hacer una declaración.
Alabando la entrega de Rem y la contribución de Subaru, Mizelda se enderezó en su postura.
Y entonces…
—Cedo el sitial de jefa de las Shudrak a mi hermana Taritta. Yo ya no puedo cumplir con mi deber.
Y así, acariciando su pierna derecha, perdida de la rodilla hacia abajo, hizo su declaración de que traspasaba el papel.
—…
La expresión de Mizelda, que acababa de declarar que cedía el cargo de jefa, era resuelta.
El brío de su hermoso rostro, de intenso salvajismo y mirada poderosa, no decaía, y era idéntico hasta el último detalle a la impresión que causaba cuando la vio por primera vez. Hasta el final, la impresión misma de una mujer fuerte.
Con esa misma impresión, Mizelda había perdido la pierna derecha y decidido retirarse del sitial de jefa.
Quienes albergaban un pesar muy marcado eran, más bien, los que rodeaban a semejante Mizelda.
Las Shudrak, que de cerca habían visto la fuerza de su jefa Mizelda: su frustración y su sensación de pérdida no eran, ni mucho menos, algo que pudiera borrarse con facilidad.
Kuna se quedó sin expresión, acentuando aún más su habitual hosquedad; Holly, que de costumbre no abandonaba su aire despreocupado y a su propio ritmo, también tenía el semblante abatido. Utakata, con los ojos arrasados en lágrimas, se mordía los labios y bajaba la cabeza, y las demás Shudrak mostraban igualmente una expresión sombría.
Sin embargo, quien estaba más descompuesto de todos era…
—Ah, hermana mayor, es imposible para mí. Que yo sea la jefa… no está a mi alcance…
—Taritta.
—¡Era un papel que solo tú podías cumplir, hermana mayor! Yo no tengo madera para eso…
Sacudiendo la cabeza de un lado a otro, Taritta suplicaba así con desesperación.
Taritta había sido designada directamente por Mizelda como la próxima jefa, pero que ella respetaba y amaba a su hermana, con un sentimiento cercano a la veneración, era evidente incluso por sus palabras y actos de cada día. Precisamente por eso, el hecho de que Mizelda hubiera perdido la pierna quizá la había sacudido a ella más que a la propia Mizelda.
—…Es mi falta de fuerza.
Ante la desgarrada súplica de Taritta, hubo una voz que se culpaba a sí misma con debilidad.
Era Rem, apoyada en un bastón y consumida del todo, en un rincón del piso lleno de heridos.
Como única usuaria de magia curativa en aquel lugar, Rem había corrido de acá para allá para salvar a muchos. La sangre que manchaba su ropa y su cabello, y su semblante de intenso agotamiento, hablaban de la dureza de aquello.
¿Quién podría reprocharle algo a Rem, ante su figura y su arrepentimiento?
Por eso…
—Rem, no tienes por qué preocuparte. Enfrentarme a una General del Imperio y salir solo con una pierna menos fue cuestión de suerte… No: fue gracias a tu ayuda.
—Señorita Mizelda… pero aun así.
—Estoy agradecida contigo. No hace falta decir nada más.
Ante Mizelda en persona, que le reiteraba su agradecimiento, Rem ya no pudo decir nada más.
Junto a Rem, que enmudecía, se arrimaba Ruy, con su largo cabello dorado alborotado. Poniendo la mano en el hombro de Ruy, que le sujetaba suavemente el dobladillo, Rem bajó los ojos en silencio.
El sentimiento de culpa y la impotencia que Rem sentía, Subaru los comprendía hasta dolerle. Pero antes de que Subaru pudiera decir algo, el apuesto hombre de cabello negro se adelantó.
—Mizelda, no tienes intención de cambiar de idea, ¿verdad?
Ante la pregunta de Abel, que había dado un paso al frente, Mizelda, sentada en el objeto decorativo, asintió.
Ella, tocando con el dedo el muñón de la pierna vendada, dijo…
—Ah, no tengo intención de cambiar. El pacto entre las Shudrak y el emperador de Vollachia se mantiene. De lo que venga en adelante, pregúntale no a mí, sino a Taritta… no, a la jefa.
—…Entendido. Mizelda, bien hecho.
Ante la respuesta de Mizelda, que había afianzado su voluntad de retirarse, Abel mostró su comprensión con semblante grave. Al recibirlo, Mizelda soltó un “fu” de risa y relajó el gesto.
—De todos modos, muéstrame una sonrisa. Ese es el deber de un guapo.
—…Hm.
—Así está bien.
Pese a ser justo después de perder la pierna, Mizelda era demasiado fuerte.
Ante aquella actitud suya, hasta el arrogante e insolente Abel no le reprochó la falta de respeto, y llegó a sonreír.
Era la mejor prueba de que el emperador despojado del Trono mostraba respeto a una guerrera que vivía en la selva.
Y entonces…
—¡Escuchen, hermanas mías!
Apretando la expresión que había esbozado una sonrisa y alzando el rostro, Mizelda elevó la voz.
Al oír aquella voz fiera, las Shudrak enderezaron la postura al unísono y adoptaron una actitud de escucha.
—Como ya dije antes, ¡yo ya no puedo cumplir con mi deber de jefa! Por tanto, ¡cedo el papel de jefa a mi hermana Taritta! ¡Todas, sigan a Taritta!
—…
—Esta es mi última orden como jefa. Gratitud al juramento de los antepasados, gratitud al orgullo de los espíritus ancestrales.
—¡Gratitud!
Ante el cierre de Mizelda, las Shudrak repitieron aquellas palabras.
No tenía conocimiento de sus costumbres ni de las tradiciones de largos años. Pero incluso a Subaru, profano y ajeno al grupo, le quedó claro por instinto que aquello había sido un ritual de sucesión.
Una sucesión breve, tampoco protocolaria, conjunción de lo pragmático y de lo conceptual.
Aquí, la jefatura de las Shudrak pasó de Mizelda a Taritta.
—Hermana mayor…
—No pongas esa cara tan triste, jefa. Tus dudas son las dudas de nosotras. Tus vacilaciones son las vacilaciones de nosotras. Tu muerte será la muerte de todas.
Acercándose, Mizelda infundió ánimo a la nueva jefa Taritta, cuyo semblante no se despejaba.
Aquello no aliviaría de una vez los sentimientos de Taritta. Pero ella también comprendió que, a esas alturas, aferrarse no cambiaría la situación.
Tras un silencio de un rato, Taritta asintió tímidamente, aunque sin decir palabra.
—…
El complejo sentimiento que cruzó los ojos de Mizelda al verlo fue algo que Taritta, con la cabeza baja, no alcanzó a ver. Y era un terreno sagrado que nadie más que ella debía mencionar.
4
—…Sinceramente, me ha sorprendido.
Cuando terminaron el relevo de la jefa y el informe de daños, Subaru se dirigió así a Abel.
Abel, así abordado, frunció el ceño y, con cara de fastidio, preguntó qué quería decir con un “¿Qué cosa?”.
—Tengo muchas cosas que pensar. No me molestes tú también.
—No hace falta que lo digas todo con esa dureza… Solo que me ha sorprendido: que aceptaras tan sin más que la señorita Mizelda se retire del frente.
—…
—Daba por hecho que, por haber perdido solo una pierna, no sería para tanto, y que le soltarías eso de “trabaja para mí hasta morir”.
Aunque él mismo lo veía como una opinión demasiado extrema, Subaru le comunicó a Abel lo que sentía de verdad.
Era el emperador que, para recuperar el Trono, había sumado a las Shudrak a sus fuerzas y que, en el peor de los casos, había contemplado contaminar con veneno la Ciudad Fortaleza de Guaral.
Abel—no, Vincent Vollachia—no dudaría en tomar decisiones despiadadas.

—Insensato. ¿Qué sentido tiene forzarla de ese modo?
Sin embargo, ante Subaru, que le había confesado su verdadero sentir preparado incluso para el insulto, la respuesta de Abel fue serena.
Ante el desconcertado Subaru, Abel, contemplando a lo lejos a las Shudrak que conversaban:
—Para empezar, yo no pido a mis subordinados más de lo que pueden hacer. Ordenarles que den lo mejor de sí y exigirles a la vez que saquen más de sus propios límites no pasa de ser un desvarío.
—…
—Un desempeño superior al que uno ha valorado solo desajusta los cálculos. A mis subordinados no les pido ni más ni menos. Y Mizelda ha cumplido con su cometido. Entonces, lo único que yo puedo darle es una recompensa.
Arengar con palabras, sacar con recompensas más de lo que uno puede dar, y prometer lo siguiente con una palabra de aliento.
Subaru había dado por hecho que así es como los poderosos someten a sus subordinados. Por eso, la respuesta de Abel era diametralmente contraria a la que él se figuraba.
No exigir a los subordinados que rindan por encima de sus capacidades. —Eso, en cierto modo, parecía un entorno en el que resultaba fácil trabajar y, a la vez, daba la impresión de ser un entorno solitario.
—Por supuesto, al desempeño que no merece reconocimiento lo premio con un castigo. Recompensa y castigo merecidos: ¿entiendes lo que significa?
—…Eso significa que a mí me vas a castigar, ¿no?
—Si fueras mi subordinado, así sería. Pero ¿es que tú eres mi subordinado?
Mirado así de frente, Subaru abrió mucho los ojos ante sus palabras.
Por supuesto, Subaru no recordaba haberse convertido en subordinado de Abel. En la conversación con Priscilla, Abel lo había tratado como estratega, pero él no tenía la menor intención de aceptar el cargo.
—No es que el título de estratega no me tiente, pero ser tu subordinado, ni de broma.
—Ya lo suponía. Tú no eres mi subordinado. Por lo tanto, no entras en el ámbito del premio y el castigo merecidos.
—Visto así, ¿qué se supone que soy yo para ti…?
Al final habían acabado obligados a ir juntos, pero en su origen no había entre Subaru y Abel ni una relación de amo y servidor, ni tampoco un vínculo de esos más cálidos.
Solo el curso de los acontecimientos los había unido en un mismo destino; resuelto el problema, sus caminos se separarían.
No eran aliados, ni camaradas, ni compañeros de armas. Si acaso, compañeros de vestir de mujer.
—Hubo quien me llamó amigo por su cuenta y riesgo, pero de ti no cabe decir lo mismo.
—No. Soy tímido, así que no hago amigos con facilidad.
Con la situación actual, quien viniera a llamarlo amigo ahí tendría que ser un santurrón o un estafador. Flop simplemente era lo primero.
Y entonces—
—Yo tengo que retomar la conversación con Priscilla. Cumple tú con lo tuyo.
—¿Lo mío…?
—No hace falta que te lo diga para que lo sepas.
Cortado por aquellos ojos de mirada afilada, Subaru dirigió la vista a un rincón del piso.
Allí estaba Rem, sentada en el suelo con las rodillas dobladas. No se le veía el rostro, que mantenía bajo, pero recordando lo de su sentimiento de culpa, no cabía duda de que no podía dejarla sola.
Molestaba un poco que hubiera sido Abel quien se lo dijera primero, eso sí.
—Si te peleas con Priscilla y vuelve a empezar una batalla, no lo aguanto. Ten cuidado con cómo le hablas.
—La mayoría te aconsejaría que quien debe cuidar sus palabras eres tú, no yo.
Con su pulla devuelta por otra aún mayor, Subaru se despidió de Abel, que regresaba a la sala de reuniones.
Con el relevo de la jefa, el modo de ser de las Shudrak también cambiaba. Contando con eso, Abel tendría cosas que discutir con Priscilla. Ahí Subaru tenía poco que hacer.
Lo prioritario era una conversación que solo Subaru podía tener.
—Rem, ¿tienes un momento?
Tras respirar hondo para serenarse, se dirigió a ella así.
Rem, sentada con las rodillas dobladas y la espalda apoyada en la pared, se removió al oírlo y reflejó su figura en unos ojos de un azul pálido y mirada vaga.
—…Eres tú. ¿Cuándo te vas a cambiar de ropa?
—Antes que cambiarme, tú eres la prioridad. En cuanto terminemos esta charla, me cambio enseguida.
—Ya veo. Entonces, la charla ha terminado. Ve a cambiarte.
—¡Eso es muy a la ligera!
Ante la respuesta seca de Rem, que no daba pie a nada, Subaru alzó la voz. Y al oír aquella voz, Rem aguzó la mirada y dijo “guarda silencio”.
Luego, señaló con la barbilla a la muchacha que se recostaba contra su hombro izquierdo:
—Vas a despertar a Ruy, que está durmiendo. Ten consideración… ¿O es que ni esa consideración quieres tener con esta niña?
—No lo digas de esa manera tan desagradable. Yo tuve la culpa.
Ruy, arrimada a Rem, dejaba escapar un leve resuello dormido.
Había oído que Ruy, que también había manchado de sangre su ropa blanca, había ayudado a Rem a aplicar la magia curativa. Según lo que contaba Utakata, aunque torpemente, había obedecido bien.
Por supuesto, el interior de Subaru era complejo, eso sí.
—Cuando pones esa cara de severidad con ese atuendo, una se descoloca.
—A-ah, perdón. Con el maquillaje hecho un desastre, estoy hecho un adefesio, ¿eh?
—Adefesio ya lo estabas desde que el maquillaje estaba en orden.
—Ay, ay, ay…
Ante el modo de hablar de Rem, mordaz como siempre, Subaru dejó caer los hombros y fingió sentirse abatido. Después se sentó despacio al lado derecho de Rem, el opuesto a Ruy, y se acomodó a su lado.
Una mirada de protesta de Rem le llegó de reojo, pero él la ignoró a propósito:
—Rem, lo has hecho muy bien. Gracias a ti se salvó todo el mundo.
—…También he sentido con crudeza mi falta de fuerzas. Si te soy sincera, me siento una inútil.
—Rem…
En respuesta a aquellas palabras de reconocimiento, Rem bajó la vista hacia sus propias manos con gesto de frustración. Contemplando sus blancos dedos, se mordía los labios con debilidad.
—No hay nada de inútil en ti. Con los recuerdos todavía confusos, has llegado a usar la magia curativa y has ayudado a un montón de gente. Y aun así…
—Lo sé. Que, en realidad, esta magia no era así.
—¿Que no era así…?
—La magia curativa. La que yo uso ahora es puramente intuitiva; en otras palabras, de cosecha propia. Con el apoyo de Ruy, más o menos toma forma, pero…
Lo que Rem iba a decir a continuación no siguió.
Un lamento, al pronunciarlo, se vuelve un veneno que hiere al prójimo y a uno mismo. A cambio, alivia solo un poco el peso del pecho. Y Rem repugnaba aliviarse a sí misma.
Era la prueba de que se culpaba por no haber podido salvar a otros con la fuerza que le faltaba.
—…
Y aquel ánimo de Rem, que se atormentaba a sí misma, Subaru lo comprendía hasta dolerle.
El remordimiento de que se podría haber hecho más atormenta mucho más que una pared fuera de alcance. Y más aún cuando está en juego el futuro de otra persona, de alguien que no es uno mismo.
Tras expresar un sentimiento que nunca antes había mostrado, los empañados ojos de Rem miraron a Subaru y sus labios temblaron.
—La de antes… Si fuera la que era antes, ¿qué habría pasado?
—…¿Dices la Rem que tenía sus recuerdos?
—Sí. Con la magia curativa que yo usaba entonces, la pierna de la señorita Mizelda…
Se habría podido conservar: ante la frase que debía continuar así, Subaru cerró los ojos.
No es que no comprendiera los sentimientos de Rem. Pero determinar hasta qué punto la presencia o la ausencia de recuerdos afectaba su magia curativa era algo que a Subaru, profano en la materia, se le hacía difícil.
—…
Rem, con una emoción desesperada en sus ojos de azul pálido, lo miraba fijamente.
No sabía si la respuesta que ella buscaba estaba entre las que él podía dar. Ante él solo había dos opciones: con la Rem de antes, “se podía” o “no se podía”.
¿Cuál de las dos respuestas la salvaría…? No: ¿cuál evitaría herirla más?
—…Creo que, aunque hubieras tenido los recuerdos, no habría habido forma.
—…
—La magia curativa tampoco es omnipotente. Y dentro de eso, tú hiciste lo mejor que podías.
Tras unos segundos de cavilación, que en su interior se hicieron mucho más largos, respondió eso.
Que, aunque Rem hubiera tenido sus recuerdos, aunque su magia curativa hubiera estado en plenas condiciones, probablemente no habría podido dejarle la pierna a Mizelda.
No es cuestión de si era o no la verdad.
Si uno empieza con los “y si…”, no termina nunca. Es cierto que Rem no pudo salvar la pierna de Mizelda. Pero salvó las vidas de muchos heridos, Mizelda incluida.
Ese mérito es lo que debía reconocerse, y no tenía ningún motivo para culparse.
Más bien, si había alguien a quien culpar, ese era…
—…Yo fui el que no estuvo a la altura.
—Eh…
—No pensé lo suficiente. Debí examinarlo todo con mucha más seriedad.
Al oír la respuesta que Subaru dejó salir, Rem abrió de par en par sus redondos ojos.
Frente a ella, Subaru apretó con fuerza los dientes y se cubrió el rostro con las dos manos.
Si de maldecir su falta de fuerzas se trataba, aquella culpa debía recaer sobre Subaru.
—Todo es culpa mía.
Por mucho que había proclamado con aires de grandeza la “Rendición sin Sangre”, la realidad le había deparado un resultado que distaba mucho de ella.
Con la irrupción de Arakiya había causado un gran número de heridos y, además, con el rescate de su persona había habido varios muertos entre los guardias de la ciudad. Cierto es que no hubo víctimas entre los suyos, pero viendo la pierna perdida de Mizelda, ¿cómo podía hablarse de “sin sangre”?
Había fallado. Acumuló un fracaso tras otro, dejó escapar la ocasión de recuperarse y apiló más fracasos.
Lo que buscaba era el mejor final feliz posible. Y, sin embargo, lo que tenía ante él era un final feliz mediocre; o, mejor dicho, un final desdichado mediocre.
“Recompensa y castigo merecidos”: si seguía aquellas palabras de Abel, merecía un castigo.
Hasta el punto de considerar, en el peor de los casos, apostar por la mejor de las posibilidades aunque tuviera que recurrir al “Retorno por Muerte”—
—…¿Por qué?
De pronto, una voz así golpeó el tímpano de Subaru, que estaba sumido en sus pensamientos.
Al alzar la cara de inmediato, se topó de frente con los ojos de Rem, que lo miraba fijamente.
Los ojos de Rem, que hasta hacía un momento estaban empañados por el remordimiento, albergaban ahora—no sabía por qué—una culpa aún más intensa, y lo miraban de frente.
—¿Por qué eso va a ser culpa tuya?
A Subaru, desconcertado por aquella mirada y sin poder moverse, se le sumaron más palabras.
Ella, con los ojos aún empañados, extendió la mano y, señalando el ayuntamiento convertido en un desastre:
—¿Que la pierna de la señorita Mizelda, las heridas de Ruy y de la señorita Utakata, los golpes de la señorita Medium y del señor Flop: todo, absolutamente todo, es culpa tuya?
—Eso… Sí, eso es. Si yo hubiera preparado las cosas con más cuidado, no habría acabado así.
—Tú ideaste un plan y, con un plan que parecía temerario, lograste resultados. Aseguramos bien a los dos Generales y pudimos entrar en la ciudad sin que nadie tuviera que luchar. Tal como estaba previsto.
—Pero después…
—¡Lo que vino después no cuenta!
Ante el insistente Subaru, Rem alzó las cejas y levantó la voz.
Con aquel movimiento brusco, la cabeza de Ruy cayó del hombro de Rem a su regazo. Ruy soltó un pequeño quejido, sin despertar. Rem le sostuvo el hombro, recobró el aliento y miró a Subaru.
—Lo que vino después, nadie podía preverlo. Que apareciera aquella mujer medio desnuda y que armara aquel escándalo, todo era impredecible. Y aun así…
—…
—Y aun así, ¿por qué vas a cargar tú solo con la responsabilidad de todo?
Al ser preguntado de nuevo por qué, Subaru contuvo el aliento.
Si le preguntaban por qué, Subaru pensaba que era porque esa era la responsabilidad de quien poseía poder.
Igual que Rem se lamentaba por la falta de fuerzas de su magia curativa, también Subaru se arrepentía y se lamentaba a veces de que su facultad no bastara. En el caso del “Retorno por Muerte”, el alcance era mayor.
Porque, si Subaru ejercía su poder, el futuro podía volverse mejor o peor.
Sin embargo…
—Eso…
—Era una verdad que no podía confesarle ni aunque se tratara de Rem.
Y no era algo exclusivo de Rem.
Sobre la facultad que Subaru poseía: eso era lo único que no podía transmitir por mucho que hubiera abierto su corazón a alguien. —No; precisamente a la persona con quien había conectado de verdad era a quien no podía contárselo.
Una verdad que, de contarla, podría llevar a la muerte a quien la escuchara: ¿cómo iba a revelarla?
El dolor da miedo. El que provoca intentar confesar el “Retorno por Muerte” es terrible. Y un dolor agudo como si le agarraran el corazón: ¿quién se acostumbra a eso por mucho que lo padezca una y otra vez?
Pero lo verdaderamente terrible no es el dolor, sino la pérdida.
¿Existe en este mundo algo más temible que perder?
Y precisamente por temerlo hasta el extremo le fue concedida esa facultad a Natsuki Subaru, ¿no es así?
—…¿Por qué me protegiste?
—¿Eh…?
—Cuando aquella mujer medio desnuda nos atacó. Derribaste un pilar y tampoco sirvió… Cuando ella se lanzó contra mí, te pusiste delante de mí.
Para salvar a Rem del ataque de Arakiya, Subaru se había puesto delante de ella sin pensar en nada más.
Con los brazos abiertos, se esforzó con todas sus fuerzas por no dejar que ninguna amenaza se acercara a Rem. En aquel instante, aunque Arakiya le hubiera quitado la vida, no le habría importado.
Quería que Rem viviera más que él, aunque fuera solo un segundo.
Y eso…
—El resultado de haber propuesto la Rendición sin Sangre, el haberme protegido en aquel lugar, e incluso el que la señorita Mizelda perdiera la pierna: intentas cargar tú solo con todo…
—…
—Tú no eres una persona lo bastante fuerte como para poder con todo eso… Aunque, al principio, te miraba con recelo por ese olor repugnante que desprendes.
Ahí hizo una pausa y Rem bajó una vez la vista hacia Ruy, sobre sus rodillas. Mientras le acariciaba con dulzura el cabello dorado, volvió a dirigir la mirada a Subaru y:
—Ni yo, ni Ruy, ni el señor Abel ni la señorita Mizelda y los suyos, ni la señorita Medium ni el señor Flop: todos somos personas con voluntad propia, y no hace falta que te envalentones por protegernos a ultranza.
—Ah…
—No intentes hacerlo todo tú solo hasta ese punto. No hay por qué cargar tú con la responsabilidad de nuestros actos.
Abrumado por aquel torrente de palabras, Subaru abría y cerraba la boca sin emitir sonido.
Su cerebro se negaba a comprender de inmediato lo que le estaban diciendo. Y, sin embargo, una impaciencia de origen desconocido le quemaba el corazón con la idea de que no debía oír nada más.
Rem, con una emoción desesperada, insistía ante Subaru, que había maldecido su falta de fuerzas.
Que no debía dejarle decir más…
—Tú…
Y aun sabiendo que no debía dejarla decirlo.
—Tú no eres un héroe, ¿sabes?

5
Vagueando, tambaleándose, Subaru caminaba por dentro del ayuntamiento como un alma en pena.
No tenía un destino fijo. Y, para empezar, ni siquiera tenía claro desde cuándo había echado a andar. Cuando se dio cuenta estaba caminando y, de hecho, incluso ahora su conciencia se hallaba en una nebulosa.
—¡…!
De pronto, chocó de frente con un impacto duro.
Al mirar, resultó que se había golpeado contra una pared por ir caminando con la vista clavada en sus pies. Subaru se apretó la frente dolorida y exhaló el aire.
Y luego, sin darle importancia, volvió a golpear contra aquella pared dura la frente con la que acababa de chocar.
Sonó un impacto seco y un ruido sordo, y Subaru sintió un dolor punzante recorrerle el cerebro.
Deseando aquel dolor sin saber muy bien por qué, golpeó la frente contra la pared una y otra vez.
Golpeó, golpeó y golpeó, una y otra vez…
—Oye, oye, déjalo ya, hermano.
Alguien le agarró por detrás el hombro que había echado atrás para golpear, y le dirigió esas palabras.
Al mirar, sus oscuros ojos, al darse la vuelta, se cruzaron con una mirada que lo observaba desde detrás de un yelmo de hierro…
—Entiendo que quieras morirte, pero da igual las veces que lo hagas: con eso no vas a ningún lado.