El Camino a Seguir
Capítulo 3
El Camino a Seguir
1
Una mano musculosa le agarró el hombro y lo obligó a darse la vuelta; Subaru abrió los ojos de par en par.
Hasta ese punto lo tomaron por sorpresa las palabras del yelmo de hierro que lo miraba fijo—las de Al—.
El apretón en el hombro era además firme, imposible de pasar por alto. Se diría que transmitía una voluntad: la de no permitir que Subaru siguiera ni un segundo más con aquella autolesión, la de golpearse la frente contra la pared.
—Déjalo ya.
—…Ah.
Al cruzar la mirada y oír por segunda vez aquel intento de frenarlo, se le escapó el aliento.
De golpe, Subaru sintió que le reprochaban la extravagancia que acababa de cometer, y la vergüenza y la lástima de sí mismo le subieron desde el fondo del estómago. Era idéntico a un personaje de videojuego al que obligan a correr contra una pared.
Y contando también con que había renunciado a pensar, ¿no era aquello un retrato exacto de su situación?
—Como sigas imitando esa tontería y acabes idiota, es tu problema. No; el caso es que la cosa es lo bastante grave como para que no pueda dejarla pasar.
—…En ese caso, perdone las molestias que le he causado.
—¿Y ahora por qué hablas con tanta ceremonia? Aparte, con esa voz ronca que se te ha quedado, das miedo.
Al oír a Al señalárselo, Subaru volvió a burlarse de sí mismo: de que su propia voz sonara ronca hasta el punto de asombrarlo a él.
Y de la imagen entera de un Subaru que absorbía de lleno los efectos de su derrumbe mental, y al que habían arrastrado a una situación en la que su cabeza era un desastre.
Y era de lo más natural. Y es que Subaru lo había oído de la boca de Rem, nada menos…
—¿Tanto te ha dolido lo que te dijo esa jovencita?
—¡…!
En el instante en que le hizo la pregunta, Subaru alzó la cabeza como impulsado por un resorte. Al, sorprendido por el brinco, soltó un “¡Qué susto!” entre bromas y le quitó la mano del hombro, pero fue Subaru quien acortó la distancia.
—¡¿Es que estabas escuchando…?!
—No es que pretendiera escuchar a escondidas, ¿eh? Resulta que fui a buscar a mi hermano y lo pillé en mitad de una conversación de las importantes, y encima el hermano se puso a caminar dando tumbos. Y luego, pues lo de siempre…
Mientras hablaba, Al se dio unos golpecitos con el dedo en la parte frontal de su yelmo.
Con eso quería decir que su presentimiento se había cumplido. Más que de que Al lo tuviera vigilado, venía a ser que la desesperación de Subaru resultaba tan descaradamente visible que cualquiera habría pensado lo mismo.
La frente, justo donde se había golpeado, le dolía con un escozor sordo, y Subaru bajó la cabeza, avergonzado.
—En fin, delante de la jovencita te mantenías más o menos estable. Ella seguramente no se ha dado cuenta.
—Ah…, ya…
Consolado por Al, que jugueteaba con los herrajes del yelmo, Subaru se sintió aliviado y, al mismo tiempo, lamentable.
Dentro de aquel espectáculo tan poco lucido, se dijo que, si al menos había logrado no inquietar a Rem, eso ya era ganancia.
Y, acto seguido…
—Al, lo de antes… ¿Qué querías decir?
—¿Lo de antes?
—…Eso de que entiendes mis ganas de morirme, o algo así.
Con la mano sobre la frente dolorida, Subaru preguntaba por el sentido real de las palabras que le había dirigido Al.
Le habían frenado la autolesión y lo habían devuelto a la cordura, sí; pero también era verdad que la manera de hablar de Al, que parecía no dar importancia a nada, le había resultado en aquel instante enormemente significativa.
Sus ganas de morir, y aquella frase de que, por muchas veces que uno lo intentara, nunca habría un final.
O quizá aquello daba a entender que Al tenía asida la singularidad de Subaru, su Autoridad…
—No me gusta decirlo, pero yo también soy un viejo de una edad respetable, ¿sabes? Trances como el tuyo, hermano, también he vivido. Incluso he hecho el ridículo delante de una chica linda.
—¿…Ah?
—No me hagas ese ruido. Que a un hombre le den ganas de morirse de pura vergüenza es un camino por el que pasa cualquiera. Y si te digo más, yo todavía lo piso con bastante frecuencia. La mirada que pone la princesa en esos momentos te mata, en serio.
Con una risa floja, Al le dio unas palmadas a Subaru y le fue soltando lecciones de quien ha andado más camino.
Ante el contenido y el talante, Subaru le sostuvo la mirada con fijeza, tratando de discernir si era una treta o si iba en serio.
—¿Mm? ¿Qué pasa, hermano?
Sin embargo, por más que tratara de sondear los sentimientos verdaderos de Al, el hierro negro se lo impedía.
Hasta entonces había dado por buena la indumentaria de Al como una simple extravagancia de la moda; pero, al encararlo así, buscando su intención real, caía en la cuenta de que era una protección mucho más sólida de lo que había creído.
A la vez, eso le hizo percatarse de que él mismo se estaba poniendo demasiado nervioso.
—No hay manera de que lo sepa… ¿verdad?
Había sido una simple casualidad que la forma de decir de Al se le quedara atascada en la conciencia.
Si Al conociera el “Retorno por Muerte”, intentaría hacérselo saber de una forma mucho más clara. La Autoridad del “Retorno por Muerte” era, por su sola existencia, un objeto peligroso.
Una amenaza que, como le ocurrió a Roswaal, quien llega a conocerla no puede evitar tocar.
Y, al mismo tiempo…
—No todos los que son invocados a otro mundo reciben algún tipo de poder.
No conocía con detalle las circunstancias de Al, pero parecía razonable pensarlo así.
Pues, si en Al morara algún poder especial, cabía suponer que también habría podido evitarse la pérdida de su brazo izquierdo.
Por ejemplo, si Subaru llegara a verse en esa misma tesitura de perder un brazo, antes de quedarse sin el izquierdo…
—…¿Volvería?
Al pensarlo, Subaru se quedó mirándose fijamente el brazo izquierdo.
La pérdida de una extremidad, planteada como hipótesis, era un desenlace del todo posible. En primer lugar, que Subaru hubiera sobrevivido hasta hoy con el cuerpo intacto no era más que un favor del “Retorno por Muerte”.
En las vueltas en las que había perdido la vida, una y otra vez había sufrido el embate de perder brazos y piernas.
Si hubiera superado alguna de aquellas “muertes” sin morir, bien podría estar viviendo hoy con alguna parte del cuerpo amputada.
—Jamás dependería por completo del “Retorno por Muerte”: así lo decidió Subaru en su interior.
Pero, si tal era el caso, ¿hasta dónde se permitiría depender de él?
Un brazo, una pierna, un dedo, un ojo: ¿hasta dónde perdido podría decidir que recurría al “Retorno por Muerte”? ¿Y si lo que se perdía no eran sus propios miembros, sino los de Emilia o los de Rem?
En la Ciudad de las Compuertas de Priestella, Subaru no recurrió al “Retorno por Muerte” por el brazo que había perdido Ricardo. Hoy, aquí y ahora, tampoco lo ha hecho por Mizelda, que ha perdido la pierna.
Y eso que sabía que, usando la Autoridad, existía la posibilidad de atraer un resultado mejor.
Y eso que sabía que podía reducir a quienes pierden un brazo o una pierna y ven cortado el camino que llevaban.
—Yo…
—…
—Yo soy un hipócrita.
Sabía que la Autoridad que le habían concedido era algo inmenso, y aun así no era capaz de dar el paso decisivo.
Natsuki Subaru era un ser demasiado, demasiado impotente y egoísta.
Por eso…
—¡¿También a Rem… güa…?!
—Mala ruta, hermano.
También había hecho que Rem pronunciara aquella frase decisiva.
A Subaru, que empezaba a hundirse por ello, un capirotazo brutal le hizo saltar la frente. Con los ojos anegados en lágrimas por el chasquido, miró a Al y balbució un “¿q-qué…?”.
En el campo visual empañado de Subaru, Al, con aire de incredulidad, le señaló con el dedo y soltó un “oye, mira”:
—¿Cuánto te tambaleas por una frase de esa jovencita? Que te vengas abajo porque te digan una nadería es lo más lastimoso que hay. ¿Tú tampoco lo ves así?
—Eso… es…
—Que te alteres por tan poco es un fastidio. Me da vergüenza encontrarme diciendo esto…, pero yo tengo puestas mis esperanzas en ti, hermano.
—¿…Esperanzas?
Al oír unas palabras que jamás se había planteado, Subaru replicó con asombro.
Al ver su reacción, Al asintió con energía y dijo “así es”.
—El discurso que hiciste en Priestella, te acuerdas.
—A-ah, sí, me acuerdo, pero…
—Aquel día yo te lo dije, ¿no? Que lanzar aquello al aire significaba que cargarías con la “fantasía del héroe”.
Le venía a la memoria la situación desesperada: la ciudad atacada por el Arzobispo del Pecado y un montón de gente en un apuro.
Y recordaba que las palabras que Al había dirigido a Subaru, a quien en medio de aquello se le exigía un papel y no daba el último paso, habían sido la “fantasía del héroe”.
Un ser que carga en solitario con las esperanzas y los anhelos de la gente, de las multitudes, y al que no le está permitido perder.
Cargar con la “fantasía” llamada “héroe”, la que todos quieren que exista.
Y el Subaru de entonces había contestado con una despreocupación excesiva.
Su respuesta: que aquello no cambiaba respecto a lo de siempre.
—Aquí pasa lo mismo. Que una sola persona te niegue, ¿y qué? Ni se le da la vuelta a lo que has hecho, ni tu determinación se pone del revés.
—…
—No te dobles, hermano. Hazte valer, hermano… Responde a las esperanzas, hermano.
Y, una vez más, Al, que conocía las hazañas de Subaru en la Ciudad de las Compuertas, le palmeó la espalda.
Era un logro de Subaru que no conocían ni Rem, que lo tenía todo olvidado, ni Ruy, que había retrocedido a la infancia, ni, cómo no, Abel, Flop o Medium, ni las Shudrak. Nadie.
Priscilla era otro caso: aunque lo supiera, era dudoso que lo recordara…
—Yo no lo he olvidado. Y perdona, pero a estas alturas no pienso dejarte escapar, hermano.
—¿Que no me dejas escapar…?
—Ya ha empezado. El cartel que uno levanta no puede bajarlo hasta que se muere.
—…
Ante la puntualización crítica de Al, Subaru contuvo el aliento una vez más.
Y por primera vez supo que aquel anuncio de la Ciudad de las Compuertas había llegado no solo a la gente que allí estaba a punto de ser tragada por la inquietud y el miedo, sino que también había alcanzado a otros.
Al lo había dicho: el cartel que uno levanta no puede bajarlo hasta morir.
Y a Natsuki Subaru la “muerte” no ha de llegarle nunca.
Por consiguiente, no le quedaba otra que seguir resistiendo…
—…Todo el tiempo.
Con las dos manos tapándose la cara y el campo visual cerrado, a Subaru se le escapó la voz.
Lo que no dejaba de resonarle en la cabeza era aquella frase letal que Rem le había clavado. Una palabra de muerte absoluta que hacía trizas el corazón de Subaru y pretendía ahogarlo en la sangre que manaba…
“—Porque tú no eres un héroe.”
—Me he sostenido en esa frase de Rem todo este tiempo.
“—Porque tú no eres un héroe.”
—Porque Rem creía en mí, pude seguir sin doblar la rodilla. En el Santuario, en Priestella, en la Atalaya Pléyades, en todas partes igual…
“—Porque tú no eres un héroe.”
—Rem despertó, había perdido los recuerdos, y aun así me alegré de corazón… Estoy a un paso de recuperarlo todo, y ahora es justo cuando más tengo que aguantar firme, y…
“—Porque tú no eres un héroe.”
—Era la frase mágica que me ponía en pie.
“—Porque eres el héroe de Rem, Subarun.”
Aquella frase, aquella confianza, aquel sostén: gracias a ellos había podido llegar hasta el día de hoy.
Y al serle arrebatados, Natsuki Subaru…
—Entonces, basta con recuperarlo.
—¿…Eh?
Con el rostro todavía cubierto, Subaru, que se ahogaba en una tiniebla demasiado profunda como para llamarla el reverso de sus párpados, contuvo el aliento.
Justo delante tenía la cara de Al. Sin querer, Subaru retrocedió. Pero, para no dejarlo escapar, Al avanzaba en la misma medida en que él se echaba atrás. La espalda de Subaru chocó con la pared y, cuando ya no pudo retroceder más, Al le cortó la salida apretando contra el muro el único brazo que tenía.
Y, entonces…
—Recupéralo. Las esperanzas de aquella jovencita y la confianza del propio hermano.
—Esperanzas y confianza…
—El cartel no puedes bajarlo. No te queda otra que pelear. Y, si tampoco puedes estar perdiendo siempre, no te queda otra que seguir venciendo tal como deseas. Vencer así, sin parar, y recuperarlo.
—…
—Las esperanzas y la estima que se pierden solo se recuperan con resultados que las superen. Eso tú también lo sabrás, hermano.
Le acercó la cara de un tirón y el yelmo frío de hierro le chocó con la frente.
Le hablaba con tanta, tanta fuerza y tanta sinceridad, que ninguno de los dos advertía que sus frentes se tocaban. Aquel hecho, y el golpe de una revelación, eran inmensos.
Las esperanzas y la estima perdidas… Para Subaru, el recuerdo más amargo era, desde luego, su fracaso en el castillo del Reino.
En aquella ocasión, Subaru había dejado por los suelos la confianza y las esperanzas de Emilia, y también la estima de las candidatas de la Selección Real. Que después pudiera recobrar la confianza de ellas se debió a que pasó a la acción.
En absoluto a que se estuviera golpeando la frente contra una pared, hecho polvo.
—…¿Es que soy idiota? No; soy un idiota.
No había avance. No había crecimiento. Y, por encima de todo, Subaru no disponía del lujo de quedarse estancado.

Había que proteger a Rem y llevarla de vuelta a casa. Y para eso, a diferencia de entonces, no había nadie en quien apoyarse… Para Rem solo estaba Subaru.
Aunque Rem, la que lo había olvidado todo, hubiera dicho que Subaru no era un héroe.
Aunque aquella frase, que le había estado sosteniendo la espalda sin descanso, fuera retirada por la misma cara y la misma voz.
—Yo soy el héroe de Rem.
Sí: mantener el pecho en alto, sin agachar la cabeza, ¿no era justo la especialidad de Natsuki Subaru?
—…¿Te has reanimado un poco?
Al oír la resolución de Subaru, de la voz de Al se retiró también la dureza. Mientras le contestaba “ah”, Subaru alzó la vista hacia Al, tan cerca, y dijo:
—Muchísimo mejor… Pero apártate, retrocede. ¿Y a quién le sirve esta escenita de acorralarme contra la pared?
—¡Ya lo creo! ¡Tú de mujer y yo un vejestorio de casi cuarenta con un solo brazo!
Mientras reía como si aquello le quitara un peso de encima, Al retiró la mano apoyada en la pared y se fue hacia atrás.
Al volver a abrirse su campo de visión, a Subaru le dio la impresión de que aquello no era solo lo que tenía delante, sino el fruto de haber ensanchado su horizonte mucho más.
A decir verdad, no puedo afirmar que las palabras y el ánimo de Al me hayan enderezado del todo.
Puesto delante de Rem, le temblarían las piernas, le escudriñaría la cara y temería que le repitiera las mismas palabras.
Sobre la Autoridad del “Retorno por Muerte”, para qué y hasta dónde puede usarse, tampoco había dado aún una respuesta.
Solo que había una cosa que podía afirmar con claridad.
Esta Autoridad arrogante que Natsuki Subaru poseía era algo imprescindible para que la “fantasía del héroe” que debía cargar sobre la espalda resultara auténtica.
Por eso, también de aquí en adelante seguiría debatiéndose sobre cómo tratar con su Autoridad.
—Ah, oye, hermano, hay una cosa que me gustaría preguntarte.
A Subaru, que bajaba los ojos a sus propias manos y renovaba su ánimo, Al le espetó de pronto aquello. Teniendo en cuenta el intercambio que acababan de tener, a Subaru le llamó la atención que se mostrara tan cohibido ahora.
—¿A estas alturas, qué? Si tienes algo que preguntar, pregunta.
—Entonces, sin reparos… Esa jovencita, Rem, ¿qué lugar ocupa?
La pregunta que Al soltó ladeando la cabeza era, si de “a destiempo” hablábamos, más que tardía.
Aun así, al oírla de boca de Al, Subaru se percató por primera vez de que no había explicado absolutamente nada.
—Es la acompañante que el hermano se ha traído hasta la propia tierra del Imperio. No es la jovencita medio elfa ni una niña con la que tengas un contrato. Y encima la tratas como a una esposa, ¿verdad?
—Eso es por comodidad, y a ella misma le repugna.
—Pero con una sola frase de esa jovencita, mi hermano se deshace. Eso, ¿qué es?
Bajando un poco la voz, Al preguntaba con una seriedad inhabitual.
Ante sus palabras, Subaru frunció el ceño y revolvió su memoria, y se aseguró de que entre Al y Rem no existía ningún conocimiento previo… Al menos, de que no existía en esta línea temporal.
Después de todo, jamás había sacado a colación el tema de Rem delante de Al. Lo natural era que él no supiera nada de Rem. Y, con todo, algo le chirriaba.
Probablemente era por el modo en que Al formulaba la pregunta.
—…
La expresión no se la podía ver. Pero percibía el ardor aposentado en su mirada.
Que aquello era señal de seriedad y de tensión, así lo captó Subaru. Y, mientras tanto, incluido el intercambio anterior, notaba cómo la impresión que le causaba Al—su único congénere—oscilaba en poco tiempo.
—Rem es de mi…, de nuestra familia. Solo que sufrió el daño del Arzobispo del Pecado de la “Gula”. A causa de eso se borró de la memoria de todos y ni ella misma se recuerda.
—…Vaya, así que era eso. Ajá, ajá, las piezas encajan.
—¿Encajan?
A Subaru, que había expuesto los hechos sin ambages, Al se llevó la mano al mentón y asintió varias veces.
Cuando Subaru ladeó la cabeza ante la palabra que se le había escapado, él lo corroboró con un “ah”:
—Había varias cosas que se me atravesaban… Una muchacha que no debería conocer se parecía a una que sí conocía. Y eso se me hincaba como una pequeña espina de pescado.
—Que se te parezca a alguien sin conocerla… ¿Eso es por Ram?
—Oh, sí, sí.
Un punto de contacto inesperado había salido a la superficie, y Al alzó la voz ante un Subaru que abría mucho los ojos.
Aun así, eso también le hizo entender a Subaru el comportamiento de Al.
Y es que, al fin y al cabo, la reacción que uno tendría si se desvaneciera el recuerdo de una de las dos, Ram o Rem, ya se la habían hecho palpar de cerca los miembros del Campamento de Emilia.
Dejando aparte su carácter y su temperamento, las gemelas Ram y Rem se parecen muchísimo… No; últimamente no son pocas las veces que uno se ve llevado a pensar que, sorprendentemente, también en eso deben de parecerse como hermanas.
Quien conoce a Ram y se topa después con Rem, su viva imagen, es natural que se desoriente.
—Pero lo de que tú y Ram se conozcan es la primera noticia que tengo.
—Tampoco es que nos conozcamos. Solo un pequeño lazo, nada más. Pero con eso me cuadró casi todo. ¿Son hermanas gemelas? Y quieres que esas dos vuelvan a encontrarse.
—…Ah, sí.
Que Rem y Ram volvieran a encontrarse era la prioridad absoluta.
Y, sobre esa base, el gran objetivo de Subaru era que todos los del Campamento de Emilia acogieran a Rem y la devolvieran a su sitio. También para eso, no podía seguir con la confianza de Rem perdida.
Costara lo que costara, tenía que recobrar su confianza y conseguir que le devolviera el apretón de manos.
—Bien, entendido. Colaboro, hermano.
Volviendo a encarar su gran objetivo, Subaru apretó el puño. Y, delante de él, Al, que había estado masticando la situación expuesta, dijo aquello asintiendo.
Sin querer, Subaru dejó escapar un “¿ah?” de lo más bobo.
—Hermano, ¿acabas de soltar un chillido de lo más bobo?
—¡Déjalo! No, mejor dicho, ¿qué has dicho? ¿Colaborar? ¿Quién con quién?
—Yo contigo. Bah, la princesa me dirá de todo, pero para eso hay mil maneras. En cualquier caso, he decidido echarte un cable.
—…
—Eso sí, el hombro que puedo arrimarte es solo de un brazo.
—No tiene gracia.
Al oír aquello, dicho con un ardor casi irritante, Subaru le replicó al vuelo, aunque se quedó desconcertado.
Y no era para menos. No acertaba a entender qué había tocado la fibra sensible de Al.
—…¿Me prestas tu fuerza porque conoces a Ram?
—No es por eso. A quien le echo un cable es a ti, hermano… En cualquier caso, si vas a hacer de héroe, tampoco puedes dejar fuera a aquella jovencita. De eso se trata, de ayudarte con eso.
—No es que pretenda hacerme héroe…
—Lo serás. Natsuki Subaru será un héroe.
Era una manera de cortar la discusión que no admitía objeciones.
Una frase pronunciada con fuerza y con sosiego, y el ardor que encerraba amenazaba con abrasar el corazón de Subaru.
—Bueno, eso lo digo yo, ¿no?
No obstante, aquel ardor intenso se esfumó con la réplica en tono burlón de Al.
Ante el viraje brusco que zarandeaba a Subaru, Al dijo “perdona, perdona” y agitó la mano:
—Pero vamos con esa actitud, hermano. Cuando uno se echa un farol y se corta la retirada, los holgazanes como tú y como yo nos ponemos activos.
Mientras lo decía, Al giró sobre sus talones y echó a andar con paso ligero.
—Al, ¿lo de ahora…?
—Uy, dejemos aquí las conversaciones sobrantes. Es que acabo de acordarme de que yo venía a llamarte a la sala de reuniones. El enojo de la princesa ya es un hecho consumado.
—…
—Vamos, date prisa. Bah, ocasiones de hablar habrá de sobra.
Dicho esto, Al, que solo volvió la cabeza, se encogió de hombros e hizo amago de echar a trotar. Apremiado por aquel gesto, Subaru también recogió a regañadientes sus preocupaciones.
¿Hasta qué punto podía tomarse en serio lo que Al acababa de decir? no lo sabía.
Aun así, que le hubiera declarado abiertamente que colaboraría le dio fuerzas, y no pocas, para mirar hacia adelante.
Aunque fuera a la fuerza, Subaru tenía que mirar hacia adelante.
Y así, con el pecho en alto, la espalda recta y el paso bien abierto…
—…de Rem.
Pues, de no hacerlo, perdería el punto de apoyo con el que afirmarse a sí mismo como héroe de Rem.
—La “fantasía del héroe”, ¿eh?
Mientras trotaba a modo de broma, su murmullo resonaba únicamente dentro del yelmo de hierro.
Emitiendo una voz que no alcanzaba el exterior, una voz solo destinada a hacerse oír a sí mismo, cerró los ojos.
Y, con los ojos cerrados, como para hacerla resonar en la oscuridad del reverso de sus párpados…
—Vas a ser un héroe, hermano. No, mejor dicho: Natsuki Subaru.
2
—¿Cuánto tiempo piensas tardar en traer de vuelta a un solo necio? ¿Acaso te figuras que el tiempo que corre para mí y para ti tiene el mismo valor?
—Ya, pero es que ya te he pedido perdón, ¿no?…
Recibido por la mirada fría de su señora, Al bajó la cabeza con un gesto manso.
Aquel reproche era lo que le aguardaba a Al justo al volver a la sala de reuniones acompañado de Subaru. Lo que iba a ser un simple aviso se había alargado en una charla más larga de lo previsto, así que el enfado de Priscilla no tenía nada de injustificado.
Injustificado o no, para Subaru—a quien las palabras de Al le habían empujado la espalda— no era algo que pudiera dejar pasar.
—Priscilla, no se lo tengas tanto en cuenta a Al. El culpable no es él: soy yo.
—Hm. A buen seguro se consolaban entre bufones con alguna cuita sin importancia. Y esa frente enrojecida, ¿te la has golpeado contra alguna pared?
—¿Es que tienes la Clarividencia o algo? Da miedo lo acertada que eres.
A Subaru, que había salido en defensa de Al, Priscilla lo apaleó con una sola frase, como si lo hubiera visto con sus propios ojos.
Un “acorralamiento contra la pared” de la Máscara de Hierro a un hombre vestido de mujer. El cuadro no debía de ser nada frecuente, y aun así la perspicacia de Priscilla le ponía los pelos de punta.
En cualquier caso…
—En tu ausencia no se puede concluir nada. Y es que, según dicen, tú eres el estratega de Abel.
Ante la mirada burlona de Priscilla, Subaru dirigió los ojos hacia Abel. Abel, sentado a la mesa redonda con los brazos cruzados, ignoró sin más el interrogatorio de su mirada.
Aquello del estratega habría sido una forma de hablar, pero, por haberlo convertido en munición directa contra Priscilla, se supone que tampoco podía retirarlo a la ligera.
—Oye, ¿no te pasa que actúas sin pensar y acabas ahorcándote tú solo?
—Cuida tú de la calidad de tus palabras. Por excelente que sea un plan, según cómo se escojan las palabras, se lo tendrá por sabiduría o por necedad.
—Y aunque digas arrepentirte de que te traten de estratega, mira cómo te arrimas a mí…
Ante la desvergonzada respuesta de Abel, Subaru frunció el ceño y suspiró hondo.
Después, recorriendo de nuevo con la vista a los presentes en la sala—Abel y Priscilla, y también Zikr y una Taritta que, al haber recibido el cargo de jefa del clan, no ocultaba su inquietud—:
—Y bien, esa conclusión que no sale, ¿es lo del sistema de cooperación con Priscilla? Por lo que has dicho antes, Priscilla tiene colaboradores, ¿no?
—Por lo visto tienes cabeza suficiente para seguir la conversación. Naturalmente, de eso se trata… Quien arranque más Nueve Generales Divinos, ese gana: lo recuerdas, ¿no?
—Ah. Hasta lo de que el “Primero”, aunque inútil, resulta un estorbo de cuidado.
Se trataba de un adversario que, dejado sin recoger, se volvía un asesino al que no se podía poner la mano encima, y que, aun recogido, tampoco aportaba gran cosa al equilibrio de fuerzas. Si esto fuera un juego de simulación, sería una unidad incómoda.
Un rival que, como aliado, ofrece poco jugo, y que, si se lo deja en el bando enemigo, se vuelve un veneno violento.
—Dicho eso, esa es la cuestión de la vía final hacia la victoria. No es lo del apoyo de Priscilla y de sus colaboradores. ¿O sí?
—…Hm.
Ante la destreza con que Subaru ordenaba la conversación, Priscilla hizo un leve sonido de garganta.
Por un instante, un destello de curiosidad cruzó los ojos carmesí de Priscilla. Al parecer había concebido algún interés hacia Subaru, pues miró hacia Al y esbozó una sonrisa leve.
—¿Es este el fruto de la charla entre bufones? No es propio de ti mostrarte tan solícito, Al.
—Oye, oye: tratándose de un buenazo como yo, decir que no me pega ser amable con alguien es un desatino de mucho cuidado, princesa.
Burlado por Priscilla, Al le respondía así encogiéndose de hombros.
Eso de la charla entre bufones: Priscilla seguía siendo hábil para dar en la esencia de las cosas. Y también para parecer captar con precisión el efecto que aquella charla había tenido sobre Subaru.
Y, a aquella conversación de Subaru y los demás, Abel atrajo la atención golpeando la mesa redonda con el dedo:
—Basta ya de desviarse. Lo que hace falta ahora es cerrar el debate… Saber con qué disposición piensa tratar Priscilla a partir de ahora con nosotros.
—Ah, tienes razón. Perdona: es que soy un estratega propenso a irse por las ramas.
Recibida aquella ironía, Subaru sacó la lengua y pasó olímpicamente mientras Abel entornaba los ojos de mal humor. Luego se giró otra vez hacia Priscilla y le pidió que continuara con lo de antes.
—¿Y bien? Con o sin el apoyo de Priscilla y sus colaboradores, que Abel irá a asaltar la Capital Imperial no cambia, ¿no?…
—Con el apoyo de la princesa o sin él, el grado del asalto también cambia, eso seguro.
—Que dos bufones se compenetren es estupendo, sin duda. En cualquier caso, su apreciación es correcta. Por eso les he puesto una condición, para dilucidar si presto mi mano a ustedes…, a Abel.
—¿Una condición?
—Bien sencillo… Hagan que uno de los Nueve Generales Divinos se pase a su bando.
A un Subaru que arrugaba el ceño, Priscilla le presentaba la condición como si nada.
Y al oír la condición así dictada, Subaru murmuró entre dientes un “los Nueve Generales Divinos…”.
La condición presentada no era, pensó Subaru, nada descabellado.
En principio, si se pretendía emprender la batalla por recuperar el trono imperial, conseguir a muchos de los “Nueve Generales Divinos” era un requisito previo. Y Priscilla estaba pidiendo ese primer paso.
Más bien era una oferta golosa, pues bastaba con cumplir el requisito previo necesario para la victoria…
—Vamos, que no es una condición para ponerse a bailar de alegría, ¿verdad?
—Por supuesto. Mientras no se sepa la suerte de Goz, no hay Nueve Generales Divinos que me obedezcan sin condiciones. Y no abundan los excéntricos dispuestos a subirse a sabiendas a una batalla perdida.
—…Si no se vislumbra ni la más mínima posibilidad de ganar, nadie se suma, ¿eh?
Ante Abel, que había expuesto la cruda realidad, Subaru también frunció el entrecejo con gesto adusto.
La amarga imagen que Abel tenía de sí mismo: si el prestigio del emperador no sirve de nada ante los “Nueve Generales Divinos”, entonces el apoyo de Priscilla y sus colaboradores es algo que se desea con ansia.
Más bien es justamente para usarlos como carta de negociación con los “Nueve Generales Divinos” que querría tomar prestados sus nombres.
—Te lo advierto: no esperes clemencia de mí. Yo también tengo mi dosis de magnanimidad, pero no es para regalársela a los mendigos.
Con la mejilla apoyada en la mano, Priscilla pisoteaba sin más aquella esperanza enclenque.
Ya lo sabía, pero ella no era ni dulce ni bondadosa. Si ni siquiera cumplían la condición mínima impuesta, no servían para nada: así los ojos carmesí tasaban a Subaru y los suyos con frialdad.
—Con su permiso, Su Excelencia: ¿no convendría, después de todo, recurrir al General de Primera Clase Cecilus?
—Señor Zikr, ¿tiene alguna baza ganadora?
Cuando un silencio pesado estaba a punto de instalarse en la sala, las esperanzas de todos se volcaron en Zikr, que había hablado así.
Pero ante la mirada esperanzada de Subaru, Zikr negó con la cabeza y dijo “no”:
—Como Su Excelencia acaba de decir, considerando la correlación de fuerzas actual, quien se planteara colaborar con nosotros no sería una persona de juicio cuerdo. Por eso…
—¿Por eso…?
—Pues que quizá no nos queda otro remedio que depender de alguien de juicio tan poco cuerdo como el General de Primera Clase Cecilus…
—Ah, así que el señor Zikr también piensa que ese tipo está mal de la cabeza.
De Cecilus no salía más que una valoración deplorable, pero que el propio Zikr esgrimiera su locura como motivo para conquistarlo demostraba que no se andaba con chiquitas. Con todo, si era un adversario al que tarde o temprano habría que conquistar, quizá fuera viable la jugada de ir por él primero, asumiendo que era para cumplir la condición con Priscilla.
—El problema no es persuadirlo, sino cómo llegar hasta él. ¿Dónde vive normalmente ese hombre?
—Él vive habitualmente en la casa que Arakiya tiene en la Capital Imperial.
—Ya veo, en la de Arakiya… ¿Y por qué?
Dicho con toda naturalidad, la comprensión de Subaru tardó unos segundos en alcanzar las palabras de Abel.
Ante lo descabellado del contenido, incluso una Priscilla como aquella arrugaba el ceño con desagrado.
Según lo que había oído, el “Primero” era Cecilus y la “Segunda”, Arakiya…
—O sea, ¿que ese Cecilus y Arakiya son amantes o algo por el estilo?
De ser así, la impresión que Subaru y los suyos habrían dejado al repeler a Arakiya no sería simplemente mala.
Subaru y los suyos se las habrían arreglado para granjearse de golpe la enemistad del “Primero” y de la “Segunda”.
No obstante, ante aquella duda de Subaru, Abel metió un “no”:
—No es eso. Arakiya anda al acecho de una ocasión para matar a Cecilus. Pero cada vez que atenta contra su vida causa daños en el entorno, y eso no puede permitírselo. Por eso le di una orden a Cecilus.
—¿Qué orden?
—Que, ya que era así, se instalara donde a Arakiya le resultara más fácil apuntarle.
—…Ya veo…
Ni con la explicación concreta lograba Subaru comprender aquella relación.
No entendía la mentalidad de dejar que sus propios generales se mataran entre sí, ni alcanzaba la lógica de habitar, siguiendo aquella orden, la casa de quien pretende asesinarte.
—En principio, no sé cómo se puede convivir tan tranquilo con alguien que quiere matarte…
Nada más decirlo, Subaru se vio asaltado por la sensación de haber soltado algo raro. Lamentablemente no alcanzaba la razón de aquella extrañeza, así que aparcó la duda.
—En cualquier caso, Cecilus está en la Capital Imperial… Ah, espera: ¿tú puedes ir tan campante a la Capital?
—No puede ser. Hoy por hoy, acercarme yo a la Capital Imperial equivale a ir a que me ejecuten en la hoguera por mi propio pie. Y aun así no hay garantía de que ese Cecilus siga en la Capital.
—Entonces estamos vendidos…
Cuando se entraba en la política interna del Imperio de Vollachia, los conocimientos de Subaru no servían de nada.
Con todo, era una propuesta de Zikr, uno de los “Generales”. Si se tenía por el plan más viable de los disponibles, y Abel lo había desestimado, el camino que le aguardaba era sombrío.
—…Y no es momento de estar estancado en un sitio como este, y mírame.
Algo oscuro y pesado empezó a hacerse notar en el pecho de Subaru.
Aquel poso amargo era el grumo de impotencia que no había desaparecido ni golpeándose la cabeza contra la pared: algo así como la secuela de haber hecho que Rem lo diera por perdido.
A causa de aquello, Subaru había perdido la confianza de Rem.
Cuanto antes apartara aquel poso y recobrara la confianza de ella, mejor. Y para eso, cada segundo que pasaba estancado era un segundo irremplazable.
—…Hay una manera.
Pero, a Subaru, que apretaba así los dientes, una sola frase de Abel lo detuvo.
Subaru levantó la cara como impulsado por un resorte, y ante aquella reacción Abel entornó un ojo:
—Deja esa cara famélica que ya me cansa de ver. Hay una manera.
—Lo siento, pero en un creador de personajes sin micropagos, mi cara era todo lo que se podía conseguir. Bueno, da igual la brecha de riqueza en el ranking de caras. ¿Qué manera es esa?
—El plan de Zikr. Voy a adoptar una parte.
—¿Una parte de mi plan, dice? Es un honor, pero… ¿en qué consiste?
Arrugando sus espesas cejas, Zikr se quedó perplejo al oír que adoptaban su idea.
Subaru sintió la misma perplejidad que Zikr. Al fin y al cabo, el plan de Zikr consistía en cortejar al “Primero”, Cecilus, y, si no podían ir a la Capital Imperial, no debía de haber manera de llevarlo a cabo.
—¿O es que hay alguna forma de hacer venir a Cecilus…?
—Una manera tan conveniente no existe. Pero Zikr también dijo esto: Si no es una persona de juicio cuerdo, hay posibilidades.
—¡…! No me diga… ¡Su Excelencia, eso es peligroso! ¡Reconsidérelo!
—¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?
Ante las palabras que Abel había lanzado con toda solemnidad, Zikr se demudó y se le enfrentó.
Ante el ímpetu de Zikr, Subaru se quedó atónito, alarmado por lo que pudiera estar pasando.
Zikr parecía tener algún indicio, pero para Subaru aquello no decía absolutamente nada. Por el hilo de la conversación, daba la impresión de que pretendían proponerle algo a un interlocutor mal de la cabeza…
—¿Es que hay alguien más chiflado que el General de Primera Clase Cecilus, que no tiene el aprecio de nadie?
—¡No estoy diciendo que esté mal de la cabeza! ¡Pero esa persona es demasiado peligrosa…!
—Pero, oye, general del afro: por el hilo de la conversación, también es uno de los Nueve Generales Divinos, ¿no? Si a él también lo descartamos, ya no nos queda nadie de quien echar mano, así que no es momento de ponerse a elegir, ¿verdad?
—Eso…, es verdad, pero…
Apretado por los dos flancos, por Subaru y por Al, Zikr enmudeció con un gesto amargo.
Daba la sensación de que habían hecho algo malo, pero, en principio, la culpa sería de la política de personal de Abel, que había puesto en un cargo clave a alguien que obligaba a Zikr a atormentarse así.
Selección de personal por méritos sin mirar el carácter: he aquí un ejemplo práctico de la tragedia que eso genera.
—Me da miedo preguntar, pero ¿quién es, y de dónde, el causante de que el señor Zikr lo pase tan mal?
—Es una forma de hablar insensata, pero, para responder en sus términos: la general de los Nueve Generales Divinos con base en la Ciudad Demonio de Chaosflame… Yorna Mishigure.
—Yorna Mishigure…
Al contrario que el nombre de aquella ciudad, que no le sonaba de nada, el nombre de la persona sí lo recordaba.
Era uno de los “Nueve Generales Divinos” mencionados poco antes, y su alias era, si no fallaba la memoria…
—“Extravagante”, o algo así la llamaban, ¿no?
—No está nada mal, hermano. No es fácil memorizarlo al primer golpe.
—Es que en los mangas me gusta memorizar los alias de los personajes del nivel de los jefes de organización. Dicho esto, ¿esta Yorna es la… del señor Zikr…?
Mientras lo decía, dirigió un instante la mirada hacia Zikr, y se quedó sin palabras.
Y es que Zikr, con el rostro pálido, se lo estaba tapando con las manos.
—La “Séptima” de los Nueve Generales Divinos, la General de Primera Clase Yorna Mishigure…
—¿Tan temible es? Por el nombre me había dado la impresión de que era mujer…
Si aquella impresión era correcta, se trataba de una mujer a la que temía Zikr, conocido por su apodo de “amante de las mujeres”, que se había mostrado caballeroso incluso con un Subaru que no era más que un hombre vestido de mujer.
No alcanzaba a imaginarse qué clase de ejemplar estrafalario iba a aparecer, pero…
—Es una mujer hermosa. En eso, no solo yo: cualquiera lo reconocería. Pero la General de Primera Clase Yorna tiene un pequeño…, no, no pequeño: un problema de consideración.
—¿Y ese problema, cuál es?
—…Una rebelión.
—¿Eh?
Aquella palabra, que se le había escapado a Zikr en un murmullo, hizo que las voces de Subaru y de Al se superpusieran.
A Subaru, atónito y dudando de sus oídos, por si había oído mal, Zikr le siguió con voz temblorosa, la cara aún tapada con las manos:
—La General de Primera Clase Yorna Mishigure es una rebelde de pura cepa: ha provocado ya varias rebeliones y ha amenazado el reinado del emperador Vincent Vollachia.
—¡¿Y a una tipa así la ponen en el puesto de general?!
Y, por segunda vez, el grito de furia de Subaru resonó en toda la sala de reuniones.
3
—…Parece que la conversación ha quedado zanjada.
Un rato después de que resonaran la disparatada información sobre los Nueve Generales Divinos y el grito de furia de Subaru, Priscilla dio por concluido el debate y abrió el abanico con un chasquido.
A decir verdad, para Subaru era un desenlace al que le habría gustado poner reparos…
—No hay otra opción. Hoy por hoy, el único de los Nueve Generales Divinos con posibilidades de ponerse de nuestro lado es Yorna Mishigure.
—Y en principio, ¿no será que se rebelaba porque tú le caías mal…?
—No, en realidad no se puede afirmar eso en términos absolutos… Aunque, al menos a alguien como yo, le resulta imposible conjeturar lo que piensa esa persona.
—Si el señor Zikr lo dice hasta ese punto, así será, pero…
Ante las palabras de Zikr, digno de confianza, a Subaru no le quedaba otra que retirar sus sospechas.
Y, al oírlo, Abel resopló con desagrado:
—Tú, ¿con qué intención aceptas con tanta facilidad la opinión de Zikr?
—Aunque sea la misma opinión, importa quién la dice, ¿no? ¿O es que te figuras que tu credibilidad ante mí es mayor que la del señor Zikr?
—Ya veo. Pero, ¿y si Zikr muere?
—¡Aunque sea un experimento mental, te mato!
A Abel, que había soltado algo tan siniestro, Subaru le lanzó un insulto sin miramientos.
En cualquier caso…
—Dejando de lado las tonterías, esa Chaosflame… ¿era así? ¿Dónde está? ¿Lejos de Guaral?
—En cuanto a posición, tampoco. Eso es también una de las razones por las que es un destino adecuado como próximo objetivo. Está al sureste de aquí…, al sur de la Selva de Buddheim.
—Ya veo. Sin duda…
Una vez señalada su posición en el mapa extendido sobre la mesa, Subaru también daba por buena la explicación de Abel.
Chaosflame estaba al sur del bosque donde habían vivido las Shudrak… La distancia era mayor que de la selva a Guaral, pero mucho más realista que la Capital Imperial o que tierras más al oeste.
—Y luego queda por saber por qué la llaman la Ciudad Demonio.
—No te asustes así, necio. No es un motivo como para que se te deshaga esa poca valentía. Aquella tierra es una ciudad donde, desde tiempos remotos, conviven en el caos muchísimas razas. De por sí, en Vollachia vive una variedad de razas mayor que en Lugunica, pero en Chaosflame se mezclan con especial desorden.
—Un tazón de ensalada de razas sumidas en el caos… Conque de ahí lo de Ciudad Demonio, ¿eh?
Si uno se ponía a pensarlo, que a una ciudad llamada “caos” le hubieran puesto el nombre “Chaos” también tenía su significado.
Pero, tratándose de otro mundo, sería una simple casualidad.
—…En la Ciudad Demonio, sumar bajo nuestra ala a la “Séptima” de los Nueve Generales Divinos, Yorna Mishigure. Si eso se logra, tú también abrirás tu corazón… No me equivoco, ¿verdad, Priscilla?
—Así está bien. Qué, yo soy magnánima. No añadiré condiciones sobre la marcha.
—Me parecía que hace un momento decías algo de que la clemencia estaba agotada… No, nada, nada.
Bajo la mirada fulminante de Priscilla, Subaru retiró de inmediato su comentario innecesario.
Y, una vez que la línea a seguir quedó bien fijada…
—…Abel, ¿no podría llevarme también a mí?
—¿Señorita Taritta?
De pronto, Taritta, que se había puesto en pie, le suplicó aquello a Abel.
Durante la reunión, pese a ocupar un asiento como representante de las Shudrak, Taritta no había abierto la boca ni una sola vez. Ante la súbita súplica de aquella Taritta, Abel entornó sus ojos negros:
—¿Con qué intención? Has recibido de tu hermana el puesto de jefa de las Shudrak. Al margen de la confianza que tengas en ti, eso no ha de tambalearse.
—Lo comprendo, ahora sí. La posición que me cedió mi hermana mayor, no puedo rechazarla… Pero, tal como estoy ahora, no tengo la fuerza suficiente para dirigir al clan, a las Shudrak…
Con la mirada baja, Taritta se mordía el labio con fuerza.
La inquietud de aquella muchacha que apretaba una mano vacía: Subaru comprendía su verdadera naturaleza con dolorosa claridad.
A causa del repentino relevo en el cargo de jefa, Taritta había acabado cargando con una responsabilidad inmensa, y no lograba afirmarse a sí misma que tuviera la fuerza correspondiente a ese papel.
Ella lo necesitaba: un detonante para reconocerse a sí misma; un éxito del que poder jactarse, por así decirlo.
…Y aquello era, en el fondo, lo mismo que Subaru anhelaba en aquel preciso momento.
—Abel, yo estoy a favor. Si hereda el puesto de la señorita Mizelda con ese ánimo, ni la señorita Taritta podrá desplegar su fuerza…, creo.
—…
—Y, en cualquier caso, durante el camino hará falta una escolta o alguien de confianza, ¿no? La capacidad de la señorita Taritta la conocemos bien. Es una compañera con la que entramos juntos al… vestidos de mujer.
—Natsumi…
Se había corregido a mitad de frase, pero lo que quería decir era eso.
Y, ante Subaru, que se había puesto de su lado, Taritta mostraba un rostro profundamente conmovido. Como alguien capaz de comprender sus apuros, quería respaldarla.
—Si tú te ausentas, ¿qué será de las Shudrak?
—Por un tiempo dejaré la representación a mi hermana mayor. Kuna y Holly me asistirán bien, seguro. Para proteger Guaral, no puedo mover a la mayoría.
—¿Has pensado al menos eso durante el silencio?
Al oír la respuesta fluida de Taritta, Abel valoraba su criterio.
Después, Abel se golpeó suavemente la sien con el dedo:
—A Chaosflame iremos unos pocos. Naturalmente, siendo para entrevistarme con Yorna Mishigure, mi presencia es indispensable. Pero no es un ataque.
—Así que a lo sumo se puede llevar una escolta…
—Y ahí te añado a ti, Taritta. Y, además…
—¡…He oído la conversación!
En mitad de las palabras de Abel, la puerta se abrió de golpe y una figura entró con brío.
Quien no temía en absoluto la irreverencia de cortar la palabra al emperador era aquel bondadoso comerciante que había proclamado sin vergüenza alguna que el emperador era su nuevo amigo: Flop O'Connell, que hacía acto de presencia una vez más.
Con la respiración agitada, Flop acaparaba las miradas de todos los presentes en la sala:
—¡Señorita Taritta, me ha conmovido muchísimo el temple con que se ofrece usted misma a un papel tan duro! Encontrar el modo propio de afrontar una responsabilidad que le cae encima de golpe…, ¡me parece buenísimo!
—G-gracias, Flop…
—Y, para velar por la seguridad en el camino de usted y del señor alcalde, quiero hacer una propuesta. ¡Que lo mejor será llevar a mi hermana, Medium!
Erguido y con el dedo en alto, Flop lo aseveraba así con vehemencia.
Ante aquel ímpetu, uno estaba a punto de asentir sin pensarlo, pero, visto con calma, era una propuesta bastante repentina.
—¿Y-y eso por qué?
—Sí, sí, normal que lo pregunte. ¡Pues voy a enumerar mis razones para recomendar a Medium! Primero, es hábil; además, tiene simpatía; y, encima, tiene mucha labia.
—¿Labia…?
—Como habla con claridad y soltura, charlar durante el trayecto no se hará pesado. Y no es tímida con los desconocidos, así que se lleva bien con cualquiera. ¿Qué me dices? Una joya, ¿verdad?
Mostrando su dentadura blanca, Flop ensalzaba a su hermana. No obstante, de las tres partes de su discurso de venta tan lleno de confianza, dos hacían referencia al carácter afable de Medium, y el único punto de venta sustancial era aquel de “es hábil”.
En la práctica, que aquel único punto funcionaba de verdad, Subaru ya lo había comprobado, pero…
—Pero ¿eso se lo has consultado a la señorita Medium?
—¡No, no se lo he consultado! ¡Pero ahora mismo hablo con ella, así que no pasa nada!
—…¿S-seguro que no pasa nada?
No era una consulta sobre un viaje ni la promesa de una diversión.
Meterla en un cometido a vida o muerte y consultarlo después: ¿serviría de algo así? Si con esto se abriera una grieta entre los hermanos, hasta a Subaru le sabría mal.
Aunque, la verdad, también era fácil figurarse a los hermanos O'Connell aceptándolo entre risas.
—Suponiendo que la señorita Medium acepte, Abel, ¿y tú?
—…Su habilidad la tengo por adecuada. Si cumple su cometido, no tengo objeción.
—¡Entonces puedes estar tranquilo! Mi hermana es de las que se entregan con todas sus fuerzas a cualquier cosa que le pidan. ¡Pero ojo, porque si no se lo pides, no se le ocurre por sí sola!
Con las manos en la cintura, Flop se echó a reír con ganas: “¡Ja, ja, ja!”.
Por su modo de hablar y por la actitud de Abel, sin duda lo había comprendido. Que en esta ocasión Flop no ha sido incluido entre los acompañantes a Chaosflame.
—…Lo de la señorita Medium aparte, no hay necesidad de que vayas con ella, ¿sabes?
—No digas tonterías, señor esposo. Yo tengo un objetivo. Una venganza que he de hacer, que he de cumplir.
—…Ah.
Una palabra siniestra la que se le escapaba a Flop; pero sabía que no era en modo alguno un pensamiento siniestro, sino ira dirigida contra lo injusto, algo que ni siquiera un Flop tan jovial podía tolerar.
En este mundo, la bondad de Flop que Subaru no había podido escuchar: justamente eso era la razón por la que Subaru confiaba en él y había podido convivir con él hasta el día de hoy.
—Mi hermana es igual. Nuestro objetivo y el camino que andamos son los mismos. Si aquí los abandonara a usted, a su esposa y al señor alcalde, ya no podría volver a ir con la cabeza alta.
—…Me van a saltar las lágrimas. Me estoy enamorando.
—¡Ja, ja, ja! Dicho por un señor esposo con ese atuendo, a uno le tiemblan las piernas. Aunque, con lo que le debe a su esposa, eso no puede ser. ¡Pero me quedo con el sentimiento!
Hasta esa forma de quitárselo de encima era elegante, y Subaru no podía sino admirarlo.
Seguramente Medium accedería de buen grado a las palabras de Flop. Es decir, uno de los miembros que irían a Chaosflame quedaba decidido: Medium.
—Señorita Taritta, hágase amiga de mi hermana. Bah, tratándose de usted, que se ha hecho amiga hasta de mí, seguro que con mi hermana se lleva de maravilla.
—S-sí… Eso, cuídese usted también…
—¿Mm? Sí. ¡Pienso esforzarme junto al señor Zikr y a las Shudrak!
Ante una Taritta que se lo decía retorciéndose y con la mirada gacha, Flop se dio un golpe en el pecho.
Con aquella escena tan entrañable de reojo, Subaru carraspeó suavemente:
—A propósito, y yo…
—Lo lamento, pero tú ya eres una de las cartas de negociación. Siendo imprescindible atraer a Yorna Mishigure a nuestro lado, no se puede hablar dejándote al margen.
—La forma de decirlo es de lo más irritante, pero ¿que yo soy una carta de negociación?
—La caída de Guaral fue propuesta tuya. Tarde o temprano, ese asunto se difundirá. Y, desde luego, yo pondré lo necesario para que así sea.
—¿Qué?
Sin entender el sentido de las palabras de Abel, Subaru abría mucho los ojos, atónito.
¿Por qué atribuir a Subaru el mérito de la caída de la Ciudad Fortaleza y difundirlo a propósito?
Que se lo menospreciara era, por norma, el punto de partida de Natsuki Subaru.
—…Existe alguien más aparte de Abel que puede ser útil. Habrá que hacer que lo crean.
Quien respondió lacónicamente a aquella duda de Subaru fue Priscilla.
Al oír sus palabras, la comprensión fue calando poco a poco en Subaru.
—Naturalmente, no solo el necio. Las Shudrak de la Selva de Buddheim, los soldados de la Ciudad Fortaleza de Guaral y el General de Segunda Clase Zikr Osman también serán cartas de negociación. Pero la principal es…
—El estratega que contribuyó a la caída de la ciudad… Te lo dije. En el Imperio se honra al fuerte. Y eso rige no solo para la fuerza marcial, sino igual para la astucia.
Por consiguiente, Natsuki Subaru tenía valor: así se lo aseguraban Abel y Priscilla.
A decir verdad, considerando el resultado de Guaral, era una valoración sumamente compleja para Subaru.
Por muy alto que lo valoraran, eso no cambiaba que Subaru había perdido la confianza de Rem. La fama de Subaru en el Imperio no merecía siquiera subir a la balanza frente a la confianza de Rem.
Ahora bien…
—Si les resulto útil, estupendo. Úsenme bien. En cambio…
—¿En cambio?
—Tú, recupera el trono imperial sin falta. Y, con eso, devuélvenos a salvo.
Aquello era lo único en lo que no cedería, y Subaru lo declaró con firmeza.
Al oírlo, Abel abrió un poco más los ojos y luego exhaló un largo aliento:
—No hace falta que me lo digas. Eso es lo que me corresponde hacer.
Y así respondió.
4
Hacer uso de lo que se puede usar y lograr que Abel recupere el trono del emperador de Vollachia.
La Ciudad Fortaleza de Guaral, por supuesto, y también las Shudrak, el General de Segunda Clase Zikr Osman y, cómo no, las hazañas de Natsuki Subaru: todo ello se convertiría en armas.
Y, con aquellas armas a cuestas, se encaminarían al siguiente destino: la Ciudad Demonio de Chaosflame.
—Si vamos a entrar con unos pocos selectos, ¿y quién más? Por ahora somos cuatro: yo, Abel, la señorita Taritta y la señorita Medium, pero…
—…Sobre eso, ¿puedo decir una cosa yo?
—¿Al?
En mitad de la discusión sobre los miembros definitivos de la expedición, quien se entrometió así fue Al.
Alzando la mano—la única que tenía—, se rascaba la nuca con ella mientras decía:
—Princesa, ¿me sueltas un poco las riendas? Es que quiero acompañar a mi hermano.
—¡¿Ueh…?!
—Oye, oye, se te ha quebrado la voz, hermano. ¿Tanto te sorprende?
Ante la propuesta inesperada, a Subaru se le trabucó la voz y Al esbozó una sonrisa amarga. Sin embargo, por mucho que se lo dijeran como si nada, Subaru tampoco podía asentir sin más con un “de acuerdo”.
—¿P-por qué se te ocurre algo así…?
—¿Cómo que por qué? Ya te lo dije: que colaboraría contigo, hermano. Un viejo desgastado como yo también puede servir para algo en algún sitio, ¿no crees?
—…¿Entonces lo decías en serio, hasta ese punto?
Ante la respuesta de Al, que encogía sus robustos hombros, Subaru repasó mentalmente el intercambio que habían tenido antes de la reunión y se asombró de la disposición de Al a cumplir lo allí conversado.
Que lo había animado era un hecho; que le había dado valor, también; y que le había empujado la espalda, igualmente.
Pero no había llegado a pensar que aquel “colaboraré” lo dijera en serio.
—Vaya, ¿qué te pasa, que te has quedado de piedra? ¿Tanto te ha conmovido mi ofrecimiento?
—…No; superada la sorpresa inicial, es que nunca he oído que Al sea fuerte, y contando conmigo y con Abel, el equilibrio de fuerzas entre hombres y mujeres va a quedar fatal.
—Si esperabas eso, lo siento, ¡pero soy bastante más débil que la amazona de ahí!
Señalando con el dedo a Taritta, Al asumía con toda solemnidad su poco orgullosa condición.
En realidad, la capacidad de Taritta estaría entre las mejores de las Shudrak, pero, tras haber presenciado también la lucha contra los “Nueve Generales Divinos”, era un refuerzo bastante poco fiable.
En cualquier caso…
—Pero el que lo digas ya me alegra. Me quedo con la intención.
—Bah, no te preocupes, hermano… Espera, ¿y eso? ¿Solo el sentimiento? ¿Es que me estás rechazando con toda cortesía? ¿Me estás diciendo que esta vez no ha habido suerte?
Al no acababa de salir de dudas con la respuesta de Subaru, pero su interpretación era acertada.
La propuesta en sí le hacía genuinamente feliz, pero allí estaban en el Imperio de Vollachia. Al fin y al cabo, la participación de Al dependía del devenir de las cosas más aún que la de Flop o Medium…
—…Al.
—¡P-princesa!
Junto a Subaru, que llegaba a aquella conclusión, una bella voz pronunció de pronto el nombre de Al.
La dueña de aquella voz era, cómo no, Priscilla Barielle, instalada con toda solemnidad a la mesa redonda. Entornando sus ojos carmesí, dirigió a Al una mirada impenetrable, sin asomo de emoción.
Y a Al, que era su servidor y que, pese a ello, acababa de anunciar cuál sería su próximo paso.
—Fuiste tú quien se ofreció a acompañarme hasta la Ciudad Fortaleza, ¿no? ¿Y ese mismo tú ahora va a salir de juerga con tus compañeros bufones dejándome atrás?
—No creo que vaya a ser un viaje tan alegre como para llamarlo juerga, pero sí, esa es mi intención. ¿O es que la princesa se siente sola sin mí? Si vas a retenerme con un abrazo…
—Insensato.
—Ya me lo figuraba.
Su broma fue cortada en seco, y Al bajó la cabeza como quien no esperaba gran cosa.
Mientras clavaba la mirada en la coronilla de aquel Al a través del yelmo, Priscilla exhaló un leve suspiro:
—…Al menos, procura bailar bien.
—Ah, lo tengo claro. Y tú, no te descuides solo porque yo y el pequeño Schult no estemos. La belleza de la princesa es la belleza del mundo.
—No hace falta que me lo digas. ¿Por quién me tomas?
—Pues por mi princesa, el centro del mundo: Priscilla Barielle.
Con tono burlón y una frase cursi, Al hizo una reverencia frívola ante Priscilla. Luego, girándose, alzó de nuevo la mano hacia Subaru con un “cuento contigo”.
—¿Eh? ¿El intercambio de hace un momento es la decisión final? ¡¿Y mi opinión?!
—Vaya, si te resistes tanto, me deprimes. ¿O es que, sin que yo lo note, huelo mucho a viejo? ¿Es agobiante estar conmigo?
—No estoy hablando de eso. Digo que por qué la potestad de decidir está de su lado…
—Bueno, por supuesto que eres libre de negarte, ¿eh? Pero ¿acaso puedes negarte? Es la princesa, ¿sabes?
Con un movimiento de barbilla, Al señalaba a Priscilla, que se abanicaba la cara.
Aquella actitud tan majestuosa era el fundamento abrumador de las palabras de Al. Darle la vuelta a algo que Priscilla había decidido: cuán espantoso era aquello.
Con todo, si eso iba a traer inquietudes más adelante, tampoco podría permitirse rechazarlo.
—…No importa. Si es necesario, que venga contigo.
—¡Abel, tú, ¿no ibas a tratarme como a un estratega?!
Sin embargo, justo cuando iba a opinar ante Priscilla, Subaru recibió otro disparo por la espalda. Era demasiado distinto de las condiciones de contratación que le habían anunciado de antemano.
—Si ni siquiera me preguntan la opinión, ¿para qué sirve un estratega?
—No te envalentones. Si la opinión merece ser escuchada, la escucharé. Pero quien tiene la potestad de decidir soy yo. No te la confiaré a ti.
—Grrr… ¿Así que eres el típico jefe insoportable que se lleva el mérito del trabajo…?
—No me obligues a decirlo otra vez. El mérito es tuyo. Así tiene que ser.
…Al emperador expulsado del trono se le había unido un hombre de ingenio al que no se podía menospreciar.
Lo que Abel quería era un Subaru con esa reputación. Y, para lograrlo, no le importaba cederle méritos ni exagerarlos un poco: eso era lo que venía a decir.
Pero, de ese modo, no era distinto de ir apilando una ficción.
—Las imitaciones no sirven. Si no es auténtico, no se puede recuperar lo perdido.
—…Entonces, convéncenos con tus propias manos, a mí y a quienes me rodean. Mientras eso no se logre, no son más que las vanas palabras de un insensato con aspiraciones grandilocuentes.
—¡Este…! Maldito…, lo haré. Hasta de un crédito incobrable sacaré provecho.
Apretando los dientes, Subaru respondía mirando fijamente los fríos ojos negros de Abel.
Aun después de superar una montaña, la relación de mutua cautela no cambiaba. Y puede que la razón de aquella distancia no fuera la diferencia de suelo—Reino o Imperio—, sino algo mucho mayor.
Algún día, cuando llegara el momento de disentir de Abel en lo decisivo, Subaru…
—…¿Es posible que el crédito incobrable sea yo, princesa?
—Insensato.
Al margen de las reflexiones de Subaru, Priscilla respondió brevemente a Al, que tenía los hombros caídos.
5
Decididos los miembros de la expedición a la Ciudad Demonio de Chaosflame, la situación se pone en marcha.
—Hasta que yo regrese, ten reunidas las tropas de la ciudad fortaleza. No tardaré en dar la orden.
—Aunque me cueste la vida, lo cumpliré sin falta.
Al recibir la orden de Abel, Zikr, con una rodilla en el suelo, la aceptaba con reverencia.
Zikr había quedado, sin esperarlo, en la posición de tener por enemigo al poderoso Imperio. Él, en lo personal, no albergaba duda alguna en obedecer a Abel, pero era natural que no ocurriera lo mismo con todos los oficiales y soldados de la ciudad.
Para unificar su voluntad y cohesionarlos como un solo ejército, la dedicación de un “General” era imprescindible.
En ese sentido también, la presencia de Zikr había sido un hallazgo.
—Le estoy agradecido. Usted propuso la “Rendición sin Sangre” y Su Excelencia sancionó su ejecución. Gracias a ello, yo y los oficiales de estado mayor hemos podido unirnos a ustedes sin derramar sangre.
—…
—Adelante: cumpla usted con su propio deber. Señorita Natsumi.
Al despedirse, Zikr decía eso y elogiaba los méritos de Subaru.
No estaba seguro de haberle respondido como era debido, pero no haber dejado morir a Zikr—que le decía cosas así incluso ante un resultado que no se podía elogiar sin reservas—, eso sí podía tenerlo por un logro indiscutible.
Y entonces…
—De verdad… ¿Te vas?
—…
—No, he dicho algo raro. Olvídalo.
Ante Rem, que bajaba la mirada con una expresión incapaz de ocultar su cansancio, Subaru contuvo el aliento un instante.
Rem, apoyada en un bastón, estaba de pie en la entrada del ayuntamiento. Su figura no era de viaje, sino la ropa ligera con que iba de un lado a otro atendiendo a los heridos como sanadora. Rem se quedaba en Guaral.
Con Subaru, que partía hacia Chaosflame, iba a separar su camino de forma temporal.
Ante aquella despedida, Subaru sonrió con amargura por la frase de Rem, que había venido a verlo partir. Aun sabiendo que aquellas palabras eran por preocupación, no podía hacerlo.
—Ya sé que no todo es bueno, pero que seas tú quien me diga que olvide algo relacionado contigo me duele.
—Ah, no era mi intención…
—Que me estrangules, que me rompas los dedos: todo lo que tú me has dado son recuerdos irremplazables para mí.
—¿Eh?
Había sido solo que, por casualidad, los acontecimientos desde que lo lanzaron a Vollachia incluían muchas cosas impactantes, y no tenía ni la más mínima intención de burlarse; pero Rem le asestó una mirada gélida.
Claro que los recuerdos de haber podido acercarse a Rem y de que ella se preocupara por él, recuerdos de esperanza y de alegría, estaban también guardados a montones en el fondo de su pecho.
Aunque el recuerdo más amargo estuviera guardado en el mismo sitio.
—Qué falta de tensión… ¿Estás seguro de que estás bien?
—Estar todo el rato en tensión también cansa… Si me preguntas si estoy bien, tengo muchas cosas en la cabeza. Si pudiera, me gustaría estar siempre a tu lado.
—Ajá.
—¡Qué respuesta tan desganada! Bueno, al menos no me ignoras…
Aquel desplante le hizo daño, pero las palabras que le había dicho a Rem eran su verdadero sentir, sin falsedad.
Hasta el último momento—no, también ahora—había estado debatiéndose sobre dejar a Rem en Guaral.
Si pudiera protegerla siempre, al alcance de su mano, de las calamidades y las chispas que le cayeran encima a Rem, de todo lo malo que existe, cuánto mejor sería.
—La verdad, dan ganas de atarte a mí con una cuerda que nunca se cortara.
—¿Lo dices en serio…?
—Bastante.
—…
Ya ni siquiera le decía “¿eh?”.
Desde luego, sabía que si lo decía ella lo rechazaría, así que había sido una propuesta hecha sin esperanza alguna. Lo óptimo sería tener a Rem y a sí mismo atados con una cuerda para saber siempre si estaba a salvo.
Según el caso, no le importaría usar el poder que había despertado en la Atalaya Pléyades, pero…
—Y con “Cor Leonis” tampoco acabo de entender bien cómo se maneja…
La nueva Autoridad que Subaru había manifestado en la Atalaya Pléyades, “Cor Leonis”: un poder que le permitía captar vagamente la posición y el estado de sus aliados tomando a Subaru como centro. Además, tenía la faceta de que Subaru podía asumir la carga de sus compañeros y mantenerlos a pleno rendimiento.
Pensó que, quizá usando ese poder, podría asumir la carga de la pierna lisiada de Rem y hacer que ella correteara llena de energía por montes y campos.
Pero, si lo hacía, mal asunto si Rem llegaba a irse a un sitio fuera de su alcance…
—…¿Y por qué pones de repente esa cara tan abatida?
—No, es autodesprecio.
Al señalárselo Rem, Subaru se tapó con la mano el rostro ajado y suspiró.
Lo había pensado. Que el que la pierna de Rem estuviera lisiada y no pudiera escapársele con facilidad era lo que le había impedido poner fin a su relación con ella.
Había pensado que fue una suerte que Rem no estuviera en plenas condiciones.
—Así soy, por eso tú tampoco puedes creer en mí.
Subaru siempre estaba pensando solo en sí mismo.
Quería volverse más bondadoso. Quería ser alguien bondadoso, sabio y fuerte. El Subaru que se había esforzado por los demás: al mirarlo de nuevo desde la torre, aún no era suficiente.
No puede recuperar al Natsuki Subaru en el que Rem creyó.
—¿Eh…?
—Perdona. Pero volveré enseguida. Porque, si no estás tú, yo no podré aguantarlo.
—…Otra vez con esas.
—Uf, lo digo de verdad… Si te resulta desagradable, me aguantaré todo lo posible.
—O sea que no piensas dejar de hacerlo.
Ante aquella mirada de reproche, Subaru dejó caer los hombros y adoptó una actitud de reflexión.
Claro que no quería disgustar a Rem ni hacerle pasar un mal rato. Pero, aparte de eso, lo que rebosaba de él era un sentimiento intenso hacia Rem.
Aunque, tratándose de un Subaru que había decepcionado a Rem, cualquier cosa que dijera carecía de valor.
—Espérame. Me esforzaré y volveré con buenas noticias.
—…Sí. Habrá que confiar en el señor Abel, la señorita Medium y la señorita Taritta.
—Al es otro tema; ¿y en mí?
Lo preguntó por si acaso, pero la temperatura de la mirada de Rem no cambió.
Sin embargo, la respuesta debió de dejarle una cara tan lamentable que Rem, tras un silencio, exhaló un pequeño suspiro como resignada, y:
—Si hablamos de creer o no creer en ti, el hedor ha mejorado bastante.
—¡No estábamos hablando de creer o no creer…!
—Sigo sin acostumbrarme a la maldad de tu olor, pero el problema no es ese.
Así continuaba Rem, y en sus pálidos ojos azules no desaparecía aquella luz de desconfianza.
De ahora en adelante iban a estar separados, aunque fuera temporalmente. Incluso sabiendo que la desconfianza de ella se debía al desliz de Subaru en Guaral, quería quitársela de encima aunque fuera un poco.
Más que por el propio Subaru, por el estado de ánimo de Rem, que esperaría en la ciudad.
—Dímelo, Rem. Si hay algo que pueda hacer, me esforzaré todo lo posible. ¿Qué puedo hacer para disipar tu inquietud?
—…Entonces, ¿por qué sigues todavía con ese atuendo?
—¡¿Eh?!
Ante aquella Rem de mirada reprobatoria, Subaru se miró a sí mismo.
Una peluca de largo cabello negro, polvos blancos para ocultar las heridas, un atuendo dispuesto para que no se marcaran las líneas del cuerpo y unos adornos que no eran sino recargados…
—¿Es que hay algo raro…?
—Que no haya nada raro es un punto de lo más extraño. Que sigas con ese atuendo cuando vas a salir de la ciudad fortaleza es otro punto. ¿Cómo piensas justificarlo?
—¡Pero si ya te expliqué que esto es necesario!
Mientras veía bajar la temperatura en los ojos de Rem, Subaru alzó una voz como un alarido sin abandonar el papel de Natsumi Schwartz.
Que aquel atuendo contribuyera a su desconfianza era algo totalmente imprevisto, pero, como ya le había dicho a Rem, había una razón de peso.
—Rem, ya te lo dije ayer: nosotros somos gente del país vecino de este. Y, si mi nombre de verdad se hiciera público, causaría molestias que cruzarían fronteras. Por eso es necesario. ¡La existencia de Natsumi Schwartz, que no es el yo de verdad…!
—Ajá, ya veo.
—¡Esa respuesta no ha disipado ni un ápice de desconfianza!
La temperatura de la mirada de reproche de Rem no cambiaba; más bien daba la impresión de que la desconfianza había aumentado.
Pero aquella era una medida que, sopesando en la balanza la situación en que Subaru se hallaba y el papel que se le imponía, había ideado con toda seriedad.
En este Imperio de Vollachia no puede hacer famoso el nombre de “Natsuki Subaru”.
Natsuki Subaru era ya el caballero de Emilia, una persona importante del Reino de Lugunica. Es decir, lo que estaba haciendo ahora era una injerencia de lo más espléndida en los asuntos internos del país vecino.
—Bueno, quizá lo de “espléndida” no pegue con “injerencia”, pero…
En cualquier caso, lo importante era que las consecuencias de las acciones de Subaru no se detenían en Subaru. Dicho sin rodeos: podría causarle molestias a Emilia.
Como caballero de ella, a Subaru, que había jurado ayudarla en su camino hacia la corona, no se le podía permitir de ningún modo un acto que le entorpeciera así el camino.
—Y ahí entra Natsumi Schwartz. Si es el nombre de Natsumi, no hay problema por mucho que se haga famoso. Si es Natsumi, se queda en una linda muchacha de pelo negro que apareció de repente en el Imperio de Vollachia.
—¿Has terminado con tus excusas?
—¡Todavía no! Además, y esto es un cálculo…: con el nombre de Natsumi Schwartz queda la posibilidad de que nuestra gente en Lugunica lo advierta.
Más bien, ahí radicaba la razón principal de limitar el nombre falso a “Natsumi Schwartz”.
Vestirse de mujer y hacerse llamar Natsumi Schwartz no era, para Subaru, la primera vez. En la Mansión Roswaal, un entretenimiento—bueno, no exactamente—: hubo una ocasión en que la necesidad le obligó a vestirse de mujer, y todos menos Emilia sabían su verdadera identidad.
En aquel entonces, el nombre falso que usó fue el mismo. Es decir, si en adelante la presencia de Subaru adquiría notoriedad dentro del Imperio tal como Abel pretendía, y el nombre que se difundía era “Natsumi Schwartz”, cabía la posibilidad de que Emilia y los suyos tuvieran ocasión de saber que Subaru y los suyos habían sido lanzados al Imperio.
Por eso…
—Llevo este atuendo porque la necesidad me obliga.
—………Entendido.
Tardó bastante, pero conseguía la comprensión de Rem y se sintió aliviado.
En fin, por todo aquello, Subaru seguiría vestido de mujer un tiempo más. No quería que se prolongara demasiado y dañara la confianza de Rem, pero eso también dependía de las circunstancias.
—Rem, si tienes algún problema, consulta al señor Flop o al señor Zikr. Si es algo difícil de tratar con hombres, también están la señorita Mizelda y las demás. No te lo guardes todo para ti.
—Que me lo digas tú no me cuadra del todo, pero lo tendré en cuenta… Y tú, cuida de no causarle molestias al señor Abel, a la señorita Medium ni a la señorita Taritta.
—Solo tendré cuidado con los del final de la lista.
Medium y Taritta, pase; en cuanto a la carga sobre Abel, no pensaba tener contemplaciones.
De vez en cuando también a Abel le vendría bien perder la cara de serenidad y sudar la frente en la refriega.
Y así, una vez agotadas las recomendaciones y la pena de la despedida, llegaba la hora de partir.
Conteniendo la renuencia a separarse, antes de partir…
—Rem, ¿y aquella?
—¿La pequeña Ruy? Creo que a estas horas estará con la pequeña Utakata…
—Ah, ya…
—…No es que quieras que la traiga, ¿verdad?
Bajando el tono de voz, Rem le dirigió una mirada escrutadora.
El contenido mostraba que había captado la intención de Subaru, pero el tono no era ni mucho menos agradable. Más bien, era un modo de hablar cargado de una espesa irritación y amargura.
Desde la batalla del ayuntamiento, apenas habían tenido contacto en medio del ajetreo, y la vigilancia de Subaru hacia Ruy seguía en pie. Más bien, era improbable que la duda se disipara.
Aunque pareciera encariñada con Rem y con Utakata y se llevara bien con las Shudrak, no había manera de saber cuándo ni dónde mostraría su verdadera naturaleza.
En ese sentido, dejar a Ruy atrás también le inquietaba.
—En principio he hablado con Kuna y las demás para que no bajen la guardia.
—Cabezota…
Aquel murmullo, casi un susurro. Al oírlo, Subaru se quedó pensando un poco.
Al principio no había contado a Rem la verdadera naturaleza de Ruy ni su peligrosa Autoridad porque pensaba que no había suelo para que creyera sus palabras y que solo dañaría la confianza.
Pero ¿y ahora?
La relación había mejorado y, aunque fría, le escuchaba. Ahora, si hablaba de la verdadera naturaleza de Ruy, quizá no lo desdeñaría.
—…No, no hagas tonterías.
Sacudiendo la cabeza, rechazó la idea que le había aflorado vagamente.
Quizá le creyera; pero, aun si le creyera, no serviría de nada.
Hasta ahora, Ruy no había enseñado la cola ni una sola vez. Era difícil pensar que, al contárselo a Rem, fuera a revelar de pronto la naturaleza que escondía. La situación no cambiaría.
Solo que, a cambio de que Subaru se quedara tranquilo, aumentaría la inquietud de Rem.
No había necesidad de hacer algo así.
—…¿Qué pasa con esa cara?
—Ah, pensaba que ojalá en la vida de Rem solo se amontone lo feliz.
—¿Eh?
Ante aquel Subaru que contenía algo que le subía poco a poco, la mirada de Rem se volvió severa.
No obstante, si se ponía a hablar, las palabras le brotarían sin fin…
—¡Hermano! Vamos a ir saliendo ya.
Diciendo eso, Al, apoyado en el carruaje, agitaba la mano.
A su espalda había un carruaje y una criatura parecida a un caballo, de un corpachón comparable al del vehículo—un ser llamado Caballo Vientogalope—, que, según decían, tiraría de ellos a lo largo del camino.
—Dicen que es un animal raro incluso en Vollachia y que en el ejército solo se concede a los “Generales”, pero…
—Nos lo ha prestado el señor Zikr. Y además es hembra: hay coherencia.
—¿Coherencia…?
Ante las palabras de Subaru, Rem ladeó la cabeza sin acabar de captarlas.
De este modo, Rem reaccionaba a las palabras de Subaru para bien o para mal. También aquel entorno dichoso quedaría en suspenso por un tiempo.
—¡Eh, hermano!
—Eh…, el señor Al te está llamando.
—Sí, ya. Eso lo sé, pero…
—¿…?
—Es que las suelas no se despegan del suelo de lo difícil que les resulta separarse de tu lado… ¡Ay, ay, ay!
Con la punta del bastón clavada en la espalda, las suelas que debían de estar pegadas se separaron del suelo. Así, obligado a avanzar dos, tres pasos, la distancia con Rem se abrió.
La distancia entre ambos, de manera definitiva.
—Rem, aunque ya te lo he dicho muchas veces…
—Tendré cuidado. Estaré alerta. Si tengo problemas, recurriré a alguien. Adiós.
—Uuh…
Recibida con desgana aquella palabra de despedida, Subaru dejó caer los hombros y se marchitó. Mirándolo, Rem exhaló un “qué desastre” con un suspiro profundo, y:
—Ve con cuidado. Te esperaré a la vuelta.
—Ah…
—No voy a desaparecer de repente… A los demás, a todos menos a ti, los tengo por de fiar.
Dicho como si lo añadiera, Subaru lo rumió despacio.
Después asintió con la cabeza repetidas veces y, aunque viendo a Rem fruncir el ceño con disgusto:
—¡Me voy!
Y, agitando mucho la mano, se dejó despedir por Rem.
6
El carruaje se alejaba: tras cruzar la puerta principal de la ciudad fortaleza, se desvanecía a lo lejos.
El carruaje se dirigía al sureste de la ciudad, a la Ciudad Demonio de Chaosflame—tierra donde tenía su base uno de los hombres más destacados del Imperio—, y el quid estaba en si lograrían persuadir a esa persona.
Honestamente, si de reclutar a alguien se trataba, la elección de llevarse a Subaru dejaba margen a dudas.
—…Que es una medida sensata, seguro que todos lo reconocerán.
Apoyada en el bastón, Rem entrecerró los ojos ante la estela del carruaje, ya invisible.
Hasta el momento de la despedida, Subaru no había salido del terreno de la travesura. Había alineado toda clase de excusas, pero a Rem le parecía que era solo que no quería dejar de vestirse de mujer.
Por supuesto, no es que creyera que todas las excusas que había alineado fueran mentira.
—Conque ya se han ido. Una vez fuera los alborotadores, algo mejor respirará esta ciudad. Aunque no sé si lo que traigan de vuelta será una buena noticia o la cabeza de Abel.
—Señorita Priscilla.
De pronto, a Rem, que permanecía de pie sin moverse, le llegó una voz desde atrás.
Sin necesidad siquiera de volverse, quien avanzó con calma hasta ponerse a su lado fue una belleza que hacía que el rojo quedara grabado con fuerza: Priscilla, ataviada con un fastuoso vestido, exhibiendo sin reparos una hermosura violenta.
Desde que fuera salvada—su propia vida incluida—de la brutalidad de Arakiya, que había asaltado el ayuntamiento, Rem no había intercambiado con ella una conversación digna de tal nombre.
Por eso, al dirigirle la palabra de repente, sintió una gran perplejidad y desconcierto.
—…E-esto…, gracias.
—Hm. ¿Gratitud por qué?
—Por lo de ayer, el suceso del ayuntamiento. Nos salvó de aquella mujer, Arakiya. No solo a mí: también a los demás. Gracias a eso…
—¿Que fueron muchos los que se salvaron la vida, dices? Si he de decirlo yo, el mérito de que ellos la salvaran es tuyo. Tú aunaste tu talento con la acción y salvaste a quienes estaban al borde de la muerte. Yo no tuve intención alguna de mostrar esa clemencia. No tergiverses a tu antojo mis actos.
—No era esa mi intención…
Iba a decir “no era esa mi intención”, y Rem reflexionó sobre sí misma.
Precipitarse a juzgar los pensamientos, las acciones y las intenciones del otro, y encasillarlos en el molde propio, era una mala costumbre. No solo con Priscilla: tenía conciencia de haberlo hecho no pocas veces.
Si pensaba en sus recuerdos perdidos, apenas llevaba viviendo unas dos semanas.
—…Lo siento. Creo que tiene razón. Pero que yo le esté agradecida, ¿no es algo que usted tampoco puede tergiversar?
—¿Oh?
Con aquel aire de interés, Priscilla sacó un abanico de su escote. Y, al abrir con un chasquido el que había sacado, ocultó suavemente sus bien formados labios.
Pero en sus dos ojos, no ocultos, se alojaba una luz de placer y curiosidad imposible de esconder del todo.
—Había oído que eras una muchacha que se había perdido a sí misma… Vaya, vaya: conque me replicas.
—“Perderse a sí misma” no es del todo exacto. Es que no lo recuerdo; no es que haya desaparecido.
Apretando la mano contra su propio pecho, Rem le rebatía así a Priscilla.
Si hubiera desaparecido, no sería muy distinto de una quimera inalcanzable para cualquier mano.
Pero los recuerdos perdidos de Rem no habían desaparecido. Aunque no estuvieran en Rem, sí estaban en Subaru, que se esforzaba desesperadamente por recuperarlos.
Si las palabras de él eran ciertas, al parecer tenía una hermana gemela.
¿Quedaría también en esa hermana la existencia del yo anterior a la pérdida de la memoria? Y en los compañeros y allegados de los que hablaba Subaru, en esas personas aún no vistas, también ella.
Si todo cuanto era Rem hubiera desaparecido y uno pudiera resignarse a construir desde la nada, como si nada hubiera existido nunca…
—Si pudiera resignarme a eso, este pecho no me dolería.
—…
—Siempre, a cada momento, segundo a segundo, me lo hacen pensar. Cada vez que me veo reflejada en los ojos de esa persona, que no dejo de defraudar sus esperanzas.
Por supuesto, Subaru no lo haría con esa intención.
El hedor—tan denso y espeso que por momentos costaba incluso distinguir su figura—: soportándolo, el rostro de él, atisbado, no era nunca más que el de alguien totalmente desesperado.
Y esa desesperación iba dirigida al yo desaparecido que no quedaba en Rem.
—Qué egoísta soy. Me quedo estupefacta de mí misma…
Por eso no pudo decirle—a él, a quien le costaba separarse de ella—que se había sentido aliviada de que estuvieran lejos.
Ni tampoco este sentimiento tan feo suyo, que no era solo alivio.
—Tú, ¿cómo dijiste que te llamabas?
—¿Eh?
—Tu nombre. ¿No lo habrás perdido junto con tu yo? Aunque, para eso, no eres una sin nombre: está claro que te llaman por un nombre. Ese era…
Priscilla alzó ligeramente la mirada y buscó en el vacío la respuesta a su pregunta.
Probablemente recordaba el nombre de Rem. Aunque fuera por poco tiempo, había percibido que era una persona de inteligencia sobresaliente. Y, al mismo tiempo, también de mala idea.
Por eso…
—Rem.
Y, antes de que le dijeran a propósito un nombre equivocado, Rem se presentó ella misma así.
La memoria perdida, sin visos de regresar; separada de quienes conocieron su yo pasado. Aun así, el nombre con que la habían llamado y con el que se había reconocido durante aquellas dos semanas era lo único auténtico.
—Interesante.
Al oír aquella respuesta, Priscilla murmuró brevemente.
Después cerró el abanico con un chasquido y, con la punta del abanico cerrado, levantó suavemente la barbilla de Rem. Bajo el impacto frontal de sus ojos carmesí, la garganta de Rem se abrasaba con aquel calor.
Pero, aunque no pudiera decirlo con palabras, le devolvió la mirada con su voluntad puesta en los ojos.
—Rem, voy a tenerte un tiempo a mi lado.
—¿…A su lado?
—Aunque tengas aptitudes y voluntad, la capacidad no te acompaña. Esa magia curativa tuya tan torpe también la reformaré yo como es debido. Así se volverá algo más presentable.
—¡…! ¿Va a enseñarme las artes curativas?
—Insensata. Yo no tengo la menor aptitud para las artes de curar. Solo tengo buen ojo estético. Lo que te falta lo veo con solo mirarte.
La respuesta que le volvió no era la que esperaba, pero en cierto sentido era más de lo que esperaba.
Si podía poner en práctica la única destreza actual de Rem—la magia curativa con que sanaba a otros—, valía la pena fiarse de las palabras de Priscilla; y es que acababa de lamentarse deseando más poder.
—Pero ¿no pensaba la señorita Priscilla volver a su base?
—Déjalo estar. También está el haber puesto a Al con Abel. Si cumplen la condición que les puse, no tardará en haber resultados. Aquí aguardaré. Alguna incomodidad habrá, pero… en eso, mandaré llamar a Schult y lo resolveré.
—Ya…, ya veo…
Fuera lo que fuera lo que le había tocado la fibra sensible, Priscilla decidía quedarse en Guaral. En cualquier caso, si iba a ser su discípula, que lo hiciera así era de ayuda.
Aún había en esta ciudad mucha gente que necesitaba incluso la torpe magia curativa de Rem. No podía marcharse de la ciudad dejándolos atrás.
—Decidido esto, prepárame una habitación. Los detalles se los haré hacer a Schult, pero no me hagas pasar incomodidades hoy ni mañana.
—E-entiendo. La haré preparar en seguida.
Le daban órdenes con aire de dueña del lugar y, sin embargo, a Rem no le surgía el ánimo de resistirse y acababa obedeciendo.
En parte era porque Priscilla poseía un porte que doblegaba a los demás sin remedio; pero también porque Rem misma no sentía resistencia a que le ordenaran de ese modo lo que debía hacer.
Con pasos menudos y apresurados, apoyada en el bastón, volvió al ayuntamiento, pensando que tenía que consultar con Zikr la estancia de Priscilla y la preparación de su habitación.
Como las Shudrak tampoco estaban familiarizadas con la actividad en la ciudad, le pesaba tener que depender de Zikr en muchos aspectos.
Aunque él era un hombre que, si una mujer le pedía algo, no decía ni que le molestara ni que fuera imposible.
—Ah, Ree, aquí estás.
—Utakata.
Dentro del ayuntamiento, de camino a la oficina donde estaría Zikr, se topó con una muchacha que contemplaba el exterior desde la ventana del pasillo: Utakata.
—Perdona por el ajetreo.
—Uu está bien, no pasa nada. A quien Uu le preocupa es más a Taa. Anda tambaleándose.
—La señorita Taritta, sí…
Recién nombrada jefa, Taritta había acompañado el viaje de Subaru y los suyos.
Incluso a los ojos de la pequeña Utakata, la figura de Taritta, a punto de ser aplastada por el gran papel que le habían impuesto de repente, debía de parecerle poco fiable. Aun así, ella, que había tomado la resolución de afrontar con seriedad sus propios problemas, era admirable.
Mientras ella se quedaba encogida lamentando su propia impotencia, los demás seguían adelante, dejándola atrás. Justo por eso, no quería de ningún modo maldecir el mundo con lamentos ni ser un estorbo para los demás.
—La señorita Taritta seguro que estará bien. Por eso, seamos nosotras—yo y Utakata— quienes protejamos el lugar al que volverá la señorita Taritta.
—Mm, ¡ya lo sé! Ree, eres muy fiable.
—¿De veras? Si lo dices tú, me da un poco de confianza.
Ante las palabras sin doblez de Utakata, Rem distendió levemente las mejillas.
Después, al percibir de pronto algo extraño, Rem recorrió con la mirada el entorno. Utakata, que se hallaba en el pasillo contemplando el exterior de la ventana, estaba sola, y no se veía por ninguna parte a la muchacha que siempre la acompañaba.
—Utakata, ¿estás sola? Esto… ¿y Ruy?
Al parecer, Utakata y Ruy, por ser amigas de la misma edad, habían trabado una relación sin reservas. Subaru se había tranquilizado con eso y había dejado a Ruy al cuidado de ellas todo el tiempo, pero…
—¿Ruy no está contigo?
—¡Sí! Si hablamos de Ruu, se ha ido con ellos.
—¿…Eh?
Con la cabeza aún ladeada, Rem, al oír las palabras de Utakata, se quedó rígida.
Deteniendo por un instante unos pensamientos que amenazaban con quedar en blanco, Rem puso su cerebro a trabajar con todas sus fuerzas para comprobar el verdadero sentido de las palabras de Utakata.
Ruy no estaba con ella, y el significado de las palabras de Utakata era…
—R-Ruy…
—¡Mm, se ha ido! En el carruaje, Uu también la ayudé a subir.
Y la valiente y arrojada muchacha Shudrak, con el pecho henchido, declaró así a Rem con el mismo aire imperturbable de siempre, tan campante.