La Caótica Ciudad Demonio
Capítulo 4
La Caótica Ciudad Demonio
1
Sin ir tan despacio como para llamarlo bucólico, el carruaje avanzaba por el camino real.
El Caballo Vientogalope, meciendo su enorme cuerpo de pelaje castaño, escoltaba con esmero el carruaje de Subaru y los suyos, con una delicadeza que contrastaba con su mole.
—Como era de esperar, no es una simple LADY, sino una Leidy… Se nota que es la yegua favorita del señor Zikr.
Contemplando la gallarda figura del Caballo Vientogalope, Subaru evocaba a su dueño mientras cavilaba así.
El nombre de la yegua que le había prestado Zikr era “Leidy”: casi idéntico a la palabra que significa dama, y no cabía sino asombrarse ante la fuerza del destino de aquel “amante de las mujeres”.
En cualquier caso, también gracias al esfuerzo de aquella Leidy, el viaje hacia la Ciudad Demonio de Chaosflame iba sobre ruedas. Si nada se torcía, calcularon que llegarían al destino en unos cuatro días.
—Aun así, lo de verdad empieza al llegar a la Ciudad Demonio… A saber qué clase de caos nos espera.
—El caos, dice. Pues hablando de eso, este carruaje, con el atuendo de mi hermano incluido, también es bastante caótico, ¿eh?
Subaru, sentado en el amplio asiento delantero, desde donde contemplaba la grupa de Leidy trotando ligera, sujetó la larga cabellera negra que le ondeaba al viento y se volvió hacia la voz.
Ante aquel gesto, Al, que ocupaba desmadejado el asiento trasero, soltó un “ja”.
—Los ademanes de una dama los tienes tan interiorizados que mi cerebro está a punto de dar error.
—Dicen que Dios está en los detalles. ¿Aún piensa usted seguir con la cantinela?
A la pregunta, Al agitó la mano con fastidio: era, inesperadamente, el segundo más reacio al travestismo de Subaru, solo por detrás de Rem.
Abel y las Shudrak, los hermanos O'Connell o Zikr, una vez lo habían aceptado, lo trataban con naturalidad; Al, en cambio, no paraba de refunfuñar sin fin.
—Y decías que me apoyabas: ¿así que todo aquel intercambio tan solemne era mentira?
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Apoyarte a ti y aprobar al cien por cien el travestismo son asuntos distintos. Yo daba por hecho que vestirse de mujer era solo para infiltrarse en la ciudad.
—Si eres de los míos, al menos acepta a Subaru tal como es.
—¿O sea que ese estado de disfraz es el hermano tal como es? ¿En serio?
Dicho en serio así, hasta Subaru empezaba a sentir que aquello era un atrevimiento.
En la actualidad, Natsumi Schwartz era una recreación a base de peluca y maquillaje; pero, a diferencia de cuando se hizo pasar por bailarina, el papel que se le exigiría en adelante era mucho más intelectual.
Por eso había orientado también el vestuario y el maquillaje hacia esa impresión.
La prenda de cuello, con el rojo como color dominante, era una pieza única inspirada en el uniforme de oficial del Imperio de Vollachia—el que vestía Zikr—. Abajo, pantalones; en los pies, unas botas macizas. Y, coronándolo todo, un gorro militar con una pluma de ave. Un conjunto del que se enorgullecía, con bastante presencia.
Esta era la forma acabada de Natsumi Schwartz, la “estratega”.
—Bueno, la impresión tira más a militar. Ya sabes: es tradición que una mujer con uniforme militar vaya de traje de hombre, ¿no?
—Un hermano vestido de mujer que va de hombre: solo leyéndolo, mi caos no hace más que aumentar.
—Quiero evitar llamar demasiado la atención, así que tiré por el estilo imperial. Y, como de todos modos es un atuendo masculino, me apoyé un poco en el toque de la señorita Crusch.
—Esa forma de decir que te has inspirado en la gente que has conocido… No sé si la duquesa a la que acabas de mencionar se sentirá halagada. ¿Y tú qué opinas, Abelito?
Subaru, que acababa de explicar su concepto, se quedó pasmado ante la ocurrencia de Al, que parecía haber cambiado de objetivo por pura resignación. Y es que a quien Al le había pasado la pelota era a Su Majestad el emperador, un fugitivo sentado en el centro del carruaje.
Abel, situado entre Subaru y Al, contemplaba el exterior por la ventana con el ceño fruncido. Frunció aún más el entrecejo ante aquel apelativo tan familiar y, sin volverse, sentenció: “bufón”.
—Lo cierto es que es un atuendo ridículo, pero, si da resultados, no te diré nada. La capacidad y los gustos de cada cual deben considerarse por separado.
—¿Tú crees?… Bueno, yo también procuraré dejar de refunfuñar.
Sin mencionar aquella manera tan despiadada de acortar distancias, Al asintió ante el juicio sincero de Abel. Mientras se sentía aliviado de que el ambiente no se hubiera enrarecido, Subaru fulminó a Abel con la mirada y le espetó un “oye”:
—No me dispares por la espalda haciéndolo pasar por un apoyo. ¿Cuántas veces tengo que decir que no es por gusto, sino por necesidad? ¿Es que te crees que me visto de mujer porque me da la gana?
—…
—¡No te quedes callado!
Aquel silencio tan cargado de significado no hizo sino agrandar injustamente la sospecha que pesaba sobre Subaru.
Por supuesto, era una percepción que le ofendía en lo más hondo. Si pudiera evitarlo, no volvería a vestirse de mujer en la vida. Pero, siendo tan eficaz para romper la situación, no le quedaba otra que hacerlo.
—Todos y cada uno… Ya les he armado una teoría en condiciones, ¡escúchenme de una vez!
—Has dicho “armar una teoría” y ya está. Aunque, la verdad, la combinación de un emperador desposeído del trono y una misteriosa mujer que colabora con él tiene su puntito de tópico de historia.
—Exacto. Justo la heroína sin la que no se entiende este tipo de relatos… ¡Que no soy ninguna heroína!
—No te enfades contigo mismo después de decírtelo tú. Yo ya, pero los demás se van a quedar de piedra.
Subaru estaba indignado, pero su intención no la captaría nadie que no fuera Al, llegado como él de otro mundo. En realidad, eran más las frases cuyo sentido ni siquiera Al captaba.
—…Nunca le había preguntado en detalle de qué época lo habían traído.
Ya lo había pensado antes: el bagaje de conocimientos y sentido común de Al era bastante cercano al de Subaru en cuanto a época. La primera vez que se vieron, Al le había contado que lo habían convocado a otro mundo hacía casi veinte años.
Que, sin saber qué hacer ni adónde ir, había sufrido calamidades y hasta había pasado por el trance de perder un brazo.
La confesión en sí había sido ligera, pero la realidad no podía de ningún modo ser tan frívola. Los sufrimientos y la desesperación que Al había cargado serían, sin duda, mucho más duros que los de Subaru.
Si había sido hacía veinte años, Al tenía la edad de Subaru cuando fue convocado. Precisamente por eso, pese a la diferencia de edad, las conversaciones entre ambos congeniaban al milímetro.
…Aquella punzada difusa que sentía al tratar con él debía de tener ahí su origen.
—…Hablando de tópicos…
—¿Eh?
—Una maga sospechosa al lado del emperador… también es un tópico, ¿no? ¿Qué me dices de eso?
Las bromas de Al devolvieron a la realidad a Subaru, que se había ido por las ramas.
Parpadeando, Subaru asintió con un “ah” a aquello que Al llamaba “tópicos”.
—Ciertamente es un tópico. Una maga enigmática que seduce al emperador y lo va convirtiendo poco a poco en un muñeco a su antojo… y el país que presumía de prosperidad se hunde en la ruina.
—No lo hundas por tu cuenta. Sea como sea, lo recuperaré con estas manos. Solo que…
—¿Solo que…?
—No era maga ni mujer, pero es un hecho que existía alguien llamado el “Contemplador de Estrellas”.
—¿El “Contemplador de Estrellas”?
Ante la palabra que salió de la boca de Abel, las voces de duda de Subaru y de Al se superpusieron.
Era un término que nunca había oído, pero, cosa curiosa, en su cabeza encajaron los caracteres. Y, una vez encajado el término, también se le insinuó vagamente su papel.
—¿Puede ser algo del estilo de un geomante…, una especie de adivina?
—Más bien será del tipo de los profetas, ¿no? En el Reino, esa función la cumplía la piedra.
—Ah, esa tal “Piedra de la Historia del Dragón”…
Ante las palabras de Al, Subaru echó mano de lo que sabía sobre la tablilla profética del Reino.
No la había visto en persona, pero al parecer en aquella losa estaban escritos los acontecimientos futuros que aguardaban al Reino de Lugunica, y le habían contado que era un artefacto muy práctico, pues indicaba también cómo resolver los problemas.
Ahora bien, ante la crisis sin precedentes de la muerte por enfermedad de la familia real de Lugunica, la losa había presentado como solución la designación del siguiente rey: es decir, la celebración de la Selección Real en la que participaban Emilia y Priscilla.
Sinceramente, era un resultado que hacía inclinar la cabeza ante la idea de una tablilla profética tan servicial.
—Si de verdad pensaba en el bien del país, lo suyo habría sido decir cómo curar la enfermedad…
En el proceso de ampliar sus conocimientos como caballero de una candidata a la Selección Real, había comprendido que la familia real de Lugunica no era despótica ni de miras cortas, y que al menos había sido una realeza querida por el pueblo.
Muchos de sus súbditos y de los ciudadanos del Reino lamentaron su muerte; nadie se alegró. —Por qué la “Piedra de la Historia del Dragón” los abandonó sigue siendo un misterio.
—Y con una losa de piedra de interlocutor, corregir respuestas es un sueño imposible.
—Bueno, si el interlocutor fuera la losa, sí; pero el “Contemplador de Estrellas” es distinto, ¿no? ¿Qué papel tenía en palacio, Abelito?
—…No anda lejos de lo que supones. El poder del “Contemplador de Estrellas” consistía en escudriñar el mañana para sostener el Imperio.
La respuesta de Abel a su pregunta no difería gran cosa de la impresión que el nombre “Contemplador de Estrellas” dejaba. Aun así, si había un problema, era uno solo.
—…Pero no lo predijo, ¿no? Digo, porque a ti te han echado.
—Ya te lo he dicho. El poder del “Contemplador de Estrellas” existe para mantener el Imperio… Y eso no es necesariamente compatible con mi integridad.
—Eso significa… que para el Imperio era mejor que te echaran a ti.
—Al menos, eso es lo que juzgó el “Contemplador de Estrellas”.
Ante la impasible respuesta de Abel, Subaru sintió una extraña incongruencia.
La losa y el “Contemplador de Estrellas”: con la diferencia de Reino e Imperio de por medio, la situación se podía interpretar como que ambos, con funciones parecidas, habían dejado pasar el aprieto de quien ocupa la posición que se supone la más venerada de su país.
¿Sería pensar demasiado ver ahí alguna intención siniestra e incomprensible?
—Aunque el “Contemplador de Estrellas” vea lo que sea en el mañana, mi respuesta está decidida.
—…
—Aunque el “Contemplador de Estrellas” juzgue que no puede dejarme en el trono, no lo acataré. Si proclama que el Imperio perecerá por mi presencia, no me quedará sino desmentirlo con estas manos.
Una declaración de Abel demasiado apasionada para llamarla impasible.
Con un ardor equiparable al de cuando proclamó la recuperación del trono, aquello era sin duda la línea infranqueable de Abel, una determinación inquebrantable. Distinta del simple enfado o del deseo de venganza, nacía de una convicción mucho mayor y más pura. Por eso Subaru también podía permitirse no dudar de Abel en lo esencial.
Aunque, si le añadiera un poco de consideración en lo demás, se agradecería.
—¡Ah! ¡Oigan, oigan, miren adelante, al frente~!
—¿Mm?
Justo cuando la conversación hacía una pausa, Medium, que sostenía las riendas de Leidy desde el pescante, los llamó de pronto con voz vivaz.
Al parecer, en los viajes a solas con Flop no la dejaban llevar las riendas, así que Medium se había brindado ella misma a hacer de cochera, sin que se lo pidieran, con un “¡yo quiero!”.
Con su esbelta y alta figura encajada en el pescante, señalaba lo que había delante con sus dedos blancos:
—¡Se ve to’ un alboroto ahí al frente! ¿Tú también lo ves, Natsumi-cita?
—Este… Diría que veo algo aún más pequeño que un grano de arroz, quizá.
Forzó la vista por la ventana, pero no lograba confirmar eso del “alboroto” que decía Medium. No era una cuestión de expresión, sino de la simple diferencia de vista entre él y ellas.
Se suponía que Subaru también conservaba una vista excelente—2,0 en ambos ojos—, pero la agudeza visual de la gente de este mundo partía, por norma, del nivel de los pueblos nómadas del suyo. Probablemente Emilia andaría también por el 5,0.
—Y bien, señorita Taritta, ¿usted qué? ¿Lo ve?
—Espere, por favor. Aquello es…
Aprovechando que dejaba de lado su falta de vista, Subaru alzó la voz hacia el techo del carruaje. Taritta respondió desde allí arriba: estaba ejerciendo de vigía, alerta en todas direcciones.
También había sido un papel que Taritta se había ofrecido a hacer por voluntad propia, pues no se quedaba tranquila sin alguna tarea; y Subaru, acostumbrado a Garfiel con ganas parecidas, lo aceptó de buen grado.
Y, en efecto, Taritta desplegaba sin cortapisas la vista de una amazona de otro mundo…
—…Parece que hay soldados imperiales reunidos y están deteniendo a los carros de bueyes que van por delante, sí.
—Eso significa…
—…¿Un control?
Recibido el informe de Taritta, Abel comprendió la situación y murmuró aquello.
Al oír lo del control, Subaru recordó lo ocurrido en la puerta principal de Guaral. Solo que allí era la puerta de una ciudad y aquí estaban en mitad del camino real. A diferencia de la vigilancia de las entradas de una urbe, llamaba la atención lo poco natural del sitio.
En pocas palabras: había motivos para sospechar que habían montado aquel control para buscar algo concreto.
—¿Nosotros, por casualidad? También se les escapó Arakiya. ¿Se habrá corrido la voz?
—Por supuesto, tarde o temprano era inevitable que Arakiya dejara escapar los detalles. Pero no la creo capaz de moverse con tanta rapidez y precisión. Además, la Ciudad Demonio está en la dirección opuesta a la Capital Imperial.
—O sea que, por la posición, el informe habría llegado demasiado rápido.
—Exacto…. Aunque hay un problema: el acompañante.
Sin deshacer el cruce de brazos, Abel mostraba su preocupación no por Arakiya, sino por quien la acompañaba.
Y el acompañante de Arakiya era, precisamente, el sujeto perspicaz que se la había llevado de Guaral.
—…
Ante aquella preocupación de Abel, Subaru arrugó el rostro por una imaginación desagradable.
Si se limitaba a los soldados imperiales que había en aquella Ciudad Fortaleza, a Subaru se le ocurría un candidato a perspicaz. Y aquel candidato no aparecía entre los soldados imperiales que se habían rendido.
Probablemente andaría mezclado entre los soldados que habían abandonado la ciudad huyendo.
—No puede ser… ¿verdad?
Por mucho que fuera, no quería pensar que aquel hombre era quien se había llevado a Arakiya. Lo mejor sería no volver a verlo nunca… Con ese sujeto, palabras como “lazo del destino” eran lo último que quería oír.
—…Centrémonos en el problema inmediato. ¿Qué hacemos? ¿Podemos desviarnos?
—Ahora mismo, creo que ellos todavía no nos han visto, pero…
Medium y Taritta, las dos de vista privilegiada, los habían localizado antes que nadie.
Si aún no los habían visto, cabía la opción de desviarse. Si no tuvieran nada que esconder, pasarían tan tranquilos; pero, cargando con un secreto que dolía incluso antes de que lo buscaran, no había otra alternativa.
—…Espera. Nada de desviarse.
Pero, justo antes de dar la orden de salirse del camino real, ni más ni menos que Abel puso el freno. Ante aquella instrucción que no parecía muy inteligente, Subaru se volvió con un “¿ah?”, y él le sostuvo la mirada:
—Quiero saber qué pretenden. Si el motivo fuera la caída de Guaral, se han movido demasiado rápido. Y, si me están buscando a mí, me gustaría sacarles a los soldados qué órdenes tienen.
—Y, aun así, ¿qué pasa si te encuentran? Si te pones a hurgar en el avispero, vamos a acabar metidos en una persecución de locos.
Y, por supuesto, también cabía la posibilidad de que lo trincaran allí mismo, sin persecución ninguna.
De los cinco ocupantes del carruaje, los que podían pelear eran los tres restantes—sin contar a Subaru ni a Abel—, pero el total de fuerzas no superaba por mucho al del escuadrón de bailarinas que había entrado en Guaral. Lo sensato era evitar un gran combate.
—Las condiciones son demasiado malas. ¿O es que tienes alguna buena idea?
—La tengo… Tú.
En plena discusión de riesgos y beneficios, a Subaru se le quebró la voz en un “¿eh?” al oírse señalado.
Y es que, hasta un momento antes, estaban hablando de las probabilidades de éxito de una apuesta peligrosa.
—¿Y por qué salgo yo ahí?
—Ya hay un precedente en la Ciudad Fortaleza. El carruaje va camuflado para que no se sepa que es del ejército. Será tal como lo acordamos de antemano.
—¡¿Pero eso no era un montaje para cuadrar el relato por el camino?!
Lo que Abel acababa de exponer con toda desfachatez era un montaje para cuadrar las historias con otros viajeros y mercaderes durante el trayecto, no algo pensado para engañar a unos soldados imperiales que vigilaban con suma atención.
Y, pese a ello, Abel no prestó oídos a la queja casi a gritos de Subaru:
—Yo me escondo en el fondo del carruaje. Tú haz que los soldados suelten la lengua.
—¡Eh, espera, espera, espera! ¿Lo dices en serio?
—No dejes que los soldados miren en el fondo del carruaje. Tú también aprecias tu vida, supongo.
—¡No entiendo de dónde te viene ese tono de superioridad…!
Mientras lo decía, Abel se levantó del asiento y apoyó la mano en el suelo. Bajo el banco había una tabla removible: un mecanismo que permitía bajar al espacio del fondo del carruaje.
En origen, era el carruaje que tiraba el Caballo Vientogalope de Zikr, General de Segunda Clase del Imperio.
Estaba camuflado para que no se adivinara su vínculo con el ejército imperial, pero conservaba intactas las funciones previstas para que lo usaran personas de alto rango. Aunque el artesano que lo construyó jamás habría imaginado que quien se ocultaría dentro sería el emperador.
En cualquier caso, Abel levantó la tabla y deslizó su cuerpo con presteza en el estrecho espacio. Al parecer, pensaba delegar de verdad en Subaru a partir de ahí. Más que audacia, era arrogancia.
—¡Natsumi, ellos también se han percatado de que estamos aquí!
—¡No queda de otra entonces, pue’! ¡Bueno, a darle, Natsumi-cita!
Amablemente, los ánimos de Taritta y de Medium le arrebataron a Subaru la posibilidad de vacilar. Una vez que los soldados del control los habían visto, girar en redondo allí mismo sería de lo más sospechoso.
—O sea que, por irritante que sea, esto es justo lo que quiere Su Majestad el emperador. ¿Estás listo, hermano?
—¡Sí, sí, entendido! ¡Pues adelante, encantada!
—…Qué cambio tan brusco.
Sin más remedio, Subaru se golpeó la cara con ambas manos y accionó el interruptor dentro de sí.
Si se golpeaba las mejillas con fuerza, se le estropeaba el maquillaje. Si se rascaba la cabeza, se le despeinaba el cabello. Y, si no dejaba de lado la irritación interior, le saldrían palabras ásperas… Y así no podría engatusar a los soldados imperiales.
Cumplir el papel que le pedían, llevar a término la tarea que esperaban de él.
Ese era, precisamente, el primer paso de Natsuki Subaru para recuperar la confianza perdida.
—Vaya, señores del ejército, cuánto se afanan. ¿Y a qué debemos el honor?
Mientras se lo repetía a sí mismo, Subaru alzó la mano hacia el soldado imperial que detenía el carruaje y, con una sonrisa encantadora, le dirigió la palabra con alegre dulzura.
2
Por suerte, el soldado imperial que detuvo el carruaje no dio mayor importancia a la presencia de un vehículo en el que, además de las tres “mujeres”—Medium, Taritta y Subaru—, el único “hombre” a bordo era Al.
Lo que preguntó fue, sobre todo, la identidad del grupo y el motivo del viaje.
Al respecto, tal como habían acordado de antemano, se salieron con la historia de que Al y Medium iban contratados como escolta de Subaru, la hija de un Bajo Conde, y de que Taritta era la criada personal de Subaru.
Por el momento, para ocultar su origen Shudrak, el atuendo de Taritta había quedado en un conjunto masculino a lo mayordomo, por gusto de Subaru, y Al lo colmaba de elogios: “El hermano vestido de mujer y de hombre, y Tarittita vestida de hombre…, ya no me entero de nada.”
Sobre esa base, explicó que el motivo del viaje era que Subaru iba en representación de su padre a presentar sus respetos a otra casa, y el soldado imperial no lo puso en duda. Eso sí, al oír el destino, se le ensombreció el gesto:
—La Ciudad Demonio, nada menos. Tu padre también te encarga unos trabajos bien peliagudos. ¿Y si te lo piensas mejor?
—Aunque me diga eso, mi padre me reñiría a mí. Bajo Conde será, pero noble al fin y al cabo… Antes que desobedecer al cabeza de familia, la Ciudad Demonio me resulta más llevadera.
—Mmm, ya veo. Bueno, y usted parece tener mano para estas cosas, así que no hay de qué preocuparse.
—Vaya, vaya, qué halagador es usted.
Llevándose el dorso de la mano a la boca y sonriendo, Subaru esquivaba con elegancia las sospechas del soldado. En términos generales, parecía que el paso del control no daría problemas, así que Subaru decidió arriesgarse un poco más:
—Y, con todo, un control tan aparatoso… ¿Ha ocurrido algo?
—Qué va, no es nada grave. Hace poco hubo una escaramuza cerca de Buddheim, al norte, y se han fugado algunos soldados; los estamos buscando… Ah, y también buscamos a un prófugo.
—¿Un prófugo?
Con cuidado de no dejar traslucir su recelo interior, Subaru fingió ser una hija asustada. Su actuación engañó al soldado de pleno, y este asintió con un “ajá” y gesto grave.
—Es que dicen que por esta zona se ha visto al hombre que buscan en la Capital Imperial. Un hombre de unos cincuenta años y pelo azul, según parece. ¿No lo conoce?
—…No, lo siento. Pero oír que hasta entre los soldados imperiales, famosos por su pujanza, hay desertores me inquieta: ¿se estará descomponiendo el aire del Imperio?
—¡Tranquila, Natsumi-cita! Estamos nosotras, ¡así que saca pecho y sin miedo!
—Vaya, señorita Medium, qué tranquilizadora es usted. Oh, jo, jo, jo.
No parecía haber sido su intención, pero la franqueza de Medium aflojó el semblante del soldado imperial.
Temía que, por escarbar demasiado, se volviera sospechoso; pero también esa preocupación parecía haber quedado bien salvada. Taritta también guardó silencio, cumpliendo a la perfección su papel de mayordomo fiel a su señora…, aunque quizá solo era que, con los nervios, no le salían las palabras.
Y las suspicacias hacia Al, el único hombre del grupo, Subaru se adelantó a despejarlas:
—Lo de escolta es una cara… Entiéndame: sin ese pretexto, no guardaría las formas, ¿verdad? Su brazo se perdió en una batalla por proteger a mi casa.
Con aquella explicación de Subaru, incluso la mirada del soldado, recelosa al principio, se tiñó de compasión. Si uno vive para la guerra, las heridas irreparables no son cosa ajena ni para él.
Y entonces…
—¡Bueno, bueno, Natsumi-cita, qué bien! ¡Me has dejado admirada!
Mientras saludaba con la mano al soldado imperial que se alejaba, Medium la elogiaba desde el pescante. Ante sus palabras, Subaru negó con la cabeza:
—Qué va, yo no he hecho nada. Por suerte, el motivo del control no tenía nada que ver con nosotras; deberíamos alegrarnos de que todas hayamos tenido suerte.
—¿Sí? Entonces será eso. ¡A mí también mi manito me felicita a menudo por tener suerte!
—Je, je. Usted y el señor Flop son unos genios buscando la felicidad.
Con la mano en la mejilla, Subaru también sonrió ante la agradable respuesta de Medium.
Después, se volvió hacia Taritta, que en el asiento contiguo estaba agotada y hecha polvo. Al verla, ya sin tensión pero aún con mala cara, Subaru ladeó la cabeza.
—Señorita Taritta, ¿está bien? ¿Se siente mal?
—No, no pasa nada, pero… Natsumi, ¿por qué puedes estar tan tranquila, señorita? Ya me lo estaba preguntando desde lo del plan de entrar como bailarinas.
—…Ya, claro.
Después de Abel, Taritta era quien más tiempo llevaba tratando con el Subaru travestido. Sin embargo, a ella le seguía resultando incomprensible aquel cambio.
En cierto sentido, a diferencia de Abel y Flop—es decir, Bianca y Flora—, que no tenían nada que cambiar, la Natsumi Schwartz que Subaru encarnaba requería una minuciosa autosugestión.
La ropa y el maquillaje por sí solos no bastan para disfrazar del todo cierto temple que, inevitablemente, aflora en quien no lo posee… Y para cubrir esa diferencia hace falta esfuerzo.
—Así que lo único que hice fue esforzarme con todas mis fuerzas.
El grado de acabado de Natsumi Schwartz era una parte del fruto de la búsqueda de la belleza que la humanidad había ido acumulando.
Si no hubiera habido precursores, el travestismo de Subaru no serviría ni para una función escolar. Y no podía despreciar el esfuerzo de cuantos lo hicieron posible.
—…Tener esa confianza, la envidio. Yo eso no lo tengo.
—¿Confianza? Lo que yo tengo es fe en Natsumi Schwartz, y eso es algo distinto de la confianza.
—¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?
—Oye, oye, hermano, déjalo ya. Que vas a confundir a Tarittita. Ese ardiente espíritu de travesti tuyo… hasta a mí me cuesta seguirte.
En lugar de la Taritta que abría y cerraba los ojos sin entender nada, Al puso freno a la teoría de Subaru.
No era consciente de estar diciendo nada tan difícil como para confundir a los dos. Simplemente: creer en uno mismo es difícil, pero en la imagen ideal que uno ha construido dentro de sí… en esa sí se puede creer.
—Lo que hay que dibujar es, siempre, la mejor versión de una misma.
—Q-que idea tan difícil de comprender…
—Pero como mentalidad se lo recomiendo bastante, ¿sabe? Compararse con quien uno admira es un sufrimiento sin fin…, pero al yo ideal sí se le puede dar forma.
—…
Ante Subaru, que decía aquello con la mano en el pecho, Taritta abrió un poco los ojos.
Parecía haber algo que resonaba en ella, y no poco.
—Al yo ideal, darle forma, se puede…
Lo suficiente, al menos, para que lo guardara quedamente en su pecho.
Cuando Taritta, con aquel gesto pensativo, calló, Al cambió de tema con un “en fin”:
—Los desertores ya, pero ese hombre al que buscan, a saber qué habrá hecho. Que lo de Abel no se haya corrido es un gran alivio, pero el despliegue era considerable.
—Quién sabe… Un hombre de unos cincuenta años y pelo azul… Si solo se trata de esas señas, muchos caballeros encajan; hasta a mí se me ocurre alguien.
El pelo azul, que en su mundo original no existía de forma natural, aquí se veía de vez en cuando, empezando por Rem. Las señas que le habían dado en el control encajaban incluso con un gran bebedor al que había pedido ayuda una vez en Guaral: un mercenario llamado Rowan.
Aunque tampoco parecía que él fuera a ser un buscado hasta el punto de movilizar a todo un ejército imperial; sería que andaban tras alguien de rasgos parecidos.
—En cualquier caso, a los soldados rasos aún no les ha llegado lo de Abel… Al no haber alboroto en la Capital Imperial, se puede pensar que un sosías está ejerciendo de emperador en su lugar.
—No sé si eso es bueno o malo. Sinceramente, también pienso que, ausente el emperador, nos habría venido mejor que se armara un buen revuelo.
—Tiene las dos caras, sí. Al margen de cómo lo tratarían si lo encontraran, no cambia lo penoso de que anden buscando a Abel.
Si la ausencia del emperador se hiciera pública y el Imperio se sumiera en el caos, era incógnita si Subaru y los suyos sabrían cabalgarlo con destreza. Al menos, según la percepción de Abel, todavía les faltaba fuerza para darse a conocer, y Subaru opinaba más o menos lo mismo.
Aunque, para eso, habérseles ocurrido colarse por el control les había hecho pasar un buen sofoco.
—Por lo pronto, hemos pasado el control, así que vamos a sacar a Abelito.
—Sí, y además tengo unas cuantas quejas que darle.
Asintiendo a la propuesta de Al, Subaru se abrazó los pechos postizos y dejó a la vista su indignación.
El motivo del enfado de Subaru era, por supuesto, que lo habían zarandeado con lo del control; pero la razón principal era que, durante el control, Abel no había parado de revolverse inquieto.
Mientras hablaba con el soldado, los ruidos desde el fondo del carruaje se oyeron una y otra vez. Al final, Subaru los disimuló haciéndose pasar por una hija hambrienta con un “también es duro ser Bajo Conde…”, pero eso era una página negra que manchaba la reputación de la elegante y brillante Natsumi Schwartz.
—Por lo visto, Su Majestad el emperador no es lo bastante consciente de su propia posición.
—Vaya, vaya, hermano, qué enfadado estás. Bueno, la verdad es que, en esto, hasta yo creo que tienes derecho a enfadarte.
Dispuesto a soltarle cuatro frescas al temerario de Su Majestad, Subaru se envalentonaba, y Al le daba la razón.
Y así, cuando Al levantó la tabla del suelo y Subaru se asomó al fondo del carruaje, que se balanceaba, para echarle en cara lo ocurrido a la cara que apareciera…
—A ver, Abel, ¿qué significa esto? Con esa salida que se ha marcado, ¿sabe cuánto nos ha costado disimular a nosotras…?
—¡Bu!
—¡Uiaaaah…! ¿¡Qué!?
El reproche de “cómo se le ocurre” quedó ahogado por el grito, y Subaru saltó hacia atrás, a los brazos de Taritta. Esta la atrapó al vuelo, pero no había ánimo para elogiar el buen centro de gravedad de la muchacha.
Lo que había aparecido no era un Abel enajenado…, sino una niña pequeña de cabello dorado.
A aquella niña la reconocía, y no solo tenía recuerdo de ella, sino recuerdos perversos de sobra.
La irregular por excelencia del Imperio, Ruy Arneb, había saltado alegremente desde debajo del suelo.
—¿P-p-p-por qué…?
—¿Ah? ¿Uh?
—¡¿Por qué?! ¿Por qué estás tú en este carruaje…?
—…Por lo visto, ha estado oculta bajo el suelo todo el tiempo. Que nadie se diera cuenta hasta ahora, vaya. Probablemente haya sido obra de Utakata.
Subaru abría y cerraba los ojos, con la voz temblorosa. Recogiendo aquella pregunta suya, quien apareció desde el fondo, tras Ruy, fue Abel.
Abel se sacudió el polvo del sucio atuendo de viaje y se arregló con los dedos la negra cabellera, muy desordenada. Después, al ver a Ruy arrimarse a Subaru, que seguía en brazos de Taritta:
—Hum. Se ve que te echaba mucho de menos. Significa que ha elegido estar contigo antes que con Utakata o con tu mujer.

—¿Q-qué dices con esa calma…? ¿Y tú? ¿No tuviste problema en estar con ella bajo el suelo?
—¿Cómo iba a no tenerlo? Me ha estado alborotando allí abajo sin necesidad, y hasta yo he pasado un mal trago. Si por culpa de esa niña los soldados nos hubieran descubierto, a saber con qué excusa habríamos salido.
Cerró la tabla del suelo y volvió a su asiento, y con las palabras de Abel Subaru lo entendió todo.
Durante el control, quien alborotaba en el carruaje era Ruy, que se había colado dentro. Probablemente, a Abel, que había bajado al fondo para esconderse, la huésped previa, Ruy, se le había estado colgando encima.
Abel había librado solo aquella pelea; pero, por lo visto, no tenía talento para entretener a una niña.
—Entonces, ¿usted para qué sirve exactamente…?
—Vas y vas dejándome en mal lugar; ¿y eso cómo lo piensas arreglar?
—¿Cómo lo arreglo…?
—Te lo advierto: a estas alturas no se puede volver atrás. Ni el control ni el tiempo lo permiten.
Ante la observación de Abel, Subaru, aún en brazos de Taritta, miraba atónita a Ruy, que se le arrimaba con un “a-ú”.
—P-pero ¿por qué ha tenido que pasar esto…?
Ante la inesperada incorporación de Ruy, en la cabeza de Subaru se arremolinaban la perplejidad y el desconcierto.
Cada vez más, crecía su recelo hacia lo que pensaba Ruy y hacia su naturaleza oculta. Al mismo tiempo, no dejaba de sentir cierto alivio por haberse librado de dejarla junto a Rem, que se había quedado en Guaral.
—Subaru, no hay nada que se pueda hacer. Ruy vendrá con nosotras así.
—¿Usted también dice eso, señorita Taritta?
—Como dice Abel, ahora mismo no hay opción de volver atrás. Pero tampoco podemos dejarla abandonada. Sé que tu relación con Ruy es complicada, pero…
—…
Mirando alternativamente las caras de Subaru y de Ruy, Taritta daba vacilante una opinión neutral.
Por la misión de infiltración en Guaral y el tiempo pasado en el poblado de los Shudrak, aunque no tanto como Rem, Taritta también conocía la desconfianza de Subaru hacia Ruy.
Aun así, Taritta lo planteaba con eso en cuenta; y, a su pesar, Subaru era de la misma opinión.
—No podemos dejarla así y causar molestias a gente que no sabe nada, ¿verdad…?
—¿Uh?
Ladeando la cabeza, Ruy ponía cara de no entender nada.
En la situación actual, Ruy no había mostrado ni una sola vez su cara de Arzobispo del Pecado de la Gula. Pero, siendo que no era seguro que no lo fuera a hacer en adelante, cuando llegara el momento, encargarse de ella era obligación de Subaru.
Porque solo él tenía la certeza de que ella era peligrosa, y la oportunidad de prevenir el daño antes de que ocurriera.
—Bah, no te pongas tan grave, hermano. La pequeña está encariñada contigo. Puede que a partir de aquí sea un estorbo, pero todo depende de cómo se le dé uso, ¿no?
—Al…
Mientras lo decía, Al trataba de ayudar a Subaru en su angustiosa decisión.
Él decía aquello a propósito, en tono desenfadado, y estiró la mano para acariciar la cabeza dorada de Ruy…
—Con una niña pequeña, la guardia del otro también baja. Viajar con niños no es tan… ¡Ay, que me duele!
—¡Garrr!
Justo antes de que la mano de Al le acariciara la cabeza, literalmente, Ruy enseñó los colmillos.
Ruy abrió la boca de par en par y le mordió la mano, y Al saltó dando alaridos. Una ingratitud tal, que ni un gato callejero que no se deja querer muerde a quien va a darle de comer.
—¡Uooh, maldita sea, cómo duele! ¡Ha salido sangre! ¡Y todo por intentar defenderte!
—¡V-vaya cosa que ha hecho…! ¡Después de todo, esa es tu verdadera naturaleza…!
—¡Uh! ¡Ah! ¡A-ú!
—¡Con “á” y “ú” no hay quien te entienda!
Ruy se le colgaba a Subaru, que, en brazos de Taritta, no podía moverse. Subaru le apartaba con la mano la frente a la quejumbrosa Ruy, pero el corsé le apretaba y no lograba repelerla bien.
Y así, dentro del carruaje, la segunda batalla decisiva contra la “Gula”…
—¡Cálmense, por favor!
—¡Hyaan! ¿¡Qué!?
—¿¡Uh!?
En ese instante, quien alzó la voz por encima de los tres que gritaban fue Taritta. Ella los miró con unos ojos de gran fuerza, muy parecidos a los de su hermana mayor, y, mientras bajaba despacio a Subaru al suelo:
—¡Un adulto hecho y derecho no puede dar ese espectáculo delante de una niña! Actúe como una persona mayor y serena. ¿Y si la pequeña les imita?
—Uf, c… P-pero esa niña es…
—Nada de peros. Natsumi, si te haces llamar estratega, tú deberías ser la primera en mantener la calma.
Al ser reprendida de frente, aquel contenido tan simple fue lo que más le escoció a Subaru.
¿Quién podía ganar a aquella razón: que era pueril pelearse con una niña? Pero semejante lógica adorable no servía con un Arzobispo del Pecado. Si Taritta supiera lo peligrosa que era Ruy, seguro que ella también…
Entonces, allí mismo, no había más que soltarlo todo sin dejar nada: la verdadera naturaleza de Ruy Arneb.
—…
Se le anudó la garganta ante el sentimiento negro que había resonado desde dentro de su pecho.
Ante Subaru, que tenía los pómulos tensos, Taritta y Al pusieron caras de extrañeza. Tenía a mano el modo de despejar aquella duda, y, sin embargo, Subaru había estado resistiéndose a hacerlo.
Contarles a ellos la verdadera identidad de Ruy y compartir la gravedad del asunto. A diferencia de Rem, que junto con los “recuerdos” había perdido también el conocimiento de la Secta de Brujas, ellos sí podrían comprender la amenaza que era Ruy.
Si lo hacía, para eliminar a aquel elemento inquietante con forma de niña…
Para eliminarlo, ¿qué haría?
—¿Uh?
Ruy, mirando hacia arriba a Subaru, que se había quedado petrificado, ladeó la cabeza con curiosidad.
En cuanto los que la rodeaban dejaron de alborotar, Ruy recobró la calma de golpe. Ella alborotaba, invariablemente, cuando el entorno era ruidoso. ¿Sería aquella capacidad de adaptación también una forma de mimetismo?
El mundo blanco al que había llegado dentro de la Atalaya Pléyades; aquella maldad intratable y sin remedio con la que Subaru se había topado allí: ¿era aquella la apariencia que se había puesto?
Aunque sabía que debía pensar así y actuar en consecuencia, y, aun así…
—…Te advierto que el objeto de este viaje no es la diversión ni el recreo.
Mientras Subaru seguía atormentándose, Abel, el único que quedaba en el asiento, lo dejó caer con frialdad.
Por un instante, Subaru no descifró el sentido verdadero de sus palabras y se desconcertó; pero en seguida entendió que eran la opinión de Abel sobre el trato que dar a Ruy.
En los ojos negros de Abel, que aseveraba que aquel camino no era un juego, no había ni un ápice de calor.
Era la prueba de que no encontraba en Ruy valor alguno al que conceder miramiento o clemencia. Y, a la inversa, dejaba entrever qué elegiría él si se le revelara la verdadera identidad de la muchacha.
—Nos la llevamos.
Al oír aquella conclusión, los ojos negros que miraban a Ruy se dirigieron a Subaru. Mientras sentía que la agudeza de aquella mirada sombría le excavaba el pecho, Subaru ignoró el dolor fantasma de los pechos postizos y le devolvió el desafío con la mirada.
—Como no es un viaje de placer, que demuestre para qué sirve… A eso se refería, ¿verdad?
—Exacto, con eso me basta… Tú dirás eso, por supuesto.
—…Qué valoración tan difícil de interpretar.
Si era un juicio con sentido de decepción o algo distinto, el verdadero alcance de las palabras de Abel no había modo de calibrarlo.
Por supuesto, Abel no se iba a molestar en gastar más palabras para que lo entendieran, y Subaru también temía que, si lo volvía a sacar, la conclusión fuera distinta, así que cerró la boca.
Y así quedó decidida la línea sobre el trato que dar a Ruy…
—¡Bieen, Ruyita, prueba a sostener las riendas! ¿Jugamos ahí con la Leidycita?
—¡Uh!
—¡Eso no, por favor!
En el pescante, que de pronto se animaba, Ruy era recibida alegremente por las dos mujeres.
Con todo, Ruy era sorprendentemente dócil, y también estaba encariñada con Medium y las demás, así que durante el viaje no parecía haber de qué preocuparse. Como mucho, inquietaba que Rem estuviera alarmada por la ausencia de Ruy.
—Y si Utakata le ayudó a colarse en el carruaje, tampoco hay de qué preocuparse… Aunque, desde el punto de vista de Rem, quizá no saber dónde está le quite más la inquietud.
—¿Y eso por qué? Contigo seguro que está más tranquila… No, va a ser que no. Contigo hay de todo, ¿eh?
Al enlazar el murmullo de Subaru con lo ocurrido antes, Al se interesó por la situación de su lado. Subaru bajó la mirada ante aquella mirada, dudó un poco y luego:
—No es que no haya… nada. Al, tengo un favor que pedirte… ¿Podrías estar atento a Ruy todo lo que puedas?
—…Ya es raro el favor, y en un tono que descoloca, pero ¿por qué? ¿Qué hay con la pequeña?
—…Si esa niña sale herida, Rem sufre. Así que te lo pido.
—…
Ante la natural duda de Al, sin embargo, Subaru le ocultó la verdad, como a los demás.
Ante aquella respuesta de Subaru, Al guardó silencio un instante, pero:
—Ah, enterado. Me preocupa que me muerda también el brazo que me queda, pero me las apañaré para llevarme bien con ella.
Sacudiendo la mano mordida por Ruy, Al se dejó caer de golpe en el asiento más delantero del carruaje. Mientras oía las voces de las tres muchachas que alborotaban alegres en el pescante, estiraba las piernas de cualquier manera.
Ante aquella actitud y aquella manera de aceptar tan suyas, a Subaru se le distendieron ligeramente las mejillas.
Había muchas cosas en las que pensar. Cuanto más se acercaba la Ciudad Demonio, más grandes se volvían las inquietudes.
—A propósito, no ha habido ni una palabra de agradecimiento por haber salido airosos del control.
—Humph. Bien hecho.
—¡¿Y no habría sido mejor ahorrarse la risita nasal del primero?!
Mordiéndole por su falta de reconocimiento, Subaru lanzó un hondo suspiro. Después se apartó de Abel y, cambiando el sitio con Al, pasó al asiento del final.
Con todo tipo de cavilaciones a cuestas, el camino hacia la Ciudad Demonio continuaba. Subaru alzó la cara y, observando el pescante, donde la alegría giraba en torno a Ruy, dijo:
—De verdad… ¿por culpa de quién cree que estoy sufriendo así?
Y aquella queja, como un lamento, no llegó a nadie: fue engullida y borrada por las ruedas del carruaje.
3
—Donde estábamos mi manito y yo era un sitio bien, pero bien horrible, ¿saben?
Por la noche, alrededor de la hoguera del campamento, Medium lo dijo con su tono de siempre.
Habían detenido el carruaje a un lado del camino real y acababan de cenar con raciones de viaje. Al y Taritta habían salido a reconocer los alrededores, y Subaru y los demás se habían quedado de guardia.
Medium siempre estaba alegre y jovial, y no sabía lo que era bajar la voz. Ni siquiera cuando contaba recuerdos amargos o memorias oscuras cambiaba eso.
También le habían oído a Flop que los dos se habían criado en un ambiente miserable.
Que los hermanos se habían criado en un hogar de acogida, llevándose palizas todos los días. Y que, indignados con un mundo en el que adultos desdichados hacen daño a niños desdichados, habían jurado venganza.
—Yo las cosas que dice mi manito no la’ entiendo todas, son muy difíciles, ¿saben? Pero, cuando mi manito camina a paso firme con el pecho sacado, yo quiero apoya’lo.
—¿Aunque sea la venganza contra el mundo?
—¡Ajá, sí! Aunque, la ve’dad, no tengo idea de cómo se hace.
Medium, que sonreía con vergüenza, se sentaba con las piernas cruzadas, bien acomodada. Tenía a Ruy sentada en su regazo y, con mano acostumbrada, le peinaba la larga cabellera dorada.
En un principio, el motivo de que saliera a relucir el tema de sus recuerdos fue la habilidad con que trataba a los más pequeños.
Medium daba la impresión de hacerlo todo con bastante despreocupación. Que cuidara a Ruy con tanta destreza resultaba sorprendente, y al preguntarle la razón, salió lo que acababa de contar.
—En el hogar había má’ niños aparte de mi manito y de mí, ¿saben? Había chicos má’ pequeños que yo, y como no lo pasábamo’ muy bien, por lo menos el pelo queríamos tenerlo suelto, ¿no?
—Así que ahí estaba el secreto de lo bien que se le dan los cuidados, señorita Medium. Ya me cuadra.
—Je, je, je, ¿así será? ¡Entonces me alegro de haber servi’o de algo~!
Iluminada por la luz roja de la hoguera, con aquella hermosa cabellera dorada reluciendo, Medium sostenía con gran fuerza, tanto en lo marcial como en lo anímico, aquel viaje y a Subaru.
Si no hubieran estado ella y Flop, la peregrinación de Subaru y los suyos por el Imperio habría sido mucho más penosa.
—…Medium, ¿de dónde son tú y tu hermano?
Quien se metió de pronto en la conversación así fue Abel, que también se calentaba en la misma hoguera.
Aprovechando la pausa después de la cena, aún no había vuelto al carruaje, y había estado presente en el relato de recuerdos de Medium. Aunque, la verdad, uno habría pensado que lo escuchaba sin más, sin intervenir.
De hecho, la propia Medium, al verse interpelada, abría los ojos con un “¿eh?”.
—¡Abelito, ¿te sabía’ mi nombre?!
Medium llamaba a Su Majestad con un apodo tan dinámico como el de Al, y no menos. Ante su sorpresa y su manera de llamarlo, Abel soltó un leve suspiro:
—Los nombres se me quedan. Ahórrate la admiración inútil. Antes de eso, responde a mi pregunta. ¿De dónde eres tú y tu hermano Flop? Lo de antes: ¿quién era el responsable del hogar?
—¿El responsable? ¿Te refieres al director? Su nombre ya se me fue. Pero el sitio donde estábamos mi manito y yo era un pueblito llamado Averyk.
—Averyk… Una localidad del oeste del Imperio. Lo tendré presente.
—¿Y para qué lo quieres?
—Porque hay que ocuparse como es debido. Al margen de que me ocupe yo directamente.
La respuesta de Abel era concisa, pero su verdadero sentido no le llegaba a Medium.
Con un interrogante en la cara, Medium ponía gesto de haberse metido en una nube de dudas aún mayor. Y el poco amable Abel no se molestaba en desenredar aquel enigma.
Subaru tampoco había captado del todo su razonamiento, pero:
—¿Así que escuchar la voz del pueblo y llevarlo sin más a la política del Estado?
—No llego a tanto. Ya lo he dicho… Recompensa y castigo.
Al mérito, su recompensa; a la estupidez, la suya.
Ese era el credo de Abel como gobernante, y al parecer una postura inamovible.
Si lo pensaba, también en el “Ritual de Sangre” del poblado Shudrak le había insistido a un Subaru al borde de la muerte que dijera su deseo. Detrás de aquel empeño se escondía el mismo credo.
Es decir…
—…Así que no soporta que los demás se queden con las manos vacías.
—Muchos nacen sin nada. Qué agarren esas manos, qué abracen al morir: eso es la vida de cada cual. Tener ese derecho y desperdiciarlo no debe permitirse.
—Eso de nacer sin nada, oírlo de boca de Su Majestad el emperador da cierto repelús.
A la mayoría de los humanos, que no tienen nada y solo pueden patalear mientras se lamentan de su ineptitud e impotencia, oírselo decir desde la posición de los favorecidos los deja sin réplica.
Pero Abel, sin volver siquiera la vista hacia el Subaru que se lo había tomado como sarcasmo:
—…Yo tampoco soy la excepción.
—¿Eh? ¿A qué se refiere?
—A toda posición le acompañan sus responsabilidades. Quien carga un peso que no puede soportar simplemente se derrumba, si es un tonto. Y la dignidad y el orgullo también hay que tomarlos en conciencia y pulirlos cada día.
Respondiendo a Subaru, que había pedido una aclaración, la mirada de Abel se volvió lentamente hacia él.
Observó a Subaru, que se calentaba a la luz de la hoguera, como si le estuviera repasando la cabellera negra y la ropa:
—La imagen falsa que uno se fabrica acaba dejando al descubierto el metal del fondo. Tú pareces muy diestro en el disfraz, pero, en consecuencia, cuando se te caiga, remendarlo te costará trabajo.
—…
—Con tal de que dé resultados, no me meteré en los gustos de nadie. No pienso desdecirme de ello, pero sostenerte sobre una imagen falsa es algo que no soporto ver. Tarde o temprano, se vendrá abajo con los cimientos.
Bajo el viento que se había cargado de calor, la mirada de Abel era tan transparente como la noche fría.
Sus palabras no tenían consideración por los demás ni margen para buscar comprensión. Por eso, el verdadero sentido de lo que decía no llegó a Subaru ni a medias.
Solo le quedaba el dolor de haber sido humillado con una desconsideración extrema.
—…He hablado demasiado. Lo dejo en tus manos.
Dejando esa frase, Abel se levantó y desapareció dentro del carruaje.
Sonó el cierre de la gruesa puerta, y junto a la hoguera solo quedaron Subaru, Medium y Ruy, que pasaba el rato con cara de no saber de qué se hablaba.
—…¿Y este hombre qué se cree?
Nada más soltarlo, Subaru se tapó la boca y puso cara amarga.
Era como el lamento de una villana perdedora. Impropio de Natsumi Schwartz, la “estratega” de hierro y sangre con el corazón de acero que Subaru tenía por ideal.
—Natsumi-cita, ¿estás bien?
La mano de Medium acariciaba con dulzura la cabeza de aquel Subaru cargado de conflictos.
Medium, aún sentada con las piernas cruzadas, levantó el trasero y se trasladó con destreza al lado de Subaru. Ante la sensación de aquella palma, grande como su consideración, Subaru sintió que le envolvían el corazón.
—Sí, estoy bien. De verdad, ese hombre habla siempre en clave… Señorita Medium, ¿usted entendió qué quería decir?
—Nada, ¡nada de nada! Pero sí que vi tu cara de sufrimiento, Natsumi-cita, y lo único que puedo hacer yo es esto.
—Eso no es…
—Tranquila, tranquila, ¡yo entiendo! Yo soy la encargada de esforza’me con este cuerpote, y las cosas difíciles se las dejo a mi manito y a los demás.
Al reírse a carcajadas de buena gana, sin dejar de acariciarle la cabeza, su cara no decía ninguna mentira.
Reconociendo sus propias carencias sin afligirse por ellas, su manera de ser era muy positiva, y tenía algo que la emparentaba con las personas que Subaru admiraba.
—Señorita Medium, usted es toda una adulta.
—¡E’ la primera vez que me lo dicen! Sí que me han dicho que soy una buena hermana, o que se está bien viéndome comer mucho…
—Eso también es una de las muchísimas cosas estupendas que tiene, señorita Medium.
—¡Uju, ju, ju~!
Por más palabras que gastara, no lograba transmitirle bien su gratitud y su elogio, y Subaru se sentía impaciente. Pero Medium le recibía aquellos halagos vacíos con cara de alegría.
En su regazo, Ruy, hecha un ovillo, también parecía divertida, contagiada de aquel buen humor.
Solo aquel instante quedaba aislado de todas las penalidades y las inquietudes.
Tan apacible era, que daba la impresión de ser una ilusión.
4
Contemplando las llamas de la hoguera, que titilaban y se mecían, el tiempo transcurría con lentitud.
—…
Entre el crepitar de la leña que ardía saltando, el mundo está muy silencioso.
Antes odiaba estas noches de no tener nada que hacer. Cuando pasaba el rato sin más, un desasosiego sin nombre lo atormentaba, y muchas veces sentía como si algo lo empujara por la espalda.
“¿Y te crees que se te permite pasar el tiempo a lo tonto, con la mente en blanco?”
Una sombra negra de identidad desconocida le pasaba un brazo por los hombros, y aquella, que reía con sorna, lo injuriaba así, con voz pegajosa.
La culpa, ese sueño con nombre de pesadilla del que uno no puede alejarse ni cerrando los ojos ni tapándose los oídos. Para escapar de ella, Natsuki Subaru echó mano de todo.
La multiafición y la habilidad manual que le valían elogios no eran sino excusas para huir del infierno que él mismo era. Y el armazón hueco levantado a base de acumular esas excusas era, precisamente, Natsuki Subaru, y…
—…Que no acabara siendo una simple excusa es, al menos, un pequeño alivio.
—Ya, claro…
Al terminar de oír el relato de Subaru, Taritta asintió con la vista baja.
Al otro lado del fuego que oscilaba, el rostro de Taritta, con una rodilla apoyada en el suelo, estaba teñido de rojo. El parpadeo de la llama le sentaba bien a su piel morena.
Y, ya que hablamos de lo que sienta bien, su atuendo para ocultar que es una Shudrak también.
Con los dibujos blancos que ellas se hacen en el cuerpo borrados y enfundada en ropas propias de una civilizada, Taritta, con su talla esbelta, encarnaba de verdad el ideal de la bella dama vestida de hombre.
Eso sí: en su puesto de vigilancia de la guardia nocturna, con la chaqueta quitada y las mangas remangadas, su atuendo causaba más impresión de fiereza que de elegancia.
—…
En el breve silencio que cayó, Taritta se entregaba a sus cavilaciones.
La vida de Subaru, que había contado a instancias de ella—lo del mundo original y las partes más oscuras y pesadas, difuminadas—: ¿cómo habría obrado en Taritta?
El detonante fue que, mientras Subaru se cuidaba las uñas, Taritta le preguntara “¿dónde aprendió a maquillarse?”… Ni el maquillaje ni el travestismo habían tenido un motivo mayúsculo.
Subaru, que había pasado unos años de secundaria desastrosos, solo lo había intentado como un pequeño entretenimiento para regresar por la puerta grande en la vida de preparatoria que le esperaba.
—Es que soy algo perfeccionista…: si lo hago, hasta el final; algo que no me dé vergüenza mostrar.
En cualquier senda será igual, pero el perfeccionamiento de una técnica cuenta con el esfuerzo de muchos predecesores.
Como resultado de buscar un fruto que no avergonzara a ese esfuerzo, la vida de preparatoria de Subaru se acabó. Desde entonces pensaba que no volvería a vestirse de mujer jamás; pero, en la vida, nunca se sabe qué acabará sirviendo.
—…La actitud de Natsumi, a mí me da envidia.
—¡¿Eeeeeh?!
—¿P-por qué se sorprende tanto…?
—Ah, no, es que no es una frase que me hayan dicho muchas veces…
En el fondo de los pechos postizos, sentía el corazón, genuinamente sorprendido, dar un salto.
Sinceramente, visto con objetividad, Subaru no se tiene por una persona digna de envidia. Con esfuerzo y aguante ha logrado algunos frutos, pero en su propia estima sigue sintiendo que le falta muchísimo.
—…Yo me crie siempre escondida tras mi hermana mayor. Mi hermana es como ya sabe, así que nadie dudaba de que algún día sería jefa. Yo tampoco.
—Señorita Taritta…
Con voz entrecortada, Taritta empezaba a contar la historia de su propia vida.
Al principio, pensaba decirle que no hacía falta si Taritta había empezado a hablar de algo que no quería contar solo por corresponder a la confesión de Subaru. Que Subaru hubiera tocado su pasado era cosa de cómo había llevado la conversación.
Pero, al oír la voz de Taritta, que hablaba con la mirada baja, retiró esa idea. Porque Subaru sintió que hablaba porque quería hablar.
—Con mi hermana mayor me llevo tres años. Pero que yo la sienta tan grande no es por esos tres años de diferencia. Porque…, ¿no es así?
—…
—Lo que mi hermana podía hacer con diez años, a la misma edad yo no puedo. No es la diferencia de años: es la de algo distinto. Y qué es, no lo sé.
Las palabras que decía Taritta se le clavaban a Subaru en el pecho, todas y cada una.
Era una historia que había oído en algún sitio y, a la vez, una historia que no había revelado a nadie.
El complejo de inferioridad ante una hermana superior: eso lo había tenido Rem.
El complejo ante una espalda que admiraba: eso era lo que atormentaba a Subaru.
—Después de todo, sí que es hija de esa persona.
La decepción de sí misma, y el sentimiento de culpa ante las expectativas que alguien importante deposita en uno.
A punto de quedar derribada por eso, Taritta, sin embargo, había acompañado este viaje. Al camino de Abel, que enarbolaba el objetivo de recuperar el trono, y con el que Mizelda, que había sido jefa, había jurado cooperar.
Para Taritta era un viaje para mirarse de nuevo a sí misma y aceptarse. A la vez, quizá fuera un medio para escapar del enorme peso de las expectativas que caían sobre ella.
—Durante este viaje tengo que sacar una respuesta. No: tengo que decidirme.
—¿Decidirse…? ¿Decidirse a heredar el puesto de jefa?
—…
Ante la pregunta de Subaru, Taritta asintió con su fina barbilla.
“Sacar una respuesta” no era lo adecuado: lo apropiado era “decidirse”; y con eso se veía cómo veía ella el papel de próxima jefa que Mizelda le había confiado.
Taritta consideraba inevitable heredar el puesto de jefa.
Que no tenía derecho a rechazarlo. Que era obligación de la hermana menor, nombrada por la hermana mayor, dirigir al clan de la siguiente generación…
—Aunque huyera…
—¿Eh?
—Aunque huyera, yo creo que está bien. Yo no se lo reprocharía.
La expresión de Taritta, que abría los ojos, decía que le habían dirigido unas palabras inesperadas.
Aunque fuera por el hilo de la conversación, Taritta le había abierto su interior. Su situación, las inquietudes que albergaba, la responsabilidad depositada en aquellos hombros finos: todo eso se veía.
Y también que ella, tan responsable y tan dada a castigarse, lo cargaba a duras penas.
Quizá Taritta esperaba en ese punto de Subaru un “anímate”, un empujón a su resolución. Quizá pensó que Subaru, capaz incluso de vestirse de mujer sin vergüenza, le aconsejaría que la falta de confianza era cosa de mentalidad.
De ser así, lo que Subaru dijo fue una palabra que traicionaba su expectativa.
—Si cree que hay alguien más apto que usted y no puede con el peso, haga las maletas y apéese del carruaje: no se lo reprocharemos. Al menos, yo no.
—P-pero, si yo no estoy, la fuerza de combate…
—Por supuesto, esa inquietud la tengo. Pero ya me las apañaré.
“Estoy diciendo cosas muy a mi antojo”, se burlaba Subaru de sí mismo en su interior.
Estas cosas, si Abel las oyera, ¿qué desprecio le llovería? Con la falta de fuerzas actual, Taritta era imprescindible; ¿con qué boca decía que podía prescindir de ella?
—Yo no soy necesaria…
—No, eso es un gran error. Yo también quiero que usted esté con nosotros, señorita Taritta, por su carácter y por su fuerza. Pero eso son mis egoísmos, ¿no?
—¿Sus egoísmos…?
—Porque, para que yo viva, le estoy pidiendo que mate su corazón.
Subaru, que lo había vivido en carne propia y era de su misma clase, no podía imponerle aquello a Taritta.
Taritta era mayor que él y quizá llevaba más años de rodaje en esta preocupación; pero, como a Subaru le había llegado antes la ocasión de salir de aquella oscuridad, se dio aires de veterano y le soltó:
—Uno no puede convertirse en otro.
Por mucho que sea alguien a quien admiras, a quien envidias, a quien persigues hasta consumirte.
—Nosotras no podemos ser nada que no sea nuestro “yo”.
Y, al menos, llegar a ser un “yo” que una pueda querer, con el que esté conforme, del que pueda estar segura.
Repitiendo decepción, desánimo y un poquito de satisfacción, como una mariposa que emerge de la crisálida.
—…Qué pedante suena.
Lo murmuró por lo bajo, en una voz tan pequeña que Taritta no pudiera oírla.
Lo que había experimentado al hablar era la teoría de Abel, que había oído unas horas antes alrededor de esa misma hoguera: la de que muchos de los que nada tienen, ¿qué agarran con las manos vacías para seguir viviendo?
Le pareció que la esencia de aquello se solapaba con lo que Subaru quería decir.
—…
Al oír a Subaru, los ojos de Taritta vagaban y su indecisión se hacía más fuerte.
Hacia dónde se inclinaría aquella indecisión era algo que Taritta tenía que decidir, y creía que, fuera cual fuera su elección, debía respetarla.
Subaru había huido de las expectativas que se le imponían y del sentimiento de culpa por no poder responder a ellas.
Incluso había llegado a sospechar que quien lo convocó a otro mundo fue la entrometida condescendencia de alguien que había leído en él ese deseo de huida. Si por esa razón no había podido despedirse de sus padres, de sus padres reales y no soñados, era demasiado cruel, pero…
—Haber podido huir fue también una salvación, se lo aseguro.
Al menos, de haberse quedado en su cuarto atrapado sin fin entre la expectativa y la culpa, no habría llegado al estado de ánimo del Natsuki Subaru actual.
Habría seguido siendo un Subaru con las manos tan llenas de sus propios asuntos que no le quedara ánimo para desvelarse por hacer algo por alguien, o por querer hacérselo.
Hasta que uno esté listo para luchar, huir no es algo malo.
O quizá este mundo debería ser uno donde también se pueda elegir no luchar.
—Confianza y decisión…
—¿Eh?
—Confianza y decisión también me faltan. Pero no es solo eso…
Tras oír el relato de Subaru desde su propia experiencia, Taritta murmuró con los labios temblorosos.
Tan débil que parecía que el crepitar del fuego se la iba a tragar, contenía quizá una emoción más acuciante que cuando contó la historia de su propia vida, la de su falta de fuerza.
Aplastada por aquel peso que no podía abarcar, Taritta continuaba con voz débil.
—Y si hubiera cometido yo un error grave…, ¿cómo podría repararlo?
—¿Un error y su reparación…? ¿Usted, señorita Taritta?
Ante esa réplica de Subaru, a Taritta se le escapó un “ah” de aliento.
El arrepentimiento que cruzó sus ojos abiertos de par en par revelaba, igual que el error del que acababa de hablar, el pesar por aquellas palabras a modo de confesión que había contado allí a Subaru.
Un arrepentimiento que, de una forma distinta al complejo ante su hermana, arrojaba una sombra oscura sobre el futuro de Taritta.
—Olvide esa locura…, por favor.
Lo que al final hilvanó fue una conclusión: no terminar de contar una historia que no podía contarse hasta el final.
La expresión de Taritta dejaba ver de un vistazo que no había obtenido una respuesta. Pero no podía arrancarle a la fuerza nada más.
Ojalá algún día, cuando ella quisiera desahogarse, poder estar a su lado, pero…
—…Hermano, ya toca el cambio.
Y, cuando Subaru llegaba a esa conclusión, llegó una voz desde el lado del carruaje.
Torciendo el grueso cuello, quien se acercaba despacio a la hoguera era Al. La guardia nocturna se relevaba cada tres horas, y al parecer le había llegado el relevo a Subaru.
—Que Abel y Ruy estén fuera del turno me parece injusto, pero…
—Déjalo, déjalo. Si cuando Abelito vuelva al trono resulta que te ejecutan por haberle hecho hacer la guardia nocturna, sería un problema, ¿no?
—Si sacamos a relucir los rencores acumulados del viaje, creo que ya no sabría calcular cuántas cabezas mías habría que poner en fila.
—Si eres consciente, contrólate. Que estar contigo da taquicardia.
Al oír las quejas de Subaru, Al soltaba una petición razonable.
Aun así, su postura de querer protestar por la actitud de Abel no iba a aflojarla en adelante. Porque nadie se lo había dicho nunca, Abel era un tirano así de altivo y arrogante.
Mientras fuera un fugitivo sin poder real, sería prudente corregirle el carácter aunque fuera un poco.
—Si no, aunque vuelva al poder gracias a nuestra contribución, enseguida provocará otra rebelión y esta vez sí que acabará en la guillotina.
—Ah, en eso te lo dejo a ti. Como ya sabes por la princesa, yo soy básicamente de “que no haya olas”, o sea, un dejado.
Con un gesto vago de la mano, Al se lavó las manos de cambiarle la idea a Subaru.
Suspirando por aquel Al tan poco fiable, Subaru se volvió de nuevo hacia Taritta, que estaba absorta en sus pensamientos contemplando la hoguera, la llamó “señorita Taritta” y:
—Yo me retiro. Si el acoso o las bromas tontas de Al se le hacen insoportables, avíseme en seguida.
—¿Acoso…?
—¡Que no voy a hacerle lo mismo que le hago a la princesa! Yo me ajusto a la distancia y la confianza de cada cual. Eso que llaman adaptarse al contexto.
—Esa clase de cosas se me dan mal.
Tras enunciar una autoevaluación que no era precisamente un alarde, Subaru llamó a Al con un pequeño gesto de la mano:
—Puede que la señorita Taritta le consulte sobre su vida. Cuando lo haga, guíela usted como veterano de mucha experiencia.
—¿Veterano de mucha experiencia? ¿No te parece que eso y yo somos polos opuestos? Precisamente huyo de esas cosas, porque no se puede uno hacer responsable de la vida de otro.
—Es una ocasión para superar lo que se le da mal. Igual que con los pimientos.
Emilia y Beatrice, que no tragan los pimientos, tampoco pierden el ánimo de desafío para quitarse el gustillo por fin, y se esfuerzan de mil maneras por vencerlos.
Por ahora las dos juntas no han ganado ni una vez, pero, mientras sigan luchando, Subaru cree que algún día llegará el momento de vencer.
—Así que usted también, Al, échele ganas.
—¿Seré el único a quien plantearlo en el mismo terreno que superar una verdura no le llega?
Al menos, aquello cumplía los requisitos para enardecer a Subaru, así que la conclusión de Subaru era que el problema estaba en Al, a quien no le llegaba.
—Natsumi, hasta mañana…
—…Sí, hasta mañana.
Cuando Subaru le cedía a Al el puesto junto al fuego y se disponía a retirarse al carruaje, Taritta le dirigió la palabra.
Aquel “hasta mañana”, débil pero firme, hizo nacer en Subaru la esperanza de que ella volvería a verlo al día siguiente, aun sin llegar a aceptar sus palabras.
Huir no es algo malo. Y, como resultado de huir, también se gana fuerza.
Pero también existe, seguro, quien decide luchar sin huir y logra vencer.
Subaru pensó que ojalá Taritta fuera de esos.
—Todos, todos, cada cual lleva lo suyo… Claro que sí.
Entre la charla con Medium después de la cena y la consulta vital de Taritta de hacía un momento, Subaru había tocado facetas desconocidas de ellas, y sentía vivamente el influjo del viaje.
Se podría decir que era fruto de haber abierto el pecho y de haberse acercado unos a otros. Entre compañeros que comparten el camino, nunca está de más profundizar en el entendimiento.
Por eso…
—¿Y usted no podría confiar un poco en nosotros?
En el interior oscuro, dividido en lechos por unas simples cortinas, Subaru le dijo eso a la silueta del asiento delantero.
En principio, los lechos se repartían con los hombres delante y las mujeres al fondo. Y, no estando acostados ni Subaru ni Al, solo había un sospechoso descansando en el asiento delantero.
Era una figura de ojos negros flotando vagamente en la oscuridad…
—Ya que nosotras hacemos la guardia, al menos me gustaría que disfrutara a conciencia de ese beneficio.
—…Dormir con un ojo abierto es costumbre de la realeza de Vollachia.
En una película antigua, un asesino contaba que tenía la costumbre de dormir con un ojo abierto. Quien le devolvió exactamente la misma respuesta fue Abel, fundido con la penumbra del anochecer.
Antes había oído que, por la estructura del cerebro humano, eso era difícil; pero, siendo que el Abel que tenía delante lo tenía como costumbre hecha, por lo visto no era imposible.
Pero, ahora, más que admirarse de eso, lo primero era el pasmo.
—¿Es que cree que le vamos a cortar la cabeza mientras duerme?
—…
—Participamos en la caída de la Ciudad Fortaleza y le acompañamos también a la Ciudad Demonio a reclutar a una de los Nueve Generales Divinos. ¿Y aun así cree que podríamos hacerle daño?
Subaru acumulaba palabras despacio, como para hacerlo entrar en razón. Pero la expresión transparente de Abel no se movía, y sus ojos, como de costumbre, seguían alternando el parpadeo entre el derecho y el izquierdo.
Hasta el número de parpadeos era mínimo, y sería por la misma razón por la que no puede dormir con los dos ojos cerrados.
—No te atrevas a pretender torcer mi manera de ser. Conoce cuál es tu lugar.
—…
—La Ciudad Demonio está cerca. Cumple tú con tu papel. No deseo nada más, y no lo permitiré.
Diciendo eso, Abel cerró a propósito un solo ojo y le plantó a Subaru un muro. Ante aquella actitud sin asidero, Subaru sintió amargura y negó con la cabeza.
—En ese caso, yo… yo voy a roncar a gusto, sin más.
El baño de la impostada Natsumi Schwartz se descascarillaba, y quedaba al descubierto el metal base de Natsuki Subaru.
Sin esperar su respuesta, Subaru fijó su lecho en el asiento más alejado posible, se quitó la peluca, se aflojó la ropa y se tumbó.
Por un momento pensó en quedarse despierto por pura rebeldía contra Abel, pero no le veía sentido ni acierto a hacerlo, y, sin darse cuenta, el cuerpo cansado soltó la conciencia.
Con toda clase de problemas, inquietudes y cambios en las relaciones a cuestas, el viaje del grupo continuaba.
La llegada a la Ciudad Demonio de Chaosflame estaba ya al caer.
5
—¡Ah! ¡Uh!
Señalando con el dedo el caserío que se veía al frente, Ruy botaba sobre sus posaderas en el pescante.
Habría que advertirle que no estorbara a quien manejaba el Caballo Vientogalope, pero Medium, que sostenía las riendas, atrajo a Ruy hacia su hombro y se reía con un “¡te entiendo, te entiendo!”, así que habría sido una grosería.
Y, por añadidura, Subaru, que contemplaba lo mismo, también estaba bastante sobrecogido.
—Así que aquella es la Ciudad Demonio de Chaosflame…
Tragó saliva con fuerza, y sin querer Subaru expresó su asombro con todo el cuerpo.
También en Lugunica se había quedado prendado del sobrecogedor paisaje de Priestella, la Ciudad de las Compuertas, y en Vollachia se había admirado del trazado urbano de un estilo arquitectónico distinto al del Reino.
Pero el espectáculo de la Ciudad Demonio, que se precipitaba ante sus ojos, le trajo a Subaru un impacto distinto de todos ellos.
En el entendimiento de Subaru, una ciudad es un conglomerado para que viva mucha gente, y por eso sus reglas y normas unificadas deben de manifestarse en el trazado como su “personalidad”.
Sin embargo, en Chaosflame no se percibía nada de esa homogeneidad.
Verdaderamente un crisol de doctrinas variopintas y dejadas al azar, digno de una ciudad que lleva el “caos” en el nombre… En el centro de la ciudad, un castillo de violento contraste entre el rojo y el azul proclamaba su presencia, y la urbe se disponía en círculo, como cercándolo. A primera vista parecía una estructura parecida a la capital de Lugunica, pero allí había una regularidad que separaba el barrio noble y el plebeyo por estratos.
Pero en Chaosflame no la había.
Junto a un edificio espléndido, una ruina envejecida; en una calle de casas bajas, de pronto, una aguja más del doble de alta; y, lindando con un parque de vegetación frondosa, un arenal yermo.
Sobre aquellos trazados colgaban, incontables, vigas y andamios empalmados a capricho, y de lejos hasta parecía que toda la ciudad estuviera cubierta por una telaraña.
Disciplina y orden, en suma: nada que ver con la “cordura”. Bien merecía el nombre de Ciudad Demonio.
La ciudad entera proclamaba, con una sola voz, que aquel era sin duda el lugar donde campeaba el caos.
—Parece un trazado que se vendría abajo de un solo… “Empujón del Gigante”.
Y a Subaru, que entornaba los ojos ante el abigarramiento de la ciudad que se acercaba, Al, puesto a su lado, le dirigió la palabra. Mientras se ponía una visera hecha con la mano sobre la frente del yelmo, se quejaba así del panorama de la Ciudad Demonio.
En fin, diera igual o no: ¿de qué servía hacerse una visera por encima del yelmo?
—¿Mm? ¿Qué pasa, hermano? ¿Algo ocurre?
—No, nada grave. …Por cierto, ¿“Empujón del Gigante”?
—¿Eh? ¿En tu tierra no se decía? Es por los terremotos y esas cosas.
Al preguntarle por aquella expresión desconocida, Al le devolvió la pregunta torciendo el cuello.
Aunque Al fuera paisano suyo, en este caso la patria significaba en sentido amplio “el mundo original”, así que, por supuesto, su tierra en sentido estricto sería distinta.
Pero, aunque recordara bastantes refranes sobre onis, no tenía muchos en la memoria sobre gigantes.
—¿Puede que tenga que ver con algún equipo de béisbol? Yo no estoy muy puesto.
—Ah, no, no sé. Yo tampoco me acuerdo de dónde saqué esa palabra, y no recuerdo que el béisbol me gustara especialmente.
—Ya. Y eso que le pegaría mucho estar viendo un partido con una cerveza en la mano.
—¡Que yo no bebía esas cosas, ni de lejos!
Ante las palabras de Al, dichas con una sonrisa amarga, Subaru recordó la época en que habían convocado a Al a otro mundo y se convenció en su interior: “sí, claro”.
En cualquier caso, mientras cambiaban esa charla, el carruaje que llevaba al grupo llegó a la entrada de la Ciudad Demonio: la puerta que vigilaba las entradas y salidas de la caótica urbe.
Superar aquello era la última barrera del trayecto recorrido hasta entonces y el punto decisivo.
Pensando eso, Subaru también se concentró para reconstruir a “Natsumi Schwartz”…
—Adelante.
—¡Entendido! Gracias, ¿eh?
—¡Uh!
El hombretón que recibió el peaje echó un vistazo ligero al interior del carruaje y dio el permiso de paso. Era un cíclope a cargo del puesto de guardia de la ciudad: una persona con un único ojo grande en el centro de la cara.
Que el permiso de entrada cayera con solo una mirada rápida fue un chasco para Subaru. ¿O es que aquel característico ojo único albergaba algún poder para ver algo especial?
—Puede que sea por eso que lo han destinado a la puerta.
—Lees demasiado. Los cíclopes no tienen ese poder. He oído que ven algo más lejos que los de dos ojos, pero, en general, sus ojos funcionan igual.
—¡Ya lo suponía! ¡Porque deja pasar un carruaje sospechoso como este sin más!
Subaru, que se había puesto la mano en la barbilla intentando llegar a sus propias conclusiones, ladraba eso.
Quien resoplaba ante aquella queja de Subaru era Abel, con la cara cubierta por una máscara roja de oni.
Nada más llegar a la Ciudad Demonio, Abel se había puesto la máscara, y Subaru le insistió mucho en que se la quitara, sin efecto alguno. Lo irritante era que, tal como Abel se había propuesto, los guardias hubieran dejado pasar como si nada a un hombre con una máscara de oni tan sospechosa.
—Es un asunto gravísimo. Que los soldados de la puerta, primeros defensores de la ciudad, estén en ese estado… ¿Qué clase de ley rige aquí?
—Yo opino igual que Natsumi. Que no me digan nada por llevar ropa con mangas… Vamos.
—Mmm… Ese asombro tiene una naturaleza un poco distinta del mío…
Taritta, con los pómulos tensos, le daba la razón; pero, por desgracia, el choque cultural que ella había recibido tenía un origen distinto del de Subaru.
El de Subaru era la postura de la ciudad; el de ella, quizá su conciencia como una de las Shudrak.
—Ejem. Dejando eso aparte, ya hemos entrado en la Ciudad Demonio en cuestión, pero…
El carruaje, superado el tosco control, quedó engullido por una ciudad variopinta, el desorden mismo.
Desde el pescante se elevaban los agudos vítores de Medium y de Ruy, que se maravillaban de todo; y Subaru también abría mucho los ojos ante el panorama de la Ciudad Demonio desde dentro, que la apariencia exterior no dejaba ver.
Lo primero que llamaba la atención al entrar en la ciudad era la cantidad de razas, nunca vista hasta entonces.
El impacto del cíclope de la puerta también había sido notable, pero, una vez dentro, uno comprendía que ni su presencia llamaba ya especialmente la atención.
Por decir los más comunes: hombres bestia de todo tipo…; no solo hombres gato y hombres perro: también hombres conejo y hombres león, razas de talla menuda y corpulenta claramente diferenciadas, iban y venían por las calles.
Un grupo de hombres lagarto de aspecto reptiliano abría una tienda; había una raza de muchos brazos, y un grupo con un pelo anormalmente largo, del que no se sabía si era moda o rasgo racial.
Y, cuando ya lo creías visto todo, había una raza que parecía un peñasco andante, y también llamaban la atención existencias quiméricas, con partes del cuerpo mezcladas con las de otra raza.
—…
Ante aquella forma tan indiscriminada de mezclarse las razas, Subaru recibió un buen golpe.
Por supuesto, incluso en la capital de Lugunica había paisajes con suficiente impacto para que Subaru cayera en la cuenta al instante de que lo habían convocado a otro mundo. Pero después, al adquirir los conocimientos para vivir en este mundo, había conocido en cierta medida las complejas circunstancias que rodean a los Medio Humanos.
Empezando por Emilia, que había sufrido el rechazo por ser media elfa, el entorno de los Medio Humanos de este mundo no se puede decir de ningún modo que sea favorable. Se dice que las razas cuyo aspecto las delata con fuerza a veces viven toda su vida lejos de las poblaciones humanas para evitar problemas.
El “Santuario”, patria de Garfiel y los suyos, también era una tierra nacida de esos prejuicios.
Pero ¿qué hay de la Chaosflame que Subaru tiene ante los ojos?
Que razas de lo más diverso se codeen y pasen el tiempo sin cortapisas ya es algo, pero lo que más sorprendió a Subaru fue la espalda de quienes así vivían.
Con la espalda bien recta, todos ellos proclamaban con orgullo sus raíces.
Los hombres bestia no escondían sus garras ni sus colmillos; los hombres lagarto no pulían sus escamas; los que eran tenidos por deformes o extraños no cubrían su cara ni su cuerpo con tela… A los ojos de Subaru, aquello era fresco.
—Dijiste que qué clase de ley regía aquí, ¿no?
Quien, de pronto, soltó aquello fue el único que estaba sentado en un asiento: Abel, con la máscara de oni.
Mientras no solo Medium y los del pescante, sino también Subaru, Al y hasta Taritta contemplaban con interés los alrededores, el emperador de rostro oculto atrajo la atención de Subaru hacia sus palabras y prosiguió.
—Como ves, lo que hay aquí es ausencia de ley. Si preguntas qué ley rige, la que rige es la ley sin forma. Se puede decir que es una ciudad de vicio que se burla de la esencia del orden.
—¿Ciudad de vicio? Y eso que me estaba conmoviendo; qué ganas de aguarme la fiesta.
—¿Conmoverte? ¿Te ha impresionado? Siendo tú de fuera, como es natural.
Ante la réplica de Subaru, que torcía la boca, Abel encogió sus estrechos hombros.
Aquel modo de decir “de fuera” volvía a dar la sensación de tratarlo como a un extraño, y Subaru no pudo evitar recordar la discusión en el carruaje de unos días antes. Aunque, siendo él el único que se había exaltado, si lo llamaba discusión, el otro se reiría por la nariz.
—Pero que el desorden mismo se vuelva una especie de orden, ¿no es justamente el concepto coherente de esta ciudad? ¿Tú qué dices, Abelito?
—Si preguntas por la esencia del orden, sabrás si esta ciudad es un desorden o no… Tú, ¿dónde crees que reside, en principio, la esencia del orden?
—Me ha preguntado algo así como un kōan del zen… ¡Hermano, paso!
Ante Al, que tan pronto había abandonado el pensar, Subaru entornó un ojo.
Aun así, a diferencia de un Al sin pundonor, a Subaru le repugnaba izar la bandera blanca tan fácilmente. Y, si el interlocutor era Abel, más aún: amasó en su cabeza todos los razonamientos posibles y:
—La esencia del orden no es esa. Este…, ¡que todos seamos amigos! ¡La paz!
—…La esencia del orden es ser lo mismo.
Sin reaccionar a la opinión de Subaru, propia de un alumno de primeros cursos de primaria, Abel declaró aquello.
Cuando Subaru frunció el ceño ante esas palabras, Abel añadió a continuación:
—Que muchos compartan los mismos valores. Puede ser una doctrina, una creencia, un propósito o la codicia. En el grupo, no en el individuo, la identidad de esos elementos sin desviarse unos de otros es lo que se llama orden. Y lo que se construye sobre ese cimiento llamado orden son las quimeras de las que tú hablas.
—¿Quimeras…? ¿Tan absurda es la paz?
—La lucha es un instinto humano ineludible. Aunque el arma para ella no sea la espada, sino la palabra o el país, la esencia no cambia. Pero el orden es un mecanismo inmejorable para crear un entorno alejado del colapso… Mira.
Con un gesto de la barbilla, Abel dirigía la atención de Subaru y los demás hacia fuera de la ventana.
Lo que él señaló, sin moverse de su asiento, era algo de cuya existencia se podía tener certeza sin molestarse en mirar por la ventana: aquel castillo, símbolo de la Ciudad Demonio.
—Como dijo el bufón, en esta ciudad se ha dispuesto el orden llamado desorden. Y, mientras se convierte en crisol de muchas razas, la razón de que la ciudad no sucumba al colapso es aquello.
—Ese castillo… No, lo de dentro del castillo…
—…Yorna Mishigure.
El timbre de la voz de Abel golpeó con fuerza el tímpano de Subaru, que temblaba ligeramente.
La voz era rígida, y su expresión, oculta por la máscara de oni, no se podía escudriñar. ¿Cómo consideraría él a aquel personaje, el más problemático de los Nueve Generales Divinos y una pieza imprescindible para recuperar el trono imperial?
La Ciudad Demonio, donde se alinean cosas variopintas en todo sentido y va y viene gente sin uniformidad alguna.
El castillo que se erguía en el centro de la ciudad era alto, y hasta parecía contemplar desde arriba a la comitiva imperial que se había metido hasta su propio regazo, disfrutando de jugar con el destino.
6
De Yorna Mishigure, una de los Nueve Generales Divinos, se sabe poco.
La gobernante de la Ciudad Demonio de Chaosflame y una General de Primera Clase del Imperio a la que se concedió la posición de la “Séptima”. Sin embargo, aunque se la contaba entre las espadas del emperador, era un personaje peligroso que ya había provocado varias rebeliones.
Aunque la indulgencia del emperador la había librado tanto de la expulsión como de la ejecución, era una flor de calamidad que no mostraba el menor arrepentimiento…
Quien se lo enseñó a Subaru, en lugar del emperador, poco dado a dar explicaciones, fue Zikr; y los únicos de quienes él había eludido hablar en cuanto a su personalidad eran ella y Cecilus.
—O sea, que es la parte femenina de la pareja más chiflada del Imperio…
Diciéndolo, el pecho falso de Subaru se volvía pesado al pensar en lo que venía.
Por el momento, la interlocutora era la mujer, pero tarde o temprano tendría que vérselas también con el hombre. Y, encima, era una condición disparatada: si no la ganaba para su lado, la derrota estaba prácticamente decidida.
Aunque, Cecilus aparte…
—Después de ver la ciudad, mi impresión de la mujer llamada Yorna ha cambiado.
El cambio de percepción tenía su razón en haber visto la Ciudad Demonio y la figura de la gente que vivía en ella.
La lección sobre el “orden” que Abel había dado por el camino no era solo un comentario ingenioso para marcar superioridad: sin duda pretendía que centraran la atención en la esencia del orden en esta ciudad.
Chaosflame, desbordante de gentes y cosas variopintas y desordenadas; el símbolo del orden que impide que se derrumbe aquella olla donde se concentra el caos: eso era, precisamente, Yorna Mishigure.
Su sola existencia aportaba el único orden a la Ciudad Demonio, aquel agregado de desorden.
Y era precisamente por valorar esa capacidad por lo que Abel no la destituía de los Nueve Generales Divinos.
Aunque…
—…Que es una tipa de cuidado, seguro. Vaya papeleta te ha tocado, hermano.
Diciendo eso, Al se reía golpeándose la rodilla, sentado con las piernas cruzadas.
De reojo a Al, que estaba en una postura desmadejada sobre el suelo de tablas, Subaru, sentado de rodillas, suspiró levemente. Su ecuanimidad le servía de consuelo más de una vez, pero también dependía del caso.
—Al, póngase derecho. No se sabe cuándo ni dónde lo están mirando. Y deje también de llamarme hermano.
—Sí, sí… Pero ¿cómo te llamo, entonces? ¿“Hermana” escrito, “hermano” leído?
—Eso, a quien no le lleguen los ideogramas, no le llegará, ¿no es así?
La rica expresividad y belleza del japonés tenían algo que estremecía el corazón, pero, en la situación actual, no servía de nada añadir jergas que solo se entendieran entre Subaru y Al.
—A la señorita Medium, a la señorita Taritta y, de paso, a Abel los llama con diminutivo; lo natural sería que a mí también, ¿no le parece?
—¿Entonces Natsumi-cita? ¡Uy, qué escalofrío!
—¡Aguante, por favor! De verdad, qué falta de sosiego…
Ante el Al que le enseñaba la piel erizada del brazo derecho, Subaru lo reprendía en su papel de responsable del grupo.
También eso era raro, pero, siendo una selección en la que la antigüedad no servía de nada, no había remedio. Por el papel que le tocaba, lo apropiado era que Subaru, en la posición más importante, se mantuviera en tensión.
Y es que…
—…Ya estamos dentro del “Castillo Lapislázuli Carmesí”.
Murmurándolo para sus adentros, Subaru empezaba a apretarse el ánimo.
Así es: Subaru y los suyos ya habían sido invitados al centro neurálgico de la Ciudad Demonio, el castillo que brillaba asombrosamente en azul y rojo, y ya habían solicitado una audiencia con Yorna Mishigure, la gobernante de la ciudad.
Una vez lograron entrar en la Ciudad Demonio, los movimientos posteriores fueron veloces.
Encontraron un alojamiento donde podían quedarse con el Caballo Vientogalope y el carruaje enteros, y, tras tomar habitación, comenzaron las acciones para conquistar a Yorna. Como habían discutido por el camino lo que había que hacer, no hubo vacilación.
La estrategia para poner de su lado a la peligrosa Yorna, una de los Nueve Generales Divinos, era…
7
—Lleva esto a la señora de la ciudad, a Yorna Mishigure. Debería haber reacción por su parte.
Lo que Abel le entregó diciendo eso era una carta que él había redactado.
El sobre que contenía la carta estaba cerrado con lacre, en un estado imposible de abrir. Sellar el sobre con lacre y, antes de que se enfríe y endurezca, estampar un anillo con el escudo familiar para atestiguar la procedencia es algo común entre la nobleza.
No obstante, en el lacre de la carta que le habían confiado no había estampada ninguna prueba de esas.
—Por desgracia, las dos pruebas de emperador que me llevé quedaron hechas pedazos. Una, en tus manos; la otra, en el ayuntamiento de Guaral.
—Ah, el “Ritual de Sangre” y el “Disturbio de Arakiya”. Pero ¿se dignará leerla sin pruebas? Y, aun si la lee, ¿no le parecerá increíble?
—Ahórrate preocupaciones innecesarias. No pienso revelar el contenido, pero, al leerlo, ella sabrá que soy yo.
—Ya veo… Por cierto, ¿no sería más seguro que fuera usted en persona?
Guardándose en el pecho la carta recibida, Subaru preguntó aquello con franqueza.
Habían llegado a lo de la carta porque Abel dijo que no los acompañaría al castillo. Aunque, si se trataba de revelar quién era, parecía lo más rápido que él estuviera allí.
Y, en principio, si no iba a ver a Yorna en persona, ¿a qué había venido?
—En ese caso no habríamos tenido que apurarnos en el control, y el viaje habría sido más tranquilo, creo yo…
—Tu irreverencia no conoce límites.
—Es que usted, por sí solo, nos desbarata el grupo…
En rigor, Ruy cumplía la misma condición, pero, como aquella era una ocasión para soltarle una ironía a Abel, dejó de lado a Ruy, especialista en desordenarle a él el ánimo.
—Sin que me lo digas, hablaré directamente con Yorna Mishigure. Pero no me conviene mostrar mi cara tan pronto. Interprétalo tú también.
—¿Que lo interprete…? Ah, ahora que lo dice…
Abel, que dejaba traslucir su mal humor a través de la máscara de oni; ante sus palabras, Subaru asintió en silencio.
Si lo pensaba, era una adversaria que ya había provocado varias rebeliones. Desde el punto de vista de Yorna, la rebelión tenía que venir de su descontento con el gobierno de Abel.
Naturalmente, la relación entre Abel y Yorna era como el agua y el aceite. Según las circunstancias, aquello debía de ser como un polvorín con la mecha encendida… Vaya valor el suyo para animarse a ir hasta la Ciudad Demonio.
—Tú entrega la carta a Yorna Mishigure. Eso sí, oculta que es una misiva mía…, del emperador.
—¿Eh? ¿Por qué? Si no lo digo, ¿no me negarán la entrada?
—Por si acaso. Si le haces leer la carta, no te tratará mal; pero un cambio de parecer de ella antes de que la entregues, ni yo puedo preverlo. Así que ingéniatelas para llegar hasta el castillo.
—Ingeniármelas…
Ante aquel problema inesperado que le soltaban, Subaru miraba a Abel mientras se asombraba.
Él, con los brazos cruzados y la expresión oculta por la máscara de oni:
—Con ver esta ciudad, se puede conocer a grandes rasgos el temple y los criterios de gusto y disgusto de ella. Echa mano de toda la malicia que tengas y atrae su interés.
—¡Su forma de decirlo tiene maldad!
—Hay un plan alternativo, pero prefiero no depender de él. A la larga se agotaría. Si piensas en mi objetivo, el camino es largo. ¿Lo entiendes?
—La verdad, qué hombre tan engreído…
Ante el modo de hablar de Abel, que parecía ponerlo a prueba, Subaru torció la boca y dejó ver su descontento.
Ahora mismo no le importaría levantarse en rebelión contra Abel junto con Yorna. De hecho, hasta empezaba a sentir que podría congeniar con Yorna y llegar a ser su íntimo amigo.
—…Entonces, avanzaré en esa dirección.
—Parece que has tenido una idea, y parece que no es nada bueno.
Y que lo dijera el promotor de lo malo no tenía la menor fuerza de convicción.
8
Y, siguiendo ese curso de las cosas, Subaru y los suyos se habían adentrado en el centro neurálgico de la Ciudad Demonio: el “Castillo Lapislázuli Carmesí”, residencia de Yorna Mishigure.
Tal como Abel había pedido, el modo de acceder al castillo había sido sin mencionar su nombre.
Aunque fue un proceder algo irregular, los soldados del castillo, que como los de la puerta no mostraban gran desconfianza, hicieron llegar el asunto de Subaru y los suyos a sus superiores y les dejaron pasar a la sala de espera.
Por eso, Subaru y los demás esperaban en una amplia sala de espera a que los llamara algún responsable.
El ambiente del castillo recordaba en algo a los castillos japoneses, y en la sala donde los hacían esperar no había ni un vigilante. Ante un asunto que avanzaba a las mil maravillas, más que pensar “estupendo”, Subaru sentía inquietud por el lado de la seguridad.
—Por supuesto, me viene bien…, pero, si dejan entrar visitantes al castillo a este ritmo, por muy general que sea, ¿no la asesinarán a sus anchas?
—De hecho, a nosotros ni nos han quitado las armas. Cuando nos pasaron por la entrada sin control alguno, el que se quedó turulato fui yo.
—Claramente, si nosotras no pensamos ponernos a armar un alboroto. ¡Alcito, eres má’ raro!
Más que magnánima, la actitud de su interlocutor era simplemente indefensa, y Subaru y Al se quedaban pasmados. Pero Medium, sentada recatadamente de lado, se rio a carcajadas diciendo que eran ellos dos los que pensaban demasiado.
Quienes subieron al Castillo Lapislázuli Carmesí como enviados fueron tres: Subaru, Al y Medium. El resto—Abel, Taritta y Ruy—se quedó esperando en el alojamiento.
Taritta, sobre el papel, se había quedado como escolta; pero, considerando que le habían dejado a su cargo a dos que daban trabajo, Abel y Ruy, en la práctica sería más apropiado llamarlo hacer de niñera.
—Al menos, hay que compensar el desgaste de la señorita Taritta…, que para eso es la estrategia.
—¡Natsumi-cita, qué atrevida eres! Alcito y yo nos quedamo’ asombrados, ¿eh?
—Sí, Alcito se quedó de piedra.
Al se subía al carro de Medium con toda desfachatez, y, aunque aquella actitud le daba que pensar, Subaru, con un “¿verdad que sí?”, iba un poco engreído.
Encargado como enviado de entregar la carta de Abel, pero con la prohibición de mencionar su nombre, Subaru, desesperado, había visto la luz.
De hecho, precisamente porque aquella ocurrencia había funcionado de manera positiva, les habían permitido entrar al castillo.
—La pista para conquistarla es “Abel es irritante”.
—Ja, ja, ja. Natsumi-cita, le tiras dentellada’ a Abelito, ¿eh? Me parece increíble.
—¿Increíble? ¿Yo? ¿O el mal carácter de Abel?
—¡Los dos!
—Medium-cita también tiene agallas, ¿eh?
Levantando la mano con energía, Medium aludía a la relación entre Subaru y Abel.
La relación entre Subaru y Abel no llegaba a ser la del agua y el aceite, pero, como no tenían más remedio que caminar en la misma dirección, avanzaban chocando los hombros.
Por poner una relación parecida, podría decirse que era como la que antes tenían Subaru y Julius.
Aunque, incluyendo lo de la Atalaya Pléyades, Subaru le tiene confianza a Julius… Aunque jamás se lo dirá a él ni piensa demostrarlo en su actitud.
—Pero eso tampoco es cosa fácil.
En pocas palabras, podría decirse que el rencor se había atenuado y que habían llegado a entenderse.
Pero eso también era el resultado de haber recorrido un largo camino y superado las cimas y los valles correspondientes.
Mejorar las relaciones humanas no es cosa sencilla.
Al menos, mientras ambos no deseen mejorarla, el camino escarpado no se allanará.
Aunque uno intente allanarlo, mientras el otro lo pisotee, jamás.
—…Perdón por la espera. Señores enviados, por aquí.
Aquella amarga sentimentalidad quedó interrumpida por las palabras de la guía que apareció en la sala de espera.
La muchacha del pueblo ciervo, a la que brotaba un gran cuerno de ciervo en la cabeza, era una media bestia que, aparte del cuerno, conservaba en general los rasgos humanos. Tendría alrededor de quince o dieciséis años, y vestía un kimono no demasiado llamativo.
La figura de la muchacha, que los guiaba con paso quedo, le evocaba a Subaru algo parecido de sus conocimientos, pero, sin lograr recordar concretamente qué era, los tres fueron conducidos a la planta más alta del castillo.
—Como un torreón…
Al ver la sala a la que los condujeron como lugar de audiencia, Subaru murmuró con honda emoción.
La construcción de plantas y habitaciones amplias, abiertas al exterior, tenía en efecto un aire parecido al de los castillos japoneses de estilo antiguo que Subaru conocía. Hasta había un torreón. Era como para emocionarse.
—Esperen aquí… La señora Yorna vendrá en seguida.
—Sí, muchas gracias… Vaya…
Tras dar las gracias a la muchacha guía, Subaru, vuelto en sí, ladeó la cabeza.
La causa era la presencia de otros visitantes aparte de Subaru y los suyos en la sala del torreón. Que no era la gobernante Yorna se veía claro por el cojín con respaldo vacío en el fondo de la sala.
—¿Aquellas personas…?
—Son personas que, como ustedes, han pedido audiencia con la señora Yorna. Como la señora Yorna es caprichosa, los atiende a todos a la vez.
—Ah, ya…
Ante las impasibles palabras de la muchacha, Subaru soltó un pequeño gemido.
Era una idea despótica, o más bien un atropello en toda regla. Para Yorna estaría bien, pero quien se topaba con otro se sentía terriblemente incómodo. Y la otra parte también tendría cosas que no querría que oyeran.
—Si hablamos de eso, nosotros somos justo eso, Natsumi-cita.
—…Que me llame así también me da escalofríos.
Respondiendo así a Al, que había intuido su interior, Subaru tomó conciencia de la carta en su pecho.
De los pormenores de la misiva no sabía nada, pero sin duda su contenido era la petición de Abel, desposeído del trono, de que Yorna colabore en la recuperación del trono imperial. Había oído que, con solo leer la carta, no la tratarían mal; pero…
—¿Y entonce’, qué hacemos?
La muchacha guía se retiró, y, entre los tres que quedaban, Medium torcía el cuello.
Aunque estuvieran en una situación irregular, la actitud de Medium era de lo más resuelta. Alegre y desenvuelta, pero razonable. Seguro que era porque el reparto de papeles con Flop estaba claro.
Recibiendo aquella pregunta sincera suya, Subaru se frotó los ojos y entró en la sala.
—En principio, antes de entregar la carta, probemos a pedir que se despeje la sala. Puede que nos lo nieguen, pero el asunto lo merece. Decirlo no cuesta nada.
—Si fuera la princesa, también cabría la posibilidad de que te cortara la cabeza por caerle mal, ¿eh?
—Ese tipo de ejemplos, por favor, ahórreselos…
Cuando le daban ejemplos extremos, aumentaba su recelo hacia Yorna, que sin duda sería una adversaria igual de extrema.
Con la inquietud de la traición de un compañero en el ánimo, Subaru dirigió a la sala un rostro levemente tenso.
El gran salón del torreón, salvo por no tener suelo de tatami, daba una impresión parecida a las salas donde, en los dramas de época, el señor del castillo celebraba consejos o juntas militares con sus vasallos.
Y también era igual que allí: el enviado esperaba en el asiento inferior, aguardando a que el señor apareciera en el asiento superior.
—Quedémonos más por aquí, ¿no?
Subaru, que había avanzado por el salón, se acomodó en una posición un poco apartada de los otros visitantes, en fila uno al lado del otro.
Era por la extraña sensación de colocarse delante o detrás de los otros, y porque, en los dramas de época, cuando los vasallos comparecían ante el señor del castillo, tenía la imagen de que, cosa curiosa, se ponían así, en fila.
Aunque no tenía la seguridad de que aquello fuera la etiqueta general de un enviado.
—…
Sentándose obediente en su sitio, Subaru observaba disimuladamente a los otros visitantes.
Eran cuatro, y, como los suyos, llevaban el equipo encima. Uno de ellos se adelantaba a los otros tres: sería su representante.
Los tres restantes serían la escolta de esa persona.
—…Por lo que sea, parece que ellos también tienen cosas que no quieren que se oigan.
Cada vez era una escena que hacía más difícil aprobar la idea de Yorna de juntar a todos los visitantes en un mismo saco.
Aunque lo tuviera por descortés, Subaru dirigió su atención al representante de ellos, la persona que iba al frente, protegida por la escolta. ¿Qué asunto tendrían con Yorna…?
—¡…!
Al instante, el impacto se le atascó en la garganta, y a Subaru se le tensaron del todo las mejillas y el cuello.
Se le escapó una voz que no era voz, y por reacción instintiva bajó la cara. Al oír aquel sonido, la mirada de dicha persona se dirigió un instante hacia allí. Pero, al ver a Subaru con la cara baja y el cuerpo orientado al asiento superior del frente, aquella mirada se apartó, como si no tuviera gran interés, y su atención se dispersó.
Percibiendo aquello, Subaru exhaló despacio ante el latido explosivo de su corazón.
Al ver el estado de Subaru, Al y Medium, detrás, parecieron extrañarse, pero dentro de poco ellos dos iban a experimentar el mismo impacto que Subaru había sentido.
Y es que…
—…No tiene… ninguna gracia.
Subaru, que dejaba escapar aquello con amargura; y a solo unos cinco metros de él, los otros visitantes que aguardaban la aparición de Yorna Mishigure…
Era un hombre con la misma cara que Abel, quien no debería estar en aquel lugar.