La Recompensa de Ocho Años
Capítulo 5
La Recompensa de Ocho Años
1
En el centro de la Ciudad Demonio de Chaosflame se alzaba el Castillo Lapislázuli Carmesí.
Un trazado urbano como una tarta de boda sin la menor sensación de unidad, con el caos embadurnado por encima del desorden: vigas y andamios de materiales y estilos distintos por doquier. En medio de aquella Ciudad Demonio, incomprensible para quien no tuviera cierto sentido artístico, el castillo que centelleaba alternando el rojo y el azul resaltaba con una singularidad deslumbrante.
De entrada, el lapislázuli es de por sí azul, así que anteponerle el carmesí no es más que una contradicción en una sola palabra. Sin embargo, bastaba con ver el aspecto exterior del Castillo Lapislázuli Carmesí para que cualquiera aceptara que el nombre era exacto.
La piedra de color lapislázuli, en el sentido literal de la palabra, era lo que se empleaba a manos llenas en los cimientos y en la estructura del castillo.
Una gema de lustre azul profundo, dentro de la cual el rojo se arremolinaba despacio, como una gota de sangre derramada en el agua; y, de vez en cuando, el lapislázuli, que debía ser azul, se revestía de un rojo sanguíneo.
Un castillo del caos, revestido de un color voluble que se negaba a quedarse en un solo tono.
Ese era, precisamente, el Castillo Lapislázuli Carmesí: la residencia de Yorna Mishigure, la soberana de la Ciudad Demonio.
—…
En la torre del homenaje de aquel Castillo Lapislázuli Carmesí, con la ansiada audiencia con Yorna a un paso, Subaru se quedó de piedra.
Un sudor frío le iba empapando la espalda de un modo desagradable, y la causa era el visitante que ya estaba en la torre del homenaje: el representante de un grupo que, igual que Subaru y los suyos, aguardaba la aparición de Yorna.
Con sus escoltas a la espalda y una calma imperturbable, allí estaba un semblante demoníaco de negra cabellera que le resultaba conocido. Y, sin embargo, era imposible que se topara allí con un hombre que debía tener el rostro oculto tras una máscara de oni.
Es decir, que el hombre que allí se erguía con tanto descaro era…
—¿Eh, Abelito? ¿Y tú qué haces aqummf…?
—Uy, ¿estás bien, Medium-cita? Si buscas a Alcito, aquí lo tienes.
A espaldas de Subaru, que se había quedado de piedra por el impacto, una escena peligrosa se cerró a toda prisa.
Al le había tapado la boca a Medium, que al descubrir en aquel visitante un rostro conocido había ido a dirigirle la palabra. Como era de esperar, los escoltas de la otra parte los miraron con recelo, pero Subaru les dedicó una sonrisa forzada y despachó el asunto.
Y, acto seguido…
—Al, me ha cubierto usted de maravilla.
—Ya te digo, y hasta me daría una palmadita en la espalda: reacción de inspiración divina… Pero esto tiene ya demasiado factor sorpresa, ¿no te parece?
—…Sí. Yo también lo pienso.
Junto a Al, que había hecho recular a Medium, Subaru asentía también con el semblante grave.
Un encontronazo con un rival inesperado: y, además, el peor choque de cuantos cabía imaginar.
Un hombre que compartía la misma figura y el mismo aspecto que Abel y que le hacía de doble. Si era cierta la información que habían oído de antemano, el falso emperador que allí se erguía también tenía que ser uno de los Nueve Generales Divinos.
—A la postre, ha sido un acierto que Abel no esté.
—Eso mismo. Por poco y arranca ahí mismo la verdadera contienda por el título de emperador de Vollachia.
—Puede que también fuera una opción, pero…
Echando un vistazo de refilón a los escoltas que acompañaban al hombre de la cara de Abel, Subaru se sintió tentado.
Se ignoraba cuántos soldados tendría escondidos por la Ciudad Demonio, pero, al menos, la comitiva que allí lo acompañaba eran solo tres personas: una ocasión inmejorable para arrancarle la máscara al falso, al que en la Capital Imperial custodiaban decenas de miles de soldados.
—¿Y si le diéramos un poco y saliéramos de dudas?
—…No, sería precipitado. Si fuera fácil echar un CONTINUE, también valdría, pero me da más miedo un giro de los que no tienen vuelta atrás. No hagamos nada a las prisas.
—Sí, sí.
Vaya uno a saber hasta qué punto iba en serio: Al no parecía darle importancia a que le rechazaran la propuesta.
Las opiniones de Al tienden a ser rechazadas, y se debe a que él se adelanta a proponer las ideas precipitadas que a Subaru se le podrían ocurrir, y con ello le concede tiempo para sopesarlas con calma.
Gracias a eso se ahorraba desvíos en el hilo de sus pensamientos y podía dedicar tiempo a examinar a fondo las opciones razonables.
Al menos, por el momento tocaba buscar la manera de pasar aquel trance sin ganarse la animadversión del falso emperador y su comitiva. Y, aparte, quería identificar el propósito de la visita de la otra parte.
¿Por qué había aparecido en Chaosflame precisamente en aquel momento?
Y, además, de una forma en la que, aunque la situación real fuera distinta, parecía que el propio emperador se hubiera desplazado en persona.
—Oigan, oigan. Una cosita, ve.
Y, ahí, Medium se coló de un empujón entre Subaru y Al.
A ella, a la que le habían tapado la boca de sopetón y con la que habían cuchicheado sin darle explicación, ahora le tocaba bajar la voz para acompasarse con Subaru y los demás, y con sus redondos ojos observaba al falso emperador y a su comitiva.
—Yo to’avía no lo tengo muy claro… ¿Ese Abelito es una persona distinta del Abelito que conocemos?
—Ah, sí, sí, eso es exacto. Al fin y al cabo, el de verdad tiene que estar en una posada del barrio bajo, repantigado y esperando a que volvamos, ¿no? Así que nosotros también estamos en un buen aprieto…
—¿Y eso no e’ un problema? Porque Natsumi-cita, mira…
—¿Yo? ¿Y qué he…? Ah.
Aunque decía no entenderlo, la observación de Medium daba en la raíz del problema. Al oírla, Subaru frunció el ceño y al instante cayó en la cuenta de qué era lo que la preocupaba.
Un problema grave que, con la aparición del falso emperador y su comitiva, Subaru y Al deberían haber advertido antes de que Medium se lo señalara. Y ese problema era…
—Ha llegado la señora Yorna Mishigure.
Pero, implacable, la muchacha Ciervo que hacía de guía regresó sin dejarles margen para discutirlo.
Tras inclinar a fondo la cabeza, coronada por un gran par de cuernos, y hacer una reverencia a Subaru y los suyos y al falso emperador, la muchacha abrió la puerta que había al fondo del gran salón y los invitó a pasar.
Y entonces, una figura entró despacio en la estancia. Ante la visión de aquella persona, Subaru logró poner en palabras la impresión que le había causado la muchacha Ciervo.
La impresión que la muchacha Ciervo le había causado era la de una “aprendiza”.
Las “aprendizas” eran, en tiempos antiguos, las muchachas que trabajaban como sirvientas de las cortesanas en los barrios de placer de Japón: niñas que atendían a las mujeres de aquellos brillantes barrios mientras aprendían buenos modales y artes.
Lo que se lo hizo pensar sería, sin duda, lo sorprendentemente elegante de su modo de llevar el kimono y de sus adornos del cabello.
Y, por encima de todo, la razón más clara estaba en la persona que llevaba consigo a la propia muchacha…
—…
El motivo por el cual Subaru había conseguido poner en palabras lo de la aprendiza era, precisamente, la persona que acababa de aparecer.
Olvidarse de respirar y quedarse mirando al otro con los ojos abiertos de par en par es la reacción instintiva de un ser humano cuyo corazón ha sido minado y cuya conciencia ha sido dominada por algo bello, o por algo abrumador.
—Hoy hay muchísima visita en mi casa, a fe mía.
Quien así hablaba, entornando con suavidad sus rasgados ojos azules, era una mujer alta.
Envolvía su esbelta y alta figura en un kimono vivo, adornado con motivos florales, y llevaba el cabello recogido con esmero en un peinado primoroso: un pelo que, hacia las puntas, iba tomando un color cada vez más intenso, del blanco al anaranjado.

Lo que le adornaba el cabello eran horquillas labradas con huesos y cuernos de animales, y, aparte de estas, toda una serie de adornos hechos con colmillos y escamas cumplían la función de deleitar la vista de quien la mirara.
Pero todo eso no eran más que ornamentos: formas de belleza hechas por manos humanas, y nada más.
Para que desplegaran de verdad su encanto, lo importante era la calidad de quien los portaba, la sustancia de esa persona.
Y, en ese aspecto, la calidad de la persona que vestía aquel kimono no admitía discusión.
—…
Movía su cuerpo menudo con flexibilidad y avanzaba con paso pausado; era una belleza que dejaba sin aliento.
Sus ademanes, refinados pese al aire un tanto indolente que la envolvía, y cada uno de sus movimientos, que parecían calculados hasta el último detalle para ser contemplados, eran poco menos que la solución óptima al arte de atraer las miradas.
Lo que hacía aún más patente aquel andar contoneado eran unas colas de zorro que parecían demasiado grandes para su figura esbelta; nueve colas, además, de pelaje abundante.
Sumado al cabello recogido, a las horquillas y a los adornos, y a unas orejas de bestia que se erguían tiesas entre todo ello, la información se le filtró al cerebro como vapores de alcohol: aquella era una hermosa mujer zorro ataviada con un kimono.
—Bienvenidos a mi castillo tras tan largo viaje, a fe mía.
Dicho eso, la hermosa mujer se sentó en el sillón dispuesto en el asiento de honor del salón y, tras estirar sus gráciles piernas largas, dejó caer su peso sobre el apoyabrazos. Cuando tendió la mano, la aprendiza que la acompañaba le puso entre los dedos blancos una pipa de lujo, bañada en oro.
La mujer encendió el extremo de la pipa, aspiró hasta los pulmones el humo violáceo que se elevaba y sonrió con una dulzura plena.
Y lo hacía desde el sitio de honor que ella misma ocupaba, mirando por encima del hombro al invitado al que había recibido abajo: el emperador de Vollachia.
—…
Su porte altivo y esplendoroso, su manera de hablar, el modo de llevar el kimono dejando al aire sus delgados hombros junto con la presencia de la aprendiza que llevaba consigo, le trajeron a Subaru a la mente las palabras “cortesana” y “cortesana de alto rango”.
Por supuesto, Subaru no había visto nunca un barrio de placer ni a una cortesana de verdad. No era más que el conocimiento a medias que había picoteado de las series de época y de otras obras ambientadas en tiempos antiguos, pero no se le ocurría nada más.
No: decir que no hay otras palabras para describirla sería pasarse de la raya.
En este contexto, desde luego, sí las hay. Que es una belleza y que tiene un aire de cortesana son hechos ciertos, pero, antes que nada, ella ocupa el puesto de la “Séptima” entre los Nueve Generales Divinos…
—Yorna Mishigure.
La bella recién aparecida, Yorna Mishigure, al oír su nombre, dirigió la vista al hombre que la había llamado.
Sobre el suelo entarimado, quien sostenía la mirada azul de Yorna era el falso emperador; para distinguirlo de Abel, permítasenos llamarlo Vincent.
—Como era de suponer, tiene la misma voz…
Una sola palabra, pero con un timbre idéntico, sin la menor diferencia, al de Abel.
Al parecer, no solo imitaba el aspecto, sino también el timbre de la voz. Ahora bien, si copiaba su figura, lo natural era que imitara también la voz; tampoco había motivo para un gran asombro.
Más que eso, la sensación de que la situación empezaba a moverse hacía que hubiera que mirar más adelante.
—…¿Con qué propósito, exactamente?
Por qué había venido a la Ciudad Demonio: ese era, por ahora, el punto impenetrable de Vincent y los suyos.
Ante el encuentro con ellos y la aparición de Yorna, lo primero había sido reaccionar; pero quedaba el propósito de la visita de Vincent: ¿con qué fin se había presentado ante una de los Nueve Generales Divinos, aquella que no hacía más que sublevarse?
En tanto que debía interpretar al emperador auténtico, tenía que haber alguna legitimidad en ello. Y, por su parte, ¿por qué Yorna había recibido en su castillo a un emperador con el que se suponía que mantenía malas relaciones?
Claro que, si uno decía que, en la posición de Yorna, negarse resultaba imposible, ahí se acababa la discusión.
—Pero si es Su Excelencia. Cuánto tiempo sin verle, a fe mía.
Ante Subaru, que se devanaba los sesos, Yorna esbozó una sonrisa que le bajaba hasta el rabillo de los ojos y se llevó la pipa a la boca. Luego, exhalando el humo violáceo, entornó un ojo con la mayor de las desvergüenzas.
—Es todo un honor que se me conceda la dicha de contemplar su noble rostro. Por más invitaciones que le hiciera llegar, jamás se dignaba venir a la Ciudad Demonio, a fe mía.
—¿Invitaciones?
Sin reparar en las dos irreverencias—la postura y el humo—, Vincent frunció el ceño con desagrado.
Cruzó sus delgados brazos y, golpeando con un dedo el codo como si cavilara, dijo:
—¿Por invitaciones tuyas entiendes las veces que has alzado tus tropas contra mí? Si es así, mi respuesta ya te la he dado de una forma bien visible.
—Sí, cierto es. Pero mi cabeza sigue unida a mi tronco, como puede ver. Y hoy no parece haber traído consigo a aquel mocoso tan molesto, a fe mía.
—…
—Vaya, y hasta se me acelera el pecho pensando que quizá mis sentimientos por fin le hayan llegado. Concédamelo, se lo ruego.
Yorna emitió un sonido grave en la garganta y dejó escapar un “ju, ju” de risa. Sin embargo, ante aquel timbre cautivador y aquella sonrisa, Vincent no movió un ápice el semblante.
Su grado de perfección como falso emperador era asombroso, pero, por otro lado, algo en la actitud de Yorna—su mirada y sus palabras hacia Vincent, la pasión que encerraban—le había llamado la atención.
No había sido más que un intercambio brevísimo, pero, a los ojos de Subaru, el de ambos era…
—No me digas que la tipa esa se rebela solo para llamar la atención de Abelito…
—…Ojalá no sea eso, desde luego.
Al parecer, Al había llegado a la misma conjetura que Subaru; al oírlo, Subaru apretó las muelas.
Que una de las fuerzas máximas del Imperio no fuera alguien capaz de mover un ejército por un asunto personal, y lo difícil que resultaba imaginar a alguien sintiendo afecto por Abel, un hombre que no consideraba a nadie una persona.
Esas eran las razones principales de que a Subaru se le tensaran las mejillas, pero había algo aún más apremiante.
Era el problema que Medium le había señalado: el motivo de la visita de Subaru y los suyos, que habían enarbolado el lema “Abel me revienta” para tratar de atraer a Yorna.
En caso de que su desagradable conjetura fuera cierta, aquello no debía de ser una historia divertida para Yorna. Y, aun así, ella los había hecho subir al castillo.
Y encima, en la forma de hacerles compartir la sala con Vincent y su comitiva, ni más ni menos.
—General de Primera Clase Yorna, esa actitud suya es irreverente a más no poder. ¿Qué está pensando?
—¿Mmm?
Al margen de Subaru y los suyos, que temían lo turbio de la situación, la conversación del bando del falso emperador seguía su curso.
En lugar del callado Vincent, quien hizo arquear las cejas de Yorna fue un individuo del pelo verde amarillento que parecía escolta de Vincent. Un hombre que llevaba parte de su corto cabello erizado largo, a modo de antenas, y cuya edad andaría por la de Vincent o algo por encima.
Vestía una capa color arena sobre una armadura ligera negra, y de su rostro y su complexión se desprendía una impresión afilada, como de alambre; con una mirada punzante, como de reproche, fulminaba a Yorna con los ojos.
—Y el señor que acompaña a Su Excelencia…
—Kafma Irulux. En esta ocasión se me ha ordenado escoltar a Su Excelencia. Creía tener bien claro que mi papel era el de guardaespaldas, pero… su actitud es intolerable.
—¿Mi actitud, dice? ¿Y eso dónde lo ha visto, si me lo permite?
—¡En todo!
Ante las palabras de Yorna, que sonaban despreocupadas, el hombre que se había presentado como Kafma se exaltó.
Sin dejar de fulminar a Yorna con la mirada, señaló con la mano a Subaru y los suyos, que observaban la situación sin intervenir.
—Para empezar, ¿por qué hace sentarse aquí a otras personas? Cierto es que este es su castillo, pero al mismo tiempo es territorio del Imperio… ¿Es que hasta eso se le ha olvidado?
—No puede ser tal cosa. Yo soy de Su Excelencia, como es debido, a fe mía.
—¡No estoy hablando de eso! ¡Y ustedes de ahí también tienen lo suyo!
—¿¡Eeeh!? ¿¡Nosotras!?
Subaru se desconcertó al verse en el punto de mira de la ira de Kafma. Habría preferido que los siguieran tratando como si no existieran, pero, puesto que era imposible, escudriñó el semblante del otro y dijo:
—Disculpe, ¿estorbamos? En ese caso, podemos volver otro día…
—Eso sí que sería un problema. Mi tiempo al día es limitado, así que, si dejan pasar el día de hoy, no hay manera de saber cuándo volverá a presentarse la ocasión, a fe mía.
—¡No las retenga! ¡Ellas también deben de estar en una situación incómoda!
—Sí, sí, justo eso mismo.
Por alguna razón, coincidía con Kafma frente a la Yorna que se empeñaba en retenerlos. En tanto que acompañaba al falso emperador, en términos de posición Kafma era un enemigo, pero su declaración era tan sensata que parecía el único aliado en aquella sala.
Sin embargo…
—Yorna Mishigure. Tú, ¿qué estás pensando?
Quien hendió de pronto aquel ambiente fue Vincent Vollachia, el falso emperador en persona.
En cuanto él habló, hasta Kafma, que había alzado la voz, se replegó al instante. Pese a ser una voz familiar y un rostro ya visto, Subaru sintió que se le encogían las vísceras.
Aunque bien sabía que era un impostor, su poder de intimidación era auténtico.
—Responde. ¿Qué estás pensando?
Y, tras silenciar así a su servidor y a los intrusos, Vincent volvió a preguntar a Yorna.
Ante aquella pregunta y aquel aire de dominio, Yorna entornó ligeramente los ojos. Llevándose la pipa a la boca con suavidad, aspiró hasta los pulmones el humo violáceo que se ondulaba y, exhalando un aliento dulce, se hizo de rogar con la respuesta.
—Por supuesto, yo pienso siempre en Su Excelencia… en Su Excelencia el Emperador de Vollachia, a fe mía.
—…
—Ju, ju. Qué mirada tan fría la suya. Pero, si no hace bajar a esos invitados, estoy segura de que Su Excelencia también se alegrará, a fe mía.
Con una risita y un aire de plena convicción, Yorna señaló a Subaru y los suyos con un gesto de la barbilla.
Fue entonces cuando la conciencia de Vincent se volvió por primera vez hacia Subaru y los suyos con interés. Sin duda había juzgado que en el intercambio anterior había algún motivo aparte del capricho de Yorna.
Para cortar aquella corriente tan inconveniente, Subaru carraspeó con un “ejem”, dispuesto a recibir una reprimenda:
—Disculpen, permítanme proponerlo de nuevo. Parece que no pintamos nada aquí y que hay asuntos que no deberíamos oír. Así que, si nos permiten retirarnos por esta vez…
—Vaya, vaya, qué falta de ánimo, a fe mía.
Las palabras de Subaru, que se inclinaba con toda la cortesía para retirarse de aquel lugar, quedaron cortadas.
Por un instante, la mirada de Yorna quedó oculta tras el humo violáceo; al ver una chispa de travesura en ella, Subaru exclamó un “ah” y comprendió su propio desacierto.
Si pensaba dar media vuelta, debería haberlo decidido en el momento en que vio la cara del otro visitante.
Y, por haberlo calculado mal, ahora acababa lamentándolo de aquella manera.
Porque…
—Me lo contó Tanza… Ustedes han venido a invitarme para hacerse enemigos de Su Excelencia el Emperador, ¡nada menos! A fe mía.
Pues les había dejado al descubierto hasta el último de sus planes.
2
El lema era “Abel me revienta”.
Subaru había llegado a la conclusión de que ese lema era la manera de conquistar a la “Extravagante”, Yorna Mishigure.
Y es que se decía que ya había provocado sublevaciones una y otra vez, y que hasta Zikr, con la talla moral que tenía, la había marcado como dueña de una personalidad catastrófica.
A la hora de pedir aquella audiencia, la línea que Subaru había presentado era esta: un poderoso de la categoría adecuada deseaba hablar en privado con ella para alzar el estandarte de la rebelión contra el actual emperador de Vollachia.
Los tres habían acudido al Castillo Lapislázuli Carmesí portando la carta autógrafa de aquel poderoso; ese era el planteamiento.
En honor a la verdad, no había ni una sola mentira.
“El actual emperador de Vollachia” no era otro que quien había expulsado a Abel y le había arrebatado el nombre y la posición. Y el “poderoso de la categoría adecuada” que deseaba hablar en privado era también el emperador auténtico, el que por derecho debía ocupar el trono; de modo que en sus palabras no había falsedad.
Al fin y al cabo, el objetivo de Subaru y los suyos era entregarle una carta de Abel. Y, si para eso hacía falta, estaban dispuestos a amontonar mentiras a miles.
—¡Esto es lo que se llama una estratagema de Natsumi Schwartz!
Y, con aquella muestra de genio estratégico, había recibido el aplauso de Al y de Medium.
Pero…
—¿Sublevados contra Su Excelencia, dice?
La artimaña con la que habían hablado a Yorna quedaba al descubierto, y el aire del salón se fue enfriando.
Quien destilaba una hostilidad que casi podía confundirse con el frío era Kafma, el que llevaba desde un rato siendo el más acalorado de la sala; ante la dureza de su mirada, Subaru comprendió que ya era imposible retirarse.
Los estrategas se ahogan en sus propias estratagemas: nunca había sentido tan de cerca el sentido de ese dicho.
—Pero, tanto la mala suerte en el momento como la falta de datos compartidos son culpa de Abel, ¿no?
—Cierra esa boca… General de Primera Clase Yorna.
A Subaru, arrinconado en aquella situación absurda y maldiciendo a Abel por dentro, Kafma lo hizo callar. Y, sin más, clavó su duro mirar en Yorna, allá al frente.
—¿Sabía lo que hacía al hacer sentar a Su Excelencia con esta gente? ¡Le pido que responda!
Kafma alzaba la voz; su ira no apuntaba a Subaru y los suyos, que se ponían cada vez más tensos, sino a Yorna, la que había propiciado aquel encontronazo.
No porque la responsabilidad estuviera en Yorna.
Era algo mucho más simple: la prueba de que no consideraba a Subaru y los suyos una amenaza.
En efecto, el aire que envolvía a Kafma, que se había levantado con arrojo, no dejaba lugar a dudas de que era un hombre de verdadera valía, alguien a quien se le había confiado escoltar al emperador.
—Así que somos parte implicada y, aun así, estamos al margen, ¿eh? No sé si eso es bueno o malo…
Tal y como murmuró Al en voz baja, el tenso intercambio continuaba sin contar con Subaru y los suyos. Yorna, requerida por Kafma, se llevó la pipa a la boca y exhaló el humo violáceo con un “vaya”.
—¿Y qué quiere decir eso de si sabía lo que hacía, a fe mía?
—¡No se haga la inocente…! Como le he dicho a Su Excelencia una y otra vez: usted es peligrosa.
—Qué cosas más obvias dice. Las fechorías que he ido acumulando… No me diga que estaba usted al tanto de todas, a fe mía.
—¡…!
Ante la actitud de Yorna, que no parecía sino una provocación, a Kafma se le marcó una vena en la frente.
Por raro que fuera, a juzgar por el intercambio, el ánimo de Subaru también estaba del lado de Kafma. Por su reputación previa se había preparado en cierta medida, pero el carácter de Yorna superaba lo previsto en maldad.
Con todo, tampoco parecía que simplemente pretendiera entregar a los sublevados—es decir, a Subaru y los suyos—a Vincent, que había pasado por allí de casualidad.
Para ser una escena de entrega de rebeldes al emperador, el ambiente estaba demasiado tenso.
Y, sobre todo…
—…Siempre igual: un gusto nauseabundo el suyo.
Y así, cortando y desechando los gustos de Yorna, se dejó oír una frase de Vincent.
Ante aquellas gélidas palabras, Yorna alzó un poco sus bien formadas cejas.
—Vaya, ¿no ha sido del agrado de Su Excelencia?
—Insensata. Si la desproporción va demasiado lejos, es como hacer que los perros cacen conejos. Yo tampoco estoy tan hastiado del Imperio como para hacer de la mera crueldad un entretenimiento.
La declaración de Vincent, dicha con frialdad, pero cargada de una presión inconfundible.
Mientras la recibía con serenidad, Yorna hizo temblar sus orejas de zorro entre los huecos de su peinado. Qué emoción se expresaba en aquel gesto, Subaru no alcanzaba a verlo.
Pero lo mismo le ocurría con los sentimientos de Vincent: no alcanzaba a verlos.
Estando Vincent allí, frente a frente y confrontado con unos sublevados, y sabiendo quién era el hombre que tenía delante, resultaba aún más difícil adivinar lo que pensaba que imaginar los pensamientos del auténtico.
Puesto que lo habían desbancado, el impostor también consideraría a Abel una alimaña, pero…
—…Tú.
—¡…!
Vincent, al que habían escudriñado el interior con tanta desfachatez, clavó sus negras pupilas directamente en Subaru.
Al instante, sin permitirle ni apartar la mirada, Subaru se quedó mirando a las fauces del enemigo mayor con la preparación a medias.
El rostro artificial, gemelo exacto del auténtico, ¿cómo lo habrían fabricado?
Tanto el auténtico como la copia tenían eso en común: aquellos negros ojos afilados que trataban de verlo todo sobre uno.
Y aquello, de algún modo, le provocaba a Subaru una comezón en el pecho…
—Si tienes algo que decirme, prueba a decirlo.
—…Vaya mirada irritante.
—¿Qué…!?
—¡Ah! ¡No, no es eso! ¡No quería decir eso! ¡Se me ha escapado!
En el peor momento posible, la pregunta del falso emperador y la filtración de su irritación se habían solapado.
Ante aquel insulto frontal al emperador, Kafma se quedó sin palabras con una cara de absoluta sorpresa. Subaru agitó las manos atropelladamente ante tal reacción, y el propio Vincent, entornando un ojo, se quedó callado.
Estaba sorprendido, sí, pero a la vez era una mirada como de estar tasando a Subaru.
La misma clase de mirada que le había dirigido el verdadero Abel en la selva de Buddheim, en el poblado de las Shudrak y también en el ayuntamiento de Guaral.
—Emm, en cualquier caso, nosotras…
A su espalda, Al y Medium contenían la respiración observando la situación.
Con aquella salida tan explosiva de Subaru, los dos debían de estar soportando una presión considerable. El aire del salón se había vuelto gélido y tenso, y un solo desliz más lo haría saltar en mil pedazos.
Antes de que eso ocurriera, ¿no era lo mejor retirar lo dicho a Yorna, inclinar la cabeza asegurando que lo de sublevados era un disparate y batirse en retirada, aunque fuera a costa de hacer el payaso y enfriar el ambiente?
Resignándose a eso, Subaru aflojó las comisuras de los labios para esbozar una sonrisa de cortesía…
…y descubrió que la mirada de Yorna lo estaba observando fijamente.
—…
Con la pipa en la boca, Yorna seguía en silencio los movimientos de Subaru.
Era una mirada sumamente ambigua, imposible de definir como de indiferencia o como lo contrario. Incierta como el humo violáceo que se elevaba, era como una ilusión que se desvanecía aunque tratara de asirla.
Y, para que aquella ilusión se volviera real, no había otro lugar que este: Subaru intuyó una divisoria de aguas.
Aquella mirada, que estaba a punto de perder el interés por ellos, no era tan excéntrica como para plantearse recuperar lo que una vez dejó escapar. La opinión que se descartara ahí ya nunca podría recogerse.
Dicho de otro modo: nunca volverían a contar con la colaboración de Yorna Mishigure.
Eso equivalía a cerrar a oscuras el camino, tan poco fiable, hacia la victoria.
Por eso…
—Piénsalo bien y responde. Dime qué es lo que vienes a anunciarme.
—Eso es…
Al requerimiento de Vincent, tomándose un tiempo más largo que un compás, alzó la cara.
Los ojos del falso emperador se entornaron, y Kafma, a su lado, dirigió su atención a Subaru. A su espalda crecía la tensión de Al y Medium, y Yorna se guardaba en los pulmones el humo que tenía en la boca.
Con aquellos cambios en el rabillo de la vista, Subaru miró fijamente a Vincent y dijo:
—Es tal como dice la señora Yorna. Nosotras le declaramos la guerra.
Sí: para aferrarse a la situación en la que no debía retroceder, a la pieza que no debía ceder.
Rem, que esperaba su regreso en Guaral; Abel, que no estaba allí; Al y Medium, que se aprestaban a su espalda: todos le habían confiado la decisión a Subaru.
Para que Natsuki Subaru no malinterpretara su significado y su peso, ni los dejara caer…
—…
Ante la declaración frontal de enemistad, las negras pupilas de Vincent temblaron ligeramente.
Mientras lo veía, Subaru experimentó cómo se le secaba la lengua a ojos vista. Era natural: quien tenía delante no era Abel, privado del poder real, sino un emperador capaz de usar este Imperio como lanza.
De hecho, de no haber sido porque Vincent alzó un poco la mano para contenerlo, la explosión de Kafma al oír su tropelía habría hecho que la vida de Subaru se dispersara por los aires.
Pero no ocurrió así. Vincent no lo permitió.
—Ju, ju…
Desde el asiento de honor, mirándolos por encima del hombro a Subaru y a Vincent, Yorna emitió un leve sonido de garganta.
Con la risa contenida, el humo se le escapaba por las comisuras de la boca y los hombros le temblaban; estaba, en verdad, encantada. Al menos, la declaración a vida o muerte de Subaru había cumplido la función de entretenerla.
—¿De qué te ríes, Yorna Mishigure?
—En primer lugar, sin duda porque el invitado no ha reculado en sus palabras. Y, además, porque estas tres personas podrían poner en peligro la vida de Su Excelencia… ¿Qué va a hacer al respecto?
—Mujer indómita. Tú, que tienes por credo no someterme, también sabrás cuál es mi voluntad.
Ante la provocadora mirada de reojo de Yorna, Vincent respondió sin cambiar de expresión.
Sin más, posó de nuevo sus negras pupilas en Subaru, el que le había declarado su hostilidad.
—Este es el país del Lobo Espada. Solo quien tiene el arrojo de ambicionar esta cabeza puede llamarse de verdad súbdito del Imperio.
—…Qué generoso por su parte.
“Humpff”, resopló por la nariz Vincent, despachando con una risa el sarcasmo de Subaru.
Esa reacción incluida, el comportamiento de Vincent era una réplica completa del auténtico. Hasta el punto de poder pensar que, si Abel estuviera en esa sala, habría respondido igual, sin la menor diferencia.
—Pero mi cabeza no es tan barata como para entregársela a ustedes sin más.
—…Entonces, ¿qué piensa hacer con nosotras?
—Esa es la cuestión.
Conteniendo a un Kafma a punto de estallar, reconocía así a Subaru y los suyos, que habían declarado su rebeldía frente al emperador. Ahora bien, las palabras que siguieron no cambiaban en nada la fría mirada que dirigía a sus adversarios.
Aunque le compraran el temple, no habría razón para tener miramientos con quienes pretendían causarle daño.
Poco a poco, las negras pupilas de Subaru y de Vincent se entrelazaban, y el aire de la sala se abrasaba.
—Ay, yo también soy una mujer que hace pecar. Cuando me muestran así a los hombres disputándose por mi persona, no sé cómo decirlo: se me alborota la sangre, a fe mía.
—Y lo dice como si no fuera con usted… Para empezar, ahí hay más mujeres que hombres. Eso de los hombres no viene al caso.
Ante el forcejeo de miradas entre Subaru y Vincent, Yorna soltó un comentario absolutamente fuera de lugar. Y ella, ante la irritada observación de Kafma, emitió un “ju, ju” de burla en la garganta.
Con aquella reacción, a Kafma se le acrecentó la ira en el rostro, y:
—¡Su Excelencia! ¡Deme la orden! ¡A esa gente…!
—…Kafma, mire usted, el caso es que lleva un rato demasiado ruidoso, ¿qué no?
Impaciente ante el punto muerto, Kafma intentó dirigirse directamente a Vincent. Pero quien le cortó la palabra no fue ni Vincent ni Yorna, sino otra persona.
Era uno de los tres que Vincent había traído como escolta…
—Cuando Su Excelencia se pone a pensar, casi todo acaba mejor que como lo pensaríamos nosotros, ¿qué no? Y si nosotros nos ponemos a piar, pos estorbamos de verdad, eso se lo digo yo.
Quien así habló era un viejo cubierto de arrugas, con el pelo y las cejas teñidos de blanco y largos.
Un viejo de baja estatura que había amasado con esmero, tanto en el tono como en el contenido, un aire de fastidio. Al verlo, era un tipo de impacto considerable, y resultaba incomprensible cómo no había entrado en su campo de visión hasta entonces.
No…, en el campo de visión sí había estado. Simplemente, no había entrado en su conciencia.
Muy probablemente, había borrado su presencia en el sentido más auténtico de la palabra.
—¡Pero quitarle a Su Excelencia sus molestias también es deber de un súbdito leal, señor Olbart!
—Cuando uno se pone a decir eso de súbdito leal, ¿no suena a paso previo de los que acaban purgados por hacer lo que les da la gana? Y a mí no me gusta andar hurgando en la cabeza de gente joven con porvenir, qué quiere que le diga.
Sacudiendo la cabeza con lentitud, el viejo al que llamaban Olbart se hurgaba el oído con el dedo. Qué presión habrá sentido con aquel gesto, que a Kafma se le tensaron las mejillas.
Pero no solo él reaccionó así. A Subaru también se le tensaron las mejillas con aquel nombre.
—¿Olbart…, el Anciano…?
—¿Ah? Sí, yo soy, ¿lo conoce? Es que soy bastante famoso, pos.
—…Sí; si tiene usted conciencia de ser famoso, sin duda.
Le temblaban los labios, y el propio Olbart reaccionaba al nombre que acababa de pronunciar.
Viendo el asombro de Subaru, si aun así respondía de aquella manera, no había duda. Había oído el nombre de Olbart en el ayuntamiento de Guaral y, después, de camino hacia la Ciudad Demonio.
De ahí en adelante, en el camino de Subaru y los suyos para conquistar el Imperio, había unos Nueve Generales Divinos a los que resultaba imposible evitar; una de ellos era Yorna y, además…
—¡El “Anciano Cruel”, Olbart Dunkelkenn…!

—Ese apodo no me hace mucha gracia, ¿sabe? Es casi un insulto, pos. ¿Tan viejo de mala entraña parezco? Bueno, si me lo preguntaran a la cara no podría decir que no. No podría, ¡ja, ja, ja!
Abriendo mucho la boca, el viejo se rio y dejó ver unos dientes blancos, bien alineados y limpios para su edad.
Pero Subaru no tenía el menor ánimo de reír. Habían ido a la Ciudad Demonio para negociar con Yorna y, tras toparse con Vincent, el falso emperador, resultaba que este traía consigo a Olbart.
Lo cual venía a significar que Olbart ya estaba también del lado del falso emperador.
—Arakiya, Chisha, y encima Olbart…
Ante la estrategia de aquel enemigo, que iba a golpear primero a los de mayor rango, a Subaru le entraron ganas de agarrarse la cabeza. Y, encima, no solo empeoraban los problemas por venir: la situación presente se deterioraba a velocidad de vértigo.
Si ya con Kafma solo no podían, y encima se sumaba Olbart, uno de los Nueve Generales Divinos, unas condiciones tan malas no habrían podido juntarse ni queriendo…
—…Oiga, abuelo, ¿se acuerda usted de mí?
—¿Que si qué?
En el gran salón rebosante de tensión, aquella voz golpeó los tímpanos de Olbart casi como una emboscada.
Quien la emitió fue Al, inclinándose hacia delante. Ante aquello, Subaru abrió mucho los ojos.
—¿Y ahora qué se le ocurre…? ¡Estamos en una situación en la que se nos juzga hasta el último gesto!
—Que sigas con lo de Natsumi en una situación así también tiene su mérito, pero yo tampoco voy sin pensar. Bueno, no es que fuera pensando… ¡Oye, abuelo! ¡Soy yo, soy yo!
—Eso suena a la estafa del “soy yo, soy yo”…
Que el interlocutor fuera un anciano no era razón para pensar que una labia de embaucador fuera a funcionar; eso sería precipitado.
De hecho, ante el reclamo de Al, Olbart inclinó el cuerpo con un “¿mmm?” y gruñó.
—Pos no, no lo conozco, usted es un bicho raro. Viejo seré, pero si hubiera visto a alguien con ese aspecto, no se me habría olvidado tan fácil, pos. ¿Usted y yo nos conocemos de verdad?
—Tampoco hasta el punto de conocernos; y la última vez que nos vimos yo no llevaba el Yelmo de Hierro. Pero no tenía brazo, y hablamos un poco.
—¿El sin-brazos que habló conmigo…?
—Ah, sí, sí. …Y Arakiyita también estaba con nosotros.
Bajando un poco la voz, lo que Al pronunció fue el nombre de Arakiya: una de los Nueve Generales Divinos igual que Olbart, y la temible muchacha que los había zarandeado a Subaru y los suyos sin piedad.
A Subaru no le venía a la cabeza nada de lo que decía Al; sin embargo, en el instante en que lo oyó, a Olbart se le irguieron las cejas y le vibró la voz con un “¡ohhh!”.
—¡Usted, claro! ¡El que recuperó la isla junto con Araki! Ahora que lo dice, pos el aspecto sí que se parece, sí. ¡Ja, ja, ja, así que todavía estaba vivo!
—Ah, sí, vivo, vivo. Las estrellas acabaron girando a mi favor, menos mal.
—¿Y por qué azares acabó usted de enemigo de Su Excelencia? Pos qué fallo el mío: debí meterme a hablar más y dejar a Su Excelencia mejor parado en aquella ocasión. Qué fallo, qué fallo.
Olbart reía a carcajadas y Al charlaba con él en un tono desenfadado.
Subaru, que no entendía el pasado que ambos compartían, no podía hacer otra cosa que abrir mucho los ojos. En aquel momento no estaba en condiciones ni de juzgar si la situación mejoraba o no.
—…Olbart. ¿Es una cara conocida para ti?
Como si pusiera punto final a aquella duda, Vincent preguntó a Olbart. Ante el requerimiento del falso emperador, que tenía los brazos cruzados, Olbart respondió con un “oh, sí, pos claro”:
—Hará dos o tres años, cuando Su Excelencia acababa de ascender al trono, hubo rebeliones por todas partes a la vez, ¿se acuerda?
—Señor Olbart, Su Excelencia ascendió al trono hace ya ocho años…
—¿Ah? ¿No eran unos tres años? Uy, uy, es que todo lo de estos últimos diez años me parece reciente, y se me ha escapado, pos.
—Da igual, sigue. ¿Qué pasó hace ocho años?
Vincent encaminó de nuevo a Olbart, que no hacía más que irse por las ramas, una y otra vez. Siguiendo aquella corrección, Olbart dijo un “pos como iba diciendo” y señaló a Al con el dedo.
—Pos la rebelión que estalló entonces en Ginunhive… quien la paró fue ese del yelmo y Araki, mira tú.
—Vaya.
Al oír a Olbart, el interés de Vincent se dirigió por primera vez hacia Al.
Si aquella aguja señalaba hacia lo bueno o hacia lo malo resultaba difícil de saber, pero, al menos, no parecía un historial capaz de acarrearle al instante una muerte por desacato.
Sobre esa base, Al dio un paso y se puso a la altura de Subaru; luego dijo:
—Su Excelencia el Emperador, con perdón por la osadía: el abuelo Olbart de ahí lo sabrá… Resulta que hace ocho años yo le presté un servicio a Su Excelencia, y todavía no he recibido mi recompensa.
—Aunque fue él el que dijo que no la quería, pos.
—Olbart, cállate… Sigue, bufón.
—…Y esa recompensa me gustaría recibirla hoy.
Subaru creyó oír, ilusoriamente, el sonido de cómo el aire del salón se congelaba en silencio.
Reclamando, con audacia temeraria, la recompensa por sus propios méritos ocho años después. Aquella desfachatez y aquel azar tan providencial bien merecían una apuesta, sin duda.
El falso emperador, que al oír la declaración de guerra de Subaru no había ordenado su ejecución inmediata—Vincent—, tenía sus razones y su determinación para actuar como emperador de Vollachia.
Y, si las palabras de Abel eran ciertas, entre sus principios estaba el de “recompensa y castigo”.
Entonces…
—¿Qué es lo que quieres? ¿Mi cabeza?
—Si me la ofreciera, sería mi gran golpe, ni más ni menos; pero pedir eso sí que requiere agallas. Así que…
Diciendo esto, Al giró solo la cabeza y miró hacia Subaru. Subaru, comprendiendo la intención de aquella mirada, sacó de su pecho la carta autógrafa: el motivo de su visita al Castillo Lapislázuli Carmesí.
—Nuestro propósito es entregarle esta carta autógrafa a la señora Yorna. Si va a recompensar el mérito de mi acompañante, le ruego que nos conceda ese permiso.
—¿Una carta autógrafa?
—Es una carta de amor… de nuestro señor, para la señora Yorna.
Aunque titubeó al llamarlo “señor”, por dentro sacó la lengua ante las palabras que siguieron.
Al oír “carta de amor”, Yorna, en el asiento de honor, soltó un “ju, ju” de risa. Parecía habérsele despertado el interés.
Y Vincent, entornando sus negras pupilas, caviló unos pocos segundos:
—Con ocho años de retraso, pero lo de la Isla Solitaria de los Gladiadores fue un gran servicio.
—Oh…
—Puesto que lo deseas, te concederé la recompensa. Esa carta autógrafa o como se llame, entrégasela a Yorna Mishigure.
Con un gesto de la barbilla, Vincent señaló a Yorna.
Por un instante, a Subaru le llevó tiempo asimilar la intención de las palabras de Vincent. Pero, al darse cuenta de que significaban la victoria en la apuesta de Al, Subaru y los suyos se miraron.
A vida o muerte, la decisión de Al de lanzarse a jugar había sido la correcta…
—Aunque con una condición.
—¿Eh?
Cuando estaban a punto de gritar de alegría, Vincent pronunció una palabra solemne.
A Subaru y los suyos, que se volvieron hacia él, el falso emperador, con sus negras pupilas veladas por una sombra espesa, les dijo:
—Lo único que permito es entregar la carta autógrafa. Entiendes lo que eso significa, ¿verdad?
Y lo dijo con un énfasis que parecía masticar cada palabra.
Ante ello, Subaru abrió mucho los ojos y enseguida volvió la cabeza apretando las muelas. Adonde se dirigía su mirada era a Yorna, que observaba la situación con una sonrisilla.
Entregarle la carta y recibir su respuesta era el objetivo de Subaru y los suyos, pero…
—En caso de entregarle la carta, ¿cuándo podríamos recibir la respuesta de la señora Yorna?
—Eso, veamos… a fe mía…
Ante la pregunta de Subaru, Yorna dejó vagar su mirada un rato por el vacío.
Después puso la pipa del revés y dejó caer la ceniza en el recipiente que le había preparado la aprendiza que la asistía; luego:
—Yo también soy mujer… y no me gustaría que me vieran abrir el sobre con ansia en cuanto recibo una carta de amor. Así que…, cuando los invitados hayan salido de mi castillo, la leeré con calma y redactaré la respuesta, a fe mía.
—…En cuanto salgamos del castillo, ¿puedo contar con que la leerá?
—Yo también soy la soberana de esta Ciudad Demonio; delante de mis servidores, no digo mentiras ni falsedades, a fe mía.
La luz que habitaba en sus ojos azules, sinceridad o travesura: para Subaru, que no la conocía, resultaba imposible de juzgar. Sin embargo, ya no le quedaba nada que elegir.
Por ejemplo, si cambiara el contenido de la recompensa de Al y pidiera abandonar el castillo sin contratiempos, lo más probable era que Vincent también se lo concediera.
Pero aquella idea habría cortado, igual que la anterior, toda posibilidad de unir fuerzas con Yorna.
Es decir…
—Al, señorita Medium.
Antes de terminar de armarse de valor, Subaru llamó a sus dos acompañantes.
Para lo que iba a ocurrir y para lo que había que hacer, la ayuda de ambos era indispensable. Y, entonces, antes de pasar a la acción, lo justo era contar con su visto bueno.
Al volverse Subaru y dirigirles la mirada, Al y Medium asintieron cada uno, y:
—Bueno, ya dije que te echaría una mano, hermano.
—¡Y mi manito también me lo pidió! ¡Que cuidara bien de Natsumi-cita!
Al, ladeando la cabeza, y Medium, que le daba palabras de aliento.
Subaru recibió valor de la respuesta de los dos y les devolvió el gesto con la cabeza.
Luego avanzó despacio hasta la parte delantera del gran salón, hasta Yorna, que, recostada en el apoyabrazos del asiento de honor, daba caladas a la pipa.
Con aquella belleza demoníaca de cerca y en medio de un aroma dulce, Subaru le tendió la carta autógrafa.
—Aquí tiene. Es la carta autógrafa de nuestro señor.
—Le agradezco el trabajo. Aunque lo difícil empieza justo a partir de aquí, a fe mía.
—Sí, lo tengo bien presente.
Unos dedos gráciles tomaron la carta, y unas palabras cargadas de sonrisa maldijeron el porvenir de Subaru y los suyos.
Pero Subaru respondió a aquellas palabras con firmeza y volvió la cabeza.
Y, entonces…
—Su Majestad el Emperador: con perdón por la osadía, nosotras nos quedaremos con su trono.
Y así, de frente y con más claridad que antes, les declaró la guerra.
3
En un instante, lo que ocurrió fue dramático.
—¡Vaya si has ladrado, insolente…!
Justo después de que Subaru declarara la guerra sin rodeos, los ojos de Kafma se abrieron de par en par.
Ante la declaración de Subaru, en el colmo de la desfachatez y de la irreverencia, Kafma Irulux se dispuso a demostrar con su propia fuerza su lealtad al emperador.
Y, como resultado, la chaqueta de Kafma, que había extendido ambos brazos, estalló, y una infinidad de zarzas se abalanzaron sobre Subaru.
Zarzas de color verde oscuro, que se precipitaban hacia Subaru como serpientes retorciéndose, y una masa abrumadora le cubrió por completo el campo de visión.
Una supresión del área sin escapatoria posible; zarcillos de zarza armados con espinas del grosor de un brazo de Subaru, cada una equiparable a él: una técnica letal que estrangulaba a la presa y le exprimía la vida hasta la última gota.
Un golpe que no concedía a Subaru ni la posibilidad de reaccionar y que se tragaba su cuerpo entre las zarzas con la facilidad de una serpiente que engulle a un ratón…
—…Bien dicho, hermano.
Se había preparado para que las zarzas le atravesaran el cuerpo entero y le llegara un dolor atroz.
Pero lo que embistió a Subaru, que había tensado el cuerpo, no fue el dolor, sino el golpe en las posaderas al caer sentado hacia atrás, y las palabras de Al, que se había puesto delante de él y había recibido las zarzas con la Guadaña Azul.
Al, que había encajado el ataque del enemigo con la gruesa hoja que acababa de desenvainar mientras protegía a Subaru a su espalda. No había logrado detenerlo todo, y en su hombro y su costado la sangre supuraba poco a poco.
Aun así, Al había protegido a Subaru de aquella masa abrumadora.
—¡¿Y la señorita Medium?!
—¡Uuuaa! ¡Eso ha esta’o cerca! ¡Si no hubiera hecho lo que decía Alcito, ya estaría muerta!
Justo al lado de Subaru, que se giró atropelladamente, Medium respondió a voces con las dos espadas desenvainadas.
En efecto, con las dos hojas empuñadas, una arriba y otra abajo, había cortado al vuelo, detenido, pisado y rechazado por completo una parte de las zarzas que la atacaban desde los cuatro costados.
Ante su sólida destreza y el hecho de que estuviera ilesa, Subaru exhaló un suspiro de alivio. Pero aún era pronto para estar tranquilo: al fin y al cabo, aquella era solo la primera oleada…
—Vaya, qué truco de magia tan aparatoso, a fe mía.
—¡…!
A espaldas de Subaru y los suyos, que se aprestaban, estaba Yorna, a la que sin duda también habrían incluido en el alcance de las zarzas. Con la carta aún en las manos, atrajo a la aprendiza contra su brazo y exhaló humo violáceo.
También alrededor de ella había rastros de zarzas que se habían acercado, pero estas la evitaban como si hubieran apuntado con cuidado, y se retorcían de un modo antinatural, como si solo alrededor de Yorna hubiera un muro redondo.
No era posible deducir si Kafma las había curvado a propósito o si Yorna había hecho algo, pero…
—Disculpe las molestias causadas. Nosotras nos retiramos.
—Vuelvan con cuidado a casa. Si ustedes tres no consiguen salir del castillo…
—No leerá la carta. Lo tengo presente.
Dicho una vez más y bien masticado, por muy torpe que uno fuera se entendía la intención de Yorna. Vincent había hecho deliberadamente diáfano aquel duelo…
—Un duelo hasta que salgamos del castillo… ¡Al, señorita Medium!
—¡Eso es!
—¡Ajá, ajá!
—¡A la derecha…!
Justo después de recibir aquellas respuestas tan enérgicas, Subaru lanzó aquel grito.
Al oírlo, los dos acompañantes comprendieron al instante su decisión, y tres hojas se alzaron en el aire.
La Guadaña Azul del hombre de un solo brazo y las flexibles espadas gemelas abrieron con furia las zarzas, barrieron la masa que bloqueaba a la vez la vista y el camino, y las tres figuras saltaron fuera de aquel verde.
—¡¿Se cree que le voy a dejar escapar?!
Pero, al dar un paso adelante, lo que le rozó la punta de la nariz a Subaru fue una aguja del grosor de un pulgar.
Aquella aguja, distinta de las zarzas, en el instante en que cruzó su campo de visión le pareció incluso un fragmento de hueso blanco. No era un golpe para contener a Subaru: era un ataque que debía haberle atravesado la sien.
De no haber sido porque Al metió su hoja en la trayectoria de la aguja disparada, habría muerto en el acto.
—¿Zarzas y agujas? ¡¿Es usted un mago de feria?!
—¡Ese es del Clan Jaula de Insectos! ¡Atacan con los bichos que llevan metidos en el cuerpo!
—¡Vaya feria de fenómenos en la que nos hemos metido!
Mientras discutían cosas que no servían de nada, Subaru avanzaba agachado y con la cobertura de Al y de Medium. Adonde se dirigía no era la salida del gran salón.
Si seguían con buenos modales el recorrido, acabarían cosidos como un panal por el ataque furioso de Kafma. Es decir, Subaru y los suyos necesitaban un atajo considerable.
Por eso…
—¡Señorita Medium!
—¡Ea!
—¡Esfuérzate!
—¡Me esfuerzo!
En el instante en que recibió el grito de aliento, y sin exagerar lo más mínimo, todo el cuerpo de Medium vibró y su impulso se acrecentó.
Ella, con la larga melena ondeando, blandió las dos espadas que empuñaba y rechazó con furia las zarzas que se precipitaban con trayectorias complejas y extrañas.
Por supuesto, en ello había también destreza propia de Medium. Pero, además de eso:
—¡Rodilla derecha! ¡Nuca! ¡Y esa cadera tan sexy!
—¡Uh! ¡Tá! ¡Y toma ya!
El grito desgarrador de Al, como si escupiera sangre, le indicó a Medium dónde apuntaba el peligro que la amenazaba. Medium reaccionó al instante y logró detener y desviar las espinas de las zarzas justo antes de que la alcanzaran.
Hasta dónde alcanzaba a ver: la enorme capacidad de supervivencia de Al, que también se había manifestado frente a Arakiya, al parecer se desplegaba no solo en su propio beneficio, sino también en el de los demás.
Beneficiándose de ello, Medium llegó al borde del gran salón. De un tajo destruyó la barandilla de madera, y sus largas piernas, al impulso, volaron la pared.
Abajo, el gran salón de la torre del homenaje, con más de treinta metros hasta el suelo, quedó abierto, y el cielo azul de la Ciudad Demonio se extendió por todo el campo de visión, con el viento recibiendo con brusquedad a Subaru y los suyos.
No era cuestión de jugársela a cara o cruz, ni mucho menos, pero…
—…¡Con tal de salir del castillo!
Yorna pondría la mano en la carta.
Puesto que habían aceptado esa condición, Vincent y los suyos también deberían de detener allí sus ataques. Probablemente. Quizá. Tal vez no fuera un pacto estipulado por escrito.
Pero, sin nada más en lo que confiar, era la única posibilidad…
—…¡Natsumi-cita!
Llamado por Medium, la que había reventado la pared, Subaru echó a correr a todo lo que daba sin importarle el aspecto.
Menudo acierto, por descuido, no haber venido con falda. Por poco, la causa de su muerte habría sido el disfraz de mujer. Tras olvidar incluso recomponer su rostro en aquel trance, Subaru pisó el suelo con fuerza, como si fuera a hundirlo.
Y, alcanzando a Medium, saltó con ella desde la pared hacia fuera…
—Lo siento, pero, en principio, un servidor también tiene que hacer su trabajo, pos.
—¡Cof…!
En el instante, un viejo surgió de la nada frente a Subaru y Medium, y su mano-lanza les atravesó el pecho.
Golpeados por el impacto, se quedaron sin aliento. Al recibir de lleno un golpe de uno de los Nueve Generales Divinos, la conciencia de Subaru se agrietó y, tal cual, amenazó con hacerse añicos.
Sin embargo…
—¡Natsumi-cita! ¡No te ha pasa’o nada!
—¡¿Eh?!
Llamado a voces desde justo al lado, Subaru recuperó la conciencia que estaba a punto de soltar. Al mirarse el pecho atropelladamente, no se veía daño alguno de la mano-lanza de Olbart.
No sangraba ni había rastro de que le hubieran extraído el corazón sin derramar una sola gota.
—¡Vamo’ allá, Natsumi-cita! ¡No te muerdas la lengua, eh!
Agarrando por el cuello de la ropa a Subaru, que daba vueltas de pura confusión, Medium cruzó aquella pared destrozada a zancadas. Y, sin dudarlo, saltó fuera del Castillo Lapislázuli Carmesí… y comenzó la caída.
—¡Uu, aaaah…!
Con un grito agudo, Subaru atrajo a Medium contra sí y se palpó la cintura. Sacó de allí el objeto cuya sensación le era tan familiar y, en pleno aire, preparó el látigo.
No es que hubieran logrado reunir muchas probabilidades de ganar, pero las provocaciones de Yorna, la declaración de guerra a Vincent y, encima, el combate contra Kafma y Olbart habían sido apuestas consecutivas.
Y, puesto que había recogido todas ellas a duras penas, solo quedaba confiar en poder recoger también la última…
—¡Llegaaa…, que me dueleee!
Sujetando la estrecha cintura de Medium, Subaru blandeó el brazo y lanzó el látigo. Su extremo se extendía, no hacia el vacío, sino hacia uno de los andamios que recorrían los distintos puntos de la Ciudad Demonio: aquellos que se extendían por todas partes como telarañas llegaban también a la pared exterior del Castillo Lapislázuli Carmesí.
Enganchar el látigo ahí y usarlo como punto de apoyo para salir de los terrenos del castillo: esa era la mejor jugada, la única que se le había ocurrido a Subaru en medio del caos del salón.
—¡…!
Sintió un tirón enganchado en el brazo, y Subaru enrolló el látigo en su muñeca con todas sus fuerzas. Así, aunque le faltara fuerza de agarre, en el peor de los casos podría sostener el cuerpo a costa de que se le rompieran los huesos de la muñeca.
Lo demás era…
—¿Y Al…? ¡Aaaay!
—¡Perdón!
En el instante en que el látigo se tensó, Al se estrelló con violencia contra la espalda de Subaru. Al parecer, él también había logrado saltar fuera del castillo igual que Subaru y los suyos.
Después de reencontrarse con tanto ardor en el aire, los tres quedaron colgados tal cual, aferrados unos a otros, confiando a un solo brazo de Subaru un peso de más de doscientos kilos.
—¡Guaaaah…!
Mientras suplía con un grito auténtico el alarido del brazo, la muñeca, el codo y el hombro—toda la extremidad derecha—, el cuerpo de Subaru y los suyos trazó un arco fuera del Castillo Lapislázuli Carmesí, con una de las vigas como punto de apoyo.
Y, esperar a que se asentara el rebote para trepar uno a uno por el látigo y subir al andamio era lo mejor. Comparando el tiempo que llevaría y la necrosis del brazo derecho, Subaru apretó las muelas…
—…Ah.
Y, en el momento en que iba a reunir todas sus fuerzas, las voces de Al y de Medium se superpusieron.
Antes de poder comprobar qué era aquello, la carga que gravaba el brazo derecho de Subaru desapareció. …No: en rigor, la carga no desapareció, sino que el andamio al que había enganchado el látigo fue partido.
Por las zarzas que salían de la pared quebrada de la torre del homenaje, por su masa arrolladora.
—¡Uu, aaaah…!
Con un grito que dejaba una estela, los tres, enredados entre sí, surcaron el aire. Subaru y los suyos volaron dibujando una parábola, con el mismo impulso del rebote que había tensado el látigo contra el andamio.

Aunque fuera preferible a lanzarse desde la torre del homenaje, si los estrellaban desde una altura de más de veinte metros, Subaru y Al, físicamente personas comunes, no tenían salvación.
Con un grito agudo, Subaru buscaba como podía una solución. En su mente fueron apareciendo, uno tras otro, los rostros de Emilia, de Beatrice y de Rem…
—…
Y, con un estruendo brutal, atravesando el techo, los tres se precipitaron entreverados sobre la paja de los establos que había al pie del castillo.
4
Desde el gran agujero abierto en la pared del salón, contemplando el exterior, Kafma torció los labios con rencor.
Abajo, con el viento bramando y una nube de polvo, clavó la vista en el edificio donde habían desaparecido las tres figuras que habían logrado escapar del salón… De los fugitivos, ni rastro.
—…
El andamio agrietado se desmoronaba con estruendo, pero, para esperar que sus fragmentos aplastaran a aquellos insolentes, había demasiada distancia.
Sin embargo…
—No pienso dejarlos escapar. Sea como sea, les haré pagar su irreverencia contra Su Excelencia…
—Oye, oye, eso no se hace, pos. Esa gente ha salido adelante gastando todas las cartas que tenía, ¿qué no? Y si nosotros lo pasamos por alto, entonces la cosa tampoco cuadra, pos.
—¡Señor Olbart!
Detenido el pie que iba a lanzar tras los fugitivos, Kafma se giró rechinando los dientes. Ante aquella mirada, el viejo de baja estatura se encogió de hombros con un “uy, qué miedo”.
—¡Y, para empezar, por qué las dejó escapar! ¡Si es usted, señor Olbart, reducirlas habría sido cosa de un instante!
—Esa opinión también se le vuelve a usted en contra, ¿qué no? Y tampoco es que un servidor se estuviera escaqueando. Es que ese muchacho del yelmo usaba una magia muy rara, pos.
—…Aunque a mí no me dio la impresión de ser tan joven.
—Ese detalle déjelo aparte, pos. Es que, para un servidor, casi todo el mundo parece un niño que aún va a gachas; eso se lo digo yo. Desde que usted nació, yo ya era un viejo, pos.
Señalándose a sí mismo, Olbart torció en una sonrisa su rostro lleno de arrugas. Ante aquella actitud tan desenfadada, Kafma se dispuso a insistir, pero Olbart se le adelantó con un “y otra cosa”:
—A lo mejor se le ha olvidado, pero un servidor, como ve, también tenía que estar atento a la muchacha zorro de ahí, ¿qué no? Porque no hay manera de saber cuándo va a enseñarle los colmillos a Su Excelencia, pos.
—General de Primera Clase Yorna… Cierto, he sido temerario.
—¡Ja, ja, ja! Si lo entiende, ya está bien, pos.
Habiéndoselo señalado, Kafma bajó la cabeza como avergonzado de haber perdido los estribos. Ante aquel intercambio entre el joven y el viejo, Yorna, a la que acababan de nombrar como individuo peligroso, se llevó la mano a los ojos.
—Qué mundo tan duro este, a fe mía. Hablar de una mujer frágil como yo como si fuera una bestia peligrosa… Jamás me habían humillado así, a fe mía.
—¡Con qué cara lo dice…!
Ante el fingido llanto con que se burlaba de él, la ira de Kafma se dirigió hacia Yorna. Pero ella emitió un “ju, ju” de risa ante aquella mirada y bajó despacio la mano que tocaba sus ojos.
Sin más, se llevó la pipa a la boca, aspiró bien de humo violáceo y lo exhaló con un gran “fuu”… Y aquel humo, ondulando, se encaminó hacia el agujero de la pared.
Y, cuando el humo violáceo que flotaba llegó al gran boquete, obró en él un cambio asombroso.
Era el espectáculo de la pared destruida restaurándose despacio, como si de una ilusión se tratara.
La madera empleada en la zona abierta de la pared del derruido Castillo Lapislázuli Carmesí se removía y se recompuso igual que sana una herida en un ser vivo. Un arreglo de un edificio que, aun siéndolo, daba una impresión más de criatura viva que de cosa inerte: algo extraño e inasible.
—Y con esto queda como nuevo… Y usted, señor, vuelva a ponerse de buen humor, si me hace el favor.
—…Así que este es el poder de la General de Primera Clase Yorna…
—La razón por la que nadie puede meter mano a la Ciudad Demonio con ligereza… Aunque lo peligroso de esta mujer no se limita a eso, ni mucho menos.
Con la pared exterior reparada, Yorna se contoneó y sonrió; ante ella, Kafma contuvo el aliento.
Quien complementó su estremecimiento fue Vincent, que no se había movido un ápice durante todo el alboroto anterior. El hombre que ocupaba la cima del Imperio echó un vistazo a la pared, fijó luego el foco en Yorna y dijo:
—Aquellos han salido de este castillo. Han cumplido, pues, la condición que tú y yo planteamos.
—Justo, a fe mía. Y, siendo así, quedaría un tanto feo por nuestra parte echar por tierra todo su esfuerzo. Su Excelencia lo entiende, ¿verdad?
—…
—Por supuesto, yo también deseo respetar los designios de Su Excelencia, a fe mía. Pero no lo olvide…
Dicho esto, mirando fijamente al callado Vincent, la dueña de la Ciudad Demonio, Yorna Mishigure, que no había intentado enderezar en ningún momento la postura desenfadada que mantenía ante el emperador, sonrió.
—Esto es la Ciudad Demonio, mi ciudad… La espada de aquel mozalbete azul tampoco llega hasta mí, a fe mía.
Aquella declaración, apropiada para la soberana de la Ciudad Demonio, era inapropiada para dirigirla al emperador.
Frente al emperador de Vollachia, que hacía valer su dominio sobre todo el Imperio, comportarse como si el derecho de dominio de uno—aunque fuera el de una sola ciudad—estuviera por encima no era ya cuestión de irreverencia.
Sin embargo, nadie refutó las palabras de Yorna Mishigure.
Porque, al margen de si lo que decía era cierto o no, todos sabían que era un hecho.
Que en esta Ciudad Demonio de Chaosflame, Yorna Mishigure poseía un poder absoluto.
Por eso…
—Les concederé el plazo de una noche.
Considerarlo una derrota del emperador de Vollachia solo demostraría saber demasiado poco de la previsión de aquel emperador. Y, por otro lado, las muchas maquinaciones que él urdía en el fondo de sus negras pupilas no eran algo que pudiera atisparse con facilidad, ni siquiera para quienes le servían de cerca.
Solo quedaba confiar en que en las palabras de Vincent no hubiera ningún yerro.
—Se lo agradezco. En ese caso, yo también podré tomarme tiempo para examinar la respuesta a la carta, a fe mía.
Con una deferencia que se quedaba solo en las palabras, sin mostrar en su actitud ni en su expresión un ápice de mansedumbre, Yorna respondió así, con el permiso de Vincent.
Puesto que Vincent lo había aprobado, ya no cabía volver sobre aquel tema.
—Pero su actitud es intolerable. Yo lo diré cuantas veces haga falta.
—Ju, ju. Si me mira con esos ojos tan terribles, no podré dejar de temblar. Señor Olbart, ¿no hace algo al respecto?
—¿Y me salpica a mí? Un servidor es un viejo con los días contados, pos; tratar con cariño a los viejos es obligación de los jóvenes, ¿qué no? Ah, ¿y si resulta que acabo de encontrar la excusa más poderosa para sacarle buena voluntad a casi todo el mundo? ¿Será que llega mi momento?
—¡Señor Olbart!
Ante el modo burlón de hablar de Olbart, Kafma alzó la voz con la ira a la vista.
Haciendo ondular el humo que se tendía desde la pipa, Yorna lo contemplaba con una sonrisa. Ante el porte de aquellos “generales”, Vincent entornó los ojos y resopló por la nariz.
Después, el emperador volvió la cabeza y miró al último de sus acompañantes: al que, a diferencia de Kafma y de Olbart, se había movido aún menos que el propio Vincent.
—Muy callado has estado. No es propio de ti.
—…Cierto. Aunque, bueno, es que había por aquí alguien con quien toparse resultaría engorroso.
Quien así respondió fue una voz de hombre joven, con una sonrisa amarga de por medio.
El hombre se cubría por completo la cabeza con una túnica azul, y procuraba no mostrar la cara a los demás. Eso en sí era algo habitual en él, pero el hecho de apretarse el cuello de la túnica más que de costumbre parecía relacionado con alguno de los invitados presentes. Y, además, del tipo de los que es mejor no reencontrar.
—Yo, en esta Ciudad Demonio, me voy a quedar como una almeja… Las estrellas también parecen desearlo.
—¿Que lo desean las estrellas? Qué sandez.
—Llamarlo sandez es demasiado cruel.
El hombre, encogido de hombros, sonrió con amargura ante las palabras cortantes de Vincent.
Y, con aquella sonrisa amarga, prosiguió:
—Si de veras Su Excelencia menospreciara los deseos de las estrellas, un servidor cree que no se habría tomado la molestia de venir hasta un sitio como este.
—Insensato, ¿vas a hablar como si conocieras mi interior?
—De ninguna manera.
Ante Vincent, que había cruzado los brazos y bajado un punto el tono de voz, el hombre se encogió un poco.
Y, apartando la vista del hombre—del “Contemplador de Estrellas”—, Vincent entornó sus pupilas hacia el cielo del otro lado de la ya cerrada pared, donde habían desaparecido los tres rebeldes.
Y entonces…
—…Eso de los deseos de las estrellas es una sandez.
Sí: un murmullo que nadie oyó, apenas susurrado dentro de su boca, y que se apagó.
5
—¡Cof! ¡Cof, cof! ¡Puaj!
En medio del polvo espeso que se levantaba, Subaru tosía y obligaba a sus pulmones a trabajar con desesperación.
Parecía haberse golpeado con fuerza la espalda y las piernas, pero, milagrosamente, no tenía heridas graves. Al ver el desastre de andamios derrumbados y fragmentos de edificios por todas partes, era una suerte como para palidecer.
—Pero no es momento para decir eso… ¡Señorita Medium! ¡Al!
—A-aquí estoy… ¡Ay, ay, que dueleee~!
Sacudiendo la cabeza, llamó de inmediato a los dos que debían de haber estado junto a él. Y, al punto, llegó una respuesta desde debajo de unos escombros justo al lado: Subaru los apartó atropelladamente y sacó a rastras a la persona que buscaba.
Medium, que había quedado sepultada, tosió un “ejem” y abrió mucho los ojos.
—Uuaa, ¡creí que me moría! ¿Natsumi-cita está bien?
—Yo, a duras penas. Gracias a que usted y Al me protegieron… ¿Y sus heridas, señorita Medium? ¿Le duele algo?
—¡Jiji, ji, qué cosquillaaas~! ¡Estoy bien, estoy bien! ¡Que estoy hecha un roble!
Al comprobarle el hombro y la espalda, Medium se retorció y lo empujó por el pecho con las manos.
No era bravuconería ni mentira: al parecer, ella tampoco tenía heridas visibles. Podía pensarse que ambos habían gozado de una suerte descabellada, pero…
—¿Y Al…?
En busca de Al, que no había respondido, Subaru recorrió con la vista cuanto lo rodeaba.
Con el polvo por fin asentándose en su campo de visión, resultó que el lugar en que Subaru y los suyos habían irrumpido era un establo vacío. Aquel edificio, situado detrás del Castillo Lapislázuli Carmesí, al parecer era un almacén con paja apilada para los Caballos Vientogalope.
Gracias a que aquella paja les había servido de colchón, se habían librado de una muerte desastrosa por caída.
—¡Ahí está! ¡Alcito!
Y, al lado de Subaru, que recorría con la mirada el interior en penumbra, Medium exclamó aquello.
Lo que señalaba era una carreta volcada por el impacto de la caída. Con la paja esparcida por el suelo del establo, entre los dos rescataron a lo que se removía debajo.
Al poco, un grueso brazo se estiró desde debajo de la paja, y lo izaron de un tirón…
—¡Ay! ¡Se me va a arrancar también el brazo derecho!
—¡No tiene nada de gracioso!
—¡Pero Alcito también está vivo! ¡Qué grande!
Reprendió a Al por su broma nada graciosa, pero, aun así, las palabras de Medium lo tranquilizaron.
Sacado del montón de paja, el aspecto de Al era espantoso. A diferencia de Subaru y Medium, que milagrosamente se habían quedado en contusiones y rasguños, el cuerpo entero de Al presentaba numerosas heridas cortantes y cardenales amoratados.
Las zarzas de Kafma y, aunque fuera por un momento, haber contenido a Olbart. Al final, cuando se echó encima de Subaru y los suyos, por su posición también había sido el más expuesto a la persecución del enemigo.
…Cada una de las heridas que él había recibido era, en origen, una herida que deberían haber recibido Subaru y los suyos.
—Oye, oye, ¿a qué viene esa cara tan lúgubre, hermano?
—Eso es…
—Si me pones esa cara, mis heridas de la espalda no habrán servido de nada. Es una vergüenza para un espadachín, ¿sabes?
Girando los hombros con desgana, Al soltó una impertinencia como para animar a Subaru.
Ante aquella actitud, Subaru se quedó sin aliento y, acto seguido, asintió con un “tiene razón”.
Al se comportaba con despreocupación, como si todo le fuera ajeno, pero el empeño que había puesto en aquel combate tenía como única causa su sinceridad hacia Subaru.
Había comprendido los objetivos de Subaru y le había prometido su ayuda.
Y, por eso, el hombre llamado Al había acompañado a Subaru incluso en una batalla a vida o muerte.
—…Le había malinterpretado a usted.
—¿Ah?
—Pensaba que era usted un despreocupado que todo lo tomaba a la ligera y no se tomaba nada en serio, un tipo poco fiable.
—Oye, oye.
—Pero usted ha puesto en juego su vida por mí…Y eso no lo voy a olvidar.
Llevándose la mano al pecho postizo, le declaró a Al una determinación auténtica.
Sin él, el Natsuki Subaru de este instante no habría sobrevivido. Así que, de aquí en adelante, Natsuki Subaru combatiría sin olvidar la deuda contraída con Al.
Aunque en el instante siguiente le llegara el fin de su vida…
—Natsumi-cita, Alcito, si siguen remoloneando mucho…
—Sí, lo sé. No puedo desperdiciar tan tremendo sacrificio por parte de Al.
—¡¿Y cuándo me he sacrificado?!
Incitado por Medium, Subaru, que se había limpiado la cara con la manga, respondió con firmeza.
Aunque se hubieran librado de morir en la caída, aún era pronto para estar tranquilos. Podía decirse que habían cumplido la condición planteada por Yorna y Vincent, pero no tenían la certeza de que Kafma y Olbart fueran a retirarse.
—Salgamos de aquí ahora mismo. Nos ocultamos y esperamos la respuesta de ellos…
—…Eso no es motivo de preocupación.
—¡…!
Cuando, sosteniendo a Al, se disponían a salir, les llegó aquella voz.
Subaru se sobresaltó y le soltó; Al, al que estaba apoyando por el hombro, cayó de espaldas con un “¡guo!” de grito. Pero no había margen para ocuparse de él.
De pie en la entrada del establo, había una figura que los miraba fijamente, y a la que tenía que hacer frente.
—Usted es…
—Perdone la tardanza en saludar. Soy Tanza, criada de Yorna Mishigure.
Quien, diciendo esto, se inclinó con toda corrección era una persona de kimono y cuernos de ciervo característicos: la muchacha Ciervo que había estado al lado de Yorna.
La muchacha que se había presentado como Tanza alzó despacio la cara y, encarando a Medium, que se había puesto delante como protegiendo a los demás, negó con la cabeza.
—No hace falta que se pongan en guardia. Yo no voy a causarles ningún daño.
—¿De ve’dad? Pero es que hemos destrozado el establo y la pared del castillo, ¿eh?
—Tanto el castillo como el establo, la señora Yorna los reparará… La señora Yorna los ha reconocido a ustedes como mensajeros. Ya nadie va a ponerles la mano encima.
Tanza añadió aquello, despejando la inquietud de Medium. Ante sus palabras, las cejas de Medium bajaron por el alivio, pero la impresión de Subaru fue exactamente la contraria.
Dejando aparte el punto de que Yorna reparara la pared y el establo, lo que venía después era el problema.
—Decir que nadie va a ponernos la mano encima es mucho decir. Nosotras sabemos de sobra que quien estaba allí es Su Majestad el Emperador.
No tenía buena presencia escudado tras la espalda de Medium, así que Subaru se puso a su lado. Y la muchacha, con sus ojos grises, miró fijamente a Subaru, que acababa de ponerse delante.
Pese a su lindo rostro, era una muchacha que no dejaba asomar sus emociones. Para una aprendiza, la simpatía también debía de ser obligatoria, pero en su porte había algo que recordaba a una muñeca.
—En mayor o menor medida, nosotras somos quienes atentamos contra Su Majestad el Emperador… ¿Y dice que sus acompañantes van a dejarnos escapar? ¿Que la señora Yorna les ha obligado a aceptarlo?
—Sí. En esta Ciudad Demonio, nadie puede ir contra la señora Yorna. El señor Vincent también lo sabe, me parece. Por eso…
La respuesta de Tanza, dicha con calma, pero con una convicción absoluta. Privado de las palabras con que iba a proseguir tras aquella convicción, Subaru se quedó atónito; y ella, entonces, le señaló el techo con el dedo.
Desde el techo roto del establo se veía la imponente figura del Castillo Lapislázuli Carmesí. Pero su intención no apuntaba al castillo.
—Y esos escoltas no vienen… Parece que puedo creer en esa fuerza coercitiva.
—El señor Vincent también se marcha. La respuesta a la carta la dará mañana.
—…Entendido.
—Entonces, vuelvan a casa con cuidado.
Al recibir la respuesta de Subaru, que suspiraba, Tanza hizo una reverencia y, tal cual, les dio la espalda a los tres.
Habría cumplido con exactitud el trabajo mínimo indispensable y volvería junto a Yorna. De pronto, a aquella espalda que se alejaba, Subaru la llamó: “Señorita Tanza”.
Detuvo el paso y se volvió, Tanza. Mirando aquel rostro inexpresivo como el de una muñeca:
—Para usted, ¿qué clase de persona es la señora Yorna?
La razón de su pregunta era que Subaru no acababa de hacerse una idea de Yorna.
Sin saber que era un impostor, la manera en que ella trataba a Vincent tenía que ser la misma con que trataba al emperador Abel. Aquel comportamiento que traspasaba la irreverencia y la falta de respeto; pensaba que, solo por ser alguien de poder, pasar por alto aquello no sentaría un buen precedente; pero la razón de adoptar tal actitud era un misterio.
Lo que Yorna sentía por Abel, ¿era afecto o enemistad?
Si deseaba tenerla de su parte, necesitaba saberlo. Por eso…
—Lo que quiero es oír a quien está a su lado. Su impresión de Yorna Mishigure.
—Es una persona de profundo amor. Ama a los aliados y odia a los enemigos… La amante de todos los que viven en la Ciudad Demonio.
Tanza respondió sin vacilar, y en sus pupilas, por primera vez, asomó una emoción tenue.
Aquella emoción, extinguida en un parpadeo, a los ojos de Subaru pareció albergar un leve calor, y no pudo añadir nada más.
Sin poder añadir nada, no le quedó sino ver marchar la espalda de aquella muchacha.
—…
En cuanto a si había obtenido la respuesta que ansiaba, lo cierto era que no.
Solo se le había ahondado la impresión incomprensible sobre aquella persona llamada Yorna. En las palabras de Tanza no había percibido mentira. Pero, aunque le dijeran que Yorna tenía un amor profundo, no podía creerlo con facilidad.
Al fin y al cabo, desde que habían llegado a la Ciudad Demonio, Subaru y los suyos no habían dejado de ser zarandeados.
—Vaya, vaya, se ha ido… ¿Y nosotros qué hacemos?
—…¿Qué vamos a hacer? No queda otra que volver. Ahora mismo no hay más remedio que creer en el mensaje de la señorita Tanza y esperar la respuesta de mañana.
En el establo ya sin Tanza, volvió a prestarle el hombro a Al, que seguía sentado en el suelo.
Aguantando su peso con firmeza, Subaru alzó una vez más la mirada hacia el Castillo Lapislázuli Carmesí.
—Un castillo tan llamativo que arrebata la vista… ¿Esto también forma parte de lo “Extravagante”?
Mientras murmuraba aquello, Subaru comprendió que las palabras de Tanza de antes eran ciertas.
El castillo, que se matizaba en una compleja y extraña policromía con rojo dentro del azul, tenía en su torre del homenaje un gran boquete que, en algún momento, por más que se esforzara la vista, ya no se encontraba: había desaparecido sin dejar rastro ni sombra.
6
—Ya veo. Así que aquel había aparecido.
—¿No tiene nada más que decir? ¿Como “lo siento” o “perdón”?
Tras volver a la posada a duras penas, Abel recibió el informe del desenlace de la entrega de la carta. Subaru arrugó el rostro con creces ante su primera frase y se le acercó con rencor.
Pero Abel, con la máscara de oni puesta, le apartó con la palma la frente a Subaru, que se le venía encima, con aire de fastidio:
—¿Por qué habría yo de disculparme? Ustedes lo han hecho bien. Justo ahora iba a reconocerlo: “gran servicio”.
—¡“Iba a reconocerlo”! ¡“Iba a reconocerlo”! ¡Esa manera de decirlo es mirarnos por encima del hombro! ¡Y no necesito que me reconozca nada: solo hice lo que hacía falta! ¿Verdad, Al?
—¿También me va a salpicar a mí? Libéreme, por favor.
Protestaba con furia contra el insatisfecho Abel, y Subaru buscaba el apoyo de Al. Sin embargo, Al, convertido en un hombre vendado tras recibir las curas de Taritta, solo hacía un gesto vago con la mano.
Un yelmo negro y vendas por todas partes: el surrealismo de aquel atuendo no conocía límites.
—Pero me alegro de que Natsumi y Medium estén bien. También pensé que debería haber ido con ustedes, y estaba muy preocupada.
—¿Lo ha oído? Esta es la reacción correcta. Y usted, como emperador, ¿no debería tomar ejemplo de la señorita Taritta, que va a heredar el puesto de jefa?
—No diga eso, por favor, que me muero…
Ante Subaru, que disertaba sobre la actitud que debía tenerse desde una posición de mando, Taritta, nombrada como modelo, negaba con la cabeza mientras palidecía por completo.
Era la actitud de quien lo consideraba demasiado osado, pero, para Subaru, resultaba sumamente frustrante. ¿No habría nadie adecuado para escarmentar a Abel?
En momentos así, le daba lástima su propia condición, que solo le permitía combatir con el esfuerzo ajeno.
—¡Uu! ¡Auu!
—¡Ah! ¡Ruyita, he dicho que no! ¡Es que Natsumi-cita y los demás están hablando de cosas importantes!
Y quien enturbiaba así los pensamientos de Subaru era un grito agudo que llegaba de la habitación contigua.
En efecto, en la puerta que comunicaba con la pieza de al lado, Ruy y Medium forcejeaban. Como era de esperar, Ruy no podía oponer resistencia a Medium: era un combate de sumo entre una adulta y una niña.
Al punto, Ruy fue cargada en brazos y su figura desapareció de nuevo en la habitación de al lado.
—¡Aa-uu!
—Pero bueno, ¿qué le pasa? Desde que hemos vuelto no hace más que revolotear a mi alrededor.
—Al final, resulta que a quien más ha tomado cariño es a ti, hermano. A mí no me mira ni de reojo. Tampoco es que quiera que me tome cariño, ¿eh?
A Subaru, que suspiraba, le refunfuñaba Al, convertido en un disfraz de Halloween mal hecho. A su lado, Taritta se secaba la frente con satisfacción, pero su sentido estético también tenía lo suyo. Seguro que podía congeniar con Emilia y con Beatrice y competir con ellas encarnizadamente.
Y, al pensar en las dos, de nuevo sintió que se le oprimía el pecho de añoranza… No: no eran solo ellas; añoraba a todos los que estaban al otro lado de la frontera.
Llevaba ya unos veinte días desde que a Subaru lo habían lanzado a Vollachia.
Como allí estaban Beatrice y Ram, al menos sabrían que él seguía a salvo. Pero, al no tener más información, ellas también estarían preocupadas.
Quería abrir cuanto antes un camino para reunirse con Emilia y los demás.
—Y, aun así, este hombre enmascarado no dice ni las cosas importantes…
—Hum, llamarme a mí “el enmascarado”, nada menos. Y si yo soy el enmascarado, ¿qué son ustedes? ¿El insensato y el bufón, quizá?
—Y además estamos hechos un disfraz de Halloween mal apañado.
Al acertó de pleno el pensamiento interior que Subaru había tenido un momento antes. Ante sus palabras y la pulla de Abel, Subaru rechinó los dientes con rabia.
El disfraz de mujer de Subaru era solo por utilidad práctica; agradecería que no lo metieran en el mismo saco.
—¡En cualquier caso! En el castillo sí pudimos ver a la señora Yorna, pero a cambio también a la comitiva del emperador… Eso era su doble, ¿verdad?
Dando una palmada, Subaru forzó el cambio de rumbo de la conversación.
Ante aquel brusco giro temático, Abel asintió con un “ah” sin quitarse la máscara de oni.
—De quienes solo imitan el aspecto puede haber muchos, pero, si hay alguien capaz de representarme a mí, es uno solo… Chisha Gold.
—Chisha Gold… Uno de los Nueve Generales Divinos. Creo que es la “Araña Blanca”, ¿no?
—Eso es. Es agudo y se le da bien mandar grandes ejércitos. Y, además…
—…Es el primero que traicionó a Abelito.
Abel, sentado en la cama, corroboró en silencio la última apostilla de Al.
El primero de los Nueve Generales Divinos traidores, y un hombre en quien Abel habría confiado profundamente. Ese ocupaba el trono imperial como doble de Abel …No: usurpando su lugar.
—Chisha… ¿Con qué propósito cree usted que el falso emperador ha venido a esta Ciudad Demonio?
—Él también debe de entender las condiciones de victoria en la pugna conmigo.
—Entonces, ¿también ellos buscan tener de su parte a Yorna Mishigure?
—Eso es difícil de creer. Que Yorna Mishigure… que esa mujer preste oído a persuasiones y negociaciones: él no es tan temerario como para pensarlo.
—…¿Entonces, a qué ha venido?
—No hay duda. …Contando con que yo vendría a la Ciudad Demonio.
Al oír aquella respuesta de Abel, Subaru, sin entender nada, se llenó la cabeza de signos de interrogación.
Al, igualmente desconcertado, levantó la mano con un “Abelito” y preguntó:
—¿Que el falso emperador de allá contaba con que Abelito vendría a Chaosflame? ¿Lo dices en serio? Porque, si es en serio, estamos en un aprieto.
—Aquel sigue mi pensamiento con bastante precisión. Para empezar, el lugar al que podía saltar desde el trono, el desarrollo de un asedio a una ciudad fortificada, el despliegue de los Nueve Generales Divinos… No es difícil llegar a la conclusión de que la Ciudad Demonio es un punto clave.
—¿Y, sabiéndolo…? No, ¡¿acaso…?!
Mientras procesaba las palabras serenas de Abel, Subaru abrió mucho los ojos de golpe.
—¿Acaso usted contaba con que nosotras y el falso emperador nos topáramos? Y, para evitar encontrarse con él directamente, se quedó usted solo en la posada…
—Insensato. ¿Qué sentido tendría hacer algo así? Reducir las piezas propias de ese modo echaría a perder la línea de victoria incluso en un Shatranj ya ganado.
—…Eso, en efecto, creo que es cierto, pero…
Si había algo que no cuadraba, era solo el punto de que Abel diera un paso que lo perjudicaba.
Ese era el mayor y único problema y, mientras no lograra refutarlo, la hipótesis de la conspiración del Abel malévolo que Subaru había concebido no podía despacharse más que como lo que era, literalmente: una teoría de la conspiración.
En cualquier caso…
—¡Entonces! Volviendo al tema, ¿qué significa todo esto? El falso emperador sabía que no podía ganarse a la señora Yorna. Y, aun así, apareció en la Ciudad Demonio porque usted vendría…
—Adelantarse y hacer fracasar el acuerdo entre Vincent Vollachia y Yorna Mishigure. ¿Crees que yo, que aparezco después, podría subir con facilidad a la torre del homenaje del Castillo Lapislázuli Carmesí?
—Ah, ya veo… Vaya, o sea que el tipo tiene la cabeza muy retorcida, ¿eh?
Ante Al, que asentía como si lo hubiera entendido, Subaru también se quedó sin palabras y le dio la razón.
Por fin Subaru comprendió la intención de Abel. Es decir, que el objetivo de Vincent era dejar a Yorna flotando como un voto nulo: ni enemiga ni aliada.
Y, para ello, había acudido él mismo al castillo y había planeado la ruptura definitiva de las negociaciones con el emperador.
—…Entonces, si hubiéramos llegado un día más tarde…
—Su plan se habría cumplido. Por eso iba a decirlo: “gran servicio”.
—…
Con los ojos muy abiertos, Subaru lo miró fijamente.
Es decir, ¿que el intercambio anterior había sido su manera de elogiarles de veras? Si era así, había un límite para lo malo que era un jefe felicitando a sus subordinados.
—Aunque yo me he esforzado mucho… ¡Y Al y la señorita Medium también!
—¿Ah? Ah, sí, es verdad. Menudo esfuerzo el nuestro.
—Ya ves. ¡Y la declaración de Natsumi-cita estuvo requetebién!
Habiendo superado juntos la línea de la muerte, los tres, con su cohesión reforzada, se elogiaban unos a otros. Que Taritta, dejada de lado, se viera algo solitaria, a diferencia de Abel, a Subaru le pareció digno de lástima.
—Pero hay muchas cosas que me habría gustado que me comunicara de antemano. Por ejemplo, que la señora Yorna le guarda cierto afecto a usted.
—Ah, eso también iba a decirlo yo. Hazme un favor, Abelito. Que seas guapo de nacimiento no tiene remedio, pero, ya que lo eres, paga el impuesto de guaperas.
—No entiendo absolutamente nada de lo que dices, bufón. Y tú también estás equivocado.
—¿Equivocado, cuando hemos visto el intercambio con nuestros propios ojos?
Intercambio real, sí, aunque fuera el de Yorna y Vincent: era un hecho que ella le había dirigido miradas de provocación y de seducción.
Sin embargo, ante la insistencia de Subaru y de Al, Abel suspiró hondo y:
—Aquella a la que Yorna Mishigure inclina sus sentimientos no soy yo. Es el emperador de Vollachia.
—…Y eso es usted, ¿no? No me diga que ahora va a salir con que el impostor es usted y el emperador de allí el auténtico.
—Insensato. No lo tomes al pie de la letra. Es cierto que yo soy el emperador de Vollachia, pero “emperador de Vollachia” no significa solo yo. Ha habido y habrá emperadores de Vollachia en el pasado y en el futuro.
Ante la explicación de Abel, bien desmenuzada, Subaru abrió mucho los ojos. A su lado, Al soltó también un “ohhh” de voz boba, y dijo:
—O sea, que el objetivo de Yornita es el dinero y la posición de Abelito, ¿no?
—Ella tampoco contará los detalles, pero puede darse por seguro que, a grandes rasgos, es eso. Lo que desea es la cima del Imperio… el puesto de concubina favorita del emperador de Vollachia. No es necesario que sea yo.
—…Qué pena me da, la verdad.
—No me compadezcas por tu cuenta en una historia que te has montado tú solo.
En cierto sentido, ¿habría que llamarla una condición amorosa sin sentimentalismos?
La concubina del emperador; es decir, al parecer el objetivo de Yorna era convertirse en la esposa del emperador. En efecto, en aquella posición, aunque no llegara a ser emperadora, podría dominar el Imperio tanto en poder como en riqueza.
Que solo gobernar la Ciudad Demonio de Chaosflame no bastaba para colmar la codicia de aquella hermosa mujer zorro.
—Con lo que acaba de contar, ¿qué escribió en la carta?
—Bueno, algo como que, cuando se ponga de nuestro lado, la harás tu esposa, ¿no? Creo que es el método más rápido, y además es guapa.
—¿Y era una persona de un carácter tan llevadero como para compensar lo guapa que es…?
Aunque se pudieran tolerar ciertos problemas, también había un límite. Priscilla y Yorna eran hermosas, sin duda, pero Subaru no aceptaría casarse con ninguna. No le llegarían las vidas.
—No tengo intención de revelar el contenido de la carta. Pero no será una respuesta que defraude sus expectativas. Eso sí se lo garantizo.
—Y una garantía solo se sostiene con confianza… Ah, no, dejémoslo. No sirve de nada decirlo. ¡Fuera, fuera!
Dando palmadas con ambas manos, Subaru puso punto final al tema a la fuerza.
Ante aquel desenlace insatisfactorio, Abel puso cara de desagrado, pero Subaru, con un “por cierto”, aprovechó para mirar hacia Al y cambiar de asunto:
—El general divino que estaba allí se llamaba Olbart, ¿verdad? El “Anciano Cruel”.
—Ya. Yo también he visto unas cuantas cosas bien peligrosas, y ese es de los más peligrosos.
—¿Cree que ese peligroso anciano ya ha sido captado por el bando contrario? En ese caso, ya les habrían quitado a Arakiya, a Chisha y, encima, a un tercero.
De los Nueve Generales Divinos, los que había que asegurarse eran la mayoría: cinco.
Y, sin embargo, mientras Subaru y los suyos todavía se atascaban con el primero, al otro lado ya se habrían reunido tres de los Nueve Generales Divinos.
Por cierto, al parecer Olbart es el “Tercero” y Chisha el “Cuarto”: un monopolio de los primeros números, la verdad.
—Es una preocupación natural, pero no llega a tanto. Es probable que Olbart no se haya unido al bando de ellos. Por ahora no hace más que obedecer las órdenes del emperador en tanto que general divino.
—…¿En qué se basa?
—En que Olbart Dunkelkenn es también un hombre al que no se puede leer del todo. A Arakiya se la puede mover como uno quiera con unas cuantas palabras, pero embaucar a Olbart no es cosa fácil.
—A fin de cuentas, ¿no viene a ser que no controlaba en absoluto a los generales divinos…?
Es decir, que, puesto que era alguien a quien él mismo no había logrado llevar de la rienda, tampoco lo estaba llevando el doble que había usurpado su lugar: en eso desembocaba la cuestión.
No era cosa de alegrarse, ni mucho menos, y el futuro empezaba a resultar inquietante.
—Entonces, ¿hay margen para hacer de ese tal Olbart un aliado?
—Por supuesto, para sentarlo a una mesa de negociación hacen falta materiales adecuados. También él es un viejo zorro indomable. Cuando vea la situación con claridad, sopesará a qué lado inclinarse.
—…Ahora que lo dice, Al lo conocía, ¿verdad? ¿Qué relación tienen?
Si buscaban margen de negociación con Olbart, el más prometedor era Al, pensaba Subaru.
En la conversación entre Al y Olbart en la torre del homenaje se había vislumbrado esa posibilidad.
—La Isla Solitaria de los Gladiadores, ¿era? Al parecer, usted contribuyó a resolver el incidente que ocurrió allí…
—Ah, sí, sí. Aunque tampoco es que tenga nada que añadir, ¿eh? Hace ocho años, cuando yo todavía era un gladiador de Vollachia, me vi envuelto en una rebelión que estalló en la isla. Los gladiadores de la isla tomaron como rehén a un Alto Conde que estaba presenciando los combates y exigieron su liberación.
—Suena a algo bastante grave… ¿Y eso lo hizo usted?
—En rigor, lo hicimos yo y la señorita Arakiya, que por entonces todavía era una cría. Y también el Alto Conde, que se suponía que era el rehén, pero… Los detalles, otro día.
Al dejó borrosa la segunda mitad de la historia y se rascó el cuello con incomodidad. Parecía ser algo difícil de contar, pero, aun quitando los detalles ocultos, se podía entender el conjunto.
La rebelión de la Isla Solitaria de los Gladiadores y la recompensa de ocho años después. Valiéndose de ello, Al les había hecho cumplir su objetivo.
Poniendo en juego su propia vida, por el único propósito de cooperar con Subaru.
—Quién me iba a decir que aquello acabaría siendo una preparación tan grandiosa. Tengo que agradecérselo al yo sin ganas de entonces.
Al se reía con ganas, de buen humor, y al parecer no tenía intención de hacer sentir más obligado a Subaru.
La gratitud de Subaru hacia aquella consideración y el asentimiento convencido de Abel, con un “así que es eso”, fueron simultáneos.
Abel tomó con los dedos la barbilla de su máscara de oni, la levantó con suavidad para mostrar su verdadero rostro a Al y dijo:
—En los disturbios de justo después de mi ascenso, oí que hubo un gladiador que trabajó en la Isla Solitaria de los Gladiadores. También oí que no pidió recompensa… ¿Así que ese eras tú, bufón?
—Eso parece. Y, más que eso, lo que me da escalofríos es que llegara a oídos del emperador y que él lo recordara bien. Seguro que también se acuerda de todas las bromas del viaje.
—Gran servicio… Recompensaré tus méritos. Pase lo que pase.
—Oh…
Las palabras de Abel, mostrando su verdadero rostro, eran pesadas y estaban revestidas de una sinceridad inquebrantable.
“Recompensa y castigo”: aquel principio suyo hacía que, una vez más, aflorara en él la cara del emperador. Con quien acumulaba méritos y no pedía recompensa, la ciencia del gobierno de Abel no tenía piedad.
Al tampoco lograría escapar esta vez sin recibir la suya.
—En cualquier caso, ahora que la carta está entregada, no queda más que esperar la respuesta de mañana.
—Sí, eso es verdad. Por nuestra parte ya no se puede hacer nada más… De todos modos, según la criada de la señora Yorna, tampoco van a dejar que la comitiva del falso emperador nos ponga la mano encima.
—Si es palabra de Yorna Mishigure, no hay motivo para dudarlo.
La garantía de seguridad que les había transmitido Tanza, también Abel la aceptó sin vacilar. Tras aquello parecía haber asuntos que Abel aún no había contado y que Subaru y los suyos no conocían.
—Aunque yo le dijera que me los contara…
—La selección de la información que doy la hago yo. La información a la que puedes acceder es la que puedes conocer sin que haya problema… Al menos, por ahora.
—Por un tiempo…, ya.
Por un instante, el tono de Subaru volvió a su voz natural, y él mismo se reprendió por la discordia que le había nacido en el pecho.
Despachar esto de Abel tachándolo de falta de cooperación es fácil. Pero Abel tampoco desea su propia derrota. Igual que Subaru hace lo posible por dar lo mejor de sí, Abel también da lo mejor de sí.
Solo que su método no va al mismo paso que el de Subaru, que quiere decirlo todo con palabras.
—Entonces, ¿por hoy ya está todo? Por suerte hemos salvado la vida y eso nos lleva al mañana. Y, de propina, hemos desbaratado el objetivo del rival: como resultados, no está nada mal.
Para romper aquel aire delicado entre Subaru y Abel, Al habló en voz alta.
Recogiendo aquella consideración, Subaru asintió con un “tiene razón”.
Aunque se habían topado con un imprevisto, el primer paso para conquistar a Yorna Mishigure se había dado con la mejor jugada gracias a Al y a Medium. Solo quedaba esperar el resultado de mañana.
—…La verdad es que estoy agotada.
En cuanto concluyó que ya no podía hacer nada más hoy, el cuerpo se le volvió pesado.
Al deshacerse la tensión, el cuerpo habría tomado conciencia del cansancio. Un viaje largo apenas terminado, subir al castillo enseguida, el encuentro con la comitiva del falso emperador, la audiencia con Yorna y, para colmo, el gran combate final.
—Sueño… Aunque no puedo dejar sin mantenimiento el látigo…
Sujetándose la cabeza, que le daba vueltas, Subaru lo murmuró con la conciencia nublada.
Al verlo así, Taritta le sostuvo el hombro con un “Natsumi”.
—Después de una misión tan importante. El mantenimiento del armamento lo haré yo, así que hoy descanse temprano. La vigilancia contra ataques nocturnos también la haré yo.
—Vigilar un ataque nocturno en plena ciudad… Eso ya es de un mundo apocalíptico.
Sonrió un poco ante la preocupación de Taritta y decidió aceptar su ofrecimiento.
Exhaló un suspiro profundo y se dirigió a la habitación que le habían asignado. Solo que, al hacerlo…
—¡Uu!
—¿Otra vez tú…?
Ruy, que debería haber estado aislada en la pieza de al lado, se echó sobre Subaru como si hubiera estado esperando ese momento. Ante aquel comportamiento suyo, agarrándole el brazo, Subaru se llevó las manos a la cabeza con fastidio.
Su manera de reclamar atención, infantil, no le desagradaría si fuera otra persona. Pero, tratándose de Ruy, no podía bajar la guardia; y, si estaba cansado, menos aún.
Subaru acercó en silencio un dedo a la frente de Ruy y la golpeó en su blanca piel, haciéndola retroceder con un “¡au!”.
—No tengo tiempo para ocuparme de ti. Vamos, apártate.
—¡Aa, uaa!
—¡Aa, otra vez fuera de la cama! Perdón, Natsumi-cita. ¡Vamos, Ruyita, por aquí! ¡Conmigo~!
El cuerpo de Ruy, que se apretaba la frente, fue izado por el brazo de Medium, que se estiró desde atrás. Aun así, Ruy siguió pataleando y forcejeando con todas sus fuerzas para echarse encima de Subaru.
Aquella figura desapareció de nuevo tras la puerta, y esta vez sí, hasta ahí llegaba el mal comportamiento de Ruy.
—De verdad, ¿qué le pasa…?
—Al final, otra vez prendada de ti, hermano. ¿No será eso? Que, aunque no siga la conversación, sí capta que tú has estado a punto de morir.
Si la apreciación de Al era cierta, la actitud de Ruy respondía a que se preocupaba por él.
Reconocer eso, anímicamente, era duro para Subaru. Aquella Ruy que se comportaba como una niña inocente tenía, en el fondo, una maldad retorcida e imperdonable dormida.
Creer con obstinación en eso era la premisa mayor de la relación entre Subaru y Ruy.
—Abel, yo me retiro a descansar a mi habitación. Y usted…
—No te ocupes de mí. Aunque estés, en caso de emergencia no servirías de mucho.
—Y usted no se lo deje todo a la señorita Taritta: vigile los ataques nocturnos de un extremo a otro de la noche.
Como la respuesta no daba pie a preocuparse, Subaru le devolvió una pulla.
Lamentaba poner a Taritta, en medio, hecha un manojo de nervios, pero, por el momento, el desahogo previo al descanso quedaba resuelto así.
—Quitarme el maquillaje, aflojarme la ropa… y dormir como un tronco.
Al volver a la habitación asignada, Subaru fue deshaciéndose del disfraz de mujer mientras movía la cabeza de un lado a otro.
Ahora que habían dejado atrás el poblado de las Shudrak, la peluca tampoco se podía reparar con facilidad. Había que cuidarla y mantenerla con todo esmero, así que era prudente proceder con cuidado.
Metió la peluca en una red de malla fina y la lavó a mano, y también lavó con esmero la ropa que se había quitado y los zapatos.
Terminados los cuidados mínimos, Subaru se dejó caer en la cama.
Cerró los ojos y su conciencia fue alejándose despacio.
—Mañana, cuando llegue…
La situación volvería a moverse.
Si la situación se movía, cambiaba lo que se veía. Si cambiaba lo que se veía, se abría un camino. Si se abría un camino, podría acercarse a su objetivo. Y allí estaban todos los que se había dejado atrás.
—Rem, Beako… Emilia-tan…
Mientras sentía punzadas en el pecho, Subaru pronunció en aquella tierra extranjera los nombres de sus seres queridos.
Soñando con los nombres de sus seres queridos y con el reencuentro, su conciencia se fue desvaneciendo…
7
Poco a poco llegó el despertar de la conciencia, y Subaru abrió los párpados sobre el lecho.
Por lo general no era de los que se dormían con facilidad, pero ayer, sin duda por el cansancio, había podido dormir profundamente. Un sueño tan profundo que ni recordaba haber soñado.
Así que el cansancio físico debía de haberse ido en buena parte, pero…
—¿Qué pasa?
Sin embargo, lo que había provocado su despertar no era haber dormido lo suficiente, sino unos ruidos alarmantes.
Desde el otro lado de la puerta del dormitorio donde dormía Subaru llegaban unas voces y una presencia muy bulliciosas. Aquello hizo de despertador y lo arrancó del sueño.
…Un ambiente tan alborotado nada más despertar nunca era buena señal.
Al otro lado de la ventana, cerrada con las cortinas, se filtraba la luz del sol matinal, y se veía que ya pasaba bastante de la hora del amanecer.
Sintiendo ya el aire bullicioso de la Ciudad Demonio, Subaru miró la peluca que había puesto a secar a la sombra y dudó sobre qué hacer.
Pensando en lo de hasta ahora, lo propio de Natsumi Schwartz era ponerse el disfraz de mujer.
Pero, si al otro lado de la puerta la cosa estaba apurada, no había tiempo para disfrazarse. Tras cavilar unos instantes, juzgó que, fuera como fuera, lo prioritario era comprobar la situación.
Y, para empezar, también cabía la posibilidad de una falsa alarma. Si fuera un asunto grave, Al o Medium o Taritta—cualquiera menos Abel—lo habría despertado.
Por eso…
—¡Ay!
Mientras pensaba esto, al disponerse a bajar de la cama, Subaru se cayó de bruces al suelo.
Con el impacto le saltaron chispas ante los ojos, y Subaru se quedó atónito ante lo que le había ocurrido. No es que se sintiera mal, ni que hubiera pisado la ropa que se había quitado.
Simplemente, como si hubiera calculado mal la distancia, sus pies no encontraron el suelo.
…La distancia entre la cama y el suelo quedaba fuera del alcance de las piernas de Subaru.
—No puede ser…
Subaru también arrastraba la preocupación de ser más bien de piernas cortas, pero no hasta el punto de entorpecer su vida diaria. Aunque fuera un cuerpo de piernas cortas, llevaba dieciocho años viviendo en él.
No era posible que fallara así tan fácilmente; y, al incorporarse, se dio cuenta.
…De que, en comparación con la noche anterior, todo lo de la habitación le parecía extrañamente grande.
—Oye, oye, oye, ¿qué clase de broma es esta…?
Con las mejillas tensas y la voz temblorosa, Subaru se palpó la cara. Y, con el latido del corazón extrañamente ruidoso y la respiración agitada, se arrastró mientras la ropa le holgaba y le estorbaba en manos y pies.
Sin más, lo que Subaru tomó fue el espejo que guardaba en el bolso. Un espejo imprescindible tanto para retocarse el maquillaje como para acicalarse; reflejó en él su figura y…
—¿Pero qué demonios…?
Al ver lo que reflejaba el espejo, Subaru se quedó de una pieza y murmuró.
El espejo, que temblaba en su mano, no reflejaba a otro que a Natsuki Subaru.
Aunque…
…Aunque quien estaba allí era un jovencísimo Natsuki Subaru, un muchacho que había rejuvenecido cerca de diez años.
Fin.
