La aclamación de un guerrero
Kurgan de Ocho Brazos era una figura legendaria en el Imperio Volakiano.
El imperio ya era famoso por su meritocracia y, en comparación con otros países, las tribus demi-humanas se habían asegurado un lugar relativamente estable dentro de sus fronteras. Tenía una postura diferente a la del Reino de Lugunica, con su racismo profundamente arraigado contra los demi-humanos; o el Reino Sagrado de Gusteko, que rechazaba a todos los extranjeros; o la Ciudad Estado de Kararagi, que no llevaba mucho tiempo como nación.
En comparación con la mayoría de los humanos, los semihumanos tendían a tener una mayor aptitud para el maná. Debido a ello, había muchas tribus de semihumanos que utilizaban la magia de forma cotidiana, pero la tribu de los muchos brazos era una excepción. No estaban bendecidos con una aptitud para controlar el maná.
Su rasgo único era, como su nombre sugería, el hecho de que los de su especie tenían tres o más brazos. Eran fácilmente distinguibles a simple vista por sus contornos anormales, y carecían en extremo de habilidades mágicas en comparación con otros demi-humanos -por ese hecho, habían sido tratados durante mucho tiempo como una raza inferior.
Lo que cambió todo eso para ellos a un nivel fundamental no fue otro que el propio Kurgan Ocho Brazos.
Desde que nació, Kurgan fue diferente al resto de su tribu. El número de brazos que tenían los miembros de la tribu de los muchos brazos variaba de un individuo a otro, y la mayoría se agrupaba en torno a la media de cuatro o cinco. Sin embargo, Kurgan nació con ocho brazos, lo que le convirtió en una presencia singular que fue reconocida como especial desde el principio.
Pero lo que le hacía especial no era sólo el número de brazos que tenía. Tratados como una raza inferior durante tanto tiempo, la mayoría de los pueblos con muchos brazos tendían a ser pacíficos y evitaban luchar. Sin embargo, Kurgan llevaba en su corazón un insaciable espíritu de lucha y siempre anhelaba la batalla.
Cuando tenía veinte años, su espíritu de lucha encontró una salida.
La tribu de los brazos múltiples no tenía patria y era un pueblo errante que se desplazaba constantemente de un lugar a otro. Se decía que la razón de ello era que habían perdido su patria en una batalla hace mucho, mucho tiempo, pero el pasado no significaba nada para Kurgan.
Lo que importaba era el presente. Cuando surgió una disputa entre la tribu y el señor de la tierra a la que acababan de trasladarse, cierto joven Kurgan acudió para hacer algo al respecto.
Buscando desalojar de sus tierras a lo que consideraba una raza horrible e inferior, el señor envió tras la tribu a los soldados de los que estaba tan orgulloso. Y Kurgan mató hasta el último de ellos con sus ocho brazos, llevando la batalla hasta la mansión del señor.
El señor palideció ante la represalia de la tribu bárbara, pero Kurgan bajó sus ocho brazos.
Jactándose de haber demostrado la fuerza de su pueblo, se ganó un puesto como capitán del señor. Después de eso, pasó a ganar honores y valor en innumerables campos de batalla, transformando el nombre de Ocho Brazos en leyenda.
Y como manifestación de la supremacía de la destreza marcial que propugnaba el imperio, se convertiría en su campeón sin par.
Se oyó un estruendo cuando una Espada del demonio golpeó el escudo de Garfiel y lo lanzó por los aires.
La onda expansiva que siguió resonó en su cuerpo mientras apoyaba las cuatro extremidades en el suelo, sintiendo que su fuerza vital ardía en su interior. Controlando a la fuerza su deslizamiento, miró hacia delante. Vio el filo de una de las cuchillas acercándose justo ante él.
-Su decisión fue instantánea, su acción inmediata, y el resultado se reveló un instante después. «¡Rrrrrrraaaaaaahhhh!»
Balanceando los brazos, que habían atravesado el pavimento, levantó el suelo. La cuchilla atravesó la pared hecha a toda prisa, sin demorarse ni un segundo antes de llegar a la cara de Garfiel.
Se oyó un violento crujido cuando Garfiel recibió el ataque directamente, siendo empujado hacia atrás. Las plantas de sus pies se rasgaron contra el suelo, y dos colmillos rotos chocaron contra el pavimento.
«¡No me desprecies!»aulló Garfiel mientras mordía con fuerza, sus colmillos eran ahora lo único que contenía la estocada de la Cuchilla Diabólica.
Sus caninos se habían roto y de su boca desgarrada manaba sangre, pero Garfiel no vaciló.
Los músculos de su cuello y mandíbula estallaron mientras resistía la fuerza de Kurgan con todo su cuerpo. Kurgan agarró la empuñadura de la cuchilla con otro brazo, tirando para liberarla de las fauces de Garfiel. Pero no pudo sacarla.
La parte superior del cuerpo de Garfiel se hinchó al medio transformarse, rompiendo la legendaria cuchilla en sus fauces.
El enorme cuerpo de Kurgan se estremeció ante la destrucción de la espada: era la oportunidad perfecta.
La decisión de Garfiel fue instantánea, su acción fue inmediata, y el resultado apareció al momento siguiente, como siempre.
Sus garras atraparon a Kurgan mientras utilizaba su bendición para repeler su enorme armazón de debajo de sus pies. Transformado en un tigre de guerra, Garfiel se abalanzó contra el dios de la guerra, y cayeron juntos al cauce detrás de Kurgan.
Hubo un enorme chapoteo y el agua se tiñó de rojo por la sangre de ambos mientras seguían golpeándose bajo la superficie.
A pesar de la resistencia del agua y de encontrarse de repente sumergidos en la oscuridad, se acercaron por puro instinto y se golpearon, se golpearon, se golpearon.
Un gigantesco puño de hierro aplastaba los órganos internos y expulsaba el aire de unos pulmones ya ardientes. El dolor era más fuerte, el sufrimiento peor, pero la batalla submarina que sólo se volvía más brutal continuaba.
«-Ngh.»
Garfiel no tenía suficiente aire. No podía respirar. Su cerebro no podía funcionar correctamente sin suficiente oxígeno.
Los seres vivos necesitaban oxígeno, pero los cadáveres no. Esa ventaja se notaba, y la línea entre ambos era innegable. Garfiel no podía llevar su cara más allá de la superficie del agua. La corriente era demasiado fuerte. Estaba siendo arrastrado. A este paso, va a-
«-»
Un sonido pesado y sonoro viajó a través del agua y resonó en sus oídos.
Le hizo recobrar la conciencia, que se desvanecía, y Garfiel miró atentamente en el agua oscura y turbia. Las Espadas del demonio habían esculpido las paredes, el suelo del canal. El único ataque del dios de la guerra había abierto un agujero letal en la línea vital de la ciudad.
Garfiel no tenía tiempo ni oxígeno de sobra para averiguar el significado de aquel ataque.
Al instante siguiente, una fuerza tremenda se abalanzó sobre su cuerpo y fue arrastrado hacia abajo sin que pudiera resistirse. Mientras dejaba su cuerpo a la corriente, el agua fluía y fluía, hasta que de repente, se vio liberado de debajo de la superficie del agua.
"¡Buhaaa! ¡Geho! Gaha!"
Escapando de las limitaciones de su prisión acuática, Garfiel tosió todo lo que había fluido hacia sus pulmones. El agua le salía por los ojos, la nariz, las orejas y por todos los poros de la cara.
Sacudiendo la cabeza, se secó lo mejor que pudo. Levantando la cabeza para ver qué había pasado, empezó a mirar a su alrededor cuando-
«¿Tigre precioso?»
En medio del borboteo del agua que fluía bajo tierra, oyó una voz temblorosa que le llamaba.
En el momento en que oyó esa voz, la concentración de Garfiel flaqueó gravemente.
Tosiendo la inmensa cantidad de agua que había inhalado, obligó a su cerebro privado de oxigeno a empezar a girar de nuevo.
Era un espacio subterráneo oscuro y frío.
Había un suelo de piedra dura, y estaba siendo inundado por una enorme cantidad de agua que fluía hacia el interior. La pared que había detrás de él tenía un gran agujero por el que el torrente fangoso se colaba en la habitación, creando un aire estancado.
Podía sentir ojos sobre él. Miradas llenas de inquietud, recelo, miedo y rebeldía.
Por ello, comprendió que se trataba de uno de los refugios de la ciudad. La vía de agua de la que se había caído había estado junto a este refugio y se vertía en él a través del muro roto.
Habiendo llegado hasta allí, Garfiel se sacudió para recuperarse de su aturdimiento.
Miró a su alrededor en busca del gigante con el que había estado chocando hacía unos momentos, la figura inamovible con la que se había quemado a lo bonzo para enfrentarse a él- «-Ah».
De repente se encontró con la mirada de un joven rubio de ojos verdes acuosos.
Era un rostro que reconoció. Un rostro que evocaba un recuerdo que le desgarraba el corazón. El chico que estaba con la madre de Garfiel, que no le reconoció cuando por fin la había vuelto a encontrar.
El hermano menor que había estado en el lugar donde él había querido estar, recibiendo el amor incondicional de su madre-.
«-¿Ngh?»
Justo cuando su corazón volvía a estar absorto en un sentimiento innecesario, oyó un tremendo chapoteo.
El hombre de ocho brazos estaba allí de pie, el agua poco profunda explotando hacia arriba a su alrededor. Y con Garfiel parado como un espantapájaros indefenso, Kurgan desató una andanada despiadada con todas sus fuerzas.
El menor retraso en reaccionar era fatal. Un momento de descuido brindaba una enorme oportunidad al enemigo.
Y Kurgan de Ocho Brazos aprovechó esa oportunidad para golpear a Garfiel con ocho golpes diferentes.
Aunque Garfiel logró bloquear el primero y el segundo, no pudo bloquear los seis restantes.
Su cara fue golpeada hacia un lado, y dos puñetazos le lanzaron por los aires, otro puñetazo superpuesto derribó su cuerpo, y cuando cayó al suelo, otro puñetazo más aterrizó en su cabeza para aplastarla de una vez por todas. Su cara se estrelló contra el fondo del canal bajo el agua, y su nariz y colmillos quedaron muy rotos, tiñendo el agua de carmesí por el torrente de sangre.
«¡Bugaaa... rrrrrraaaaahhhh!»
Se levantó y rugió. Dejando un rastro de sangre tras de sí, Garfiel lanzó un grito que hizo añicos el aire del refugio mientras saltaba, blandiendo su puño hacia el dios de la guerra.
Sus puños se cruzaron. Ladeando la cabeza, esquivó el puñetazo descendente, sus colmillos desgarraron a Kurgan desde la muñeca hasta el codo mientras clavaba su garra derecha en el pecho de Ocho-Armas.
La sangre brotó de los afilados cortes, tallando una profunda herida en la carne del dios de la guerra.
Pero Ocho-Armas tenía otros siete ataques en camino. Garfiel tendría que utilizar la totalidad de su cuerpo para esquivarlos todos.
Cada vez que chocaban, por cada ataque que él podía desencadenar, su oponente podía responder con ocho. Esa abrumadora desventaja, esa abrumadora disparidad y esa abrumadora diferencia en la fuerza de combate encendieron un fuego en su corazón-.
«Ooooooooooooooo!!!!»
Atacar, atacar, atacar, atacar, atacar, atacar-
Bloquear, evadir, esquivar, parar, esquivar, desviar, emparejar-
Sus puños chocaron entre sí, creando una onda expansiva que hizo volar el agua alrededor de sus pies. Un atronador estampido que no sonaba en absoluto a carne encontrándose con carne retumbó cuando ambos fueron derribados hacia atrás.
Las gotas de agua se esparcieron por todas partes mientras el tigre feroz y el dios de la guerra se alejaban dando volteretas.
Pero ninguno perdió de vista al otro. Kurgan se apoyó contra la pared mientras Garfiel mantenía la boca a ras de agua, pero ambos se negaron a bajar la guardia, concentrando toda su atención en la batalla que tenían entre manos.
Bajo el agua, Garfiel activó su bendición con las patas traseras, levantando un segmento cuadrado de suelo tras él. El agua que fluía hacia el espacio subterráneo comenzó a drenar por el agujero.
El nivel del agua descendió rápidamente. Pero seguía entrando por el agujero de la pared.
Ese gran agujero se cerró con un solo golpe de las cuchillas desenvainadas de Kurgan. Los escombros del techo roto llenaron el agujero, represando a la fuerza el torrente de agua.
Con el agujero bloqueado y el líquido restante drenando, el agua que les llegaba hasta los tobillos desapareció.
Recuperando el equilibrio en silencio, los dos guerreros volvieron a su posición inicial uno frente al otro, empuñando sus respectivas armas. Dos escudos de plata sujetos a las muñecas y tres Espadas del demonio desenvainadas.
Ninguno de los dos hizo una señal especial, pero se trataba de un duelo. Un duelo entre el héroe de Volakia, Kurgan de Ocho Brazos, y el guerrero solitario Garfiel.
-Era un sentimentalismo fuera de lugar, pero la situación era extrañamente satisfactoria para Garfiel.
Retirarse ante Reinhard, descubrir que los recuerdos de su madre sobre el tiempo que pasaron juntos habían sido guardados bajo llave, ceder su oportunidad de venganza a la chica de buen corazón que le había protegido, verse atrapado en los planes del enemigo y poner en peligro a un aliado.
Se había quedado atascado viendo pasar los acontecimientos mientras una sensación de impotencia y pérdida le había arrebatado tantas cosas de las manos.
En los dos últimos días, el corazón de Garfiel había quedado desnudo y se había visto obligado a soportar una y otra vez el amargo sabor de su propia debilidad.
-Fue Kurgan quien había reavivado su espíritu, que había estado tan desgastado y marchito.
El héroe de Volakia, el dios de la guerra, Ocho Brazos. Se le conocía por muchos nombres.
Y el más fuerte de los enemigos se enfrentaba en ese momento a Garfiel con las armas fuera.
Era imposible explicar cuánto significaba aquello para Garfiel. Explicar cuánto honor suponía para un guerrero que Kurgan Ocho Brazos desenvainara sus cuchillas.
En medio de la batalla, la conciencia de Garfiel se había vuelto borrosa después de que hubieran caído en el canal. Un cadáver revivido por las artes tabú, Kurgan no tenía que respirar. Si hubiera querido limitarse a terminar el combate, podría haberse limitado a observar cómo se ahogaba Garfiel.
Pero no hizo eso. El dios de la guerra rompió el muro del canal, abriendo un camino hacia el refugio, permitiendo que Garfiel viviera.
¿Por qué había hecho eso?
«...Al principio pensé que era por lástima».
Al principio, cuando la determinación de Garfiel flaqueaba, Kurgan no le había reconocido como guerrero. Ahuyentar a un niño que cargaba con los puños en alto, apartar de una patada a un oponente que lloriqueaba... ésas no eran las acciones de un guerrero. Garfiel se había permitido perder el control en un arrebato de irritación, y por eso Kurgan se había limitado a mantenerle a distancia.
Pero ahora era diferente. De pie y preparando sus escudos, Garfiel era un verdadero guerrero.
Y allí estaba Ocho-Armas, blandiendo sus legendarias Espadas del Demonio, con todo su cuerpo erizado de espíritu de lucha. ¿Parecía eso piedad o misericordia? En absoluto.
Kurgan deseaba un duelo. Deseaba luchar contra Garfiel como compañeros de guerra.
Y la única forma de resolver una batalla entre guerreros era con un único y decisivo choque.
«Eh, imbéciles... ¿cuánto tiempo van a seguir mirando?»preguntó Garfiel a la gente que observaba su batalla desde la distancia. La gente cuyo refugio había sido perturbado por la violenta intrusión de Garfiel y Kurgan.
No había forma de que ninguno de ellos pudiera luchar contra Kurgan si Garfiel era derrotado. Era difícil imaginar al dios de la guerra acabando con gente que ni siquiera podía luchar, pero ellos no lo sabrían.
Así que debían dar prioridad a protegerse a sí mismos y-
«¡Garfiel Tigre!»
«¿Ahh...?»
Su intención era que captaran la indirecta y huyeran, pero una voz aguda respondió de forma inesperada.
Garfiel arrugó la frente. La voz procedía de un niño pequeño en medio del refugio, un niño con lágrimas en los ojos, con la cara roja mientras agarraba con fuerza el dobladillo de su ropa.
Los ojos verdes del niño se encontraron con la misma mirada de Garfiel.
«¡Precioso Tigre!»
«Oy, niño... ¿qué estás...?»
«¡G-Guapo Tigre!»
Gritó el chico con voz temblorosa a pesar del desconcierto de Garfiel.
Gritó ese nombre como si no conociera otra forma de expresar sus sentimientos.
-Tigre Precioso.
Ese era el nombre del tigre dorado. El tigre más fuerte. El tigre al que admiraba Garfiel Tinzel.
¿Por qué gritaba ese nombre ahora? ¿Qué intentaba decir?
Lágrimas calientes corrieron por el rostro enrojecido del niño.
Todos los demás en el refugio oyeron al niño. Así que el intenso remolino de emoción que no podía expresar con palabras se transmitió a todos ellos, extendiéndose.
«Te digo que huyas de una vez...»
«¡Precioso Tigre!»
La voz de Garfiel fue ahogada por los gritos que gritaban el nombre del tigre dorado.
Había una chica con el pelo rubio a juego abrazando por detrás al chico que gritaba. Era su hermana mayor. Le abrazaba con fuerza para protegerle, incluso mientras miraba fijamente a Garfiel con sus vacilantes ojos verdes.
Sus labios temblaban mientras pronunciaba el nombre del tigre dorado en un grito sin voz. «¡Gana!»
No era ni el chico ni la chica, y obviamente tampoco era Garfiel. Era otro hombre que apretaba el puño mientras gritaba.
«No te preocupes por mí y sólo...»
«¡Lucha y gana!»
«¡No pierdas!»
«N-no podemos hacer nada excepto mirar... ¡pero aún así!» Garfiel estaba estupefacto.
Sus llamadas para que escaparan estaban siendo ahogadas por nuevas voces.
Antes de que se diera cuenta, la intensidad que había comenzado como la voz de un solo chico se había extendido a todos los presentes en el refugio, y ni una sola de las personas que allí se encontraban optó por huir del duelo de Garfiel y Kurgan.
Todos estaban llenos de una excitación febril. El sentido común dictaba que no había ninguna buena razón para que ninguno de ellos permaneciera allí. Era un acto de terquedad y fe sin sentido que sólo conduciría a muertes inútiles.
«Parece que su actuación ha funcionado demasiado bien, General».
Recordando las palabras de Subaru Natsuki que se habían oído en toda la ciudad, relajó un poco los hombros.
La fuerza de la debilidad de Subaru había levantado el ánimo de la gente de la ciudad, y podía ver los resultados de ello ante sus ojos.
Una brasa latente en el corazón de alguien podía encenderse en cualquier momento si se le daba la oportunidad adecuada.
Y para ellos, éste era ese preciso momento.
Igual que éste era ese momento para Garfiel.
«¡Gran Tigre!»
Las llamadas eran interminables.
Y el que había tomado la iniciativa y lo había desencadenado era el hermano pequeño de Garfiel, que había nacido sin que él lo supiera.
Y la hermana de ese niño que lo sujetaba por detrás, que también había nacido sin que él lo supiera.
Su hermano menor y su hermana le observaban.
La ciudad que había aceptado a su madre, que había perdido sus recuerdos, la gente de esa ciudad estaba observando a Garfiel.
«Hay demasiado ruido para un duelo».
"Siento haberle causado un sinfín de problemas. En particular, los dos más molestos son mi hermano pequeño y mi hermana. Me aseguraré de darles una buena charla después de esto».
Ante la postura y el espíritu de batalla del silencioso dios de la guerra, recibió una respuesta más elocuente de lo que podría ser cualquier palabra hablada. Juntando sus puños cerrados, hizo chocar sus escudos entre sí mientras mostraba una sonrisa dentada. «Soy el escudo definitivo... no...»
«Soy Garfiel Tinzel, el Tigre Precioso».
Un duelo entre guerreros comenzaba con una presentación.
No hubo ninguna voz de Kurgan en respuesta a Garfiel. El dios de la guerra se limitó a apretar en silencio sus cuchillas, mostrando la cima del espíritu de lucha a su retador.
Eso fue suficiente.
«¡¡¡Gaaaaaaaaaaah!!!»
Al dar un paso adelante, el suelo estalló bajo sus pies, y la distancia que los separaba desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
En cuanto estuvieron a tiro, Garfiel pudo sentir la letalidad de la espada que cortaba el aire mientras se dirigía hacia él.
-Ocho movimientos contenidos en un solo golpe. Un ataque contra ocho.
La diferencia en el número de brazos significaba apuntar a una cima muy, muy por encima de él. Pero Garfiel nunca lo conseguiría si no estiraba su propio brazo y lo alcanzaba ahora. Afrontó el desafío con todo su espíritu.
Un tajo horizontal se dirigió hacia su torso, pero Garfiel levantó la pierna y pisó la hoja para detenerlo. Con el talón pisando la parte plana de la cuchilla, la gruesa hoja golpeó el suelo de piedra, haciendo resonar un estruendoso estampido por toda la ciudad.
Aquél era uno, pero no tuvo tiempo de respirar tranquilo.
En el mismo momento en que la primera cuchilla golpeaba el suelo, la segunda trazaba un arco desde el lado izquierdo de Kurgan. Cuando oyó la cuchilla silbar en el aire con el oído derecho, Garfiel se protegió la cabeza con los escudos de ambos brazos. En ese preciso momento, el ataque se estrelló contra sus brazos y su conciencia estalló en fuegos artificiales.
Su brazo derecho se arrugó bajo el peso del golpe en el codo, rompiéndole el hombro y la muñeca. Apretó los dientes con tanta fuerza que le crujieron, pero aguantó. Ya iban dos.
El tercero y el cuarto fueron ataques a mano desnuda que llegaron al mismo tiempo.
Desatados con la fuerza de proyectiles de artillería, apuntaron a Garfiel mientras su concentración estaba nublada por el golpe en la cabeza. Su torso y su cuello -cualquiera de los dos sería letal si cayeran-.
El puñetazo dirigido a su torso hizo arder los abdominales de Garfiel. Retorciendo su cuerpo mientras sentía que su estómago ardía, limitó el daño a sólo desgarrar la capa exterior de su estómago. Fueron tres.
Llevando al límite sus reflejos para evadir, levantó el brazo derecho ante el ataque que se acercaba a su cara. Su brazo derecho, roto y destrozado, recibió el fuerte golpe de frente, salpicando y perdiendo todo rastro de su forma original.
Todo, desde el codo hasta la punta de los dedos, quedó aplastado, y el escudo fijado a su muñeca salió volando. Pero consiguió detener el impulso del devastador golpe. Bajó la cabeza, encontrándose con el puño en la frente, deteniendo el cuarto golpe con un cabezazo.
Los restantes quinto, sexto, séptimo y octavo. Rápidos. Demasiado rápidos. No pudo evitar sonreír. Sus colmillos agrietados temblaban.
«¡¡¡oooooOOOOOOO!!!»
El quinto y el sexto también fueron a mano desnuda. La última cuchilla se mantuvo en reserva para el golpe decisivo.
Kurgan atacó con los brazos izquierdos que se extendían desde la parte posterior de su hombro y su costado.
El brazo derecho de Garfiel, que necesitaba para defenderse, ya era inútil, y el izquierdo no pudo llegar a tiempo. Sin inmutarse, dio un paso adelante con el pie derecho.
Hubo un chapoteo bajo su pie cuando su voluntad se transmitió a la tierra. A veces, recurría a esa fuerza; otras, la movía a voluntad; y esta vez, tomó prestado el poder de su bendición para... El suelo se combó, levantando el pie de Kurgan.
Pero el dios de la guerra aplastó esa perturbación sin demora. No había ni rastro de vacilación o incertidumbre en sus movimientos. Pero durante el más breve de los instantes, creó una pequeña abertura en su concentración, y Garfiel la aprovechó al máximo.
Levantando la pierna, se retorció para que su cabeza pasara apenas por el hueco entre los dos puños, deslizándose por el valle de la muerte.
Cuando aterrizó, Garfiel se estremeció ante su propia decisión.
No tenía ni idea de qué le había hecho pensar en aquello, pero había pasado menos de un segundo desde que tuvo la idea hasta que actuó en consecuencia. Su cerebro ardía. Su corazón ardía. Su espíritu estaba en erupción.
Ya iban cinco y seis. Y el séptimo y el octavo- «-»
El pelaje de Garfiel se erizó.
Una vez evitados el quinto y el sexto movimiento, Kurgan se preparó para acabar definitivamente con Garfiel.
-Saltó el séptimo ataque y comenzó el golpe final.
Renunciando a un golpe, sostenía la última Espada del Demonio sobre su hombro.
Agarrando la empuñadura de la hoja de la espada con una de sus manos derechas, Kurgan retuvo la hoja con hasta el último resto de fuerza que pudo reunir en el brazo que sobresalía de su hombro derecho. Era el tajo definitivo que había utilizado para interceptar a Garfiel en la superficie.
Habiendo puesto su vida en juego para defenderse de los seis golpes anteriores, Garfiel vio una vívida alucinación cuando el último ataque se dirigió hacia él.
No sería capaz de evadirlo. Intentar interceptarlo sería una locura. La única opción era la pura defensa.
En ese breve instante, aún pudo oír las voces. Los gritos de su hermano y su hermana y del resto de los espectadores.
-Su decisión fue instantánea, su acción fue inmediata y el resultado llegó en un instante.
En el momento en que Kurgan soltó su tajo, Garfiel se desprendió por completo del mundo.
El sonido se apagó, el color se desvaneció y hasta la última cosa innecesaria desapareció de su campo de visión. Alcanzó un enfoque perfecto, y lo único que quedó en la conciencia de Garfiel fue Kurgan.
La cuchilla se balanceó hacia Garfiel con una lentitud anormal.
Sus propios movimientos para bloquearla también parecían ir a cámara lenta.
Con su mundo frustrantemente ralentizado, lo único que Garfiel pudo hacer fue apretar los dientes.
-No, tuvo tiempo de hundirse en los recuerdos.
Vio a Subaru. Vio a Ram. Vio a Mimi y a Frederica. Ryuzu estaba allí, y también Emilia. Apareció Otto, e incluso vio al imbécil de Roswaal. Estaban Beatrice y Petra y todos los del Santuario. Y también vio a su madre, Lisha, y a sus recién descubiertos hermano y hermana.
Durante la batalla en el Santuario, Garfiel había aprendido de su propia debilidad.
Cuando Reinhard le asustó y se enteró de lo grande que era realmente el mundo, Garfiel no pudo evitar preguntarse si se había vuelto más débil de lo que era antes de salir del Santuario.
Como resultado de intentar aferrarse a más cosas, ¿se había vuelto más débil de lo que solía ser?
-Pero eso no podía ser cierto.
Si aferrarse a más cosas le hacía más débil, ¿entonces para qué vivía?
No era eso. Sólo tenía que hacerse más fuerte para proteger todas las cosas nuevas que ahora apreciaba. Eso era todo lo que necesitaba.
«-Ahhh, eso me quita un peso de encima».
La raíz de sus preocupaciones se desvaneció de repente.
En ese instante, el golpe de la cuchilla se estrelló contra el escudo de su brazo izquierdo, desgarrando su cuerpo como un rayo.
«¡¡¡Nghhhhh!!!»
La defensa de su brazo izquierdo se hizo añicos al instante ante el ataque de la cuchilla.
Al igual que con su brazo derecho, su muñeca, codo y hombro se retorcieron y destrozaron de un solo golpe. Su mundo se volvió rojo por la horrible agonía, y su cerebro fue borrado por un dolor abrasador y candente. Abriendo la boca, gritó.
El grito casi sonó como un alarido agonizante, ya que el impulso de la cuchilla se negaba a detenerse.
Su brazo izquierdo se hizo añicos y, con el impulso restante, la espada se cerró sobre el cuello de Garfiel. Aún tenía fuerza más que suficiente para aplastar a Garfiel y transformar todo su cuerpo en carne picada.
¿En qué estaba pensando el dios de la guerra en ese momento? ¿Sentía piedad o lástima por el guerrero cuya vida estaba a punto de acabar?
Por supuesto que no -no había forma de que un verdadero guerrero sintiera piedad por otro guerrero hasta después de que el oponente estuviera bien y verdaderamente muerto.
Por eso-
De repente, hubo una explosión de sangre. Y no era de Garfiel.
Uno de los brazos derechos de Kurgan, el brazo que sostenía la última Cuchilla del Diablo, estalló.
Era el brazo que Garfiel había destrozado con sus colmillos en el enfrentamiento anterior. Un tajo lo bastante profundo como para ver el hueso se extendía desde la muñeca hasta el codo. Y esa herida se abrió con este último ataque.
No había sorpresa en el rostro de Kurgan. Tampoco mostró signos de sentir dolor.
Era natural. Ya era un cadáver. El dolor era para los vivos, un salvavidas para confirmar y proteger la llama de la vida. Los muertos no lo necesitaban.
Por eso, Kurgan no notó en absoluto el efecto en su brazo derecho.
Si realmente estuviera en su mejor momento, debería haber utilizado su brazo izquierdo, que no estaba dañado, para desencadenar ese ataque final.
Aunque Garfiel no estaba en posición de soltar barbaridades sobre la línea que separa la victoria de la derrota- «-Ah.»
Tras haber soportado los ataques de los ocho brazos, Garfiel exhaló, con la cara cubierta de sangre.
Tenía los dos brazos destrozados y la garganta desgarrada por los gritos. Kurgan estaba de pie ante él con los ocho brazos habiendo sido blandidos. Tenía que haber algo. Algo que pudiera hacer. Sus brazos no podían moverse y su mente iba a toda velocidad.
Garfiel no podía utilizar sus brazos ni sus garras. Así que lo único que le quedaba era-
«¡¡¡Aaah, gaaaaaah!!!»
Con un rugido, abrió la boca de par en par y desgarró el cuello del dios de la guerra que estaba allí ante él.
Sus colmillos atravesaron la dura y gruesa piel, desgarrando las arterias tan cruciales para mantener la vida. Y con sus colmillos profundamente clavados en el cuello de Kurgan, retorció su cuerpo, utilizando ese impulso para desgarrar el músculo, su mandíbula bestial arrancó la mitad del cuello de Kurgan. «Ngh, ah...»
Cayendo al suelo indefenso, Garfiel escupió el trozo de carne que había arrancado. Sintiéndose enfermo, miró detrás de él, viendo la espalda de Kurgan mientras un torrente de sangre manaba de su cuello.
Garfiel tenía los dos brazos destrozados, había perdido muchos dientes y estaba al borde de la muerte por la pérdida de sangre.
Pero la forma en que Kurgan se mantenía erguido allí, esa gallarda figura impasible incluso ante una herida mortal en el cuello, era tan noble y poderosa que Garfiel no pudo evitar estremecerse. Un verdadero campeón entre campeones.
Finalmente, lentamente, Kurgan se volvió hacia Garfiel.
El dios de la guerra cruzó tranquilamente sus ocho brazos ante el guerrero que yacía en el suelo mirándole. «-Maravilloso».
Con una sola palabra en una voz profunda y solemne, elogió a su oponente.
«Ahh...»
Ni siquiera tuvo tiempo de responder.
Cuando los ojos de Garfiel se abrieron de par en par, el cuerpo de Kurgan se desplomó de repente.
Su cuerpo se desmoronó como la arena mientras el héroe se transformaba en un montón de ceniza. Con un final demasiado abrupto, el guerrero muerto volvió a la muerte. Fue una conclusión despiadada.
«...Heroico ni siquiera empieza a describirlo...»
Garfiel murmuró consternado al ver cómo desaparecía el dios de la guerra, convertido en un montón de cenizas.
Kurgan no se había aferrado a una vida vergonzosa. Era natural que el resultado de su combate a muerte terminara de una forma tan poco satisfactoria.
Por eso Garfiel no pudo evitar que le asaltara un ingenuo, inmaduro y débil sentido del sentimentalismo.
«Ahh, mierda... En serio... voy a morir...»
Habiéndose desangrado demasiado, Garfiel se tumbó en el suelo y exhaló lentamente.
Absorbiendo poder de la tierra con su bendición, reunió todo el maná que pudo para curar sus heridas. Había sido un combate en el que una persona normal habría muerto cien veces como mínimo. Su instinto le decía que si se desmayaba, moriría.
Pero aun así, mientras intentaba curarse, su mente se desviaba lenta y gradualmente hacia un vacío blanco...
«¡Precioso Tigre!»
Lo que le detuvo fue una voz llorosa.
Su hermano y su hermana corrían hacia él a través de los charcos. Parecía que otras personas también corrían hacia él, pero sólo pudo verlos a los dos.
Parecía que estaban llorando... No, estaban llorando.
Eso tenía sentido. Cualquiera podía ver que el estado de Garfiel no era bueno. Y un experto sólo podría decir que era un milagro que siguiera vivo.
Sin duda, Garfiel había estado demasiado tiempo a medio camino entre la vida y la muerte.
Pero sólo por este momento, no como guerrero sino-
«...No vayas a llorar por mí».
Sin darse cuenta, sonrió como un hermano mayor a sus hermanos pequeños, que no sabían la verdad.
Al oír eso, su hermano soltó un sollozo y su hermana se sonrojó furiosamente.
"¡No seas estúpida! ¡No estoy llorando! ¡Descansa un poco! Nosotros... nosotros... encontraremos un sanador para ti... gh..."
«Yo... tengo que hacer algo... primero...»
Garfiel sacudió la cabeza mientras su hermana pequeña se las arreglaba para estar preocupada y a la vez negarse obstinadamente a reconocerlo. Con la cara aún cubierta de sangre, intentó meter la mano en un bolsillo de su chaleco.

Sin embargo, no sirvió de nada. Su brazo era demasiado débil. Ni siquiera podía hacer tanto.
«¿Es esto, Tigre Precioso...?»
Al ver que Garfiel apenas podía moverse, su hermano sacó del bolsillo empapado y ensangrentado lo que buscaba: el espejo de conversación.
La metia que se había repartido antes de partir a la espera de un combate difícil.
Lujuria no había estado esperando en la torre de control, así que ¿dónde había ido?
«Tengo que decirle...»
«Lo haré por ti».
Al oír las palabras jadeantes de Garfiel, su hermana cogió el espejo de la mano de su hermano pequeño y lo activó. Había una tenue luz en el espejo mientras se conectaba con otro espejo.
«¿Qué... qué debo decir?»
«Espera... aquí... yo...»
La hermana de Garfiel acercó nerviosamente el reluciente espejo a la cara de Garfiel. Mirándose en él, esperó una respuesta desde el otro extremo.
Rezaba para que sus camaradas estuvieran bien.
El espejo parpadeó para transmitir el mensaje que tenía que enviar-.
-Apenas resistiendo, la plegaria de Garfiel se extendió hacia la oscura noche de Pristella.
«¡Corre, corre, corre, corre, corre!»
Tres personas atravesaban la noche en una huida desesperada.
Expuestos a las depredaciones del Arzobispo de la Lujuria, que había abandonado su torre, ahora corrían a través de la oscuridad con su cuartel general derrumbado a sus espaldas.
«-Ngh.»
Blandiendo su espada, Al se abrió paso entre el enjambre de semibestias, ya cubierto de un brillo de sangre negra mientras corría.
No le sobraba atención para el camino que estaban tomando. Tenía la mano ocupada lidiando con el enjambre de semibestias que saltaban hacia él. Mientras él mantenía la retaguardia, los otros dos corrían vacilantes por un terreno difícil.
Avanzaban lentamente y era cuestión de tiempo que las semibestias les alcanzaran.
Tras poner en marcha a las semibestias, Lujuria se marchó rápidamente y hacía tiempo que había desaparecido.
Era difícil confiar en su burlona declaración de haber terminado por hoy, pero los tres tampoco tenían tiempo para molestarse en investigarlo.
-Sólo luchaban, mataban y huían para mantenerse con vida.
Considerándolo todo, eso era realmente todo lo que era vivir. El calor de la sangre, el llanto de las heridas, las plegarias que caían en saco roto y los sueños incumplidos se unían en el cielo nocturno.
Y las semibestias siguieron persiguiendo mientras los tres corrían con todas sus fuerzas para escapar de una muerte inminente-.
«-Muy bien, misericordioso como soy, concederé tu petición».
En ese instante, una llama abrasó el cielo nocturno mientras resonaban los lamentos agonizantes de las semibestias.
Los tres se detuvieron para ver qué había sucedido. Y cuando lo hicieron, lo que vieron fue a una mujer carmesí que descendía lentamente del cielo-.
«-Horda de los perdidos ahogándose en sueños interminables, dioses sin alabanza». Un verso poético cruzó los labios rosados.
Era una voz hermosa, como la de una diosa descendida de los cielos. Su cabello, como la puesta de sol, se extendía por su blanca espalda mientras permanecía de pie.
Sonreía mientras sostenía una hoja roja y reluciente en una mano y un espejo que brillaba con una luz blanca en la otra.
«No pido ningún pobre elogio, simplemente pronuncia mi nombre».
Al decir esto, blandió su espada, desatando una llama abrasadora por todo el paisaje urbano.
Las semibestias tocadas por el destello que se extendía fueron engullidas por el infierno resultante y convertidas en cenizas.
Fue una auténtica misericordia y simultáneamente un lamento.
Para aquellas semibestias, víctimas cuyos cuerpos fueron utilizados de forma antinatural, sus vidas se torcieron de forma incomprensible, sus almas se deformaron de forma irracional.
"¡Maten hasta el último de ellos! Concédanles una muerte apropiada!"
«Por supuesto».
Ella asintió en respuesta al caballero con orejas de gato de lino, que gritó de dolor.
El hombre del casco negro se desplomó en el suelo, viendo a la mujer del kimono resollar mientras intentaba recuperar el aliento.
La mujer carmesí levantó su espada en el aire y la hizo descender sobre las demibestias como si partiera la luna.
La hoja cayó sobre los seres con cuyas vidas se había jugado, que habían sido arrancados de la muerte, cuya carne había sido arrancada de su reposo hacia destinos lamentables y retorcidos.
«Una muerte tan viva es desagradable, así que mataré hasta el último de ustedes». «- ¡Raaahhhh!»
Las semibestias aullaron, habiendo perdido incluso el instinto de temer a la muerte y evitar el dolor. El enjambre no dudó en desperdiciar sus vidas mientras una llama que abrasaría toda la ciudad se hinchaba, incinerándolas a todas a la vez.
«-Gente lamentable que desea la desesperación y confunde oraciones con deseos».
La voz de una diosa sonó de nuevo, recitando otro pasaje poético mientras blandía su espada carmesí como en una danza.
Sin embargo, no eran sus palabras, sino las de un bardo que había grabado un poema para la posteridad. Sin embargo, los sentimientos imbuidos en él eran inmarcesibles, superando los muros del tiempo para consolar a los lastimosos seres.
«-¡Así termina la farsa con un atronador aplauso!» La llama lo purificó todo.
«-¡Una ovación de despedida!»
-Se convirtieron en cenizas sin dejar nada atrás. Fue un verdadero acto de misericordia.