Crepúsculo Carmesí



Capítulo 1
Crepúsculo Carmesí
Sección 1
A la vez que la luz cálida atravesaba los árboles e iluminaba su frente, su consciencia comenzó a regresar del profundo sueño.
—N-ngh…
De su garganta delgada salió una voz aguda, como la de un niño que aún no pasaba por la pubertad.
Una voz andrógina, difícil de identificar como masculina o femenina, que, junto con los rasgos candorosos de su dueño, llegaba incluso a transmitir un encanto indecente.
El origen era un pequeño y adorable niño que se movía sobre su cama.
Resaltaban su peculiar cabello rosado y la finura de su piel blanca. La voz no engañaba, pues el niño, que aparentaba estar cerca de los diez años, poseía una pureza asexuada que lo hacía casi afín a un ángel.
Su nombre era Schult. Antaño, la pobreza y el hambre habían estado a punto de arrebatarle la vida, mas ahora aquí yacía sano y salvo.
—Fuah… —bostezó Schult sobre la sábana, mientras alzaba su cuerpo y se frotaba los ojos.
Su rostro era cautivador por sí solo, pero sus iris, carmesíes como rubíes, lo elevaban a un plano superior. El pergeño de Schult podía describirse como la personificación de la pureza.
No obstante, esa evaluación objetiva y la que él tenía en su propia mente no eran muy compatibles.
—Mrrr, aún están demasiado delgados…
Una vez que terminó de frotar sus ojos adormilados y el despertar trajo su mente a la realidad, Schult se pellizcó los brazos, mientras una expresión de descontento deformaba sus mejillas enrojecidas.
La causa de su descontento era simple: sin importar cuánto entrenara, sus extremidades no se fortalecían, y el frecuente ejercicio que hacía jamás reflejaba resultado alguno en su cuerpo.
La noche anterior, Schult había estado practicando sin descanso con una espada de madera, y aun así sus brazos seguían blandos. Daba lástima el hecho de que sentía un leve dolor en ellos a pesar de eso.
En términos precisos, el dolor que Schult experimentaba se llamaba mialgia, y era prueba de que, en realidad, el deseo inocente del niño sí estaba progresando, pero…
—El señor Al dijo que este dolor en mi cuerpo significa que estoy mal… Otra vez debo descansar hasta que el dolor desaparezca.
Schult reflexionó sobre lo que le había dicho Al, a quien le pedía consejos a la hora de entrenar. Según los cálculos del programa que había preparado basándose en las palabras de Al, tendría un día de práctica y cinco de reposo.
Por supuesto, era absurdo pensar que un método de entrenamiento como ese funcionaría. Todo esto se trataba de un plan de Al, pero Schult no tenía por qué enterarse.
Sin embargo, Al no había ideado aquello por mera inmadurez o ingenuidad…
—¿Has despertado ya, Schult?
—Oh.
Tan pronto como escuchó esa voz, el cuerpo de Schult dio un pequeño brinco sobre la cama y cambió la dirección en la que miraba. Cuando Schult se volteó, la figura de una persona, que estaba en el fondo del cuarto, entró en su visión.
Ahí, sentada en una silla lujosa, con sus piernas largas en un cruce elegante, estaba una mujer. Su cuerpo, abundante en curvas femeninas, estaba envuelto en un delgado vestido de noche, mientras que sus ojos carmesíes avanzaban por las páginas del libro que tenía puesto sobre las rodillas.
Y a pesar de la simpleza de esto, todo aspecto de ella resplandecía a los ojos de Schult, como si estuviera ante una obra de arte suprema.
—Muy buenos días, señorita Priscilla.
—Mm. Fuiste espléndido esta mañana. En recompensa por cómo disfruté abrazarte por la noche, te concederé un elogio.
—M-muchas gracias…
Embelesado, Schult saludó a la mujer, Priscilla, ante lo cual ella cabeceó regiamente. Schult sintió algo complicado, entre alegría y vergüenza, al escuchar el elogio que le dio en el proceso.
El deber que se le había asignado a Schult era encargarse de las tareas del hogar y dormir junto a Priscilla; pero, de ser posible, quería pagar su gran deuda con ella de manera apropiada.
Ese era el sincero deseo de Schult, su sueño.
—Mmmm…
—Vaya, noto que hoy me miras con más pasión de lo usual. ¿Ocurre algo?
—N-no, no pasa nada. ¡Usted sigue siendo la mujer más preciosa de este mundo, señorita Priscilla! ¡Estar a su lado me hace el niño más feliz! Pero…
—¿Cómo que «pero»?
—Siempre he querido ser de mayor utilidad para usted, señorita Priscilla, pero no tengo la fuerza necesaria. Ojalá pudiera blandir una espada con tanta firmeza como el señor Al…
Al decir eso, Schult sintió la impotencia de sus brazos delgados una vez más.
Ni siquiera tenía que estar a la altura de Al, el caballero de Priscilla, o del «Escudo Rojo», su ejército personal. Todo lo que pedía era, por lo menos, ser capaz de proteger a Priscilla de una sola entre todas las adversidades en su camino.
—De ser necesario, podría ser su escudo… Oh, pero mi cuerpo es demasiado pequeño. Señorita Priscilla, podría cargarme y usarme como escudo y… ¡Au-au!
—Para de decir tales sandeces. Yo soy la única que decidirá cómo manejar mis posesiones. ¿A qué hora te armaste de valor para decirme lo que debo hacer? —dijo Priscilla, ahora parada frente a Schult, acariciando su cabeza con violencia.
—No q-quise decir… —Schult intentó disculparse apurado mientras la mano de Priscilla lo martirizaba—. Uuuh… Si no puedo ser su escudo, ¿entonces qué puedo hacer para serle útil, señorita Priscilla? Oh, ¿qué tal si me adhiero a usted para que me use como armadura…?
—El problema no es qué clase de equipamiento podrías ser. Schult, no te tengo aquí con la esperanza de que cumplas el deber de una espada o un escudo. Tu deber es el que ahora mismo desempeñas, nada más.
—Es decir, ¿ser su almohada?…
Ante las despiadadas palabras de Priscilla, Schult bajó la cabeza en silencio.
Aunque ya estaba consciente de ello, le angustió escuchar a su benefactora declararlo inutilizable. Toda la culpa era de sus brazos blandos. O de sus piernas flacas como palos, tal vez.
—Mm. —Priscilla observó a Schult despreciar su propio ser y cruzó los brazos, con lo cual resaltó su amplio pecho. Luego dio un profundo suspiro—. Schult, no te permitiré ser una espada, mas si te niegas a conformarte con el rol de almohada, puedes leer un libro. Eso me serviría más.
—¿Un libro? ¡¿Si leo libros, podré ser su escudo, señorita Priscilla?!
—Jamás. Abandona ya esa fantasía.
—Perdón, me ganó la emoción…
Schult se aferró a esa esperanza que vio por un segundo, y enseguida se arrepintió de sacar conclusiones antes de tiempo. Al ver a Schult así, Priscilla suavizó su mirada y señaló el centro del cuarto con un brazo.
Este cuarto era donde Priscilla dormía, pero aparte de la gran cama, también había una estantería, la cual ella usaba para acomodar los libros que quería leer. La mansión de Priscilla, la residencia Barielle, contaba con una extensa biblioteca, por cuya cantidad de libros podría incluso considerarse la más grande del reino.
Leip, el antiguo dueño y exesposo de Priscilla, prefería juntar solo libros necesarios; pero al pasar la mansión a pertenecer a Priscilla, ella había comenzado a añadir cuanto libro encontraba en su camino a su colección. Esta era tan grande que quien la viera no la llamaría una «amante de los libros», sino una usurpadora de conocimiento.
—A veces, la sabiduría salva más vidas que una espada o un escudo.
—¿Eh?
—Esas son las palabras que dejó un tal sabio hace muchos años. En general estoy de acuerdo, pero aún está a un paso de llegar a ser la verdad.
—Uh, entonces…
Las palabras de Priscilla eran tan complicadas que Schult se tardó en procesarlas. Sin embargo, Priscilla no iba a detenerse solo para sacar de dudas a Schult.
Priscilla siempre caminaba a su propio ritmo. Si querían contemplar su augusta figura desde atrás, aquellos fascinados por Priscilla debían correr constantemente. Pues de no hacerlo, terminarían quedando muy lejos de la imparable mujer.
—…
—La sabiduría es como un bastón omnipotente. La espada y el escudo cumplen su función cuando es necesario, ¿pero después qué? ¿Acaso la espada y el escudo fertilizan la tierra? ¿Acaso la espada y el escudo curan a las personas? ¿Acaso la espada y el escudo cultivan vidas? No, no lo hacen. La sabiduría es el bastón que sirve en todo momento. Yo puedo caminar sin nada ni nadie como apoyo. Mas eso no significa que soy incapaz de caer.
—Y c-caer duele…
—Así es, caer causa dolor. Y también heridas. E incluso sangrado. Sin embargo…
—¡Ah! ¡Pero cuando uno tiene un bastón, puede evitar caerse! —dijo Schult mientras levantaba la mano, emocionado por haber descifrado el significado de lo que Priscilla explicaba.
Al escucharlo, Priscilla relajó sus labios, contenta, y acarició la cabeza de Schult otra vez.
Esta vez no con violencia, sino con suavidad, gentileza y cariño.
—Ahora que lo entiendes, dedícate a la lectura. Sírveme, no como espada ni como escudo, sino como bastón.
—¡E-entendido!… Uh, pero yo no puedo leer esos símbolos…
—Que Al te instruya en eso. Al tiene demasiado tiempo libre, después de todo. Además, a pesar de ese aspecto que tiene, es diestro en la enseñanza. Y si no puede, le cortaré el brazo que le queda y listo.
—¡Qué gran responsabilidad! ¡Me esforzaré por el bien del señor Al! —repuso Schult mientras enderezaba su postura, pensando en lo dura que sería la vida de Al si perdiera ambos brazos.
Al ver la postura de Schult, Priscilla cabeceó, y de repente él notó la presencia de un objeto.
Era el libro que estaba encima de la silla en la que reposaba Priscilla hacía un momento. Schult recordaba haber visto antes ese libro de encuadernación rojo brillante con decoraciones doradas.
Como el encargado de dormir con ella cada noche, Schult lo reconocía. A Priscilla le gustaba mucho, y siempre se levantaba temprano a leerlo sin falta.
—Señorita Priscilla, ¿de qué se trata ese libro?
—Oh, ¿eso? No lo leo por diversión. Podrías llamarlo un cuaderno de notas. Tampoco creo que ninguna parte de su contenido te interese.
—¿Un cuaderno de notas?
Schult inclinó la cabeza, algo confundido por esa frase cuyo significado no reconocía. Viéndolo, Priscilla tomó el libro en cuestión con su mano y pasó su dedo por la encuadernación.
—No hay ninguna lección útil que obtener al terminar de leerlo. Aunque, por supuesto, las expectativas razonables para un libro dependen por completo de cuál leas… No obstante, la emoción de una historia también es uno de los placeres que ofrece la lectura.
—¿…? Pero, señorita Priscilla, para ser su bastón tengo que…
—Estudiar no es el único propósito con el que leo… Mm. —Priscilla hizo una pausa y se posó sobre la silla de nuevo. Luego abrió el libro sobre sus rodillas y ojeó lo que estaba escrito en él—. Esto será interesante. Schult, yo misma te leeré algo.
—¿De verdad, señorita Priscilla? Ay, ¡qué emoción!
—Je, me agradan tus reacciones tan mansas. Bueno… Comencemos.
Observando a Schult, quien estaba sentado recto y de rodillas sobre la cama, Priscilla comenzó a narrar. Ahora que había obtenido esta inesperada oportunidad, Schult estaba dispuesto a escuchar, con suma atención, cada palabra que dijera.
Como una grácil canción, la voz de Priscilla entró por los oídos de Schult.
El comienzo de la historia que contaba fue algo bastante convencional…
—Había una vez, en un lugar muy, muy lejano, una hermosa, encantadora y adorable niña…
Sección 2
Esa hermosa, encantadora y adorable niña portaba un vestido lujoso.
—…
La chica, en cuyo aspecto aún había matices de niñez, caminaba con la espalda recta mientras el faldón de su vestido, rojo como la sangre, se sacudía. Cualquiera podía predecir cuán glamurosa sería en el futuro al ver el intenso brillo que emitían sus ojos rasgados, iris carmesíes, piel clara como porcelana y facciones gallardas.
Rodeada de seis pajes que la acompañaban, la chica iba pisando la alfombra roja con andares imponentes. Al abrirse la gran puerta y pasar por ella, lo que recibió a la chica fue un comedor extremadamente suntuoso y nueve pajes más.
Cuando ella se puso en el centro de la mesa larga, cubierta por una tela blanca, un paje se apresuró a jalar una silla y comenzó las preparaciones para la comida. Se le llevaron los cubiertos que estaban puestos sobre el carrito, y así ella presenció cómo ordenaban todo sobre la mesa. La chica era la única que usaría este comedor vasto, pues los demás miembros del personal habían sido enviados para asistirla y nada más.
—¿Qué se hará hoy?
De repente, mientras las preparaciones de su comida avanzaban, la chica le hizo una pregunta sobre los planes para este día al paje que estaba a su lado. En respuesta, el paje hizo una cortés reverencia.
—Hemos preparado lo necesario para que estudie en su cuarto cuando termine de comer. Aparte de eso, el señor Vincent vendrá a visitarla a la hora del almuerzo.
—¿Estudiar? Vaya plan más insípido. Aunque mejora mi humor saber que mi hermano vendrá. Justo me apetecía cobrar mi revancha por aquel juego de Shatranj que tuvimos.
Al oír la calmada respuesta del paje, la chica contestó en un tono arrogante y cabeceó. Sin aludir a la actitud de su ama, el paje se inclinó y dio un paso hacia atrás para incorporarse de nuevo a la formación de los demás.
—Bueno, aquí vamos —dijo la chica, con un ojo cerrado, al observar su diligencia, y después volvió a mirar al frente.
La comida había quedado lista mientras hacía eso, y ahí estaba servido su primer platillo: una sopa que emitía vapor.
—Permítame.
—Mm.
Una vez listos los alimentos, lo siguiente era consumirlos… en la mayoría de los casos, pero no en este.
Una paje avanzó hacia el frente y, tras dirigirle la palabra a la chica, tomó la cuchara sin fuerza. Después, sacó una cucharada de la sopa y la llevó hacia su propia boca en lugar de la de la chica.
Todo aquel que fuera miembro de la nobleza requería, hasta cierto punto, pasar por esta prueba antes de comer.
Acostumbrada a ello, la chica no tuvo ninguna reacción en particular a la acción de la paje. Esta comprobó el sabor y la ausencia de veneno.
Casi cada comida que se le servía debía ser catada de esta forma primero. Por esa razón, rara vez podía disfrutar su comida cuando estaba recién salida de la cocina.
Por supuesto, estaba consciente de que tal medida era necesaria, pero…
—Es tan fastidioso.
Esa frase, formada por los labios de la chica, no llegó a nadie.
Ignorando el susurro, la catadora terminó su trabajo. Con un tinte de desánimo en su bello rostro, la chica notó que ya era su turno de sorber la sopa fría.
—…
Tomó una cucharada de la sopa y se la llevó a la boca. Sin demora dio el siguiente sorbo, como si expresara su deseo de terminar, de una buena vez, con ese alimento desabrido. De cualquier forma, su único deber era cumplir con las normas de etiqueta sobre la mesa, y así ninguno de los presentes se quejaría de la velocidad a la que comía…
Pero el mayor problema aquí ya no era la velocidad ni la etiqueta.
—¿Uh…?
Súbitamente, un sonido extraño salió de los labios de la chica.
La cuchara cayó de su mano y creó otro sonido. Ella procedió a sujetarse del mantel de la mesa, jalarlo y por consiguiente desordenar los platos y cubiertos colocados encima.
—Ack, gh…
Con la mano contraria, se agarró la garganta mientras un quejido salía de ella.
Sus ojos, abiertos de conmoción, lucían un intenso rojo, el color de la sangre…, y esta vez no solo estaba presente en sus iris.
La chica derramó lágrimas de sangre mientras la hemorragia se intensificaba y pasaba a salir también de su nariz y boca. La escena aberrante causó sobresalto en los pajes que la rodeaban, pero lo único que podían hacer era observar.
Entre los pajes, una sola persona reaccionó con algo diferente de estupor. Y al igual que la chica, esa persona, la catadora, tenía sangre que rebosaba por cada parte de su cara.
—Lo… logré…
Una sonrisa se abrió camino a través del feroz sufrimiento y llegó al rostro ensangrentado de la catadora, quien cayó de rodillas. Colapsó sin siquiera intentar apoyarse en el suelo, prueba de que ese instante sería la última vez que respiraría.
Aunque el mismo veneno la afligía, lo había soportado hasta el final para hacer creer a la chica que estaría a salvo. Y cuando vio el resultado, colapsó por fin, sabiendo que su trabajo como asesina estaba hecho.
Aunque le costó la vida, nadie sería capaz de negar los frutos de su tenacidad.
—Ou, ack…
La silla se desplomó, y la chica quedó tumbada sobre su costado en el piso. Sus brazos y piernas temblaron hasta el último momento, como si intentaran aferrarse a la vida, pero esas vibraciones desaparecieron eventualmente, y el comedor se sumergió en el silencio.
—…
El tiempo se congeló por completo en el comedor, a la vez que lo hizo para las dos víctimas, la asesina y su objetivo. Los pajes sabían que no debían hacer ningún movimiento innecesario ante las fallecidas.
Cualquier sonido que hicieran haría que el paso del tiempo se reanudara, y toda la responsabilidad recaería en ellos. Sus acciones se encontraban restringidas por esa extraña e incierta creencia.
Pero no por mucho tiempo…
—¿Qué es esto? ¿La asesina ha caído en su propia trampa?
—…
Una chica apareció en la entrada del comedor y habló, contemplando los cadáveres con una expresión de aburrimiento.
La llegada y voz de la chica cubrieron de sorpresa las caras de los presentes en el comedor. Eso era de esperarse. Después de todo, el rostro de esa chica era idéntico al de su ama, quien acababa de perecer por el veneno…, pero había algo diferente.
—…
Cruzando los brazos, la chica bajó la mirada hacia la otra que estaba en el suelo. Ciertamente, algunos de sus rasgos tenían un parecido enorme con los de la chica fallecida, pero, al observarlas con más minucia, las diferencias se hacían notables.
Si la fallecida era la obra maestra de un artista distinguido, entonces la chica que la observaba era una concentración de belleza, una cúspide que ni siquiera el mejor pintor sería capaz de alcanzar.
Los pajes abrieron grandes los ojos, pues ahora comprendían… La imponente chica frente a ellos era la auténtica.
—Señorita Prisca…
De repente, uno de los pajes, quien estaba justo al lado del cadáver, pronunció su nombre. En respuesta, la chica, Prisca, se volteó e inclinó la cabeza.
Su cabello tenía un brillo naranja como el sol, y sus ojos rasgados lucían como si estuvieran incrustados de rubíes. Cuando estaba presente, no tomaba más de una mirada darse cuenta de con quién se estaba lidiando…: un ser superior a muchos, y no solo por sus orígenes.
—Es bueno saber que está a salvo…
—Jm, ahórrate esas insignificancias. ¿Acaso creíste que yo sería derrotada con un truco tan absurdo como este? Además, conseguir a una doble apta para este trabajo tampoco fue barato.
Con la cabeza hacia abajo, el paje recibió una mirada afilada de Prisca, quien caminó hacia la occisa.
Era una doble, una persona que poseía una apariencia similar a la de alguien importante, a quien se contrataba para realizar tareas peligrosas como sustituto de la persona original. En ese mundo plagado de ardides donde habitaba ella, no era inusual recurrir a tales métodos, y la doble estaba completamente consciente de que arriesgaba su vida al hacer su trabajo.
No obstante, eso no significaba que quería verla morir en agonía. Y el hecho de que el objetivo había sido alguien cuya cara tenía tanto en común con la suya no dejaba a Prisca relajarse.
—Entonces hay alguien por ahí que ansía verme a mí con este mismo rostro exánime.
—…
Cuando la chica, de once o doce años, murmuró eso, los pajes comenzaron a temblar. Pero ¿quién se atrevería a llamarlos cobardes por ello? ¿Quién lo haría, tras ver el perfil de la chica y la brutalidad que había en sus ojos carmesíes, infantiles pero cautivadores?
—Paje líder, ven aquí.
—S-sí.
Al recibir la seña de Prisca, la representante de los pajes avanzó hacia ella.
—Mm. —Prisca cerró un ojo, mirando de hito a la mujer, veinte años mayor que ella, cuya cara y hombros reflejaban tensión. Luego le ordenó, con una seña más, que prestara atención—. Si no me equivoco, tú fuiste la encargada de seleccionar a quienes trabajarían en la mansión hoy.
—Es verdad. Por lo tanto, asumiré toda la responsabilidad por este fallo.
—Cretina. ¿Por qué razón crees que te asigné este trabajo?
—No lo sé, ¿por qué razón?
Como si la severa reprimenda la hubiera dejado sin palabras, la paje agrandó los ojos ante la pregunta inesperada. Al ver su confusión, los labios de Prisca se curvaron.
Formaron una sonrisa sádica y cruel, expresión que uno jamás esperaría ver en una niña.
Conservando esa sonrisa que, a pesar de todo, tenía cierto encanto, Prisca continuó:
—Si una incompetente está al mando, esos tontos lo verán como la oportunidad perfecta para condenarme a muerte, ¿no es así? En ese caso, debo eliminarlos a todos de una vez, antes de que causen problemas.
—…
Y justo después de que Prisca dijo eso, sucedió.
—Tch…
Formados alrededor de su perpleja líder, los demás pajes sacaron dagas de sus bolsillos y fueron contra ella.
Prisca no tardó ni un segundo en actuar tras detectarlas con sus ojos carmesíes. Agarró del collar a la paje líder e interpuso su cuerpo en la trayectoria de las dagas.
La paje líder gritó al sentir las dagas afiladas clavarse en su carne. No obstante, el grito se cortó enseguida y ella colapsó con los ojos en blanco. Esto evidenció que las dagas estaban cubiertas de un veneno de acción inmediata.
Mientras ocurría eso, Prisca dio un gran salto y aterrizó sobre la mesa en la que estaba puesta la comida; después jaló el mantel blanco por debajo de sus pies y lo extendió por encima de los pajes, o mejor dicho, asesinos que la perseguían.
—…
En un instante y sin decir nada, los asesinos tajaron el mantel tendido sobre ellos. Sin embargo, un solo segundo de obstruir su visión era lo que Prisca necesitaba para cumplir su objetivo.
—Agh…
Un cuchillo de cocina atravesó la garganta del asesino que estaba en la vanguardia. Impulsado por las pequeñas piernas de Prisca, el objeto destrozó su piel delgada, y la siguiente patada lo hizo clavarse aún más profundo.
El hombre, con una perforación fatal en la garganta, levantó su daga mientras su mano temblaba. Cuando lo hizo, Prisca saltó hacia él, le sujetó el brazo, lo movió e hincó la daga en el pecho de otro asesino. Un roce bastaba para que el veneno que cubría la daga dejara inconsciente a su víctima. Y una puñalada cerca del corazón garantizaba la muerte instantánea.
—¡¿Cómo nos está venciendo una niñita?!
—¿Qué, están teniendo problemas? Claro, después de todo, basura como ustedes es incapaz de hacerlo mejor.
Frustrado por el fracaso de sus ataques, el oponente gritó de impotencia, ante lo cual Prisca solo se burló y tumbó la daga embistiéndola con la silla que tenía a mano. El asesino siguió, con sus ojos, el camino que la daga recorrió por el piso; y mientras lo hacía, ella picó sus globos oculares con los dedos, para luego romperle el cuello, sin piedad, con un pisotón en cuanto perdió la vista y cayó.
En medio de esa abrumadora refriega estaba Prisca, su armada consistente de una sola persona, manipulando a los adultos a su gusto. Aun así, ellos la sobrepasaban en cantidad, y estaban comenzando a recuperarse y llenar el espacio poco a poco.
Otro factor que la ponía en desventaja era que a su alcance solo tenía el mantel y los cubiertos, objetos no diseñados para ser usados como armas.
Sin embargo…
—Basta, ya me harté de desgastar mis propias manos con esto.
Sin mostrar una sola pizca de preocupación por esa situación, Prisca le dirigió a sus enemigos una mirada repleta de nada más que aburrimiento puro. Al ver sus ojos carmesíes, todos los asesinos se pusieron tensos.
Si lanzaban un ataque simultáneo, incluso si alguien moría en el intento, por lo menos una daga llegaría a ella. Esas hojas venenosas eran capaces de robarle la vida a alguien con solo rozarlo. Prisca no sería la excepción.
Por lo tanto, la estrategia de los asesinos era, a pesar de sus riesgos, acertada.
Pero…
—Ngh…
—Son todos unos tontos. ¿Por cuál motivo creen que yo vine sola hasta aquí, aun sabiendo sobre su ataque?
Al mismo tiempo que los asesinos saltaron hacia ella, la fría voz de Prisca permeó sus mentes como si de veneno se tratara.
Pero los asesinos no tenían tiempo para preguntarse qué quería decir. No mientras sus cuerpos eran consumidos por el fuego y morían calcinados, sin siquiera poder gritar antes.
—…
Los catorce asesinos que intentaban acabar con Prisca ardieron en conjunto.
Sin excepciones, e incluyendo a quienes habían perecido previamente por la represalia de Prisca. Llamas de color verde se alzaron y crearon una escena maravillosa que hizo aplaudir a Prisca.
—Oh, qué gran espectáculo tenemos aquí. Las llamas jamás pierden su belleza. Ni siquiera cuando su leña son las vidas de unos tontos… Te concedo un elogio.
—… Me siento… honrada.
Mientras contemplaba a los asesinos ardientes, Prisca pronunció una loa, a la cual respondió otra voz. Esta última provenía de una figura pequeña que se encontraba en el espacio entre Prisca y los asesinos que habían intentado atacarla.
—…
Era una chica en la adolescencia temprana; a juzgar por su apariencia, no lejana a la edad de Prisca. De su cabeza salían dos orejas de perro, características de los semihumanos de su tipo, y en su mano sujetaba una rama sin pulir que parecía haber sido recogida de alguna arboleda.
Lo más destacable de la niña era su ligero aire de indecencia, causado por los paños menores que dejaban expuesta la mayor parte de su piel morena y lisa, y que en el flequillo de su cabello plateado había un mechón singular de color rojo.
Ella observó a los asesinos que ardían y, con ojos inexpresivos, volteó a ver a Prisca.
Luego…
—Eliminación, finalizada. Me alegro de que esté… Borp.
—Oye. ¿Acabas de dirigirme un eructo?
—No… Solo fue… Borp.
—Cretina. Eso es precisamente un eructo.
La chica lo negó con un meneo lento de la cabeza, sobre la que Prisca le propinó una palmada ligera.
