Sección 3
—Auch —murmuró la chica de manera monótona. Después tocó las orejas caninas en su cabeza—. Señorita Prisca… ¿Qué le pareció?
—Ignorando la insulsez de tu pregunta, ya te lo dije hace un momento: fue algo digno de mis elogios. He resultado completamente ilesa. Además, la eliminación de los culpables fue espectacularmente deleitable.
—… Todo fue gracias a los espíritus.
Con una leve expresión de timidez, la chica bajó la mano y la separó de sus orejas. Cuando lo hizo, una tenue luz se tornó visible en su palma.
Esa luz era un ser insustancial conocido como espíritu, capaz de manifestarse por medio del prana; y más específicamente, pertenecía al grupo de los espíritus menores, seres de poder y consciencia escasos. Entre los espíritus, había algunos que podían comunicarse con los humanos y formar contratos con ellos para prestarles su poder.
Y esta chica era una de esas personas que tomaban prestados esos poderes.
Sin embargo, ella no necesitaba tener un contrato…
—Am.
Sin vacilar, la chica se echó a la boca el espíritu menor que tenía en la mano y lo masticó.
Al ver esto, Prisca entrecerró sus ojos carmesíes y sonrió, entretenida.
—A pesar de que lo he visto muchas veces, todavía me parece curioso. No esperaba menos de una «Devoraespíritus».
—Borp.
Al oír a la chica eructar de nuevo, Prisca cruzó los brazos y se encogió de hombros.
«Devoraespíritus». Ella tenía esa habilidad usurpadora que le permitía comer espíritus y obtener sus poderes sin contratos.
Por supuesto, no cualquiera podía robar el poder de un espíritu comiéndoselo. Ese atributo era extremadamente raro, por lo que incluso Prisca lo consideraba altamente valioso.
—Arakiya, has seguido mis órdenes al pie de la letra.
—… Por usted, hago lo que sea, señorita Prisca.
Llamando a la chica, Arakiya, por su nombre, Prisca avanzó por encima del montón de cenizas que antes eran humanos. Se dirigía hacia el único cadáver que no había quedado desintegrado por el fuego.
Ahí yacía una chica, la doble de Prisca, quien aún tenía la misma expresión de angustia con la que había muerto. Prisca se agachó al lado de la chica y, con sus propios dedos, le cerró los ojos y le arregló la cara.
—Aunque solo fue una vez, esta cara sirvió como suplente de la mía. Y por eso no puedo soportar verla en tal estado.
—¿Quién era… ella?…
—Alguien que cumplió su propósito. Con eso basta para que su vida haya tenido valor. La devolveremos a su familia y pagaremos el precio correspondiente. Eso será la recompensa por su excelente desempeño como mi representante —explicó Prisca a Arakiya, y luego se levantó.
Al ver su perfil, se notaba que de él ya había desaparecido todo rastro de interés por la chica que la había suplido. Hecho eso, Prisca movió su mirada, de la chica al interior del cuarto y después al techo, y murmuró:
—Bueno, supongo que dejaré que mi hermano se encargue de resarcir este desastre.
Sección 3
—¿Entonces causaste aquella catástrofe, aun previendo la llegada de visitas? Vaya, qué hermana más bestial tengo —dijo el visitante, aludiendo a la terrible escena en el comedor, mientras la curva de sus labios creaba una expresión gozante.
Quien exhibía esa sonrisa sádica era un joven de cabello negro. Sus ojos rasgados albergaban, aparte de hermosura, inteligencia, y sus iris de tonalidad oscura abundaban, asimismo, en una misteriosa refulgencia, como si de este mundo vieran hasta el más profundo abismo.
Aunque apenas frisaba en los veinte años, nada en su aspecto ni en sus maneras daba una impresión de inmadurez. Con su figura juncal conseguía que otros se arrodillaran, efecto del talento innato como líder que irradiaba ante quien lo observara.
Él era Vincent Abellux, noble del Sacro Imperio de Vollachia y medio hermano de Prisca Benedict.
Acompañado de su séquito, Vincent había venido a visitar la mansión de Prisca.
Al llegar lo recibieron Prisca, quien había terminado la masacre hacía casi una hora, y Arakiya, la única superviviente. Después de escuchar la historia detrás del asunto, él abrió la conversación con sus primeras impresiones.
Nadie normal encontraría esas palabras apropiadas para dirigírselas a una hermana después de un intento de asesinato, pero…
—Yo no he hecho nada bestial. Cuando una mosca pasa, hay que ahuyentarla, aplastarla o quemarla. No veo ninguna razón para juzgarme por hacer lo más lógico. Para empezar…
—Déjame adivinar: «¿Qué te hace creer que tienes derecho a juzgarme?»
—Ni tú estás exento de la norma, hermano.
A Prisca no pareció importarle que Vincent predijera su discurso. Notando esa actitud, Vincent cerró un ojo, recruzó sus piernas largas y miró a la chica que estaba junto a Prisca.
Inexpresiva, insensible, y además, postura carente de sofisticación.
Considerando cuán exigente era Prisca al elegir los adornos que se ponía, la presencia de esa chica a su lado se veía como una gran mácula para su imagen.
No obstante, Vincent confiaba profundamente en que su hermana nunca hacía algo sin razón. La forma en que había quemado a los asesinos con fuego verde servía como muestra de su capacidad.
—Bueno, si no te importuna que indague, ¿sabes cuál es el origen de aquellos asesinos?
—Lo desconozco. Fueron tan deficientes al atacar como excelentes al hacer su procedencia ilocalizable. Por más que me exacerbe, no puedo hacer nada más para rastrearlos. Y tú, hermano, ¿tienes alguna idea?
—Nada específico, pues razones por las que alguien nos querría muertos hay de sobra —contestó Vincent, con una sonrisa cruel, a la pregunta.
Prisca no tenía expectativas de una respuesta mejor, por lo que no se decepcionó.
—Ya veo —se limitó a responder.
Estaban en la sala de la mansión de Prisca, habitación ajena a los sucesos graves.
Prisca había dejado el desastre en el comedor tal como estaba al acudir a recibir a Vincent y sus acompañantes. E incluso después de enterarse de que varias personas habían muerto en la residencia de la niña, la expresión del joven no se había alterado en lo más mínimo. Al igual que Prisca, Vincent ya estaba muy acostumbrado a este tipo de incidentes.
La situación de ambos era tal que, desde su niñez, los intentos de asesinato se habían vuelto el pan de cada día. De entre todos sus medios hermanos, Vincent era aquel cuya audacia Prisca consideraba más equiparable a la suya.
Aunque a Vincent no lo haría muy feliz escuchar a una niña siete años menor darle tal evaluación.
De cualquier forma…
—Yo me encargaré de solucionar el asunto de la mansión. Incluso a mí me daría tristeza perder a mi hermana, después de años de pertinaz supervivencia, por una razón tan absurda.
—«Tristeza», muy loable tu razón. Pero bien, ¿cómo podría no aceptar de buen grado un favor de parte de mi amado hermano?
—Creo que el donaire no es tu fuerte.
—Si tan solo supieras que llamarte «amado» es el agasajo máximo que puedo ofrecer —repuso Prisca con viveza, alzando la taza de té que ella misma había preparado como única muestra de hospitalidad.
Con una sonrisa amarga, Vincent aceptó la taza, sin quejarse del afecto superficial. Se la llevó a la boca y dio un suspiro corto.
Entre estos hermanos, la capciosidad y el sarcasmo no podían faltar al momento de conversar.
Si bien la manera en que interactuaban sugería enemistad, a pesar de las apariencias, tanto Vincent como Prisca sentían aprecio el uno por el otro. Prueba de ello era el hecho de que él aceptó el té y, sin pensarlo dos veces, lo bebió.
—¡Su Excelencia, Su Excelencia! Ya terminé de dar mi ronda por el área.
De repente, un tercero interrumpió el tranquilo momento que compartían los dos.
La puerta de la sala se abrió desde el exterior, y apareció, sin pena, un joven de complexión asaz menuda. El chico, coetáneo de Prisca y Arakiya, tenía una figura delicada y cabello azul atado por detrás de la cabeza.
Su rostro era andrógino y tan fino que resultaba fácil confundirlo con una chica, pero su aspecto y conducta varoniles disminuían bastante la probabilidad de que su género quedara ambiguo.
El joven entró casi brincando y se estribó en el respaldo del sofá donde estaba sentado Vincent. Luego asomó la cabeza por encima del hombro de Vincent.
—Oiga, Su Excelencia, me siento esclavizado. Y encima me da un trabajo soso. Demasiado soso, de hecho. Aclaro que no me molesta que me utilice, pero ¿por lo menos, me podría dar un trabajo más apropiado para mis capacidades?
—Vaya estridencia. En primer lugar, no te corresponde darme sermones; yo soy el dueño. Tú eres el perro, y más vale que no lo olvides.
—Pues los perros también tenemos nuestro estilo. Siempre hay un lugar, un escenario para dar a conocer nuestro talento, ¿no es así? Lo que yo necesito es un escenario adecuado, en el que pueda exhibir mi ser en todo su esplendor. Vamos, que la vida es corta.
Consciente de que el joven no estaba dispuesto a quedarse callado, Vincent suspiró y no dijo más. Todavía con una mueca en su rostro, el chico miró al frente y se percató de Prisca.
—Oh —exclamó—, vaya, pero qué señorita tan hermosa tenemos por aquí. Y qué bonitos ojos tiene. Creo que me veo bien guapo reflejado en esos rubíes, ¿qué opina usted?
—Hermano, eres libre de acoger un payaso si así lo prefieres, pero has cruzado un límite trayendo este a enhastiarme. Me provoca desagrado absoluto.
—¿Payaso? ¿Dónde rayos hay un payaso por aquí?…
Acodándose sobre el reposabrazos de la silla, Prisca evaluó al chico enérgico. Sin embargo, el chico en cuestión solo pasó la mirada con prisa por todo el cuarto, como si no hablaran de él.
—Payaso, payaso, payaso… No veo ninguno. Un momento, ¿no estará confundiendo a la perrita con uno? Si se refiere a ella, ahí la tiene al lado, aunque se ve que tiene sueño.
—… ¿Perrita? ¿Yo?
Tomada por sorpresa por sus palabras, Arakiya se señaló a sí misma e inclinó la cabeza.
—Claro, ¿quién más? Me encantan tus orejas caídas, perrita. Pero, aunque sea para atraer a la gente, ¿no crees que esa ropa es excesivamente reveladora? Ver mucha piel expuesta es incómodo.
—Excesivamente, reveladora… Perrita…
Al escuchar la perorata rápida del chico, Arakiya miró de reojo a Prisca. Con esa mirada, Prisca adivinó sus intenciones y cabeceó.
—Hermano.
—¿Mm?
—Mejor ve y busca un payaso de repuesto.
Inmediatamente después de que Prisca dijo eso, la silueta de Arakiya desapareció de su lado.
En un abrir y cerrar de ojos, hizo su aparición de nuevo, esta vez en el techo de la sala. Ahí, con el cuerpo al revés, Arakiya se lanzó encima del chico que estaba tocando a Vincent.
—Guau guau.
Una luz azul rutiló en la mano de Arakiya y creó una llama lista para calcinar al chico…
—Cuánta impaciencia. Aunque esa reacción no me desagrada; de hecho, me gusta.
Cuando se dio cuenta, el joven ya había desenvainado una espada, detenido la palma de Arakiya y neutralizado por completo el ataque sorpresa.
Lo que el chico sostenía era una espada especial, conocida como katana, típica de la ciudad estado occidental de Kararagi. Gracias a su habilidoso manejo de esta, el chico había sobrevivido, con mínimo esfuerzo, al golpe letal de Arakiya. Pero eso no era todo, pues la hoja de otra katana, también empleada por él, estaba colocada sobre la nuca de Arakiya.
—…
Un movimiento de esa hoja y la cabeza de Arakiya caería… Tan pulida estaba su habilidad con la espada que podría convencer a cualquiera de eso. Quizás era más digno de sorpresa que semejante destreza estuviera oculta dentro de él cual hoja dentro de su vaina.
—Fue un hallazgo mío. Lo encontré hurgando un campo de batalla en búsqueda de armas abandonadas, y lo recogí.
—Obtener el arma perfecta nunca es cosa fácil. Mi plan era hacerme famoso a través de la labor bélica y luego comprarme una buena katana con mi salario, pero ahí fue cuando Su Excelencia se fijó en mí.
Rápida y ágilmente, el chico apartó las dos hojas del cuello de Arakiya y regresó ambas katanas a sus respectivas vainas, las cuales traía en la cintura.
—Ah, puedes emboscarme otra vez si quieres. ¿Qué tal si esta vez esquivo el golpe en lugar de detenerlo? Así quizás mi genialidad destaque más y… ¡¿Auch, auch-auch?!
—Detente. No tientes a tu suerte. Aún no tengo intención de hacer de Prisca una enemiga. Aún. —Vincent forzó al chico a callar jalándole una oreja. Después tiró de esta sin piedad y llevó al chico al frente—. Preséntate. Mal no te haría que ella te recuerde.
—Es un enorme placer conocerla. Mi nombre es Cecilus Segmunt. Soy confidente del aquí presente Vincent Abellux, la flor de este mundo y el actor estrella. Y algún día, me conocerán como el más fuerte del imperio.
—…
Al escuchar esa presentación atrevida, los ojos de Prisca, por primera vez, mostraron ligero interés.
—Ja —pronunció Prisca al abrir sus labios rosados—. Vaya pedantería me ha hecho escuchar este. Y lo más irremediable es que ahí no hay ni una brizna de impostura.
—Bueno, no tengo ninguna razón en particular para mentir. Ah, señorita Prisca… Ese es su nombre, ¿verdad? Su perrita también va por muy buen camino. Aunque tampoco tiene oportunidad contra mí.
—… Odio… a este… tipo.
Al ser rebajada por Cecilus, quien reía en voz alta y con total tranquilidad, Arakiya se enfurruñó. Prisca invitó a Arakiya a apoyarse en su regazo, y comenzó a acariciar la cabeza de la chica cuando ella lo hizo.
—Por cierto, hermano, dijiste que «aún» no estás dispuesto a enfrentarte a mí, ¿cierto? —preguntó mientras acariciaba a su compañera.
—Excelente oído… Es verdad, eso dije.
—Sé que, al igual que yo, seleccionas cada palabra con esmero. Y por eso, hermano, es más claro que el agua por qué motivo dijiste aquello… ¿Acaso ha llegado «ese momento»?
—Una vez más, compruebo que tengo una hermana muy perceptora.
La interrogación de Prisca hizo que la expresión de Vincent se transformara y adquiriera un semblante de complacencia. Sin comprender lo que significaba la conversación de los hermanos, Arakiya y Cecilus inclinaron la cabeza.
Sin embargo, a diferencia de la pasiva Arakiya, Cecilus no dudó en preguntar.
—¿De qué hablan? Disculpen que me meta, pero ¿acaso tiene algo que ver con esta visita?
—Lo intuiste… No, conociéndote, es simple especulación. Por supuesto que es pertinente. Nuestras circunstancias no son tan amenas como para visitarnos por motivos puramente amistosos.
Vincent respondió a la pregunta de Cecilus, y luego se levantó.
El hombre, cuya estatura superaba a la de los jóvenes presentes, bajó la vista para observar a Prisca, su hermana menor.
Prisca correspondió a la mirada firme de esos ojos oscuros con sus propios ojos carmesíes…
—¿Este es el comienzo?
—Así es, pronto… El Rito de Selección Imperial. Prisca, ve y prepara tus cosas para ir a la capital.
Vincent cortó sus palabras ahí por un momento, y luego continuó…
—Nuestro padre, el emperador, está próximo a su muerte.
Sección 4
El Sacro Imperio de Vollachia tenía el dominio total de la zona meridional del mundo.
El área vasta que ocupaban los territorios dentro de su dominio lo hacía el país más extenso, y esta magnitud no se veía opacada ni siquiera al compararla con los otros tres países existentes.
Entre las cuatro naciones, el Imperio de Vollachia, dotado de un clima templado y tierras fértiles, probablemente ofrecía el ambiente más cómodo para vivir…
No obstante, este reconocimiento solo valía en relación con su ambiente natural.
La prosperidad de la tierra permitía, por supuesto, que quienes vivieran en ella crecieran fuertes y recios.
Como resultado natural, el Imperio de Vollachia había instaurado un sistema que normalizaba la glorificación del fuerte y la opresión del débil. Los habitantes se encontraban regidos de forma absoluta por esta ley no escrita, y ni el paso del tiempo podía mitigar su influjo… Al contrario, lo hacía crecer.
Donde se podía apreciar con mayor claridad tal carácter era en el representante nacional, el emperador de Vollachia, y en la familia imperial que compartía su sangre.
—Cierto es que tener a todos los hermanos reunidos en el mismo lugar, como ahora, es un espectáculo —expresó Prisca, tras observar el gran salón y examinar a los asistentes.
—Tienes razón —respondió Vincent a las impresiones de Prisca.
Los medios hermanos compartían el momento sosteniendo copas de alcohol. Ni utilizando los dedos en ambas manos de Prisca y Vincent se podía contar a todos los presentes.
Contando tanto a los hombres como a las mujeres, Prisca tenía sesenta y seis hermanos… Aunque, si la cuenta excluía a los que ya no vivían, la cantidad se cercenaba hasta treinta y uno.
—…
Dieciocho hermanos, trece hermanas. El grupo entero de los treinta y uno, junto con Prisca, eran los hijos de sangre del emperador actual, Dreizen Vollachia.
Las diversas etnias que se mezclaban en el Imperio de Vollachia lo convertían en un crisol de razas. Los emperadores recorrían el país entero, tomando a mujeres prestigiosas, independientemente de la raza, para engendrar hijos. El actual había tenido, en total, sesenta y siete…; y por esto, se le consideraba poco fértil, de modo que algunos incluso lo llamaban desemillado en son de burla.
Esas burlas eran esperables, pues, a lo largo de la historia, el número usual de vástagos procreados por sus predecesores rayaba en los cien o doscientos.
—Bueno, debe de ser algo insufrible desde el punto de vista de aquellos que son engendrados. Tener más de sesenta hermanos implica muchas caras y nombres distintos que recordar… Si todo descendiente de un rey sabio heredara su sabiduría, tales adversidades no existirían.
Esa era la opinión sincera de Prisca como parte de ese grupo de sesenta y siete.
A algunos de sus hermanos ni siquiera los conocía. Una parte de su sangre la vinculaba a ellos, pero nada más. Eso, por sí solo, no era razón para amarlos ni para tenerlos en cuenta.
De no ser por los intereses comunes que había mencionado Vincent, no tendrían conexión alguna.
—Oh, cielos. Te noto muy poco animada hoy, Prisca.
—…
—Vamos, ¿ni siquiera me ofreces un saludo, después de tanto tiempo sin vernos? Cómo maltratas a tu pobre hermana.
Provista de una voz empalagosa, otra chica entró en escena y suscitó una mirada fría de parte de Prisca.
La chica se distinguía por su cabello, cuyo color era un naranja idéntico al de Prisca, sumado a sus ojos caídos y el brillo sugestivo que residía en ellos. Superaba a Prisca en edad por cuatro o cinco años, y su figura estaba dotada de curvas femeninas.
Ella era una de sus hermanas. Su nombre era…
—Esfúmate, Lamia. Con solo oír tu voz empalagosa comienzo a sentir rabia. Encuentro menos amenazante una daga envenenada en mi carne que tu voz en mis oídos.
—Mira nada más con qué palabras tan punzantes me has recibido. ¿Por qué será que una niña como tú es a quien nuestro hermano Vincent favorece tanto? Hermano, explica de una vez.
—Porque me parece un encanto su gran avilantez.
La respuesta de Prisca no fue solo desafecta, sino también malevolente, pero la chica, Lamia, no retrocedió. Al contrario, reaccionó con una sonrisa cautivadora, nulo esfuerzo por ocultar su malicia.
Lamia había establecido esta rivalidad con Prisca hacía años. Hubiera sido lindo creer que, en el fondo, quería la atención de su hermana, pero la cruel realidad era que sus acciones derivaban de animosidad pura.
Como prueba de ello…
—Oh, cierto —dijo Lamia con una sonrisa forzada—, por casualidad llegó a mis oídos que los sirvientes de tu mansión te atacaron… Uy, qué miedo. No puedes estar tranquila siquiera en tu propia casa, pobrecita.
—Cesa tus ladridos descarados, perra.
Ella mencionó aquel incidente, sobre el cual alguien ajeno no debería saber, con estilo deliberado, como si estuviera segura de que era imposible encontrar pruebas que la incriminaran. Maldiciendo su astucia para sus adentros, Prisca miró a Lamia con odio.
Una curva de placer apareció en los labios de Lamia cuando vio los ojos de Prisca.
—Me gusta esa cara, Prisca. Pobrecita de ti, no sabes nada.
Lamia se puso una mano sobre la boca y escarneció a Prisca. Una vez que perdió el interés en Prisca, procedió a acercarse a Vincent.
—En fin, ¿por qué no nos convocaron al Palacio de Cristal, sino a su anexo? Nuestro padre está en mala salud, ¿no te parece raro entonces?
—Obviamente, no fue una decisión aleatoria. El Palacio de Cristal es el emblema de la capital imperial, por lo que es impermisible que sufra cualquier estropicio. En cambio, un menoscabo al anexo no causaría problemas mayores.
—¿Y eso significa…?
Por un momento, Lamia entrecerró los ojos e intentó preguntarle a Vincent a qué se refería.
Sin embargo, antes de que ella pudiera hacer la pregunta, la situación cambió.
—…
La puerta se abrió junto con un sonido leve y atrajo las miradas de los presentes en el salón hacia allí. Lentamente, a través de la gran puerta apareció un hombre de cabello blanco que frisaba en la vejez.
En sus brazos, cuello y otras partes se notaba una pérdida de peso, y su piel había comenzado a perder el color, como la de un enfermo. No obstante, sus ojos carmesíes despedían un resplandor ardiente, y la falta de vitalidad en su cuerpo quedaba contrarrestada por su desbordante espíritu.
—El emperador, Dreizen Vollachia.
Prisca observó al hombre y pronunció su nombre.
Él era el mismo Dreizen Vollachia, emperador del Sacro Imperio de Vollachia y padre de sangre de los treinta y dos presentes.
—…
Conforme avanzaba Dreizen, cada uno de sus hijos se arrodillaba en señal de respeto. Quienes estaban platicando hacía un momento habían cesado por completo y dejado el lugar en un silencio donde solo se escuchaban los pasos calmados de Dreizen. Por fin, el emperador llegó hasta el fondo del salón, donde estaba una silla cuyo diseño imitaba el del trono.
Dreizen dio un largo suspiro y examinó el gran salón con una sola mirada…
—Ahora es cuando diría que me complace verlos aquí reunidos…
—…
—Pero he avistado entre ustedes a algunos que no están arrodillándose ante mí.
Al escuchar las palabras de Dreizen, los que estaban arrodillados levantaron la cabeza, sorprendidos. Voltearon apurados hacia atrás, y al hacerlo, encontraron a varias personas que aún estaban de pie, empezando por Prisca.
En ese grupo también estaban Vincent y Lamia. Aparte de ellos, había unos cuantos más, aunque menos de diez, pero…
—Oigan, ¿qué creen que hacen? Nuestro padre… Su Excelencia el emperador está presente. ¡Qué irreverente de su parte!
—¿Irreverente? «Irreverente», no me hagas reír. Cualquier miembro respetable de la familia imperial sabría de inmediato quién tiene la razón entre tú y yo. Aprende a ser algo más que un esclavo del sistema, inepto.
—¿Qué…?
Uno de los hermanos de Prisca levantó la voz, a lo cual ella contestó con una objeción despiadada. Considerando que tenía alrededor de sesenta hermanos, no era extraño que su diferencia de edad con este fuera similar a la de un padre con su hija.
Al escuchar lo que dijo Prisca, quien era casi veinte años menor que él, el hermano habló con el rostro enrojecido y la voz temblorosa:
—Prisca, ¿cómo te atreves a responder de esa manera… a tu hermano mayor?
—¿Hermano? Oh, ya veo. Ahora lo entiendo. Disculpa, a pesar de que mis hermanos son numerosos, pocos son los que tienen el valor suficiente para que yo haga el esfuerzo de recordar sus caras y nombres. Vaya, quién diría que este sería hermano mío.
—Gh…
Con la cara enrojecida ante tal afrenta, el hermano se levantó. Su postura delataba que no dudaría en lanzarse sobre su joven hermana. Sin embargo…
—Basta.
—Eh… Pero, padre…
—¿Dices que me han faltado al respeto? Si estás tratando de complacerme, me parece sumamente ridículo. Yo no tengo intención de reprenderlos por no arrodillarse ante mí… Al contrario, lo aprecio.
El emperador detuvo la disputa de los hermanos. Pero sus palabras no estaban apoyando al hermano mayor, sino consintiendo la conducta de Prisca.
Como prueba, Dreizen cruzó sus manos, en las cuales se notaban sus huesos, y miró a Prisca con atención.
—Prisca. ¿Por qué razón no te arrodillaste ante mí?
—Eso es obvio. No lo hice porque no encontré en ti ninguna cualidad que amerite que yo me arrodille. Has envejecido, padre. «En el Imperio triunfan los fuertes», esa es la enseñanza que hemos recibido, y tú ya no luces digno de ser su máximo representante.
—Ja.
El emperador no se indignó cuando la niña le dijo eso; solo sonrió.
Con sus ojos carmesíes, echó un vistazo a los otros, aparte de Prisca, que no se habían arrodillado.
—…
Ninguno de ellos negó la afirmación de Prisca.
Todos ellos opinaban más o menos lo mismo… No podían reconocer al emperador, en su condición actual, como digno de reverencias.
—No esperaba menos de la familia imperial de Vollachia. He aquí la prueba de que son deudos míos.
—¡Padre…!
—Rommel, tú mismo lo dijiste. «Irreverente». Dijiste que eran «irreverentes». ¿Qué valor encuentras en algo así? Rommel, ¿por qué no lo intentas?
—¿Intentar qué?…
Ante las palabras del emperador, el hombre, cuyo nombre era Rommel, frunció el ceño. En el siguiente instante, el emperador lanzó su mano al aire y sacudió el brazo con fuerza.
Inmediatamente después, el espacio se distorsionó frente a los ojos de Rommel, y ahí surgió de repente la empuñadura de una espada.
—…
Rommel abrió grandes los ojos. Los demás también se quedaron sin aliento.
La empuñadura de la espada que acababa de aparecer era demasiado hermosa. Lo era tanto que uno quedaba pasmado con solo pensar en cuán venustas serían la hoja y vaina que la acompañaban.
—La «Espada Yang» de Vollachia.
—Conque esta es la famosa espada legada de generación en generación en la familia imperial… —susurró Rommel al escuchar a Dreizen, su rostro lleno de emociones.
Aunque tenía la cara tensa de temor y exaltación, obedeció a su padre y pasó al frente mientras tragaba saliva.
—E-es un gran honor que me asigne esta tarea, Su Excelencia.
Rommel agradeció temblando con deleite, a lo cual Dreizen no respondió. Rodeado de las miradas impacientes de todos, Rommel se armó de valor y estiró su brazo hacia la empuñadura de esa espada envainada en el aire.
El origen de la «Espada Yang», que portaba el nombre del imperio, se remontaba a la fundación de la nación.
Se decía que, como su nombre, Vollachia, sugería, solo el emperador del Imperio de Vollachia tenía derecho a manejarla, y este día fue la primera vez que Prisca la vio en persona.
Y ahí mismo comprobó lo que «solo el emperador tiene derecho a manejarla» significaba en realidad.
—¿Eh?…
Cuando Rommel agarró la empuñadura de la Espada Yang e intentó sacarla del aire, soltó un sonido atónito.
En el momento en que creyó haber desenvainado con éxito la hermosa hoja, la mano con la que había tomado la espada se incendió, y las llamas envolvieron su cuerpo en segundos.
—Ngh…
Envuelto en las flamas inmensas, Rommel trató de gritar. No obstante, lo primero en quemarse fueron su garganta y pulmones, órganos que necesitaba para eso. Ni siquiera se le permitió expresar su agonía.
En lugar de Rommel, aquellos que se habían arrodillado ante el emperador gritaron desesperados. Pero eso no sirvió de consuelo para nadie. Sin tener siquiera un momento para retorcerse, el cuerpo de Rommel cayó sobre la alfombra, tan carbonizado que era imposible discernir a qué dirección apuntaba su cara.
En cuestión de segundos, el fuego eliminó a Rommel de la familia imperial.
—Madre mía, vaya hedor —expresó Lamia con el ceño fruncido.
Algunos estaban a punto de vomitar a causa del hedor del cuerpo quemado.
Incluso Prisca, quien había quemado a todos sus pajes en un incidente reciente, sintió asombro, pero no repugnancia.
Ese asombro no fue por Rommel, sino por la Espada Yang que le había dado muerte al susodicho.
—Entonces, repele el tacto de cualquiera que no sea el emperador…
Aparte de los hermanos alterados, también hubo cerca de diez personas que reflexionaron en silencio sobre el porqué de la muerte de Rommel. Vincent fue uno de ellos, y, por supuesto, la conclusión que susurró coincidía con la de Prisca.
—¡P-padre! ¿De qué se trata todo este…?
—Silencio.
Con esa sola palabra, Dreizen enmudeció a aquellos que se encontraban agitados por la muerte inesperada.
Los ojos del emperador anciano recorrieron el salón entero y le dirigieron a sus vástagos una mirada penetrante que emanaba poder puro. Mientras el fiero brillo de sus ojos rojos dejaba inmóviles a varios, Prisca se dio cuenta de algo.
—¿Q-qué es eso?… —preguntó otra persona, que se dio cuenta de lo mismo que ella, en un tono miserable.
El espacio estaba distorsionándose frente a cada uno de ellos, y de ahí sobresalía la empuñadura de una espada roja. Apareció ante Prisca…; no, no solo ante ella, sino ante Vincent, Lamia y los demás por igual.
Para sorpresa de todos, en ese espacio estaba apareciendo una empuñadura de la «Espada Yang» de Vollachia por cada uno de los miembros de la familia imperial, menos el muerto.
—Con esto daremos inicio al «Rito de Selección Imperial».
Enfrente de esa escena surrealista, Dreizen declaró con vitalidad excelsa en su voz.
Dreizen, el hombre al que Prisca había juzgado como un árbol marchito, un emperador decrépito y un montón de ascuas vivientes indigno de reverencias, abrió con fuerza los ojos y contradijo todas esas impresiones; hizo sentir su presencia como si de fuego se tratara.
Y luego…
—La «Espada Yang» escogerá a su amo. Ser elegido por la espada es el primer requisito para llegar al trono.
—…
—Adelante, desenvainen hoy la espada y asgan su destino, pues el karma así lo dicta.
Con ese discurso, el emperador…, no, el exemperador Dreizen Vollachia se levantó. La empuñadura de esa preciosa espada también apareció por encima de su figura parada.
Dreizen la agarró con vigor. Y en cuestión de segundos, las llamas cubrieron su cuerpo.
—…
Así anunció la «Espada Yang» su abandono al exemperador y la búsqueda de su próximo dueño.
Dreizen Vollachia pereció y dejó vacío el trono del Imperio de Vollachia. Su muerte marcaba el inicio de aquella ceremonia, repetida por generaciones, en la que se elegiría a su sucesor.
En otras palabras, significaba el comienzo del «Rito de Selección Imperial».
—Prisca.
De repente, en medio del asombro por el hombre ardiente, Prisca oyó a Vincent llamarla.
¿Acaso él, quien había predicho la muerte del exemperador, sabía que esto ocurriría? Eso no importaba ya.
Prisca volteó, y con un cruce de sus ojos carmesíes con los ojos negros de su hermano, ambos se entendieron.
Y después, sin dudarlo un segundo, Prisca extendió su mano hacia la empuñadura delante de sí…
—El mundo está diseñado para mi conveniencia.
Desenvainó la espada.
Así comenzó el «Rito de Selección Imperial», origen del gobernante de cada nueva era para el Sacro Imperio de Vollachia.
O sea, una matanza despiadada entre los hermanos que descendían del emperador.
Sección 5
El emperador de Vollachia, Dreizen Vollachia, había perecido.
Ese acontecimiento y el inicio del «Rito de Selección Imperial» se difundieron en el imperio de manera inesperadamente pacífica.
Dreizen, quien a su edad ya no lucía apto para ser el emperador, había muerto calcinado por fieras llamas frente a sus hijos…, pero su orgullo se había mantenido firme hasta el último momento.
La muerte del emperador siempre venía acompañada de un periodo de vacancia del trono. Sin embargo, la población ya estaba familiarizada con el proceso de sucesión, por lo que ni la muerte ni la falta de un emperador levantaban mucho revuelo.
Una vez terminado el minuto de silencio en honor del imponente emperador, el interés de la población se trasladaba a la herencia del trono, o sea, los resultados del «Rito de Selección Imperial». En charlas comenzaban a mencionar por nombre a los hijos del emperador, y discutían sobre quién de ellos sería el próximo en sentarse en el trono.
Los participantes de ese «Rito de Selección Imperial» que tanto atraía a la comunidad eran aquellos que, enfrente del emperador llameante, habían logrado superar la primera prueba para poder convertirse en el próximo emperador: tomar la «Espada Yang».
Aun así…
—Quedaron once después de desenvainar la Espada Yang. Y no estoy segura de si la cantidad es un exceso o una escasez —murmuró Prisca, acodada sobre el brazo de la silla, junto con un suspiro.
El «Rito de Selección Imperial» había comenzado; ya estaba en marcha la competencia por el puesto de emperador. Por supuesto, Prisca estaba entre quienes se habían ganado el derecho a participar desenvainando la Espada Yang.
Durante la muerte del emperador estaban, excluyendo al ingenuo que había muerto antes, treinta candidatos, hermanos de Prisca…, pero al final solo once habían probado estar cualificados al agarrar la espada.
En otras palabras, Prisca tendría diez rivales en esta lucha por el trono.
—¿Rivales? Absurdo. Ahora resulta que debo enfrentarme a unos hermanos cuya existencia, hasta ayer, ni siquiera conocía.
Prisca afirmó su opinión con franqueza y apoyó su fina mandíbula sobre un dedo.
Los cualificados eran once. Los demás, tontos que se habían negado a tomar la espada por miedo a sus llamas, o que habían sobreestimado su propio calibre y terminado quemados. Los cobardes y los muertos no merecían atención.
Por consiguiente, solo diez eran rivales dignos…, incluyendo a Vincent Abellux.
Todos concordaban en que, en esta contienda, él era la mayor amenaza y el obstáculo más grande.
Por lo tanto…
—Una alianza, ¿eh?
—Cielos, ¿tan insólito suena? Unir fuerzas es normal en una situación así, creo yo. Aunque, considerando que jamás te ha gustado cooperar, entiendo que no lo hayas pensado.
Como una flor venenosa que se abría, los labios rubificados de Lamia Godwin formaron una sonrisa.
Lamia, media hermana de Prisca, era otra candidata que había desenvainado la Espada Yang. Y para Prisca, ella era la persona más aborrecible en este mundo.
Se notaba que Lamia sentía esa misma clase de desprecio por Prisca.
Hasta el día de hoy, la hostilidad había mantenido a estas hermanas en una relación asaz riesgosa, como si en cualquier momento pudieran iniciar una matanza.
Y por esa razón, Prisca entrecerraba sus ojos carmesíes mientras veía a Lamia, quien había venido por cuenta propia a su mansión, tras el inicio del «Rito de Selección Imperial», para dar sus ideas y propuestas.
Durante eso, Lamia se sentó en el sofá y pasó su mirada por la vacía sala.
—Ahora que lo veo, tu mansión está desolada. Aparte, te faltan sirvientes… Me extraña que, con lo ostentosa que eres, permitas que se vea así de pobre por tacañería.
—Por desgracia, purgué a los sirvientes inútiles poco antes de tu llegada inoportuna. Una lástima que hayan resultado ser títeres manipulados por una vampiresa cualquiera, pues no serán fáciles de reemplazar.
—Uy, una vampiresa. Qué arduo debió de ser eso.
Mientras se miraba las uñas, Lamia soltó, con una sonrisa descarada, condolencias hipócritas.
Aquel amago en el sitio de muerte del emperador era confirmación irrefutable de que Lamia estaba detrás de la transgresión de los sirvientes, pero Prisca no iba a mencionar eso aquí.
No había pruebas, y Lamia era meticulosa elaborando coartadas. Esta vez, tendría que conformarse con arruinarle tales preparaciones. Dejando eso a un lado…
—…
—¿…? ¿Qué ocurre, Prisca?
—Nada grave. Simplemente pensé: tenga o no sirvientes disponibles, tú jamás serás bien acogida en este hogar.
—Oh, cielos, cómo me odias. Igual ya sabía, y déjame decirte que el sentimiento es mutuo.
Prisca y Lamia se miraban, el desprecio indisimulado entre ambas.
De nada servía hablar sobre hospitalidad. Para empezar, ni siquiera se llevarían a la boca el té de alguien más. Mucho menos si dicho presente viniera de un pariente de sangre. La etiqueta de la familia imperial lo prohibía.
Solo dos motivos hacían aceptable ignorarla: como demostración de profunda confianza o para disipar sospechas de hostilidad.
Ninguno de dichos casos correspondía a la relación de Prisca y Lamia.
Y por este vínculo de sangre hirviente, valía la pena considerar la propuesta de Lamia.
—Entonces ¿qué dices? ¿Tendrás en cuenta esta propuesta de tu querida hermana?
—Veamos. Has hecho una jugada sobresaliente, no lo niego. Nunca imaginé que tú buscarías unirte a mí primero… Tú, de todas las personas.
—¿Insinúas que no dudaría en destrozarte primero, ahora que tengo una excusa? Oh, Prisca, como si no me conocieras. Sabes que yo jamás me precipitaría de esa forma, ¿no es así?
Con una sonrisa insensible, Lamia se recargó en su brazo, misma postura que Prisca. Copiar los gestos del otro era una especie de técnica que usaba para ganar simpatía al conversar.
Lamia comprendía eso, no por lógica, sino por instinto.
Por supuesto, esto no funcionaba con Prisca, pero ella mantuvo ese acto y continuó:
—Concediéndote un punto a favor, Prisca, admito que tampoco descarté por completo acabar contigo primero. Pero, verás, yo también tengo una cabeza para pensar. Una cabeza muy guapa y bonita, cabe mencionar.
—…
—Supongamos que te destrozo por puro placer… ¿Y luego? ¿Qué hago después? Solo un estúpido haría algo así sin deliberación. Como los que no tomaron la Espada Yang en ese momento. Aunque los que murieron quemados al tomarla fueron la cúspide de la estupidez.
Al escuchar a Lamia escarnecer a los difuntos, que asimismo eran sus parientes, Prisca cerró un ojo.
No estaba ofendida, mas le irritaba el hecho de que su dictamen fuera igual al suyo.
Todas las opiniones que Lamia había dicho hasta ahora coincidían por completo con las de Prisca.
Coincidía, aunque le disgustara, en su criterio sobre quienes se habían arredrado ante la Espada Yang o sido carbonizados. Y también en que, al iniciar el «Rito de Selección Imperial», había considerado empezar con la más desagradable.
Por supuesto, eso se debía a que percibía a Lamia como una enemiga peligrosa, incluso más que como una hermana incompatible. Lamia era, sin duda, una rival que necesitaba eliminar en cuanto fuera posible.
Sin embargo, había alguien que suponía un riesgo aún peor que Lamia. Ese era…
—Nuestro adorado hermano, Vincent Abellux.
—… Eres una mujer de lo más repugnante.
—Gracias por el cumplido, pequeña.
Lamia sonrió, orgullosa de haber expuesto lo que Prisca tenía en mente. Al percatarse de la malevolencia oculta en lo profundo de los ojos de Lamia, Prisca sintió ligera complacencia.
Por lo menos, sabía que la mujer que tanto odiaba también estaba conteniendo su inquietud por convertir de inmediato esta conversación en una matanza.
—Competir contra nuestro hermano Vincent es imposible sin adjutores. Tampoco voy a resignarme a elegir a aquellas escorias. Si viertes veneno, que sea letal. Y en eso estás de acuerdo conmigo, ¿o me equivoco?
—¿Y es por eso que propones esta alianza? Una treta taimada, como tú.
—«Taimada» suena muy cruel. Prefiero el término «astuta».
—¿«Astuta», dices? Suena perfecto para describir a una raposa. Lo apruebo.
La risa de Lamia sonaba cual liviana campana, tan liviana como su actitud, pues estaba respaldada por la certeza de que nada aquí la pondría en jaque.
Mejor dicho, la certeza de que la «Legión de Poda», que ella controlaba, no permitiría que Prisca hiciera algo violento.
La «Legión de Poda», posesión de Lamia, era una unidad militar conocida como una de las más fuertes entre las que cada miembro de la familia imperial de Vollachia tenía.
Si bien aquella gran unidad no estaba rodeando la mansión de Prisca, su existencia era una amenaza por sí sola. Aun si las dos estaban aisladas y sin intermediarios, aun si la mansión era propiedad de Prisca, las hermanas no se encontraban en posiciones iguales.
La aparentemente indefensa Lamia podía asegurar que no estaba, en modo alguno, «indefensa».
—…
A diferencia de Lamia, el poder militar de Prisca consistía, excluyendo a un ejército privado de poca utilidad para la endeble Casa de Benedict, solo en Arakiya.
En ese sentido, este trato representaba un desequilibrio inmenso. Casi no había beneficios que Lamia pudiera obtener al unirse a Prisca… Aparte de satisfacer su deseo sádico de forzar a Prisca a reconocer su clara desventaja y obedecerle, desde luego.
—Prisca, créeme, te considero valiosa. No tengo ningún interés en la Casa de Benedict. Me interesas única y exclusivamente tú.
—…
—Por eso, antes de que nos volvamos enemigas, te haré mi aliada. Al final tendré que matarte de todas formas, pero por eso mismo, primero hagamos algo…
—¿Dices que me protegerás de quien quiera romperme? Vaya idea más arrogante la que expones.
—Pero, dime, ¿de verdad puedes darte el lujo de rehusar?
Lamia abrió los brazos, sacudiendo su abundante busto, impropio de su edad de dieciséis. Luego miró a Prisca de hito.
—He estado haciendo miles de arreglos para este día. Tomé en cuenta las edades a las que perecieron los anteriores emperadores de Vollachia y concluí que llegaría pronto. Ocurrió unos cuantos años antes de lo que supuse, pero tampoco rebasa el margen… Confío en que ganaré contra cualquiera que esté menos preparado. Pero…
—¿«Pero»?
—Tú y nuestro hermano Vincent son diferentes. Él es una amenaza ante los ojos de cualquiera. Por otro lado, Prisca… Tú eres una amenaza de aspecto inofensivo.
—…
—Es obvio que eres peligrosa. ¿Pero hasta qué punto? ¿De qué manera? Uno no sabe que eres venenosa hasta que muerdes, cuando ya es tarde. Por lo tanto…
—¿Acaso pretendes ponerme en tu mano y observarme?
—Bueno, si quieres puedes acomodarte sobre el regazo de tu amable hermana.
Lamia recruzó las piernas ocultas en su falda y se acarició los muslos de manera coqueta. Esta chica mostraba una sonrisa tierna, consciente de que su hermosura era un arma conquistadora.
Muchos hombres se desviarían de la rectitud y razón por la oportunidad de tocar ese cuerpo. Lamia Godwin estaba dotada de un encanto que lo hacía parecer posible.
Ese atractivo no surtía efecto en Prisca, pues era su hermana y además la odiaba. Pero aun así, sentía que no podía rechazar al momento la propuesta de Lamia.
Lamia cabeceó contenta al notar la indecisión de Prisca.
—Nunca pensé que tendría la oportunidad de decirte esto. Todavía tienes tiempo para decidir, así que espero con ansias tu respuesta.
Lamia sonrió, complacida por la falta de rechazo, y se levantó con calma.
Procedió a dirigirle la espalda a Prisca de manera despreocupada. Se veía tan indefensa, como si esperara ser ejecutada en ese momento… No, más bien, como si quisiera realzar el hecho de que Prisca no iba a, ni podía, actuar ante tal provocación.
—Oh, cierto, regresaré después para conocer tu elección… Sabes cuándo será eso, ¿verdad?
—Cuando haya finalizado la poda, asumo.
—Jeje. Felicidades, acertaste.
Lamia volteó solo la cabeza, manteniéndose de espaldas. Cuando su rostro bello e importuno pasó al otro lado de la puerta de la sala, esta se cerró con gran ruido.
—… Maldita zorra —murmuró Prisca mientras ella se iba, sin siquiera acompañarla afuera del cuarto.
En cualquier caso, no necesitaba una guía para salir de esta casa, por la que iba como si fuera toda suya. Si la «Legión de Poda» estaba esperando fuera para recibirla, nadie en el imperio podría detenerla.
—… Princesa, ¿todo bien?
Cuando Lamia desapareció y Prisca quedó sola en el cuarto, otra voz sonó. De la sombra de Prisca se escabulló una chica de cabello plateado, Arakiya.
Ella era la acompañante de Prisca y, en la práctica, la única combatiente en su posesión, quien había estado oculta en las sombras durante la visita de Lamia. Sin embargo, la probabilidad de que Lamia atacara en esa situación era nula, por lo que esa medida era una mera garantía.
Además, Lamia parecía ya estar consciente de la presencia de Arakiya.
—No es como si tuviera muchas opciones. Aun si interferimos ahora, no hay nada que ganar… Por más que me exacerbe.
—… ¿Y qué hay de su cabeza?
—Piensa en lo que perdería a cambio de obtener su cabeza. Estoy segura de que si yo no te hubiera advertido, se la habrías cortado ya.
—… Odio… a esa… tipa. Se burla de usted…, señorita Prisca.
Arakiya sonaba como una niña irrazonable, mas cuando Prisca vio la animosidad tenue en sus ojos entrecerrados, se recargó en su brazo bienhumoradamente.
Su franqueza respecto a sus emociones daba a la devoción de la chica el matiz de una fiel mascota. Ese carácter adorable era una de las razones por las que llevaba a Arakiya consigo.
La inteligencia le hacía un poco de falta, pero…
—Es injusto compararte conmigo o con mi hermano. Escucha, tú has de cumplir mis órdenes. Mientras no falles en eso, aseguro que vivirás siempre en plenitud.
—¿…? Mm…, sí…, entiendo.
A juzgar por esa respuesta, en realidad no lo entendió del todo, pero al menos se esforzó por hacerlo, así que Prisca decidió aceptarla. Por otro lado…
—Esa mujer es tan ingeniosa como aranera. Por el momento, aparentaré estar marchando a su conveniencia. Arakiya, más vale que no actúes sin mi permiso.
—…
—Arakiya, ¿por qué no respondes?
Prisca frunció el ceño, extrañada de que no respondiera. Ante la pregunta, Arakiya tocó el único mechón rojo en su flequillo y habló:
—… ¿Está… enojada… porque fallé?
—¿En qué?
—… Cuando perdí… contra el chico de azul… del señor Vincent.
—Ah, eso.
Las palabras zozobrosas de Arakiya hicieron a Prisca recordar lo ocurrido hacía pocos días: la derrota de Arakiya ante el diestro espadachín que Vincent había traído a la mansión.
La personalidad de Arakiya estaba, de cierta forma, basada en atender a Prisca, y como respaldo tenía su poder de «Devoraespíritus» y fuerza de combate. Que un chico igual de joven fuera capaz de perturbar su confianza así despertaba algo en ella… El miedo de ser juzgada como inepta para servir a Prisca.
No obstante…
—Cretina.
—Auch.
Golpeando la frente de la cabizbaja Arakiya con un dedo, Prisca la hizo lagrimear.
—Cretina —dijo Prisca de nuevo, mientras veía con cariño su expresión—. Yo no soy estúpida ni demente para mantener en mano una herramienta inutilizable. Conoce tu lugar, Arakiya. No te atrevas a menospreciar a mis herramientas.
—… ¿Eso… me incluye?
—¿Qué, acaso crees que eres dueña de ti?
—…
Al escuchar eso, Arakiya abrió los ojos de más y movió la cabeza hacia los lados con apuro. Sus orejas largas se sacudieron, similar a cuando un perro meneaba la cola de alegría.
De hecho, su cola también empezó a sacudirse con gran intensidad, prueba de que sí se sentía así.
—Y, señorita Prisca… ¿Qué es una… «poda»?
—Una poda es cortar el follaje innecesario de las flores o árboles para mejorar su crecimiento. Definámoslo como varias tareas para poder llevar a cabo el «Rito de Selección Imperial» con normalidad. Yo no tengo interés en hacer esas trivialidades, pero…
—¿Pero qué?
—Lamia lo hará por iniciativa propia… Porque así de vulgar es ella.
Sección 6
El «Rito de Selección Imperial», ceremonia que siempre se ponía en marcha cuando el Imperio de Vollachia necesitaba reemplazar a su gobernante, consistía en una matanza feroz entre familiares de sangre.
El emperador de Vollachia tomaba mujeres prestigiosas en cada territorio del país y engendraba varios hijos. Después, su sucesor se elegía entre sus descendientes.
Al fenecer el emperador comenzaba el «Rito de Selección Imperial»: una guerra de sucesión en la que los cualificados para imperar peleaban hasta quedar solo uno. En otras palabras, ascender al poder significaba trepar por la pila de cadáveres de sus hermanos y hermanas, mayores y menores.
«En el Imperio triunfan los fuertes».
Esa enseñanza se extendía por el Imperio de Vollachia entero y se convertía en el lema de sus habitantes.
El emperador y su familia debían ser exponentes de ese código estricto y ejemplarizarlo por iniciativa propia. Dicho principio regía el «Rito de Selección Imperial», destinado a nunca terminar sin antes formar un mar de sangre…
—Pero aunque así sea, no tiene gracia vivir siendo esclavos de una tradición de tantos siglos. Los tiempos cambian, y con ellos las actitudes. La clave está en adaptarse —dijo Barthroy Fitts, bebiendo de una copa de vino.
A sus veintisiete años, Barthroy estaba justo en medio de los hijos del exemperador Dreizen, en términos de edad. Las edades de sus más de sesenta hermanos iban desde los diez hasta los cuarenta. Sin embargo, el lazo de sangre no hacía amena su relación en modo alguno.
Nacer en la familia imperial de Vollachia implicaba estar siempre consciente del inminente «Rito de Selección Imperial». Por lo tanto, era inusual que congeniaran entre ellos.
El afecto creaba compasión. La compasión eliminaba la crueldad e impedía matar.
Por miedo a eso, solían tratarse con indiferencia o desprecio.
—No obstante, esa idea es una generalización terrible. Tú estás de acuerdo conmigo, ¿verdad, Lamia?
Barthroy se volteó y miró a la visitante de ojos rojos y hermosos: su hermana menor, Lamia.
—Válgame. —Lamia dio una pequeña sonrisa—. Impresionante opinión. Cuéntame más, hermano Barthroy. ¿Desde cuándo has estado pensando en todo esto?
—Obviamente, me ha tomado bastante tiempo. Como sabes, esta ceremonia maldita se nos ha impuesto desde hace varios años. Si no proteges tus manos al agarrar una cadena oxidada, te puedes lastimar.
Era de vital importancia dejar todo preparado de antemano para este fin.
Mientras Lamia cabeceaba de manera impresionada, Barthroy apretó fuerte la mano. Esa misma mano había fallado en empuñar la Espada Yang mientras Dreizen se quemaba.
Barthroy había abandonado su oportunidad en el «Rito de Selección Imperial» aquel día.
Aparte de Barthroy, otros nueve habían perdido sus cualificaciones por rechazar la Espada Yang. El resto eran los once que habían aceptado la Espada Yang y sobrevivido, más los diez fallecidos en el incendio.
Once, incluyendo a Rommel aunque se había quemado antes, habían perdido la vida ahí. Quería mantener la cantidad de sacrificios en la mínima posible.
—Y ahí, Lamia, es donde entra en juego nuestro acuerdo.
—Entonces, en caso de que obtenga el trono, pongo a quienes renunciaron al «Rito de Selección Imperial», incluyéndote, bajo mi protección.
—Sí, eso mismo. Para eso convencí a los otros nueve —respondió Barthroy, cabeceando, a la frase que soltó Lamia.
Los diez desertores, liderados por Barthroy, habían decidido renunciar a sus cualificaciones antes del comienzo del «Rito de Selección Imperial». Al final, los que no estaban convencidos habían tomado la Espada Yang y muerto consumidos por sus llamas. La oposición no era en vano.
Gracias a esa oposición, se habían salvado de ser acabados por el fuego de la Espada Yang.
Como se mencionó antes, los hijos del emperador, por lo general, no eran allegados. No obstante, Barthroy pretendía ser la excepción. Armado de asertividad, procuraba darle a los otros la confianza para acercársele cuando tenían problemas o dudas.
Y ese esfuerzo culminaría durante este «Rito de Selección Imperial».
—¿Pero por qué me elegiste a mí? No es por recelar, pero, entre todos nuestros hermanos, yo soy poco más que una niñita.
—Ya deberías saberlo. Lamia, las nociones que tengo vienen de ti.
—¿De mí?
—Claro. ¿Y quién mejor que tú para entenderlo? Aún siendo una niña me lo dijiste. Preguntaste si podríamos convivir en paz como hermanos.
El sueño efímero de la niña había sido como un regalo del cielo para el joven Barthroy en tiempos de desesperación.
Desde entonces, Barthroy no había parado de pensar, de correr, hasta llegar a hoy.
—El «Rito de Selección Imperial» comenzó como previmos, y tu victoria está asegurada. Tendrás la colaboración de los diez, empezando por mí. Si todo sale bien…
—Podré ganar contra nuestro hermano Vincent, ¿verdad?
—Sí, eso.
Barthroy cabeceó y sintió sequedad en la garganta al oír el nombre de Vincent.
Vincent Abellux era uno de los medios hermanos de Barthroy. Sin embargo, para bien o para mal, apenas podía creer que tan imponente eminencia era deudo suyo.
Vincent, erudito y estratega bien versado y de formidable ojo previsor, una vez había levantado la Casa de Abellux del estrato menor de la nobleza de Vollachia y, con nada más que su propio ingenio y poderío, se había alzado al rango de conde mayor.
Por orden, el más cercano al puesto de emperador era Vincent. Considerando eso, hubiera tenido más sentido presentarle la oferta a él, pero…
—Sería ilusorio creer que Vincent le tendría piedad a sus hermanos.
—Y además, no conviene ofrecerle tal avenencia a quien es capaz de ganar sin ayuda.
—No se te escapa nada, Lamia.
—Jeje, tranquilo, no estoy enfadada. Si me escogiste es porque crees que soy la mejor después de nuestro hermano Vincent, ¿no? Casi me siento halagada.
El orgullo y autoestima de Lamia provocaron una sonrisa incómoda en Barthroy.
Estaba en lo cierto. Excluyendo a Vincent, la más capacitada para ganar era ella.
Los nueve restantes también importaban, pero Barthroy pensaba que Lamia tenía más posibilidades de igualar a Vincent que ellos.
Había otra hermana relevante, pero su personalidad era afín a la de Vincent.
—Ella es joven, pero no le falta aptitud como noble de Vollachia…
Si el «Rito de Selección Imperial» hubiera comenzado cinco años después, esa niña habría cultivado lo necesario para subir al escenario de la lucha por el trono. Sin embargo, el caso no era así.
Por lo tanto, Barthroy había acudido a Lamia para esto.
—Y bien, hermano Barthroy, ¿qué harás después?
—Mm, lo siento. Me distraje un poco. Sobre lo que va después… Claro, eso es crucial.
Tenía que informarle sobre el siguiente movimiento a los nueve que habían renunciado a sus cualificaciones.
Barthroy todavía mantenía en secreto con quién se estaba aliando.
El plan tenía el potencial de desmantelar el «Rito de Selección Imperial», la ceremonia más estimada en el imperio… Una filtración sería fatal. No podía dejar nada a la suerte.
Aun así, el día en que su trabajo duro daría sus frutos estaba cerca. Ella no rompería su promesa, ¿o sí?
—Lamento hacerte tomar la Espada Yang, aun si fue para ayudarnos. Si ese día…
—Si yo también me hubiera quemado, estarías en un gran lío, ¿no es así?
—Desde luego que sí. Ejem, no debería reírme de eso.
Barthroy sacudió la cabeza hacia los lados, reprendiéndose por la sonrisa amarga que le surgió. Vertió vino de nuevo en la copa vacía para humedecer la garganta que sentía seca desde hacía un momento.
Tomaba el líquido a una velocidad tremenda, quizás porque estaba satisfecho con el avance de su misión. ¿O acaso quería escapar de la realidad en la que sus hermanos se asesinaban mientras él estaba aquí?
Siguió bebiendo el alcohol a grandes tragos…
—Por cierto, hermano Barthroy… Me he puesto a pensar en algo…
—¿Mm? ¿En qué?
—La furia y la desesperación permiten a las personas usar más fuerza de la que poseen. Esa es mi idea.
—¿La furia y la desesperación?…
Barthroy, sentado en el sillón, miró a Lamia, confundido por la afirmación repentina. Lamia, sin cambiar de postura, levantó dos de sus finos dedos y cabeceó.
—Sí, como oíste. Lograste reunir a esos nueve…, pero sabes cuán apremiante es la situación. Estoy segura de que todos están desesperados por contribuir. Sin embargo, ¿no crees que, en el fondo, algunos temen por sus vidas?
—… Supongo, pues ninguno es experto en conflictos de esta índole.
—Entiendo, mas todos deben poner de su parte para cumplir nuestra meta. Lo que necesitan es algo que los enfurezca al grado de que olviden ese miedo. Por ejemplo…
—¿Por… ejemplo…?
La voz apacible de Lamia comenzaba a oírse extrañamente lejana.
Barthroy notó su cabeza pesada y el mundo enrarecido, a la vez que la cabeza le tambaleaba de un lado a otro. Su garganta estaba seca como nunca. Se sirvió más y más alcohol. La copa rebosó.
Pronto, la copa cayó, y el líquido tinto permeó la alfombra…
—Por ejemplo, que el dulce hermano en que tanto confían pierda la vida en una trampa ruin.
No oía a Lamia.
Su garganta estaba seca. Seca. Quería alcohol… El alcohol que Lamia le había obsequiado.
—…
El alcohol…
Sección 7
Lamia dirigió la vista hacia la alfombra manchada de alcohol, donde yacía Barthroy.
Su hermano no respiraba ni movía un solo dedo.
De repente, Lamia retiró el pie que le había acercado, agarró su copa y derramó el contenido, al cual no le había dado ni un sorbo, en el piso, sobre Barthroy.
El hombre no tuvo la más mínima reacción.
—Cielos, me hallo impactada… ¿En serio no consideró los riesgos?
No había descartado la posibilidad de que Barthroy fingiera su muerte, pero su cautela se disipó cuando notó que, decepcionantemente, sí había muerto, incauto hasta el final.
Lamia tiró la copa vacía al suelo y, entrecerrando sus ojos carmesíes, miró el cadáver.
—Años de preparación para terminar muriendo como un perdedor. Eres realmente estúpido, hermano.
La incomprensión de Lamia sobre los pensamientos de Barthroy era genuina.
Decía que Lamia le había dado un regalo celestial, pero, desde la perspectiva de ella, no había hecho más que fingir ser una niña inocente para incitarlo. Y además, lo había hecho para su propio beneficio.
Por otro lado, tampoco esperaba que aquello la ayudara quitándole diez rivales.
—Aunque esos diez se habrían quemado al tocar la Espada Yang de todos modos.
Pero seguía sin entender cómo Barthroy se atrevía a esperar que lo apoyara solo porque eran familiares. Para empezar, salvar a otros era una idea arrogante, un juego que solo la gente poderosa podía permitirse.
