Sección 8
Había concluido que la mejor forma de cumplir su deseo era congraciarse con los fuertes y aprovecharse de su generosidad; él mismo se condenaba a fracasar.
—Estabas casi rogando que te mataran, hermano Barthroy.
«En el Imperio triunfan los fuertes».
El código del Imperio de Vollachia, no escrito pero sí estricto, otorgaba a los fuertes el derecho de oprimir a los débiles. Conforme a esa regla, el débil, fuera o no de la familia imperial, debía sucumbir ante el fuerte.
Y después, el fuerte podía razonar lo que deseara con base en la «muerte» del débil.
—Su Excelencia, hemos tomado el control con éxito.
Mientras Lamia observaba al muerto, detrás de ella sonó una voz ronca y masculina.
En la sala de la mansión de Barthroy, donde Lamia estaba de visita, apareció alguien que no era habitante del lugar, sino asociado de ella.
Era un anciano de cabello blanco y abundante, ojos sabios y rostro marcado por profundas arrugas. El hombre que la llamaba «Su Excelencia», título propio del rango más alto en Vollachia, era el oficial de operaciones de la facción de Lamia Godwin.
—Grandioso, Berstetz. No hubo ningún problema, ¿o sí?
—Correcto. El señor Barthroy posicionó la cantidad mínima de personas en la mansión, tal como usted indicó.
—Mmmm, entiendo… De verdad, ¿cómo se le ocurre desprotegerse a tal grado ante su hermana de sangre?
—…
El hombre, Berstetz, bajó la cabeza de manera reverente y calló.
La gente útil no decía nada innecesario. Lamia encontraba a los ancianos muy propensos a la incompetencia, razón por la que le desagradaban. Les concedía tolerancia si eran competentes.
Sin embargo, los ancianos tendían a hablar de más, así que no iba a quejarse de que guardaran silencio.
—Tomando eso en cuenta, me impresiona la rectitud de mi padre. Un retiro indecoroso opaca los logros que uno consiguió durante su época dorada. Qué horror, ojalá nunca me ocurra.
Ni siquiera el más poderoso estaba exento de la decrepitud de la vejez. La sucesión del trono estaba diseñada para reemplazar al superior antes de que esta llegara, lo cual Lamia encontraba sensato.
Ella deseaba poner fin a su vida antes de envejecer y ver su inteligencia y belleza marchitarse.
—Bueno, aun así, pretendo hacer que dure por tanto tiempo como pueda.
—… Si me permite, continuaremos ejecutando el plan. ¿Está de acuerdo?
—Claro, como debe ser.
Sin unirse a la reflexión de Lamia, Berstetz solicitó aprobación para ejecutar su siguiente tarea. Lamia cabeceó en respuesta, sin reprochar, y cerró un ojo.
Barthroy había caído y despojado de su dirigente a los ingenuos que lo seguían.
Ya que tampoco estaban cualificados para participar en el «Rito de Selección Imperial», su única opción para salir de tal apuro era encontrar un nuevo guía…; es decir, obedecer a Lamia.
—Un equipo formado por mi hermano Barthroy… Yo asumo que para unirse es requisito tener la cabeza hueca, así que será suficiente informarles sobre su muerte para que caigan a mis pies.
Mostraba la misma estupidez que quienes habían perecido al tomar la Espada Yang creyéndose dignos.
Lamia opinaba eso sobre Barthroy, con total sinceridad. No obstante, su estupidez había traído consecuencias favorables para Lamia, así que no había vivido en vano.
—Escucha, hermano Barthroy. Quiero aclarar que yo no te odiaba, de verdad.
Antes de marcharse, Lamia volteó a ver el cadáver de Barthroy, que yacía boca abajo, y le habló.
Por supuesto, no hubo respuesta. Pero Lamia no buscaba una.
Esto no era una confesión ni una disculpa, sino una mera declaración.
—Solo es que nadie era más susceptible que tú a las ideas fantasiosas de una niñita.
Declaró que aquello era un simple preparativo entre los varios que había hecho desde su niñez.
Tras ese sencillo tributo para el fallecido, Lamia le encargó el resto a su oficial y salió tranquila de la habitación. Para el momento en que atravesó la puerta y subió al carruaje, ya había olvidado la cara de su hermano.
Y luego…
—Bien, con esto finalizo la poda. Espero con ansias el siguiente paso, Prisca.
La sonrisa cautivadora de Lamia delataba el traslado de su interés hacia su próximo objetivo.
Sección 8
En términos simples, el «Rito de Selección Imperial» era una guerra civil interna en el imperio.
Como tradición, cada vástago del emperador reunía su milicia, ingenio e inteligencia y se enfrentaba al resto por el trono, haciendo del país entero un campo para la batalla decisiva.
Por supuesto, las tensiones internacionales alcanzaban su punto álgido durante este periodo.
Eso era predecible debido a las alteraciones en el orden del país y la inevitable decadencia en la potencia de este.
Décadas atrás, tras el inicio de un conflicto masivo por todo el reino colindante de Lugunica, dicho país recelaba invasiones de parte de las otras naciones, empezando por Vollachia. Algo similar ocurría ahora.
Y, aunque no era la única causa, los conflictos surgidos a partir del «Rito de Selección Imperial» eran, en general, de corta duración. A nadie le convenía que el trono estuviera vacante por más de un año.
Quizás por eso, el «Rito de Selección Imperial», por mucho que se prolongara, nunca excedía de dicho límite.
Y todo esto significaba que…
—Este es el cenit del «Rito de Selección Imperial» —susurró Prisca mientras posaba un abanico rojo sobre sus labios y miraba el cerco que se había preparado.
Incorporado a la formación encima de una montaña pequeña, guardando los alrededores de Prisca, estaba el ejército privado de la Casa de Benedict. Los soldados, uniformados de rojo al gusto de Prisca, tenían un potencial menoscabado por su baja eficacia, fuerza deficiente y entrenamiento infructuoso. No obstante, moral no les faltaba.
—Su incompetencia es lamentable, mas si son capaces de obedecerme, puedo perdonarlos. Arakiya, ¿estás ahí?
—… Sí, para servirle.
En respuesta al llamado de Prisca, Arakiya apareció en medio de los soldados de rojo. La manifestación repentina conturbó al ejército, pues no habían detectado ningún signo previo de esta.
Tras refrenar la conmoción con su mano, Prisca dirigió la mirada hacia Arakiya.
Traía para la batalla su típico atuendo altamente revelador y la rama delgada de siempre. A pesar de que su equipo era mucho menos funcional que la armadura de los soldados, Arakiya tenía justificación para vestirse así.
Aunque el joven espadachín de Vincent lo encontraba ridículo, Arakiya dejaba expuesta la mayor parte de su piel con el fin de aprovechar al máximo su poder de «Devoraespíritus».
Según ella, los espíritus menores preferían estar en armonía con la naturaleza, por lo que solían alejarse de aquello procesado por manos humanas.
Y por eso, Arakiya exhibía su piel y atraía a los espíritus menores hacia su cuerpo casi desnudo para convertirlos en el sustento de la «Devoraespíritus».
Arakiya no buscaba más que demostrar el potencial entero de sus habilidades. Si para lograrlo necesitaba llevar descubierto el cuerpo, Prisca apoyaba que lo hiciera.
—Aun así, eso sería cuestionable si fueras fea.
—¿…? Princesa, no entiendo.
—Me refiero a que eres hermosa. Tanto, que mi escrutinio no me impide apreciarte.
—… Pues… ¿gracias?
Al recibir ese inesperado elogio sobre su apariencia, Arakiya inclinó la cabeza, confundida. Prisca no estaba nada dispuesta a profundizar en el tema.
Tampoco estaban en un buen momento para una charla casual.
—¡Su Excelencia! ¡Un reporte! —exclamó un mensajero que llegó corriendo hacia Prisca.
Mientras su armadura roja se sacudía, el mensajero se abrió paso a través de los soldados, se arrodilló enfrente de Prisca y presentó una carta. Arakiya la tomó, desató el lazo y se la entregó a Prisca.
—Jm —resopló Prisca al revisar la carta—. ¿De parte de quién viene esto?
—Ah. ¡Del oficial de operaciones de la Casa de Godwin, el conde Berstetz Fondalfon!
—Berstetz… Ah, aquel vejestorio.
Cuando halló a esa persona entre los nombres y caras que podía evocar, Prisca cerró un ojo.
Por lo general, Prisca nunca recordaba gente insignificante. Permanecer en los recuerdos de Prisca implicaba ser memorable, como Berstetz.
Lamia gozaba de implantar gran toxicidad en sus artilugios. Si bien esa perversa inventiva era facultad connatural a ella, su arte estaba influenciado por el apoyo y las enseñanzas de mucha gente. Eso incluía a Berstetz.
Aquel jardinero había regado la flor venenosa conocida como Lamia, hasta hacer crecer enormes sus pétalos.
—Princesa, ¿qué dice… la carta?
—Nada trascendental. Que nos mantengamos en la retaguardia cuando procedan al asedio del castillo.
—«Retaguardia»…
—Básicamente, nos están ordenando observar la batalla desde atrás.
La expresión de Arakiya fue cambiando a medida que descubría el contenido de la carta. Primero, frunció el ceño de manera dudosa; después, abrió de más los ojos; y a lo último, hizo una mueca de descontento.
—… Princesa, ¿se están… burlando de nosotros?
—Por supuesto que pretende avergonzarnos. Esa zorra no desaprovechará una oportunidad para injuriarme. No obstante, no es tan imprudente como para arriesgarse a la derrota por un capricho.
—¿Entonces?
—Supongo que es su forma de hacernos saber que puede triunfar, con o sin nuestra asistencia. Y, a decir verdad, al ver semejante formación, no se le puede culpar por pensar así.
Mientras sosegaba la irritación de Arakiya, Prisca apuntó al entorno con la barbilla. Arakiya dejó sus ojos guiarse por ese gesto sutil hasta llegar a detectar unos cuantos estandartes.
Pertenecían a soldados posicionados, como los de Prisca, en múltiples áreas: un ejército mixto, resultado de la alianza de seis cualificados que Lamia Godwin había convocado.
Lamia también había discutido con otros cuatro hermanos, aunque era incierto si les había propuesto lo mismo que a Prisca o algo diferente, para concebir el plan actual.
Y dicho plan era…
—El sitio de Vincent Abellux.
A lo lejos, allende del bosque, se encontraba el castillo, propiedad de la Casa de Abellux.
Desde un precipicio empinado, Prisca entrecerró los ojos y oteó el castillo rodeado por el ejército, consciente de su rol como factor en la desgracia de quien era su hermano y asimismo la mayor amenaza.
El plan sonaba lógico.
Para retirar pronto del tablero a Vincent, el más probable para ser el siguiente emperador, valía la pena unir fuerzas con los demás antes del venidero conflicto.
Ahora, incluso Prisca era partícipe de ello.
El desequilibrio era evidente: en teoría, un asedio requería que los atacantes tuvieran el triple de fuerza que los defensores, pero en simple cantidad, las tropas aliadas era cinco veces más potentes.
Los soldados de Prisca, a pesar de su ineficacia, todavía traían la moral alta. No hallaban razón para encogerse de miedo, pues tenían la seguridad de que su lado estaba en enorme ventaja.
Por más que le exacerbara, el plan de Lamia era el molde de un sitio sin hueco ni imperfección.
Y por último…
—El resto, hermano, dependerá de cómo afrontes la cacería que aquella zorra ha iniciado.
Sección 9
Lamia Godwin era un portento sin par.
Tal credo profesaban los soldados de la «Legión de Poda» de la Casa de Godwin.
Por sus armaduras uniformes y las grandes tijeras que empuñaban con ambas manos, la «Legión de Poda» infundía miedo por varios rincones del Imperio de Vollachia.
La extensión de tal fama se remontaba a siete años atrás, cuando Lamia tenía nueve de edad.
En aquel tiempo, la Casa de Godwin había sufrido la pérdida de casi la mitad de su territorio, debido a la rebelión de un conde medio afiliado a ella.
En Vollachia, donde se glorificaba al fuerte, la rebeldía del lobo valía más que la lealtad al cerdo. Por lo tanto, tampoco hubo ningún tercero que intentara salvar a la Casa de Godwin de la represión que enfrentaba.
Y entonces, Lamia Godwin vino a dar a este partido el giro definitivo para reprimir la revuelta.
Cuando el cabeza de familia comenzaba a resignarse a una muerte honorable, ella lo aisló so pretexto de enfermedad, lo reemplazó como autoridad de la casa y, por medio de su ingenio, hundió a las fuerzas enemigas. Con provocaciones, forzó al conde a revelar el instigador de la rebelión y ejerció un castigo extremo, cuya noticia redundó en advertencia para los oyentes.
Para ese fin y el porvenir, se creó la «Legión de Poda», carta de triunfo de la Casa de Godwin.
Ocultaban sus rostros bajo armaduras y, sujetando malignas tijeras, tajaban a sus enemigos sin tregua. En un instante, convirtieron el nombre de Lamia Godwin en sonado emblema de atentados crueles contra la dignidad humana y el orgullo del guerrero, más represalias horripilantes contra todo adversario.
Para transformar un puñado de humanos sensatos en una tropa de soldados de sangre fría, era menester inculcar en ellos fe y devoción rayanas en sumisión.
Lamia Godwin, la «Princesa Venenosa», lo había conseguido, y por ello era un portento.
Arraigado en el ser de la «Legión de Poda», estaba el deseo de materializar cualquier futuro que la «Princesa Venenosa» esbozara…
—…
Esa mentalidad, que para otros parecía entrega total al fatalismo, para la «Legión de Poda» era un escudo contra su mayor pernicie: la cordura.
Arrebatándoles la cordura, ella los acondicionaba para actuar en nombre de aberraciones presentadas como justicia.
Tal talento la posicionaba merecidamente entre los seres que preponderaban en el mundo.
Y por lo tanto…
—¡Muerte a Vincent Abellux! ¡Por nuestra señora Lamia!
—¡¡Por nuestra señora Lamia!!
El clamor fragoroso de la «Legión de Poda» señaló la inauguración presta del ataque.
A la embestida se unió el ejército mixto corriendo en dirección al Castillo Abellux.
Sujeto a las pisadas, el suelo retumbaba, recordativo de un terremoto; y aun así, el ejército de Abellux permaneció inmóvil dentro del castillo. En otras circunstancias, una estrategia de defensa apropiada; en medio de esta desigualdad de poder, un desacierto horrible.
Quizás no habían elegido hacerlo por disposición, sino por resignación y desesperación.
Y si ese era el caso, la «Legión de Poda» lo convertiría en motivación para luchar.
—¡¡Prepárense!!
Vociferando así, el primer grupo se adentró en el campo enemigo…
—Guaaau, cuánta valentía siento por aquí. No me desagrada; de hecho, me gusta.
De repente, los miembros de la vanguardia percibieron lo que confundieron con una mera ráfaga.
En realidad, cierto «objeto» había pasado enfrente a velocidad atosigadora, imposible de seguir para el ojo ordinario.
No obstante, los efectos que acarreaba consigo se presentaron de forma inconfundible.
—Ah.
Por un momento, vieron el mundo temblar. Sus piernas pararon, mientras que sus manos soltaron las tijeras y se dirigieron a aplacar sus cabezas tambaleantes…
En vano, pues un destello vívido ya estaba desprendiéndolas de sus cuellos.
—…
Por sus labios escaparon voces débiles, imperceptibles.
Antes de que colapsaran los decapitados, vino corriendo el siguiente grupo, que con cada patada y pisada rompía el lazo entre algún torso y su preciada cabeza.
Y cuando se percataron de los cadáveres de sus aliados, ya era demasiado tarde.
—Así se trate de intuición, decisiones o manejo de la espada, ser veloz es la clave. Miren, ya sé que soy un oponente temible, pero me gustaría que hicieran un esfuerzo por adelantarse, ¿sí?
El disturbio se contagiaba mientras destellos plateados creaban, con rapidez idéntica, una mortandad imparable.
No registraron lo sucedido hasta que, muy a su pesar, el espadachín ya se encontraba entremetido en el grupo y las bajas superaban la decena.
—¡Vaya, muy buena jugada, Su Excelencia! ¡Me dio la katana que deseaba, como si hubiera predicho que al hacerlo se duplicarían mis proezas!
El chico, de cabello azul, sonrió entusiasmado y limpió la sangre adherida a su espada.
Sobre su físico grácil, un kimono color rosa claro y zoris; en las manos, dos katanas que venían de su cintura; y alrededor de su ser entero, un efluvio afilado que lo presentaba como la parca encarnada.
El ejército atestó sus tijeras hacia él en frenesí tembloroso.
—¡En guardia! ¡Rodéenlo y ejecútenlo de una vez!
—Oh, qué rápido se han recuperado. Enhorabuena. Sería muy decepcionante que se quedaran como sacos de arena justo cuando llega mi momento tan esperado. ¡Recuerden: mueran con gracia o terminarán oscureciendo a la estrella!
—¡Niñato desquiciado!… ¿Eres de… Vincent Abellux?…
—No hacía falta el insulto, pero he oído su pregunta y aquí la respondo: ¡sí, afirmativo, correcto!
Mientras giraba la cabeza para ver a la «Legión de Poda» completa, el chico posó con su katana. Su pose no se veía muy práctica para el combate, y en efecto, no lo era; solo servía para lucirse.
Luego dio un pisotón en el suelo y, para oídos del público, exclamó:
—¡Mi nombre es Cecilus Segmunt! ¡Hoy me llaman confidente de su excelencia Vincent Abellux; mañana me aclamarán mejor espadachín de Vollachia! Soy la flor de este mundo, el actor estrella… y el emisario que los sacrificará para bendecir el camino de Su Excelencia hacia el trono.
—…
—¿Oh? Se supone que esta es la parte en la que prorrumpen en aplausos… Vamos, no sean tímidos.
Inclinó la cabeza, y con ella se meció el cabello que tenía recogido por detrás.
En lugar de aplausos, Cecilus oyó a la «Legión de Poda» estallar en un arranque de ira ante tan descarada mofa.
La horda y los tijereteos se acercaban furiosos, ante lo cual Cecilus se rascó la frente con un dedo.
—Vaya, ¿tal vez debí dejarlos presentarse antes de hacerlo yo?
E ideando esa solución desviada, salió con su katana al encuentro de las tijeras.
Sección 10
—¡Las tropas de la Casa de Godwin han chocado contra las fuerzas de Abellux!
Comenzó la batalla, y por debajo llegaron gritos de guerra que perturbaron la atmósfera.
Con la «Legión de Poda», maliciosa como su dueña Lamia, al mando, la incursión a las tierras de Abellux para sitiar a Vincent había iniciado firme.
Sin embargo…
—Conque aquella élite, seleccionada para agilizar el traspaso, fue derribada por aquel espadachín…
Prisca cerró su abanico y vio de lejos, con sus ojos carmesíes, cómo bregaba la vanguardia.
La distancia los hacía ver como motas, pero no impedía que Prisca apreciara claro el vigor abrumador de aquella espada imponente que mantenía a raya a las tropas.
Él era la baza oculta que Vincent había venido a ostentar antes del «Rito de Selección Imperial». De todos modos, ya sabía que era más fuerte que Arakiya.
—… He de admitirlo: es espectacular.
Era increíble cómo, obrando solo, detenía a los enemigos con la potencia de un ejército de mil.
La ofensiva de Lamia era cinco veces mejor que la defensa de Vincent. Pero su teoría se basaba en una comparación entre los soldados de ambos, así que quedaba inválida al incluir un tercer ejército…, aunque este fuera un individuo actuando como mil.
—Quiero… ir…
—Arakiya, ¿tanto te mortifica aquel?
Arakiya, obligada a esperar su turno, contemplaba lo mismo que Prisca con el rostro amargo.
—Mm, sí —respondió Arakiya—. Entonces…, ¿puedo?
—Me gustaría decir que sí, pero lo deniego. Permanece donde estás, a mi lado. No creo que consigas ahora oportunidad para vengarte del espadachín, pero…
—¿Pero… qué…?
—Necesitaré tu poder.
Cuando Prisca dijo eso, la cara descontenta de Arakiya cambió. Parpadeó sorprendida, y la expresión floja que tenía se transformó en el semblante de una guerrera.
Satisfecha con eso, Prisca cabeceó. Luego ordenó a los soldados cercanos que formaran una unidad pequeña.
Considerando cuánta gente había en ambos lados del enfrentamiento actual, el tamaño ofrecía un margen de error ínfimo. Acompañada de ellos, Prisca se preparó para moverse al siguiente campo.
Y entonces…
«Prisca, ¿adónde vas?»
—…
Cuando esa voz la tomó desprevenida, Prisca cerró un ojo.
Nadie alrededor notó ese gesto. Ni siquiera reaccionaron a la voz. Y eso era esperable, pues no la escucharon, ya que había sido emitida directamente a la consciencia de Prisca.
Solo conocía a una persona capaz de establecer ese tipo de comunicación unilateral, telepatía. Era otro partícipe de esta batalla, cualificado para el «Rito de Selección Imperial»…
«Procaz de tu parte, Palladio. ¿Quién te ha autorizado a dirigirme la palabra?»
«… No creo que necesite permiso para hablarle a mi hermana».
Aunque la técnica solía ser difícil de dominar, Prisca respondió de inmediato, y sintió la ligera alteración del remitente al hacerlo.
El objetivo de enviar el mensaje abrupto era, quizás, inquietarla y ganar una ventaja psicológica sobre ella.
«Reconozco tus taimadas intenciones. ¿Acaso los Ojos Malignos no saben hacer más que ilusionismo y trucos baratos?»
«… Lamia te ordenó mantenerte en la retaguardia. Abstente de cualquier imprudencia».
«Qué adorable, un muñeco obediente. Si te apetece, puedo jugar a cambiarte la ropa después. Has de saber: no me quedaré danzando sobre la mano de aquella zorra».
«… ¿Planeas traicionarla ahora?»
«Ja. Nunca fallas en hacerme reír. Lo que haré es ir a cubrir una falta».
La vacilación del emisor, Palladio, se transmitía por vía telepática.
Ya que la telepatía empleaba la voz interior, tenía un defecto flagrante: revelaba las emociones. Mientras más blando de mente fuera uno, más descifrable se hacía su corazón. Palladio no era la excepción.
Por supuesto, el desprecio y ludibrio de Prisca también se le transmitían con lujo de detalles.
«No perderé el tiempo concediendo explicaciones a un tipejo ignorante. Repórtalo como desees».
«Me desdeñas como si ni siquiera fuera tu hermano. Prisca, eres desagradable».
«Considérate afortunado. Gracias a tu comentario, he decidido cortarte la cabeza con mis propias manos».
Con una sonrisa sádica, Prisca hizo sentir su desinterés y cortó la conexión por su lado. Palladio tenía la capacidad de enviar una represalia directamente a su consciencia, pero no el valor.
Era un cobarde sin agallas, juzgó Prisca para sus adentros.
La gente de la tribu del Ojo Maligno estaba dotada de un ojo en el cuerpo y poderes únicos. Sin embargo, semejante tesoro de talento se volvía un desperdicio bajo la posesión de un inepto.
—… ¿Princesa?
—Estoy bien. Acabo de educar a cierto delator que se da ínfulas de vigilante. ¿Están preparados?
Cuando Arakiya confirmó cabeceando, Prisca entrecerró sus ojos carmesíes y desdobló su abanico. El abanico tajó el aire, y su sonido atrajo las miradas de la unidad hacia ella.
Enfrente de ellos, Prisca dirigió el brazo hacia el campo…, pero no aquel en donde las fuerzas de la vanguardia luchaban, sino uno de su propia elección.
Y así declaró:
—Yo daré muerte a Vincent Abellux. Ustedes sigan mis pasos.
Sección 11
—Su Excelencia, preste atención a donde pisa. Estamos en terreno lodoso.
Alguien se abría paso entre los árboles frondosos, guiando al galán que caminaba a su lado y advirtiéndole sobre el camino. El guía era Chisha Gold, un joven alto, cenceño y de aspecto denegrido.
Soldados recios custodiaban la zona mientras Chisha avanzaba junto a su amo, y por dentro lo remordía el recuerdo de su pésima suerte.
La familia de Chisha carecía de estatus noble o historial de servicio a la Casa de Abellux.
Él era un ciudadano común del imperio. Un día, había ayudado a desatascar un carruaje en una carretera, sin saber que se trataba de la posesión de cierto príncipe. Como producto de tal casualidad, había terminado bajo el patronato de Vincent.
Fascinado por el gran dominio del cálculo que demostraba Chisha al desatorar la rueda caída en una zanja, el excéntrico noble había despojado a Chisha de su normalidad ahí mismo.
Desde ese día, Chisha servía a Vincent, aunque no se sentía apto.
Y nada lo hacía sentir tan inepto como esta batalla: la guerra de sucesión que llamaban «Rito de Selección Imperial». ¿Cuántas noches había pasado preguntándose por qué estaba aquí?
Aun así, tampoco podía asignarle esta misión a otro. No quería molestarse en dar indicaciones detalladas, y además, su amo no confiaba en cualquiera. Cecilus no era mala opción si de confianza se trataba, mas sería estúpido pedirle a aquel perro que siguiera una estrategia precisa.
Por lo tanto, Chisha tuvo que aceptar que la empresa solo daría resultados si él mismo la ejecutaba.
—Te observo decaído, Chisha. Me atrevo a decir que tu palor resalta más que de costumbre.
—… Supongo que es correcto. Ahora mismo, estoy lamentando la situación que me rodea.
—¿Joh? ¿Y a qué se debe tu lamento?
—Verá, no me place que un plan mío implique un riesgo de muerte; y por si no fuera suficiente plantearlo, encima me veo forzado a sufrir participando en él —gimoteó Chisha, acariciando su cabello negro con delicadeza.
Su tono era bronco, como tos, pero, extrañamente, nadie parecía tener problemas para entenderlo. Incluso ahora hablaba en voz baja, ante lo cual una risa leve escapó de la garganta de su amo.
Imaginaba cuán deleitoso sería picarle la cabeza y decirle que no era momento de risas. No obstante, Chisha era demasiado racional para cometer tal acto, y más aún tratándose de semejante prócer.
A lo lejos se oía la greguería bélica de armas y vociferaciones.
Dos bandos afirmaban su respectivo derecho a atacar o defender en un choque que provocaba un estallido mortífero, cuyo detonador era, sin duda, el mismo hombre que Chisha atendía: Vincent Abellux.
La muchedumbre evaluaba a Vincent como el mejor competidor del «Rito de Selección Imperial». Si bien ya había predicho que los demás candidatos intentarían deponerlo, el sitio era más severo de lo esperado.
Los ataques a los que estaba expuesto usurpaban el primer puesto entre los riesgos considerados en su hipótesis.
Sin embargo…
—Al fin y al cabo, mi hipótesis también abarca esa categoría, así que el progreso está en nuestras ma…
—Interesante. Veo que no te hacen falta piezas competentes, hermano. Te concedo un elogio.
—…
Chisha suspendió su andar y la explicación discreta cuando esas palabras azotaron sus tímpanos cual llamarada.
Casi sintió el fuego ilusorio quemar sus pensamientos de modo tangible. Por medio de su mero son, la voz femenina emanaba llamas de ufanía ardiente e incendiaba todo a su paso.
Chisha presenció, tenso y sin aliento, cómo un grupo emergía de la oscuridad. Ahí, al lado de una chica de cabello plateado y delante de varios soldados de rojo, se encontraba una damisela carmesí…
—Prisca Benedict.
Cuando apareció Prisca, a Chisha se le secó la garganta. Murmuró su nombre sin adjuntar el título debido, pero ella no lo corrigió… Peor aún, ni siquiera registró su existencia.
Sus ojos ignoraron al sorprendido Chisha y se posaron sobre Vincent.
Los hermanos sanguinarios cruzaron sus miradas, gozo en los labios de ambos.
—Saludos, Prisca. ¿Te encuentras bien?
—De maravilla, hermano. E imagina cómo mejoraría mi día si tu cabeza cayera aquí y ahora.
Hermano y hermana compartieron sonrisas, para así inaugurar juntos la doble ceremonia: un reencuentro con olor a sangre y la ruptura de un lazo irreconciliable.
Sección 12
En los tres meses transcurridos desde el inicio del «Rito de Selección Imperial», la guerra civil del imperio había alcanzado raudamente su clímax.
Varios de los potenciales gobernantes de Vollachia habían rodeado al sucesor más probable al trono, Vincent Abellux, y estaban apretando el nudo. Cada uno había traído consigo un formidable y consumado ejército personal, que en ese momento se dedicaba a manchar de sangre las tierras del gran conde Abellux, esparciendo el hedor de la muerte y la destrucción a lo largo del campo de batalla.
Los gritos de ira y odio que proferían ambos bandos dejaban claro lo cruel y brutal que era esta sangrienta guerra civil. Cualquier persona cuerda querría apartar la vista y quedaría marcada por la tragedia. Excepto, claro está, por unos pocos muy concretos.
Los miembros de la familia imperial de Vollachia que aspiraban a ser el próximo emperador de Vollachia; los leales siervos que les servían de escudos y lanzas, y los desertores, aquellos que habían reprimido su destructivo egocentrismo y ahora trabajaban solo para lograr sus propios fines.
A estas personas se las podía considerar elegidas en cierto modo; ellas y solo ellas veían cómo se desarrollaba la tragedia a su alrededor, impasibles ante el coruscante resplandor y el abrupto desvanecimiento de las vidas en el campo de batalla. Este era un lugar al que no se podía acudir sin el espíritu poco común que estas personas poseían.
En cierto sentido, eran seres supremos, aquellos que eran gobernantes por naturaleza; o que algún día podrían serlo.
En lo profundo del bosque, un hombre y una mujer se confrontaban, cada uno respaldado por un pequeño conjunto de partidarios. Los hermanos de sangre no eran una excepción a la regla aquí; de hecho, eso era precisamente lo que hacía de estos dos sus más grandiosos ejemplos. Para cada uno de ellos, en ese momento, solo existía el otro. Su mera existencia influiría en el destino de muchas vidas y podría cambiar drásticamente el futuro del Imperio. Ambos lo sabían y actuaban acorde a ello.
Cada uno veía que la senda que seguían conducía al futuro de su nación…
—¡Je!
El reencuentro entre el hermano y la hermana que se enfrentaban, Vincent y Prisca, fue tan violento como un trueno. De pie en medio de la vegetación, intercambiaron lo que equivalía a breves cortesías y, como si fuera una señal, ambos extendieron una mano. Al instante, cada uno de ellos empuñó una venusta espada que resplandecía en rojo.
Se decía que este mundo albergaba diez espadas mágicas de un poder sin parangón. La Espada Yang era una de ellas, y si alguien indigno la tocaba, quedaba reducido a cenizas al instante. La espada se había transmitido en la Casa de Vollachia durante generaciones, y durante el «Rito de Selección Imperial», había tantas Espadas Yang como candidatos al trono. Nadie sabía por qué.
Pero, ¿la existencia de múltiples Espadas Yang difuminaba su fulgor?
… Definitivamente no.
—…
Las espadas gemelas atravesaron la penumbra del bosque como rayos de sol. Prisca y Vincent avanzaron el uno hacia el otro con facilidad, empuñando las espadas, e intercambiaron tajos con una elegancia tal que parecían estar bailando, bañando el bosque en una lluvia de luz roja y blanca.
Las dos llamas opuestas se entrelazaron, cada una aumentando el calor de la otra; la escena era hermosa. El fuego consumía al fuego y amenazaba con hacerle lo mismo a cualquiera que se atreviera a tocarlo o incluso a acercarse. Con toda razón, varias de estas espadas no deberían haber existido a la vez; verlas enfrentadas entre sí era una visión más allá de las fantasías más salvajes.
Los séquitos de los hermanos tardaron en reaccionar; sintieron su piel abrasada por la ola de calor, y fue solo entonces cuando comprendieron lo que estaba sucediendo. Solo entonces se percataron de que sus Señores ya estaban batiéndose en un duelo a muerte.
—¡Qué grave error de cálculo! ¡Si es que no tengo tiempo para quedarme mirando y cuestionarlo! —El viento caliente contra su piel devolvió a Chisha a la realidad y lo hizo lamentar su error.
Buscó en los pliegues de su ropa y sacó un abanico plegable, hecho de hierro, convirtiéndolo en un instrumento de guerra adecuado. Se preparó para ayudar a su Señor.
No obstante, antes de que pudiera llegar al lugar de la pelea, fue lanzado a un lado, alejado del mismo lugar que iba a utilizar como trampolín para saltar a la refriega. El golpe fue tan cruel como la mordida de un animal salvaje.
Chisha miró con ira a quien se lo había asestado y luego sonrió con sus ojos rasgados.
—La Princesa está ocupada. No dejaré… que interfieras. —Arakiya permaneció de espaldas a la acalorada confrontación entre Vincent y Prisca.
Era una joven miembro de la gente-perro, de piel morena, gran parte de la cual estaba al descubierto. En su mano tenía una rama de un árbol perfectamente normal; parecía estar casi relajada en su totalidad, lo que la hacía parecer muy vulnerable. Aun así, Chisha terminó tragando saliva con dificultad, con las mejillas tensas.
Se dio cuenta de que ella era un animal salvaje, igual que Cecilus.
—Yo no soy de los que hacen trabajos físicos por su cuenta —dijo Chisha—. Usted debe de ser la espada secreta de la señorita Prisca.
—¿…? Soy Arakiya. Peleo… por la Princesa.
Su respuesta fue bastante breve, pero eso mismo evidenciaba su lealtad profundamente arraigada e inquebrantable. Chisha suspiró profundamente. En ese caso, no iban a llegar a ninguna parte hablando. Adoptó una postura de combate con su abanico de hierro, mientras que detrás de él, los soldados de Vincent también alistaban sus armas.
—Yo mismo y estos soldados que están tras de mí peleamos por otra persona, pero con la misma dedicación. Me temo que no tengo planeado participar en algo tan ineficaz como un duelo. Debe disculparme.
—¿Eh…?
—De manera más sencilla, pretendo abrumarla con superioridad numérica —anunció Chisha, y los soldados lo tomaron como una orden para cargar, cosa que hicieron con entusiasmo, gritando y bramando.
Arakiya agrandó los ojos. Miró detrás de ella a los hermanos en combate: Prisca blandía alegremente la espada Yang, y Vincent recibía cada tajo y respondía de la misma manera. Arakiya dio un paso adelante, decidida a impedir cualquier interferencia.
—A las cosas difíciles… no las entiendo. Pero esto es por la Princesa. Por la Princesa moriría.
Sección 13
Todos los soldados que la presionaban estaban cargados con el fervor de la batalla.
—…
La espada y la lanza eran los únicos medios que tenían para expresar su sed de guerra; las clavarían en la piel de Arakiya, le desgarrarían la carne, le romperían los huesos y acabarían con su vida. La batalla no era más que un ritual para lograr tales fines. La vida enfrentada a la vida hasta el final.
Bueno, Arakiya también podía llevar a cabo ese ritual.
—Ñom —casi de forma perezosa, se metió un espíritu en la boca.
Era el momento oportuno: los espíritus menores de fuego, provocados por la batalla entre Prisca y Vincent, habían comenzado a reunirse a su alrededor. Arakiya simplemente tomó uno en su cuerpo y convirtió su fuerza en la suya. Ese era el curso natural de la acción para un «Devoraespíritus».
—Guau, guau.
Arakiya se agachó, con todo su cuerpo rodeado por un fuego azulado y brillante.
Eran demasiado hermosas para describirlas con términos comunes como las «llamas del infierno», pero, independientemente de ello, era imposible evitar la impresión de que estaba envuelta en fuego. Mientras una conmoción momentánea recorría a las tropas que atacaban las vestiduras sagradas, Arakiya concentró su fuerza en las piernas y saltó hacia ellas.
Su cuerpo flotaba con la misma facilidad que el viento, pasando por la primera línea de soldados. Simplemente esquivó sus ataques, y los hombres, al darse la vuelta para perseguir a Arakiya de regreso a la formación, se dieron cuenta de algo: sus propios cuerpos estaban ahora envueltos en llamas azules.
—¡Naggghhhhaaa!
Los soldados aullaban en agonía, consumidos de pies a cabeza por un calor abrasador. A diferencia de Arakiya, que llevaba las llamas como si fueran un manto digno de los dioses, las que envolvían a los soldados no eran hermosas ni agradables. Los hombres se tiraron al suelo o intentaron cubrirse de tierra, pero las llamas no se apagaban. El fuego quemaba hasta lo más profundo de su ser, arrebatándoles la vida y abrasándolo todo hasta que los soldados no fueron más que montones de cenizas.
—¡Aguanten! —gritó alguien.
Eran los soldados personales de Vincent, y al darse cuenta de que no podían hacer nada para salvar a sus compañeros aniquilados, se centraron inmediatamente en atacar a Arakiya.
Pero qué triste fue: ni siquiera la violencia calculada de los números podía resistir una violencia aún mayor. Los números solían decidir el resultado de una batalla. En igualdad de condiciones, dos personas eran más fuertes que una, y cien eran más fuertes que diez. Eso estaba claro. De hecho, la medida de un estratega era su capacidad para idear un plan que superara esas diferencias en la fuerza de combate.
—Bueno, esto es sumamente molesto… —Chisha, el que había comandado a los soldados, colocó su mano libre sobre la mano que sostenía el abanico de guerra férreo.
Ciertamente sabía que la estrategia era su misión; sepultar al enemigo era su papel. Ese era el talento que Vincent buscaba cuando lo sacó del terreno del desconocimiento público; esa era la razón por la que ahora estaba con Vincent en esta situación.
Elaborar un plan, controlar las circunstancias, aniquilar a la oposición y hacer todo esto con estrategia: ese era su deber. Lo había llevado a cabo en muchos campos de batalla, y por eso lo sabía. En este mundo, había algunos seres supremos que traicionaban todos los cálculos estratégicos, porque trascendían los números.
El muchacho que Vincent había acogido hacía apenas unos cuantos meses era uno de ellos. Y ahora esta Arakiya, la misma a quien Chisha había visto aniquilar a sus tropas como un animal salvaje, era otra.
—¡Agh!
—¡¿Aghh?!
—¡Aaaaaagh!
Una serie de gritos provenían de hombres grandes y poderosos que eran arrojados al suelo. Algunos fueron inmolados en su totalidad; otros quedaron con la cara mutilada o con los brazos y las piernas rotos, mientras que algunos fueron destrozados y cayeron al suelo, para no volver a levantarse jamás.
Arakiya estaba agachada a cuatro patas como un animal; su única arma era una simple rama, pero era suficiente para romper las espadas de los soldados, así como para robarles su orgullo y sus vidas. Para arrebatarles todo.
—Basta ya de esto… —Chisha, tomando la difícil decisión de poner fin a este «desangramiento» innecesario de tropas, dio un paso al frente.
Gastar tantos soldados comunes contra alguien que trascendía los números era simplemente un desperdicio de vidas. Como persona a la que se le confiaron esas vidas, Chisha no podía permitir que continuara.
—Soldados, retrocedan, por favor —dijo Chisha—. Yo me encargaré de esa… cosa.
En el momento en que hizo retroceder al pelotón, Arakiya dejó de moverse. Permaneció agachada en el suelo como un perro, pero levantó la vista hacia el joven alto, inclinando la cabeza y lo miró fijamente.
El joven suspiró ante ese gesto casi animal, diciendo:
—Estratega de Vincent Abellux, Chisha Gold.
—El perro de la Princesa Prisca, Arakiya.
Con las presentaciones terminadas, los dos compañeros íntimos de los participantes en el «Rito de Selección Imperial» se lanzaron el uno contra el otro. Pero solo fue un único choque, y la contienda se decidió en un abrir y cerrar de ojos.
Arakiya se acercó a Chisha, quien sostenía su abanico de guerra férreo, desde el suelo. Reconociendo el ataque bajo, Chisha descendió el abanico y lo estrelló contra la cabeza de la chica. Su cabello plateado, con un único mechón rojo, se manchó de sangre oscura, al menos eso era lo que Chisha esperaba que sucediera. Pero, justo antes de que su golpe acertara, Arakiya abrió la boca y tragó una pizca de luz. De súbito, desapareció; no podía verla.
Mientras Chisha se quedaba allí con los ojos ampliamente abiertos, Arakiya, aún en el suelo, le dio una patada. Su delgado cuerpo se elevó en el aire con el impacto, que casi pareció haberlo perforado. La rama de Arakiya lo atravesó de la espalda al vientre, desgarrándole el torso y clavándolo en la tierra.
—Aahg… ahhh… —jadeó. Tosió una espectacular cantidad de sangre, pero con la rama sujetándolo en su sitio, Chisha ni siquiera podía desplomarse al suelo.
Arakiya se alejó rápidamente de él, mirándolo solo para decir: «Listo», con las yemas de los dedos unas contra otras. Volteó para informar a su Señora de que había vencido al poderoso enemigo.
—Prin…
Pero un segundo después, una luz roja, que llegó desde el cielo, engulló a Arakiya, junto con todo el bosque.
Sección 14
Lamia Godwin nunca olvidaría aquella fiesta de jardín.
La fiesta se celebraba cada año con motivo del cumpleaños de su padre, el emperador Dreizen Vollachia. Duraba siete días y todos los hermanos de la familia imperial estaban obligados a asistir —y en consecuencia se veían obligados a reunirse— quisieran o no. Por supuesto, con el «Rito de Selección Imperial» pendiendo sobre sus cabezas, solían organizar sus agendas para verse lo menos posible. Aun así, con más de sesenta en un mismo lugar, era imposible evitar a cada uno de ellos todo el tiempo.
—…
Ese año, Lamia —que entonces tenía nueve— buscaba a su hermano Vincent, que sabía que había venido a saludar a su padre el mismo día que ella.
Muchos de los hijos de la realeza imperial de Vollachia eran maduros para su edad. Se trataba de un entorno en el que un huevo que no eclosionaba con prontitud simplemente se rompía: o crecías rápido o morías. En consecuencia, Lamia no tenía nada de la dulzura de una niña de nueve años normal; ya era una joven lista y perspicaz. Para este momento, estaba aprendiendo a evaluar a quienes la rodeaban y le gustaban las personas capaces. Por eso buscaba a Vincent; hablar con su inteligente y apuesto hermano le aceleraba el corazón.
Había recorrido el vasto Palacio de Cristal, donde se celebraba la fiesta, buscando a Vincent y, mientras tanto, tratando de convencer a su hermano Barthroy, que siempre parecía demasiado incauto hacia sus hermanos menores. Justo cuando por fin encontró al hermano que buscaba…
—Prisca Benedict, ese es mi nombre.
—… —junto a Vincent, descubrió a una pequeña niña de un brillante vestido carmesí.
Apenas tres meses después, Lamia Godwin tomó medidas severas para destituir al irresponsable Jefe de Familia y castigar a un conde rebelde.
—Impacto de cañón de piedra mágica confirmado. Cuando se disipe el humo, le informaré de los resultados —informó Berstetz.
—No me importa si gastas todas las piedras mágicas que disponemos; solo asegúrate de conseguir lo que deseo. Mantenme informada conforme la situación evolucione —dijo Lamia.
—Mi Señora —respondió Berstetz con una reverencia respetuosa.
Lamia apoyó la barbilla en las manos y miró hacia el bosque, que ahora era un campo de luz resplandeciente. Sonrió. Había reunido a muchos de sus hermanos para lograr el sitio de Vincent. El hecho de que inclusive hubiera contado con su enemiga mortal, Prisca, como partícipe en esta agrupación no era en realidad una señal de lo mucho que deseaba asegurarse de tener la fuerza necesaria para derrotar a su hermano.
Era porque sabía que la presencia de Prisca era en sí misma el veneno que acabaría con Vincent.
—¿No te lo dije, Prisca? Te tengo en muy alta estima. Eres la hermana más peligrosa después de nuestro querido hermano… Tu pensamiento es más afín al suyo que el de cualquiera de nosotros. Por eso sabía que podrías hallarlo. Estaba segura.
Vincent habría sabido que sería el objetivo favorito de todos cuando comenzara el Rito. Lo más probable es que incluso hubiera previsto que una coalición de sus hermanos intentaría sitiarlo y, como la batalla se libraría en territorio de Abellux, sin duda habría preparado muchas rutas de escape. Por mucho que odiara admitirlo, a Lamia le resultaba difícil predecir cómo intentaría Vincent escapar de su red. Pero tenía una regla sencilla: si no podía hacer algo, simplemente confiaba en alguien que pudiera.
Y así lo hizo.
«Vincent y Prisca se encontraban en el mismo lugar. Tengo certeza de que ambos quedaron atrapados en la explosión». El informe telepático de Palladio, cómplice de Lamia, le aseguró que su plan había funcionado.
Palladio mantenía como secreto a sus otros hermanos que llevaba la sangre del Clan del Ojo Maligno y que sus habilidades le permitían rastrear un objetivo determinado con increíble precisión. Para ello, necesitaba alguna parte del cuerpo del objetivo y, aunque Lamia no había podido obtener nada de eso de Vincent…
—Seguro que no pensabas que me había presentado a tu morada solo para acorralarte —dijo Lamia.
Llevaba tramando este plan para utilizar las habilidades especiales de Palladio desde que había comenzado el Rito. Vincent, su verdadero objetivo, era un hombre muy cauteloso. Pero ella no tenía que rastrearlo directamente, solo tenía que rastrear a alguien que sabía que estaría con él.
Prisca era perfecta para ese papel. Por eso fue ella misma a proponer una alianza y se había asegurado de involucrar a Prisca en el sitio.
Por eso Lamia había resistido el impulso de matar a Prisca durante más de siete años.
—Por fin mi corazón siente alivio, Prisca —dijo Lamia, colocando la mano sobre su abundante busto mientras imaginaba la repulsiva cara de su media hermana.
Una vez que estuviera segura de que Vincent y Prisca estaban muertos, solo le quedaría usar la «Legión de Poda» para masacrar a las tropas de Vincent y después dar jaque mate a sus otros hermanos. La mayor amenaza y la incógnita quedarían eliminadas; el resto de sus hermanos no eran rivales para Lamia Godwin.
«Lamia, cuando esto concluya…»
—Sí, sí, lo sé. Te daré una uña o un mechón de mi cabello o lo que sea que desees. Serás capaz de venir tras de mí en cualquier momento, de día o de noche.
Su alianza con Palladio solo duraría hasta que Vincent muriera. Después de eso, el acuerdo era que Lamia le entregaría alguna parte de su cuerpo, pero incluso el Ojo Maligno, que tenía una ventaja incomparable en la guerra de información que era clave para cada victoria, carecía de valor si su usuario era un tarado inútil. Por desgracia para él, Palladio simplemente no podía vencer a Lamia. Podía intentar reunir a los otros hermanos contra Lamia, como había hecho ella contra Vincent, pero eso no lo llevaría a ninguna parte. Ella ya conocía las vulnerabilidades, debilidades y oscuros secretos de la mayoría de los candidatos más poderosos; ellos no se unirían a Palladio.
Vincent y Prisca eran los únicos que tenían alguna esperanza de vencer a Lamia. Y el propio Palladio estaba ayudando a evitar esa posibilidad. Lo absurdo era que ni siquiera se percataba, no era muy diferente de Barthroy, quien había muerto como un perro debido a las maquinaciones de su propia hermana menor.
—Por cierto, el hecho de que todavía piense que puede vencerme lo hace aún más estúpido que el querido Barthroy.
—Su Excelencia, el humo se está disipando.
El uso de cañones de piedra mágica había sido prohibido por su enorme poder destructivo, y cuando la cortina de humo comenzó a desvanecerse sobre el bosque, todos pudieron ver por qué. La devastación causada por diez cañones actuando en conjunto era evidente.
La potencia de un cañón de piedra mágica dependía del tamaño y la pureza del proyectil utilizado, pero, independientemente de ello, la devastación causada en un rincón del campo de batalla era una prueba de la sinceridad con la que Lamia deseaba la muerte de sus objetivos.
Había conseguido cristales mágicos, que eran piedras mágicas de la máxima pureza. La potencia de fuego que podían generar debía de ser la segunda más grande del imperio, solo superada por las piedras utilizadas en la construcción del Palacio de Cristal en la capital, Lupugana. Las piedras eran tan poderosas que los cañones se habían mostrado incapaces de soportar la fuerza resultante, destrozándose en el proceso de disparo. Ni siquiera un miembro de la familia imperial de Vollachia podría haber salido ileso de tal ataque. Ni siquiera si fueran dos.
Este era el golpe maestro que aseguraría la victoria de Lamia. Y ahora…
Se oyó a uno de los exploradores, que observaba a través de un catalejo, murmuró: «¡Eso es imposible!». Con su telescopio, debía de haber podido ver el resultado del ataque, que no se podía discernir a simple vista.
Aun si no podía distinguir exactamente lo que estaba pasando, la propia Lamia se dio cuenta de que algo no estaba bien. El bosque, que debería haber quedado reducido a astillas por la lluvia de artillería, seguía intacto en un lugar, con los árboles aún en su lugar. ¿Y qué había provocado esta situación inconcebible?
—¡Hay alguien en el punto de impacto! —gritó el explorador, temblando—. Una niña-perro de cabello plateado… ¡Es la mano derecha de Prisca Benedict!
Lamia agrandó los ojos. La mano derecha de Prisca… Lamia recordaba a aquella taciturna e inexpresiva sin pedigrí…
—He de reconocerlo, Prisca… —gruñó.
Se puso de pie y se acercó al explorador, arrebatándole el catalejo. A través de él, pudo ver la zona cero, donde la pequeña amiga de Prisca yacía boca abajo en el suelo, exhalando humo. De alguna manera, esa perra mestiza había frustrado por completo el bombardeo de Lamia.
La niña-perro ni siquiera se inmutó; Lamia no sabía si estaba viva o muerta. Pero no le interesaba. Lo que importaba era la magnitud de la destrucción en ese trozo de bosque, o más bien, la falta de ella. Era imposible que Prisca y Vincent estuvieran muertos.
Lo que implicaba que la primera fase de su plan había fracasado. Pero Lamia tenía otra flecha en su carcaj, y otra más tras esa.
—Nunca pensé que tendría que usar la pequeña póliza de seguro de Barthroy…
Recordaba una sugerencia que le había dejado su hermano, aquel que renunció voluntariamente a su derecho al trono. Los otros nueve hermanos que también habían rechazado la candidatura eran cartas en su mano, y las jugaría para acabar con Vincent y Prisca, ambos heridos, de un solo golpe.
Lamia bajó el catalejo y comenzó a dar sus siguientes instrucciones:
—Que comience la emboscada. Puede que lo den todo, pero al menos los ralentizarán…
—¡Su Excelencia! —interrumpió una voz aguda.
Tan pronto como la oyó, una sombra cruzó la visión de Lamia. Levantó el brazo por reflejo y la Espada Yang que empuñaba quemó el aire al pasar, incinerando la flecha que volaba hacia ella.
Puede que hubiera bloqueado el primer ataque, pero las flechas seguían llegando sin descanso; sus soldados, lentos al reaccionar, la rodearon para protegerla con sus propios cuerpos.
—Mas, ¿cómo han averiguado dónde acampaba? —preguntó. —Aguarda… ¡No puede ser! —intuyendo la respuesta a su propia pregunta, Lamia miró a sus atacantes desde detrás de sus soldados.
Al mirar directamente hacia la lluvia de flechas que se le avecinaba, vio que su suposición era correcta: eran los hermanos desertores, aquellos que le robó a Barthroy, a los que había intentado utilizar para completar el sitio a Vincent. Los cobardes que nunca deberían haber sido capaces de volverse en su contra se rebelaban todos a la vez.
¿Qué? ¿Acaso la visión de la batalla los había inspirado de repente a desear el trono al mismo tiempo? No, eran incapaces de una acción tan decidida.
Eso solo dejaba una explicación.
—Vincent Abellux…
Combatir un sitio con otro. Lamia apretó los dientes al darse cuenta de que su oponente había sido lo suficientemente astuto como para llevar a cabo esta maniobra. La apuesta cara de Vincent, el hombre que la había puesto en esta situación, flotó en su mente, y pensó en lo mucho que lo odiaba.
Era una clásica traición. Lamia, la «Princesa Venenosa», había permitido que el veneno entrara directamente en su círculo más cercano. ¿Cuándo había empezado? Lamia era lo suficientemente perspicaz como para que, en el momento en que tuvo ese pensamiento, se le ocurriera una posibilidad.
—No me digas… ¿Él estuvo confabulando con mi querido hermano Barthroy todo este tiempo?
Barthroy, que había muerto como un perro, que debería haber sido el perdedor definitivo. Los hermanos que había reunido para su causa se convirtieron en la punta de lanza del contraataque de Vincent. Lamia se estremeció ante la posibilidad de que Barthroy la hubiera superado en astucia y al darse cuenta de que Vincent se había empecinado aún más que ella. Quizás incluso permitirle atacar con los cañones de piedra mágica había sido parte de su plan. Eso los sacó limpiamente de la ecuación, dejando una abertura que él podía explotar para atraparla.
Pero ese plan implicaba algo que debería haber sido imposible. Para protegerse de la lluvia de artillería de Lamia, Vincent necesitaba a la niña-perro que era propiedad de Prisca. Y eso significaba que la confianza y la ayuda de Prisca eran indispensables para que tuviera éxito. Todo ello llevaba a una única conclusión:
—Has estado trabajando con él todo este tiempo, ¿no es así, Prisca?
Una alianza secreta entre Prisca y Vincent: esa era la condición previa necesaria para sitiar con éxito a Lamia. Y una vez cumplida esa condición, se intensificó el ataque contra Lamia, que ahora se encontraba en desventaja.
—¡Su Excelencia! Déjenos esto a nosotros. Debe encontrar el camino hacia la «Legión de Poda» y retirarse. —Su comandante, Berstetz, al ver que el enemigo tenía la ventaja, aconsejaba a Lamia que huyera.
Por un segundo, casi escupió la sugerencia por puro despecho, pero Berstetz tenía razón. El juicio frío y racional prevaleció rápidamente; si se quedaba allí, solo podría morir.
—Berstetz, tú estás al mando. Retenlos aquí, aun si la vida te cuesta —le ordenó.
—Sí, Su Excelencia. Cuídese.
Con esa breve despedida, Lamia abandonó su campamento, que se había convertido en un campo de batalla. Solo se llevó consigo a las tropas de élite de su guardia personal. Mientras tanto, Berstetz lanzaba un vigoroso ataque contra los traidores hermanos, pero él ya no ocupaba sus pensamientos. Ella ya estaba pensando en cómo salir de esa situación y planeando lo que haría una vez se librara.
Parecía que siempre le pasaba lo mismo con sus planes.
—Si los controlas con tu emoción, alguien que maneje una emoción mayor puede arrebatártelos. Hay algo más barato y sencillo que los celos o la codicia. Es el miedo.
Lamia casi podía oír cómo los planes se desmoronaban en su mente, y quien los había derribado, quien había destruido todo por lo que había trabajado, no era otro que la persona que se encontraba tranquilamente frente a ella. El subordinado de Vincent, el verdadero asesino despiadado.
—Hola, hola. Siento mucho haber llegado tarde. Intenté darme prisa, de verdad, pero es difícil ser el primer espadachín en el escenario. Aun así, creo que he captado el ambiente que hay aquí. Quizás pueda terminar esto sin una actuación demasiado patética —sonrió, un joven que empuñaba una espada y estaba empapado en sangre.
¿A cuántas multitudes había masacrado? Estaba casi completamente cubierto de sangre salpicada, su inusual kimono estaba tan manchado que era imposible saber de qué color había sido alguna vez. No obstante, lo que hacía tan aberrante al joven no era que estuviera cubierto de sangre de la cabeza a los pies, sino el hecho de que no le importara; era la forma en que se movía y hablaba con total indiferencia, y la presencia abrumadora, casi demoníaca, que desprendía, lo que dejaba claro, sin lugar a dudas, que solo se dedicaba a matar. Eso era lo más extraño y aberrante de él.
—Su Excelencia… —los soldados que vestían la armadura de la «Legión de Poda» dieron un paso adelante, interponiéndose entre Lamia y el joven, y decidieron convertirse en un escudo para que él no pudiera acercarse a ella.
Todos sabían que esa decisión implicaba el suicidio.
—¡Mjm, sí! Resplandecen tanto con una brillante determinación por proteger a su Señora. ¡Es una actitud hermosa! Verdaderamente estupenda. No desapruebo tal tragedia, de hecho, me gusta.
—¡Nunca dejaremos que un monstruo como tú se acerque a Su Excelencia!
En eso, atacó el joven como un rayo; los soldados lo enfrentaron con sus gigantescas tijeras de poda.
En el instante de la colisión, lo que se oyó no fue el terrible sonido de las cuchillas cortando la carne, sino el eco de un gran choque de armas contra armas.
Lamia sabía que sus hombres estaban muriendo; aun así, pasó por encima de los cuerpos inertes de la «Legión de Poda», escapando adonde el muchacho y su espada no pudieran alcanzarla, huyendo a un lugar al que no pudieran seguirla, corriendo más y más.
Y cuando Lamia Godwin finalmente llegó al lugar al que huía…
—Has de no preocuparte, Lamia. Él no te pillará aquí… pues voy a enterrarte con mis propias manos.
… Prisca Benedict la estaba esperando, empuñando la Espada Yang.
Sección 15
—Prisca Benedict. Ese es mi nombre.
Así le había respondido con arrogancia en su primer encuentro en aquella fiesta de jardín. Prisca tenía cinco años en aquel momento; era su primera fiesta de jardín. Vincent, a quien Lamia había estado buscando con tanta insistencia, las presentó la una a la otra, y Lamia se quedó tan impactada que apenas escuchó algo de lo que su hermano dijo después de eso.
Lamia Godwin lo había comprendido instintivamente: esa niña estaba destinada a ser su archienemiga de por vida.
—¿Oh? Soy Lamia Godwin, tu tan querida hermana mayor —se obligó a sonreír, pero Prisca tenía el mismo instinto. Percibió los verdaderos sentimientos de Lamia de un solo vistazo. Desde su primer encuentro, las hermanas se consideraron enemigas.
—…
La única razón por la que Lamia no estranguló a Prisca allí mismo hasta matarla fue porque Vincent las observaba como un halcón. Era un joven inteligente; la tensión entre las dos no se le había escapado.
Lamia había enviado asesinos tras Prisca con bastante regularidad desde entonces, pero siempre había sabido que eso no sería más que un incordio para su hermana. También había reconocido que, mientras Prisca existiera, sería imposible atraer a Vincent a sus filas. Eso implicaba que los dos no eran más que obstáculos en el camino de Lamia.
La libertad de maniobra que creía tener había desaparecido. Entonces, lo mejor sería ponerse manos a la obra.
—Oye, Barthroy, mi querido hermano… ¿Por qué no podemos todos los hermanos celebrar juntos y en paz el cumpleaños de nuestro padre?
—Oh, Lamia… Esa misma pregunta también me aqueja. Pero simplemente no nos es posible.
—¿No nos es posible llevarnos bien? Eso es… Eso es muy triste…
—… —Barthroy no dijo nada.
Lamia, ahora decidida, ya había comenzado a jugar.
Plantó semillas, las regó cuando comenzaron a crecer y cultivó posibilidades. Cuando la profusión de flores comenzó a florecer, las probó para ver cuáles eran venenosas.
—Sí… Tienes razón. Es tal y como dices, Lamia. Ojalá pudiéramos ser hermanos sin herirnos los unos a los otros…
Ella interpretó a la perfección el papel de la hermana pequeña inocente, y Barthroy picó el anzuelo. Parecía profundamente conmovido. De esta manera, Lamia allanó la tierra bajo sus pies, formando el camino que recorrería en el futuro.
Y al final…
—Y pensar que pasé siete largos años tratando de posicionarte cuidadosamente, tratando de convertirte en una flor envenenada para destruir a nuestro hermano Vincent. —No había emoción en la voz de Lamia cuando se detuvo bruscamente al final de su vuelo.
Prisca se encontraba frente a ella sin un solo soldado a su lado. El caso era el mismo para Lamia, que había asignado a su doble para que acompañara a sus guardias, diciéndole que huyera de la forma más llamativa posible.
Aquí, Lamia y Prisca estaban solas.
Lamia no era tan estúpida como para pensar que esto significaba que Prisca la tomaba a la ligera.
—De verdad, eres la hermana menor más detestable de todas… —Lamia se pasó una mano por su cabello mientras observaba a Prisca, que estaba de pie con los brazos cruzados.
Los ojos carmesíes de Prisca estaban lejos de ser fríos; de hecho, ardían intensamente, de igual forma que aquel día en la fiesta de jardín. Prisca miró a Lamia y ella le devolvió la mirada, una imagen especular perfecta de aquel día en que ambas se dieron cuenta de que la otra sería su adversaria a muerte.
—¿Cómo te salvó tu cachorrita de mi ataque de artillería? Si no hubiera sido por ella, podría haberte aniquilado a ti junto con Vincent de un solo golpe.
—Sé lo buena que es tu escucha. Estoy segura de que sabes que Arakiya es lo que llaman una «Devoraespíritus». Su poder depende de los espíritus que consume, y eso debería hacer que tu respuesta sea obvia.
—¿Estás sugiriendo que se comió un espíritu lo suficientemente fuerte como para repeler aquella ofensiva? Dudo que tal cosa… —estuvo a punto de concluir sobre la duda de su existencia, pero entonces se detuvo. Miró al suelo y asintió, como si ahora tuviera sentido—. He estado asumiendo que Vincent, sabiendo que se encontraría rodeado, eligió este lugar porque el castillo era lo suficientemente firme como para repeler a los atacantes. Toda mi premisa fue errónea, ¿cierto?
—Abandonar el castillo era parte del plan de nuestro hermano desde un principio. Eligió este lugar no por sus fortificaciones, sino por la tierra misma.
—Asumo que te refieres, de forma más precisa, al espíritu que se encuentra en letargo en los terrenos, ¿cierto?
Prisca no lo negó. Observando las reacciones de su hermana menor, Lamia comprendió la razón por la que la habían conducido aquí y por qué su bombardeo había fallado.
—La Piedra. Muspel —conjeturó Lamia.
Prisca asintió.
—He aquí uno de los Cuatro Grandes Espíritus, admirado cual santuario inmutable.
Muspel, la Piedra; ese era el nombre de uno de los cuatro espíritus más famosos del mundo. Se decía que el llamado Gran Espíritu vagaba por Vollachia a su antojo. Si uno era capaz de consumir a uno de estos poderosos seres, podría ser posible proteger a su Señora del ataque de artillería de Lamia.
—¿Y tu cachorrita sobrevivió al tomar el poder de uno de los Cuatro Grandes Espíritus dentro de ella?
—Solo consumió una pequeña fracción, e incluso eso habría aniquilado a un recipiente menor. Pero la victoria simplemente no cae del cielo. Siempre hay sacrificios.
—… Supongo que hiciste esto sabiendo lo que pasaría si el Gran Espíritu perdía el control después de ser devorado —dijo Lamia.
Prisca había decidido que su estrategia requería arriesgar la vida de uno de sus confidentes más cercanos. Lamia comprendía ahora que el plan consistía en aprovechar el poder de uno de los Grandes Espíritus. Pero la Piedra era un ser trascendente, imposible de comunicarse con él, y mucho menos de controlarlo o mandarlo. Quizás Arakiya solo había consumido una parte de él, pero siempre era posible que su propio ser fuera consumido a su vez y se descontrolara.
—Tengo otra pregunta —dijo Lamia en un suave murmullo—. ¿Cómo consiguió Vincent atrapar a la Piedra en este lugar? Parece que los humanos no son los únicos a los que nuestro querido hermano puede manipular con sus planes.
—No hay duda de que los planes y la manipulación es en lo que es diestro nuestro hermano. Pero los medios son irrelevantes. Lo único que importa es que yo obtenga mis resultados.
—Sí... Sí, estás en lo correcto.
Prisca, que había decidido que no le interesaba una charla extensa, extendió la Espada Yang. En respuesta, Lamia desenvainó su propia espada del aire y adoptó una postura de combate. Ninguna intentó impedir que la otra desenfundara, pero eso no era una señal de confianza. Atenerse a lo que se sabía que era un hecho no podía llamarse confianza. Las hermanas simplemente estaban conscientes de lo que harían. Sabían que el asunto se resolvería en breve por sus propias manos…
—Siempre te he odiado, Prisca, desde el día en que nos conocimos.
—No has de preocuparte. De todos aquellos cuyos nombres me he molestado en recordar, eres tú a quien más desprecio.
La hermana mayor se enfrentó a la menor, mostrando abiertamente su hostilidad y animadversión. No habrían hecho, ni dicho nada diferente, aunque hubiera sido la última vez que se vieran en sus vidas.
—…
Ambas dieron un paso adelante, cruzaron sus espadas y el mundo se envolvió en un destello blanco, rojo y caliente. Lamia no veía nada a su alrededor; estaba en un mundo en el que solo existían ella y Prisca, y se rio, más segura que nunca de que debería haber asesinado a esta niña cuando se conocieron en aquella fiesta.
Las hermanas se odiaron hasta el final, se insultaron mutuamente hasta los postreros momentos de su relación.
Sección 16
—Prisca y Lamia deben de haber terminado de arreglar las cosas ahora mismo —dijo Vincent, mirando desde arriba a Arakiya, que estaba medio muerta.
Estaba completamente exhausta, apoyada contra un gran árbol con las piernas extendidas, sin fuerzas.
No era precisamente sorprendente; ella había repelido sola un bombardeo de cañones mágicos con el poder de aniquilar a un ejército entero y, para ello, había absorbido a uno de los Cuatro Grandes Espíritus en su pequeño cuerpo. Las consecuencias fueron serias; Arakiya lo había hecho sabiendo perfectamente que podría costarle el alma.
Así, el plan de Vincent tuvo éxito y Arakiya había sido fundamental.
—No debe de haber sido sencillo. Prisca dispone de la fortuna de contar con una buena ayuda, he de admitirlo.
—Lo hice… por la Princesa…
—Sí, de eso tengo certeza. No lo dudo. —Era raro que Vincent elogiara tal lealtad. Casi todos los que servían a la familia imperial eran al menos tan leales como Arakiya, algunos incluso más.
Eso incluía a los soldados personales de Vincent, que habían sido utilizados como carnada para el enemigo, sin saber que el propio Vincent había hecho un acuerdo secreto con Prisca.
—No obstante, supongo que Chisha externará sus pensamientos al respecto —murmuró Vincent.
Miró a Chisha, quien, tras ser atravesado por Arakiya, se había encontrado en medio del choque entre el bombardeo y el poder de uno de los Cuatro Grandes Espíritus. Se le estaba tratando como a un héroe, pero estaba gravemente herido, tanto por dentro como por fuera. Sus posibilidades de sobrevivir no eran mejores que las de una moneda lanzada al aire. Era un estratega listo, un sirviente devoto al que Vincent podría confiarle puestos importantes en el futuro, y aun así, incluso él había sido parte del plan, una forma de dar verosimilitud al ardid para asegurar que pasara desapercibido y tuviera éxito.
No obstante, Vincent estaba seguro de que había valido la pena.
—Cuento con una opinión muy afín a la que Lamia tenía de mí y de Prisca. El Rito acaba de dar inicio, mas he eliminado a mis mayores rivales al trono con esto.
Desde el punto de vista de la ambición y la aptitud, y desde la perspectiva de si tenían alguna posibilidad de obtener realmente el trono, solo Lamia y Prisca habían merecido la pena preocuparse, en opinión de Vincent. Lamentablemente para todos los demás hermanos, ninguno de ellos era rival para Vincent. Aunque había alguno que —si bien no suponía una amenaza para el trono— llegó a sorprenderlo de otra forma.
—De imaginarlo… al parecer, también di un juicio erróneo acerca de mi hermano mayor, Barthroy.
Barthroy Fitts, quien dejó este mundo poco después del comienzo del «Rito de Selección Imperial» y fue eliminado por Lamia. Odiaba la idea de que hermanos se mataran entre sí y había tratado de reducir al mínimo la muerte causada por el Rito con un plan que sorprendió incluso a Vincent.
—Al negarse a participar en el Rito mismo, prometió la sumisión de varios otros hermanos a cambio de mi garantía para sus territorios y personas. Una jugada audaz, como mínimo.
Si hubiera funcionado, Vincent habría tenido que cortar diez cabezas menos para alcanzar el trono. Y si cada uno de ellos hubiera levantado ejércitos personales para disputar la sucesión, la pérdida de vidas habría sido mucho mayor. La propuesta se basaba en una visión del mundo que contradecía la lectura abiertamente más correcta que Vincent tenía de la situación: que ninguno de sus hermanos se le podía permitir seguir con vida.
En términos generales, habían sido dos las claves de su escape del sitio de Lamia. Una había sido Arakiya, capaz de utilizar al Gran Espíritu para neutralizar el ataque de artillería; la otra era la traición que Lamia nunca había previsto, que serían los hermanos y sus ejércitos, que Barthroy había confiado en secreto a Vincent. Era cierto que, si tenían éxito, él estaría esencialmente honrando un contrato con un hombre muerto, pero Vincent no era capaz de considerar simplemente el asunto nulo e inválido. La recompensa no debía ser dispensada en menor medida que el castigo, eso era algo que Vincent siempre tenía presente como miembro de la familia imperial de Vollachia.
Esos hermanos a los que Barthroy había persuadido para que renunciaran a su derecho a la sucesión sin duda luchaban desesperadamente por el triunfo de Vincent, por lo que consideraban su propia supervivencia. Sin conocer nunca la verdadera naturaleza del acuerdo. Barthroy había ocultado la verdad. Siempre había sido tan convincente, dulce y amable para conseguir lo que quería. A Vincent le impresionó especialmente que Barthroy estuviera dispuesto incluso a incorporar su propia muerte en sus planes si con ello conseguía su objetivo. Barthroy Fitts había sido, en realidad, un miembro digno de la familia imperial de Vollachia.
—… —Arakiya, respirando con dificultad, no respondió a las reminiscencias de Vincent.
Al fin y al cabo, nunca había sido más que un leal perro, siguiendo las órdenes de Prisca. No tenía opiniones propias, nunca había necesitado una mente para pensar por sí misma. Era una niña muy útil, alguien que nunca había sido tocada por la ambición o el impulso traicionero. Y aun así, Vincent dudaba que fuera solo su utilidad lo que hacía que Prisca la apreciara tanto.
Había algo más entre Prisca y Arakiya que una simple relación de Señora y sirvienta. Había un vínculo genuino. Arakiya no dudaría en sacrificarlo todo por Prisca, aunque ni ella ni Prisca tuvieran la imaginación suficiente para comprender plenamente lo que eso significaba.
—Has dicho que tu nombre era Arakiya, ¿cierto?
—¿…? Sí… Así es. —Arakiya miró a Vincent con desconfianza. Él se acercó y se detuvo frente a ella, donde lo miraba como un animalito asustadizo, y entonces él le guiñó un ojo.
—Me gustaría hacerte una proposición. Una de parte de mi persona… —Vincent se detuvo y sacudió ligeramente su cabeza hacia los lados. Sin cambiar la emoción de sus ojos oscuros, se corrigió: —De parte de tu emperador.
Sección 17
Habían pasado dos meses desde el intento de sitio a Vincent Abellux.
—¡Maldita seas, Prisca…!
—Silencio, canalla. No gano nada al hablar contigo.
La cara del hombre de cabello largo era una máscara de ira mientras desenvainaba la Espada Yang de la nada. No obstante, el corte semicircular de color carmesí fue interceptado y repelido por un golpe desde arriba, lo que obligó a la espada mágica a salir despedida de la mano del hombre.
Desarmado, el hombre agrandó los ojos al presenciar un destello, un tajo de espada mucho más hermoso y cruel que el suyo…
Y fue lo último que vio.
El corte separó fácilmente la cabeza del hombre de su cuerpo, asegurando su muerte. Los ahora separados cabeza y torso se incendiaron simultáneamente, con grandes lenguas de fuego rojo que redujeron el cadáver a cenizas.
Estos fueron los últimos momentos de Palladio Manesque, hijo de la familia imperial de Vollachia.
—Al final, nunca fuiste más que un hombre anodino. Esa era tu cota máxima.
El juicio de Prisca sobre el destino de este tonto hermano mayor, que se había atrincherado en su castillo para esperar su destrucción, fue severo.
El pequeño convenenciero había trabajado muy duro para aliarse con Lamia y dirigir el «Rito de Selección Imperial». Y tal y como prometió, Prisca le había cortado la cabeza con sus propias manos. Probablemente, el difunto ya no podía disfrutar de ese honor, pero a Prisca no le importaba en absoluto la difícil situación de Palladio. Lo único que sabía era que había eliminado otro obstáculo entre ella y el trono. Ese era el único hecho digno de mención.
—Princesa…
—¿Arakiya? He limpiado por aquí. ¿Cómo va el resto?
—Sin problemas. Se acabó.
Enfundando la Espada Yang en el aire, Prisca se dio la vuelta cuando Arakiya apareció. Había estado ocupándose de los soldados que salpicaban la base de operaciones de Palladio, pero no tenía ni un solo rasguño en su piel expuesta.
Las habilidades del Ojo Maligno de Palladio eran la característica más destacada de su facción, pero carecía tanto del ingenio como de los seguidores necesarios para sacarle el máximo partido. Así que Arakiya se había encargado fácilmente de sus brazos y piernas en otro lugar, mientras Prisca le cortaba la cabeza.
—Lamia era al menos delectable. Nunca imaginé que añoraría a esa villana rencorosa.
—… —Arakiya no respondió.
—¿Qué ocurre, Arakiya? No es propio de ti tal sosiego —Prisca se sentó ostentosamente en el trono de su difunto hermano para luego dirigir una mirada interrogante a la niña silenciosa.
—Oh… —respondió Arakiya finalmente, y luego parpadeó. Después de un momento, dijo: —¿Va a pelear pronto…? ¿Con el señor Vincent?
—¿Mi hermano? Sí… Sí, supongo que sí. Si será pronto, no es algo que pueda decir, mas tarde o temprano tendremos que concluir esto.
Prisca, al darse cuenta de que el comportamiento de Arakiya tenía que ver con la continua existencia de Vincent, se permitió relajarse y esbozar una sonrisa. Vincent Abellux era su mayor oponente en el «Rito de Selección Imperial», su verdadera prueba. Desde el día en que le ayudó a escapar del sitio de Lamia, había visto cómo su ejército crecía cada vez más y cómo él eliminaba a sus otros hermanos —los demás que aspiraban al trono— uno por uno.
Lamia sabía que esto pasaría; precisamente por eso había intentado atacar a Vincent desde el principio, aun si eso implicara colaborar con otros. Si los demás hubieran sido inteligentes, habrían seguido trabajando juntos después de que fracasara el sitio, cuando Vincent se encontraba, al menos nominalmente, en desventaja. Pero habían perdido su oportunidad, y Vincent se había lamido las heridas y aprovechando la ocasión para recuperarse.
—Por tal idiotez, no merecían más que la destrucción —dijo Prisca.
A fin de cuentas, cuando alguien salía victorioso del «Rito de Selección Imperial», lo que le esperaba era el trono del Imperio de Vollachia y todas las responsabilidades que venían con él. Esos hermanos habían demostrado que nunca habrían sido capaces de soportar esa carga. Ahora, con Lamia eliminada y Palladio acabado, lo único que quedaba era…
—Ahh, señorita Prisca, su perspicacia nunca deja de maravillarme. —La conversación entre Señora y sirvienta se vio interrumpida por el ligero golpeteo de unos zapatos sobre el suelo al emerger una nueva figura—. Debo expresar mi profunda admiración.
Prisca apoyó la barbilla en las manos y dirigió sus ojos carmesíes al recién llegado, que hizo una reverencia con elaborada cortesía. Era un joven de cabello blanco. Por un segundo, Prisca cerró un ojo, buscando en su memoria, pero pronto recordó quién era el hombre. Excepto que no se veía exactamente como ella lo recordaba.
Según se acordaba Prisca, la última vez que se vieron, él tenía el cabello negro.
—¿La he sorprendido, su Señoría? Mis disculpas. Mi experiencia cercana a la muerte en nuestro último encuentro parece haber robado el color de mi faz.
—Ya veo. Son cosas inusuales que pasan. Mas me iba a abstener de cuestionarte por tu aspecto, que por un fugaz momento me resultó tan confuso. Eres Chisha Gold, ¿cierto?
—Me siento de lo más honrado de que usted me recuerde —Chisha volvió a hacer una reverencia; en efecto, era el joven que Prisca había visto en su batalla con Vincent.
Prisca, que había estado ocupada al efectuar una lucha con espadas con Vincent para después centrar su atención en Lamia, no conocía los detalles, pero por lo que había oído, Chisha tuvo un encuentro cercano con Arakiya ese día y había sufrido heridas casi mortales.
—He traído un pequeño obsequio en nombre de Su Excelencia para conmemorar esta ocasión. Puede parecer un poco precipitado, pero esperamos que lo acepte.
—Hace unos cuantos minutos que he cortado la cabeza de mi enemigo y mi hermano ya ha conseguido enviar un mensajero a este fuerte. Es muy propio de él. ¿Y qué es este obsequio congratulatorio?
—Un vino de alta calidad, si es de su agrado —Chisha sacó una botella de lo que se consideraba uno de los mejores vinos de la zona.
A pesar de su tierna edad de doce años, Prisca ya estaba familiarizada con el sabor del alcohol. E incluso para alguien que se enorgullecía de tener lo mejor de todo, como siempre hacía, ese vino no era fácil de conseguir.
No obstante, ella dijo:
—Arakiya, destrúyelo.
Tras esas palabras, la botella que Chisha tenía en la mano se hizo añicos, y el sonido resonó en la habitación mientras el vino se derramaba cual cascada sobre la alfombra.
La sonrisa de Chisha era casi reptiliana, y…
—Algunos nobles habrían vendido hasta su alma por una botella como esa.
—Estoy perfectamente consciente de ello. Si no estuviéramos en medio del «Rito de Selección Imperial», incluso podría haberlo aceptado. Mas mi hermano sabrá perfectamente que destruiría cualquier presente que me enviara en este momento.
—Y así lo hizo —dijo Chisha, asintiendo sin mostrar ningún signo de que esto le molestara lo más mínimo.
En la familia imperial de Vollachia siempre se suponía que los regalos tenían algún motivo oculto. Dada la popularidad del asesinato por envenenamiento, habría sido impensable beber sin reparo algo que otro miembro de la familia hubiera enviado sin mayor inspección.
Sin duda, la reacción era totalmente previsible, pero aun así, el joven amigo de Vincent observaba a Prisca con tanta calma como si la emoción se hubiera agotado de su cuerpo junto con el color de su cabello.
—Vuelve y dile a mi hermano que los obstáculos más evidentes han desaparecido y que pronto llegará el momento de que él y yo resolvamos las cosas. Ya no podemos comportarnos entre nosotros como antes, ni deberíamos desearlo.
—Si disculpa mi atrevimiento, señorita Prisca, ¿cree sinceramente que puede vencer a mi Señor?
—Es evidente. Puesto que este mundo está hecho a mi conveniencia.
Chisha respondió a esta expresión de la filosofía de Prisca con una reverencia respetuosa. Prisca apartó la mirada de él, agitando la mano de un lado a otro como si indicara que la conversación había terminado. Esperaba que él volviera con Vincent y le dijera que era hora de prepararse para la batalla final. En cambio…
—Si el mundo se inclina a su conveniencia, ¿cómo luce el futuro para usted?
—¿Qué? —La mirada inquisitiva de Prisca volvió a Chisha, buscando el significado de aquella pregunta tan significativa. Entonces agrandó los ojos, pues alguien estaba arrodillado en el suelo ante ella.
—…
Era Arakiya, con las rodillas en el charco de vino; se inclinaba hacia el alcohol que manchaba el suelo. Mientras el líquido se extendía lentamente, extendió la lengua temblorosa y lo lamió de forma sonora.
—Arakiya, ¿qué estás haciendo? Ninguna de mis asistentes debería rebajarse tanto como para…
—Princesa. Lo… lo siento… —Los ojos de Arakiya se llenaron de lágrimas mientras miraba a Prisca, que la observaba con asombro.
Era la primera vez que veía tanta tristeza en aquella que había crecido como su hermana, e incluso Prisca no pudo evitar quedarse paralizada. Y su asombro no terminó ahí, porque entonces las fuerzas abandonaron el cuerpo de Arakiya y esta colapsó en el suelo.
Arakiya solo dio con dificultad unos cuantos gemidos: «Ah... hh... ¡Agh!». Sus extremidades comenzaron a sufrir espasmos, sus ojos se pusieron en blanco y era obvio que estaba sufriendo en sus últimos momentos.
—… —Prisca solo había estado observando durante un instante antes de que sus ojos revelaran que había comenzado una serie de fríos cálculos.
Ahora que Arakiya estaba al borde de la muerte, innumerables posibilidades se presentaron en la mente de Prisca, surgiendo para después desaparecer.
Una persona común habría tardado demasiado en analizarlas; Arakiya habría muerto mientras tomaban una decisión. Pero Prisca no era una persona común. Tampoco lo era Vincent, que había previsto lo que ella haría.
Por eso, estos hermanos, más unidos entre sí que con cualquier otra persona, no tuvieron otra opción más que entablar un duelo a muerte.
—Condenado idiota —murmuró Prisca, acercándose a Arakiya, quien estaba desplomada en el suelo mientras se retorcía.
Sentó a Arakiya, acomodándola en sus brazos, y —casi con el mismo movimiento— presionó sus labios contra la boca de Arakiya y comenzó a succionar el vino envenenado. Lo escupió a un lado, sorbo a sorbo, como si estuviera succionando veneno de una herida. No obstante, esta toxina era tan potente que había vencido incluso a Arakiya; el simple contacto con ella bastaba para afectar a la mayoría de las personas.
