Sección 18
—Grr… —Prisca también sintió los efectos, pero, aunque el veneno le carcomía el cuerpo, siguió succionándolo de Arakiya y escupiéndolo.
—Una pareja de lo más terrible —comentó Chisha, observándolos con verdadera admiración en sus palabras.
Tanto por Prisca, que logró soportar el veneno, aunque fuera por poco, mientras lo extraía de Arakiya; como por Vincent, que había visto que esa era la única forma posible de envenenar a su hermana siempre vigilante. A los ojos de Chisha, ambos hermanos eran obras maestras, conspiradores de ingenio sin igual.
Arakiya había dejado de tener espasmos y, aunque estaba inconsciente, el momento de mayor peligro había pasado. Prisca, que la había llevado hasta ese punto, se limpió los labios y no pudo ocultar el temblor de su voz cuando le preguntó a Chisha:
—¿Cómo convenció mi hermano a Arakiya para que colaborara con él?
—¿No lo sabe? —preguntó Chisha, inclinando la cabeza con cierta confusión, aunque seguía impresionado por su audacia—. Creo que usted, señorita Prisca, está en una mejor posición que yo para comprender el pensamiento de Su Excelencia.
—Jmm… Y aun así, te concedió un papel protagónico en su pequeño acto.
—Solo puedo lamentar no poder corresponder a su amabilidad.
Prisca se levantó lentamente y regresó al trono. Chisha se sorprendió, sin mostrarlo, al ver que aún caminaba con firmeza. Y, del mismo modo, se sintió aliviado cuando la vio apoyarse en el respaldo, revelando el duro precio que el veneno le había cobrado.
No había necesidad de decir lo que Chisha dijo a continuación, pero no pudo evitarlo.
—Señorita Prisca —comenzó.
—Sí, ¿qué?
—Si no hubiera servido a su excelencia Vincent, le habría servido a usted de todo corazón, su Señoría. Es una pena que no haya tenido la oportunidad —dijo él, para después sacudir su cabeza de un lado a otro.
—Ja — rio Prisca como si estuviera exhalando un suspiro agudo.
Después miró a Arakiya, que estaba recostada en el piso, y esbozó una pequeña sonrisa con los labios, que ahora tenían el color de la sangre.
—No tengo necesidad alguna de un bufón carente de gracia como tú. Si tu anhelo es servirme, al menos has de adecentarte. Para un mínimo de belleza. Qué plebeyo tan ridículo.
Exhaló un largo suspiro, pero hasta el amargo final, quiso ser ella misma; insistió en esa última crítica maliciosa.
Y entonces dejó de respirar. Ese fue el final de Prisca Benedict.
Sección 18
—Y así, la pobre y dulce Princesa cayó en el ardid de su enemigo y perdió la vida. El hermano mayor de la Princesa reclamó la victoria absoluta y se convirtió en emperador de la nación, y dicen que aún hoy sigue gobernando y prosperando.
—¡Q-qué historia tan emocionante! ¿Y qué pasó después?
—No hay ningún «después». ¿No te lo he dicho? La Princesa, la protagonista de la historia, muere al final. La historia no puede continuar.
—¿Qué? Pero… ¡pero en ninguna parte se dijo eso! —el muchacho levantó las cejas de forma adorable en su aflicción. Era un estado muy inusual para él.
La hermosa Princesa que le había estado leyendo la historia, bueno, más bien, deberíamos decir Priscilla, inclinó la cabeza. Su cabello naranja caía en cascada sobre sus hombros, brillando al hacerlo. Cruzó los brazos frente a su abundante busto. Y después reprendió al descontrolado niño:
—Qué inusual, Schult. ¿Es que te has vuelto tan altivo como para criticar la historia que elegí para contarte? ¿Qué parte del cuento te ha disgustado tanto? Dímelo, si puedes.
—¡Sí, mi Señora! ¡La Princesa de ese cuento era mucho muy trágica! Muy en efecto, trabajó muy duro e hizo su mejor esfuerzo, pero su hermano la engañó, al igual que su «perro», y también… ¡Oh, es que no sé qué hacer! —Schult infló sus mejillas de un rojo intenso.
Priscilla sintió que esbozaba una pequeña sonrisa. Había modificado algunos detalles, pero su historia seguía en gran medida los hechos reales. Por eso, la reacción de Schult era conmovedora, dado que él mismo conocía a la «trágica Princesa». Aun así…
—Sin importar cómo te sientas al respecto, la Princesa ya está muerta y la historia llegó a su fin. Es inalterable. Esa es la naturaleza de los cuentos que contamos.
—Ohh… Pero eso es mucho muy triste. Y hiere muchísimo.
—¿Y qué has de hacer al respecto? ¿Perder el tiempo quejándote y afligiéndote?
Si esa era la forma en que pensaba comportarse, la opinión que Priscilla tenía de Schult cambiaría drásticamente. De hecho, el futuro de Schult dependía de cómo respondiera a una historia que ella le había contado por capricho.
Schult no era consciente de ello, ya que cruzó sus cortos brazos y asintió distraídamente. Priscilla no le presionó, sino que esperó a saber cuál sería su respuesta. Tras un rato, Schult descruzó los brazos, miró a Priscilla y dijo:
—En ese caso… ¡En ese caso, muy en efecto, yo mismo escribiré el resto de la historia!
—¿Qué? —ella levantó una ceja. Nunca habría imaginado esa respuesta. Schult respondió apretando su pequeño puño con determinación.
—Señorita Priscilla, muy en efecto, usted dijo que la historia llegó a su fin. ¡Pero me voy a imaginar muchísimo en lo que pasó después, para que la Princesa no tenga que sufrir un final trágico!
—… —Priscilla no dijo nada de inmediato. Así que Schult, con su modesto dominio del lenguaje, iba a tejer la continuación de una historia que se suponía que había terminado. Priscilla dio un largo suspiro y luego cerró un ojo pensativamente—. Continuar lo que ya ha terminado, ¿eh? Bueno, ¿cómo dará continuación? ¿Qué futuro le darás a una Princesa extinta, Schult?
—Bueno, uhm… Bueno, primero, muy en efecto, la Princesa bebió el veneno, ¡pero no murió por eso! ¡Cayó en un sueño mucho muy profundo, y después, se despertó de nuevo!
—Joh. Se despierta, ¿no es así? ¿Y a qué se debe eso? El veneno era mortífero. Lo suficientemente fuerte como para matar a una persona sin esfuerzo.
—¡Muy en efecto, pero la Princesa y su perro tomaron la mitad! ¡Es por eso!
Sí, había suficiente para matar a una persona entre los dos, pero al tomar solo la mitad cada uno, ni la joven Princesa ni su perro murieron. La simple lógica de ello, la aplicación ciega de la aritmética básica, era profundamente infantil, pero así era como Schult intentaba explicarlo, y Priscilla no discutió con él. En cambio, simplemente le despeinó su cabello rosa y sonrió.
—¿Señorita Priscilla? —dijo él.
—Piensas cosas de lo más extrañas, Schult. Reescribir una historia finalizada para que se ajuste a tus caprichos… Vaya arrogancia supina, ¿no crees? ¿Acaso no es como escupirle en la cara a quien originó la historia?
—Uhm, ¿estuvo mal que lo hiciera?
—¿Por qué habrías de estar mal? No hay nada malo en tomar una historia que no puedes aceptar y trocarla a una que se adapte a tu antojo. Nada malo en lo absoluto. De hecho, estoy asombrada.
Si Schult se hubiera limitado a llorar hasta quedarse dormido de pura frustración, era casi seguro que Priscilla lo habría desechado sin remordimientos y sin dudarlo, como si fuera nada más que un niño mimado. Pero Schult había estado a la altura de sus expectativas.
—Espero que me relates la continuación de la historia de la pobre Princesa. Cuéntame la historia que se ajuste a tu persona.
—¡…! ¡S-sí, su Señoría! Muy en efecto, primero, ¡la Princesa no murió por el veneno! Y luego alguien mucho muy amable la ayudó…
Schult, con los ojos brillantes ahora que tenía el permiso de Priscilla, comenzó a tejer el resto de la historia. Priscilla apoyó la barbilla en una mano y observó al eufórico muchacho continuar con la historia, mientras con la mano desocupada acariciaba suavemente la cubierta del libro. El libro la había inspirado para relatar este cuento. No podía expresar lo valioso que era recibir esa inspiración. Para algunos, podría no parecer tener valor alguno. Para aquellos que no sabían nada, el libro podría parecer simplemente una profusión de letras sin sentido. Pero para ella…
—¿Señorita Priscilla? ¿Me está escuchando?
—Por supuesto que sí. ¿Pues quién crees que soy? —Priscilla volvió a acariciar la cabeza de Schult y sonrió. Recordaba otra cabeza que solía acariciar, sonriendo también en ese otro tiempo…
Sección 19
«Prisca no puede vencerme. Ostenta más debilidades que yo. Por consiguiente, si nos enfrentamos, Prisca morirá, es inevitable.
No obstante, ni siquiera yo poseo el deseo de matar a la hermana menor que más aprecio. Y por eso, como corresponde al asombro causado por tus acciones de hoy, te concedo una oportunidad. Una coyuntura para salvar a Prisca.
En lo que respecta a cómo…»
—…
—Por fin te despiertas, ¿eh? —Alguien, solo un rostro de perfil, le habló cuando abrió los ojos en la cama.
Se encontró mirando un techo desconocido, pero una rápida mirada al lado reveló a un hombre con una vestimenta muy inusual, completamente blanco de pies a cabeza. El nombre del hombre… Era…
—Estás… todo blanco…
—Soy Chisha Gold. Me gustaría que al menos hicieras un esfuerzo por recordar mi nombre. Es solo mi opinión, por supuesto. —Chisha, como se hacía llamar, no mostró ningún cambio en su expresión a pesar de su queja.
La niña en la cama, Arakiya, no prestó atención a su objeción. Sentía que algo estaba mal; a lo que colocó una mano en su ojo izquierdo. A veces, el mundo se veía borroso al despertar, pero la neblina que lo cubría en ese momento era diferente de alguna manera. Era casi como si no pudiera ver por el ojo izquierdo.
Cuando vio que Arakiya se tocaba el párpado con los dedos, Chisha le explicó con calma:
—Considéralo el precio que pagaste a cambio de conservar tu vida. Muy similar a cómo yo me volví blanco como la nieve. Pero lo importante es que, efectivamente, los dos estamos vivos.
Arakiya no se sorprendió especialmente al enterarse que había perdido el ojo. Había hecho lo que hizo sabiendo perfectamente que podría costarle la vida. El hecho de que siguiera allí era lo más sorprendente.
Además, el que estuviera viva significaba que el plan de Vincent había tenido éxito. De lo contrario, el veneno seguramente la habría matado.
—La Princesa… ¿Dónde?
—¿Te refieres a la señorita Prisca? Me temo que está muerta.
—¡…! —Arakiya contuvo el aliento.
Chisha sonaba tan tranquilo como cuando le había explicado lo de su ojo, pero ella no podía ignorar lo que acababa de decir. Abrió ampliamente el ojo derecho, el único que le quedaba, y se abalanzó violentamente sobre Chisha, tratando de retorcerle su pálido cuello.
—¡Uy! Ahora no, todavía estás convaleciente. Cálmate, linda perrita.
—¡Aahg!
Tan pronto como habló —casi como si lo hiciera en broma— algo duro la golpeó en la frente y sintió que se quedaba sin fuerzas. Parpadeó, tratando de comprender lo que había pasado. En el borde de su visión, vio una cara borrosa pero sonriente. La figura se agachó frente a ella, mirándola fijamente donde había caído: era el chico de cabello azul.
En el instante en que se dio cuenta de quién era, Arakiya, que pocas veces mostraba sus emociones, sintió como si su corazón se rompiera en mil pedazos.
—Bufón sonriente…
—¡Ja, ja, ja! Sé que debes estar feliz de verme, pero no hay necesidad de que te llames así. Después de todo, ¡no hay persona viva que pueda evitar sonreír cuando ve mi cara!
—… —Con el ojo que le quedaba, Arakiya miró con odio al chico que le había empujado un dedo contra su frente, revelando un deseo bastante obvio de querer matarlo.
Chisha sacudió lentamente la cabeza de un lado a otro y dijo:
—Permite que me disculpe por su torpe parloteo. Y también por mi respuesta propensa a sufrir malentendidos. Reitero que la señorita Prisca está muerta. Sin embargo, tu Princesa sigue con nosotros en este mundo.
—Pero… eso…
—Su Excelencia cumplirá su palabra. Te convertiste en el veneno que acabó con la señorita Prisca y, por esa razón, él no perjurará. Aun así…
—Nunca podré… ver a la Princesa…
—… En efecto —dijo Chisha en voz baja mientras asentía.
Arakiya prácticamente lo ignoró; se presionó el ojo izquierdo con la mano y contuvo el aliento.
«Vincent mantendrá su palabra». Si lo que Chisha había dicho era cierto, entonces Prisca estaba muerta, pero había sobrevivido. El «Rito de Selección Imperial» había terminado para ella con la traición de Arakiya.
—Princesa… —Arakiya recordó la hermosa cara que había pasado tanto tiempo estudiando.
¿Ahora odiaba a Arakiya? ¿Odiaba a Arakiya, quien cedió al plan de Vincent y se convirtió en veneno para ella? ¿A Arakiya, quien fue incapaz de tener fe en el triunfo final de Prisca y, en cambio, actuó por iniciativa propia para salvar a su Princesa de la muerte?
No era que Arakiya se hubiera dejado embelesar por la magia de las palabras de Vincent. Si Prisca realmente no podía esperar vencer a Vincent, no era por una cuestión de fuerza o ingenio. Era por una del corazón. Prisca era profundamente compasiva, muy amable. Por eso no podía esperar derrotar al frío y cruel Vincent.
—Oh… Ohh…
—Oh, cielos, empezó a llorar. Chisha, ¿qué hacemos con la perrita? Su Excelencia dice que ahora es un perro callejero.
—Se me ha dicho que su curso de acción se dejará a su discreción. De cualquier forma, ¿qué hay de ti? Se está corriendo la voz sobre la brutalidad con la que aniquilaste a la «Legión de Poda».
Chisha y el chico charlaban a los pies de Arakiya; ella se cubrió la cara con las manos y lloró. Ignoró por completo a los otros dos; en cambio, lloró y, mientras lo hacía, rezaba. Aunque era una «Devoraespíritus», una bárbara sin nada a lo que rezar, le clamó al cielo. Suplicó que lo que la dueña de su corazón siempre había dicho fuera cierto.
«Que este mundo…»
