Sección 20
Sección 20
—… está hecho a mi conveniencia —murmuró la chica, sujetando su cabello naranja mientras el viento intentaba levantarlo y agitarlo a sus espaldas.
La hermosa joven estaba de pie en un campo herboso, contemplando una tumba construida a la sombra de unos árboles. La lápida tenía grabadas las palabras «Prisca Benedict»; nombre de un miembro de la familia imperial de Vollachia quien falleció en combate. La joven la contempló y sus ojos carmesíes se arrugaron por una sonrisa.
—Princesa, va a morir de frío si se queda ahí con este viento —dijo alguien detrás de ella.
Era una anciana, vestida con indumentaria de noble que llevaba con tanta naturalidad como si hubiera nacido con ellas. Varios pajes se encontraban detrás de ella, y su aspecto indicaba que la mujer era todo lo que parecía ser. Era igualmente obvio que la joven a la que la anciana mostraba tanto respeto ocupaba una posición más augusta que la suya.
—Princesa —repitió la anciana—, por favor, escúcheme…
—Cesa ya de «Princesa». Es una necedad. Prisca Benedict está muerta y enterrada. Y siendo así, no puede ser correcto el llamarme Princesa. Se supone que soy tu preciosa nieta.
—… —La anciana inclinó la cabeza. La actitud de la chica era terriblemente engreída para ser una nieta.
La chica podía sentir el gesto de sumisión detrás de ella.
—Jmm —dijo y volvió a mirar la tumba.
Aquellos que morían en el «Rito de Selección Imperial» no se les solía conmemorar con tal cosa. No había piedad para los vencidos; tal era la índole del Rito que los perdedores solían ser reducidos a cenizas, sin dejar ni siquiera un cadáver. Así que esta lápida para una tal «Prisca Benedict» era algo fuera de lo común. También lo era el hecho de que el cuerpo de una niña yacía enterrado debajo de ella.
—Se parecía tanto a mí… Pensar que me serviría dos veces.
Pensó en la doble que se había sacrificado contra los asesinos enviados justo antes de que el Rito comenzara. Una chica con el mismo cabello naranja que la Princesa a la que había protegido con éxito. Su cuerpo había sido tratado con respeto, devuelto a su familia junto con una compensación adecuada. Pero ni siquiera en la tumba se la dejó en paz; le habían asignado un nuevo papel. Desempeñaría lo que le correspondía a Prisca Benedict, en la muerte como lo había hecho en vida.
—Algo valioso —fue todo lo que la joven dijo, para después abrir de un golpe el abanico plegable escarlata que tenía en la mano. Se lo había quitado a su repulsiva hermana mayor, y ahora se abanicaba con él mientras volteaba hacia la anciana y los pajes que esperaban detrás de ella. Y finalmente…
—Princesa…
—¿Cuántas veces tengo que decirte que has de no llamarme de tal forma? La Princesa que ostentaba tal título murió de forma lastimera. Trágica, quizás, mas era lo que se merecía por su incapacidad para aliviar las ansiedades de sus seguidores. La que tienes ante ti ahora es… Mhmm. De muevo, ¿cómo era? —la chica inclinó la cabeza con curiosidad.
La anciana cerró los ojos y, tras un instante, respondió:
—Priscilla.
—Sí, justo ella —la chica asintió lentamente y cerró el abanico de un golpe.
Su hermana mayor solía guardarlo entre su escote, y la chica no podía hacerlo, pero quizás en un futuro próximo podría. Porque estaba viva. Y mientras se estuviera vivo, había un futuro próximo. Y en dado caso…
—Eso significa que podemos continuar. Después de todo…
Levantó la vista hacia el cielo. Flotando en un cielo de un azul casi repugnante, el sol brillaba con tanta intensidad que casi parecía escarlata. Extendió una mano como si fuera a asirlo y aún podía sentir el calor de la Espada Yang contra su palma.
Confortada por el calor, la niña —Priscilla— sonrió y concluyó:
—… este mundo está hecho a mi conveniencia.
FIN