Sección 3
Sección 3
Soldados en armaduras doradas rodeaban la mansión del conde Jorah Pendleton.
El equipo brillante que los cubría de la cabeza a los pies los delataba como subordinados de uno de los Generales Divinos, quienes ostentaban una posición especial incluso dentro del Imperio de Vollachia.
Cada soldado portaba una espada o una lanza, mientras que otros empuñaban un hacha o un arco, y parecían formar una única unidad indivisible, mas esa impresión era errónea. Las tropas con sus armaduras doradas no sentían unidad, ni una pizca de cohesión. En una unidad en la que las personas medían la humanidad de los demás en función de las armas que elegían, era imposible mantener la paz.
Así que, si había algo que los unía, no era algo tan intangible como el espíritu de cuerpo. Era algo más obvio, más concreto. Que sería: el poder.
—Las tropas están en posición, General Ralphone.
—Jum, bien. ¡Todos, retrocedan!
El que recibió este informe de uno de los soldados era un hombre de mediana edad con la cara cubierta de cicatrices; bajó la barbilla de forma significativa, asintiendo. Su enorme y musculoso cuerpo estaba cubierto por una armadura, cada centímetro de él estaba ataviado con placas doradas. Parecía como si incluso su sangre corriera con el orgullo de un guerrero y, de hecho, consideraba un honor dar esa impresión.
Goz Ralphone era el nombre del hombre, y era una de las personas más fuertes del imperio. Se le había otorgado el puesto de Quinto de los Nueve Generales Divinos, el ápice de la jerarquía de Vollachia.
Las tropas que rodeaban la mansión, entre las que se encontraba Goz, se comportaban sobriamente. Y con razón, ya que estaban allí para arrestar a un traidor que había conspirado para rebelarse contra el imperio. La situación podía convertirse fácilmente en una batalla, que era la razón por la que se habían enviado tropas. No obstante, incluso si se llegaba a la violencia, no era el ejército personal del conde Pendleton lo que más les preocupaba, sino la persona a la que parecía estar albergando en su casa…
—… —Goz cerró los ojos en un breve momento de auténtica lástima, pero rápidamente sacudió la cabeza hacia los lados, apartando ese sentimiento.
Se enderezó hasta alcanzar su imponente estatura y se adelantó de la fila de sus tropas. Respiró hondo y gritó:
—¡CONDE JORAH PENDLETON! ¡QUEDA ARRESTADO BAJO CARGOS DE TRAICIÓN!
Con eso, las tropas revestidas en oro derribaron la puerta principal. Los cargos ya estaban presentados; no le darían tiempo a Jorah para rebatirlos. Se lo llevarían con la mayor rapidez posible y luego lo entregarían a alguien cuya función era escuchar sus argumentos.
—¡Y es hora de atacar! —Era Goz quien soportaba esta carga en particular. La tarea se le había encomendado a nada menos que a él.
Tan pronto como las tropas doradas entraron en la casa, se oyó un furioso choque de espadas en su interior. Evidentemente, el conde Pendleton había preparado a las tropas de su Casa y la batalla había comenzado.
—No tengo intención de darle mucho tiempo —murmuró Goz, y luego sujetó su arma favorita, que había estado esperando a su lado.
Era una especie de maza, un mango largo de dos manos con una gran bola metálica redonda en el extremo. La levantó con facilidad, aunque debía de pesar más de cien kilos; después, con un gran brinco, saltó por encima de las cabezas de sus soldados, aterrizando frente a ellos y descargando su arma. La maza barrió a los enemigos que bloqueaban su camino.
—¡RETÍRENSE! —gritó—. ESTAMOS AQUÍ POR ÓRDENES DE SU EXCELENCIA. ¡CUALQUIERA QUE SE INTERPONGA EN NUESTRO CAMINO SERÁ CONSIDERADO TRAIDOR JUNTO CON EL CONDE JORAH PENDLETON!
—…
Su voz, tan fuerte que hacía vibrar el aire, sembró el miedo entre las tropas del conde. Teniendo en cuenta la reputación de Jorah, parecía poco probable que su séquito personal estuviera formado por guerreros distinguidos. Con toda seguridad, uno podría asumir que ninguno estaría dispuesto a empuñar su arma contra el puesto Quinto de los Nueve Generales Divinos, Goz Ralphone.
Pero entonces…
—Cielo santo. No esperaba que viniera usted personalmente, General Ralphone. Bueno, esto es preocupante…
Se oyeron pasos en lo alto de las escaleras que conectaban el gran salón —justo detrás de la entrada— con el segundo piso, y entonces apareció una figura delgada. Goz levantó la vista y frunció sus pobladas cejas. Conocía a ese hombre: no era otro que la persona a la que había venido a buscar.
—Conde Pendleton. Qué amable de su parte por aparecer —dijo Goz.
—Sé cómo me ve la gente, pero sigo siendo un noble del Imperio de Vollachia, aunque no sea muy bueno. No me gustaría que la gente dijera que dejé que mis subordinados hicieran todo el trabajo mientras yo me escondía temblando detrás de ellos. Aunque… lo de temblar puede que sea cierto —dijo Jorah, esbozando una leve sonrisa.
Su aparición en medio de la batalla sorprendió a Goz. Hasta donde él sabía, Jorah solo era conocido por ser blando e indeciso, un hombre débil que no sentía ningún afecto por la guerra. Que se mostrara en medio del combate…
—¿Ha cambiado algo en usted, entonces? Me interesaría mucho saber qué lo ha motivado a ello —dijo Goz.
—Con uno de los Nueve Generales Divinos acechándome, estoy dispuesto a contarle todo lo que quiera saber —dijo Jorah—. Soy… un hombre débil. Tengo que esforzarme constantemente para afrontar las cosas —se mordió el labio y su voz tembló.
Uno de sus soldados se arrodilló a su lado y le entregó respetuosamente una espada. Jorah la tomó y la sacó lentamente de su funda. ¿Era Jorah Pendleton un espadachín consumado? Goz no había oído nada de eso. Y así quedó demostrado: era obvio que era un aficionado. Algunas personas solo conocían las posturas básicas, pero Jorah parecía ni siquiera saberlas.
—Debo advertirle que, mientras usted tenga un arma en la mano, no me contendré —dijo Goz.
—Es-está bien. En el momento en que elegí este camino, supe que llegaría a esto… Ya me he despedido de mi esposa.
—¿Ah, sí? Entonces no hay necesidad de más palabras —Goz asintió con firmeza a Jorah, que lo miraba directamente a los ojos.
Después se aseguró de sujetar con fuerza su maza y gritó, tanto para avivar la pasión de sus propios soldados como para quebrantar la voluntad del enemigo:
—¡QUINTO DE LOS NUEVE GENERALES DIVINOS DEL IMPERIO DE VOLLACHIA, GOZ RALPHONE! POR ORDEN DE SU EXCELENCIA, ¡ERRADICARÉ A CUALQUIERA QUE AMENACE AL IMPERIO DESDE DENTRO!
—Conde del Imperio de Vollachia, Jorah Pendleton. Y por el bien de mi esposa, con este débil brazo, me resistiré a usted.
Sección 4
—Conozco ese bramido. Así que Goz Ralphone está aquí. Un poco excesivo si lo único que quieren es capturarme a mí y solo a mí. Mas no puedo decir que me sorprenda —Priscilla sonrió levemente, ella sabía que lo que decía no era del todo cierto, y luego reanudó la carrera por el bosque.
Alzaba el faldón de su vestido rojo, moviéndose con la misma facilidad que si el terreno difícil fuera llano, o como si fuera una chica salvaje nacida y criada en la naturaleza.
Sin embargo, aparte de su forma de moverse, todo en ella era justo lo contrario de alguien criado en el bosque, lo que hacía que sus acciones parecieran un milagro.
—…
A sus espaldas, en la mansión que dejaba atrás, su marido y sus tropas se enfrentaban a los soldados del imperio. La sonrisa que Jorah le dedicó, lo último que vio, se le había quedado grabada en sus ojos.
—Hizo un gran servicio.
Jorah no había sido un hombre de muchas cualidades distinguidas. Quizás era la persona menos cualificada según los principios del Imperio de Vollachia; dejaba mucho que desear tanto como noble de Vollachia como hombre. Y aun así, en ese último momento, había demostrado sin lugar a dudas ser el marido de Priscilla. Su amor por su esposa lo había inspirado a sacrificarse para ganar tiempo y asegurar su huida. Priscilla no era tan ruin como para menospreciar ni el intento ni el éxito, ni permitiría que nadie más lo hiciera.
Con esos sentimientos en su corazón, casi voló por el bosque…
—Ya es suficiente, Princesa.
—…
… hasta que una voz inesperada la detuvo. Frenó y levantó sus ojos carmesíes. Allí, en las altas ramas de un gran árbol, vio una silueta que rápidamente cayó frente a ella.
Era una chica, una chica envuelta solo en unos trozos de tela que dejaban gran parte de su piel al descubierto. Tenía más o menos la misma edad que Priscilla, quizá aún no era adolescente. Estaba claramente en buena salud, pero aún no había desarrollado las curvas necesarias para ser considerada atractiva. Tenía un ojo rojo de aspecto somnoliento; el otro estaba cubierto por un parche con un patrón floral. Su cabello era plateado —excepto por un solo mechón rojo— y tenía las peculiares orejas caninas de la gente-perro.
En la mano sostenía una lastimosa rama que acababa de arrancar del árbol y fijó su único ojo en Priscilla, con los labios temblorosos.
—Señorita Prisca… —dijo, utilizando el otro nombre de Priscilla.
—… —Priscilla exhaló en silencio al oír ese antiguo apodo, un nombre que ya había abandonado.
El tiempo había pasado, no mucho, pero había pasado. Así que era extraño que la chica que tenía delante, con esa cara familiar y el color de sus ojos, pareciera no haber cambiado en absoluto.
Supuestamente, ahora servía a un nuevo Señor y aun así seguía mirando a Priscilla con ojos implorantes. Eso era la prueba de que seguía siendo la misma.
—Es difícil escapar a la ironía de que seas tú quien se presente ante mí en este momento —dijo Priscilla.
—Princesa. Yo…
—Me traicionaste y te rendiste a mi hermano. Y eso te ha brindado la oportunidad de acabar conmigo con tus propias manos. ¿Qué excusa osas presentar en tu defensa?
—¡N-no, no lo hice! ¡Yo nunca...! —Aunque la joven solía mostrar muy pocas emociones, el despiadado ataque de Priscilla hizo que su rostro se contorsionara con inquietud—. Entonces, al igual que ahora… Princesa, por usted, yo…
—… —Priscilla no habló.
—Hoy… Hoy es lo mismo. El señor Vincent me dijo…
—Cretina. Erras en tu manera de dirigirte a mí. Mi hermano mayor es ahora el emperador de Vollachia, y si eres una soldado del imperio, lo que más te conviene es recordarlo. Porque… —Priscilla hizo una pausa y cruzó sus brazos. Después miró fijamente a la otra chica con sus ojos rasgados y curvó los labios de forma provocativa—. No… En realidad, mi hermano no ha ganado el derecho a llamarse emperador de Vollachia.
—Oh…
—Prisca Benedict está muerta. Mi hermano es el único que sobrevivió entre cuantos tomaron parte en el «Rito de Selección Imperial». Salvo que mi propia existencia amenaza con desmentir toda esa historia… ¿no es correcto? —Si se corriera la voz, sería el mayor escándalo en la historia del imperio. El emperador, que se suponía que era la encarnación de la admonición de ser fuerte, había actuado en contra de la idea de que solo los fuertes triunfan.
—Señorita… Prisca…
—Y ya que se menciona, apréndete correctamente mi nombre. Ahora me llamo Priscilla. Priscilla Pendleton, en señal de respeto por el último acto de servicio de mi marido. He de insistir en que no te equivoques, Arakiya.
—¿Pri… scilla…?
—He de reconocer que solo es un juego de sonidos. Dondequiera que esté y sean cuales sean las circunstancias, siempre seré yo misma. Por mucho que eso le pueda provocar molestias a mi hermano mayor —Priscilla le guiñó un ojo a la chica, a la que llamaba Arakiya, y luego inhaló.
Arakiya enderezó sus pequeños hombros.
—Prisca o Priscilla… La Princesa es mi Princesa. Venga conmigo. El señor Vincent… quiero decir, Su Excelencia quiere hablar con usted. Así que…
—Me temo que no te comprendo. ¿Quiere que vuelva ahora? ¿Con qué fin? Mi hermano es el emperador y no puede tolerar mi existencia. Si, a pesar de eso, me ordena que vuelva a la capital…
—¿Sí? Si es así… ¿entonces qué?
—Sería como declarar que tiene la intención de volver a intentar acabar con mi vida una vez más.
—Oh…
Las palabras de Priscilla fueron casi casuales, pero dejaron a Arakiya conmocionada. Miró a quien había crecido como su hermana y se dio cuenta de que era cierto que Vincent no le había explicado los detalles de sus órdenes. Pero había sido suficiente para que Priscilla adivinara lo que él estaba pensando. ¿Por qué había enviado a Arakiya a buscarla en ese momento?
—El hecho de que te enviara a mí fue, a su manera, un acto de amor.
—¿Qué…?
—Sí. Afecto familiar. Mi hermano mayor me quiere. Y yo también le tengo mucho cariño. Mas eso es algo independiente de nuestras respectivas posiciones. Esta vez, mi hermano ha de matarme. Y por tanto…
—¿…?
La voz de Priscilla se apagó al pronunciar la última palabra, y entonces los ojos de Arakiya se agrandaron y su pequeño cuerpo salió volando hacia atrás. La razón era evidente: un destello rojo. Un golpe rápido, hermoso y cruel que, de haber alcanzado el cuello de Arakiya, la habría reducido a cenizas en el acto.
El origen del golpe era una espada de color rojo rubí que de súbito apareció en la mano de Priscilla.
—La espada Yang… de Vollachia… —dijo Arakiya.
—Debe de ser un gran inconveniente para mi hermano que haya dos de nosotros que podamos empuñar esta arma. Dudo que tenga necesidad de esos símbolos de poder tan anticuados, mas sin ellos nunca podría mantener a raya a gente como Berstetz.
—Princesa, guarde la espada y…
—¿Aun así me instas a rendirme? Entonces no me dejas otra opción que abrirme camino con este destello en mi mano.
La espada era demasiado grande y majestuosa para una niña que aún no había terminado de crecer. Pero Priscilla rebosaba confianza para usarla con libertad y la competencia necesaria para hacerlo.
—Adelante, Princesa. —Arakiya bajó la rama que sostenía en la mano.
Esto hizo que Priscilla exhalara un «¿Eh?» y cerrara un ojo divertida, quitándole el impulso.
—¿No estás desobedeciendo las órdenes personales del emperador?
—Pero el señor Vincent… Su Excelencia me ordenó que viniera aquí.
—…
Arakiya, percibiendo lo que consideraba la verdadera intención detrás de las órdenes de Vincent, tomó una decisión. Tal vez tenía razón, o quizás era simplemente una interpretación de esas órdenes que le convenía para satisfacer sus deseos personales. En cualquier caso, era un cambio perceptible en Arakiya, que siempre había sido leal al pie de la letra a lo que se le ordenaba.
Cuando Priscilla lo vio, devolvió la Espada Yang al aire, donde desapareció.
—Mi Princesa… es la Princesa. Pero si la señorita Prisca está muerta… entonces esta es la última vez. Se lo ruego. No llame más la atención. Como con la transmisión… en la Isla de los Gladiadores…
—Ah, pero eso fue mi propio acto de amor por mi hermano. Con la resolución de los asuntos en la isla, él podía mantener a sus defensores en casa, en la capital.
En cualquier caso, fundamentalmente, solo era cuestión de tiempo que se descubriera el escondite de Priscilla. Era una mujer fundamentalmente incapaz de pasar desapercibida en algún lugar y ver cómo el mundo pasaba a su lado. Incluso sus días con Jorah habían sido solo un desvío, aunque, inesperadamente, no le fueron desagradables. Lo suficientemente agradables, al menos, como para que perdiera su renuencia a usar el nombre de Priscilla Pendleton.
—Arakiya, te estoy agradecida. Aun así, la próxima vez que nos veamos, más te vale afirmar tu determinación.
—Espero que no nos volvamos a ver. Nunca más.
—Pero lo haremos. Al menos, eso asumo.
Con eso, Priscilla sonrió y, en ese mismo instante, se produjo una enorme explosión en la dirección de la que había venido, la dirección de la mansión. La batalla parecía haber llegado a algún tipo de clímax. Arakiya miró hacia el sonido por un instante, pero su atención volvió rápidamente a lo que tenía delante de sus ojos. No obstante…
—Princesa…
… en el momento en que se dio la vuelta, Priscilla ya se había ido. Arakiya miró por todas partes, pero sabía que Priscilla no era tan descuidada como para dejarse encontrar tan fácilmente. Al fin y al cabo, era hermana con la que se había criado y la única pariente viva del emperador de Vollachia…
—… Se lo ruego…
Arakiya deseaba de todo corazón que Priscilla se fuera, lo más lejos posible, y que viviera su vida. Que se olvidara de la brutal guerra de sucesión en el imperio y siguiera adelante como una chica más, viviendo en algún lugar lejano.
Pero, a pesar de sus deseos, Arakiya sabía la verdad.
—Es totalmente… imposible.
La joven, Prisca Benedict, nunca soportaría ese estilo de vida. En algún momento del futuro, llegaría otro día en el que, como hoy, Arakiya se encontraría cara a cara con su Princesa. Cuando llegara ese día, ¿qué podría hacer con Priscilla, o Prisca?
«Afirmar tu determinación». Eso era lo que le habían dicho. Y aun así…
—Señorita Prisca… Es una gran tonta…
Y aun así, por el momento, ese único murmullo era todo lo que podía decir.
Sección 5
La rebelión tramada por el conde Jorah Pendleton terminó en fracaso. El propio conde, mente maestra de la conspiración, fue asesinado por Goz Ralphone, el Quinto entre los Generales Divinos del imperio. De este modo, se aseguró la base para un reinado seguro del nuevo emperador, Vincent Vollachia.
El conde no tenía parientes consanguíneos, por lo que el apellido Pendleton, que había perdurado durante generaciones, se extinguió. Solo dos meses antes de su rebelión, el conde se había casado con una mujer más joven, pero la aniquilación de la familia se completó cuando ella se suicidó. Aunque aún era muy joven, la muchacha, abrumada por el dolor por las acciones de su marido, se quitó la vida.
Al menos, eso fue lo que declaró Arakiya, que más tarde se convertiría en una de los Nueve Generales Divinos del Imperio de Vollachia.
Así, no hubo fugitivos. Nadie que amenazara a la nación de los Lobos Espada.
La paz del imperio estaba asegurada.
Ninguna sombra se cerniría sobre él. Seguiría adelante hacia el futuro.
FIN