Despedida Escarlata
Capítulo 3
Despedida Escarlata
Sección 1
Los días posteriores a que la chica lo atrajo por primera vez parecieron pasar en un abrir y cerrar de ojos.
—Pareces una lamentable excusa de hombre.
—¡¿Qu-qué?!
Una baronesa —una noble local que él conocía— le había insistido en que considerara un matrimonio con su nieta.
Jorah Pendleton, próximo a cumplir cincuenta años, pensaba que el matrimonio era algo que poco tenía que ver con él, un mundo en el que nunca estaría. Como parte de la nobleza, sentía la obligación de continuar con el apellido de su familia, por supuesto, pero para ello había estado considerando seriamente la posibilidad de adoptar a alguien que fuera su sucesor.
Por consiguiente, cuando se enteró de la propuesta de matrimonio, fue principalmente para que la baronesa no perdiera prestigio. Después de todo, la nieta solo tenía doce años. Existía el proverbio de la mujer «lo suficientemente joven como para ser tu hija», ¡pero ella era incluso más joven que eso! Y Jorah no deseaba infligir la infelicidad de un matrimonio así a una joven con todo el futuro por delante. Si fuera necesario, estaba dispuesto a ofrecerle apoyo para su vida cotidiana y tal vez encontrarle un marido adecuado.
Todas estas ideas se hicieron trizas, cual cristal, en la reunión.
—Puedes llamarme Priscilla. Aunque solía ser Prisca Benedict, miembro de la familia imperial de Vollachia.
—¿Queeé?
Jorah se sintió abrumado por una chica que actuaba como si tuviera mucho, mucho más que doce años. La conversación avanzó rápidamente, mucho antes de que él pudiera utilizar ninguna de las excusas que había preparado. Y entonces «Priscilla» soltó la bomba sobre su pasado.
Cualquier noble de Vollachia, incluso uno como Jorah, habría reconocido el nombre de «Prisca Benedict». Enseguida comprendió dos cosas: que la declaración de Priscilla era completa e incontrovertiblemente cierta, y lo que su vieja amiga quería de él al respecto. Así, Jorah desempeñó el papel que se esperaba de él, como guardián que protegería a esta joven vulnerable…
—Cretino. ¿Crees que ese es el papel que deseo que desempeñes?
—¿Qué? Bueno… pero si no es ese, entonces ¿por qué…?
—¿Tienes que preguntarlo? He oído que hay algunos libros antiguos muy importantes en la biblioteca de tu familia —dijo ella con la misma naturalidad con la que respiraba.
Su interés y su esperanza no residían en la humanidad de Jorah, sino en sus posesiones. Era una forma de ser totalmente segura de sí misma, que no tenía en cuenta ni prestaba atención a la situación en la que se encontraba la joven.
Jorah tomó a Priscilla, la joven que vivía como una llama, como su esposa. Se sentía profundamente avergonzado, ya que estaba en sus cincuenta años, pero también era la primera vez que alguien lo deseaba con tanta intensidad que le quemaba.
Sección 2
Jorah Pendleton era un hombre completamente normal, sin nada que lo distinguiera como noble del imperio. «La supervivencia del más apto, los fuertes se comen a los débiles; una nación rica, soldados poderosos…» esos eran los ideales que impregnaban el Imperio de Vollachia. Había poco lugar para un hombre que solo tenía su sinceridad como recomendación.
En resumen, Jorah era el epítome del tipo de persona que no era apta para ser miembro de la nobleza imperial.
El propio Jorah era muy consciente de que no encajaba con el estilo de vida del imperio; por eso, hasta ahora, había vivido tranquilo, pero felizmente, en las sombras, esforzándose por no causar problemas ni alborotos. No se enfrentó a grandes retos en su vida. Su trabajo, tal y como él lo veía, era salvaguardar la casa para la próxima generación. Irónicamente, fue precisamente esta actitud reservada la que le impidió encontrar una buena pareja incluso hasta su avanzada edad.
Pero este fue un milagro que floreció precisamente porque aún estaba solo.
—¿Qué es lo que encuentras de divertido en mirarme fijamente?
Jorah abrió ampliamente los ojos cuando la chica le llamó la atención por su mirada persistente.
Se había quedado paralizado al ver a Priscilla —su esposa— completamente absorta en la lectura, hasta el punto de olvidar hasta respirar. Imputado por ese hecho, dejó que un dedo se deslizara hasta su flequillo y jugueteara con su cabello.
—M-mil perdones. Es solo que… que me quedé tan impresionado al verte.
La chica resopló, descruzando y volviendo a cruzar sus piernas.
—Jum. ¿Ah, sí? Entonces supongo que se te puede excusar. La gente queda absorta ante pinturas magistrales o gemas preciosas, pues en ellas mora una belleza que trasciende la razón. La gente encuentra irresistible la auténtica belleza. ¿Cuánto más habré de atraer, entonces, las miradas del mundo?
Fue una afirmación arrogante, de eso no había duda, pero Jorah no se atrevió a discutir con ella, porque, efectivamente, era muy hermosa.
—…
Durante toda la conversación, sus ojos carmesíes ni siquiera miraron a Jorah. Permanecieron fijos en el libro que tenía en el regazo, cuyas páginas pasaba periódicamente, devorando sin descanso la historia que contenía.
Cuando lo pensó, Jorah se dio cuenta de que la joven parecía estar leyendo un libro cada vez que la veía. Esa debía de ser la fuente de su desbordante conocimiento: las pilas y pilas de libros que había leído a lo largo de su vida. En otras palabras, la lectura era algo que ella consideraba esencial para acumular conocimientos, llevándola a lugares más y más altos, elevando y refinando su propia existencia. En una palabra, la ayudaba a acercarse a su plenitud.
Ella había dicho que era propio de las personas sentirse cautivadas por las cosas bellas, aunque pareciera irracional. De tener razón, entonces esa era sin duda la causa por la que Jorah la había acogido como esposa, por la que no podía apartar los ojos de ella. Muy probablemente, también explicaba por qué parecía estar a su entera disposición, por qué deseaba satisfacer todos sus caprichos. Lo explicaba todo.
Y así…
—Priscilla. Aunque ha sido demasiado breve, el tiempo que he pasado contigo ha sido quizás el más feliz de mi vida.
—… —Priscilla no respondió al instante.
—Soy un hombre cobarde —continuó Jorah—. Hasta ahora, he agotado la buena suerte con la que nací. Con cuidado, poco a poco, como si fuera con una cucharita. Aun así…
Habiendo llegado hasta ahí, Jorah se quedó sin palabras. No porque no hubiera pensado en ello o porque su confianza lo hubiera abandonado una vez más. Nada tan negativo como eso.
No, la razón era bastante simple.
—… —Priscilla ya no miraba el libro, sino a él.
Sus ojos carmesíes, tan hermosos como rubíes, estaban fijos en Jorah. Sin decir una palabra, lo instaban a continuar, y él tragó saliva con dificultad.
Por ridículo que pudiera sonar, era la primera vez que sentía —y que sabía de verdad— que la chica que tenía delante, Priscilla, le había dado palabras que decir. Un papel que interpretar como protagonista en su vida, a pesar de ser un hombre insignificante, un hombre trivial.
Y así, estaba orgulloso de sí mismo por no sentir ningún temblor en su corazón. Ni siquiera cuando se oyó el grito desde fuera de su puerta.
—¡CONDE JORAH PENDLETON! ¡QUEDA ARRESTADO BAJO CARGOS DE TRAICIÓN!
