Sección 26
—El mundo es un lugar muy grande… pero esta pequeña isla ha sido suficiente para mí —dijo Al.
—No tienes deseos mundanos, ¿verda’? Eres… bueno, creo que no lo suficientemente joven como pa’ que te llamen joven. Aunque, desde mi punto de vista, ¡la mayoría de la gente es joven! Y se supone que los jóvenes tienen sueños, ¿no? —preguntó Olbart.
—¿Sueños, eh? Ya tuve uno muy bueno —esa fue la respuesta de Al al descarado comentario de Olbart mientras miraba a Arakiya, que estaba de pie junto al venerable anciano.
Extendió la mano y le acarició la cabeza, con su polvoriento cabello plateado. Arakiya todavía parecía un poco confundida, pero aceptó su gesto.
—Soñé que fui capaz de proteger a una hermosa muchacha de cabello plateado. Era lo que tenía que hacer en todas mis vidas.
—Oie, ¿lo dices en serio? No dejaré que te quedes con Arakiya, ¿sabes? ¡Eso es soñar demasiado!
—Le tengo cariño. Pero eso no significa que esté interesado románticamente. El cabello plateado es mi única traba —dijo Al, retirando la mano mientras intentaba apaciguar la simple desconfianza de Olbart.
Arakiya, más o menos ajena a su conversación, miró a Olbart y dijo:
—Um… Este bruto feo. ¿Qué va a pasar con él?
—¡Qué palabras tan hirientes! ¡Y ni siquiera tiene mala intención! Ay, mi corazón… —se quejó Al.
—¿Él? Na’. Si quiere una recompensa, se la daré si mi autoridad me lo permite. Y si quiere salir de aquí, creo que se lo ha ganado —Olbart miró a Al, a quien le resultó un poco molesto que le preguntaran indirectamente qué quería, pero asintió a Olbart de todos modos.
El viejo no había sobrevivido tanto tiempo sin motivo; toda una vida de experiencia le decía lo que había en el corazón de Al.
—Así es. No necesito nada. Tampoco tengo planes de irme de aquí. Si tuviera que escoger algo, solo pediría que este lugar siguiera existiendo.
—No creo que tengas que preocuparte por eso. El imperio no tiene escasez de villanos, y este pequeño episodio nos ha proporcionado un montón de nuevos criminales. ¡Repondremos el número aquí en poco tiempo! ¡Kakakaka! —Olbart volvió carcajearse y le dio una palmada en el hombro a Al.
Después, el viejo se dio la vuelta para marcharse y Arakiya estuvo a punto de seguirlo. Al observó la pequeña figura durante un momento y, justo cuando estaba a punto de salir, ella se detuvo. No se dio la vuelta por completo, solo giró la cabeza para mirarlo, y…
—Gracias —dijo simplemente.
Al se limitó a encogerse de hombros y decir:
—You’re welcome, niña.
—… No sé qué significa eso.
—No necesito más agradecimiento. Ya con eso es un diez. Oh, vaya, se me está poniendo la piel de gallina… Que tengas una vida próspera, niña.
Arakiya frunció el ceño por un segundo, pero después asintió y, esta vez, siguió a Olbart. Al la vio marcharse y luego se estiró con fuerza. El levantamiento en la Isla de los Gladiadores había sido reprimido y la mayoría de las personas que conocía, incluida Hornet, habían muerto. Solo había una excepción: se rumoreaba que el principal culpable, Ubilk, había desaparecido sin dejar rastro. Era un poco sorprendente, teniendo en cuenta que su plan supuestamente abarcaba no solo Ginunhive, sino también rebeliones en todo el imperio que eran solo el preludio del asesinato definitivo del emperador.
Bueno, el emperador seguía vivo, y Al se dijo a sí mismo que probablemente Ubilk se había convertido en comida para peces o algo así. Un fin adecuado para un fugitivo estúpido y sin valor que no tenía derecho a jugar con el destino de los demás.
—Jum. Aunque, supongo, que cambié el destino de esa chica, Arakiya.
Gracias a él, Arakiya seguiría viva, tal vez encontraría a alguien, tendría hijos, nietos y bisnietos. Tal vez una nueva línea familiar surgiría a partir de ella. Eso podría revolucionar el mundo de formas inimaginables.
Podría resultar ser una de las pocas huellas que Al había dejado en el mundo.
—Me imagino lo mucho que me golpearía mi Maestra si empezara a hablar así —dijo Al, rascándose la cabeza.
Se dio la vuelta para volver a la Isla de los Gladiadores. No importaba quién ya no estuviera allí, no importaba si nadie lo quería, ese era su lugar. El único lugar donde se permitía su existencia, un paraíso para ovejas negras como él.
—«Peones decapitados», ¿eh? —murmuró, recordando de repente la voz que había oído por el sistema de avisos. «Peones decapitados» fue la descripción despectiva que la chica había dado a los gladiadores que se habían levantado en una rebelión armada sin pensar, pero Al no era tan diferente de ellos. Ella les había dicho a los tontos que recuperaran la cabeza.
—Una mujer tan cruel, sí que lo era.
Enfrentar a la gente con la verdad no siempre era suficiente para salvar a quienes vivían en la mentira. Temblando ante esa declaración sangrienta, carente de cualquier atisbo de bondad, Al se humedeció sus labios resecos.
Si él tenía esperanza por algo, era que él y la dueña de esa voz arrogante nunca se encontraran mientras viviera.
Sección 26
—En cierto sentido, me fue divertida esta pequeña excursión. Permíteme darte las gracias en nombre de mi marido —dijo Priscilla, con su arrogancia intacta, mientras estaban sentadas en la sala de la mansión Pendleton. Mientras hablaba, se llevó una taza a los labios.
Frente a ella, la distinguida Serena Dracroy sonrió y aceptó el agradecimiento de Priscilla.
—Como su anfitriona, me quita un peso de encima oírte decir eso. Y hablando de tu marido, no creo haberlo visto. ¿Dónde estará?
—Se ha encontrado indispuesto desde nuestro viaje. Fue sobrepasado por los estímulos. Es un debilucho, como sabes.
—Si lo que me han contado Miles y Balleroy es cierto, no puedo culpar al conde por sentirse abrumado. Pero, en cualquier caso, me alegro de saber que está a salvo.
Priscilla sonrió en silencio; tal decencia era inesperada en la Dama Incandescente, conocida por su profunda brutalidad.
Tal y como Priscilla había predicho, se habían producido levantamientos armados y rebeliones a gran escala en todo el imperio, no solo en la Isla de los Gladiadores. En cambio, cada uno de ellos fue rápidamente reprimido por el General Divino enviado para hacer frente a la situación, y la capital, que en teoría era el objetivo de toda la operación, permaneció dichosamente intacta.
Al final, el verdadero objetivo del enemigo siguió siendo desconocido. Ubilk, que había iniciado el conflicto en Ginunhive, desapareció, y todo el incidente dejó tras de sí una desagradable irritación.
—Nuestro nuevo emperador parece disfrutar de una calma prematura, aun tras ceñir tan pronto la corona. Observaré con gran interés si realmente puede hacer frente a la tarea que tan ansiosamente ha asumido —dijo Priscilla.
—Así que utilizas ese tono incluso con Su Excelencia el emperador. Eres realmente increíble, joven esposa. Y…
—¿Y qué?
—No es nada. Me temo que estoy en deuda contigo. Te puse en peligro. —Serena se encogió de hombros. Se refería a cómo Priscilla había asumido la identidad de Serena, y el peligro que ello conllevaba, en la Isla de los Gladiadores.
Desde fuera, podría parecer que Priscilla había estado tratando de proteger a Serena del desastre que amenazaba con abatirse sobre ella. Pero las dos mujeres sabían muy bien que los motivos de Priscilla no eran tan admirables.
Serena habría escuchado los informes de Balleroy y Miles, quienes estuvieron con Priscilla. Era difícil saber qué habría notado o dicho Balleroy, pero Miles seguramente no habría medido sus palabras al describir las acciones de Priscilla. Es más, lo que Priscilla había logrado iba mucho más allá de simplemente actuar como doble, y Serena aparentemente valoraba mucho ese servicio. Lo que estaban haciendo ahora era una especie de ritual para resaltarlo.
—No me gusta deberle nada a nadie —dijo Serena—. Quiero saldar mi deuda lo antes posible. ¿Hay algo que desees? Aparte de mis subordinados, de los que me temo que no puedo desprenderme…
— No insistas en que repita lo mismo. Si quisiera a tus lacayos, no me molestaría en pedirte permiso. Vendrían a mí por su propia voluntad.
—¿Ah, sí? Esa es una perspectiva aterradora. Muy bien. Entonces, ¿esta deuda seguirá existiendo?
—Por el momento, sí.
Serena frunció el ceño y miró a Priscilla, quien volvió a fijarse en la cicatriz blanca de espada que recorría el lado izquierdo de la cara de la mujer. Ella le guiñó el ojo izquierdo, pero miró directamente a la gran condesa.
Una de ellas era considerablemente mayor que la otra, pero compartían algo: ambas eran mujeres autoritarias que podían hacer temblar a los hombres ante ellas. Por lo tanto, Serena, con su intuición susurrándole al oído, podría incluso haber adivinado que la única razón por la que Priscilla se había hecho pasar por ella en la isla había sido para crear esta deuda.
Priscilla, por supuesto, no diría exactamente cuáles eran los hechos. No obstante…
—Algún día te reclamaré por el favor que hoy me debes. Por el momento, puedes saborear la espera de cuándo y cómo sucederá.
—Je. Parece que he contraído una deuda bastante seria.
La chica que tenía delante era tan joven y a la vez tan encantadora. La Dama Incandescente solo pudo tragar saliva ante la perspectiva de tener que cumplir algún día con esta obligación.
—Ahh… —dejó escapar un suspiro.
Sección 27
—Oye, Aldebaran, toma esto.
—Ya te he dicho que no me llames así.
Las esposas, puramente por formalidad, fueron retiradas y le entregaron su liuyedao. La conversación era ya prácticamente un ritual, pero Al no la compartía con esa rara persona de la Isla de los Gladiadores a la que le había abierto su corazón, sino con el amargado guardia que sustituyó al hombre muerto.
A veces aún extrañaba al difunto Auran. Quizás parte de su motivación para enfrentarse a Hornet había sido una cierta venganza, un intento de compensar lo que había pasado.
—Je. Seh, claro… El intento de asesinato del emperador fracasó, tenemos un montón de caras nuevas en la isla y la vida aquí sigue como siempre. No hay mucha diferencia en el panorama general de las cosas.
Todo cambió; nada duró. Ni la sedición de Ubilk, ni la maldad de Hornet, ni los fervientes deseos de los gladiadores, ni la lealtad de Arakiya, ni la astucia de Olbart. Ni siquiera la muerte de Auran. Todo se desvanecería con el tiempo. Las hormigas podían lamentarse y llorar, pero no podían detener el flujo del río. La rebelión en la isla había hecho que Al se diera cuenta de esto. El pensamiento seguía en su mente cuando entró en la arena, recibido por los gritos salvajes de la multitud.
Cuando su oponente en el combate a muerte de hoy salió del túnel opuesto, Al abrió ampliamente sus ojos.
—¿Ghajit? Tú también lo conseguiste, ¿eh? Pensaba que de seguro estabas muerto.
—Oie, yo también. Pero sobreviví y no sé cómo mierda pasó. El karma o algo así, supongo. Quizás sea lo mismo que significa que uno de nosotros va a morir aquí hoy.
Era el espadachín con la cabeza a medio rapar. Al había oído que fue uno de los primeros en unirse a la rebelión, pero debía de haber hecho algo para ganarse la clemencia, porque allí estaba.
Y ahí estaba Al, enfrentándose a él en una pelea a muerte. Todo cambió. Nada duró. Nada en el mundo. Ni siquiera el mundo mismo.
—Vamos a darle, entonces. Sin rencor, ¿eh, Ghajit?
—Seh, claro. Somos gladiadores hasta que morimos. Incluso Hornet terminó estirando la pata. Así que nos pasará algún día.
—… —Al no respondió a eso.
En cambio, mientras Ghajit preparaba su sable, Al adoptó una postura de combate, preparándose para dejar que su liuyedao tuviera la última palabra.
Todo el mundo moría. Todo el mundo iba a morir. Era algo de lo que nadie podía escapar. Excepto Al.
—Al menos por ahora —murmuró.
El frenesí del público se intensificó y un gong anunció el comienzo del combate. Ghajit se agachó y cargó contra él, y Al corrió a su encuentro.
Ghajit quería cortarle la cabeza. Al simplemente tendría que cortarle la cabeza a Ghajit primero. Siempre era así. Era solo que…
—Tus estrellas eran malas.
Eso era todo.