Sección 23
Con eso, antes de que Arakiya pudiera siquiera superar su estupefacción, la voz condescendiente se cortó, habiendo dicho lo que quería decir.
Se había transmitido a través de dispositivos de comunicación repartidos por toda la zona —tubos metálicos que transportaban la voz— y Arakiya, Al y Hornet no eran los únicos que lo habían oído. Había llegado a todos los rincones de la isla.
Arakiya estaba tan conmocionada que apenas le quedaba espacio en su cabeza para pensar en lo que la voz había dicho realmente. En cambio, Al y Hornet tuvieron reacciones diferentes.
—No sé quién era, pero supongo que está buscando darle la vuelta a la situación —dijo Al.
—Sí, eso creo. Y estoy segura de que los cobardes entre nosotros se convertirán en traidores. Incluso si lo hubiéramos conseguido, dependiendo de cómo hubieran ido las cosas.
—Je, no seas ridícula. No puedes creer que en verdad fuera a funcionar.
—¡Ejejeje! —Hornet abrazó sus espadas y rio, y su cuerpo produjo un crujido al tener un espasmo.
—Oye —dijo Al, mirándola con auténtico disgusto—. Sé que es una locura hablar de tener una vida estable en este lugar, pero ¿de verdad te tomaste a Ubilk tan en serio que estabas dispuesta a abandonar lo que tenías? Dime que en verdad no estás intentando matar al emperador.
—Ohh, por supuesto que no. El emperador vive en otra realidad y no podría importarme menos. Si fuera un gran guerrero, podría estar interesada en tener una pelea con él, pero no parece que lo sea.
—Seh, también es lo que he oído. Así que lo que buscabas era poner a prueba tu fuerza. Te apoderas de la isla y luego te enfrentas a cualquiera de los Nueve Generales Divinos que envíen tras de ti. Sí que estás loca, señorita —dijo Al, pero Hornet no dejó de sonreír.
Ella no lo negó, lo que significaba que él tenía razón. Su objetivo había sido luchar contra los Generales Divinos, y su deseo se haría realidad si bajaban el puente.
—Entonces, ¿por qué no nos dejas bajar el puente levadizo?
—Buena pregunta. Oh, pero la dulce tentación de pelear contra mi dulce Al me atrajo. Por no hablar de todos los demás gladiadores con los que nunca me he peleado. Solo pensé…
—Okay, espera, tiempo. No creo que quiera oír el resto…
—Pensé que primero mataría a todos los que estaban en la isla y, cuando no quedara nadie con quien pelear, entonces bajaría el puente.
—Acabo de decir que NO quería oírlo —Al frunció el ceño, disgustado por la blasfema idea de Hornet.
Ella planeaba matar a todos los que estaban en la isla: los gladiadores, cualquiera relacionado con ellos, todos los espectadores que habían venido a verlos… Y después, cuando se hubiera saciado de su sangre, se lanzaría a la batalla contra los Nueve Generales Divinos. Una especie de gran suicidio.
—No creerás de verdad que eres la más fuerte del mundo, ¿verdad? La persona más fuerte que conozco en este mundo está paseando por Lugunica con una mochila de primaria ahora mismo.
—No me hago ilusiones de ser la más fuerte. No, no, para nada. En algún momento del combate se me acabarán las fuerzas y moriré.
—… —Al no dijo nada al respecto.
—Pero a mí me parece bien, ¿sabes? Caer gloriosamente en combate es lo que quiero. Por el honor de mi familia, juro que les daré un espectáculo antes de que los deje.
Hornet se humedeció los labios con expectativa ante la batalla mientras describía la forma en que moriría. Demostraba que había tomado una decisión y que no tenía intención de retirarse. Al entrecerró sus ojos negros mientras observaba a la guerrera hacer su loca declaración, luego tomó la débil daga que tenía en la mano y se arañó el cuello con la hoja. Entonces dijo:
—Todo el mundo se toma muy en serio la muerte. Es ridículo.
—… —Esta vez, fue Hornet quien no dijo nada.
—La muerte no es la salvación, ni es un tesoro. Solo es dolorosa y triste. ¿Por qué no lo entienden? —La miró con frialdad, con disgusto. No sentía más que desprecio por ella.
La profundidad de los oscuros ojos de Al era tan cruel que helaba el corazón de cualquiera que lo mirara. Había un abismo en ellos, un lugar tenebroso y profundo en el que nadie había mirado jamás. Era tal que incluso Hornet, que nunca había perdido el control, se quedó sin palabras, desconcertada por su afirmación de que aquello por lo que había vivido y por lo que moriría era trivial, ridículo.
—Yo también… pelearé.
—Oye, muchacha, no creo que debas esforzarte demasiado. Quédate ahí y descansa.
—No… no puedo hacerlo.
En el silencio de la conversación apareció Arakiya, arrastrándose a cuatro patas antes de ponerse en pie. Su hombro destrozado se había regenerado y sus huesos habían comenzado a soldarse, por lo que al menos ya no parecía que fuera a desmoronarse cada vez que se movía. Aún estaba lejos de estar completamente curada, pero no podía dejar que Al peleara esta batalla completamente por su cuenta. ¿Cómo podría volver a mirar a la Princesa a la cara si permitía que alguien muriera después de verse envuelto en una pelea por su propia incompetencia?
—La Princesa…
La voz que había oído durante el anuncio pertenecía a la chica más importante de la vida de Arakiya. Demostraba que no había cambiado en absoluto. Seguía siendo arrogante, firmemente convencida de que tenía el mundo en la palma de su mano. Esa había sido la voz de la gobernante de este mundo.
Al oír esa voz, el alma de Arakiya ardió en su interior. Seguía bajo el control de esa chica.
—¡Sigo… perteneciendo… a la Princesa!
El saberlo, sentirlo en lo más profundo de su ser, hacía a Arakiya más feliz que cualquier otra cosa. Cuando Al vio el destello de su ojo carmesí, pareció decidir que no tenía sentido seguir discutiendo. En lugar de eso, volvió a sujetar con fuerza su arma y miró hacia delante, él y Arakiya flanqueando a Hornet, él delante de ella y Arakiya detrás.
—Muy bien, Hornet. Te concederemos tu deseo y acabaremos contigo. Porque no hay nadie que pueda vencerme.
Sección 23
Sosteniendo el dispositivo de comunicaciones en una mano, Priscilla se alejó de la unidad de transmisión. Se dio cuenta de que su anuncio —que la rebelión armada en Ginunhive no era más que el preludio del intento de asesinato del emperador— había provocado un nuevo revuelo en la isla. Tal y como esperaba, habían comenzado las luchas internas entre los gladiadores.
—Los que creen en el éxito de esta rebelión y los que tienen un mínimo de sentido común han comenzado a adoptar objetivos diferentes. Por tanto, tenemos dos grupos con objetivos opuestos, y ambos están armados. Además, ambos están acostumbrados a las brutales peleas a muerte, por lo que no hace falta decir que quien ataque primero tendrá la ventaja.
—Así parece —dijo Balleroy.
Había estado escuchando con mucha atención y probablemente comprendía la situación de la isla incluso mejor que Priscilla. Estaba poniendo a trabajar sus perfeccionados cinco sentidos.
—Mhm —asintió Balleroy—. Es tal y como usted dice, doña esposa: muchas discusiones y peleas están comenzando por aquí, allá y acullá. Si los dejamos en lo suyo, probablemente se destrozarán unos a otros.
—¿De verdad crees que irá tan bien? Estas personas no son insectos ni peces. Se darán cuenta de que están en problemas tan pronto como su número comience a disminuir notablemente. Aunque estoy de acuerdo en que probablemente podamos mantener un bajo perfil hasta entonces —dijo Miles.
—No, no podemos —respondió Priscilla—. Una vez reducidos a los que aún pueden razonar hasta cierto punto, dará inicio la etapa siguiente de nuestro plan. El inicio de nuevas negociaciones, con los poderosos como rehenes, sin depender de su cabecilla.
—¡Ah! —Miles entendió a qué se refería; Balleroy, por su parte, parecía seguir estando perplejo.
Priscilla vio que Serena tenía toda la razón: los dos se complementaban muy bien, Balleroy con su ligera falta de ingenio y Miles compensando con inteligencia lo que le faltaba en fuerza para luchar. Miles no alcanzaba del todo los estándares de Priscilla, que también valoraba la belleza física, pero quedarse solo con Balleroy tampoco valdría la pena.
Por el bien de su amado marido, consideraría una victoria poder mantener relaciones con la gran condesa.
—Miles, Hermano, ¿no tienes la extraña sensación de que estamos siendo… evaluados?
—Bueno, no hace falta que lo digas en voz alta, imbécil. Aun así… para ser una niña tan chica, tiene mucha presencia. Es noble e imponente. Hasta dan ganas de disciplinarla.
Los hermanos se acercaron el uno hacia el otro para conversar a susurros, pero los oídos especiales de Priscilla captaron fácilmente sus secretos. El comentario sádico de Miles era técnicamente irrespetuoso, pero mientras no lo llevara a cabo, Priscilla no se sentía obligada a considerarlo una ofensa. Un hombre que la deseaba era un hombre que se pondría a su servicio.
—… —Sintiendo sus miradas sobre ella, Priscilla continuó por el pasillo a paso rápido.
Si alguien intentaba interponerse en su camino, Balleroy se deshacía rápidamente de él. Ni siquiera los experimentados guerreros de la Isla de los Gladiadores podían rivalizar con su destreza con la lanza.
Finalmente, Priscilla llegó ilesa a la habitación que estaba buscando.
—Les aconsejo que se aparten, plebeyos. He venido a recuperar a mi marido.
—¿Qu?
Los hombres que estaban en la habitación se quedaron atónitos al ver a Priscilla derribar la puerta y exigirles algo, pero el más sorprendido de todos fue Jorah, que estaba sentado en una silla en el centro de la habitación.
—¡¿Priscilla?! —exclamó al ver aparecer a su esposa.
—Tsk —Priscilla chasqueó la lengua al ver que Jorah había olvidado que ella utilizaba un nombre falso—. Ese es el problema de mi querido marido: perder la cabeza solo por haber cumplido los cincuenta —murmuró Priscilla mientras agarraba un florero que estaba junto a la puerta y lo arrojaba al interior de la habitación.
Su puntería fue certera; el florero golpeó el respaldo de la silla en la que estaba sentado Jorah, tirándolo al suelo junto con su ocupante. Eso implicó que, por un instante, los hombres que estaban en la habitación no supieron dónde había ido Jorah. Y en ese momento…
—Adelante, Balleroy.
—Síp. Como desee, su Señoría. —Al oír su nombre, Balleroy salió disparado, atravesando el centro de la habitación como un rayo de luz.
Los hombres habían tardado en reaccionar ante Priscilla, pero respondieron a este nuevo intruso desenvainando sus armas. Los seis se movieron a la vez para enfrentarse a Balleroy.
Fueron muy lentos. En tan solo un segundo, su lanza trazó una gran media circunferencia.
—¿Creen que una lanza solo sirve para apuñalar? Piénsenlo bien. También es buena para ataques amplios—Balleroy guiñó un ojo… y entonces los tres hombres a los que les habían abierto el estómago derramaron sus entrañas por todo el suelo.
El trío se inclinó hacia delante, sumándose a los montones de sus propias entrañas.
—¡Aaaah! —dos de los gladiadores supervivientes saltaron por encima de los cadáveres de sus tres compañeros, tratando de atacar a Balleroy.
Uno era un luchador cuerpo a cuerpo con clavos incrustados en los puños y el otro, un hombre bestia con un hacha corta en cada mano. Ninguno de los dos tenía el alcance de una lanza, pero si conseguían acercarse lo suficiente, tendrían una clara ventaja.
De hecho, lograron acercarse y estaban tratando de aprovechar su ventaja cuando…
—«Los lanceros solo pueden usar lanzas». ¿Es eso lo que están pensando? Otra pequeña idea errónea.
El puño izquierdo de Balleroy cayó sobre la cara del luchador, dejándolo inconsciente y sin los dientes frontales. Balleroy había arrojado su lanza a su mano derecha, dejando la izquierda libre para golpear.
El hombre inconsciente cayó hacia atrás, directamente en la línea de ataque del hacha del hombre bestia. Se oyó un golpe sordo cuando el hacha impactó en la nuca del hombre, privando a su conciencia ausente de cualquier lugar al que regresar. El hombre bestia, imperturbable, intentó atravesar la cabeza de su compañero para aplastar el delgado cuerpo de Balleroy. La fuerza física que ejercía este semihumano era digna de elogio, pero…
—Yo sigo siendo más rápido.
Balleroy soltó la lanza con la mano derecha y atacó con un golpe recto de su mano. Sus dos dedos extendidos alcanzaron la cara del hombre bestia, clavándose en sus ojos y dejándolo ciego.
El hombre bestia lanzó un aullido de dolor y se tambaleó hacia atrás. El hecho de que dejara al descubierto su cuello al hacerlo fue su mayor error. Balleroy pisó la tráquea del hombre con un pie, tomó su lanza con la mano izquierda y le clavó la culata en la garganta. El hombre bestia cayó hacia atrás, ahogándose en su propia sangre, retorciéndose, incapaz incluso de emitir un estertor final.
Con eso, cinco de los seis hombres de la habitación estaban muertos. En cuanto al último, no había ido a por Balleroy, sino a por Jorah, que yacía derribado.
—¡No te muevas! Si das un paso, te…
Era una idea decente, pero lo único que podía hacer el hombre era mantener la daga en el cuello de Jorah.
—¡Ahora, Gaius!
—¡Hkk!
Desde detrás de Priscilla, Miles, de pie en la entrada, gritó, y el techo de la habitación se derrumbó, con un dragón alado asomando la cabeza por el agujero y agarrándose a la cabeza del hombre que amenazaba a Jorah. Este fue arrastrado impotente hacia arriba y fuera, con solo su grito resonando detrás de él. Una copiosa lluvia de sangre se derramó a través del techo destrozado, empapando a Jorah, que estaba justo debajo.
—¡¿Aah?! ¿Sangre? ¡Esto es sangre! Priscilla, este es mi fin…
—Cretino. NO es tu sangre. Esa le pertenecía a un plebeyo —Priscilla resopló al ver a Jorah perder la cabeza por un poco de sangre.
Levantó la vista y se encontró mirando a los ojos del dragón alado que la observaba desde el techo.
Reconoció a la criatura. Era uno de los dragones alados que los había llevado a la isla en la nave de dragón. Dado que había obedecido la orden de Miles, asumió que era su mascota. Y Priscilla dijo:
—Una gran actuación. No obstante…
—Aquí están todos, ¿no? ¿Y qué hay de ese, em, cabecilla? —dijo Balleroy.
Una rápida mirada alrededor de la habitación confirmó que el chico lindo, Ubilk, no estaba entre los muertos. Priscilla entrecerró sus ojos carmesíes mientras miraba los cadáveres; a su lado, Balleroy apoyó su lanza en el hombro y pareció estar buscando lo mismo. Pero Ubilk no se veía por ningún lado en la cámara del Señor de la isla. No, quizás era más que eso.
—Quizás huyó de la isla —dijo Priscilla.
—Pero el puente levadizo sigue levantado. No hay forma de salir de aquí.
—No hay una forma fácil. Mas escabullirse aún es posible. Incluso el emperador en su capital tiene acceso a dispositivos ocultos afines a la magia que permiten desplazarse instantáneamente a un lugar lejano.
—¡Cielos! Siento que podrían matarme solo por saber eso —dijo Balleroy. Aun así, al menos tenía la educación suficiente como para no preguntarle a Priscilla adónde había obtenido esa información.
Una vez más, reevaluando su opinión sobre Balleroy y Miles, Priscilla se acercó al balcón de la habitación y se dejó llevar por el lejano estruendo de la batalla.
—¿Priscilla? Ejem, creo que puede ser peligroso quedarse aquí por mucho tiempo…
—Las cosas ya están resueltas en su mayoría —dijo ella, silenciando el molesto ruido de fondo que era la voz de Jorah—. Lo único que resta es que los gladiadores tomen partido. En cuanto al puente levadizo, hay muchas formas de derribarlo —cerró los ojos un momento—. Por ahora, disfruto escuchando la brisa.
El choque de las espadas se podría oír en todos los rincones de Ginunhive, el sonido de todo siendo destruido, siendo destrozado. El estruendo más notable de todos provenía de la dirección del puente levadizo, aún levantado.
Junto con las grandes ráfagas de viento y el clamor de la lucha, oyó un pequeño sonido, algo parecido al de una rata peleando desesperadamente por su vida. No obstante…
—Dicen que una rata acorralada sabe morder. Me pregunto quién acabará siendo devorado al final.
Sección 24
La participación de Arakiya cambió el rumbo de la batalla contra Hornet. Ahora, preocupado no solo por su propia muerte, sino también por la de Arakiya, Al sentía que su cabeza iba a explotar por la enorme avalancha de pensamientos que surgían en su interior.
—No conozco tus rarezas, no sé nada de ti, ¿cómo se supone que peleemos juntos?
—Solo muévete en tándem…
—¡¿Crees que soy lo suficientemente rápido para eso?!
Arakiya era una «Devoraespíritus»; podía consumirlos y utilizarlos para manifestar poderes especiales. De hecho, era demasiado especial; Al nunca había hecho ninguna «simulación» sobre cómo trabajar con alguien como ella. La forma en que peleaba a cuatro patas, incluso utilizando los dientes, lo hacía pensar en un animal salvaje, pero ver a una chica tan hermosa pero tan poco desarrollada como Arakiya hacerlo tenía algo de sórdido y erótico. La impresión solo se vio reforzada por el hecho de que su oponente era otra mujer hermosa, esta sin brazos.
—Me hubiera gustado grabar este combate, si hubiera podido ser un espectador observando desde una distancia segura —dijo Al.
—¡Vaya! Es un honor recibir un cumplido de ti —respondió Hornet.
Había una gran sonrisa en su cara mientras atacaba con sus espadas, el comienzo de un movimiento combinado que hizo que Al evitara la muerte por poco; había visto el ataque suficientes veces en sus decenas de revanchas como para haber descubierto una forma de sobrevivir.
Sintió el impacto en todo el brazo y apretó la daga con todas sus fuerzas para evitar que se le escapara de la mano. Puede que no fuera gran cosa, pero un arma era un arma. Si perdía esa, podía esperar perder el otro brazo poco después.
—¡Rng! ¡Dooona! —gritó mientras retrocedía tambaleándose bajo el golpe; su conjuro levantó varios trozos de roca del suelo.
Hornet se protegía con calma de cualquier ataque desde los ángulos muertos que creaba la piedra, pero parecía molesta por la pequeña rama que había metido las narices en su batalla.
—Sí que eres molesto —dijo con una risa burlona, y luego clavó ambas espadas en las losas. Desde allí, esquivó hábilmente la carga envuelta en llamas de Arakiya, y luego la Emperatriz vertió su fuerza en sus brazos y comenzó a girar, destrozando el suelo.
Con el suelo bajo sus pies cediendo de repente, Al y Arakiya fueron succionados por la tormenta de destrucción. Ambos dieron un breve grito mientras caían desde justo delante del puente levadizo hacia los niveles más bajos de la isla. Al cayó indefenso, pero Arakiya se impulsó con una pared y lo sujetó, estabilizándolos.
—¡Aah! Gr-gracias, niña. Me salvaste…
—Está bien. Pero no te he salvado. Eso aún está por verse.
Cuando finalmente aterrizaron en las profundidades más recónditas de la isla, Al y Arakiya entrecerraron los ojos, tratando de ver más allá de la nube de polvo que habían levantado.
Lo que vieron fue a Hornet, atravesando fácilmente el levantamiento de polvo. Frotó sus espadas entre sí, creando un chirrido metálico ensordecedor, y rio diciendo:
—Ahora tenemos un poquito más de espacio para nuestra pelea. Oh, mi dulce Al, espero que me hagas pasar un buen rato.
—… Si te golpeo los pies con una rama, hay un sesenta por ciento de posibilidades de que destruyas el puente.
—¿…? ¿Qué dijiste? —preguntó Hornet, perpleja por las palabras de Al.
La sonrisa se congeló en su cara. Pero Al no había terminado de hablarle a la Emperatriz Gladiadora.
—Cuando el puente se derrumbe, la chica me salva el cien por ciento de las veces. Es muy leal. Cuando cargo en el momento en que empiezas tu pequeña danza de espadas, mi cabeza será aplastada. Si me limito a observarte, termino rebanado, e incluso si intento huir, más del setenta por ciento de las veces, la chica y yo no nos ponemos de acuerdo.
—…
—Todo es prueba y error, setecientas trece veces. Esta noche me has matado setecientas trece veces.
—…
—Mhm. En realidad, si contamos esa primera batalla en la arena, supongo que son setecientas noventa y dos veces.
Hornet, quedándose muda, solo podía escuchar a Al explicando con calma… algo. Al estaba sinceramente impresionado de que ella no lo interrumpiera ni se comenzara a carcajear por lo ridículo que sonaba. Eso sugería que Hornet entendía que él no estaba tratando de amenazarla y que no estaba loco.
Eso debía significar…
—Tú también lo ves, ¿verdad? El dios de la muerte con el que estoy atrapado.
—… No veo nada de nada, ni siquiera entiendo lo que significan todos esos balbuceos. No he conseguido matarte ni una sola vez, dulzura. Pero… —Hornet hizo una pausa y sus ojos se llenaron de sed de sangre y deseo—. Poder matarte ochocientas veces me parece un sueño hecho realidad.
Hornet se inclinó hacia delante con facilidad, con la cara sonrojada por la emoción.
Era la primera fase de su mortífera danza de espadas. Podía dar lugar a varios patrones, pero todos ellos terminaban en muerte. Lo único que se podía hacer era no dejar que empezara. Para protegerse, tenía que…
—Muy bien, dulzura, ya terminamos con esta charla inútil. Prepárate.
—No fue… inútil.
—¿…?
—Todo lo que hice fue para ganar tiempo.
Hornet frunció el ceño al oír eso, pero entonces Al vio el resultado de su trabajo.
—¿Qué…? —Hornet jadeó y cayó de rodillas.
Tenía los ojos inyectados en sangre y su respiración se aceleró notablemente. Pero cuanto más rápido y profundo respiraba, más se consumía su vida.
La Emperatriz Gladiadora miró a su alrededor con los ojos enrojecidos, tratando de comprender lo que había pasado. Al se colocó frente a ella y, al mirarla, comprendió que no le producía ningún placer hacer que otra persona se arrodillara ante él. Pensando en lo que le debía por aquella batalla contra la mabestia cuatro años antes, decidió explicárselo.
—Es veneno —dijo.
—Ah… eno… —Hornet lo miró, con la cara marcada por la incredulidad y el dolor.
—Saqué la idea de una vieja película. Dicen que el veneno ha matado a más gente que cualquier otra arma.
—¿Ven… eno…? ¿Cuándo lo… tomé…?
—Lo mezclé aquí mismo. Aquí, donde ponen los cadáveres.
Sacudiendo la cabeza, Al le explicó a Hornet que allí, en lo más profundo de la isla, era donde guardaban los cadáveres. Se lo había mencionado a Arakiya: la idea de que ciertos espectadores con gustos particularmente retorcidos disfrutaban comprando los cuerpos de aquellos que habían perdido la vida en un estilo especialmente espectacular. Cada uno tenía sus razones, ya fuera porque el luchador procedía de algún lugar especial o era excepcionalmente bello, o para que el comprador pudiera diseccionar las habilidades más inusuales de una persona. Cualquier cantidad de cosas.
Entre los cadáveres recogidos para este fin estaba el que Al quería.
Concretamente…
—Hace poco, peleé contra un tipo, un shinobi, que tenía la Mano Venenosa. Debía de estar empapado de esa cosa hasta el final. Le pedí a la muchacha que lo hirviera por mí.
—¿C…?
—El veneno se propaga con el viento. Y tú lo inhalaste.
Hornet se inclinó hacia delante sobre el suelo, con los ojos inyectados en sangre y ampliamente abiertos. La forma en que su cuerpo temblaba y se retorcía hacía que pareciera que la Emperatriz Gladiadora estaba suplicando perdón a Al y Arakiya. La Emperatriz Gladiadora, que había hecho que tantos se arrodillaran ante ella, ahora se encontraba en la posición contraria.
—Me alegra mucho que el gas venenoso haya funcionado. Costó mucha prueba y error colocarte justo en este punto cuando se derrumbó el suelo. Me alegro de que todo haya salido a la perfección.
—N-no… Espera. ¿V-veneno? ¿U-usaste… veneno? ¿En mí? No es… justo.
—¿Justo? Es una maldita broma, ¿verdad? No existe lo correcto o lo incorrecto cuando se trata de sobrevivir en la Isla de los Gladiadores. ¿O es que ni siquiera sabías eso, novata?
Hornet podía llamarlo como quisiera mientras lloraba lágrimas de sangre, pero Al era despiadado. Aunque Hornet había dominado la isla con su destreza, sometiéndola a su voluntad, había malinterpretado algo: aquí los fuertes no se llevaban la victoria. Ganaba quien ganaba.
Inundar al oponente con gas venenoso, usar un segundo luchador para acorralarlo… No importaba. Si ganabas, ganabas.
—Si el gas no hubiera funcionado, habría sido bastante complicado. Tal vez, habría tenido que derribar toda la isla o aplastarte con el puente levadizo… Probablemente no me quedaban ni diez ideas más bajo la manga. Y quién sabe si alguna de ellas habría funcionado —dijo Al en voz baja.
—Khhg… —Hornet, con los ojos nublados por las lágrimas rojas sangre, le tenía miedo.
Entendía que no era mentira, esa charla sobre formas de ganar que él no había probado. Incluso si no hubiera tenido el veneno, Al habría tenido otras formas de matarla.
Hornet nunca podría hacer realidad sus sueños de entretenerse con competencias asesinas. En el momento en que había decidido pelear a muerte contra Al, esa posibilidad había desaparecido.
—…
Al reflexionar sobre esa realidad, Hornet descubrió su propia forma de aceptación dentro de la agonía: quien ganara, quien sobreviviera, era más fuerte. Era una forma muy propia del estilo de vida imperial el reconocer la derrota. Y así, finalmente, se arrastró hasta Al.
—Al… dulzura… Acaba ya… conmigo…
Le suplicó que terminara lo que había empezado con sus propias manos, que le diera un final digno de la Emperatriz Gladiadora. Al hizo una mueca de dolor. Y entonces…
—¿Qué, quieres que al menos te dé el golpe de gracia? Oye, lo entiendo, pero…
—Ah…
—Pero nunca se sabe lo que alguien puede hacer si te acercas demasiado en el último momento. Voy a quedarme aquí y esperar a que mueras.
Con los dientes, Al soltó el trapo sucio que había sujetado su daga en la mano y se alejó un poco más de Hornet. Ella había usado sus últimas fuerzas para arrastrarse hacia adelante como una cochinilla, pero él había rechazado su petición de ser su verdugo, y la desesperación de ese hecho la embargó de nuevo mientras él se alejaba.
Así que la Emperatriz Gladiadora no tendría el final digno que deseaba. Al se rascó la barbilla con la mano libre mientras contemplaba la desolación que esto provocaba en su cara, que siempre había estado lleno de seguridad en sí mismo. A continuación, se rascó la cabeza y dirigió una mirada de lástima a su conocida, que ya no podía oírlo.
—Te lo dije, Hornet. Te dije que sería aburrido pelear contra mí.
Sección 25
Una vez que se bajó el puente levadizo y las tropas de la otra orilla cruzaron, la derrota estaba asegurada. Aunque había que decir que la derrota se consumó en gran medida en el momento en que la voz de la joven del sistema de avisos reveló las verdaderas intenciones de los conspiradores. Los Generales Divinos y el resto de las tropas de socorro se encontraron con una simple operación de limpieza.
Y estaba yendo bastante bien…
—Oie, Arakiya. El viejo abue no te dejará salirte con la tuia, ¡si es un hombre extraño mucho mayor que tú! ¿Cuántos años más tiene? No podemos dejarlo aquí, supongo que tendremos que matarlo.
—… ¿De qué estás hablando? —preguntó Arakiya.
—¡Kakakaka! Así es como un viejo habla. ¿No te parece gracioso? Oh… pues no. Claro, claro, no es agradable ver a un viejo haciendo ese tipo de cosas. Ha sido un error por mi parte. Perdón, perdón.
El origen de la escandalosa carcajada era un viejo diminuto y canoso: Olbart Dunkelkenn. Arakiya estaba algo desconcertada por el comportamiento del hombre que afirmaba ser el Tercero de los Nueve Generales Divinos, pero Al, que había sido arrastrado ante el viejo, estaba aún más confundido.
Al estaba agotado por completo; lo único que quería era echarse en cualquier sitio y dormir. Por supuesto, no se atrevería a decirle eso a Olbart ni aunque lo fuera a matar —de forma literal. Después de todo…
—Eres tú, ¿verda’? Tú ayudaste a bajar el puente. Fuiste de gran aiuda. Sobre to’, teniendo en cuenta que, si no hubiera solucionado todo esto rápidamente, Su Excelencia me habría matado.
... Después de todo, los instintos de Al le advertían con urgencia que, a pesar de la actitud cómica del anciano, su poder era aún mayor que el de Hornet, de quien Al solo había escapado tras cientos y cientos de intentos. Al definitivamente consideraba a Hornet la tercera o cuarta persona más poderosa que había conocido en su vida, pero esa clasificación estaba cambiando rápidamente.
