Sección 11
La mujer de cabello negro miró a Al; con sus largas piernas, era tan alta que él prácticamente tenía que estirar el cuello para mirarla. Sus armas, esas gigantescas espadas, ya estaban fijadas a los muñones de sus brazos; era la verdadera definición de un arma humana.
Hornet era la afamada Emperatriz Gladiadora, una mujer cuyas tretas y espíritu de lucha habían cautivado a muchos, a pesar de que era esclava en esta isla. Si ella protegía a Ubilk, las implicaciones eran impactantes.
—¿Así que estás de su lado? ¿Te has unido a la pequeña rebelión de Ubilk? Estás llena de sorpresas.
—Oh, cielos, ¿eso crees? ¿Pensabas que era una de esas mujeres aburridas y conservadoras? Eso me pone muuuy triste.
—Sé que no debo decirte boring si quiero seguir con vida. Pero tienes razón. Sigo sorprendido. Parecía que tenías todo lo que podías querer en esta isla.
Todos los demás gladiadores la respetaban, e incluso los guardias se inclinaban ante ella: Hornet prácticamente gobernaba Ginunhive. Le encantaba pelear y estaba invicta en la arena. Era casi una monarca aquí. La vida en esta isla le había ido bien y parecía más adecuada para ella que para nadie.
Entonces, ¿por qué apoyaba la ridícula fantasía de una revolución de Ubilk?
—Si quieres hablar de conservadores, yo soy prácticamente el ejemplo perfecto. ¿Por qué tirarías a la basura una vida estable por un aspirante a revolucionario? ¿Acaso perdiste la cabeza?
—Oh, vamos. Eso sí que es grosero. Pero esa es una de las cosas que me encantan de ti, mi dulce y pequeñito Al. Y estás siendo muy malito… Por fin hiciste lo que siempre quise que hicieras.
—¿Qué podrías querer de mí? —Al le guiñó un ojo a Hornet, incluso cuando sentía que la sed de batalla aumentaba, como un punto ardiente entre sus cejas.
No podía imaginar qué podría estar esperando ella de él.
—¡Jijiji! —rio Hornet entre dientes—. Lo que más quería no era que te unieras a nosotros, Al. Creo que es mucho más interesante tenerte como enemigo.
—¡…!
Un instante después, dos enormes espadas que no podían pesar menos de cien kilos cada una se abalanzaron sobre él. Hornet era una fuerza a tener en cuenta; Al no habría podido levantar una de esas espadas ni aunque su vida dependiera de ello, pero ella las manejaba con la misma facilidad con la que se balancean un par de ramitas.
El pasillo no era muy espacioso; apenas había sitio para esquivar sus ataques. Al se agachó para evitar el primer golpe y después saltó hacia atrás.
—Ohhh, eso no puede ser —dijo Hornet, siguiéndolo y dando un brutal ataque contra el pecho.
Lo lanzó aún más atrás, y el golpe le reordenó literalmente el corazón, el estómago y otros órganos internos.
La segunda espada se clavó en su cuerpo, golpeándolo de un lado a otro antes de que pudiera recuperar el aliento, cortándolo limpiamente —o más bien, de forma sangrienta— en dos.
La muerte era difícil de evitar, y se acercaba a Al...
—Ohhh, eso no puede ser —dijo Hornet, dando un paso adelante y lanzando un golpe con una espada gigante. Al la esquivó por muy poco. —Ohhhh —dijo Hornet, sorprendida; Al intentó usar su liuyedao para contraatacar, golpeando por puro instinto, ya que su oponente estaba detrás de él ahora que se había alejado de su golpe.
Hornet esquivó su contraataque con una velocidad asombrosa para alguien tan alto, provocando que el ataque de Al pasara por encima de su cabeza. Al instante siguiente, recibió una patada desde abajo, y sus pies se separaron del suelo. Ya no podía evitar lo que se avecinaba; la enorme espada se abatió desde arriba, partiendo al luchador en dos…
—Ohhh, eso no puede ser —dijo Hornet, dando un paso adelante y lanzando un golpe con una espada gigante. Al la interceptó con su liuyedao inclinado, bloqueando su trayectoria a la fuerza. —Oh —dijo Hornet, sorprendida; Al ya estaba gritando, atacando la pierna pesada de su oponente con un corte de barrido.
Hornet saltó con gracia por encima de su movimiento. Pero tener a su oponente en el aire era la oportunidad perfecta para Al: instantáneamente se dio la vuelta y empezó a correr por el pasillo.
—¡Aaaaahhh!
Era la primera vez que peleaba contra Hornet, pero no la llamaban la Emperatriz Gladiadora por nada. Al sabía muy bien que en cien rondas con ella, moriría cien veces. Por mucho que le doliera, sabía que tenía que escapar del campo de batalla por completo.
No era de los que se obsesionaban con la idea de ganar siempre todas las batallas que libraba. Según su lógica, sobrevivir era tan bueno como ganar.
Lo que significaba…
—Si logro salir a la arena… y pongo al público de mi lado…
—¡Al! ¡Por favor, no me hagas perder la fe en ti! Piénsalo un momento, ¡sabes que es lo correcto! —le gritó Ubilk a Al, que se alejaba.
Al no quería escuchar. Pero no podía evitar que la voz de Ubilk pasara hasta sus oídos.
—En el momento en que conseguí que nuestra amiga Hornet se pusiera de mi lado, supe que tenía a todos los que necesitaba. Solo esperaba de verdad que te unieras a nosotros…
Al no quería pensar en lo que decía Ubilk, pero tenía que escuchar. Porque antes de que diera una respuesta, lo vio.
—… —De alguna forma, había llegado a la arena, pero todo había cambiado.
Hasta hacía unos instantes, los espectadores habían estado animando y abucheando los combates a muerte, pero estaban distanciados de todo ello; siempre eran otros los que libraban esas batallas a vida o muerte, nunca ellos. Ahora la pasión salvaje había desaparecido, sustituida por una tensión y un miedo palpables que impregnaban el edificio. Y no era de extrañar: ahora había gladiadores rebeldes armados revoloteando entre las gradas, atando a los espectadores que fruncían el ceño y tomando el control del lugar.
Probablemente, algunas personas habían intentado resistirse, pero Al estaba seguro de que los revolucionarios habían dado rápidamente ejemplo de ellos, cualquier intento de héroe fue reducido a un cadáver con las despiadadas espadas de los gladiadores.
Al estaba atónito, pero lo entendía.
—No me digas… ¿En serio él va a…?
“Tomar el control de la Isla de los Gladiadores y luchar contra el imperio.”
El sueño se estaba haciendo realidad.
Sección 11
Durante la celebración, el tráfico entre la isla de los gladiadores y el continente era abundante y frecuente. Priscilla creía haber oído que, por ese motivo, el puente levadizo, único medio de conexión entre ambos, permanecería bajado durante todo ese tiempo. Así que, cuando notó que estaba levantado, empezó a hacerse preguntas. Y entonces, cuando ella, Jorah y Balleroy regresaron apresuradamente a Serena…
—Parece que su suposición era acertada, doña esposa —dijo Balleroy.
Se quedó a su lado, contemplando la escena. Habían regresado, preguntándose si había ocurrido algo terrible, para descubrir una escena de caos. Pero no era el caos de los espectadores gritando y animando en las peleas a muerte.
—S-santo cielo… ¿Esos gladiadores están fuera de la arena…? —preguntó Jorah.
Le estaba costando un momento comprender la situación, pero su conciso resumen era bastante preciso. Como había observado el hombre, ahora pálido, los gladiadores se habían salido de la arena y se adentraron en las gradas, y ahora amenazaban con sus armas a los asistentes, antes relajados. El hecho de que aquellos que habían intentado oponerse a ellos ya yacían en charcos de sangre dejaba claro que no se trataba de un juego ni formaba parte del espectáculo. No, esto tenía que ser…
—Una rebelión de gladiadores, ¿eh? —dijo Priscilla.
—¿Qué? —dijo Jorah con voz entrecortada.
Pero la única respuesta a su pregunta fue una voz enfurecida que gritaba:
—¡¿Dónde ‘tá la gran condesa Serena Dracroy?
Un grupo de hombres evidentemente brutales se abrían paso entre los asientos, actuando con mucha autoridad. Evidentemente, buscaban a la anfitriona de Priscilla y Jorah. Parecía poco probable que fueran tan imprudentes como para matarla en cuanto la vieran, pero…
—¡Deja de esconderte y sal! ¡De lo contrario, mataremos a to’os los que estén en este puto estadio!
Priscilla se corrigió: dudaba que fueran tan irascibles, pero eran más irritables de lo que había imaginado. No parecían lo suficientemente listos como para no cumplir su amenaza. Priscilla sonrió, pensando en cómo se desarrollaría todo aquello.
—Priscilla, p-ponte detrás de mí —dijo Jorah, reuniendo la poca fortaleza que le quedaba cuando se colocó delante de la joven.
¿Qué pensó Jorah de la expresión de su esposa en ese momento? Fue suficiente para que su marido le dirigiera una mirada de sorpresa. Incluso Balleroy, a pesar de la clara y presente amenaza a su Señora, tuvo tiempo de soltar un impresionado «¡Eh!».
No obstante, el movimiento de Jorah también atrajo la atención de los agresivos hombres.
—¿Qué es esto? Oigan, la bola de allá, no les servirá de na’ que estén ahí arriba. Si creen que pueden escapar…
—Yo misma soy la mujer por la que buscan: Serena Dracroy —anunció Priscilla, interrumpiendo al hombre y provocando que sus compañeros la miraran con considerable sorpresa.
—¡¿Hngh?! —se atragantó Jorah.
—¡Pero, vaya! —comentó Balleroy.
La voz de Priscilla resonó en la tensa arena, atrayendo naturalmente la atención tanto de los rufianes como de los espectadores cautivos, entre ellos, la verdadera Serena Dracroy. Sus ojos se agrandaron ligeramente, pero pareció comprender la intención de Priscilla. Por supuesto que lo hizo. Serena no era ninguna novata. Por otro lado…
—Desde luego que ella aún no llega a mis habilidades —murmuró Priscilla para sí misma.
—¿Tú, niña? ¿Eres la gran condesa Dracroy? —preguntó un hombre de vestimenta negra, acercándose a ella.
Su cabello lo tenía arreglado de una forma extraña, largo en el lado derecho de la cabeza y totalmente rapado en el izquierdo. En la cadera llevaba una espada con una hoja curva, y era obvio que sabía cómo emplearla.
El hombre miró a Priscilla de arriba abajo, evidentemente escéptico.
—Lo que he oí’o es que esa mujer, la gran condesa Dracroy, es to’o un personaje, tan mala que la llaman la Dama Incandescente. Una niña como tú, que parece que apenas podría calentar una habitación fría, y ni hablar de calcinar a nad…
—Lo más probable es que ese apodo lo inventaran los plebeyos que fueron testigos de mi cabello rojo ardiente. En cualquier caso, no es de mi interés cómo me llamen las masas chismosas. Puedes observarme con tus propios ojos.
—… —El hombre no respondió.
—¿Qué opinas? ¿Parezco una joven tonta que juega a ser una gran condesa? ¿O alguien que necesita la corroboración de un apodo vulgar cuando ya soy miembro de la nobleza del Imperio de Vollachia?
Aunque el hombre imponía con su altura, Priscilla mantuvo la cabeza en alto y lo miró directamente a los ojos mientras hablaba.
El hombre se puso rígido. Debía de haber confundido a la joven con lo que parecía a primera vista: una niñita que saldría volando con solo soplarle. Pero en la expresión de Priscilla no vio ni rastro de miedo, ni atisbo alguno de debilidad de espíritu. Si este hombre era un gladiador, debía de haber mirado a la muerte a los ojos muchas veces en esta isla. Y aun así, la audacia de Priscilla bastó para intimidarlo.
—Lo siento, gran condesa. Tienes que venir con nosotros. Nuestro líder quiere conocerte. —El hombre intentaba ser educado, al menos, lo mejor que podía un plebeyo como él. Pero había aceptado la afirmación de Priscilla de ser una gran condesa.
Miró a sus compañeros y se dispuso a llevársela. Priscilla no tenía intención de luchar contra él. En cambio, eso dejó a Jorah, que seguía intentando afirmar su ya inútil hombría.
—¡T-tú, espera! Si te la llevas, ¡llévame a mí también!
El hombre de negro parecía haber notado a Jorah por primera vez. Quizás fuera así; Jorah se había pasado toda la conversación sin decir nada e intentando encogerse.
—No había oí’o na’ sobre que estuvieras aquí con tu papá… —dijo el hombre.
—No soy su padre. ¡Soy su marido!
—¿Su mari’o? —El hombre parecía más escéptico que nunca, mirando alternativamente a Priscilla y a Jorah.
Era probable que le sorprendiera menos la diferencia de edad entre ellos que la diferencia en el vigor de sus personalidades.
Aun así, sería un gran problema para Priscilla si Jorah fuera ejecutado allí mismo, así que dijo:
—Es cierto, ese hombre es mi marido. No puede ser mi padre, porque él fue consumido por las llamas ante mis propios ojos. Razón que creo más que suficiente para llamarme la Dama Incandescente, al margen de mi cabello.
—Buen punto. Pero si esa historia es cierta, entonces tu mari’o…
—Tráelo. De lo contrario, se limitará a gritar y forcejear y te complicará la vida. Será mucho más dócil si está junto a mí. Y si lo ejecutas ahora… Bueno, no querrás que yo vaya tras de ti en un futuro, ¿cierto?
Priscilla, por supuesto, no era de las que seguían piadosamente a su amado marido a su óbito; no se sentía atraída por esas ideas románticas. Pero los hombres ya estaban convencidos de que Priscilla era la viva imagen de la nobleza de Vollachia.
Y entonces ocurrió algo que les robó la poca compostura que les quedaba. Rompiendo el incómodo silencio que se había apoderado de la arena cuando Priscilla había llamado la atención de los hombres, uno de los rufianes miró hacia el coliseo y exclamó:
—¡Oigan! ¿Esa es Hornet?
Todos voltearon y miraron hacia el ring para descubrir que las peleas a muerte, interrumpidas por el estallido de la rebelión, se habían reanudado. No eran las programadas oficialmente, sino una verdadera pelea a muerte, una que había comenzado por su propia cuenta.
—Aunque con tal diferencia de destreza, es más afín a una ejecución —comentó Priscilla.
Uno de los dos gladiadores que habían entrado en el ring medía más de un metro ochenta y sus brazos amputados habían sido sustituidos por dos enormes y aplastantes cuchillas. Era obvio a simple vista que había acumulado una montaña de cadáveres a lo largo de su vida, derramado ríos de sangre… Debía de ser ella quien había provocado tanto miedo cuando una voz pronunció su nombre.
Se enfrentaba a un espadachín manco que, por desgracia, no poseía ninguna ventaja evidente. Su nivel de habilidad estaba claramente muy por debajo del de Hornet, y parecía que en cualquier momento… no, incluso en ese mismo instante, recibiría un golpe crítico.
—… —El hombre manco gruñó y salió volando con un chorro de sangre.
Su cuerpo golpeó el suelo y rodó, acabando en una fosa en un extremo del estadio que se utilizaba para deshacerse de la sangre y los cadáveres después de una pelea. Hornet se acercó a él y le dio una patada con sus largas piernas, enviándolo, aún vivo, a la fosa.
—Supongo que rechazó la invitación de Hornet. Qué idiota —el hombre con la espada curva suspiró al presenciar el espectáculo de la abrumadora fuerza de la mujer.
Quizás el gladiador que acababa de ser derribado era un conocido suyo. El hombre parecía ser un tipo tonto que se había negado a unirse a los rebeldes, aunque Priscilla no veía la ventaja de rechazarlos en ese momento.
—Imponer la voluntad exige cierto grado de poder. Desde esa perspectiva, quizá fue natural que aquel hombre hallara su fin. Dime, ¿has venido hasta aquí solo para quedarte inmóvil cual estúpido?
—Sí que eres jodidamente parlanchina, ¿o no, gran condesa? ¿Crees que no te pondremos ni un de’o encima? ¿Por eso tu lengua ‘tá tan suelta?
—¿En verdad crees eso, sucio plebeyo?
—… ¿Mhm?
—¿Entiendo correctamente que crees que mi actitud jactanciosa proviene de la convicción de que no me vas a tocar?
El hombre vio algo en la mirada de Priscilla que lo hizo tragarse lo que estaba a punto de decir. Apuntó con la barbilla para dar una indicación a sus compañeros, y estos se llevaron a ella y a Jorah.
—¿Y yo qué, doña esposa? —preguntó Balleroy, dispuesto a seguirlos, pero Priscilla lo detuvo con una palabra.
—Está claro que no esperas que diga que tú también eres mi marido. No habría trabajo para ti aunque nos siguieras. Sé bueno y espera, aguarda hasta que tu momento llegue.
Ni siquiera un guerrero del calibre de Balleroy podría imponerse a todos los gladiadores que había allí. Enfrentarse a un centenar de luchadores curtidos no serviría de nada; eso estaba bastante claro. Pero Balleroy era joven e inexperto, y un poco impetuoso.
—Para usted es fácil decirlo, doña esposa, pero yo tengo mi orgullo… ¡¿Mhg?!
—¡Ya cállate, imbécil!
Balleroy estaba desenvolviendo su lanza cuando Miles, que se había acercado sigilosamente por detrás, lo golpeó en la nuca con una botella. El arma improvisada produjo un ruido sordo y desagradable, y Balleroy cayó al suelo con los ojos en blanco. Miles le dio una patada y dijo:
—¡Van a empezar a pensar que todos somos unos tarados como tú! ¿Y de qué nos va a servir eso, eh?
—¿Y tú quién eres? —preguntó uno de los hombres.
—Nadie, nadie. No me interesa pelear con ustedes —dijo Miles, arrojando la botella a un lado y mostrando todas las señales de sumisión—. ¿Dijeron que tienen a la gran condesa? Pues bien, tomen a la chica y a su marido y váyanse. No estamos aquí para causar problemas.
Los hombres se miraron entre sí, pero ya no eran tan estúpidos como para creerse lo que decía Miles. Comprobaron que Balleroy estuviera realmente inconsciente antes de volver a llevarse a Priscilla. Justo antes de abandonar la zona de las gradas, Priscilla vio a Serena. Los labios de la gran condesa se movieron, diciendo en silencio: «Lo siento. Y gracias». Priscilla no respondió, sino que siguió a los hombres con la majestuosidad adecuada.
—Pri… ejem, Serena, ¿qué estás tramando? —susurró Jorah.
—Así que al menos eres lo suficientemente inteligente como para percatarte de que cuento con un plan. De no haberme identificado como tal, probablemente habríamos pasado toda esta rebelión sin ver nunca el rostro de su líder. Y eso no habría sido divertido.
Jorah se quedó sin palabras por la conmoción, para después decir:
—¿Q-que no sería divertido?
Priscilla no sabía qué respuesta contundente esperaba su marido, pero no iba a cambiar de opinión. No estaba claro qué quería ese «líder» de Serena, pero si se hubiera quedado en las gradas, Priscilla habría perdido la oportunidad de descubrir lo que estaba pasando allí. No habría sido diferente a acurrucarse en posición fetal a los pies del escenario.
—Y eso es lo último que quiero —dijo Priscilla.
—… —la respuesta de Jorah fue un tenso silencio.
—Relájate. No importa en qué posición nos encontremos, porque este mundo está hecho a mi conveniencia —dijo Priscilla.
La única respuesta de Jorah a la audaz filosofía de su esposa fue mirarla con asombro, aunque sus hombros se encogieron un poco. No fue una reacción particularmente inspiradora, pero Priscilla no tuvo tiempo de reprenderlo por ello.
—Pues ya llegamos —dijo uno de los hombres.
Tras unos minutos caminando, llegaron a una habitación con una puerta extraordinariamente pesada, por la que ahora los hicieron pasar. Priscilla, que había estado haciendo un mapa mental de la isla mientras avanzaban, calculó que esa habitación debía de estar en el punto más alto de la Isla de los Gladiadores; en otras palabras, probablemente pertenecía a quien dirigía el lugar. Eso explicaría el lujoso mobiliario y la costosa alfombra, que de otro modo habrían parecido fuera de lugar en una isla de gladiadores cautivos.
También podría explicar la sangre en la alfombra y el cadáver de un hombre corpulento que yacía allí como un cerdo destripado.
—¿E-ese es…? —comenzó Jorah.
—El Señor de la isla, he de asumir… El que antiguamente se encargaba de los actos de entretenimiento aquí. Los esclavos que exhibía estallaron en una revuelta. Se necesita ser idiota para no adivinar a quién ejecutarían primero.
El hombre se lo había buscado al no evaluar adecuadamente el peligro a pesar del odio que se había ganado. Por otra parte, quizás los gladiadores habían demostrado ser aún más inteligentes que el sentido del peligro del hombre…
Los pensamientos de Priscila fueron interrumpidos por un hombre que se acercó trotando con una sonrisa en la cara de querer caer bien, pasando por encima del cadáver del antiguo Señor de la isla.
—¡Bueno! Es un placer verla por fin, gran condesa. Siento darle la bienvenida… bueno, de esta manera. Me hubiera gustado conocerla en una habitación más limpia.
La impresión general que daba era de esbeltez; era una especie de chico lindo.
A diferencia de los rufianes, indudablemente toscos y preparados, este joven no parecía pertenecer a la Isla de los Gladiadores, pero Priscilla supo de un vistazo que debía de ser el líder de la rebelión.
—Eres tú, ¿correcto? El anfitrión de este banquete —dijo ella.
—¿Banquete? Oh, me gusta esa palabra. Me encantan las reuniones animadas, por eso no odiaba la vida en esta isla, ¿sabe? Aunque algunas partes fueran difíciles de soportar —el chico lindo sonrió, pero lanzó una mirada despectiva al cadáver que yacía en el suelo.
Eso bastó para que Priscilla comprendiera cómo había sobrevivido en la isla: no empuñando un arma, sino empuñando su cuerpo. Por supuesto, el Señor de la isla había muerto. Era algo previsible.
—¿Y qué es lo que quieren, entonces? Decidieron raptarme a m… ejem, a la gran condesa. Asumo que eso los llevará a algo.
—Ah, no la llaman la vencedora de cien batallas por nada… Aunque debo decir que parece un poco joven para haber participado en tantos combates. Bueno, eso facilita las cosas. La gran condesa Serena Dracroy, la famosa Dama Incandescente… Usted es una de las nobles más prominentes del imperio.
—¿«Una de las»? No seas imbécil. No hay nadie que pueda sustituirme. Compararme con esos otros villanos me es una afrenta.
—¡Sere…! —Jorah casi se atraganta con el nombre, pero logró sacudir la cabeza con vigor.
Priscilla frunció el ceño, pero se limitó a seguir con su actuación como Serena. Por la forma en que había empezado el joven, era bastante obvio lo que estaba planeando.
Quería utilizar a la gran condesa como rehén.
—Y esperas negociar algo con el imperio. ¿Qué sería?
—Es muy sencillo. La Isla de los Gladiadores debe obtener la independencia y todos los esclavos deben ser liberados. Quiero salir de este charco, gran condesa Dracroy —el chico lindo rio sombríamente entre dientes, a pesar de que su proclamación convertía a todo el imperio en su enemigo.
Sección 12
La Isla de los Gladiadores había sido tomada por los propios presos, y la gran multitud de espectadores era ahora rehén. Entre ellos se encontraban más de un puñado de nobles de Vollachia, entre los que destacaba la gran condesa Serena Dracroy. Los rebeldes esperaban utilizar a estos rehenes para negociar su libertad.
Tal era el informe que se había enviado al corazón del imperio, y cabría esperar que conmocionara al país justo cuando su nuevo emperador había ascendido al trono… pero esa conmoción nunca llegó.
—Congrega de inmediato una fuerza de respuesta y envíala a esa isla. No tengo intención alguna de negociar —ordenó el nuevo emperador, Vincent Vollachia.
La voluntad del emperador tenía primacía en todo, por lo que se formó inmediatamente una unidad de exterminio. Había alrededor de quinientos gladiadores en la isla, pero la fuerza imperial estaba formada por dos mil soldados cuidadosamente seleccionados. Ni siquiera luchadores experimentados y probados como los gladiadores podrían resistir tal número. Más aún, las órdenes del emperador sobre el destino de los habitantes de la isla consistían en una sola palabra: «Aplástenlos».
Esos dos mil soldados no fingían estar allí para rescatar rehenes. Tenían permiso para usar una fuerza abrumadora para aniquilar a la oposición.
—Aun así, abandonar a Dracroy solo dará más dolores de cabeza.
—Entonces… ¿Su Excelencia mintió…?
—¡No digas eso, chiquilla! No si valoras tu vida. No fue una mentira. Solo fue… conveniente. Esa es una mejor manera de expresarlo. Una forma de arreglar las cosas sin cometer errores. Esa es la verdad —dijo un anciano de cabello blanco que se rascaba el cuello sin molestarse en ocultar su molestia.
Ya era de baja estatura, y eso se veía agravado por el hecho de que tenía la espalda encorvada por la edad. Era excepcional que un humano común, y no un semihumano longevo, llegara a los noventa años, como lo había hecho este. Su vigor también era bastante impresionante teniendo en cuenta su edad. Uno podría dudar de sus oídos si le dijeran que este sabio y viejo hombre, con los ojos casi ocultos bajo sus cejas excesivamente pobladas, era uno de los Nueve Generales Divinos, guerreros famosos en todo Vollachia.
Para asegurarse un lugar entre los Nueve Generales solo se podía demostrar una destreza marcial suprema. Sin embargo, este anciano de cabello blanco —Olbart Dunkelkenn— era uno de ellos. Y hablando con él estaba una joven de piel morena, con gran parte del cuerpo al descubierto y un parche en un ojo. Olbart le sonrió desde debajo de sus amplias cejas, y dijo:
—Tu nombre. Recuérdamelo, era…
—Arakiya. Creo que… ya te lo dije varias veces…
—Ah, sí, claro. Arakiya, eso es, Arakiya. ¡Esta vez lo recordaré! Kakakaka—Olbart chasqueó los dedos y soltó una risa sibilante que lo hacía parecer bastante enfermo. Arakiya se limitó a suspirar y miró con los párpados pesados hacia la lejana isla.
En ese momento, Olbart y Arakiya estaban posicionados con el puñado de tropas imperiales enviadas a la región de Ginunhive, evaluando la isla.
—Lo más rápido sería amontonarnos allí, pero pa’ eso habría que bajar el puente levadizo —dijo Olbart.
—¿No podemos… usar barcos?
—¿Barcos? ¡Barcos! Seh, lo pensamos, pero… ia sabes. Ese lago está plagado de mabestias acuáticas. Las soltaron en el agua pa’ evitar que los gladiadores escaparan hace mucho tiempo, pero ahora son las dueñas del lugar. Así que, sin puente levadizo, no podemos entrar y los rebeldes no pueden salir. Es algo feo, ¿no? Kakakaka —volvió reír Olbart.
Arakiya dirigió su atención al lago y descubrió que, en las oscuras aguas nocturnas, podía ver formas que se desplazaban, flotaban y nadaban como peces. Excepto que no eran peces. Eran mabestias acuáticas. A muchas criaturas terrestres les resultaba difícil luchar bajo el agua, por lo que no era raro que muchos consideraran a estas bestias aún más peligrosas que algunas de sus contrapartes terrestres. No era de extrañar que Olbart se riera de la idea de que los barcos fueran poco prácticos. Y así…
—Iré… —dijo Arakiya.
—Oie, no estamos hablando de un simple chapoteadero. Te tragaría un monstruo antes de que pudieras acercarte a esa isla, ¿eh? Soy viejo y no me queda mucho tiempo, pero ver a una jovencita con to’ el futuro por delante tirar su vida a la basura… ¡es demasiado!
—No pasa… nada. Simplemente me convertiré… en agua.
—¡Ohh! —Las cejas de Olbart se movieron en lo que era sin duda una expresión de sorpresa.
Mientras observaba, Arakiya se quitó la poca ropa que llevaba hasta quedar completamente desnuda. Después se agachó junto al agua, extendió una mano hacia la superficie del lago y dijo: «¡Nom!». Recogió un espíritu de agua, un pequeño espíritu menor, y se lo metió en la boca.
Como «Devoraespíritus», Arakiya podía ingerir los espíritus del ambiente que la rodeaba y adueñarse de su poder. Solo podía usar esa fuerza hasta que el espíritu se consumiera por completo, pero como los espíritus estaban por todas partes si se buscaban, nunca le faltaba combustible.
Esta era la habilidad que le permitía ingerir el espíritu de agua y adueñarse de sus cualidades. Miró a Olbart y dijo:
—El puente levadizo… solo hay que bajarlo, ¿verdad?
—Sí, eso bastaría. De to’s modos, si volviera con Su Excelencia y le dijera que una niña como tú lo dio to’ mientras mis viejos huesos se quedaron sentados sin hacer na’, me mataría en el acto. ¡Ve a cumplir tu tarea, querida! —Olbart agitó superficialmente la mano para despedirla.
A Arakiya no le importó, simplemente asintió y se zambulló en el agua. Partió a una velocidad que rivalizaba con la de cualquier mabestia acuática.
Las criaturas acuáticas no se percataron de Arakiya, que prácticamente se había convertido en agua gracias al poder del espíritu. Ninguna bestia atacaría deliberadamente al agua vacía. Así, Arakiya logró lo que nadie había hecho desde la fundación de la Isla de los Gladiadores: cruzar el lago sola y con facilidad. Le había tomado menos de diez minutos.
—¿…? —De repente, se percató de algo que la hizo reducir su ritmo, hasta entonces constante.
Había divisado una pequeña isla entre la orilla y la isla principal. De hecho, era demasiado pequeña para llamarla isla; era más bien un conjunto de rocas. Se dio cuenta porque al estar involucrado un espíritu de agua se volvió más sensible a los ligeros cambios en la corriente y el flujo del agua del lago.
También detectó sangre en el agua. Cambió de dirección y se dirigió hacia el banco de rocas, siguiendo el olor de la sangre hasta llegar a tierra firme.
Ahora podía ver rastros de sangre que conducían a una pequeña grieta entre las rocas. Y cuando los siguió…
—Diablos, ya ni siquiera sé qué es lo que está pasando. Debí perder tanta sangre que estoy viendo visiones.
—… —Arakiya entrecerró los ojos para ver mejor.
—Una cosa es segura. Sé que una chica desnuda y de cabello plateado no pasó por aquí ni me encontró entre las rocas… No con mi karma…
En la grieta, encontró a un hombre al que le faltaba un brazo. Tenía el cabello negro empapado y una herida en el pecho que, a simple vista, parecía grave. Era su sangre la que había estado siguiendo, y estaba claro que si el hombre —presumiblemente alguien vinculado de alguna manera con la isla— no recibía ayuda pronto, la muerte no tardaría en llegar.
Arakiya pensó por un momento. Sus órdenes eran rescatar a la nobleza imperial de la isla. Para ello, tenía que bajar el puente levadizo para que Olbart pudiera cruzar. Y para conseguirlo, sería útil tener algún conocimiento del funcionamiento interno de la isla.
—¿No quieres… morir? —le preguntó.
—… —El hombre no respondió.
—Si no quieres morir… Mhm. Te ayudaré. A cambio, hablarás conmigo…
Arakiya basó los términos de su negociación en la forma en que su antigua Señora… No, en el corazón de Arakiya, ella seguía sirviendo a la joven. Pero era la primera vez en su vida que Arakiya intentaba negociar algo, y cuando el hombre al borde de la muerte la oyó, respondió con una risa tranquila.
—¿Crees que tengo miedo de morir, después de todo esto? Deberías haber intentado eso… antes de que muriera un millón de veces… —Sangre salpicaba los labios del hombre mientras hablaba. Sonaba como si estuviera pronunciando una maldición.
Sección 13
Los gladiadores de Ginunhive se habían rebelado y exigían ser liberados de la isla. Todos los espectadores que habían acudido a Ginunhive para celebrar la entronización del nuevo emperador habían sido tomados como rehenes. Ese era el plan, según explicó el chico lindo que parecía ser el líder de esta rebelión armada. Priscilla Pendleton, haciéndose pasar por Serena Dracroy, entrecerró sus ojos carmesíes.
Era una niña de solo doce años, pero el brillo de su mirada, el duro filo del conocimiento y la crueldad, bastaban para convencer a todos de que era la estimada gran condesa. Nadie en la sala se atrevió a dudar de su afirmación.
Por supuesto, si alguna vez descubrían la verdad, Priscilla perdería la vida, junto con la de su marido Jorah, que la había acompañado…
—¿Independencia para la Isla de los Gladiadores? Exactamente el tipo de sueño miope que esperaría de gente que vive una vida insignificante en una roca estrecha rodeada de un lago. No es de sorprenderse. No es interesante. Una verdadera pérdida de tiempo —resopló Priscilla.
—Oh… —exclamó Jorah, pálido.
Naturalmente, ninguno de los gladiadores que estaban alrededor tampoco parecía particularmente complacido. Solo el chico lindo que estaba justo delante de Priscilla reaccionó de manera diferente.
—¡Jeje! —se rio como si todo aquello le resultara muy divertido—. Tiene facilidad de palabra. Una forma despiadada. No estoy molesto… Aunque no estoy seguro de poder hablar por todos los que están aquí.
—Como si me importara lo que unos descerebrados incompetentes piensen de mis palabras. Está claro que bastaron uno o dos discursos adornados para que quedaran dóciles en la palma de tu mano.
—¡Vaya! ¿Acaso dije algo extraño?
—Yo diría que sí. Pareces una de las personas menos estúpidas de aquí, lo que significa que deberías apreciar que las posibilidades de lograr la independencia de esta isla y la libertad de los gladiadores son exactamente nulas.
El chico se encogió de hombros, pero ni siquiera se inmutó ante la declaración de Priscilla. Por otro lado, los rufianes que lo acompañaban sí lo hicieron.
—Oie, ¿qué es to’o esto? —exigió uno de ellos—. Dijiste que, si tomábamos como rehén a la gran condesa, esos cabrones de la capital…
—¿Los escucharían? —Interrumpió Priscilla—. Viven en Vollachia. Seguramente conocen ese ridículo dicho: «En el Imperio triunfan los fuertes». ¿Sería fuerte una gran condesa que regresara a la capital temiendo por su vida? ¿Y qué hay de ti, que has tomado rehenes con la esperanza de obtener ventaja en las negociaciones? ¿Eres fuerte?
—…
—Puedo decirte cuál será la respuesta de la capital. Cuando se entere de que exiges hablar con él sobre tu libertad, el emperador actuará rápidamente para destruir a sus enemigos. Supongo que participarán los Nueve Generales Divinos, que sirven directamente a Su Excelencia.
La mención de los Nueve Generales Divinos le dio un escalofrío tanto a los rufianes como a Jorah. Ellos eran los nueve guerreros más fuertes del imperio que estaban directamente bajo las órdenes del emperador. Los gladiadores en esta isla tenían cierta confianza justificada en sus habilidades tras sobrevivir tantos combates, pero los Nueve Generales Divinos estaban en otra liga.
En este mundo, algunos habían sido bendecidos con talentos específicos, habilidades naturales; y otros no. La brecha de poder entre ambos era desesperante, y los Nueve Generales Divinos lo demostraban. No era un título que se pudiera obtener por virtud del estatus o linaje, sino solo a través de la gloria de la violencia triunfante.
Una vivaz confusión estalló entre los gladiadores cuando se les dijo que los Nueve Generales Divinos podrían venir tras ellos. El hombre que había traído a Priscilla hasta allí se enojó con el chico lindo, diciendo:
—¡Esto no es algo pa’ reírse, Ubilk! ¿Es cierto lo que dijo? ¡No sabíamos na’ de esto!
—Por favor, cálmate, Ghajit. ¡Imagina lo asustado que estaría yo si aparecieran tipos como ellos! ¡Apenas sé cómo empuñar una espada!
—No es momento pa’ juegos, pequeño… —El hombre llamado Ghajit, el del sable, agarró al chico lindo, Ubilk, por el cuello de su ropa, pero este siguió intentando calmarlo.
—Es obvio lo que quiere la gran condesa —dijo—. Espera asustarnos, así, para que nos rindamos y nos entreguemos a ella. Pero yo… No, no, no nos dejaremos engañar por su pequeño plan. La persistencia e incluso la codicia son nuestro pan de cada día. ¿O me equivoco?
Ante eso, el otro hombre chasqueó la lengua «¡Tsk!» y soltó a Ubilk. Los demás gladiadores también parecían afligidos, pero ya no enojados.
A Priscilla todo aquello le parecía una idiotez, por decirlo de alguna manera, pero sabía que ya no podían detenerse. Ya habían hecho lo que tenían que hacer. No podían rendirse a ese punto, disculparse y decir que sus suposiciones habían sido erróneas. Era imposible. Ya estaban alejados del punto de retorno.
Por eso no podían retractarse.
—Pri… Serena, ¿qué estás planeando? —susurró Jorah.
—Jum. Así que mi marido ha encontrado un uso para su cabeza además de temblar de miedo. Considérame sorprendida.
—Po-por favor, no te burles de mí, es un asunto importante —la voz de Jorah temblaba, pero respiró hondo y dijo: —Estoy de acuerdo contigo en lo que respecta al juicio del emperador. No podemos esperar que reconozca la independencia de Ginunhive. No podemos esperar ayuda.
Mientras escuchaba a su marido criticar en silencio el plan de los gladiadores, Priscilla entrecerró sus ojos carmesíes, animándolo con su silencio a continuar.
—Yo mismo soy un conde de este imperio, aunque no sea muy bueno en ello. Sé cómo funciona esta nación. Aún si el nuevo emperador es una persona profundamente compasiva…
—Los métodos tradicionales de nuestro imperio nunca le permitirían mostrar nada que se pareciera siquiera a debilidad. El único final que puede tener esta rebelión armada es la destrucción —concluyó Priscilla.
—No puedo imaginar que él no lo sepa —dijo Jorah, dirigiendo lentamente la mirada hacia Ubilk, que seguía intentando animar a sus rufianes.
Priscilla estaba bastante de acuerdo con la evaluación de Jorah. Si Ubilk tuviera ojos para ver o mente para pensar, se habría dado cuenta de que esta rebelión había terminado antes de empezar. Y aun así, lo había hecho, y había convencido a estos gladiadores con una cortina de humo verbal. Esta situación era culpa suya. Entonces ¿por qué?
—La independencia de esta isla es solo para encubrir algún otro objetivo —dijo Priscilla.
Detestaba ver cómo tenía éxito, y le interesaba igual de poco seguir dejándose llevar por la situación. Priscilla nunca había sido de las que simplemente hacían lo que otros le decían. No importaba con quién tratara, ella decidiría cómo viviría.
Por lo tanto, Priscilla miró a su alrededor, esperando en silencio su momento. Su oportunidad llegaría y, cuando lo hiciera, no la dejaría pasar. Porque…
—Este mundo está hecho a mi conveniencia.
Sección 14
—Eso ayudará. Ahora no morirás… probablemente.
—Seh, bueno… ¡AGH! —el hombre intentaba darle las gracias cuando recibió un golpe en la herida recién vendada y gritó de dolor.
Los primeros auxilios que ella le había prestado no inspiraban mucha confianza y, cada vez que le tocaba la herida, a él se le llenaban los ojos de lágrimas. Lo irónico era que eso podría haberlo ayudado a mantenerse con vida, ya que lo mantuvo despierto en un momento en el que perder el conocimiento significaba una muerte probable.
En cualquier caso, el hombre —Al— finalmente vio a su enfermera y dijo:
—Tal vez sea un poco tarde para decir esto, pero tú no te avergüenzas tan fácil, ¿verdad? Tengo que admitir que nunca pensé en que sería lo suficientemente suertudo como para que una muchacha preciosa se mostrara ante mí como vino al mundo.
—¿…? ¿Dije… algo raro? —Preguntó la chica morena que en ese momento se rascaba la mejilla e inclinaba la cabeza hacia Al, todo mientras permanecía encuerada.
No había ni un gramo de carne superflua en su precioso físico, pero parecía completamente inconsciente a cualquier sentido de vergüenza respecto a estar desnuda.
Al supuso que la chica tendría unos doce o trece años, una edad en la que esperaba que fuera sensible a ese tipo de cosas.
—Supongo que todo depende de dónde hayas nacido y cómo te hayan criado. A mí me gustan los cuerpos explosivos, ya sabes, ¡bababum! Qué suerte. Parece que hoy nos han salvado la vida a los dos.
—A ti es a quien le salvaron la vida. Yo… estoy bien. Creo.
—Oye, tú eres la que hace las preguntas. Da igual, aquí estoy, viendo a una chica de cabello plateado cuando estoy a punto de morir… ¿Es posible que esté en el infierno? —Al se estremeció de repente, y no porque hiciera frío. Sonrió de forma lastimera.
La chica, Arakiya —así se había llamado ella misma cuando él le preguntó su nombre mientras ella lo trataba— se tocó el cabello. Estaba empapado, goteando agua. Entrecerró sus ojos carmesíes y dijo:
—Mi cabello plateado… ¿es raro? Es bonito. Eso es lo que siempre decía… la Princesa.
—Ah, no, no. Solo hablaba conmigo mismo. Es mi propio problema. No tiene nada qué ver contigo, niña… Es solo que tengo malos recuerdos relacionados con el cabello plateado. Me recuerda que soy un inútil pedazo de basura.
—¿…? —Arakiya simplemente volvió a inclinar la cabeza ante la diatriba de Al hacia sí mismo; no lo entendía.
La sonrisa de Al se volvió aún más amarga; no podía creer que estuviera descargando su ira sobre esta muchacha justo después de que ella le hubiera salvado la vida.
Suspiró profundamente, como si eso pudiera deshacer el nudo que tenía en el pecho. Pero, por supuesto, no pudo.
—Es… Ya sabes. Había alguien importante para mí y no pude ayudarla cuando más lo necesitaba.
—Oh… Lo entiendo. Me pasó igual. No pude ayudar a la Princesa… —Arakiya bajó la cabeza y se tocó el ojo izquierdo con los dedos.
Se había preocupado por el vendaje que lo cubría mientras atendía a Al. Su ojo derecho parecía ser de un rojo brillante, pero él sospechaba que, bajo ese vendaje, su ojo izquierdo había perdido la luz. Ese ojo ciego parecía ser la clave del recuerdo de sus remordimientos.
—Aagh. Supongo que no puedo decir nada bien —dijo Al.
Se sentía mal por la chica; no debería haber sacado el tema. Era enfermizo que un hombre de mediana edad involucrara a una joven con toda la vida por delante en su propio sentimiento de impotencia.
Había pasado suficiente tiempo inútil y vacío en esa isla como para pensar que ese tipo de autorreproche era apropiado.
—Oye, lo siento. Ahora estoy diciendo tonterías. Supongo que no estaría muy bien pedirte que hicieras como si no hubiera dicho nada, pero quizá podrías ignorarlo. Debe de haber algo que hacer aquí, ¿no? Si no, no estarías en un lago peligroso como este.
—Mjum. La isla… Ha sido tomada, ¿verdad?
—Eso parece. No vi muy bien lo que pasó —Al se sentía mal por no poder hablar con más autoridad, pero no había podido detenerse a asimilarlo todo.
Lo único que sabía era que, de repente, se había visto envuelto en un combate a muerte con la mujer más poderosa de la Isla de los Gladiadores. La verdad era que consideraba un milagro no haber sufrido ninguna herida mortal, y eso que había estado a punto. Había estado a un paso de la muerte por ese milagro.
—Y mientras yo estaba ocupado averiguando si iba a colgar los tenis, Ubilk y Hornet se hicieron con el control del lugar con todos los que se tragaron su rollo, ¿eh? ¿Y cuál es tu papel en todo esto, muchacha?
—El puente levadizo. Lo bajaré. Porque sin él… los soldados no pueden llegar a la isla.
—Eso no va a ser fácil.
—Jum —dijo Arakiya, molesta por la rapidez con la que Al evidenció la debilidad de su plan al oír lo que pretendía hacer.
Era una reacción adorable, muy propia de una chica de su edad, pero, por desgracia para ella, lo que Al decía era cierto. No le resultaría fácil hacerlo.
Mientras el puente levadizo entre la isla y el continente estuviera levantado, las tropas de la capital no podrían asaltar Ginunhive. En otras palabras, ese puente levadizo era la línea de vida de los gladiadores que actualmente ocupaban la isla, y ellos lo sabían. Lo que solo podía significar una cosa:
—La carta más fuerte que tienen en la mano la jugarán allí. Y la carta más fuerte de esta isla es un monstruo llamado Hornet. La llamamos la Emperatriz Gladiadora.
—¿La Emperatriz… Gladiadora? ¿Es fuerte?
—¿Recuerdas cuando me encontraste casi muerto? Ella me dejó así —dijo Al, señalándose a sí mismo.
—¿…? ¿Eso significa… que es fuerte? —La pregunta de Arakiya en realidad no fue respondida.
Probablemente, la destreza de Al era motivo de debate a sus ojos. Solo tenía un brazo, se aferraba a la vida cuando ella lo encontró, y la propia Arakiya probablemente no se quedaba atrás en una pelea. No podía culparla si no pensaba mucho en él. Pero no había duda sobre la fuerza de Hornet. No había nadie en la isla que pudiera hacerle frente, e incluso los guerreros más fuertes del imperio podrían tener problemas en una pelea directa. Incluso Arakiya, que parecía ser más fuerte que Al, probablemente no fuera una excepción.
—Quizás sea otra historia si lo pospones un tiempo, primero crece fuerte y sana. ¿Tienes unos años para esperar antes de que necesites bajar ese puente levadizo?
—No… Tengo cosas que hacer. —Arakiya sacudió su cabeza hacia los lados y dio la respuesta obvia.
—Me lo imaginaba. —Al sonrió con aflicción, pero se puso de pie, apoyándose en la pared.
Todavía se sentía un poco mareado por la pérdida de sangre, pero pensó que podría moverse si se concentraba en ello.
Arakiya lo vio levantarse y luego parpadeó mientras agrandaba los ojos.
—¿Qué vas… a hacer?
—¿Que qué voy a hacer? Necesitas llegar a esa isla, ¿verdad, muchacha? Necesitarás a alguien que conozca el lugar si quieres bajar ese puente levadizo. Por eso me ayudaste, ¿verdad?
—… ¡Oh!
—¡No me digas que lo olvidaste! … Ahh. Gritar hace que a un chico le dé vueltas la cabeza… —Al le sonrió a Arakiya, dándose cuenta de que era del tipo de persona que se perdía en lo que estuviera haciendo en ese momento.
Esta era la realidad: volver a una isla llena de enemigos era un suicidio, sin importar cuántas vidas tuviera. ¿Pero ir con Arakiya? Eso era otra historia.
Puede que su vida no valiera ni un grano de arena, pero se lo debía a ella.
—Y nadie va a acusarme de ser desagradecido. Te guiaré por esa isla. Pero…
—Mn. Eso ayudará. Pelear… Ese es mi trabajo.
No llegó a decir que cuando apareciera el enemigo, iba a huir con la cola entre las patas. Si Arakiya —que de verdad tenía una cola— estaba tan decidida, Al no podía ir por ahí quejándose.
Con los dos decididos, Al salió de la grieta entre las rocas y miró la maldita isla, el hogar de los gladiadores, donde un grupo de espectadores estaban retenidos como rehenes, y un grupo de personas, que eran o muy valientes o muy estúpidas, habían declarado la guerra al imperio…
Al cabeceó de un lado a otro para sacarse el agua de los oídos.
—Muy bien, sabemos que vamos a ir. Pero ¿cómo llegamos allí? —dijo Al frunciendo el ceño.
Se enfrentaba al mismo problema que había hecho necesario bajar el puente levadizo en primer lugar: el lago que rodeaba la isla, infestado de mabestias. El lago que tenían que cruzar si querían llegar a tierra firme.
Ese era el primer muro que sortear. Lo primero que se interponía entre él y el momento de devolverle el favor a su salvadora.
Sección 15
—Oie, ¿cuánto de lo que dijiste es verda’?
—… —Pensativa, Priscilla cerró un ojo mientras lo miraba desde su lujoso sillón, donde esperaba aburrida que pasara el tiempo.
El que hablaba era un hombre con un peinado extraño: se había rapado el cabello, pero solo la mitad. Era el espadachín, al que Ubilk había llamado Ghajit. Ella supuso que tenía cierta autoridad, allí donde se valoraba por encima de todo la capacidad demostrada. Sospechaba que sabía defenderse en una pelea. El hecho de que pareciera actuar como portavoz de los demás lo dejaba claro. No obstante, el hecho de que solo actuara cuando el verdadero líder, Ubilk, no estuviera presente, demostraba que la valentía de Ghajit era una farsa.
—No te hagas la tími’a conmigo, señorita noble. ¿Entiendes la situación en la que ’tás? ¿Eh?
—Ahórrame tu parloteo. Creo que eres TÚ el que no entiende la situación en la que te encuentras. El mismo suelo sobre el que estás es endeble y traicionero.
—¿Y eso qué significa? —Ghajit exclamó.
—Han dejado que ese agitador les dicte hasta la más mínima cosa. No están dispuestos o son incapaces de usar su propia cabeza. Y si no pueden usar su cabeza, eso implica que tampoco pueden emplear sus ojos, oídos o nariz que la acompañan. Todos ustedes han llegado hasta aquí cubriéndose los ojos, tapándose los oídos y obstruyéndose la nariz, dejándose llevar simplemente de la mano. ¿Es que me equivoco?
La actitud de Priscilla no cambió a pesar del intento de intimidación de Ghajit. A su lado, Jorah parecía claramente nervioso. En cuanto a Ghajit, que había sido duramente reprendido, no podía ocultar su descontento, pero no parecía que fuera a hacer nada precipitado.
En general, parecía que a los gladiadores se les estaban pasando las emociones de haber tomado la isla. El torrente de sangre que les subía a la cabeza estaba muy bien para iniciar una rebelión, pero ahora la pregunta de qué vendría después parecía ser inminente. Por eso le pusieron atención a Priscilla, o más bien, a la gran condesa Dracroy, la única persona allí con más experiencia en tratar con el imperio.
—La capital hará exactamente lo que he dicho. Los Nueve Generales Divinos vendrán; exactamente cuántos dedos de la mano del emperador caerán sobre ustedes depende de él, pero cuando los Generales lleguen, esta pequeña revuelta será sofocada en cuestión de segundos.
—Solo escúchate. ¿Cuántas personas crees que tenemos aquí?
—No tiene importancia. Y tú lo sabes.
—¡…!
Sin importar lo mucho que intentaran mostrar una fachada valiente, cualquiera que hubiera vivido en el imperio, cualquiera que se hubiera ganado la vida allí con la espada, lo entendía muy bien. Ghajit y los demás gladiadores no se hacían ilusiones de poder enfrentarse cara a cara con los legendarios Nueve Generales Divinos. Lo entenderían cuando se calmaran un poco.
—Y aun así, hicieron esto… ¿Por qué? —preguntó Jorah, mirando a los gladiadores pálidos. La pregunta no era precisamente de lástima ni de compasión.
—Ahh… —Ghajit dio un suspiro apático.
Un hombre frágil como Jorah nunca podría entender los sentimientos de hombres que poseían una fuerza mayor, aunque todavía mediocre, como él. Un hombre bendecido con riqueza y estatus nunca podría entender la desesperación de los hombres atrapados en una isla aislada. Tampoco Priscilla. Aunque se les hiciera imaginarlo, no lo entenderían. Y Ghajit no tenía intención de esforzarse por intentarlo. En consecuencia…
—Pueden elegir entre dos caminos, plebeyos. Pueden seguir dejando que ese agitador los maneje a su gana y permitir que sus vidas sean extinguidas al intentar desafiar a los Nueve Generales Divinos y fracasar. O…
—¿Sí? ¿O qué?
—O pueden alzarse contra el sino que los oprime y recobrar sus vidas con sus propias manos.
Los gladiadores tragaron saliva con dificultad, todos ellos cautivados por las palabras de Priscilla. El camino que tenían por delante en ese momento solo podía ser un callejón sin salida. Era una tontería y nada más que eso el que se hubieran tendido una trampa a sí mismos de esa manera, privándose de su propio camino de regreso. Pero abandonar toda esperanza de que pudiera haber alguna forma de salir de ese callejón sin salida era renunciar a cualquier otra posibilidad que no fuera la muerte.
—…
—Intenten usar esas cabezas que tienen, que hasta ahora no han sido puestas a prueba. Su destino es suyo —dijo Priscilla, pero al ver a los hombres intentar agudizar un ingenio que no tenían, solo pudo encogerse de hombros.
Justo cuando se le estaba frunciendo nuevamente el ceño a Ghajit, se oyó una voz:
—Gran condesa Dracroy. ¿Quiere acompañarme al balcón? Se puede ver muy bien la costa —era Ubilk, que había regresado a la habitación.
—Una invitación mundana. Mas supongo que es mejor que estar aquí —Priscilla se levantó para aceptar la oferta del chico lindo, pero al hacerlo, volteó hacia su marido y le dijo: —Permanece aquí. No deseo que surjan sospechas extrañas.
—¡¿Qué?! —dijo Jorah con los ojos ampliamente abiertos, pero Priscilla lo ignoró.
Había asumido este peligroso papel y lo llevaría a cabo hasta el final. Con la mirada ansiosa de Jorah fija en ella, siguió a Ubilk al balcón, donde la brisa nocturna los acariciaba. El puente levadizo seguía levantado, como lo había estado desde hacía varias horas, aislando Ginunhive del mundo exterior.
Pero había algo que también era diferente de lo que ella recordaba. Que era…
—Parece que las tropas del emperador han acampado en la orilla opuesta. Se ven pequeñas luces por allí —dijo Ubilk, sombreándose los ojos con la mano.
Y, efectivamente, se veían fogatas titilando en el lejano continente. Cuando llegaron a la capital las noticias sobre los acontecimientos en Ginunhive y las demandas de los gladiadores, evidentemente se había enviado al ejército para rodear el lago. La brisa traía consigo una sensación de expectación casi palpable mientras los soldados se preparaban para la batalla.
—La vi hablando con Ghajit y los otros. No son muy rápidos a la hora de actuar, ¿verdad? Sé cómo se debe sentir, de verdad. Pasé cinco años convenciéndolos de que dejaran de dar largas.
— No oses comparar tu sofisma con mi grandeza, plebeyo. Tal atrevimiento es afrenta hacia mí.
—¿Sofisma? Eso me dolió —dijo Ubilk. Pero luego se rio entre dientes—. Así que soy un plebeyo irrespetuoso, ¿no? —Se apoyó en el barandal del balcón.
Se estaba volviendo terriblemente vulnerable. Sí, había un guardia a cierta distancia, pero si Priscilla entraba en acción, el guardia nunca llegaría a tiempo. Como el propio Ubilk dijo, no era un luchador. Arrebatarle la vida al chico lindo habría sido sencillo para Priscilla. Pero entonces…
—No significaría nada, ¿o sí? Hemos llegado hasta aquí. Cortarme la cabeza ahora no lo detendría. Solo di un pequeño empujón.
—Jum. Un empujón. ¿Y a quién, exactamente, le has dado ese empujón?
—Oh, a quienquiera que estuviera cerca. A cualquiera que no pareciera tener mucho en qué pensar —Ubilk se rio en voz alta.
Después tomó el dobladillo de su propia camisa y comenzó a levantarla. Era el atuendo sencillo y tosco de todos los cautivos de la isla, y al subirla, reveló su cuerpo delgado y huesudo.
Priscilla frunció el ceño, pero pronto se dio cuenta de que él no se estaba desnudando simplemente por el gusto de hacerlo. Le estaba mostrando algo. Algo que explicaba cómo había logrado avivar las llamas de esta rebelión.
Allí, en medio del pecho de Ubilk, había un tercer ojo, cerrado en ese momento.
—El Clan del Ojo Maligno.
—Precisamente. Una visión poco común, ¿verdad? No quedan muchos de nosotros. Soy uno de los pocos supervivientes —Ubilk dejó caer la camisa y levantó las manos en una postura burlona de «te voy a atrapar». Priscilla no reaccionó en absoluto, pero cruzó los brazos, apoyando los codos en las manos.
Incluso entre los semihumanos, el Clan del Ojo Maligno poseía habilidades excepcionalmente raras. Tenían un tercer ojo, comúnmente conocido como Ojo Maligno, en algún lugar de su cuerpo, y este les otorgaba una serie de poderes. Era similar a una Protección Divina; visto de otra manera, se podría decir que el Clan del Ojo Maligno era un pueblo que siempre manifestaba una Protección Divina.
Las Protecciones Divinas no eran exactamente magia, y un pueblo que siempre nacía con lo que era efectivamente una de ellas resultaba una perspectiva apetecible para aquellos que deseaban utilizar esos poderes para sus propios fines. Había habido más de una batalla en la historia de Vollachia para controlar al Clan del Ojo Maligno. Y muchos miembros del clan, tratados como tesoros que se robaban una y otra vez, perecieron en las guerras…
—Ahora se supone que el Clan del Ojo Maligno está prácticamente extinto —observó Priscilla—. Se les considera casi tan raros como los Oni.
—Está bien informada. Sí, soy miembro de ese clan tan raro. Aunque, ejem, las razones por las que le gustaba al Señor de la isla no tenían nada que ver con mi Ojo Maligno.
—Eres un prostituto.
—Es vergonzoso, pero es verdad —Ubilk se rascó la mejilla y, por primera vez, parecía que realmente hablaba desde el corazón.
Priscilla, en cambio, desestimó su vergüenza con un —Jum. ¿Qué necesidad hay de avergonzarse?
—¿Qué?
—Toda vida busca labrarse un lugar utilizando las habilidades que posee. Y si tú te labraste el tuyo sin un arma, entonces debiste hacerlo con tu ingenio. Y eso demuestra que no eres una bestia, sino un ser humano.
Lograr la victoria cuando ambos oponentes se mostraban los colmillos era demostrar que se era físicamente fuerte. Pero usar la inteligencia en lugar de los colmillos demostraba no la fuerza física, sino la intelectual. No es que una fuera inherentemente mejor que la otra. Cada una tenía su lugar.
—Ya veo… Usted es bastante lista —dijo Ubilk.
—Por supuesto que lo soy, cretino. ¿Por quién me tomas?
—Bueno, esa es una pregunta difícil —sonrió Ubilk con tristeza a Priscilla.
Por la forma en que hablaba, por la que hinchaba el pecho, sospechaba que ella sabía lo que él iba a decir a continuación. Si Ubilk hubiera fabricado esta situación con la esperanza de capturar a la gran condesa Serena Dracroy, ya se habría dado cuenta.
—Sea quien sea en realidad… No es la gran condesa Serena Dracroy, ¿verdad, señorita?
—No pierdas el tiempo afirmando lo evidente. ¿Acaso tu cabeza es tan hueca como la de todos tus compinches? —No había ninguna malicia en particular en la respuesta de Priscilla.
Los hombros Ubilk se encogieron, y dijo:
—Pensé que intentaría hacerse la tonta. En cambio, lo admitió sin tapujos ni reparos…
En realidad, a Priscilla no le importaba que Ubilk hubiera descubierto su mentira. No esperaba que su máscara durara mucho tiempo. Por su parte, Ubilk, que tenía cuidado de mantener esta conversación fuera del alcance de los oídos de los guardias, no parecía tener intención de revelar a los demás gladiadores quién era realmente Priscilla.
En cierto sentido, era una estrategia de negociación por su parte. Sabía que ella no era quien decía ser, pero no se lo diría a nadie. Y a cambio…
—Necesito que se mantenga alejada de mí durante un tiempecito, señorita.
—Muchachito necio. Incluso tú deberías comprender que tu efímera rebelión será pronto reducida a polvo. Con puente levadizo o sin él, esas huestes que aguardan al otro lado hallarán la manera de cruzar el lago tarde o temprano. Es solo cuestión de tiempo.
Ubilk sonrió y dijo en voz baja:
—Sí. Y tiempo es precisamente lo que quiero.
En ese momento, de entre el torbellino de preguntas de Priscilla surgió una respuesta que le pareció lógica.
—Así que eso es lo que buscas— dijo ella.
Ahora entendía por qué Ubilk había instigado este levantamiento, sabiendo perfectamente que sería aplastado. Sabía por qué quería ganar tiempo tan desesperadamente.
Él la miró sorprendido. Sus palabras murmuradas habían delatado que ahora ella conocía su plan.
—Vaya, vaya. ¿Eso es todo lo que le hizo falta para descubrir lo que buscaba? Y… ¡Y! Lo extraño es que no dudo de que esté diciendo la verdad. Es extrañamente persuasiva en ese sentido.
—No me importa en lo más mínimo si me encuentras persuasiva o no. La pregunta es: ¿qué vas a hacer? Ahora que he averiguado tu plan, ¿qué va a pasar?
—Sí que estamos en un aprieto. Y yo que pensaba que usted tenía todo bajo control —dijo Ubilk, rascándose la cabeza y sonriendo con un toque de amargura.
Bajo su camisa, el Ojo Maligno de su pecho estaba fijo en Priscilla. Si fue el Ojo Maligno lo que le permitió provocar esta rebelión, entonces su poder debía estar relacionado con la capacidad de sentir las emociones de los demás, una habilidad peligrosa.
Por otro lado, Ubilk sacudió su cabeza hacia los lados y dijo:
—No. Mi Ojo Maligno no hace nada tan conveniente. Y dudo que funcionara con usted. Así que supongo que lo más sensato sería silenciarla…
—… —Priscilla no dijo nada.
—… pero una duda persistente no me deja hacerlo. Y por eso… —Ubilk llamó a los guardias con un chasquido de sus dedos.
Aparecieron dos hombres, uno grande con armadura completa y otro más bajo con el torso descubierto.
—Por favor, escolten a la dama a una habitación separada de su marido. Y traten de ser educados al hacerlo.
—Educa’os. Buen chiste —dijo el hombre más pequeño, con una risa chirriante que sonaba como un insecto zumbando en su boca—. Si eso es lo que siempre somos por aquí. «Educados».
—Bueno, ella es nuestra carta de triunfo —Ubilk volteó y miró a Priscilla. Sus ojos eran tan profundos que era imposible saber qué emoción albergaban—. Voy a tener que pedirle que se quede con nosotros por un tiempo. Aunque admito que puede parecer arrogante, teniendo en cuenta que los Nueve Generales Divinos van a reducir este lugar a cenizas.
—Joh. ¿Así que cuentas con un plan? ¿Algo que frustrará a los propios Generales del emperador? —Cuestionó Priscilla levantando una ceja.
—Solo digamos que usted tiene a su emperador… y nosotros a nuestra Emperatriz.
La palabra emperatriz llamó la atención de Priscilla. Si había alguien en esta isla a quien se le llamara así, o era la bufona más ridícula del mundo o…
—… alguien lo suficientemente fuerte como para desafiarlo por el trono imperial.
Sección 16
Glug glug, glug glug.
El paisaje pasaba a toda velocidad. Bueno, eso no era del todo exacto. En realidad, no había nada lo suficientemente llamativo como para llamarlo «paisaje» en los alrededores, y no era lo que les rodeaba lo que se movía, sino ellos mismos.
Solo un hombre manco de mediana edad llamado Al siendo arrastrado por el agua del lago a una velocidad fantástica.
—¡¿Blurg?! —exclamó cuando la natación se detuvo abruptamente.
Incapaz de detener por completo su impulso, Al salió volando del agua y rodó por una superficie dura. Se detuvo boca arriba en el suelo frío, donde llenó con avidez sus pulmones con todo el oxígeno que pudo.
—Ohh… Ohh… ¡Pensé que sí me les iba! —jadeó Al, reflexionando sobre el hecho de que había estado muerto de miedo y a punto de morir.
Una de las razones era, por supuesto, que no podía respirar bajo el agua, pero la segunda era que se había encontrado con la mirada de más de una mabestia nadando por el lago.
Allí abajo era, literalmente, un mundo diferente, y pertenecía a esos tipos, que consideraban el agua su hogar. El mero hecho de que Al hubiera sobrevivido y fuera arrastrado hasta la pequeña roca donde Arakiya lo encontró fue posible únicamente gracias a una sarta de pequeños milagros.
“Es ridículo pensar cuántas veces debí haber sido destrozado por esas criaturas”, pensó Al.
Hubo un chapoteo cuando Arakiya lo siguió fuera del agua.
—Llegamos —dijo ella.
—Gracias, eso veo. Y toma… ponte esto —dijo Al, frunciendo el ceño a la aún desnuda joven, quien no mostraba vergüenza alguna, y le lanzó su propia camisa raída.
Estaba empapada, cubierta de sangre y llena de agujeros, pero sin duda era mejor que ir por ahí con una chica desnuda. Arakiya, por deferencia hacia los sentimientos de Al, rasgó la camiseta en dos, envolviendo una parte alrededor de su pecho y la otra alrededor de su cintura, eliminando así los aspectos más problemáticos de su escasez de ropa.
Una vez resuelto el problema lógico, Al inclinó la cabeza y dijo en voz baja:
—De vuelta en casa, y solo han pasado unas horas… aunque este lugar me resulta inquietante. —Contempló la Isla de los Gladiadores, sobre la que se había extendido un manto de silencio.
Él y Arakiya habían arribado en el vertedero de la parte baja de la isla, un sencillo embarcadero desde el que se arrojaban al lago la basura, los desperdicios y cualquier otra cosa innecesaria que se generaba en la isla para alimentar a las mabestias. A pesar de su acceso directo al lago, no había guardias que vigilaran si algún soldado imperial intentaba infiltrarse por allí. Las mabestias acuáticas eran guardias suficientes, por lo general.
—Deben de pensar que nadie estaría tan loco como para intentar entrar por aquí.
—Este lugar… ¿Para qué es?
—Es donde botan la basura de la isla. Comida podrida, mierda humana… y cualquier persona que se haya convertido en desperdicio.
—¿Una persona que se haya convertido… en desperdicio?
—Hablo de cadáveres. Las mabestias se los llevan. Es muy… eco-friendly, ¿sabes? —dijo Al.
—… —Arakiya parecía profundamente perturbada.
Independientemente de lo que ella pudiera pensar, Al consideraba que era una forma muy razonable de manejar las cosas. Al fin y al cabo, mientras los gladiadores tuvieran que pelear entre sí para entretener a los espectadores, la isla seguiría generando cadáveres. Toda la isla estaba dedicada a los combates, no podían reservar terreno para enterrar a nadie. Además, ¿quién iría a visitar las tumbas aunque las hubiera?
Por todo lo anterior, era la forma más eficaz de ocuparse de los muertos.
—Por supuesto, de vez en cuando hay algún espectador con gustos… peculiares que compra uno de los cadáveres.
—¿A los cadáveres? ¿Y qué hacen con ellos?
—Oye, no todos los gladiadores son unos brutos grandes y feos como yo. A veces hay algún tipo guapo, e incluso alguna que otra mujer atractiva que pasa por aquí. Pero todos mueren cuando les llega la hora. Si mueren guapos, hay gente que paga por ellos.
Incluso Al había oído hablar de gente que compraba los cuerpos de semihumanos raros para disecarlos; no eran pocos los miembros de clanes inusuales que pasaban por la isla de los gladiadores.
En cualquier caso, salvo aquellas pocas almas pobres que seguían siendo degradadas incluso después de la muerte, la mayoría de los cadáveres eran arrojados al lago, donde se convertían en nutrientes para las mabestias y entraban en la cadena alimenticia.
—No estoy seguro de que una cosa sea mejor que la otra después de morir —dijo Al.
En lo que a él respectaba, no creía que le importara mucho después de morir si su cuerpo se convertía en un juguete o se lo daban de comer a las bestias. Estar muerto es estar muerto; después de eso no quedaba nada.
No quedaba nada, pero existía un ciclo natural adecuado.
—¿Jum? ¿Qué pasa, muchacha? No dejas de mirarme.
Arakiya, ajena a los pensamientos y sentimientos de Al en ese momento, tenía la mirada clavada en él, con un ojo en el que ardía una chispa y otro en el que se había apagado la luz.
—No está mal… creo —dijo ella.
—¿Jum? ¿Qué no está mal?
—Tu cara —dijo de forma insegura—. Sí, tu cara. No creo que seas un bruto feo.
Al se quedó sin palabras: de todo lo que había pensado que ella podría decir, eso no era. Por un lado, le sorprendió que Arakiya se fijara en el aspecto físico de un hombre, y más aún que siguiera con el tema por consideración hacia él. O tal vez no fuera realmente ninguna de esas cosas; quizás, a su manera, simplemente estaba diciendo lo que tenía en mente, pero incluso eso sería sorprendente en cierto modo.
A Al no le gustaba mucho su propia cara. De hecho, lo odiaba un poco. Casi hubiera preferido mantenerla oculta, si pudiera.
—… El puente levadizo. La cosa que hay que mover… ¿dónde está? —mientras Al trataba de averiguar de qué forma decir gracias, Arakiya ya había cambiado de tema.
Eso decidió la suerte de Al: dejó de preocuparse por las palabras de agradecimiento y levantó la barbilla.
—Es eso. ¿Ves la gran torre que hay junto al puente levadizo? Es la torre de control del mecanismo del puente. Si consigues entrar ahí, no debería ser nada difícil bajar el puente.
—… —Arakiya miró hacia donde Al había señalado, forzando la vista para ver mejor la torre.
Si subía allí y bajaba el puente, las tropas imperiales cruzarían en masa desde la orilla opuesta y esta rebelión armada sería reprimida en un instante. Los gladiadores que habían dejado que Ubilk los convenciera de formar parte de su descabellada idea, de su imprudente lucha, serían aplastados, probablemente aún fantasiosos.
—Y eso significa que todos los que conozco probablemente desaparecerán de golpe… igual que hace cuatro años —dijo Al—. Oye, espera. ¿También me van a culpar a mí por esto? ¿Acabarán conmigo al instante?
—Está bien… Hablaré con ellos. Probablemente no lo olvidaré. Sin duda.
—¡Eso es un poco vago para mi tranquilidad! De todos modos, y… —pero entonces Al dejó de hablar, porque Arakiya lo estaba mirando de forma extraña a pesar de su mueca.
Por mucho que le costara admitirlo, Arakiya no tenía ninguna garantía de que pudiera reunirse con sus compañeros de forma segura. De hecho, podía esperar que la torre de control estuviera custodiada por la Emperatriz Gladiadora, Hornet, a quien Al había dicho que era imposible de vencer.
—… —Al no pretendía fingir que su propia fuerza fuera algo despreciable, pero Hornet era la luchadora más poderosa de la Isla de los Gladiadores.
En su mente, le parecía increíblemente plausible que incluso pudiera pelear contra los Nueve Generales Divinos —los guerreros más fuertes del imperio— en igualdad de condiciones. Si el plan de Ubilk tenía alguna esperanza de tener éxito, significaba contar con alguien con destreza en el combate que pudiera igualar a los Generales cuando llegaran a la isla. Para llevar al Imperio de Vollachia a la mesa de negociaciones, necesitarían la fuerza necesaria para no ser aplastados por la espectacular violencia del gobierno.
Hornet tenía que ser la clave del plan de Ubilk. Desde esa perspectiva…
—En verdad no creo que puedas vencer a Hornet, pequeña.
Arakiya era más fuerte que Al, o al menos eso sospechaba. Pero Hornet era más fuerte que «cien Als». No había forma de que Arakiya pudiera vencer a ese monstruo.
Pensó que debían retirarse, ir a buscar a los Nueve Generales Divinos, que supuestamente esperaban en la otra orilla. Arakiya podía arrastrarlos hasta aquí a través del agua, de la misma manera que lo había hecho con Al.
—Creo que… nadar sería difícil. En una distancia corta, podría estar bien, pero…
—Me imagino que no es muy realista pedirles aguantar la respiración durante diez o quince minutos, ¿no? Pero no estoy seguro si es mejor pensar que puedes vencer a Hornet —comentó Al tras interrumpir a Arakiya.
—Estoy pensando. Si no puedo ganar… entonces no pelearé.
—¿Qué? —Al parecía sorprendido, pero Arakiya tomó algo del aire: un espíritu menor, que brillaba tenuemente. Sin dudarlo un instante, se lo metió en la boca y masticó al ser incorpóreo.
—…
Le había dicho a Al que era una «Devoraespíritus». Podía consumir a los innumerables seres conocidos como espíritus que flotaban en el aire, incorporándolos a su cuerpo y adquiriendo sus características. Así era como se había convertido en una especie de espíritu menor de agua para cruzar el lago de forma segura. De hecho, no sería exagerado decir que se había convertido en agua, nadando a una velocidad que superaba con creces a la de cualquier persona normal. ¿Cómo podía Al no creer su explicación? Ella lo había arrastrado a través del lago a una velocidad tremenda.
Así que, para cruzar el lago, Arakiya había consumido un espíritu de agua. En ese caso, para llegar a la torre de control y bajar el puente levadizo, consumiría…
—Un espíritu de viento.
—Oye, espera, no puedes hablar en serio… —mientras Al observaba, el cuerpo de Arakiya comenzó a transformarse en viento. Lo que significaba que poco a poco se volvía invisible.
Si forzaba la vista, Al podía ver la silueta de Arakiya, pero solo porque sabía qué buscar.
—Guau, puedes hacer cualquier cosa con esas cosas. Qué conveniente. Creo que a partir de ahora voy a empezar a alimentarme de los espíritus.
—No te lo recomiendo… Puedes terminar desapareciendo.
—Ahh, así que es de ese tipo de cosas, ¿eh? No puedes mantener tu identidad y entonces… ¡puf!
Entendió que, para fusionarse con los espíritus como un «Devoraespíritus», se requería un sentido de identidad absolutamente inquebrantable. Y si la clave era el sentido de identidad, bueno, ella tenía razón: él no servía para eso. Al era prácticamente el ejemplo perfecto de no saber quién era en realidad.
—Va a ser un desastre si subes allí y descubres que Hornet ni siquiera está dentro.
Después de todas sus advertencias sobre lo poderosa que era, si Hornet no estaba en esa torre de control, sería realmente decepcionante. Aunque eso también facilitaría mucho a Arakiya el logro de su objetivo.
Por otro lado, Arakiya ni siquiera sonrió ante la pequeña broma de Al. En cambio, la joven translúcida miró hacia la torre y dijo:
—No. Ella está allí.
Sección 17
Al y Arakiya, llenos de dudas y cautela, regresaron a la isla en poco tiempo. Se dirigían a la torre de control, aunque fue puramente por circunstancias que Al se quedara con Arakiya. Quería devolverle el favor por haberle salvado la vida, pero una vez que sintiera que había saldado su deuda, planeaba separarse de Arakiya para vivir una vida diferente.
A esas alturas, ya le había enseñado cómo bajar el puente levadizo, la ayudó a moverse por la isla y le dio suficiente ropa para que la gente no la tildaran de pervertida. Pensaba que todo eso era una gran ayuda. No le quedaba mucho por saldar.
—¡Argh! —mientras Al observaba, el hombre de cabello corto que tenía delante se desplomó, con sangre brotando de su cabeza.
Otro hombre que había estado hablando con él reaccionó conmocionado ante la repentina y violenta muerte de su compañero de plática. Pero no era tarea de Al explicarle lo que había pasado, ni calmar su corazón herido. En cambio, le arrebató el cuchillo que el hombre asustado llevaba en la cintura, lo sujetó con el mango hacia atrás y se lo clavó en el corazón para después girarlo con fuerza.
Los dos guardias murieron sin emitir ningún sonido, con cinco segundos de diferencia entre uno y otro.
Tal vez podrían continuar su conversación en otra vida.
Al dejó escapar un sonido de admiración mientras se limpiaba la sangre del cuchillo con la camisa, diciendo:
—Fiuf. Hacerse invisible. Eso sí que es una ventaja injusta.
—Y tú… Eres más fuerte de lo que pensé. Aunque solo tengas un brazo —respondió Arakiya, apenas visible.
Al pensó que tal vez su valoración era demasiado sincera, pero decidió tomárselo como un cumplido.
En cualquier caso, los uniformes de los guardias estaban demasiado manchados de sangre como para poder ponérselos, así que parecía que el viejo Al iba a tener que continuar esta misión secreta a medio vestir.
— Vaya, de verdad que se han apoderado de esta isla, ¿no? —dijo Al.
—¿Pensabas que mentía?
—Digamos que esperaba estar… soñando.
Al no había querido a nadie en la isla, ni siquiera tenía amigos. No, eso no era cierto. El guardia llamado Auran fue su amigo. Al lamentaba su muerte desde lo más profundo de su corazón. Pero eso era todo. Después de diez años como gladiador, Auran era la única persona por la que Al sentía algún afecto. Por lo demás, realmente no había nada aquí para él. La razón por la que esperaba que fuera un sueño era porque todo se había puesto de cabeza, incluida la vida de Auran.
—Me pregunto qué haré después…
Al menos en cierta medida, habría cambios en la isla una vez que todo esto terminara. Lo único que quería que permaneciera igual ya había cambiado, y habría más cambios por venir. Si eran inevitables, ¿por qué iba a quedarse aquí? ¿Qué había logrado en la década de su vida que había pasado en esta roca?
—Ni una mierda, solo eso. No hice nada y probablemente tampoco lo haría en el futuro.
Había pasado sus días como la hierba que mece el viento, como una hoja que se desliza sobre un estanque a capricho de la brisa. Nunca había tenido siquiera la imaginación para vislumbrar qué le esperaría al final de todo…
Mientras Al estaba junto a los guardias a los que había eliminado, de repente habló Arakiya:
—Ahí.
Al contuvo el aliento y miró en la dirección que ella señalaba. Vio losas de piedra, la torre de control rodeada de muros tanto naturales como artificiales, y al pie de ellos…
… había una figura muy, muy grande, dándoles la espalda.
—¡…! —Al casi se ahogaba, presa de una sensación como si le hubieran atrapado el corazón en un tornillo de banco.
Se apresuró a esconderse en las sombras junto a la pared. Solo había asomado la cabeza un segundo. Era imposible que alguien que estuviera de espaldas pudiera haberlo visto, y ni hablar de Arakiya. Imaginarse lo que pasaría si ella hubiera estado mirando en su dirección en ese instante…
—Ahh… ahh… —Al se dio cuenta de su respiración entrecortada mientras se colocaba una mano en su pecho, que de repente volvió a dolerle.
Había mirado a la muerte a los ojos una y otra vez y había vivido para contarlo, pero en ese momento se sentía abrumado por un terror casi irresistible a la muerte. No era que temiera experimentar el sufrimiento y la desesperación una y otra vez. Podría enfrentarse a ellos decenas, cientos, incluso miles de veces, siempre y cuando supiera que acabarían algún día. Pero, ¿y si no terminaban nunca? Al —Aldeberan— sabía que en este mundo había algunos enemigos que no podían ser derrotados. Algunos muros que nunca podían ser sorteados.
La Emperatriz Gladiadora era una de ellas.
—… ¡Ja! —Con ese pensamiento, Al rio burlonamente, reactivando sus pensamientos congelados.
¿Qué le hacía estar tan seguro de que ella no podía ser derrotada, que no podía ser vencida? Al no era quien tenía que pelear contra ella. Le había dicho a Arakiya que llegaría un momento en el que habría hecho lo suficiente para devolverle el favor. Había llegado el momento de huir con la cola entre las patas.
Sabía que, si ella lo veía, vendría a matarlo de nuevo. No quería pasar ni un segundo más al alcance de sus colmillos venenosos, quería salir de allí.
—Oye… Muchacha… Lo siento mucho, pero esto es lo más lejos que puedo llegar.
—… —Arakiya no dijo nada.
—Ella casi me mata una vez… Diablos, más bien unas cien veces. En mí no hay nada que pueda hacer contra ella.
Así fue como Al le dijo a Arakiya que abandonaba el campo de batalla, esperando que ella lo reprendiera por ingrato. Pero incluso si Arakiya lo atacaba furiosa allí mismo, sería mejor que enfrentarse a ese monstruo en otro combate a muerte. Ese monstruo podría ser un muro infranqueable, pero Arakiya… él creía que podía encontrar la manera de vencerla.
Resultó que los nervios de Al eran infundados. Arakiya simplemente dijo:
—Mjum. Entendido. Gracias.
Su respuesta sincera lo dejó parpadeando, pero no detectó ningún cambio en la actitud de Arakiya. Ella aceptó su cobardía con total naturalidad y simplemente lo excluyó de la fuerza de combate que tenía a su disposición.
No obstante, esto también indicaba que ella no iba a retroceder ante esa bestia…
—Escucha, niña, ríndete. Nadie te culpará. Al menos, yo no lo haré. ¿Me oyes, verdad?
—Probablemente sea fuerte.
—No hay ningún «probablemente». De verdad lo es. Es al menos la tercera o cuarta criatura más fuerte que he encontrado en mi vida.
—¿Cuáles son la primera y la segunda?
—No quiero pensar en ellas.
Tenían una cosa en común: todos esos monstruos habían hecho que su corazón se sintiera como si se estuviera congelando en su pecho. El tan solo pensar en enfrentarse a ellos lo hacía morir un poco en su interior. Después de todo, había sido imposible. No importaba cuántas veces, no importaba cuántos cientos o miles de veces peleara contra ellos, seguiría siendo imposible.
Porque sabía que en este mundo había algunos muros que eran imposibles de superar.
—Escucha, niña… —comenzó Al, pero su sermón de hombre maduro no pudo detener a la precipitada joven con futuro.
—Adiós —dijo Arakiya, y entonces su cuerpo casi invisible se fundió con el viento mientras se dirigía a la torre de control, literalmente tan rápida como la brisa.
La larguirucha guerra que tenían delante seguía dándoles la espalda; estaba contemplando el lago. Arakiya estaba a punto de pasar sigilosamente a su lado cuando…
—Oh, vaaaya. Qué brisa tan extraña.
Arakiya no iba a pasar simplemente en sigilo. Algunas personas eran sobrehumanas; vivían en un mundo más allá de la experiencia ordinaria. Hornet era una de esas personas. ¿Qué sutil cambio había detectado en el viento? Fuera lo que fuera, se dio la vuelta y lanzó sus espadas —sus propios brazos— directamente a través de la brisa. El golpe horizontal parecía amplio, sin dirección, pero alcanzó a Arakiya justo en el pecho. La habría partido en dos si no se hubiera defendido. Pero detectó el aura de la muerte que se avecinaba y flotó en el aire, esquivando el golpe.
No obstante, ese no fue el final de la danza de la muerte.
—¡Vaya! ¡Vaya, vaya, vaaaya! —Hornet casi parecía cantar mientras continuaba con su danza macabra, desprendiendo maldad.
—¡…! —Arakiya, una con el viento, podía moverse mejor y más rápido de lo que pudo haber esperado, pero Hornet la presionó con golpes despiadados de sus espadas —que eran sus brazos— hasta que Arakiya quedara casi acorralada.
Ella intentó desesperadamente evadir la espiral de la muerte; era obvio que estaba librando una batalla monumental, pero Hornet seguía jugando.
Lo cual no quería decir que no estuviera disfrutando de la pelea. El asesinato era su pasatiempo, y el tormento, era uno de sus favoritos. Por lo tanto, el intercambio de ataques y defensas que le permitía acorralar a Arakiya era parte de un ritual para su placer.
—Yo… —comenzó Al, pero no se atrevió a decirlo en voz alta.
“Te lo dije.” Ella había sido imprudente, sí; era obvio que esto iba a suceder. Pero había sido decisión de Al no detener a la joven por la fuerza.
Por supuesto, existía la clara posibilidad de que no hubiera podido detenerla aunque lo hubiera intentado, pero así era como pensaban las personas que solo tenían una oportunidad en la vida. Eso no se aplicaba a Al.
Si hubiera querido, podría haberla detenido. Y aun así, no lo hizo.
Al ya no tenía ningún deseo de gastar sus energías tratando de doblegar la voluntad de los demás. Por eso había visto a la chica ir a una batalla en la que sabía que moriría, por eso se había limitado a observar la pelea a sabiendas y por eso vería cómo la chica encontraba un final sangriento.
—…
Algo en lo más profundo de su ser le dolía; era como si un peso tremendo fuera a aplastarle el corazón. Si eso era un síntoma del estrés de enfrentarse a algo profundamente difícil de soportar, ¿por qué estaba allí, observando algo que no quería ver? No por ninguna razón heroica, como querer ver las consecuencias de sus decisiones. No era una persona lo suficientemente relevante como para tener razones tan importantes como esa.
Era solo un hombre de mediana edad con un arma lamentable y toda una vida evitando de alguna manera cualquier herida mortal, aunque aún conservaba las cicatrices de tantas otras. Su espíritu estaba quebrantado. Ni siquiera podía soñar.
No tenía motivos para pelear ni nada que lo llevara a ganar. No tenía ninguna motivación para pelear contra nada.
Y aun así, Al…
—Oh.
—¡Vaya!
La gran espada descendió en un golpe imposible de esquivar.
La sangre bailó en el cielo nocturno.
El vínculo de la chica semidesnuda con el viento se rompió; tropezó hacia atrás y cayó sobre las losas. La Emperatriz Gladiadora miró a la chica salpicada de sangre y le dedicó una dulce sonrisa.
—Pero sí que eres una cosita de lo más linda, ¿o no? No te reconozco… Me pregunto cómo llegaste aquí.
—…
Hornet inclinó la cabeza con curiosidad, pero la chica no dijo nada, solo la miró fijamente con un único ojo escarlata que ardía de hostilidad. La sonrisa de Hornet se hizo más profunda.
La sangre que goteaba tiñó de rojo el precioso cabello plateado de la niña y salpicó su piel morena, que parecía latir con el combate.
Hornet levantó sus espadas, saboreando lo que iba a hacer a continuación…
—Muy bien, ya fue suficiente —dijo alguien justo antes de que pudiera bajar las armas. ¿Quién interrumpía su diversión?
En cambio, su molestia se desvaneció cuando vio al dueño de la voz.
—¡Vaya, vaya, vaya! —sus ojos se abrieron ampliamente al reconocer con placer la figura iluminada por la luz de la luna.
Al igual que ella, carecía de alguna extremidad para tenerlas todas; de forma parecida a ella, tenía ese inusual cabello negro; y al igual que ella, había logrado sobrevivir en este lugar de muerte…
—¡Aldeberan! —dijo ella.
—No me llames así —espetó él—. Bah, ¿a quién le importa? Tengo un sentimiento como si quisiera morir —dijo Al, apuntando con su daga a Hornet.
Era un arma corta y tosca, mucho más corta que la enorme espada que solía usar. Y así, el hombre que había huido de ella en la arena, el que acababa de evitar sufrir heridas graves, regresó tras ella.
—¡Vaya! Esto es inesperado. ¡No sabía que mi dulce y pequeñito Al fuera un hombre tan apasionado!
—No soy para nada apasionado. Es que la chica es demasiado bonita como para dejarla morir tan joven… y ver su sangre en ese cabello plateado me repugnó más de lo que esperaba. Y…
—¿Siií? —dijo Hornet, arrastrando la pregunta.
Al frunció el ceño, pero después soltó una siniestra risa entre dientes. Hornet le devolvió la sonrisa, sintiendo un agradable escalofrío recorriendo su espalda.
Mientras permanecían allí, sonriéndose el uno al otro, Al dijo:
—Tus estrellas eran… Nah. Es mi humor lo que es malo el día de hoy.
Sección 18
—El veneno ya debería estar haciendo efecto —murmuró Priscilla desde su silla.
—¿Qué raios? —dijo el hombre pequeño y a medio vestir, abriendo ampliamente los ojos.
Era uno de los dos guardias que habían sido asignados a Priscilla después de su conversación con Ubilk en el balcón, cuando ella y Jorah habían sido llevados a habitaciones diferentes. El otro guardia, un hombre grande con armadura completa, permanecía en silencio, pero ella había captado su atención. A ambos les preocupaba lo que ella había dicho.
Levantó un dedo con un ademán ostentoso para que pudieran verlo, y dijo:
—No es difícil. Se los explicaré para que incluso ustedes, cretinos de pocas luces, puedan comprenderlo: el veneno es figurativo. No hay ningún veneno «real» circulando por ningún sitio. Mas hay algo que carcome la vida, que roba la vitalidad incluso mientras hablamos.
—Cuanto más hablas, menos senti’o tiene lo que dices. ¡Pero sé cuándo alguien se burla de mí!
La habitación en la que se encontraba Priscilla dejaba mucho que desear en cuanto a opulencia en comparación con la cámara del Señor de la isla. El hombre pequeño, al que le había tocado el aburrido turno de guardia, empuñó una daga en cada mano y miró a Priscilla con ira. Su enojo por las palabras de ella se reflejaba en su fea cara, al igual que su deseo de descargar esa ira sobre ella.
No obstante…
—Si esperas amenazarme, llegas demasiado tarde —declaró Priscilla.
—¿Seh? A ver cuánto tiempo pue’es seguir hablando así, pequeña…
—Nah, creo que se seguirá hablando así hasta el día de su muerte —dijo alguien, interrumpiendo al hombre pequeño que gritaba.
Él dio un salto hacia atrás, listo para pelear, pero fue alcanzado por una estocada de lanza, un solo golpe que le atravesó la cara y le quitó la vida. Cayendo en el acto.
En ese mismo instante, el hombre grande se desplomó sobre la alfombra roja con un estruendo ensordecedor por su armadura. Eso fue gracias al hombre con el sable y el extraño corte de cabello: Ghajit, que había matado a otro gladiador.
Acompañándolo en la sala estaba…
—Sabes cómo hacer esperar a una mujer —comentó Priscilla.
—Ay, me apuré, de verdad. Pero primero, Miles tuvo que darme una buena paliza, y después la gran condesa me dijo que esperara el momento oportuno…
—Cesa las excusas. Al menos tienes mi elogio por llegar antes de que el veneno surtiera su efecto —eso fue todo el agradecimiento que Priscilla le ofreció al desanimado Balleroy. Después volteó y miró a Ghajit.
Él era una de las gotas de veneno que Priscilla había vertido. Ahora sacudía la sangre de sus compañeros de su sable, chasqueando la lengua cuando vio que ella lo miraba.
Presumiblemente, todo eso demostraba que había elegido luchar contra sus circunstancias para tomar el control de su propio destino. Si Ghajit se había puesto en marcha, lo más probable era que los gladiadores que estaban en la habitación con Jorah también hubieran tomado una decisión.
—Aunque existe la posibilidad de que estén todos muertos, junto con mi amado marido.
—Ay, no diga eso, que me asusta. La gran condesa me dijo que protegiera también al conde Pendleton, ¿sabe?
—Entonces será mejor que nos pongamos manos a la obra —dijo Priscilla con consumada indiferencia.
Se levantó, enderezándose el vestido al hacerlo. Ya se había cansado de los entretenimientos efímeros de esta revuelta y tenía una idea bastante clara de lo que tramaba su líder, Ubilk. Todo ello significaba que ya no podía esperar que la situación la salvara del aburrimiento.
En consecuencia, Priscilla Pendleton solo tenía una cosa que hacer…
—Para su acto final, debo honrar esta tosca presentación con la flor que yo misma represento.
Sección 19
Con la pálida luz de la luna a sus espaldas y la torre de control del puente levadizo delante, se enfrentó a su enemigo más poderoso.
—…
Era bastante dramático, si se permitía decirlo, pensó Al con pesar. Un espadachín manco con una joven ensangrentada a su lado. Era como algo salido de una leyenda heroica o una saga… si ambos salían con vida, claro estaba. De lo contrario, bueno, entonces podría ser una de las grandes tragedias que tan a menudo se encuentran en estas historias. Si no hubiera sido él, sino algún guerrero más poderoso y apuesto, sin duda aquel momento habría sido digno de un cuadro.
—Je, supongo que este momento también podría ser un cuadro. Uno de esos sobre el infierno —dijo Al con amargura.
Luchó contra una punzada de remordimiento mientras apuntaba con su daga hacia delante. En una situación en la que incluso su amado liuyedao lo habría puesto en desventaja, verse reducido a depender de esta lamentable excusa de arma era aún más deprimente.
Al empezó rápidamente a tener dudas sobre su decisión. Mientras tanto, Hornet le dedicó una de esas brillantes sonrisas.
—Mal humor, ¿eh? —le dijo la Emperatriz Gladiadora con una risa burlona.
Entre su complexión alta y las dos espadas enormes que surgían de los muñones de sus brazos, casi parecía tres personas paradas una al lado de la otra. Al se descubrió pensando una vez más en qué figura tan extraordinaria proyectaba.
Un oponente verdaderamente fuerte es alguien a quien puedes ver y darte cuenta de que no tienes ninguna posibilidad de vencerlo. Hornet sin duda encajaba en esa definición. Dos brazos amputados normalmente se habrían considerado una desventaja, pero Hornet los había convertido hábilmente en su mayor fortaleza.
—¡Je! ¡Jejeje! ¡Ajajajajaja! —rio Hornet, pareciendo abrazarse firmemente a sí misma con sus propias espadas, sin mostrar interés alguno por la valoración que Al hacía de la situación. Parecía completamente encantada, a pesar de que estaba apuntando sus armas contra un viejo compañero.
—¿Qué demonios tiene tanta gracia? —preguntó Al.
—Oh, mi dulce y pequeñito Al, ya deberías saberlo. Siempre quise tener una pelea a muerte contigo.
—No es algo que quisiera saber, pero seh, tenía una corazonada. Tuvimos una pelea a muerte y perdí como un idiota. Me tiraste a la fosa de los cadáveres, ¿recuerdas?
—Siií. Y aun así, estás aquí. Lo que solo significa una cosa.
—¿Sí? ¿Qué cosa? —Por desgracia para Al, no podía comprender los pensamientos de una luchadora obsesionada con las batallas como ella.
En diez años en la Isla de los Gladiadores, nunca había disfrutado de una pelea. Dicho esto, si se veía obligado a seguir peleando en contra de su voluntad, seguramente no le habría hecho ningún daño disfrutar de un brindis por la victoria una vez en su vida.
Pero Al no podía hacerlo. No era capaz de sentir felicidad al quitarle la vida a otra persona. Y dudaba que alguna vez pudiera hacerlo. Por eso…
—… Nunca te entenderé, ni en un millón de años, Hornet.
—No tenemos que entendernos, dulzura. Si puedo divertirme un poquito, eso es todo lo que quiero.
Qué visión del mundo tan interesada y unilateral. De lo más apropiada para una Emperatriz. Para el imperio.
Si, desde luego, él mismo no terminaba sacrificado por esa misma visión del mundo.
—Bruto feo —murmuró Arakiya.
—Oh, cállate y mírame trabajar, muchacha. Me tomé muy en serio cuando me dijiste que no era un bruto feo —dijo Al.
—… —Arakiya lo miró, incapaz de ocultar el dolor de su réplica. No mostraba mucha emoción en su único ojo, pero estaba claro como una llama ardiente que sabía que Al estaba en desventaja.
—Es una desventaja abrumadora. Créeme, lo sé mejor que nadie —dijo Al.
Nadie necesitó decirle cuáles eran las probabilidades del francamente idiota desafío que había aceptado.
—¡Muy bien, dulzura, aquí vamos! No te mueras tan fácil, ¿bien? —La voz de Hornet era verdaderamente empalagosa, pero entonces desató sus espadas y una tormenta envolvió el puente. Al se agachó inmediatamente, levantando su cuchillo con la esperanza de resistir.
—¡…!
Pero sintió cómo su arma era apartada de un golpe… junto con su torso, y Al murió. Con demasiada facilidad, resultó ser el caso.
Sección 20
—Creo que el verdadero objetivo de este disturbio es la cabeza del emperador —dijo Priscilla, levantando el faldón de su vestido mientras pasaba por encima del cuerpo del gladiador que había estado haciendo guardia en el pasillo.
—Maldición, pues vaya suposición —respondió Balleroy, con los ojos ampliamente abiertos. Solo un segundo antes, había clavado su lanza en el corazón del gladiador.
El joven tuvo que apresurarse para despejar el camino a Priscilla, que avanzaba cada vez con más valentía, pero no pronunció ni una palabra de queja. Con la punta de su lanza goteando sangre, miró a su alrededor y dijo:
—Una cosa es iniciar una rebelión en la Isla de los Gladiadores y exigir su libertad ante el imperio. De hecho, lo hicieron, así que supongo que puedes fiarte de ellos en eso. Pero, ¿cómo va a ir tras el propio emperador? No cree que exigirá la cabeza del emperador a cambio de liberar a los rehenes, ¿o sí?
—No, de ningún modo. No imagino que el emperador tomara una decisión que pusiera en riesgo su propia vida salvo como último recurso; si no quedara otra opción para dar fin a la existencia de su oponente.
—Vaya, pues no sé. Creo que incluso eso es ir demasiado lejos —dijo Balleroy, rascándose la mejilla y sonriendo un poco ante la declaración de Priscilla.
Las palabras de la audaz joven tenían fuerza; si uno la escuchaba sin pensar mucho, era muy fácil empezar a asentir y terminar aceptando todo lo que ella decía.
Aun así, la forma en que hablaba, como si conociera personalmente al emperador, parecía realmente exagerada.
—¿No cree que eso es un poquito ilógico, doña esposa? Lo mejor que pueden esperar es atraer a los Nueve Generales Divinos, los representantes militares del imperio. Supongo que, para ser justos, parece que realmente pueden estar allí, en esa costa…
—Ya veo que al menos eres capaz de poner a trabajar el mínimo atisbo de inteligencia que posees. Prueba con esto entonces: si los Generales Divinos se presentan, ¿qué le pasará a la isla?
—Bueno… creo que la rebelión fracasará y los gladiadores serán derrotados y sometidos.
El compañero de Balleroy, el gladiador llamado Ghajit, parecía dolido por la facilidad con la que lo dijo, pero era un hecho. Los Nueve Generales Divinos, que se encontraban en la cúspide de la milicia de Vollachia, no eran elegidos como los oficiales militares de otras naciones. Ni los antecedentes familiares ni la personalidad entraban en la ecuación: al más puro estilo de Vollachia, solo importaba la fuerza.
Por lo tanto, los gladiadores serían aniquilados, hasta el último de ellos.
Eso era bastante obvio.
—Sí, eso es una conclusión inevitable —dijo Priscilla—. Entonces, ¿por qué su líder planeó una rebelión que sabía que sería aplastada?
—Bueno, eh… sabía que los Generales Divinos saldrían y que sin duda lo destruirían…
—Indudablemente. No obstante, eso significa que, en ese mismo momento, los Generales no estarán al lado del emperador.
—… —Los ojos de Balleroy se agrandaron por lo que Priscilla había dicho. Tragó saliva a pesar suyo y reflexionó sobre el significado de sus palabras. Luego sacudió la cabeza hacia los lados y dijo: —Nah, nah. Entiendo la lógica, pero que uno o dos Generales se ausenten unos minutos no sería suficiente para poner en peligro la seguridad del emperador. Son nueve, ¡por eso los llaman los Nueve Generales Divinos! Entonces, ¿por qué…?
—Muy bien. Entonces supongamos que se produjera una revuelta que requiriera el envío de los nueve. Supongamos que ocurriera algo más allá de lo que está pasando en la Isla de los Gladiadores.
—¿No estará diciendo que…? —¿Se trataba de una operación conjunta, meticulosamente planificada en colaboración con algo o alguien más? —Pero eso es ridículo —dijo Balleroy, pero una vez que se le mostró la posibilidad, no pudo sacársela de la cabeza.
El hecho era que él y todos los demás en esta isla estaban aislados de cualquier información sobre lo que estaba sucediendo en el mundo exterior.
Tal vez había insurrecciones como esta ocurriendo en otros lugares; no tenían forma de saberlo.
En cambio, el emperador sí lo sabría. Si hubiera otros brotes de rebelión, comprometería las fuerzas necesarias para sofocarlos. Enviaría a los nueve Generales que le servían personalmente.
—El emperador no es un hombre descuidado, ni tampoco lo son sus guardias. Dudo que enviara a los nueve Generales a la vez. No obstante, serían menos de lo habitual y, en consecuencia, podría surgir una oportunidad.
—¿Así que todos los gladiadores de esta isla son solo un gran sacrificio? —preguntó Balleroy, lamiéndose los labios secos con un escalofrío.
Un plan que no tenía en cuenta el daño infligido a los involucrados era más que digno de elogio. Alguien había concebido una jugada maestra, una que requeriría un número tremendo de corderos sacrificiales para lograr su objetivo. Pero si Balleroy no podía ocultar el escalofrío que le recorría la espalda, no era por el plan en marcha, sino por la perspicacia de Priscilla al descubrirlo. Se preguntaba: ¿Cómo veían el mundo esos ojos carmesíes?
Al menos estaba seguro de una cosa: que esta joven era condescendiente si consentía en ser la esposa del conde Jorah Pendleton.
—¡Oie! ¡Esto no es ninguna jodi’a broma!
Si Balleroy encontraba la lógica de Priscilla irrefutable, no se podía decir lo mismo de uno de los peones involucrados, tales como Ghajit. Sus labios temblaban y sus ojos ardían de ira.
—¡¿La cabeza del emperador?! ¿A quién mierda le importa eso? Nosotros solo queremos…
—¿Escapar del callejón sin salida en el que se encuentran? Sus prosaicas motivaciones hicieron que fuera fácil manipularlos. Deberían haber intentado usar la cabeza primero —dijo Priscilla sin piedad.
—¡Mrn! ¡Por qué, pequeña p…! —Ghajit apuntó con su sable desenvainado al cuello de Priscilla.
Era un momento volátil, pero Balleroy se limitó a encogerse de hombros y decir:
—Vamos, tranquilo, amigo. No es con doña esposa con quien debes enojarte. No conseguirás nada haciendo eso.
—¡Ia cállate! Así que no voy a sacar na’ de esto, ¿verda’? ¡Si tienes la razón en esto, entonces no conseguiré na’! Intentar liberar la isla era una cosa, ¿pero matar al emperador? ¡¿Somos cómplices de eso?!
—No, la doña solo lo está suponiendo. No lo sabe con certeza.
—Te dije que te calles, lancero. Sé que solo intentas calmarme. ¡Pero io… io le creí al debilucho antes!
—… —Esta vez, Balleroy no respondió al cada vez más en pánico Ghajit.
La verdad era que, personalmente, estaba de acuerdo con el gladiador: la perspectiva de Priscilla probablemente era la correcta. El enemigo seguramente quería la cabeza del emperador. Y eso significaba que, lo supieran o no, Ghajit y sus compañeros habían ayudado e incitado a una conspiración para asesinar al emperador. Esto no iba a acabar bien para ellos. La pena de muerte era casi una certeza.
—…
Por mucho que se compadeciera por la posición de Ghajit, Balleroy cerró un ojo mientras se sumía en sus pensamientos. Si realmente lo intentaba, podría alcanzar a Ghajit con su lanza desde donde estaba. Si le daba en algún punto vital —el cuello o el pecho de Ghajit, por ejemplo—, Balleroy podría acabar con su vida con un mínimo de sufrimiento. Pero, teniendo en cuenta el nivel de habilidad de Ghajit, existía la posibilidad de que escapara de una lesión grave y tuviera la oportunidad de herir a Priscilla en respuesta. Y Balleroy quería evitar cualquier daño hacia ella. En parte porque esas eran las órdenes de su Señora —Serena—, pero, por otro lado, también por su propio criterio.
No quería bajo ninguna circunstancia que pasara algo que le hiciera perder a Priscilla. Entonces, sus pensamientos se vieron interrumpidos por un brusco:
—¿En qué te entretienes? ¿A qué se debe tal cavilación, Balleroy Temeglyph?
No era otra que Priscilla quien pronunció su nombre. No mostraba más que una compostura total a pesar de la espada en su cuello. De hecho, las llamas aún ardían en sus ojos cuando le dijo a Balleroy:
—Este mundo está hecho a mi conveniencia.
—…
—Como tal, tus propias decisiones no pueden herirme. Te insto a que lo recuerdes.
Ella decía que era el centro del mundo, y lo decía con tanta naturalidad. Balleroy y Ghajit tragaron saliva, sorprendidos por la afirmación. Y al siguiente instante…
—¡Arrrraahh!
—¡Aagh! —se oyó un grito ronco y un trozo de escombro salió volando y golpeó a Ghajit en un lado de la cabeza.
Él gritó por el impacto, al que siguió rápidamente una figura que saltaba con otro trozo de escombros que golpeó sin piedad la cabeza del gladiador. Ghajit cayó con fuerza, y su sable provocó un ruido metálico al rebotar por el suelo del pasillo.
—¡Jum! Apuntar con un arma a la gran condesa ¡Nunca había oído hablar de tal insolencia!
—¿M-Miles? ¿Hermano? —dijo Balleroy conmocionado. Y efectivamente era Miles quien acababa de vencer a Ghajit.
Era sorprendente verlo allí, cuando había estado protegiendo a Serena en las gradas. Pero Miles solo miró con ira a su asombrado hermano menor y dijo:
—¡Buen trabajo, quedándote ahí parado como un estúpido! ¿Y si la esposa del conde Pendleton hubiera resultado herida mientras tú titubeabas? ¿QUÉ HABRÍA PASADO ENTONCES, GRANDÍSIMO IDIOTA?
—No soy un estúpido ni un idiota, Hermano… —dijo Balleroy, encogiendo los hombros.
Su hermano mayor podía estar gritando con tanta ira que le salía saliva por la boca, pero, al mismo tiempo, su presencia comenzó a aliviar la sensación de aislamiento que se había apoderado de Balleroy. Ese pensamiento disipó las nubes que le habían dificultado tanto decidir cómo lidiar con Ghajit.
—Dicen que incluso los recipientes más grandes tienen tapas que los cierran —comentó Priscilla cuando vio lo aliviado que estaba Balleroy—. Aunque he de decir que tu tapa es bastante desagradable a la vista —dijo ella con una sonrisa en sus labios mientras hablaba.
Miles, que se unió a ellos en medio de la conversación, no entendió a lo que ella se refería, pero Balleroy sí. Y tenía razón. Su «hermano mayor» siempre había compensado sus propias deficiencias.
—Nunca he sido muy pensativo. Siempre he dejado que Miles sea el cerebro —dijo Balleroy.
—¿Jum? ¿De qué estás hablando? ¡Bah, a quién le importa! Señorita, ¿está bien? ¡La gran condesa estaba preocupada! —Miles, ignorando casi por completo a Balleroy, levantó a Ghajit del suelo e intentó ver si Priscilla estaba ilesa.
Ghajit seguía vivo, evidentemente, ya que dio un suave quejido, pero había perdido toda su convicción.
—Claro que sí —dijo Balleroy, agradecido con Miles por intervenir—. No tiene ni un rasguño. ¡Tal como quería la gran condesa!
—¡Cierra la puta boca! ¡No te estaba preguntando a ti! ¿Por qué debería confiar en ti? ¡Te quedaste ahí parado mirando al enemigo! ¡El que salvó a la señorita del peligro fui yo! ¡Miles!
—Eres tan reprochable como él. No es momento de maullar cual gato en celo —dijo Priscilla, poniendo fin al debate—. No estoy herida. Ahora vámonos —dijo ella, dándose rápidamente la vuelta.
Miles y Balleroy estaban a punto de seguirla, pero entonces Balleroy se dio cuenta de que no se dirigía hacia la sala del señor de la isla, donde se tenía a Jorah.
—Em, ¿doña esposa? Por ahí no encontrará al conde Pendleton…
—No seas ridículo. Mi amado esposo puede esperar. Puede que el verdadero objetivo de nuestros enemigos sea la muerte del emperador, mas nuestra crisis más acuciante está aquí, en esta misma isla. Primero debemos dar fin a esta rebelión.
—¿Que qué? ¿Quieren matar al emperador? E-espere… ¡¿Que quieren QUÉ?! ¡¿De qué está hablando?! —exclamó Miles, que acababa de alcanzarlos.
Balleroy lo ignoró.
—Muy bien, ¿y entonces qué? —le preguntó a Priscilla.
Si su objetivo no era liberar a Jorah, sino reprimir el levantamiento de los gladiadores, ¿cómo pensaba hacerlo? ¿Adónde iba?
La respuesta era sencilla.
—El gladiador de hace un momento nos ha dado un excelente ejemplo. Basta con alertarlos de su situación.
Sección 21
La isla de Ginunhive ofrecía una gran variedad de entretenimientos protagonizados por sus gladiadores. El más sencillo era un combate a muerte uno contra uno. A veces, podía haber combates por equipos, tres contra tres o cinco contra cinco. Otras veces, se traía una gigantesca mabestia y los gladiadores se veían obligados a luchar contra ella en una batalla tipo «incursión». Cualquier cosa con tal de saciar la sed de sangre y violencia de los espectadores.
En la Isla de los Gladiadores, cualquier batalla era permitida si satisfacía el ansia de violencia del público. Pero incluso en ese contexto, era difícil llamar batalla a lo que estaba sucediendo ahora. Después de todo…
—No te mueras tan fácil, ¿bien?
—… —Al solo pudo resistir la tempestad que siguió a esas palabras durante un tiempo.
Nunca podría esperar superarla. La tormenta de golpes le llovía desde arriba, abajo, izquierda, y desde la derecha… la manifestación de una fuerza implacable que podía destruir el mundo. No importaba si saltaba hacia atrás, si se defendía con su daga. No importaba si se movía hacia un lado, hacia adelante o en diagonal. Dondequiera que fuera, moría.
Su cabeza fue aplastada, su torso fue partido, sus piernas fueron cortadas, sus brazos se rompieron, sus entrañas se derramaron por el suelo… Por mucho que lo intentara, no podía escapar a ese futuro.
Fue una masacre. Una trágica masacre. Por supuesto, había algunos entre el público de la isla que se habrían deleitado incluso por ver morir a una mosca siendo aplastada, pero la mayoría de los espectadores se sintieron decepcionados con el resultado. Si lo único que querían era ver morir a alguien, la mayoría de los que tenían el poder para venir aquí por placer podrían haberse quedado en casa y provocar un pequeño derramamiento de sangre en sus propios dominios. No, lo que querían ver era una lucha por la supervivencia, gente peleando por sus propias vidas.
Desde esa perspectiva, este espectáculo habría sido una completa decepción.
Pero a Al no le importaba lo que pudieran pensar de él después de haber sido partido por la mitad.
—¡Dooonaaa!
Alrededor del escenario número veinte, según su recuento, intentó un desesperado estallido de magia. Sin objetivo, solo un encantamiento, el hechizo hizo volar las losas del puente. Concretamente, volaron hacia Hornet, dándole algo a lo que dirigir sus espadas aparte de Al.
Al aprovechó la apertura instantánea, arriesgando su vida al lanzarse hacia ella, esquivando por muy poco la primera respuesta. Entonces consiguió algo de distancia y, sabiendo que había superado el primer obstáculo mortal…
—¡Aghh!
… estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio cuando un golpe desde arriba le aplastó la cabeza.
—No te mueras tan fácil, ¿bien?
—¡Dooonaaa!
A partir del momento en que entonó su magia, saltó hacia atrás, coordinando sus movimientos con los de los escombros de piedra. Después, sin siquiera tomar un respiro, saltó hacia un lado.
Un golpe aullante se estrelló contra el suelo, haciendo que pareciera que todo el puente temblaba violentamente. Hornet, con una gran espada clavada en el suelo, se retorció y se acercó a Al con un golpe que destrozó el pasillo. Al saltó por encima del golpe aplastante y luego su estocada alcanzó a Hornet. Desafortunadamente, ella repelió su ataque más poderoso como si fuera un insecto que picara.
—¡Eso es lo que quería! ¡Oh, mi dulce Al, sabía que podrías hacerlo!
—¿Tú crees? He estado luchando todo este tiempo con mi vida pasando delante de mis ojos. ¡Creo que estoy fuera de mi liga!
Con perdón de Hornet, que estaba debidamente satisfecha, ella y Al vivían en mundos completamente diferentes. Ella podía verlo como alguien que se esforzaba al máximo y encontraba la capacidad de estar a la altura de las circunstancias cuando había una crisis real, pero en opinión de Al, cuanto más se prolongaba la pelea, más agotado se sentía; así era siempre.
Cada vez que se enfrentaba a alguien tan fuerte como ella, tenía el mismo pensamiento: “Nunca podría ser como él.”
No era por su único brazo, ni por su edad. Era algo más fundamental, algo que tenía que ver con su constitución básica como ser vivo. Había un famoso proverbio que decía: «¿Por qué es fuerte el tigre? Porque es un tigre». Era así de simple. Los fuertes eran fuertes porque habían nacido así. Los débiles eran débiles porque habían nacido así. Ni más ni menos.
Y entonces…
—¡Aún no he terminado! ¡Divirtámonos un poquito más! —dijo la fuerte, Hornet, blandiendo sus espadas alegremente.
Y Al, el debilucho, lo más probable es que fuera aplastado, pisoteado muchas más veces: cientos, hasta miles de veces.
Sección 22
Arakiya observaba atentamente cómo se desarrollaba la batalla entre la terrible mujer con las espadas gigantes y el espadachín manco. Solo habían pasado veinte o treinta segundos desde que comenzara la lucha, pero ya había visto una cantidad asombrosa de ráfagas e intercambios: ataque, defensa. La chica estaba al borde de la muerte y aun así, se encontraba paralizada.
—…
El que intercambiaba ataques con la mujer de las enormes espadas, Hornet, era el hombre que la había traído hasta allí. Al parecer, se llamaba Al, dado que Hornet no dejaba de referirse a él como «mi dulce y pequeñito Al».
El hecho de que Al siguiera sobreviviendo de alguna forma contra Hornet le parecía a Arakiya nada menos que una sarta de milagros. Tristemente, a sus ojos, las habilidades de Al no eran más que de segunda, siendo generosa.
Habiendo pasado su vida en la Isla de los Gladiadores, debía de haber sobrevivido a muchas batallas. Pero no podía esperar mejorar aún más sus habilidades, ni siquiera con más combates mortales como este. El hombre llamado Al había alcanzado los límites de sus habilidades naturales, lo que le dejaba a una gran brecha de la Emperatriz Gladiadora, un abismo de poder, talento y habilidad que sería difícil de superar. Arakiya consideró que, si hubiera querido, incluso ella podría haber acabado con Al en cuestión de segundos.
Y aun así, se enfrentaba a la realidad que veía ante sí.
—Asombroso…
No era que su estimación de la habilidad de Al hubiera mejorado, sino que el estilo de pelea de él —la forma en que paraba o esquivaba los ataques de Hornet por muy poco, para luego intentar un contraataque lamentable— fue lo que poco a poco cambió la opinión de Arakiya.
Él ya debía estar muerto. Con esas habilidades, no debería haber durado ni dos segundos contra Hornet. Y a pesar de eso, ahí estaba, aún vivo e incluso intentando contraatacar. A diferencia de Arakiya, que esperaba pasar desapercibida —una táctica deshonesta—, Al se enfrentó a Hornet de frente y siguió peleando.
Y lo hizo todo —enfrentarse a Hornet— para proteger a Arakiya.
—¡…! —apretó los dientes y concentró toda su fuerza en los brazos y las piernas.
No era que el golpe de la espada gigante la hubiera cortado, sino que el impacto en sí había amenazado con aplastar a la joven. Sospechaba que tenía varios huesos rotos, por no hablar de una serie de lesiones internas. Estaba utilizando el poder del espíritu de agua que había ingerido para acelerar su recuperación, pero no se curaría rápidamente. Y lo que es más…
—Ding —dijo Hornet en tono de advertencia, volteando hacia Arakiya.
Incluso mientras luchaba con Al, había estado pendiente de lo que hacía Arakiya. Si Arakiya hubiera intentado escapar hacia la torre de control, Hornet sin duda habría interrumpido su combate para detenerla. Y por mucho que odiara admitirlo, a diferencia de Al, Arakiya no se le ocurría ninguna forma de esquivar un ataque así. Habría sido enterrada por el golpe y no hubiera tenido sentido que Al saltara para ayudarla.
Entonces, ¿qué podía hacer Arakiya? Arakiya, quien no había podido devolver ni lo más mínimo a la persona más importante de su vida…
—Princesa… —murmuró, bajando la mirada al suelo al pensar en quien había sido como su segunda mitad. Alguien que había estado a su lado desde su nacimiento, pero que ya no podía seguir estándolo. La joven imperiosa que parecía gobernar el mundo entero y que sin duda había gobernado a Arakiya.
“¡Escúchenme, turba de gladiadores!”
Una voz rebosante de arrogancia resonó en toda la isla, sobresaltando a Arakiya y deteniendo a Al y Hornet en medio de su combate. Ambos miraron a su alrededor con curiosidad, pero el asombro de Arakiya era mayor que el de ellos. A ellos les sorprendió la repentina aparición de la voz, pero Arakiya estaba atónita porque la reconocía.
“No hay futuro alguno para su levantamiento. Su líder tiene por objetivo la cabeza del emperador; toda esta prédica sobre la libertad de los gladiadores no es más que una distracción.”
“Los han engañado. No son más que unos lastimeros peones decapitados.”
“La muerte es lo único que les aguarda, cretinos. No obstante, su nuevo emperador no es ajeno a la misericordia. Si demuestran la actitud correcta, podría reconsiderar su destino. Les aconsejo que usen el ingenio de esas cabezas que les faltan y decidan cómo actuarán.”
“¡Es ahora, peones decapitados! Si desean una mínima esperanza de recuperar sus cabezas, esta es su última oportunidad.”
