Sección 8
—Joh, ¿informaron sobre mí? ¿Y qué frases tan selectas se emplearon para halagarme?
—Si mal no recuerdo, dijeron que posees una compostura que supera tu edad. Y, si no recuerdo mal, que eras «impertinente» y que les gustaría «enseñarte modales».
—Joh…
Priscilla se había tomado la libertad de hablar con Serena sin siquiera presentarse adecuadamente, pero la gran condesa parecía dispuesta a pasar por alto el asunto. Priscilla entrecerró sus ojos carmesíes y miró a los dos hombres que estaban detrás de Serena: Balleroy y Miles, los mensajeros ocasionales de la gran condesa. Miles esquivó su mirada, pero Balleroy sonrió estúpidamente y sacudió su mano en un saludo.
—Supongo que no es menester aclarar cuál de los dos es el más avezado —comentó Priscilla.
—Yo no estaría tan segura. Miles puede no parecer gran cosa, pero es muy perspicaz. Ambos son peones importantes para mí. Lamento decirte que no puedes quedártelos, aunque te hayan caído bien.
—Tampoco los necesito. Los únicos que pueden permanecer a mi lado son aquellos que me superan en belleza o, al menos, algún bufón lo suficientemente entretenido como para no aburrirme. Francamente, ni siquiera mi marido cumple ninguno de esos estándares.
—¡¿Qu?! ¿Qu-qué tengo yo que ver con todo esto? —exclamó Jorah, con una voz aún más débil de lo habitual.
—Oh, cesa ya tus gimoteos —resopló Priscilla, entrelazando su delgado brazo con el de él.
En ese momento, Priscilla y Jorah habían abandonado la mansión en la que se habían acostumbrado a vivir como marido y mujer para aceptar la invitación de la gran condesa Serena Dracroy. Esto los llevó a los confines occidentales del imperio. Específicamente, a Ginunhive, la Isla de los Gladiadores, donde se iba a celebrar un gran festejo para conmemorar la ascensión al trono del nuevo emperador.
—Estrictamente hablando, no hay ninguna conexión necesaria entre el «Rito de Selección Imperial» y la Isla de los Gladiadores —dijo Priscilla—. Meramente no es más que una excusa a conveniencia para atraer a una gran turba.
—Qué lengua tan afilada tienes, señorita. ¿No te gustan este tipo de espectáculos? —preguntó Serena.
—¿Jhm? No están mal. Simplemente digo que no tiene ninguna relevancia específica como demostración de lealtad al emperador. Mas no soy de visión tan estrecha como para censurar a la chusma por dejarse llevar por este tipo de entretenimientos. Además…
—¿Sí?
—… ver a otros luchar por sus vidas y calificar su rendimiento es algo que especialmente me deleita. —Priscilla sacó un abanico plegable de su vestido y lo utilizó para cubrirse la boca mientras hablaba.
Serena agrandó ligeramente los ojos.
—Ja —rio ella—. ¡Me agrada! ¡Atrapaste a una buena, conde Pendleton! Creo que realmente podría hablar con esta damisela. Es una pena que sea demasiado joven para compartir una copa de vino.
—Por favor, vas a hacer que me duela la cabeza… Y, Priscilla, no debes hablar tan frívolamente de…
—Cretina. Desde luego que estoy familiarizada con el gusto del vino. ¿Por quién me tomas?
Jorah casi se atraganta, diciendo:
—¡¿Priscilla?! —pero Serena solo parecía más y más divertida.
La gran condesa sonrió, distorsionando la cicatriz blanca de su cara, y dijo:
—Uy. Por muy divertida que esta conversación pueda resultar, creo que será mejor que nos pongamos en marcha mientras la disfrutamos.
—Será un placer, tengo la certeza de ello —dijo Priscilla—. Ahora bien, según recuerdo, se accede a Ginunhive por un puente levadizo, ¿correcto? Asumo que, en tales festividades, sus umbrales hervirán de multitudes.
—No te preocupes. Como tu anfitriona, me aseguraré de que no te aburras — dijo Serena.
Confundido, Jorah inclinó la cabeza, pero Serena chasqueó los dedos y, ante la señal, Miles y Balleroy entraron en acción.
—… —Cada uno de ellos colocó sus dedos frente a su boca y silbó con fuerza, invocando…
—¡Santo cielo!
—Ah, dragones alados.
Jorah miró con asombro; Priscilla simplemente fijó la vista en las formas que descendían flotando desde los cielos. Dos dragones alados, desplegando sus alas y levantando una ráfaga de aire al aterrizar.
Si hubieran sido solo un par de dragones alados, no habrían sido diferentes de los que Priscilla y Jorah habían visto montar recientemente a Miles y Balleroy. Lo que justificaba la sorpresa era que estos arrastraban una nave detrás de ellos.
Las llamadas «naves de dragón», sujetas a las criaturas con cadenas, eran una visión inusual incluso en el Imperio de Vollachia, donde existían domadores de dragones alados.
—Dudo que incluso tú tengas mucha experiencia con algo así. Sé que es un poco tarde, pero considéralo mi regalo de bodas —dijo Serena, sonriendo con orgullo mientras la nave flotaba en el aire detrás de ella.
Jorah se quedó sin palabras ante su audacia, pero Priscilla sonrió complacida; sin duda era un regalo de bodas muy apropiado.
—Muy bien —dijo ella—. Gran acierto. Creo que eres de mi agrado, gran condesa Dracroy.
—…
Durante un segundo, Serena no dijo nada a la intrépida Priscilla, sino que se rascó la mejilla con cierta vergüenza. Luego se la oyó murmurar:
—Sí, conde Pendleton… ciertamente atrapaste a una muy buena.
Sección 8
—¿Oíste, Al? ¡Dicen que hay una nave de dragón aquí! ¡Una nave de dragón! —exclamó Ubilk, claramente emocionado, justo cuando Al estaba colocando una mano en la pared e intentando estirar los ligamentos de su pierna.
Otro día de trabajo, otro día arriesgando su vida: así era la vida de Al el gladiador en este horrible lugar. Puede que todo el país estuviera celebrando la coronación de un nuevo emperador, pero Al seguía teniendo que hacer su trabajo.
—De hecho, esa celebración significa que el espectáculo va a ser más grande que nunca por aquí —murmuró Al.
—¡No puedo creer que me haya perdido la nave de dragón! —dijo Ubilk—. ¡Tienes suerte de ver una de esas una vez en la vida! ¡Debo de ser la persona más desafortunada del mundo! ¡Al! ¿Me estás escuchando, Al?
—¡Ya cállate! ¡¿No ves que estoy intentando estirarme?! —Al estaba ocupado haciendo círculos con las caderas mientras Ubilk revoloteaba a su alrededor.
Se sentía mal por Ubilk, en verdad que lo hacía, pero en opinión de Al, Ubilk tenía al menos la suerte de evitar acabar en una pelea a muerte tras otra. Al estaba constantemente en peligro y luchando por su vida, expuesto hasta que finalmente se le acabó la suerte. Así era como vivía un gladiador y, al final, era cómo moría. Ubilk podía haber acabado en esta isla, pero no había sido absorbido por ese sistema asesino, y eso le parecía suficiente suerte a Al.
La sonrisa aduladora desapareció de la cara de Ubilk y dijo en voz baja:
—Eso no cambia el hecho de que siempre me torturan o me ignoran. Desde mi punto de vista, no creo que sea más afortunado que tú, Al.
Al también bajó la voz.
—Un prostituto, ¡que actúa como si fuera uno de nosotros, los gladiadores! ¡Rayos!
Era el tipo de comentario brutal que podría haber impedido que dos personas volvieran a hablarse de forma civilizada, pero Ubilk solo sonrió.
—Eres despiadado— dijo, rascándose la cabeza—. Supongo que mientras no sepa usar una espada, nunca podré ser tu amigo, ¿eh, Al? Supongo que seremos solo conocidos toda nuestra vida.
—No asumas que nunca empuñarás una espada en tu vida. Puede que ahora te salgas con la tuya por ser tan lindo y simpático, pero nunca se sabe si eso durará. Piensa dónde estarás dentro de diez o veinte años.
—¿Y tú, Al? ¿Piensas quedarte aquí otros diez años? Una cosa es la perseverancia y otra muy distinta es jugar sin importar las consecuencias.
Le molestaba oírlo, pero Ubilk tenía razón. La idea de sobrevivir diez o veinte años en esta isla era totalmente ridícula. Era probable que Al cayera mucho antes de alcanzar esos hitos. Tal vez el próximo año, probablemente la próxima semana. O quizás su hora le llegaría hoy.
—¿Por qué no, Al? Antes de que termines como…
—… —Al no respondió.
—Si lo mejor que puedes hacer es sentarte aquí y esperar a morir, ¿por qué no levantarte en armas contra tu destino? Si te unieras a nosotros, Al, ¡valdrías por cien hombres! —Ubilk debió de notar algo en los ojos estrechos y oscuros de Al, porque habló con un nuevo fervor.
Volvió a divagar sobre su revolución sin sentido y sin fundamento. «¡No te quedes ahí parado! ¡Ármate! ¡Lucha contra la opresión!» Probablemente le hacía sentir bien atosigar a la gente con ese tipo de discursos. Pero en cuanto a Al…
—Gracias, pero no gracias, niño. Aquí no tengo nada que hacer excepto pelear con todo y sobrevivir.
—Al… —De forma inusual, quizá por primera vez, Ubilk empezó a discutir realmente con él—. Bien, pero entonces, ¿por qué peleas? Si ganas, eso significa que alguien más pierde… y muere en el intento. ¡No creo que eso tenga algún sentido!
—Tiene todo el sentido. Es solo que no tengo ninguna razón para morir. —La voz de Al era fría.
Ubilk parecía querer decir algo más, pero vieron que alguien se aproximaba desde el pasillo para recoger a Al para la pelea. Era el guardia de Al, Auran. Si él estaba allí, significaba que había llegado la hora.
—Volveré. O tal vez no. Por si acaso, continúa y come. No me esperes.
—Volverás, Al. Lo sé.
—Suenas como la heroína perfecta. Por supuesto, si una girl me dijera algo así, no sabría qué hacer… —Al se cuidó de actuar indiferente, para no terminar en la ruta de Ubilk del simulador de citas.
Auran fue el acompañante de Al hasta la arena, mientras Ubilk y los diversos gladiadores que conocía lo veían partir. Llevaba las esposas puestas durante el trayecto, no tenía otra opción, pero en cuanto tuvo su querida espada en la mano, Auran le dijo:
—Ve y mantente con vida, Aldeberan. Como siempre haces.
—¿Sabes cuál es tu único problema? Que tienes muy mala memoria —dijo Al, sonriendo con tristeza mientras salía a la arena. Le había dicho a Auran que no lo llamara así.
En cuanto entró en la arena, fue recibido con gritos y vítores de los espectadores que disfrutaban de su pequeño y oscuro pasatiempo. Al hizo una reverencia profundamente sarcástica, pero no estaba por encima de complacer al público. Nunca sería su amigo, pero tenerlos de su lado no podía ser malo. Era solo una de las estrategias de supervivencia que Al había aprendido durante sus diez años como gladiador.
—Hay que decir que hoy, este lugar está muy animado… Puede que solo sea otra pelea a muerte, pero quizá haya algo de cierto en todo eso del nuevo emperador, después de todo.
El entretenimiento que ofrecían los gladiadores en Ginunhive era exactamente el mismo de siempre, pero estaba claro que el público era significativamente mayor de lo habitual. Razón de más para animarlos, para que le prestaran toda la ayuda que pudieran en su intento por sobrevivir.
—Damas y caballeros en sus asientos, todos nuestros queridos invitados de las salas VIP y todos los que nos ven desde la azotea, por favor, asegúrense de tener preparados sus pañuelos más grandes… ¿okay? —Al sonrió burlonamente para después adoptar con calma una postura de combate con su espada liuyedao.
Desde el túnel que estaba justo delante de él, emergió su oponente: un hombre grande y calvo que empuñaba un sable en cada mano. Su cuerpo estaba cubierto de visibles cicatrices de espada, lo que demostraba que él también era un gladiador experimentado.
Nunca sabías contra quién ibas a pelear hasta que llegaba el día. Sinceramente, Al siempre se había preguntado cuándo se enfrentaría a la Emperatriz Gladiadora, Hornet. Se alegró de que la sentencia de muerte no se hubiera dado hoy.
—Eh, ninguno de nosotros tiene suerte. No es culpa de nadie. Culpa a las malditas estrellas.
Sección 9
La cabeza calva salió volando por los aires, dejando tras de sí un rastro de sangre. En ese mismo instante, la multitud que observaba lanzó el grito más fuerte del día, aplaudiendo la batalla… no, mofándose del perdedor y, de hecho, también del ganador, incluso mientras lo vitoreaban.
—Caray, eso sí que es fuerte. Había oído que aquí se celebraban combates a muerte, pero no sabía que eran reales, que se mataban de verdad. Me pregunto por qué.
—Saca lo peor de la gente. No entiendo a las personas a las que les gusta ver este tipo de cosas.
Los subordinados de Serena, Balleroy y Miles, compartieron un momento de aprecio —o quizás de falta de él— por el espectáculo que estaban presenciando.
Balleroy parecía usar algún tipo de arma de asta, mientras que Miles afirmaba no tener ninguna habilidad para la lucha. De manera muy similar, sus opiniones sobre las batallas de los gladiadores parecían representar dos extremos. Bueno, dado que eran como hermanos, se podría decir generosamente que cada uno tenía lo que al otro le faltaba.
—¿Y qué hay de ti, Priscilla? ¿Te estás divirtiendo? —preguntó Serena—. Veo que tu amado marido está pálido como un fantasma.
—No está mal. La idea de que aquellos que no tienen nada lo arriesguen todo en el combate es intrigante —dijo Priscilla—. Aunque la forma en que luchó ese torpe bruto de hace un momento no fue particularmente divertida.
—¿Torpe? Ah, te refieres al hombre manco. —Serena se acarició la cicatriz de la cara y esbozó una sonrisa que apestaba a sangre.
Priscilla se refería al ganador de la batalla que había emocionado tanto al público. El hombre de cabello negro se llevó la victoria, pero había sido desagradable. Había jugado con su oponente grande y calvo antes de finalmente cortarle la cabeza, pero la forma en que lo hizo fue increíblemente poco sofisticada. No había elegancia en su estilo de pelea. No es que ella esperara ver habilidosos luchadores sobresalientes entre los gladiadores, pero aun así…
—Ni siquiera detecté ningún apego por su propia vida. ¿Por qué rayos está peleando? —Priscilla cruzó los brazos mientras emitía su veredicto sobre aquel hombre feo, de estilo igualmente desagradable a la vista.
Era una realidad que muchos de los que estaban prisioneros en esta isla se veían obligados a librar batallas que no deseaban. Y aun así, cada uno tenía sus propias razones para pelear, ganar y sobrevivir, o al menos eso se esperaría. Tal vez buscaban reunirse con un amigo o un ser querido, o quizás simplemente buscaban un tipo de fama cuestionable. Incluso la supervivencia en sí misma podía ser una motivación por derecho propio. Pero alguien que ni siquiera tenía eso… era inusual. Alguien que ni siquiera se preocupaba por su propia vida, sino que asesinaba simplemente para lidiar con lo que tenía delante. Era tan profundamente…
—Burdo —dijo Priscilla, al mismo tiempo que Jorah emitía un gorgoteo por las náuseas.
Dio un vistazo y vio al pálido conde apartando deliberadamente la vista de la arena, con el cuello y la frente empapados en sudor. Bueno, ella sabía muy bien que él no era apto para presenciar ningún deporte sangriento. Que hubiera aprovechado la invitación de Serena para satisfacer los deseos de su esposa de venir aquí era lo máximo que se podía esperar de él.
—Eres un hombre muy poco apto para la nobleza de Vollachia —le informó Priscilla.
—Lo… lo siento… Incluso yo pensaba que sería capaz de aguantar un poco más que esto, pero… ¡Blrr!
—Acertaste en el momento perfecto. Justo estaba pensando que me gustaría tomar un poco de aire fresco. Acompáñame —dijo Priscilla, tomando a su pálido marido por el brazo y poniéndose de pie.
Los asientos preparados para Priscilla y su grupo estaban a una altura que ofrecía una vista ideal del combate, pero no estaban tan alto como para que la peste de la sangre y la grasa —el hedor de la vida— no les llegara. Jorah nunca recuperaría el juicio mientras permanecieran en ese entorno.
—Utiliza el pasillo exterior. Balleroy, quédate con ellos —ordenó Serena.
—¿Qué? ¿Por qué yo? Tengo mucho que aprender de estos combates a muerte e… ¡Ay!
—¡No le contestes a la gran condesa! ¡Vete de aquí antes de que me avergüences aún más! ¡Y cuida tus modales con el conde Pendleton y su esposa! —dijo Miles.
—Sí, señor —respondió Balleroy, resignándose a la tarea.
Después siguió a Priscilla y Jorah alejándose de sus asientos, llevando un objeto largo envuelto en tela.
Salieron a una de las cubiertas de observación con vista al lago que rodeaba Ginunhive. Afuera, lejos del fervor arremolinado de la arena, los tres fueron recibidos por el aire salado. El sol ya se estaba poniendo, sustituido en el cielo por una luna roja como la sangre. La oscura superficie del lago la reflejaba, de modo que dos lunas, una en el agua y otra en el cielo, parecían fruncir el ceño al mundo.
—Ahh… Gracias por tu consideración, Priscilla. Lo siento de nuevo. Y joven Balleroy, te pido disculpas por obligarte a acompañarnos. Parecías estar disfrutando mucho de las peleas —dijo Jorah.
—Ah, no se preocupe. No pasa nada. No diría que disfrutaba de las peleas, la verdad. Solo aprendía un montón.
—¿Ah, sí?
—Claro. De todos modos, no hay razón que valga para quedarme allí si eso le molesta, conde Pendleton.
Se suponía que Balleroy había entrado al servicio de Serena recientemente, pero parecía bastante dispuesto a decir lo que pensaba. A Priscilla no le molestaba especialmente, pero Jorah parecía constantemente preocupado por si Balleroy decía algo que el conde se viera obligado a castigar. Priscilla miró de reojo a su marido, que seguía tan reacio como siempre a ejercer los privilegios de su nobleza, y luego se quedó mirando el lago.
—… —No dijo nada, pero pensó para sí misma que la Isla de los Gladiadores era algo menos de lo que esperaba.
Estaba casi emocionada por descubrir lo importante que era, pero verla en persona había disminuido su interés. Aunque, a diferencia de Jorah, ella no aborrecía la sangre ni sentía ningún desprecio por las competiciones mortales.
—De hecho, puede que sea lo único que me acelere el corazón —dijo ella.
Para bien o para mal, Priscilla también era de la nobleza de Vollachia. De hecho, aunque no podía hablar de ello públicamente, su sangre era tan propia de un ciudadano imperial como la de cualquiera.
Priscilla no creía que la personalidad residiera en el linaje, pero ella, al menos, no apartaba la mirada de los luchadores que arriesgaban sus vidas en la arena. Simplemente, dos insectos peleando en una jaula no eran suficientes para emocionarla.
—Oiga, doña esposa, tiene muchas agallas para ser tan joven —dijo Balleroy—. Incluso mi hermano Miles se estremeció un poco, pero usted ni siquiera parpadeó cuando la cabeza salió volando. —Balleroy miró a Priscilla, que estaba de pie junto al barandal mirando hacia el lago. Balleroy se apoyó en la baranda y levantó las piernas en el aire, un comportamiento poco propio de un sirviente.
En cambio, Priscilla no hizo ningún comentario al respecto; simplemente respondió:
—¿Qué intentas decir? ¿Que sería más linda o encantadora si chillara y gritara como una simple pueblerina y lloriqueara cada vez que un perdedor muriera?
—Nah, nah, nada de eso. También, cualquiera que viniera a esta isla solo para ponerse a llorar cada vez que alguien se quebrara, creo que estaría en un grave problema. Además…
—¿Sí?
—… Tengo gusto por las mujeres fuertes. Como la gran condesa Dracroy. —Ese comentario era aún más irrespetuoso que su postura, pero aun así, Priscilla no dijo nada al respecto.
Había varias razones para ello. Podía ver que no había malicia en las palabras ni en las acciones de Balleroy. Había juzgado que era alguien especial, un recipiente que sería una pena romper aquí y ahora. Y además, al fin y al cabo, era su guardaespaldas asignado en ese momento. Por muy relajado e indiferente que actuara, Priscilla notó que Balleroy seguía examinando regularmente la zona con una mirada avizora. Priscilla había conocido a muchos guerreros y podía ver que, aunque joven, Balleroy estaba entre los mejores. Si se le permitía seguir madurando y mejorando, bien podría convertirse en un guerrero conocido en todo el imperio.
—…
Después estaba Serena, que había asignado a este hombre para proteger a Priscilla y Jorah. Dado que era ella quien los había invitado a la isla, se podría decir que era normal que quisiera garantizar su seguridad mientras estuvieran allí.
Por el momento, Priscilla no tenía una mala impresión de Serena. Incluso trataba a Jorah, objeto de burlas por parte de muchos otros nobles, como a un igual. Priscilla no veía ninguna razón para mirarla con hostilidad. Por lo tanto, pensó que lo mejor sería seguirle el juego a Serena por el momento.
—Eso es raro —dijo ella, arqueando una fina ceja.
—¿Qué es raro? —preguntó Balleroy con un guiño.
Cuando Priscilla volvió a hablar, parecía más que siguiera hablando consigo misma que respondiéndole a Balleroy.
—¿Cuándo levantaron el puente levadizo?
Sección 10
“Creo que fui demasiado optimista sobre la situación.”
—… —Al aceptó con calma su situación, incluso cuando oyó los gritos que hacían eco en las paredes del pasillo detrás de él.
Hasta hacía un momento, literalmente unos minutos antes, había estado luchando por su vida. El hombre robusto con los dos sables había sido un luchador bastante bueno; por primera vez en mucho tiempo, Al había necesitado una cantidad de intentos de dos dígitos antes de poder arrebatarle la victoria a su oponente. Asegurar su supervivencia lo había agotado dramáticamente, y aunque sería incorrecto decir que estaba triunfante, la tensión ciertamente se desvaneció de sus hombros cuando regresó a los dormitorios, solo para terminar preguntándose…
—¿Esto es lo que consideras una broma, Ubilk?
—¿Broma? Deberías saber que nunca en mi vida he hecho una broma, Al. ¿No te dije? ¿No te dije que este lugar necesitaba una revolución?
El chico lindo le sonrió, demostrando que seguía siendo el mismo Ubilk. Excepto que a sus pies yacía el guardia llamado Auran en un charco de sangre, con la vida derramada por una profunda herida en el cuello.
A simple vista era evidente lo que había sucedido: Ubilk mató a Auran. Un «gladiador» había matado a un guardia.
—Matar a un guardia es el mayor tabú —dijo Al—. Esto no se va a registrar como un problema pasajero. Tenemos un desastre entre manos.
—Sí, si solo miras lo que está pasando aquí, tienes razón. No soy solo un gladiador; ahora soy un criminal que se enfrenta a graves consecuencias. Si las cosas no salen como yo quiero, podría incluso verme obligado a pelear en un combate a muerte como castigo… enfrentándome a Hornet o algo así. Jaja. Supongo que soy hombre muerto.
—¡¿Y te ríes de eso?! —Al estalló de indignación ante la incapacidad de Ubilk para comprender su situación.
Se puso en posición de combate con su liuyedao, enfrentándose a Ubilk, que solo empuñaba una tosca daga manchada con la sangre de Auran. Debía de haberla escondido entre su vestimenta. Era insignificante comparada con la gruesa espada de Al. Si llegaban a pelear, era obvio que no sería un verdadero enfrentamiento.
Ambos lo sabían…
—No puedes vencerme, niño. Incluso tú debes ser lo suficientemente listo como para saberlo.
—Sí, lo sé. Lo sé muy bien. No me hago ilusiones con que sea capaz de pelear contra ti… primero tuve que bajarle la guardia, si sabes a lo que me refiero.
Mientras hablaba, Ubilk arrojó la daga al suelo y alzó sus manos manchadas de sangre. Aparentemente se estaba rindiendo, pero Al frunció el ceño, sin estar aún seguro de cuáles eran sus verdaderas intenciones.
—Al, no importa cuántas veces me rechaces, seguiré preguntándote: ¿no nos ayudarás? Con tu fuerza de nuestro lado, estoy seguro de que la revolución tendría éxito.
—No lo tendrá. No podemos quedarnos aquí sentados en esta roca rodeada de agua y soñar con tonterías. La realidad es que a nadie le importa una mierda lo que tipos como tú y yo tengamos que decir.
—¡No, eso no es cierto! Si estuvieras con nosotros, Al… —Evidentemente, Ubilk se había quedado sin ideas, pero se negaba a dejar de intentar poner a Al de su lado.
—¿Es que nunca te callas? —Por su parte, Al estaba empeñado en que se callara.
“Lo siento, Ubilk, pero una revolución es un sueño. Está más allá de la realidad.”
Al no tenía intención de unirse a Ubilk en su barco que se hundía solo por unas cuantas palabras vacías. En cambio, dio un paso adelante y empuñó su liuyedao contra Ubilk con todas sus fuerzas.
—No quiero matarte —dijo—. Solo te voy a cortar un brazo, y cuando tú y yo tengamos eso en común, buscaré a los otros guardias y…
—¿Me entregarás a ellos? Me temo que prefiero que no. —La expresión de Ubilk se entristeció; miró a Al con sincera compasión—. Es una pena, Al, de verdad que lo es.
Al intentó dirigir la espada hacia él, como si quisiera borrarle esa expresión de su cara, pero entonces se detuvo. Bueno, en realidad, su espada se detuvo. Técnicamente hablando, su espada «fue detenida».
—¿Qu…?
Su golpe en diagonal se vio interrumpido cuando su arma rebotó contra una espada enorme. Podría haberse felicitado por haber conseguido mantener el mango, pero la imagen que se le presentó ante los ojos no le dio la oportunidad para tal autocomplacencia.
—¿Qué diablos es esto? ¿Otra de tus horribles bromitas? —Al tragó saliva con dificultad, con la mano temblorosa mientras intentaba ajustar el agarre de su espada.
Una figura alta se había movido para proteger a Ubilk, una figura terrible y abrumadora. La más bella y despiadada de todos los gladiadores de la isla, con sus crueles armas…
—¡¿Hornet?!
—Oh, santo cielo, qué mirada tan aterradora. Se supone que eres mi dulce y pequeñito Al. ¿Cómo puedes ser tan frío? —rio Hornet alegremente.
