Sección 5
—Me doy cuenta. Miles siempre ha sido bueno cuidando de otros. Y en este asunto de la doma de dragones, ¿tú…?
—Sí, señor. Tengo uno muy enérgico bajo mi cuidado. —La amplia sonrisa de Balleroy parecía sugerir que no conocía el miedo, pero con este último comentario, el carácter de su expresión cambió. Aunque pudiera resultar inapropiada, la sonrisa se convirtió en una muestra de confianza en sí mismo.
—Según recuerdo, la capacidad de domar dragones alados es un arte secreto que se transmite entre ciertas familias —dijo Priscilla—. Una forma de ganarse los servicios de un dragón alado, criaturas que, por el contrario, son bien conocidas por no tener un aprecio especial por los humanos.
—Así es, señorita. Sí que sabe de eso. Puede que sea pequeña, pero debe de haber estudiado mucho… ¡Ayayayay!
—¡Tú eres el que necesita estudiar! ¡Sobre cómo tener unos malditos modales! —Indignado por la rapidez con que Balleroy abandonaba cualquier apariencia de decoro, Miles le dio un buen pellizco desde atrás al hombre alto, y su propio lenguaje descendió un escalón en la escala de cortesía en el proceso.
—Por favor, por favor —intervino Jorah—. No hay por qué molestarse tanto por cosas tan insignificantes. Debería haberla presentado antes. Ella es Priscilla Pendleton… Que es, ejem, mi esposa.
Priscilla resopló ante la idea de que eso fuera lo mejor que Jorah podía hacer a modo de presentación.
—Imagina esto, un hombre en su quinta década que se queda cohibido al presentar a su esposa. ¡Ponte derecho y habla con confianza! Eres el hombre más afortunado del mundo. ¡Porque cuentas con la fortuna de tenerme por cónyuge! —Jorah solo pudo sonreír incómodamente, mientras Balleroy y Miles lo miraban con los ojos ligeramente agrandados.
—¡Santo cielo! Sabe, esto me llamó la atención cuando estábamos charlando antes, pero tiene una esposa bastante combativa, conde Pendleton.
—Sí, me temo que estoy completamente a su merced…
—Cretino. Entonces, razón de más para considerarte honrado. Y tú, miserable plebeyo, no he de ser descrita con palabras tan triviales como «combativa». —Priscilla hizo una pausa—. Jmm. No, quizá la palabra «plebeyo» no se ajuste mucho a tu persona.
—Ahm, ¿debo tomar eso como un cumplido? —dijo Balleroy, mirando a Jorah con curiosidad, pero el conde solo sonrió con cariño, aunque con torpeza; sin duda, no tenía el control sobre su nueva esposa.
Fue Miles, que había permanecido en silencio durante un rato, quien finalmente rompió el punto muerto.
—Bien. Ejem, conde Pendleton, venimos con un mensaje de nuestra Señora. ¿Nos permite entregárselo?
—Oh, por supuesto, siento haberlos hecho esperar. ¿Novedades de Serena? ¿Qué dice?
—Creo que se trata de la Isla de los Gladiadores —sugirió Balleroy.
—La Isla de los Gladiadores… Sí, supongo que eso surgió —dijo Jorah, tomando la carta sellada y dando un vistazo al contenido. Exhaló un suspiro. No parecía muy contento con la idea de la isla.
—La Isla de los Gladiadores… Ginunhive. ¿Sabes? Creo que nunca he estado allí —dijo Priscilla.
—¡Oh! ¿Le interesa, doña? —preguntó Balleroy—. Ah, bueno, siempre he querido ver ese lugar, así que es una gran noticia.
—Jmm. ¿Debo deducir que su Señora tiene la intención de invitar a mi inútil marido a la Isla de los Gladiadores?
—Mm-jmm, diría que es algo así —confirmó Balleroy.
Priscilla era muy rápida de entendimiento. Por otro lado, Miles parecía molesto por el diálogo entre su «hermano menor» y Priscilla.
—Miles, ¿qué te pasa? —preguntó Balleroy.
—Me pregunto por qué nos molestamos en traer una carta…
Sin duda, parecía tener bastante con qué lidiar con su supuesto hermano menor. Pero tal vez eso era lo normal.
—Si viertes más agua de la que puede contener tu copa, es evidente que se desborde —observó Priscilla—. Si no quieres que se vierta, debes beber constantemente. E incluso así, puede que se derrame.
—Lo recordaré —dijo Miles.
Parecía bastante inteligente. El hecho de que no descartara las palabras de Priscilla como la simple farfulla de una niñita daba un buen testimonio de por qué se había ganado el respeto de Balleroy.
Solo quedaba responder al mensaje.
—Me complace bastante recibir la invitación de la gran condesa Dracroy —dijo Jorah—. Sin embargo, me temo que aquí estamos muy ocupados, así que voy a tener que…
—Ignóralo. Aceptamos la invitación a la Isla de los Gladiadores.
—¡¿P-Priscilla?! —Jorah había doblado la invitación y estaba a punto de declinarla con formalidad cuando Priscilla lo interrumpió.
Su cara delató una intensidad emocional poco habitual en él mientras se agachaba y le susurraba al oído:
—Priscilla, la Isla de los Gladiadores recibe muchos visitantes. ¿Y si alguien te reconoce?
—¿Es ese el motivo por el que rechazas la invitación? Entonces, permíteme darte el mío para aceptarla.
—¿T-tu motivo? ¿Qué podría motivarte a…?
—Es muy sencillo. La isla despierta mi interés.
Jorah la miró con puro asombro. Así era como Priscilla vivía su vida; era casi como una esposa suplicando dulcemente a su marido que le hiciera un favor. Aunque la situación hacía un poco difícil calificar el momento como dulce. En cambio…
—… —Jorah apenas podía hablar.
—Conde Pendleton, ¿qué desea hacer? Nuestra Señora no tiene prisa por recibir una respuesta, así que si desea tomarse un tiempo para considerarlo… —sugirió Miles.
Por otro lado, Jorah rechazó esta afable oferta con un: «No, gracias» al sacudir la cabeza de un lado a otro.
—No hay necesidad de que espere mi respuesta. Por favor, díganle a la gran condesa Dracroy que… aceptamos su invitación.
—Oh, es bueno oírlo. Estoy seguro de que la Señora se alegrará —dijo Balleroy, que parecía tan complacido con la respuesta como ajeno a lo difícil que había sido para Jorah darla.
Miles miraba a Jorah con cierta inquietud, pero no se atrevió a cuestionar su decisión. En cambio, hizo una profunda reverencia y dijo:
—Muy bien, señor. Encontrará los detalles de la fecha y la hora en la carta. Si desea que le llevemos una respuesta, lo haremos con mucho gusto.
—No será necesario. Dudo que incluso sus cabezas sean tan huecas como para olvidar una respuesta de una sola palabra en su trayecto de retorno. Así que llévensela a su Señora y entréguenla —dijo Priscilla.
—¡Jajaja! Ahí sí que nos ganó, Hermano. ¡Dio justo en el blanco!
—¡Cállate! —gritó Miles, con una voz que resonó por toda la mansión.
Al final, su actitud de mensajeros formales sufrió un desliz por última vez.
Sección 5
Con un gran aleteo, dos dragones alados se elevaron en el aire.
Incluso para los estándares de los dragones, los que eran alados eran particularmente temperamentales, una raza tempestuosa que a veces tenía fama de ser casi tan volátil como las mabestias. A diferencia de los dragones de tierra, que disfrutaban de la compañía humana, o los dragones de agua, que eran imponentes pero manejables, los dragones alados eran intrínsecamente difíciles de tratar. A quienes tenían el don para ello se les llamaba domadores de dragones alados, y los secretos de este arte habían pertenecido durante mucho tiempo exclusivamente a Vollachia, sin revelarse nunca fuera de sus fronteras. Y parecía que Balleroy y Miles se encontraban entre las codiciadas filas de domadores de dragones alados, de los que se decía que había menos de cien en todo el imperio.
—¿Sabes? En mis recuerdos no parece haber alguno en el que monte un dragón alado…
—Priscilla, n-no me digas que deseas montar un dragón alado…
—Ja. No tienes por qué acongojarte. Incluso yo reconozco que no es algo sencillo de hacer. Sé que incluso un refinamiento tan pulido como el mío es inefectivo con bestias que solo obedecen a sus instintos naturales.
—Ya veo. Sí… Sí, eso es tranquilizador —Jorah colocó una mano sobre su pecho con alivio.
Priscilla dejó de mirar la partida de los mensajeros y observó a su marido. Como siempre, daba la impresión de ser un cobarde tímido vestido con ropa de adulto. No obstante, había tomado una decisión peligrosa: ir a la Isla de los Gladiadores, y con Priscilla a su lado.
—¿Mhm? —preguntó Jorah—. ¿Pasa algo?
—… Tus motivaciones siguen desconcertándome. Jmm. O quizás esa sea precisamente la cualidad que te permitió cumplir los requisitos mínimos para ser mi cónyuge —murmuró Priscilla, contemplando la naturaleza insondable de la vida interior de Jorah.
Si se hubiera dejado llevar por la belleza de Priscilla, buscando utilizarla solo para satisfacer sus propios deseos animales, él no habría durado más allá de la primera noche de su matrimonio. Por otro lado, intentar aprovecharse de la verdadera identidad de Priscilla era demasiado peligroso para él. No era apto para tales complots y estratagemas, y eso lo convertía en una especie de bomba que aún no había detonado.
Finalmente, reconociendo que era poco probable que resolviera el enigma de inmediato, Priscilla dijo:
—Estoy dispuesta a postergarlo por ahora. En este momento, me encuentro mucho menos interesada en mi bastante gris marido que esta Isla de los Gladiadores.
—¿G-gris? Eso me hiere…
—Si no deseas que se te hiera, vuélvete algo que despierte un mínimo de interés en mí. Al menos en este momento, no eres más intrigante que un entretenimiento que nunca antes haya visto.
Los hombros de Jorah se hundieron bajo el despiadado ataque de su esposa. Dicho esto, era evidente que era capaz de soportar el castigo, porque, aunque no enderezó la postura, se las arregló para decir:
—Solo para que quede claro… ¿no te dejaste llevar por el momento? ¿De verdad tienes intención de ir a Ginunhive?
—Por supuesto que sí. Es de Dracroy, ejem, de la «gran condesa» Dracroy de quien estamos hablando. Aceptar su invitación para después renegar de ella sería una afrenta tal que podría muy bien declararnos la guerra. Ni siquiera yo deseo perder la casa en la que acabo de casarme. Sería un trago muy amargo.
Los hombros de Jorah se encogieron aún más, pero en ese momento Priscilla apenas le prestaba atención. Sus ojos carmesíes miraban al cielo, más allá del horizonte donde habían desaparecido los dragones alados, con sus pensamientos puestos en la Isla de los Gladiadores que debía de estar allí. La idea le provocó un cosquilleo en su, aún plano, pecho. Ni siquiera Priscilla podía predecir lo que les esperaba allí. Y aun así…
—No importa. Porque este mundo está hecho a mi conveniencia.
Sección 6
—¡Ahh! —Al se sentó de golpe en la cama, invadido por una sensación parecida al miedo. Miró rápidamente a ambos lados, pero no había nadie ni nada allí.
—¡Al! ¡Oie, hombre! ¿Qué fue to’o eso? ¿’tás jugando?
—¡Gajajajaja! ¿Qué no te basta con ‘tar exhibido arriba?
Los otros gladiadores, que estaban tomando unos tragos cerca, estaban más que felices de burlarse de él por ello. Del mismo modo que había prostitutas en la isla, aquí abajo había algunos que sabían cocinar y preparar cerveza.
Al vio con ira a sus compañeros borrachos mientras se pasaba una mano por su cabello negro.
—¿Holaaa? ¿Al? ¡Alll! No me digach que estách molechto —dijo uno de ellos.
—Ahórrame tus imitaciones de Hornet. Es como una pesadilla andante —espetó Al.
Después se puso de pie lentamente. Su estado de ánimo nunca se recuperaría si se quedaba allí sentado discutiendo con borrachos. Se alejó arrastrando los pies, con la esperanza de encontrar un lugar donde estar solo. Aun así, debía de tener cuidado: no quería toparse accidentalmente con Hornet o Ubilk. Esa idea lo hizo darse cuenta de que la única persona en la isla con la que podía relajarse de verdad era Auran, y eso lo deprimió de forma insoportable.
Al vagó hasta que salió del sofocante nivel inferior y se encontró con la brisa nocturna.
—…
Directamente conectado al espacio subterráneo dedicado al uso de los gladiadores había una pequeña zona de descanso para las patrullas que vigilaban las murallas exteriores de la isla. Dado que el puente levadizo era la única forma de entrar o salir de la isla, la seguridad era algo laxa a la hora de asegurarse de que la gente que estaba dentro permaneciera en el interior. Por supuesto, eso llevó a algunos imbéciles a intentar cruzar el enorme lago nadando…
—Pero eso no es un buen plan cuando el lago está plagado de mabestias que viven en el agua. Lo único que consiguen es que los maten —se dijo Al a sí mismo.
Así, a pesar del enfoque de mínima intervención con respecto a la seguridad, nadie había logrado escapar de la Isla de los Gladiadores. En un lugar como este, siquiera soñar con la libertad era el colmo de la estupidez.
Ese pensamiento le recordó a Al la ridícula charla de Ubilk de esa misma mañana, y chasqueó la lengua con enojo. No eran más que tonterías y, normalmente, habría sido capaz de ignorarlas, pero ese día le molestaban.
—Los sueños son para cuando estás dormido, no para cuando estás despierto. Maldito idiota —refunfuñó.
Levantó la vista al cielo y vio una luna en cuarto creciente. Parecía terriblemente grande, pero lo que le llamó la atención no fue la luna en sí, sino las estrellas que salpicaban el cielo nocturno a su alrededor. Innumerables puntitos de luz. Al las contempló durante un largo rato y luego se mordió el labio.
—Estrellas malas. Eso es lo que hay detrás de todo.
La celebración en la isla estaba muy, muy cerca de efectuarse.
Sección 7
La ferocidad personificada: esa fue la primera impresión que Priscilla tuvo de la gran condesa Serena Dracroy. Era una mujer increíblemente alta, con brazos y piernas delgados y tonificados. Aun así, no parecía poco sofisticada, sino que conservaba una forma femenina que atenuaba la impresión de que se trataba simplemente de una mujer que se había dedicado a la vida marcial.
Incluso se la podría calificar como una bestia hermosa, pero salvaje.
Una cascada de cabello rojo óxido le caía por la espalda y no llevaba un vestido, sino una capa como la que podría llevar el capitán de un barco mercante. Algunos decían que no parecía muy noble, pero solo a sus espaldas, porque en el Imperio de Vollachia, los poderosos y capaces podían comportarse como les viniera en gana.
¿Quién, entonces, podría criticar cualquier acción de Serena Dracroy, a quien a veces se la conocía incluso como la «Dama Incandescente»?
—Ha pasado mucho tiempo, conde Pendleton. ¿Has estado bien? —dijo Serena sonriendo, pero era imposible no fijarse en la vieja cicatriz que le recorría el lado izquierdo de su rostro, por demás impecable.
Era una herida de espada, grande y blanca, que le había infligido su padre cuando ella tomó las riendas de la familia. Su apodo, la Dama Incandescente, se debía a que —al término de aquella lucha por el poder familiar— supuestamente ella quemó vivo a su padre.
—¡Serena! Me alegra decir que sí. Y tú pareces gozar de buena salud. Eso es maravilloso. —La torpe sonrisa de Jorah contrastaba fuertemente con el saludo tranquilo y seguro de Serena.
Priscilla ya estaba acostumbrada a la mansedumbre de su «amado» marido; él siempre era así y no era una señal de que se sintiera intimidado por el rango de Serena.
Un conde y una gran condesa, un hombre y una mujer, uno de ellos enérgico y el otro débil: los dos parecían diferentes en todos los sentidos posibles, y los separaban más de veinte años de edad, pero parecían ser amigos. Aun así, frente a un hombre en su quinta década y su esposa de doce, ni siquiera Serena pudo evitar sorprenderse un poco.
—Tú debes de ser la nueva esposa de la que tanto he oído hablar —dijo, posando la mirada en Priscilla—. Me habían dicho que eras bastante joven y me preguntaba si tal vez esa era la razón por la que había estado soltero durante tanto tiempo… —Mientras su marido se moría de la risa, Priscilla se quedó a su lado, luciendo completamente en su elemento—. Pero esto me recuerda que no siempre se puede confiar en los rumores. Veo que Miles y Balleroy me dieron un informe preciso.
