Quédate a mi lado Pléyades






QUÉDATE A MI LADO PLÉYADES
1
Natsuki Subaru había desaparecido de la Atalaya de Vigilancia Pléyades.
Ese era, en pocas palabras, el mensaje que resumía el contenido de la carta entregada en la mansión.
—Vaya, vayaaa... Parece que la caligrafía de la señorita Emilia ha mejorado considerablemente.
Roswaal L. Mathers, mientras recorría las líneas con la mirada y entrecerraba sus ojos de distinto color, se llevó un dedo a su delgado mentón y soltó un comentario que no guardaba relación alguna con la gravedad del asunto.
Cuando se conocieron, la ignorancia de Emilia —la remitente de la misiva— respecto al mundo exterior era simplemente excesiva. Al haber llevado una vida aislada en un bosque junto a su familia, un Gran Espíritu, ella carecía de sentido común.
Roswaal recordaba haber sentido una punzada de agobio al pensar en la inmensa educación que tendría que impartirle para que pudiera participar en la Selección Real.
Sin embargo, gracias a su honestidad y a su deseo de superación, Emilia estaba logrando resultados tangibles.
Por supuesto, todavía le faltaba mucho camino por recorrer, pero su crecimiento era algo que complacía a cualquiera que estuviera en el papel de tutor. Si la Selección Real no tuviera un límite de tres años, Roswaal se habría deleitado bombardeándola con conocimientos en diversos campos.
—Aunque no parece que sea el momento de andarse con tales divagaciones, ¿no?.
Tras permitirse ese breve escape de la realidad para organizar sus pensamientos, Roswaal cerró los ojos un instante.
Poco tiempo atrás, Emilia había partido junto a Subaru y otros compañeros hacia el extremo oriental del reino, a las Dunas de Arena de Augria, donde se alzaba la Atalaya de Vigilancia Pléyades, residía el “Sabio”.
Su objetivo era contactar con el Sabio Shaula y confiar en sus conocimientos, de los que se decía que alcanzaban la omnisciencia.
No obstante, se esperaba que el ascenso a la torre implicara pruebas —pruebas que incluso el “Santo de la Espada”, Reinhard, había fallado— y Roswaal había considerado que resultaba completamente imposible sin Natsuki Subaru.
De hecho, aunque se desconocía cómo había contribuido exactamente Subaru, Emilia y los demás habían logrado llegar a salvo a la Atalaya y cumplir su objetivo.
Excepto por el problema mencionado al inicio de la carta.
—Así que Subaru-kun se ha apartado del lado de la señorita Emilia, ¿eh? Al parecer, se trata de una situación imprevista.
Subaru tenía la capacidad de encauzar cualquier situación hacia el mejor escenario posible; esa era la “autoridad” que Roswaal le atribuía.
Y aun poseyendo ese poder, había ocurrido un problema que no pudo subsanar. Que Subaru se alejara de Emilia era algo impensable bajo cualquier otra circunstancia. Para Roswaal, aquello representaba una situación de extrema urgencia.
Debía corregirlo. Costará lo que costara, sin importar los sacrificios.
—...
Con la mirada gélida, Roswaal abrió de par en par la ventana de su oficina. Acto seguido, saltó al vacío, dejando que su larga figura descendiera mientras su capa ondeaba al viento hasta aterrizar en el jardín delantero de la mansión.
Fue un aterrizaje impecable, pero su repentina acción no pasó desapercibida para alguien que no tardó en recriminarlo.
—¡Maestro! ¡¿Pero qué cree que está haciendo de repente?! Comportarse con tal falta de modales, como si fuera Garf...
Era la doncella Frederica, quien, al divisar a Roswaal tras su salto, se apresuró a acercarse.
Agitando su larga melena dorada y con sus hermosos ojos verdes encendidos por la indignación, se plantó frente a él. Sin importarle que fuera el dueño de la casa, se dispuso a soltarle un sermón en toda regla.
—Le ruego que deje de actuar de forma tan infantil. Si hubiera sido Petra quien lo encontrara, la regañina habría sido aún más severa…
—Frederica.
—¡¿Qué ocurre?! Deje que le diga que, por su propio bien...
—Ha llegado un mensaje de la señorita Emilia y los demás. Es una emergencia. Haz los preparativos.
—... Entendido. ¿Qué piensa hacer usted, Maestro?
Al ser interrumpida, Frederica recobró la compostura de inmediato al notar la seriedad en la voz de Roswaal. Su rapidez para cambiar de actitud era el ejemplo perfecto de una sirvienta ejemplar. Ante su pregunta, Roswaal señaló hacia el cielo.
—Dada la situación, necesito un medio de transporte rápido. Llamaré a Clind. Volveré en unas horas.
—... Entendido. Se lo comunicaré yo misma a Petra.
Por una fracción de segundo, los ojos de Frederica se crisparon al oír el nombre de Clind, pero Roswaal no comentó nada sobre su aversión.
La relación entre Frederica y Clind, que solía ser muy cercana en el pasado, se había vuelto algo tensa. Aunque Roswaal deseaba que sus dos subordinados más capaces colaboraran en armonía, aquello seguía siendo un pequeño dolor de cabeza para él.
En cualquier caso…


—Aquí tienes el contenido de la carta. Te encargo los detalles; analízalo bien y prepara todo lo necesario.
Roswaal le entregó la misiva de Emilia a Frederica y, acto seguido, le dio la espalda. Sabía que, una vez que ella leyera el mensaje, sabría actuar con la diligencia que la caracterizaba.
Depositando toda su confianza en ella, Roswaal dio un ligero pisotón contra el suelo y se elevó por los aires.
Se trataba de magia de vuelo, una técnica compleja que combinaba elementos de Viento y Tierra con magia de tipo Yang. Esta le permitía alcanzar una velocidad comparable a la de las aves migratorias, lo que la hacía sumamente útil, aunque pertenecía a una categoría de magia de alto nivel que muy pocos eran capaces de imitar.
Dado que tan pocos podían usarlo, tanto la corte real como ciertos viejos amigos le habían advertido que no lo empleara con demasiada libertad, y sin embargo—
—Ahora mismo, nos encontramos ante lo que se define precisamente como una situación de emergeeencia.
Sin dudarlo, y con un tono de voz cargado de una inusual seriedad, Roswaal dejó de lado cualquier precaución y surcó el cielo azul.
—Si tan solo mostrara esa faceta tan dedicada más a menudo, quizás los demás suavizarían un poco su mirada”.
Frederica se incorporó tras realizar una profunda reverencia. Mientras el viento provocado por el despegue de su señor agitaba su larga melena, no pudo evitar murmurar aquellas palabras sobre lo contradictorio que resultaba Roswaal: tan capaz y, a la vez, tan torpe en sus relaciones.
A juzgar por su rapidez de respuesta y su semblante sombrío, la preocupación de Roswaal por el bienestar de Emilia y los demás era genuina. Por supuesto, existía la premisa de que todo era para alcanzar sus propios objetivos, pero eso no restaba valor a la urgencia de sus acciones.
“Si tan solo se dejara ver así ante Petra, Otto o Garfiel...”, pensó ella. Aquellos que siempre vigilaban cada uno de sus movimientos con desconfianza deberían ser testigos de este momento.
—¿O será que la gratitud que le debo a mi Maestro es lo que nubla mi juicio?
Dejando caer las comisuras de sus cejas, Frederica dejó escapar un suspiro profundo y bajó la mirada hacia la carta que sostenía en sus manos.
Era un mensaje alado, una técnica de mensajería que empleaba aves criadas y entrenadas específicamente para entregar correspondencia a largas distancias. Originalmente, fue una idea de la abuela de Roswaal —la antecesora de hace dos generaciones—. Aunque conllevaba muchos retos, como el elevado coste de crianza de las aves o el uso de runas de ocultación para evitar robos o accidentes, era un método muy apreciado entre la alta sociedad del reino.
Teniendo en cuenta que provenía de las Dunas de Augria, en el extremo oriental, la velocidad y la distancia recorrida eran asombrosas. Pero, ¿qué clase de contenido habría puesto tan serio a Roswaal?
—Esto es...
Al recorrer las líneas con la vista, Frederica se quedó de piedra, olvidando incluso el gesto instintivo de cubrirse la boca con la mano. Era una reacción inconsciente que, en condiciones normales, jamás descuidaría; sin embargo, el contenido era tan impactante que...
—¡Frederica-nee-sama! ¿No acaba de salir volando el Maestro Roswaal?
Petra, quien últimamente recibía lecciones de magia del propio Roswaal “a pesar de lo mucho que decía detestarlo”, llegó corriendo al jardín tras detectar la alteración del maná en la mansión. Frederica, que conocía bien los sentimientos de la joven a la que consideraba casi una hermana pequeña, comprendió en ese instante la verdadera intención de Roswaal al decir: "Te encargo el resto".
Sintió una punzada de silencioso rencor hacia su señor.
—... ¿Cómo se supone que voy a contarle esto a Petra? —susurró Frederica sin fuerzas, alzando la vista hacia el rincón del cielo donde la figura de Roswaal ya se había desvanecido.
2
Unas horas después de que Frederica rumiara su resentimiento en silencio, Roswaal
—el legítimo destinatario de tal rencor— se encontraba ya en la mansión de su interés, frente a la persona que buscaba.
—Como de costumbre, tío, sus visitas son de lo más imprevistas.
—Soy consciente de mi falta de educación al presentarme asíííí. Pero me temo que es un asunto de extrema urgencia. Espero que puedas perdonarme.
—En realidad, me resultaría mucho más problemático que entrara por el balcón cuando no fuera una urgencia —replicó con una mirada afilada y severa.
Quien lo reprendía con esa madurez impropia de su edad era Annerose Miload, la actual cabeza de la familia Miload y una vieja conocida de Roswaal. Aunque técnicamente su "larga relación" era con la estirpe Miload en general, ya que Annerose apenas tenía nueve años... bueno, la conocía desde el día en que nació.
Roswaal la miraba con una mezcla de orgullo y nostalgia, pensando en lo mucho que había crecido y en la gran dama en la que se estaba convirtiendo, hasta que...
—Tío, ya no tengo nueve años. Cumplí diez. Procure no volver a equivocarse.
—Vaya, vaya. Juraría que no lo dije en voz altaaaa.
—Sus ojos lo dijeron por usted. Por favor, sea serio. Su actitud, su vestimenta y su forma de vida solo se le perdonan porque todos asumen erróneamente que, al menos por dentro, es una persona sensata”.
—Cielos... si me lo dices tú, no tengo cómo defenderme.
Roswaal dejó escapar una sonrisa amarga ante la lengua afilada de Annerose mientras se acomodaba en el respaldo del sofá en la sala de recepción. Agradecía internamente la entereza de la niña, que lo había recibido con total naturalidad después de que él apareciera volando en su balcón. Sin más dilación, buscó las palabras para entrar en el tema principal, pero ella se le adelantó:
—Si se ha molestado en venir por aire, es porque quiere pedirme un favor... o mejor dicho, quiere a Clind, ¿verdad? ¿O quizá nos necesita a ambos?
—Realmenteeee eres de confianza. ¿Tan predecible soy?
—Mucho. Usted siempre elige el camino más corto y la jugada más eficiente. Le aterra tanto el fracaso que es incapaz de tomar rutas indirectas o planes demasiado rebuscados, ¿no es así?
Ante la provocación de la pequeña, que lo miraba con un ojo entornado, Roswaal decidió que lo más sabio era no discutir. Entre las circunstancias de su nacimiento y los lazos que lo unían a sus padres, Roswaal siempre había tenido debilidad por ella.
Annerose, consciente del valor que representaba para él, chasqueó los dedos.
—Clind, sal ya. Sé que estás ahí.
—Tal como sospechaba. Posee usted una vista perspicaz. Elogio.
En respuesta a su llamado, la puerta de la sala se abrió y apareció un hombre de rostro delgado. Vestía un uniforme de mayordomo impecablemente planchado y llevaba un monóculo cubriendo uno de sus penetrantes ojos. Era el intendente de la familia Miload y una de las cartas de triunfo ocultas de Roswaal.
Aprovechando la eficiencia de Annerose, Roswaal fue directo al grano.
—Ha llegado un mensaje alado de la señorita Emilia. Parece que, debido a ciertas complicaciones con Subaru-kun, es necesario partir hacia el Imperio. Deseo pedir prestados vuestros servicios para manejar los asuntos aquí y hacer los preparativos necesarios.
—... ¿Se trata de Emily y de Natsuki Subaru? —murmuró Annerose, frunciendo ligeramente el ceño en un gesto pensativo.
Para la Selección Real, Los Miload eran grandes partidarios de Emilia en la Selección Real, y Annerose que la llamaba “Emily”, no escatimaría esfuerzos por ella, incluso si el asunto concernía a su complicado rival, Natsuki Subaru.
—...En resumen, mientras usted se mueve para resolver el asunto personalmente, yo debo hacerme cargo de la Casa Mathers.
—Exacto. Deseo dejártelo a ti; no tengo a nadie más en quien confiaaaar tanto.
—Ahórrese los halagos... ¿Dejará a alguien más en la mansión?
—Pensaba dejar a Ram o a Frederica, pero parece difícil. El problema no es solo Subaru-kun; el asunto también ha afectado a Rem, que iba con ellos.
Al añadir esto, Annerose arrugó sus perfectas cejas. Aunque Roswaal no había entrado en detalles, la carta de Emilia mencionaba que tanto Subaru como Rem habían desaparecido. Siendo así, la agitación de Ram debía de ser inmensa.
Después de todo, la única razón por la que Ram se había unido a este viaje era para encontrar una forma de salvar a su hermana dormida. Si ahora la hermana no solo no despertaba, sino que además desaparecía, sería imposible pedirle a Ram que esperara pacientemente en la mansión. Ella jamás lo aceptaría.
—Por eso, como mucho podría dejar a Frederica... aunque tendré que elegir con cuidaaado.
—Sea como sea, el relevo entre Frederica y Clind será indispensable. Bien, acepto hacerme cargo de los asuntos de su casa por ahora. Lo siguiente es...
Annerose, asumiendo las ideas de Roswaal, comenzó a organizar sus tareas con presteza. Al final de su frase, dirigió su mirada hacia Clind, que permanecía de pie tras ella. Ante la señal de su señora, el polifacético mayordomo hizo una reverencia solemne.
—Permítame preguntar yo también. Cuestión. Maestro, ¿qué es lo que espera de mí exactamente?
—... Hay un problema con Subaru-kun. No podemos permitir que pase demasiado tiempo separado de Beatrice. El tiempo es limitado.
—El contrato de artes espirituales entre Subaru-sama y Beatrice-sama. Sus plazos y restricciones. Límite.
Roswaal asintió con amargura, pensando en lo rápido que ambos captaban sus intenciones.
Subaru y Beatrice compartían un vínculo de contratista y espíritu, pero su relación era de una codependencia que suplía las carencias de ambos. Subaru, con su "puerta" de maná totalmente destruida, no tenía forma de expulsar el maná que generaba su cuerpo; Beatrice, por su parte, tenía el defecto de solo poder recibir maná de su contratista. Era una relación "ideal" desde un punto de vista técnico.
Aunque los interesados insistirían en que su vínculo no era tan calculador, sus quejas daban igual en este momento. El problema era la inminente y catastrófica ruptura de ese equilibrio.
—Es conmovedor que se lleven tan bien, pero si se separan, ambos caerán en la ruina. Subaru-kun moriría por la acumulación excesiva de maná, y Beatrice se enfrentaría a la desaparición por falta del mismo.
—Eso sería algo insoportable, tanto para usted como para mí. Pérdida.
—Así es. No puedo permitirme perder una pieza tan valiosa como Subaru-kun.
—Le ruego me disculpe. Yo me refería a Beatrice-sama. Disculpa.
—...
Ante la disculpa tan descaradamente fría de Clind, Roswaal puso una mueca de disgusto. Annerose intervino entre ambos para que la conversación avanzara.
—Como sea, ya entiendo la situación. Y también por qué el tío necesita la ayuda de Clind... Pero recuerde que su capacidad para acortar distancias solo es aplicable dentro de las fronteras de Lugunica.
—Por supuesto, lo seeé. En cualquier caso, si vamos a dirigirnos al Imperio, necesitaremos realizar ajustes en varios frentes. ¿Puedo contar contigo, Clind?
—Si el Maestro lo desea y Lady Annerose lo autoriza. Sin problemas. No obstante...
—El pago del precio, ¿verdad? Soy consciente—aunque me duele profundaaamente.
Roswaal intentó responder sin dejar traslucir sus emociones, pero supo que no lo había logrado. Aunque entendía que era necesario, el pago del precio le desgarraba el corazón. Probablemente, Clind argumentaría que ese mismo dolor era la prueba del valor del pago.
Vender sus recuerdos, pedazo a pedazo... para alguien como Roswaal, que vivía aferrado al pasado, era una ironía cruel.
—Entregaré cuatro hechizos como pago. Con eso, deseo tomar prestada la fuerza de tu Autoridad.
—Cuatro... es una decisión contundente. Audacia.
—Si escatimo ahora y me quedo corto, será el fin. No hay tiempo. Ni para ellos, ni para mí.
Roswaal cerró un ojo y miró a Clind con su pupila de color amarillo. El tiempo era un lujo que no tenía, no solo para este problema inmediato, sino para todo el camino hacia su ambición final. No podía permitirse ni un solo fracaso de aquí en adelante. Esperar a una "próxima oportunidad" era un privilegio que no poseía.
—Primero, ve a buscar a la señorita Emilia y los demás. Y por favor, no menciones ni una palabra sobre tu Autoridad.
—Entendido. Lady Annerose, ¿me da su permiso? Aprobación.
—... Si es por el bien de Emily, adelante. Haz lo que dice mi tío, Clind.
Annerose asintió hacia Clind con una mirada profunda y reflexiva, impropia de su edad. El mayordomo se inclinó profundamente ante la orden de su señora y, en un parpadeo, su figura se desvaneció.
Literalmente, desapareció. No es que se hubiera escondido o se hubiera vuelto invisible. Simplemente, ya no estaba. Probablemente, en ese mismo instante, ya se encontraba en Mirula, la ciudad más cercana a las Dunas de Augria.
—Si se lo propusiera, quizá podría llegar incluso a la Atalaya de Vigilancia Pléyades — comentó Roswaal.
—Él mismo dijo que eso no era posible. Al parecer, hay una razón por la que le es difícil acercarse a la torre... aunque no quiso darme detalles —respondió Annerose bajando la mirada.
Tras un breve silencio, mientras Roswaal procesaba lo dicho sobre la Autoridad de Clind, ella volvió a hablar:
—¿De verdad está bien así, tío?
—Preguntar eso cuando ya no hay marcha atrás es un poco crueeel, ¿no crees?
—Para usted, la magia es algo sumamente importante. Muy, muy importante...
—... Precisamente por eso, Annerose.
Al ser observado por los grandes ojos de la niña, Roswaal sintió un déjà vu. Quizá era su fisonomía o su sinceridad lo que le recordaba tanto a los padres de ella.
Roswaal se llevó la mano al pecho, soportando el dolor de esa acusación que parecía venir del pasado. Su deseo más profundo, el reencuentro con la persona a la que anhelaba volver a ver... por eso, no escatimaría en sacrificios. Incluso si el precio a pagar eran las bendiciones que esa misma persona le había otorgado.
—Tío, por favor, no se atormente demasiado.
—Es al revés, Annerose. No tengo ninguna razón para no entregar mis sentimientos por completo. Al menos, yo no.
A pesar de la compasión de la pequeña, Roswaal negó con la cabeza. Aunque sabía que el consejo era sincero y benevolente, no podía aceptarlo. Porque esa era la historia que Roswaal L. Mathers —no, la historia que Roswaal Mathers— había decidido escribir.
3
—...
El paisaje cambió literalmente en un abrir y cerrar de ojos, y Otto Suwen se encontró de pie frente a la mansión.
Un viaje que debería haber abarcado varios cientos de kilómetros y tomado más de una semana había sido borrado en un instante, dejando a Otto unos segundos para recomponer sus pensamientos.
Exactamente cinco segundos después, dejó escapar un profundo suspiro.
—Bueno, no voy a entrar en pánico por algo así otra vez…
—Vaya, S’guro qu’ te has vue’to duro, Otto-nee. ¿O ya naci’te así? —comentó Garfiel, quien había pasado por la misma experiencia y ahora le propinaba una palmada en el hombro.
— No recuerdo cómo era hace un año, así que cualquier respuesta vale —respondió Otto, encogiéndose de hombros antes de dirigir su duda hacia el hombre que tenían delante.
—No puedo evitar pensar que esto es insultantemente conveniente... ¿Por qué no lo usamos siempre?
—Como bien sospecha, cualquier mención al respecto está prohibida. Es algo que no debe ser divulgado. Restricción.
—Esa forma de decirlo solo hace que me preocupe por si esto tiene efectos secundarios en el cuerpo humano... —murmuró Otto con inquietud.
El hombre de rasgos refinados que permanecía allí de pie, impasible ante las quejas, era Clind. No había duda de que era un aliado, pero uno cargado de enigmas.
Otto asintió con cierta reticencia. Sabía, por lo que le habían contado, que Clind mantenía una relación de larga data con Roswaal; él había sido el mentor de Frederica como sirvienta, le había enseñado a Subaru el manejo del látigo y las artes marciales, e incluso había sido tutor de Petra. En resumen, era una pieza clave e insustituible que sostenía los cimientos de la facción de Emilia.
—... No es que me sienta totalmente tranquilo, pero me consuela saber que es usted
—concedió Otto finalmente.
Clind, sin inmutarse, ajustó su monóculo.
—Sus palabras son bien recibidas. Gratitud. Sin embargo, no hay tiempo para cortesías excesivas. El maestro Roswaal los espera en el interior. La situación en el Imperio requiere de su ingenio, ministro de asuntos internos. Urgencia.
Otto intercambió una mirada con Garfiel. El alivio de haber salido de las arenas de Augria fue reemplazado de inmediato por la presión de un nuevo problema. Si Roswaal había recurrido a "esto" para traerlos de vuelta en un suspiro, lo que les esperaba dentro de esa mansión no sería, ni de lejos, un descanso.


—Difícil d’ c’eer que saltamo’ dir’cto desd’ Pristella hasta aquí. ¿Es eso del “Cruce de Puertas” qu’ usaba Beatrice?
—No, el principio es totalmente distinto al de la magia yin de Lady Beatrice. Diferencia. Lamentablemente, los detalles deben permanecer sellados. Disculpen.
—No ‘s qu’ su forma de hab’ar me tran’mita mucha int’nción de ocultarlo de ve’dad...
—murmuró Otto con escepticismo.
—Perdón.
Esa impresión de que Clind era alguien inalcanzable y difícil de leer no se había borrado desde la primera vez que lo conocieron.
Sin embargo, en este momento, la prioridad no era la “Teletransportación” de Clind — pues no había otra forma de llamar a tal fenómeno—, sino la razón por la cual los había traído de vuelta a la mansión de Roswaal con tanta urgencia.
—Entonces... Natsuki-san y Rem-san han sido enviados al Imperio de Vollachia... ¿es correcto?
—Tch… d’bería hab’r ido con ellos, despué’ de todo—soltó Garfiel, cuya expresión se tensó al instante.
La atmósfera relajada de hace unos segundos se evaporó. Ante el tono sombrío de Garfiel, Otto negó con la cabeza.
—Fue una decisión de todos, Garfiel. Se necesitaba personal para la reconstrucción de Pristella, y no habríamos podido confirmar el paradero de los “Restos de la Bruja” sin ti.
—Sí, pero aún así...
—Si empezamos con los “qué pasaría si...”, no terminaremos nunca. Si nos ponemos a buscar culpables desde la raíz, podríamos decir que lo ideal habría sido que Natsuki- san no fuera enviado allí en primer lugar.
— Eso su’na a a’go que diría Ram. Un poco du’o con e’ capitán, ¿no? —se quejó Garfiel, desinflándose un poco.
—Por eso mismo, insistir en que es responsabilidad de uno mismo no tiene sentido.
A menos que sirviera para evitar que se repitiera, buscar culpables era una pérdida de tiempo. El hecho era simple: Subaru y Rem habían desaparecido, y para traerlos de vuelta, era necesario incursionar en el Imperio. Para eso habían sido traídos Otto y Garfiel a la mansión.
—Aunque, de todos los lugares posibles, tenían que acabar en el país más problemático de todos...
—Eso e’ muy p’opio del Capitán. Como dice e’ dicho: “Las pruebas del Rey Padre, todas y cada una en Magritza”—añadió Garfiel con uno de sus proverbios.
—¿No es esa la historia donde el protagonista solo sufre una desgracia tras otra y muere sin recibir ninguna recompensa? —replicó Otto, hundiéndose de hombros ante la comparación.
A pesar de su larga experiencia como comerciante viajero, que lo había llevado a recorrer gran parte del Reino de Lugunica y otros territorios, el único de los cuatro grandes países que Otto nunca había pisado era el Imperio de Vollachia, al sur.
Las razones sobraban: las tensas relaciones diplomáticas con el Reino, las estrictas condiciones para cruzar la frontera... pero el motivo principal por el que no quería acercarse a ese imperio era mucho más simple y directo.
— Porque en esa nación, la vida de una persona se pierde más fácilmente que en ningún otro lugar.
En Vollachia impera la ley del más fuerte; se venera al poderoso y se oprime al débil. Para alguien que no encaja en esa mentalidad, ese entorno no es más que un infierno en vida. Y no hacía falta discutir en qué lado de la balanza se encontraba Subaru.
—Lady Emilia y los demás ya los esperan dentro de la mansión. Anticipación.
Clind abrió las puertas de la mansión justo cuando Otto terminaba de organizar sus pensamientos; realmente, este mayordomo era impecable en su atención.
Sintiendo el peso de la situación, Otto hizo un esfuerzo consciente por enderezar la espalda.
—Eso de “anticipación” suena a que me va a caer una carga pesada... Pero bueno, imagino que Emilia-sama y Beatrice-chan deben de estar hechas un manojo de nervios. Vamos a reunirnos con ellas.
—¡Ja! No t’ preocupe’, Otto-nee. Si hay qu’ ent’ar al Imperio a repartir golpe’, ¡yo seré e’ más útil!
—... Me esforzaré para que no lleguemos a ese extremo.
Agradecía el entusiasmo de Garfiel, pero Otto no tenía la menor intención de provocar un incidente internacional. Si eso ocurría, la Selección Real pasaría a segundo plano, e incluso Subaru podría ser aplastado bajo tal catástrofe. Y en ese caso, lo más probable era que Otto terminara hundiéndose con él.
Podría haber escapado del barco que se hundía hace mucho tiempo, pero…
—Bueno, yo mismo me encargué de tirar esa oportunidad por la borda hace tiempo.
Si realmente hubiera querido huir, habría tenido que hacerlo cuando el joven que resoplaba a su lado era todavía un enemigo salvaje en lugar de un compañero más joven.
Desde aquel entonces, a Otto no se le había pasado por la cabeza huir ni una sola vez.
4
—Dime una cosha, Julius... ¿Tú no podríash aprender esha magia tan conveniente que usa eshe mayordomo? —preguntó Anastasia con curiosidad.
—... Lo lamento profundamente. Si se trata de una aplicación de la magia yin, creo que sería posible dependiendo del crecimiento de Ness, pero...
—Ah, no hace falta que te lo tomesh tan en sherio. Hashta alguien tan negada para la magia como yo she da cuentha de que no esh algo sencillo.
La sincera respuesta del caballero hacía que cualquiera frente a él quisiera enderezarse; Anastasia Hoshin agitó una mano, reprochándose a sí misma por hacer que Julius se preocupara una vez más.
Otra vez le había cargado innecesariamente—qué molesto.
Desde que recuperaron su relación de señor y caballero en la Torre de Vigilancia de Pléyades, el vínculo entre ambos seguía siendo algo rígido. No había duda de que Julius era su caballero, pero como ella aún no recuperaba sus recuerdos sobre él, no terminaban de encontrar la distancia adecuada entre los dos.
—Por mi parte, me resulta grato poder ver una faceta tan inusual de Ana —intervino una voz desde su cuello.
—No hace falta que digash esash cosash en cada oportunidad. Qué malvada eresh.
Provocada por su inquietud, Anastasia sacó la lengua hacia la bufanda alrededor de su propio cuello —literalmente. La bufanda de zorro blanco era un espíritu artificial y su compañera de mucho tiempo, Echidna.
Anastasia frunció los labios ante la risita de Echidna, con quien compartía una relación de complicidad especial. Sin embargo, tras escuchar todo lo que su compañera había tenido que cargar durante su ausencia, no se sentía con fuerzas para replicar. Menos aún cuando ella misma había echado a perder todo ese esfuerzo en el último momento.
—Para evitar la autoridad del Arzobispo de la “Gula”, escondiste tu conciencia en tu interior. Arriesgaste mucho al dejarme el control total de tu cuerpo —comentó Echidna.
—Y al final todo se fue al traste porque no pude aguantarme. De verdad, no tengo remedio... —Anastasia se tocó la mejilla, suspirando de pura frustración consigo misma.
—Nada de eso —intervino Julius de inmediato.
El caballero de porte elegante se llevó una mano al pecho frente a su señora y declaró con firmeza:
—Fue precisamente la voz de Anastasia-sama la que dio el golpe decisivo en aquel lugar. Sin ese último impulso, mi espada jamás habría alcanzado a Reid Astrea.
—¿De verdad piensash esho? ¿No lo estarásh adornando un poco solo por sher yo?
—Es mi apreciación sincera, sin rastro de mentira. Lo juro por mi espada y por mi lealtad hacia usted.
—Ugh... si lo dicesh con tanta sheguridad, shupongo que tendré que creerte.
Los ojos amarillos de Julius miraron fijamente las pupilas color lavanda de Anastasia. Ante la inquebrantable luz de su mirada y la fuerza de sus palabras, ella decidió dejar de lado sus dudas por el momento. Aun así, no pudo evitar sorprenderse por la devoción tan profunda que él le profesaba.
—Realmente, debimosh trabajar muy bien juntosh, ¿verdad? ¿Qué lo inició?
—¿Se refiere a la razón por la que decidí servirle?
—Esho mishmo. Yo soy una comerciante de otro paísh y tú eresh un caballero del Reino, Conozhco mi motivo, ¿pero el shuyo?
Anastasia conocía los antecedentes de Julius: futuro sucesor de la casa Juukulius y miembro de los Caballeros de la Guardia Real. Su comportamiento y su destreza con la espada confirmaban que no mentía sobre su origen. Lo que no comprendía era cómo un hombre del Reino y una comerciante de Kararagi habían llegado a unir sus destinos.
—... Bueno, hay diversas razones, pero... —Julius hizo una breve pausa antes de responder—. La principal es que vi esperanza en la “capacidad” de Anastasia-sama como líder.
—......
Anastasia parpadeó sorprendida. Esperaba una respuesta basada en ideales grandiosos o filosofías complejas, algo muy propio de él. Mientras ella se quedaba momentáneamente petrificada por esa muestra de confianza tan directa...
—¡Ja, ja, ja, ja, ja!
Echidna estalló en carcajadas desde su cuello, sobresaltándola.
—¡Oye! Echidna, no me asustesh ashí de repente. ¿Qué te pasha?
—Lo siento, lo siento. Es que me ha parecido una respuesta demasiado familiar, eso es todo.
—¿Familiar? ¿A qué te refieres con eso? —preguntó Julius, frunciendo el ceño ante la persistente risa del espíritu.
—Verás... —continuó Echidna con tono jovial—, yo también soy alguien que decidió “invertir” en el futuro de Ana. Por eso no puedo evitar sentirme identificada.
—Ah... ahora que lo dicesh, creo que me dijishte algo parechido... pero, eshpera un momento.
Anastasia ladeó la cabeza. Recordaba algo similar de su primer encuentro con Echidna, y si hacía memoria, incluso Ricardo le había dicho algo parecido cuando era niña: que tenía ganas de ver en qué se convertiría Anastasia en el futuro.
—”¿Esho significa que shiempre conquishto a la gente de la mishma manera?
—No veo que haya ningún problema en ello. Anastasia-sam posee diversas técnicas de negociación, pero si tiene una “carta” que funciona con cualquiera, no hay nada mejor que eso.
—Ya veo. Es una observación muy aguda.
Ante la respuesta tan seria de Julius, Anastasia mostró una sonrisa algo forzada. Echidna siempre era así, pero ver a Julius encontrando virtudes en cualquier detalle la hacía dudar de si debía dejar las cosas como estaban. O quizás, si no hubiera perdido la memoria, esto no sería un dilema para ellos.
—No lo sé. Yo pensaba que no había inquietudes entre nosotros —dijo Julius con suavidad—. Pero ahora me doy cuenta de cuánto esfuerzo debió poner usted para que yo me sintiera así.
—... Vaya, ¿ahora te creesh capaz de leerme el penshamiento?
—Aunque usted no recuerde ese tiempo, yo sí la he observado desde el lugar más cercano posible.
—Vaya forma de soltar frasesh seductorash... —Anastasia se tapó la boca y soltó una pequeña risa, dejando pasar la impertinencia de su caballero.
Existía cierta ansiedad, sí. Pero este caballero que parecía capaz de hacerlo todo con elegancia recordaba la relación que ella había olvidado. Si era así, estarían bien. Al fin y al cabo, su mayor virtud era ser fuerte en la adversidad.
—Ademásh, shi pude recordar a Emilia-san de repente, quizhá en cualquier momento tambiénh me venga el recuerdo de Julius, ¿no creesh?
—En última instancia, eso sería lo ideal. Tanto ella como Julius han sido víctimas de la autoridad de la “Gula”... No sabemos las condiciones para recuperar lo perdido, pero...
—No hay necesidad de apresurarse. —Sentirme así ahora es algo de lo que me enorgullezco.
Con la mano sobre su corazón, sonrió sin bravuconería.
Anastasia asintió ante la determinación de su caballero. Una vez aclarado el panorama de su relación, era hora de volver a los negocios pendientes.
—Tal como hablamosh en la torre, nosotrosh también tenemosh que colaborar en la búshqueda de Natsuki-kun y Rem-san. No sé shi Emilia-san lo recordará, pero también me preocupa el ashunto del tercer “Gula”.
—Cierto. Si han sido enviados al Imperio junto con Subaru y la señorita Rem, el Imperio también corre peligro.
—Aun así, dudo que ese país escuche razones. Me pregunto cómo diablos vamos a encontrar a Natsuki-kun y a los demás...


—No diré que todosh losh problemash se han resuelto, pero el hecho de que estemosh aquí esh graciash a Emilia-san y los demásh... Si no devuelvo eshte favor, mi nombre como comerciante quedaría por los suelosh—sentenció Anastasia con determinación.
—¿Y bien? ¿Qué es lo que piensa hacer? —preguntó Julius, observándola con un ojo cerrado.
— Puesh haré una “propueshta”—al estilo de la Compañía Hoshin
Anastasia se encogió de hombros mientras respondía a la pregunta de Julius. Por fortuna, el hecho de que su poder de convicción era fascinante era algo que los dos presentes acababan de demostrar hace apenas unos instantes. Aunque...
—Aunque quizá, en lugar de decir “dos personas”, sería más exacto decir “una persona y un animalito”, ¿no creen?
Con ese toque de picardía, Anastasia sacó la lengua de forma juguetona, y la bufanda que rodeaba su cuello bailó con un cosquilleo travieso, compartiendo el buen humor de su dueña.
5
—Todo el mundo está de un lado para otro intentando traer de vuelta al Harmano Mayor y a los demás, ¿no es así…?
Apoyando ambos codos sobre sus rodillas y sosteniendo su rostro con las manos, Meili murmuró aquellas palabras con total indiferencia.
La atmósfera de urgencia que impregnaba la mansión de Roswaal distaba mucho de ser, para Meili, la imagen de un "viejo y nostálgico hogar". Al fin y al cabo, aunque Meili había pasado un año entero en esa mansión, las circunstancias habían sido algo distintas.
—Como yo siempre estaba en el calabozo, ver la casa así de animada me resulta de lo más refrescante, de verdad.
Originalmente, Meili había sido una asesina enviada para acabar con Emilia y los demás. Había atacado la mansión anterior (la que terminó reducida a cenizas), fracasó en su misión y acabó como prisionera. Lo lógico habría sido que la torturaran o se deshicieran de ella de cualquier forma, pero por algún giro del destino, ahora se encontraba en esta posición.
Era tal la falta de tensión en el ambiente que incluso ahora la dejaban allí, sentada sin ningún tipo de atadura, simplemente "abandonada" a su suerte.
—... Me pregunto si no se les habrá ocurrido pensar que podría traicionarlos de repente y empezar a causar estragos por aquí.
No le habían permitido llevar ningún arma, pero para empezar, Meili no necesitaba nada de eso. Si se lo proponía, podía llamar a las Mabestias que vivieran en los alrededores y usarlas como peones. Si se le antojaba, incluso podría lanzar una revancha por Elsa.
Ante ese pensamiento nacido del despecho, Meili no pudo evitar soltar una pequeña risa.
—Aunque... a Elsa es a quien menos le importaría que alguien intentara vengar su muerte, ¿no es así?
Elsa era el tipo de persona a la que no parecía importarle ni un ápice lo que sucediera tras su fallecimiento. Si incluso mientras estaba viva era alguien bastante despreocupada, no parecía probable que su actitud fuera a cambiar repentinamente después de muerta.
En realidad, Meili había tenido la oportunidad de saber qué era lo que Elsa pensaba realmente. Pero Meili no pudo aprovechar esa oportunidad, y ahora pensaba que quizás era mejor así. Antes creía que sin saberlo no podría avanzar hacia ninguna parte, pero...
—…Después de todo, alguien ya me dijo que podría decidir mi propio futuro observando a todo tipo de personas caminar adelante.
Aunque le molestaba un poco que la persona que le dijo eso se hubiera marchado volando a un lugar donde ya no podía verle la espalda.
—¡Ah! ¡Meili-chan!
—Vaya, vaya.
Mientras pasaba el rato en la sala de estar, alguien la llamó por su nombre. Meili se inclinó hacia atrás en su silla, casi recostándose sobre el respaldo, y captó una cara conocida y adorable, aunque de forma invertida desde su posición.
Era la niña que, junto a Subaru y Emilia, solía visitarla mientras estaba prisionera.
—Petra-chan, ¿cómo has estado?
—He estado muy bien. Me alegra mucho ver que tú también has podido volver sana y salva, Meili-chan. Estaba muy preocupada por ti.
—¿Después del Hermano Mayor, la Hermana Mayor y Beatrice-chan, supongo?
—¡No digas esas cosas! Yo no le pongo un orden de prioridad a la gente por la que me preocupo.
Petra puso las manos en sus caderas y comenzó a inflar sus mejillas, que se tornaron ligeramente rojas. Meili se rió ante su reacción, dio una vuelta con su cuerpo y se sentó correctamente para mirar a Petra de frente.
Incluso mirándola bien, el aspecto de Petra no había cambiado desde que se despidieron. Al fin y al cabo, no había pasado más de un mes, por lo que no era de extrañar. Lo que sí era extraño era el tiempo que habían tardado en volver; normalmente, el viaje de regreso debería haber tomado el mismo tiempo que el de ida.
—Estabas con el Hermano Mayor Clind, ¿verdad? ¿Qué tipo de magia usó?
—¿Quién sabe? Y no es por ser mala, es que de verdad no tengo ni idea. Ese hombre llegó, habló un poco con la hermana mayor y los demás, y de repente los dos carruajes aparecieron "pum", justo delante de la mansión.
—Hum... Debe ser magia yin. Odio preguntar, pero le preguntaré al Maestro más tarde.
Al escuchar la extraña experiencia de Meili, Petra, siempre entusiasta por aprender, asintió varias veces con interés. Meili había oído que Petra estaba creciendo a pasos agigantados en diversas áreas, y parece que en lo que respecta a la magia, su talento y curiosidad no eran la excepción. Probablemente, ella misma terminaría descifrando la magia de aquel mayordomo llamado Clind que siempre la miraba de forma tan fija.
Sea como sea...
—Petra-chan, no pareces tan deprimida por lo del hermano mayor como yo pensaba.
—... ¿De qué estás hablando? Estoy muy preocupada y, además, ¡estoy muy enfadada!
—...
Al decirle lo que pensaba con sinceridad, Meili recibió una sonrisa de Petra, pero sus ojos no se reían en absoluto. Meili fue incapaz de continuar con la palabra.
Ciertamente, el juicio de Meili había sido erróneo. Petra estaba furiosa. Solo que la chica que tenía delante no era del tipo que hacía explotar sus emociones acumuladas, sino que las liberaba de una forma aterradora que Meili ni siquiera podía imaginar.
Meili recordó a la Petra que la visitaba con frecuencia en el calabozo hace un año. Aquella declaración escalofriante que le soltó aún le hacía estremecerse cuando la recordaba.
En aquel entonces, Petra le había dicho a una confundida Meili:
"Voy a hacer que te enamores de mí (que me quieras). Si lo haces, ya no podrás volver a pensar en cosas tan horribles como matarme, ¿verdad? Así que no te preocupes, puedes quererme todo lo que quieras".
Esa estrategia y cálculo tan temibles habían terminado por ablandar a Meili por completo a lo largo de un año. Ahora, a Meili ni siquiera se le pasaba por la cabeza la idea de hacerle daño a Petra.
Por eso...
—... Lo... lo siento mucho.
—¿Eh? ¿Por qué se disculpa Meili-chan? Tú hiciste tu trabajo correctamente, ¿no? Me dijeron que nos ayudaste en un lugar lleno de Mabestias.
—Eso es cierto, pero... yo tampoco pude salvar al Hermano Mayor.
—...
Aquella no fue una disculpa por miedo a Petra, sino un arrepentimiento genuino de la propia Meili.
—Me había alejado cuando fue lanzado, pero… mentiría si dijera que nunca me pregunto qué habría pasado si me hubiera quedado allí.
Decir que se sintió aliviada porque la batalla en la atalaya había terminado no servía como excusa. Meili había bajado la guardia y, por ello, todos habían pasado por una experiencia amarga. Meili ni siquiera podía imaginar por lo que estarían pasando Subaru y los demás ahora mismo en el Imperio.
Quizás percibiendo su sinceridad, los ojos de Petra se suavizaron.
—Sí... gracias por disculparte. Y perdona por haberte hecho pedir perdón. Yo soy mucho peor que tú, Meili-chan, porque ni siquiera pude ir con ustedes.
—Eso no es...
—Por eso, la próxima vez iré sin falta. Eso es una promesa absoluta que me he hecho a mí misma.
Al ver a Petra apretar sus pequeños puños y declarar aquello con tanta fuerza, Meili abrió mucho los ojos. Luego, soltó una risa relajada.
— El Hermano Mayor es bendecido, ¿no? De que Petra-chan lo quiera tanto.
—Sí, así es. ¡Ah! Pero que sepas que tú también eres muy importante para mí, Meili- chan, ¿entendido?
—Sí, sí...
Aunque sonaba como un añadido de último momento, a Meili no le molestó en absoluto, lo cual le hizo pensar que ella misma estaba ya en un estado "grave". Se había dejado cautivar por completo por esta chica tan audaz. Aunque probablemente no fuera solo por Petra.
—Petra-chan, yo no podré ir con ustedes a buscar al hermano mayor.
—... Sí. Te vas a la capital con el hermano mayor Clind y Lady Annerose, ¿verdad?
—Así es. Parece que tengo que ir a hablar sobre cómo atravesar ese mar de arena.
Asintiendo a las palabras de Petra, Meili imaginó las Dunas de Arena de Augria, cuyo entorno había cambiado drásticamente. Originalmente, las dunas y la Atalaya de
Vigilancia de Pléyades eran consideradas lugares inexpugnables. Sin embargo, ahora que el "Sabio" Shaula había cumplido su papel y las tormentas de arena que dificultaban el viaje habían desaparecido al terminar las "pruebas", la capacidad defensiva de la atalaya donde se guardan los "Libros de los Muertos" ha caído en picado.
Para evitar que la torre sea mal utilizada, las piezas clave ahora son...
—El "Dragón Divino" con el que Lady Emilia se hizo amiga, y Meili-chan, que puede controlar a las Mabestias.
—Jamás pensé que me pondrían al mismo nivel que al "Dragón Divino", de verdad.
Meili sonrió con amargura ante la realidad que Petra acababa de describir. Ahora mismo, lo único que protege la torre es el anciano "Dragón Divino" instalado allí y las manadas de Mabestias que habitan las dunas. Y la facción de Emilia tiene control sobre ambos.
—... Siento como si me hubieran metido en el grupo casi sin darme cuenta.
—¿Eh? ¿Te das cuenta de eso recién ahora?
—Petra-chan, deja de poner esa cara tan aterradora, por favor.
A Meili le daba miedo la actitud de Petra, que parecía decir que aquello era lo más obvio del mundo. Sea como sea, para que el Reino reconozca ese papel que se le ha confiado, Meili debe presentarse directamente en el castillo real. Por eso, tendrá que separarse de Petra, Emilia y los demás.
—Es un poco desalentador, pero le confiaré al Hermano Mayor a ti, Petra-chan.
—Sí, me esforzaré mucho. Tú también esfuérzate, Meili-chan. El hermano mayor Clind es muy amable, pero tiene... algunos problemillas, así que ten cuidado.
—No me des advertencias que den miedo de repente... Pero bueno, no estaré sola. ¿Verdad?
Diciendo esto, Meili sacudió ligeramente la capucha de la túnica que llevaba puesta. Entonces, ante los ojos de una sorprendida Petra, una sombra salió disparada de un salto. Era un pequeño escorpión de color carmesí que trepó por el hombro de Meili con sus múltiples patas y se asomó sobre su cabeza.
—Este pequeñín es...
—Supongo que es algo así como mi pequeño guardaespaldas. Aún no me decido por un nombre, así que por ahora lo llamo Escorpión-Carmesí-chan
—Escorpión-Carmesí-chan
Repitiendo el sonido en su boca, Petra observó fijamente al escorpión carmesí. Ante su mirada, el escorpión hizo ruidos con sus pinzas afiladas mientras intentaba que su pequeño cuerpo pareciera más grande. No estaba claro si aquello era un comportamiento de intimidación para proteger a Meili o no.
—Cuida bien de Meili-chan, Escorpión-Carmesí-chan
Petra no se rió de ello, sino que incluso le tomó una de las pequeñas pinzas con los dedos como si le estuviera dando un apretón de manos. El escorpión pareció aceptar el gesto con seriedad y comenzó a agitar la cola con lo que parecía ser satisfacción.
Y entonces...
—Hagamos nuestro trabajo como es debido, ¿sí? Creo que eso será lo mejor.
—Tienes razón. Cuando Subaru vuelva y todo esté en orden, volveremos a jugar todos juntos.
—Eso espero. Yo también tengo un montón de cosas que quiero decirle al hermano mayor.
Meili respondió con una sonrisa a las palabras de ánimo de Petra. Al oír su respuesta, Petra ladeó un poco la cabeza con extrañeza.
—¿Eh? Esa reacción de Meili-chan... me ha dejado un poco intrigada.
—... ¿El qué?
—No lo sé exactamente, pero... ¿Acaso viste a Subaru hacer algo genial?.
Al oír la pregunta, hecha con un tono algo cauteloso, Meili abrió mucho los ojos. Estuvo a punto de responder "claro que no", pero vaciló por un instante.
No sabía si era un deseo de devolverle la broma a la inquieta Petra, o si era un simple capricho al recordar lo sucedido en la Atalaya de Vigilancia de Pléyades.
Sea como sea...
—Vaya, Petra-chan, qué preocupadiza eres.
Ante la tímida sonrisa de Meili, el escorpión carmesí sobre su cabeza hizo sonar sus pinzas en un gesto que no se sabía si era de afirmación o negación, haciendo que la inquietud de Petra creciera todavía más.
6
—Emilia-sama, ¿ha logrado calmarse un poco?
—... Sí, un poco. Perdona, Ram. Siento haberte hecho preocupar tanto.
Al salir de su habitación tras cambiarse de ropa, Emilia encontró a Ram esperándola en el pasillo. Emilia bajó la mirada con un gesto de disculpa; aunque le alegraba el apoyo de su amiga, se sentía mal por mostrarse tan abatida.
Tras regresar de la Atalaya de Vigilancia de Pléyades a la mansión, se encontraban en una situación donde todos debían unir fuerzas para encontrar a Subaru y a los demás desaparecidos. Emilia sabía que no podía permitirse seguir lamentándose eternamente.
—Subaru y Rem han desaparecido... , así que tú también debes estar desesperada, Ram.
—Dejando a un lado a Barusu, ciertamente estoy preocupada por Rem. Lo repito: dejando a un lado a Barusu.
—No hace falta que lo digas dos veces. Yo me encargaré de preocuparme por Subaru también por ti, supongo... Confío en que ambos estén a salvo —intervino Beatrice.
La pequeña espíritu, que caminaba de la mano de Emilia, mantenía la mirada baja. Su semblante no era bueno, y no solo por la preocupación, sino por un problema más técnico: el contrato con Subaru. Al estar tan lejos de su contratista, el suministro de mana era deficiente.
—Beatrice-sama, ¿cómo se encuentra su cuerpo? —preguntó Ram.
—Me las estoy arreglando en "modo ahorro", supongo. Deberías preocuparte más por ti, que pareces agotada.
—No se preocupe. En cuanto termine aquí, tengo planeado lanzarme a los brazos del Maestro Roswaal para reponer fuerzas.
—... Tu mal gusto es algo que jamás llegaré a comprender, supongo.
—Eso es algo que podría decir de ustedes dos... mejor dicho, se lo devuelvo tal cual a ambas.
—¿Eh? ¿A mí también? ¿Qué es lo que me devuelves?
Emilia parpadeó confundida al verse incluida de repente en el intercambio, pero no hubo respuesta. Los pasos de las tres se detuvieron frente a la puerta del despacho de Roswaal, en el último piso.
—Gracias a Clind-san pudimos volver muy rápido, pero aun así debemos darnos prisa.
Emilia recordó la sorpresa que sintieron cuando Clind apareció en Mirula mientras intentaban regresar tras enviar un mensajero a Roswaal. La "teletransportación" posterior fue aún más asombrosa, pero no había tiempo para quedarse maravillada. Tenía que esforzarse el doble para ir a buscar a Subaru al Imperio.
—... Roswaal, voy a entrar.
Tras anunciar su llegada a través de la puerta, Emilia, tirando suavemente de la mano de Beatrice, entró en el despacho.
Dentro, sus valientes aliados ya estaban reunidos, esperando su llegada. Eran todos rostros conocidos y valiosos que compartían la preocupación por Subaru y Rem, dispuestos a prestar su fuerza.
—... Gracias a todos por reunirse aquí.
Sintiendo todas las miradas sobre ella, Emilia apretó con fuerza la pequeña mano de Beatrice y recorrió con la vista los rostros de sus amigos. Le conmovía saber que todos sentían lo mismo. Se dijo a sí misma que no debía dejar que la impaciencia la hiciera cometer errores; debía mantener el corazón firme.
Si todos unían sus fuerzas, todo saldría bien.
—¡Encontraremos a Subaru y a los demás que fueron transportados, sin falta!
Ante su declaración, todos asintieron al unísono. Para Emilia, no hubo nada más reconfortante que ese gesto de unidad.