Quédate a mi lado Pléyades: El regreso del hijo pródigo
QUÉDATE A MI LADO PLÉYADES: EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO
1
—Nosotrosh intentaremosh entrar por el lado de Kararagi. Comparado con lash fronterash entre Lugunica y Vollachia, que siempre se eshtán mirando feo, la vigilancia en Kararagi suele ser másh relajada —propuso Anastasia.
Para Emilia, esta sugerencia fue una sorpresa tan grata como inesperada. Por supuesto, sabía que Anastasia, Julius y Echidna estaban preocupados por Subaru y los demás, pero pertenecían a una facción distinta. Originalmente, habían ido a la Atalaya de Vigilancia de Pléyades por objetivos diferentes, aunque el camino fuera el mismo. Ahora que habían regresado a salvo, no tenían ninguna obligación de ayudar a buscar a alguien que se había perdido.
—Yo opino lo mismo que Lady Anastasia—añadió Julius—. La relación entre el Imperio y el Reino es complicada, pero sobre todo, esa ciudad-estado es la base de la Compañía Hoshin y de Lady Anastasia.
—Podremosh usar mish contactosh al máximo. No creo que sea una apueshta con malash probabilidadesh, ¿sabes? —completó Anastasia con una sonrisa.
—¡Anastasia-san, Julius...!
Emilia se sintió conmovida por la naturalidad con la que se ofrecían a ayudar. Sus ojos amatistas se humedecieron ligeramente por la emoción.
—Me alegra tanto haber podido hacerme amiga de Anastasia-san...
—Bueno, "amigas" podría sher un poco exagerado. Tú y yo sheguimos shiendo candidatash rivalesh, recuerda. Pero—.
—¿Pero?
—Cuando terminemosh con lo de Natsuki-kun y la Selección Real, entoncesh sí, seamosh amigash de verdad. Al igual que tú, Emilia-san, yo tampoco tengo muchosh amigosh —confesó Anastasia con una sonrisa suave.
—Para que conste—eso no fue timidez. Ana realmente no tiene muchos amigos.
—¡Ya cállate, no digash cosash innecesariash! —replicó Anastasia, apretando la nariz de Echidna para hacerla callar.
Emilia soltó una pequeña risa, sintiendo cómo el peso en su pecho se aliviaba un poco entre la esperanza y la ansiedad. Sin embargo, Anastasia recuperó un tono más serio.
—Pero no cantesh victoria antesh de tiempo. Ir por Kararagi nosh llevará tiempo... y el margen de maniobra de Natsuki-kun no debe sher mucho, ¿verdad?
—Sí. No podemos perder ni un segundo... Por eso, nosotros intentaremos entrar al Imperio de una forma distinta a la de ustedes. ¡Vamos a esforzarnos para entrar ilegalmente!
—...
—¿Eh? ¿Pasa algo? Los tres tienen una cara muy rara.
Ante el entusiasmo de Emilia, Anastasia y los demás se quedaron sin palabras. Anastasia sacudió la mano con una risa nerviosa.
—No, esh sholo que... hablar contigo esh divertido, Emilia-san. Haces que lash cosash buenash y las malash suenen igual de suavesh.
—¿De verdad? No lo entiendo, pero ¿suave suena mejor que duro?
—Quién sabe. Julius, ¿tú qué piensash?
—¿Yo? ... Bueno, creo que es una de las virtudes de Lady Emilia —respondió el caballero con una expresión algo complicada.
—Um, pues gracias.
Emilia aceptó el cumplido con sinceridad, aunque notó que Anastasia parecía divertirse a costa del desconcierto de Julius. Sabía que había algún significado más profundo que se le escapaba, pero estaba acostumbrada a que no siempre le explicaran todo detalladamente.
—No todos los días se tiene la oportunidad de apoyar una "entrada ilegal" —comentó Echidna—. Pero dada la situación, es una de esas raras excepciones. Ana y yo esperamos ver grandes cosas de ustedes.
—Así esh. Pero Emilia-san, ¿eresh conshciente de que esh una apueshta peligrosa? — preguntó Anastasia con seriedad—. Si te deshcubren entrando shin permisho en otro paísh, shiendo tú una candidata al trono de Lugunica... podríash causar un conflicto diplomático o incluso perder tu derecho a la Selección Real.
—Lo sé. Me lo han advertido muchas veces.
Emilia asintió. Entrar ilegalmente significaba infiltrarse sin permiso, algo que estaba mal. Pero tenía una razón que pesaba más que cualquier regla.
—Aun así, tengo deseos que quiero cumplir como Reina. Pero todos esos deseos... quiero cumplirlos junto a Subaru. Por eso, voy a dar lo mejor de mí.
—... Subaru es un hombre con suerte —murmuró Julius.
— ubaru no es el afortunado, creo que la afortunada soy yo —respondió Emilia con una sonrisa radiante.
Recordó todas las veces que Subaru, con su esfuerzo incansable, la había salvado. Por eso, si él estaba en problemas, ella quería ser la primera en tenderle la mano.
—Bueno, bueno, ya entendí lo que piensash, Emilia-san. Qué empalagosho —bromeó Anastasia—. Julius y yo partiremosh pronto. Según el Margrave Mathers, el mayordomo nosh ayudará a acortar camino hashta la frontera.
—¿Se refiere al Sr. Clind? Él dice que el título no es mayordomo, sino, administrador del hogar.
—De cualquier forma, debería acortar el tiempo hasta la frontera de Kararagi—aunque, personalmente, tengo mucha curiosidad sobre el tipo de magia que implica.
—La curiosidad deshpués, Julius.
Julius, amante de la magia, pareció decepcionado, pero la propia Emilia no conocía el secreto del poder misterioso de Clind. Nunca lo había mostrado antes; supuso que era una fuerza que solo podía usar bajo circunstancias especiales, y estaba agradecida de que hubiera elegido ayudar al grupo de Subaru.
Quizás la elección no había sido solo de Clind—pero aún así.
—Emilia-san.
—Ah, disculpa—¿sí?
—Emilia-san, nosotrosh nosh encargaremosh de buscar a Natsuki-kun y a Rem-san con todash nuestrash fuerzash. Así que... te confiaremosh a ti y a tu gente la tarea de informar al Reino sobre lo ocurrido en la Atalaya.
—¿Eh? ¿Estás segura?
—Esh mi prueba de confianza. La Atalaya de Vigilancia de Pléyades, ahora que la arena y el "Sabio" she han ido, esh mucho másh vulhnerable. Si el Culto de la Bruja o alguienh con malash intencionehs la toma, sería un desashtre.
—Para protegerla de tales amenazas, se requerirá la fuerza del Reino. Desde el principio, el objetivo de nuestro viaje era encontrar una manera de salvar a las víctimas del Culto de la Bruja; quizás las Pilas de los "Libros de los Muertos" sean ese avance.
—Leer cada volumen para extraer una respuesta… Tomará muchas manos—un camino cuesta arriba lleno de espinas.
Anastasia, Julius y Echidna enfatizaron cada uno la gravedad del asunto.
Tal como decían, las posibilidades de la atalaya eran ilimitadas; dependiendo del corazón de quien la usara, podría utilizarse para el bien o para un mal indescriptible.
Para evitar lo último, la atalaya tenía que ser puesta bajo la custodia del Reino.
Anastasia añadió un tono juguetón, rompiendo la tensión del momento anterior.
—Ashegurar la Atalaya y haber cruzado las dunash de Augria son hazañahs enormes
—concluyó Anastasia con un guiño—. No intentesh quedarte con todo el crédito tú shola, ¡ashegúrate de repartir bien losh beneficiosh con nosotrosh!
La tensión que se había acumulado se disolvió ante la actitud pícara de Anastasia. No era una advertencia hostil entre rivales, sino un recordatorio amistoso con un toque de picante.
—Déjenlo en mis manos. Nunca haría nada para decepcionar a una amiga.
Resolviendo no depender demasiado de la amabilidad de Anastasia, Emilia cargó su asentimiento con tanta sinceridad—y una pizca de picardía.
2
—De haberlo sabido, habría pensado que tendrías preparado al menos un medio para entrar y salir del Imperio a tu antojo, supongo.
Como de costumbre, la actitud cortante de Beatrice venía acompañada de un orgullo fácil de ver a través. Cruzando sus cortos brazos, ponía una expresión insolente que sugería que no esperaba nada de él; sin embargo, esa misma fachada delataba la sinceridad de su deseo y la confianza que, muy a su pesar, depositaba en él.
Por eso, en una rara muestra de humildad, Roswaal pronunció una disculpa genuina.
—Lo sientoooo mucho. Jamás imaginé que llegaría el día en que tendríamos que ir al Imperio en plena Selección Real. Hasta donde yo sabía, todo el proceso debía concluir dentro de las fronteras de Lugunicaaa.
—Hmph. Qué patético para alguien que poseía un verdadero "Libro de la Sabiduría", supongo. Me habría gustado que me mostraras algo diferente a lo que vio Betty, quien abrazó un libro en blanco durante cuatrocientos años.
—...
—¿Q-qué pasa? ¿A qué viene esa cara tan extraña?
Roswaal se quedó mirando fijamente a Beatrice mientras ella fanfarroneaba desde el otro lado del escritorio. La herida de Beatrice —haber guardado durante cuatro siglos un libro que no decía nada— era profunda; un estigma que todos temían tocar y que preferían ignorar. Que ella lo mencionara ahora con tanta naturalidad dejó a Roswaal sin palabras.
—... Siento envidia de Subaru-kun —murmuró Roswaal.
—¡No entiendo a qué te refieres! ¡No le pongas más cargas innecesarias a Subaru ahora que está en aprietos, supongo! Si tanto te molesta, ¡ve volando al Imperio ahora mismo a recogerlos!
—Si pudiera solucionarse con algo tan simple como que un dragón volador me mordiera el trasero, sería interesante —respondió Roswaal con una sonrisa amarga ante la absurda petición. Luego, suavizando el tono, añadió—: Beatrice, he tomado todas las medidas posibles. No permitiré que desaparezcas, pase lo que pase.
—Ahórrame la preocupación innecesaria, supongo. Necesitas a Subaru, no a Betty. Y Betty no tiene problema con eso.
—Dices cosas muy tristes. Sabes bien que te aprecio, ¿no es así?
—¡No digas tonterías...!
Roswaal cerró un ojo, observando a la pequeña espíritu con su pupila amarilla. Decidió tocar un tema que ambos habían estado evitando desde el regreso de la torre.
—... Sobre ese espíritu artificial que acompaña a Lady Anastasia.
—Solo es el nombre, supongo —respondió Beatrice sin vacilar—. Por lo que Betty pudo comprobar, ella no parece saber nada.
Se referían al espíritu con el cuello de piel de zorro que se hacía llamar Echidna. Para Roswaal y Beatrice, ese nombre era imposible de ignorar. Beatrice parecía querer creer que el espíritu realmente no ocultaba nada fundamental.
—¿Y si solo te está haciendo creer eso? Podría estar engañándote.
—Ella misma reveló que es un espíritu artificial. ¿Qué sentido tendría mentir sobre lo demás?
Roswaal entrecerró los ojos ante la respuesta punzante de Beatrice. Engañar, ocultar... para alguien con una mente tan retorcida como la de él, las razones para mentir sobraban. La lógica de Beatrice le pareció de una ingenuidad casi increíble para alguien que ha vivido cuatro siglos, pero decidió no insistir.
—Entiendo. Es una amiga espíritu que acabas de hacer; no seré yo quien diga algo inoportuno.
—¡N-no es mi amiga, supongo! ¡No digas cosas raras!
—Bien, bien. ¿Ya tienes lista tu maleta? Si te retrasas en los preparativos...
—¡No hace falta que me lo digas! ¡Hmph!
Con el rostro encendido, Beatrice salió del despacho haciendo ruido con sus pasos, intentando ocultar la fragilidad de su corazón ante la ausencia de Subaru.
Una vez que Beatrice se marchó, una voz surgió desde el regazo de Roswaal.
—¿Ya se ha quedado satisfecho?
Roswaal bajó la mirada y se encontró con unos ojos de color rosa pálido. Sintiendo el peso y el calor de la cabeza de Ram sobre sus piernas, el margrave se encogió de hombros.
—Solo era una conversación necesaria. "Satisfecho" es una forma extraña de ponerlo.
—Es que usted adora a Beatrice-sama, después de todo.
—... Dicho así, resulta una expresión algo vergonzosa.
Ram estaba acostada usando las rodillas de Roswaal como almohada, una posición que había mantenido incluso durante la charla con Beatrice.
—Te has esforzado demasiado durante el viaje —dijo Roswaal, mientras tocaba la frente de Ram, específicamente la cicatriz de su cuerno roto. Comenzó a verter mana ajustado con precisión para limpiar y estabilizar la circulación deficiente en el cuerpo de la sirvienta—. Fue un acierto regresar rápido, incluso sin contar lo de Subaru-kun.
—La fatiga mental y el exceso de trabajo se acumularon. Guiar a Emilia-sama y a Barusu es tan difícil como imagina... Si Otto hubiera estado ahí, le habría hecho encargarse de todo, pero fue inútil.
—Él estaba recuperándose de sus propias heridas, tenle algo de piedad. Además...
—... Presentó una alternativa aceptable, así que decidí pasárselo por alto.
Roswaal rió suavemente. Eso, viniendo de Ram, era el mayor de los cumplidos para Otto. Mientras continuaba el tratamiento de mana, Roswaal sintió una punzada de autorreproche al ver cuánto dolor debía estar soportando ella en silencio.
—Me alegra que hayas vuelto sana y salva.
—...... Roswaal-sama.
Al pronunciar esas palabras, Roswaal se sorprendió de su propia sinceridad. Inmediatamente, un sentimiento de autodesprecio lo quemó por dentro. ¿Con qué derecho podía él alegrarse por la seguridad de Ram, después de todo lo que le había hecho?
Sin embargo, Ram sonrió con felicidad ante sus palabras, lo cual le resultó aún más difícil de soportar. Deseando romper esa atmósfera y quizás buscando el rechazo de ella, Roswaal decidió decir la verdad sobre sus antiguos motivos.
—Ahora entiendo por qué acepté a tu hermana, a Rem, en esta mansión.
Ram guardó silencio. Roswaal quería confesar su intención más egoísta: cómo veía a Rem, olvidada por todos debido a la Autoridad de la Gula, como una pieza para sus planes.
—Es…
—Como un reemplazo para mi cuerno, ¿correcto?”.
—…
—Qué lástima. Inténtelo de nuevo la próxima vez.
Ram cerró los ojos lentamente, invalidando el intento de Roswaal de hacerse odiar. Él no tuvo más remedio que continuar con el tratamiento de mana, sintiéndose patético al estar completamente bajo el control emocional de la joven en su regazo.
Ya no sabía cómo apagar la pasión de Ram. Su "Libro de la Sabiduría", el que debía mostrarle el camino, había sido quemado precisamente por ella, dejándolo sin futuro. Y aun así, en ese preciso instante, era cuando más deseaba que el libro le dijera qué hacer.
3
—¡Anne, Meili, les encargo la torre! ¡Me esforzaré al máximo y volveré pronto!
Agitando la mano con energía, Emilia y su grupo desaparecieron en lo que pareció apenas un parpadeo. Para quienes lo experimentaron, fue instantáneo; para Annerose, que se quedó mirando, el carruaje y sus ocupantes simplemente se esfumaron como si fueran humo.
—Realmente es muy conveniente, pero también muy extraño, ¿no? —comentó Meili, balanceando sus trenzas mientras acariciaba el suelo con la punta de su bota.
Hasta hace un momento, allí había un carruaje tirado por dos dragones de tierra. Ahora, solo quedaba el silencio del jardín. Annerose ladeó la cabeza, comprendiendo la perplejidad de Meili ante tal fenómeno.
—Incluso yo, que he sido educada por Clind como jefa de la familia Miload, no termino de comprender la verdadera naturaleza de sus habilidades —admitió Annerose.
Clind era su tutor y mentor, una figura de autoridad fría y firme que no había cambiado en absoluto desde que ella tenía memoria. Sin embargo, su lealtad era tan absoluta como misteriosa.
—Debes tener cuidado con él. Es extremadamente eficiente, pero también... peligroso.
—Eso mismo me dijeron Petra-chan y esa hermana mayor con colmillos, pero al final, ¿qué significa realmente? ¿Solo que le gustan las niñas pequeñas?
—En términos sencillos... sí —respondió Annerose con cierta pesadez.
—Ah, ¿solo eso? No es para tanto, puedo lidiar con algo así —dijo Meili restándole importancia con un gesto de la mano.
Annerose cerró un ojo y observó con fijeza la espalda de Meili. Aunque era solo dos o tres años mayor que ella y tenía un rostro adorable, su actitud cínica y su tono de voz daban una impresión de fragilidad peligrosa. Los informes que Emilia le había dado no eran precisamente tranquilizadores.
—Verás, Meili es la niña que incendió la antigua mansión... bueno, no lo hizo sola, fue con su hermana mayor. ¡Pero no es una mala niña! Además, puede controlar a las Mabestias y casi acaba con Subaru una vez... ¡pero de verdad, no es una mala niña!
Emilia la había defendido con fervor, pero para cualquier observador externo, Meili seguía siendo una persona de alto riesgo. Sin embargo, Annerose ya había tomado una decisión, considerando que la custodia de Meili le había sido confiada a ella.
—Yo te protegeré —declaró Annerose con total seguridad.
Meili se dio la vuelta con una expresión de incredulidad absoluta.
—¿Qué pasa con esa cara? ¿Acaso dudas de mi palabra?
—No es eso, pero... tú eres más joven que yo, ¿verdad? Yo soy la hermana mayor aquí.
—¿Crees que la fiabilidad se mide por la edad? Si fuera por eso, Emilia sería la persona más confiable de todas —replicó Annerose con un tono de victoria.
—Ugh... usar a Emilia-onee-san es jugar sucio —refunfuñó Meili, admitiendo la derrota.
Annerose sonrió con orgullo. Incluso si Emilia no estaba presente, su sola existencia servía como apoyo moral para ella.
—Además, mi tío también me ha confiado tu cuidado. ¿Crees que él dejaría el futuro en manos de alguien si tuviera la más mínima duda de su capacidad?
—... No entiendo bien a ese Margrave, pero supongo que eso tiene algo de lógica — murmuró Meili, llevándose un dedo a los labios.
En ese momento, algo se movió bajo la capucha de la túnica de Meili. Una pequeña sombra emergió y se posó sobre su cabeza: un pequeño escorpión de caparazón carmesí. La criatura agitó sus pinzas hacia Annerose, como si estuviera declarando que él era el verdadero guardaespaldas de la niña.
—Vaya, parece que tienes una escolta bastante decidida contigo.
—¿A que sí? Por eso no tengo miedo... Pero está bien. Dejaré que me "protejas" por un tiempo, señorita.
—Mi nombre es Annerose. Lo ideal sería que me llamaras "Lady Annerose".
Annerose estaba acostumbrada a que la subestimaran por su corta edad, así que sabía cómo responder. Al ver a Meili, no pudo evitar recordar su primer encuentro con Emilia; en aquel entonces, jamás habría imaginado que llegaría a querer tanto a esa "elfa maleducada".
—Espero con ansias el día en que podamos ser amigas de verdad.
—... Petra-chan me dijo algo muy parecido. ¿Acaso en esta mansión enseñan a todos a usar las mismas frases para ligar? —preguntó Meili con ojos sospechosos.
Annerose soltó una pequeña risa, pero antes de que pudiera responder, una voz intervino desde las sombras.
—No, esa es una suposición incorrecta. Permítame corregirla.
—¡¡¡KYAAAAA!!! —Meili saltó del susto.


—"Peligro. Rescate" —murmuró Clind con su habitual tono monótono, mientras su mano, moviéndose con una velocidad que desafiaba la percepción, atrapaba al vuelo al pequeño escorpión que había salido disparado de la cabeza de Meili.
Sin embargo, el pequeño escorpión no pareció apreciar el gesto. Con un movimiento instintivo, hundió sus pinzas con saña en el dedo del mayordomo.
—Vaya, parece que le ha pillado el dedo. Se lo tiene bien merecido, de hecho — comentó Annerose, observando la escena con una mezcla de fastidio y satisfacción.
—Esas son palabras muy crueles. No obstante, las aceptaré con gusto. Dulzura... — respondió Clind, sin mostrar el más mínimo signo de dolor, sino más bien una perturbadora nota de deleite en su voz.
—¡¡No se atreva a comparar mi mordacidad con el veneno de un escorpión!! —protestó Annerose, dando un pisotón.
Meili, que aún se sujetaba la cabeza con ambas manos tras el susto, miraba de un lado a otro con los ojos como platos. Hace apenas unos minutos había alardeado de que alguien como Clind no le intimidaba, pero la realidad de su "presencia" era otra cosa muy distinta.
—Como puedes ver, Meili, este hombre tiene... costumbres muy marcadas —dijo Annerose, recuperando la compostura y dirigiendo una mirada significativa a la niña— . Por eso...
—¿P-por eso qué? —tartamudeó Meili.
—Creo que lo mejor para ambas será que nos llevemos muy, muy bien. ¿No te parece?
—Annerose entornó los ojos y curvó los labios en una sonrisa que destilaba una confianza absoluta, casi depredadora.
Meili tragó saliva ruidosamente. Sabía que era mejor no decir lo que estaba pensando en ese momento: que esa expresión "malvada" y autoritaria confirmaba, sin lugar a dudas, que Annerose era pariente de Roswaal L. Mathers. El linaje de la excentricidad y el peligro corría por sus venas.
Clind, ignorando el hecho de que el escorpión seguía colgado de su dedo como un adorno macabro, hizo una reverencia perfecta ante Annerose.
—Annerose-sama, el transporte de Emilia-sama y sus acompañantes hasta las proximidades de la frontera de Vollachia ha sido completado con éxito. Han llegado al punto designado sin contratiempos.
—Bien hecho, Clind. Has cumplido con tu deber una vez más —asintió Annerose, aunque su rostro mostraba una sombra de preocupación—. Ahora... solo nos queda esperar y cumplir con nuestra parte.
—¿Nuestra parte? —preguntó Meili, recuperando un poco de su tono desafiante mientras extendía la mano para que el escorpión regresara a su brazo—. ¿Te refieres a quedarnos aquí sentadas a esperar que Barusu y los demás no se mueran?
—Cuidado con esa lengua, Meili. Quedarse atrás no significa estar ociosas —Annerose caminó hacia el balcón que daba a los terrenos de la mansión—. La Atalaya de Pléyades ahora es una responsabilidad compartida. Debemos preparar los informes para el Consejo de Sabios y asegurar que ningún oportunista intente reclamar lo que Emilia y Subaru lograron con tanto esfuerzo.
—Además —añadió Clind, apareciendo de nuevo frente a Meili—, la educación de la señorita Portroute debe continuar. No permitiremos que sus modales se oxiden durante esta ausencia.
Meili hizo una mueca de asco. La idea de recibir "lecciones" de Clind le parecía peor que enfrentarse a una horda de Mabestias.
—Emilia-san me pidió que te cuidara —continuó Annerose, mirando al horizonte donde el sol comenzaba a bajar—. Y eso incluye asegurar que, para cuando ella vuelva con Subaru, tú seas alguien de quien puedan estar orgullosos.
4
—En realidad, soy un hombre buscado en mi tierra natal... bueno, decir "buscado" no es del todo exacto, pero no estoy en posición de andar por ahí a plena luz del día.
Cuando Otto hizo esta confesión con rostro solemne, Frederica no pudo evitar que una parte de su interior asintiera con total convencimiento, pensando: “Lo sabía”.
Como oficial de asuntos internos de la facción de Emilia, Otto era una pieza indispensable gracias a su intelecto y capacidad de gestión. Junto a Subaru y Petra, se le consideraba uno de los “tres grandes hallazgos” del bando.
—Me genera cierto conflicto que pongan a Petra al mismo nivel que esos dos... — comento Frederica.
Sea como fuere, Frederica se había preguntado durante mucho tiempo bajo qué circunstancias y experiencias se había pulido esa fiabilidad tan característica de Otto. Si se tratara de alguien con un linaje claro como Roswaal, una trayectoria refinada como la de Emilia, o un diamante en bruto tan brillante como Petra, podría comprenderlo. Pero tanto Otto como Subaru, que no encajaban en ninguna de esas categorías, le resultaban —por decirlo de forma directa— inquietantes.
Sin embargo, con esto, su inquietud hacia Otto finalmente llegaba a su fin.
—Me quedo más tranquila. Así que, después de todo, el señor Otto es la clase de persona que termina convirtiéndose en un fugitivo.
—¡¿"Después de todo"?! ¡¿Y por qué "tranquila"?! ¡¿A qué viene eso?!
—No, no me haga caso. Es solo una apreciación personal.
—¡Eso me preocupa mucho más! ¡¿Frederica-san, acaso le parecía lo más natural del mundo que yo fuera un criminal perseguido por la justicia?!
—... Es que, si no fuera así, las cosas no cuadrarían —respondió Frederica con franqueza, desviando la mirada mientras se cubría los colmillos con la mano.
Al instante, con una expresión como si el mundo se hubiera puesto del revés, Otto abrió y cerró la boca como un pez, buscando ayuda en los compañeros que los acompañaban.
—No me digan que ustedes también piensan lo mismo...
—No t’ preocup’s, Otto-nii. Mi hermana siempre exag’ra las cos’s —soltó Garfiel.
—No sé si Frederica exagera, pero yo ya lo había oído antes, así que no me sorprende. A mí también me tenían miedo todos en mi pueblo —añadió Emilia.
—Emilia-sama, creo que lo suyo es un poco distinto a lo de Otto-san... Por favor, no ponga esa cara. Ya ve, Otto-san, todo por decir cosas innecesarias... —reprendió Petra.
—¡¿Acaso la culpa es mía?!
Tras recibir las respuestas de Garfiel, Emilia y, por inercia, de Petra, Otto gritó con fuerza antes de que su rostro reflejara el recuerdo de que, efectivamente, el origen de todo era su situación en su tierra natal. Se cubrió la cara con la palma de la mano y dejó escapar un débil suspiro.
—Esta vez es una de esas raras ocasiones en las que, de verdad, la culpa es mía...
—Es un placer ver que lo has resuelto tú solo. ¿Y bien? Ya entendimos que te resulta difícil volver a casa, pero no podemos quedarnos aquí para siempre.
Quien lanzó esas mordaces palabras hacia el abatido Otto fue Ram, que lo observaba con los brazos cruzados. A pesar de su falta de delicadeza, tenía razón. Actualmente, gracias a la autoridad de Clind, se habían trasladado desde la mansión de Roswaal hasta su destino: la ciudad comercial de Picoutatte.
Como aparecer directamente en medio de la ciudad llamaría demasiado la atención, aterrizaron en un bosque cercano con la intención de unirse al camino principal, pero fue en ese momento cuando surgió la confesión de Otto. El problema era su dificultad para regresar por ser un fugitivo en su tierra, pero...
—Sin embargo, fuiste tú mismo, Otto-kun, quien sugirió que en Picoutatte podríamos encontrar una forma de entrar al Imperio. No es una opción prescindir de ti, ¿no es asíii?
—Eso, por supuesto... Solo que me preocupa causarles molestias y, bueno, como yo también soy un ser humano normal, entrar en territorio donde me tienen en el punto de mira requiere valor.
—”¿Un ser humano normal...?”
Ante las palabras de Otto, quien se apoyaba en un árbol con la cabeza baja, el pensamiento de todos los presentes se sincronizó.
—Para ser un "humano normal", qué jactancia tan divertida, supongo —sentenció Beatrice con desdén.
—¡No es jactancia! —se lamentó Otto ante la discrepancia entre su autopercepción y la evaluación de los demás.
Dejando de lado esa distorsión en la imagen que Otto tenía de sí mismo...
—Otto-kun, si de verdad ves que no puedes, dínoslo, ¿vale? Por supuesto que quiero traer de vuelta a Subaru y a Rem, pero si por eso tú pasas por un mal trago Subaru seguramente sollozaría como si fuera su propio dolor.—dijo Emilia con dulzura.
—N-no me importaría ver a Natsuki-san sollozando, pero…
—Otto-san, compórtese.
Al oír el murmullo de Otto, Petra entornó sus lindos ojos con severidad. Era el ejercicio de la autoridad de Petra, a la que nadie en la facción de Emilia podía oponerse. Solo la audaz Ram y la despreocupada Emilia podían ignorarla; incluso Frederica se daba por vencida ante ella.
—No es que haya cedido ante la presión, pero estoy bien, Emilia-sama. Para que las negociaciones fluyan, será mejor que yo esté presente. Además...
—¿Además?
—... Supongo que ya va siendo hora de dar la cara ante mi pasado y mi hogar.
Ante la duda de Emilia, Otto dirigió una mirada llena de determinación hacia la lejanía, en dirección a la ciudad comercial. Un regreso triunfal a la tierra con la que tenía asuntos pendientes; sus sentimientos no debían de ser precisamente tranquilos.
—¡Por suerte, ahora que el mayor factor de ansiedad de la facción no está presente, me acompaña todo el potencial bélico del grupo! ¡Seguro que no habrá mejor oportunidad que esta para volver a casa!
—¡Otto-san, sea serio!
—¡¿Eeeh?!
El agudo grito de reproche de Petra voló hacia un Otto que apretaba los puños con fervor.
Además de ser un fugitivo en su hogar, contaba con naturalidad la fuerza bruta del grupo como garantía de seguridad para su regreso. Es precisamente por esa actitud por lo que lo llaman el “Oficial de Asuntos Internos Militares”.
—Realmente me resulta un misterio cómo el inteligente señor Otto es incapaz de ver lo que tiene justo bajo sus pies... —pensó Frederica con total sinceridad.
5
—Después de pasar el puesto de control en la puerta de la ciudad y adentrarse en la metrópolis comercial, Garfiel no pudo evitar hacer chasquear sus colmillos ante el cambio en el ambiente.
Garfiel: “Costuul, Pristella—grands como son, la s’nsación aquí ‘s realmente diferen’e, sab’s”.
Sentado con las piernas cruzadas en el techo del carruaje-dragón, estiró el cuello mientras observaba los alrededores.
Criado en el bosque cerrado del "Santuario", Garfiel sabía cuán limitada era su propia experiencia. Incluso después de un año fuera del bosque, el mundo aún rebosaba de incógnitas.
Costuul, la ciudad industrial, Pristella, la ciudad de las compuertas de agua—ambas las había visto con sus propios ojos. Picoutatte, la tercera gran ciudad ante él ahora— cada una contaba entre las Cinco Ciudades Principales de Lugunica, y sin embargo cada una lo deslumbró con su sabor único.
—E’ta ciudad hue’e diferen’e en cada e’quina... Normalmente, un lugar ti’ne un olor qu’ lo unifica, pero aquí ‘s como si mil be’tias di’tintas e’tuvieran marcando su territorio a la vez —murmuró Garfiel, sentado en el techo del carruaje mientras observaba el ir y venir de la gente.
—¡Ah, yo sé por qué es! —exclamó Emilia desde abajo, asomando la cabeza con una chispa de orgullo—. Picoutatte está dividida en cinco sectores: norte, sur, este, oeste y el centro. Y en cada uno venden cosas totalmente diferentes, por eso los aromas no se mezclan.
—¡Vaya! Emilia-sama, rea’mente t’ has e’tado e’forzando con los e’tudios —la elogió Garfiel.
—Je, je, ¿verdad? —respondió ella con una sonrisa radiante.
La educación de Emilia como candidata al trono estaba dando frutos. Picoutatte era un mercado viviente donde las tiendas establecidas y los puestos ambulantes se entrelazaban en una coreografía de energía y ruido. Garfiel, sin embargo, pronto se distrajo con un puesto de cuchillos que lucían particularmente afilados.
—Mir’n ese cuchillo d’ ahí... parec’ perf’cto para dar un bu’n tajo. Oigan, ¿pod’mos deten’r el carruaje un s’gundo?
—Garf, no pierdas de vista el objetivo. Mantente alerta —lo reprendió Ram con su tono habitual.
—Grrr... Está bi’n, ya lo sé, no h’ce falta que m’ lo diga’ —refunfuñó él, apoyando la barbilla en su mano.
Garfiel entrecerró sus ojos verdes y olfateó el aire de nuevo. Aunque Otto estaba oculto dentro del carruaje para no ser reconocido, Garfiel podía sentirlo: una red de miradas punzantes que los seguían desde que cruzaron la puerta.
—Otto-nii... rea’mente t’ tienen gana’ en e’te lugar, ¿eh? —comentó para sí mismo.
No conocía los detalles exactos, pero para que la reacción de la ciudad fuera tan rápida, Otto debía haber causado un problema de proporciones monumentales en el pasado. Garfiel se preguntaba si su "hermano" mercader habría desenmascarado a algún pez gordo o arruinado algún negocio turbio de escala nacional.
"Si intentan atacarnos, los aplastaré a todos", pensó, aunque sabía que fuera del bosque, los problemas no siempre se resolvían a puñetazos. Odiaba tener que admitirlo, pero en este mundo de reglas y etiquetas, el título de Roswaal era a veces más efectivo que su fuerza bruta. Y eso le molestaba, casi tanto como el hecho de que el propio Roswaal estuviera en este viaje.
—Todo’ saben qu’ es un ba’tardo peligro’o de pi’s a cabeza, ademá’ de s’r útil por su rango.
Subaru y Rem habían sido lanzados al Imperio de Vollachia, su seguridad desconocida; el grupo necesitaba unidad, pero Roswaal era una clara responsabilidad. Garfiel ya se arrepentía de no haberse unido al viaje a la Atalaya de vigilancia de Pléyades—aunque no negaría lo que quedarse en Pristella le había ganado.
—Ma’dita sea... avanzar pa’o a pa’o es agotador, Capitán —susurró, deseando que Subaru estuviera allí para darles una de sus arengas optimistas. Sin él, la esperanza se sentía como un hilo muy delgado.
—¡Garf! —La voz de Frederica desde el pescante lo sacó de sus pensamientos. Su tono era tenso, pero no por peligro, sino por pura perplejidad.
Garfiel miró hacia adelante, por encima de las cabezas de los dos dragones de tierra. En mitad de la calle, bloqueando el paso de manera casi alegre, se encontraba una pareja de mediana edad. El hombre, de complexión robusta y rostro jovial, agitaba los brazos con entusiasmo; a su lado, una mujer de aspecto elegante sonreía con una dulzura infinita.
—¡Por favor, no se preocupen! —exclamó el hombre, su voz resonando con fuerza por toda la calle—. ¡Amigos y compañeros de nuestro hijo, bienvenidos a la Compañía Suwen!
—¡¡¿EEEEEHHHHHHH?!! —Se escuchó un golpe sordo dentro del carruaje, seguido del grito de puro terror de Otto, quien aparentemente se había golpeado la cabeza contra la pared al reconocer las voces.
El regreso de Otto Suwen a su hogar no había empezado con un arresto, sino con la peor pesadilla de cualquier hijo pródigo: un recibimiento público y ruidoso por parte de sus padres en mitad de la capital comercial.
6
—Sean bienvenidos tras tan largo viaje. Me llamo Mazeran Suwen.
Con esas palabras y una sonrisa, el representante de la compañía comercial — Mazeran Suwen— dio la bienvenida a sus inesperados visitantes.
Al ser conducidos a la sala de recepción, agasajados con té de gran aroma y dulces, y recibidos con una sonrisa tan carismática, nadie podría haberse sentido fuera de lugar.
—De tal palo, tal astilla, ¿no es así?
—¡Eso no lo has dicho con una intención positiva en absoluto!
—Ja.
Ram, quien había resumido sucintamente la actitud hospitalaria del anfitrión, respondió con un bufido ante la rápida réplica de un perspicaz Otto.
Aunque Ram podría haberlo humillado con palabras más elaboradas, ella era lo suficientemente "misericordiosa" como para no atormentar a un hijo frente a su padre. Y mucho menos cuando no solo estaba el padre, sino también la madre presente.
—Ay, Otto, mira que volver de repente... Desde pequeño has sido así: cuando se te mete algo en la cabeza, dejas de ver lo que te rodea. Siempre nos diste muchos problemas por eso.
—Ah, pero creo que eso no ha cambiado nada. Otto siempre hace cosas disparatadas junto a Subaru y nos da cada susto...
—Por consideración a los sentimientos del joven Otto, me reservaré mi opinión sincera
—añadió Frederica.
—Yo también me quedaré con la misma respuesta que Frederica-nee-sama—secundó Petra.
Aquella mujer elegante que charlaba de forma amena con Emilia y las demás era la madre de Otto: Framir Suwen. Así, finalmente, se concretaba el encuentro entre las facciones y los padres de Otto.
—¿Ram? ¿Qué t’ pa’a? Te has qu’dado mirando fijamente a los padr’s de Otto-nii — preguntó Garfiel.
—Nada en particular. Solo que, como Otto parece haber heredado con tanta fuerza la sangre de sus padres, estaba borrando de mi mente la teoría de que lo habían recogido debajo de un puente.
—¡¿Hacía falta tener esa sospecha?! ¡Soy el del medio de tres hermanos, sabes!
—Solo quería estar segura, por si acaso.
—¡¿Segura de qué?!
Quizás por la emoción de estar de vuelta en su hogar tras tanto tiempo, Otto estaba un poco más ruidoso de lo habitual. Ram entendía que quisiera desquitarse por estar frente a sus padres, pero preferiría que se calmara un poco.
—Veo que la conversación fluye de maravilla, ¿me permiten un momento?
Quien alzó la mano justo cuando terminaban de intercambiar sus primeras impresiones fue Roswaal. Mientras aceptaba de buen grado la hospitalidad, miró a un Mazeran de semblante generoso y habló:
—En representación de todos, les agradezco este cálido recibimiento. Sin embargo, debo admitir mi sorpresa. No pudimos enviar una carta anunciando nuestro regreso y, aun así, nos recibieron incluso antes de que pasáramos por la puerta.
Lo que Roswaal puso sobre la mesa era la misma duda que Ram albergaba: el recibimiento de los padres de Otto. El grupo, que había llegado volando gracias al misterioso poder de Clind, no había avisado a la familia Suwen de su llegada. A pesar de ello, los esperaban frente a la mansión. ¿Por qué?
—Ah, lamento si eso les ha sorprendido. En esta ciudad es algo tan natural que no creí necesario mencionarlo... ¿Verdad, Otto?
—Uh... sí.
—Otto, ¿cómo es que no les has explicado nada a las personas que cuidan de ti? No me digas que cometiste la torpeza de olvidarlo, ¿verdad?
—Bueno, es que... se me pasó por alto. Lo lamento profundamente...
Ante la tranquila presión de su padre, Otto desvió la mirada y bajó la cabeza, derrotado.
Ver a Otto siendo molestado era común, pero verlo acorralado por la lógica pura era inusual. Ram, con una mezcla de resignación y curiosidad, observó a Mazeran, quien se acariciaba la barba con aire de veterano.
—Pido disculpas por la falta de explicaciones de mi indigno hijo. Pero, de verdad, no es nada especial. En esta ciudad comercial, todo es mercancía: los cargamentos, las personas y, por supuesto, la información.
—... Ya veoooo. Así que para eso sirven los controles de entrada.
Roswaal asintió al comprender la respuesta, y Mazeran hizo lo mismo.
Ram también terminó de entender el trasfondo. Dirigió su mirada hacia el exterior de la mansión, hacia el puesto de control de la ciudad por donde había pasado el carruaje de dragón. Era lógico: en los controles de entrada y salida, los guardias inspeccionan la carga y a los pasajeros. Si esa información se filtra, la rapidez de Mazeran y las miradas afiladas que habían sentido al entrar cobraban sentido.
—Pero que los guardias de la ciudad sean tan "ligeros de lengua", ¿no afectaría a su credibilidad?
—Ligeros de lengua... No, es un malentendido. Ellos simplemente entregan los hechos que deben ser contados a la persona que debe recibirlos. En eso reside su absoluta credibilidad. O, si prefiere, llámelo "contrato".
Aquellas palabras daban a entender que "oportunidad de victoria" y "oportunidad de negocio" sonaban igual y significaban casi lo mismo en su mundo.
En Picoutatte, donde los mercaderes ambiciosos compiten ferozmente, mantener una casa comercial durante generaciones exige resultados constantes. Para cumplir con esa exigencia, Mazeran elegía el método de "no elegir los métodos".
El hecho de que hubiera detectado el regreso de su hijo tras años de ausencia era la prueba de que la información del control de entrada había llegado a sus manos. Pero, para empezar, la posibilidad de que Otto estuviera en un carruaje de la familia Mathers no habría pasado de ser una corazonada si no supiera de antemano a qué facción pertenecía su hijo y qué estaba haciendo.
En resumen, todo era fruto de una preparación y anticipación tan meticulosas que rozaban la obsesión.
—Definitivamente, de tal palo, tal astilla —murmuró Ram.
—... Opino lo mismo. Pero gracias a eso, creo que nuestras posibilidades de contar con ellos han aumentado.
Quien asintió al susurro de Ram fue Beatrice. Sentada profundamente en el sofá y apoyada en el hombro de Petra, Beatrice estaba obligada a permanecer en modo "ahorro de energía" hasta reunirse con Subaru, su fuente de maná. Al no poder absorber energía del entorno, minimizar el consumo era su único tratamiento. Aun así, Ram comprendía perfectamente la frustración que la obligaba a hablar.
Ram también quería estrechar a alguien entre sus brazos lo antes posible. No a Subaru, sino a Rem.
—Precisamente por eso valió la pena correr el riesgo. Otto, habla tú.
—Aunque todos los riesgos recaigan sobre mí... Ejem. Padre, en realidad, tengo algo que consultar con usted. Sé que la situación es difícil, pero se trata del Imperio de Vollachia.
—¿Oh?, Vollachia.
Mazeran reaccionó arqueando las cejas exageradamente y cambiando el tono de su voz. Ram sintió que cada gesto y matiz vocal formaban parte de la oratoria de un mercader diseñada para guiar el pensamiento del interlocutor, pero dejó que la conversación avanzara, confiando en que Otto sabría verlo.
—Así es —dijo Otto, endureciendo su expresión—. Tarde o temprano, tendremos que dirigirnos al Imperio. Y a ser posible, con todo este grupo. Sin embargo, no podemos cruzar la frontera por medios convencionales. Por eso...
—Buscan una forma de cruzar la frontera. Y quieren que les brindemos nuestra ayuda, ¿es eso?
—Sí, así es. He vuelto a casa confiando en sus medios y en su información.
Otto se quitó el sombrero y, con semblante serio, reveló sus intenciones a su padre. Mazeran, tras procesar el objetivo, entrecerró los ojos como si estuviera sumido en sus pensamientos.
Justo cuando Mazeran iba a abrir la boca para decir algo...
—... Es decir, que quieres tomar prestada la fuerza de la Compañía Comercial Suwen, ¿verdad? Si es así, Otto, a eso no se le llama "consulta".
—Madre...
Quien interrumpió la charla antes que Mazeran fue Framir. Al parecer, aunque hablaba con Emilia y las demás, también había estado atenta a la conversación entre padre e hijo. Se giró hacia Otto con una sonrisa amable.
—Te enseñé a usar las palabras correctamente, ¿no? Y también que, aunque se trate de la familia, las reglas no cambian. Eso también lo recuerdas, ¿verdad?
—Uh... sí, lo recuerdo.
—Muy bien. Entonces, lo que has traído no es una consulta, ¿verdad?
Flamir se enderezó y, sin perder la sonrisa, le tendió la mano a Otto.
Una ligera confusión emanaba de Emilia y Frederica, mientras Garfiel observaba el desarrollo de los acontecimientos sin entender nada. Sin embargo, Ram, Roswaal y la perspicaz Petra sintieron un mal presentimiento, y sus miradas se concentraron naturalmente en Otto.
Sintiéndose observado por sus compañeros y sus padres, Otto suspiró, dándose por vencido. Y entonces...
—Lo que he traído no es una consulta, sino una "negociación comercial".
En el instante en que marcó esa línea sobre su posición, Ram sintió que el aire de la habitación cambiaba.
Las expresiones de Mazeran y Framir seguían siendo suaves y gentiles, pero su esencia se transformó drásticamente. Por así decirlo, el ambiente se volvió el de un duelo a muerte. A partir de ese momento, la mansión dejó de ser el hogar de Otto para convertirse en la base de un rival comercial.
—Hablemos, padre, madre. Iniciemos una negociación fructífera entre la Compañía Comercial Suwen y el grupo liderado por Emilia-sama.
—Así se habla.
—Ese es nuestro hijo.
Otto, con el sombrero contra el pecho en una pose solemne; marido y mujer sonrieron. Aquella interacción entre padres e hijos resultaba extraña para cualquier observador externo. Emanaba una siniestralidad difícil de describir, pero al mismo tiempo, su actitud convencía a cualquiera de que, sin duda alguna, eran familia.
Ram volvió a sentir esa impresión que ya la había asaltado varias veces. Mientras entornaba sus ojos rojizos ante la escena, Emilia, que parecía no inmutarse por la tensión del ambiente, comentó con total naturalidad:
—Otto-kun realmente se parece exactamente a su padre y a su madre, ¿no?
Ante ese comentario tan inocente y tierno, Ram solo pudo suspirar con una pesadez que le recorría toda la cabeza.