Prólogo - La Gente de la Atalaya
Prólogo
La Gente de la Atalaya
1
Esto fue lo que sucedió mientras Natsuki Subaru estaba inconsciente y recuperándose en la Sala Verde, justo después de que Emilia hubiera guiado al grupo al primer piso de la Atalaya Pléyades.
―Vos, que la cima de la torre habéis alcanzado. Pasad por el primer piso, oh todopoderoso peticionario.
Cuando ellos oyeron la voz que los saludaba y vieron el ente que había pronunciado esas palabras, todo el grupo se quedó sin palabras.
Eso era natural, por supuesto. Lo que les esperaba en el primer piso era un gigantesco dragón revestido de escamas azules, un ser legendario del que todos en el Reino de Lugunica habían oído hablar.
―No esperaban esto, ¿verdad? Subir a la torre para encontrar a Volcánica esperando aquí. Yo también estaba muuuy sorprendida…
―Es-es… Espera, aguarda un segundo, supongo. ¡E-esto no es un algo que pueda limitarse a estar sorprendido, de hecho!
Al encontrarse cara a cara con el dragón sagrado, la voz y las manos de Beatrice temblaban mientras hablaba, y ella no era la única que había perdido la compostura.
―E-esto es…
―Vaya, esto es argo que ni siquiera yo pude anticipar. ¿Qué ‘tá pasando aquí? ¿No decían que er Dragón Divino ‘taba má’ allá de la Gran Casca’a?
―Eso es lo que yo he oído también. Según la Piedra de la Historia del Dragón, se suponía que Volcánica regresaría para renovar el pacto con el nuevo gobernante de Lugunica en el mismo año en el que se decidiera la Selección Real.
Incluso Anastasia fue incapaz de mantener su habitual y constante compostura. Echidna, que en ese momento se encontraba en forma de bufanda, dejó entrever un atisbo de inquietud en su voz, incluso mientras respaldaba las palabras de Anastasia.
―Oh, Gran Dragón Divino que defiende nuestro reino. Profundamente nos disculpamos por cualquier descortesía ante la presencia de su estimado ser, señor Volcánica, portador del pacto que ha mantenido durante tanto tiempo y nos ha brindado tanta ayuda.
Reaccionando un poco después que el grupo de mujeres, la figura vestida con el uniforme blanco de caballero, Julius, dio un paso al frente. Colocando su espada en el suelo frente al Dragón Divino, realizó una reverencia del más alto grado, mostrándole el máximo respeto.
Ante la cortesía y el decoro propios de un caballero que sirve al Reino del Dragón, Volcanica entrecerró sus ojos dorados y pronunció:
―Yo soy Volcánica. En conformidad con el antiguo pacto, pregunto por la voluntad vuestra, a vos que la cima habéis alcanzado.
―¡Como desee! Estoy plenamente dedicado en mente y cuerpo a la señorita Anastasia Hoshin, quien también se encuentra ante ti. Sin lugar a duda, la señorita Anatasia será nuestra próxima gobernante y guardiana del pac…to…
―J-Julius, ¿’tás llorando?
―M-mis disculpas. No solo he intercambiado palabras con uno de los Tres Grandes Héroes, Reid Astrea, sino que ahora también tengo el privilegio de conocer al Dragón Divino Volcánica… Como caballero del Reino de Lugunica, ¿acaso habrá un mayor honor que este? …Esta torre es indescriptible.
Julius se secó una lágrima de la comisura del ojo mientras su voz temblaba de asombro.
Aunque le entristecía mucho tener que romperle las ilusiones, tal como tirarle un jarrón de agua fría, Emilia comenzó a hablar con algo de dificultad: “Esto…”.
―Julius, tengo muuuchas dudas en decirte esto porque estás tan feliz, pero…
―Vos, que la cima de la torre habéis alcanzado. Pasad por el primer piso, oh todopoderoso peticionario.
―Un momento… Creo que he escusha’o esa frase antes.
Al notar las palabras repetitivas del dragón, Anastasia hizo ese comentario, y entonces Emilia mostró una mirada de resignación.
―Verán, este es Volcánica… Parece que de tanto haber estado esperando aquí, su memoria se ha vuelto muuuy mala. Pero su cuerpo todavía está en buena forma, así que puede armar un buen alboroto…
La fuerza de aquel dragón era auténtica, pero su mente no logró superar el paso del tiempo.
El Dragón Divino le había cerrado el paso a Emilia como examinador del primer piso, pero—quizás porque su deber se completó una vez que Emilia llegó al MONOLITH—, volvió a caer en su estado de ambigüedad y confusión anterior.
Para rematar, aunque el examen había terminado hace mucho, volvía a hablar de el mismo.
―¿E-el gran Dragón Divino está senil?
―J-Julius, cármate. Vamo’, ‘tás un poco cansa’o, ¿no? ¿Por qué no te sientas?
Tras oír lo que dijo Emilia, Julius se tambaleó, profundamente impactado.
Después de Reid, la segunda leyenda con la que se encontró tampoco cumplió con sus expectativas, y tal fue la decepción que le temblaron las rodillas.
Emilia tampoco quería decepcionar a Julius, cuyos ojos no paraban de brillar, pero…
―Emilia, ese probablemente no sea el caso, supongo. Esto no es algún tipo de demencia, de hecho.
―¿Eh?
―Echidna, estoy segura de que tú también puedes sentirlo, supongo. Esto no es demencia…
―Sí, coincido. No estaba segura al principio, pero ahora lo noto. No se trata de un desgaste mental, sino de un alma vacía.
―¿Un alma… vacía?
Emilia ladeó la cabeza ante las palabras de los dos espíritus artificiales en acuerdo.
―Su alma está vacía… es decir, no hay nada dentro, supongo. Como resultado, lo que puede decir y responder es limitado. Piensa en ello como si estuviera en un noventa por ciento dormido, de hecho.
―Noventa por ciento… Pero, él era muuuy fuerte, ¿cierto?
―Si su alma estuviera presente, habría sido incomparable…
Las palabras de Ecidna, que daban a entender que se había salvado por los pelos, hicieron que Emilia se estremeciera.
Con la ayuda de sus soldados de hielo, Emilia apenas había sobrevivido. Era increíble que Volcanica hubiera estado esencialmente medio dormido durante toda la pelea.
―Pero, aunque su alma no esté ahí, sigue teniendo el cuerpo de un Dragón Divino, supongo. Así pues, puede que haya una manera de ayudar a la gente de Priestella, de hecho.
―¡...! ¿Una manera para ayudarlos a todos? ¿Cómo podemos hacer eso?
―Ya veo. Po’emo’ conseguir la sangre de Dragón der Dragón Divino.
Anastasia chasqueó los dedos, y Beatrice asintió ante sus palabras.
Al escuchar eso, los ojos de Emilia se abrieron de par en par y exclamó “¡Ah!”.
La Sangre del Dragón Divino, Volcanica, es la fuente de origen de diversas anécdotas que se transmiten en el Reino de Lugunica.
Se han registrado innumerables efectos extraordinarios de la Sangre de Dragón: revive las tierras resecas, promete una cosecha abundante y es un remedio milagroso que aleja al instante la sangre derramada por enfermedades o lesiones.
Y, precisamente, esa sangre de dragón es un elemento que Emilia no puede pasar por alto...
―Si puedo obtener la sangre de Volcánica…
El objetivo final de Emilia al unirse a la Selección Real: adquirir la Sangre del Dragón y usarla para descongelar el Bosque Helado de Elior.
En aquel bosque, sus compañeros quedaron atrapados en el hielo debido al descontrol de los poderes de Emilia. Y fue precisamente para liberarlos por lo que Emilia decidió participar en la Selección Real.
―…
En ese momento, surgió la posibilidad de que el principal objetivo de la participación de Emilia se hiciera realidad.
Emilia se quedó desconcertada ante ello y contuvo el aliento.
Si lograba obtener sangre de Volcanica en ese momento, Emilia dejaría de tener motivos para aspirar al trono, y...
―Yo…
―…Emilia, lamento haberte confundido, supongo. La sangre en la que estás pensando es diferente de la sangre de Volcánica, de hecho. Su sangre no cumplirá tu deseo, supongo.
Beatrice le dijo esto a Emilia, quien estaba a punto de perder la razón de participar en la Selección Real.
Ante esas palabras, Emilia abrió los ojos con sorpresa.
―¿A qué te refieres con que no se cumplirá? He estudiado muuuy duro, ¿sabes? Me enteré de que, para derretir el hielo del bosque, necesito la sangre de Dragón que está en el castillo. Así que…
―En eso no te equivocas, de hecho. Sin embargo, como dije antes, la sangre en el Castillo Real de Lugunica y la sangre de Volcánica son, estrictamente hablando, diferentes. La sangre de Dragón en el Castillo Real es la sangre derramada del último latido del corazón de un Dragón en su lecho de muerte, supongo.
Así, Beatrice bajó la mirada y se detuvo por un momento. Entonces, como para responder a la mirada de Emilia, que buscaba el final de esa frase interrumpida, sus ojos con ese patrón tan característico parpadearon, y…
―La sangre que se le dio al Reino no es la sangre de Volcanica. La sustancia a la que nos referimos como “Sangre de Dragón” proviene del último latido del corazón de un dragón moribundo… Es decir, la sangre del corazón, de hecho.
―¿La sangre del corazón… de un dragón moribundo?
Emilia frunció el ceño al escuchar una historia que nunca antes había escuchado. Mientras Beatrice asentía en silencio, Julius levantó la mano y preguntó…
―¿Me permite?
Aparentemente habiéndose apenas recuperado del shock de saber sobre la falta de alma de Volcánica, Julius miró al Dragón Divino, cuyo semblante permanecía inalterado.
―Señorita Beatrice, si me permite preguntar, ¿dónde aprendió todo esto? Yo también soy un caballero de la Guardia Real del Reino de Lugunica. Me llegan a los oídos la mayoría de los asuntos importantes del reino. Sin embargo, lo que acaba de decir…
―“Mientras su corazón latía por última vez, la sangre de su corazón fue vertida en un contenedor. Esa sangre, conocida como la sangre de un verdadero Dragón, será confiada al Castillo Real para servir como prueba del pacto entre hombre y Dragón”.
―…
―No es sorpresa que desconozcas esto, de hecho. Ambas citas provienen de un libro que había sido sellado en la Biblioteca Prohibida… una consideración dejada por la Bruja de la codicia, Echidna, cuyo nombre ya no perdura en este vasto mundo, supongo.
Ante la respuesta de Beatrice, los ojos de Julius se abrieron de golpe y se quedó sin aliento.
Ni siquiera él, que es un Caballero del Reino, lo sabe. Pero es difícil creer que Beatrice esté mintiendo. Y si sus palabras fueran ciertas…
―Entonces, ¿de qué dragón procede la “Sangre de Dragón” que se conserva en el Castillo Real de Lugunica? Si se trata del último latido del corazón, eso significa que…
―Sería extraño si er Dragón que dejó la sangre no hubiera muerto… En cuyo caso, no tendría senti’o que procediera der vacuo Dragón Divino.
Las dudas de Julius y Anastasia eran razonables.
Si la “Sangre de Dragón” se deriva del último latido del corazón, entonces ya no sería la de Volcánica. Y si, a pesar de ello, sigue siendo una sangre dotada de un poder inmenso…
―Desafortunadamente, no se mencionó en el libro, de hecho.
―–...Cómo hace las cosas a medias. Por lo que deduzco, parece que esa Bruja de la Codicia es la mayor razón por la que Natsuki es tan frío conmigo, ¿verdad? Después de lo que acabas de decir, yo también estoy de acuerdo con él.
―Betty no permite que se hable mal de Madre, supongo. Vigila tus palabras, de hecho.
―¡Nada de pelearse! Aunque, sí… es verdad…
Después de regañar a la pareja que discutía sus diferencias en cuanto a Echidna, Emilia bajó la mirada en silencio.
Era la primera vez que oía que la Sangre del Dragón en el castillo y la sangre de Volcanica eran diferentes. terminó sorprendida, pero también con cierto alivio.
―Es muuuy extraño.
El principal objetivo de Emilia es ayudar a todos en el bosque.
Eso no ha cambiado ni ahora ni nunca. Por eso, si recibir aquí la sangre de Volcanica iba a ser la solución, debería haber liberado el Gran Bosque de Elior.
Sin embargo, aunque Emilia quería hacerlo, tenía sentimientos encontrados.
―Si existe alguna otra manera, ¿podría retirarme de la Selección Real y salir del escenario?
―…Dejando a un la’o las preocupaciones de Emilia, si lo que dijo Beatrice es cierto, ¿pue’e hacerse argo con la sangre de e’te Dragón Divino? Es harto posible que acabe en decepción, ¿verdad?
―¿Será cierto que, desde la antigüedad, la sangre de dragón se ha valorado mucho como catalizador mágico? Incluso si está podrida, si es la sangre viva de un "Dragón Divino", debería poseer un gran poder, aunque no tanto como la sangre del corazón. Pero...
En ese momento, Beatrice miró a Emilia. Al ver la tristeza reflejada en sus ojos, quedó claro cuál era la verdadera naturaleza de la culpa que se había apoderado del corazón de Beatrice.
Incluso con la sangre del Dragón Divino Volcanica…
―No sería suficiente para derretir el hielo de todos los del bosque, ¿verdad?
―…Es una lástima, supongo...
Beatrice asintió con tristeza en respuesta a la pregunta de Emilia.
Al ver a Beatrice, que parecía estar aún más abatida que ella misma, Emilia esbozó una sonrisa y dijo: “No pasa nada”, y levantó la cabeza, para mostrar que no se había desanimado.
―Es cierto que es muuuy desafortunado, pero fue tan repentino que me quedé sorprendida y no lo asimilé del todo... así que estoy bien.
―Debí habértelo dicho antes, de hecho. Quién diría que el Dragón Divino estaría en un sitio como este, supongo. Es una gran lástima.
―Sí, es cierto. Es algo problemático.
Emilia sacó pecho con firmeza, pensando que a Beatrice no le sentaba bien tener el ceño fruncido.
La decepción sí que le dolió. Pero lo que dijo Beatrice era cierto. En todo caso, tenía más sentido que no hubiera atajos.
La verdad es que se sentía un poco decepcionada. Pero lo que le dijo a Beatrice también es cierto. De hecho, sentía como si le hubieran dicho que no había atajos ni trampas.
―No sabía que hubiera tanta difere’cia entre lo’ di’tinto’ tipo’ de “Sangre ‘e Dragón”… Po’ cie’to, si el “Dragón Divino” que tenemo’ dela’te muriera y pudiéramo’ tomá’ un poco ‘e su sangre...
―¡¿S-señorita Anastasia?!
―Broma, e’ solo una broma. Julius se enfadaría. No haré algo como eso.
Los ojos de Julius se abrieron de par en par por la sorpresa, y Anastasia levantó ambas manos para retractarse.
La broma sorprendió a Emilia, pero, naturalmente, ella también estaba en contra de esa idea. Por supuesto, quería descongelar el Bosque de Elior y salvar a la gente de Priestella, pero…
―Creo que no está bien sacrificar a Volcanica para eso.
―Bien, bien. Tampoco e' que ‘toy ansiosa por hacerlo. Solo e' una posibili'á.
“Cielos, cielos”, suspiró Echidna desde alrededor del cuello de Anastasia.
―Resumamos. En el pasado, existió un dragón tan poderoso como Volcanica, y la “Sangre de Dragón” confiada al Castillo Real de Lugunica pertenecía a ese dragón. Volcanica simplemente confió esa sangre a la Familia Real de Lugunica, con la que había sellado un pacto. Esa es la verdad histórica, ¿no?
―Ahora que apenas quedan dragones, probablemente no haya forma de verificarlo, supongo. Pero es cierto, de hecho.
―Sin embargo, el mismísimo Dragón Divino está aquí. Si no hay opción de recibir la sangre del corazón de ese, al menos me gustaría obtener su sangre viva. Para ayudar a curar a la gente de la Ciudad de las Compuertas.
―Se dice que una única gota de la sangre de Dragón en er castillo podría revitalizar una tierra bardía. Es una po’erosa me’icina, ¿no?
―La sangre fresca y la sangre del corazón no son lo mismo, supongo. Dicho esto, por supuesto, simplemente rociar a alguien con ella no garantiza ningún efecto. Es solo un punto de partida para el tratamiento, supongo.
―Sin embargo, supone un gran avance en comparación con cuando no había ningún remedio. Si es cierto que se trata de un elixir milagroso que sirve para todo, merece la pena probarlo.
Al escuchar la conversación de los expertos, Emilia sintió una renovada esperanza.
Había cruzado las Dunas de Augría para ayudar a quienes habían sufrido tanto.
Si lograba encontrar una solución tanto para la "Gula Desenfrenada" como para el "Deseo Lujurioso", ese sería el mejor resultado.
―Mmm, está bien. Vamos a pedírselo a Volcanica. Aunque puede que no nos entendamos en absoluto y que se vuelva loco si intentamos sacarle sangre.
―Me da mucha pereza oír eso, de hecho… Emilia, se supone que has obtenido los poderes de nueva administradora de la Atalaya Pléyades, ¿no hay nada que puedas hacer al respecto?
―Poderes de administrador… no tengo ni la más mínima idea de ello...
Después de que todos resolvieron el acertijo del tercer piso, Emilia superó a Reid en el segundo piso y demostró su voluntad a Volcanica en el primero.
Solo con considerar estos hechos, Emilia puede considerarse, sin duda, la conquistadora de la Atalaya. Sin embargo, ¿acaso esto produjo una transformación clara en Emilia? La respuesta es no.
Lo que vagamente entendió fue…
―Las dunas que llevan hasta la atalaya ya no rechazarán a nadie… creo.
―¿Fue eso argo que decidiste? Hay algunas cosas bastante peligrosas en esos libros de los muertos. El Curto de la Bruja también podría visitar este lugar. To'o eso suena un poco arriesga'o, ¿no cree'?
―Puede que sí, pero creo que, si todos tienen cuidado, todo irá bien. Hay demasiadas cosas para que decidamos todo por nuestra cuenta.
Para Emilia y los demás, lo que está en juego en la atalaya es demasiado importante como para llegar a una conclusión con tan pocas personas.
Para bien o para mal, Emilia y los demás no tienen derecho a decidir qué hacer aquí. Por eso, deberían reunir a más gente para poner en común sus ideas y buscar la mejor solución.
―Eso es lo que creo. ¿No están de acuerdo?
―…Creo que estás poniendo demasiadas esperanzas en otros, pero es una conclusión propia de ti. Si Ana y Julius no tienen nada que decir, entonces yo tampoco.
―Gracias, Echidna.
Así Emilia le agradeció a Echidna, la primera en estar de acuerdo.
Entonces, Anastasia hizo un gesto con las manos mientras decía: “Entiendo, entiendo”.
―No me opongo. Ademá’, incluso si decidiéramo' ocultarlo, sería un montón de trabajo hace’lo… Mejó’ repa’ti’ la recompensa po’ descubri’lo y hacé’ que la gente pue’a llegá’ aquí en primé lugá.
―Fue usted quien alcanzó la cima de esta torre, señorita Emilia. Respetaré su decisión.
―Gracias, Anastasia, Julius.
Tras llegar a un acuerdo con ambos, Emilia sonrió y les dio las gracias. Luego, se volvió hacia Beatrice, que aún no había expresado su opinión.
―¿Qué hay de ti, Beatrice? ¿Crees que es demasiado irresponsable?
―Si hablas de ser responsable o irresponsable, abandonar este lugar sin investigarlo es lo más irresponsable que podríamos hacer, de hecho. Betty no se opone, supongo. Betty también está personalmente interesada, de hecho.
―¡Qué alivio!
Aliviada de que sus compañeros no se opusieran a su decisión, Emilia suspiró de alivio.
Ella estaba segura de que, si todos trabajaban juntos, encontrarían alguna manera de darle un buen uso a esta torre.
―De acuerdo, todo lo que queda es conseguir la sangre… ¿Vendrá Volcánica con nosotros?
―Creo que eso causaría mushos problemas.
Es cierto que Volcanica es muy grande, así que llevarlo de un lado a otro sería complicado, ya que chocaría con todo. Aunque le pidas que espere fuera sin entrar en la ciudad, todo el mundo se sorprendería al inicio.
Sería de gran ayuda que pudiera cambiar de tamaño a voluntad, como Puck.
―Oye, Volcanica, ¿puedes venir con nosotros? O si tienes que quedarte aquí, me gustaría que compartieras algo de sangre con nosotros…
―…
―¿Volcanica?
Entre la esperanza y la resignación, Emilia se acercó a Volcanica esperando que continuara con su frase sobre "el examen", pero su respuesta la sorprendió.
Habiendo regresado a su posición original en el suelo junto al pilar que se erguía en el primer piso de la torre, el Dragón Divino levantó lentamente la cabeza y miró más allá de la torre.
No parecía tener la intención de atacar a Emilia y al grupo, o de responder a la pregunta.
Emilia encontró todo esto muy extraño.
Y, al mismo tiempo…
―¿Qué?
Sintió un escalofrío, como si unos dedos fríos le recorrieran la espalda, y Emilia, presa del pánico, dirigió la mirada hacia el origen de ese escalofrío: la dirección en la que miraba Volcanica, es decir, el lado este de la torre.
Al este de la torre, en esa dirección, más allá del mar de arena, se encuentra la Gran Cascada… No, no solo la Gran Cascada, que marca el fin de la tierra. Había un lugar especial.
Ese era…
―¡Emilia! ¡Esto es bastante malo, supongo!
Emilia sintió un escalofrío recorrerle la espalda, y Beatrice, que fue la primera en darse cuenta de lo que ocurría, gritó. Pero para cuando Emilia logró agarrar la pequeña mano que se extendía, la amenaza ya había llegado a la torre.
El mar de arena que rodea la atalaya se vio sacudido por una sombra negra que brotaba de las profundidades, dando lugar a una escena en la que literalmente la tierra parecía volcarse, y cuya onda de choque acaba engullendo incluso a la atalaya.
―¡Kyaaa!
―¡Señorita Anastasia!
Julius acunó a la Anastasia que gritaba en sus brazos y se desplomó sobre el suelo tembloroso. Emilia también atrajo a Beatrice hacia sí, apretando los dientes para soportar el impacto.
No sabía qué sucedió exactamente, ni la verdadera identidad de la sombra negra que apareció por un instante, pero...
―¡¿Volcánica?!
Emilia alzó la cabeza y miró al dragón de escamas azules que se había alzado a su lado.
El Dragón Divino extendió sus enormes alas y se elevó hacia el cielo, creando un torbellino. Mientras era envuelta por el viento, Emilia vio a Volcanica respirar hondo.
El "Dragón Divino" azul arqueó el pecho y aspiró el aire, recuperando el aliento.
―¡¡Todos… al suelo, agh!!
Estaban atrapados entre los temblores de abajo y un vendaval de arriba.
Mientras las vibraciones se elevaban desde el suelo y una tormenta rugía justo encima, Emilia gritó desesperadamente a todos que estuvieran alerta… Y entonces sucedió.
―Yo soy Volcanica. En conformidad con el antiguo pacto, pregunto por la voluntad vuestra, a vos que la cima habéis alcanzado.
Tras pronunciar unas palabras que ya le resultaban muy familiares, lo que siguió fue un fenómeno sobrenatural.
Una luz azul que amenazaba con engullir incluso el cielo despejado: el aliento de Volcanica surgió del firmamento hacia la tierra, y olas de sombra negra que reclamaban el mar de arena hicieron retroceder las mareas.
En ese instante, una luz azul pálida se expandió, y la visión, los sonidos, los olores y el mundo de Emilia se desvanecieron.
Luz y sombra, azul y negro, colisionaron, creando la ilusión de que el mundo explotaba en su centro; no, en ese momento, el centro del mundo era innegablemente esta tierra, este mar de arena en el extremo oriental.
¿Cómo se habría visto esta escena desde lejos? Al menos para quienes la presenciaron de cerca, fue el fin del mundo.
Los dos espíritus describieron a Volcanica, el "Dragón Divino", como si estuviera medio dormida.
Y era cierto. Esto era solo un atisbo del verdadero poder de Volcanica.
Emilia descubrió por primera vez que el choque de inmensos poderes—el aliento azul y la sombra negra—, contrariamente a lo que parecía, se extendía por el mundo con una quietud asombrosa, sin causar destrucción alguna.
―…
Como resultado, el enfrentamiento entre la luz y la sombra terminó en un instante, y el impacto que tuvo en los alrededores fue mínimo.
El viento estaba demasiado quieto, y los temblores provenientes de las profundidades desaparecieron como si nada hubiera sucedido. Julius y Anastasia abrieron los ojos, sin aliento por los efectos persistentes.
―¿Y-ya acabó…?
―Así parece… ¿Pero qué fue eso?
Cuando el temblor y la sacudida cesaron, la ama y el sirviente miraron a su alrededor con cautela. Justo a su lado, el "Dragón Divino", batiendo sus alas, descendió silenciosamente.
―Vos, que la cima de la torre habéis alcanzado. Pasad por el primer piso, oh todopoderoso peticionario.
―…¿Eso es todo lo que tienes que decir, después de todo eso? Supongo que este asunto del alma hueca es bastante serio.
Echidna se exasperó cuando Volcanica bajó su largo cuello y repitió las mismas palabras. Anastasia y los demás parecían estar de acuerdo, pero Emilia era diferente.
El aliento de Volcanica disipó las sombras. Aun reconociendo ese hecho, su corazón latía con fuerza por la emoción.
―¿Señorita Emilia? ¿Sucedió algo? ¿Está herida…?
―¡No, estoy bien! Pero más importante aún… ¡Beatrice!
Impulsada por una oleada de ansiedad, Emilia llamó a Beatrice, que estaba en sus brazos. La niña, fuertemente abrazada, se puso rígida, con los ojos muy abiertos.
―¡Emilia, baja las escaleras! ¡Ahora mismo! Subaru está…
―¡Ugh! ¡De acuerdo! ¡Por favor, compórtate, Volcánica! ¡Vamos a revisar la Sala Verde rápido!
La súplica de Beatrice hizo que Emilia tomara una decisión al instante.
Tras decirle esto al abatido “Dragón Divino”, Emilia salió corriendo, aún con Beatrice en brazos. Presintiendo que algo andaba mal, Julius y los demás siguieron apresuradamente la repentina partida de Emilia.
Y así, bajaron corriendo por la larguísima escalera que unía el primer y segundo piso...
―Oh, ya están todooos aquí. ¿Está todo bien? La torre estaba temblando mucho anteees.
―¡Meili! ¿Estás herida?
A mitad de las escaleras, Emilia fue detenida por una chica con el pelo trenzado de color azul oscuro llamada Meili. Con voz cantarina, respondió a la pregunta de Emilia: "No pasa nada".
―Estaba a punto de ir a buscarlooos… Hubo un pequeño problemaaa.
―Un problema… ¿con Subaru y los demás?
Cuando Meili asintió a la pregunta, Emilia contuvo el aliento y aceleró aún más el paso hacia la “Sala Verde”. Y, al llegar al pasillo que conducía a la sala en cuestión, en la cuarta planta, el problema se hizo evidente.
La “Sala Verde”, donde Subaru, Ram y el resto de compañeros, agotados tras la encarnizada batalla que acababa de tener lugar, se estaban recuperando… El pasillo donde se encontraba la sala en la que los espíritus curaban las heridas se había derrumbado, la pared se había abierto y ahora estaba comunicada con el exterior.
Las paredes estaban destrozadas, y el pasadizo ahora estaba expuesto al exterior.
La sombra negra, disipada por el aliento de Volcanica, debió haber llegado a este lugar antes de desaparecer, como lo demostraban los enormes rastros de destrucción en la sala.
―Esto es… ¡Ah, Ram!
En medio de la densa columna de humo, Emilia encuentró a Ram desplomada en un rincón del pasillo. Una dragona de tierra de color negro azabache estaba acurrucada a su lado, y ambos parecen estar ilesas.
―¡Ram! Y Patrasche, también. Qué alivio… No están heridas, ¿verdad?
―Señorita… Emilia…
Ante la llamada de Emilia, que se acercaba corriendo, Ram, atónita, respondió con voz débil. Emilia contuvo el aliento al oír esa voz frágil y miró hacia donde Ram tenía la vista fija.
Un espacio en ruinas: el lugar donde antes debía de estar la “Sala Verde” había desaparecido, y de allí colgaban las enredaderas y la hierba arrancadas del suelo y las paredes; allí, aparte de Ram y Patrasche, no había ningún otro aliado...
―Ram… ¿Dónde están Subaru y Rem? Están a salvo, ¿verdad?
―Eso…
―¡…!
Ram la interrumpió bruscamente, y los ojos amatista de Emilia se abrieron de sorpresa ante su reacción. Acto seguido, Emilia intentó saltar por encima del gran hueco hacia la sección derrumbada de la torre.
Pero Beatrice la detuvo con firmeza, diciendo: “¡Un momento, supongo!”.
―¡Es demasiado peligroso, Emilia! ¡Y no encontrarás a Subaru por mucho que busques, supongo!
―¡Eso es…! ¡No digas eso, Beatrice! Es Subaru. Estoy segura de que se aferró a algo y está a salvo…
―¡No dije que no estuviera a salvo, de hecho! ¡Sino que él no está aquí, supongo!
Emilia, capaz de arrastrar con tanta facilidad incluso a Beatrice, se quedó sin aliento ante aquella súplica y exclamó: “¿Eh?”. Acto seguido, se dio la vuelta y parpadeó con sus ojos redondos.
―¿Cómo que no está aquí? ¿Logró escapar…?
―No, no es así, señorita Emilia.
Ante esa duda que se le había ocurrido a Emilia, Julius, que la había alcanzado, negó con la cabeza. Al igual que Emilia, miró a través del gran agujero en la pared de la torre.
―La sombra de antes… esa era magia Yin… Creo que es similar en esencia a Shamak. Señorita Beatrice, como un gran espíritu con afinidad por la magia Yin, ¿cuál es su opinión?
―Tu evaluación no es errónea, de hecho. Shamak es… esencialmente un hechizo de aislamiento, supongo. Y eso es lo que se tragó a Subaru, de hecho. El maestro de la sombra aparentemente intentó llevarse a Subaru a algún lugar. Sin embargo, falló, supongo.
―¿Falló en el sentido de… ¡Ah! ¿Por el aliento de Volcánica?
Los ojos de Emilia se abrieron de sorpresa, y Beatrice y Julius bajaron la cabeza.
La sombra negra que irrumpió en la torre engulló a Subaru y a los demás que se encontraban en la "Sala Verde". Sin embargo, aunque los engulló, la sombra fue disipada por el aliento de Volcanica.
―Espera, espera, espera. ¿Entonce’ qué pasó? Ya no hay rastro de la sombra, así que…
―No está muerto. Sin lugar a dudas.
Ram interrumpió a Anastasia, que se mostraba preocupada por la peor de las posibilidades.
Ram se puso en pie apoyándose en Patrasche y, tras tocarse suavemente la frente—en la zona donde se suponía que tenía el cuerno de la raza oni—, parpadeó con sus ojos de color rosa pálido, como si eso fuera una prueba.
―¿La sinestesia de los oni… o má’ bien la de hermanas? ¿Eso significa que estás conectá’ con Rem?
―Sí, así es. Rem sigue viva… Barusu es otro asunto.
―¡Subaru también está a salvo, de hecho! ¡Betty puede garantizarlo, supongo!
El rostro de Beatrice se puso rojo mientras le gritaba a Ram. Sin embargo, esas eran las palabras de Beatrice, el espíritu con el que Subaru tenía un contrato. Ambos comentarios tenían su lógica.
Aunque se desconocía el paradero de Subaru y Rem, los dos desaparecidos, su supervivencia estaba garantizada.
―Eso significa que Beatrice, que tiene un contrato con Natsuki, puede garantizar que él está a salvo, y que Ram, la hermana gemela de Rem, puede garantizar que ella también lo está…
―Podría ser prematuro decí’ que ‘tán a salvo, imagino, pero… ¿puede’ decí’ argo sobre su condición con ese vínculo?
―…Por lo menos, su vida no corre peligro actualmente. No puedo sentir nada preocupante, supongo.
Negando con la cabeza ante la pregunta de Anastasia, Beatrice respondió con seguridad. En esa situación, esa simple seguridad marcaba una gran diferencia.
Emilia también se llevó la mano al pecho, intentando calmar los latidos acelerados de su corazón.
―…Emilia, toma.
―¿Eh?
De repente, Anastasia extendió una toalla blanca frente a Emilia. Emilia la tomó sin pensarlo, pero frunció el ceño, sin comprender la intención detrás de ese gesto.
―¿No te há’ dado cuenta? ‘Tás llorando… Probablemente te afectó cuando oí’te que él seguía vivo.
―Oh, vaya…
Al oírlo, Emilia se tocó la mejilla y se dio cuenta de que le resbalaba una lágrima por el rabillo del ojo. Se llevó apresuradamente el pañuelo que le habían dado a los ojos y, sorbiéndose la nariz, exclamó: “¡Ay, ¿en serio?!”.
―L-lo siento… Aunque todos los demás también están lidiando con esto, yo…
―No tienes que discurparte. E' tu preciado caballero. Y no es como si yo fuera diferente si ‘tuviera en tu lugar.
―Oírle decir eso es una alegría incomparable, señorita Emilia… Señorita Emilia, estoy seguro de que Subaru siente lo mismo.
―…Sí, gracias.
Emilia sorbió la nariz una vez más y agradeció a Anastasia y Julius por su consuelo.
El alivio y la tranquilidad… Es demasiado pronto para saborearlos. Al fin y al cabo, aún no habían podido confirmar que Subaru y Rem estén bien ni saber dónde se encuentran. Aun así, no podía contener las emociones.
―¿Y ahora quééé? Está bien que te alegraras tanto que hasta lloraste al saber que el hermanito y esa hermanita durmiente todavía estaban vivos, perooo… ¿a dónde se fuerooon?
Sin embargo, Meili no pareció percatarse de la atmósfera creada por las lágrimas de Emilia. Mientras jugaba con el escorpión rojo que llevaba en la cabeza, habló, y Emilia levantó la vista y dijo: “Así es”.
Seguro que, a estas alturas, son Subaru y los demás los que se sienten tan desamparados que les dan ganas de llorar. Por mucho que Emilia se ponga a lloriquear aquí, eso no servirá de nada para ayudar a esos dos.
―Tenemos que encontrarlos lo antes posible… Beatrice, Ram… ¿pueden decir dónde terminaron Subaru y Rem?
―…
La sincera súplica de Emilia provocó que Beatrice y Ram intercambiaran miradas.
Luego, tras unos segundos de silencio…
―Al sur, supongo.
―Lo mismo digo. No puedo decir exactamente cuán lejos han ido, pero… es muy lejos.
Beatrice y Ram señalaron en la misma dirección —el sur— y Emilia giró en la misma dirección.
Muy al sur de las Dunas de Augria, el punto más oriental del mapa del mundo, Subaru y Rem habían desaparecido; se desconocía su paradero y su seguridad. Debían encontrarlos y reunirse con ellos cuanto antes.
―Todo es siempre tan difícil para Subaru… Tenemos que encontrarlo rápidamente, o podría llorar.
―Señorita Emilia, Subaru no es tan frágil…
―No, no es eso lo que quiero decir… Solo sé que él estará llorando solo.
Julius, quien había defendido a Subaru, endureció su semblante ante la abatida respuesta de Emilia. Todos los demás parecían compartir las palabras de Emilia y sentían lo mismo por Subaru.
Subaru es testarudo, obstinado y tenaz, así que incluso en los momentos difíciles, intenta resistir. Aunque podría llorar, se contiene.
Cuando su paciencia llega a su límite, quieren encontrarlo rápidamente para que no esté solo.
Quieren estar a su lado para que el caballero de Emilia nunca tenga que llorar solo.
―Emilia…
―Lo sé, Beatrice. Mi corazón está muuuy, muuuy al límite. Pero no puedo ayudar a Subaru alterándome aquí… Tengo que mantener la calma.
Emilia, con los ojos enrojecidos, se dio una bofetada en la mejilla y asintió a Beatrice.
La actitud caballeresca de Natsuki Subaru consistía en mirar hacia adelante con fortaleza, especialmente cuando su corazón estaba agitado. Emilia, imitando sus virtudes, estaba forjando el futuro que anhelaba.
―Subaru y Rem están juntos, ¿verdad?
―…Dado que tanto la señorita Beatrice como yo sentimos una atracción desde la misma dirección, parece probable.
―Ya veo… En ese caso, estoy segura de que Subaru protegerá a Rem sin importar qué, así que no tenemos que preocuparnos por ella. Aunque estoy un poco preocupada por Subaru.
Subaru es el tipo de persona que se pondría en último lugar y dedicaría toda su energía a proteger a Rem.
Preocupada por este mal hábito de Subaru, Emilia juntó las manos frente a su pecho como si estuviera rezando.
Y entonces…
―Por favor, Subaru. Por favor, que estés bien, junto a Rem...