Lo que Quiero Proteger
Capítulo 1
Lo que Quiero Proteger
1
…Balanceándose, tambaleándose, zarandeándose.
Su conciencia se mecía lentamente, como un barco navegando sobre un vasto océano.
Su conciencia vacilante se sentía pesada, y aunque mantenía los párpados cerrados, sentía que la cabeza le daba vueltas.
Falta algo. Falta todo.
Como si hubiera ido derramándolo todo por algún camino, le faltaban muchas cosas.
Debía recogerlas. Debía volver a llenarlas y, después, una vez más, ponerse en pie.
Había un lugar al que tenía que ir, y un deseo que anhelaba alcanzar.
Había una razón por la que debía vivir, y una súplica que gritaba que quería vivir.
Aunque le faltara todo y permaneciera incompleto y con lagunas, debía avanzar.
Para lograrlo, Natsuki Subaru...
—...Un techo desconocido.
Así murmuró Subaru, como de costumbre, justo después de despertar su conciencia.
Tenía el cuerpo entero empapado en sudor nocturno, con la sensación de una mañana tras despertar de una pesadilla.
De hecho, esa impresión no debía de estar equivocada. Ni siquiera podía decirse que la cama fuera cómoda.
Con su tosco techo y su duro camastro, aquello estaba construido ignorando los estilos arquitectónicos modernos; bien podía llamarse una cabaña improvisada, levantada a base de fuerza bruta y técnica inexperta.
Mientras desenredaba lentamente sus recuerdos borrosos, se preguntó por qué estaba durmiendo en un lugar así.
—Si no recuerdo mal, al volver de la tienda de conveniencia me invocaron a un mundo paralelo, conocí a Emilia-tan y... el resto me lo salto...
Era un soliloquio que se remontaba demasiado atrás, pero a medida que soltaba esas bromas, su mente empezó a girar de nuevo.
Así era: el joven Natsuki Subaru, invocado a un mundo paralelo, conoció a una bellísima muchacha de cabello plateado y, tras vivir una gran aventura tras otra, terminó conquistando la Atalaya Pléyades y fue arrojado al país vecino.
Ni él mismo entendía lo que decía. Sin embargo, mientras lo pensaba, recordó algo de repente.
—¡Rem...!
En aquel país vecino donde no había nadie en quien confiar, recordó a la querida muchacha que había sido transportada junto a Subaru y que allí había despertado.
Subaru debía protegerla. Y aun así, se habían separado...
—¿Soy idiota? No, sí soy un idiota... ¡Tengo que ir a salvar a Rem ahora mismo...!
—¿Qué crees que haces con tanto alboroto?
Subaru, que se había incorporado de golpe y estaba a punto de salir disparado por puro impulso, se volvió hacia la voz que le llegó de costado y abrió los ojos con un “ah”.
Porque, sentada junto al duro e incómodo camastro, una muchacha de ojos azules lo estaba mirando fijamente.
—¿R...Rem...?
—...No estoy muy dispuesta a responderte “¿sí?”. Todavía no he aceptado que yo sea esa persona a la que llamas Rem.
Ante la presencia de la muchacha de habla dura y expresión plana—Rem—, Subaru contuvo el aliento.
Que ella estuviera frente a él, que pudieran hablar, y que no fuera un sueño ni una ilusión, se lo transmitía también el calor de su mano.
Sí: bajo el trapo raído que le habían echado encima mientras dormía, sentía el calor de la mano de ella, la cual apretó con fuerza.
—Esto... ¿acaso me estuviste sujetando la mano hasta que desperté?
—¿Eh? ¿No te das cuenta con verlo? Fuiste tú quien me sujetó la mano y no me soltó.
—Ah, ah, ya veo. ¡Por supuesto! Soy yo quien te está agarrando la mano...
Incapaz de distinguir entre la expectativa y la realidad, no hizo sino empeorar el mal humor de Rem.
Por supuesto, no había razón para que esta Rem quisiera tomarle la mano a Subaru. Aun así, el hecho de que no se la hubiera sacudido le proporcionó un ligero alivio.
—¿Qué es esa mirada?
—N-no, no es nada, sí.
—Ya veo. Suéltame de una vez. Estoy toda grasosa por el sudor de tu mano.
—¡Eso es un DAMAGE devastador para un chico en plena pubertad...!
Le soltaron la mano que tenía agarrada y recibió un golpe que, según quién lo reciba, podría dejar una herida imborrable para toda la vida.
Con todo, eso no era más que una herida del corazón. Lo importante eran las heridas del cuerpo; es decir, que Rem estuviera a salvo. A simple vista, no parecía que Rem estuviera sufriendo.
—Rem, ¿estás herida en alguna parte? Si te duele algo, dímelo... Eh, ¿qué es esa cara?
—...¿Vienes a decirme eso cuando estuviste tú a punto de morir?
Aunque su intención era preocuparse por su estado, la actitud con la que Rem respondió fue aún más fría que al principio.
Y al ver a Subaru desconcertado por esa observación, Rem suspiró sin ocultar su decepción.
—Parece que no tienes conciencia de ello... No puedo confiar en ti, a pesar de todo.
—...
Aquellas palabras de rechazo, dichas mirándolo directamente a los ojos, hicieron que a Subaru se le oprimiera terriblemente el pecho.
Habiendo perdido la memoria, el olor a miasma que rodeaba a Subaru contribuía a la mala impresión, y la actitud de Rem hacia él se mantenía dura y fría con total coherencia.
Y por si fuera poco, esta vez no había habido ocasión de tender puentes entre Subaru y Rem.
Simplemente, Subaru había tratado con desesperación de rescatarla de la posición del ejército imperial...
—...Ah.
Una pieza más de la memoria se encajó dentro de Subaru, y tuvo la sensación de que el cerebro se le estremecía.
Rem, cautiva en la posición del ejército imperial, y la gran apuesta que Subaru hizo para salvarla... Como resultado, Subaru se topó en el bosque con una tribu llamada las Shudrak y, junto a un prisionero que compartía su misma celda, se sometió al ritual de la tribu de aquellas mujeres.
Y entonces...
—...Mi mano ya no está negra.
Levantó su brazo derecho y murmuró aquello al ver la manga ausente y la piel que asomaba por debajo.
El feo tatuaje negro que había en el brazo derecho de Subaru era la secuela de haberse topado con un Arzobispo del Pecado del Culto de la Bruja en la Ciudad de las Compuertas de Priestella. Y había desaparecido sin dejar rastro.
Aquel tatuaje negro había curado las heridas de su destrozado brazo derecho.
Había sido un suceso espantoso, pero al parecer no había sido un sueño ni una pesadilla. No; pesadilla sí fue, pero parece que también fue un hecho real.
Su brazo derecho, que había quedado inutilizable, se había curado, y junto a su cabecera estaba Rem.
Es decir, Subaru había sobrevivido y completado el “Ritual de Sangre”, logrando recuperar a Rem a costa de muchos sacrificios.
—...Tienes mal color. Creo que aún deberías descansar.
Rem lo dijo mirando a Subaru, que se había quedado en silencio.
¿Sería por la bondad innata de Rem, o acaso la cara de Subaru tenía un aspecto tan cadavérico?
Sin embargo, no podía permitirse ese consuelo. Eran demasiadas las cosas que tenía que confirmar.
—Gracias por preocuparte, pero ahora no puedo quedarme quieto... Estamos en la casa de alguien de las Shudrak, ¿no? ¿Dónde están Mizelda y las demás?
—...Fuera. Dijeron que, cuando despertaras, fueras a verlas.
Rem respondió a regañadientes, con vacilación. Subaru relajó la expresión ante aquella actitud resignada, y después decidió preguntar aquello que también debía preguntar.
El paradero de aquella que había estado cautiva junto a Rem: Ruy.
—Te lo pregunto sin rodeos: ella... ¿dónde está Ruy?
—...Pones una cara muy amarga. ¿Por qué mantienes alejada a esa niña?
—Es una razón difícil de explicar, y aunque la explicara, quizá no la entenderías.
Cualquier intercambio relacionado con Ruy acababa inevitablemente por disgustar a Rem.
Aunque le dolía, Subaru pensaba que no era algo que pudiera hacerse entender con palabras.
—...Date la vuelta.
Quizá pensando que Subaru se estaba poniendo terco, Rem lo dijo con una mirada de reproche.
Frunciendo el ceño ante aquellas palabras, Subaru se giró hacia el camastro preguntándose qué pasaba. Y allí...
—Zzz... Zzz...
En el otro extremo del camastro, Ruy, con una inocente cara de dormida profundamente, tenía la cabeza apoyada sobre el vientre de Subaru y babeaba a lo grande. Aquella sensación pegajosa y húmeda no era solo de sudor nocturno...
—¡¡...!!
El grito mudo de Subaru resonó por todo el poblado de las Shudrak.
2
—Con todo y eso, que Subaru haya despertado sano y salvo es lo más importante.
Así lo dijo Mizelda, esbozando una sonrisa viril, para felicitar a Subaru por su despertar.
Era la joven jefa de las Shudrak, con el cabello negro teñido de rojo. Ellas llevaban arraigado un modo de vida amazónico, y la manera de ser de Mizelda era, por dentro y por fuera, su máxima encarnación.
Ante aquella actitud despejada y agradable, a Subaru también le apeteció de forma natural abrir su corazón.
—Gracias a ustedes pude volver con vida. Parece que también hice que se preocuparan, señorita Mizelda.
—No te preocupes. Si hubieras muerto, habríamos devuelto al cielo el alma de un valiente camarada, y enterrado sus restos en la tierra. Que no fuera así, y que tu alma haya permanecido, es motivo de alegría.
Golpeado en el pecho por sus palabras sin adornos, Subaru se rascó la mejilla para disimular lo que sentía.
Sinceramente, cuando las Shudrak lo capturaron al principio, incluso se había resignado a morir. Que, dando tantas vueltas, hubieran acabado construyendo una relación tan amistosa era algo grato.
—Es una lástima que ya tengas pareja. Además de Rem y Ruy, ¿no te gustaría añadir una más?
—¡Señorita Mizelda!
Ante la propuesta, algo traviesa, de Mizelda, Rem alzó la voz junto a Subaru.
Rem, apoyada en un bastón hecho de madera nueva, mantenía a Ruy, recién despierta, aferrada a su brazo; acarició la cabeza de la niña, asustada por el grito, y fulminó en silencio a Mizelda con la mirada.
—Se está pasando con sus palabras. Yo no confío ni entiendo a este sujeto.
—Entonces, ¿puedo quedármelo yo?
—Sí, por supuesto. Se lo regalo.
—¡Mi opinión no está contando para nada!
—¡Ah, uh!
Con aire altivo, Rem firmó la propuesta de ceder a Subaru.
Cuando Subaru se apresuró a frenarlas, Ruy, arrastrada por la situación, también gritó.
En cualquier caso, la relación con Mizelda era buena. Al parecer, las demás Shudrak, empezando por la hermana de Mizelda, Taritta, también tenían una impresión favorable de Subaru.
Debía de ser el resultado de haber participado en el “Ritual de Sangre” y haberlo superado.
Pero...
—Aun así, no por eso va a mejorar mi impresión de ti.
—...Hmph. Vaya manera más insolente de hablar. ¿Pretendes decir que tú solo habrías conseguido el mismo resultado? Si es así, es una arrogancia de campeonato.
—No digo eso, ni tampoco lo pienso...
El hombre que tenía enfrente replicó con mal humor, “¿y qué?”, a Subaru, que había torcido el gesto.
Ante su actitud de “si tienes algo que decir, dilo”, Subaru se encogió de hombros.
—Solo pienso que alguien con semejante máscara no resulta nada convincente.
Diciendo eso, Subaru señaló el rostro de su insolente interlocutor.
Allí había una máscara de oni pintada de rojo y blanco—o eso le parecía a Subaru— que le cubría la cara.
Como en este mundo existía el “Clan Oni”, seguramente no la llamarían máscara de oni.
En cualquier caso, allí estaba un hombre con una máscara que imitaba algo de aspecto aterrador.
El lugar era la sala de reuniones de las Shudrak; en aquel poblado de sencillos edificios de madera, los principales integrantes se habían reunido en el edificio más grande de todos.
Por parte de las Shudrak, la jefa Mizelda y su hermana Taritta. Del lado de Subaru, Rem apoyada en su bastón y Ruy aferrada a su brazo. Y, en medio de todos ellos, el hombre de la máscara de oni.
Ante la observación de Subaru, él respondió “ah” con aire aburrido, y...
—Es un obsequio que me ofrecieron. De todos modos pensaba mantener el rostro oculto de aquí en adelante. Se podría decir que me vino justo a medida. A mí también me resultaba molesto volver a atármela cada vez que me lavaba la cara.
—Y si se ensucia, parecería que pica... Oye, no es de eso de lo que quiero hablar.
Subaru torció el gesto ante el hombre, que respondió tocándose la máscara, y agudizó la mirada.
—Quiero hablar contigo a solas...Vincent Abellux.
—...
Lo llamó así, y cómo no se veía el rostro al otro lado de la máscara, no se sabía cómo había cambiado su expresión.
Pero el aire de la sala de reuniones se tensó levemente, y tuvo la ilusión de que la temperatura que sentía en la piel descendía.
Era una presión ante la que a uno le habría apetecido retroceder, pero Subaru la soportó a base de puro tesón.
Ante aquella actitud de Subaru, el hombre de la máscara de oni negó lentamente con la cabeza.
—La primera vez te lo perdono porque estabas aturdido, pero no me hagas decir lo mismo. Ten por seguro que no habrá una tercera. Será mejor que te abstengas de pronunciar mi nombre a la ligera.
—...¿Y si digo que no quiero?
—Te impondré el castigo correspondiente. Conozco infinidad de maneras de hacerte suplicar que pares.
Subaru comprendió de forma intuitiva que no había mentira en las palabras del hombre que lo miraba fijamente.
No era una amenaza. Aunque sus cartas fueran limitadas, aquel hombre sin duda haría cumplir el castigo que acababa de pronunciar.
—Eres un tipo irritante...
—Entonces, ¿quieres hacer que lo diga una tercera vez?
—...No, mejor lo dejo. No he venido a discutir... Abel.
Pensando que no tenía sentido empecinarse, Subaru cedió primero.
Y así, decidió que, de momento, se dirigiría al hombre de la máscara de oni como Abel, siguiendo su advertencia.
Ante aquella decisión de Subaru, Abel asintió con la barbilla: “Has sido sensato”.
—Si no hubieras cedido, habríamos acabado viendo sangre.
—Mira quién habla. Pero si tú y yo llegáramos a las manos, creo que el combate estaría al cincuenta por ciento.
—¿Puedes decir lo mismo si te giras?
Devolviendo palabra por palabra, Subaru frunció el ceño ante las palabras de Abel y se giró. Y allí estaba Rem, mirando con desprecio la discusión entre los dos hombres.
—E-esto, ¿Rem? Esa cara...
—¿Mm? Solo pensaba que, a pesar de que estuviste a punto de morir y dormiste tres días, por un orgullo absurdo parece que quieres volver a hacerte daño. ¿Por qué no te mueres tirado en cualquier parte?
—¡Perdón, lo siento, no lo haré más!
Abrumado por la mirada de desprecio de Rem, Subaru se disculpó desesperadamente.
Como resultado, no logró recuperar la escasa confianza de Rem, pero de pronto cayó en cuenta de algo.
Aunque ya era tarde para darse cuenta: la razón por la que Subaru, al borde de la muerte, había sobrevivido, era con toda probabilidad la magia de curación, a menos que hubiera sido una medicina milagrosa especial.
Y si era así, quien lo había hecho era...
—Incluyendo ese trato, tendré que hablar contigo.
Quizá leyendo sus pensamientos en el perfil de Subaru, Abel lo dijo omitiendo el sujeto, es decir, el trato que recibía Rem. Luego, volvió el rostro hacia Mizelda y...
—Mizelda, haz que todos se retiren. Bastará con este hombre y yo.
—Vaya, vaya, qué exigente. Si no fueras un hombre atractivo, estaría enfadada.
—Hermana, enfádate aunque sea un hombre atractivo...
Taritta dejó caer los hombros al ver a Mizelda obedecer con tanta soltura la orden de Abel. Pero, sin poder oponerse a la decisión de su jefa y hermana mayor, las dos se levantaron para salir de la sala de reuniones.
Quedaban Rem y Ruy, que ponía cara de no entender nada.
—Rem, ¿puedes salir un momento tú también? Tengo algo... algo importante que hablar con él.
—...¿Y si digo que no quiero?
—¡¿Eh?!
Subaru, que creía tener ya bastante con lidiar con Abel, se quedó de piedra ante aquellas palabras de Rem.
Sinceramente, Subaru era débil cuando Rem se le resistía. De poder, querría concederle todo lo que Rem deseara o quisiera. Sin embargo...
—...No quiero que escuches esto, ¿sabes?
Con angustia, Subaru respondió así a Rem, que lo miraba fijamente.
Entonces, Ruy tiró de la manga de Rem con un “uh”. Tirando de Rem con todo su pequeño cuerpo, Ruy parecía querer sacarla fuera de la sala de reuniones.
Subaru se sorprendió ante aquel gesto de Ruy, y Rem sonrió levemente.
—Lo siento. Solo me dieron ganas de decirle un comentario malintencionado a este apestoso sujeto.
—Apestoso...
Era una frase más hiriente que cualquier sarcasmo, pero decidió no decir nada por ahora.
Tal como le había dicho a Ruy, Rem se retiró con un simple “pues nada”, y salió de la sala de reuniones de la mano de Ruy.
Viendo marcharse esas espaldas, Subaru exhaló un suspiro largo y profundo.
Era difícil juzgar la actitud de Rem. ¿Cuál de las dos pesaba más: la confianza o la hostilidad?
—Claro que me alegraría más que fuera confianza, pero no pido la luna. Ese es mi LIFESTYLE...
—Qué paciencia tan ridícula y qué arrogancia...Ven. Escucharé lo que tengas que decir.
Así, a solas en la sala de reuniones, Subaru y Abel quedaron frente a frente con la fogata entre ambos. Subaru se sentó pesadamente con las piernas cruzadas, mientras que Abel permaneció con la máscara de oni puesta y una rodilla levantada.
—Lo primero que quiero preguntar es cuánto de todo aquello fue un sueño y cuánto fue real.
—Ja. Esa es una pregunta que solo tú podrías responder. ¿Qué quieres que te conteste? ¿Quedarías satisfecho si oyeras que todo fue un sueño, una farsa barata, y que las cosas avanzaron en paz?
—Como hay una niña llamada Utakata, se confunde con “barata”...
Entre las Shudrak había una niña pequeña, y esa era Utakata.
Aunque el nombre de Utakata se prestara a una rima tan barata, la esencia de las palabras de Abel no estaba ahí... No: Subaru lo sabía y se refugió en una broma. Abel jamás pasaría por alto esa cobardía.
—No pienso seguirte la corriente en tu cobardía, Natsuki Subaru.
—...Sí, lo sé... Lo de atacar la posición del ejército imperial, ¿fue real?
—Por supuesto que sí. Aniquilé por completo, con el poder de las Shudrak, la posición imperial desplegada a las afueras de Buddheim. Lo que viste no fue una ilusión ni nada parecido.
De nuevo, por boca de Abel, se le confirmaba que aquello había sido real.
Una escena de pesadilla que habría querido que fuera un sueño. Pero la realidad, convenientemente, no le daba escapatoria a Subaru. Algo pesado se le clavó en lo más hondo del pecho y se le cortó la respiración.
—...Ya lo entiendo. Dirigiste a las Shudrak y atacaste el campamento del ejército imperial. Y con eso ahuyentaste a esos tipos. Es así, ¿no?
—Sí. Pero eso no es todo... Esto es mérito tuyo.
—¿Ah?
—¿No lo entiendes? Si pudimos aplastar al enemigo en esta batalla fue porque conocíamos al detalle su formación. Y lo sonsacamos, ni más ni menos, de tu propia boca.
Con el codo apoyado sobre la rodilla levantada y la barbilla en la mano, Abel pronunció unas palabras que detuvieron por completo el pensamiento de Subaru.
Una bomba arrojada justo cuando intentaba asimilar con calma el resultado de la batalla. Incapaz de digerir su significado, Subaru abrió y cerró la boca una y otra vez.
—¿Qué... qué estás diciendo? ¿Que yo...?
—Si conoces a grandes rasgos la formación y la disposición del enemigo, la precisión del plan para conquistarlo aumenta. Y, de hecho, obtuvimos la victoria sin bajas. Esa fue tu contribución. Y te dejé cobrar tu recompensa.
—...
—Esa fue rescatar a tu mujer. Yo recompenso el trabajo. Para los muertos, no hay forma de recompensa. Me apresuré mientras te quedaba aliento, pero... Hmph, eres un hombre con una suerte endiablada.
Aunque le dijeran que tenía una suerte endiablada, Subaru seguía boquiabierto.
Quizá para Abel aquello fuera un cumplido. Pero, por desgracia, Subaru no tenía arraigada la cultura de recibir algo así.
Era natural. ¿Por qué tendría que alegrarse de haber servido como herramienta de guerra?
—¿Que yo hablé del campamento...? Pero ¿por qué...?
—Un efecto secundario de las hierbas medicinales. Tras terminar el Ritual de Sangre, estabas al borde de la muerte. Por eso te di un fármaco para mantenerte con vida hasta que te reunieras con la mujer. Su efecto mantuvo tu mente fija en el aturdimiento.
—¿Y por eso yo, aturdido, solté por doquier todo lo que me preguntaban...?
Consternado, Subaru se llevó las dos manos a la cara y le tembló la voz.
Ciertamente, Subaru conocía el campamento a grandes rasgos. Una vez había pasado varios días en aquel lugar como sirviente. El número de efectivos, la ubicación de las armas... contaba con toda la información que pudieran desear.
La tenía, sí; pero ¿qué importaba eso?
—¿¡Una medicina...!? ¡¿Qué dices?! ¡Cómo te atreves a usar algo así sin permiso! Tú...!
—Pero sin ella habrías muerto sin reunirte con la mujer. Es decir, su magia de curación jamás te habría alcanzado. No hay razón para que me insultes por mantener vivo a un muerto.
—¡C-claro que la hay...! ¡Yo... yo no quería ser cómplice de una guerra! ¡Tanta gente murió... y aun así, tú...!
—...Estás confundiendo algo.
Subaru, que jadeaba mientras condenaba aquella maldad, tensó el rostro ante el frío tono de voz de Abel.
—¿Confundiendo? ¿Qué es lo que se supone que estoy confundiendo?
—Aunque no hubieras estado aturdido por el fármaco, habrías necesitado el poder de las Shudrak para salvar a la mujer. Naturalmente, no te habría quedado más remedio que revelar los conocimientos que tenías... incluida la formación del campamento.
—Ah, uh...
—Lo entenderás. El resultado es el mismo. Estuvieras o no al borde de la muerte, al final fueron tus conocimientos los que expusieron los secretos del campamento, y esos tipos murieron.
Subaru intentó replicar a la observación de Abel. Pero no pudo.
De hecho, aunque hubiera sobrevivido al Ritual de Sangre de mejor manera, si se trataba de trazar un plan para salvar a Rem, Subaru habría hablado de la posición del ejército imperial.
—Pero en ese caso, yo habría participado en la reunión de estrategia. Un plan que implicara muertes lo habría rechazado sin dudarlo. Por eso...
—¿Y crees que habrías podido convencerlos? ¿Crees que habrías sido capaz de persuadir a desconocidos que no tienen otro método que matar, de encontrar una forma mejor y de rescatar a la mujer sin muertes y en armonía?
—Eso...
—Te lo diré... Esa es la definición de “fantasía”.
Atravesado por las palabras de Abel, el alma de Subaru gritó mientras sangraba.
La diferencia abismal en la visión de la vida y la muerte: eso era lo que se interponía entre Subaru y Abel, y entre las Shudrak. Seguramente no había forma de derribar ese muro y encontrar un método mejor.
Al menos, no en el breve tiempo que transcurrió hasta que Rem estuvo a punto de perderse.
—...Aun así, yo no quería rendirme.
—A cambio de que tú no te rindas, morirá alguien que no eres tú. Un desconocido sin ninguna relación contigo, o acaso tu otra mitad. Detenerte y entregarte a cavilaciones necias es lo mismo que permitirlo.
A Subaru, que apretaba los dientes y maldecía la realidad, Abel siguió acorralándolo.
Quizá, a cambio de semejante crueldad, Abel había logrado acercarse al resultado. Pero ¿por qué demonios tendría él el derecho de elegir qué vidas se pierden en el camino?
—¿Quién te crees que eres? ¿Acaso pretendes haberte convertido en un dios...?
—Necio. No soy un dios ni un héroe. Y, por supuesto, tampoco soy un malvado espectador que contempla este mundo desde lo alto... Soy un rey. El rey de reyes.
—...
—El pueblo llano llama emperador a quien se alza en la cima... Yo soy eso.
Imponente, con la mano sobre el pecho, Abel hizo aquella declaración.
Al otro lado de la máscara no se veía su expresión oculta. Pero el rostro de Abel, que solo había visto una vez, apareció ante sus ojos esbozando una sonrisa audaz e intrépida, con los ojos ardiendo con brillo intenso.
Con una majestuosidad desbordante, él demostró su propia existencia mediante palabras.
Ante Subaru, que se quedó paralizado frente a semejante prueba de existencia, Abel—Vincent Abellux—continuó con la misma dignidad en la voz.
—...El septuagésimo séptimo emperador del Sacro Imperio de Vollachia: ese soy yo.
—...
—Aunque ahora mismo he sido derribado de la cima y he descendido a la naturaleza.
3
—El septuagésimo séptimo emperador del Sacro Imperio de Vollachia.
Al oír el título con el que se presentó Abel, la mente de Subaru se quedó en blanco.
Por supuesto, la certeza de que él no era una persona cualquiera la tenía desde que se toparon por primera vez en el claro de la selva. Pero que su verdadera identidad fuera la de “emperador” estaba más allá de su imaginación.
—...Aunque solo es válido lo que dices si resulta ser cierto.
—¿Dudas de mis palabras?
—Pues claro que dudo. ¿Por qué demonios iba a toparme en mitad del bosque con el tipo más importante de todo un país? Tu descaro, eso sí, es de nivel emperador...
Cortando ahí sus palabras, Subaru clavó la mirada en Abel, que ocultaba su expresión tras la máscara de oni.
—Ya te lo dije hace un momento. ¿Qué puedes creerte de alguien que no muestra la cara?
Al otro lado de la fogata, entre las llamas danzantes, Abel recibió las palabras de Subaru.
Sacó a relucir la conversación que habían mantenido con la conciencia aturdida mientras contemplaban el campamento en llamas. En ese entonces se lo había dicho a un Abel que se ocultaba el rostro no con una máscara, sino con un trapo raído.
Y Abel, al oírlo, se había quitado el trapo y le había mostrado el rostro.
—...Eres un hombre quejica y pesado.
Lo dijo mientras dejaba la máscara a un lado, igual que en aquel instante.
—...
—¿Qué es esa mirada descarada? No creo que tenga nada especialmente distinto a ti.
—...Las PARTS, sí son las mismas. Aunque en su disposición siento la malicia de un dios.
El sarcasmo de Abel se clavó en Subaru, que lo observaba el rostro fijamente.
Cabello negro y lustroso, y unos ojos rasgados de mirada gallarda. Una faz fascinante de impresión imponente, pero con un encanto peculiar del que costaba apartar la vista. Esta era, pues, la augusta cara del emperador.
Con todo, a Subaru no le sonaba de nada aquel rostro de Abel. Ni siquiera a él, que como caballero de Emilia, candidata a la Selección Real, tenía cierta relación con los asuntos de estado del país vecino.
—¿Es así? Estando en la cúspide del país, tu cara...
—No tendrías forma de saberlo. Mi rostro, para empezar, no es algo que se vea fuera de la capital imperial. En este país hay demasiada gente que busca mi cabeza.
—¿O sea que es por defensa propia? ¿Te has ganado el odio de tanta gente?
—No. Es porque ser fuerte y valiente es el credo de los ciudadanos del imperio. El indolente debe morir, el frágil debe morir, el soldado débil debe morir... Siendo así, el fuerte lo obtiene todo. El trono del emperador no es una excepción.
Con la barbilla apoyada en la mano y el codo sobre su propia rodilla, Abel habló de la ideología extrema de Vollachia.
Que aquello no era mentira lo sabía también Subaru, que había pasado varios días en el campamento de los soldados imperiales. Todd y los demás soldados imperiales seguramente estarían muy de acuerdo con las palabras de Abel.
Por la realización del imperialismo, estarían dispuestos a pagar cualquier sacrificio...
—...Un momento. Esto es raro.
—¿El qué?
—Si... si de verdad fueras el emperador, ¿por qué atacaste la posición de los soldados imperiales? Lo normal habría sido salir y hablar con los mandamases del campamento...
—Necio. No tengo deseos suicidas. No me pongas a tu altura.
—Yo tampoco tengo deseos suicidas. ¿Pero suicidio...?
No entendía por qué se llamaba suicidio a que el emperador entrara en contacto con los soldados de su propio país.
Para Abel, todos los soldados imperiales deberían ser, en conjunto, sus subordinados. Que entrar en contacto con ellos fuera un acto suicida no tenía lógica ...No; había una manera de que la tuviera.
—...Si no oí mal, ¿dijiste que te habían derrocado del trono?
—Así que no lo pasaste por alto. Pero también te advertí que no lo repetiría.
—¡No lo tomes a la ligera! Es la parte importante. Eso de que te derrocaron...
Empezó a dudar de si Abel, con su rostro impasible, era un ser humano como él.
Porque, si la situación de Abel era como Subaru imaginaba, debía de ser desesperada. Ese pensamiento hizo que Subaru dudara de las palabras que iba a pronunciar a continuación.
—...Tu suposición es correcta.
Sin embargo, Abel asintió, saltándose sin rodeos la vacilación de Subaru.
Ante Subaru, que contenía la respiración, la mirada de Abel descendió ligeramente hasta la fogata encendida. Mientras oía el crepitar de la leña en el fuego, el estertor de los trozos de madera, Abel cerró lentamente un ojo y...
—La posición de soldados imperiales desplegada a las afueras de Buddheim era gente enviada por mis enemigos políticos para acabar conmigo. Tú, sencillamente, sufriste el daño colateral.
—Pero... pero la gente del campamento no habló de nada de eso. Decían que su objetivo era negociar con “los Shudrak” del bosque.
No es que Subaru tuviera la capacidad de detectar las mentiras ajenas.
Aun así, en un lugar atestado de decenas de personas, no era realista que todos se hubieran puesto de acuerdo solo para engañar a unos intrusos como Subaru y Rem. Por eso, los soldados imperiales debían de creer de verdad que su objetivo eran las Shudrak.
—Y aun así, ¿el objetivo real era capturarte a ti...?
—No adornes las palabras. Fuiste tú mismo quien dijo que planeaban atacar. Y, para protegerte a ti y a la mujer, pusiste en la balanza a las Shudrak y a los soldados imperiales.
—¡Eso no...!
—No me equivoco. Hubo una batalla, y los sacrificios no regresan. Los muertos no dicen nada, ni pueden influir en los vivos.
—...
—Los muertos no resucitan.
Golpeado por aquellas mordaces palabras de Abel, Subaru cerró los ojos con fuerza.
Un tipo que no sabe nada, nada de nada, dice lo que le da la gana... Sí existe una manera de resucitar a los muertos.
La única “Autoridad” que solo Subaru posee es ese medio.
Si usara el “Retorno por Muerte”, existía la posibilidad de que Subaru volviera a antes de la aniquilación del campamento.
Así podría alertar a los soldados imperiales y, quizá, salvarlos de su fatal destino. Pero, si hacía eso, esta vez serían las Shudrak quienes correrían peligro.
Si salvaba a unos, perdía a los otros: era difícil rescatar a ambas partes enfrentadas.
Y, por encima de todo, Subaru no tenía la determinación de usar el Retorno por Muerte por ellos.
Aunque repitiera la siguiente vez, ¿cuántas posibilidades habría de que saliera mejor? Que en esta ocasión Rem y Subaru estuvieran a salvo era, sin ser lo mejor, algo que podía llamarse lo segundo mejor.
Desear algo más equivaldría a lanzarse a un desafío sin fin.
¿Hasta dónde podía desgastar su propia vida por algo así...?
—Eres un hombre necio que carga con una angustia incomprensible.
Las palabras de Abel golpearon de pronto el tímpano de Subaru, sumido en su monólogo interior.
Por un instante, sin entender qué le habían dicho, Subaru abrió los ojos atónito. Al frente, al otro lado de las llamas danzantes, Abel lo miraba como si le tuviera lástima.
—¿Por qué solo deseas complacer a los demás?
—¿Complacer...? ¿Yo?
—No haces más que mirar a los demás. Has construido deliberadamente a ese yo tuyo. Tal como un guerrero forja su técnica, has ocultado tu propio corazón bajo la farsa de la caridad.
—...¡No tienes ningún derecho a decirme eso!
Subaru sintió una ira insoportable hacia Abel, que hablaba como si lo supiera todo.
Alguien que no sabe nada del Retorno por Muerte ni del propio Subaru no puede comprender ni una diezmilésima parte de lo que Subaru carga. Tanto el sermón como la compasión estaban fuera de lugar.
—¡Responde a mi pregunta! ¡El objetivo de los soldados imperiales eran las Shudrak, y de ti no dijeron ni una palabra...!
—No es algo que se le cuente a un simple soldado raso. Que el emperador haya caído en desgracia no es algo que deba filtrarse fuera de la capital imperial. Ni siquiera quienes me derrocaron desean que el imperio se tambalee.
—...
—Además, era inevitable que fueran a por las Shudrak. Derrocado del trono, los únicos que podría tender la mano al emperador que huyó de la capital imperial son “los Shudrak”... Por lo tanto, matar a las Shudrak equivale a cortar las extremidades de alguien que apenas se mantiene a flote y hundirlo en el fondo del agua.
Aquella explicación impasible se le fue filtrando en el cerebro, y las dudas de Subaru se disiparon.
Que Todd y los demás soldados imperiales habían rodeado la selva, que su objetivo era neutralizar a “los Shudrak” mediante la negociación, o aniquilarlos... Todo.
—...¿Y por qué las Shudrak son tu única esperanza?
—Hubo un tiempo en que un emperador de Vollachia salvó a las Shudrak de un aprieto. Las Shudrak no olvidan una deuda de gratitud. Y también está el Ritual de Sangre. Esa es mi baza.
La antigua deuda de gratitud que toda la tribu guardaba hacia el emperador, y la manera de ser de las Shudrak, que valoran tanto los rituales...
Expulsado de la capital imperial, Abel apostó por eso e intentó entrar en contacto con “los Shudrak”. Y, para impedirlo, sus enemigos políticos enviaron soldados imperiales a la selva con la intención de enterrar al emperador.
Había sido una apuesta arriesgada, pero podía decirse que Abel la había ganado.
—Pero aunque hayan rechazado a la primera oleada enemiga, esta no es una batalla que acabe aquí, ¿verdad?
—Por supuesto. ...Si mueres, ahí se acaba. Pero yo estoy vivo. Y si es así, iré a arrebatar lo que es mío empleando todo el poder del que dispongo.
Esa era la elección de Abel—Vincent Abellux—como emperador de Vollachia.
A Subaru le pareció que sobre aquella palabra, “lo mío”, estaba escrita, como anotación, la palabra “país”. Era una forma de ver las cosas a una escala completamente distinta.
—Entonces, ¿a partir de ahora... vas a empezar una guerra junto a las Shudrak?
—Así es. Les hice prometer su cooperación. El resultado del Ritual de Sangre y el pacto con el emperador de antaño. Quienes se enorgullecen de su honor son fáciles de manejar. Lucharán a mi lado.
—¡¿Después de todo aquello... aún no te basta?!
Para recuperar el trono, se desencadenarían una batalla tras otra, inevitables.
Eso era la guerra: el comienzo de un combate feroz en el que los humanos lucharían entre sí y se arrebatarían la vida unos a otros.
—...
En la posición imperial reducida a cenizas había, que Subaru supiera, más de cien soldados imperiales.
Eso significaba que, en las pocas horas en las que Subaru estuvo inconsciente, más de cien personas habían perdido la vida.
—¿Por qué... por qué matar...?
—No hay otro método. Eso es todo.
—...¿De verdad es así? ¿Buscaste en serio otra forma? Antes de matarlos y arrebatarles toda posibilidad, ¿hasta el último momento?
Ante la débil súplica de Subaru, como el zumbido de un mosquito, Abel entrecerró los ojos.
Aquello no era tanto sopesar la opinión de Subaru como preguntarle, desde lo más fundamental, por qué habría que hacer semejante cosa.
Era una diferencia de valores insalvable ...Hasta ahora, Natsuki Subaru, por fortuna, no se había visto en la tesitura de tener que construir una relación con alguien de valores tan distintos.
La mayoría de la gente que había conocido en este mundo era racional; con quienes no se podía hablar por diferencia de valores eran, precisamente, las brujas y los Arzobispos del Pecado. Pero, al definirlos claramente como seres “distintos”, Subaru también había evitado chocar sus valores contra los de ellos.
Sin embargo, con Abel era distinto. Las Shudrak y los soldados imperiales también lo eran.
Ellos no tenían malicia; no jugaban con la vida y la muerte de la gente ni usaban un poder inmenso a su antojo.
Salvo por la raíz de su forma de pensar, eran seres humanos como Subaru.
Y aun así...
—...Yo solo quiero llevarme a Rem de vuelta.
A partir de ahora comenzaría la batalla de Abel por recuperar el trono.
Ojalá esto fuera una página de una biografía o de un libro de historia. Pero era la realidad, y Subaru no tenía intención de inmiscuirse en una batalla que cambiaría la historia en una tierra sin nadie en quien apoyarse.
Su objetivo era volver al Reino Dragón de Lugunica con Rem.
Reunirse cuanto antes con Emilia, Beatrice y los compañeros de la mansión de Roswaal, alegrarse juntos por el despertar de Rem y hablar de lo que vendría después... No podía permitirse ocuparse de ningún otro problema.
—...Indícame la ciudad o el pueblo más cercano. Desde ahí buscaré la manera de volver.
Dándose palmadas en las mejillas con ambas manos, Subaru lo declaró centrando su objetivo en una sola cosa.
Al oírlo, Abel dejó escapar un pequeño suspiro, “vaya”, y...
—Es razonable. Pero tampoco es un camino fácil.
—Sea fácil o difícil, si es necesario, camino por él. A ser posible, por uno asfaltado.
Diciendo eso, Subaru se mordió con fuerza el interior de la mejilla y cambió de mentalidad con el dolor. Y se encaró a Abel, al solitario emperador que seguiría luchando de ahí en adelante.
—Aún no te había dado las gracias... Dejando a un lado los métodos, gracias por rescatar a Rem. Eso sí te lo agradezco.
—No solo rescaté a esa chica, sino también a la otra.
—Eso fue innecesario... Gracias a lo cual, mis preocupaciones quedan pospuestas por un tiempo.
Por supuesto, si Ruy se hubiera perdido en la posición del ejército imperial, era muy probable que su relación con Rem se hubiera agravado. Ni el propio Subaru sabía qué habría sido mejor. Por eso...
—Yo elegiré la opción con la que pueda quedarme tranquilo... Es complicado, pero tú hazlo lo mejor que puedas. Aunque a las Shudrak...
—¿Que no los involucre? De todos modos, si ni tú ni yo hubiéramos intervenido, su final habría sido arder con el bosque entero. Esto ya es también su batalla.
Eso no admitía réplica.
Ellas ya estaban en una posición en la que debían luchar para protegerse a sí mismas.
Sin embargo...
—Para mí es imposible... Seguramente jamás llegue a ser como tú.
Negando con la cabeza, Subaru murmuró mientras miraba a Abel.
Abel cerró un ojo. El párpado que cerró era el contrario al de antes. Es más, el parpadeo de Abel era peculiar: lo hacía con un ojo cada vez, y jamás cerraba los dos a la vez.
Subaru comprendió que era para no cerrar ambos ojos ni siquiera un instante.
Y sintió miedo y respeto hacia aquel que había sobrevivido en un mundo donde eso se convertía en costumbre: el emperador de Vollachia, la cúspide del imperio del Lobo Espada.
—Es natural. Ni tú ni nadie puede ocupar mi lugar.
Quizá respondiendo al murmullo de Subaru, Abel se limitó a decirlo en voz baja.
4
Van a separarse de las Shudrak y dirigirse a la ciudad más cercana a la selva de Buddheim.
Cuando oyeron aquella decisión de Subaru, la reacción de quienes lo rodeaban fue, contra todo pronóstico, despreocupada.
—Ya veo, es una lástima, pero no hay remedio. Si esa es la decisión de un camarada...
Esa fue la reacción de Mizelda al escuchar a Subaru.
Sinceramente, se trataba de una confesión para la que se había preparado, pensando que lo insultarían diciéndole que quien no lucha no es un guerrero; por eso, que ella respetara su voluntad le alegraba y, a la vez, le hacía sentirse culpable.
La presencia de Utakata, que parecía más apenada que Mizelda, le era complicado de ignorar; pero aquello tampoco podía ser una razón para que Subaru se quedara allí.
—Su se va. Uu está triste...
—Ah, lo siento... Oye, Utakata, ¿sabes lo que va a pasar a partir de ahora?
Mientras acariciaba la cabeza de la niña, que lo agarraba del borde de la ropa, Subaru le hizo aquella pregunta.
No cabía duda de los valores y el sentido de solidaridad de las Shudrak, y la decisión de Mizelda sin duda era la decisión de la tribu; aun así, Utakata todavía era muy pequeña.
Si no entendía nada y solo estaba arrastrada por el fervor de su entorno...
—A partir de ahora, empieza la guerra. Uu también luchará, con Mii, con Taa y con todos.
—...Ya veo.
Subaru suspiró ante Utakata, que decía aquello mientras le enseñaba el arco que llevaba a la espalda.
“Los niños pequeños deberían permanecer en la ignorancia”. Semejante farsa resultaba ser, también en esta selva, un pensamiento demasiado blando.
Para empezar, Utakata ya tenía en su historial haber matado a Subaru de un flechazo envenenado.
Aunque no lo pareciera, Utakata también era, sin duda, una de las Shudrak. Tenía la determinación de luchar, e incluso la de matar al enemigo. Y aun así...
—No mueras, Utakata.
—¡Uu no morirá! Tú tampoco mueras, Su, esfuérzate.
Ante aquel ánimo de vuelta, Subaru se quedó sin palabras y respondió esbozando una sonrisa débil.
Sinceramente, no tenía ni idea de cuántas posibilidades de victoria había en la batalla de Abel y los Shudrak.
Abel, derrocado del trono, y unos enemigos políticos capaces de mover a los soldados imperiales a su antojo. Por más que Abel empleara estrategias brillantes y astutas, ¿hasta dónde podría revertir la desventaja numérica...?
—...Ya estoy lista.
—¡Uah!
—...¿Qué te pasa? ¿Por qué te asustas tanto?
Al oír una voz junto a su perfil, absorto en sus pensamientos, Subaru se sobresaltó, y su interlocutora puso cara de extrañeza.
Era Rem, con su bastón de madera en una mano y un pequeño fardo a la espalda. Su atuendo de viaje era el de quien ya ha terminado de prepararse para salir del bosque junto a Subaru ...Sinceramente, la reacción de Rem era inesperada.
Tras su declaración ante Abel, Subaru había pensado que lo más complicado sería convencer a Rem.
En el peor de los casos, había llegado a estar dispuesto a sacar a Rem a la fuerza mientras dormía y abandonar el poblado de las Shudrak como quien huye en plena noche.
Sin embargo, cuando Subaru, preparado para un rechazo, le explicó la situación de frente, la reacción de Rem fue, contra todo pronóstico, sorprendentemente simple.
“...Entendido. Para mañana habré terminado los preparativos.”
Por eso, incluso viendo así a Rem con los preparativos de viaje terminados, Subaru no acababa de aceptarlo como algo real.
—...¿Mm?
—¡Ah! No, lo siento, estoy bien. Sí, tu atuendo de viaje te queda perfecto. Qué linda, qué linda.
—¿Qué?
—Quiero decir, ¡que te ha quedado impecable! Me mejora la vida. Tú tan aplicada y yo tan afortunado...
Su manera de responder fue tan torpe que Rem lo miró con bastante desconfianza.
No es que quisiera ganarse su favor. Por supuesto, que Rem no se le opusiera era una ayuda, así que lo deseable era mantener la relación tal como estaba.
Lo ideal, eso sí, sería que se abrieran un poco más.
—Y bien, ¿y tus preparativos? Parece que tuviste tiempo para las despedidas...
—Ah, por eso no te preocupes. Para empezar llevo poco equipaje, y casi todo me lo llevas tú.
—...Pero eres tú quien tendrá que llevarme a mí entera.
Diciendo eso, la mirada de Rem se dirigió a una estructura de madera hecha a mano que estaba en la plaza.
Hecha combinando ramas gruesas y enredaderas, era el llamado armazón de carga que Subaru había montado para trasladarse llevando a Rem a la espalda.
Con el bastón, Rem podía caminar, aunque con paso vacilante, pero el trayecto hasta la ciudad más cercana suponía un viaje de varios días. Quién sabía cuánto tardarían si se amoldaban a su ritmo. Por eso, Subaru lo había fabricado en colaboración con las Shudrak.
—Tiene bastante pinta de hecho a mano, pero la resistencia no debería ser un problema. Ya lo probé con Taritta, que pesa más que tú.
—No es que me importe demasiado lo de pesar mucho o poco, pero creo que es una grosería hacia Taritta.
Ganándose una vez más el desagrado de Rem, Subaru se rascó la mejilla con una sonrisa forzada.
Luego, Subaru dirigió la mirada detrás de Rem, hacia Ruy, su compañera de viaje. Era natural: si Subaru se llevaba a Rem, ella también se convertía en acompañante.
—Por más que quiera, no puedo dejarles una bomba a las Shudrak y largarme...
Aun sin eso, apartar los ojos de una Arzobispo del Pecado era imperdonable.
Hasta ahora había habido varias ocasiones en las que apartó los ojos, y en cada una de ellas Ruy había tenido la oportunidad de mostrar su verdadera naturaleza; pero no quería permitir que eso siguiera ocurriendo.
Ni siquiera ahora que empezaba a pensar que el comportamiento de Ruy no era una actuación, sino algo genuino.
—Ah, uh.
En cuanto a Ruy, se había recogido el largo cabello detrás de la cabeza y se había arreglado su atuendo blanco, luciendo un aspecto muy distinto. Al parecer, en el poblado de los Shudrak le habían tomado cariño, y la ropa arreglada parecía ser un regalo de sus habitantes.
—Siento haberles causado tantas molestias en todo.
—No te preocupes, Subaru. Superaste el Ritual de Sangre, y demostraste el brillo de tu alma. Que nosotras te prestemos nuestra fuerza, es un honor natural hacia un camarada.
Ante las palabras de Mizelda, que había venido a despedirlo, Subaru bajó la cabeza con un “camarada...”.
No podía mirar a la cara a Mizelda, que lo llamaba así. Porque, aun presintiendo la dura batalla que se avecinaba, Subaru estaba a punto de separarse de ellas y huir.
¿Era eso, acaso, lo que haría un camarada orgulloso y honorable, tal como ellas lo describían?
—No te atormentes, Subaru.
Sin embargo, Mizelda lo dijo como si hubiera leído el corazón de Subaru.
—Señorita Mizelda...
—Nosotras luchamos, y demostramos nuestro propio valor. Pero también creamos el futuro protegiendo lo importante. Es un pensamiento necesario para proteger a la tribu.
—...
—Protege a Rem y a Ruy. Ese es el honor que espero de un camarada.
Ante las francas palabras de Mizelda, a Subaru se le calentaron los lagrimales.
Ni siquiera le apeteció corregir a Mizelda diciéndole que lo de Ruy era un malentendido. Al menos, debía corresponder a la confianza de Mizelda y las demás cumpliendo con ese papel.
Aunque, quizá, jamás volviera a encontrarse con ellas...
—Por aquí ya estamos listas. Ya va siendo hora de partir.
Justo cuando recibía aquel ánimo de Mizelda, una mujer que agitaba la mano con entusiasmo—Holly, con las puntas del cabello teñidas de amarillo—lo llamó con una sonrisa de oreja a oreja.
Junto a Holly estaba Kuna, delgada y con el cabello teñido de verde. Kuna, de impresión callada en contraste con la jovial Holly: aquellas dos eran las escoltas de Subaru y los suyos—estaba previsto que los protegieran en el camino hacia la ciudad más cercana, Guaral—.
—Pensé que una escolta era demasiado para mí...
Esto era un país extranjero, y Subaru ya había muerto varias veces en apenas unos días.
No se podía negar que las circunstancias habían sido especiales, pero no estaba de más ser precavido. Subaru, sin necesidad de confiarse, no tenía capacidad de combate, y esperar algo de Rem o de Ruy era absurdo.
De Kuna no lo sabía, pero a Holly la había visto con sus propios ojos levantar una roca enorme sin esfuerzo. Como escolta del camino, era una compañía más que fiable.
Y entonces...
—...Rem, ¿te duele algo?
Levantando con esfuerzo el armazón de carga, Subaru le preguntó a Rem por encima del hombro.
Como quedaban espalda con espalda a través del armazón, Subaru no podía verle la cara a Rem. Para sujetar su cuerpo, había rellenado con hojas y telas lo más suaves posible, pero en un desplazamiento prolongado surgirían sin duda varias incomodidades.
—Estoy bien ...¿Y tú? ¿Podrás con ello?
—Me he entrenado lo justo, ya sabes. Todavía no he recuperado del todo las fuerzas, pero quiero evitar que Holly y Kuna tengan las manos ocupadas cuando llegue el momento.
Para empezar, ya era de gran ayuda que las escoltaran; encima, pedirles que también cargaran con Rem era algo que no podía hacer sin morir de vergüenza.
Subaru, haciendo gala de ese orgullo, con Rem a la espalda; Ruy, plantada a su lado; y Holly y Kuna, que los acompañaban con equipaje ligero y los preparativos de viaje terminados.
Entonces, lass Shudrak fueron reuniéndose en tropel a la entrada del poblado.
—Pues bien: por la paz de Natsuki Subaru, nuestro camarada, ¡y por que se cumpla su objetivo!
—¡Por que se cumpla!
Al llamado de Mizelda, que estaba al frente, las demás Shudrak unieron sus voces.
Sintiendo la ilusión de que se levantaba un viento vibrante, Subaru correspondió al espíritu de aquellas mujeres con un “¡sí!” y una sonrisa, a modo de agradecimiento.
—Gracias a todas. ¡Cuídense mucho!
Tras decirlo, pensó que había sido un saludo cargado de falsedad.
Pensando en los disturbios que les aguardaban, eran unas palabras demasiado vacías y sin sentido.
Pero era su sincero deseo, sin reservas: quería que aquellas mujeres enérgicas y agradables sobrevivieran.
—...
Mientras lo deseaba, Subaru buscó entre la fila de despedida aquella siniestra máscara de oni.
Pero, aunque era lo esperable, no encontró su figura por ninguna parte.
Y, tragándose en parte la amargura, lo comprobó...
—...¡Allá vamos!
—¡Uh!
A Subaru, que lo dijo como si se hubiera rendido a la desesperación, se le sumó con fuerza la voz de Ruy.
Y así, Subaru y los suyos se alejaron de las Shudrak y, para escapar del fuego de la guerra que estaba por venir, dieron el primer paso rumbo a Guaral, la ciudad más cercana.
5
¡BUM! Sonó fuerte como un estruendo, y la manada de animales echó a correr al unísono.
En el pequeño bosque que encontraron a mitad de la llanura, pastando a la sombra de los árboles, había unos animales muy parecidos a ciervos; con sus imponentes cuernos y su pelaje negro, eran unos herbívoros comunes llamados “ciervos negros”.
Entre la manada que huía dispersa por el ruido y el impacto, quedó abandonado un ciervo negro derribado sobre la hierba. Tenía una flecha gruesa clavada en el torso, que le había destrozado el corazón de un solo golpe.
—¡He cazado carne~!
—...Carne, dice. Di al menos “ciervo negro”.
—¿Eh? ¿Qué has dicho ahora~? Kuna habla tan bajito que no se le oye bien~.
Quien soltó aquella exclamación de alegría fue Holly, que había disparado el potente arco.
Ella, que lucía una sonrisa jovial, no oyó el murmullo de la chica que tenía al lado—Kuna—, e inclinó la cabeza con cara de extrañeza. Al verlo, Kuna frunció los labios y...
—¡No es nada! ¡A desangrarlo! Hazlo ya.
—¡Ah, espérame~!
Holly se apresuró a seguir la espalda de Kuna, que se alejaba con paso pesado. Pero antes, Holly se detuvo con un “oh” y se giró de golpe.
Al final de la mirada de Holly estaban las figuras de sus compañeros de viaje...
—Ya que estamos, hagamos una pausa~. A Subaru también le parece bien, ¿verdad~?
—...Ah, sí, a mí no me importa, me viene bien.
Subaru respondió a la propuesta de descanso de Holly derramando sudor a mares.
Al verlo así, Holly dijo “qué bien~” y fue tras Kuna. Viéndolas alejarse, Subaru se arrodilló lentamente en el sitio.
A espaldas de aquel Subaru agotado, Rem, montada en el armazón de carga, dejó escapar un pequeño suspiro y...
—...Testarudo.
Lo murmuró de modo que Subaru no pudiera oírla.
—No, en serio lo había subestimado un poco. Si no fuera el hijo mayor, me habría quejado. Aguanté por ser el mayor, pero de ser el segundo o el benjamín, no habría podido.
—No lo entiendo. Para empezar, ¿la resistencia tiene algo que ver con tener hermanos?
Rem miró con desprecio la excusa de Subaru, que recolectaba ramas secas mientras preparaba la fogata. Ante su mirada de exasperación, Subaru soltó un “ah...” y...
—Eso de antes era el chiste de siempre, pero creo que hay bastante correlación entre la paciencia y tener hermanos. Ya sabes: dicen que al hijo mayor lo crían con más severidad y al benjamín lo malcrían, ¿no?
—Aunque digas “¿no?”, yo no lo sé. En el caso de un hijo único no se aplica, ¿verdad?
—En ese caso, acabas criado a la vez con mimos y con severidad... Justo el rasgo del hijo único que me corresponde a mí, que soy mayor y benjamín a la vez.
Teniendo en cuenta lo bien que se llevaban sus padres, era bastante curioso que Subaru no tuviera hermanos.
Era consciente de haber monopolizado el cariño de su padre y su madre, así que no dejaba de pensar en cómo habría sido tener hermanos; pero tampoco iba a cambiar la realidad.
—Además, quién sabe si ahora mismo, conmigo fuera, no estarán teniendo más hijos...
—Ah, uah.
Junto a Subaru, sumido en una imaginación aterradora, Ruy jugueteaba sobre el regazo de Rem, que mantenía la mirada baja.
El armazón de carga, fijado a la espalda de Subaru durante la marcha, era un artefacto excelente que, una vez bajado al suelo, podía usarse tal cual como silla.
Gracias a ello, no hacía falta obligar a Rem a subir y bajar cada dos por tres.
Aunque quizá Rem sintiera vergüenza por depender continuamente de las manos de Subaru, era una humillación que tendría que soportar durante un tiempo.
¿Qué pensaría de ello? Mientras calmaba a Ruy sobre su regazo, Rem...
—Hermanos... ¿Habré tenido yo alguno?
Ante aquella pregunta repentina de Rem, Subaru contuvo el aliento con un “oh...”.
Al levantar la cara de golpe, su mirada se topó con los ojos azules de Rem. No sabía qué emoción se agitaba en aquella luz tenue. Seguramente ni la propia Rem lo entendía bien.
—Es la primera vez… Es la primera vez que tú intentas preguntarme algo sobre tu memoria.
—Que dónde es este lugar, quién eres tú, quién soy yo, qué pretendes hacer, y con qué cara... Creo que ya te he hecho preguntas muchas veces.
—Déjate de las negativas; y creo que lo de “con qué cara…” todavía no me lo habías dicho.
Subaru sonrió con amargura ante la manera punzante de hablar de Rem; aun así, sintió un ligero alivio.
Tal como le dijo a Rem, era la primera vez que ella le preguntaba algo en un sentido positivo. Subaru lo tomó como un avance en su relación.
Sinceramente, desde que dejaron el poblado de las Shudrak, Subaru había estado intranquilo todo el camino.
Rem, que había mostrado tanta hostilidad y desconfianza hacia Subaru, se había mostrado tan cooperativa todo este tiempo. No sería raro sospechar que no era un milagro, sino el presagio de una desgracia.
Sin embargo, Rem se portaba bien sobre el armazón de carga, regañaba a Ruy cuando se movía inquieta tratando de entorpecer la marcha, e incluso intentaba reducir la carga de Subaru.
—...
—¿Qué? ¿Es que no piensas hablar?
—No, no, te precipitas. Es solo que, verás, nuestra relación era un poco torpe, ¿no?
—Sigue siéndolo; y no es torpe, sino tensa.
—¡Y estoy pensando que esa tensión se ha suavizado un poco!
La mirada de Rem, como si viera algo repugnante, volvió a herir el corazón de Subaru. Pero, guardando con cariño incluso aquella herida por ser algo recibido de Rem, se rascó la mejilla.
—Yo tampoco lo sé todo de ti, Rem. Pero sé más de ti que la Rem de ahora. Si tienes algo que preguntar, pienso responder todo lo que pueda. Aunque...
—Que pueda creerte o no depende de mí...
—Sí, así es.
Asintiendo brevemente, Subaru echó un vistazo a Rem.
Ella fruncía el ceño, reflexiva, mientras le peinaba el cabello a Ruy con los dedos. Al cabo de un rato, Rem volvió a clavar la mirada en los ojos de Subaru y...
—No lo sé.
—Pues claro que no. Si no puedes recordarlo.
—No me refiero a mí, sino a ti... No entiendo en absoluto qué clase de persona eres. Porque lo que siento no coincide con lo que veo.
Apretando los labios, la mirada de Rem adquirió un calor frío.
No era que la distancia entre sus corazones hubiera aumentado, sino que la seriedad se había intensificado. Era la seriedad que Rem ponía en sus ojos al tratar de evaluar a Subaru.
Aquello era, al menos, la prueba de que lo consideraba digno de que se juzgara su humanidad.
—...Comparado con cuando me trataba de entrada como la encarnación del mal, esto es un gran avance.
—Aún no se me han disipado las dudas... Solo pensé que quedaba un margen, del grosor de una capa fina, para considerarlo.
—Entonces, ahora que se ha interpuesto una hoja de papel fino en nuestra relación de hielo fino, ¿hay algo que quieras preguntar?
—...Déjame pensarlo un poco más.
Subaru estaba dispuesto a abrir su corazón, pero Rem negó con la cabeza. Los preparativos de Rem—más exactamente, sus preparativos para creer en Subaru—aún no estaban listos.
Sinceramente, mentiría si dijera que no le frustraba que Rem dudara de la verdad.
—...Entendido. Esperaré a que estés lista.
—...No lo digas como si fuera asunto de otro. Creo que no se puede negar que también depende de tu comportamiento diario.
—Ya veo... O sea, que si subo a toda velocidad tus puntos de afecto y de confianza, la ROUTE se desbloqueará antes.
—No entiendo lo que dices, pero sí entiendo que has dicho algo desagradable.
Ante la conclusión de Subaru, que se llevó la mano a la barbilla, de nuevo se oyó el sonido del descontento de Rem acumulándose.
Y fue entonces cuando, hacia donde Subaru y los suyos mantenían esa conversación...
—Perdón por la espera~. Ya terminé de despiezar el ciervo negro, y quedó muy bien~.
Así lo dijo Holly, que regresaba con una sonrisa de oreja a oreja.
Sujetaba en un palo, al hombro, el ciervo negro ya despiezado, colgando del extremo, y estaba encantada. Detrás de aquella Holly tan animada, Kuna, que al parecer se había afanado en la tarea, lucía cara de cansancio.
—¿Por qué, tengo que hacerlo todo yo...?
—Porque si lo haces tú sale mejor~. Si se arruinara una carne tan buena, yo, por más que comiera, me quedaría con hambre~.
—¡¿Y eso por qué?! ¡Lo que comes se te queda en la barriga, chica rara!
Kuna le gritó a la despreocupada Holly, pero Holly se lo tomó a risa y lo dejó pasar.
Luego, Holly posó la mirada en el haz de ramas secas que había reunido Subaru.
—Oh, veo que las has juntado bien~. Bien hecho, bien hecho~.
—Déjenme hacer al menos esto en lugar de cazar. ¿Me dejan aprender a encender fuego?
—¿Aprender~? ¿Y eso qué es? Nunca he oído esa palabra~.
—Significa que te digan como hacer algo...
Holly, que había ladeado la cabeza, sonrió feliz ante la explicación de Kuna: “Ah, ya veo”.
Luego sacó una piedra negra de su equipaje, la golpeó con rapidez para que Subaru lo viera y, con las chispas resultantes, prendió fuego a las ramas secas con toda facilidad.
—¡Ohh, qué genial! Eso es técnica de artesana.
—Una vez que le agarras el truco, es facilísimo~. Ahora asaré la carne rapidito~.
Ante los elogios de Subaru, que aplaudió, Holly asó la carne del ciervo negro de buen humor. Mientras esta se doraba sobre la fogata y flotaba un aroma apetitoso, Subaru soltó un “por cierto”.
—La rapidez de Holly ha sido increíble. En cuanto vio la manada, ¡zas!, ya estaba disparando.
—Gracias a que Kuna encontró la manada~. Y así pudimos conseguir carne fresca~.
—Yo solo encontré la manada... Dejando a un lado el tiro rápido, cualquier Shudrak sabe usar el arco.
—Todos menos Kuna~.
Como le habían tocado la fibra, Kuna gimió con amargura: “Ugh”.
Ante aquella reacción de Kuna, Rem abrió mucho los ojos: “¿Ah, sí?”.
—Me sorprende. La señorita Mizelda me había dicho que Kuna tiene muy buena vista...
—...Por buena vista que tenga, si no sirvo para ello, no hay nada que hacer.
—Con el arco, Kuna pierde incluso contra Utakata~. Qué linda~.
—¡Cállate!
Calificada como peor que Utakata, Kuna le asestó un golpe con el canto de la mano en el vientre a Holly. Pero Holly rechazó el golpe sin esfuerzo con su cuerpo corpulento.
Rem observaba aquel intercambio, ya habitual, con una sonrisa tierna; pero para Subaru, que una vez había sido asesinado por Utakata, oír hablar de su destreza con el arco resultaba bastante complicado.
—Además, hablando de arcos...
Llevándose un dedo a los labios, Subaru se quedó pensando un momento en los potentes arcos.
Se trataba de la existencia del Cazador que, antes de que los capturaran en la posición de los soldados imperiales, había atacado a Subaru y a Rem en el bosque. Un experto arquero que una vez los había protegido de una mabestia y otra vez había matado a Subaru.
La identidad de aquel cazador seguía sin estar clara.
Por eso, cuando Holly atravesó al ciervo negro, a Subaru se le heló la sangre.
Aunque, al oír la conversación de antes sobre el manejo del arco entre las Shudrak...
—...Si cualquier Shudrak sabe usar el arco, ¿es inútil seguir pensando en ello?
En aquel momento, Subaru y los suyos eran unos sospechosos elementos perturbadores que se habían adentrado en el bosque.
No habría sido raro que, juzgando a Subaru—que buscaba a Rem a voces—como un enemigo sospechoso, intentara eliminarlo. Lo mismo valía para la batalla posterior en la que se vio envuelta una mabestia.
Para empezar, el cazador los había protegido de la mabestia... Tampoco es que no existan razones para no afirmar sin más que se trataba de un enemigo.
—Holly y Kuna se llevan muy bien, ¿verdad?
Mientras Subaru estaba absorto en sus pensamientos, la conversación entre Rem y las otras dos fluía animada.
Rem había preguntado directamente por la relación entre las dos que los acompañaban. Sin embargo, al oír que se llevaban bien, solo Holly se rio; Kuna sacó la lengua con un “puaj”.
—¿Qué es esa reacción y esa cara? Ninguna de las dos cosas le está permitida a una chica guapa.
—Solo me ha hecho recordar nuestro vínculo enredado. Yo no hago más que sufrir...
—Jajaja, Kuna se preocupa demasiado~.
—¡¿Por – culpa – de - quién!?
Kuna, fuera de sí, sacudió con brusquedad los hombros de Holly. Pero la diferencia de complexión entre ambas era grande, y la delgada Kuna no podía mover ni un ápice a Holly, que tenía casi el doble de masa.
—Kuna y yo nacimos el mismo día. Somos vecinas, algo así como hermanas~.
—A alguien como tú, no la quiero ni de hermana mayor ni de hermana menor...
—Ah, ya se está dorando bien~.
—¡¡Escúchame!!
Kuna fue arrastrada de aquí para allá por una Holly que iba a su propio ritmo hasta el final. Al verla así, en cierto modo se le superponía la imagen de aquel sufrido y belicoso funcionario de asuntos internos.
—Kuna se tiñe el pelo de verde, así que se solapa su color distintivo... Es alguien que se hace notar hasta en las escenas en las que no aparece.
Era una acusación infundada de la que, si el aludido la hubiera oído, habría dicho: “¡Eso sí que es una calumnia como la copa de un pino!”. Pero como no estaba presente, lo trató como una alucinación auditiva.
Sin embargo, mientras miraba a Holly y a Kuna discutir de esto y aquello sobre el punto de la carne, Rem relajó un poco la expresión, y se la oyó murmurar: “Qué envidia”.
—Tener a alguien con quien poder hablar tan abiertamente...
—...Eh, Rem, ¿puedo decirte solo una cosa?
Lo que contenía aquel murmullo era una envidia clara y, al mismo tiempo, desgarradora.
Para una Rem sin memoria, quienes la rodeaban, incluido Subaru, eran como invasores que llegaban desde la oscuridad; seguramente no había un solo momento en que su corazón pudiera estar en paz de verdad.
No sabía si serviría para sanar aquel corazón tenso, pero...
—¿Qué?
—Dije que me callaría hasta que quisieras preguntar, pero voy a soltarte solo una cosa.
—Eh...
—Tú tienes una hermana mayor. Es tu gemela, y te quiere muchísimo de corazón... Por eso, estés donde estés, nunca estarás sola.
Al oír aquellas palabras de Subaru, Rem abrió aún más sus redondos ojos.
Era una declaración por la que merecía que lo insultaran apenas se le secara la lengua, después de haber dicho que esperaría a que Rem confiara en él. Pero ya no era solo Rem: el propio Subaru también estaba al límite.
Al menos, contarle de la existencia de Ram no estaría mal.
La existencia de Ram, que seguramente aún ahora, desde la lejana tierra de Lugunica, se estaría preocupando por su hermana.
—Yo no lo sé, pero si cierras los ojos e intentas recordarla, quizá puedas sentirla. A eso lo llaman la sinestesia de los gemelos, o eso dicen.
—Sinestesia...
Con cierta vacilación, Rem se llevó tímidamente la mano al pecho y cerró los ojos.
Así, inmóvil, buscando a su otra mitad, nacida el mismo día de la misma madre—la existencia de su hermana gemela—, la conciencia de Rem empezó a extender la mano hacia el oscuro mar de la noche.
Sin embargo...
—...No siento nada.
—Ya... veo… Supongo que es difícil si no puedes imaginarla.
Negando lentamente con la cabeza, Rem informó del fracaso de la sinestesia.
Por un instante le asaltó la inquietud de que a Ram, con quien no podía conectar, le hubiera pasado algo; pero juzgó que pesaba más la distancia, la que se extendía tanto física como mentalmente.
Sinceramente, sentía que, si la sinestesia hubiera conectado, se habrían resuelto muchos problemas. Era una verdadera lástima, pero quien más lo lamentaba era Rem.
—...Ah.
—¿Uh?
Pero, mientras Subaru buscaba palabras de consuelo, de los labios de Rem escapó un leve suspiro.
La razón era la mano de Rem sobre su pecho, y la mano de Ruy posada encima de aquella. Con la cabeza apoyada en el regazo de Rem, Ruy superponía su mano como si la viera desde abajo, preocupada por ella.
Ante aquel gesto de Ruy, Rem relajó suavemente los labios y...
—Gracias. Estoy bien.
Cuando Rem sonrió con entereza, Ruy, al verla, también sonrió feliz.
Al ver el ambiente entrañable entre las dos, Subaru apretó las muelas por haberse quedado atrás y por haberse dejado arrebatar el papel.
—Maldita sea... Así que al final eres mi enemiga...!
—¿Y por qué acabas en eso? ¿No crees que es infantil?
Al ver a Subaru fulminando a Ruy con la mirada, Rem volvió a perder la estima que le tenía.
Sin saberlo, Ruy, recibiendo la mirada de Subaru, sacudía manos y pies de buen humor.
Y, dejando a un lado la tensa relación entre Subaru y los suyos...
—¡Ya está asada~!
—¡¡Aún está cruda por dentro!!
Las dos, con su relación ya perfectamente consolidada, alzaron la voz.
6
Tras cuatro días en total, el grupo llegó sano y salvo a Guaral.
—Eso es Guaral... Está protegida por unas murallas imponentes.
Lo que se veía a lo lejos era una ciudad fortaleza rodeada por altas murallas.
Ante un panorama tan distinto de lo que se había imaginado al oír “la ciudad más cercana”, Subaru saboreaba dos sensaciones: la sorpresa de haberse equivocado en sus previsiones y la de una suerte caída del cielo.
—Qué ambiente tan severo tiene la ciudad... ¿Es que vienen gigantes?
—¿Gigantes? Pues, oí que hace ya mucho estuvieron al borde de la extinción.
—¿En serio? Entonces ese viejo que conozco quizá sea el último de los Gigantes...
Ante Kuna, que le respondía en serio, Subaru soltó aquella observación sin sustancia.
Quién iba a decir que el viejo Rom, el único Gigante que conocía Subaru, estuviera en una posición tan excepcional. Si no recordaba mal, también le había oído a Rem que el Clan Oni estaba al borde de la extinción. La lucha por la supervivencia en este mundo era bastante dura, por lo visto.
—Pensándolo con calma, aparte de Emilia-tan, nunca me he topado con ningún otro elfo, así que quizá los elfos también sean bastante escasos.
Como es tópico en las historias de fantasía, las razas longevas, a cambio de una vida larga, tienen una capacidad reproductiva débil y no pueden aumentar mucho su número.
A eso se sumaba que, en este mundo, existía un miedo arraigado hacia la Bruja de los Celos; por eso era fácil imaginar que, tanto para los elfos como para los medio elfos, seguían quedando por todas partes costumbres que hacían difícil la vida.
—Pensar en Emilia-tan sin que Emilia-tan esté aquí… Mierda, y hace tiempo que no veo a Beako; empiezo a notar una carencia grave de Emilia-asa y Beatromina.
Para ambas carencias, el remedio era el contacto con Emilia y con Beatrice.
Hablando en serio, la fatiga mental de mantener la inquietud y la tensión era considerable, así que con solo oír las voces de aquellas dos, que eran su fuente de tranquilidad, se aliviaría bastante.
—Echo de menos las voces de Ram, Petra y Frederica... Llegados a este punto, hasta me vale con la de Roswaal.
—Oye, ¿es eso una lucha interna que valga la pena?
Rem, a su espalda, lo reprendió por aquel monólogo que se le escapaba.
Durante el viaje, Subaru llevó a Rem en el armazón de carga de forma impecable, sin cederla a nadie. El primer y el segundo día, al no dominar el truco del transporte, despilfarró energías de forma notable, pero a partir del tercero, gracias a dominar la dosificación del ritmo y el sentido del equilibrio, avanzó bastante mejor.
—Ya no hay nadie que me gane cargando con Rem.
—No compitas en algo tan deshonroso. Y además, Holly y Kuna...
Como estaban espalda con espalda, lo que Rem señalaba quedaba del lado de la espalda de Subaru. Siguiendo sus palabras, Subaru se giró en redondo, y allí estaban Holly y Kuna.
Kuna se rascaba la cabeza con aire cansado, y junto a ella Holly sonrió con dulzura y...
—Bueno, como han llegado sanos y salvos, aquí nos despedimos~.
—Ah... ¿Ustedes no entrarán en la ciudad?
—No tenemos motivo~. Nuestra tarea, era acompañarlos hasta aquí~.
—Ya veo... De verdad que nos han ayudado mucho.
Ante aquel adiós repentino, Subaru se reprendió pensando que era lo natural.
Ellas dos los habían acompañado únicamente por la bondad de las Shudrak.
Holly, que con su destreza en la caza y su carácter jovial había hecho ameno el viaje.
Kuna, de quien había sido de fiar su seriedad para responder a lo que le preguntaban y su inesperada erudición.
Separándose de las dos, Subaru emprendería por fin el viaje con Rem... no, con Rem y con Ruy: un viaje de tres.
Tanto en la posición del ejército imperial como en el poblado de las Shudrak siempre había habido alguien más, pero esta vez no.
—...Qué pesado, no pongas esa cara de lástima.
—Perdón, ¿Cara de lástima...? ¡¿Ua?!
Entonces, al ver los negros ojos de Subaru, sacudido por la inquietud de lo que se avecinaba, Kuna le tendió algo.
Lo atrapó con las manos por reflejo, y el peso inesperado lo hizo inclinarse hacia delante. Lo que le entregaron era un paquete blanco y alargado. Era también lo que Holly había cargado a la espalda durante todo el viaje.
—Creí que era un arma, pero ahora que lo pienso, nunca la han abierto... ¿Qué es esto?
—Es de Subaru~. La jefa nos dijo que te lo entregáramos, cuando llegaras bien a la ciudad~.
—¿Que es mío, y cuando llegara a la ciudad...?
Sin entender el verdadero significado de las palabras de Holly, Subaru frunció el ceño con desconcierto. Pero Kuna lo instó bruscamente: “Vamos, ábrelo”.
Obedeciendo, Subaru bajó el armazón de carga al suelo y abrió el paquete blanco.
Lo que había dentro era...
—Esto... ¿es un cuerno?
En brazos de Subaru, un bulto blanco del tamaño de un abrazo. El murmullo de Rem al verlo le reveló a Subaru su identidad: era un cuerno, y además, el cuerno de una mabestia.
Era algo que le resultaba familiar. Lo había visto tres veces, y con claridad, durante el Ritual de Sangre.
—¿Acaso es el cuerno de Elgina?
—Así es. Como fuiste tú quien lo rompió, es de Subaru.
—Es algo valioso~. Con ese tamaño, se venderá por mucho~.
—...!
Al oír que se vendería por mucho, Subaru contuvo el aliento ante la consideración de ellas.
Es decir, Holly y Kuna les estaban diciendo que convirtieran aquel cuerno de mabestia en dinero para el viaje de vuelta al Reino Dragón de Lugunica.
Y aquel equipaje lo habían cargado sin decir para qué era.
—Si debía de pesar bastante...
—Y tú, has estado cargando con Rem todo el rato, ¿no?
—Y además, además, yo soy muy fuerte~. Así que no me costaba nada~.
Ante Subaru, al que le temblaba la voz por aquella intención, tanto Kuna como Holly pusieron cara de no darle importancia.
Ante la consideración de las dos, Subaru se quedó literalmente sin palabras.
Lo habían ayudado en el camino, y encima le habían conseguido de esta forma una fuente de dinero para el viaje.
Y, a pesar de ello, Subaru se separaba de ellas y volvía a su país... Holly y Kuna se reunirían con sus compañeras Shudrak y se unirían, junto a Abel, a la batalla por recuperar la capital imperial.
Mientras en ese camino se generara la vida y la muerte de tanta gente...
—Yo...
—...No pienses tonterías.
—...
—Lucha por proteger lo que quieres proteger. Nosotras, hacemos lo mismo.
A Subaru, a quien las palabras impulsivas estuvieron a punto de escapársele, Kuna lo detuvo con brusquedad.
Ella lo fulminó con la mirada, con su habitual aire lánguido y fastidiado.
Kuna, que se quejaba a menudo y siempre estaba irritada con Holly. Sin embargo, ni una sola vez se apartó de las Shudrak ni dio muestras de odiar a Holly.
Como miembro de las Shudrak, consideraba natural luchar junto a Abel.
—Esa debía de ser la prueba de que aquello que ella llamaba “lo que quiero proteger” ya estaba decidido.
—No andes holgazaneando. Tengo buena vista. Si haces tonterías, lo veré enseguida.
—Y si Kuna me lo dice, ¡yo te daré un buen PUM con el arco~!
—...Ah, eso sí que da miedo.
Subaru entendió, por sus palabras, que lo estaban apartando con amabilidad.
Si actuaba aquí por impulso, despreciaría la bondad de las dos... no, de las Shudrak. Algo así no podía hacerlo, también por el bien de aquellas que lo habían llamado camarada.
—Lo aceptaré con gratitud como ayuda para el viaje. ¡Les debo mucho a las dos!
Interpretando la intención de ambas, Subaru se tragó los sentimientos que le subían.
Al oírlo, Holly y Kuna, cada una a su manera, asintieron.
—Holly, Kuna, gracias por el camino. No olvidaré mi gratitud hacia ustedes dos y hacia todos los miembros de las Shudrak.
—Hazlo. Porque parece que a ti se te olvidan muchas cosas.
—Creo que eso es pasarse un poco~.
Bajando del armazón de carga para al menos despedirse, Rem se lamentó de separarse de las dos.
Lo sorprendente fue que Ruy también mostró reticencia a separarse de Holly y Kuna. En especial, parecía haberse encariñado con Holly, que no se andaba con miramientos; durante un rato, Ruy permaneció aferrada a su vientre, sin querer separarse.
—Adiós, Subaru. No lo olvides, te estoy vigilando.
—¡Eso~!
—¡Sí! ¡De verdad, gracias! ¡Gracias!
Dando la espalda a las dos, que agitaban la mano con fuerza, Subaru y los suyos partieron en su viaje de tres.
El cuerno de mabestia que les habían confiado lo devolvieron a su paquete, que quedó a cargo de Ruy, cargándolo a la espalda. Era una decisión dolorosa de Subaru, que no tenía las manos libres; pero, quizá por efecto de las palabras de Holly y Kuna, Ruy parecía empeñada en no soltar el paquete y los seguía obedientemente.
—Esa niña también está viendo muchas cosas, ¿sabes?
—...Ya sé que es un manojo de curiosidad.
Al oírselo decir a Rem, a su espalda, Subaru respondió con amargura.
Ruy Arneb, la Arzobispo del Pecado de la Gula, devoraba toda clase de vidas y trataba de encontrar la más adecuada para ella; en el buen sentido, una exploradora; en el mal sentido, una omnívora.
Por eso, por muy admirable que fuera la actitud que mostrara, la opinión de Subaru no cambiaría.
No debería cambiar.
—Vamos.
Sintiendo el suspiro de Rem a su espalda, Subaru echó a andar.
Se oían también los pasos de Ruy, que lo seguía.
Los tres que al principio se habían adentrado en el Imperio de Vollachia.
Por fin, en una forma en la que podía decirse que todos miraban en la misma dirección, los tres avanzaron.
Y cruzaron la puerta de la ciudad fortaleza de Guaral.