La Soberbia Carmesí
Capítulo 6
La Soberbia Carmesí
1
—El banquete está listo. Es su turno.
Al llamado del vigía anunciando su turno, Subaru y los demás se levantaron en la sala de espera.
La inminencia del momento, que se acercaba minuto a minuto, y la tensión que iba en aumento habían llevado la opresión en el pecho a su punto máximo.
Hasta aquí todo había salido bien, así que no debería quedar ningún problema. Pero los humanos no están hechos para zanjarlo con tanta facilidad. Aunque uno confíe en el resultado de su disfraz, es igual.
Cada uno tomó su instrumento y, antes de que los condujeran al gran salón del banquete, pasaron un registro ligero. De por sí solo llevaban prendas de tela fina. Soportando miradas curiosas y lascivas, los guiaron hasta la sala del objetivo.
—¡Ah…!
—¿Señorita Taritta?
En el camino hacia el salón, Subaru frunció el ceño ante el paso vacilante de Taritta.
Con el rostro pálido y el sudor a chorros, se notaba a simple vista que estaba en un estado de tensión extrema. Quizá la operación—dejar su aldea natal, no poder contar ni con su hermana, la jefa, y entrar casi sin armas en pleno corazón del enemigo—le estaba pasando factura.
Ante ese rostro y esa respiración que parecían a punto de desmayarse, Subaru buscaba las palabras para animarla cuando…
—Taritta. No tienes nada que temer. Mírame a mí.
Era una voz terriblemente arrogante, altanera, pero rebosante de una confianza absoluta.
Eran palabras de consuelo sin fundamento, iguales a las que Subaru había pensado un instante antes. Y sin embargo, esas palabras fáciles anclaron a la realidad el corazón de Taritta, que estaba a punto de perder la compostura.
Era una voz que, con una sola frase, ejercía sobre el corazón ajeno una fuerza imposible de ignorar.
Quien tiene, arranca de un soplo el esfuerzo desesperado de quien no tiene.
Subaru sintió que le mostraban con toda claridad aquello que había padecido tantas veces.
—Vaya, ya ni siquiera me da coraje.
Para convencerse a sí mismo, Subaru murmuró eso y se consoló. Pero enseguida se dio cuenta de que no solo la tensión de Taritta, sino también la suya, se había aflojado, y torció los labios.
Si lo dijera en voz alta, el otro se sentiría victorioso, así que jamás lo diría.
Y entonces…
—Bienvenidas. Parece que nos ofrecerán un baile y un canto espléndidos.
En el gran salón preparado para el banquete, a Subaru y las demás las recibieron cerca de treinta soldados imperiales corpulentos.
Habían oído que hoy no convocarían a la tropa común al banquete. Entonces, los presentes debían de tener rango de oficiales. El que les habló era el hombre sentado en la silla del fondo.
—…¿Ese es Zikr Osman, el General de Segunda Clase?
Abel, de pie a su lado y con el rostro oculto tras el velo, asintió apenas ante el Subaru que lo murmuraba sin mover los labios; confirmado que el objetivo era correcto, Subaru observó de nuevo al otro.
Zikr Osman, el comandante de los soldados imperiales estacionados en la ciudad fortaleza de Guaral.
Había imaginado que un hombretón ocuparía un puesto como el de General de Segunda Clase del Imperio, pero su apariencia traicionaba las expectativas de Subaru: era un hombre pequeño, de cabello abultado y característico.
Media cabeza más bajo que Subaru, y su peinado, alto, compensaba la estatura: era un afro.
Habían dicho que era un estratega hábil, y ciertamente no parecía del tipo que forja hazañas con la espada.
—Ahora mismo tenemos un problema espinoso. Encerrados en esta ciudad, cada día el ánimo decae más. Por eso he preparado este banquete. ¿Entienden cuál es su papel?
—Sí. Recibir su invitación nos llena de un honor inmenso.
Ante un Zikr que, apoyando la mejilla en el reposabrazos, se daba aires de gran señor, Subaru se arrodilló.
Flop, Taritta y Kuna lo siguieron, pero Abel, el último, no. Por un instante, los ojos de Zikr se entrecerraron, y entre los “Generales” se extendió un aire inquietante.
Como era de esperar, uno de los soldados, que había dejado su copa a sus pies, se levantó y fulminó con la mirada a Abel.
—¿Por qué no se arrodilla? ¿Acaso no sabe que está ante el General de Segunda Clase…?
—Detente. No te exaltes así. Esta velada se ha abierto para un banquete. A quienes viven del arte no se les pide protocolo, sino un consuelo para nuestro tedio.
—Mmm… si Su Excelencia el General lo dice…
Pero quien reprendió al soldado que se le echaba encima a Abel fue nada menos que el propio Zikr.
Ante aquella actitud de magnanimidad, el soldado también se sentó a regañadientes. Durante todo ese tiempo, Abel mantuvo su actitud impasible, con el rostro oculto tras el velo, sin moverse un ápice.
—Así que no le impresiona el arrojo de un soldado. Debe de confiar mucho en su baile. Pero la primera impresión es mala. Espero que la desmienta.
—…Agradezco su magnanimidad. Pero quédese tranquilo.
Zikr tomaba la arrogancia de Abel, después de todo, de buena manera. Al Subaru que había respondido así, aún de rodillas, alzó una ceja, interesado: “¿Oh?”.
Le dolía el pecho pensar en lo que venía después, pero era una oportunidad que no debía desperdiciar. La aprovecharía al máximo y le haría saborear una derrota total.
Para ello…
—A continuación, se dignarán a contemplar a la bella bailarina llegada de más allá de la Gran Cascada. Cabello negro y brillante que engulle la luz del sol, piel blanca bendecida por los espíritus, una belleza suprema que haría exclamar incluso a los celestiales: esta noche, danzará con toda su pompa ante ustedes.
Con esa grandiosa presentación como señal, la bailarina dio un paso al frente y se levantó el velo que cubría su rostro.
Y al ver el rostro que la bailarina dejó al descubierto, se notó que todos los presentes, que hasta entonces se habían burlado de la altivez de la famosa bailarina, contuvieron la respiración a la vez.
—...
Entre todos, el impacto de Zikr, mirado de frente por aquellos ojos de Abel, fue enorme.
Y para decir cuán enorme fue…
—Has perdido, Zikr Osman.
Zikr, que había entregado su espada como se le pedía, quedó inmovilizado bajo la punta de la misma.
Aunque de la boca de la bailarina salió una voz de hombre inconfundible, los ojos de Zikr Osman, el “amante de las mujeres”, aún no podían salir del éxtasis supremo.
2
“¡Lo logramos!”, clamaba por dentro la voz de Subaru, convencida de la victoria.
La espada en manos de Abel estaba en posición de atravesar sin esfuerzo la garganta de Zikr.
Habían sometido por completo a Zikr, que, arqueado hacia atrás, ofrecía su cuello. La operación era un éxito. Y más aún: más rápido y en el momento más preciso que en el plan original.
En principio, el plan de Subaru y los demás era hacerse famosos en la ciudad como una troupe ambulante y colarse en el seno de Zikr Osman. Lo ideal era que los llamaran al lecho de Zikr, aprovechar su descuido para apresarlo y hacer rendirse a los soldados imperiales apostados en Guaral.
Esa premisa se vino abajo con la celebración del banquete.
“Inutilizar en pleno banquete, de una vez, a todos los oficiales y soldados que quedaron en la ciudad”.
Esas fueron las palabras con que Abel declaró el cambio de plan al ser convocados al banquete.
Era una operación de alto riesgo y alta recompensa: si triunfaba, la ganancia era enorme, pero el peligro también. Subaru aceptó el cambio con la condición de que, según la situación, se volvería al plan original.
Y aunque aceptó, jamás imaginó que saldría tan bien.
—Lo repito, Zikr Osman: has perdido. Ríndete ahora mismo y haz que tus hombres depongan las armas. De lo contrario, tu copa no se llenará de vino, sino de sangre.
Con la espada clavada contra el inmovilizado Zikr, Abel le recomendó una vez más rendirse.
Pero en los ojos de Zikr no había miedo pese a que su vida estaba amenazada. Tampoco era la mirada de un soldado resuelto. Más bien, en sus pupilas se arremolinaban la duda y la sospecha.
—Bailarina, tú… no… usted es…
Como quien ha visto algo que no debería, la duda se hizo evidente en los ojos de Zikr.
Justo cuando aquello hizo pensar que no era la reacción de un hombre ante una simple bailarina…
—¡Ah…! ¡Malditos maleantes! ¡¿Qué se han creído…?!
Entre los “Generales” atónitos, uno recobró el sentido y se abalanzó de inmediato sobre Abel.
Pero antes de que pudieran alcanzar la espalda de Abel, sus brazos y piernas fueron atravesados por los cuchillos que volaron. Quien los había lanzado era Kuna, que se había girado.
—Es que me lo dijo la jefa: cuidar la cara de Abel, y ya.
Los que atravesaron las manos de los soldados eran los cuchillos de mesa que Kuna había recogido durante el baile.
Tomados por sorpresa por aquel ataque certero, los “Generales” dudaron en avanzar. Pero…
—¡Ridículo! ¿¡Creen que con esto detendrán a los soldados del Imperio!?
Quien rugió así fue el gigantón que había volado mientras recibía los cuchillos en el brazo. Desenvainó su gran espada y, sin importarle la herida, se abalanzó directo a la espalda de Abel.
—¡Abel…!
Abel, que contenía a Zikr, le daba la espalda, inmóvil como un poste.
Subaru gritó su nombre como un alarido, pero la bailarina no se inmutó.
Y así, la gran espada se abatió sobre la espalda de Abel…
—¡Kh!
En ese instante, quien apretó los dientes y apuntó al hombre fue Taritta, que le había arrebatado el arco a uno de los soldados.
Montó la flecha, tensó el arco y apuntó al soldado que se abalanzaba sobre Abel. En los ojos verdes de Taritta brilló una luz: la intención de matar. Para detener la atrocidad, la vida del hombre…
—¡No debes matarlo!
Pero justo antes de que la flecha partiera, Flop gritó eso de improviso.
Al oírlo, la duda asomó en los ojos de Taritta y la puntería se desvió apenas. La flecha erró la espalda del hombre y se clavó en su hombro derecho; con un gemido de dolor, el gigantón cayó aparatosamente.
Pero la gran espada, que se le escapó de la mano, giró en el aire y voló hacia la espalda de Abel.
Por un momento pareció que la gran espada partiría la cabeza de Abel, pero solo rozó con la punta la parte trasera de su cráneo y se clavó en el suelo con un estruendo.
Y entonces…
—A…
Con un susurro, el cabello negro y trenzado de Abel se soltó y se desplegó.
La punta de la gran espada había cortado el pasador del cabello, deshaciendo el elaborado nudo. Y no era todo: la peluca deshecha había perdido su papel, y el cabello negro fingido cayó al piso.
El largo cabello de la bailarina dio paso, en un instante, a la figura de Abel, que lucía únicamente su propio cabello negro natural.
…Y junto con el pasador, se desprendió la impresión suave con que había interpretado a la bailarina, dejando al descubierto al emperador despiadado.
—¡General de Segunda Clase! ¡Acabe con esta gentuza, ahora mismo…!
—¡Basta! ¡No se resistan!
Mientras los soldados heridos gemían, Zikr hizo callar a los “Generales” que aún no cejaban en la resistencia.
Al eliminar la táctica que más temían Subaru y los demás—el ataque suicida que no teme sacrificios—, el apresado Zikr asumió que el resultado estaba decidido y se dispuso a reconocer su derrota con dignidad.
—Si hago lo que ustedes dicen, ¿me garantizan la vida de mis hombres?
—Eso dependerá de tu actitud, “cobarde”.
—Grh…
Zikr, que había accedido con docilidad a la rendición, recibió el insulto despiadado de Abel, y con el rostro encendido apretó los dientes.
Era el rostro de un hombre que había caído en una artimaña y saboreaba una humillación mayor que la de verse apresado.
—Escúchame bien, Zikr Osman. Antes de que te llamaran “amante de las mujeres”, te llamaban “cobarde”, ¿no es así?
—…Un apelativo indigno de un militar del Imperio. ¿Por eso ideó esto? Porque, si encima del “amante de las mujeres” me difamaran como “cobarde”, pensó que me rendiría por salvar el pellejo, con una espada de mujer en el cuello…
Si fuera así, ¿qué humillación tan atroz sería?
O, si fuera cierto, una vergüenza capaz de matar a Zikr de rabia.
Pero la razón por la que Abel juzgó factible este plan, el fundamento que Subaru y los demás habían oído, no era esa.
—Un estratega cuyo manejo de tropas, hábil y sólido, le daba pocas victorias llamativas pero también pocas bajas propias. Excelente como comandante, pero carente de iniciativa. Por eso, “cobarde”.
—Sí, exactamente, es así. Yo, sin embargo…
—¿Qué estás malentendiendo?
Zikr abrió mucho los ojos ante Abel, que lo interrogó entrecerrando los suyos.
Y con la espada aún en la mano, Abel siguió hablando al hombre que llevaba la perplejidad pegada al rostro.
—Que otros te tachen de cobarde: o es un farol a la vista del resultado, o la sandez de un necio incapaz de verlo. Yo hice de tu naturaleza mi baza ganadora.
—...
—Odias las bajas inútiles. Por eso calculé que tú, el estratega al que tachaban de “cobarde”, no te resistirías en esta situación. ¿Vas a decepcionarme?
Con la mirada afilada y la hoja contra su nuca, Abel interrogó a Zikr.
Para cualquiera que no conociera la identidad de Abel, aquello no podía sonar más que a desvarío: confiar en la cobardía del rival e incorporarla al plan para ganar era una locura.
Y sin embargo, ante ese Abel, Zikr Osman contuvo el aliento.
Lo que cruzó sus ojos era una emoción difícil de describir. Si hubiera que ponerla en palabras, quizá sería una sorpresa cercana a la conmoción. Era una reacción tan fresca y virginal como la de una doncella que recibe un regalo del ser que ama…
—Depondré… las armas. Y daré órdenes estrictas a mis hombres.
—Una decisión sensata.
Ante la respuesta de Zikr, que inclinó la cabeza con docilidad, Abel asintió con calma.
Aunque ataviado aún como bailarina, nadie pudo oponerse a aquel asentimiento rebosante de dignidad. Con la rendición de su comandante, los soldados imperiales soltaron las armas uno tras otro.
Y entonces…
—¿Qué esperas, pasmado? Ve a quemar la bandera del tejado, ya.
—¿E-eeh? ¿Y-yo… yo?
—Tú. Solo tú. Desde que se movió la situación, no has cumplido ni una sola función.
La mirada fría de Abel se clavó en el Subaru que se señalaba a sí mismo, parpadeando.
Ante esas palabras, Subaru recorrió el salón con la vista.
Kuna, que había frenado a los enemigos con sus cuchillos; Taritta, que había flechado al gigantón; Flop, que evitó que lo mataran y salvaguardó la “Rendición sin Sangre”; y Abel, que consiguió el desarme.
En efecto, solo Subaru, que se había sentado de golpe cuando el gigantón saltó, no había hecho nada.
—Ve ya. Sin Mizelda y las demás, desarmarlos se me escapa de las manos.
—E-está bien, está bien. ¡Sí, sí, con permiso!
Diciéndolo, Subaru fue al balcón y, con agilidad, trepó hasta el tejado. Desde la azotea del ayuntamiento se dominaba la Guaral nocturna: un espectáculo imponente.
Y, bañado por el viento frío, Subaru tomó una antorcha de la pared y prendió fuego a la bandera del Imperio izada en el tejado del ayuntamiento: la bandera del Lobo Espada, que se alzó en llamas.
…Para proclamar que, con esto, la caída de la ciudad fortaleza de Guaral se había consumado.
3
Con Jamal a cuestas, que no dejaba de mirar de reojo al ayuntamiento, Todd recorría la ciudad con la vista.
Por tratarse de una ciudad con cierta historia, no faltaban formas de atravesar la muralla, esa poderosa defensa: había casas comunes con pasadizos subterráneos y hasta métodos de contrabando que usaban niños para cruzar el muro. Descubriendo esas trampas una a una, Todd redoblaba la alerta ante el asalto que se avecinaba.
—Retirarse, no va a pasar. Entonces, seguro que vendrá a tomar la ciudad. Usará un pasadizo para ocupar el ayuntamiento de golpe, o prenderá fuego a la ciudad… Mmm, ¿habrá otras opciones?
Si solo se tratara de tomar la ciudad, se le ocurrían métodos que masacran por igual a soldados y civiles.
Con fuego, con agua o enterrándolos en tierra, la gente muere igual. Si no se elige el medio, matar a un hombre es cosa fácil. ¿Con qué método vendrá ese chico de cabello negro?
Pensarlo lo inquietaba tanto que, aun con un agujero en el vientre, no podía dormir tranquilo en el alojamiento.
—Qué le vamos a hacer: todos son unos tipos descuidados y chapuceros.
No todos llegaban al nivel de Jamal, pero eran muchos los que no reparaban en los detalles.
Todd no se creía brillante ni ocurrente, pero si uno era consciente de su propia torpeza y sus carencias, las formas de tapar los huecos eran infinitas.
No entendía cómo todos podían vivir sin dudar de su propia estupidez.
La gente, sin excepción, es estúpida; deberían dar lo mejor de su estupidez, y sin embargo…
—…Oye, oye, ¿y eso qué es, una broma?
Todd, que estaba por entrar en la siguiente casa, se detuvo ante un grito repentino y atontado.
Al mirar, Jamal, en la lejanía, contemplaba el ayuntamiento con cara de bobo.
—¿Qué pasa, Jamal? ¿Qué ocurre en el ayuntamiento…?
Iba a decir “algo ocurre”, pero, poniéndose a la altura de Jamal, Todd miró en la misma dirección.
En el ayuntamiento, a esta hora, debían de estar celebrando el banquete: las bailarinas invitadas animaban la velada que agasajaba a los “Generales”. Así que no era raro que alguien se exaltara y cometiera alguna tontería.
No era raro, pero por más que fuera, que ardiera la bandera imperial izada en el ayuntamiento no tenía gracia alguna.
—No puede ser…
Ante una tropelía que rebasaba los límites de una juerga sin etiqueta, hasta Todd se quedó sin palabras. La bandera imperial, presa de las llamas, ondeaba al viento caliente, y las chispas que volaban trazaban líneas rojas en el cielo nocturno.
Y justo al lado de la bandera en llamas estaba la figura de la mujer que había visto dentro del ayuntamiento.
La música de cabello abundante y mirada afilada. Si mal no recordaba, su nombre era…
—Natsumi Schwartz…
Sí, recordó que le había respondido así cuando le preguntó.
Una mujer débil que, acorralada por Jamal, se había encogido atemorizada. Y sin embargo, con la antorcha en la mano, se la veía a las claras quemando la bandera imperial sin ningún reparo.
No sería un desmán de borracha, con ese encanto.
Aquello era, sin lugar a dudas, una declaración de ataque contra el Imperio. Y que ardiera la bandera de la base significaba que ese lugar había caído en manos enemigas.
Y fue entonces, cuando había llegado a ese punto, que una posibilidad fulguró como un rayo en la mente de Todd.
—…No puede ser… ¿eres tú?
Con los ojos desorbitados, Todd examinó con detalle a la mujer de cabello negro con la antorcha, Natsumi Schwartz, y se quedó mudo ante la minúscula posibilidad que germinaba en su interior.
¿A quién se le ocurriría algo así?
¿Tomar el corazón de la fortaleza atravesando de frente la red de vigilancia enemiga, con un método así?
—Lo creía imposible. Que intentara colarse de frente, por la puerta grande…
¿Quién podría atreverse a una jugada tan temeraria?
Claro que había tomado suficientes precauciones contra la posibilidad de que se escondieran entre la carga o en las carretas de dragones, y los puestos de control habían reforzado esas revisiones. Pero entrar a pie, y encima llamando la atención, estaba fuera de todo cálculo.
Ya de por sí, con la primera infiltración, habían puesto en alerta a los suyos. Lo normal habría sido optar por pasar desapercibidos…
—¿O sea que aquello también fue una maniobra? ¿Se dejó ver a propósito para sembrarnos la idea de que una entrada frontal era imposible?
Y así, se coló en la ciudad, fue invitada a la base como bailarina, hizo caer el ayuntamiento y quemó la bandera imperial: exactamente como Natsumi Schwartz lo había tramado.
—…Esto pinta muy mal.
Sintió un escalofrío por la espalda, de verdad, ante un plan tan meticuloso.
Él había creído esforzarse sin reparos para alcanzar la mejor jugada, pero el rival la superaba con soltura y se burlaba de él. Un hijo de la guerra: se estremeció ante semejante existencia.
—¡Maldita sea! ¡¿Qué está pasando?! ¡Volvamos al ayuntamiento, ya…!
—Bobo, detente. ¿Quieres morir tú también?
Jamal, a diferencia de Todd, no había caído en la cuenta de quién había quemado la bandera.
Por la distancia, sus ojos no podían ver los detalles del tejado del ayuntamiento. Solo los ojos especiales de Todd lo habían visto. Y precisamente por verlo, lo retuvo.
Con la bandera de la base en llamas, la caída de la ciudad era evidente.
Seguramente, a esta hora, todos los “Generales” del banquete, Zikr incluido, habrían muerto. Aunque salieran disparados, lo más probable era que los aniquilaran al vuelo.
—¿Acaso te entró el miedo? ¿Y te llamas soldado imperial, eh!?
—Con orgullo no se salvan ni la victoria ni la vida. Además, tú también lo entiendes: el ayuntamiento ya está perdido. Zikr y los demás generales están muertos. Antes de que te des cuenta, las Shudrak entrarán en la ciudad.
—...
—Si no huimos antes de que lleguen, no nos quedará más opción que una muerte valiente en combate.
Jamal no era del carácter que acepta con docilidad la humillación de deponer las armas.
La alternativa sería lanzarse a las filas enemigas con las armas en la mano, desatar su valentía bruta y morir en combate tras llevarse a una decena por delante.
Sería, digamos, una muerte digna del Lobo Espada, pero para Todd no pasaría de una muerte absurda.
La vida también es una carta limitada.
Gastarla por la victoria, aún; malgastarla por puro despecho, no valía la pena.
Habían compartido bastante tiempo. Creía que su relación daba para un consejo así. Quizá.
—Justo hay un hueco en el muro que acaban de tapar, ¿no? Yo escaparé por ahí. ¿Y tú?
—G-grh… ¿O-otra vez, otra vez me toca sobrevivir a la vergüenza?
—Mientras estés vivo, tendrás ocasión de limpiar tu vergüenza. Pero muerto, se acabó. Así que yo me voy: no me subo a una batalla sin probabilidades de ganar.
En el fondo, no se subía ni siquiera a las de poca probabilidad, y mucho menos a las perdidas, pero no valía la pena discutir los detalles con Jamal.
Dio media vuelta y echó a correr; Jamal, tras un momento de vacilación, soltó un “¡Maldita sea!” y, resignado, lo siguió.
Si todos fueran así de simples, la vida sería más fácil, pero el mundo no funciona tan bien.
En fin…
—Por ahora, lo recordaré con el nombre de Natsumi. Tú, el hijo de la guerra.

4
Cuando supieron que la bandera imperial ardía y que el ayuntamiento había caído, los soldados imperiales obedecieron con sorprendente docilidad el llamado a rendirse.
Los guardias que custodiaban la ciudad hicieron lo mismo: para el Subaru que buscaba una Rendición sin Sangre fue una gran ayuda, pero también un giro inesperado.
—Y aun así: qué gran hazaña, Subaru… digo, Natsumi.
—Señora Mizelda.
Subaru, aliviado por los resultados y el éxito de la operación, se palpó el pecho postizo. Quien le habló fue Mizelda, que bebía a grandes tragos directo de la botella.
Las que habían permanecido ocultas fuera de la ciudad como destacamento aparte, al ver arder la bandera imperial como señal, comprendieron la caída del ayuntamiento y entraron. Los guardias, al enterarse de la derrota de los imperiales, no intentaron detener a las que llegaban con paso firme, según se supo.
Gracias a la cooperación de las Shudrak, lograron apresar a la mayoría de los soldados imperiales.
En el gran salón del banquete habían retirado el vino y la comida, y en su lugar, los soldados imperiales cautivos yacían alineados en filas.
—Aun así, con este número… al final, habría sido duro de frente, ¿no?
—Por muchos que sean, el orgullo de las Shudrak no se dobla… Aunque, vaya, el número puro no se puede ignorar. Pero tú y Abel lo demostraron.
—...
—Siéntete orgullosa, Natsumi. Con tu ingenio mostraste el valor. Lo que nosotras no pudimos hacer.
Dándole una palmada enérgica en el hombro a Subaru, Mizelda se marchó con una sonrisa gallarda.
Sin cambiar el paso, fue a buscar a Taritta y Kuna, las que más habían contribuido a la caída del ayuntamiento, para felicitarlas.
Desde lejos, enternecía ver a Taritta con los ojos brillantes por los elogios de su hermana. Por su parte, Kuna, abrazada por una Holly que comprobaba que estaba a salvo, había quedado doblada como una gamba.
—Con tal de que la heroína Kuna no haya dejado de respirar por eso… bueno.
Con la sensación de alivio, a Subaru se le escapó una sonrisita. Y al darse la vuelta, estuvo a punto de chocar con alguien que estaba justo detrás de él.
El otro era…
—R-Rem…
—...
Mirándolo fijamente desde muy cerca, Subaru retrocedió un paso sin querer.
Rem, apoyada en su bastón de madera, recorrió a Subaru de arriba abajo con sus ojos azul pálido. Sintiéndose incómodo bajo esa mirada, Subaru carraspeó:
—¿Q-qué sucede? ¡Estoy perfectamente bien, ¿eh?!
—Eso he oído. Pero me pareció que, aunque te hubieras lastimado en alguna parte, dirías lo mismo ocultándolo.
—Qué poca confianza… Pero yo tampoco aguanto bien el dolor: en cuanto me hago un rasguño, te lo digo enseguida. De veras, de veras.
Trató de disimular con su hablar de señorita, pero enseguida inclinó la cabeza: “¿Eh?”.
—¿E-eso… eso quiere decir que te preocupabas por mí?
—¿Eh?
—¡Ah, perdón! ¡Me dejé llevar! ¡Tienes razón! No es que Rem se preocupe por mí ni nada…
—Sí, me preocupé.
—¿Eh?
Moviendo las manos con agitación, Subaru intentó corregir a toda prisa su malentendido. Pero lo interrumpieron, nada menos, las palabras de Rem.
Al mirarla, Rem, sin cambiar de expresión, apenas alteró el color de sus ojos y dijo:
—Por eso me preocupé. Es lo natural. Por absurda que fuera la operación, quien te hizo hacerla fui yo. ¿Y no iba a preocuparme? ¿Qué clase de persona sin corazón crees que soy?
—¡N-no, no, no, no es eso! ¡Jamás pensaría que Rem es una fría! Rem es cariñosa, se obsesiona un poco, y antes de que nos hiciéramos cercanos podía ser distante, pero ese contraste también es un encanto irresistible…
—...
—Rem… ¿acaso te has conmovido…?
—No, es que me pareciste repulsivo, sin más.
“¡Ugh!”, y precisamente por ser palabras tan simples, el pecho postizo de Subaru fue atravesado.
Ante el Subaru que retrocedía sujetándose el pecho postizo por el dolor, Rem soltó un suspiro de hastío. Después dio un paso hacia Subaru y dijo:
—Pero, dejando de lado las palabras y los gestos, lo lograste. De verdad tomaste esta ciudad. Y sin matar a nadie.
—…Si me ciño a la letra de la Rendición sin Sangre, tampoco quería dejar heridos. ¿Sería pedir demasiado, no crees?
—Quién sabe. Tal vez, contigo y Abel, hasta eso sea posible… ¿Por qué pones esa cara?
—…No… no es… nada… ¿eh?
Rem frunció el ceño, desconfiada, ante el Subaru de gesto amargo.
En verdad, su razonamiento tenía sentido: sin la ayuda de Abel, el plan jamás habría funcionado, y era un hecho que el hombre tenía una mente terriblemente aguda.
Aun así, oír de labios de Rem elogios hacia otro hombre le apretó el pecho.
—Así que hasta este pecho postizo sabe emocionarse…
—Siento que estás diciendo alguna tontería, pero…
Bajo la mirada escrutadora de Rem, Subaru negó con las manos: “no, no, no”.
Aunque le contara esos celos a Rem, no obtendría más que repulsión. Era inevitable, pero dolía, y dolía. El amor de una sola vía es amargo.
—No, en este caso es un reflejo… ¿no? Con Emilia-tan lo dejo pasar, pero aun así, siento que sí lo recibe…
—¡Ooooh! ¡Natsumita, aquí está’, ve! ¡Me dijeron que estuvi’te súper, te felicito!
—U-uy, señorita Medium.
Medium entró a la carrera, con la voz en alto y los pasos atronadores.
Con una sonrisa de oreja a oreja, y con las dos niñas—Utakata y Ruy— subidas a sus hombros, Medium observaba divertida a los soldados del salón.
—¿A todos estos los atraparon Natsumita y el grupo? ¡Cule locura! ¿Y-y-y la hermana? ¿La hermana se portó bien?
—¿Su hermana? Pues, señorita Medium, Flora…
—¡Aquí estoy, hermana!
Haciendo resonar un fuerte pisoteo para proclamar su presencia, el bello hombre que apareció en el salón era Flop; al verlo, Medium abrió mucho sus ojos redondos: “¡Oh!”.
Allí estaba Flop en persona, a quien ella había acompañado y visto durante tanto tiempo.
—¡Manito! ¡¿No ere’ manito?! ¡O sea que manito no era la hermana, y la hermana que yo creía hermana era manito!?
—¡Ja, ja, ja! ¡No entiendo nada de lo que dices, hermana! Pero pase lo que pase, aquí estoy yo. Si estoy aquí, ¿qué importa si soy tu hermano o tu hermana?
—¡Eso es cierto! ¡Entonces yo, en vez de hermana, quizá soy hermanito! ¡Es que soy bien grandota!
—Hermana o hermano, hermano o hermana: ¡seguimos siendo familia!
La conversación de los hermanos O'Connell era peculiar, pero llegó a un acuerdo manteniendo ese ritmo peculiar.
Flop, riendo, se aferró a la cintura de Medium, y esta, con las niñas en los hombros, empezó a girar sobre sí misma. Y así, los pies de Flop se elevaron y comenzó el gran torbellino, mientras las risas alegres de los hermanos y los niños resonaban por el salón.
—Qué… surreal, ¿no…?
—Es que la señorita Medium también se preocupaba por el señor Flop… Y bien, ¿hasta cuándo piensas quedarte con ese atuendo? ¿Toda la vida?
—¡Exageras con eso de “toda la vida”! Por muy adorable que sea, esta es una forma prestada… y algún día el destino me obligará a volver a la mía.
—¿Y con “algún día” quieres decir que seguirás así mucho tiempo?
—¡Es solo que, casualmente, no tuve tiempo de cambiarme, eso es todo!
Bajo la mirada de Rem—la de quien observa algo sospechoso o, llanamente, una plaga—, Subaru no era tan fuerte mentalmente como para aguantar eternamente.
En realidad, seguía disfrazado de mujer porque lo habían absorbido mil tareas: quemar la bandera imperial, recibir a las “Shudrak” que entraban en la ciudad y otras tantas.
Simplemente, la situación no le había permitido cambiarse. De ningún modo seguía siendo Natsumi Schwartz a propósito.
—¡No fue a propósito, ¿eh?!
—¿Ah, sí? Si buscas a Abel, está en la habitación del fondo con el comandante.
—¡Ni siquiera finge creerme!
Ante la mirada fría con que lo señaló Rem, Subaru se encaminó hacia allá, cabizbajo.
Le habría gustado quedarse a celebrar la Rendición sin Sangre con Rem y los demás, pero no podía quedarse ahí, con los brazos en alto, festejando sin cuidado.
Al fin y al cabo, la caída de Guaral no era más que un punto de paso. Debía pensar en la guerra civil que sacudiría al Imperio y en qué posición tomaría él.
Para ello…
—Con su permiso.
Diciéndolo, Subaru empujó la puerta del cuarto privado al fondo del salón.
En principio, era la habitación privada del alcalde, el dueño del ayuntamiento, una suerte de oficina; pero el dueño había sido expulsado y, en su lugar, un nuevo señor ocupaba el asiento.
Antes la ocupaba Zikr, el General de Segunda Clase; ahora, un hombre aún más arrogante que él.
—Eres tú. ¿Aún sigues con ese atuendo?
Quien lo dijo, resoplando con la mejilla apoyada en la mano, era Abel, que ya se había quitado el traje de bailarina y vestía ropas de hombre.
Ante él, la cabeza desgreñada de un Zikr de rodillas; no había nadie más en la sala.
—Le ruego no tocar el tema de mi atuendo. Y más importante: ¿está a solas con el General de Segunda Clase, sin guardias? ¿No hay límite para su temeridad?
—Por supuesto, si este tuviera intención de resistir, le clavaría la espada. Pero no la tiene. ¿Verdad, Zikr Osman?
—S-sí. Así es, Su Excelencia.
Cuando Abel, con un movimiento de barbilla, lo instó a responder, Zikr lo llamó así.
“Su Excelencia”: un tratamiento rebosante de respeto hacia un superior manifiesto, prueba de que Zikr no lo juzgaba un simple ladrón con gusto por el disfraz.
—¿Han hablado?
—No hizo falta hablar. Al parecer, este se dio cuenta durante el baile. No, para ser exactos, debió de entenderlo con la cabeza, después del baile.
—¿…?
Sin entender el matiz, Subaru inclinó la cabeza.
Ante la apreciación de Abel, Zikr hundió la cabeza aún más, como mostrando mayor veneración.
Un recurso valioso: de los pocos que, hasta ahora, había reconocido de verdad que Abel era el emperador y le había manifestado su respeto.
—Pero si es así, tanto mejor. Zikr Osman, sírveme. No te irá mal.
—¡Sí! ¡Si es por Su Excelencia, este Zikr Osman apostará su propia vida!
—¡E-espere, espere! ¿¡Va en serio!? ¡¿Ni siquiera hemos escuchado los pormenores!?
Ante Abel, que, desde su asiento, le exigía vasallaje, Zikr decidió al instante.
Era conveniente, pero la cosa pintaba demasiado bien. Sin embargo, ante la pregunta de Subaru, Zikr negó con un amplio movimiento de cabeza y dijo:
—Su Excelencia está aquí, ante mí, y me reclama para su servicio. Entonces, responder a ello es el deber de un “General” del Imperio. Y, sobre todo, deseo jurarle una lealtad aún mayor que la de antes.
—Oh, ¿y por qué? ¿Tanto te cautivó mi baile?
—Fue realmente espléndido. Pero no fue solo eso.
La devoción de Zikr por Abel, que soltaba una broma gélida sin esbozar una sonrisa, era ardiente. Presionando ambos puños contra el suelo, con una alegría desbordante en el rostro, dijo:
—Jamás habría imaginado que Su Excelencia recordara mi sobrenombre… uno que maldije por ser pura deshonra, y que, encima, creyera en él…
—Es natural. Quien aspira a dominar el Imperio debe conocer todo su territorio, y también a los vasallos que lo sirven. Un “General” puede convertirse en mis manos o mis pies en cualquier momento. ¿Crees que el paso del emperador no tropezaría si no conociera sus propias manos y pies?
—¡En absoluto! ¡Por eso, es un honor de todo corazón!
Estremeciéndose de una alegría imborrable, Zikr le juró a Abel una lealtad ardiente.
Si se miraban solo los hechos, todo era demasiado perfecto, pero el perfil de Zikr resultaba tan sobrecogedor que Subaru no encontraba espacio para dudar de su interior.
A la vez, Subaru quedaba abrumado por el carisma—la fuerza de atracción—de Abel, y por el feroz orgullo y la convicción de emperador que lo sostenían.
Que un emperador, alguien inalcanzable, conociera su existencia, hubiera montado la operación conociendo sus fortalezas y debilidades, y lo hubiera derrotado enredándolo con maestría en sus planes…
Quizá era el mismo ánimo de un lanzador de béisbol de preparatoria al que su ídolo profesional le hubiera bateado un jonrón.
Aunque, para la comparación, lo que había ocurrido era algo demasiado siniestro: una guerra.
En cualquier caso…
—Si Zikr Osman se somete, los “Generales” bajo su mando se unirán a nosotros. Junto con la ciudad fortaleza, por fin podemos decir que hemos reunido una fuerza decente.
—Aun así, si hemos de plantar cara al exterior, la falta de efectivos es inevitable. Primero deberíamos atraer a la ciudad los refuerzos que la capital imperial enviará, y llamarlos a la rendición.
Con un hombre que conocía los entresijos del Imperio y sabía trazar estrategias, el consejo de guerra se volvió, sin tiempo para reaccionar, un asunto de lo más serio.
A diferencia de Abel, que lo aceptaba sin reparos, Subaru sentía una gran reticencia ante el comienzo de los preparativos de una guerra de verdad. Por eso, antes de que la conversación avanzara, quería hablar con Abel.
Sobre el trato que recibirían Subaru y Rem después de tomar la ciudad fortaleza.
Pero, para su desgracia, nadie le hizo caso a ese tema que Subaru intentó sacar.
Porque…
—Los refuerzos de la capital imperial…
Al oír la mención, el aire de la sala vibró con el murmullo de Abel.
Ante la mirada atónita de Subaru y los demás, Abel se levantó de un salto del asiento y, a grandes zancadas, volvió al gran salón.
Y entonces…
—¡Cierren la puerta principal de la ciudad ahora mismo! ¡No atiendan ni a los emisarios!
Todos en el gran salón se sobresaltaron ante el rugido de Abel.
Como era natural, si ni siquiera Subaru y los demás, que hablaban con él hasta hacía un momento, lo entendían, mucho menos podían comprender la intención de Abel Mizelda y las suyas.
Pero bastaba la urgencia de Abel para deducir que no era un asunto menor.
—Taritta, ve: di que cierren la puerta ya.
—A-ah, hermana, ¿qué pasa…?
—¡Ve! ¡No manches el nombre de las Shudrak!
La voz airada de Mizelda golpeó con fuerza a la vacilante Taritta.
Ante aquel grito que destilaba hasta intención de matar, Taritta abrió mucho los ojos y salió a toda prisa del gran salón. Seguramente, Taritta ordenaría a los guardias cerrar la puerta principal.
Con eso, la orden de Abel se cumpliría…
—Señor alcalde, ¿qué ha pasado? Es raro verte con esa cara.
—Mercader, no tengo tiempo para tus sandeces. Hay que reorganizarse ya. Zikr Osman, persuade a los “Generales”. Mizelda, ustedes…
—¡Uuuuuh!
Desairando al preocupado Flop, Abel repartía órdenes con eficacia.
Abel ordenó a Zikr y a Mizelda, los jefes de cada grupo, que reunieran a los suyos, pero la orden quedó a medias, cortada por el berrinche agudo de un niño.
—¡¿Q-q-qué pasó, qué pasó!? ¡¿Le pasó algo a Ruy!?
—¡Uu! ¡Uu! ¡Aaa-uu!
—¡Ruy! ¡Cálmate! ¡Uú está aquí!
Le tiraron del cabello, repleto de adornos, y Medium, sorprendida, se quedó bizca. Sobre sus hombros, Ruy, a quien llevaba, gritaba con desesperación, y Utakata intentaba calmarla.
Pero Ruy, retorciéndose, no se calmaba en absoluto. Es más: lágrimas grandes rodaban por sus mejillas y su rostro se tensaba como si temiera algo.
—Ruy, cálmate. ¿Qué te pasa? Si te ha pasado algo, te escucharé bien, así que no llores…
—¡Uu!
—¿Eh? ¿Hay algo por ahí?
Sin poder soportar los sollozos de Ruy, Rem se acercó a ella. Al notar la llegada de Rem, Ruy, llorando, señaló un rincón del gran salón.
Siguiendo su mirada, Rem miró hacia allá. Y arrastrados también, Subaru y Abel volvieron la vista. Pero no había nada. No había nada, o eso debería ser…
—¡Mizelda!
Sin apartar la vista de aquel vacío, Abel fue el primero en llamar a Mizelda.
Como respondiendo, Mizelda empuñó a toda prisa el arco de su espalda, tomó cuatro flechas con la mano derecha y, montándolas todas de una vez, tensó la cuerda.
Un golpe colosal, lanzado por la jefa de las Shudrak desde su cuerpo robusto.
Las cuatro flechas volaron desordenadas hacia el espacio vacío que Ruy había señalado. Una de ellas evocaba, quizá, el golpe del “Cazador” que había matado a Subaru en el bosque.
Un poder colosal que, de haber golpeado a Subaru, le habría despedazado el torso.
El suelo y las paredes, que debían ser más resistentes que las flechas, se hicieron añicos, y el polvo de la destrucción se extendió por el salón como humo.
Mientras los soldados, saltando para no verse envueltos, contenían el aliento, Subaru y los demás entrecerraron los ojos hacia la cortina de humo, buscando la causa del alboroto de Ruy…
—Con eso… no puedes matarme.
Una voz, de alguna manera pausada, cayó suavemente en el salón cubierto de humo.
Reconoció que era una voz de mujer. Sus tímpanos la juzgaron pausada, despreocupada, de escasa emoción y de volumen apenas susurrante.
En un instante de tensión al límite, aquello resultó terriblemente fuera de lugar.
Pero el resultado que trajo esa voz fue contundente.
…En un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo de Mizelda fue envuelto por un fuego colosal y ardió en llamas.
5
—¡Khhh…!
Envuelta en llamas de pies a cabeza en un instante, Mizelda soltó un grito sin voz.
Ante Mizelda convertida en una masa de fuego con forma humana, a todos se les congeló el primer impulso.
—¡Kh…! ¡Holly!
—¡E-entendido ya!
Al instante, Holly, llamada por Kuna, se abalanzó sobre una tinaja de agua tan grande que apenas cabía en sus brazos. Con su célebre fuerza descomunal la levantó y la arrojó con todo su poder a los pies de la Mizelda en llamas.
El agua que brotó de la tinaja rota engulló a Mizelda, y la mujer en llamas se desplomó en el suelo.
—A…
Las llamas solo la tocaron un instante, pero el dolor de haberse asado entera era inimaginable.
Sin alcanzar a seguir la velocidad de los acontecimientos, Subaru no sabía qué había ocurrido. Pero notó que, en el centro del salón sumido en el caos, había una figura desconocida de más.
No solo Subaru: los demás también fueron reparando, poco a poco, en esa figura.
…Allí de pie estaba una hermosa muchacha que dejaba al descubierto la mayor parte de su piel bronceada.
Un mechón rojo entre su corto cabello plateado, un parche sobre el ojo izquierdo, una cola de pelaje abundante que brotaba de sus caderas y, en la mano, una rama como recogida del suelo. Su rostro, de expresión casi sin emociones, era aniñado, y resultaba terriblemente desproporcionado junto a un cuerpo de curvas femeninas bien marcadas.
Pero no cabía duda: aquella muchacha delicada era la que había disparado lo ocurrido hacía un instante.
Qué había hecho, qué buscaba, quién era: todo, un misterio…
—Eres tú, Arakiya.
Pero, mientras todos estaban paralizados, había alguien que conocía el nombre de la muchacha y lo pronunció.
El emperador desterrado del trono del Sagrado Imperio de Vollachia fijó la vista en la muchacha a la que llamó Arakiya.
Aunque recibió de lleno la presión que había hecho que Zikr jurara vasallaje al instante, Arakiya, sin asomo de tensión, meció la rama de un lado a otro y dijo:
—Excelencia, cuánto tiempo.
—También tú pareces gozar de buena salud. Chisha, por su parte, no pierde la costumbre de no dar cuartel.
—¿Dar cuartel? No. Es que es peligroso.
Era una conversación sin tensión, pero solo visto desde el lado de Arakiya.
Aunque se entendieran, se notaba por la expresión tensa de Abel que no era alguien con quien se pudiera esperar una mejora de la situación.
Para empezar, ¿quién era esa mujer que, reconociendo en Abel al emperador, se le acercaba con tanta soltura?
—Arakiya… la General de Primera Clase…
—…¿Qué acaba de decir?
Ante esas palabras arrancadas a Zikr, Subaru, que había terminado a su lado siguiendo la corriente, torció las mejillas.
Ojalá lo hubiera oído mal, pero los ojos de Zikr, con el rostro sudoroso, eran serios, y Subaru sintió que se desvanecía la posibilidad de haberse equivocado.
Y como para demostrar que no era una ilusión, Zikr insistió:
—¡Arakiya, la General de Primera Clase…! ¡La más fuerte del Imperio, una de los “Nueve Generales Divinos”!

—Es más: la “dos” de los Nueve Generales Divinos. Es decir, la segunda en el escalafón del Imperio.
—¡¿La segunda del Imperio…!?
Las palabras de Abel completaron el grito de Zikr, y Subaru, incapaz de disimular, también gritó.
En el centro del estupor del salón, Arakiya, convertida en el centro de todas las miradas, alzó su rama y:
—Soy genial.
…Y, orgullosa, hinchó el pecho.
Alrededor de Arakiya, las Shudrak del gran salón comenzaron a cerrar un círculo de cerco, paso a paso.
Con Mizelda caída en el primer asalto, quedaban diecisiete Shudrak. Entre ellas estaba la pequeña Utakata, así que no se sabía si bastarían. Solo…
—¡No pienso dejar que estorben la victoria que por fin tengo en las manos!
Escupiendo esas palabras como una maldición, Subaru también recogió una de las espadas confiscadas.
Ahuyentarla, echarla, derribarla y apresarla. Hiciera lo que hiciera, debía asegurar la victoria de la caída de Guaral…
—Por más que se esfuercen, es inútil.
Al instante siguiente, un viento colosal que parecía retorcer todo el gran salón sopló, y Subaru, las Shudrak y los soldados imperiales cautivos fueron revueltos todos juntos, sin distinción.
—...
El cielo y la tierra se invirtieron; arriba, abajo, frente y espalda se volvieron indistinguibles, y Subaru, golpeado contra el suelo, las paredes y el techo, estuvo a punto de perder el conocimiento por el dolor atroz.
—¡Gah…!
Tirado de cuerpo entero en el suelo, mirando el techo destrozado, su cerebro procesó y comprendió con lentitud qué había ocurrido. Probablemente, un tornado.
Dentro de la sala, en un instante, se había formado un tornado de proporciones colosales que engulló a Subaru—no, a Subaru y a los demás—y los escupió sin ceremonia.
El tornado de Arakiya arrasó la sala sin distinguir personas ni objetos, enemigos ni aliados.
Aun así, lo que evitó que Subaru perdiera el conocimiento fue…
—A las mu… mujeres… no dejaré… que las hieran… más…
Quien, gimiendo, colgaba sus brazos inertes era Zikr, que sostenía a Subaru en brazos.
En el instante en que se formó el tornado, Zikr atrajo el cuerpo de Subaru hacia sí, intentando protegerlo del impacto de la destrucción. Por diminuto que fuera, su cuerpo sirvió de colchón, y por eso Subaru no perdió el conocimiento.
Pero…
—No… no puede ser…
Recorriendo con la vista el salón devastado, Subaru lo soltó con desesperación.
En el salón, donde personas y objetos habían sido zarandeados sin piedad, las Shudrak, que hasta hacía un momento alzaban su espíritu de lucha, yacían en el suelo, todas fuera de combate.
—R-Rem…
Soportando el dolor de todo su cuerpo, Subaru buscó a Rem entre el salón.
Quizá ella también había recibido el golpe y yacía inconsciente, como las Shudrak. Si el impacto hubiera sido en mal lugar, cabía hasta lo peor.
Y así, Subaru recorrió la sala con la mirada… y lo encontró.
No era Rem. No era Rem, pero aquello le robó la vista.
Porque él, aun después de ser arrasado por el tornado, se había levantado sobre sus propios pies, se había refugiado en el balcón medio destruido y, con la espalda apoyada en la barandilla, miraba fijamente a Arakiya.
—A-Abel…
Cómo se habría protegido en ese tornado: los daños de Abel eran mínimos… aun así, con sangre corriendo por su frente y un brazo colgando inerte, su figura daba lástima.
Pero Abel, con unos ojos que no mostraban ni un ápice de decaimiento, miraba directo a Arakiya.
—La marioneta dócil hace de las suyas con gran pompa. ¿Olvidaste para qué te uniste a mis filas?
—…Excelencia, mentiste. Me engañaron. Por eso, no te perdono.
—Así que también fue Chisha quien te lo metió en la cabeza.
Bajando apenas los ojos, Abel exhaló un suspiro pesado, del color de la sangre.
Con su rostro casi sin emociones, Arakiya albergaba en los ojos una ira bien visible; pisando con lentitud el suelo destrozado, avanzó hacia el Abel del balcón.
Un paso, dos pasos: Arakiya se acercó a Abel y entonces…
—¡Uaaaahh!
Se alzó un grito agudo y, al instante, una columna cayó justo donde Arakiya estaba por pasar.
La piedra se hizo añicos, el estruendo de la columna partida resonó, y un arma primitiva de masa—no menos de varios cientos de kilos—se abatió sobre Arakiya.
Quien lo ejecutó fue Rem, que se había ocultado tras la columna esperando el momento.
Rem, que había conservado la conciencia aun engullida por el tornado y se había ocultado tras la columna, probablemente era visible desde la posición de Abel. Ocultando su presencia, coordinó el momento con la mirada de Abel y el avance de Arakiya, y derribó la columna.
El último ataque posible en esa situación, que aprovechaba la fuerza descomunal de Rem.
Sin errar el blanco, se abatió para aplastar el cuerpo frágil de Arakiya…
—¿Mmm?
—Imposible…
A los pies de Arakiya, que ni siquiera había mirado, el suelo se deformó como caramelo, se alzó, sostuvo la columna que caía y volvió a endurecerse. La emboscada había fracasado.
El golpe total de Rem no solo no alcanzó a Arakiya: ni siquiera desvió su atención.
Y entonces, Arakiya se volvió hacia la Rem que se arrodillaba en la base de la columna partida. Al mirarla, abrió de pronto sus ojos redondos y dijo:
—Oh, una oni. Qué raro.
—¡¿Tú eres…?!
—…No te entrometas. No quiero herir a mis compañeros.
—¿Compañeros…?
Sin entender de qué hablaba, el rostro de Rem se encendió de ira.
Pero, por desgracia, ante una diferencia de poder tan abismal, la ira no era más que una emoción, y la voluntad de resistir, una vanidad.
Rem tendió la mano hacia los escombros, dispuesta a mostrar su intención de atacar lanzándolos.
Pero Arakiya blandió su rama, levantó el viento y, literalmente, arrancó de raíz los escombros alrededor de Rem. Y no solo los del suelo: la pared tras Rem, el techo y las partes que componían los pisos superiores del edificio volaron uno tras otro.
—No sé medir la fuerza. A ti también, te va a llevar el viento.
—¡Entonces hazlo de una vez! Después de todo esto, ¿qué razón te queda para dudar? ¡Eso sería…!
—…Qué lástima.
Ante la respuesta de una Rem con los dientes apretados, Arakiya dejó caer los hombros, apenada.
Pero, en contra de ese gesto encantador, las acciones de Arakiya eran simples y despiadadas. La rama se elevó con lentitud, y un fenómeno de otra dimensión se abatió para aplastar la existencia de Rem.
…Aquello, Natsuki Subaru jamás podría permitirlo.
—¡Aaaahhh!
Arrojando el dolor de todo su cuerpo junto con el alarido, el cuerpo de Subaru se lanzó a la acción.
En ese instante, el miedo que lo paralizaba y la angustia de no ver el futuro: todo eso estorbaba.
Abandonando el pensamiento, avanzó obedeciendo al grito de su instinto y se interpuso entre Rem y Arakiya.
Podía morir. Si podía proteger a Rem, podía morir.
Aunque la verdad era que no quería morir, y aunque morir era echar a perder todo, como era su destino maldito, aun así, morir aquí no le importaba.
Vestido de mujer, con un pecho postizo, maquillaje en el rostro, peluca en la cabeza, hasta ingeniárselas para que su piel pareciera blanca: con esa figura ridícula en busca de belleza, Natsuki Subaru se enfrentó, con el alma desgarrada, por la muchacha que debía proteger.
—¡Kh!
Protegiendo a Rem con su espalda, abrió los brazos.
Notó cómo Rem, al darse cuenta de que Subaru se había interpuesto ante ella, contuvo el aliento.
Pero qué pensó Rem de aquel acto de Subaru, qué sintió: jamás se sabría. Esa ocasión no llegaría.
Fue arrebatada en un instante ante la destrucción llamada Arakiya…
—Qué gesto tan ridículo. Pero no está mal.
Era una voz que llegó a los oídos de Subaru, que ya se había resignado a perderlo todo, a que no quedara nada.
Con los ojos bien cerrados, a punto de aceptar el final que se acercaba, Subaru advirtió que nada de aquello que conduce a la “muerte”—ni el calor, ni la sensación de pérdida—lo alcanzaba, y contuvo el aliento.
Y abrió los ojos con lentitud… y lo vio.
Subaru, protegiendo a Rem con la espalda, con los brazos abiertos. Ante ese Subaru, había una espalda.
No era Arakiya. Arakiya estaba detrás de esa espalda, de pie, atónita, con el estupor pegado al rostro.
El ser que había causado esa sorpresa en Arakiya, con una espada rojo brillante alzada en la mano derecha, había cortado toda la destrucción que se abatía y se erguía imponente.
Ojos carmesí, arrogantes, soberbios, convencidos de que todo en este mundo se arrodillaría a sus pies.
Cruzando los brazos como para hacer saltar su pecho generoso, con un rostro que encarnaba una belleza cruel y una sonrisa burlona, era alguien con quien jamás debería haberse cruzado en ese lugar.
Ante la aparición de un ser que no debería existir, Subaru solo pudo contener el aliento.
Con ese Subaru a su espalda, la dueña de aquella belleza, encarnación de la palabra “carmesí”, resopló por la nariz.
Y entonces…
—No hace falta que te presentes, necio. El nombre que has de invocar es el mío.
Y diciéndolo, ella—Priscilla Barielle—esbozó una sonrisa del color de la sangre.
