Prólogo - En el Camino
Prólogo
En el Camino
—En realidad… no soy el hijo legítimo de la casa Juukulius. Sentado con postura recta en el suelo, frente a la fogata, Julius murmuró esas palabras con una mirada cargada de tristeza.
Subaru escuchaba mientras peinaba el cabello de Beatrice, que estaba sentada sobre sus piernas.
Aunque era un espíritu artificial y su cuerpo siempre estaba impecable y en perfectas condiciones, Subaru consideraba importante cepillarle el cabello antes de dormir.
Era una costumbre que fortalecía el lazo con su valiosa compañera mientras charlaban tranquilamente sobre cómo les había ido el día.
—¿Y por qué justo ahora se te ocurre soltar algo tan fuerte?
—Disculpa. Es solo que pensé que, si dejaba pasar este momento, no sabría cuándo tendría otra oportunidad.
Subaru frunció el ceño al escuchar la respuesta de Julius, que no se veía ni de cerca tan arrepentido como sus palabras daban a entender.
Era el tipo de reacción que fácilmente podía tomarse como arrogancia… o como la actitud relajada de alguien que se siente en confianza entre amigos.
—O sea, cuando dices que no eres el hijo legítimo… ¿a qué te refieres exactamente?
—En el sentido de que no soy hijo directo del actual cabeza de la casa Juukulius. Alviero Juukulius, el actual líder, es mi padre adoptivo. Mi padre biológico es su hermano menor, Klein Juukulius. Cuando mi padre falleció, mi familia actual me acogió.
—Ya veo… Entonces, eso significa que tienes dos padres y dos madres —comentó Emilia.
Los ojos de Julius se abrieron de par en par por un momento. Casi parecía sorprendido por la idea, pero luego su expresión se suavizó un poco.
—Así es.
Asintió aun sonriendo.
—¿Eh? ¿Dije algo raro?
—No, para nada. Más bien fue muy típico de Emilia-tan. Muy E M T.
—Lo siento, no tengo ni idea de qué estás hablando.
Subaru frunció el ceño mientras Emilia hacía un puchero. Estaba casi molesta.
Él no intentaba ser sarcástico ni nada por el estilo.
De hecho, la forma de pensar de Emilia, completamente inocente y naturalmente amable, había sido increíblemente conmovedora, y probablemente Julius sentía lo mismo. Por eso él solo jugaba con su flequillo, como siempre.
—...
La luna estaba oculta detrás de unas pocas nubes dispersas, así que la fogata era lo único que iluminaba su alrededor.
Al observar las caras reunidas, Subaru volvió a sorprenderse de lo peculiar que era ese grupo.
Al salir de la ciudad de Priestella, su grupo había puesto rumbo a las regiones orientales del mundo.
Su objetivo era contactar al Sabio que, según se rumoreaba, residía en las lejanas Dunas de Arena de Augria.
Encontrarse con ese Sabio todopoderoso y héroe legendario les daría la oportunidad de recibir valiosa sabiduría.
Incluso la información preliminar hacía que el viaje sonara increíblemente difícil. Las Dunas de Arena de Augria eran un enjambre de mabestias peligrosas y era famosa por el miasma aterrador que acechaba la tierra.
Pero, más que nada, lo que hacía que ese lugar sonara como el infierno en la tierra era—
—Un infierno por el que ni siquiera Reinhard pudo pasar… Como le dije al propio Reinhard, esa frase te quita toda esperanza desde el momento en que la escuchas.
Este era el mismo Reinhard que, según todos, había regresado con vida desde la luna.
Que él no pudiera atravesar esas dunas arenosas daba la sensación de que estaban a punto de enfrentarse a algo que los humanos nunca debieron superar.
—Eso solo significa que tenemos que lograr lo imposible. Esto es una misión de rescate, no una misión suicida.
Por muy desesperadas que parecieran las probabilidades, tendrían que encontrar la manera de seguir adelante.
El propósito de este viaje era darles esperanza a todas las personas cuyo futuro les había sido arrebatado, devolverles el derecho a tener un mañana.
—Estás poniendo una cara aterradora, Subaru, supongo.
Mientras empezaba a sumergirse en ese pensamiento sombrío, sintió un toque en la mejilla. Era Beatrice, apoyada con todo su cuerpo contra su pecho. Jugueteando con su cabello, lo miraba con ternura con sus ojos tan característicos.
—Si te vas a preocupar tanto que se te va a derretir la cabeza, mejor concéntrate en nuestro contacto físico, de hecho. Si no, la ternura de Betty se va a desperdiciar, supongo.
—¿De qué estás hablando…? ¡Oh vaya, es verdad! ¡Puedo ver cómo tu ternura se está evaporando en el aire!
—¡No es cierto, supongo! ¡Qué grosero! ¡Betty está tan adorable como siempre, de hecho!
Beatrice infló las mejillas y saltó de su regazo.
—Solo estaba bromeando.
Beatrice no estaba convencida del todo y fue directa con Emilia, quien la estaba llamando con la mano. Se recostó contra su pecho mientras sonreía.
—Emilia, ya es hora de dormir. Quedarse despierta toda la noche es malo para el cuerpo.
—Es cierto. ¿Por qué no duermes conmigo esta noche como castigo por la maldad de Subaru?
—Es un castigo justo.
Las dos estaban totalmente de acuerdo en que Subaru era el malo.
Beatrice se frotó los ojos con sueño mientras Emilia la tomaba de la mano. Miró a Subaru mientras se llevaba a la niña.
Después de verlas regresar al carruaje del dragón, Julius comentó:
—Esas dos son realmente encantadoras juntas.
—¿Verdad que parecen mejores amigas ahora? Hace poco más de un año eran completamente diferentes.
—Es difícil de creer… ¿Tan solo un año? Supongo que si estuviste involucrado todo es posible.
Subaru se rascó la mejilla mientras Julius lo miraba con una chispa en los ojos. No se podía negar que la presencia de Subaru había sido parte del cambio, pero él sentía que reconocerlo podría sonar egocéntrico, así que rápidamente cambió de tema.
—Entonces, sobre lo que decías antes…
—¿Te refieres a mi familia?
—Exacto. Emilia es un poco despistada, y Beako tuvo la consideración de no decir nada, pero hablar del pasado en una situación como esta es…
—Lo sé. Perdón si eso añadió otra carga.
Interrumpiendo a Subaru mientras luchaba por expresar sus palabras, Julius negó con la cabeza lentamente.
Al ver cómo actuaba, Subaru frunció el ceño por dentro, como si hubiera probado algo especialmente amargo.
Debido al poder del Arzobispo de la Gula, la memoria de Julius—el nombre mismo de Julius—había sido borrado del mundo.
El hecho mismo de que él existiera fue arrancado de la mente de todos los que alguna vez lo conocieron.
Era la tercera forma en que esa aflicción se manifestaba, similar y a la vez diferente a la de Crusch, quien había perdido sus propios recuerdos, y a la de Rem, que había sido olvidada por todos y había caído en un profundo sueño, perdida en la memoria.
Subaru conocía muy bien esa sensación de desesperación que venía con estar aislado del resto del mundo.
Cuando Subaru moría y el tiempo retrocedía, siempre volvía con recuerdos de un mundo que nadie más podía conocer. Había perdido los lazos que con tanto esfuerzo había construido más de una vez.
Incluso sus amigos en la Mansión Roswaal lo habían olvidado alguna vez.
—Es difícil relajarse con esa mirada tuya, Subaru. Si tienes algo que decir, ¿por qué no lo sueltas de una vez?
—Hm… En serio eres un caso perdido, ¿lo sabías?
Subaru desvió la mirada.
—Por una vez que me preocupo de verdad por él, y esto es lo que recibo. Así es el “caballero perfecto”, ¿no?
Cuando Subaru había pasado por algo parecido, recuperarse por sí solo había sido una tarea imposible. Justamente por eso entendía lo increíble que era que Julius hubiera logrado salir adelante por su cuenta.
Pero admitirlo le molestaba, así que simplemente resopló con desdén.
—Lo único que quiero hacer es quejarme. No andes sacando temas como ese de la nada, arruina el ambiente. Y ni siquiera deberías estar contándome eso a mí.
—Eso no es cierto. No tiene nada de especial. Reinhard y Ferris lo saben, y también es de conocimiento general entre los demás caballeros. Mi señora Anastasia también lo sabe, por supuesto… O debería decir, lo sabía.
—…
—Era algo que todos sabían. Y probablemente por eso quería que tú también lo supieras. Aparte de mí, ahora eres la persona en este mundo que mejor me conoce.
Después de decir eso con una voz suave y tranquila, Julius se puso de pie. Se sacudió con calma las piernas, y el Caballero más Caballeroso de los Caballeros miró hacia abajo, donde Subaru seguía sentado junto al fuego.
—Ya es hora de que descanse un poco. ¿Y tú?
—Yo… voy a quedarme un rato más mirando el fuego. El camino es seguro, pero igual es mejor que alguien haga guardia.
—Entiendo. Entonces descansaré primero.
Con esas palabras de despedida y un leve asentimiento, Julius se alejó del fuego y regresó al carruaje.
A solas con sus pensamientos, Subaru se quedó mirando las llamas y se tocó la pierna derecha—la cicatriz de la herida que había recibido en Priestella, el patrón negro que no desaparecía.
—… ¿Qué fue eso…?
Lo dijo en voz baja, notándose la molestia.
No sabía si se refería a Julius o a sí mismo, pero fuera quien fuera, una sensación extraña de fastidio se le había quedado atascada, como una espina en la garganta.
—Agh, mierda. ¿Qué soy? ¿Idiota? …Sí, supongo que sí…
Se rascó la cabeza, soltando su frustración. Sabía que no iba a cambiar nada, pero tampoco podía quedarse callado.
Estaba mirando con rabia las llamas cuando una voz lo sorprendió.
—No hace falta que te eché’ to’a la culpa, ¿eh, shico?
Era una voz elegante, con un tono cálido y pausado que venía desde atrás. Subaru dejó de rascarse y giró lentamente.
Vio a una chica con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
—Me cuesta saber cómo debería de llamarte tan pronto…
—Llámame Anastasia, shiquillo, como siempre. Si no lo hace’, luego va a ser un lío, ¿sabe’?
La primera mitad de lo que dijo tenía un tono muy distinto a la segunda. Como si alguien más hubiera tomado el control a mitad de frase.
Aunque la voz fuera la misma todo el tiempo, el cambio era evidente.
La verdadera dueña de ese cuerpo ya no estaba al mando.
—Eridna…
—No es que me importe mucho el nombre, pero tampoco me hace gracia que me llame’ así, Natsuki.
La mujer de ojos azul verdoso y entrecerrados frente a él era Anastasia Hoshin. O al menos, el cuerpo le pertenecía a la candidata al trono. Pero dentro había alguien más. Otra cosa.
En ese momento, su cuerpo estaba siendo ocupado por la bufanda de zorro blanco que llevaba al cuello: el espíritu artificial llamado Eridna, disfrazada.
Era como una broma de mal gusto. Un espíritu creado por humanos, con el mismo nombre que la Bruja de la Codicia, acompañándolos en su viaje… mientras seguía negando ser esa bruja.
Su sola presencia daba dolor de cabeza.
—No sé por qué sospecha’ tanto de mí. Ya te dije que esto no fue cosa mía. Y aun así aquí estoy, echándoles una mano en este viaje tan complica’o.
Lo que dijo era cierto. El éxito de su viaje dependía de su guía.
Sin ella, no tenían esperanza de sobrevivir al infierno que había obligado hasta a Reinhard a rendirse.
A pesar de aceptarlo, Subaru no podía superar el hecho de que compartiera el nombre de cierta bruja.
—Aun así, yo sigo pensando que a tu creadora no se le puede confiar ni un pelo. Créeme, confiaría en ti si pudiera. Sería más fácil así.
—Ay, cielo. Mi creadora, de la que ni siquiera recuerdo nada, debió haberte dejado marcado, ¿eh?
—...
—En fin, no te lo tomes tan a pecho. Eso da miedo.
Cuando Subaru frunció el ceño, mirando con desconfianza, Eridna mostró la expresión habitual de Anastasia y sacó la lengua antes de darse la vuelta.
Empezó a caminar de regreso hacia el carruaje, probablemente pensando en irse a dormir.
—Tampoco deberías trasnochar tanto, Natsuki. Sobre todo, considerando cuánto te preocupas por todo, pequeño.
—...Lo dice alguien de quien me ocupo yo, ¿no?
—Olvida que lo dije.
Eridna se encogió de hombros ante la respuesta sarcástica de Subaru y se fue. Pero Subaru realmente necesitaba cambiar de chip. En cualquier momento la iba a llamar Eridna sin querer. Tenía que acostumbrarse a llamarla Anastasia.
—Ahora tengo aún más cosas que ocultar. Justo lo que menos necesitaba.
Subaru echó agua sobre la fogata para apagarla. Regresó al carruaje estacionado al costado del camino y se recostó en el asiento que usaba como cama. Emilia y los demás ya dormían adentro, así que procuró hacer el menor ruido posible.
—Se nota que tienes más cosas en la cabeza ahora, de hecho.
—¿Estás despierta?
Justo cuando se recostaba, una voz lo llamó. Al abrir los ojos, vio a Beatrice con el cabello suelto, parada junto al asiento.
—No se te puede ocultar nada, ¿verdad?
—Es un mal hábito tuyo. Deberías contarle tus preocupaciones a Betty, de hecho. Betty es mucho más atenta que tú, supongo.
—...Sí, es cierto. Ven aquí.
Apretándose en el asiento para hacerle espacio, Beatrice se acercó para que pudieran acurrucarse juntos.
Beatrice era la única que conocía la profundidad de las preocupaciones de Subaru. También era la única en el viaje que sabía que Anastasia y Eridna habían cambiado de lugar.
El problema era Echidna —a quien Subaru había empezado a llamar Eridna para no confundirla con la Bruja de la Codicia—. Ella era un espíritu artificial como Beatrice y juraba que no tenía intención de hacerle daño a Anastasia.
Hablar de eso con otros solo traería confusión y quizás alarma. Pero Subaru también tenía que estar alerta. Por eso, como un término medio, le había confiado el secreto a Beatrice.
Teniendo en cuenta los sentimientos complicados que Beatrice tenía hacia Echidna, Subaru habría preferido no involucrarla con otra persona que compartiera ese nombre, pero…
—No te preocupes por cosas sin importancia, de hecho. Sé tú mismo y pide ayuda a quien haga falta. Y al menos te reconozco que vinieras primero con Betty, supongo.
Buena oyente y toda una encantadora. Subaru sonrió de manera torpe ante ese cumplido; solo podía estar agradecido.
—No puedo estar preocupado para siempre. Mañana por fin vamos a visitar la mansión.
Mientras acariciaba la cabeza de Beatrice, se preparó para el primer punto de control en su viaje.
El objetivo final era llegar a la torre del Sabio, pero antes, su grupo haría una parada en la Mansión Roswaal para prepararse para la siguiente etapa y para informar todo lo ocurrido. Sin embargo, había otra razón para pasar por ahí—
—Esto no es una parada cualquiera...
En términos generales, era un motivo trivial, casi risible. Pero para alguien pequeño como Natsuki Subaru, era algo que contenía una poderosa posibilidad.
Era un desvío importante para reunirse con alguien muy querido en el largo, largo camino que tenía que recorrer antes de poder verla de verdad, de nuevo.