El Bautismo de la Atalaya
Capítulo 3
El Bautismo de la Atalaya
1
Vio una luz. Solo eso.
Recordaba haber mirado directamente hacia la torre que tenía delante.
Después, notó una luz en el rabillo del ojo, y sus ojos reaccionaron instintivamente.
Pero eso era todo lo que podía recordar.
No hubo dolor, ni impacto, ni miedo.
Para Natsuki Subaru, al menos una de esas sensaciones siempre estaba presente cuando moría.
Un dolor tan intenso que lo hacía querer gritar, una conmoción que le helaba la sangre, o el terror de perderlo todo. Esta vez, en cambio, no hubo nada.
Quizás aquella muerte fue la más amable que Subaru haya experimentado.
Claro que, en el momento exacto, con su cabeza vaporizada, Subaru no tuvo forma de percibir aquella “amabilidad”, y tampoco tuvo tiempo de detenerse a pensar en ello después.
Fue como un parpadeo. No duró más que un instante, apenas el tiempo suficiente para notar que su visión se oscurecía, y luego regresó a la vida, como retrocediendo, lanzado una vez más a la realidad.
―Pst, pst, pst…
―…
Durante un momento, una pesadez casi insoportable le congeló los sentidos… y Subaru abrió los ojos.
El sonido de su propia sangre fluyendo le retumbaba en los oídos, y una punzada de dolor le recorrió el cuerpo al intentar estirar y contraer los músculos. Sujetaba las riendas con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas, y el cuerpo cálido de Beatrice se apretaba contra su pecho.
― ¿Ah…?
En la penumbra, miraba de cerca la cabeza de Beatrice.
El aroma dulzón que invadía su nariz era distinto al que solía percibir al abrazarla. Esta vez tenía una dulzura enfermiza, como un gas tóxico pegado a sus fosas nasales.
Subaru había oído alguna vez que el olfato es el sentido más estrechamente ligado a la memoria.
Pero ahora no necesitaba recurrir a la memoria para reconocer ese olor. Lo rodeaba por completo.
El verdadero problema era que el recuerdo de ese olor se había interrumpido… hacía solo unos segundos.
―Pst, pst, pst, pst…
Mientras la conciencia de Subaru luchaba por alcanzarlo, un sonido rítmico retumbaba en sus oídos.
Beatrice, a quien sostenía con fuerza contra su pecho, se había quedado completamente rígida, y Patrasche observaba con la respiración contenida, vigilando de cerca a la terrorífica Mabestia que se alzaba justo frente al carruaje donde viajaban Emilia y Rem.
Era una criatura feroz, hambrienta de sangre, con delgadas raíces recorriendo todo su cuerpo: un Oso Cortesano. En ese instante, una sacudida de realidad cruda le recorrió el cuerpo a Subaru, de una forma que ni siquiera la palabra déjà vu podía empezar a describir, y comenzó a temblar.
No cabía duda. Había muerto… y había regresado.
Natsuki Subaru había vuelto por muerte.
―Ugh…
― ¿Pero por qué… ¿Por qué tenía que volver justo a este momento?
Subaru rechinó los dientes, más por el maldito punto de control en el que le había tocado reiniciar, que por el simple hecho de haber muerto.
Meili estaba intentando atraer a la Mabestia para que pasara pacíficamente junto al carruaje. A punto estaba de lograrlo… pero las cosas se complicarían de inmediato.
Porque Joseph, el dragón de tierra que tiraba del carruaje, acabaría perdiendo los nervios ante la aplastante presión que imponía la presencia de la bestia.
―…
Y aun sabiendo eso, Subaru no sabía cómo reaccionar.
Desde su posición sobre Patrasche no podía ver el estado de Joseph, y Julius, que sujetaba las riendas, tampoco había notado que algo andaba mal con la montura. Ni siquiera él tenía la compostura necesaria para vigilar todo a la vez en una situación así.
Todos en el carruaje estaban rezando para que Meili lograra entablar contacto con el Oso Cortesano.
Pero, lamentablemente―
―Pst, pst, pst… ¡pssst!
El ritmo de los chasquidos de Meili cambió, y su dedo apuntó hacia el lado derecho del carruaje. El Oso Cortesano fue atraído por el gesto y empezó a caminar lentamente en esa dirección.
Al ver eso, todos en el carruaje —incluida Beatrice— comenzaron a sentir un ligero alivio.
Pero Joseph ya no pudo aguantar más, justo cuando la tensión comenzaba a aflojarse.
― ¡Juli…!
― ¡Graaaaaarrr!
Demasiado tarde. El rugido de Joseph ahogó por completo su voz.
Tal como antes, Joseph rugió y golpeó el suelo con fuerza, despertando de golpe a todos los osos Cortesanos con el ruido y las vibraciones. El campo entero se impregnó de sed de sangre y violencia.
El Oso Cortesano cargó con sus ojos vacíos y la boca llena de espuma… hasta que una lanza de hielo azulada le atravesó el cráneo de lado a lado; el estallido de fragmentos de hielo fue tan perfecto como antes.
―¡¡Dales!!
Emilia saltó con gracia al techo del carruaje mientras liberaba su magia y rugía con valentía. El aire crepitó cuando se congeló, y una enorme lluvia de cuchillas de hielo descendió como una tormenta, haciendo brotar flores de sangre por todo el campo.
―¡C-corre, corre, corre, corre, corre, corre, corre!
Natsuki Subaru espoleó de inmediato a Patrasche para que corriera y empezó a gritar, mientras el carruaje aceleraba justo detrás de él.
Echando un vistazo al asiento del conductor, vio a Ram saltar hacia adelante y tomar el lugar de Julius, quien desenvainó su espada y cortó a los Osos Cortesanos que se abalanzaban, lanzándolos por los aires.
―Todo ocurría exactamente igual que antes.
―Agh…
Era la primera vez que Natsuki Subaru experimentaba un reinicio tan… desperdiciado.
Ya había muerto muchas veces sin comprender del todo lo que había aprendido en el intento anterior, repitiendo errores y destinos similares. Pero esta era la primera vez que se sentía tan impotente, tan incapaz de hacer otra cosa que no fuera repetir el mismo error.
― ¡Subaru! ¡No tenemos tiempo para distraernos!
Subaru apretó los dientes con frustración cuando Beatrice se impulsó contra su pecho.
Al mirar al frente, vio a una Mabestia lanzarse con el puño levantado, lista para atacar.
Al mismo tiempo, él tomó su pequeña mano extendida, y Beatrice se incorporó y empezó a disparar.
― ¡Minya! ¡Minya! ¡Y otro Minya más!
El maná del cuerpo de Natsuki Subaru fluyó a través de su mano y se transformó en un poder destructivo bajo la guía de Beatrice.
Los cristales púrpuras que ella invocaba perforaban a las mabestias y cristalizaban sus horribles cuerpos, que Patrasche hacía trizas al avanzar a toda velocidad entre ellos.
― ¡Ah! ¡Esta es mi carta secreta!
Al escuchar el grito desesperado de Meili, Subaru vio por el rabillo del ojo una explosión de arena.
Desde el suelo blando bajo un campo de flores —puestas por los Osos Cortesanos—, emergió el gusano de arena, tragándose a varios de ellos de un bocado y aplastando a otra docena con su enorme cuerpo.
Era como una segunda batalla entre titanes… pero aún no era suficiente para cambiar el rumbo.
― ¡Barusu! ¡Si no quieres morir, entonces cabalga como si te fuera la vida en ello!
Natsuki Subaru hervía en una ansiedad sin rumbo cuando una voz lo reprendió con dureza.
Era Ram, en el asiento del conductor del carruaje, con las riendas en la mano, controlando con gran habilidad al alterado Joseph. Su destreza igualaba a la de Rem, pero si la situación no cambiaba pronto, todo ese esfuerzo sería en vano.
― ¡Así no podemos ir hacia la Atalaya! ¡Ram, cambia de ruta!
―Mgh. ¿Qué estás diciendo? ¡Es un camino directo a la torre, y todas las demás direcciones están llenas de mabestias!
―¡Lo sé! ¡Pero si seguimos por aquí, no va a funcionar!
― ¡¿Barusu, de qué te percataste?! ¡Dilo claramente!
― ¡Si pudiera explicarlo claramente, ya lo habría hecho! ¡En cualquier caso, cambiaremos de rumbo!
Ram le gritó furiosa a Natsuki Subaru, pero él no pudo hacer otra cosa que responderles a gritos. Era desesperante, pero no podía decir nada más concreto. Ni siquiera sabía cómo había muerto antes.
En todas las otras veces que había experimentado la muerte, siempre hubo un margen de maniobra. Se apoyaba en la información obtenida en esas muertes para evitar el jaque mate que lo acechaba.
Pero esta vez no había ningún hilo del que tirar para invocar un destino mejor. Y tampoco tenía tiempo para buscarlo.
―Qué forma tan sucia de sellar mi Retorno por Muerte…
― ¡Ram! ¡Haz lo que te dice Subaru!
Ram estaba discutiendo lo que, a todas luces, eran instrucciones sin sentido, pero Emilia se puso del lado de Subaru. Lanzando una ráfaga de bloques de hielo contra las mabestias, asintió con fuerza.
― ¡Porque es imposible que Subaru diga algo raro sin haberlo reflexionado antes!
― ¡Barusu dice cosas raras y lanza ideas impulsivas casi cada vez que abre la boca!
― ¡Porque es imposible que Subaru diga algo raro en una situación de peligro sin haberlo reflexionado antes!
― ¡¡Muchas gracias por esforzarte en reformularlo!!
No sabía si lamentarse por ser tratado como el niño que gritaba “¡viene el lobooo!”, o sentirse orgulloso de que Emilia lo considerara alguien en quien se podía confiar en momentos críticos. Pero eso lo dejaría para después.
Patrasche clavó sus patas delanteras en la arena y ejecutó un giro cerrado en U. Pateó con fuerza, lanzando por los aires a un Oso Cortesano desbocado antes de salir disparada en la nueva dirección.
― ¡Mgh! ¡Aguántense fuerte los que estén afuera! ¡No se caigan!
Siguiendo a Subaru, Ram guió con destreza a Joseph en la misma dirección. La parte superior del carruaje era particularmente inestable con un giro tan brusco, así que Emilia y Julius se vieron obligados a aferrarse al techo para no salir volando.
Hubo un golpe violento cuando el carruaje chocó de costado contra una Mabestia, pero de alguna forma logró hacer el giro y mantenerse entero en…
― ¡Kiiiiiiiii!
Se oyó un chillido desgarrador, y una ráfaga de viento amargo llenó el aire.
Instintivamente, Subaru se giró para ver qué había pasado.
―El Gusanito de arena está… gh.
Detrás de ellos se alzaba el gusano de arena, de más de veinte metros de largo, emergiendo sobre las dunas.
Su torso estalló como si hubiera recibido un impacto directo de artillería.
Y, sin poder sostener más su enorme cuerpo, comenzó a inclinarse lentamente…
― ¡Quítense del caminoooooo!
El cuerpo del gusano de arena cayendo al suelo era lo bastante masivo como para aplastar por completo el carruaje.
Los Osos Cortesanos atrapados debajo chillaban de agonía, mientras Natsuki Subaru y Ram forzaban a sus dragones de tierra a cambiar de rumbo para evitar al gusano que colapsaba.
― ¡Uwoooooooaaaaa!
Una onda explosiva sacudió el aire, y una nube de arena los envolvió por completo.
Subaru soltó las riendas al instante y saltó, abrazando con fuerza a Beatrice contra su pecho.
Rodó con violencia por la arena, dando vueltas y más vueltas… hasta que por fin se detuvo.
―E-e-e-eso fue peligroso… ¡¡demasiadoo!!
― ¡Subaru, esto fue un error, de hecho!
Su rostro estaba cubierto de arena, pero solo tuvo un instante para suspirar aliviado antes de que Beatrice gritara. Se quitó los pétalos de flores de la cara y miró con intensidad la densa nube de polvo que se alzaba hacia el cielo.
― ¡Debido a eso de ahora, el carruaje se ha extraviado por el otro lado, supongo! ¡Sólo estamos tú y Betty, de hecho!
― ¿¡Qué…?!
Mirando frenéticamente a su alrededor, Natsuki Subaru vio el cadáver del enorme gusano de arena tendido sobre la arena, entre la nube que se alzaba. Los Osos Cortesanos que quedaron atrapados debajo habían sido reducidos a cadáveres grotescos, y el desierto entero se había transformado en un mar de sangre.
Y ese mar había separado a Subaru y a Beatrice de Emilia y los demás.
A lo lejos, aún se escuchaban rugidos de mabestias y sonidos de batalla que desgarraban el aire. Todavía estaban luchando allá. Pero para reunirse con ellos, tendrían que abrirse paso entre una horda entera de monstruos.
― ¡Simplemente dividamos la fuerza de combate! ¡El número de enemigos es el doble!
― ¡Comparado a antes, su número se ha incrementado cuatro veces, supongo!
Al escuchar la resolución en la voz de Beatrice, Subaru apretó los labios con fuerza, profundamente arrepentido de su decisión.
―Mi error. Mi fracaso. No supe aprovechar lo suficiente el último bucle.
Creía que había aprendido a hacer más. Que ahora podía lograr más cosas. Que era un poco mejor que antes.
Pero el destino se rió de la astucia superficial de Natsuki Subaru y aplastó todos sus trucos bajo su bota.
― ¡De algún modo, me las arreglé mucho mejor contra ese bastardo de Regulus!
― ¡No es momento de reflexionar en eso, de hecho! ¡¿Hay alguna forma de…?!
― ¡Lo sé! ¡Necesito pensar en—!
Subaru se puso de pie, buscando a Patrasche con la mirada para poder seguir moviéndose. Sin sus patas, cualquier plan que pudiera idear no tenía ninguna posibilidad.
En ese instante, notó una luz blanca en el borde de su visión… y se le erizó cada vello del cuerpo.
― ¡¿La lu—?!
Justo cuando la palabra escapaba de sus labios atónitos, la vio acercarse a toda velocidad desde el otro lado del desierto.
Era una luz blanca que brotaba desde el centro de la torre de vigilancia. Avanzaba arrasando el suelo arenoso, desintegrando a las mabestias en su trayectoria, volando directo hacia él.
Y en el momento en que estaba a punto de hacer pedazos a Natsuki Subaru sin piedad―
― ¡Gh…!
Una sombra negra saltó frente a Subaru, y luego fue lanzado por los aires.
Su cuerpo voló sobre la arena por la fuerza del impacto. Le dolía la cabeza, y estaba aturdido. Al darse cuenta de que estaba tendido en el suelo, parpadeó varias veces.
― ¿Q-qué―?
Apoyándose con los brazos como si estuviera intentando levantarse de la cama, miró a su alrededor. Y entonces lo vio.
El gran cuerpo de Patrasche yacía a su lado, completamente inmóvil. Tenía una herida espantosa en el costado, y el olor a carne quemada y sangre le invadió las fosas nasales.
Recordando lo que acababa de ocurrir, Subaru comprendió que Patrasche se había arrojado para protegerlo.
― ¡Subaru!
Justo cuando lo entendió, Beatrice gritó su nombre. Al mirar, la vio corriendo hacia él desde una corta distancia. Su rostro estaba marcado por una expresión de dolor y tristeza.
Siguiendo la dirección de sus ojos azules, Subaru vio su propio cuerpo―
Al igual que la herida de Patrasche, había un agujero limpio atravesando el lado derecho del estómago de Natsuki Subaru.
—Agh…
Al ver la herida, la sangre le subió a la garganta y su visión se inclinó hacia un lado.
Se había desplomado y ya no podía moverse. Toda la fuerza abandonó su cuerpo y su conciencia se desvaneció.
Sintió que alguien se arrodillaba junto a él.
—¡Subaru! ¡Subaru! ¡No! No puedes… no— no mueras… no me dejes sola… ¡Nooo!
Le sacudían el hombro. Podía escuchar un llanto entre sollozos. Quiso extender la mano, pero no pudo moverse.
—Un rostro tan bonito… pero está llorando… no puedo hacerla llorar…
—¡No abandones a Betty, nooo…… gh!
Ella sollozaba mientras lo abrazaba con desesperación.
El cuerpo inerte de Subaru era demasiado para sus pequeños brazos, pero aun así lo intentaba con todas sus fuerzas.
Las lágrimas surcaban sus mejillas. Por lo menos, él quería secarlas para ella.
Buscó en todo su cuerpo alguna parte que pudiera moverse, pero nada respondió. Si su cuerpo no podía moverse, tendría que recurrir a algo que no formara parte de él.
— … ¿Subaru?
Una mano oculta, algo que sólo él podía ver, limpió las lágrimas de su mejilla.
El dedo negro tocó la gota de lágrima, y ella lo miraba como si se diera cuenta de algo. Él intentó sonreír para tranquilizarla, pero no tenía fuerzas.
—Suba-
Ella empezó a decir algo.
Pero la luz blanca que venía volando desde algún lugar lejano la interrumpió.
Otra descarga atravesó el pecho de Subaru.
Mirando hacia abajo lentamente, vio que había atravesado la espalda de la chica que se aferraba a él y continuó hasta atravesar su pecho y salir por detrás.
—Ahh.
Ese suspiro fue el último.
De repente, en un abrir y cerrar de ojos, el cuerpo de la chica se transformó en partículas de luz y desapareció.
Como si nunca hubiera existido.
—Agh…
Sin su apoyo, Subaru cayó al suelo, incapaz de moverse. Sin razón para hacerlo.
Atravesado por el inabarcable rayo blanco, sus entrañas quedaron completamente destruidas.
Y la horda de Osos Cortesanos se acercaba a él, relamiéndose.
—...
Dejó de respirar y sus ojos perdieron el enfoque.
Era difícil saber si su vida se extinguió antes de que los colmillos y garras destrozaran su cuerpo.
Antes de eso, su cerebro falló y no pudo comprender nada.
Pero, en el último instante, pareció haber otro destello blanco en el horizonte.
2
—Psst psst psst.
—...
Al recuperar la conciencia, Subaru quiso felicitarse por no haber gritado de inmediato.
Después de morir por segunda vez, había regresado al jardín de flores de las mabestias. Cubriéndose la boca con desesperación, pensó seriamente en eso.
—Psst psst psst psst.
El espacio estaba dominado por el aroma violento de las flores. El sonido que Meili hacía con la lengua resonaba en el aire.
El Oso Cortesano, que bloqueaba el camino del carruaje, empezaba a enfocarse en el ritmo de su lengua y en los movimientos suaves de su dedo. Todos contenían la respiración, observando en silencio el tenso momento.
Eso mismo había ocurrido minutos antes. Subaru lo había visto sin poder hacer nada.
—...
Tocó su costado, donde había recibido el golpe fatal, y confirmó que la herida ya no estaba. Sus pensamientos se aceleraron.
El impacto aún lo sacudía, pero debía cambiar el enfoque con rapidez. Dejando de lado la estampida de mabestias que los había perseguido hacía apenas un minuto, se obligó a concentrarse en el problema frente a él.
Maloliente, dulce, ruidoso, molesto, ansioso, doloroso, caliente, ¿cuál era la palabra correcta para describirlo?
Su cerebro, sobreexigido al punto de creer que hervía, de pronto notó algo.
Sintió a Beatrice moverse levemente contra su pecho. Al ver que ella, apoyada contra él, observaba al Oso Cortesano sin emitir ni un solo sonido, sus neuronas empezaron a despertar.
La muerte que acababa de experimentar regresó a su memoria, junto con el rostro lloroso de Beatrice y su voz entrecortada por el llanto.
Sí. Exacto. Así era. Subaru ya había muerto dos veces. Esta era la tercera vez que vivía ese momento.
La primera vez murió sin entender.
La segunda… No, eso lo pensaría después.
—Psst psst psst… pssst.
Justo cuando su mente comenzaba a funcionar de nuevo, Meili logró captar completamente la atención del Oso Cortesano.
Siguiendo el sonido y los gestos de su dedo, la mirada de la mabestia se apartó del carruaje. Pero eso no era suficiente para que la amenaza se disipara y todos pudieran respirar tranquilos.
El Oso Cortesano giró lentamente su cabeza. Frente a su hocico, el dragón de tierra respiraba con dificultad.
Aquel dragón sufría la presión de enfrentar cara a cara a la mabestia, y el olor violento de las flores que perturbaba su concentración. Esa combinación carcomía su estado mental. El hilo de tensión podía romperse en cualquier momento, y si eso ocurría, se desataría una estampida.
Debían evitar que eso pasara. Si no, repetirían las dos muertes anteriores.
Tenían que detener el desborde del dragón de tierra. Pero ¿cómo?
No podían levantar la voz. Y tampoco era fácil transmitir la situación a Julius, que sostenía las riendas.
No había tiempo.
Si no se le ocurría algo en ese instante, no tendría otra opción más que arriesgarse a llamarlo.
Las dos muertes anteriores, el ataque salvaje de las mabestias, la luz blanca de la torre de vigilancia, y el rostro bañado en lágrimas de Beatrice…
—Beako, te quiero.
— ¡¿...?!
Abrazó su pequeño cuerpo por detrás y le susurró su amor al oído. Beatrice se sobresaltó ante la repentina confesión, pero Subaru cubrió su boca para evitar que gritara.
En lugar de eso, Subaru extendió su “mano” hacia el dragón de tierra — Joseph — que se encontraba justo al frente, en diagonal.
Abrazando su pequeño cuerpo por detrás, Subaru susurró en su oído.
Beatrice se quedó paralizada por aquella confesión tan repentina, pero su mano le cubría la boca, así que no pudo decir nada.
En su lugar, Subaru extendió una mano hacia el dragón de tierra frente a él—hacia una mano para calmarlo suavemente, igual que cuando había limpiado una lágrima de la mejilla de Beatrice antes de morir.
—INVISIBLE PROVIDENCE.
Como estaba ocupado diciéndole a Beatrice que la amaba, solo pronunció el nombre de la habilidad en su mente.
Y de inmediato, desde el centro de su pecho—una sensación distinta a cuando Beatrice lo ayudaba a canalizar maná—una energía negra brotó con fuerza al ser invocada.
Invocado a este mundo por un grito inaudible, la Mano Oculta de Pereza se alzó auxiliando a Natsuki Subaru para lograr sus metas.
Sin emitir ningún sonido, el brazo negro emergió lentamente del pecho de Subaru, extendiéndose hacia el dragón de tierra. Como el original, nadie era capaz de ver esa mano más que él.
Aunque se sintió aliviado por eso, también notó que algo dentro de él se desgarraba. No sabía exactamente cuál era el precio que debía pagar, pero intuía que no podía tomarse demasiado tiempo. Y tampoco pensaba hacerlo.
La mano delgada y extendida acarició con suavidad el grueso cuello del dragón de tierra, que estaba a punto de perder el control.
Había aprendido que esa era la mejor forma de calmar a esa especie de dragón justo la mañana antes de salir al desierto.
—Jamás habría imaginado que lo usaría en una situación como esta. Supongo que debería prestar más atención cuando la gente habla.
El dragón de tierra se estremeció al sentir el contacto repentino, pero reconoció de inmediato que esa mano no albergaba mala intención.
Su respiración agitada se fue apaciguando poco a poco, y la tensión en su cuerpo comenzó a disiparse.
—¿Hmm?
Julius notó el cambio, y tiró suavemente de las riendas para ayudar a calmar aún más al dragón Joseph que empezó a tranquilizarse visiblemente. Era justo el tipo de habilidad que uno esperaría de Julius.
En ese momento, Subaru cortó la conexión con la Mano Oculta, y la extremidad negra se desvaneció.
—Hah… uf…
Al menos el problema inmediato estaba resuelto.
Había pagado el precio de recurrir a un poder prohibido, pero ese era el estilo de Natsuki Subaru: usar cualquier carta que tuviera en la mano.
No le molestaba en lo absoluto. Lo que sí le inquietaba era que el efecto de haber usado la Mano Oculta había sido mucho menos intenso que la vez anterior.
La primera vez, en el Santuario, cuando la usó contra Garfiel, sintió como si le hubieran arrancado la mitad del cuerpo. Pero esta vez, lo único que sentía era que respiraba un poco agitado.
—No es como si me hubiera acostumbrado.
Subaru se sintió más incómodo que aliviado al notar que la pérdida, el odio, la carga emocional, eran mucho más leves que antes.
Siempre es mejor tener una opción que no tenerla, pero en un juego como la ruleta rusa, no es buena idea que haya más balas en el tambor. Era un as bajo la manga, sí… pero—
—…Ya es suficiente, Subaru.
Beatrice empezó a forcejear un poco, incómoda por cuánto tiempo la había estado abrazando. Eso bastó para que Subaru volviera al presente. Estaba a punto de disculparse, cuando—
—¿Qué pasó, Beako? ¿Por qué esa cara…?
—... ¡Es porque llevas todo este rato sobando el pelo de Betty! ¿¡Qué se supone que estabas pensando, de hecho!?
—¿Eh? ¿Fui yo?
Beatrice logró contener su voz, pero aun así descargó su enojo sobre Subaru.
Su gloriosa cabellera ahora estaba toda enredada y deshecha, como si la hubieran trenzado y deshecho al mismo tiempo. Era un estilo tan vanguardista que nadie más en el mundo podría replicarlo, aunque quisiera.
—El hecho de que ni siquiera te dieras cuenta es irritante… Seguro tampoco recuerdas lo que le susurraste a Betty, supongo.
—No, eso sí lo recuerdo. Beako, mi LOVE es verdadero.
—¡Niah!
El rostro de Beatrice se puso rojo de inmediato, y se cubrió la cabeza con la capa que llevaba puesta.
Subaru habría querido disfrutar un poco más de lo adorable que era, pero no estaba en condiciones de jugar en ese momento.
La audaz estrategia de Meili había logrado sacarlos del cerco del Oso Cortesano, y finalmente podían tomarse un respiro. Subaru echó un vistazo a su alrededor y notó una zona alejada del campo de flores.
Cuando Julius lo miró, Subaru le hizo un gesto para que fueran hacia allá a hablar.
Había que retirarse por ahora. Era momento de pensar en la próxima jugada.
3
—Justo cuando pensaba que habíamos superado el desierto de arena, pasa esto…
—Definitivamente se siente como una buena dosis de la mala leche del Sabio. No hay respiro, ni margen para bajar la guardia.
Julius y Subaru suspiraron al mismo tiempo, después de haberse alejado del campo de flores hasta un punto donde podían estar seguros de no provocar a los Osos Cortesanos.
Dentro del carruaje, Emilia y los demás compartían la misma opinión. Emilia acariciaba la cabeza de Meili.
—Si no hubieras estado, Meili, habría sido un desastre. Gracias de verdad.
—S-solo fue peligroso porque me rodearon tantos, eso es todo…
Meili desvió la mirada y respondió con frialdad, pero sus mejillas se tiñeron apenas de rojo. Era evidente que no podía ocultar del todo cómo se sentía. Tenía su encanto.
De cualquier forma, Emilia tenía razón. Meili había sido fundamental. Y en ese sentido, también lo había sido Ram, que les había permitido atravesar el desierto.
—¿Cómo estás, Ram?
—… ¿Estamos en condiciones de preocuparnos por mí? No hay tiempo para eso.
Respondió Ram con voz algo ronca. La noche del desierto era oscura, así que Subaru no podía ver bien su rostro. Aun así, su piel —ya de por sí pálida— se veía aún más descolorida, señal clara de lo agotada que estaba.
Pero Ram no pareció darle importancia a su mirada, y en su lugar dirigió los ojos hacia Meili.
—¿Y el campo de flores, Meili? ¿Puedes hacer que esas mabestias se aparten usando tu habilidad?
—Como ya dije antes, es complicadooo. Si fueran solo cien, tal vez podría hacer algo, pero cuando son más que eso, incluso para mí se vuelve difícil.
—Cien, ¿eh? Ya eso es bastante impresionante. Pero, por desgracia…
Julius dirigió la mirada hacia el campo de flores. Incluso a simple vista, estaba claro que había más de mil. Quizás incluso superaban los diez mil. Era una cantidad con la que Meili no podía lidiar.
Mientras un ambiente pesado comenzaba a rodearlos, Julius levantó dos dedos.
—Nuestras opciones ahora son avanzar… o retroceder.
—¿Volver atrás es siquiera una opción? No resolvería nada.
—¿Estás tan seguro? Es completamente posible que el desierto de arena por el que pasamos conectara justo con este lugar. Si atravesamos otra fisura espacial distinta, quizá aparezcamos más cerca de la torre.
Subaru dudaba de esa posibilidad, pero no tenía pruebas sólidas para descartarla tampoco. El hecho era que existían tres desiertos de arena distintos.
Habían cruzado durante la noche, pero cabía la posibilidad de que los del amanecer y el mediodía fueran diferentes…
—…Ahórrame ese optimismo ingenuo.
Mientras Subaru reflexionaba sobre eso, escuchó la voz apagada de Ram muy cerca de su oído.
Era, después de todo, quien más se había esforzado por cruzar el desierto, y ahora miraba con severidad tanto a Subaru como a Julius.
—¿Creen que ese Sabio, que se ha tomado tantas molestias para rechazar a los forasteros, habría dejado un camino fácil por ahí? Ni pensarlo. Escapar hacia sueños agradables frente a una realidad cruel es el último recurso de los cobardes que buscan una vía sencilla.
—Tú… sólo estamos considerando la posibilidad de que haya un camino un poco menos peligroso.
—Emprendimos este viaje sabiendo perfectamente que sería peligroso. Estar dispuesto a perder algo es una condición necesaria para poder ganar algo. ¿O acaso pensabas salir victorioso sin arriesgar nada? Qué arrogancia la tuya.
Ante la dura reprimenda de Ram, Subaru guardó silencio por un momento y luego soltó un suspiro profundo.
Ram estaba usando palabras provocadoras de forma deliberada, para empujarlos a avanzar. Y, por supuesto, había lógica en lo que decía. Pero también la había en lo que Julius había planteado.
Lo único que quedaba era decidir cuál camino seguir—
—Meili, ¿y si sólo apartas a los que estén en nuestro trayecto?
—¿En lugar de moverlos a todos, reducirlo solo a los que bloquean el paso? En ese caso…
Meili entrecerró los ojos, concentrándose en el campo mientras lo analizaba con detalle.
—Si es solo eso, creo que puedo hacerlo. Los alejaré del camino, y cuando estén lo bastante lejos, los haré dormir otra vez… Sí, está bien. Puedo encargarme.
Al menos en ese punto, estaba de acuerdo con Ram en avanzar. Al escucharla, Subaru se giró hacia los demás.
—Puede sonar como que cambio de opinión, pero estoy con Ram. Es verdad que podría haber algo distinto si atravesamos otro desierto de arena, pero si lo que nos bloquea son mabestias, al menos tenemos a Meili con nosotros.
—También existe la posibilidad de que esto sea mejor que lo que nos espera en cualquier otro lado.
Beatrice asintió mientras intentaba arreglar su cabello, aún desordenado por culpa de Subaru.
—Al final, no nos queda otra que confiar en Meili. Y si todo sale mal y las mabestias despiertan, entonces dependeremos de Emilia-tan, Julius… y de Beatrice y de mí. Lo siento.
—…
—Ah, y de Patrasche. Gracias. Yo también te quiero.
Su fiel montura hizo notar su presencia, y Subaru se giró para acariciarle el cuello con cariño.
Luego, dirigió la mirada a todos. Frente a ellos, el jardín de flores donde dormían las mabestias. No podían demorarse demasiado en decidir, así que se preparó para ponerlo a votación…
—Sip. Yo también estoy con Subaru y Ram. No quiero dar marcha atrás, ni un segundo.
Emilia sonrió con firmeza, respaldando la decisión de Subaru. Había una determinación clara en sus ojos violetas, y miraba fijamente la torre que se alzaba más allá del campo de flores.
—El camino está recto, y la torre justo delante… Como imaginaba, trabajaré muuuy duro para pelear por todos, o algo así.
—Emilia-tan, no esperaba que reaccionaras pensando con los músculos.
—Pensar con los músc… ¿eh? Ay, no; ¿qué estás diciendo de repente? Qué vergüenza…
Emilia trató de mantener la compostura al responder, pero se le subieron los colores con el comentario sarcástico de Subaru. No entendía del todo qué quería decir con “pensar con los músculos”, pero había algo encantador en la forma en que se sonrojaba.
—Para sorpresa mía, lo de "pensar con los músculos" no era precisamente un halago puro y directo para Emilia-tan… Pero sí, no, seguramente lo dije como un cumplido. Estoy perdidamente enamorado otra vez. ¡E M T por siempre!
Una vez más, se dio cuenta de lo importante que era para él esa chica que miraba con tanta determinación hacia adelante… y de cuánto la amaba.
Con Emilia, Ram y Meili en el bando de seguir avanzando—
—Entonces, lo único que queda es lo que piensen Anastasia y Julius, pero…
—No hay musho que decir. Ya tienen la mayoría, y la verdad no me interesa llevar la contraria solo por llevarla. Pero sí quiero reflexionar un poco má’ sobre si este lugar es realmente lo que parece.
Anastasia se llevó la mano a la mejilla. Al oír su respuesta, Julius se volvió hacia ella.
—¿Tienes alguna inquietud respecto a este jardín de mabestias, señorita Anastasia?
—Na’ tan grande. Pero, así como había una grieta por donde nos colamos en el desierto de arena, me preguntaba si este campo no tendría algo parecido. Eso es to’. ¿Tú qué opinas, Beatrice?
—¿Por qué le preguntas a Betty?
Beatrice frunció el gesto cuando Anastasia —o más bien, Eridna— se dirigió a ella. Anastasia esbozó una leve sonrisa al notar la reacción tan a la defensiva.
—Tengo entendio’ que eres especialista en magia oscura, ¿verda’? Y cuando se trata de magia oscura, las distorsiones espaciales son como su pan de cada día… Así que solo me preguntaba si podrías notar algo fuera de lo común, eso es to’.
—…El desierto de arena era una perturbación natural, pero la forma en que se retorcía era parecida en estructura al “Paso” de Betty. Eso fue lo que Betty sintió al cruzarlo.
Beatrice respondió con calma, y luego alzó la mirada hacia Subaru.
—Hace mucho, Betty lanzó un hechizo similar sobre Subaru.
—¿Sobre mí? ¿Cuándo?
—…La primera vez que nos vimos, supongo.
—¿La primera…? ¡Ah! ¡Cuando atravesé ese pasillo con pinta de bucle infinito a la primera! Perdón por eso, con todo el trabajo que te habías tomado en prepararlo.
—Molesta que parezca que realmente lo sientes. ¡Olvídalo ya, de hecho!
—Pero si tú lo sacaste el tema…
Beatrice infló las mejillas en una expresión de disgusto mientras Subaru se encogía de hombros sin darle mayor importancia. Aun así, no podía pasar por alto lo que Beatrice y Anastasia estaban diciendo.
Si de verdad existía alguna alternativa a simplemente atravesar el campo, esa sería sin duda la mejor opción.
Pero había otro problema del que tampoco podían desentenderse, que seguía flotando en el aire.
—…Una cosa que quería preguntar. ¿Alguien notó una luz saliendo de la torre?
—¿Una luz de la torre?
Emilia y los demás fruncieron el ceño, desconcertados por su pregunta.
La luz blanca que emanaba de la torre de observación. No entendía los detalles, pero era lo que había provocado su muerte en dos ocasiones.
La primera vez, ni siquiera alcanzó a reaccionar. La segunda, sólo sobrevivió por la intervención de Patrasche. De no haber sido por ella, Subaru habría sido aniquilado al instante una vez más, y habría tenido que enfrentar este bucle sin saber todavía nada sobre esa luz.
—¿Cómo era esa luz, Barusu?
—Yo… diría que era algo peligroso. Al menos, no parecía algo amistoso.
—¿Tienes alguna prueba más allá de la intuición?
—… Pues no, la verdad.
Esa era la parte más difícil de justificar. No tenía ninguna evidencia concreta que presentar, así que no le quedaba otra que apoyarse en su instinto y esperar que los demás lo aceptaran. Por eso mismo, esperaba que, al menos Ram, reaccionara con escepticismo, pero…
—Ya veo… eso es un problema.
Ram tomó su respuesta con seriedad. No, no era solo ella.
Emilia, Julius e incluso Anastasia tenían expresiones serias.
—¿Eh? Ey, sólo es una corazonada. ¿No deberían dudar más?
—Si fuera sólo una corazonada, dudaría; pero es la corazonada de Subaru, ¿no? En ese caso, tiene más sentido pensar en ello que dudar de repente.
—No te menosprecies tanto. Ya has pasado por este tipo de situaciones desesperadas, ¿no es así? Hay un cierto tipo de corazonada que sólo funciona para una persona así. Por decirlo de otro modo, es una especie de norma general… No es en absoluto algo que desestimar.
—Como cuando los ratones de campo cambian de territorio antes de una lluvia fuerte. Las corazonadas de Barusu no pueden ser ninguna tontería.
—¿Lo que están diciendo es… que es lo bastante estúpido para creerlo?
Cada uno tenía su propia razón para confiar en lo que él mismo había calificado simplemente como intuición.
Todos le estaban diciendo que, aunque fuera solo eso, confiaban en él.
Eso le produjo un alivio inesperado. Incluso viniendo de Julius.
Mientras se frotaba la nariz con timidez, Subaru desvió la mirada, conmovido por sus compañeros.
Y por eso no lo notó. La primera en notarlo fue Ram.
—Barusu, eso es...
—¿Eh?
La voz de Ram sonó completamente seria. Siguiendo su mirada, Subaru notó que ella estaba mirando fijamente su pecho.
Bajó la vista y entonces lo vio también.
Un punto rojo de luz brillaba de manera inusual sobre su capa, justo en el centro del pecho.
—...
En ese instante, una palabra cruzó por su mente. Una que no tenía lugar alguno en este mundo.
—Un puntero láser.
—¡Agh!
El siguiente momento fue casi un milagro.
—Un rayo de luz disparado desde la torre voló directamente hacia Subaru con una velocidad y precisión aterradoras.
Era la muerte misma: silenciosa, veloz como el viento, perforando a su presa sin previo aviso.
Ese solo ataque bastaría para reducir a Natsuki Subaru a nada, sin dejarle siquiera reaccionar—
—¡No lo permitiré!
… Si es que hubiera estado solo cuando lo apuntaron.
Un escudo de hielo, del tamaño de una mano, apareció justo donde brillaba el punto rojo en su pecho. Una defensa mágica creada por Emilia en el acto, para protegerlo.
El rayo de luz dio exactamente en el blanco, interceptado por el escudo de hielo como Emilia había planeado—
—¿¡C-cómo!?
Fue solo una fracción de segundo. La luz blanca fue ralentizada un instante por el hielo antes de desintegrar el escudo y atravesarlo. No solo no detuvo el rayo, ni siquiera logró retrasarlo un segundo entero.
Pero ese instante fue suficiente.
—¡Shiii!
Julius blandió su espada, lanzando una estocada con todo el peso de su cuerpo, interceptando la luz que estaba a punto de atravesar a Subaru.
Su expresión era imperturbable. Había seguido el rayo con precisión absoluta, ahora apenas debilitado por el hielo. La trayectoria se desvió ligeramente y fue a impactar contra la arena a un costado. Se alzó una columna de humo blanco.
Por primera vez, Subaru había evitado un impacto directo. Y entonces pudo ver lo que era—
—… ¿Una aguja?
El objeto desconocido seguía brillando mientras se hundía en la arena. En la oscuridad del desierto, su blanco resplandor era cegador. Parecía una aguja larga y delgada.
Desde la parte trasera, empezó a deshacerse. Pronto, se desvaneció con el viento.
—¡Barusu! ¡Viene otra!
Subaru apenas había estirado la mano hacia la aguja que se deshacía cuando Ram gritó la advertencia.
El punto rojo seguía brillando en su pecho. Vendría otro disparo.
Hasta que muriera, seguiría—
—¡Beako! ¿Estás lista?
—¡Qué pregunta más tonta, supongo!
Beatrice jamás diría que no podía hacerlo ante la pregunta de Subaru. Cambiando el enfoque, Subaru apretó los dientes al oír la respuesta de su confiable compañera y se decidió.
—¡Emilia-tan!
—...
El siguiente disparo estaba por venir. Justo antes de que llegara, Subaru llamó a Emilia.
Sus miradas se cruzaron por un instante, y ella asintió. No podían discutir los detalles, pero Subaru confiaba plenamente en ella.
Por el rabillo del ojo, percibió un destello. La muerte se acercaba sobre rieles, directa a él.
—¡Detenteeeee!
Una muralla de hielo en múltiples capas se desplegó entre Subaru y la inevitable muerte. Si una sola no bastaba, entonces haría seis.
La luz impactó contra el hielo. Atravesó la primera capa con facilidad, y la segunda y tercera prácticamente no ofrecieron resistencia. Pero en la cuarta, hubo algo de fricción, y la quinta aguantó al menos una décima de segundo.
Y para cuando alcanzó la sexta, la aguja de luz se había ralentizado visiblemente y fue entonces cuando la espada del caballero la atravesó.
—¡Esta vez tampoco lo permitiré!
Si la primera vez había sido un milagro, esta fue fruto de la práctica y la técnica. Emilia y Julius usaron sus habilidades al máximo para proteger a Subaru de esa muerte que lo tenía en la mira.


Coloreado realizado por: @ddukaes
En ese momento, Subaru y Beatrice desataron su arte místico.
—¡E! ¡M! ¡T!
—¡Supongo!
Subaru se subió la capucha de la capa mientras gritaba su elogio a Emilia—o más bien, un hechizo.
Al mismo tiempo, Beatrice reunió hasta la última gota de maná dentro de Subaru y formó un hechizo complejo y misterioso, algo completamente nuevo y desconocido.
Lo que estaban tejiendo era uno de los tres hechizos originales que habían creado juntos.
Cuando la magia se completó, una luz tenue se expandió con ambos en el centro. Se desplegó como una esfera luminosa que los envolvía a todos, y con eso, el campo quedó formado.
—¿Esto es…?
Julius quedó atónito intentando comprender lo que estaba viendo, cuando en el borde de su visión detectó otro rayo de luz viniendo hacia Subaru. Inmediatamente se tensó, pero aquello fue eclipsado por el cambio que observó.
La fuerza de la luz que se dirigía a Subaru se disipó en cuanto entró en el campo mágico.
—¿Perdió potencia?
La luz se redujo a la velocidad de una simple flecha. Con un movimiento de su espada, Julius la desvió con facilidad.
Claro, incluso si había perdido velocidad, no era algo que pudiera desviar cualquiera. Pero eso solo hablaba de la maestría de Julius con la espada. Logró defenderse sin problemas de los ataques que siguieron.
—E M T. Magia de anulación absoluta. ¡Invalida la distorsión del espacio, de hecho!
Mientras aún sostenía la mano de Beatrice, Subaru usó su brazo libre para señalar hacia la torre.
Ese campo era una de las tres cartas ocultas que Subaru y Beatrice habían desarrollado. La tercera aún estaba incompleta, pero había sido creada con la idea de poder luchar contra enemigos poderosos, la cúspide de la magia oscura.
—Pero no va a durar mucho. En la práctica, esto se acaba cuando me quede sin maná. Y ahora mismo soy como un balde con un agujero enorme en el fondo.
—Ese efecto va más allá de lo razonable. Se nota que el precio también es bastante alto. ¿Tienes algún plan?
—¡Ni idea! Nos han detectado, así que deberíamos retirarnos por ahora...
Subaru miraba a su alrededor buscando una vía de escape mientras Julius corría hacia él. En una situación tan tensa, la voz tranquila de Ram sonó casi translúcida.
—¿Están mirando a Barusu?
Ram se cubría el rostro con la palma de la mano. Subaru se preguntó qué pasaba, pero entonces lo comprendió: había activado su Clarividencia—y se había sincronizado con alguien en la torre. Y no con cualquiera. Solo había una persona a la que podría estar apuntando ahí.
—¿El Sabio?
—…Ugh.
Ram no respondió. En su lugar, un hilo de sangre comenzó a salir de la cuenca de su ojo derecho. Parecía una lágrima de sangre escurriendo de su ojo rosado.
—No es… un ataque. No lo sé, pero parece el retroceso de la Clarividencia.
—¡Déjalo ya, idiota! ¡Deja de hacerlo ahora—!
Subaru intentó detener el riesgoso acto de Ram. La tomó del brazo y jaló su delgado cuerpo contra el suyo.
—¡Espera, Barusu!
—¡Ni pensarlo! ¡Te vas directo al carruaje! ¡Ahora mismo, nosotros…!
Se giró mientras sostenía a Ram.
Y en ese instante, el mundo a su alrededor se rompió.
—¿Ah…?
—¡Arrg! ¡La fastidiamos, supongo!
La voz de Beatrice resonó mientras ocurría un cambio imposible en la noche del desierto.
—¡El E M T deshilachó el espacio distorsionado!
—¿Qué significa eso—?
Subaru no pudo terminar su pregunta. Una sensación de flotación lo envolvió y sus pies se separaron del suelo. El mundo se torció en un caos total, deshilachándose y quebrándose como si una hoja de papel se rasgara en mil pedazos. Grietas se abrieron en el suelo y en el cielo, tragándose el carruaje, a Subaru y a todos los demás.
— ¡Oh no! … ¡¿Emilia?!
—Subaru…
Cayendo en una oscuridad repentina, Subaru gritó mientras la sensación de ingravidez se apoderaba de él. No podía distinguir el arriba del abajo, ni la izquierda de la derecha, ni dónde estaba el carruaje. Pero alcanzó a oír la voz de Emilia respondiendo, lejana, muy lejana.
—Esto es—
Antes de que pudiera terminar de decir que era malo, Subaru fue escupido al otro lado del cielo destrozado. A lo lejos, el límite entre el campo de flores y el desierto colapsó, y una sombra observó cómo el pequeño grupo era tragado por la ruptura.
4
Desde la distancia, aquella sombra se deslizaba en la oscuridad de la torre.
Abandonando la ventana donde había estado de pie, la sombra pisó el suelo de piedra y comenzó a descender por la escalera en espiral.
Sus pasos eran lentos, pero poco a poco aceleraban, inquietos.
—…Lo encontré.
Fue un murmullo ronco y desgastado, como una voz que no había hablado en años. Pero no había nadie que pudiera confundir la emoción en esa voz con alegría.
— Lo encontré…
De eso no cabía duda.