Acto de Apertura - Las llamas de la Guerra
Acto de Apertura
Las llamas de la Guerra
… El aire caliente del fuego le abrasó los pulmones, no pudo evitar toser violentamente de dolor.
—Gh…
Sacudió la cabeza, como si jadeara, en busca de aire fresco.
Sin embargo, el único aire disponible a su alrededor era consumido por las llamas. Cubriéndose la boca con las mangas, se llenó los pulmones con un poco de aire medianamente adecuado y avanzó, armándose de toda su fuerza de voluntad.
… La ciudad estaba irreconocible.
Las calles, otrora llenas de vida, eran ahora una sombra de lo que habían sido, completamente destruidas, el símbolo de la vida de la gente pintado de destrucción.
Calles calcinadas, árboles envueltos en violentas llamas, edificios derrumbados, los lamentos de las masas resonando por todas partes.
—…
Apretando los dientes, abriendo los ojos contra el humo que se infiltraba en ellos, avanzó. Se dirigió hacia el campo de batalla.
Efectivamente, un campo de batalla. Este lugar era uno.
Una vez más, se encontró en el familiar infierno de un campo de batalla; un infierno completamente sumergido en sangre, humo y muerte.
Y en medio del fervor de sus pensamientos, lo que revoloteó por su mente fue el recuerdo de su primera batalla.
Aquel día, él también había estado sumergido en un calor abrasador, mientras su solitaria y ensangrentada figura recorría el campo de batalla.
Por aquel entonces había sido un novato miserable y débil, desconocedor de las costumbres del campo de batalla, carente de medios de supervivencia, que luchaba simplemente por mantenerse con vida.
Que sobreviviera a su primera batalla no se debía ni al despertar de alguna habilidad oculta, ni a la activación de los instintos humanos de supervivencia, ni al descenso de ningún salvador.
Simplemente había tenido suerte. Tuvo más suerte que los que perecieron en aquel campo de batalla.
Entonces, ¿qué pasaría esta vez? ¿Sería igual? ¿Su supervivencia se debía a la suerte?
—… Tgh.
No. Absolutamente no.
Esta vez, las cosas eran diferentes a entonces. En este campo de batalla no se podía sobrevivir dependiendo de la suerte.
Además, la melodía que seguía su corazón había cambiado por completo. Entonces, no tenía ninguna razón para luchar; solo había surgido del conformismo, y de superficiales muestras de heroísmo.
No había tenido motivos para luchar. Ni deseo de vivir, solo de no morir. Si su yo actual no hubiera cambiado en absoluto, sus pies lo habrían dirigido lejos de todo esto. Si solo quisiera sobrevivir, debería haber huido.
… Pero, eso no iba a suceder.
Sus pies lo estaban llevando al corazón de la ciudad; al frente de este campo de batalla.
—¡KRUAAAAAAAAAAAGH!
Un cielo desgarrado por tonos rojos y de destrucción, y un rugido resonante que envolvía la ciudad.
Eclipsando los aullidos afligidos de las masas, ahogando los sonidos del derrumbe de los edificios que caían, e insatisfecho aún, un sonido que se impuso al mundo; era el atronador grito del Dragón Negro.
Los corazones se estremecieron ante el poderoso rugido del «Dragón de la Plaga». Los pasos se detuvieron al instante, mientras innumerables soldados caían, soltando sus espadas. Solo les dedicó una mirada de reojo y siguió adelante. Sin cesar. Sin pausa. Siempre hacia adelante.
Porque, al alcance de los horribles colmillos y garras del Dragón, estaba su compañero de armas.
—¡W̴̆i̶l̷h̶e̸l̸̉m̴̊…!
Le dolían sus viejas heridas. Su garganta dañada no le permitía pronunciar con claridad el nombre ni de su amigo ni de su amada.
Y aun así, gritó el nombre de su compañero. Lo llamó.
Eso despertó su corazón. Allí estaba su compañero. Allí aguardaba el Demonio de la Espada.
—¡¡¡GRAAAAAAAAAA!!!
—¡¡¡KRUUUUUUUUUUAAGH…!!!
En ese momento, los rugidos de dos sombras, que atravesaban el abrasado cielo carmesí, chocaron.
Chocando frontalmente con la enorme sombra, con las alas desplegadas, había una persona verdaderamente diminuta. Sin alas propias, dio una patada a su oponente y se elevó en el aire, haciendo llover incontables rayos plateados sobre el enorme cuerpo de su enemigo.
No obstante, el enorme cuerpo se desvió con un aleteo de sus alas, levantándose sin esfuerzo por encima de su cabeza y contraatacando con sus garras mortales.
Continuaron los sonidos de golpes chocando, la lluvia de destrucción, los impactos que arrancaban lágrimas del cielo, mientras las nubes oscuras se desgarraban, dando nacimiento a la luz.
Abrumador. Verdaderamente abrumador, era este el cénit de la espada, para siempre inigualable e inalcanzable por cualquiera.
Este espectáculo era tal que pensar que no había manera de alcanzar ese campo de batalla, descartándolo como los reinos de los extraordinarios, y resignarse a la derrota era solo natural.
—…
… Y aun así, se embarcaría en este viaje.
Porque el Demonio de la Espada, Wilhelm, su compañero, su querido amigo, luchaba allí.
Un campo de batalla, abrasado por llamas candentes, un torbellino de caos y lamentos; incluso en ese infierno, los grilletes de la confianza y el compañerismo permanecieron firmes.
—… E̷͛s̶p̸͊é̶r̴a̸m̶e̸.
“Voy en camino. Partiendo, en este mismo instante. Sin falta, te alcanzaré. … No dejaré que pelees solo. Nunca”.
Llevando su determinación y resolución, el joven, Grimm Fauzen, se embarcó en un viaje a través de la ciudad teñida de rojo.
Por todas partes resonaban los rugidos del «Dragón de la Plaga», Tres Cabezas Valgren, como destellos de un trueno.
Indomable como siempre, el Demonio de la Espada, Wilhelm, lanzó un grito desgarrador.
… Las llamas de «La Subyugación del Dragón de la Plaga» ardían cada vez con mayor intensidad, pareciendo burlarse de la infinitesimal resistencia de la humanidad.