Registro de los días previos a la Selección Real: Diplomacia mediante Derramamiento de Sangre
Capítulo 1
Registro de los días previos a la Selección Real: Diplomacia mediante Derramamiento de Sangre
Sección 1
[Hay una, y solo una, razón por la que los llamé.]
Rudo y grave, el orador tenía la cara como un escarpado acantilado. Era un hombre corpulento con el cabello verde muy corto. Sus abundantes músculos estaban enfundados en una armadura. El cuello y los hombros del hombre eran increíblemente gruesos en comparación con los de una persona normal; era alguien que exudaba un espíritu marcial de una forma que solo un guerrero entrenado y disciplinado podía hacerlo.
Había encajado su enorme corpulencia en una silla estrecha, una posición ventajosa que utilizaba para mirar a través de un escritorio negro y lacado con una mirada que habría bastado para poner de rodillas a la mayoría de la gente.
El hombre se llamaba Marcos Gildark. Era un Caballero del Reino Dragón de Lugunica y Capitán de los Caballeros de la Guardia Real. Se le consideraba el más fuerte del Reino, un perro de guerra veterano y curtido en mil batallas. La historia del hombre y su habilidad con la espada dejaban a todos de acuerdo en que era el segundo guerrero más poderoso del Reino. En otras palabras, en términos de fuerza pura, Marcos Gildark era una de las últimas personas en la nación cuya ira uno desearía despertar, pero en ese momento…
[Capitán, por favor, no tiene que hacerse el duro. Ferris puede parecer relajado, ¡pero está miauy preocupado!]
Era sorprendente que alguien se atreviera a dirigirse a Marcos con tal ligereza. El que hablaba con el Capitán le sonrió con facilidad, sin inmutarse por la mirada severa que recibió a cambio.
[Felix.]
[¡Jhm! Ojalá empezara a llamarme Ferris, Capitán. «Felix» suena tan… masculino.]
[Debería de] dijo Marcos con una mueca. [Pues eres un hombre, y es tu nombre.]
El frustrado blanco de esta reprimenda era una criatura de cabello lino, así como orejas de gato del mismo color, que parecía ser una hermosa muchacha, con énfasis en «parecía».
Felix Argyle, que se hacía llamar Ferris, era un Caballero de la Guardia Real que se comportaba como una joven recatada. Tal era su verdadero carácter. De momento, se ocupó de fruncir los labios ante Marcos con desagrado.
[Ya no soy un niño pequeño; no actúe como si pudiera decirme lo que quiera, aunque sea verdad. A Ferris no le agradará el Capitán si se niega a escuchar.]
[Siempre hablas demasiado. Aprende de los dos a tu lado y cierra la boca por una vez.]
[Muy bieeen] dijo Ferris, sin parecer nada arrepentido.
Se enderezó y miró a ambos lados. Había otros dos a su lado, ambos soportando la mirada fulminante de Marcos. Uno de ellos parecía abatido, mientras que el otro mantenía resueltamente una expresión seria.
[Qué manera de apoyarme, chicos] murmuró Ferris para sí, chasqueando la lengua.
Marcos captó las palabras en voz baja con sus excelentes oídos, pero prefirió no responder. En lugar de eso, dijo:
[Me hace un Capitán feliz tener tan buenos subordinados.]
Era una forma tan buena como cualquier otra de eludir el tema. Marcos se había enderezado y volvió al tema original de la discusión.
[Vayamos al grano. Los envío a ustedes tres como guardaespaldas de una persona muy importante. Su destino es el Imperio de Vollachia.]
Una voz planteó una pregunta escéptica.
[¿Vamos a escoltar a un VIP? ¿Al Imperio?]
El interlocutor era apuesto y tenía el cabello morado. En ese momento, una de sus cejas estaba levantada con duda. Este hombre poseía una cara fina, pero mostraba una expresión de desconfianza.
[Señor, tenía la impresión de que no debíamos causar revuelo al ponernos en contacto con el Imperio en este momento.]
[Entiendo lo que dices, pero eso realmente está fuera de nuestro rango, ¿no es así, Julius? Deja que los superiores se preocupen por los detalles. ¿Alguna otra pregunta?]
El apuesto joven, Julius Juukulius, miró al Caballero a su derecha y murmuró:
[…Creo que aún hay buenas razones para cuestionar la elección del personal.]
El joven pelirrojo que estaba a su lado asintió y dijo:
[Estoy de acuerdo. El trabajo de guardaespaldas es una cosa, pero me deja perplejo que mi nombre aparezca relacionado con algo parecido a la diplomacia. Normalmente, tengo prohibido acercarme a la frontera.]
[Nada en el tratado dice específicamente que Reinhard van Astrea tenga prohibido hacer nada. Es más, en este caso, te han solicitado.]
[¿Lo hicieron, señor?]
El joven pelirrojo, Reinhard van Astrea, dio una mirada dudosa. Julius y Ferris parecían tan perplejos como él.
Marcos asintió a los tres y, con un profundo y serio suspiro, añadió:
[El Emperador del Sacro Imperio de Vollachia desea verte personalmente.]
Y eso fue todo.
Sección 2
[Reinhard, Ferris. ¿Qué les ha parecido la conversación?] preguntó Julius mientras salían de la oficina del Capitán en el santuario más recóndito del cuartel de la Guardia Real.
A su lado, Ferris abrió ampliamente los ojos.
[Son órdenes secretas, ¿verdad? ¿No estás siendo demasiado descuidado al hablar de ellas aquí en el pasillo?]
[No te preocupes. Mis Brotes han confirmado que no hay nadie alrededor. Si sigues sintiéndote incómodo, pide una segunda opinión a Reinhard.]
[Bien, pero no esperes mucho de mí… Correcto. Las únicas personas que hay están en el primer piso de las barracas… o fuera.]
[Parece que puedo esperar mucho de ti] dijo Ferris encogiéndose de hombros, con las orejas crispadas.
En realidad, Ferris no había dicho en serio lo del descuido. Confiaba mucho en el tacto de Julius y en las habilidades de Reinhard. Solo les estaba viendo la cara.
[En cualquier caso, no es una invitación que me alegre mucho de recibir] continuó. [El Reino y el Imperio están prácticamente enfrentados, ¿y quieren ver al Santo de la Espada? Si es una broma, no tiene gracia.]
[Y en este momento, de todos los tiempos. Si el Imperio nos hiciera algo ahora, sería un duro golpe para el Reino.]
La historia entre el Reino de Lugunica y el Imperio de Vollachia se remontaba a mucho tiempo atrás, y difícilmente podía llamarse amistosa. La lucha entre ellos había persistido durante más de cuatrocientos años, antes de que la Bruja de la Envidia aterrorizara al mundo. De las Cuatro Grandes Naciones que ahora se repartían el mapa entre ellas, Lugunica y Vollachia tenían la historia más larga, y era una de guerra. A menudo competían por el territorio del otro, dibujando y redibujando sus fronteras a lo largo de los siglos, y lo único que, al fin, había puesto un alto a esto fue el pacto de Lugunica con el Dragón.
El Reino colaboró con el Dragón para sellar a la Bruja y, a partir de entonces, la nación recibió la abundancia y la prosperidad que el Dragón Divino había prometido. Su benefactor protegió al país, manteniendo a raya la amenaza del Imperio, lo que condujo al dramático cese de las hostilidades.
[El detalle es que la paz se ha roto en todo menos en el nombre] comentó Julius. [Sigue habiendo escaramuzas, incluso después de cuatro siglos. No hemos visto grandes batallas, pero en todo caso, creo que la ambición del Imperio arde más que nunca.]
[Sí, y he oído que costó mucho mantenerlos a raya durante la Guerra Semihumana. Y también se rumorea que el imperio tuvo algo que ver con el descontrol del Dragón maligno, Valgren, ¿o no?] preguntó Ferris.
[Bueno, nunca han admitido públicamente estar implicados, pero en aquella época había unos personajes sospechosos merodeando por el Reino que algunos intuyen que convocaron al Dragón furioso.]
[El Imperio tiene domadores de dragones alados. No me sorprendería que realmente pudieran controlar a esas cosas…] frunciendo el ceño, Ferris se enderezó.
Los domadores de dragones eran personas con la capacidad de domesticar a las criaturas llamadas dragones alados, que se decía que solo poseía el Imperio. A diferencia de los dragones de tierra, que tenían modales suaves y solían ser amistosos con los humanos, los dragones alados eran bestias feroces que no mostraban ninguna simpatía por la humanidad. Si el Imperio podía domar monstruos así, tal vez podría obligar a dragones aún más poderosos a someterse a su yugo.
[Si los rumores son ciertos, es posible que un enorme ejército de ellos ataque Lugunica. Entonces tendríamos que contar contigo, Reinhard, para deshacernos de ellos… de alguna manera.]
[Si realmente se llega a eso, ten por seguro que daré hasta la última gota de mi fuerza por la causa] respondió Reinhard.
Tenía una ligera sonrisa, pero su respuesta a la pequeña broma de Ferris fue sincera.
Julius los observó bromear y acabó comentando:
[Sea como fuere, su animadversión hacia nuestro país es una herida que el tiempo no ha curado, por mucho que me duela decirlo. Y esa es solo una de las muchas cosas de esta misión que no tienen sentido para mí.]
Los viles rumores que circulaban sobre el Imperio no tenían fin. Habría sido ingenuo tomarlos todos al pie de la letra, por supuesto. Pero el gran número de ellos significaba, objetivamente, que tenía que haber algo que causara todas esas sospechas infundadas.
[También me inquieta que el Consejo de Sabios acceda tan fácilmente a la petición del Imperio] dijo Julius. [¿Alguna idea al respecto, Reinhard?]
El Consejo de Sabios era el órgano supremo que dictaba la política del Reino. En la práctica, eran la cabeza y el corazón de la nación. Y en este momento, ocupaban una posición crucial como la línea de vida literal del estado. Eran las órdenes de este consejo las que habían llegado a Marcos, Capitán de la Guardia Real.
Naturalmente, los Caballeros del Reino no estaban en posición de rechazar tales órdenes. Pero las dudas eran inevitables. Así pues, Julius quiso saber qué pensaba Reinhard, dado que era el mismo hombre nombrado por las instrucciones.
Reinhard guiñó un ojo y dijo:
[Claro, hay muchas cosas de esta misión que a mí también me inquietan. Pero las órdenes son las órdenes. Si quieren mi ayuda, estoy dispuesto a ofrecérsela. Obviamente, si están tramando algo, no podrán mantenerme callado.]
[Sí; sea lo que sea lo que esté planeando el Imperio, dudo mucho que pretendan hacerte daño.]
[Tu posición no es precisamente optimista, ¿cierto, Reinhard?]
Julius y Ferris, que estaban casi justo enfrente del joven pelirrojo, se miraron y se encogieron de hombros. El joven espadachín poseía unas habilidades sin parangón. Era un nivel de fuerza propio de quien heredó la Protección Divina y el título del Santo de la Espada. No era otro que Reinhard, cuya destreza en combate no tenía igual en toda la tierra, mayor incluso que la de Marcos. Ante su poder, casi todos los temores mortales podían considerarse innecesarios, incluso absurdos.
[El Reino se tambalea al borde del abismo, y envían al Santo de la Espada junto con el jefe del Consejo de Sabios al Imperio… Debieron haber presionado mucho al Capitán] murmuró Julius.
[Supongo que tendremos que asegurarnos de que nada salga mal] dijo Ferris con una sonrisa irónica.
“Pero, ¿a quién le iba a ir mal y qué tipo de problemas le esperaban?”
Plenamente consciente de la carga que suponía la próxima misión, Julius rezó al cielo para que protegiera la futura paz del Reino.
Sección 3
Eran tiempos de crisis para el Reino Dragón de Lugunica. El calvario les había llegado silenciosamente, pero de manera implacable; era un crisol que decidiría si la nación perduraría o sería destruida. El comienzo había llegado aproximadamente cuatro meses antes, con una plaga que asoló el Castillo Real. El contagio se extendió con temible rapidez y malicia, golpeando a todos los que compartían siquiera una gota de sangre con la Familia Real de Lugunica. El Reino se quedó sin Rey ni heredero. Al día de hoy, el trono seguía vacante.
En tal coyuntura, la diplomacia con el Sacro Imperio de Vollachia resultó ser especialmente importante. Para Lugunica, atrapada en estos apuros sin precedentes, las acciones de Vollachia probablemente determinarían la existencia futura del Reino.
[Aun así, no es una cuestión de política, sino del modo de supervivencia del Reino] murmuró un anciano, que acariciaba su larga barba blanca. [Nuestra incapacidad para responder con contundencia a la petición del Imperio solo puede considerarse un signo de nuestra propia impotencia.]
El orador vestía ropas finas y tenía una cara afable. Su aspecto destacaba especialmente por sus ojos inteligentes y su inconfundible vello facial; Era Miklotov McMahon, uno de los hombres más sabios de Lugunica. Si el Consejo de Sabios era la cabeza del Reino, Miklotov era el jefe del consejo. En ese momento, eso lo convertía en la persona más importante de la nación.
Julius, sentado frente a Miklotov, negó con la cabeza.
[No, milord, no estoy de acuerdo. El Consejo de Sabios y todos sus miembros han hecho todo lo posible por este Reino.]
[Y aun así no ha sido suficiente. Eso es todo.]
El gigante junto a Miklotov desestimó el intento de consuelo de Julius. Sus palabras cortantes eran principalmente una reprimenda dirigida a sí mismo más que a nadie. Y puede que dijera la verdad. Al fin y al cabo, él también era miembro del Consejo.
Bordeaux Zergev había sido uno de los guerreros más célebres del Reino. A pesar de sus muchos años, se mantenía en buena forma y era conocido por sus severas opiniones sobre sí mismo y sobre los demás. Sentados uno al lado del otro, Bordeaux y Miklotov daban la impresión de un gran árbol que se alzaba sobre una planta anciana. Pero ambos irradiaban la misma autoridad y causaban que el estómago de Julius se contrajera. Estos dos sabios eran el objetivo de esta misión; eran los hombres a los que Julius, Reinhard y Ferris habían recibido la orden de proteger. Eran emisarios especiales cuyo papel en las conversaciones diplomáticas con el Imperio no podía ser más vital.
[…]
Recordando una vez más la gravedad de su misión, Julius se enderezó, como correspondía al ambiente de la cabina. Al fin y al cabo, viajaba en el mismo carruaje de dragón que dos miembros del Consejo de Sabios. El carruaje estaba hecho especialmente para transportar a personas de importancia. Aun así, sería benévolo calificar el viaje de cómodo. Viajaba con dos de las personas más importantes de la nación, y Julius estaba realmente nervioso. No obstante…
[¿Jhm? Julius, ¿qué te pasa? ¿Te sientes un poco enfermo? ¿Quieres que te cure?]
[Es poco probable. Este carruaje se beneficia de la Protección Divina de la Evasión del Viento, y, además, Julius es uno de los mejores jinetes de dragón de la Guardia Real. No creo que debas preocuparte por él.]
[Ustedes dos nunca son divertidos.]
Los compañeros de Julius estaban sentados a ambos lados de él, charlando como si nada.
Estos tres miembros de la Guardia Real estaban frente a dos miembros del Consejo de Sabios. No había forma de saber exactamente qué pensaban Ferris y Reinhard, pero su actitud no parecía fingida. Cada uno de ellos tenía mucha más experiencia que Julius a la hora de tratar con figuras tan estimadas.
Ferris era un Caballero al servicio de la duquesa Karsten, mientras que Reinhard procedía de la familia de los Santos de la Espada y había sido incorporado a la Guardia Real a los catorce años. Decir que sus vidas habían sido diferentes a la de Julius sería quedarse corto.
[Y ahora, estás sonriendo, Julius; ¿qué pasa?] preguntó Ferris.
[No es nada.] Julius se encogió de hombros. [Tu actitud displicente puede ser mi salvación. No podía evitar pensar que soy un poco patético, dejándome llevar por los nervios y la preocupación.]
[No lo sabía. ¿Eso significa que eres capaz de sentirte preocupado?] dijo Ferris con ligereza.
[Jhm] dijo Bordeaux, cruzando sus fornidos brazos. [Preocupación. Una palabra débil. Supongo que los guardias ya no son como antes.]
Su mirada se posó en la Espada de Caballero que llevaba Julius.
[Un arma delgada para un chico delgado. ¿Crees que eso es suficiente para salvaguardar a un dignatario indispensable? Permíteme dejar una cosa muy clara: lo que sea de mí tiene poca importancia, pero si algo le ocurre a Sir Miklotov, nos va a salir caro.]
[…]
[¿Ni siquiera tienes agallas para hablar por ti mismo? Hubo un tiempo en que te habría liquidado por una actitud así.]
Julius se limitó a soportar en silencio la reprimenda de Bordeaux. No es que se sintiera intimidado por la posición del sujeto. Sus palabras tenían algo de verdad. Había sido un error expresar sus preocupaciones delante de los mismos hombres a los que estaba encargado de proteger, haciéndoles preguntarse si estaban realmente a salvo. Solo habría agravado el problema si hubiera intentado poner excusas, pero por encima de todo…
[Un Caballero de la Guardia Real no habla con sus palabras, sino con sus actos. El Capitán Marcos nos lo enseñó.]
La respuesta no vino de Julius, que permaneció en silencio, sino de Reinhard. Marcos había inculcado esa máxima a sus subordinados. Y nadie era más fiel a ese principio que el propio Marcos Gildark.
[Marcos, ¿eh? …el cachorro de Razak realmente ha encontrado su camino en el mundo.]
[¡Jo-jo-jo! Tal vez deberíamos dejarlo así, Sir Bordeaux.] Miklotov arrugó sus pobladas cejas y se rio. Después, su arrugada cara adoptó una expresión pensativa y se pasó una mano por la barba. [Hemos pedido al propio Capitán Marcos que elija al personal para esta misión. Tengo entendido que tenemos con nosotros a lo mejor de la Guardia Real.]
[Nos honra] dijo Julius, inclinándose con modestia. Reinhard y Ferris inclinaron igualmente la cabeza.
[Ferris cree que es demiausiado idealista] comentó Ferris en voz baja.
[Esa es una de las mejores cualidades de Julius] replicó Reinhard, igualmente en voz baja. Después, le dio una mirada al chico gato. [Es algo que me gustaría aprender de él.]
A Julius Juukulius se le conocía por el pseudónimo de «El Caballero Perfecto», un apodo que reflejaba tanto lo mucho que se valoraban sus habilidades como una justa apreciación de su hoja de servicios. Sin embargo, el portador del título podía ser demasiado modesto para admitirlo.
[Mhm. Ya se puede ver el Palacio de Cristal.]
Miklotov agradeció las reverencias de los jóvenes Caballeros con una sonrisa y luego miró por la ventana. Siguieron su mirada para descubrir un gran edificio que se elevaba hacia el cielo, directamente en el camino del carruaje de dragón.
El Palacio de Cristal, el castillo imperial de Vollachia, estaba situado en la capital del Imperio, Lupugana. Se habían utilizado piedras mágicas en la construcción de las paredes, las torres y todo lo que hacía del castillo un castillo. Era un edificio hermoso e imponente, símbolo tanto de las ricas minas de piedras mágicas del Imperio como de su inmenso poder.
Julius emitió un suspiro de admiración tras ver por primera vez con sus propios ojos aquel edificio, tan grandioso como los rumores insinuaban.
[¡Santo cielo!] exclamó Ferris a su lado. [He oído las historias, pero ese castillo es de mal gusto…]
Julius jadeó bruscamente.
[Ferris, no puedo aceptar que esa sea tu primera reacción al ver este edificio. Cada centímetro de ese castillo ha sido cuidadosamente medido y diseñado con sumo cuidado… seguro que hasta tú te das cuenta.]
[Ah, eso es. A Ferris simplemente le desagradan esas extrañas fijaciones tuyas, Julius.]
Ferris echó las orejas hacia atrás para indicar que ya no le interesaba seguir hablando. Julius le guiñó un ojo, provocando un sonoro [Jo-jo-jo] de Miklotov.
[Puede que sea elaborado, pero también es notablemente funcional] dijo el anciano. [El Imperio cuenta con algunos escultores de piedra mágica realmente consumados. El Palacio de Cristal no solo es hermoso, sino que también ofrece al Emperador defensas prácticamente inexpugnables.]
[He oído que, en momentos de necesidad, una sola piedra del Palacio de Cristal puede amplificar la magia hasta miles de veces su poder habitual… ¿Es cierto?] preguntó el hombre de cabello morado.
[Yo también me lo pregunto. Si tenemos la oportunidad, ¿se lo preguntamos personalmente a Su Excelencia?]
El comentario desenfadado de Miklotov hizo que Julius se arrepintiera de su propia infantilidad. La curiosidad le había ganado. Eso no iba a aumentar la confianza de Bordeaux.
[Creo que es cierto que tienen increíbles escultores de piedra mágica. Quiero decir… ¿lo entiendes?]
Ferris, aparentemente ajeno a la agitación interna de Julius, dirigió una mirada penetrante a Reinhard. El otro joven esbozó una media sonrisa y se abrió el cuello del uniforme.
Un collar metálico desconocida colgaba de su pálida piel. Había sido fabricada con alguna técnica especial y tenía engarzado un cristal mágico que brillaba tenuemente.
[Un collar] comentó Ferris. [Eso sí que me suena al Imperio de Vollachia.]
[Yo tampoco sé hasta qué punto esto sería normal en el Imperio] dijo Reinhard, llevándose una mano al accesorio en cuestión.
Una cosa era segura: no lo llevaba por gusto. Era una restricción que Reinhard estaba obligado a llevar en este viaje.
[Un collar de sumisión, ¿verdad? ¿Cómo es? ¿Realmente funciona contigo, Reinhard?]
[Me hace sentir algo aletargado. No puedo decir exactamente hasta qué punto está limitado mi poder, pero supongo que podría decirse que funciona en la medida en que claramente no puedo usar todas mis habilidades.]
Esto hizo que Julius se diera cuenta de lo realmente nervioso que estaba el Imperio por Reinhard. El Collar de Sumisión, que Reinhard había sido obligado a usar, no era tanto un objeto que limitaba las capacidades de su portador como uno que coartaba su libertad. Prácticamente rozaba la esclavitud. Francamente, exigir que alguien invitado como emisario especial llevara algo así se consideraba totalmente irrazonable.
[Por lo que he oído, si llevo este collar podría cambiar todo el curso de las relaciones entre nuestros países.]
[…Realmente me duele que te hayas visto obligado a ceder tu libertad de esta manera] dijo Julius. [Y aplaudo tu decisión.]
[Actúa todo lo solemne que quieras] interrumpió Ferris. [Sigue siendo un collar.] Después se encogió de hombros de forma dramática. Sin embargo, en el mismo aliento continuó, [Pero mira esto. Dos miembros del Consejo de Sabios y el Santo de la Espada… Esto no puede ser un complot secreto del Imperio para socavar Lugunica, ¿o sí? ¿Quieren asesinar a Reinhard o algo parecido?]
[Pero sin duda eso significaría la guerra, y el Dragón no se quedaría de brazos cruzados… O eso me gustaría pensar, aunque de momento no estoy tan seguro.]
[Sí. No podemos contar con el Dragón Divino. Lo único en lo que podemos confiar es en ¡nuestra propia fuerza! Así que escucha, Reinhard: Asegúrate de acabar con todo el Imperio antes de que te atrapen. Tú solo.]
[La defensa es la consigna de un Caballero, Ferris. Si atacan primero, es una cosa, pero no puedo ir por ahí cortando cosas por una vaga sensación de inquietud.] Reinhard esbozó una ligera sonrisa.
[Sabes, lo que da miedo es que no hayas dicho que no podías destruirlos…]
Ferris se abrazó los estrechos hombros y se estremeció. Julius escuchó la conversación y se preparó para otra reprimenda de Bordeaux.
[Los Caballeros de la Guardia Real deberían…]
Pero el anciano fue interrumpido por una pequeña risa de Miklotov.
[¿Vas a reprenderlos? Recuerdo que cuando eras un Caballero eras aún más atrevido.]
Bordeaux puso mala cara y se calló. Volteó para mirar por la ventana, con el Palacio de Cristal que se acercaba reflejado en sus ojos.
[El Santo de la Espada, «El Perfecto» y «El Azul»… Es cierto, me recuerda todos los problemas que tuvimos entonces.]
Pero nadie oyó lo que murmuraba para sí mismo; sus palabras fueron arrastradas por el paisaje que pasaba rápidamente.
Sección 4
El Imperio de Vollachia era una gran nación situada en el extremo sur del mapamundi. Gozaba de tierras ricas y fértiles y de un clima templado. Las temperaturas variaban poco a lo largo del año, sin que nada se acercara a lo que podría llamarse una estación cálida o fría. Esto garantizaba que la inmensa mayoría de los habitantes del Imperio no se vieran amenazados por el hambre, confiándose al cuidado del Estado.
Aun así, al mismo tiempo, un entorno tan pródigo generaba aburrimiento, y el aburrimiento allanaba el camino al descontento. Para evitar la propagación de tal letargo, el Imperio de Vollachia había exhortado durante mucho tiempo a su pueblo a ser fuerte de espíritu, una enseñanza profundamente reflejada en el gobierno y las políticas de la nación.
En el Imperio, los fuertes se situaban por encima de los débiles y eran respetados por ello. El propio Emperador no era una excepción. De hecho, el llamado Rito de Selección Imperial, por el que se elegía al gobernante de Vollachia, era la cúspide de esta filosofía. Los Emperadores de Vollachia tomaban muchas esposas por todo el país, y ellas les daban muchos hijos. Estos vástagos imperiales se enfrentaban entre sí en una sangrienta lucha por el trono, y el último superviviente ascendía para convertirse en el siguiente Emperador.
Destruye a tus hermanos, humilla a tus hermanas y conviértete en gobernante. Parecía propio de bestias, pero así era como la Familia Imperial predicaba con el ejemplo, y era esta doctrina inflexible la que otorgaba a los Emperadores un férreo control sobre el pueblo.
Así era esta tierra, y así era el espíritu necesario para construir un Imperio fuerte…
[Levanten la cabeza. Les concedo permiso.]
La voz tenía la gravedad suficiente para provocar un escalofrío en el alma de cualquiera que la escuchara.
No era un escalofrío de ninguna emoción tan fácilmente clasificable como alegría o placer, ni de terror o repulsión. Si Julius tenía que expresarlo, sentía que era lo más parecido a lo que había experimentado cuando se enfrentó a los dos miembros del Consejo de Sabios en aquel carruaje de dragón. Por otro lado, esto estaba en un nivel completamente diferente.
[…]
Sin decir nada, Julius se levantó lentamente de la reverencia que había hecho como correspondía. Frente a él estaban los dos sabios, y a su lado sus dos compañeros, también levantando la cabeza. Julius los contempló de un vistazo, y luego miró una vez más al estrado que tenía delante. En el trono situado en el extremo opuesto de una alfombra roja estaba sentado un hombre que desprendía una majestuosidad incomparable. Julius apenas podía respirar.
El hombre del trono era apuesto y joven, de cabello negro y ojos almendrados. Probablemente rondaba los veinte años, tenía la piel pálida y su esbelta figura estaba vestida con un traje rojo y negro. Parecía evitar la ostentación, dada la evidente ausencia de joyas y accesorios. Aunque su elegante figura era bastante llamativa, había poco más que lo distinguiera físicamente a simple vista.
Excepto, tal vez, por la fuerza abrumadora que emanaba de su mirada y su postura.
En este mundo, no escaseaban las personas que se ganaban la lealtad de quienes los rodeaban por su mera presencia. Muchos de ellos alcanzaban un gran éxito, obteniendo puestos acordes con sus enormes recursos o su agudo ingenio, pero el joven que Julius tenía ante sus ojos era una gema rara incluso entre las piedras preciosas, una criatura pulida hasta la perfección…

Así era el septuagésimo séptimo Emperador de Vollachia, Vincent Vollachia. Julius y los demás delegados del Reino habían sido conducidos a la sala de audiencias del Palacio de Cristal de Lupugana, donde se arrodillaron ante el Emperador y le rindieron reverencia, como era de rigor en una audiencia imperial.
El trono, al igual que el propio palacio, estaba hecho de magnífica piedra mágica. Tras él se alzaba un estandarte con el escudo nacional de Vollachia: un lobo atravesado por una espada. Soldados blindados se alineaban a ambos lados de la sala, en absoluto silencio. Todos y cada uno de ellos destilaban un valor marcial casi palpable. Hacían que Julius se sintiera nervioso y en guardia a la vez. Naturalmente, puso especial cuidado en no hacer nada que pudiera considerarse inapropiado en aquel lugar.
Sin embargo, el emperador Vincent no le hizo caso. En su lugar, guiñó un ojo y dijo:
[Miklotov, has envejecido mucho desde la última vez que te vi.]
Su expresión no cambió en ningún momento, ya que, en lugar de un saludo apropiado, hizo un comentario burlón.
[Jhm] dijo Miklotov con un suspiro familiar. [Pero usted, Su Excelencia, está cada vez más radiante. Me deja bastante claro lo mucho que se han desgastado estos viejos huesos… Verá, hasta el color ha desaparecido de mi cabello.]
[Un viejo árbol nunca tuvo una lengua tan astuta. Ya han pasado siete años desde que asumí el trono, pero nunca he visto un solo atisbo de color en tu cabello desde el día en que nos conocimos.]
[¿Ah, no? Jhm. Un lapsus de mi memoria, entonces. Ya sabe lo que la edad le hace a un hombre. Quizá debería empezar a prepararme para jubilarme de verdad.]
Miklotov se acarició la barba blanca mientras desviaba suavemente el comentario del Emperador.
[Ja.] Vincent rio entre dientes, sabiendo que Miklotov no pretendía hacer tal cosa. [Si te retiraras del servicio público, sería sin duda un golpe devastador para Lugunica. Aunque, en el Imperio podríamos dar la bienvenida a tal acontecimiento. Ah, pero basta de tantearnos. Abre tu corazón ante mí, Miklotov.]
[Una orden bastante intimidante de Su Excelencia.]
[Un juego de palabras mal aconsejado te servirá de poco aquí. Ten cuidado de que un desliz de la lengua no mancille tu reputación en sus años crepusculares.]
La conversación era jocosa, familiar, pero mantenía la tensión de un duelo a espada, con Miklotov sondeando con una broma suave y Vincent respondiendo con una réplica afilada. El ambiente de la sala parecía congelarse con este vaivén entre dos hombres que eran pilares de sus respectivas naciones. Pero en este momento de aparente estancamiento, el otro sabio entre los emisarios decidió intervenir en la contienda, y lo hizo con un método único.
[Este principito es aún más grosero de lo que había oído. Supongo que no esperaba menos que una arrogancia perfecta del Emperador de Vollachia.] es decir, optó por criticar al Emperador, en voz baja, pero a la cara.
El orador era Bordeaux, arrodillado junto al venerable Miklotov, con su enorme complexión algo oculta por su postura encorvada. Su comentario, su provocación, más bien, incitó una onda expansiva en la sala de audiencias. No se podía esperar que los Soldados Imperiales mostraran piedad al responder a las calumnias contra su Señor. Se levantaron de sus posiciones de descanso, con las espadas rectas apretadas contra el grueso cuello de Bordeaux.
Fue una jugada explosiva por su parte, pero si cometía un error en su próximo movimiento, la sala de audiencias se llenaría de sangre…
[¿Qué es esto? Me imaginaba que me rebanarían sin pensárselo dos veces; nunca imaginé que los imperiales fueran tan compasivos.]
Bordeaux se limitó a mirar la panoplia de acero descubierto, resopló y se levantó. Los hombres que lo rodeaban tenían la constitución de soldados entrenados. Aun así, Bordeaux sobresalía por encima de ellos. El soldado imperial más cercano al anciano se dio cuenta de repente de que su presa lo estaba mirando y tembló ligeramente ante el poder que irradiaba Bordeaux; la punta de su espada tembló. Un instante después, el aterrorizado soldado obligó a su brazo a permanecer inmóvil, forzando a la espada a no temblar.
[Es suficiente. Recuerden ante quién se encuentran.]
A solo unos respiros de que se desatara el infierno, el Emperador intervino. El deseo de batalla de los soldados se desvaneció al instante y, tras un momento de vacilación, envainaron sus espadas. Si el Emperador hubiera esperado unos segundos más, Bordeaux podría haber sido abatido.
No obstante, ese hecho no pareció preocuparlo en lo más mínimo.
[Muy amable, Su Excelencia. ¿Le dijeron sus Astrólogos que fuera especialmente amable con los emisarios?]
[Nuestros Astrólogos son realmente previsores, pero no deseamos convertirnos en un títere que baila con sus hilos. Y no nos molestaríamos en consultarlos sobre su destino.]
[¿Oh-jo?]
[«¿Quién sería tan insensato como para perder los estribos por los ladridos de un perro mal adiestrado? ¿O quizás tiene menos que ver con una falta de entrenamiento que con una deficiencia de inteligencia? De ser así, aún más razón para compadecerlo».]
[¿Cómo te atreves…?]
Bordeaux se enfureció cuando su burla fue vista y superada por una aún mayor. Era evidente que tenía ganas de pelea, y los Soldados Imperiales de la sala empezaron a animarse de nuevo.
Pero no dejarían que la situación derivara en violencia física.
[Ese diálogo de hace un momento fue de «La Guillotina de Magritsa». Una conversación entre un sabio de gran intelecto y un rey-padre…]
[¿Qué?] preguntó Bordeaux, desconcertado por el inesperado murmullo que se adelantó a su rabia.
Por otro lado, Vincent respondió con un «Jhm» su interés fue despertado por alguien que antes había sido casi invisible a sus ojos alzados. Ahora era Julius quien soportaba el peso de la mirada del Emperador.
[Parece que hay algunos hombres con cierto entendimiento mezclados con esta manada de mestizos iletrados.]
[Por favor, acepte mis profundas disculpas por mi falta de respeto, Su Excelencia. Es el colmo de la presunción por mi parte entrometerme en la conversación de un Emperador.]
[Perdonado. Verán, somos misericordiosos con todos, exceptuando a los más despreciables. Incluso con los perros… y sus similares… entre ustedes.]
Vincent se las arregló para complacer la interrupción de Julius y lanzar otro comentario cruel a Bordeaux en el mismo aliento. Pareció entonces que incluso Bordeaux se daba cuenta de que el anterior intercambio de palabras era una referencia literaria a un texto antiguo y no un simple combate verbal.
Dirigiendo una expresión amarga no solo a Vincent, sino también a Miklotov, Bordeaux dijo:
[Sir Miklotov, veo que me he puesto en ridículo sin motivo.]
[Mhmm. Y es agonizante para ti, no me cabe duda… Pero no te esfuerces demasiado. Ni tú ni yo podemos permitirnos comportarnos como lo hicimos hace tanto tiempo.]
[Todavía podría aplastar esa ramita con una mano.]
A Bordeaux le hervía la sangre, y Miklotov solo pudo sonreír con nostalgia. Entonces, Bordeaux dejó de sonreír, juntó la palma de la mano y el puño delante del pecho mientras se inclinaba ante Vincent.
[He ofendido a Su Excelencia. Pido disculpas por mi falta de respeto y de estudio.]
[En ese caso, he de suponer que debo retractarme de nuestros comentarios sobre su parecido con un canino, Consejero «Perro Loco» Zergev.]
Al llamado Perro Loco no le hizo mucha gracia oír ese nombre, pero regresó obedientemente a su sitio. Su evidente disgusto se debía, sin duda, a una combinación de eso y del hecho de que su verdadera naturaleza hubiera quedado tan al descubierto. Y quizá también algo de frustración consigo mismo por no haberse dado cuenta antes sobre el hecho de que el Emperador lo llamara perro era, en parte, seguramente un juego de palabras con aquel viejo título.
No obstante…
[Bien, ahora que se han aclarado estos diversos malentendidos y se han enmendado todas las palabrerías, quizá pueda atreverme a plantear el asunto que nos ha traído aquí en esta ocasión.]
Bordeaux había salido mal parado en la escaramuza que acababa de terminar, pero todo el episodio en realidad había ayudado a aliviar la tensión en la sala de audiencias. Miklotov aprovechó la ocasión para tomar la iniciativa en la conversación. Vincent guiñó un ojo ante la sugerencia del anciano, bajando generosamente la cabeza. El estado de ánimo exacto del hombre resultó difícil de discernir.
[Muy bien. El tiempo es finito; es más preciado que el oro. Y el nuestro vale más que el de la mayoría.]
[Estamos agradecidos, Su Excelencia. La razón de nuestra visita puede ser expresada de manera simple: Venimos con la esperanza de concluir un pacto de no agresión entre nuestro Reino y su Imperio.]
[…]
Hubo una especie de jadeo sin voz. Al revelar su verdadera intención, la impresión que dio Miklotov cambió por completo. Su calidez de abuelo desapareció, y lo que más brillaba ahora en los ojos del viejo sabio era una fría inteligencia. Incluso Julius y los demás, que sabían lo que se avecinaba, contuvieron instintivamente la respiración ante el repentino cambio de actitud. Las palabras que pronunció Miklotov y la naturaleza brutalmente directa de su petición no fueron menos chocantes. Del mismo modo, las tropas asistentes estaban obviamente desconcertadas.
Solo unas pocas personas en la sala no mostraron ninguna reacción especial ante la sugerencia: El propio Miklotov, Bordeaux, que estaba a su lado, y el que se encontraba sentado frente a ellos, el blanco mismo de este golpe, Vincent.
[…]
El Emperador guardó silencio, observando al sabio que lo miraba. Los ojos oscuros del gobernante tenían tal poder que parecía que podían incendiar cualquier cosa con una simple mirada. Pero el sabio aguantó la mirada con decisión, totalmente inmóvil, aunque le abrasara. Justo cuando parecía que el silencio entre ellos no podía hacerse más profundo…
[Empezando por Randohal Lugunica, todos los miembros de la Familia Real han caído enfermos] anunció el Emperador. [El Reino Dragón de Lugunica ha sido sacudido hasta sus centros, tal vez fatalmente.]
[¿Quién puede asegurarlo?]
[No intentes encubrirlo; no tiene sentido. Cuando un rumor comienza a extenderse en la ciudad, es como si nos lo susurraras directamente al oído. No esperes que nos quedemos aquí entreteniendo tu juego de acertijos.]
La muerte del Rey y el fin del Linaje Real nunca se habían hecho públicos. Sin embargo, las bocas nunca podían cerrarse como las puertas. Hacía tiempo que en la capital de Lugunica corría el rumor de que la salud del Rey estaba quebrantada, y solo era cuestión de tiempo que se hiciera público que el soberano había sucumbido a una enfermedad. Era imposible que el Imperio de Vollachia, que vigilaba todos los movimientos de la Familia Real de Lugunica, no estuviera al tanto de este acontecimiento.
[Esto no es propio de ti, al que todos llaman sabio. Sorprendido y un paso por detrás. Una vez que se haga de conocimiento general que su Familia Real está en apuros, el valor de las misiones diplomáticas de su nación se devaluará precipitadamente. De hecho, serán casi inútiles.]
[…]
[Díganme, con el Linaje Real extinguido, ¿qué pasa con su contrato con el Dragón Divino? Deberíamos pensar que sería de suma preocupación para ustedes por encima de todo. Sin su apoyo, ninguno de los miembros de la realeza de su nación es más que un tonto aficionado.]
No había malicia en las palabras del Emperador. Simplemente expuso la realidad de la familia gobernante de Lugunica. Al menos algo de lo que dijo era un hecho, y una opinión política ampliamente reconocida. La realeza de Lugunica había sido demasiado bondadosa para estar por encima de los demás. Su virtud era impropia de su posición y, a sus espaldas, muchos incluso decían que carecían por completo de perspicacia política. Sin embargo, era esa misma decencia básica la que les cosechaba el respeto del pueblo llano.
El propio Julius era perfectamente consciente de estos hechos. Había tenido el privilegio, aunque breve, de estar cerca de un miembro de la Familia Real antes de que el joven muriera. Aquello inspiraba en Julius una especie de leve pánico. Porque otro, que había estado mucho más cerca de aquel príncipe, estaba a su lado…
[Tú, el joven bestia. Si tienes algo que decir, pronúncialo con la boca, no con los ojos.]
[…]
Julius no pudo hablar; sus temores se hicieron realidad cuando la mirada del Emperador se posó en el arrodillado Ferris. El muchacho solía ser muy tranquilo, pero la mirada que dirigía a Vincent estaba cargada de emoción. Las palabras de Vincent lo habían enfurecido. Escupir sobre la memoria de la realeza fallecida era una de las pocas cosas que podían indignar a Ferris.
Aún arrodillado, Ferris tomó al gobernante por su palabra y habló.
[Entonces, con el debido respeto, diré lo que pienso, Su Excelencia. Estén vivos o muertos, no puedo permanecer en silencio cuando se calumnia a la Familia Real, aunque sea la palabra de un Emperador. Somos emisarios especiales del Reino de Lugunica, y yo soy miembro de la Guardia Real.]
Su cuidadosa elección de palabras lo mantuvo dentro de los límites de la corrección, pero su ira latente quedó al descubierto. Vincent reconoció la hostilidad de Ferris sin siquiera cambiar de expresión.
Los funcionarios públicos son diferentes. Tal parecía ser el mensaje, y Ferris frunció aún más el ceño.
[Piense lo que quiera, Su Excelencia. Pero todos y cada uno de los miembros de la Familia Real eran personas íntegras, dignas de lealtad. Yo mismo serví al príncipe con un corazón alegre…]
Vincent interrumpió a Ferris en silencio, tamborileando con los dedos en el brazo de su trono.
[Valentía, lealtad, fidelidad… Nadie aprecia tanto estos méritos intangibles como quienes no tienen otros talentos evidentes. Dicen que la lealtad puede incluso inspirar a alguien a dar su propia vida. No obstante…]
Dirigió sus ojos oscuros hacia la fila de Soldados Imperiales. Entonces…
[Tú, el lacayo de allí. Sí, tú.]
[¡Su Excelencia!]
El Emperador había señalado a uno de los soldados que antes había desenvainado su espada contra Bordeaux. El hombre se adelantó e hizo una profunda reverencia. Antes de que pudiera levantarse de nuevo, el Emperador dijo:
[Toma esa espada tuya y córtate la cabeza.]
[¿Eh…?]
Un sonido de pura sorpresa salió de Ferris. Pero Vincent lo ignoró, golpeando de nuevo el reposabrazos.
[Soy benevolente; lo he de repetir. Empuña tu espada y córtate tu propia cabeza. ¿No puedes hacerlo?]
[¡S-Su Excelencia!]
La garganta del hombre tembló ante la sádica orden del Emperador. Apenas un segundo después, se había arrodillado en su lugar y quitado el casco. Parecía un muchacho fornido de unos veinte años. Apretando los dientes, desenvainó la espada que llevaba en la cadera y se la puso en el cuello. Sus músculos se tensaron.
[Me temo que no puedo quedarme de brazos cruzados.]
Un instante antes de que la cabeza del joven rodara por el suelo, alguien lo detuvo. Era Reinhard, que se había movido tan deprisa que había sido casi invisible para todos. Seguramente había estado arrodillado un momento antes, pero el muchacho pelirrojo había recorrido varios metros en el tiempo de un suspiro, interceptando la espada del joven. ¿Había visto alguien el rápido movimiento?
Tras presenciar la espectacular exhibición del Santo de la Espada, Vincent dejó de tamborilear con los dedos.
[Mhm. Habíamos oído infundios, pero… Jhm, bueno, no siempre se puede uno se puede fiar en ellos. Te hemos juzgado muy mal.]
[Debe perdonarme por ser tan atrevido… Y por no cumplir las expectativas de Su Excelencia.]
[Todo lo contrario. Las has superado con creces.]
Reinhard se inclinó ante las palabras de elogio del Emperador y soltó la espada que el soldado tenía preparada para suicidarse. El soldado cayó de rodillas, aliviado, y Reinhard volvió a su lugar ante el trono, saludando a Ferris con la cabeza. El joven semihumano, estupefacto ante la rapidez de los acontecimientos, recobró por fin el sentido. Vincent apoyó la barbilla en las manos mientras observaba el desarrollo de los acontecimientos.
[Es tal como lo que ves, joven bestia. No alardees de lealtad ante nosotros como si fuera de gran valía. La obediencia es simplemente el efecto secundario de un gobernante que está firmemente en control. El que se aferra a la lealtad es más tonto por ello.]
[¡…!]
Ferris apenas podía hablar.
[Y tú, el soldado: Puedes retirarte. Ya hemos tenido suficiente divertimento por ahora. Confieso que no encuentro placer en atormentar a los sangre impura.]
La herencia de Ferris estaba más que clara en sus orejas de gato y en su cuerpo. Se sintió humillado, pero era demasiado listo para seguir discutiendo con Vincent. Se inclinó, aunque deseaba desesperadamente hacer cualquier otra cosa y se arrodilló una vez más. Tal era el orgullo de Ferris, un sanador capaz de salvar la vida misma. Parecía que el Emperador había discernido incluso eso en el transcurso de un simple diálogo.
[Qué grupo tan divertido es este] dijo Vincent. [Me habían informado que iba a recibir la visita de un grupo de emisarios del Reino, pero ¿quizá nos hayan enviado una compañía de artistas ambulantes por descuido?]
[Si Su Excelencia lo desea, no nos resistiremos a ofrecerle alguna diversión.]
[Por muy benévolo que sea mi corazón, no soy de los que disfrutan con el espectáculo de un viejo árbol sacudiéndose las hojas. Su súplica ha sido escuchada. La sentencia se dictará más adelante. Retírense.]
Con un ademán, el emperador Vincent indicó a Miklotov y a los demás que abandonaran la sala de audiencias.
Todo había sido distracciones y rodeos; apenas habían hablado del tema crucial. Eso, al menos, fue lo que sintió Julius, pero Miklotov asintió obedientemente y se inclinó de forma profunda una vez más.
[Le agradecemos que nos dedique tanto de su precioso tiempo y esperaremos su juicio.]
Parecía perfectamente acostumbrado a la arrogancia del Emperador y se dispuso a retirarse cortésmente. Los demás se sintieron decepcionados, pero siguieron el ejemplo del sabio. Estaban a punto de seguir al soldado que los guiaba fuera de la sala de audiencias cuando…
[Ah, sí, es cierto.]
Una palabra de Vincent, apenas un susurro, los frenó. Julius y los demás se detuvieron con la puerta de la sala de audiencias prácticamente delante de ellos. Entonces los cinco se dieron la vuelta mientras la voz continuaba:
[Hemos dicho que no lo repetiría tres veces. ¿Correcto?] el Emperador parecía casi aburrido en lo alto de su trono.
Un sonido desagradable siguió.
[Arggh… ghh…]
Una espada se manchó de sangre cuando el acero se enterró hasta la mitad en el cuello expuesto.
El joven de la espada de antes gimió, tosiendo sangre, y luego se desplomó donde estaba. El acto fue realizado con cruel cortesía. Primero se había apartado de su puesto para no ensuciar la alfombra roja. La herida era mortal.
[¡¿Por qué?!]
Parecía que el joven había logrado escapar con vida, pero ahora optaba por tirarla a la basura. Ferris tragó saliva tras darse cuenta de lo que acababa de ocurrir e intentó correr hacia el muchacho caído. Pero los otros Soldados Imperiales desenvainaron sus espadas y le cerraron el paso.
[¿Qué…?]
[Esto es lo que significa tener el mando en Vollachia. Te será conveniente no olvidarlo.]
Tras ser rechazado por el acero desenvainado, las brutales palabras del Emperador se dirigieron a la espalda del mudo Ferris. La realidad le pesó en el corazón e hizo que se le oprimiera el pecho, Julius sintió lo mismo.
Las filosofías de Vollachia y Lugunica nunca coincidirían. El abismo que dividía a sus dos naciones se había vuelto inquietantemente claro, reflejado en la sangre que se extendía lentamente por el suelo.
Sección 5
[¡…Aún podría haberlo salvado!]
Habían abandonado la sala de audiencias y se encontraban en algún lugar de los pasillos del Palacio de Cristal. Ferris susurraba para sí mismo, con la cara sombría y abatida.
[Ferris…]
[Si no me hubieran detenido, podría haberlo salvado… No tiene ningún sentido.]
Sus delgados hombros temblaban, su voz estaba llena de frustración. La profundidad de su vergüenza era inconfundible, y Julius descubrió que no encontraba palabras que ofrecer. Ferris hablaba desde su orgullo como sanador, como alguien que apoyaba la vida. Cualquier intento de consuelo que Julius hubiera podido hacer habría parecido simplista. Aún estaba buscando algo que decir cuando…
[Seguro que fue una gran sorpresa para los visitantes extranjeros.]
Le sorprendió la expresión de su guía, que los miró.
[…]
Por un momento, Julius no dijo nada, contento de reflexionar sobre las palabras del soldado imperial que les había hablado. Desde que había cruzado la frontera se había encontrado con no pocas tropas de aquel país, y ninguna de ellas era como su guía. Tal vez se debiera al carácter bélico que irradiaban la mayoría de los soldados del Imperio, pero que curiosamente no desprendía el hombre que tenían delante.
Esta diferencia de disposición parecía reflejarse también en la singular apariencia del tipo. Las tropas de Vollachia solían ir cubiertas de pies a cabeza con equipo de hierro y acero, como si quisieran anunciar que eran soldados poderosos. Este hombre llamaba la atención por su cara expuesta y visible. Era alto y llevaba el cabello castaño peinado hacia atrás. Sus ojos caídos y su amable sonrisa proyectaban una simpatía atrayente, pero su forma de comportarse lo hacía parecer tan peligroso como la punta de una lanza, como algo que exigía precaución.
Puede que su equipo fuera diferente al de las demás tropas imperiales, pero estaba claro que no era alguien con quien se pudiera jugar más que con los demás soldados. De hecho, era evidente que se le permitía llevar un equipo distintivo específicamente porque se le reconocía como alguien por encima de los demás.
Julius estudió todo esto, y luego comenzó su respuesta:
[Sí, es cierto. Mentiría si dijera lo contrario. Para explicar lo que siente mi amigo, no me gustaría pensar que esto es lo que se considera una bienvenida en el Imperio.]
[¿Una bienvenida? No exactamente, pero tampoco está muy alejado de una… En cualquier caso, no lo culpo por estar horrorizado. Quizá todo era demasiado emocionante para los extranjeros.]
[No es cuestión de lo emocionante que fuera…] murmuró Ferris en medio de la conversación.
Julius decidió dejar pasar su comentario, optando por seguir hablando con el soldado. La respuesta tranquila, casi despreocupada, le había dado una idea de quién era aquel hombre.
[Creo que aquí, en Vollachia, sería usted un general, ¿correcto?] dijo Julius.
[Ah, está bien informado. Sí, un soldado raso común asciende a Soldado de Primera Clase. Por encima de él, se alcanza el rango de General de Tercera Clase, luego el de General de Segunda Clase y, finalmente, el de General de Primera Clase; esa es la costumbre. Cuando alcanzas el rango de general, por fin te liberas de esa armadura asfixiante.]
[Me han dicho que los de primera clase representan lo mejor que puede ofrecer el Imperio, y que hay nueve en total: los llamados Nueve Generales Divinos.]
«En el Imperio triunfan los fuertes». Esa era la única y más importante enseñanza en Vollachia. El linaje y el derecho de nacimiento tenían una importancia mínima, lo que significaba que cada uno era juzgado por su fuerza individual. Como meritocracia pura y dura, el Imperio de Vollachia valoraba el poder por encima de todo.
Estos Nueve Generales Divinos tenían un rango más o menos equivalente al de los capitanes de las órdenes de Caballeros de Lugunica. Y si el juicio de Julius no estaba equivocado, el hombre que tenían delante era uno de ellos…
[Parece que no vale la pena fingir, así que confesaré que soy uno de esos nueve. Balleroy Temeglyph, un placer conocerlo.]
[…Así que nuestro escolta viene directamente de los Nueve Generales. El Imperio sí que sabe ser hospitalario.]
Cuando Bordeaux oyó que uno de los guerreros más poderosos de Vollachia era su guía personal, se le formaron profundas arrugas en la frente.
Balleroy, imperturbable, se dio un golpecito en la frente y replicó:
[Santo cielo. No hay mucho que decir si lo pone así. Solo demuestra lo mucho que el Emperador valora a nuestros queridos invitados.]
Ferris, incapaz por fin de aguantar más, interrumpió:
[Ustedes sí que tienen un extraño sentido de lo que significa valorar a alguien.]
Desde la humillación de la Familia Real de Lugunica, devastada por la peste, hasta el suicidio innecesario, todo lo que había sucedido en la sala de audiencias parecía diseñado para crispar los nervios del semihumano. No era de extrañar que no pudiera aceptarlo como una muestra de consideración por parte del Imperio.
[Como dije antes…] Balleroy, sintiendo la tensión en el aire, guiñó un ojo y crujió los huesos de su cuello. [Puede que sea demasiado emocionante para los visitantes, pero para nosotros es solo un día de trabajo. Parece que le sentó especialmente mal a su bonita amiga.]
[¿Un día de trabajo? ¿Estás loco?]
[Ferris.]
[Uy, no se preocupe por eso. Piense que esa reacción es muy normal, porque lo es.]
Julius trató de refrenar la respuesta demasiado directa de Ferris. Balleroy, una vez más, parecía imperturbable. Señaló el escudo vollachiano blasonado en la espalda de su armadura ligera.
[El lobo atravesado, sus ojos dicen que no está muerto. Así son las cosas en Vollachia. Puede que te quede el último aliento, pero no lo usas para suplicar por tu vida.]
[¿Y estás insinuando que esta actitud tiene algo que ver con la exhibición en la sala del trono?]
[Es simple. Ese soldado que se suicidó nunca iba a salir vivo de esa sala. Sacó una espada contra el Consejero Zergev, pero se podía ver que estaba asustado por ello. En ese momento murió.]
Julius y los demás se quedaron mudos al oír a Balleroy hablar con tanta despreocupación de la vida y la muerte. Aparentemente ajeno a la reacción de los emisarios, el general se adelantó con paso ágil.
[El muchacho mostró miedo delante de toda esa gente, y eso significaba que nunca íbamos a poder volver a utilizarlo. Si no se hubiera suicidado, los demás no se habrían quedado de brazos cruzados. La cobardía es una enfermedad, y solo necesita un debilucho para propagarse. Además, está la cuestión de qué le habría pasado a su familia si hubiera desobedecido una orden del Emperador.]
[No usarían seriamente a su familia como una herramienta, ¿o sí? Eso es despreciable…]
[La cobardía se propaga como un incendio. La gente del Imperio no necesita soldados que tengan miedo de sus propias sombras. Pero veo cómo es. Simplemente es algo en lo que no estamos de acuerdo; no le pediré que lo entienda.]
[Entonces eres afortunado. Porque yo no lo entiendo en absoluto] replicó Ferris con firmeza, mientras su disgusto por el Imperio se endurecía.
[Espléndido] replicó Balleroy, y se rio alegremente. [Vaya, ya estamos en sus aposentos, honorables invitados.]
Habían pasado tanto tiempo hablando que habían llegado a sus habitaciones, y el turno del general como su guía había terminado.
Los aposentos de los invitados en el Palacio de Cristal, como el resto del edificio, parecían ser la última palabra en elegancia. Desde el mobiliario hasta las lámparas, todo lo que poblaba la estancia era de la más alta calidad. Julius se maravilló ante los aposentos, que al parecer habían sido diseñados por personas que desconocían la palabra sencillez.
[Fantástico] dijo Balleroy, aún de pie en la puerta. [Por fin me encuentro con el famoso Santo de la Espada, y apenas dice una palabra.]
[…Mis disculpas. Solo quería minimizar las posibilidades de decir algo que pudiera considerarse grosero.]
[Vaya, eso sí que es modestia. Pero ¿por qué?]
[Cuando hago algo, a menudo parece que pongo a la gente innecesariamente en guardia.]
Por eso Reinhard había estado callado hasta que Balleroy le hizo este comentario inesperado.
Balleroy abrió ligeramente los ojos ante la respuesta de Reinhard, pero no tardó en carcajearse desde lo más profundo de su garganta.
[¿Sir Balleroy…?]
[Cielo santo, perdóneme. Modestia, lo llamé, pero creo que me retractaré. El señor Santo de la Espada comprende su propia fuerza, por lo que veo.]
[Me da demasiado crédito. Y ese título… Santo de la Espada, pesa mucho sobre mí.]
[Eso dice, pero no niega que es el más fuerte.] Balleroy chasqueó los dedos. [¿O sí?]
El joven pelirrojo sonrió con desgana, pero no contestó. Su silencio era una afirmación suficiente.
Reinhard van Astrea era, sin duda, el ser más poderoso del mundo. Reconocía plenamente su propia fuerza. Pero eso no era la encarnación de los propios ideales de Reinhard. Aún no estaba satisfecho consigo mismo. Eso era lo que lo motivaba a ir más allá de su gran título.
[Bueno, quién lo diría… No importa el país; los más fuertes siempre siguen su propio camino.]
[¿Alguien más que tenga en mente, Sir Balleroy?]
[Oh, no hay de qué preocuparse. Nuestro número uno es igual, eso es todo.]
Parecía estar considerando algo más, pues una complicada emoción apareció en los ojos de Balleroy. Aunque tal vez solo Julius se percató de la mezcla de sentimientos en su expresión. Tal vez porque él mismo estaba familiarizado con ella.
[Me temo que ahora está fuera de la ciudad por unos asuntos, pero quizá tenga la oportunidad de hablar con él alguna vez. Podría ser interesante. Podría sorprenderle lo bien que se entienden.]
[Algún día espero tener la oportunidad.]
La conversación entre Balleroy y Reinhard llegó a su fin antes de que Julius pudiera expresar sus recelos.
Balleroy, con su trabajo hecho y su curiosidad satisfecha, dijo:
[Bien, pues, por mucho que odie aburrir a nuestros estimados visitantes, tendré que pedirles que esperen aquí por el momento. Cuando Su Excelencia se decida, serán convocados. Aunque no sé si será a la sala del trono o a una residencia temporal.]
[Simplemente espero que no sea a una prisión de piedra o a la tierra expuesta.]
[Jajaja. Me aseguraré de informárselo a Su Excelencia.]
Julius había hablado más que nada en broma, y Balleroy recibió su comentario con una carcajada y se marchó. Cuando desapareció, los emisarios de Lugunica quedaron por fin solos. Julius sintió cómo la tensión se desvanecía de sus hombros al igual que del aire a su alrededor.
[Entonces, Sir Miklotov. ¿Cómo cree que le fueron a nuestras negociaciones?] Bordeaux, libre de la mirada de su escolta, se acomodó en el sofá para iniciar la conversación. Señaló una silla frente a él y Miklotov se sentó. [Nunca había hablado con el Emperador, así que no sabría decirle. No puedo asegurar que pareciera muy convencido. Y no parecía atraído por la idea de un pacto de no agresión.]
[No obstante, has hecho un buen papel, Sir Bordeaux. Estoy más decepcionado por mis propias maniobras o por el fracaso de las mismas. Espero que no hayamos molestado indebidamente a Su Excelencia, pero… en ese sentido, nuestros jóvenes se han comportado bien.]
[¿Nosotros, milord?]
Sorprendido, Julius enarcó una ceja cuando la mirada conocedora del sabio en jefe se posó en él. Lo menos que podía decir Julius era que no creía haber contribuido en nada a las negociaciones. Dicho esto, era difícil juzgarlo; a él, como a Bordeaux, le resultaba difícil leer las reacciones de Vincent.
No obstante, uno de ellos interpretó los elogios de Miklotov como un aparente sarcasmo. Era Ferris. Tenía las orejas pegadas a la cabeza y la inclinó hacia Miklotov con expresión sombría.
[Lo siento mucho, milord. Dejé que mi pasión nublara mi sentido del deber… Perdí nuestro tiempo en la sala del trono.]
Miklotov negó con la cabeza.
[Nada de eso. Nadie te culparía por lo que hiciste. De hecho, yo mismo me sentí profundamente alentado al oírte defender a la Familia Real.]
Julius sintió lo mismo. Lo más sorprendente de todo fue que Bordeaux se cruzó de brazos y asintió con sobriedad.
[Un hombre no puede llamarse leal si deja pasar sin rechistar un desaire a su rey o a su príncipe. Has hablado por todos nosotros. No tienes nada de qué avergonzarte, muchacho.]
[De hecho, el emperador Vincent podría haber estado mucho más perturbado si no hubiéramos discutido con él. Desde esa perspectiva, no creo que haya motivos para creer que tus acciones hayan perjudicado nuestra posición diplomática.]
[Si… Si usted lo dice…]
Sorprendido al verse perdonado por su arrebato emocional, Ferris parecía desconcertado.
Entonces Miklotov se dirigió hacia Julius y Reinhard.
[Tampoco hubo ningún problema con la forma de hablar y actuar de ambos. La buena educación de nuestro Sir Julius y la destreza de nuestro Sir Reinhard parecen haber impresionado al Emperador.]
[Jeh. ¡Jeh! Suena como si lo estuviéramos haciendo bien entonces, negociando.]
[Me temo que mis marchitos ojos ya no son lo bastante agudos para ver las consecuencias de tus actos, Sir Bordeaux…]
Miklotov miró sombríamente a su colega, que parecía haber olvidado su propio y tenso diálogo con Vincent. El enorme sabio fingió no darse cuenta mientras recorría la sala con la mirada.
[Debo decir que no consigo relajarme aquí. Puede que ya no tengamos a uno de los generales mirándonos directamente, pero hay tanto maná saltando por aquí que me hace sentir enfermo.]
[Sí… Las piedras utilizadas para construir el Palacio de Cristal incluyen una serie de cristales mágicos, excepcionalmente raros incluso entre las piedras mágicas. Han sido talladas y esculpidas por los técnicos más capaces del mundo. La densidad del maná que flota en este castillo es excepcionalmente alta. Debemos tener cuidado de no embriagarnos.]
[Creo que lo están miauciendo a propósito.]
Las piedras y los cristales mágicos eran importantes receptáculos de maná. El castillo había sido cuidadosamente construido con una gran variedad de piedras mágicas grandes y pequeñas, y una cantidad inimaginable de maná se arremolinaba dentro de la estructura. Con tal densidad, sería imposible utilizar magia de forma normal; de hecho, en algunos casos, el exceso de maná podría hacer explotar al usuario.
[Lo que significa que uno tendría que estar acostumbrado a este entorno para poder usar magia con algo parecido a su poder normal] reflexionó Julius. [Solo ese punto demuestra lo minuciosas que son las defensas del Palacio de Cristal.]
[Y eso significa que un puñado de emisarios de otro país están en total desigualdad de condiciones en comparación con las tropas imperiales, acostumbradas todas ellas a esta cantidad de maná… ¿Por qué pareces tan contento?]
[… ¿Parezco feliz?]
[¡Absolutamente encantado!]
Julius había estado contemplando la construcción del Palacio de Cristal por curiosidad académica, lo que pareció molestar a Ferris. Desanimado, el chico gato apartó la mirada y Julius se dirigió hacia Reinhard.
[¿Qué te parece?] preguntó.
[¿Yo? No estoy seguro… Ese espíritu indagador es una de las cosas que me gustan de ti, Julius. Y tu análisis ahora mismo parecía completo y reflexivo…]
[¡No se trata de eso! Olvídate de Julius] estalló Ferris.
[Solo bromeaba] dijo Reinhard con un guiño.
Para el propio Julius, «Olvídate de Julius» le pareció un giro bastante despiadado, pero lo aceptó como señal de la intimidad de Ferris y no dijo nada más. Reinhard, mientras tanto, recorrió la habitación con sus ojos azules como si quisiera abarcar todo el castillo.
[Todo el maná que hay aquí no me molesta demasiado, la verdad. Nunca me ha gustado mucho la magia, y la densidad del maná no me hace ningún daño que digamos.]
[Oh, es cierto. Parece que puedes hacer cualquier cosa, Reinhard, así que siempre me sorprende miaucho recordar que no puedes usar magia.]
[¡O cualquier cosa, je!] Reinhard forzó una sonrisa. [A veces parece que no puedo hacer nada.]
Las últimas palabras sonaron un poco duras. Demostraron que Reinhard no se tomaba la situación a la ligera, y Julius se sintió admirado por ello.
[Además] añadió Reinhard, rozando con los dedos la gargantilla metálica de su cuello, [ahora mismo mis poderes están suprimidos. Antes no podía usar magia, ahora me siento realmente inútil.]
[Mhmm, supongo que lo entiendo. Toda tu autoestima está directamente relacionada con tu fuerza, ¿o no?]
[Ferris, creo que estás yendo demasiado lejos…]
[¡Era una broma, solo una broma!]
Julius, sintiendo por fin que Ferris se había pasado de la raya, le dirigió una mirada intimidatoria, pero Ferris se llevó las manos a la cabeza. Eso sugería que por fin había empezado a dejar atrás lo que había sucedido en la sala de audiencias. Aliviado al verlo, Julius decidió renunciar a una reprimenda en toda regla. Miró a Reinhard, que no estaba más molesto que él por el comentario de Ferris, pero…
[¿Mhm? Reinhard, ¿qué estás mirando?]
[Eh, solo la ciudad. Puedes hacerte una idea de la capital desde aquí.]
[Ya veo; te estás haciendo una idea del terreno.] Julius se unió a Reinhard para mirar por la ventana.
Los aposentos de los invitados estaban en un piso alto del Palacio de Cristal, y desde su posición ventajosa podían ver casi la mitad de la ciudad. A diferencia de la Capital de Lugunica, que se extendía en círculo con el castillo en el centro, Lupugana estaba rodeada de murallas, que formaban un cuadrado alrededor de ella. Y a diferencia de la capital del Reino, donde los ricos y los pobres estaban claramente separados, los nombramientos de los ciudadanos del Imperio parecían variar poco de una parte a otra de la ciudad. Su desarrollo parecía muy distinto del de Lugunica, donde la nobleza y los plebeyos oprimidos vivían en Reinos contrastados de luces y sombras.
[Un lugar con un aspecto bastante diferente al de nuestro hogar] dijo Julius.
[Sí… La tierra y el clima tienen algo que ver, pero, sobre todo, creo que viene del ethos que promueve el Emperador. A veces, la competencia entre las personas puede conducir realmente a la prosperidad] respondió Reinhard.
[Reinhard] intervino Julius. [¿Crees que está bien?]
[En parte. Pero no soporto el abandono de los débiles] respondió con firmeza el Santo de la Espada. Era su única respuesta al modo de actuar del Imperio…
[Estoy de acuerdo. Ruego que siempre lo recuerdes.]
…y era ese ideal el que hacía que Julius se sintiera orgulloso de llamar amigo a Reinhard, el Santo de la Espada.
Sección 6
Habían pasado horas desde que fueron conducidos de la sala del trono a la cámara de invitados. Era una larga espera, pero estar preparado para todo formaba parte del deber de un Caballero. Ningún hombre de su posición contemplaría siquiera la idea de dormirse de aburrimiento, y Julius se había convertido en un maestro imaginando un tablero de shatranj, los peones, como soldados, alineados en un campo de batalla, mientras jugaba una partida en su mente. Eso significaba que no consideraba el tiempo de espera como una pérdida de tiempo, pero…
[Las cosas parecen demasiado tranquilas aquí.]
Estaba bien jugar una partida imaginaria de shatranj, pero las caras de los demás daban pistas sobre lo que había en sus mentes. Reinhard y Miklotov, al igual que Julius, parecían no lamentar la espera. Sorprendentemente, incluso Bordeaux parecía contento de pasar el tiempo meditando tranquilamente en el sofá.
El problema era Ferris, que estaba visiblemente agitado y era incapaz de soportar el silencio.
[¿Qué están esperando? ¡¿Están haciendo esto solo para atormiauntarnos?! Llevamos siglos aquí sentados.]
[Ferris, ya basta. Lo comprendo, pero estamos en el palacio real de otra nación. Tu comportamiento aquí se reflejará directamente en nuestro Reino. En todas las cosas…]
[¡Para ti es miáucil decirlo! Si el parloteo de Ferris fuera tan problemático, ¡hubieran irrumpido hace siglos!]
[Jhmm…]
[¡Pero en vez de eso, nos dejan aquí! ¿Crees que Su Excelencia se ha olvidado completamente de miausotros?]
Eso era poco probable, pero el arrebato pesimista de Ferris hizo pensar a Julius. El objetivo de esta misión especial había sido proponer un pacto de no agresión al Imperio. El Imperio, deseoso de negociar desde una posición de fuerza, no dudaría en hacer cualquier cosa que mejorase su estatus, incluida la guerra psicológica. Desde esa perspectiva, el retraso prolongado y la negativa a reconocer a Ferris podrían haber sido estratagemas deliberadas.
En cualquier caso, si las cosas no se desarrollaban pronto…
Pero justo cuando empezaba a preocuparse, llamaron a la puerta.
[Solicito un momento con los emisarios especiales de Lugunica.]
[¡Miau!]
Cuando por fin llegó la ansiada acción, Ferris miró a Julius con los ojos ampliamente abiertos. Julius le hizo un gesto con la cabeza, luego se encaró a la puerta e invitó a pasar al interlocutor.
Apareció un soldado con armadura completa.
[Mis disculpas por interrumpirlos] dijo mientras se inclinaba, aunque parecía que no podía saber si estaba interrumpiendo o algo más.
[No es ninguna molestia. ¿Ha venido con una citación?]
[Sí, señor. Pero si me disculpa, señor, solo he recibido instrucciones de convocar a una persona.]
[¿Solo una, dice?]
[Sí, señor. Me han dicho que vuelva con el Santo de la Espada, Sir Reinhard.]
Una leve expresión de sorpresa cruzó la cara de Julius. No fue el único; todos los presentes se sobresaltaron, incluido el propio convocado. Perplejo, Reinhard ladeó la cabeza.
[¿El emperador Vincent preguntó por mí específicamente?]
[Sí, señor. Su Excelencia desea hablar con usted. ¿Puedo pedirle que me acompañe?]
[Estoy dispuesto, pero…]
Reinhard lanzó una rápida mirada dubitativa a Miklotov. Se trataba de una convocatoria del Emperador en persona; no podían arriesgarse a hacerlo enojar si se negaban. Pero el portavoz de su misión era, al fin y al cabo, Miklotov. Reinhard no respondería sin su permiso.
El sabio asintió en silencio al Santo de la Espada.
[Que nos acompañes ha sido una condición de estas negociaciones desde el principio. Ve a ver a Su Excelencia y haz todo lo posible por ser cortés.]
[Entiendo. De acuerdo, guíe el camino.]
Con la bendición de Miklotov, Reinhard se dispuso a volver ante el Emperador. Sin embargo, cuando se disponía a seguir al guardia blindado, el joven pelirrojo dirigió una mirada a Julius. Su significado era bastante claro: Con Reinhard fuera, los únicos Caballeros que quedarían en la sala serían Julius y Ferris. Y Ferris apenas contaba a la hora de medir fuerzas en la batalla, así que, a efectos prácticos, Julius sería el único guardaespaldas. Reinhard no esperaba que Julius cometiera ninguna imprudencia, pero en un país extranjero nunca se es demasiado precavido.
[Me pregunto qué querrá el Emperador de Reinhard] dijo Ferris cuando el joven se había marchado, mirando fijamente la puerta que se cerró tras de sí.
[Buena pregunta] dijo Julius encogiéndose de hombros. [Si solo quería hablar, podría haberlo hecho en la sala del trono. Pero el emperador Vincent está separando deliberadamente a Reinhard de nosotros… ¿Quién puede saber lo que quiere?]
Julius y Reinhard eran Caballeros de la Guardia Real. Pero Reinhard había alcanzado el título de Santo de la Espada antes de cumplir los diez años, y era bien sabido que, desde entonces, recibía órdenes directamente de los dirigentes del Reino, desempeñando numerosas y diversas funciones, muchas de las cuales no podía hablar. Por poner un ejemplo reciente…
[La Atalaya Pléyades en las Dunas de Auguria.]
[Ferris, yo…]
[Lo sé, lo sé. Elegiste tus palabras con cuidado, Julius. Además, a Ferris nunca se le ocurriría criticar a Reinhard por algo así.]
Ferris hizo un ademán y trató de parecer indiferente, pero Julius pudo ver claramente cómo se esforzaba por esbozar una sonrisa. Ferris no controlaba sus emociones tan bien como él creía. Quizá su perfecto control físico lo hacía más vulnerable en el terreno emocional.
[…]
Por un momento, Julius guardó silencio. Ferris se refería a una misión que le habían encomendado a Reinhard. Una tan importante que el resultado podría haber sacudido el Reino de Lugunica hasta sus cimientos: Se le había ordenado buscar al Sabio, del que se decía que todo lo sabía, con la esperanza de encontrar alguna forma de contrarrestar la plaga que estaba devastando a la Familia Real de Lugunica.
Cuatrocientos años atrás, la Bruja de la Envidia había sumido al mundo en el terror y el caos. Este sabio omnisciente había sido uno de los tres héroes que habían sellado a esa terrible criatura. El Sabio aún vivía, residiendo en la Atalaya Pléyades, en las Dunas de Auguria, que se encontraba en el extremo oriental del Reino. Aquel viejo vidente era la última esperanza de la Familia Real, una esperanza que había sido confiada a Reinhard.
Pero había fracasado en su misión.
[Así que el Linaje Real se extinguió y perdimos la garantía de que el pacto con el Dragón Divino seguirá vigente] dijo Julius. [Y por eso estamos aquí en el Imperio.]
[Probablemiaunte Reinhard se culpa por eso.]
Julius hizo una pausa.
[Quizá tú también te juzgues duramente, Ferris. ¿O me equivoco?] Sondeó al chico gato, que reflexionaba sobre el estado de ánimo de Reinhard.
Los dos amigos íntimos de Julius sufrían por su incapacidad para salvar a la Familia Real. Reinhard, porque había fracasado en su misión. Y Ferris, porque lo llamaban El Azul y era el mejor sanador de Lugunica; curar enfermedades y curar heridas era su orgullo. Ambos sentían que el Reino, el Linaje Real, se había extinguido porque ellos no habían sido lo bastante fuertes. Julius recordó lo que Marcos le había dicho personalmente justo antes de partir hacia el Imperio.
El día anterior a la partida, lo habían llamado a solas a la oficina del Capitán. Allí le habían ordenado que vigilara de cerca a Reinhard y a Ferris.
[…]
Julius estaba decidido a no perder de vista a sus amigos durante el viaje, y no solo por orden de Marcos. Eso era lo que había provocado su pregunta de hace unos instantes.
[¿Culparme…? Claro que sí. Piensa en quién es Ferris.]
Ferris casi esboza una sonrisa al hablar en medio del silencio. Pero era una sonrisa de autoburla. Era evidente que estaba atormentado por emociones profundamente dolorosas. Como principal sanador del Reino y amigo del príncipe fallecido, los recuerdos debían de ser difíciles.
[Ferris, no debes culparte. No fue tu culpa.]
[…Palabras bastante familiares, como consuelo.]
[Lo siento. Ojalá pudiera decir algo menos trillado, pero…]
El toque de ironía de Ferris hizo que Julius lamentara su propia falta de perspicacia. Quería decir algo que realmente llegara al corazón de Ferris. Pero todo lo que había sido capaz de reunir eran las palabras de consuelo más cansadas del mundo.
Y el momento ni siquiera le dio la oportunidad de hacer otro intento.
[¿Jhm?]
Julius enarcó una ceja mientras Ferris movía las orejas. Ambos
habían notado el cambio al mismo tiempo. Se miraron el uno al otro.
[Julius…] empezó el chico gato. Julius asintió con la cabeza.
Levantó lentamente la mano derecha para mostrar una luz que brillaba suavemente en la palma. Era Ia, uno de los seis cuasi espíritus con los que Julius había hecho un contrato. Cuando habían sido guiados a su habitación, Julius envió a este espíritu a vigilar el Palacio de Cristal. Tanto el espíritu como la sangre semihumana que corría por las venas de Ferris habían detectado algo.
[Parece que algo pasa en el palacio.]
[Así es. Creo que las cosas se han alborotado un poco.] Bordeaux, sintiendo las reacciones de los dos Caballeros, abrió los ojos y salió de su meditación. El sabio calvo miró a su líder. [¿Sir Miklotov?]
[Mhmm. Dicen que el oído es lo primero que se pierde con la edad. ¿De qué alboroto hablan, si se puede saber?]
[Suena un poco… confuso. Como si todo el mundo se agitara. Y todo esto empezó justo cuando se llevaron a Reinhard. No me gusta nada.]
[Estoy de acuerdo] dijo Julius. [Creo que las tropas imperiales de fuera también se han ido.]
Debería haber habido soldados apostados fuera de la puerta para asegurarse de que los visitantes no hicieran nada no deseado y de que nada se les hiciera a ellos. Pero Julius ya no sentía a los guardias cerca. Lo más natural era asumir que habían ido hacia el alboroto.
[…Tengo un mal presentimiento sobre esto] dijo Julius tras una breve pausa. [Iré a ver qué ocurre. Lord Miklotov, Sir Bordeaux, por favor, quédense aquí. Ferris hará…]
[¡Podrías lucir un poco menos decepcionado! ¡Oye, no me podrías pagar para que todo sea: «Deja todo en manos del viejo Ferris»!]
[Cierto. Pero entonces…]
[Está bien.]
Considerando lo que podría estar pasando, Julius se sintió incómodo al dejar a Ferris solo como guardaespaldas. Pero su vacilación se vio frustrada por una palabra de Bordeaux, que se puso lentamente en pie. Se cruzó de brazos, seguía teniendo unos miembros grandes y robustos a pesar de su edad, y miró a los dos jóvenes Caballeros desde debajo de sus pobladas cejas.
[Vayan a asegurarse de que no hay peligro afuera] dijo. [Yo mismo cuidaré de Sir Miklotov.]
[Más bien temo que me traten como equipaje… Pero con Sir Bordeaux aquí, creo que no tengo nada de qué preocuparme. Ustedes dos, vayan a echar un vistazo.]
[Pero, milord…]
[Deja de preocuparte] insistió Bordeaux, con una valentía casi palpable en él. [Asegúrate de que todo está bien, y rápido.]
Con un saludo, tanto por esa aura de guerrero como por cualquier otra cosa, Julius intercambió una mirada silenciosa con Ferris, y luego salieron de la habitación.
En el pasillo descubrió que, efectivamente, faltaban los guardias. Apenas habían registrado este hecho insólito, descubrieron la fuente del ruido; gente corriendo por los pasillos del Palacio de Cristal.
[Lo sabía. Es como si hubieran perdido la cabeza. ¿Creen que ha habido un atentado contra el Emperador o algo así?]
[Cuidado con que alguien te oiga y piense que hablas en serio. Deja tus bromas por el momento.]
[Sí, claro.]
A pesar del comentario de mal gusto de Ferris, la pareja se puso en marcha a paso rápido para averiguar qué estaba ocurriendo. La idea de un asesinato no había sido más que una ocurrencia de Ferris, pero la conmoción tenía algo de pánico. Y no sin razón…
[¡Julius! Huelo sangre.]
La cara de Ferris era sombría. Ya no había señales de que estuviera bromeando, y la aprensión de Julius crecía por momentos.
Al final, llegaron a la fuente de la conmoción. Era una multitud de Soldados Imperiales, que rezumaban sed de sangre mientras se agolpaban a la entrada de una habitación.
[¡Hagan lo que tengan que hacer! ¡Ábranla! ¡Derríbenla!] gritaban los soldados, enfrentados a una puerta grande y firmemente cerrada. Debía de estar atrancada desde dentro; los soldados golpearon contra ella con un enorme ariete sin ningún efecto perceptible. La golpearon dos y luego tres veces. Finalmente, con un inmenso estruendo, la imponente puerta de hierro voló hacia dentro.
[¡Ya está! Lo hemos conseguido. ¡Entren!]
Los soldados que trabajaban en la puerta lanzaron un grito de júbilo, pero de repente, sus voces se ahogaron en sus gargantas. Los demás hicieron lo mismo. Parecían estupefactos ante lo que veían.
Julius y Ferris llegaron por detrás. Los dos miraron más allá de los guardias y vieron…
[Imposible…] soltó Julius inconscientemente.
La habitación que había más allá estaba destruida, el frío suelo se encontraba resbaladizo por la sangre de varios hombres. Entre ellos había una cara que Julius reconoció como la de Balleroy Temeglyph. Balleroy, uno de los Nueve Generales Divinos, los guerreros más poderosos de todo el Imperio. Inmóvil, yacía colapsado en un charco de sangre. De pie junto a él había otra figura, mirando a sus víctimas, estaba…

[Reinhard…]
Sin un rasguño, el pelirrojo Santo de la Espada era el único en la habitación manchada de sangre.
Sección 7
[¡…!]
Cuando Julius contempló la escena en la habitación, supo al instante que aquello iba a traer problemas. Balleroy, uno de los líderes militares de un país que valoraba la destreza física por encima de todo, yacía sangrando a los pies de Reinhard. Cualquiera pensaría que el poderoso espadachín de otra nación había sido sin duda el autor del crimen. Julius habría llegado a la misma conclusión si la persona en cuestión no hubiera sido Reinhard. Aun así, Julius creía que aquel hombre era incapaz de hacer algo tan impulsivo.
Algo tenía que estar mal.
[¡Ferris! Atiende a Sir Balleroy, ¡ahora!]
[¡De acuerdo!]
Ya resolverían las cosas más tarde; Julius puso a Ferris a cuidar del caído Balleroy. A pesar de lo asombroso de la escena que tenían ante ellos, había heridos, y Ferris no dudó. Saltó entre la sangre para examinar las heridas de los presentes. Aunque las lesiones fueran graves, mientras la gente no estuviera muerta, Ferris podría…
[¿Qué más piensan hacerle a los generales? ¡Deténganlo!]
[¡No te muevas, escoria!]
Los soldados detuvieron al chico gato antes de que pudiera acercarse a las víctimas. Saliendo de su horror, desenvainaron sus espadas y rodearon a Julius y a Ferris. Varios guardias se amontonaron en la habitación y apuntaron a Reinhard con sus espadas.
Uno de ellos se arrodilló junto a Balleroy y le sacudió los hombros ensangrentados.
[¡General Balleroy, levántese! ¡General! ¡Malditos! ¡Cabrones…!]
Pero no hubo respuesta. Los Soldados Imperiales parecían más dispuestos que nunca a matar a sus visitantes. La habitación se había convertido en un polvorín.
[¡Julius…!] Dijo Ferris, muy consciente de la gravedad de la situación. Pero Julius también tenía problemas para saber qué hacer a continuación. ¿Tirar el arma y rendirse? Pero dado el instinto asesino en los ojos de los hombres, el arrojarla podría ser un movimiento muy tonto. No quería que este duelo de miradas durara para siempre, pero…
[Mi castillo resuena con el estruendo de los desaliñados. ¿Qué está pasando?]
[¿Argh?] Julius se esforzó por captar la voz clara pero totalmente inesperada.
Ferris, cuyos oídos eran mejores que los suyos, se quedó con los ojos ampliamente abiertos, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Los soldados hicieron lo mismo. La voz era inconfundible; no podía ser otra.
Era el Emperador, Vincent Vollachia, en carne y hueso.
[¡…!]
Se oyó un gran ruido colectivo de tacones cuando los soldados abrieron paso a su gobernante. El camino se había formado gracias a la lealtad automática de los hombres, y el Emperador caminó tranquilamente por él. Cuando vio lo que había en la sala, arqueó las cejas de su cara fría e inteligente.
La cámara llena de sangre, con Balleroy y los demás soldados en el suelo, y el emisario de Lugunica de pie junto a ellos…
[…Ya veo.]
Asintió como si todo aquello tuviera sentido para él, y clavó en Reinhard una mirada penetrante. Reinhard se enderezó y se llevó la mano al pecho. Y por fin habló:
[Con su permiso, Su Excelencia. Permítame que le explique…]
Los gritos de un soldado furioso lo interrumpieron.
[¡Su Excelencia! ¡Estos hombres son insurgentes que ni siquiera dudaron en abatir a un general en los mismísimos salones del Palacio de Cristal! ¡Esto es una declaración de guerra del Reino de Lugunica contra nuestro Imperio de Vollachia!]
Las pruebas circunstanciales ciertamente apoyaban la acusación. La rabia de los guardias imperiales era fácil de entender. Pero había algo que no podía pasarse por alto. A saber, que si todo esto era cierto, Lugunica y Vollachia estarían en guerra. Y eso no podía permitirse.
Parecía poco probable que Vincent llegara tan rápido a conclusiones como sus súbditos, pero la posibilidad no podía descartarse por completo. Entre otras cosas, por la posibilidad real de que él mismo hubiera provocado esta situación. Y si eso era así, si todo esto era un pretexto deliberado para la guerra, ¿cuánto de ello podía atribuirse a la gente del Imperio de Vollachia, y cuánto era una idea del propio emperador Vincent?
[Insurgentes, en efecto. Tienes razón, si las cosas son a lo que se asemejan, entonces estos hombres deben carecer de juicio. Para perpetrar este acto de barbarie delante de nuestras propias narices… si lo hicieron en su sano juicio, entonces el veredicto ya está dado.]
[Emperador Vincent…]
En contra de las peores imaginaciones de Julius, el Emperador expuso la antinaturalidad de la situación con una expresión casi aburrida. Aunque solo fuera eso, tranquilizó al hombre al asegurarle que Su Excelencia no tenía intención de hacer ningún arresto precipitado. Con Miklotov y Bordeaux ausentes, sus acciones aquí resultarían especialmente cruciales para evitar una guerra abierta. La actitud del Emperador al menos les daba margen para ello.
Pero entonces ese fino rayo de esperanza fue traicionado.
[¡Su Excelencia el Emperador!]
El áspero grito vino de Reinhard, que voló hacia Vincent. El Santo de la Espada agarró el brazo del Emperador y, más rápido de lo que el ojo podía ver, saltó hacia atrás en la habitación. Todos, incluidos Julius y Ferris, quedaron en estado de shock.
[…]
Reinhard sujetó a Vincent por detrás. El emisario del Reino de Lugunica había tomado como rehén al Emperador de Vollachia en su propio castillo; cualquier esperanza de resolver esto pacíficamente se había desvanecido.
[Maldito seas, aléjate del…]
Las furiosas demandas de los guardias imperiales fueron interrumpidas.
[¡Oh, pecador rebelde! ¡Oh, vasija de ira tan vil que la luna y las estrellas esconden sus rostros de ti! Si tan ardientemente deseas mi vida, ¡deja que tu acero mancillado beba profundamente de mi sangre!]
[¡¿…?!]
Habían sido interrumpidos por el Emperador, cuya declamación resonaba en la sala. Parecía estar provocando a su propio captor; una oleada de miedo recorrió las filas de sus hombres. Pero esa no era la verdadera intención del Emperador, y solo uno de los presentes lo comprendió: Julius.
[…]
Julius no habló, pero al instante siguiente, la mirada del soberano de Vollachia se fijó en el joven Caballero. El Emperador había hablado de un modo muy peculiar. Parecía ser una prueba de algún tipo.
[¡…!]
Julius rechinó los dientes cuando la gran carga de las expectativas de un Emperador cayó de repente sobre él.
Las palabras de Vincent habían salido del viejo texto «La guillotina de Magritsa», de un episodio en el que un viejo rey engañaba a su propio siervo traidor dejándose capturar por un asesino que él mismo había contratado.
La precisión del Emperador, la rápida evolución de la situación, la presencia de Reinhard… solo podía haber una explicación. Julius dudó solo un instante y se decidió.
[Reinhard, ¡sal por la ventana!]
[…]
Reinhard no dudó. Sin dejar de agarrar el brazo izquierdo de Vincent, se lanzó hacia atrás por la ventana, destrozándola con la espalda al atravesarla. Los soldados intentaron seguirlo, pero no tuvieron oportunidad. El movimiento de Reinhard había desviado las espadas que mantenían a raya a Julius. Este era el momento.
[¡Aro! ¡Iku!] gritó Julius.
Un resplandor verde apareció en una de sus manos levantadas, mientras que en la otra apareció uno amarillo. En un abrir y cerrar de ojos, los resplandores se intensificaron y una oleada de maná golpeó a las tropas imperiales. Un gran viento los arrojó de espaldas contra la pared, y rápidamente cayeron al suelo, donde unos montones de tierra antinaturales los aseguraron al suelo. Los guardias podían gritar, pero no moverse.
Julius no volvió a pensar en ellos.
[¡Ferris!]
[¿Eh? ¿Qué…? ¡Guah! ¡Agh, esperaaa!]
Ferris, que había quedado demasiado conmocionado por la vertiginosa serie de acontecimientos como para moverse, se encontró con que Julius lo agarraba de uno de sus delgados brazos y lo arrastraba hacia la ventana rota por la que había escapado Reinhard.
[¡Cuidado, no te muerdas la lengua!]
[¡Espera, alto, un momento, solo detente! ¡¿Ahhh?!]
Pero a Julius no le interesaban las sugerencias de Ferris; se echó al joven en brazos y se lanzó contra la ventana. Con los ecos del prolongado grito de Ferris arrastrándose tras ellos, comenzó una asombrosa huida. Al parecer, habían asesinado al general militar de otro país, secuestrado a un Emperador y ahora estaban huyendo.
No parecía que las cosas pudieran empeorar.
Sección 8
Las malas noticias no tardaron en llegar a Miklotov y Bordeaux en la cámara de invitados.
[Tres de sus Caballeros asesinaron a Balleroy Temeglyph, uno de los Nueve Generales Divinos, luego secuestraron a Su Excelencia el Emperador y huyeron. Son hechos graves y sin precedentes. Vamos a tener que detenerlos a los dos. Confío en que no tengan objeciones.]
Así declaró el hombre que dirigía la masa de tropas imperiales que se agolpaban en la cámara de invitados. Era una figura imponente, cuya cara lleno de cicatrices hablaba de una larga historia de batallas. Llevaba una armadura dorada y su cabello crecía como la melena de un león. Se llamaba Goz Ralphone y era otro de los famosos Nueve Generales Divinos de Vollachia.
Miklotov escuchó a Goz y observó a la docena o más de soldados que lo acompañaban, todos ellos en alerta máxima. Al percibir rápidamente la diferencia de fuerza de combate entre ellos, lanzó una mirada al gigante calvo que tenía al lado y se pasó los dedos por su larga barba.
[Mhmm. Yo diría que no. Solo espero que no sea demasiado duro con estos viejos huesos.]
[Por supuesto. Aunque, comprenderá que dependiendo de cómo se desarrolle esta situación, no podemos prometer que siempre seremos tan misericordiosos. En caso de que algo le ocurra a nuestro Emperador, enviaremos sus cabezas de vuelta a su Reino sin sus cuellos bajo ellas. Mejor pasen el tiempo rezando para que sus Caballeros no hagan nada imprudente.]
A pesar de estar a la cabeza de un grupo de soldados claramente sedientos de sangre, Goz era eminentemente razonable. Pero en el fondo, no se sentía diferente de los guardias detrás de él. De hecho, sus sentimientos podrían haber ardido aún más. Miklotov, sabiendo que cualquier cosa que dijera podría echar más leña al fuego, indicó su asentimiento con un simple movimiento de cabeza, y luego observó cómo el General Divino les daba la espalda.
Sin pronunciar más palabras, pero con pasos tormentosos, Goz se retiró, dejando a Miklotov y Bordeaux al cuidado de varios hombres asignados para vigilarlos. Con guardias apostados tanto dentro como fuera, los opulentos aposentos de repente no parecían diferentes a una celda de una prisión. La tensión que se respiraba en el ambiente provenía de las miradas malévolas que los Soldados Imperiales dirigían a los dos ancianos. A los ojos de los vollachianos, los dos no eran más que cómplices en el secuestro de su Emperador y no merecían nada mejor. No se sabía si los tres fugitivos volverían para intentar liberar a Miklotov y a Bordeaux.
[Si realmente tuviéramos planes contra el Imperio, entonces intercambiar las cabezas de dos sabios por el Emperador mismo… Bueno, no se puede decir que sea un intercambio irrazonable.]
[Va a meternos en problemas, Sir Miklotov.]
[Jo-jo-jo. Lo siento, se me escapó.]
Miklotov se pasaba los dedos por la barba, pensativo, pero Bordeaux lo miró frunciendo sus grandes cejas. Se sentó junto a Miklotov y miró a los soldados que los rodeaban.
[¿Qué opina de todo esto, Sir Miklotov?]
[Incomprensible es la palabra que yo elegiría. Las cosas han tomado un giro inexplicablemente extraño, y tan repentino.]
[¿No cree que los muchachos que trajimos son simplemente tontos?]
[Si lo fueran, la culpa recaería en el juicio del Capitán de la Guardia Real que los eligió, y en nosotros mismos por permitir que nos acompañaran. Ciertamente espero que no sea así… pero no esperaría que esa lógica convenciera a nadie en el Imperio.]
[Un general muerto y el Emperador secuestrado… Jhm, eso no es cosa de risa.]
El Emperador y los Nueve Generales Divinos eran los pilares del aparentemente inquebrantable sistema imperial de Vollachia. Era casi inconcebible que pudieran haber sido amenazados tan fácilmente por unos emisarios admitidos de otra nación.
[En ese caso, creo que Su Excelencia en persona puede ser la clave de lo que está ocurriendo aquí. No sé por qué se lo llevaron, pero parece que hay muchas cosas sobre esto que solo pueden entender los presentes.]
[Supongo que no tenemos más opción que confiar en ellos, sea lo que sea lo que estén pensando. Nunca he estado tan frustrado en mi vida.]
[…]
Bordeaux dejó escapar un suspiro. A su lado, Miklotov permanecía en silencio, ensimismado. Era casi como si ignorara a Bordeaux, pero el gigante no dijo nada al respecto. Ambos se conocían desde hacía mucho tiempo. Bordeaux confiaba en el juicio y la percepción del sabio más que en los de cualquier otra persona del Reino de Lugunica. El papel de Miklotov era perderse en sus pensamientos. No era el de Bordeaux.
Su trabajo consistía en asegurarse de que el mayor sabio de Lugunica regresara sano y salvo a casa.
Si ocurría lo peor, Bordeaux utilizaría su propio cuerpo macizo como escudo de Miklotov.
[No estoy seguro de poder ganar mucho tiempo, no en estos tiempos…]
Se llevó una mano a su arrugada y envejecida cara y dejó escapar un suspiro. Si se cumplía su deseo, las acciones y el juicio de los jóvenes escoltas con los que habían viajado ayudarían a salir del punto muerto en el que se encontraban.
[Hay que esperar que los Caballeros de esta generación puedan hacer su parte…]
Sección 9
Irrumpiendo a través de la ventana de la gran cámara, los Caballeros fugitivos aterrizaron con fuerza en el jardín de abajo.
El perímetro que rodeaba el Palacio de Cristal era casi impenetrable; si no podían evitar de algún modo el ojo aparentemente siempre presente de los Soldados Imperiales, nunca lograrían escapar. Esconderse sería un esfuerzo inútil. A medida que se corriera la voz de que el Emperador había sido secuestrado, el fervor de las tropas aumentaría. Para que la huida tuviera éxito, primero debían escapar de la red antes de que esta se estrechara aún más.
[…]
En silencio, evitando cualquier campo de visión, se abrieron camino fuera del jardín, saltando por encima de los imponentes muros del castillo con su propia fuerza y la ayuda de algo de magia de viento. Era comparativamente más fácil salir desde dentro que al revés.
Una vez al otro lado de las murallas, siguieron corriendo, no en dirección a la bulliciosa ciudad, sino con el objetivo de desaparecer en el bosque que crecía dentro de los límites de la capital. Cuando estuvieron seguros de que no había nadie más, se detuvieron.
[Parece que estamos todos de una pieza] dijo Julius.
Había asignado a Aro, el espíritu de aire, para detectar cualquier cambio en la atmósfera. Ia, el espíritu de fuego, vigilaría las fuentes de calor. Con sus dos centinelas en sus puestos, el joven estaba convencido de que no había nada extraño en las inmediaciones.
[Ugh] Ferris se quejó desde su lugar acunado en los brazos de Julius. [¿Cómo ha pasado esto?]
[Quejarse no cambiará nada, Ferris. Y tampoco podemos esperar que las cosas sean menos urgentes. Nuestros amigos en el castillo van a estar muy ocupados mientras dirigimos esta alegre persecución.]
[Sí, claro, tienes razón, lo sé. Vamos, bájame de una vez.] Ferris frunció los labios, pero se puso de pie al fin sobre la tierra cubierta de hierba.
Reinhard también soltó a Vincent, a quien había estado llevando como Julius había cargado al semihumano. Se quitó la espada de la cadera y se arrodilló en la reverencia más respetuosa que pudo hacer.
[Emperador Vincent, le ofrezco mis más sinceras disculpas por mi descaro, y por cualquier molestia que le haya infligido.]
[No tienen importancia; lo he considerado necesario. De hecho, debo hacerlo, ya que sus acciones se alinean con mi propio pensamiento. Pero debo cuestionar: ¿Cómo es que no soplaba el viento aun cuando viajábamos a tal velocidad?]
[Milord, se debe a la Protección Divina de la Evasión del Viento, igual que la de un dragón de tierra.]
[Me preocupa que un hijo de hombre como tú posea tal cualidad. Pero esa es una cuestión para otro tiempo.]
Vincent se detuvo y dirigió sus ojos oscuros hacia Julius. Su mirada era tan afilada como una espada, e hizo que Julius se enderezara. El Emperador se sacudió sus oscuras vestimentas y dijo:
[Has hecho bien en comprender mis designios. Te felicito.]
[Se lo agradezco, Su Excelencia… Aun así, si «La Guillotina de Magritsa» no se hubiera mencionado ya en la sala del trono, dudo que hubiera hecho la conexión. Estoy profundamente impresionado por la rapidez mental de Su Excelencia y su habilidad para hacer uso de esa referencia. Aunque, no podemos estar seguros de que nadie más en la sala la reconociera…]
[Oh, yo creo que sí. Ninguna de la gentuza de esa sala conoce el valor de una sola letra. Lo más crucial era que desalojara el lugar con la mayor celeridad posible.] La voz de Vincent era tranquila, completamente imperturbable; tenía los ojos medio cerrados.
Tras hacer un cuidadoso balance de lo que podía estar pensando el soberano de Vollachia, Julius regresó por fin sus pensamientos a la escena del castillo que había iniciado todo este extraño episodio: la horrible visión de Reinhard y Balleroy en medio de un charco de sangre.
[Reinhard, quiero que me cuentes lo de antes. ¿Qué demonios pasó?]
Ferris también aportó su grano de arena.
[¡Sí, Ferris se preguntaba lo mismo! Creía que te había atacado él primero, pero ¿cómo empezó? Cuéntamelo.]
Reinhard bajó los ojos, recogió del suelo su espada, su compañera inseparable, y volvió a colocársela en la cadera.
[Créeme, quiero contarles todo, pero… estoy igual de confundido. Todo sucedió tan de repente.]
[¿Quieres decir que se te acercó tan de repente que tuviste que reaccionar antes de saber lo que estabas haciendo?]
[Ferris, no lo interrumpas] amonestó Julius, a lo que el chico gato respondió «Bieeen», y se quedó callado. El Caballero de cabello púrpura miró a Reinhard de pies a cabeza y dijo:
[No soy Ferris, pero no me parece que tengas ninguna herida. Dudo que te hayan atacado. No es que piense que no podrías derrotar a Balleroy sin recibir un rasguño, pero…]
[Ni siquiera yo podría enfrentarme a Sir Balleroy y esperar salir intacto. Eso sería cierto incluso si mis poderes no estuvieran limitados por este collar.]
Reinhard dejó caer los dedos hasta el cuello y rozó el Collar de Sumisión. Mientras lo llevara, no podría hacer uso de toda su fuerza. Por inmensamente poderoso que fuera Reinhard, seguía siendo difícil imaginárselo derrotando a uno de los principales generales de Vollachia sin siquiera una magulladura.
[¿Estás diciendo que Sir Balleroy no cayó por tu mano, entonces?]
[Yo… no lo sé.]
[¿Perdón?] justo cuando Julius había empezado a creer que la verdad exoneraría al Santo de la Espada, el joven dio una respuesta previamente inconcebible. Era ambigua y no una negativa rotunda. ¿Cómo podía no haberlo sabido?
[Recuerdas que recibí aquella citación. Me condujeron a esa gran sala. Me dijeron que esperara allí a Su Excelencia. Pero…]
[Pero Su Excelencia nunca llegó] terminó Julius.
Vincent, que ahora era el tema de la conversación, guiñó un ojo. Animado por el silencio del Emperador, Reinhard continuó.
[Sir Balleroy ya estaba allí. Los otros soldados que vieron en el suelo también lo estaban. Habían dicho algo de ser guardaespaldas de Su Excelencia, pero…]
[…]
Hubo silencio por parte de los demás.
[De una cosa estoy seguro: Por un momento sentí que algo pesaba sobre mi conciencia. Siento como si me perdiera uno o dos segundos de mi propia vida. Cuando ese peso desapareció, así me encontré.]
[¿…Así que entraste en una especie de sueño durante unos segundos y cuando despertaste todo el mundo estaba muerto?]
Reinhard había elegido cuidadosamente sus palabras, pero Ferris resumió la situación de forma más contundente. Después de su conclusión sin tacto, el semihumano dijo «Mhmmm» como si todo aquello fuera mucho que digerir.
[Lo siento mucho, pero estoy de acuerdo en que suena totalmiaunte inventado.]
[Notarás que no tengo mucha suerte explicándome.]
No había mucho que Reinhard pudiera decir a la implacable evaluación de Ferris. Julius parecía igual de preocupado, pero por otro motivo.
[No creo que nada de esto haya sido accidental. Reinhard, creo que te han llevado a una trampa.]
[…Sí. Incriminado por el asesinato de uno de los generales del Imperio.]
[«Incriminado» es una forma inusual de expresarlo] intervino Vincent. [Los habitantes del castillo están sin duda convencidos de que lo hiciste. Considerando que sacrificaste cualquier oportunidad de dilucidarlo cuando me raptaste y huiste.]
[Un momento] dijo Ferris, enarcando una ceja. [Odio decirle esto a alguien tan importante como usted, milord, pero si a Reinhard le tendieron una trampa, ¿no tendría sentido que el culpable fuera alguien del Imperio? No puede actuar como si esto no tuviera nada que ver con usted…]
[¿Sugieres que investigue en serio en lugar de dedicarme a especulaciones ociosas? Creo que fuiste tú quien dijo que el testimonio de este hombre es irremediablemente endeble. ¿A quién podría convencer con una historia de tal índole? Permíteme ser claro: la gente del Imperio no es aliada del Santo de la Espada.]
[Argh…]
La cara de Ferris se puso rígida ante la brusca refutación de Vincent. El gobernante de Vollachia tenía razón, por supuesto. La única razón por la que Julius y Ferris daban credibilidad a la explicación de Reinhard era porque lo conocían y confiaban en él personalmente. Sin eso, todos los presentes tuvieron que admitir que las circunstancias parecían graves para el joven pelirrojo.
Pero…
[…Si me permite la pregunta, milord, ¿por qué se presentó a esa habitación?]
[¿Julius?]
Reinhard miró inquisitivamente al otro Caballero, que había inclinado la cabeza ante la pregunta del Emperador. Julius notó esa mirada desde su visión periférica, negándose a apartar los ojos de Vincent.
[Ferris y yo vimos cómo sacaban a Reinhard de nuestros aposentos, aparentemente a su llamada. Si hubiera venido a la sala del trono para hablar con él, tendría sentido. Pero en ese caso…]
[¿Cuestionas por qué te permití llevarme y crear tal espectáculo?]
[…Sí, Su Excelencia. Además, fue usted mismo quien citó «La Guillotina de Magritsa», ordenándonos implícitamente que lo lleváramos… Solo puedo imaginar que tiene algún designio profundo que los de nuestra clase no pueden comprender.]
[¿Imaginas, o deseas y esperas? …Bueno, no tiene importancia. Tienes razón en términos generales. Nota aprobatoria para ti.]
Vincent, con un ojo cerrado, resopló suavemente. En el momento en que lo hizo, la tensión en la arboleda se relajó ligeramente; Ferris se encontró liberando un suspiro que no sabía que había estado conteniendo. La invisible fricción entre los Caballeros de Lugunica y el Emperador de Vollachia desapareció. Al menos, Ferris así lo sintió.
[Santo de la Espada, he de suponer que me has tomado cautivo para cubrirlos.]
[Es como usted dice, Su Excelencia. Nunca he encontrado tal grado de odio como el que sentí en esa habitación, y a pesar de la impropiedad, aseguré su persona.]
[«Un grado de odio». En efecto. Creo que sería muy sorprendente que alguien en las cercanías de esa habitación no ansiara liquidarte.]
[Como he dicho, nunca me he encontrado con alguien así.]
Aquella era una explicación natural de lo que parecía una acción temeraria por parte de Reinhard; tomar a Vincent como rehén cuando iba a secuestrarlo. Era tanto como anunciar que todos los soldados del Imperio alineados en la puerta no eran nada ante Reinhard.
[Un hombre insolente. Parece no conocer el temor.]
El comentario de Vincent podría haberse tomado como vergonzoso para el Imperio, y lo dejó ahí. A continuación, se volvió para mirar los ojos dorados de Julius.
[Elegí ir a ese lugar por el pulso en mi Palacio de Cristal.]
[¿Pulso, milord?]
[No tengo intención de compartir los detalles contigo. Ni tenemos tiempo para hacerlo.]
[El tiempo…]
Julius frunció el ceño, preguntándose por qué el gobernante de Vollachia mencionaría el tiempo, o la falta de ello. De repente, sus espíritus, que habían estado patrullando la zona, le enviaron simultáneamente una advertencia. Viento y fuego: ambas presencias se acercaban de alguna forma.
[Ya está, ahora armen un buen espectáculo. Antes de que les dé la espalda] les dijo Vincent con una sonrisa sádica.
Casi antes de que terminara de hablar, Julius levantó la vista y descubrió un enemigo sobre su cabeza. Una bola de hostilidad corría hacia ellos desde una altura superior a la de los árboles.
[¡Yaaahhhhhhhh!]
Un débil grito pasó por encima, procedente de algo que giraba a una velocidad inmensamente alta. Girando sobre sí mismo, el enemigo parecía un disco plateado, y se dirigía directamente hacia Julius…
[¡Ra…!]
Julius levantó su Espada de Caballero en un instante, encontrándose con el disco en el aire. El acero se topó con un sonido metálico y envió a través de la tierra una aguda onda de choque que Julius pudo percibir en sus suelas. Sintió que la vibración le recorría los brazos. Había logrado evitar la emboscada en el último momento. Julius barrió enérgicamente con sus brazos, aún temblorosos, empujando a su enemigo hacia atrás. Su oponente aterrizó en el suelo a cuatro patas y lo miró fijamente desde una postura baja. Había cautela y odio en sus ojos.
[Ahhhhh, ¡puta madre! ¡Eso duele! ¡Oye! ¡Oye, oye, oye, oye! ¡Oye! ¡Me cago en todo!]
La vulgar diatriba procedía de un semihumano lo bastante pequeño como para ser confundido con un niño. Todo su cuerpo estaba cubierto de pelaje marrón con algunas partes moteadas en negro.
Tenía la boca llena de colmillos afilados y una cara parecida a la de la gente perro; era un joven hombre hiena. Sus ojos brillaban de rabia y todo su cuerpo parecía repiquetear con sonidos metálicos. Probablemente se debía al verdadero arsenal de armas que colgaban de sus cinturones por todo el cuerpo.
Parecía que era el abundante pelaje del semihumano lo que impedía que las hojas de sus propias armas le hicieran daño. No, había otra razón; que era inmensamente hábil en el manejo de todas las herramientas que portaba. Irradiaba una presencia casi salvaje, sencilla, pero que no debía subestimarse. Era el espíritu de un guerrero monstruosamente poderoso.
[Gagh, maldición, esa mierda dolió… Ah, oye, ¡es Su Excelencia! ¡Mierda! El viejo Goz tenía razón; ustedes los jodidos lugunicanos no son tan blandengues, ¡carajo!]
[Un hombre hiena cubierto de pies a cabeza con armamento… Sir Groovy Gumlet, supongo] dijo Julius.
[¡¿Nghaaa?! ¡Vete a la mierda, sabiendo tanto de alguien!]
Se rascó la cabeza y resopló enojado. Pero no lo negó. Eso era tanto como admitir que, efectivamente, era quien Julius creía que era.
[Su Excelencia, este hombre…] dijo Reinhard.
[…Parece ser conocido por su amigo] respondió Vincent. [Uno de los Nueve Generales Divinos. Grita y vocifera lo bastante alto como para distinguirse incluso entre las variopintas filas de los Nueve.]
[¡Ese es el Emperador, maldición! ¡Sabe cómo hacerle un cumplido a un hombre!] exclamó Groovy. Se estaba alisando el pelaje de la cara con ambas manos, mirando de cerca a sus oponentes. [He oído que enfriaron a Balleroy, cabrones. Les diré una cosa: era un buen hombre. Se reía demasiado y siempre pensé que era muy delgado para su propio bien… Pero era un buen hombre.]
[Le damos nuestro más sentido pésame por su pérdida] dijo Julius. [Pero le rogamos que escuche también lo que tenemos que decir. La muerte de Sir Balleroy plantea una serie de cuestiones sin respuesta…]
[¡No intenten salirse con la suya! ¡Ni siquiera estoy escuchando, pendejos! ¡Moguro!] ladró, exclamando una palabra que Julius y los demás no reconocieron. Pero pronto descubrieron lo que significaba.
[¡¿AHHHH?!]
[¡¿Ferris?!]
Julius giró hacia el grito para encontrarse a Ferris flotando en el aire.
No, no flotando, exactamente. Le habían agarrado el pie y estaba colgando boca abajo. El nuevo asaltante parecía ser un constructo humanoide de mineral marrón que había aparecido del subsuelo. En cuanto Julius se percató de la impresión, ató cabos en su mente.
Vollachia era el hogar de una gran variedad de semihumanos, incluidos muchos linajes inusuales desconocidos en Lugunica. Entre ellos había un pueblo llamado Gente de Acero, que tenía minerales en lugar de cuerpos de carne y hueso. Uno de ellos figuraba entre los Nueve Generales Divinos de Vollachia. Y su nombre era…
[¡Moguro Hagane!]
[Tú sabes bien. Muy bien. Qué puto miedo.]
Terrones de tierra cayeron del enorme ser, que medía casi tres metros de altura. Todo su cuerpo estaba hecho de metal, excepto las articulaciones, que parecían ser piedras preciosas verdes… o quizás algo que se asemejaba a las piedras mágicas. Parecía un muñeco de piedra gigante hecho por algo inhumano. Pero la intimidación que irradiaba Moguro no era diferente de la que desprendía Groovy; era amenazadora y poderosa.
[Vino del subsuelo… ¡evadiendo por completo las patrullas de Aro e Iku!]
Bajo tierra, uno podía acercarse sin ser detectado por los elementos de viento o fuego. Las habilidades furtivas de Moguro los habían tomado completamente desprevenidos.
[¡A-Ayúdenme!] gritó Ferris, bailando en el aire.
Moguro parecía lo bastante fuerte como para aplastar en sus manos la esbelta figura del semihumano. Julius y Reinhard tendrían que recuperar al chico antes de que eso ocurriera.
[Groovy Gumlet y Moguro Hagane.] Mientras Julius intentaba urdir una estrategia, Vincent añadió su propia visión de sus perseguidores. [Enviar al Sexto y al Octavo de los Nueve Generales es una mala manera de recuperar a su soberano.]
Los Nueve Generales Divinos de Vollachia, como su nombre indicaba, eran un grupo de personas diferentes. Llevaban posiciones del Primero al Novelo, siendo el Noveno el más débil y el Primero el más fuerte. En ese sentido, podrían haber sido perseguidos por enemigos mucho más terribles que el Sexto y Octavo.
[Temo que los guerreros más destacados del Imperio habrían sido excesivos para nuestras habilidades.] replicó Julius cortésmente, desenvainando su espada. [¡Reinhard!]
Se enfrentaban a dos de los Nueve Generales Divinos de Vollachia; no era momento para una conversación tranquila.
Estos adversarios pretendían recuperar al Emperador y probablemente planeaban apresar también a Julius y a sus compañeros.
[No podemos dejar que hagan lo que desean] declaró Julius mientras se acercaba con su Espada de Caballero relampagueando hacia delante.
Apuntaba a la extremidad de Moguro, al brazo que sujetaba a Ferris. Si lograba liberar al joven, podrían huir.
Dañar o matar a dos de los Nueve Generales complicaría enormemente su situación, aunque esos dos los hubieran estado persiguiendo. Por ello, Julius tendría que luchar con sumo cuidado…
Por otro lado, cuando Groovy vio el golpe indeciso, giró inmediatamente contra Julius.
[Oye, oye, oye, oye, ¿qué pasa contigo? ¿Por qué supones que puedes ganar, tarado?]
Los perseguidores se tomaron el ataque a medias como una afrenta. Lejos de mejorar las cosas, resultó ser un grave error de cálculo que solo avivó las llamas del ansia de Groovy y Moguro por la batalla.
[…]
Un ataque se lanzó contra Julius desde la retaguardia con una velocidad estupenda. Esta vez, el golpe pretendía claramente infligir una herida mortal; nada que ver con el impacto inicial de la batalla, que solo había pretendido mantenerlo a raya. Groovy sacó dos pequeñas hachas de sus cinturones y se acercó a Julius. Su intención era desmembrar al Caballero por el cuello y las caderas.

[Lo siento, pero no puedo dejar que le hagas daño a mi amigo.]
Casi en el mismo instante, Reinhard estaba cubriendo la espalda de Julius, recibiendo los golpes de ambas hachas. Uno de los golpes del Santo de la Espada alcanzó a Groovy en la muñeca, mientras este clavaba firmemente sus largas piernas en la tierra con una poderosa postura.
[¡Tsk! ¡Jódete! ¿Tu amigo? ¡De la misma forma llamé a Balleroy, mierda!]
[…]
Reinhard frunció los labios mientras Groovy lo reprendía en compensación por la agresión física evitada. La furia del hombre hiena impidió que el Santo de la Espada tuviera oportunidad de explicar la verdad.
En el mismo momento, Julius soltó un golpe que conectó con el robusto brazo de Moguro. El ataque aterrizó precisamente en la muñeca de su mano derecha, la que aún sujetaba a Ferris. Pero con un agudo sonido de impacto, su espada simplemente rebotó. Los cuerpos de la Gente de Acero eran tan duros como parecían. Uno probablemente necesitaría un cortador de metal para hacerle daño a Moguro.
[Argh…]
[¡¿AHHHHH?!]
Primero el choque con Groovy y ahora su ataque a Moguro. Julius aún sentía un hormigueo en el brazo derecho a causa de los dos impactos cuando desenvainó la espada. En ese momento, la enorme figura de Moguro bailó con curiosidad antes de lanzar una potente patada frontal. Un géiser de tierra salió disparado como si el suelo hubiera explotado, y el grito de Ferris se desvaneció al ser zarandeado. Al escucharlo, Julius no retrocedió, sino que se lanzó hacia el centro de Moguro para evitar el ataque, golpeando con su espada el muslo interior y la parte trasera de las caderas de la criatura; lugares que serían golpes incapacitantes para un oponente humano. Pero lo único que consiguió fue otra sacudida y un rebote difícil de controlar. El Caballero de cabello púrpura se acercó todo lo que pudo para llegar al interior de las piernas de Moguro, y la danza de espadas entre él y el guerrero metálico empezó a aparecer como un torbellino.
[¡…!]
Julius golpeó uno a uno los puntos vitales de su oponente, esquivando los golpes de Moguro con cierta dificultad mientras hacía gala de su habilidad con la espada. Julius no sabía mucho de la Gente de Acero, pero su abrumadora amenaza y su fuerza, que obviamente podía acabar con su vida incluso con un golpe de refilón, le helaban la sangre en las venas.
No se enorgullecía de enfrentarse a uno de los guerreros más fuertes del Imperio. No tuvo oportunidad de regocijarse en su habilidad con la espada ni de admirar el poder de su enemigo. Estaba gastando este momento en su límite absoluto…
[Tú, fuerte. Yo, sorprendido.]
A diferencia de Julius, que necesitaba cada gramo de su concentración y habilidad solo para mantenerse en pie de igualdad, Moguro todavía tenía los medios para ofrecer una palabra de elogio. A decir verdad, el estilo de pelea del Hombre de Acero no sugería nada de entrenamiento o disciplina. El general se limitaba a golpear de forma natural, como si tratara de aplastar a un animal pequeño. Moguro había llegado a ser uno de los Nueve Generales Divinos simplemente en virtud de una inmensa fuerza innata. Era una especie de ventaja natural que no tenía nada que ver con el talento o la genialidad.
[Sorprendido. Poco más serio.]
Con eso, Moguro levantó un brazo hacia Julius. El Caballero lo esquivó por poco, y el suelo a su lado estalló por la fuerza del impacto. Pero Julius nunca había sido el objetivo de Moguro. El general había intentado destrozar el propio suelo.
[¡¿Qué…?!]
Al instante siguiente de que su puño aterrizara en la tierra, Moguro empezó a hacer girar su enorme cuerpo a una velocidad increíble mientras taladraban el suelo. Se movían por la tierra con la misma facilidad con la que uno nadaría por el agua… y aún seguían sujetando a Ferris.
[…]
Fue, por supuesto, la tremenda robustez de Moguro lo que permitió al general realizar esta hazaña. Un humano normal que se viera obligado a hacer lo mismo se encontraría con la carne arrancada de sus miembros, los huesos rotos y los órganos convertidos en papilla. Tal era el peligro que corría Ferris.
Julius ajustó la empuñadura de su espada y gritó:
[¡Reinhard!] Iba a renunciar a sus infructuosos ataques contra Moguro.
Reinhard, que seguía peleando contra Groovy, comprendió al instante lo que quería Julius y se acercó volando. Intercambiaron sus posiciones y Reinhard descargó una patada directamente sobre el torso de Moguro. Habiendo intercambiado oponentes, la espada de Julius se encontró de frente con las hachas de Groovy.
[Grmf.]
Los cuerpos de la Gente de Acero se encontraban más a gusto bajo tierra, pero Moguro encontró el suyo volando por los aires. Y pensar que aquel humano lo había lanzado sin tanto esfuerzo, a pesar de que la criatura de metal pesaba varios cientos de kilos. Fue una hazaña que pintó a Reinhard como mucho más que un espadachín.
Reinhard era, en efecto, un Caballero de habilidad suprema, pero la llamada Espada Dragón que portaba era la hoja más poderosa de Lugunica, un arma de gran valor, conocida por ser ella quien elegía al oponente contra el que sería desenvainada. Por ello, Reinhard peleaba a menudo con las manos vacías. La patada que acababa de dar demostraba que estaba bien justificado que lo hiciera.
[Él tiene un alocado cabello rojo, una patada de putos locos… ¡Ni siquiera yo esperaba que el Santo de la Espada fuera un cabrón tan duro!]
[Seguro que se le ocurre una mejor forma de decirlo. Tanta vulgaridad no le queda.]
[¡No voy a decirlo otra vez! ¡Ni siquiera te estoy escuchando, hijo de puta!]
Las armas de Groovy volvieron a chocar con las del propio Julius. Al igual que el estilo de pelea en torbellino de Moguro, el enfoque a dos manos de Groovy parecía más instinto salvaje que técnica perfeccionada. Tal vez había desarrollado y entrenado su habilidad con la espada en combate, basándose únicamente en lo que mejor funcionaba para su cuerpo, pero no, Groovy no estaba usando una espada. Lo que el hombre hiena estaba haciendo ni siquiera se podía llamar esgrima.
[…]
Mientras se atacaban mutuamente, Groovy lanzó sus hachas por el aire, sacando inmediatamente su siguiente arma. De sus cinturones, sacó un par de objetos parecidos a guantes que cubrían sus puños. Lanzó un puñetazo cubierto de metal, y Julius lo interceptó con la culata de su funda. Se dirigió hacia las caderas de su oponente, con la esperanza de aprovechar la apertura que había creado y limitar los movimientos de Groovy…
[¡…Gah!]
Pero un instante después, se produjo una ráfaga de aire, y Julius cayó hacia atrás con un grito de dolor. El golpe le había dado en el estómago, y su uniforme de Caballero estaba salpicado de sangre.
Lo habían golpeado. Pero ni siquiera se había inmutado, lo que indicaba que el ataque se acercaba. Sus ojos se abrieron ampliamente al tratar de comprender cómo había sido golpeado, y su reacción hizo que Groovy abriera la boca ampliamente y se carcajeara.
[¡Gah-ja-ja! ¿Te gustan? Nudillos mágicos. Los guantes llevan piedras mágicas que pueden lanzar hechizos. No son más que grandes trozos de maná, y después de un golpe, no son más que piedras bonitas. Aun así, son más que suficientes para darle una paliza a un pendejo.]
[Nudillos mágicos…]
Julius nunca había oído hablar de algo así; le sorprendió encontrarlos tan poderosos. Aunque fueran inertes la mayor parte del tiempo, tales armas serían más que efectivas si un solo golpe pudiera decidir una batalla.
Aunque la herida en el costado del Caballero no era profunda, era más que suficiente para frenarlo. Era indudable que marcaría una gran diferencia contra un oponente tan hábil como Groovy. Si ese era el caso…
[¿Oh, ah?]
[Perdóneme, pero no eres el único que guarda algo en reserva.]
Groovy enarcó una ceja ante el repentino cambio que exhibió Julius. Los rasguños alrededor de la herida de su vientre brillaron con una suave luz azul, y la hemorragia se detuvo. Mientras tanto, una luz roja envolvió su espada, y otras verde y amarilla rodearon el cuerpo de Julius. Las cuatro luces procedían de cuasi espíritus, cada uno con un elemento y un poder diferente.
[¡Así que eres un jodido mago espiritual! Pero tantos de ellos… ¡Mierda, debes de ser bueno!]
[Me gratifica oírlo decir eso. Parece que es lo primero que se me ha dado bien en todo el día; no sirvo como negociador.]
[¡Tsk!]
Irritado, Groovy chasqueó la lengua, como si hubiera sido una broma. Julius, por otro lado, no había estado bromeando. Todo lo que había dicho era cierto.
Kua, el espíritu de agua, cerró sus heridas, mientras que el espíritu de fuego, Ia, hizo que su espada ardiera al rojo vivo. Y con los espíritus Aro de aire e Iku de tierra sobre él, las habilidades físicas del Caballero mejoraron. Fue esta combinación de técnicas la que le valió a Julius el apodo de Caballero Espiritual.
[¡Blaaaaaaamm!]
Julius, vestido de luz, se enfrentaba a Groovy cuando algo enorme y largo se interpuso entre ellos. Era el brazo de Moguro, arrancado por el codo. Hubo un instante en que Julius se dio cuenta de que era su brazo izquierdo, el que había estado sujetando a Ferris. Entonces miró hacia atrás.
[Siento la espera, Ferris.]
[¡Ah, gr-gracias al cielo! ¡Ah, rayos! ¿Por qué has tardado tanto? Esa cosa casi me mata. ¡Estaba muerto de miedo!]
[Mis disculpas.]
Rescatado de la mano de Moguro, Ferris se aferró al costado de Reinhard, quejándose en voz alta. El Santo de la Espada se limitó a esbozar una débil sonrisa, y Julius dejó escapar un breve suspiro de alivio. Ahora vio que uno de los brazos de Reinhard, el mismo que ahora sostenía a Ferris, parecía haber ejecutado un golpe de mano de cuchillo. El filo necesario para que un golpe así arrancara el brazo de Moguro era inimaginable. En todo el mundo, Reinhard podría haber sido la única persona capaz de cortar un apéndice de acero macizo con una técnica de manos desarmadas como esa.
[¡¿Qué coño te pasa, Moguro?! ¡Con una chingada, no te metas cuando un tipo está peleando! Oh, por… ¡Me cago en todo, pero si te están haciendo mierda!]
[Equivocado, siendo; equivocado. Yo no tu lacayo.]
[¡Me importa una mierda lo que creas que eres!]
Groovy se acercó y le dio a Moguro una patada a su brazo. Moguro lo atrapó en el aire y lo empujó contra el hombro del que había sido cortado. En un instante, la herida se curó. Se decía que la Gente de Acero podían curar cualquier daño que se hicieran a sí mismos, siempre que su cerebro y su corazón permanecieran intactos. Combinado con la dureza de sus cuerpos, casi parecían invencibles.
Confrontados con todo lo que había sucedido, los combatientes tanto del Reino como del Imperio se volvieron más cautelosos entre sí. Ahora que realmente habían empezado a poner sus cartas sobre la mesa, las posibilidades de un empate parecían cada vez mayores…
[Ya estoy harto de estas aburridas exhibiciones.]
El comentario había venido del Emperador, que hasta ese momento se había mantenido alejado del campo de batalla.
[…]
La pasión desbordante entre aquellos en el bosque se enfrió de inmediato. De hecho, había sido sofocada por una presencia mucho más imponente que la de los soldados en el campo de batalla. Era imposible explicar lógicamente por qué congeló el conflicto de manera tan completa. Cualquiera de ellos podría haber dominado físicamente a Vincent; uno con la espada, otro con magia. Entonces, ¿por qué el gobernante de Vollachia parecía apoderarse de sus propias almas con solo la palabra?
[Groovy, Moguro. ¿Qué creen que significa recuperarme?]
[¿Su Excelencia? Bueno, eh…]
[¿Te parece este un escenario apropiado para tus actos pueriles?]
El tono de voz de Vincent era inquebrantable. Sin embargo, todos los presentes comprendieron que el hombre había dado un ultimátum. Ante la ira latente del Emperador, la actitud de Groovy y Moguro cambió de inmediato. Su ansia de batalla, la sensación de que tenían todo el tiempo del mundo, desaparecieron. En su lugar, apareció el aura de los guerreros que ya no podían permitirse el lujo de perder el tiempo. Es decir, el aura de dos de los Nueve Generales Divinos, los guerreros más fuertes del Imperio.
[Bien, Moguro, no más juegos. Nos ponemos jodidamente serios desde el primer ataque.]
[Entendido. Comprendido. Y de acuerdo.]
Ahora que estaban de acuerdo, Groovy y Moguro se prepararon para lanzarse sobre sus oponentes. Julius se puso rígido, preparándose para el cambio en la batalla. Pero entonces…
[Julius.]
Una voz llamó desde atrás, y Julius echó un vistazo hacia esa dirección. Reinhard estaba junto a Ferris, ya a salvo en el suelo. Los ojos azules del Santo de la Espada estaban clavados en los de su compañero. Julius leyó su intención de inmediato y lo comprendió incluso antes de que Reinhard tuviera que hablar. Se quedó pensativo un instante, pero luego respondió:
[¿No te importa que te deje esto a ti?]
[Por mí, de acuerdo. Si recuperan al Emperador, perdemos. Sir Moguro lo complica. Así que…]
Con eso, Reinhard se puso delante de Julius. La capacidad de Moguro para viajar bajo tierra, y evitar así la red de seguridad de Julius, era peligrosa. No había nadie mejor para perseguir a un enemigo que huía. Julius no quería apartar los ojos de la criatura metálica, pero tendría que hacerlo. Reinhard quería ganar tiempo.
[Te dejaré uno de mis brotes. Úsalo como guía para volver a mí… Espero sinceramente que no lo desaparezcas.]
[Ojalá dijeras simplemente que no te gusta la idea de separarte de mí.]
Reinhard esbozó una media sonrisa, y su cara de perfil no mostraba la menor angustia por tener que tomar la retaguardia.
Su despreocupación pareció indignar a Groovy, que chasqueó la lengua ruidosamente.
[¡Pfff! De todos modos, quieres una guerra con nosotros, Santo de la Espada. He terminado con los pinches juegos. ¡Nunca más podré enfrentarme a mis amigos si permitimos que ustedes, cabrones, nos pisoteen!]
[Me temo que ha habido un grave malentendido… pero supongo que no estás de humor para escuchar.]
[¡Mierda, claro que no! Entonces, ¿cuál es tu plan, ahora que tus pequeñas negociaciones han fracasado?]
[Derribarte y hacer que me escuches.]
[¡Primero morirás!]
Groovy, enfurecido, y Moguro, que guardaba un silencio sobrenatural, atacaron simultáneamente a Reinhard. Groovy volvió a sacar sus hachas y Moguro se lanzó a la tierra para empezar la pelea desde el subsuelo. Reinhard salió a su encuentro.
Julius observó cómo intercambiaban los primeros golpes y corrió hacia el Emperador, que se limitaba a quedarse quieto. Lo agarró del brazo.
[¡Perdone mi impertinencia, Su Excelencia! ¡Ferris!]
[¿Eh? ¿Qu-qué? ¿Seguro que Reinhard estará bien?]
[¡Tenemos que confiar en él! ¡Los dos tenemos que sacar a Su Excelencia de aquí!]
Ferris estaba nervioso, pero aceptó la breve explicación con un asentimiento y empezó a adentrarse en el bosque. Julius lo siguió corriendo, tirando del Emperador detrás de él.
[¡Oye, imbécil! No puedes tratar a Su Excelencia así…]
[Perdóname, pero no creo que ninguno de los dos podamos permitirnos dar la espalda al enemigo.]
Groovy había sido distraído por el trío que huía, pero Reinhard se negó a permitir que los persiguiera. Solo, el Santo de la Espada contuvo al aullante hombre hiena y al implacable ataque del Hombre de Acero. Siendo quien era Reinhard, Julius sinceramente dudaba que le ocurriera algo, pero aún así…
[¡Reinhard, mantente vivo!]
El Caballero aún tenía que dedicar al menos unas palabras al amigo que había dejado solo en el campo de batalla.
Sección 10
Corrieron por el bosque, atentos a todo lo que les rodeaba. Dos de los Nueve Generales Divinos los habían perseguido y entretenido durante no poco tiempo. Julius y los demás podían suponer que su pequeño refugio estaba rodeado de Soldados Imperiales. Demasiado para huir a una zona desierta…
[Obligar al mismísimo Emperador a huir es de lo más insolente. ¿No querrás tomarme y cargarme, como hizo el Santo de la Espada?]
[Es posible, milord, pero no puedo garantizar que sería tan cómodo como lo fue con él. Y si viene otro ataque, sería más difícil protegerlo.]
[Joh. Veo que eres hábil hablando, aunque no tanto cargando.]
Con el bastante insatisfecho Vincent remolcado, Julius se dio cuenta de que no iban a poder esconderse en el sentido tradicional.
Mientras corrían por el sendero boscoso, el Caballero de cabello púrpura descubrió que Vincent les seguía el ritmo a él y a Ferris con notable facilidad. Si había alguien cuya resistencia preocupaba a Julius, era en realidad la de Ferris. El chico nunca había sido el más fuerte físicamente, y ahora el terror y la tensión habían reducido sus reservas a la nada mientras miraba continuamente hacia atrás por encima del hombro.
[Ferris, debes mirar hacia delante. Lo siento, pero no podemos ir más despacio.]
[E-Estoy bien… Pero ¿qué pasa con Reinhard? ¿Estará bien? Estamos en territorio del Imperio, no va a ser fácil volver a encontrarnos una vez que nos hayamos separado, ¿verdad?]
[He puesto a Ia a acompañarlo. Dudo que tengamos problemas para encontrarnos. Ahora mismo, nuestra preocupación deberían ser los asesinos que atacaron a Sir Balleroy y van tras la vida de Su Excelencia.]
Julius trató de tranquilizar a Ferris al mismo tiempo que los devolvía al tema de lo ocurrido en el Palacio de Cristal. Su discusión se había interrumpido antes, pero huir continuamente no resolvería nada por sí solo. Tampoco sería responsable suponer simplemente que Miklotov y Bordeaux, que se habían quedado atrás en el palacio, se encargarían de las cosas.
Para empezar, no tenían garantías de que Miklotov y Bordeaux siguieran a salvo.
[Con Goz a cargo, uno pone en duda que alguien se apresure a hacer algo imprudente. Menos aún, si se llegase a hacer algo contra tu Miklotov y su amigo, puesto que podrías retribuírmelo de la misma manera.]
[…Supongo que eso es una cosa menos en mi mente, entonces] dijo Julius. [Pero hay tantas cosas que todavía no entiendo. ¿Puedo preguntarle algo, Su Excelencia?]
[Depende de lo que sea. O eso diría yo, mas ya sospecho lo que has de tener en mente. Es sobre el «pulso» del Palacio de Cristal, ¿correcto?]
Julius quedó sorprendido al darse cuenta de que Vincent lo había entendido completamente. Naturalmente, había estado intentando llevar el diálogo en esa dirección, pero el Emperador tenía un tremendo don para la conversación, junto con la habilidad de hacer parecer que no tenía tal aptitud en absoluto.
[El pulso… miauncionó eso antes, ¿o no? ¿Qué es exactamente?]
[Imagino que saben que el castillo está hecho de muchos cristales mágicos. Y también que algunas de sus defensas aprovechan su poder.]
[Sí, nos lo han contado.]
El Palacio de Cristal era famoso tanto por su capacidad ofensiva como defensiva. Su densidad de maná y las posiciones cuidadosamente calculadas de sus numerosos cristales mágicos eran cosas que Julius había confirmado por sí mismo poco antes. Pero no entendía su conexión con lo que Vincent estaba diciendo ahora.
[Así pues, el Palacio de Cristal almacena exuberantes cantidades de maná por el mero hecho de existir. Sabiendo eso, ¿son necesarias más explicaciones, usuario espiritual?]
El tono del Emperador era casi burlón. Julius consideró las palabras del hombre por un momento.
[…No querrá decir… que el Palacio de Cristal está…]
[¿Vivo? En efecto.]
El Caballero sintió que sus pensamientos se detenían bruscamente. El Palacio de Cristal, centro de la capital de Lupugana y símbolo de todo el Imperio de Vollachia, no era solo una fortaleza de capacidades ofensivas y defensivas sin límite, sino que había concentrado tanto maná que se había convertido en una especie de espíritu por derecho propio. Ahora que lo sabía, la conclusión parecía ineludible.
Vincent soltó una carcajada al observar la reacción de Julius.
[Ahora hay una razón más por la que no se pueda conceder que ninguno de ustedes salga con vida del Imperio.]
[¡U-Usted ha elegido responder la pregunta!]
[La respuesta a cualquier pregunta que puedas hacerme, inevitablemente ha de tocar algo crucial para Vollachia. Es natural. Pues sabes perfectamente quién soy; no me hagas reír.]
[¡Grrrr…!]
La cara de Ferris enrojeció ante el tono burlón de Vincent. No sabía hasta qué punto hablaba en serio el Emperador, pero lo que decía era bastante cierto. Cuando el hombre hablaba, sus palabras eran como una puerta a las profundidades del Imperio. Escúchalas descuidadamente y cualquier cosa podría pasarte. Aun así, el peligro les había aportado algo.
[Si el Palacio de Cristal literalmente tiene pulso… entonces cuando Sir Balleroy cayó y Reinhard perdió el conocimiento, es posible que se usara un hechizo especial.]
[Sagaz de tu parte. Mas guarda tus deducciones por el momento, pues son de mi preferencia las reacciones de tu joven bestia de allí.]
[¡Cuidado, Su Excelencia!]
Vincent había confirmado la sospecha de Julius, pero no dejó de lanzar una indirecta a Ferris. Podría parecer simplemente una muestra de su calma, pero también podría haber sido el pequeño truco del Emperador para superar situaciones tan estresantes. La forma de interpretar este comportamiento probablemente variaba de un individuo a otro. En cualquier caso, era mucho más propicio para una conversación que negar rotundamente que hubiera alguien tras ellos o caer en el pesimismo más absoluto.
El pulso del Palacio de Cristal, la muerte de Balleroy y el asombroso cambio que había experimentado Reinhard. Si todo aquello estaba relacionado de algún modo con un atentado contra la vida del Emperador, entonces el problema era que tendrían que volver a palacio y…
Pero los pensamientos de Julius no llegaron más lejos. De repente se paralizó.
[¿Julius?]
Ferris se detuvo rápidamente a su lado. Vincent también se detuvo unos pasos detrás de ellos, con sus agudos ojos negros estudiando al Caballero. Pero el espadachín no reaccionó ni a la llamada de Ferris ni a la mirada de Vincent.
Tenía otras cosas de las que preocuparse.
[Ooh. ¿Ya me has visto? ¿Y a esa distancia?]
La voz, afectuosamente despreocupada, llegó a Julius y a los demás desde más adentro del bosque. Ferris abrió ampliamente los ojos y volteó hacia la fuente del ruido. Cuando se trataba de detectar la presencia de alguien, la intuición de Ferris era tan buena como la de Julius. Ahora ponía en funcionamiento todos sus sentidos, agudizados por la sangre semihumana que corría por sus venas, dedicando sus oídos, su nariz y sus ojos a la tarea de encontrar al enemigo. Que la propia reacción del chico gato fuera tan tardía era un testimonio de esta figura, que se había ocultado con tanta naturalidad como si formara parte del propio bosque.
[…]
Sin mediar palabra, una sola figura de aspecto joven se abrió paso entre las hojas caídas y se acercó al grupo. Era un hombre joven de una calidad bastante peculiar. Su ropa era una mezcla de azul brillante y un tenue color melocotón rosado, muy similar a la que usaban los ciudadanos de Kararagi, un grupo de ciudades-estado en el oeste. Llevaba zori tejidos a mano, o sandalias de junco. Su cabello azul oscuro estaba atado hacia atrás y tenía una sonrisa sorprendentemente amistosa. Sin embargo, en su cadera llevaba dos espadas, katanas, como se les llamaba, también al estilo de Kararagi.
A primera vista, no parecía más que un niño jugando a disfrazarse. Sus rasgos eran tan suaves que podría haberse confundido con una mujer, una impresión reforzada por su esbelta figura. Aun así, encontrarse cara a cara con aquel hombre disipó de inmediato tales impresiones. Lo que se oponía ahora a Julius era algo que iba más allá de su imaginación.
El joven se detuvo varios metros delante del Caballero de cabello púrpura, mirándolo fijamente. Entonces, como si fuera ajeno a lo que Julius estaba pensando, exclamó
[¡Oh, vaya!] y se dio una palmada en la rodilla. [¡Desde esta distancia puedo ver lo apuesto que eres! ¡Y tu amiga bestia de allí también es encantadora! ¡Los tres nos veríamos maravillosos juntos! Y el enfrentarnos, con Su Excelencia entre nosotros… ¿No es simplemente de lo más emocionante?]

[O-Otro… ¿Eres uno de los Nueve Generales, también? Agh, ¡¿qué posición tienes?!]
El joven parecía muy complacido por la situación, pero Ferris, completamente cansado de ser atacado continuamente, puso cara de exasperación. Era casi envidiable cómo el semihumano aún no se había dado cuenta de a quién se enfrentaba. El espadachín que tenían delante era sencillamente un monstruo.
[Ferris, ve con Su Excelencia. Rápido.]
[¿…Julius?]
El Caballero instó al confundido Ferris a acercarse a Vincent con un toque en el hombro. Luego se adelantó para que Ferris y el Emperador estuvieran detrás de él, tras lo cual desenvainó su espada. Túnicas azules… Eran la conocida marca del más famoso de los Nueve Generales Divinos.
[Sir Cecilus Segmunt, supongo] dijo Julius en voz baja.
[¡Sí, sí, así es, ese soy yo! ¿Realmente soy tan obvio? Hasta un forastero sabe quién soy. ¡Qué problemático! ¡Jajaja!]
Cecilus se frotó la cabeza, riendo de un modo que no parecía molesto en absoluto.
Ante eso, Ferris se escondió discretamente detrás de Julius.
[¿Cecilus? Así que él es…]
[Oh, ¿qué eso? ¿No has oído hablar de mí, preciosa? Qué lástima. Oh, tal vez reconozcas el nombre de «El Rayo Azul de Vollachia». ¡Incluso los bardos cantan sobre mí!]
[El Rayo Azul… ¡¿Te refieres al guerrero sin par del Imperio?! ¡¿El monstruo que destruyó un ejército entero durante el Rito de Selección Imperial él solo?!]
[Monstruo es una palabra muy dura. Aquí hay una mejor manera de describirme: ¡Soy Cecilus Segmunt, actor principal en el escenario de este mundo!]
Incluso Ferris no tenía respuesta para eso. Conocía el título del hombre; era casi imposible no conocerlo.
Durante el último Rito de Selección Imperial, este hombre se había aliado con Vincent, que entonces no era más que otro candidato al trono, y había hecho mucho por sofocar la guerra civil que se había apoderado del Imperio. En concreto, había aniquilado a un ejército enemigo que había perseguido a Vincent. El hecho de que solo fuera un joven en mitad de su adolescencia cuando lo hizo pronto se extendió no solo por el Imperio de Vollachia, sino por todo el mundo. Tal reconocimiento situaba al Rayo Azul de Vollachia entre los espadachines vivos más poderosos.
Cecilus era probablemente responsable de más muertes que cualquier otra persona en el mundo. Su expresión actual no mostraba ningún rastro de esa sangrienta historia mientras saludaba despreocupadamente a Vincent, que permanecía detrás de Julius.
[¡Puede estar tranquilo, Su Excelencia! Ahora que estoy aquí para llevarlo a casa, no tiene nada de qué preocuparse. ¡Solo «Jhmm» y «Jarmph» como siempre y disfrute del espectáculo mientras yo me encargo de estos dos!]
[Disparates. Tus discursos frívolos nunca mejoran, no importa cuántas veces te inste a que los corrijas. Un mentecato más allá de toda esperanza… Mas, siendo franco, vale la pena reconocer tu impertinencia.]
Julius sintió que una gota de sudor frío le corría por la mejilla al oír aquello. La primera mitad de la respuesta del Emperador parecía dirigida a Cecilus, pero la última sonaba como una advertencia a Julius. ¿O tal vez no era más que la imaginación del Caballero?
Si Cecilus lograba arrebatarles al Emperador, Lugunica perdería la oportunidad de defenderse. En ese momento, la espada de Julius Juukulius determinaría si habría guerra entre el Reino y el Imperio.
[In, Nes] murmuró. [Préstenme su poder.]
Julius levantó la espada ante su cara y cerró los ojos como si rezara; un resplandor blanco y otro negro se posaron sobre él. Eran sus dos últimos cuasi espíritus, además de los cuatro que ya había utilizado.
Cecilus, con los ojos ampliamente abiertos y parpadeando, movió suavemente las vainas de sus espadas y dijo:
[¿Eres un verdadero usuario espiritual? He oído que hay muchos como tú en el norte, pero los únicos que te encuentras en Vollachia son malvados. Muy impresionante; ¿un oponente que puede usar una técnica con la que no estoy familiarizado? Precioso. Un escenario brillante, compartido por magníficos actores… ¡Maravilloso! ¡Uno como yo necesita un excelente contraste!]
[¿No cree que se está precipitando? Conozco muchas tragedias que culminan con la pérdida de la vida del héroe. Solo su propia espada determinará si está protagonizando una tragedia así en este momento.]
[¡Bravo, qué fantástico giro de frase! Es el tipo de diálogos que hace que una persona se enamore de un actor. Y siendo así…]
Con una agradable sonrisa, Cecilus desenvainó tranquilamente una de las espadas que llevaba en la cadera.
Entonces dio un único e indiferente paso hacia Julius y desapareció.
Un instante después, más rápido que un rayo, asestó un golpe que trascendió toda percepción.
[¡Arrgh!]
Julius logró bloquear el primer golpe con la empuñadura levantada de su espada. No lo había desviado conscientemente; fue una reacción instintiva, fruto de los reflejos aumentados que le habían otorgado sus cuasi espíritus. Julius se vio obligado a usar su carta de triunfo en el primer intercambio.
[¡Vaya! ¿Te las arreglaste para bloquear eso? Los guerreros del Reino son más capaces de lo que pensaba.]
Julius, muy consciente del dolor en su brazo, registró la sorpresa del ahora distante Cecilus. El general había vuelto a ampliar la brecha con la misma rapidez con que la había cerrado. Sus movimientos eran casi instantáneos, tan rápidos como un rayo. Semejante velocidad hacía honor a su título.
[¡Bueno, inténtalo, inténtalo de nuevo! Demuestra que puedes seguirme, a menos que la primera vez fuera solo suerte.]
[Solo puedo pedirle que no sea demasiado duro conmigo] dijo Julius, apretando los dientes y obligándose a sonar más seguro de lo que se sentía.
La sonrisa de Cecilus cambió al oír el comentario, y el Rayo Azul volvió a golpear a Julius. La espada saltaba en la mano de Julius con cada golpe. Consiguió bloquearlo, a duras penas, mientras sonaba el tintineo del acero.
[¡Maravilloso, maravilloso! ¡Dos, tres, cinco, seis, siete! ¡Los has bloqueado todos! ¡Esto es más que unos guardias con suerte! ¡Me ha tocado la lotería! Esto sí que es emocionante.]
Se oyó el sonido agudo de una patada en el suelo, y al instante siguiente llegó el destello crítico de una espada. Una vez más, Julius logró parar por instinto, mientras escuchaba la risa de Cecilus acercarse y luego alejarse de nuevo. Los golpes venían de todas direcciones, exigiendo lo máximo de la habilidad del Caballero con la espada. Era todo lo que podía hacer para evitar ser cortado por la mitad; el hombre no era lo bastante veloz para contraatacar. Los movimientos y golpes de Cecilus eran demasiado rápidos, sin dejar oportunidad a Julius de crear una apertura para pasar la espada de su oponente, como solía hacer. Las mejoras físicas proporcionadas por sus cuasi espíritus tampoco durarían para siempre.
Al ver a Julius luchando por mantener la defensa, Ferris empezó a sudar.
[Es-esto no se ve bien… ¡El dulce y pequeño Ferris tiene cero capacidad de combate…!]
[Nuestra gracia salvadora es que Cecilus simplemente se está divirtiendo. Mas no es todo. Ese espadachín es tan tonto como cualquiera de ellos. Lo cómico resulta en que no desea serlo.]
[¿Eh?]
Ferris estaba desconcertado por las palabras de Vincent. Cecilus, que acababa de crear una gran brecha entre él y su oponente, demostró rápidamente la exactitud de las palabras del Emperador.
El joven, vestido con kimono, ladeó la cabeza y golpeó el suelo con las sandalias mientras decía:
[No puedo evitar la sensación de que no soy tan… «rayo» como de costumbre. ¿Quizás hay algún tipo de hechizo sobre mí?]
[Solo un pequeño truco desagradable de un hombre que no puede hacer nada mejor. Pensar que sigue habiendo tanta diferencia entre nuestras habilidades cuando he dado lo mejor de mí me produce escalofríos. ¿Quizás podría complacer a un pobre espadachín y sus trivialidades por un momento…?]
[¿Mhmm? ¿Aunque jure que no quiero? Oh, cielos, no. Superar un truco desagradable es justo el tipo de cosa que define a un protagonista; ¡es lo que lo convierte en el personaje principal! Si mi rayo ha disminuido, entonces simplemente debo buscar en mi interior y hacerlo más rápido de nuevo. Sin embargo, en deferencia a tu espíritu combativo, te perdonaré la cabeza… ¡yyyyyyy allá vamos!]
Todavía dispuesto a pelear hasta el final, Cecilus se lanzó hacia delante a una velocidad que habría sido incomprensible para el observador promedio. Sorprendentemente, parecía incluso más rápido que antes. Su espada era un rayo centelleante, una raya plateada, que tomaba el camino más corto hacia el corazón de Julius.
Pero la espada de Julius llegó primero, encontrándose con la hoja que pretendía atravesarle el pecho.
[¿Eh?]
[Si va a ser tan amable de subestimarme, estoy más que feliz de tomar cualquier ventaja. Su espada es mía.]
Cecilus observó con asombro cómo, con un fuerte crujido, la katana que tenía en la mano se hacía añicos. Arrojando a un lado la mitad rota de su espada, el joven pronunció una silenciosa palabra de sorpresa. Cecilus miraba el arma que había interceptado su katana; el sable de Julius brillaba con una luz multicolor.
[¡Puede que sea lo más extraño e interesante que he visto en mi vida!]
[Esta es la espada espiritual Al Clauseria. Le falta un matiz, pero no hay nada que esta luz no pueda cortar.]
[¡Guau, es genial!]
Habiendo destrozado con éxito el arma de su contrincante, Julius presionó su ataque contra su oponente profundamente impresionado. Si su golpe arcoíris podía infligirle aunque fuera solo una herida, las cosas se pondrían considerablemente a su favor. Cecilus, por otro lado, ya se había deshecho de la espada sin hoja y esquivó el ataque con una voltereta hacia atrás. El Rayo Azul de Vollachia esquivó ágilmente con su legendaria velocidad. Con brillo en su mirada, el joven aplaudió con entusiasmo a Julius.
[¡Bravo, bravísimo! Aunque solo era mi quinta mejor arma, ¡no solo bloqueaste mi espada, sino que la destruiste! ¡Y hacerlo con tu propia técnica especial! ¡Esto me ha emocionado mucho!]
[Cecilus. Se te ha ordenado garantizar el regreso incólume del Emperador. ¿Qué es eso de tu quinta mejor arma? Sabes que mi vida es esencial para Vollachia, así como para tus propios intereses.]
[Jajaja, perdóneme, Su Excelencia. Mi primera y mi segunda arma fueron enviadas a que las afilaran. Sinceramente, hoy me quedé dormido y, cuando salté de la cama, esa fue la que agarré…]
Vincent, de pie y con los brazos cruzados, solo consiguió inspirar que, moderadamente avergonzado, Cecilus se rascara la mejilla. Entonces, el más preeminente de los Nueve Generales Divinos desenvainó su otra espada, una con un semblante verdaderamente cruel.
[Esta es mi tercer mejor espada; además, creo que esta vez me quitaré las sandalias para pelear. ¿Qué le parece?]
[Con todo lo que he pronunciado, ¿aún consideras prudente hablarme con tal ligereza?]
[¡Sabe que soy así, Su Excelencia! Además, cuando me pongo serio de verdad, la mayoría de los oponentes no duran ni unos segundos; cielos, no duran ni un abrir y cerrar de ojos. Sé que es un buen espectáculo, pero como artista, es aburrido. Por favor, déjeme decidir cómo pavonearme en mi momento sobre el escenario.]
Difícilmente podría haberse imaginado una respuesta más insolente al líder de un Imperio. Pero Vincent, con los brazos cruzados, dejó pasar el asunto, limitándose a asentir con la cabeza. Cecilus amplió su sonrisa.
[Sabía que podía contar con usted, Su Excelencia. Sabía que lo entendería.]
[Debo decir que cuando crucemos armas, creo que su tercera mejor espada sufrirá el mismo destino que la quinta.]
[Tocar es ser cortado. Eso es cierto con cualquier espada, ya sea un sable o una katana. Así que es solo cuestión de no tocar. De cortarte la muñeca antes de que puedas bloquearme. Sin embargo, ¡eres un oponente tan atractivo! Intentaré no estropear demasiado tu aspecto.]
[Qué considerado es. Quizá pueda esperar aún más amabilidad. Permítame sugerir que nos retiremos por hoy y reanudemos este combate en un momento menos tenso para ambos…]
[Ah, te estás haciendo ver menos elegante. No podrás hablar para salir de esto, por muy bonitas que sean tus palabras.]
Julius sabía que no funcionaría. El hambre de batalla de su oponente crecía por momentos, y el Caballero dudaba que Cecilus le permitiera ganar mucho más tiempo.
Tal y como había dicho, Cecilus se quitó las sandalias y se quedó descalzo en el sendero del bosque. Si quitarse el calzado lo hacía aún más rápido, entonces Julius no estaba seguro de cuántos intercambios más podría lograr. Había jugado su carta de triunfo, utilizado su movimiento especial, y aun así…
El Caballero de Lugunica adoptó una postura de combate.
[Creo que esta es mi señal] dijo Cecilus, apuntando con su tercer mejor espada al hombre de cabello púrpura.
Un instante después, una enorme figura se interpuso entre ellos, derribando árboles a su paso.
[¡Guaaaanng, gaaagagaang!]
Este enorme torso iba acompañado de un grito único mientras escupía polvo y se elevaba por los aires. Finalmente se posó en el suelo del bosque, cubierto de tierra. En un ataque de tos violenta, una piedra preciosa se desprendió de su cuerpo.
Un ser enfundado en una armadura natural era difícil de olvidar; era Moguro Hagane.
[¡¿Moguro?! ¿Qué demonios te pasó? ¿Y por qué has tenido que arruinar mi actuación…?] Cecilus, enojado, llamó al Hombre de Acero desde algún lugar de arriba. Moguro lo oyó y, girando lo que parecía ser su cabeza, dijo:
[Ghnr, Cecilus, feliz que tú aquí. Enemigo muy fuerte… Groovy, perdiendo.]
[Mira, lo siento, pero estoy muy ocupado acabando con mi presa, y… Espera, ¿acabas de acabas de decir que tanto tú como Groovy van a ser derrotados?]
[Sí. Espera, corrección. Pensar que no podemos ganar. Eso todo.]
[¡La mayoría de la gente llamaría a eso ser inferior! Jum, jum, jum, ¡ustedes los de Lugunica son realmente algo!]
Ignorando por completo el obstinado intento de Moguro de mantener su orgullo, Cecilus dio un emocionado puntapié. Mantenía la vista fija en el lugar por donde Moguro había venido rodando por el bosque. Poco después le siguió Groovy, igualmente por el aire.
[¡Gah! ¡Bah! ¿Ngha?] El hombre hiena gruñó y se quejó mientras rebotaba por el suelo, hasta que se detuvo al chocar contra Moguro.
Groovy apoyó la espalda en la pierna del Hombre de Acero mientras se ponía en pie con dificultad.
[Hay que reconocerlo; ¡realmente pega fuerte, maldición! ¡Ese cabrón del Reino no es normal! ¿Si quiera es un puto humano?]
Cecilus, sonriendo ampliamente, revoloteaba de aquí para allá alrededor del enfurecido Groovy, bombardeándolo con preguntas.
[¡Santo Dios, sí que te ha lastimado! Dime, Groovy, dime: ¿Qué tipo de oponente es él? ¿Qué tan mal te golpeó? ¿Fue por poco? ¿Una derrota total? ¿Lograste darle siquiera un golpe?]
Pero Groovy se negó a seguirle la corriente; se limitó a mirar a través de los árboles.
[¡Cierra la puta boca, loco obsesionado con la guerra! Es nuestro, tú solo quédate ahí y observa.]
Y entonces, justo donde Groovy había estado mirando, surgió una figura familiar…
[Julius, Ferris, ¿están bien?]
Cuando el hombre despejó los árboles derribados, la pareja estuvo segura de que era Reinhard. Su uniforme blanco de la Guardia Real ondeaba al viento. Aterradoramente, el hombre pelirrojo no tenía ni un rasguño digno de mención. A simple vista estaba claro que se había enfrentado a dos de los Nueve Generales Divinos a la vez y los había dominado por completo.
Todo el cuerpo de Julius se relajó ante la aparición de Reinhard. El aura que proyectaba el Santo de la Espada era muy parecida a la de Cecilus y los demás. Sin embargo, misteriosamente a Julius le inspiró una emoción completamente opuesta. Sacudió ligeramente la mano, tratando de aliviar el último dolor, y dejó que su cara rígida esbozara una sonrisa.
[Has conseguido llegar justo antes de que no estuviéramos bien. Estoy seguro de que Ferris podrá curarme las heridas más tarde. No te preocupes por mí.]
[¡¿Miauqu…?! De acuerdo, deja que yo me encargue. ¡Ferris es el mejor en ese tipo de cosas! No soy tan duro como cualquiera de ustedes, ¡pero puedo defenderme cuando se trata de curar!]
Mientras Julius notaba la respuesta de pánico de Ferris, vio cómo el brillo del arcoíris se desvanecía de su espada.
[Un momento] dijo Cecilus, inflando las mejillas al darse cuenta de que su oponente se estaba retirando. [¿No te estás precipitando un poco, actuando como si nuestra batalla hubiera terminado? En el campo de batalla, un momento de falta de atención puede costarte la vida. ¿No lo sabes?]
[Le agradezco la advertencia. Pero sería bastante injusto por mi parte añadir mi fuerza en esta batalla. Me abstendré.]
[¿…?] sorprendido, Cecilus arqueó una ceja.
Con el guerrero más fuerte del Imperio desconcertado, Julius señaló a Reinhard, el guerrero más fuerte del Reino, con la barbilla y dijo:
[Ya que dice ser el protagonista de este drama, su legítima contraparte es Reinhard. Creo que es él quien merece el título que reclama.]
[…Ahh, jaja, ya veo a lo que estás jugando. Crees que me enojaré por esa pequeña burla, ¿verdad? Jajaja, ¡por favor!] Cecilus esbozaba una media sonrisa mientras hablaba.
Vincent, con los brazos aún cruzados, dejó escapar un largo y suave suspiro.
[Te permito hacerlo.]
[¡Y así lo haré! Bien, excelente, ¡vamos a ver lo bueno que es este recién llegado!]
Cecilus tomó el comentario del Emperador como una señal, adoptando una postura de combate con su tercer mejor espada y desapareciendo rápidamente. Había sonado completamente relajado durante sus bromas, pero la destreza del Rayo Azul de Vollachia estaba en plena exhibición ahora. Julius fue incapaz de ver siquiera la coleta de Cecilus mientras el general avanzaba a toda velocidad. El golpe, como un rayo caído del cielo, azotó el cuello de Reinhard con la fuerza de una tormenta.
[Ah, debes estar bromeando…]
[Mil disculpas. Estaba justo a mis pies, así que decidí usarla.]
Cecilus miró asombrado a Reinhard, que acababa de disculparse por haber causado tal sorpresa. En la mano del Santo de la Espada había una katana, o mejor dicho, lo que quedaba de ella. Era la quinta mejor espada de Cecilus, la que Julius había destrozado.
[¡…!]
Ese simple intercambio fue suficiente para transmitir la fuerza sin igual de Reinhard. Con brillo en los ojos, Cecilus volvió a desaparecer. Fue tan rápido como su tocayo, y luego aún más. Múltiples imágenes del hombre del kimono azul empezaron a emerger hasta que pareció que Reinhard se enfrentaba a un ejército de cien. Estaba más allá de lo que los reflejos defensivos de Julius hubieran podido responder. Seguramente este debía de ser el último recurso de Cecilus.
Pero si Cecilus en su mejor momento parecía sobrehumano, también lo parecía Reinhard. El Santo de la Espada no cedió ni un ápice de terreno, rechazando los ataques invasores con nada más que la hoja sin filo del arma rota de su oponente. Reinhard desvió, barrió y se protegió de cada golpe. Con solo media espada, que tenía que sujetar con la punta de los dedos para no cortarse, Reinhard se defendía de lo que era esencialmente una espada encantada. Semejante poder era algo propio del reino de las pesadillas. Y si así lo veía Julius, ¿cuánto más pensaba de ello el enemigo, el General Divino?
No obstante, incluso ante una fuerza tan temible…
[¡¿Crees que puedes seguir con esto?!]
Cecilus soltó un devastador corte transversal, pero ahora había un temblor en su voz. Todos los ataques que había intentado habían sido rechazados. Tal vez fuera asombro, o incluso miedo; cualquiera de los dos habría sido apropiado al enfrentarse a Reinhard.
Pero en realidad, el temblor de su voz no se debía a un exceso de emoción. Era por enfrentarse a esta cosa de frente…
[Más…]
[Creo que ya es hora de contraatacar] dijo Reinhard.
Cecilus se lamió los labios y tensó la cintura mientras se preparaba para moverse aún más rápido. Fue solo un instante, el parpadeo de un ojo en medio de una tormenta eléctrica, pero a Reinhard no se le pasó por alto. Rápidamente, trazó un arco con una larga pierna, apuntando al esbelto cuerpo de Cecilus. Su patada cortó el aire no solo con belleza, sino con potencia suficiente como para partir un árbol por la mitad de un solo golpe.
En una batalla de esgrima, la elección deliberada de usar una patada enviaba un mensaje muy claro, y era correcto hacerlo, pero elegirla durante un choque de titanes como aquel equivalía a una estupidez.
[¡Dejar tu querida espada envainada te va a costar la vida!] exclamó Cecilus.
Reinhard se había dejado la Espada Dragón en la cadera, y ahora el golpe de Cecilus se dirigía a él a toda velocidad. Era un tajo diseñado para atrapar la patada entrante; ni siquiera Reinhard podía ganar en una batalla de espada contra pierna. En consecuencia, optó por girar la cintura y la cadera, cambiando el ángulo de su golpe en el aire.
[¡¿Qué…?!]
Con un chasquido como el de un látigo, el pie que había ido a por su pecho se dirigió de repente al delicado cuello de Cecilus.
[¡…!]
El impacto le robó el conocimiento al General Divino, y los ojos del hombre se le pusieron en blanco por un momento. El espadachín cayó al suelo como una marioneta con los hilos cortados.
El guerrero más fuerte del Imperio hizo un ruido sordo mientras se desplomaba. Dejó a los a los dos miembros restantes de los Nueve Generales Divinos sin palabras. Julius y Ferris también estaban sorprendidos, por supuesto. Para ellos, la victoria de Reinhard nunca había estado en duda, pero el grado en que había arrollado a Cecilus seguía siendo una sorpresa.
[Soberbia tras soberbia… Desafiar a un oponente sin comprender su verdadera fuerza y salir así… He tenido más que suficiente de teatralidades. Ser derrotado sin siquiera tener la oportunidad de usar toda la fuerza propia no está en consonancia con los principios del Imperio.]
Vincent parecía un hombre aparte, ni abiertamente sorprendido ni particularmente cabizbajo. Y ello a pesar de que su propio general, uno de sus guerreros más fuertes, acababa de ser derrotado. La actitud de casi aburrimiento del gobernante de Vollachia no había cambiado. En lugar de eso, dirigió su atención a sus otros dos generales, todavía estupefactos, y dijo:
[¿Y qué esperaban conseguir ustedes dos? Los números y la habilidad les han fallado. Si insisten en gastar sus vidas en este intento de recuperarme, no he de detenerlos, no obstante…]
[¡Mierda, no tiene que deletrearlo! ¡Moguro!] gritó Groovy.
[Entendido. Entendido. Groovy.] Moguro aseguró a Cecilus, apoyándolo contra el propio cuerpo macizo del Hombre de Acero.
Groovy, con el ceño fruncido, señaló a través del bosque.
[Esta vez ganaron ustedes, pendejos. Pero si dañan un cabello de la cabeza de Su Excelencia, ¡los desollaré hasta que ese cabello sea lo único que quede! ¡Al punto en que ni los jodidos animales quieran comérselos!]
[Ferris piensa que es mucho más seguro acabar contigo aquí mismo.]
[¿Ah, sí? ¡Me gustaría ver que lo intentaras, mamón de orejas puntiagudas!]
[Por favor, no hagas. Más seguro para nosotros. Creo.]
Moguro intentó calmar el intento de Groovy de mantener una fachada fuerte. Las chispas entre ellos eran prácticamente visibles. Pero los fugitivos también pensaron que sería mejor retractar el desafío de Ferris.
[Groovy, Moguro. Díganle a ese tonto que use sus mejores espadas, la primera y la segunda, en cualquier incidente futuro, y que no se ha de tolerar otra derrota. Y la próxima vez que aparezcan, actúen como si supieran lo que están haciendo. Esto es de gran importancia para mí.]
[…Sí, entendido, Su Excelencia.] Groovy asintió desconsolado a las palabras de despedida del Emperador.
Entonces, Julius y los demás huyeron del campo, sin bajar la guardia. Hasta el momento en que se perdieron de vista, los Caballeros sintieron la mirada de los dos Generales Divinos conscientes a sus espaldas.
Sección 11
[¡…! ¡¿Dónde estoy?!]
[Oh, Cecilus, despierto, a salvo.]
El joven de la túnica azul se levantó del suelo cuando de repente recobró la conciencia. Miró apresuradamente a su alrededor y descubrió una enorme pared marrón que lo miraba: Moguro Hagane.
Cecilus Segmunt parpadeó al ver a su camarada, nunca sabía lo que pensaba Moguro, y ladeó la cabeza, preguntándose qué había ocurrido. Un dolor punzante en el cuello no tardó en recordárselo.
Cecilus había peleado contra el joven pelirrojo, se había enfrentado a él y…
[¿Yo perdí? ¡¿Yo?! ¡¿Yo, derrotado por ese don nadie?!]
[¿Qué quieres decir con «don nadie»? Ese era el jodido Santo de la Espada de Lugunica.]
[¿«Santo de la Espada»? ¡¿Te refieres al que se dice que mató a un Dragón?! ¡¿Aún está vivo?!]
[Esa historia, antigua, cuatrocientos años, primer Santo de la Espada. Muchacho ese, descendiente. Aun así, monstruo.]
Groovy y Moguro compartieron un momento de fastidio ante el sobresaltado malentendido de Cecilus. Entonces Groovy asintió, confirmando las rebuscadas palabras de Moguro. «Sí» dijo.
[No puedo creer que haya limpiado el piso con todos, carajo. Tres de los Nueve Generales Divinos del Imperio de Vollachia, ¡derrotados por un cabrón de mierda!]
[¿«Derrotados…»? ¡Oh! Hablando de eso, ¿dónde está Su Excelencia? ¡¿Qué le pasó?! Cuando dijiste «a salvo», ¿te referías a…?]
[¿Que les dimos la vuelta y recuperamos al Emperador? Mierda, no me hagas reír. Tuvimos que ver a esos mamones llevárselo. Fue como si ni siquiera estuviéramos allí.]
[Su Excelencia, secuestrado. Caballeros del Reino desean guerra, verdaderamente.]
Cecilus había mirado su propia mano temblorosa cuando preguntó para confirmar el paradero del ausente Vincent. ¿Los generales, completamente derrotados? ¿Una situación tan mala como pudiera imaginarse? ¿El Emperador de Vollachia, desaparecido? Era casi demasiado para asimilarlo. Todo esto se debía a que Cecilus no había podido igualarlos como oponente. Por primera vez en su vida, se sintió humillado e impotente. El espadachín rechinó los dientes de vergüenza. Cuando escuchó que los Caballeros de Lugunica eran responsables del asesinato de Balleroy y del secuestro del Emperador, se encendió de furia. Cecilus había supuesto casualmente que el incidente le daría algo que hacer.
[Tenemos que recuperar a Su Excelencia de inmediato. Debo confesar que asumí que los habría vencido fácilmente, pero no estaba pensando lo suficiente… ¿Crees que esto es lo peor que ha sucedido desde que Su Excelencia asumió el trono?]
[¡¿Te das cuenta de eso ahora, cerebro de cagada?! ¡Escucha, el hombre nos dijo que reuniéramos a los otros generales y nos refugiáramos en la capital! Goz, el pinche viejo chiflado, ¡está al mando ahora!]
[¡Arrgh, horrible, esto es horrible, esto es lo peor!]
Cecilus se agitó en el suelo, furioso por su tardía comprensión. Aun así, después de un momento de lamentos, dio un largo y profundo suspiro.
[Uf, nada como un buen rato de gritos para calmarse… Ahora, si hay un gran problema, es que todos los soldados del Ejército Imperial juntos no podrían superar a ese Santo de la Espada pelirrojo.]
[Calma, de repente. Pruebas, ¿dónde?]
[Simple deducción. El Ejército Imperial se enfrentó a mí, y yo los hice pedazos. Así que, si hay un joven que pueda hacer más o menos lo que yo, ¿crees que tienen alguna posibilidad?]
[…] Moguro enmudeció debidamente ante eso.
Aunque habían sido dichas a la ligera, las palabras de Cecilus eran ciertas y no llevaban ninguna exageración. Se decía que había abatido al equivalente de un ejército durante el Rito de Selección Imperial, pero solo porque eran todos los oponentes que se podían proporcionar en ese momento. Si hubiera habido más, habría podido abrirse paso fácilmente a través de una ciudad entera, de toda la capital, de todo un país. Para un guerrero trascendental como él, el soldado de infantería común bien podría no haber existido. Y lo mismo ocurría con el Santo de la Espada de cabello rojo.
[Con gente como él de su lado, no importaría si enfrentáramos a todo el ejército contra ellos, no importaría si todo el ejército se uniera en una entidad gigantesca y unida. No pueden vencerlo. Debemos asegurarnos de que les digan que no se enfrenten a él, aunque lo vean.]
[¿Estás diciendo que debemos decirles que volteen hacia otro lado si ven a los putos secuestradores del Emperador?]
[Sí, porque no tienen otra opción. No es de nuestra posición el privar a Su Excelencia de su propiedad, ¿verdad?]
Todo en la capital de Vollachia se consideraba propiedad de Vincent. Eso incluía la ciudad y sus recursos, por supuesto, pero también la vida de cada soldado, cada plebeyo… todo lo que había. El Imperio de Vollachia era una tierra rica, llena de cosas maravillosas y bellas. Sin embargo, Vincent pensaba que tal abundancia no era excusa para desperdiciarla. Esa era una de sus cualidades más humanas.
[Aun así, perder contra ellos… Ahh, así que esto es un fracaso. Aunque, sigo vivo. Me he levantado de mi derrota y ahora tengo la oportunidad de obtener la victoria. ¡Ya veo, así que ese es mi nuevo papel! ¡Te subestimé, mi amigo pelirrojo! Parece que el destino está de mi lado.]
Confiaba en que él y el Santo de la Espada, que se interponía entre él y el Emperador, se encontrarían de nuevo. Por primera vez en sus veinte años de vida, Cecilus Segmunt se había topado con un objeto inamovible. Cuando lo hubiera superado, entonces sabría con certeza que estaba verdaderamente favorecido por el destino.
[Jo, Jo, jo… ¡Ja, ja, ja! ¡Aja, ja, ja, ja!]
[¡Hijo de pu… baja la voz! ¡Dije que le bajes volumen, pendejo!]
[No puedo esperar, no puedo esperar; no hay razón para esperar. Bien, voy a buscar algo que olvidé, para cuando recuperemos a Su Excelencia. Tengo que recuperar mis pertenencias del herrero.]
Cecilus volvió a calzarse las sandalias, golpeó suavemente el suelo con los dedos y sonrió.
[Pertenencias…] Moguro ladeó la cabeza con curiosidad.
[¡Así es!] dijo Cecilus, asintiendo enérgicamente. [Mis queridas y mejores espadas, la primera y la segunda. Ahora que sé que estoy tratando con el renombrado Santo de la Espada de Lugunica, sería tonto por mi parte no tomármelo en serio.]
Él ofreció otra sonrisa inocente, con un destello de pura alegría en sus ojos, y su voz tembló apenas un poco.
Sección 12
Tras librarse de sus perseguidores, los Generales Divinos, Julius y los demás salieron sanos y salvos del bosque. Aunque Reinhard había acabado abriéndose paso hasta la victoria, no dejaba de ser cierto que los generales les habían quitado no poco tiempo. Por ello, esperaban salir del bosque y encontrarse con una impenetrable red de soldados rodeándolos, pero…
[A pesar de lo que puedan sentir mis hombres, los otros tres les habrán dicho que no se enfrentan a simples soldados anodinos. Sabiendo eso, ninguno de los que están al mando ordenaría el despilfarro de infantería. Mas se ha de admitir que es una huida bastante aburrida.]
Así entendía Vincent la disposición de las tropas de su nación. Era la declaración de un hombre que confiaba en las tácticas de sus subordinados por encima del obvio despliegue de todo el ejército para recuperarlo. Julius también lo entendió intelectualmente, pero desde una perspectiva emocional, debió de ser muy duro para los soldados. Ser capaz de sofocar tales emociones y doblegar a las tropas a un efecto deseado… tal vez esa era otra ventaja de las formas del Imperio.
En cualquier caso…
[Parece que por fin podemos recuperar el aliento.]
Reinhard bajó ligeramente los hombros, aunque seguía atento a lo que ocurría al otro lado de la puerta cerrada. El grupo se encontraba en una pequeña caseta de vigilancia en algún lugar más allá del bosque. Estaba al borde de las montañas al norte del Imperio. Afortunadamente, quienquiera que ocupara normalmente este modesto domicilio estaba ausente, por lo que no habían tenido la necesidad de explicar quiénes eran o qué estaban haciendo. Sin embargo, había que decir que el lugar no era un buen sustituto de un castillo imperial. Aunque Reinhard tenía razón; solo era una escala, un lugar para recuperar el aliento.
[Nunca me tomaría a la ligera intencionadamente a unos adversarios así] añadió el Santo de la Espada. [A pesar de eso, esa gente que nos persigue es verdaderamente poderosa… Supongo que no hay descanso para los que están agotados.]
[¿«Verdaderamente poderosos…»? Si hasta tú piensas eso, Reinhard, me da un miaual, miaual presentimiento.]
Ferris frunció el ceño ante el veredicto de Reinhard, mientras el joven se recostaba contra la puerta y pensaba en sus anteriores combates. Julius, por otro lado, estaba más que de acuerdo con el comentario algo sarcástico de Ferris. Uno nunca diría que Reinhard acababa de pasar por una serie de intensos combates con solo mirarlo. Mientras se sacudía el polvo, el Santo de la Espada solo parecía haber sido rociado con algo de polvo arrastrado por el viento.
[Yo tampoco estoy acostumbrado a oír esas cosas de ti, Reinhard.]
[¿Tú también, Julius? No fue tan fácil como parecía. Si hubiera dado un paso en falso, no sé qué habría pasado. Esos tres… Especialmente el último… La idea de ellos me hiela sangre.]
No hubo falsedad en su comentario, a pesar de haber sometido a un enemigo tan tremendo con una sola patada. Estaba expresando una admiración sincera por la fuerza y habilidad de sus oponentes. Era capaz de alabar sinceramente la fuerza de los demás sin vacilar, sin mostrar ningún orgullo por sus propias habilidades. Eso era lo que lo hacía…
[¿Y qué piensas hacer ahora?]
La interrupción provino de Vincent, que se había sentado en una de las sillas mal talladas de la caseta de vigilancia. Era solo una cosa tosca y de madera, pero por la forma en que Vincent ocupaba el asiento, de repente parecía ser una pieza histórica, legendaria. El ambiente ya no parecía el de una pequeña choza, sino el de una sala del trono: eso era lo que significaba ser realmente el gobernante de Vollachia.
Vincent cruzó con calma sus largas piernas y miró a los tres Caballeros estupefactos.
[Han capturado a mi persona y hasta han evadido a varios de los Nueve Generales Divinos. ¿Tienen la intención de seguir sembrando caos y confusión en el Imperio, usando mi vida como escudo? ¿O acaso desean asolar mi nación?]
[Si fuéramos lo bastante listos, podríamos conseguirlo, pero entonces acabaríamos en la guillotina, y me gustaría evitarlo. Si tiene que haber un giro trágico, que sea en mitad de la historia, no al final.]
[Jhmm. Una forma bastante letrada de expresarlo.]
En el capítulo final de «La guillotina de Magritsa», el protagonista y su coconspirador, su padre —el rey—, morían en la guillotina epónima. Julius, por otro lado, no tenía intención de seguir el viejo precedente al pie de la letra.
[Será mejor que estemos en nuestra mejor forma, entonces] dijo Ferris. [Julius, déjame ver tus heridas; yo las trataré. Tú también, Reinhard. No te preocupes, acabaré en un miaustante.]
Tomó de la manga a Julius, que se sentía nuevamente inspirado, y lo sentó en una silla. Siguiendo sus instrucciones, Julius se arremangó la camisa para mostrar la dolorosa herida que Groovy le había infligido en el costado. También tenía una colección aparentemente interminable de cortes de la pelea contra Cecilus.
[Caray… No puedo creer que puedas parecer tan tranquilo con heridas como estas…]
[Una de las primeras cosas que aprendes como Caballero es a poner una fachada fuerte. En ningún momento un guerrero debe parecer desprovisto de su confianza y aplomo. Mientras esté ante aquello que debe proteger, su voluntad debe permanecer inquebrantable.]
[Sí, sí, muy noble y todo eso… Ya está, eso es todo para tus heridas externas.]
Ferris atendió cada una de las heridas de Julius, y apenas sintió el calor del resplandor azul, todo signo de ellas desapareció de su cuerpo. Se giró para comprobar la más grave de ellas, la herida del costado. Ya no le dolía nada.
[Esa es una habilidad impresionante. Ahora puedo pelear para defenderte otra vez] exclamó Julius, elogiando la rapidez y la habilidad de la curación.
[No te dejes llevar. He dicho tus heridas externas. Si sigues forzándote más allá de tus propios límites usando esos cuasi espíritus, y eso te destrozará por dentro; es mucho más grave.]
[No puedo ocultarte nada] dijo Julius con una sonrisa.
[No deberías ocultarle cosas a tu sanador.]
Ferris volvió a fruncir el ceño. Picó suavemente a Julius en la frente, donde podía interferir con la puerta de Julius, el nexo de todo el maná que fluía por su cuerpo. El contrato del Caballero de cabello púrpura con los cuasi espíritus le permitía superar las capacidades de su cuerpo físico; era una de sus técnicas principales. Era esta táctica la que le había permitido hacer frente a la velocidad de Cecilus, pero el precio que Julius pagó se cobró a través de daños internos en su cuerpo, en lugares que no podían verse a simple vista. Por suerte, Ferris detectó incluso estas lesiones escurridizas y pudo tratarlas.
[Tienes que estar en plena forma, o no serás un buen escudo viviente para mí. Créeme, te utilizaré bien… ¿A qué se debe esa mirada, Su Excelencia?]
[Mhm, simplemente me preguntaba a qué razón se debe que a una persona bestia, que ni siquiera sabe usar una espada, se le concede la librea de un Caballero. Asimismo me asombra descubrir que eres más que una mera decoración. Parece que los tres tienen sus habilidades. Ahí radica la esperanza de la victoria.]
[Su Excelencia] dijo Julius, dirigiéndose hacia Vincent. Tenía sus dudas, pero pensó que era el momento de hablar en serio. [Creo que podemos esperar no ser interrumpidos ahora. Me gustaría saber qué piensa Su Excelencia. Ha actuado con frialdad hacia los Generales Divinos, que ostensiblemente quieren rescatarlo, mientras coopera con nosotros en nuestra huida… Yo, por mi parte, creo que ya es plenamente consciente de lo que está ocurriendo en realidad.]
[En la medida de mis conocimientos, sí. Algunos de mis predecesores han sido tan vanidosos como para creer que podían doblegar al mundo entero a su voluntad, mas yo no soy tan arrogante. Tampoco me engaño creyendo que el mundo entero está de algún modo bajo mi control. Hay cosas que sé, y cosas que puedo saber, y eso es todo.]
[Tiene usted una manera muy indirecta de hablar, Su Excelencia] dijo Ferris, inclinando la cabeza. [¿Qué es lo que quiere decir?]
[Creo que el Emperador nos está diciendo que, según su entendimiento de la situación, es mejor que coopere con nosotros. ¿Es correcto, milord?] preguntó Reinhard, resumiendo.
Vincent asintió plácidamente y se cruzó de brazos, provocando un chillido de protesta de la vieja silla.
[¿Están ustedes, habitantes de Lugunica, familiarizados con el mandamiento tradicional de Vollachia?]
[El modo de actuar del Imperio…] dijo Julius. [La enseñanza de que los ciudadanos deben ser fuertes. Resistiré el impulso de hacer cualquier comentario personal sobre ese ideal, pero ciertamente parece ser un aspecto crucial de los éxitos actuales del Imperio.]
[Así es. Y las admoniciones que lo acompañan se aplican a todos en Vollachia, incluido el Emperador. Toda posición y todo honor se ganan a través del poder, y a través del poder pueden ser arrebatados.]
Julius y los demás enarcaron una ceja colectiva al oír a Vincent describir el sistema imperial. ¿Por qué les estaba explicando ahora el modo de actuar del Imperio? Sin embargo, pronto se dieron cuenta.
[¿Cree que alguien intenta iniciar una rebelión con la esperanza de conseguir el trono?]
[Una buena suposición, joven bestia. En otras circunstancias, uno podría sospechar de un asesino extranjero. No obstante, las cosas son diferentes en el Imperio. Para aquellos de nosotros que vivimos aquí, es mucho más común que nuestras vidas sean buscadas por los que nos son más próximos.]
Ferris se mostró incrédulo.
[P-Pero aunque lo asesinaran y el trono quedara vacante, no hay garantía de que el conspirador fuera quien lo ocupara. ¿Aceptaría alguien a un gobernante que llegara así al poder?]
[En eso te equivocas, Ferris] replicó Julius. [Estás pensando como si aún estuvieras en Lugunica… Lo que has descrito es exactamente cómo funcionan las cosas aquí.]
Ferris frunció el ceño, pero ni Reinhard ni, sobre todo, Vincent Vollachia lo contradijeron.
[Precisamente. Se tolera, incluso se acepta. Cada uno debe demostrar su valía mediante la fuerza. Eso se aplica tanto al trono como a todo lo demás.]
[De hecho, si piensas en el Rito de Selección Imperial, el trono parece ser el modelo perfecto.]
En Vollachia, la sede del poder fue a parar al superviviente de un rito caracterizado por el derramamiento de sangre, con los hijos del último Emperador asesinándose unos a otros hasta que el único superviviente asumía el asiento de la soberanía. Esto convertía al Emperador en un símbolo de fuerza.
[Irreal…] Ferris prácticamente susurró la palabra y luego se calló.
[…En cualquier caso, entendemos que quienquiera que esté buscando la vida de Su Excelencia es probablemente alguien dentro del Imperio. Pero entonces, ¿qué explicación tiene la muerte de Sir Balleroy? ¿Qué tenía él que ver con su asesinato?]
[Uno podría concebir cualquier número de posibilidades. Quizá Balleroy se enteró de los planes de los conspiradores, o quizá su esperanza era eliminar a uno de mis peones. Aunque él era el rango más bajo de los Nueve Generales Divinos. Si pretendía ser un golpe a mi fuerza, su muerte no ha resultado muy eficaz en ese sentido. Un objetivo así significaría que estos conspiradores no apuntan muy alto.]
[Hicieron algo peor que eso; después de lo que le ocurrió a Sir Balleroy, el Palacio de Cristal se alborotó. Solo sirvió para levantar las sospechas de Su Excelencia y hacer más difícil llegar a su objetivo.]
Por cierto, ¿había alguna ventaja en hacer todo esto mientras los emisarios de Lugunica estaban presentes? Tener visitantes de otra nación solo significaría que el castillo estaría en un estado de alerta aún mayor de lo habitual. Sabiendo eso, ¿por qué alguien habría…?
[Ciertamente sería difícil de comprender si mi cabeza fuera su único objetivo. Mas ¿y si se añadiera a los cálculos la situación en la que todos se encuentran ahora? Entonces es ahí donde su verdadero objetivo comienza a esclarecerse.]
[¿Nuestra situación…?]
Julius guardó silencio un momento. Luego frunció el ceño con sus hermosas cejas mientras sus pensamientos daban con una posibilidad escandalosa. Sus ojos se encontraron con los ojos del Emperador.
[Su Excelencia, ¿está sugiriendo que sus enemigos quieren iniciar una guerra entre Vollachia y Lugunica?]
Tal y como le parecía a la mayoría de la gente, los Caballeros de Lugunica habían asesinado a uno de los Generales Divinos y posteriormente se habían fugado con el Emperador. Como dolorosamente se les había informado tantas veces antes, un pequeño paso en falso podría llevar con facilidad a las dos naciones a la guerra. Si ese era el verdadero objetivo de los que buscaban la vida de Vincent…
[Sería el tipo de logro que haría que alguien pareciera digno del trono. Una idea apresurada, quizá, mas potencialmente efectiva con Lugunica despojada de la protección del Dragón. No han sido pocos los que han abogado por un ataque al Reino en el momento en que su pacto con el Dragón se volviera menguante.]
Julius apretó los dientes ante las palabras del Emperador. Si ahora hubiera guerra, el número de bajas sería incalculable. Considerar siquiera la posibilidad de poner en marcha semejante curso de los acontecimientos era imperdonable.
[Si los responsables hacen que la muerte de Balleroy parezca obra suya, y, más aún, si consiguen eliminarme a mí también, es pues que la guerra será irremediable. No parece que los Generales Divinos se encuentren involucrados aún, mas debemos imaginar que estos traidores han de asumir que nos daríamos cuenta de esto. Parece que ustedes tres están destinados a comprometer sus vidas a la protección de la autoridad imperial.]
[Qué sonrisa más desagradable…]
A pesar de la clara y presente amenaza a su vida, Vincent había sonreído como si estuviera de buen humor. Julius no se molestó en reprender a Ferris por su amargo susurro. De hecho, él mismo sintió ganas de exclamar que aquello se parecía a una broma cruel. Julius y sus amigos, quienes habían jurado sus espadas al Reino de Lugunica, ahora luchando para defender al Emperador de Vollachia; ¿quién podría haber imaginado que llegaría un día así?
[Como sea, si todo esto es cierto, entonces Sir Balleroy fue elegido como catalizador para iniciar esta guerra. Seguramente, cualquiera podría haber servido para el mismo propósito.]
[Sí, si se encontrara en la posición adecuada. Uno de los Nueve Generales Divinos, un hombre que podía valerse por sí mismo, mas no tenía mucha influencia. Desdichadamente para él, un blanco ideal.]
[Ya… ya veo] dijo Julius, desanimado y mirando al suelo.
Solo había intercambiado unas pocas palabras con Balleroy, pero el hombre parecía un verdadero soldado, y no era difícil imaginar el duro entrenamiento que debía haber realizado para llegar a ser quien era. Peor aún, después de abrirse camino a través de la jerarquía asesina del Imperio, incluso asegurándose un puesto entre los Nueve Generales Divinos, cayó abatido por una emboscada. Fue casi…
[…antinatural] murmuró el Caballero de cabello púrpura.
[¿Julius?]
El hombre se llevó una mano a la barbilla y dejó vagar sus pensamientos. Incluso mientras lamentaba la muerte de Balleroy, se situó mentalmente en la enorme cámara donde el hombre había encontrado su fin. Algo no iba bien. Con la esperanza de saber exactamente de qué se trataba, decidió volver a confirmar la secuencia de los acontecimientos.
[Reinhard. Después de que llegaste a esa gran sala, justo antes de que Sir Balleroy fuera asesinado, mencionaste que sentiste como si te hubieran robado algo de tiempo. ¿No es así?]
[Sí, es cierto. Es un misterio para mí por qué no pude salvar a Sir Balleroy. Estoy bastante confundido, porque ni siquiera recuerdo realmente lo que pasó…]
[No te preocupes, no te estoy culpando. Es solo que no tiene sentido. ¿Por qué nuestros enemigos, sean quienes sean, no fueron tras de ti, Reinhard?]
[¿…? ¿Supongo que porque mi muerte no habría sido suficiente? Si quisieran empezar una guerra, solo la muerte del emperador Vincent bastaría…]
[En ese caso, podrían simplemente matarte a ti y a Sir Balleroy para debilitar a los dos bandos de un solo golpe. Si realmente hay guerra entre nuestras naciones, tú mismo te volverías más importante, principalmente.]
En términos extremos, Reinhard era tan disuasorio para la guerra como el propio Dragón. Julius supuso que no era el único que pensaba así. Seguramente, Ferris, al menos, estaba de acuerdo con él. De hecho, el Santo de la Espada por sí solo podría haber bastado para poner fin a cualquier guerra. En cuyo caso…
[Debe haber alguna razón por la que solo podían apuntar a Sir Balleroy.]
[¿Crees que la guerra entre Lugunica y Vollachia no era su único plan? ¿Por qué solo matarían a uno de los suyos…?]
[No. No, no es así. Ah, quizás lo he entendido al revés.]
Ferris estaba confuso por la especulación de Julius, pero Vincent captó las implicaciones de inmediato. Una fina sonrisa se dibujó en la cara del gobernante de Vollachia y sus ojos negros se fijaron en Julius. El joven frunció el ceño, sintiendo un escalofrío, pero devolvió la mirada penetrante.
[Dime, entonces. Según a tu razonamiento, ¿con qué fin atacaron estos bandidos a Balleroy y no a su Santo de la Espada? ¿Qué propósito tenían al llevar a nuestros países a la guerra mientras dejaban vivo al Santo de la Espada?]
[Bueno, creo que…] Julius sintió que se le secaba la lengua al empezar a responder; tragó saliva una vez. Luego, sintiendo a Reinhard y Ferris a sus espaldas, dio a Vincent su respuesta, su explicación de por qué Balleroy, y no Reinhard, había sido abatido.
[La muerte de Balleroy Temeglyph, uno de los Nueve Generales Divinos, formaba parte de su plan desde el principio.]
Sección 13
Un tranquilo caos reinaba en Lupugana, capital del Imperio de Vollachia. El Emperador había sido secuestrado, y uno de los renombrados Nueve Generales Divinos yacía muerto. Tales acontecimientos no tenían, cuando menos, precedentes.
En una elaborada cámara alejada del Palacio de Cristal, varias figuras mantenían una conferencia secreta.
[El Emperador es astuto, creo que debemos suponer que ya se ha dado cuenta.]
[…] No hubo respuesta.
[¿Empiezas a desear que hubiéramos acabado con él en el castillo? En la capital, con suficientes tropas, podríamos haber tenido una oportunidad, pero… Bueno, bueno.]
[¡Ya he tenido suficiente de tus quejas, Temeglyph…!]
Una figura alta y delgada había estado hablando antes de ser interrumpida. La voz pertenecía a un hombre atractivo que se pasaba una mano por el cabello castaño sucio, con los ojos almendrados caídos. No era otro que el que se creía muerto dentro del Palacio de Cristal, aquel cuyo prematuro final había movido a tantos soldados a prepararse para la batalla.
Allí estaba Balleroy Temeglyph, sano y salvo.
Otra figura, la que había interrumpido, señaló a Balleroy con un dedo tembloroso.
[¡Todo esto es porque no has podido resistirte a adornar las cosas! ¿Qué hemos hecho para merecer que nos conduzcan a una persecución sin sentido en nuestro propio país por un grupo de extranjeros?]
[La fuerza solo puede llevarte hasta cierto punto. No puedes apuñalar a alguien por la espalda cuando le estás atacando de frente, ¿verdad? En cuanto a los extranjeros, me impresiona que nos hayan dado tantos problemas. Causar tanto alboroto en un país ajeno, deben ser mejores de lo que pensábamos.]
[Que un grupo entero de Generales Divinos sea derrotado de forma tan contundente es una vergüenza para la nación. Si Ocho Brazos aún estuviera vivo, jamás habríamos sufrido semejante afrenta.]
[Ese nombre es realmente nostálgico y todo eso, pero está tan muerto como la tierra.]
Balleroy se encogió de hombros ante el tono apesadumbrado del hombre. Oír el nombre del viejo héroe de Vollachia después de aquella letanía de quejas bastaba para arrancarle una lágrima.
[De todos modos, es hora de dejar de mirar al pasado. Él no está lo suficientemente en condición. Y Ocho Brazos, bueno, no se despidió de la mejor manera. ¿Me equivoco?]
[…] No hubo respuesta.
[Se suponía que debía defender la capital, pero en cambio, traicionó a la ciudad por uno de los Arzobispos del Pecado y luego fue asesinado en batalla… Como héroe legendario, no fue un final digno.]
El otro hombre apretó el puño ante las palabras poco reverentes de Balleroy, y luego suspiró profundamente.
[…El Emperador no debe volver al Palacio de Cristal.]
[Deja eso para mi propia guardia personal. La mayoría de los hombres ni siquiera se acercarán a ese grupito; órdenes de Sir Goz, ¿ves? Si podemos acabar con ellos en el ínterin, será nuestro juego. Incluso si logran escapar de nosotros, bueno, siempre y cuando mantengamos callados a los Caballeros de Lugunica, nadie nos cuestionará.]
[¿Cuestionarnos? ¿Ahora quién se hace el advenedizo? Tú y yo somos rebeldes contra Su Excelencia el Emperador de Vollachia. No seas tan ingenuo como para pensar que aún puedes escapar a tu antojo.]
[Jajaja, eso era solo una broma. Humor del Imperio. He pasado suficiente tiempo con Su Excelencia para saber que, si te arriesgas y pierdes, no vives lo suficiente para volver a hacerlo.]
Balleroy había trabajado duro como uno de los Nueve Generales Divinos, todos bajo la bandera de Vincent Vollachia. No se hacía ilusiones de recibir piedad alguna del implacable gobernante. El hombre era frío y cruel, inteligente y violento, pero era digno de reclamar el dominio sobre los demás.
[Debo decir que me siento mal por Su Excelencia.]
No podían saber quién se sentaría en el trono cuando todo estuviera dicho y hecho. No tenía ningún odio personal hacia Vincent. De hecho, había razones para estarle agradecido. Tampoco había motivos reales para que Balleroy cuestionara su lealtad. Entonces, ¿significaba eso que la persona con la que ahora conspiraba le inspiraba más compromiso y confianza que incluso el Emperador? La verdad es que no. Era simplemente la conclusión lógica de los ideales de Balleroy, de lo que había en su corazón. Sabía que el Emperador no condenaría la hostilidad nacida de tal razón, sino que asentiría con comprensión. Después de eso, era simplemente una cuestión de cuál de sus filosofías personales prevalecería.
[Bien, de acuerdo, manos a la obra. Descubrir dónde está ahora… Tú y yo sabemos que eso es lo que resolverá este conflicto.]
[¡Claro que sí!]
El otro hombre, indignado, golpeó la mesa con el puño. Luego tomó el Espejo Comunicante de su mesa y apuntó hacia alguna parte, dando instrucciones para las formaciones de batalla. Aunque no estaba a la altura de ninguno de los Generales Divinos, este hombre proyectaba una presencia más que amenazadora. Precisamente por eso Balleroy lo había elegido como coconspirador en esta rebelión. Su combinación de ambición y autoridad era perfecta.
[Bueno, supongo que será mejor que me ponga en marcha yo mismo] decidió el general traidor. Balleroy tomó la lanza apoyada en la pared y comenzó a alejarse lentamente.
[¿Adónde crees que vas, Balleroy?]
[Ya no me siento tan entumecido, así que creo que voy a tomar aire.]
Saludó a su compañero coconspirador sin detener su paso. La ligera torcedura de sus labios podría haber sido tomada como una burla, pero no tenía ganas de que el otro hombre lo viera.
[Ni se te ocurra tomar decisiones por tu cuenta.]
[¿Por mi cuenta?] respondió Balleroy en voz baja. [No seas tonto. Si quisiera quedarme sentado, nunca habría hablado contigo.]
[¡…!]
El tono era tan moderado que el otro hombre sintió que se le apretaba la garganta de miedo. Balleroy se dio cuenta de que había dejado escapar accidentalmente un poco de su sed de sangre en sus palabras. Aun así, no se disculpó por ello y prefirió abandonar el edificio. Fue recibido por el grito de bienvenida de su montura. La calidad de su sonrisa cambió cuando oyó la llamada familiar de su amigo, y Balleroy levantó la vista con una sonrisa sincera.
Tras un largo momento, habló.
[¿Qué tal si nos ponemos en marcha, Carillon? Hagamos lo que realmente vinimos a hacer, ¿eh?]
Sección 14
Al pie de una amplia cadena montañosa, ubicada a unos pocos kilómetros al norte del Palacio de Cristal, varios fugitivos se miraban unos a otros dentro de una caseta de guardia desprovista de sus ocupantes habituales.
Reinhard y Ferris compartieron una mirada mientras Julius explicaba su hipótesis sobre lo que había ocurrido realmente en el palacio aquel mismo día.
[¿Y si Sir Balleroy fingió su propia muerte? ¿Podría estar compinchado con los conspiradores?]
[Si la muerte de uno de los Generales Divinos era la mejor manera de poner las cosas en marcha, entonces la solución más sencilla sería reclutar a uno de los Nueve como aliado. Las puñaladas por la espalda y las emboscadas de los amigos son el pan de cada día entre los del Imperio. No es prudente dar la espalda sin la debida precaución. Atacar la chispa de la rebelión tampoco es poca cosa.]
[¿Entonces, la mejor jugada es hacer tu aliado al general que se supone debe «morir» desde el principio? Pero eso…]
[Es una táctica eminentemente plausible. Si el crimen pudiera ser atribuido a ustedes, tanto mejor. El resto de los generales se encargaría de ejecutarlos. Más aún si sucediera que me eliminaran a mí en el proceso.]
Si resultaba que los Caballeros de Lugunica habían matado tanto a un General Divino como al emperador Vincent, pondrían a todo el Imperio en contra de los aparentes criminales. Incluso ahora, se tambaleaban al borde de tal desarrollo. Si sus enemigos creaban las condiciones adecuadas, los propios conspiradores no tendrían necesidad de hacer nada más. Podían contar con los generales perseguidores para silenciar a los intrusos. Sin embargo…
[…había dos cosas con las que no contaban. Una era que Su Excelencia no fuera asesinado en el palacio…]
[Y la otra, que su Santo de la Espada sería rival incluso para Cecilus.]
[… ¿Quieren decir que Reinhard realmente tiró a la basura sus planes?] preguntó Ferris, y Julius asintió con considerable orgullo.
Si Reinhard no hubiera estado allí, Vincent bien podría haber perdido la cabeza a manos de un asesino. Julius y Ferris también habrían sido destruidos por los generales que los perseguían. Gracias a Reinhard esos acontecimientos no se habían producido, y aún quedaba un rayo de esperanza para la paz entre el Reino y el Imperio.
[Ya tenemos muchas de las piezas. Lo que tenemos que hacer es llevar a Su Excelencia de vuelta al Palacio de Cristal y revelar la verdadera identidad de nuestros enemigos. Eso va a requerir una cuidadosa planificación. No mucha gente sería capaz de hacerlo.]
[De acuerdo] dijo Vincent. [Pero primero, permítanme dedicarles unas palabras de elogio. Gran servicio.]
[Sí, así se hace, Julius] añadió Reinhard. [Ferris y yo nunca nos habríamos dado cuenta de todo eso.]
A Julius le pareció un poco exagerado, pero al simplificar la situación también había puesto de relieve las dificultades. Ahora que sabían exactamente cuáles eran sus condiciones de victoria, sabían que sus enemigos estarían desesperados por detenerlos. Balleroy Temeglyph estaba entre esos enemigos. Los tres Caballeros necesitarían todo lo que tenían para…
[Ah. Sabía que no sería tan fácil.] Julius miró a su alrededor, siempre alerta.
[¡Oh, por todos los…! ¡Hablando de no poder recuperar el aliento!] se quejó Ferris.
Ahora que comprendían que la victoria exigiría llevar a Vincent de vuelta al palacio, salieron de la caseta de guardia. Desgraciadamente, el grupo se detuvo de golpe al sentirse rodeado de innumerables presencias hostiles.
[Son tantos. No puedo creer que no me diera cuenta… Nos han atraparon en completo descuido.]
Reinhard, al igual que Julius, escrutó la zona, frunciendo el ceño al darse cuenta de que los habían tomado completamente desprevenidos. Esa expresión de disgusto no era habitual en él, pero su frustración consigo mismo era comprensible. Estaban rodeados por tantos; debería haber sido imposible no darse cuenta de su presencia.
[Diez, veinte… No menos de cincuenta, diría yo.]
[Vaya, no son buenas noticias. No sabía que tus brotes supieran contar, Julius.]
[Para bien o para mal, son excelentes estudiantes, y soy un orgulloso profesor.]
[Mhmm, no es el alarde que esperaba…]
Ferris se escondió rápidamente detrás de Julius y Reinhard. Cuando Julius hizo que sus cuasi espíritus confirmaran el número de auras que rodeaban la caseta de guardia, descubrió que era muchas decenas de veces mayor que el de ellos. No obstante, no eran tropas de Vollachian. Más bien, Julius estaba seguro de que se trataba de asesinos enviados por quienquiera que les estuviera dando caza. Los asesinos parecían fundirse con los árboles, impidiendo que el mago espiritual pudiera verlos bien. Aunque forzara la vista, siguiendo la guía de sus espíritus, seguía sin poder distinguir nada.
[Parece que ni siquiera el alabado Santo de la Espada puede eludir a los preciados sabuesos de caza del Imperio.]
[¿Está insinuando que sabe quiénes son, Su Excelencia?] dijo Ferris. [¿Quizás podría darles una buena reprimenda, entonces? Parece que compartimos el miausmo destino.]
[Lo dudo mucho. Si se han aliado con los rebeldes, entonces no les ha de importar si yo personalmente apruebo lo que están haciendo. Es más que evidente por la forma en que han dejado de lado su papel de espías e informantes para convertirse en simples asesinos.] Vincent cruzó los brazos y permaneció adecuadamente imperioso mientras observaba las auras a su alrededor. [He de suponer que los convencieron con palabras bonitas. ¿Qué les dijeron? ¿Que cuando me sacaran del trono, el trato hacia el clan más débil cambiaría? Los compraron a un bajo precio.]
[Umm, Su Excelencia… Si hablar con ellos no funciona, ¿quizás podríamos al menos… no burlarnos y hacer que se enojen? Es solo una pequeña idea de Ferris.]
Sin duda, la provocación de Vincent había parecido aumentar la amenazadora presión que los rodeaba. Estos asesinos sin rostro habían venido a matar al Emperador, al que gobernaba su nación. Con las palabras de Vincent, los últimos vestigios de vacilación se habían borrado de sus mentes.
De repente, oyeron un chasquido chirriante.
[Este sonido…]
[La indicación de que sus preparativos se han completado. Son adversarios temibles y poderosos. Muéstrenme cómo van a proteger al gobernante de Vollachia.]
[Como ordene.]
[¡Estoy muy incómiaudo con esto!] exclamó Ferris.
Fue el último de los cuatro en hablar, porque fue entonces cuando el enemigo hizo su jugada.
Con una velocidad increíble, alguien se acercó a la caseta de guardia por detrás… una figura que volaba con alas hechas de piel estirada. Tenía piernas y brazos como un humano, pero también varias diferencias cruciales. Las alas eran una de ellas, al igual que las antenas y los ojos compuestos. Todas estas diferencias compartían una especie de similitud: Todas eran partes de un insecto.
[Son del Clan de la Jaula de Insectos. Han domesticado a estos temibles bichos. Puede que no sean gran cosa a la vista, pero son más que suficientemente poderosos. Aún comparados con un Santo de la Espada.]
[Entendido] dijo Reinhard mientras el enemigo se acercaba.
El Clan de la Jaula de Insectos era un grupo minoritario que solo existía en Vollachia, uno que incluía una gran variedad de semihumanos. Desde pequeños, los miembros del clan ingerían bichos con poderes especiales, adoptando con el tiempo las cualidades de esas criaturas. Compartían su Odo, el manantial de toda vida, con los insectos, combinando sus propias almas para compartir sus cuerpos y obtener el poder de los insectos. De ahí su monstruosa apariencia externa. Cuando los miembros de este clan liberaban el poder de los insectos, se transformaban en algo muy parecido a ellos.
[…]
Los ataques eran muy mecánicos, sin pasión ni emoción. Los miembros del clan cazaban humanos poderosos, y lo hacían de forma lógica, cruel y despiadada. Bailaban en el cielo sobre sus alas, disparaban dardos envenenados por los tubos de sus bocas, usaban sus brazos mutados como hoces para cortar a sus presas, apuñalaban con cuernos que podían atravesar el acero e incluso embestían de frente, confiando en sus propios cuerpos revestidos de caparazones impenetrables. Todos eran movimientos únicos que ninguna persona normal podría realizar, no obstante…
[Vaya, vaya. Nunca había visto ninguno de estos ataques. Supongo que sería descortés describir esto como «muy interesante».]
[¡¿…?!]
Para los asesinos, debió de ser como una pesadilla, pues todos sus ataques fueron repelidos. Reinhard utilizó su elegante juego de piernas para mantenerlos a todos a distancia, a pesar de su ventaja de vuelo. El Santo de la Espada derribó sus dardos envenenados en el aire. Con las manos, desvió las hoces que cortaban el viento y los cuernos que perforaban las armaduras, al mismo tiempo que respondía a sus demoledoras cargas y los hacía tambalearse con una sola patada. Reinhard nunca había visto ninguno de esos ataques, y aun así ni siquiera se inmutó.
[Imposible…] se quejó un hombre al que le crecían cuernos de los hombros. Su atentado contra el Emperador había sido detenido al instante. La voz del asesino con aspecto de insecto temblaba de asombro mientras observaba a Reinhard.
[Estas son nuestras técnicas más secretas y mortíferas, y a pesar de eso las tratas como si nada… ¡¿Cómo?!]
[Lo siento. Solo me guío por la intuición.]
[¡¿Qu…?!]
La cara del hombre se puso rígida, aún más incrédulo. Al momento siguiente, Reinhard acercó a dos adversarios a los que había agarrado y los lanzó contra el hombre de las enormes hoces y cuernos.
Un enemigo con antenas venenosas trató de aprovechar la oportunidad para ponerse detrás de Reinhard, pero una espada salió disparada y cortó por la mitad las mortíferas protuberancias.
[Reinhard, esa explicación no ha servido de mucho.]
El veneno se esparció entre los trozos de antena; Julius lo apartó con el viento que sacó de un golpe de su arma, y luego apuñaló al asesino tambaleante en las extremidades. El hombre se desplomó y cayó. Julius le golpeó en la cara con la empuñadura de la espada, dejando al insecto inconsciente.
Después de someter a su oponente, Julius se volvió y descubrió que, mientras tanto, Reinhard se había enfrentado a otros cinco asesinos del Clan de la Jaula de Insectos y los había vencido a todos.
El Caballero pelirrojo había descrito la habilidad que le permitía lidiar tan fácilmente con los ataques desconocidos del clan como una simple intuición, pero ese era un término demasiado modesto para la Protección Divina de la Primera Vista. Le permitía a Reinhard entender instintivamente cómo reaccionar para defenderse de ataques que veía por primera vez. En una palabra, era casi como ver un ataque antes de que sucediera. La Protección Divina era inútil si uno era incapaz de reaccionar ante un ataque percibido, pero las capacidades físicas de Reinhard eran tales que no había ataque al que no pudiera responder. Y luego estaba…
[La Protección Divina de la Segunda Vista…]
Cuando un brazo en forma de hoz se le acercó de nuevo, lo esquivó con facilidad, a pesar de que provenía desde su punto ciego. Este era el efecto de la Protección Divina de la Segunda Vista, que le permitía responder con una velocidad mucho mayor a un ataque que ya había avistado una vez. Estas dos habilidades hacían imposible dañar a Reinhard ni con un nuevo ataque ni con uno repetido. Pocos oponentes podrían haber sido mejor rival para el Clan de la Jaula de Insectos, un grupo que se enorgullecía de la fuerza de sus ataques. Si el Santo de la Espada no hubiera estado con ellos, ¿cuánto tiempo podrían haber resistido Julius y los demás?
[Eso es bastante extraordinario…] murmuró Vincent mientras observaba la escena desarrollarse ante él.
La mano de cuchilla de Reinhard, que podía cortar más eficazmente que el acero vivo, atravesaba a los miembros del clan que se abalanzaban sobre él uno tras otro. Para el Emperador, tal vez la combativa danza del Santo de la Espada, junto con su cabello rojo, pintaba una escena de polillas cargando trágicamente hacia una llama.
Aun así, el enemigo era un enjambre abundante. Los números lo dirían eventualmente.
[¡Julius! ¡Llévate a Ferris y a Su Excelencia!] gritó Reinhard mientras continuaba rechazando la tormenta de ataques mortales. Estaba claro que pretendía volver a ser la retaguardia.
[Bastante poco elegante, pero inevitable] comentó Vincent.
Destruir al enemigo no era su condición de victoria. Julius sabía lo que tenía que hacer.
[¡Su Excelencia, por aquí!]
[Así que me veré obligado a huir de nuevo. No conoces el miedo a tus superiores, ¿cierto?]
[¡No se queje! ¡Ferris y Julius también lo harán!]
Así, la huida de regreso al Palacio de Cristal comenzó en serio, con Vincent como remolque. Hubo un furioso batir de alas; la mayor parte del Clan de la Jaula de Insectos se vio estancada por Reinhard y no pudo perseguirlos. Aun así, un grupo fue capaz de darles caza a través de los cielos.
[¡Ia! ¡Aro!]
Julius dio un barrido con su espada, invocando a los cuasi espíritus rojo y verde. Una aullante conflagración surgió. Quemó las alas de sus perseguidores, que cayeron al suelo, gritando.
[Argh… Grr…]
Incluso en el suelo, los miembros del Clan de la Jaula de Insectos luchaban y trataban en vano de alcanzar a su objetivo. Sin embargo, Julius los ignoró. El Caballero corrió para alcanzar a Ferris y al Emperador, que iban delante de él.
[…]
Julius no pudo evitar sentir cierta simpatía por los asesinos mientras se estiraban y se esforzaban por continuar su persecución. Si lo que Vincent había dicho era cierto, entonces estas criaturas se habían unido a la rebelión con la esperanza de obtener un estatus más alto para su pueblo. No estaba de acuerdo con sus métodos, pero no le correspondía a él decir que su deseo, que los había movido a tales acciones, estaba equivocado.
[¿Dejarías que ese sentimiento barato te atrajera a permitirles lograr sus objetivos?]
[Su Excelencia…]
Vincent había igualado su paso al de Julius y lo miró. Cuando el soberano de Vollachia vio el efecto que causaban sus palabras, afirmó fríamente:
[No puedes. Esa es la verdad. La piedad, la compasión, la decencia… no son más que formas que tienen los fuertes de mostrar su superioridad sobre los débiles. La Caballerosidad trata de disfrazar este hecho como algo distinto, mas cuando todo está dicho y hecho, solo demuestra que el verdadero desinterés es imposible.]
Las palabras de Vincent fueron como una hoja despiadada hendiendo el corazón compasivo de Julius. Sin embargo, el Caballero no discutió la descripción del Emperador de sus sentimientos como unos de tipo barato. No podía.
[Su Excelencia… No sea tan duro con Julius, ¿de acuerdo?]
No fue Julius, sino Ferris, ahora en la retaguardia, quien habló. Empezaba a respirar entrecortadamente, pero su mirada seguía siendo intensa cuando la dirigió a Vincent.
[Puede pensar que Julius es un tipo grande y serio; es un error fácil de comiauter. Pero por dentro no es más que un niñito, y ponerlo nervioso con su forma de hablar no hace más que convertirlo en un bravucón.]
[Como demostraste en la sala del trono, ciertamente no dudas en criticarme, joven bestia. Tal vez eso solo enfatiza que realmente no estás domesticado. ¿Dejaste atrás tu cortesía cuando saliste del vientre de tu madre?]
[Fui humildemente mimado, por así decirlo, milord, por alguien que no se ofendía fácilmente por declaraciones directas. Nuestro Rey para nada estaba adecuadamente preparado para el gobierno, y aun así, Su Excelencia… él fue un hombre mejor de lo que usted nunca lo será.]
Era una provocación mucho más grave que la ofrecida por Bordeaux en la sala del trono, y que casi le había costado la cabeza al anciano. Sin embargo, Vincent se limitó a entrecerrar los ojos ante las palabras de Ferris. Luego esbozó una leve sonrisa.
[Que no se diga que careces de valor. Me has provocado para desviar mi atención de tu amigo.]
[¿…Cómo es eso, milord? El pobrecito Ferris no sabe a qué se refiere.] Ferris se llevó un dedo a la mejilla y fingió no entender lo que decía el Emperador.
Eso por sí solo reveló la verdadera intención detrás del comentario provocador de Ferris: había estado tratando de proteger a Julius. ¿Fue un movimiento estratégicamente inteligente o simplemente fruto de la amistad? No cabía duda de que era lo segundo.
[Ferris, gracias] dijo Julius.
[¡Ya se los dije! No sé de qué miau están hablando. ¡Escúchenme!]
Ferris hinchó las mejillas en señal de fastidio. Aunque tuvo que desinflarlas rápidamente para poder respirar de nuevo mientras el trío continuaba su huida.
Julius, con un ojo puesto en Ferris, optó por desechar cualquier preocupación sobre lo que habían dejado atrás y centrarse en lo que tenían por delante. Llegados a este punto, tenían que seguir avanzando.
[Tenemos que llegar al Palacio de Cristal…]
El grupo tendría que atravesar de nuevo el bosque para llegar al castillo, pero la estructura ya era visible a la distancia. Si lograban atravesar las murallas del palacio evadiendo el viento, sería sencillo eludir los ojos de las tropas imperiales.
Sin embargo, mientras Julius consideraba el plan, ocurrió algo inesperado…
[…]
La ingenua estrategia del Caballero se hizo pedazos… al igual que el brazo derecho de Vincent, que salió volando desde el hombro.
Sección 15
[…]
El delgado brazo del Emperador voló en espiral por los aires. Aterrizó en la hierba casi al mismo tiempo que Vincent, que cayó al suelo por la conmoción. Un momento después, la herida empezó a manar sangre, empapando el traje rojo y negro del Emperador.
[¡Su Excelencia!]
Después del instante que tomó para que sus pensamientos se detuvieran y reiniciaran, Julius levantó al Emperador. Ferris, con la cara pálida, recogió el brazo de Vincent y rápidamente empezó a preparar un hechizo curativo. Pero no era el momento ni el lugar para la magia curativa del chico gato.
[¡Ferris! Tenemos que volver al bosque. Aquí no hay nada en donde esconderse.]
[¿Qu…? ¿Eh? ¿Bua?]
[¡No sabemos cómo están atacando a Su Excelencia! ¡No veo a nadie! ¡Debe ser alguien que ataca desde lejos!]
Julius giró sobre sus talones y, tal como le había dicho a Ferris, salió corriendo hacia el bosque. Ferris lo siguió, pero sin agachar la cabeza; aún no había asimilado la situación.
Un ataque de algún tipo rozó sus orejas de gato y se estrelló contra los árboles. Fuera lo que fuera, atravesó el tronco del primer árbol, así como el de detrás. Fue entonces cuando Ferris comprendió por fin lo que estaba pasando.
[¿Un francotirador?] gritó el semihumano.
Como afirmación, varios árboles más se resquebrajaron bajo nuevos impactos.
El golpe que se había cobrado el brazo del Emperador de Vollachia era un ataque mágico encubierto a larga distancia. Probablemente, el asesino había estado vigilando la ruta de regreso al Palacio de Cristal y, cuando los fugitivos se dejaron ver, disparó. Quienquiera que fuese, era cuidadoso y atento, y su precisión era alarmantemente buena. Si hubieran apuntado uno o dos centímetros más arriba, le habrían volado la cabeza a Vincent.
[¡Ni siquiera parece importarles que vayamos al bosque…!]
[Eso es porque ya no necesitan ser sutiles. Y todos esos disparos… ¿Cuántos hay?]
Ferris se agarraba la cabeza mientras corría; Julius sujetaba al Emperador. Los disparos de los francotiradores los seguían como una cortina de lluvia. De derecha a izquierda, llegaban con una velocidad y una precisión aterradoras; Julius había minimizado sus movimientos al esquivar para no sacudir demasiado a Vincent. El Emperador estaba pálido… e inconsciente por el shock de perder un miembro. Si no detenían la hemorragia, el hombre moriría. Julius tenía que tomar una decisión, y pronto.
[¡Ferris! ¡Refúgiate bajo un árbol y atiende a Su Excelencia! ¡Yo mantendré ocupados a esos asesinos!]
[¿Crees que puedes hacerlo?]
[¡Tengo que hacerlo! ¡La vida del Emperador es lo que determina si hay paz o guerra para nosotros!]
[¡…! ¡Muy bien…!] Ferris tembló un momento ante el peso de aquella responsabilidad, pero asintió.
Julius puso a Vincent a la sombra de un árbol especialmente grande, y Ferris comenzó el tratamiento de inmediato. En ese momento, le había reimplantado el brazo amputado y pasó a las medidas para salvarle la vida. El semihumano era un sanador entre los sanadores, capaz de invertir el curso de una herida mortal siempre que empezara a trabajar en ella antes de que la víctima muriera. Este era el campo de batalla de Ferris, Felix Argyle. Mientras tanto, Julius Juukulius se dirigía hacia su propio combate.
[Ia, Kua, Aro, Iku, In, Nes. Mis brotes, préstenme su fuerza] susurró Julius, desenvainando su espada y sosteniéndola con orgullo ante él.
Seis luces de distintos colores danzaban alrededor del arma. Cada una solo emitía un débil resplandor. Pero bajo el dosel del bosque, que tapaba el sol, parecían cegadoramente radiantes y hermosas. Seis elementos, seis cuasi espíritus, todos otorgando al Caballero su poder: esta era la verdadera fuerza del Caballero Espiritual.
[¡Tras ellos!] exclamó Ferris, y Julius se lanzó hacia el enfrentamiento con el viento a sus espaldas. Los disparos de los francotiradores rasgaban la tierra a escasos centímetros del hombre mientras este atravesaba a toda velocidad el difícil terreno boscoso. El enemigo era muy capaz, pero no fue suficiente para detener a Julius. Tal vez sabían que él era la mayor amenaza, porque los disparos se dirigieron rápidamente hacia él. Incluso mientras esquivaba ráfagas desde las cuatro direcciones, Julius se sintió aliviado al saber que había llamado la atención de los francotiradores. Ahora Ferris estaría libre para hacer su trabajo de curación. Todo lo que quedaba era que Julius hiciera su parte.
[¡…!]
Los disparos le rozaron la mejilla y la planta de los pies, permitiendo al Caballero ver que los ataques eran globos incoloros de luz. Los proyectiles eran simples esferas de maná, no imbuidas de ningún elemento. Eso los asemejaba al ataque no elemental de los nudillos mágicos de Groovy. Sin embargo, estos tiradores demostraron ser mucho más refinados que eso, apuntando específicamente a las manos, pies y órganos vitales de Julius con una precisión casi increíble. Su velocidad era mucho mayor que la de un arco pesado, y la capacidad del francotirador para apuntar a un enemigo en movimiento parecía casi inhumana. La idea cruzó los pensamientos de Julius de que este asesino podría ser otro de los Nueve Generales Divinos. Después de todo, eran los guerreros más capaces de Vollachia. Si era así, entonces en este momento, solo había una persona que deliberadamente apuntaría a Su Excelencia…
[¡Balleroy Temeglyph!]
El hombre no estaba poniendo a prueba las habilidades de Julius ni tratando simplemente de incapacitarlo. El Caballero de Lugunica estaba inmerso en un auténtico duelo con uno de los Nueve Generales. Al imaginarse en una especie de justa contra uno de los mejores guerreros del Imperio, Julius sintió que el corazón le temblaba. ¿Serían sus propias habilidades suficientes para semejante oponente?
[…]
Se decía que Julius ocupaba el tercer puesto de los más fuertes de los Caballeros de la Guardia Real del Reino de Lugunica. Aunque en cuanto a fuerza estaba clasificado justo después de Reinhard y Marcos, el hombre de cabello púrpura era demasiado consciente de lo distante que era ese tercer puesto. Sus habilidades seguían creciendo, y Julius no sabía hasta qué punto podría igualar a uno de los más fuertes de Vollachia. Por lo tanto, si temblaba de emoción o de terror, ninguno de los dos podía estar seguro. Sin embargo, había una cosa de la que Julius estaba seguro.
[Este brazo mío, empuñando esta espada. Arde en este momento.]
Sentía el peso que llevaba, y sabía el asombro que sentía por su enemigo.
A veces, dudaba de su propia habilidad con la espada y de si realmente se había ganado el título que le habían otorgado. Esta batalla sin duda revelaría la respuesta, o al menos, el indicio de una.
[¡…!]
Julius salió de detrás de una cubierta de árboles densos dentro del bosque. En el momento en que lo hizo, su propia carne reaccionó a la lluvia de misiles de luz invisibles con la mejora física que le había otorgado In, el cuasi espíritu del elemento luz. Era la misma carta que había jugado en su batalla con Cecilus, una que mejoraba sustancialmente las reacciones de Julius. En cuanto sus sentidos agudizados detectaban un ataque, levantaba la espada para bloquearlo a la velocidad del pensamiento.
Enviaba los globos de luz volando con pequeños y rápidos movimientos de su espada envuelta en llamas. Julius rechazó uno, luego otro, y otro más.
[…]
Mientras bloqueaba cada uno de los disparos entrantes, aunque apenas lo lograba, el Caballero intentó extender sus sentidos para determinar la ubicación del francotirador. Una vez que Julius saliera del bosque, se encontraría en una llanura abierta. No habría obstáculos apreciables hasta las murallas de la capital; sería un blanco fácil.
Pero el francotirador no sería el único que se beneficiaría de las mejores líneas de visión. También dejaría la ubicación del propio asesino más evidente para su objetivo. Si Julius pudiera descubrir la ubicación del francotirador, le permitiría tomar represalias con su propia magia. Así, el Caballero de Lugunica tomó una decisión. Cedería la iniciativa, pero aun así se movería hacia la llanura, sabiendo que estaría en la retaguardia. Si la estrategia fuese para bien o para mal, Julius lo descubriría si sobrevivía al gambito de apertura de su oponente…
[No está mal, no está mal. Pero solo funciona si tu enemigo está a tu misma altura.]
Julius creyó oír estas palabras flotando en el viento mientras salía a las praderas. Sin embargo, no había tiempo que perder con la voz. En el mismo instante en que le llegó, también lo hicieron varios disparos de francotirador, cada uno desde un lugar distinto, y Julius necesitó todo lo que tenía para defenderse de ellos.
[Imposible…]
Ejercitando los límites de su habilidad con la espada y su magia, pudo desviar la mayoría de los globos de luz que se le acercaban. Unos pocos disparos contra los que no pudo protegerse habían conseguido rozarle el hombro izquierdo, la pierna derecha y el muslo. A pesar de eso, Julius se sintió más sorprendido que dolorido. Ya no dudaba de que Balleroy fuera el francotirador. Aun así, Julius creía que tenía que haber más de un tirador. Si se tenían en cuenta los disparos efectuados contra el Emperador, y ahora contra él mismo, había pocas dudas. De lo contrario, ¿cómo podrían haber llegado los proyectiles desde tantas direcciones a la vez?
Pero…
[No creo que haya mucha gente viva capaz de disparar con tanta precisión.]
Toda la andanada había llegado a Julius en el espacio de un suspiro. Que hubiera un grupo de gente alrededor que pudiera lanzar una ráfaga no solo con gran fuerza y precisión, sino también mantener una coordinación tan increíble, era impensable.
La única conclusión era que Balleroy tenía algún tipo de truco bajo la manga.
[Tengo que averiguar qué es, o nunca llegaré hasta él.]
Los ataques de tremenda puntería llegaron demasiado rápido para que el Caballero pudiera recuperar el aliento. Sus múltiples direcciones significaban que tampoco podía determinar la ubicación del francotirador. Julius ajustó la empuñadura de su espada, con los dedos temblorosos, y se preparó para enfrentarse a la técnica increíblemente perfeccionada de este cazador.
Se recordó a sí mismo que sobre sus inestables hombros corrían los destinos de un reino y un imperio.
Sección 16
Reinhard retenía a los insectos asesinos, y Julius había ido a enfrentarse a quienquiera que hubiera estado disparando. En el bosque, oculto bajo la sombra de un gran árbol, Ferris no pudo hacer más que confiar en las habilidades de combate de sus dos compañeros mientras volcaba sus propios esfuerzos en curar al mortalmente herido Vincent, que yacía ante él.
El Emperador había perdido el brazo derecho y había sufrido una gran hemorragia antes de que Ferris pudiera empezar a tratarlo. Ferris había conseguido reimplantarle el brazo, pero ni siquiera sus prodigiosas habilidades podían devolver al Emperador la sangre perdida o la vitalidad agotada. En su lugar, Ferris avivó la llama de la vida de Vincent excitando el maná de agua del Emperador, una táctica que implicaba apoyarse en la capacidad del cuerpo humano para curarse a sí mismo.
[¡Te lo ruego, no te mueras! ¡Sería de lo más estúpido acabar en una guerra por esto…!]
[…No me grites directamente al oído. Hombre bestia más salvaje que el promedio.]
[…Miré, por fin despertó, y lo primero que dice es algo desagradable.]
Ferris se había quedado totalmente sorprendido por el repentino comentario del gobernante de Vollachian. Vincent estaba a las puertas de la muerte, su resistencia casi agotada. No obstante, de alguna manera, había recuperado la conciencia. Al parecer, el sanador semihumano no tenía que preocuparse de que Vincent simplemente se rindiera a la desesperación. Si uno era de corazón frágil, podía reflejarse en el cuerpo. Ferris sabía por experiencia que la vida solo daba su luz a quienes deseaban que su llama siguiera ardiendo.
El emperador Vincent, con la cara pálida, sonrió ante el evidente alivio en la expresión del chico gato.
[Parece que tus temores se han aliviado. Si he de abandonar este mundo mortal, la guerra entre el Imperio y el Reino será inevitable. Una pesada carga para tus estrechos hombros, sin duda.]
[Ajá, mucho, así que, de nuevo, por favor, no muera, Su Excelencia. Sería una forma estúpida de empezar una tonta guerra.]
[¿Es que crees que la guerra es tonta?]
La fría e incruenta sonrisa de Vincent no cambió ante el comentario de Ferris. En los ojos oscuros del Emperador estaba el reflejo del joven Caballero, que ni siquiera se había molestado en intentar limpiar la sangre que salpicaba al gobernante de Vollachia.
[Esto debe disgustarte mucho. Si la Familia Real de Lugunica estuviese bien y el pacto con el Dragón estuviese asegurado, no tendrías necesidad de salvar esta vida nuestra.]
[…]
[Tus habilidades curativas son considerables. Lo reconozco, sin sarcasmo ni ironía. Ser incapaz de usar esas habilidades en nombre de aquellos a los que eras más leal… No hay palabras para describir lo enfermas que deben estar tus estrellas.]
[¡…! ¡No se burle de mí!]
Aun mientras sus heridas estaban siendo sanadas, Vincent no dudó en hurgar en las propias heridas de Ferris. El semihumano había resuelto dejarlo pasar; pero al final, fue incapaz de hacerlo.
[¿Disgustado, dice? ¿Cree que no quiero salvarlo? ¿Qué sabe usted de mí…?]
La voz del chico gato tembló. Aunque sus manos estaban llenas de poder curativo, había ira en sus ojos mientras miraba a su paciente.
Vincent tenía razón. Tal como había dicho, las habilidades de Ferris no habían hecho nada contra la plaga mágica y habían sido impotentes para salvar a su patria o a su rey. Había muchos a los que había deseado salvar y muchos a los que había visto morir. Lo peor de todo es que Ferris había perdido al que tenía que salvar, y el joven Caballero se había visto devorado por su propia impotencia. Sin embargo, ahora estaba aquí, haciendo esto.
Su poder había sido incapaz de salvar a su príncipe, pero a este hombre, maldito sea, podía salvarlo…
[Pero Su Majestad… Él nunca habría pensado así. Puede que estuviera perdido, pero ese hombre me habría hecho ayudar a otros. Nunca fue tan estrecho de miras como para envidiar la felicidad de los demás.]
Si cerraba los ojos, Ferris aún podía ver la sonrisa de aquel joven, tan clara como el día. Cuánto tiempo había deseado que fuera feliz, que Ferris y su Señor fueran dichosos juntos. Pero no fue así, y su incapacidad para conseguirlo hacía que el sanador a veces deseara morir. Pero Ferris sabía, lo suficiente como para romperle el corazón, que Su Majestad nunca habría permitido tal cosa.
Por eso, incluso ahora, Ferris no retiró su mano ni disminuyó su esfuerzo mientras sanaba a esta persona que vilipendiaba.
[No se burle de mí, emperador Vollachia. Soy el sanador de mi Señor el príncipe y del Rey León. En su bondad, no hicieron distinción entre las personas. Entonces, ¿cómo podría yo, como su mano, elegir a unos y rechazar a otros? Si cada uno de ellos estuviera vivo y sano, seguiría respondiendo a lo que me pidieran. Me he comprometido a ello, y nada menos.]
[…]
Ahora era Vincent quien no hablaba.
Ferris se dio cuenta de que se había emocionado, pero no lo lamentó. El joven sanador se negó a lamentarse por haber bombardeado al Emperador con sus palabras, amontonando palabras irrespetuosas una tras otra. En aquel momento, solo sentía amor por aquellas dos personas que le evocaban tales sentimientos de admiración con solo un pensamiento. Eso era lo más importante en la vida de Felix Argyle. Lo había reafirmado precisamente con sus cáusticas palabras al gobernante de todo un imperio.
[A reserva de que me equivoque, ese tiro de francotirador lo provocó Balleroy Temeglyph] ofreció de pronto Vincent, dejando escapar las palabras en un largo suspiro.
[¿Qué?]
Ferris tardó un segundo en comprender lo que había dicho el Emperador y sus implicaciones. Balleroy era uno de los Nueve Generales Divinos. Era lógico que Vincent supiera cómo peleaba aquel hombre.
[A menos que uno entienda sus habilidades particulares y desentrañe la pequeña treta de Balleroy, lo más seguro es que sea destruido por su lluvia de misiles. Incluso si tu otro Caballero se ha dado cuenta de su truco, es probable que una persona sola no sea capaz de derribarlo. Dos podrían conseguir… por muy poco.]
[¿Dos…? Pero Reinhard está…]
Ferris echó un vistazo en dirección a la caseta de guardia y pensó en Reinhard. El Santo de la Espada seguía allí, conteniendo él solo a más de cincuenta asesinos. Ferris creía que Julius y Reinhard juntos podrían vencer a cualquier oponente, fuera quien fuera. Pero en aquel momento, las posibilidades de que Reinhard volviera a unirse a ellos parecían aproximadamente las de un insecto contra un zapato.
[¿Esas orejas tuyas son algo más que un adorno, joven bestia?]
[¿Adorno…?]
[Dije que dos podrían arreglárselas. La presencia o ausencia del Santo de la Espada no tiene importancia.]

[…]
Con eso, Ferris miró sus pequeñas y débiles manos. Solo tenía un arma: la daga con cresta de león que había recibido de su Señor. No sabía usarla, ni poseía ninguna habilidad como espadachín. Si el Emperador pensaba que Ferris bastaría como oponente para uno de los Nueve Generales, entonces pensaba en vano.
[Puedes alegar impotencia, si lo deseas] dijo Vincent con un pequeño bufido burlón. [En cuyo caso, solo tienes que ser un observador pasivo, viendo cómo se desarrollan las cosas.] Cuando el Emperador vio que los ojos de Ferris se abrían ampliamente, continuó: [¿Quizá debería usar la palabra espectador, en lugar de observador? Parece ser tu especialidad. El precio de tu debilidad era aquello a lo que antes eras más leal. Al parecer, estás dispuesto a pagarlo de nuevo.]
[¡Ya he tenido suficiente…! ¡Muy bien! ¡Está bien! Actuar… es todo lo que tengo que hacer, ¿no? ¿Actuar? ¡Pues bien!]
Esa forma de hablar de Vincent evocó la mayor ira en Ferris hasta el momento. Sin embargo, el objeto de su ira no era solo el Emperador, sino su propia indecisión. No dejaba de inventar racionalizaciones para explicar por qué no podía hacer las cosas; las excusas lo hacían todo tan fácil. Pero eran vergonzosas.
Se había pasado todo el tiempo persiguiendo a gente que no temía esas cosas, y él seguía su estela.
[Entonces escucha bien, joven bestia. Solo tienes que jugarte la vida.]
Viendo que Ferris había mordido el anzuelo, Vincent le hizo una seña con su mano derecha recién unida. La cara de Ferris se torció al escuchar la estrategia del gobernante de Vollachia. El Emperador sonrió al ver la mirada y, por primera vez, no fue con desdén. Su expresión era como la de un niño que había ideado una travesura maliciosa, con una sonrisa cruel y hermosa.
Sección 17
El globo de luz cayó en picada desde lo alto en un ángulo pronunciado, pero fue desviado de su trayectoria por una floritura de sable. La esfera luminosa rebotó con un estruendo parecido al de la cerámica al romperse, y Balleroy silbó desde su lugar en el cielo.
[Buen brazo, buen ojo, buena rapidez, buena decisión. Ahh, qué bueno tener un oponente digno.]
Un Caballero se dirigía directamente hacia Balleroy. El hombre cargó a través de la extensión de la llanura, con el bosque a su espalda. Este hombre del Reino de Lugunica, que se hacía llamar Julius Juukulius, estaba resultando ser un enemigo que merecía verdadero respeto. Tanto su habilidad con la espada como su magia espiritual eran de primera clase. Solo por su fuerza, probablemente podría haber alcanzado el rango de General de Segunda Clase dentro del Imperio. Tal vez podría haber alcanzado una posición aún más alta. Exceptuando, por supuesto, el hecho de que la forma de pelear de Julius era demasiado honesta y cortés.
[En el Imperio, la victoria es para el que gana… Comparada con eso, la Caballerosidad de tu Reino es solo un montón de tonterías.]
Si hubieran cruzado espadas en un combate uno contra uno, incluso Balleroy habría tenido problemas para vencer a Julius. Pero todo el truco del combate consistía en aprovechar al máximo tus propios puntos fuertes y no dejar que el enemigo aprovechara los suyos. La fortaleza de Balleroy era el francotirador a larga distancia, e iba a aprovecharlo al máximo. Mejor aún, el General Divino disparaba desde la parte trasera de su dragón alado, por lo que siempre podía estar moviéndose más rápido que la velocidad del sonido.
[Los tramposos siempre ganan, y no hay nada como un ataque sorpresa. No me culpes, Caballero, solo hago lo que funciona.]
Era un jinete de dragón, capaz de surcar los cielos sobre las alas de su montura. Balleroy era uno de los pocos en Vollachia con la habilidad de controlar a un dragón alado. Las criaturas aladas eran temperamentales y rechazaban cualquier montura. En otras palabras, los jinetes de dragón coqueteaban con la muerte. No había riendas ni cinturón, nada que pudiera detener su caída si alguna vez se resbalaban. Incluso intentarlo exigía un sentido del equilibrio poco común, y una confianza en el compañero dragón que podía superar a la muerte.
A lomos de dragones voladores, estos jinetes no tenían en cuenta el terreno, pues atacaban repentinamente desde el cielo. Estas tropas, cruciales para el poderío militar de Vollachia, eran hábiles en el ataque, el apoyo y el transporte de mensajes. Además, Balleroy Temeglyph aportó algo único a la profesión.
Que era…
[Puedo usar magia Yang para curvar la luz a mi alrededor y magia de viento para difundir mi aura. Ahora, ¿crees que puedes encontrarnos a mí y a Carillon aquí?]
Usando magia para que él y su montura parecieran parte del paisaje, voló donde quiso y disparó a su antojo; era funcionalmente invisible. Si había un inconveniente, era que el propio Balleroy no podía oír nada, pero no había ninguna posibilidad de que lo descubrieran. Era un pequeño precio a pagar por convertirse en un francotirador en constante movimiento; una pesadilla en el campo de batalla.
Invisible, indetectable, inbloqueable. Esta combinación única de talento para montar dragones y una excepcional capacidad para la magia le había valido a Balleroy el apodo de Tirador Mágico. Sus acciones habían honrado al Ejército Imperial y, en última instancia, lo habían llevado a las filas de los Generales Divinos.
Y ahora había tirado a la basura todo ese prestigio para volverse en cuerpo y alma contra el Emperador. Todo para pagar a quien le había enseñado a vivir, a quien le había ayudado a forjar su conexión con su dragón.
Todo lo que Balleroy había hecho hoy era en señal de duelo por su hermano jurado, que había ido al Reino de Lugunica prometiendo grandes cosas… y que nunca había regresado, ni siquiera como cadáver.
[Aun así, no podemos dejar que los preliminares se alarguen demasiado…] Balleroy enarcó una ceja.
Su objetivo estaba desviando todos sus disparos y, aunque fuera por poco, forzando a un punto muerto. Era la primera vez que se enfrentaba a un mago espiritual en un combate propiamente dicho, y estaba descubriendo lo temibles que eran. A diferencia de los magos normales, utilizaban espíritus para explotar el maná de la atmósfera, por lo que nunca tenían que arriesgarse a quedarse sin combustible. La contrapartida era que la mayor cantidad de maná que podían utilizar a la vez la dictaba el espíritu con el que tenían un contrato, pero…
[…]
Justo debajo de Balleroy, Julius rechazó otro globo de luz. Obviamente, estaba potenciando su propio cuerpo con un cuasi espíritu; eso era lo que permitía al Caballero tales reacciones sobrehumanas. Servía para minimizar la carga de los diversos espíritus con los que había hecho contratos. Es más, los espíritus aliviaban la tensión de su cuerpo casi al mismo tiempo. La elección exigía una buena dosis de dolor, pero mientras el espíritu de Julius no se quebrara, podría seguir peleando. De hecho, si se trataba de una competición de resistencia, era Balleroy quien corría más peligro. El general rebelde solo se había entrenado para enfrentamientos cortos y bruscos.
[Voy a tirar la toalla antes que él a este ritmo…]
Tradicionalmente, un francotirador se escondía en un lugar, manteniendo a sus oponentes inmovilizados durante horas o incluso días. Pero había un límite de tiempo en este golpe. No podía pasar mucho tiempo aquí.
Volvió a mirar hacia abajo y vio a Julius de espaldas al bosque, como si dijera: «No pasarás». Balleroy sabía que el Emperador herido estaba en algún lugar de allí, al igual que la caballera con orejas de gato. El verdadero enemigo de Balleroy tampoco podía estar lejos; el pelirrojo Santo de la Espada, el Caballero más fuerte del mundo, Reinhard van Astrea.
[Cuando Cecilus regresó, pensé que podría aprovechar mi oportunidad.]
La mayor incertidumbre de este plan era qué haría el guerrero más fuerte y el mayor optimista de Vollachia. Balleroy podría ser despiadado, sin detenerse ante nada, pero al final, quería hacerlo él mismo. Desde esa perspectiva, prácticamente podría haber aplaudido a los tres Caballeros visitantes por escapar con vida de Cecilus. Así aseguraba su venganza y que su hermano jurado pudiera descansar en paz.
[¿Jhm…?]
Balleroy ajustó la empuñadura de su lanza para que estuviera bien y firme, pero entonces le sorprendió algo que sucedía debajo de él. Una pequeña figura salió corriendo de la línea de árboles hacia Julius. Desde su posición sobre el lomo de su dragón, vio rápidamente que se trataba del tercer Caballero lugunicano, la chica con orejas de gato. Nunca le había prestado atención; estaba claro que no era una combatiente. Balleroy no era de los que disfrutaban matando innecesariamente, así que se había esforzado para no atacarla, pero ahora…
[Así es como funciona el campo de batalla… ¡Dejaré que tú pongas las cosas en marcha por mí!]
El cambio podía romper un punto muerto, y la victoria era para el audaz. El que no vacilaba triunfaba, pues la diosa de la victoria amaba más a los más crueles.
[¡…!]
La chica gritó algo a Julius. Su voz quedó ahogada por el aire que corría, y Balleroy no oyó lo que decía, pero Julius sí, y su cara cambió de color.
Balleroy no era el único que podía beneficiarse de un cambio de circunstancias. Se movió para atacar antes de que sus oponentes pudieran construir alguna ventaja contra él.
[¡Carillon…!]
Envió a su dragón compañero en picada desde las nubes hacia el suelo. El hombre había cuidado de su compañero dragón desde antes de que saliera de su huevo y había compartido su Odo con él; sus almas estaban unidas. El vínculo entre un jinete y su dragón era muy parecido al que existía entre un miembro del Clan de la Jaula de Insectos y sus bichos. Por la memoria de quien les había dado esa oportunidad y les había mostrado el camino, Balleroy y Carillon se vengarían como uno solo.
[…]
Cortaron el aire, dejando atrás el sonido mientras surcaban el cielo azul, alineando un disparo que atravesaría tanto a Julius como a Ferris. Balleroy lanzó un globo de luz contra el más cercano: la chica.
Hubo una salpicadura de sangre por la llanura, y su cuerpo salió volando por los aires como una muñeca de trapo. La luz atravesó su espalda y salió por el lado derecho de su pecho, destrozando sus huesos y órganos sin remedio.
[Lo siento, señorita.]
Balleroy ya no se sentía culpable por matar a mujeres o niños. Interponerse entre él y su objetivo era perder la vida. Comprendía lo despiadado que era eso. Por eso se negaba a apartar la vista de aquel espectáculo.
Pero ese compromiso, ese ideal de francotirador, sería su perdición.
[¡¿Qu…?!]
De repente, el cuerpo de la chica gato, que debería haber muerto instantáneamente, se vio envuelto en una luz increíble. Brillaba tan intensamente que abrasó los ojos del general traidor; era un brillo explosivo, blanco azulado, que Balleroy no reconoció como la luz de una magia curativa más allá de toda comprensión. Aun así, fue instintivamente cauteloso y ordenó a su dragón compañero que iniciara un ascenso pronunciado y urgente. Tenían que ganar altura, prepararse para otro ataque…
[¡¿C-Carillon?!] Balleroy casi se ahoga de asombro cuando su montura hizo algo que nunca esperó.
Sus dedos rozaron las protuberancias de su lomo, a las que el hombre normalmente se agarraba, y mientras el dragón se retorcía en el cielo, Balleroy se sobresaltó.
El repentino arrebato de su dragón había dejado perplejo al francotirador, pero pronto quedó clara la razón.
[…]
El cielo, la extensión azul hacia la que la criatura debería haberse dirigido, estaba inundado en un vórtice de tonos arcoíris. Carillon agitaba las alas, luchando por escapar de los colores, pero ni siquiera un dragón que viajaba más rápido que el sonido podía hacerlo más rápido que la luz. Fue envuelto por el arcoíris y arrojado de los cielos por su onda expansiva.
[¡Carillon…!]
Su dragón, su amado compañero, cayó gradualmente del aire con las alas rotas. Balleroy no pudo hacer otra cosa que alcanzarlo, pero sus manos no llegaron a posarse. Se quedó mirando cómo la criatura caía en picado ante sus ojos.
Cada vez más lejos, el dragón cayó hasta estrellarse contra el suelo.
Y todo lo que Balleroy podía hacer era mirar.
Sección 18
[Ferris los atraerá… ¡tú encuéntralos y encárgate de ellos!]
Julius, ocupado en su lucha defensiva, se quedó en blanco al oír lo que gritó Ferris al salir corriendo del bosque. ¿Por qué el Caballero de cabello púrpura no había podido replicar? Quizá porque el compromiso de Ferris era muy claro. O tal vez porque el disparo que desgarró su pequeño cuerpo simplemente llegó demasiado rápido.
[¡Ferris!]
Balleroy había tomado el cambio de situación de inmediato y actuó para eliminar esta nueva variable en la batalla. Ferris, herido por la espalda, yacía sangrando sobre la hierba. Incluso Julius pudo darse cuenta de un vistazo que la herida era mortal. Sin embargo, el hechizo de curación que surgió inmediatamente después cerró la grave herida, curando el daño de Ferris ante sus propios ojos.
Él sabía que si Ferris había decidido enfrentarse al enemigo, lo haría con un plan para asegurarse de sobrevivir.
[¡Le he visto!]
En el segundo anterior a que Ferris recibiera el disparo, se había producido una ondulación del aire detrás de él. Julius se dio cuenta al instante de que era producto de la estrategia única de Balleroy: usar magia Yang y de viento para hacerse casi transparente. Y una vez que Julius supo lo que hacía su enemigo…
[¡Al Clauseria!]
A juzgar por la herida de su amigo y la ubicación de la onda en el cielo, Julius apuntó su espada y se apoyó en los poderes de sus cuasi espíritus para crear un remolino de magia. Seis colores diferentes se unieron en un hermoso arcoíris. La aurora llenó el cielo en un torbellino y un laberinto multicolor envolvió al oponente de Julius. La construcción mágica era un muro de luz, compuesto por seis elementos, lo que significaba que era capaz de repeler cualquier tipo de magia que se hubiera dirigido contra ella. También era completamente inexpugnable a los ataques físicos. Por supuesto, no hacía falta decir que le esperaba un daño grave para cualquiera que intentara golpearlo de frente.
El resultado fue que una serpiente verde quedó atrapada en el laberinto arcoíris y empezó a caer rápidamente por el aire.
[Se manifiesta como un arcoíris de luz; nadie puede ver lo que hay en su extremo.]
La pared se desvaneció, y en el mismo momento, hubo un golpe sordo de un dragón alado golpeando el suelo. Las alas de la criatura estaban rotas y sus escamas empapadas de sangre. El dragón se había estrellado contra la tierra a la velocidad del sonido. Por su respiración entrecortada y superficial, parecía que solo le quedaba un minuto de vida, tal vez menos.
[Así que… nos venciste, ¿eh…?]
También había un ser humano que arrastraba los pies y respiraba entrecortadamente. Esta persona también había caído al suelo, un momento antes que su dragón. Era Balleroy Temeglyph.
Julius tardó solo un instante en comprender lo que había ocurrido. El dragón había arrojado a su compañero desde su lomo antes de que el arcoíris los atrapara, salvándolo. Balleroy también lo comprendió. Por eso pasó junto a Julius, hacia donde yacía su amado dragón. El hombre estaba allí junto a su compañero durante los últimos segundos de su vida.
[Gracias por todo, Carillon. Dile a Miles que me espere.] Balleroy le dio unas palmaditas en la nariz a la criatura inmóvil, sonriéndole suavemente. Luego, el guerrero se irguió y soltó un suspiro. [Siento haberte hecho esperar. No era necesario.]
[Un amo se despedía de su querido compañero. Yo también tengo un dragón de tierra que significa mucho para mí. No quisiera ser tan descortés como para entrometerme en este precioso momento.]
[¡Jeh! Mira quién es el señor Noble… Pero supongo que debo darte las gracias. Por darme un momento para despedir a Carillon como es debido. Ahora escucha…] Balleroy se dio la vuelta y sus ojos azules miraron directamente a Julius.
Tenía el cabello revuelto y le corría sangre por la frente. Había escapado al hechizo del Caballero, pero había caído desde muy lejos, y su aspecto era mucho peor. La cara pálida y el abundante sudor del general denotaban también heridas internas y huesos rotos. Esto estaba claro: si no recibía tratamiento inmediatamente, estaba acabado.
[…No vayas a creer que tengo que pedirte que me cures, ni nada por el estilo. Las cosas son como son. No hay ningún médico en el Imperio que pueda arreglarme ahora. Incluso si lo hubiera, me negaría.]
[¿Pero por qué ibas a…?]
[¿De verdad tienes que preguntar por qué, señor Caballero? Es fácil. Esto es el Imperio, yo soy uno de los Nueve Generales Divinos, y tú eres mi enemigo.]
Julius había dado por terminada la contienda, pero Balleroy habló con fuerza. En sus manos tenía su lanza, su arma favorita, y la hizo girar con una rapidez desalentadora mientras adoptaba una postura de combate. Este no era un hombre que debía ser despreciado, incluso al borde de la muerte. Balleroy había iniciado su rebelión contra el emperador Vincent con la máxima determinación. Incluso si ahora lograran salvarle la vida, si su rebelión fracasaba, lo único que le esperaba era una ejecución.
[¿Así que lucharás hasta el amargo final, a cambio de tu propia vida?]
[Nada tan pretencioso como eso… Digamos que no sé cuándo rendirme. Todo lo que quiero es llevar esta lanza a mi objetivo. Eso es todo. Eso es todo lo que quiero.]
[¿Tu objetivo…?]
[Es correcto. La garganta del Santo de la Espada.]
La punta de la lanza exudaba una intención asesina, y el aura de Balleroy se hizo más aguda que antes. Julius percibió su inamovible orgullo de guerrero y se tomó un momento para admirar al hombre. Luego, un instante después, adoptó una postura con su propia espada, preparada para pelear.
[Como guerrero que soy, reconozco su habilidad. Pero Reinhard es mi amigo. Por el bien de mi Reino, y por el de mis compañeros, no puedo permitir que usted alcance su objetivo.]
[¡Genial! ¡Entonces lo único que nos queda a los dos es una prueba de habilidad!]
A medida que el aura de lucha de Julius se volvía silenciosamente más aguda y concentrada, la violenta emoción de su oponente comenzó a brotar de su espíritu. Los dos se miraron a los ojos.
[Caballero de la Guardia Real del Reino de Lugunica, Julius Juukulius.]
[Noveno de los Nueve Generales Divinos del Imperio de Vollachia, Balleroy Temeglyph.]
Como era costumbre entre los guerreros, ambos anunciaron sus nombres y cargos, entonces comenzó el combate.
Fue Balleroy quien hizo el primer movimiento, golpeando tan rápido con su lanza que el ataque fue casi invisible. Uno tenía la sensación de que la punta de la lanza se había desvanecido, y un instante después, venía a morder el pecho de Julius. La alabarda era más rápida de lo que debería haber sido posible para ser empuñada por un hombre lleno de heridas, pero Julius apartó el golpe con un destello de su propia espada. Sus reflejos defensivos seguían agudizados por su magia Yang, y el Caballero se mostraba reacio a reclamar la victoria mediante habilidades aumentadas. Sin embargo…
[¡Esa es otra parte de tus habilidades, ¿eh?!] exclamó Balleroy, que parecía percibir los pensamientos de Julius incluso mientras soltaba golpe tras golpe.
El Caballero esquivó cada golpe de lanza y se levantó del suelo para perseguir a Balleroy. Corrió por la llanura, apartando cada puñalada a su paso. Las chispas saltaban cada vez que el acero chocaba, y los impactos estaban haciendo mella en ambos. Julius sentía como si cada intercambio le quitara un poco de vida a medida que su concentración y su espíritu se iban desgastando.
A grandes rasgos, había dos formas de atacar con una lanza: clavar y barrer. No era muy diferente de una espada, pero las estocadas eran más comunes con una lanza. Eran una serie de ataques dirigidos a un punto o puntos específicos, que exigían al oponente agotar una enorme cantidad de concentración para mantener la guardia.
Ninguno de los dos podía aguantar esta batalla mucho tiempo, y ambos lo sabían. Así que después de algunos intercambios de tanteo, la pelear comenzó en serio.
[¡Clang!]
Cuando Julius desvió una estocada y se acercó para insistir en su ataque, Balleroy atrapó la hoja oscilante con el mango de su lanza. No obstante, no pudo amortiguar completamente el impacto y salió volando hacia atrás. En ese instante, el ambiente de la batalla cambió.
[…]
Ocurrió antes de que Julius pudiera siquiera darse cuenta de que se acercaba. De la punta de la lanza con la que Balleroy le apuntaba surgió un misil mágico de luz incolora. Era el mismo tipo de ataque que el general había utilizado cuando disparaba desde su montura de dragón. La carga, la puntería y el disparo duraron tan poco tiempo que fue casi artístico. El proyectil voló hacia el pecho de Julius sin sonido ni aviso.
El Caballero de cabello púrpura pudo ver una furiosa intención de matar en los ojos de Balleroy, y Julius llevó al límite sus reacciones hasta que fueron tan rápidas como un rayo. La hoja de su espada apenas rozó el proyectil mágico, desviándolo de su trayectoria para que solo chocara con el hombro de Julius. Al menos, el Caballero había evitado una herida mortal…
[¡Ngh!]
Fue entonces cuando un impacto golpeó su esternón, haciendo que sus órganos temblaran y provocando que la sangre subiera y saliera por su boca, acompañado de un gemido.
Había evitado el disparo mágico del francotirador. Y, aun así, algo le había atravesado el pecho con una fuerza terrible. Intentando desesperadamente procesar lo sucedido en medio de una niebla de dolor, Julius pensó en la posibilidad de un segundo disparo de francotirador.

Al ocultar un segundo disparo tras el primero, se aseguraba de que uno de los disparos diera en el blanco, aunque el primero fuera rechazado. Un truco sencillo pero muy eficaz. Si uno se enfrentaba a un oponente con los medios para defenderse de los misiles mágicos, era muy probable que un truco así lo destruyera.
Por desgracia, las cosas solo empeoraron a partir de ahí.
[Tu vida es mía.]
Balleroy estaba a la ofensiva ahora, siguiendo su estratagema con un tercer disparo mortal. Esta ronda final siguió a la anterior con una rapidez asombrosa. El arma del General Divino apuntaba directamente entre las cejas de su presa. El ataque iba dirigido al corazón y a la cabeza, dos puntos vitales. Era un movimiento que parecía que incluso podría haber matado a uno de los vampiros supuestamente inmortales.
Parecía que los disparos del francotirador lo demostrarían. Por otro lado, en el último instante, la cara de Balleroy se puso rígida.
[…]
Julius, que había salido despedido hacia atrás por un disparo en el corazón, se mantenía firme. Aquello, por sí solo, ya era bastante chocante para Balleroy; una inspección más detenida del pecho del Caballero reveló algo muy extraño. Ferris había recibido exactamente el mismo impacto y, a pesar de eso, las heridas de Julius eran mucho más leves. Julius había preparado una segunda línea de defensa: una capa de armadura de elementos de tierra sobre su cuerpo.
[¡Mi lanza… aún pudo…!]
Balleroy no podía evitar estar impresionado por una pelea tan meticulosa, pero él seguía siendo un poco más rápido. Engañar a la muerte no significaba necesariamente no verse afectado en absoluto por un ataque. Puso toda su fuerza en sus manos, que sujetaban su lanza, y en sus piernas, que presionaban hacia delante mientras daba una estocada decisiva, buscando penetrar las defensas de Julius. Ni siquiera un Caballero del Reino de Lugunica sobreviviría a un cráneo aplastado. Un solo ataque mortal; eso decidiría esta contienda…
[Al Clarista] entonó Julius.
El enemigo que había evitado el golpe mortal de Balleroy, que había retrocedido para no caer, ese hombre respondía ahora a la estocada final del general y había logrado pronunciar una invocación. ¿Cuándo había tenido tiempo? ¿Por qué Balleroy se lo había permitido? ¿Por qué, por qué, por qué…?
De hecho, ¿por qué su propio golpe era tan lento? La punta de su lanza debería haber llegado primero, y aun así estaba siendo borrada por este Caballero que exudaba una luz tan brillante y multicolor. Ni siquiera hubo sensación de metal contra metal; no hubo cizallamiento al cortar el acero.
Al final, los sentidos de Balleroy ni siquiera le permitieron retroceder o presionar más. La contienda se decidió en ese breve instante de ataque contra defensa.
[Vaya, qué sorpresa…]
El resplandor de un arcoíris había atravesado el lado izquierdo del pecho de Balleroy, los colores centelleantes abrasaron su alma. Pero lo que llenaba el corazón de Balleroy era la admiración por la habilidad de este enemigo que lo había llevado a la derrota. Cuando todo había terminado, la razón por la que los movimientos del rebelde se habían sentido tan apagados y lentos no había sido el miedo a perder, ni tampoco su imaginación.
El cuerpo de Balleroy se había visto envuelto en una tenue luz. Era el resplandor de la magia Yin que se enfrentaba a la magia Yang. Magia Yang para fortalecer su propio cuerpo, magia Yin para debilitar el de su oponente: Julius estaba lanzando ambas al mismo tiempo, una maniobra delicada y complicada. ¿Quién iba a decir que el Reino tenía un oponente tan temible?
[Y pensar que ni siquiera he llegado a mi verdadero objetivo… Supongo que realmente he… perdido mi toque…]
Balleroy dejó caer su lanza y retrocedió un paso, tras lo cual la espada del Caballero le atravesó el pecho. Ni siquiera brotó sangre de la herida. La luz, corta e intensa, cauterizó el corte e incineró los órganos del hombre, su espíritu mismo.
Balleroy siguió adelante, inestable, hasta llegar a la forma inmóvil de su amado dragón. Consiguió desplomarse a su lado, apoyándose en aquella gran forma, y dejó escapar un suspiro. Detrás de él, el Caballero Julius envainó su espada.
[Sir Balleroy, ¿qué lo ha llevado a conspirar de esta forma?]
El joven parecía suponer que la pelea había terminado, una idea ingenua. Incluso sin su lanza, Balleroy era capaz de atacar con un mortífero y preciso misil mágico. Pero no; que nadie diga que no sabía cuándo había sido derrotado.
Podía hacerlo, y podría. Al menos, Julius debía considerarlo así.
[No te andas con rodeos, ¿verdad? No puedo decir que esperaría que lo entendieras.]
[Casi destruye el Imperio y provoca una guerra con mi Reino. Tiene razón, no lo entiendo. Tampoco comprendo su obsesión con el Santo de la Espada, con Reinhard.]
[Eso es bastante fácil de explicar. En pocas palabras, se trataba de… venganza.]
Los ojos de Julius se abrieron ampliamente, sorprendido, como si nunca hubiera esperado algo así. No era la mezquindad lo que le chocaba, sino la idea en sí. Al parecer, el hombre nunca había imaginado que el Santo de la Espada pudiera provocar la animadversión de nadie. En opinión de Julius, Reinhard estaba por encima de tragedias tan triviales como convertirse en objeto de venganza.
[Me parece que tienes… unas ideas bastante inocentes sobre el mundo…]
[…He oído lo mismo de mis amigos. Creo que estoy trabajando para mejorar ese aspecto de mí.]
[Bien, es bueno oírlo. De lo contrario, podrías acabar siendo uno de los malos, como yo…]
Entonces Balleroy se rio de la descaradamente franca conversación, con su hilaridad manifestándose en respiraciones finas y entrecortadas. Su consciencia se iba desvaneciendo poco a poco y trató de mantenerla el tiempo suficiente para decir algo más. Pero no sabía qué. Palabras de odio, tal vez.
[¿Hay unas últimas palabras que quiera dejarle a Reinhard?]
Balleroy soltó un fuerte suspiro.
[…Eso sería totalmente innoble por mi parte. Un perdedor debería seguir su camino. Pero me siento mal por tu bonita amiga con orejas de gato, por la forma en que…]
Julius pareció sacudir la cabeza como si quisiera adelantarse a esta disculpa, pero Balleroy se encontró pensando en la desafortunada joven, la pobre e inocente que se vio involucrada. Cosas como el éxito o el fracaso de la rebelión iniciada por la persona que lo había contratado, y si Vincent vivía o moría, carecían de importancia para Balleroy. Por eso tenía los medios para sentir piedad por aquellos a los que él mismo había matado en el transcurso de todo esto.
Condolencias o no, los ojos nublados de Balleroy le permitieron ver una figura que se acercaba. Venía hacia él a través de la hierba. La persona se detuvo junto a Julius.
[Siento decírtelo, pero Ferris no cae tan fácilmente.]
[…Jah.]
Allí estaba ella, su traje blanco manchado de sangre, pero sus movimientos no mostraban señales de ninguna herida. Ferris dio un suspiro al ver a Balleroy.
Julius, Ferris, y el pelirrojo Santo de la Espada, Reinhard. Tres personas a las que Balleroy no podía superar. El moribundo General Divino conocía los rumores, las desagradables habladurías que corrían por otras tierras y que hablaban de que el Imperio de Vollachia estaba protegido por una barrera construida por demonios. Sin embargo, el propio Reino de Lugunica no parecía estar hecho más que de personajes extraordinarios y temibles.
[Díganle a Su Excelencia una cosa de mi parte… Díganle que, si va a enfrentarse con el Reino, que se asegure de mantenerse firme hasta que todo sea polvo.]
[Debo decir que tengo sentimientos encontrados acerca de transmitir ese mensaje… Pero está bien.]
A Balleroy se le hizo un nudo en la garganta; lo que había pretendido ser la última broma de su vida había sido recibido con la mayor seriedad. Tenía la clara sensación de que Julius realmente le daría el mensaje a Vincent, de forma textual. Confiaba, pues, como uno de los Nueve Generales Divinos, en que sus últimas palabras llegarían al Emperador.
[Me alegro de que… al final… realmente no maté a ninguna mujer ni a ningún niño…]
Balleroy dejó escapar un suspiro, y en él se dio cuenta de que era más tímido de lo que había pensado. El hombre se estaba riendo de sí mismo cuando una cara familiar surgió a lo lejos contra sus párpados cerrados. Vio que era la cara de la persona a la que le debía la vida: su hermano mayor jurado, que lo había criado como un padre. Bajó la mirada.
[Lo siento, Miles. Creo que este es mi final.]
Balleroy murmuró algo, con una voz tan suave y débil que no se oía, y luego exhaló su último suspiro.
Había cerrado el círculo: La historia que había comenzado con la simulación de su muerte había terminado con su fallecimiento real. Al menos, era poco probable que hubiera entre sus subordinados alguno que resultara ser un oponente consumado como lo fue Balleroy para los Caballeros. Eso no quería decir, por supuesto, que los otros asesinos a los que se enfrentaban, como el Clan de la Jaula de Insectos al que Reinhard había combatido, no fueran una amenaza.
[Pero, Julius, contigo y con Reinhard aquí, deberíamos estar bien. ¿No lo crees tú también?]
[Pienso hacer todo lo posible para justificar tu fe en mí. Pero antes…]
[Antes de eso, ¿qué? Eh, ¿qué pasa?]
Ferris miró a Julius de reojo. El mago espiritual se dirigió hacia su amigo con un gesto inocente, mirando el lugar de la herida de francotirador de Ferris. Tocó el lugar con los dedos. La espalda y el pecho del joven semihumano estaban empapados de sangre; no había duda de que un misil lo había atravesado. Pero cuando Julius limpió la sangre, solo quedó una piel pálida, lisa y suave. Ni siquiera quedaba una cicatriz.
[…Eso me tranquiliza. Si volvieras con tan solo un rasguño, no sé cómo volvería a presentarme ante la duquesa Karsten.]
[¡Jmph! ¡Eso no significa que puedas miaunosearme! Tú eres el que acaba de meter las manos en mi sangre, ¡así que no me eches la culpa si me pongo enfermo!]
[Tu seguridad es lo primero. De hecho… pensé que me iba a desmayar cuando te vi.]
Cuando Ferris se le ocurrió servir de cebo, no hubo tiempo para detenerlo mientras salía corriendo. En un abrir y cerrar de ojos, había sido alcanzado por el disparo de francotirador de Balleroy y se había desplomado, cubierto de sangre. Julius se enfrentó entonces a Balleroy, no queriendo que la oportunidad que Ferris había conseguido fuera en vano, pero apenas podía ocultar su deseo de correr hacia su amigo caído. Podía tener fe en que Ferris tenía algún tipo de plan, pero…
[Nunca deseo ver caer ante mis ojos a alguien a quien aprecio. No sabes cuánto me alegro.]
[Se siente muy bien escucharlo de ti. Pero bueno, así eres tú, Julius.]
Ferris recibió las palabras del otro Caballero con una sonrisa avergonzada mientras se rascaba la mejilla. Julius notó la más mínima diferencia en su comportamiento respecto a un momento antes. Ferris había sufrido una herida aparentemente mortal, estaba cubierto de sangre y, aun así, parecía francamente alegre; ¿quizá algo había cambiado en su corazón?
[Ferris, dudo que necesite preguntar, pero su excelencia, el emperador Vincent…]
[Completamente curado y descansando bajo los árboles. Al menos, es probable que todavía esté allí, no creo que aún tenga ganas de salir corriendo.]
[Ya veo. Otro alivio.]
Julius se quitó su propia capa y se la entregó al chico gato. Apenas había salido ilesa de la batalla, pero al menos no estaba empapada en sangre y llena de agujeros, como la de Ferris. En todo caso le cubriría los hombros.
Mientras al sanador le ponía la capa, Julius se dio la vuelta hacia Balleroy, ofreciendo otra oración silenciosa en su nombre. Había sido un enemigo terrible de una habilidad asombrosa, un guerrero cuya pérdida se sentía profundamente.
[Gracias por tu ayuda, Ferris. Si no hubieras hecho lo que hiciste, no creo que hubiera podido derrotarlo. Uf, todavía tengo mucho que aprender.]
[Ferris se siente un poco raro al darse cuenta de que sabía exactamente lo que necesitabas sin siquiera hablar de ello… Bueno, Ferris no es más extraño que tú, Julius.]
El hombre de cabello morado no respondió a este reconocimiento. Se limitó a entrecerrar los ojos. Balleroy había traicionado al Emperador y conspirado para cometer una rebelión, pero Julius no creía que fuera a salirse de su camino para explicar por qué. El propio Balleroy no había hablado de ello, y él respetaría esos deseos. No importaba si el caído era un enemigo o un miembro de su propio reino. Aun así, si había algo que podía decir…
[Desearía haber tenido la oportunidad de hablar más con usted.]
Puede que no fuera capaz de entender completamente a todos los que conocía, pero eso no lo excusaba de hacer el esfuerzo. Sin embargo, su deseo era inútil ante aquel cadáver, y Julius se dirigió hacia el sendero del bosque que tenía a sus espaldas. Ferris lo siguió y se encontró con dos figuras que se acercaban.
Una era Reinhard, ileso y saludando. El otro era Vincent, apoyado en el hombro del Santo de la Espada.
Los disturbios en el Imperio, disturbios que habían involucrado también al Reino de Lugunica, se acercaban a su fin.
Sección 19
Volvieron a caminar directamente hacia el Palacio de Cristal, mostrándose en la calle principal de la capital Lupugana. Fue la elección de Vincent, su declaración de victoria: Balleroy Temeglyph había caído, el Clan de la Jaula de Insectos había sido derrotado, y la rebelión había terminado en fracaso.
[…]
La primera reacción de los habitantes de la capital que vieron al Emperador bajar por la calle principal fue de incredulidad. Era de esperar. Pues Su Excelencia el Emperador, a pesar de su compostura, estaba empapado en sangre, y sus ya pálidas mejillas estaban casi sin color. Si no hubiera sido a plena luz del día, la gente podría haberlo tomado por un Hollow perdido y errante.
Pero la ciudadanía no tardó en recuperarse, arrodillándose ante el Emperador mientras este caminaba a paso despreocupado. El impulso se extendió, persona a persona, hasta que todos en las inmediaciones de la calle principal habían llegado a inclinar la cabeza o a doblar la rodilla.
[Guau] fue la muy sucinta síntesis de los sentimientos evocados por esta exhibición, según Ferris.
Vincent estuvo a punto de sonreír, pero su expresión cambió a su habitual mueca de desprecio y se dirigió hacia Ferris.
[Este es el miedo de un Emperador, la forma en que mi dominio debería responderme.]
[¿La forma en que deberían responder? ¿Se refiere a la forma en que todos se acobardan porque te tienen tanto miedo?]
[Si alguien busca gobernar a otros, el poder y el miedo son los métodos más rápidos y seguros. Incluso en este estado ensangrentado, nadie se ha de atrever siquiera a lanzar una piedra contra su Emperador.]
[…Nadie le habría lanzado una piedra al Rey, tampoco… porque lo amaban demasiado] dijo Ferris, apartando rápidamente la mirada, pero Vincent se limitó a resoplar.
Cualquiera que los hubiera escuchado podría haber pensado que sus diferencias de opinión llegaban hasta lo más alto de sus respectivas naciones. El Rey de Lugunica era amado por su pueblo, mientras que el Emperador de Vollachia era temido por el suyo. Cuál era realmente la mejor forma de gobernar, solo la historia lo diría. No obstante, una cosa era cierta: Vincent, apareciendo ante su pueblo con apenas suficiente sangre en las venas y casi ninguna fuerza en los músculos, aún mantenía una figura impresionante. El esbelto hombre no mostró ninguna vacilación y se negó a apoyarse en nadie.
[Dejaré que entretengan a Su Excelencia] murmuró Reinhard, ignorando en gran medida la conversación mientras escaneaba el área vigilante. [Aunque dudo que ni siquiera los enemigos del Emperador se atrevan a moverse con tantos testigos alrededor.]
Reinhard había peleado en la retaguardia contra más de cincuenta miembros del Clan de la Jaula de Insectos y, aun así, había salido sin una sola magulladura en el cuerpo, ni una mancha digna de mención en su traje. Cuando se reunió con los demás, su informe de que no había matado a ningún asesino fue alentador y aterrador a la vez. Esos sentimientos eran, por supuesto, etéreos y fugaces si se comparaban con lo alentador que resultaba tenerlo como aliado.
[Balleroy tenía que ser la carta de triunfo de nuestros enemigos, y ha caído. Me sorprendería que tuvieran reservado algo o alguien más poderoso, pero… uno podría esperar que se apresuraran a eliminar todo rastro de su traición en este mismo momento] dijo Julius.
[¿Crees que se excusarían ahora?]
[Creo que es su última oportunidad para hacerlo, si quieren minimizar los daños. Con Su Excelencia como aliado, sus enemigos corren el riesgo de poner a todo el Imperio en su contra.]
La velocidad había sido esencial en esta rebelión. Con Balleroy derrotado y lo que se sabía de sus planes en ruinas, a quienquiera que estuviera detrás de esto no le beneficiaría persistir en su intento de conseguir el poder. Podían destruir las pruebas de sus fechorías o huir a un país extranjero. Parecía probable que fuera una de las dos.
[Ferris no estaría contento después de que le dispararan por su culpa.]
[Sin tu valiente hazaña, nunca habríamos evitado la guerra. Estoy orgulloso de llamarte mi amigo.]
[¿Y se supone que esa es mi recompensa, Julius? Ferris oye hablar mucho de amistad de ti, pero deberías saber que no puedes ser amigo de Ferris tan fácilmente.]
Julius captó el desolado susurro, así como su verdadero significado. Para Ferris, la palabra amigo pesaba mucho. No era una declaración para hacer a la ligera.
Mientras hablaban, recorrieron una calzada atestada de ciudadanos que mostraban su lealtad, después atravesaron las puertas del castillo. Pasaron junto a una multitud de temblorosos Soldados Imperiales y por fin regresaron al Palacio de Cristal, donde…
[¿Es verdad? ¡¿Su Excelencia ha regresado?!]
Cuando el grupo entró en el gran salón del palacio con Vincent a la cabeza, escucharon una voz retumbante. En el segundo piso de la sala se encontraba un temible hombre vestido con una armadura dorada, con el ceño fruncido en su cara marcada por la batalla. Cuando este hombre vio al Emperador allí debajo, bajó los escalones con una velocidad que desmentía su tamaño y vino a arrodillarse ante Vincent.
[Su Excelencia, ¡gracias al cielo que está a salvo! ¡Los vasallos están aquí! ¡Los soldados de infantería están aquí! ¡¡¡Los he estado supervisando con todo mi corazón!!!]
[Silencio, plebeyo. ¿O has olvidado cómo te he dicho que cada vez que abres la boca avergüenzas al Imperio? Debías mantenerla cerrada. Mi dignidad imperial está hoy en su punto más bajo.]
[¡Milord! Pero… ¡Su Excelencia! Todavía hay disturbios en el castillo…]
[Ya van dos veces. Cierra la boca, Goz Ralphone.]
Así, Vincent silenció al robusto gigante, Goz Ralphone, uno de los Nueve Generales Divinos. El hombre en armadura dorada pareció encogerse mientras el Emperador lo observaba con una mirada fría y penetrante.
[Confiar este asunto a ustedes haría que cualquier autoridad del Imperio se desplomara. Por lo tanto, yo mismo declaro: La supuesta muerte de Balleroy de los Nueve Generales Divinos y todo lo que ha sucedido a mi persona fueron obra de conspiradores que intentaron cargar todo sobre los Caballeros Reales de Lugunica. Balleroy se unió a estos traidores sin vergüenza y atentó contra mi vida. Aunque, desde entonces ha dejado este terreno mortal.]
[¡…! Balleroy, ¿de verdad hizo algo así?] dijo Goz, temblando.
[Me duele decirlo, pero todo es tal como Su Excelencia lo ha dicho.]
Esta afirmación vino de alguien que salió de detrás de Vincent: un anciano que había venido de fuera del Palacio de Cristal. Varios Soldados Imperiales lo acompañaban, y ante su aparición, Vicente cruzó sus delgados brazos.
[Así que estás aquí, Berstetz. Qué inusual ver al Primer Ministro Imperial liderando hombres armados él mismo.]
El anciano respondió al tono venenoso de Vincent con un tranquilo movimiento de cabeza.
[¿Cómo podría yo dejar de poner en movimiento estos viejos huesos, Su Excelencia, cuando supe que lo habían secuestrado a usted?]
Dado lo que se había oído de su nombre y título, no cabía duda de que aquel hombre era Berstetz Fondalfon, el Primer Ministro Imperial. Si los Nueve Generales Divinos eran el cenit del ejército de la nación, el primer ministro se situaba en la cúspide de la burocracia. Como hombre que supervisaba toda la administración del país, solo el Emperador lo superaba en poder. Lo que hacía aún más extraño que no se le hubiera visto antes en la sala de audiencias…
[Ante todo, Su Excelencia, permítame expresar mi alegría sin límites por su retorno seguro. Y a estos Caballeros que seguramente hicieron todo lo posible para garantizar su regreso, mi gratitud igualmente sin límites.]
[Basta de formalidades, anciano. Dinos qué es lo que realmente quieres decir y hazlo con celeridad.] dijo Vincent.
Berstetz parecía tan molesto como si una brisa fresca hubiera soplado junto a él.
[Es usted un hombre que aprecia la brevedad, Su Excelencia. Pero una precipitación indebida puede ir en contra de aquello por lo que nos hemos esforzado. Le ruego que lo recuerde.]
[¿Te atreves a amonestar a tu Emperador? Que sepas que será tu último acto de servicio público, perro senil. Te lo diré por segunda vez. Habla, y con celeridad.]
[Nada más impreciso que yo amonestando a su venerable persona, Su Excelencia] La mirada de Vincent se volvía más fría, pero Berstetz lo enfrentó con astucia. [Solo le digo que aquí tenemos la conclusión de los planes apresurados.]
Mientras el Emperador fruncía el ceño ante esta respuesta, el primer ministro hizo un gesto a uno de sus guardias personales para que se acercara. Llevaba una caja de madera en los brazos, que ofreció a Vincent. Berstetz extendió la mano hacia el recipiente y abrió la tapa.
[¡Urgh!]
La exclamación ante el contenido de la caja provino de Ferris. Pero era una reacción comprensible. Julius, de pie junto al semihumano, frunció el ceño ante lo que veía.

Dentro de la caja estaba la cabeza de un hombre de mediana edad. Había sido cortada por el cuello y la cara tenía una expresión de profundo pesar. Vincent, inspeccionando la cara pálida y sin sangre, miró a Berstetz con un ojo cerrado.
[Humildemente presento a Su Excelencia la cabeza del gran conde Gramdart Holstoy, un siervo cuyo corazón rebosaba traición. Todo lo que ha sucedido fue a instigación de Holstoy. Lo confesó todo en una nota escrita antes de arrojarse sobre su espada en su residencia privada.]
[Sí que trabajas rápido, Berstetz.]
[Confieso que hubo momentos bastante intensos después de que llegara el informe de la muerte del general Temeglyph. Cuando poco después me enteré de que un dragón alado había llegado a la mansión de Holstoy, fue natural interrogar a uno de los suyos sobre los ajetreos de la casa. Pido disculpas a Su Excelencia por actuar por iniciativa propia.]
[Tu iniciativa estaba muy presente cuando alabé tu rápido trabajo.] Vincent tomó un papel que Berstetz le ofrecía. Le echó un vistazo y luego volvió a mirar la cabeza en la caja. [¿Dices que todo lo que ha ocurrido fue concebido dentro de esta cabeza?]
[En efecto. Regicidio, atribuido a los Caballeros de Lugunica; seguido por la toma del trono en nombre de castigar a los asesinos. Sus ambiciones eran, podría decirse, imperiales; solo les faltaba la debida previsión.]
[¿Crees eso a pesar de que fue capaz de convertir a uno de los Nueve Generales Divinos a su causa?]
[¿Qué otra cosa puede decirse de una rebelión que ha fracasado?]
La opinión inquebrantable de Berstetz parecía concluirlo todo en la mente de Julius. La misión diplomática de Lugunica había sido absuelta de todos los cargos, probada su inocencia. Se había evitado la guerra entre el Imperio y el Reino. El asunto estaba resuelto. Entonces, ¿por qué se le erizaba tanto la piel?
La fuente del malestar procedía inequívocamente de Vincent. Sin relajarse lo más mínimo, el Emperador dejó escapar un suspiro audible.
[Jhmm… Berstetz.]
[Su Excelencia] respondió Berstetz con una sonrisa. [¿Cuál es su voluntad imperial?]
[Te lo ordeno: No te muevas.]
Con su mano derecha, el Emperador agarró en silencio una vaina que apareció de repente, flotando en el aire.
[…]
De la vaina suspendida, sacó una espada, recta y auténtica, roja como un granate desde el pomo hasta el filo. Era una espada entre espadas, hermosa, tan encantadora como para cautivar a cualquier espectador. Y sin la menor vacilación, el Emperador la presionó, de todos los lugares, contra el cuello de Berstetz, que permanecía inmóvil como una piedra.
La velocidad de la espada y su afilada hoja podrían haber hecho volar la cabeza del anciano. Sin embargo, la espada carmesí no probó la sangre. Berstetz, en lugar de ser decapitado, siguió sonriendo. El anciano se llevó lentamente una mano al cuello.
[Semejante broma no es propia de Su Excelencia.]
[La Espada Yang no es algo tan trivial como para ser desenvainada en broma. Corta lo que deseamos cortar, y consume en llamas lo que deseamos quemar. Observa.]
De repente, el fuego brotó de la espada en la mano del Emperador y saltó a la caja en manos del soldado. El hombre dejó caer la caja, pero ni siquiera chamuscó la alfombra, pues las llamas no habían tocado el compartimento de madera, sino que solo consumieron lo que había dentro. La cabeza del hombre que, según le habían dicho al Emperador, traicionó a su Señor, había ardido por completo, convirtiéndose en cenizas.
[Verdaderamente, la Espada Yang solo brilla para aquellos aptos para ocupar el trono imperial] dijo Berstetz, con los ojos entrecerrados. [Es realmente hermosa y terrible.]
[Con sus llamas, la espada pone a prueba a quienes la empuñan. Pero hay una manera de manejarla] dijo Vincent, haciendo una floritura con la espada.
Luego se la tendió a Berstetz, con la empuñadura por delante, sonriendo mientras el primer ministro la miraba.
[¿Quieres probarla? ¿No quieres saber si tus viejos huesos pueden gobernar un Imperio?]
[…De nuevo, bromea, Su Excelencia. Tales aspiraciones están más allá de esta débil y envejecida carne.]
El primer ministro se inclinó por la cintura, sin poner un dedo sobre la Espada Yang y excusándose de la oportunidad de desafiar a la hoja.
[Puede confiarme la limpieza del desorden resultante de estos acontecimientos. Usted, Su Excelencia, debería pensar primero en su propia salud.]
Después, con una palabra dirigida a sus soldados, Berstetz recogió las cenizas de la cabeza y se retiró. Al verlos marchar, Julius sintió que se le caían los hombros. A su lado, Ferris sonreía con evidente alivio.
[¿Po-por qué estaban las cosas tan tensas hace un momento? ¿No se supone que son amigos?]
[Muchas cosas pueden ocurrir entre los muros de un castillo. Quizá los forasteros como nosotros nunca podamos saber exactamente qué. Reinhard… te admiro por no involucrarte.]
[Sí, había muerte en la espada de Su Excelencia, pero vi que no era su verdadera intención.]
[¿Cómo pudiste saberlo…?] preguntó Ferris, arrugando su bien formada frente.
Julius también había percibido que el golpe de Vincent con la Espada Yang contenía la voluntad de matar, pero Reinhard, al parecer, había visto algo más. De los allí presentes, tal vez solo él, el propio Vincent y Berstetz, que permanecía inmóvil como una piedra, habían comprendido que no habría asesinato en aquella habitación.
[Jmph. Y pensar que estuve a punto de agarrar al tigre por la cola] murmuró Vincent burlonamente cuando el primer ministro desapareció de su vista.
Soltó la Espada Yang y la hoja carmesí desapareció como si se la hubiera tragado el mismo aire del que había salido.
Este legendario objeto, que se decía que pasaba de un líder del Imperio de Vollachia al siguiente, despertaba un considerable interés en Julius. Sin embargo, en aquel momento, el susurro que Vincent había oído a medias era aún más preocupante. El diálogo entre el Emperador y el primer ministro, el suicidio del gran conde… todo apuntaba a una persona como verdadero culpable…
Julius dio un paso vacilante hacia Vincent.
[Su Excelencia, le ruego me disculpe, ya que lo que voy a pedirle es una terrible falta de etiqueta, pero…]
[¡Sí, hola, estoy aquí! ¡No quería hacerlos esperar tanto mi gran entrada! ¡El humilde servidor de Su Excelencia, Cecilus Segmunt, ha llegado al Palacio de Cristal para buscar venganza en nombre de Su Excelencia el Emperador!]
No obstante, Julius fue interrumpido por una voz como un rayo. Apareció un joven vestido con kimono, abriéndose paso entre la multitud en el gran salón del Palacio de Cristal tan rápido que parecía que iba a abrasar el suelo bajo sus pies. Era Cecilus, con una amplia sonrisa en la cara y su espesa cabellera azul ondeando.
Cuando descubrió que Julius y los demás volteaban sorprendidos a su dirección entre las filas de Soldados Imperiales, exclamó:
[¡Ajajá! Ahí están, los he encontrado, ¡por fin los he localizado! Ciertamente me hicieron dar vueltas y vueltas; los estuve buscando por toda la capital después de la fuga. Y luego me entero de que han vuelto al castillo con Su Excelencia cubierto de sangre. ¡Esto no lo perdonaré, Caballeros Reales de Lugunica! ¡Ponerle las manos encima a la persona de Su Excelencia! Esta ira será mi combustible, la humillación de mi derrota contra ustedes mi catalizador, y juntas, despertarán las habilidades supremas de la espada en mí, Cecilus Seg…]
[Mira por aquí, mentecato.]
[¿Qué fue eso? En este momento estoy pronunciando el mayor soliloquio de mi vida, tal que ni siquiera Su Excelencia el Emperador podría detener…]
Pero incluso mientras hablaba, volteó hacia Vincent, y sus ojos se encontraron. Cuando Cecilus vio que era el Emperador quien le había hablado, sus ojos se abrieron ampliamente y se detuvo al instante.
[¡¿Qué?! ¿Su Excelencia, acaso no lo atrajeron hacia una cruel trampa para sufrir una muerte ignominiosa, para que su cabeza fuera a ser presentada ante mí como un estímulo para inspirar mis mayores hazañas en la esgrima?!]
[Verdaderamente, tus payasadas han alcanzado nuevas cotas] dijo Vincent con un resoplido ante la dramática efusión del espadachín. Por otro lado, Cecilus no tardó en recuperarse de su asombro, dirigiéndose hacia Julius y los demás.
[¡No, no, y repito, que no! ¡Es la fortuna de las fortunas que Su Excelencia siga vivo! Olvidemos entonces la presentación de la cabeza, ¡y que Su Excelencia aproveche esta oportunidad para observar mi técnica de cerca! Porque yo arrancaré de raíz a estos audaces monarquistas que se atreven a presentarse ante nosotros.]
[…]
[¡¿Ngha?!]
El sobreexcitado Cecilus encontró su cuello agarrado por una mano enorme. Pertenecía al gigante y silencioso guardia que estaba junto a Su Excelencia, Goz Ralphone. Sin mediar palabra, como le había ordenado el Emperador, destrozó la dramática actuación de Cecilus. El espadachín más poderoso del Imperio agitaba sus pies inútilmente, como un gato sostenido por la piel del cuello.
[¡Un momento, Goz, amigo mío! ¡¿Por qué me detienes?! ¡Mira allí! Esos Caballeros están ante nosotros, ¡sabiendo que todo el Imperio está en su contra! Saben que estarían mejor enfrentándose solo a mí que contra todos los hombres aquí presentes, ¡pero acaso no han elegido lo dramático, lo mítico?!]
[…]
[¡¿Por qué no dices nada, Goz?! Tener tu tosca cara mirándome hace que mi cuerpo se ponga nervioso, ¿lo sabías?]
Goz, imperturbable ante el forcejeo de Cecilus en pleno vuelo, miró en dirección a Vincent. El Emperador simplemente asintió. Permiso para hablar, uno supondría.
[…Este parloteo exagerado tuyo no es ninguna novedad, así que lo dejaré pasar, pero tienes que calmarte.]
[¡¿Cómo voy a calmarme?! Ahí están, ¡incluso el pelirrojo al que tanto rencor le guardo! No te imaginas la mirada que me dio el herrero cuando fui a recuperar mi primera y mi segunda mejor espada. Si no voy a usarlas ahora, ¿entonces cuándo?]
[Admiro tu entusiasmo, pero Su Excelencia ya tiene las cosas bien controladas. Lee mis labios: Todo ha terminado.]
[¿Eh?]
Cecilus había estado tan ansioso por desenfundar sus armas que parecía haber recibido un golpe de lo más inesperado. El hombre parecía cada vez más agitado a medida que le explicaban a grandes rasgos lo que había sucedido. Finalmente, miró a su alrededor con aire ausente y su mirada se posó en Reinhard.
[Entonces, ¿qué te parece si arreglamos las cosas entre nosotros?]
[Me temo que tendré que pedir que sea en otra ocasión] respondió Reinhard con una sonrisa irónica. [Quizá cuando no esté en… esta situación.] Se golpeó el cuello con un dedo.
[Ah, sí] dijo Cecilus, asintiendo. [Pero ¿no significa eso que estoy total y verdaderamente superado?]
El grito desesperado del espadachín más fuerte del Imperio puso fin a la misión diplomática especial entre el Imperio de Vollachia y el Reino de Lugunica.
Sección 20
[Entonces, ¿qué se supone que debemos pensar de todo esto?]
Ferris se llevó un dedo a los labios, pensativo, mientras él y el resto del grupo se alejaban de Lupugana en un carruaje de dragón. Se dirigían a un puesto de guardia en la frontera entre el Imperio y el Reino. Desde allí, se dirigirían a casa.
La pregunta de Ferris iba dirigida a los dos miembros del Consejo de Sabios, sentados frente a él tal y como habían estado en el camino. Miklotov y Bordeaux habían sido mantenidos en confinamiento por Soldados Imperiales durante todo lo que había ocurrido. Los dos habían sido liberados, y toda la delegación real regresaba a Lugunica.
Por mucho que eso supusiera un alivio, las repetidas peticiones de los dos cautivos para obtener detalles adicionales quedaron efectivamente sin respuesta.
[Mhmm] respondió Miklotov. [Entiendo por qué puedes sentir que quedan algunos cabos sueltos por atar, joven Ferris, pero creo que procederemos tal y como dijo Su Excelencia. Todos estos acontecimientos constituyeron un asunto puramente doméstico dentro del Imperio. Como tal, se me dijo que la delegación real sería recompensada con una retribución apropiada.]
[Retribución apropiada… ¿Eso significa que obtendremos el pacto de no agresión?] preguntó el chico gato, sin parecer mucho más contento.
Miklotov asintió en silencio.
Cuando todo había terminado y Miklotov y Bordeaux fueron liberados, Vincent volvió a convocarlos a todos a su sala de audiencias. Allí aceptó el pacto de no agresión que habían solicitado. Quedaban las formalidades burocráticas, por supuesto, pero con eso, el objetivo de su viaje se había logrado.
Sin embargo, el grupo no sentía que pudiera celebrarlo de todo corazón.
[No me acaba de cuadrar] comenta Ferris.
[Acéptalo] replicó Bordeaux, cruzándose de brazos. [Puede que no nos guste cómo ha sucedido, pero hemos conseguido lo que queríamos. Hay que considerarlo una victoria. Tenemos nuestro pacto de no agresión, aunque tenga un límite temporal. Eso solo significa que sabemos exactamente cuánto tiempo tenemos para volver a rectificar el Reino.]
Tenía las cejas arqueadas y parecía intentar convencerse a sí mismo tanto como a Ferris.
Julius asintió ante los ceños fruncidos de Ferris y Bordeaux. Por otro lado, a él mismo le preocupaba algo ligeramente distinto a lo de ellos.
[Pareces preocupado, Julius] dijo Reinhard a su lado, como si el Santo de la Espada pudiera ver a través de su amigo.
[Lo estoy] dijo Julius con sinceridad, dispuesto a mirar a los ojos de su camarada. [Supongo que no sería muy convincente si intentara negarlo. A decir verdad, algo sigue despertando mi interés en Vollachia. Algo, si se me permite decirlo, que casi lamento haber dejado sin resolver.]
[Si hay algo de lo que te arrepientas, deberías contárnoslo. Dada nuestra posición, no creo que volvamos aquí con regularidad.]
Tener un pacto de no agresión no significaba que las relaciones entre los dos países iban a mejorar. Más aún, Julius era miembro de la Guardia Real. No le correspondía salir de la capital. Aun así, las preocupaciones que quedaban en el corazón del hombre no se referían a ninguna de estas cosas.
[¿Te arrepientes de algo, Julius? ¿Qué es? ¿Desearías haber intentado montar en un dragón alado? ¿O haber visto mejor esa extraña espada roja que tenía Su Excelencia?]
[Ferris, no soy un niño…]
[¿Así que esas cosas no te interesaban para nada?]
[…Ejem. En cualquier caso, no era eso lo que tenía en mente.]
Al darse cuenta de que no iba a ganar la discusión, Julius se limitó a ignorar la exclamación del semihumano. En su lugar, se dirigió a Miklotov, que estaba sentado frente a él y se acariciaba la barba.
[Lord Miklotov. ¿Es posible que Su Excelencia en persona estuviera moviendo los hilos detrás de todo lo ocurrido en este viaje?]
[…]
El viejo consejero dejó de acariciarse la barba. Entrecerró los ojos y miró con calma a Julius.
[¿A qué te refieres?] No fue Miklotov, sino Reinhard quien respondió. [¿El emperador Vincent, manejando los hilos de qué, exactamente?]
[De todo. De cada cosa. La traición de Sir Balleroy, el gran conde Holstoy, que supuestamente planeó el intento de golpe de estado… ¿Y si toda la trama formaba parte de los cálculos del emperador Vincent?]
[Eso no es posible, ¿o sí? Quiero decir, piénsalo, si Ferris no hubiera atendido las heridas de Su Excelencia, te garantizo que habría muerto. Si sabía que iba a haber una rebelión, entonces antes de que empezara, podría haber…]
[Vincent Vollachia es un hombre de consumada racionalidad] interrumpió Miklotov, habiendo reanudado su hábito de acariciarse la barba.
Julius levantó las cejas y formuló otra pregunta inquisitiva.
[Entonces, Lord Miklotov, ¿usted también cree que sabe lo que él estaba pensando?]
[…]
Al oír eso, Miklotov curvó los labios en una sonrisa tranquila, pero no contestó. Por otro lado, Julius se dio cuenta con asombro de que el propio silencio era la respuesta, la respuesta más elocuente posible.
[En realidad, el Emperador no quería una guerra entre el Reino y el Imperio. Lo habría convencido de conceder el pacto de no agresión que solicitábamos. Pero… había una razón por la que no podía hacerlo tan fácilmente.]
«En el Imperio triunfan los fuertes». Era la misma enseñanza que impulsaba la sucesión del Imperio de Vollachia.
Lugunica había perdido su alianza con el Dragón Divino. De repente parecía haber un cambio decisivo en la guerra fría que durante tanto tiempo habían mantenido ambas naciones; el Imperio no podía estar mejor preparado para atacar. Desde la perspectiva de sus ciudadanos, como mínimo, un pacto de no agresión habría sido sin duda inaceptable. A menos, quizás, que hubiera alguna excusa. Alguna razón que obligara a negociar con el Reino…
[¿Así que miausted piensa que deliberadamente maquinó para que nuestra delegación se viera envuelta en un intento de golpe de estado?]
[Obviamente, si los engranajes no hubieran encajado a la perfección, el resultado habría sido muy diferente] dijo Reinhard. [Estoy seguro de que Su Excelencia tuvo mucho cuidado para garantizar que todo saliera según lo planeado. Sin duda tenía agentes entre los rebeldes, presionando para que se tomaran determinadas medidas y controlando el curso de los acontecimientos.]
[¿Pero quién demonios habría sido? ¿Crees que fue el gran conde Holstoy?]
Mientras los dos discutían la sugerencia de Miklotov, el consejero dirigió su tranquila mirada a Julius, que estaba sentado envuelto en silencio.
Alguien que siguiera las órdenes de Vincent, incitara a la rebelión y, aun así, mantuviera el control de los acontecimientos. Julius tenía un presentimiento; conocía a alguien en una posición semejante. Cuando reflexionó sobre lo ocurrido, le pareció toda una cadena de improbables casualidades. Pero lo más extraño de todo había sido la certeza infundada de Vincent Vollachia. Si uno quería atribuirlo al instinto, entonces no había nada más que decir, pero ¿y si no era así? Y si, de hecho, ¿había una base firme para su certeza infundada después de todo?
[Balleroy Temeglyph.]
Uno de los Nueve Generales Divinos, y el militar de más alto rango que se unió a la rebelión contra el Emperador. “Fue él”, pensó Julius, “Fue él la píldora de veneno que el Emperador había introducido en el golpe”.
[…]
Ferris y Reinhard se quedaron boquiabiertos cuando oyeron el nombre que ofreció Julius. Pensaron en ello: el disparo que le había arrancado el brazo a Vincent. ¿Por qué el brazo? Un hombre con la habilidad de Balleroy apuntando a un oponente indefenso debería haberle arrancado fácilmente la cabeza.
[Ferris, creo que tus habilidades curativas ya formaban parte de los cálculos del Emperador… Pero ese último aliento de Balleroy, eso fue real.]
El general traidor había afirmado que su motivo era vengarse de Reinhard. No había mentira en sus últimas palabras. Julius estaba convencido de que Balleroy había preparado la situación para matarlo. Tal vez Vincent conocía esa sed de venganza y la utilizaba para atraer a Balleroy al juego que él mismo quería jugar.
[El Emperador de Vollachia tiene una fe firme en lo que ha visto, en lo que ha pensado y en la creencia de que el Cielo lo ha elegido. Lo reitero: Es un hombre de consumada racionalidad, así como de inquebrantable juicio oportunista.] Miklotov parecía afirmar indirectamente la conclusión a la que había llegado Julius.
En realidad, fue un veredicto que le sacudió hasta las entrañas. Julius estaba seguro de ello después de su tiempo con el Emperador, por breve que fuera. Vincent Vollachia era un estratega sin par y un gobernante superlativo, cuya capacidad para calcular y maquinar era de temer. Era él quien encarnaba más que nadie el modo de actuar del Sacro Imperio de Vollachia.
[El Reino mismo debería ser así. Ustedes, jóvenes, ¿han tenido ese pensamiento?] preguntó Miklotov en voz baja.
Su pregunta iba dirigida a los tres guardias reales sentados frente a los dos sabios. Quería saber qué pensaban del Imperio de Vollachia, después de haberlo observado de primera mano.
[…]
Los tres respondieron solo con silencio. Pero no fue un silencio carente de respuesta. Cuando Julius miró a ambos lados, a Ferris y Reinhard, no vio ninguna duda en sus ojos. Ambos estaban ya convencidos de la respuesta a aquella pregunta. Había un núcleo dentro de cada uno de ellos que nunca sería sacudido. Una conciencia de sus propios destinos que llevaban desde jóvenes, una lealtad absoluta al Linaje Real, aunque ya extinto. Una voluntad inquebrantable de seguir a la persona a la que le debían todo, aunque esa persona ya no estuviera.
¿Se preguntaba si el propio Julius había tenido algo parecido en su vida?
[Mhmm. Ya veo, ya veo. Excelentes respuestas, de todos.]
El sabio frente a ellos sonrió, pareciendo tomar el silencio colectivo de los tres jóvenes por una respuesta. Se quedaron sorprendidos, pero Bordeaux negó con la cabeza, con una mirada de complicidad en la cara.
[Usted nunca cambia, Sir Miklotov. Sé que sus ojos ven mucho, a veces quizá demasiado. ¿Hasta qué punto ha visto en esta ocasión?]
[Solo lo que un hombre puede ver cuando es demasiado viejo para mantenerse en pie y sabe que le queda poca vida. Una cosa que puedo decir es que los retoños de la próxima generación han comenzado a brotar en el Reino. Mmm. Ha sido una misión muy importante.]
Miklotov asintió, como confirmando su propia afirmación, pero Bordeaux se limitó a mirarlo, con el ceño fruncido. Fue entonces, al escuchar a los dos, que Julius comprendió que él y sus amigos no habían sido una parte incidental de esta misión del Reino. Eran los recomendados para participar de entre los miembros de la Guardia Real. Es cierto que Reinhard había sido requerido por el Imperio, pero en sentido amplio, todos estaban allí por la misma razón. Los tres debían experimentar el Imperio por sí mismos, sentir Vollachia en su piel.
Todos los Caballeros presentes, Reinhard, por supuesto, pero también Julius y Ferris, supuestamente tenían un largo futuro por delante como miembros de la Guardia Real. Era una experiencia que podrían aprovechar en los días venideros. Tal vez incluso Vincent había solicitado la presencia de Reinhard expresamente para enfrentarlo a los Nueve Generales Divinos…
[Imposible…] dijo Julius, y la palabra se le atascó en la garganta al darse cuenta de la posibilidad.
Innumerables maniobras, cálculos y complots se escondían detrás de esta misión al Imperio de Vollachia. Sin duda, Vincent tenía algo que ver en los acontecimientos, pero ¿y el Reino? ¿Qué papel había desempeñado? ¿Podría ser que el propio Miklotov hubiera sabido lo que ocurriría antes de que partieran?
[Me das demasiado crédito, mi querido Julius.]
Ya ni siquiera se escandalizaba cuando Miklotov parecía capaz de leer sus pensamientos. El sabio sonrió con calma y miró por la ventana. Bordeaux también se quedó pensativo, con los brazos cruzados. Evidentemente, los dos consejeros habían presentado todas las lecciones que iban a dar hoy.
[¡Cuidado, Julius, o se te quedaran esos surcos alrededor de las cejas!] dijo Ferris, señalando entre sus propios ojos para enfatizar.
Julius se dio cuenta de que no podía mantenerse serio ante el relajado chico gato.
[Pareciera que se han tejido muchas redes en las sombras, donde no las vemos. Pero supongo que, ante todo, deberíamos estar agradecidos de que todos nosotros estemos regresando a casa sanos y salvos.]
[Sí, eso seguro. Además, Reinhard finalmente pudo quitarse el Collar de Sumisión. ¿Cómo estás? Apuesto a que se siente genial no llevarlo puesto, ¿eh?]
[Sí, es maravilloso. Como si me hubieran liberado del confinamiento más claustrofóbico. Sé que ambos han estado preocupados por mí; a partir de ahora, podré moverme y actuar libremente.]
[Confinamiento o no, aun así has conseguido vencer al guerrero más fuerte de Vollachia, ¡ese es nuestro Reinhard!] dijo Ferris, y el Santo de la Espada se rio, subiéndose el cuello de la camisa junto a su ahora descubierto cuello.
Julius asintió.
[Sí, tienen razón. Ambos la tienen. Las cavilaciones pueden esperar hasta que lleguemos a casa.]
[¿Así que sigues empeñado en reflexionar? ¿No podrías tomiáurtelo con más calma?]
[Así soy yo] respondió Julius.
Los otros dos, sabiendo que su amigo nunca cambiaría, se miraron y se encogieron de hombros con afabilidad. Julius, por su parte, miró por la ventanilla del carruaje de dragón hacia el cielo.
“Allí arriba no hay fronteras. El Reino y el Imperio pueden chocar en tierra, pero el azul es eterno”.
[Pero aun así…]
Había otras fronteras, unas invisibles. Cosas enterradas en los pensamientos o en las formas de vida de los individuos. Ahora sabía cómo funcionaba el Imperio; había visto la soledad de su Emperador, descubierto la grandeza de su fuerza, y ahora volvía a casa, a su Reino.
¿Qué clase de Reino sería en los días venideros? Era una pregunta vital, que no podía quedar sin respuesta en una tierra sin rey. Y cuando su país se adentrara en ese futuro aún desconocido, ¿en qué lo beneficiaría esta experiencia suya?
[…]
Julius dejó que sus pensamientos vagaran mientras miraba al cielo. No pasaría mucho tiempo hasta que la respuesta a esa pregunta le llegara en forma de un encuentro con una joven, un encuentro que lo pondría en el camino hacia adelante.
La Selección Real que determinaría al próximo Rey de Lugunica estaba a solo unos meses de distancia, acercándose a cada momento.
Sección 21
El mismo día, a la misma hora. En el Palacio de Cristal, en la capital imperial de Lupugana.
[Gran servicio, plebeyos.]
Ante el sombrío pronunciamiento, los arrodillados levantaron lentamente la vista. Inclinados respetuosamente sobre la alfombra roja había soldados sin par en el Imperio: los Nueve Generales Divinos. Algunos eran enormes, y otros tenían rasgos bestiales o parecían inhumanos, pero todos se inclinaban ante un solo hombre en este mundo: el septuagésimo séptimo Emperador del Sacro Imperio de Vollachia, Vincent Vollachia.
[…]
Vincent estaba sentado en el trono en toda su gloria, apoyando la barbilla en las manos. En la derecha llevaba un collar de metal con un cristal mágico en el centro. Era el llamado Collar de Sumisión, utilizado para limitar. Era solo uno de los Meteor que podían encontrarse no solo en el Imperio, sino en todo el mundo. Pero este collar era el único en el mundo, pues había absorbido un fragmento del tremendo poder poseído por el Santo de la Espada.
[Moguro Hagane.]
Colgando el collar de sus dedos, Vincent llamó a uno de los Nueve. En respuesta, un Hombre de Acero, cuyo cuerpo parecía una amalgama de metal y mineral, miró al Emperador. Vincent asintió. Luego dirigió su mirada al techo de la gran sala, no, a todo el Palacio de Cristal.
[He de admitir que hubo algunas sorpresas por el camino, pero parece que te las arreglaste para beber del néctar del Santo de la Espada. ¿Cuánto fuiste capaz de recargar?]
[Vale para dos tiros. No, si situación seria, para tres.]
La voz se oía por toda la sala, casi como si el propio Palacio de Cristal estuviera pronunciando la respuesta. Sin embargo, ninguno de los presentes reaccionó al aparente punto de origen del sonido. Eso no significaba que no estuvieran sorprendidos, solo que no era la voz lo que los asombraba, sino lo que había dicho.
[¿Tres tiros…? Esas son putas patrañas. ¿Qué clase de jodida arma está usando ese tipo?]
[Sabíamos que estaría más allá de cualquier cosa a la que nos hubiéramos enfrentado. Precisamente por eso pudimos preparar nuestra carta de triunfo. Pero aun así…]
[Creo peligroso. Ese hombre, amenaza. Eliminar. Prioridad… eliminar.]
Un general estaba impresionado, uno vacilante y el otro preocupado. Las voces pertenecían a Groovy, Goz y Moguro, respectivamente. En la mente de cada uno de ellos estaban los hechos obvios, indiscutibles y mortales sobre Reinhard van Astrea. Para cada uno de ellos, la cuestión más importante era cómo enfrentarse al Santo de la Espada…
[Santo cielo, simplemente tengo que preguntarme si realmente es tan malo como dicen.]
Esta objeción no procedía de ninguno de los tres que acababan de decir lo que pensaban. Su fuente era un hombre vestido de blanco desde la coronilla hasta la planta de los pies. Era un tono de alabastro tan pálido que parecía como si todo el resto del color se hubiera esfumado de su faz.
Era el único de los presentes que no se había encontrado cara a cara con la delegación de Lugunica. No, eso no estaba bien. Se había encontrado con ellos, pero no con su cara actual.
[¿A qué te refieres exactamente, Chisha Gold? ¿Estás tratando de insinuar que todos nosotros juntos podríamos estimar erróneamente la amenaza que supone un enemigo? Si es así, entonces la culpa es también se te atribuiría.]
[Ni pensarlo. Sin embargo, en cuanto a si sería correcto que yo acepte cualquier culpa…]
[No te hagas el tonto. Actuar como el doble de Su Excelencia en tiempos de paz, y negarte cuando es más necesario… tu insolencia es increíble… ¡Imagínate si le hubiera pasado algo al soberano!]
[Tal cosa está más allá de lo imaginable. A menos que profeses una falta de fe en el discernimiento y la sabiduría de Su Excelencia.]
El hombre de blanco, Chisha Gold, acabó cruzando una mirada con el cada vez más iracundo Goz. En cuanto a tamaño, no había comparación, pero eran casi de la misma estatura. Ahora que ambos estaban arrodillados, podían llevar a cabo este concurso de miradas a escasos centímetros de distancia.
[Cesen ya. Parecen dos perros a un hueso. Ha sido decisión mía. Si tienen objeción alguna, han de expresarla en persona.]
El enfrentamiento había terminado por la misma persona que lo había inspirado; el propio Emperador. Goz bajó la cabeza respetuosamente. «¡Su Excelencia!» exclamó.
[Si este plan ha sido diseñado por usted, ¡tiene todo mi apoyo! Yo, Goz Ralphone, me juego la vida…]
[Cesa ya de parloteo. Cierra la boca.]
[…]
Ordenado callar por tercera vez ese día, Goz dejó de hablar, pero se oyó un rechinar de dientes. Una vez que Vincent estuvo satisfecho, Chisha se dirigió a él.
[Su Excelencia, permítame expresarle mi profundo agradecimiento. Aun así, yo mismo estaba bastante aterrorizado, si me permite decirlo. Nunca pensé que la pérdida de su brazo podría ser parte del acto. Si lo hubiera sabido…]
[¿Habrías reconsiderado intercambiar de lugar con mi persona como mi doble?]
[…Muy probablemente. No es que tenga prisa por que me vuelen el brazo] respondió Chisha con timidez, llevándose una mano a la barbilla.
Vincent emitió un sonido en su garganta. Cuando los generales se dieron cuenta de que era la risa del Emperador, este ya había continuado hablando.
[Como ya he mencionado, era un precio requerido. Sin él, no se habría podido adquirir la paz con el Reino. En cualquier caso, parece verosímil el creer que ese salvaje joven bestia hubiese notado la diferencia entre tú y yo.]
[Y por esa razón, Su Excelencia, ¿apostó con su vida?]
[A eso se debe que le indicara al hombre que no habría de apuntar al corazón ni a la cabeza. Parece que fue suficiente.]
[Como usted diga, Su Excelencia.]
Chisha se llevó una mano al pecho, inclinando profundamente la cabeza. Con eso, concluyó el diálogo entre el Emperador y su doble de cuerpo.
[Oiga, Su Excelencia, tengo que preguntar… Si ni siquiera se lo ha dicho a Chisha, ¿significa eso que era usted el único que sabía todo lo que estaba pasando? Moguro y yo no escuchamos ni una mierda de lo que iba a pasar…]
[Tú y Moguro sabían el veinte por ciento. El deleznable Chisha, el cincuenta. El silencioso Goz, el diez por ciento. Y en cuanto a esa cosa fanfarrona, indisciplinada e irrespetuosa, cero.]
[Cecilus, conmoción. Incluso ahora.]
Una inusual palabra de simpatía salió de Moguro. El hombre más fuerte del Imperio ni siquiera había sido convocado a esta audiencia. El Rayo Azul de Vollachia había sido completamente ignorante de todo lo que estaba sucediendo. Aunque, no era porque el Emperador no confiara en él.
[Esa cosa tiene su propia forma de vida. Ante el enemigo adecuado, ha de dar todo de sí y aún más. Mas no busco algo que sea adicional a eso de su persona.]
[Oiga, oiga, si el punto era que él ganara, entonces…]
[Perdió una vez. No volverá a ocurrir. En cualquier otra circunstancia, ni siquiera le daría una segunda oportunidad de ser derrotado.]
Vincent, con el mentón aún en las manos, retiró los labios. La sonrisa depredadora le dijo todo a Groovy y a Moguro. Incluso la derrota de Cecilus había sido prevista por el Emperador.
El guerrero más fuerte de Vollachia, que nunca había conocido otra cosa que la victoria, había probado la derrota en su batalla contra el Santo de la Espada del Reino de Lugunica. Tal experiencia forjaría a Cecilus Segmunt en un espadachín a la altura de Reinhard van Astrea.
[El collar… La rebelión… La derrota de mis más fuertes…]
Si todo esto había estado realmente dentro de los planes del Emperador, entonces las palabras fallaban ante la profundidad de su pensamiento. Pero incluso frente a todo esto, ¿por qué? ¿Por qué arriesgar su propia vida?
[Todo ha sido llanamente para mejorar las posibilidades de éxito.]
Había tratado despiadadamente su propia vida como una de las cartas que tenía en la mano. Esa era la fuerza de Vincent Vollachia; de hecho, era el ideal mismo del Emperador de Vollachia.
[…]
Vincent pestañeó a sus sirvientes, que temblaban de asombro ante el hombre. El emperador Vincent solo cerraba un ojo a la vez. Sin al menos uno abierto para vigilar en todo momento, ¿quién sabía cuándo alguien podría venir a reclamar su vida? Eso era lo que significaba estar en la cúspide de este Imperio. Y mientras estaba allí sentado, ejerciendo una cautela que ahora era algo natural para él, Vincent reflexionó. Pensó en la pregunta que le había hecho Groovy y en la respuesta deliberadamente engañosa que le había dado.
El general semihumano había preguntado si alguien lo sabía todo. El Emperador no había respondido con toda la verdad. ¿Y por qué no?
[Gran servicio, Balleroy Temeglyph.]
Para el guerrero que había honrado su confianza hasta el final, asumiendo toda la culpa, el Emperador pronunció palabras de elogio inaudibles para cualquier otra persona. Incluso sintió la más leve punzada de pesar de que el ferviente deseo de Balleroy no se hubiera cumplido. Qué bueno habría sido que todo hubiera salido exactamente según sus cálculos, como creían los Generales Divinos acobardados ante él. Esto hizo sonreír a Vincent, una sonrisa que nadie vio.
Unas palabras mágicas pronunciadas una vez por una «dueña» del mundo a quien Vincent había conocido:
[«Este mundo está hecho a mi conveniencia». Jhmm.]