Registro de los días previos a la Selección Real: La danza de la Flor Plateada del Santo de la Espada y el Rayo Azul
Capítulo 2
Registro de los días previos a la Selección Real: La danza de la Flor Plateada del Santo de la Espada y el Rayo Azul
Sección 1
Existe un arma llamada la Espada Dragón.
Espadas renombradas hay en el mundo, pero ninguna más famosa que ella. Espadas sagradas hay en el mundo, pero ninguna más sagrada que ella.
Espadas encantadas hay en el mundo, pero ninguna más mágica que ella.
Se considera la más fuerte, la más afilada y la más bella de todo el país.
Así es esta reliquia del Reino Dragón de Lugunica: la Espada Dragón Reid.
Se dice que es una espada encantada que ha bebido la sangre de los miles de Dragones que ha matado.
Se dice que es una espada sagrada, portadora de una protección otorgada por el mismísimo Dios de la Espada.
Se dice que es una hoja minuciosamente afilada, forjada por un herrero anónimo y templada con el mejor acero.
La Espada Dragón no requiere de cuentos ni leyendas, pero la verdad de su historia sigue siendo oscura.
Solo una cosa es cierta.
La Espada Dragón Reid es la más fuerte del mundo, y se espera lo mismo de su portador.
Por lo tanto, solo el Santo de la Espada puede empuñar la Espada Dragón, y solo los enemigos más dignos pueden contemplarla.
Una vez desenvainada la Espada Dragón, la derrota ya no es una opción.
Solo esta verdad, tan extraordinaria que parece una leyenda en sí misma, ha llegado hasta nosotros, en una línea ininterrumpida desde la antigüedad.
Sección 2
Era otro día en la frontera entre el Reino y el Imperio, y el vigilante de la caseta estaba aburrido, otra vez.
[Buaaaa…]
El joven se llevó una mano a la boca, tratando infructuosamente de ahogar un bostezo. De hecho, hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas. Si el ejército real de Lugunica era una escalera, él estaba en lo más bajo de ella. Un soldado de infantería. Es más, era evidente que no rebosaba motivación ni moral. Incluso cualquier compromiso particular con la tarea que se le había encomendado parecía que era esperar demasiado.
Debía su puesto de guardia a las conexiones de sus padres, y su falta de motivación no pasaba desapercibida a sus superiores, ni se descuidaba en sus informes. De ahí que se viera relegado a este cuerpo de guardia, un lugar cuya importancia resultó ser puramente nominal.
Las relaciones entre el Reino de Lugunica y el Imperio de Vollachia nunca habían sido cordiales, ni siquiera en los más de mil años transcurridos desde la fundación de ambas naciones. Los libros de historia estaban plagados de sus escaramuzas territoriales. Tal vez por eso resultaba extraña la presencia de un joven sinvergüenza tan irresponsable en la frontera…
[Sí… Hoy tampoco hay guerra] comentó el joven, contemplando las nubes desde la torre de observación.
No sentía más urgencia que aquellos indiferentes habitantes del gran cielo azul, ¿y por qué iba a sentirla? Hacía siglos que no se libraban batallas entre el Reino y el Imperio; hacía décadas que no se producían enfrentamientos dignos de mención. El papel del vigilante como guardia era de lo más sencillo que había, y en los meses transcurridos desde que se le asignó ese puesto, todos sus informes diarios habían consistido en las mismas dos palabras: «Todo tranquilo». De hecho, para ahorrarse la molestia de tener que elaborar un informe nuevo cada día, el holgazán ya había preparado informes en los que se leía «Todo tranquilo» para todo el próximo mes.
Para ser justos, parecía que habían tenido algunos problemas en la capital durante los últimos meses, pero eso significaba poco para él aquí en la frontera. Le parecía una carga irrazonable incluso leer las órdenes escritas que le enviaban desde la capital y, en su mayor parte, se limitaba a ojearlas. Solo había una cosa que le había llamado la atención.
[«Aumentar la vigilancia sobre el Imperio de Vollachia». Sí, pero ¿cómo?]
No era como si le hubieran enviado a alguien nuevo para ayudar en el puesto de control, así que no tenía claro cómo se suponía que debía poner en práctica esas órdenes. Un colega más dedicado había sugerido redoblar la vigilancia, pero con los hombres que tenían a mano, apenas podían mantener el horario que ya tenían. Así que él estaba aquí hoy, vigilando, tanto como siempre, y nada más.
[¿Jhm…?]
El joven miró de repente desde las nubes hacia la calzada, frunciendo el ceño. Al principio, pensó que debía estar viendo cosas. Sin embargo, las dudas del guardia se convirtieron rápidamente en plegarias. Luego, de plegarias a deseos, y en pocos segundos, todas las esperanzas se desvanecieron.
Una tremenda nube de polvo se acercaba al puesto de control situado justo al final de la carretera del Imperio. Se movía casi demasiado rápido como para creerlo, como si un dragón de tierra corriera a toda velocidad. No, incluso más rápido que eso. Mientras el joven, que se quedó congelado, observaba el origen de la nube de polvo se cruzó en su campo de visión, adentrándose en territorio del Reino. La cosa simplemente pasó a toda velocidad el puesto de control.
[¡Guou! ¡O-Oye, espera…!]
Esto era un puesto fronterizo. Investigar a cualquiera que viajara de un lado a otro de la línea era una parte importante del trabajo. Y, aun así, este torbellino no se había detenido a reconocer el puesto, sino que había pasado a toda velocidad. Eso era cruzar la frontera sin autorización, claramente un delito. Pero…
[Oyeeee, ¡es hora del cambio de guardia!]
[¿Eh?]
Tomado por sorpresa, el joven se dio cuenta de que la nube de polvo había crecido demasiado lejos para ver. Aún le sobresaltó más la voz de uno de sus compañeros, que subía por la escalera desde abajo. Se dio la vuelta para ver a su compañero más diligente, que miraba fijamente al pálido muchacho.
[Oh…] dijo.
[¿A qué se debe esa mirada? Espera… ¿Pasó algo?]
[No, uhm, err…]
El joven no supo qué responder. ¿Había pasado algo? Sí. Pero también era un hecho que no había podido hacer nada al respecto. Si informaba de que simplemente había dejado pasar a un intruso no identificado, supuso que podía esperar algo mucho peor que una simple asignación a algún rincón olvidado de la frontera. El miedo lo hizo callar durante un largo momento. Finalmente, logró decir:
[…No, nada. Nada de nada. El mismo viejo y aburrido mundo exterior de siempre.]
Al final, el perezoso guardia nunca mencionó lo que había visto, ni a su camarada ni en su informe escrito. El registro mostraría que ese día, en la frontera entre el Reino y el Imperio, no había pasado absolutamente nada.
Un pequeño paréntesis: Unos meses más tarde, este joven guardia fronterizo fue denunciado por su compañero por un reporte falso y abandono del deber. Fue reasignado a la vigilancia de una prisión, pero esa es una historia para otra ocasión.
Sección 3
La pareja, con sus elegantes uniformes blancos, atrajo la atención de todos los que paseaban por la calle.
Por la avenida comercial del Distrito Vasallo de Lugunica, la Capital Real, paseaba un hombre apuesto, luciendo genial y elegante. Iba acompañado de una joven tan hermosa como una flor, una pareja de una belleza poco común. Además, ambos eran Caballeros del Reino, a juzgar por sus uniformes. Las capas blancas que llevaban simbolizaban su condición de miembros de la Guardia Real, un grupo de élite formado por los Caballeros más hábiles y mejor entrenados del país.
No obstante, solo uno de los dos consideraba sistemáticamente que esta era la máxima fuente de orgullo para un Caballero. En ese momento, el otro miembro de esta pareja caminaba con las manos entrelazadas por detrás, con los delgados hombros rebotando alegremente.
[Guardia Real parece un título bonito, pero resulta ser sorprendentemente aburrido la miauyoria de las veces, ¿o no?]
La que hablaba, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos, era la curandera de cabello lino y orejas de gato. Una mujer joven… o al menos, alguien que lo parecía. Era Ferris.
Ferris estiró los brazos con las manos entrelazadas y ahogó un bostezo.
[Estar relajado está muy bien, pero ¿bostezar? Te estás relajando demasiado. Y también cuestiono ese comentario de que es «aburrido». Nos corresponde comportarnos de manera que no avergoncemos a este uniforme.]
Esta reprimenda vino del apuesto joven que caminaba junto a Ferris y que no se había perdido en absoluto la batalla del chico gato contra su bostezo.
[Oh, viste eso, ¿eh?] dijo Ferris, sacándole la lengua. [Bien, lo reconozco. Tienes ojos de halcón, Julius. ¿No te cansas nunca de observarlo todo tan de cerca?]
[Es parte de mi… de nuestro trabajo. Y, de todos modos, nuestro aburrimiento es una buena noticia para la gente.]
[Solo tú podrías recitar un eslogan así y decirlo en serio.]
Ferris encogió sus delgados hombros, sonriendo irónicamente ante la actitud de su compañero. En respuesta, Julius se permitió una sonrisa que solo veían sus amigos.
Los dos estaban patrullando la capital en una ronda de seguridad pública. La Guardia Real pasaba gran parte de su tiempo encerrada en el castillo. Sin embargo, rutas como esta, inspeccionando la capital de primera mano y ayudando a prevenir cualquier delito, resultaban otra función importante para ellos. Los uniformes de Caballero de la pareja destacaban incluso a distancia; era de esperar que dos de ellos caminando juntos infundieran un efecto disuasorio simplemente con su presencia.
[Me siento como un espantapájaros en un campo. Pero supongo que Ferris y su amigo son algo más que un espantapájaros: ¡podemos caminar por donde sea! Y somos más guapos.]
[Hay quien no se atrevería a acercarse a un Caballero, sea atractivo o no. Eso da sentido a lo que hacemos… Ah, no es que niegue tu buen aspecto.]
[¿Acaso no eres tan diligente y capaz? Ferris puede sentir cómo se le acelera el corazón.]
[Si es la alegría lo que hace que tu corazón se acelere, entonces parece que sientes lo mismo que yo al conversar contigo.]
[Ooh, qué miedo. Aunque, no del mismo modo que Reinhard o el Capitán.]
Avergonzado, Ferris se rascó una mejilla y sus ojos de gato se movieron de un lado a otro.
Julius y Ferris se conocían desde la admisión de este último en las filas de los Caballeros, de lo que aún no hacía ni un año. Pero, a pesar de la brevedad de su relación, se habían hecho amigos rápidamente, más cercanos que muchos de sus colegas. Se llevaban bien, por supuesto.
Claro que lo hacían, pero Julius creía que el verdadero motor de su amistad era el hecho de que se respetaban mutuamente. El mago espiritual sentía gran admiración por los que podían hacer lo que él no podía, así como por los que no escatimaban esfuerzos para superarse. Lo mismo sentía por Reinhard.
[Aun así, supongo que mi respeto por Reinhard es que se debe a otras circunstancias.]
[¿Jhm? ¿Dijiste algo miaus?]
[No, solo pensaba que en el mercado hay rumores sobre la Familia Real. Dudo que pase mucho tiempo antes de que la Selección Real sea de conocimiento público. Parece que ni las paredes ni la puerta pueden realmente evitar que las palabras de uno salgan.]
[…Sí, supongo que tienes razón.]
Ferris sonó un poco más abatido después de que Julius cambiara de tema.
Los rumores que estaban en boca de todos en la capital tenían que ver con la extinción del Linaje Real Lugunicano. Desde el castillo se decía oficialmente que el Rey, Randohal Lugunica, estaba postrado en cama a causa de una enfermedad, pero que se estaba recuperando. Aunque, en realidad, ya estaba muerto, y la misma enfermedad que se había cobrado su vida había matado también a todas las demás personas de sangre azul del Reino. El resultado fue que todo el linaje de gobernantes se había extinguido por completo.
Nadie sabía de dónde procedía la información, pero, a pesar de todo, la mayor parte de lo que circulaba por el mercado contenía una sorprendente cantidad de verdad, y no era raro oír muchas voces lamentándose por el futuro de la nación. Presas de la ansiedad, un puñado de personas ya se había acercado a los dos guardias reales.
“Tal vez por eso estamos aquí.”
Marcos, el Capitán de la Guardia Real, no solo era un valiente hombre de armas por derecho propio, sino un astuto pensador, atento a este tipo de detalles.
[La sabiduría del Capitán nunca deja de impresionarme. Se rumorea que la Selección Real comenzará pronto, y dudo que podamos evitar involucrarnos. Especialmente tú, Ferris, amigo mío.]
[Mhmm, en eso tienes razón. Ferris no se detendrá ante nada para miauyudar a Lady Crusch.]
El delgado semihumano cerró el puño, y sus dulces rasgos se tensaron con determinación.
Aunque era un Caballero jurado de la guardia, la lealtad formal de Ferris estaba con la duquesa Crusch Karsten. La Duquesa, considerada una de las mujeres más talentosas del país, había sido elegida como una de las candidatas para la llamada Selección Real, que determinaría el próximo Rey de Lugunica. Una vez reunidos los cinco candidatos, correspondería a Ferris apoyar a su «Señora» como su primer Caballero.
[Duquesa Crusch Karsten…]
Julius la conocía, aunque solo de paso. Era una genio de altos ideales y muy aplaudida. El hombre de cabello púrpura sin duda podía simpatizar con la posición de la mujer, ya que sucedió a la jefatura de un estado noble prominente a una edad muy temprana y ahora estaba en posición con el futuro del Reino potencialmente sobre sus hombros. Sin duda, era la candidata más cualificada para el reinado. Además, tanto Crusch como Ferris habían mantenido estrechos lazos con la antigua familia real; sin duda, el trono no tenía poca importancia para ninguno de ellos.
Sus pasiones debían de estar a la altura de sus historias. Como amigo de Ferris, Julius solo sentía admiración por la dedicación del chico gato a su Señora. Sin embargo, quedaba una sombra de duda, como una espina que le punzaba el corazón.
Julius reprimió la sensación.
[Solo ten cuidado de no agotarte. Demasiada dedicación puede ser un veneno. También recuerda cuidarte.]
[Sí, sí. Julius, eres miauy aprensivo.] Ferris no parecía más molesto que de costumbre.
[Sabía que dirías eso. Pero, aun así, como tu amigo…] Julius enterrumpió la frase.
[¿…? ¿Qué pasa?] perplejo, Ferris lo miró.
Julius parecía haberse fijado en un bullicioso restaurante al otro lado de la calle, o quizá era algo que había dentro. El edificio era característico de los muchos otros pequeños establecimientos del Distrito Comercial, con un interior estrecho con apenas un mostrador y unas pocas mesas para sentarse. Solo había un puñado de clientes; ya era demasiado tarde para comer. Sin embargo, uno de los clientes destacaba, aunque estaba de espaldas a los Caballeros. Llevaba una túnica corta teñida de azul brillante y el cabello azul recogido detrás de la cabeza. Debajo de la túnica, llevaba un atuendo inusual llamado kimono, la vestimenta habitual de la gente de Kararagi. En los pies de esta persona había una especie de sandalias llamadas zori, que procedían del mismo lugar que el kimono.
Si eso hubiera sido todo, esta persona podría haber sido simplemente otro viajero vestido de forma distintiva. Pero había más.
[¿Eh…? ¿No es…?]
Los ojos de Ferris se abrieron ampliamente al ver al joven que Julius estaba mirando. El mago espiritual no respondió, pues estaba demasiado sorprendido.
De la cintura de la persona colgaban dos espadas; era, sin duda, el aspecto distintivo de alguien que buscaba espadas como premio. A pesar de eso, Julius deseó que se tratara de un error, pues era demasiado sorprendente ver a esa persona aquí.
[¡Ahhh! Eso sí que era una comida. Santo cielo, ¡la comida en la capital es tan satisfactoria!]
El joven asintió agradablemente, dejando su cuenco vacío sobre la barra sin percatarse de que los dos Caballeros, totalmente atónitos, lo observaban.
[Muy amable por su parte, señor] respondió el encargado, complacido al ver el cuenco vacío y el gusto con que había comido el viajero. [No es frecuente ver a un muchacho engullir la comida así. ¿Supongo que quedó satisfecho?]
[¡Y algo más! Diría que la cantidad fue un poco escasa, pero el sabor lo compensó con creces. Estoy acostumbrado a los sabores grandes y fuertes, así que todos los pequeños detalles de la cocina del Reino son una delicia para mi boca.]
El joven metió la mano en el kimono en busca de su monedero mientras compartía esta amigable conversación con el empleado.
Los ojos del encargado se abrieron ampliamente cuando vio la moneda de cobre que le había dado el hombre de cabello azul.
[¿Eh? Oiga, señor, esto…]
[Ah, estoy seguro de que no me queda ninguna moneda extranjera en el monedero, así que no se preocupe si es demasiado. Francamente, es probable que llegue a valer menos si me lo quedara, y rara vez me siento así. Mírate, ¡sales ganando!]
El joven se levantó de su asiento y sonrió al atónito tendero. Recogió las pocas pertenencias que tenía a sus pies y se disponía a irse con la misma despreocupación cuando…
[¿Ah?]
Notó que dos pares de ojos lo miraban y se detuvo. El joven, que portaba una espada, intercambió miradas con Julius y Ferris durante un momento, claramente pensativo, y luego dio una palmada.
[¡Ahora me acuerdo! Sí, ¡ustedes son esas personas ligeramente sorprendentes que lograron escapar de mí con vida!]
Julius y Ferris intercambiaron una mirada al ver al joven que tenía unos ojos brillantes y una voz llena de entusiasmo. El hombre del kimono los saludó con la mano y se acercó como si se encontrara con sus mejores amigos.
[¡Hola, hola, cuánto tiempo sin vernos! El Rayo Azul de Vollachia, Cecilus Segmunt, se presenta ante ustedes una vez más.]
Cecilus estaba allí con una sonrisa completamente seria. Evidentemente, el guerrero más fuerte del Imperio había llegado al Reino sin ser invitado, sin ser cuestionado y completamente despreocupado.
Sección 4
Cecilus Segmunt, el joven del extraño atuendo azul era uno de los guerreros más poderosos del Sacro Imperio de Vollachia.
En su tierra natal, algunos guerreros tenían el rango de general, como los de tercera clase, de segunda clase y de General de Primera Clase. De los que tenían el rango más alto, General de Primera Clase, solo había nueve, y eran conocidos como los Nueve Generales Divinos. El propio Cecilus era el primero de este grupo, y sin duda el guerrero más poderoso del Imperio. Eso también, para el Reino, lo convertía en una amenaza que no podía ser ignorada. Al igual que Reinhard había sido sometido a un riguroso escrutinio burocrático y a duras limitaciones de sus libertades cuando había visitado el Imperio, Cecilus debería haber sido objeto de la misma cautela por parte del Reino. Y, aun así, aquí estaba.
[Es un honor volver a verlo, Sir Cecilus. Pero ¿cuándo llegó al Reino, si se puede saber? Tal vez esté por encima de nuestro rango el ser notificados, pero no habíamos oído hablar de la llegada de ningún visitante Vollachiano de importancia…]
[Ohh, santo cielo, no, no se preocupen. No es un fallo del viejo reporte-transmisión-revisión. Simplemente decidí aparecer por aquí, ¡sin reportarme ni informarme con nadie!]
[Ah. Ya veo.]
Julius había estado tratando de sonsacar una respuesta a Cecilus, pero no esperaba esa respuesta. El Caballero no estaba seguro de cómo reaccionar.
Julius los había alejado de la calle principal, llena de miradas, y los había llevado a una pequeña «casa de té» que conocía. Aquí no serían tan observados, aunque había tenido que arrastrar a Cecilus, exultante por su inesperado reencuentro, casi a la fuerza. Ahora el intruso estaba bebiendo tranquilamente un té negro, mirando la tienda con curiosidad y acribillando al personal a preguntas sobre las variedades exactas de hojas de té que utilizaban. Julius y Ferris lo observaban en silencio.
[¿Qué hacemos?]
[Primero, veamos qué trama.]
Esta conversación tuvo lugar enteramente con sus ojos.
Después de todo, se habían topado con un General de Primera Clase del Imperio mientras patrullaban explícitamente por la capital. Los dos se sentían un poco culpables, teniendo en cuenta lo contento que Cecilus parecía estar de verlos, pero ambos estaban profundamente en conflicto. Y cuando descubrieron que su visita no era oficial, empezaron a albergar la esperanza de que todo esto resultara ser una especie de pesadilla. Por eso se retiraron a la casa de té y se sentaron en los lugares más alejados de la puerta, con la esperanza de resolver el asunto lo antes posible.
[Oh, no tienen que parecer tan asustados. No he venido a hacer ningún daño al Reino] dijo Cecilus sin vacilar, como si leyera sus mentes.
[…] ni Julius ni Ferris dijeron nada.
[¿Realmente pueden imaginar que yo, Cecilus Segmunt, me dedicaría a la destrucción de propiedades o al asesinato, incluso si Su Excelencia el Emperador me lo ordenara? Por favor, estoy por encima de tales métodos tan bajos. Pueden estar tranquilos.]
[Uhm… ¿Incluso si el emperador Vincent te lo ordenara?]
La voz de Ferris era dura, con la guardia en alto, pero Cecilus no podía estar más cómodo.
[Sería un duro golpe para mi reputación, por no hablar de mi orgullo. Si me veo obligado a andar merodeando por ahí, más me valdría estar muerto. Y no tengo intención de morirme pronto.]
Cecilus se sentó tranquilamente en su silla, sorbiendo su té sin ningún atisbo de hostilidad. Se había quitado las espadas, que ahora estaban apoyadas en la pared del fondo, quizá su forma de demostrar sus buenas intenciones. Al menos, no parecía dispuesto a causar problemas.
[…Muy bien, entonces, retrocedamos un poco. ¿Dices que tu presencia aquí no es por orden del Imperio?]
[Ni siquiera pedí permiso. Su Excelencia y sus amigos solo habrían complicado mucho las cosas. Y he oído que es una pesadilla el papeleo que hay que hacer para cruzar la frontera. Creo recordar que para ustedes el venir a nuestro territorio fue un auténtico dolor de cabeza, ¿o no?]
[Pero a ti deberían haber hecho lo mismo… Espera, ¿no me digas que entraste a la fuerza?]
[No fue nada tan indignante. Simplemente corrí de mi lado de la frontera al suyo, yendo tan rápido como pude todo el camino. De verdad me habría detenido si alguien me lo hubiera ordenado.]
Julius hizo todo lo posible por contener el ceño fruncido que cruzó por su cara ante esta respuesta que era un tanto exagerada. Cecilus afirmaba que simplemente se había saltado el control fronterizo. No era ninguna mentira, ni ninguna broma, sino muy probablemente una simple declaración de la verdad. No le llamaban el Rayo Azul de Vollachia porque sí: tenía la velocidad que correspondía a tal título. No se trataba de un pequeño truco o de un elegante juego de piernas para aparentar ser más veloz de lo que era; realmente podía moverse lo suficientemente rápido como para desafiar los sentidos humanos. A los hombres del puesto de guardia no les había parecido más que una brisa pasajera.
[…]
Julius recordó su encuentro con Cecilus en Vollachia. Había necesitado toda su fuerza y habilidad para defenderse de la espada de Cecilus. Gracias a la intervención de un tercero, había salido del encuentro con la cabeza aún unida al cuerpo, pero si el combate no se hubiera interrumpido, era muy probable que ahora mismo… Y fue entonces cuando Julius tuvo una corazonada sobre el motivo de la visita del hombre que vestía de kimono.
[¿Será que la verdadera razón por la que ha venido aquí, Sir Cecilus…?]
[¿Supongo que no creerás que es solo para hacer turismo?]
Cecilus sonrió irónicamente ante el cambio de actitud del mago espiritual.
Ferris, también a la vista de la sonrisa del extranjero, frunció los labios.
[No, no nos miaustaría] dijo. [Aunque agradeceríamos mucho que fuera cierto… Eh, por desgracia, hasta Ferris se imaginaba que no lo era.]
[Ajaja, así que incluso la encantadora dama con orejas de gato ha visto a través de mí. Qué vergüenza. Pero los hombres tienen sus principios, no culparía a la joven por no entenderlo.]
Cecilus, avergonzado, se rascó la mejilla. Desde su primer encuentro, había tenido una idea equivocada sobre el sexo de Ferris, pero no parecía el momento de corregirlo.
[Reinhard van Astrea] dijo Cecilus con brusquedad. Contempló un momento el té de su taza y luego continuó: [A todos nos dolió, y a mí también, no haber podido ofrecerle una hospitalidad adecuada en su reciente visita al Imperio. Le pido disculpas de todo corazón.]
[¿Y qué, estás aquí para arreglarlo todo? Pues Ferris está miauy escéptico.]
Era una mezcla de exasperación, sarcasmo y simple y llana sospecha de un hombre muy peligroso que se había presentado inesperadamente. Una actitud tan abiertamente hostil era un riesgo cuando se trataba del guerrero más fuerte de Vollachia, pero al menos no había duda de que hablaba en serio. Ferris estaba muy por encima del resto de los sanadores reales, había atendido a muchos pacientes como El Azul y, además, era un Caballero con la responsabilidad de apoyar a su candidata a reina. Nunca podría dar la bienvenida a ninguna semilla de la discordia procedente de fuera del país, por muy afable que fuera.
Ferris miró fijamente a Cecilus, pero el visitante adoptó una sonrisa de autodesprecio.
[Es más o menos como tú dices, «belleza con orejas de gato». Yo mismo admito haber tenido un comportamiento atroz y reconozco que solo merezco sus sospechas. Pero…]
[«Pero», ¿qué?]
[Puedo estar podrido, pero sigo siendo el más grande de los Nueve Generales Divinos de Vollachia. Mi fracaso total y absoluto en vencer a tu Santo de la Espada afecta directamente a la reputación de mi nación. Si no puedo borrar mi deshonra del otro día, sacudirá los cimientos mismos del Imperio. Considéralo una batalla por poderes entre el Imperio y el Reino.]
El espadachín habló con calma, cortesía y elocuencia. Pero si hubiera que preguntarse si sus palabras demostraban comprensión y perspicacia, con toda seguridad no lo hacían. Cecilus estaba decidido, y aunque sus pensamientos se inclinaban hacia la violencia, era comprensible.
[Soy muy consciente del peso que llevo sobre estos hombros míos. Ustedes dos, Caballeros de la Guardia Real, deben sentir lo mismo. Los colores que portamos pueden ser diferentes, pero su naturaleza es casi idéntica.]
[Entiendo lo que dice, Sir Cecilus. Pero debo preguntarme por qué concluimos un pacto de no agresión, si usted y Reinhard simplemente iban a tener una «batalla de poder».]
[Uy, me temo que tal vez no lo entiendas. Mi sugerencia es simplemente una pelea para arreglar las cosas. Cualquier toma de vida es secundaria.] Parecía un punto un poco contradictorio. [Tanto él como yo tenemos nuestros lugares en nuestras respectivas naciones. Aunque, confieso que sería bastante emocionante llevar a cabo una batalla con nuestros dos países dependiendo de nosotros, como la «Danza de la Flor Plateada de Picoutatte».]
[¿Se refiere a la batalla entre el Demonio de la Espada y Ocho Brazos, hace casi cuarenta años?]
[Creo que las más altas habilidades de la esgrima de entonces tenían mucho en común con lo que hacemos ahora. ¡Cómo me gustaría hablar con el Demonio de la Espada algún día! Por casualidad no lo conocerán, ¿o sí?]
Era evidente que el Rayo Azul de Vollachia rebosaba curiosidad, pero tanto Ferris como Julius lo miraron de soslayo. ¿Conocía Julius personalmente a ese espadachín, el Demonio de la Espada? No. Pero tampoco podía decirse que eran total y absolutamente ajenos el uno al otro, pues uno de los amigos de Julius era pariente consanguíneo del hombre.
Ferris, por otro lado, tratando de evitar que la conversación se siguiera descarrilando, dio una palmada y dijo:
[Está bien, está bien. No conocemos a ese Demonio de la Espada, y no queremos hacerlo, suena como un problema en potencia, y, de todos modos, ¡nos estamos desviando del tema! ¿Por qué estás tan empeñado en pelear contra Reinhard?]
[…Debo decir que estoy de acuerdo con Ferris. Mi habilidad con la espada es bastante inferior a la suya, Sir Cecilus, pero incluso para mi inexperto ojo, sus posibilidades de victoria parecen…]
[Oye, ¿planeas desafiarme tú mismo antes del gran día? Para que lo sepas, mi mal genio es tan notorio en el Imperio que incluso ha llegado al Parlamento Imperial.]
[Sí, debe ser bastante vergonzoso cuando el guerrero más fuerte del Imperio no puede dejar pasar un insulto.]
El tono de Cecilus había seguido siendo ligero, pero Julius y Ferris lo miraron con dureza. «Jhm» dijo, cruzándose de brazos, como si sus miradas le hubieran llegado.
[No es por alardear, pero nunca me he encontrado con un combate que realmente me llevara al límite.]
[…] ninguno de los dos respondió.
[Una inteligencia superior y una capacidad física abrumadora son una sola cosa en mí. Verdaderamente, ¿un ser así no está destinado a asumir el papel principal? Podría decirse que el Santo de la Espada es el primer muro que he encontrado. Y los muros no se pueden evitar.]
[¿Por qué?]
[¿Tan confuso es?] respondió Cecilus, que parecía realmente perplejo. [Un personaje no puede huir de los retos de su historia.]
Esta visión de sí mismo como actor, siempre de pie en el escenario de la vida, era difícil de comprender para la mayoría de la gente. No obstante, Julius entrecerró los ojos al ver lo natural y cómodo que parecía sentirse Cecilus. Había allí una extrañeza, la que a veces sentía hacia sus amigos, colegas e incluso superiores, mezclada con una envidia hacia algo que Julius estaba seguro de no tener.
[Muy bien. Entiendo lo que dice.]
[¡Excelente! ¡Esa es la naturaleza de un vínculo nacido del intercambio de golpes! ¡Dos personas realmente pueden entenderse después de eso!]
[Sin embargo, siendo mi posición la que es, difícilmente puedo mirar hacia otro lado mientras usted corre libre, Sir Cecilus. Tendré que informar de esto al castillo, después de lo cual creo que será en el mejor interés de nuestras dos naciones que regrese a casa.]
[¡Pues resulta que no me has entendido para nada!], se lamentó el hombre del kimono.
Si de verdad se informaba de su presencia a la orden de Caballeros, desde luego no evitaría la deportación. Aun así, Julius se sintió mal por él. Después de todo, esto era en parte el resultado de la posición de Cecilus.
[¡Jum! Si así es como va a ser, supongo que tendré que cortarte para callarte, encontraré al Santo de la Espada por mí mismo, y…]
[Pero, podría ver la manera de complacer su petición, con condiciones] continuó Julius, interrumpiendo al general de Vollachia antes de que pudiera terminar lo que habría sido una amenaza muy molesta.
[¡¿Julius?!]
Cecilus se quedó boquiabierto, mientras Ferris sacudía a su amigo por los hombros. La cara del chico gato estaba pálida.
[¡¿Has perdido la cabeza?! ¡¿Realmente vas a escuchar esa idea descabellada?!]
[Me temo que no puedo hablar del estado de mi propia cordura, pero mi sugerencia, al menos, va en serio. Además, si actuamos con demasiada obstinación, queda la posibilidad de que Cecilus simplemente se deshaga de nosotros y siga con su búsqueda.]
[¡…!]
Ferris casi se atragantó, aunque su compañero Caballero sonaba tranquilo. Cuando Julius miró a Cecilus, vio que se había acercado a donde su espada se apoyaba en la pared.
[Cielos] dijo Cecilus, [no tengo intención alguna de cometer semejante acto de violencia. Pero… ¿realmente considerarías mi petición?]
[Como dije, habría condiciones. Si puede seguirlas, entonces…]
[Dime] dijo Cecilus, sentándose más erguido al darse cuenta de que Julius hablaba en serio.
Julius hablaba en serio. Julius levantó tres dedos.
[Primero, no apuntará con su espada a ningún ciudadano del Reino que no sea Reinhard.]
[Por supuesto.]
[Segundo, si por casualidad su presencia llegara a conocimiento de los Caballeros, se entregará respetuosamente y se someterá a su juicio, aunque ello suponga su expulsión del país.]
[Y si acepto esa condición, ¿no correrás simplemente a tu unidad y los alertarás sobre mí?]
[Tendrá que confiar en que mi orgullo, que me es tan querido como lo es el suyo a usted mismo, Sir Cecilus.]
[…Me parece justo. ¿Cómo puedo objetar cuando lo pones de esa manera? De hecho, lo admiro.]
El Vollachiano aceptó la segunda condición de Julius con una sonrisa hambrienta de batalla.
[Acepto sin más protestas. Si eso es todo lo que se necesita para limpiar la humillación en mi nombre, es un pequeño precio a pagar.]
[Y por último… regrese a su Imperio con vida. Si muriera, significaría realmente la guerra.]
[Jajaja, sí, ya veo. Ahh, sí que sabes cómo burlarte de un hombre.]
Cecilus, que había confesado ser fácil de provocar, frunció el ceño ante esta última condición. Pero de inmediato, el humor del General Divino cambió y se bebió el té que le quedaba de un trago.
[Responderé a todos con mi espada, incluida tu pequeña provocación. ¿Son todas tus condiciones?]
[Sí, siempre que las cumpla.]
[¡Claro que sí! Guíame, entonces. A mi oponente más idóneo, ¡el Santo de la Espada!]
Habiendo escuchado y aceptado las condiciones, Cecilus se puso de pie. Devolvió sus queridas espadas a su posición habitual en la cadera, luego dirigió sus ansiosos ojos hacia Julius, que asintió profundamente.
[Sir Cecilus, antes de guiarlo a donde desea ir, tengo algo muy importante que decirle.]
[¿Y qué sería? Mi fervor está ya en su límite, y deseo ir a la batalla antes de que se marchite o mengüe.]
[La cuestión es Reinhard. Ahora mismo no está en la capital.]
[¿Eh?]
El Vollachiano se quedó con la boca tan abierta que parecía que se le iba a caer la mandíbula.
[Reinhard está muy ocupado, siendo el Santo de la Espada. Ahora está en el norte del Reino, acompañando a una expedición. Probablemente volverá… no lo sé, ¿la semana que viene?] Ferris, de forma pensativa, se llevó un dedo a los labios.
[P-P-Pero eso significa…] Cecilus miró desesperado al techo. [¡Eso significa que tendré que aplazar nuestra pelea otra vez! No lo soporto.]
Era la segunda vez que oían semejante lloriqueo del guerrero más fuerte del Imperio, y quizá el más desafortunado.
No obstante, no era algo de lo que alardear: tanto Julius como Ferris se limitaron a encogerse de hombros.
Sección 5
La capital de Lugunica estaba dividida en cinco grandes «capas».
La más alta, en el centro de la ciudad, era el Castillo Real de Lugunica. Situado en una altura que permitía amplias vistas de la ciudad, solo los nobles más importantes y los miembros del Consejo de Sabios podían residir allí. A continuación, estaba el Distrito Nobiliario. Estaba repleto de nobles a los que se permitía tener casas en la capital. Esta parte de la ciudad estaba amueblada con las casas principales de los nobles menores y las mansiones de sus Señores, haciendo del lugar un cuadro de elegancia.
Por debajo del Distrito Nobiliario se encontraba el Distrito Comercial, que contribuía en gran medida al bullicio de la capital, y más abajo el Distrito Vasallo, donde residía más de la mitad de la población de la capital. Por último, estaban los barrios bajos, donde vivían los indigentes. Dichos lugares estaban relegados a rincones del Distrito Vasallo o arropados por las murallas que protegían la ciudad.
La casa de Julius estaba en el Distrito Nobiliario. Los Juukulius eran de un estatus noble medio, siendo su reserva y rectitud los rasgos que los definían.
Pero…
[Oh, vaya, vaya, qué casa tan bonita. Creo que voy a estar muy a gusto aquí.]
Esa reserva fue ignorada por un invitado particularmente ruidoso. Cecilus, observando el vestíbulo al entrar por la puerta principal, parecía completamente satisfecho. Miró a un lado y a otro, sus ojos se fijaron en los sirvientes, todos ellos muy sorprendidos por la inesperada visita.
[Incluso los uniformes de las sirvientas parecen diferentes por aquí. Las Lugunicanos nunca olvidan su elegancia, ni siquiera cuando son sirvientas. Ahh, me hace llorar. Maravilloso, ¡maravillosísimo!]
[Gr-gracias por sus amables elogios, señor. Es un honor…]
Cecilus asintió con énfasis.
[¡Incluso me responden con civismo y modestia! ¡Tanta deferencia hace saltar el corazón! Aunque, lo confieso, sigo creyendo que esa muchacha con orejas de gato es la mayor belleza de toda Lugunica.]
Entonces se acordó de Julius, a quien había dejado en la puerta, y volvió volando hacia él.
[Santo cielo, ¿pero qué estoy haciendo, dejando al dueño de la casa detrás? Simplemente estaba abrumado; por favor, vuelve a guiarme.]
[Le agradezco su consideración, Sir Cecilus. Pero seguramente, una casa de esta escala no es una sorpresa para usted. Estoy seguro de que ha visto sirvientas antes.]
[Sí, bueno, por supuesto, mi propio estipendio no es despreciable… pero gasto gran parte de él en mis propias diversiones. Eso me deja con unas finanzas bastante precarias, apenas suficiente para contratar criadas.]
El abatido espadachín extranjero se sacudió las mangas y Julius enarcó una ceja. “¿Qué «diversión» podía costar tanto dinero como para dejar al mejor guerrero del Imperio con tan poco?”
[Resulta que colecciono espadas antiguas y nuevas de todo el mundo] explicó Cecilus. [Así, siempre tengo un accesorio listo para usar; es mi único vicio.]
[Así que colecciona espadas. Ya veo; tiene sentido…] dijo Julius, asintiendo, mientras su mirada se desviaba hacia las dos espadas que Cecilus llevaba en la cadera.
Una estaba en una vaina roja, la otra en una azul, y se había preguntado por ellas desde el momento en que los hombres se habían reunido en el Distrito Comercial. En gran parte se debía a que ambas espadas parecían irradiar una inmensa crueldad y sed de sangre que podía detectarse incluso cuando estaban completamente envainadas. Esta asombrosa sensación de poder era la prueba de que se trataba de espadas encantadas o sagradas, nada ordinario o corriente.
[Las piezas más excepcionales de mi colección son mi espada número uno, Murasame, y mi espada número dos, Masayume. Nunca tuve la oportunidad de enseñártelas en el Imperio, pero ambas son espadas encantadas con una larga historia.]
[Una afición que tiene algún beneficio práctico, ya veo. Eso es muy informativo.]
[Sí, pero adquirirlas cuesta mucho dinero, por no hablar de su mantenimiento. No es que alguna vez lo haya lamentado.]
Mientras el aura avasalladora de las espadas amenazaba con tragarse a su dueño, Cecilus utilizó su propio espíritu de guerrero para suprimir la fuerza que emanaba de las dos armas. Empuñar herramientas tan impresionantes exigía un dueño igualmente impresionante. Julius tocó su Espada de Caballero y se preguntó si sería capaz de algo así. Su espada tenía su propia historia como preciada reliquia de la familia Juukulius. Cuánto tiempo había pasado dominándola, aprendiendo a usarla al máximo…
[Señor, ¿es usted un visitante?]
La pregunta procedía de un joven que salió del interior de la casa, interrumpiendo su conversación. Los finos rasgos faciales del joven daban una impresión de suavidad.
[Vaya] dijo Cecilus, enarcando una ceja cuando el joven se acercó. [He aquí alguien que vagamente luce similar a ti, Sir Julius…]
[Mi hermano menor, Joshua. Joshua, él es Sir Cecilus. Se quedará con nosotros unos días como mi invitado. Me disculpo por la falta de aviso…]
[Lo comprendo. Un amigo de mi Querido Hermano es amigo de esta casa.]
El joven de cabello púrpura, Joshua Juukulius, sonrió débilmente e inclinó la cabeza.
[Santo cielo] dijo Cecilus, sacudiendo la cabeza al ser recibido tan cortésmente. [Ofrezco mis más humildes disculpas por tan repentina imposición. Soy un planificador muy deficiente, ya ves, y no pensé en reservar hospedaje para mi pequeño viaje. Sir Julius tuvo la amabilidad de preguntarme si podía ayudarme… Sir Joshua, tienes un buen hermano mayor; ¡casi me da envidia!]
[¡¿Lo entiende, señor?! ¡Ya ve qué maravillosa persona es mi Querido Hermano mayor!]
[¡¿Eh?!]
El hermano menor de Julius se inclinó hacia Cecilus, que había ofrecido una explicación algo acertada de las circunstancias en lugar de un saludo apropiado. Joshua, cuyo comportamiento había cambiado de forma repentina y total, ignoró por completo al invitado extranjero mientras cerraba apasionadamente las manos en elegantes puños.
Al cabo de un momento, el delgado joven continuó hablando a Cecilus con un tono más familiar.
[Si es tan buen juez de carácter como para ver a mi Querido Hermano tal como es, entonces le doy la bienvenida con los brazos abiertos. Por favor, quédese todo el tiempo que quiera. Sir Cecilus, ¿de dónde viene? Ese extraño atuendo, ¿no es un kimono de Kararagi? Los conozco de los libros, ¡pero nunca había visto uno con mis propios ojos!]
[Ah, ¿así que lo reconoces? Me enamoré de él a primera vista en mi primer viaje a Kararagi. Después me hice uno a medida. Un actor principal debe ser diligente con su apariencia, ¿lo sabías? ¡Eso es lo que el Rayo Azul está decidido a ser y hacer!]
[¿El Rayo Azul…?]
Aquello hizo que Joshua se detuviera, interrumpiendo el buen ritmo que había tomado la conversación.
Julius se dio cuenta y tosió de forma cortante.
[Joshua, Sir Cecilus está cansado del viaje. Antes que nada, deberíamos dejarlo descansar en la habitación de invitados.]
[Oh… Sí, por supuesto. Lo siento, Querido Hermano. Me emocioné un poco…]
Joshua se rascó la mejilla y se sonrojó, avergonzado por haberse olvidado de sí mismo. Julius sonrió con fuerza a su hermano menor y luego se dirigió hacia Cecilus.
[Disculpe la desconsideración de mi hermano, Sir Cecilus. No suele ser así…]
[Cielos, no me importa. Más tarde podemos hablar todo lo que quiera. Tengo todo el tiempo del mundo para complacerlo.]

[S-Sí, ¡por supuesto! Muchas gracias, señor. Muy bien, ahora me retiraré a mi habitación, Querido Hermano.]
[Bien. Nos veremos en la cena.]
Joshua hizo una reverencia y regresó a su habitación, acompañado por una de las sirvientas. Cecilus lo observó atentamente mientras se marchaba, y solo habló cuando el joven estuvo fuera de su vista.
[Jhmm. A este hermano menor tuyo… ¿le pasa algo físicamente?]
[… ¿A qué se refiere?]
[Llámalo intuición, basándome en la forma en que habla y camina. No parece que haya ninguna parte de él que esté especialmente mal; es más bien como si fuera débil en general. Sospecho que así nació.]
Cecilus se cruzó de brazos. Julius se quedó boquiabierto ante tan aguda observación. En pocos minutos, Cecilus había deducido el problema congénito que aquejaba a Joshua.
El hermano menor de los Juukulius poseía un cuerpo débil. Le costaba realizar incluso las tareas cotidianas más básicas. En la actualidad era más capaz y enérgico, pero en el pasado, el joven había sido propenso a las fiebres que lo obligaban a pasar gran parte del tiempo durmiendo. Incluso en su estado actual, era necesario un cuidado considerable cada vez que viajaba muy lejos.
Y así…
[Sir Cecilus, si es tan amable, tal vez podría entretener a Joshua con algunas historias de Vollachia.]
[¿Vollachia, dices?]
[Mi hermano nunca ha salido de Lugunica. Se ha esforzado por adquirir todos los conocimientos que uno puede esperar de los libros. Ahora, me encantaría que aprendiera cosas que no se pueden encontrar solo en ellos.]
[Ya veo… Te preocupas por ese hermano tuyo, ¿verdad?]
Julius respondió al comentario admirativo de Cecilus solo con una sonrisa.
En efecto, el mago espiritual se preocupaba por su hermano menor. Joshua era su familia, y eso lo hacía valioso; era un hermano menor muy querido. Sin embargo, Julius sintió que este ataque de consideración provenía de algo más. Quería ampliar la visión de Joshua. Tal vez pensara que las expectativas y la envidia con que Joshua lo miraba a veces estaban fuera de lugar. En cualquier caso…
[Me temo que estará bastante restringido en todas partes excepto en esta casa, Sir Cecilus. Como tal, creo que Joshua sería un excelente compañero de conversación para usted.]
[Jo-jo, pero qué elocuente eres. Si tu hermano es el ratón de biblioteca que dices que es, quizá yo también aprenda algo útil. Eso me gustaría.]
[Me alegra oírlo… Por curiosidad, ¿qué espera aprender?]
[Pues a hablar de forma genial y a usar las palabras más contundentes para acabar con el enemigo, ¡obviamente!]
La tajante respuesta dejó a Julius en un callejón sin salida. ¿Se suponía que era una broma?
Después de eso, indicó al Vollachiano, que había llegado con un equipaje mínimo, la habitación de invitados, le impuso algunas normas básicas para su estancia y le entregó una llave.
[Eres interesante] dijo Cecilus en voz baja mientras tomaba la llave y dejaba las maletas. Julius, que no esperaba este comentario, enarcó una ceja. El General Divino se encogió de hombros y respondió: [¿No me crees? Tú, mi buen Sir Julius, eres capaz de acciones notablemente valientes para alguien que tiene tan buen aspecto y comportamiento.]
[Desde luego, pero no más que usted, Sir Cecilus, que pasó corriendo por delante de un puesto de guardia para venir aquí y retar a un duelo al Santo de la Espada.]
[Mis acciones pretenden dejar estupefacto al mundo. Pero olvídate de eso.]
El hombre vestido con kimono no dejó de sonreír mientras se sentaba en la cama y fijaba sus ojos en Julius.
[La bella dama con orejas de gato con la que estabas… Su opinión parecía mucho más objetiva y correcta. Por no hablar del hecho de que yo te tomo por alguien que sigue de forma típica y firme el camino de la rectitud. ¿Me equivoco?]
[…] Julius no respondió.
[Es solo una pequeña observación personal, por supuesto, y es posible que simplemente seas una persona más descabellada de lo que aparentas… Pero tengo mi intuición, y confío en ella, aunque no siempre funcione de forma lógica.]
Julius dejó escapar un pequeño suspiro ante la forma de hablar de Cecilus. Estaba de acuerdo en que la «bella dama con orejas de gato», Ferris, tenía razón. Hasta el amargo final, Ferris se había opuesto a que Julius ocultara a Cecilus en su mansión. No era propio del Caballero de cabello púrpura intentar convencer a Ferris de algo así, rogarle que no revelara la presencia del Vollachiano a los demás Caballeros. Era suficiente para dudar de la lealtad de Julius al Reino, así que ¿por qué lo habría hecho?
[Pensé que esa era la pregunta que podría mantenerte despierto por la noche, muy distinta de la cuestión de si tu amiguita me denunciaría.]
[…Si procediera por la fuerza, Sir Cecilus, ni Ferris ni yo podríamos detenerlo. ¿Mi respuesta en la casa de té no le aclaró ninguna duda?]
[Me temo que no. Creo que sabes perfectamente, Sir Julius, que, teniendo en cuenta al Imperio, difícilmente podría acabar con ustedes dos. Estas espadas no sirven más que para armar un pequeño escándalo.]
Julius no supo qué responder a la contundente pregunta del General Divino. Pero no era, por supuesto, porque se hubiera cerrado, decidido a no revelar lo que llevaba dentro. Era justo lo contrario.
[…]
Las palabras no salían porque Julius no las encontraba. No tenía respuesta para la pregunta que Cecilus le había planteado. Ese era el problema.
[Ups. ¿Te he metido en problemas? Lo siento, lo siento. ¿Cómo he podido ser tan desconsiderado con el mismísimo dueño de la casa en la que me hospedo?]
Julius se dio cuenta de que su peculiar huésped se daba cuenta de su desconcierto con una rapidez inquietante. El espadachín imperial se quitó las armas y se tumbó en la cama.
[Ahora, creo que haré lo que sugieres y descansaré un poco, ¿te parece bien? Es un poco complicado correr hasta aquí desde el Imperio…]
[Muy bien. Espero que pronto se sienta renovado. Lo llamaré cuando la cena esté lista. Y espero que tenga cuidado…]
[¿Para asegurarme de que nadie descubra que soy el espadachín más poderoso y apuesto del Imperio de Vollachia? Estaré atento.]
Cecilus hizo un ademán despreocupado a Julius, que asintió. El joven Caballero acababa de salir de la habitación y estaba a punto de cerrar la puerta tras de sí cuando volvió a oír la voz de Cecilus.
[Estoy deseando pasar los próximos días junto a ti, mi querido coconspirador.]
Fue una despedida tan buena como si Cecilus fuera el protagonista de un cuento, y también logró estrujarle el corazón a Julius.
Sección 6
Habían pasado varios días desde la llegada de Cecilus a la casa de los Juukulius, todos sin incidentes importantes. Es decir, no se habían producido disturbios ni estallidos por los que mereciera la pena preocuparse de verdad; eso no incluía los pequeños altercados que Cecilus solía provocar en la residencia.
Cecilus Segmunt no era en absoluto el hombre que su reputación hacía suponer. A pesar de estar en lo más alto de la jerarquía militar de Vollachia, no tenía nada de la dignidad que cabría esperar de un personaje tan venerado, ni humildad alguna con la que equilibrar su título. Siempre fue, completamente y sin reparos, él mismo.
El espadachín estaba familiarizado con las doncellas y las sirvientas y, como Julius le había pedido, entretenía a Joshua en conversaciones frecuentes. Sus palabras y acciones eran a veces bastante bruscas, pero la total falta de malicia en ellas no dejaba a nadie de la casa una mala palabra que decir sobre él. Eso es lo que se podía decir después de varios días.
[Es imposible que eso sea cierto. No puedo creer lo ingenuo que eres, Julius.]
[Esa es una crítica bastante dura, diría yo.]
El Caballero de cabello púrpura sonrió con sorna a Ferris, que balbuceó mientras ambos caminaban por el pasillo del cuartel de los Caballeros. Acababa de poner al chico gato al corriente de todo lo sucedido en los últimos días. Ferris parecía convencido de que Julius se estaba tragando todas las artimañas del enemigo. Aun así, había accedido a la petición de su amigo y se resistió a la tentación de revelar la presencia de Cecilus, lo que quizá indicaba que el semihumano también era blando con él.
[Supongo que solo faltarán otros dos o tres días para que vuelva Reinhard… ¿Pero de verdad esperas que pelee contra ese tipo?]
[Tengo la intención de actuar como su intermediario. Espero que Sir Cecilus cumpla su palabra de regresar a su hogar cuando obtenga lo que ha venido a buscar. Hasta que logre su objetivo, no se sabe lo que podría hacer.]
[Incluso si se pusiera a hacer estragos, Reinhard es el único que podría detenerlo de todos modos… Es un tipo peligroso. ¿Pero estás realmente seguro de esto, Julius? ¿No te parece que estás «entregando» a Reinhard?]
[…] Julius no tenía respuesta para eso.
[Ya sé que es porque no tenemos forma de hablar con él, pero ¿de verdad vas a lanzarle al guerrero más fuerte de Vollachia cuando vuelva? Es obvio que va a pensar que ustedes dos están aliados.]
[Aliado de Sir Cecilus… Sí, supongo que eso podría parecer.]
Julius asintió, obligado a reconsiderar sus propias acciones desde esa perspectiva inesperada. Él había entendido todo el tiempo, claro estaba, que este curso de acción podría poner en duda su lealtad al Reino. Pero, ¿por qué nunca había pensado que podría parecer un acto de traición contra Reinhard? Seguramente porque…
[Ni una sola vez pensé que Sir Cecilus podría ganar de verdad.]
[Vaya…]
Ferris frunció el ceño; era evidente que las palabras de Julius eran sinceras. Sus orejas se inclinaron.
[No me lo esperaba. ¿No será que le estás dando demasiado crédito a Reinhard, Julius? No solo por suponer que ganaría, sino porque ni siquiera has considerado otra posibilidad.]
[…Cuando lo pones así, supongo que puedes tener razón.]
Estaba ocultando a un General Divino en su casa e intentando organizar en secreto un duelo con el Santo de la Espada. A pesar de estos tratos poco honestos, Julius nunca quiso que le ocurriera nada malo a Reinhard, pues confiaba plenamente en él. El mago espiritual estaba totalmente convencido de que el espadachín pelirrojo nunca confundiría sus intenciones.
[Pero ¿y tú, Ferris? ¿Insinúas que puedes imaginarte a Reinhard derrotado?]
[Ferris no puede hacerlo, pero sus suposiciones son completamente diferentes a las tuyas.]
[…]
Julius arrugó la frente, pensativo, sorprendido por la profundidad de la respuesta de Ferris. Pero, antes de que pudiera seguir preguntándole, el semihumano miró el cristal mágico del tiempo que había en la pared del pasadizo.
[Es la hora] dijo, señalando el color cambiante del cristal. [El Capitán quería vernos. Será mejor que nos vayamos, luego hablaremos.]
Julius se resistía a dejar atrás el tema, pero sabía cuáles tenían que ser sus prioridades. Ferris y él se apresuraron a llegar a la sala más profunda en el interior del cuartel, la oficina del Capitán.
[Adelante.]
Una voz suave los saludó cuando la pareja anunció su presencia llamando a la puerta. Entraron obedientemente y se encontraron frente a un Caballero de aspecto tan tosco y desigual que podría haber pasado por una roca. El cabello corto y verde enmarcaba su cara angular, y su armadura apenas contenía sus músculos. Era Marcos Gildark.
[Julius Juukulius reportándose, señor.]
[Y Ferris también está aquí, señor.]
[Felix Argyle, querrás decir. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Usa tu nombre completo cuando te presentes.]
Con ese rudo recordatorio, Marcos hizo una seña con la cabeza, indicando a los dos Caballeros que entraran. Se pararon frente a su escritorio como él les indicó. Ferris miró a Marcos con sus ojos amarillos y dijo:
[¿En qué podemos ayudarlo, Capitán? Ferris está muy ocupado, ¿sabe?]
[Podrías aprender a comportarte un poco más como un Caballero… Ahh, no importa. Felix, no eres el único que está ocupado. Yo también tengo asuntos que atender. Supongo que no sé si son tantos como los tuyos, teniendo que trabajar en nombre de la duquesa Karsten para preparar la selección.]
[… ¿Qué fue eso? Me temo que Ferris no entiende miauy bien a lo que se refiere, señor.]
[Me refiero a tu pequeño asunto en paralelo como sanador. No me importa lo que hagas con ese poder, siempre y cuando no se interponga en el camino de tus deberes oficiales. Incluso si te descontrolas un poco tratando de ganar más partidarios para la duquesa.]
[¡Oiga! ¡Sabía que hace un momento estaba tratando de despistarlo!]
A Ferris no le hizo ninguna gracia que Marcos viera a través de su disuasión, pero el Capitán se encogió de hombros ante la objeción. Bajó los hombros; el semihumano sabía lo despiadado que podía llegar a ser el Caballero de mayor rango.
[Sí, sí, eso es lo que estoy haciendo, y créame, estoy trabajando muy duro en ello. Así que, por favor, no me dé más trabajo como Caballero Real.]
[Me temo que no puedo tener eso en cuenta. Estás, oficialmente, asignado a los Caballeros Reales. Si eliges usar tu tiempo libre para ayudar a la Duquesa, estás en tu derecho, pero cuando te necesite, trabajarás para los Caballeros, y no escatimarás en nada. ¿Entendido?]
[Buu] respondió Ferris, sacando la lengua. Marcos ignoró el gesto insolente y volteó hacia Julius. Al hacerlo, la mirada del Capitán se volvió casi abrumadora. Era el tipo de mirada capaz de quebrar a un hombre con una mala conciencia.
[Con la Selección Real tan cerca, la tensión está llegando a ser excesiva en ciertas partes del país. Aquí, en la ciudadela del castillo, se oyen rumores sobre el fallecimiento de Su Majestad, y otros que incluso afirman que toda la Familia Real sucumbió a la enfermedad. Seguro que has oído hablar de ellos, Julius.]
[…]
El tema que sacó Marcos no tenía nada que ver con Cecilus. Por supuesto que no. Si la noticia de la presencia de aquel Vollachiano había llegado hasta allí, Julius no tenía ninguna intención de intentar negarlo. Lo confesaría todo, sabiendo perfectamente el castigo que eso acarrearía sobre su propia cabeza. El deseo de Julius de conceder a Cecilus la revancha que deseaba era, a fin de cuentas, una simple fijación personal. Un deseo, podría decirse, por algo que él mismo no tenía. Un anhelo de tocar el dobladillo de la capa que pertenecía a alguien que vivía la vida según sus propios principios de forma tan descarada…
[¿Julius?]
[…Perdone, señor. Como usted dice, Capitán, los rumores se extienden por el mercado. Muchos temen por el futuro de la monarquía. Me duele decirlo, pero sus preocupaciones pueden ser completamente acertadas.]
[Si la tranquilidad del pueblo pudiera conseguirse con el uniforme de la Guardia Real, valdría la pena el precio. Pero es más grave que eso.]
Aunque Julius había tardado demasiado en responder, Marcos no pareció inmutarse y se limitó a bajar la mirada. De hecho, por orden del Capitán, los guardias patrullaban con más frecuencia la capital. Había dado algunos frutos; el orden público había mejorado y la gente parecía más tranquila.
[Pero eso no lo es todo] añadió el Capitán, como si leyera los pensamientos de Julius. Ese era su límite.
Este líder de la Guardia Real, el hombre que estaba en la cima de la jerarquía de Caballeros del Reino, era la encarnación misma de lo que la gente pensaba que debía ser un Caballero. Era amigo de los oprimidos y siempre hacía todo lo posible por proteger a los demás. Por eso, aunque el hombre hiciera todo lo posible, lamentaría cualquier cosa que se hubiera dejado de hacer. Aunque nadie criticara o culpara al Capitán, eran sus propios ideales los que juzgaban al hombre con mayor dureza. No siempre era una persona con la que fuera fácil convivir, y menos con él mismo. Así era Marcos Gildark.
[Se han dado muchas quejas tontas. La Guardia Real debe seguir asegurando la capital, mientras el resto del cuerpo de Caballeros se dedica a otras partes de la nación.]
[¿Así que debemos continuar como hasta ahora, señor?]
[Yo no te llamaría aquí solo para decirte que nada ha cambiado. Como dice Felix, estamos muy ocupados.]
Marcos, dejando de lado sus propios sentimientos para mantener la conversación en progreso, colocó un papel sobre su escritorio y lo deslizó hacia ellos. Parecía una especie de informe.
[Esto vino de uno de los puestos de control en la frontera entre el Reino y el Imperio.]
[¡…!] Ferris casi se ahoga.
En cuanto a Julius, tomó el papel sin reacción visible.
[Gracias, señor.]
El mago espiritual pasó su mirada por el informe. No hacía referencia a Cecilus. En su lugar, se indicaba que el permiso para entrar en el país se había concedido a algunos mensajeros del Imperio.
[Dos emisarios de Vollachia han entrado a Lugunica.]
[Uuh, a-así que es eso. Emisarios, claro, por supuesto. Emisarios del Imperio… Espera, ¡¿qué?! ¿Para qué están aquí?]
La cara de Ferris sufrió varios cambios rápidos al darse cuenta de que aquello no tenía nada que ver con la entrada no autorizada de Cecilus.
[Excelente pregunta] dijo Marcos, mirándolo amargamente. [Siento hacerles esto después de que el otro día dieran un viaje completo al Imperio, pero volvemos a tener problemas con los imperiales. Si por mí fuera, pondría toda la fuerza de la Guardia Real a trabajar en este asunto, pero por desgracia, no hay nadie más que pueda desplegar ahora mismo.]
[¡Espere, espere, espere, eso no es nada reconfortante! ¡¿No me diga que planea enviar a Ferris y a Julius solos para hacer frente a una amenaza con la que le gustaría contar con toda la guardia?! ¡Eso es una locura!]
El alivio de Ferris de que aquello no tuviera nada que ver con Cecilus se desvaneció rápidamente, y empezó a perder la compostura. Julius, francamente, estaba de acuerdo con él. Esto era demasiado para ellos dos solos. Pero la «implicación con el Imperio» tampoco podía ser ignorada.
[La última vez también fue una locura, pero Reinhard nos ayudó a salir adelante de alguna manera, ¿ve? Se equivocó de tipos. ¿Qué tal si le dice a Ferris que se ocupe de otra cosa y deja que Reinhard se encargue de esto?]
[Discutir no te llevará a ninguna parte. No puedo asignar a alguien que no está aquí. Además, no se precipiten. No estoy diciendo que ustedes dos tengan que enfrentarse solos a todo el poderío del Imperio de Vollachia.]
[¡Pero sabemos que se avecina una batalla, y eso me basta para saber que se han equivocado de hombre!]
[Que se avecine una batalla depende de ustedes dos. Y cuento con ustedes para que no eso no ocurra.]
Ferris, agarrándose la cabeza, se tambaleó hacia atrás. Julius lo sujetó y el Capitán se limitó a encogerse de hombros.
[Las órdenes para ustedes esta vez son simples. Acompañar a los emisarios y ayúdalos a cumplir lo que han venido a hacer. Luego sáquenlos de aquí con la menor fanfarria posible. Eso es todo.]
[En otras palabras, es casi una imagen calcada de la posición en la que nos encontrábamos antes, señor] resumió Julius, todavía agarrado a Ferris, cuyos ojos se desbordaban.
Hacía ya un mes que Julius y los demás habían ido al Imperio como emisarios. Ahora, pocas semanas después, los papeles se habían invertido. Era difícil no sentir que había algo más en juego. Especialmente considerando la clara posibilidad de que todo lo que había sucedido durante su visita al Imperio había sido orquestado por el Emperador.
[Entendemos que debemos reunirnos y acompañar a los emisarios de Vollachia, señor. Pero ¿qué han venido a hacer aquí?]
[Creo que lo más fácil será que ustedes mismos se lo pregunten. Tráiganlos aquí y…]
[Eso no será necesario.]
Una nueva voz pareció colarse en los oídos de los tres Caballeros, y la cara de Marcos se endureció. El Capitán miraba a una figura alta y delgada que se apoyaba en la puerta de la oficina.
[Mil disculpas] dijo la figura, levantando la mano mientras Julius y Ferris se preguntaban cuándo habían llegado, [pero me temo que he oído algo de lo que estaban diciendo. Mis oídos son demasiado buenos, si me permite decirlo.]
El hombre se rio, pero sonó extraño, casi como una tos. Tenía una presencia de lo más inusual, con el cabello blanco, la piel pálida y un abrigo blanco que le cubría todo el cuerpo. En conjunto, daba la impresión de haber perdido todo el color. Incluso su presencia parecía ambigua, como si no hubiera estado allí. El hombre miró a Julius y a Ferris, que permanecían en posición de firmes.
[¿Puedo suponer que estos dos serán los honorables Caballeros que me acompañarán?]
[…Sí, son ellos. Julius, Felix. Este es uno de los emisarios del Imperio de Vollachia, Sir Chisha Gold.]
[Es un gran placer conocerlos.] Con impecable cortesía, el hombre, Chisha Gold, esbozó una sonrisa incolora e inclinó la cabeza.
[Sir Chisha, si la memoria no me falla, creo que es usted uno de los Nueve Generales Divinos, ¿no es así?]
[Así es. Aunque solo el Cuarto de ellos.]
[Sea cual sea la razón por lo que está aquí, debe ser algo muy importante para traer a un general de visita al extranjero, ¿cierto?]
Ferris se empeñaba en no mostrar que era consciente de que el colega de Chisha, Cecilus, ya había entrado en el país sin permiso.
[Efectivamente] dijo Chisha, con una sonrisa en los labios. [Odiaríamos que pensaran que los Nueve Generales Divinos son meros recaderos del Imperio, pero la preocupación actual difícilmente podría dejarse en manos de cualquiera. Por eso he venido.]
[Vaya, hablando de una presentación que te da un mal presentimiento] frunciendo el ceño, Ferris comentó eso.
Julius sintió la misma tormenta de ansiedad en el corazón, la misma sensación que el chico gato de que no se trataba de un asunto menor. Era algo tan importante como para arrastrar a un general de alto rango del Imperio y exigir la cooperación de la Guardia Real. Debía de ser algo que afectaba profundamente a la relación entre los dos países.
[Entonces, ¿nos va a desvelar el gran secreto? Sir Chisha, ¿por qué está aquí?]
[Solicito su cooperación para asegurar a cierta persona.]
[Cierta persona] repitió Julius.
Los modales portentosos de Chisha no hacían más que aumentar su preocupación. Y entonces, como si las alarmas sonaran en su mente, Chisha continuó:
[Resulta que cierto personaje del Imperio ha hecho una visita no oficial al Reino. Estoy aquí para obligarlo a volver a casa… O, si es necesario, deshacerme de él.]

Sección 7
Mientras tanto, fuera de la casa de Julius…
Echando un vistazo al exterior de la habitación que le habían designado, Cecilus palpó las espadas que llevaba en la cadera. Todas las armas debían cuidarse con diligencia, pero las katanas necesitaban más cuidados que las demás.
Estas dos espadas suyas, Murasame y Masayume, necesitaban incluso más atención que la mayoría, como correspondía a dos de las mayores obras de arte de un maestro fabricante de espadas. Sin embargo, lo más importante para mantener las espadas encantadas en buen estado no era pulirlas o afilarlas. Lo que buscaban era respeto por lo que eran. Las espadas encantadas exigían sangre y muerte.
[Muy bien, de acuerdo, sí. Solo faltan unos días para que vuelva el buen Santo de la Espada, o eso me han dicho] murmuró Cecilus para sus adentros, pateando el suelo con sus pies enfundados en zori.
Encima de él, una luz se encendía en la habitación de invitados, indicando la presencia de un ocupante. Joshua, seguramente.
Joshua era el hermano menor de Julius, un chico con mucho interés por el mundo exterior, por los héroes; era uno que bien podría ser un buen espectador en el futuro. Sentía un gran afecto por Cecilus. Y todo gran hombre de teatro necesitaba un público.
Era una pena que el chico no tuviera talento para salir a escena por sí mismo. Su hermano mayor, Julius, prometía mucho más en ese sentido. Tenía la elegancia necesaria para brillar en un papel principal.
[Uups, jeje. No estoy aquí para hacer audiciones. Por mucho que esté deseando mi duelo con el Santo de la Espada, no puedo olvidar la otra razón por la que he venido.]
Se dio una suave palmada en la mejilla, se apartó de la casa y empezó a caminar a paso tranquilo. Julius lo había amonestado severamente para que no hiciera ninguna excursión al exterior, pero él no daba señales de detenerse. Haría justo lo que deseaba. El más grande de los Generales Divinos era la encarnación misma del estilo de vida imperial.
Así pues, el Rayo Azul abandonó la mansión sin preocuparse por nadie más. El hombre no informó a nadie, y completamente desapercibido, el guerrero más fuerte del Imperio se adentró en la capital.
Sección 8
“Traer de vuelta al visitante no autorizado del Imperio o deshacerse de él…”
Ferris lanzó una mirada a Julius cuando Chisha anunció sus intenciones. Ni siquiera Julius era tan torpe como para pasar por alto la ansiedad en aquellos ojos dorados. El problema era que el emisario de Vollachia que había venido a tratar el asunto infundía una gran ansiedad en ambos.
[…Capitán, acompañaremos a Sir Chisha en su empeño por capturar a esta persona desaparecida. ¿Estoy en lo cierto al entender que ese es nuestro deber?]
La cara de Julius no cambió ni un ápice; el Caballero Espiritual parecía completamente imperturbable. Naturalmente, fue Ferris quien se sintió profundamente conmocionado mientras escuchaba.
De cualquier forma, Marcos no pareció darse cuenta de que Ferris tenía los ojos desorbitados.
[Así es.] el Capitán asintió. [Les he explicado lo que quiere el Reino. Trabajarán con Sir Chisha hasta que sus asuntos aquí hayan terminado.]
[Entendido, señor. Ferris, ¿supongo que no tienes objeciones?]
[¿Eh? Uh, oh, uhmm… no, nosotros, uh, ciertamente haremos todo lo posible…]
[No pareces muy seguro de eso. Dilo como si fuera en serio.]
Con la aceptación a trompicones del semihumano, las órdenes fueron emitidas formalmente. Julius se acercó a Chisha y le ofreció la mano para que se la estrechara.
[Soy Julius Juukulius de los Caballeros de la Guardia Real. Un placer conocerlo.]
[Más bien, el placer es mío. Esta será mi primera incursión en el Reino de Lugunica. Odio pensar en molestarlos, pero estoy seguro de que necesitaré de su ayuda.]
Chisha estrechó la mano de Julius, y luego ofreció también un apretón de manos a Ferris. El Caballero de cabello púrpura observó a su compañero aceptarlo con cierta vacilación, y luego se dirigió hacia Marcos.
[Muy bien, Capitán. Si no tiene nada más que decirnos, procederemos a seguir con Sir Chisha.]
[Nada por mi parte. Asegúrense de que su comportamiento y acciones mantengan el honor de la Guardia Real.]
El tono de Marcos era más formal ahora que un General Divino estaba entre ellos. Esta última admonición parecía especialmente dirigida a Ferris, pero, en cualquier caso, los tres abandonaron la sala en silencio.
Chisha fue el primero en hablar cuando estuvieron a salvo fuera de la oficina de Marcos.
[Vaya, es aún más temible de lo que decían los rumores. Creí que estaba a punto de sudar frío.]
El Vollachiano se refería a Marcos, pero de labios de uno de los Nueve Generales Divinos, podía sonar como una muestra de debilidad.
[Estoy de acuerdo en que el Capitán tiene una cara que da miedo, pero ¿es eso algo que debería decir uno de los propios generales del Imperio? Pensaba que cualquier tipo de debilidad o miedo no era bueno para su gente.]
[Me hiere. Aunque, debo decir, el modo de actuar del Imperio no está de acuerdo conmigo… Se podría decir que es antinatural que haya acabado en el lugar en el que estoy ahora.]
[¿Simplemente acabó como uno de los generales de más alto rango de su nación, señor? Es usted demasiado modesto. A menudo, el talento de uno mismo conduce a su propio destino. ¿No es usted la prueba viviente de ello, Sir Chisha?]
[Debo decir que la idea me resulta bastante desalentadora…]
El hombre de alabastro negó lentamente con la cabeza. No respondió más a la penetrante mirada de Julius, pero se volvió para mirar por una de las ventanas del pasillo.
[Me enorgullezco de la elegancia de nuestra Capital Imperial, pero debo decir que su Capital Real tiene abundantes encantos propios. Ojalá pudiera pasear a mis anchas por sus calles…]
[¿No cree que tendría demasiadas cosas en la cabeza como para disfrutar haciendo turismo? Espero que pueda terminar lo que estás haciendo y salir de aquí.]
[Aprecio mucho su consideración hacia mí. Sin duda, ninguno de los Caballeros de la Guardia Real podría estar tranquilo sabiendo que un imperial como yo recorre libremente las calles de la capital. Supongo que tendremos que centrarnos en el trabajo por esta ocasión.]
[Cuando tienes razón, tienes razón. No podría estar tranquilo sabiendo eso.]
Ferris se encogió de hombros, pero consiguió lanzar una mirada fulminante en dirección a Julius. El destinatario de la mirada se encorvó un poco, sabiendo que lo reprendían por ocultar a Cecilus. Pero, en los ojos de Ferris había algo más que una reprimenda; también había ansiedad, lo que mostraba una ventana a sus complicadas emociones en aquel momento.
Y, en efecto, el Caballero semihumano estaba en el colmo de la confusión. Chisha había venido a detener a alguien de su país de origen que se encontraba de visita no autorizada en el Reino. Ferris conocía a alguien que encajaba exactamente en el perfil; estaba bastante seguro de saber exactamente de quién se trataba.
“¡Estaba en contra de esto desde el principio!” pensó, sintiéndose atrapado entre su amistad con Julius y su lealtad al Reino. Julius, por su parte, parecía extrañamente gratificado por esta agonía. A su manera, demostraba lo mucho que Ferris valoraba su amistad.
Por lo tanto, el mago espiritual estaba ansioso por quitarle ese peso a su compañero tan pronto como pudiera, pero…
[Sir Chisha, tal vez podríamos ir a algún lugar para discutir esto más a fondo. Tengo una idea. ¿Qué tal mi casa? Está aquí mismo, en la capital.]
[¡¿Qué?!] dijo Ferris, con los ojos casi saliéndose de las órbitas.
La persona en cuestión, la que andaba libremente por las calles de la capital en ese mismo momento, estaba en el mismo lugar al que Julius pretendía llevar a Chisha. Para Ferris, aquello fue como una puñalada por la espalda, después de haberse roto la cabeza tratando de evitar algo como esto.
Aun así, el Caballero se limitó a guiñarle un ojo a Ferris y le dijo en voz baja, para que solo su amigo pudiera oírlo:
[No te preocupes. Me emociona saber lo mucho que aprecias nuestra amistad.]
Sección 9
[Si realmente estás dispuesto a hacerlo, Julius, entonces Ferris… entonces yo, Ferris, solo puedo mirar.]
El semihumano estaba lleno de tristeza mientras veía a Julius llevar a Chisha a la casa de los Juukulius en el Distrito Nobiliario. Por supuesto, no habían tenido tiempo de enviar un mensajero para avisar a nadie de su llegada.
Con Cecilus escondido en la residencia, llevar allí a Chisha también parecía hacer inevitable el encuentro. Ferris solo podía suponer que Julius estaba perfectamente consciente de ello. El hombre ya se había ensuciado las manos con cierto tipo de subterfugios contra el Reino. Si esto se hacía público, era concebible que incluso fuera despojado de su título de Caballero. La profunda ansiedad de Ferris ante esa posibilidad se reflejaba en su cara.
Tal vez alguien escuchó las plegarias del joven, porque no fue Cecilus quien los recibió en la puerta, sino…
[¡Oh! ¡Querido Hermano!] Era Joshua, pálido. Julius frunció el ceño al notar la tez de su hermano; estaba aún más pálido que de costumbre. [¡Lo siento mucho! solo le quité los ojos de encima por un minuto…]
[Cálmate, Joshua. No hay necesidad de entrar en pánico, solo dime lo que pasó, una cosa a la vez.]
[S-Sí, bueno… Es que…] Pero ahí Joshua se detuvo, pues notó que Chisha estaba de pie junto a Ferris. Entonces, recordando que su hermano no deseaba que se hablara demasiado de Cecilus, comenzó de nuevo, eligiendo cuidadosamente sus palabras. [Es que, desapareció de tu habitación, Querido Hermano. Por la ventana, al parecer… Y sus espadas también desaparecieron.]
[Esto no es bueno] murmuró Julius, llevándose la mano a la barbilla.
[Lo siento, Querido Hermano. Es culpa mía por no vigilarlo…]
[Ohh, no, no, no, tú no tienes que sentirlo en miaubsoluto, Josh, querido; esto en realidad es una bendición. Ahora mausotros tenemos un pequeño respiro…]
[Sir Chisha, debo disculparme. Parece que la persona a quien usted busca ya no está en esta casa.]
[¡¿Qué…?!]
Tanto Ferris, que hablaba rápido, como Joshua, muy pausado y cuidadoso, miraron a Julius con los ojos abiertos como platos. Ferris agarró a Julius por las solapas, sacudiéndolo violentamente.
[¿Por qué? ¿Por qué le dijiste eso? Siempre supe que eras demasiado honesto para tu propio bien, ¡pero nunca pensé que fueras tan ingenuo! Eres tan malo como Reinhard. ¿Es eso por lo que son amigos? ¡De verdad que Dios los cría y ellos se juntan! Arrrgh, ¡mi pobre cabeza!]
[Por favor, cálmate. Estás demasiado agitado…]
[¡Y de quién crees… que la culpa es! ¡¿De quién?!]
Finalmente, el chico gato se desplomó en el suelo como si hubiera sufrido un ataque de anemia. Joshua sujetó a Ferris y lo levantó mientras Julius se enderezaba el cuello y esbozaba una sonrisa seca.
[Querido Hermano, creo que tiene razón. Ejem, como él dice…]
[Perdónenme. Pero ¿debo entender por ese diálogo, Sir Julius, que ya están en contacto con la persona que busco?] interrumpió Chisha, con los ojos almendrados entrecerrados.
[Así es] confirmó Julius. [Se alojaba aquí como invitado en mi casa… Pero, como puede ver, solo me ha llevado a la vergüenza.]
[En efecto. Debió apoyarse en usted después de la misión diplomática de antes.]
[Se apoyó en nosotros… Bueno, sí, supongo. Pero en última instancia, fue mi elección aceptarlo.]
Por la forma en que respondió, estaba claro que el mago espiritual no pretendía ocultar nada, y Chisha comenzó a distinguir el estado de la situación. Por otro lado, Ferris y Joshua aún parecían un poco perdidos mientras escuchaban la conversación. Julius y Chisha, haciendo caso omiso de la confusa pareja, asintieron el uno al otro.
[Parece que tenemos algo en común] comentó el General Divino.
[Excelente. Si tan solo… Si tan solo se hubiera comportado durante medio día más.]
[Y yo que esperaba que me escuchara. Tal vez era pedir demasiado…]
El hombre pálido sonaba ligeramente cansado, y Julius se echó el flequillo hacia atrás para ocultar una sonrisa comprensiva. Luego señaló a Ferris, que seguía agachado en el suelo, y asintió cuando este lo miró con sus ojos dorados.
[Vamos, Ferris. Dijiste que llegarías hasta el final, ¿no?]
[Jhmm… No sé por qué, pero me siento que miaus dejado de lado.]
El joven infló las mejillas, haciendo evidente su disgusto, pero tomó la mano de Julius. Luego se estrecharon con firmeza y se dieron la vuelta para mirar fuera de la mansión.
[Entonces esta será una buena oportunidad para hacer el turismo que deseaba hacer Sir Chisha. Además, también encontraremos y apresaremos a la persona que busca.]
Chisha, impresionado por la confianza en la voz de Julius, le hizo una reverencia por la cintura como muestra de respeto de nada menos que uno de los Nueve Generales Divinos. El Caballero de cabello púrpura, al ver la inquietud en la cara de Joshua, posó una suave mano en el hombro de su hermano.
[No hay nada que temer, Joshua. Volveré con buenas noticias para ti, como siempre.]
[Querido Hermano… Sí, te estaré esperando. Y también rezando por tu éxito.]
Con un asentimiento de Julius, los tres se aventuraron en la capital para perseguir al guerrero más fuerte del Imperio.
Sección 10
Un joven vestido con un inusual traje azul y que sujetaba el dobladillo de su kimono con la mano caminaba abiertamente por la ciudad. Sus pies cubiertos de zori rozaban las piedras y de su cadera colgaban dos espadas. Era una figura llamativa incluso entre la multitud que se congregaba a mediodía en la calle principal. Sin embargo, él mismo apenas parecía darse cuenta. Estaba demasiado acostumbrado a ser el objeto de las miradas, tanto que había empezado a olvidar su propia rareza.
Luego estaba la carga que llevaba el joven, el de ser el actor principal en la obra que era el mundo. Por supuesto, destacaría; debía destacar. Eso era lo que significaba ser el centro de atención. Y así, a pesar de sus propias responsabilidades, caminó fácilmente por la calle principal, bastante despreocupado por cualquier cuestión de posición.
Pero llamar la atención no era la única razón que le impulsaba a caminar por la calle.
[Supongo que ya era hora.]
Se apartó el cabello azul de la frente con un par de dedos y luego aceleró el paso, casi deslizándose hacia una estrecha calle lateral. El aire fétido del callejón lo inundó. Era increíble cómo el ambiente podía cambiar tan drásticamente de una calle a otra. La fealdad oculta por la belleza: así era el Reino Dragón de Lugunica.
[El Imperio es mucho más fácil de entender; eso es lo que me gusta de él. Todo lo que planeas, todo lo que haces: se trata de decapitar a tus enemigos. Siempre tienes claro lo que te propones; así es como debe ser la violencia.]
[¿Qué estás balbuceando, amigo?]
Gritó una voz mientras el hombre del kimono divagaba contra la pared con voz portentosa. El joven se giró lentamente para ver la boca del callejón bloqueada por varias figuras. En total, eran catorce, demasiadas para permanecer de pie en el estrecho callejón. Era una tontería la forma en que se alineaban en profundidad. Sin embargo, todos los hombres poseían auras temibles; estaba claro que no eran ajenos a la violencia.
[Ah, sí, aplausos y abucheos son bienvenidos, pero debo admitir que yo sería más feliz si fueran de algunas mujeres. ¿Qué les parece, amigos míos?]
Hubo risas apagadas entre los hombres ante este despreocupado saludo.
[Creemos que no importa lo que pienses. Aunque antes de que esto termine habrá algunos gritos. De tu parte.]
Ahora el joven retiró la mano de su kimono con una especie de ligera risa de aprecio.
[No hay nada que me guste más que un personaje con convicción, pero ¿puedo suponer que actúan según su propio criterio? Debo pensar que él les ha dicho que no me toquen.]
[Qué gracioso eres, sabiendo todo eso. Sí, nos ha dicho que no te toquemos, pero qué demonios, todo es trabajo y nada de juego, ¿cierto? Si podemos seguir adelante y ponerte a dormir, todo habrá terminado en un instante.]
[¡Sí! Esa es la respuesta que estaba buscando. Entonces, ¡permíteme responder de la misma manera!]
Riendo en voz alta, el espadachín vestido de extranjero dio un paso hacia los indefensos rufianes. Nada más hacerlo, cada uno de ellos sacó algo de su bolsa. Entonces, todos a la vez, o en realidad, en el orden en que se habían alineado en el callejón, se abalanzaron sobre el joven.
El viajero de cabello azul se agachó ligeramente mientras saboreaba los gritos de la batalla.
[Eso sí que es carne de cañón perfecta. No me desagrada, no; de hecho, me complace.]
Entonces un zori dio una patada contra el suelo, y un rayo azul iluminó la estrecha calle.
Sección 11
[Debo decir que imagino que sería más eficiente buscar cualquier conmoción que ocurra en la capital en lugar de andar a tientas en la oscuridad.]
[¿Por qué dice eso?]
[Porque es de los que saldrían a disfrutar de la lluvia en medio de una tormenta.]
Siguiendo la intuición de Chisha sobre su presa, los tres se dirigieron a un puesto de guardia de la capital, pensando que podrían encontrar alguna pista.
[¿Pero estamos seguros? Los puestos de guardia están siempre atareados. ¿Será suficiente para ayudarnos?]
[Creo que al menos podríamos limitar nuestra búsqueda a lugares que hayan sufrido algún altercado] dijo Chisha.
[No, tiene que haber una forma de ser aún más precisos] replicó Julius. [Hay una zona en particular que ha frecuentado en sus salidas de mi mansión durante su estancia. Es difícil ignorar a ese hombre, así que quizá alguien lo haya visto.]
Chisha miró a Julius con admiración y Ferris levantó las orejas al hablar.
[Vaya. ¿Quiere decir que no solo lo vigilaba en casa, sino que también lo hacía cuando se iba?]
[Hace que suene muy siniestro. Simplemente tenía a mis brotes siguiéndole la pista por si se perdía en una ciudad extraña. Incluso entonces, eso era solo por la noche.]
Julius había asignado sus cuasi espíritus a esta tarea como una especie de seguro, y hasta ahora estaba dando sus frutos. Solo lamentaba no haber imaginado que Cecilus saldría de casa durante el día y por eso no tenía ningún cuasi espíritu vigilándolo.
[Pero, si su objetivo está en esa zona, entonces al combinarlo con su sugerencia, Sir Chisha…]
[Un acuerdo entre los dos para encontrarlo. Muy bien, procedamos como dice.]
[Bien, hagan lo que quieran] refunfuñó Ferris.
Los tres se dirigieron al puesto de guardia de la sección de la ciudad que Julius había sugerido, que fue donde se enteraron de la banda de rufianes que habían sido golpeados hasta casi matarlos.
[Encontramos a estos malvivientes en un callejón, parecían estar muertos. Por suerte, no mataron a ninguno, pero debe de haberles pasado algo horrible; están furiosos. ¿Quieres hablar con ellos?]
[Sí, si es que puedo. ¿Alguno de ellos está más o menos en su juicio?] preguntó Julius, y el guardia encargado del centro de detención sacó a tres hombres. Cada uno de ellos era bastante distinto: uno era robusto, otro, de tamaño mediano pero fornido, y el tercero, pequeño y flacucho. Ninguno de ellos parecía muy cooperativo, y sus caras se fruncieron cuando vieron a un Caballero de pie frente a ellos.
[¿Qué hace aquí un Caballero? Ninguno de nosotros sabe nada, ¿de acuerdo?]
[Cálmense. No estoy aquí para reprender a ninguno de ustedes. Simplemente tengo algunas preguntas sobre el hombre que les hizo esto. Para empezar, ¿por qué lo eligieron como objetivo?]
Julius se mostró tranquilo, pero fue directo al grano, y los tres hombres tragaron saliva a la par. Cuando Ferris vio que no estaban muy ansiosos por responder, apretó los labios.
[¡Un momento! Hágannos caso. Créanme, si no dicen nada, otro lo dirá; lo único que hacen es hacernos perder el tiempo. Así que díganlo de una vez.]
[…De acuerdo, hablaremos. Pero con una condición. Si cantamos, nos dejan salir de este lugar. No hay muy buen ambiente aquí.]
[…Muy bien. Veré qué se puede hacer.]
La oferta vino del segundo de los hombres, el mediano. Era joven y poseía unos ojos muy agudos. Julius aceptó su condición, y los tres se relajaron visiblemente.
[Había un tipo con mucho, ya sabes, estilo] dijo el joven. [Nos dio una moneda de oro a cada uno y nos dijo que vigiláramos a ese muchacho engreído. Dinero fácil, ¿no?]
[Pero terminó siendo el viaje más doloroso en el que hemos estado.]
[Todo por culpa de esos otros imbéciles codiciosos; ¡se dejaron llevar! Intentamos detenerlos, ¡lo juro!]
[De todos modos, el punto es, tratamos de hacer nuestra parte, y mira adónde nos llevó.]
El hombre más pequeño, algo nervioso, y el más grande, de aspecto sombrío, se calmaron mientras el del centro concluía la historia.
[Mhmm.] Julius asintió cuando terminaron. [¿Y ustedes saben, por casualidad, el nombre de la persona que los contrató?]
[No preguntes lo que no necesites saber. Mete demasiado la nariz y nunca sabes cuándo pueden decidir cortártela.]
[La única respuesta razonable] dijo Chisha encogiéndose de hombros. [Y no tienen motivos para mentir: otro callejón sin salida, supongo.]
[No, no necesariamente] dijo Julius, sacudiendo la cabeza. Después tendió la mano hacia los tres hombres. Sus ojos se abrieron ampliamente cuando les preguntó: [¿Les importa que inspeccione las monedas de oro que les dieron como recompensa?]
[¿Qué demonios? ¿Intentas robarnos? Eres un Caballero, ¡eso es abuso de autoridad o algo así! ¡Esa es nuestra recompensa por hacer el trabajo!]
[Una paga bastante deshonesta] comentó Ferris. [Y ni siquiera hicieron el trabajo, eso es triste.]
[¡Escucha, gatita! No creas que puedes hablarnos así solo porque eres linda] fue la explosiva respuesta del más bajito de los tres delincuentes.
Se miraron fijamente como pequeños animales en un frente a frente hasta que Julius intervino.
[Disculpen] intervino. [Ferris, contrólate. Mis disculpas por este malentendido. El dinero es suyo, por supuesto. Simplemente deseo inspeccionarlo.]
[¡Sí, muy creíble! Has hecho esto antes, ¿no?]
[Pufh. Déjalo en paz, Camberley. Toma.]
El hombre de estatura media tranquilizó a su compañero y lanzó una moneda al Caballero. Hizo un ligero arco y Julius la atrapó con la palma de la mano. Palpó el peso y comprobó que era de oro. El mago espiritual asintió, satisfecho, y se la devolvió.
[Justo lo que pensaba… Gracias. Eso ayuda.]
[…No nos importa de qué país venga o lo que sea; es nuestra recompensa. Será mejor que cumplas tu promesa.]
[¿Debo tomar eso como que, al parecer, reconocen de dónde viene?]
[Ya se lo he dicho, señor Caballero. No es bueno molestar a los generosos benefactores. Tampoco lo es hacer preguntas indiscretas.] Resopló el hombre del centro.
Él y sus dos amigos se dispusieron a marcharse, y Julius se apartó cortésmente de su camino. El trío salió directamente del puesto de guardia, pero Julius los persiguió:
[Son libres de marcharse en esta ocasión, pero… espero sinceramente que no hagan nada que los haga toparse de nuevo en la hospitalidad de los guardias. Un estilo de vida como el suyo conduce con demasiada frecuencia a una muerte prematura.]
[Para ti es fácil decirlo. Yo creo que el aire es demasiado escaso para respirar en las alturas] espetó uno de los hombres. Y los tres se alejaron corriendo.
Cuando se perdieron de vista, Ferris exclamó:
[¿Qué les pasa?] y dio un pisotón en el suelo. [¡Qué descaro tienen esos tipos! ¡Me ponen de los nervios! ¿No deberíamos haberlos dejado aquí?]
[Una promesa es una promesa. Además, ahora tienen dinero. Eso significa, que es probable, que tengan una oportunidad de forjarse un nuevo camino en la vida.]
[¡Bah, creo que eso es terriblemente optimista! Nunca salen adelante. Te lo aseguro…]
Ferris frunció el ceño, tomando la fe de Julius en la bondad de los hombres como nada más que idealismo. Aun así, su ira se calmó rápidamente.
[¿Y ahora qué?] preguntó. [¿Qué te ha dicho esa moneda? ¿Conseguiste el nombre o la cara de quien los contrató? No es que Ferris esté seguro de que eso facilite nuestra búsqueda de personas desaparecidas…]
[Es un punto válido. Bueno, déjame empezar por el principio. En primer lugar, esa moneda no fue emitida por el Reino, sino por el Imperio.]
[¿Una moneda de oro imperial…? Así que quien haya contratado a esos payasos…]
Quien les pagó lo hizo con moneda imperial, lo que implicaba una conexión con el Imperio. Pero eso no tenía ningún sentido. Al menos, no con la información que Ferris tenía. Después de todo, Cecilus, a quien los hombres habían estado persiguiendo, era de Vollachia.
[Pero si la persona que intentaba vigilarlo también era del Imperio, entonces… ¿Eh?]
Julius puso una mano en el hombro de su perplejo amigo.
[La respuesta a eso está clara, Ferris. Pero primero… Sir Chisha.] Volteó para mirar al emisario, que esperó tranquilamente a que continuara. [¿Estoy en lo cierto al decir que no estamos atrapando al cazador, sino a la presa?]
[Muy acertado. Es como usted sospecha, Sir Julius.]
Chisha se inclinó ante él, abiertamente impresionado. La superficial condescendencia del pálido general podía parecer a veces un desprecio disimulado, pero este gesto en particular parecía sincero.
Ferris, por otro lado, estaba completamente desconcertado.
[¿Puede alguien explicarme qué está pasando?]
[Empecemos por aclarar tu pregunta. Ahora mismo, hay dos misteriosos miembros del Imperio en tu mente. Uno es el visitante no autorizado al que persigue Sir Chisha.]
[Correcto, y ese es…] “Cecilus, ¿cierto?” Ferris no terminó la frase en voz alta.
[Me temo que no] dijo Julius, negando con la cabeza. Continuó como un mago que revela el secreto de su prestidigitación. [El fugitivo es quien dio las monedas de oro a nuestros tres conocidos y les ordenó que vigilaran a su propio perseguidor. Y si es así, ¿qué propósito crees que tenía nuestro amigo en común al venir aquí?]
[No puedes estar insinuando lo que yo creo…] dijo Ferris, dándose cuenta tardíamente de lo que Julius ya sabía.
El otro Caballero sonrió cuando la comprensión apareció en la cara de su amigo.
[Nos dijeron que habían llegado dos emisarios del Imperio; Sir Chisha tiene un socio con el que aún no nos hemos contactado. En ese papel está el General Cecilus Segmunt.]
Sección 12
Con la puerta cerrada, la habitación estaba a oscuras y en silencio. Bajo vigilancia, su ocupante se abrazaba las rodillas al pecho, mordiéndose las uñas nerviosamente.
[…]
Se suponía que debían comunicarse periódicamente, pero el momento del siguiente informe había llegado y también pasado. Puso a los rufianes a seguir al asesino más horrible del mundo, uno que iba tras él. Cuando sus guardaespaldas le informaron de que el hombre había sido avistado en la capital, su corazón se aceleró tanto que pensó que podría explotar.
Huir de la capital era una opción, por supuesto. Pero negociar aquí era su última oportunidad. Había abandonado su país natal y huyó al Reino con la esperanza de convertir la muerte en vida.
Logró preparar un recuerdo. Ahora solo tenía que llevárselo a las Seis Lenguas. El hombre se arriesgó con la esperanza de hacer precisamente eso. Ahora esperaba descubrir si el riesgo valía la pena.
[Voy a ganar. No puedo perder. Esto no puede acabar aquí… ¡No puede…!]
El hombre se agarró las rodillas y rezó, confiando en su destino. Pero entonces, recordando que no tenía a nadie a quien rezar, se mordió audiblemente las uñas.
[¡Argh, ¿cuándo van a informar?! ¿Qué les ha pasado a esos rufianes? ¡¿Por qué no están aquí todavía?!]
[…]
[¡Oigan!]
El hombre se puso de pie y dio un grito fuera de la habitación. Para su sorpresa, no hubo respuesta. Frunció el ceño al no recibir réplica de los guardias que deberían haber estado de pie justo al otro lado de la puerta. Entonces tragó saliva y, presa del pánico, buscó la espada que estaba apoyada en la pared, en un rincón de la habitación…
[¡Hola, hola! Perdóneme por irrumpir, gran conde Gramdart.]
[¿Qué…? ¡¿Ah…?!]
La puerta se abrió, dando paso a una brisa ridículamente dura. Tan pronto como lo pensó, su mano, extendida para tomar su espada, se encontró con la de un joven vestido con kimono. El invitado sonreía agradablemente; sostenía una espada que brillaba con una luz extraña.
El hombre mayor conocía al joven, por supuesto. Sabía su nombre y lo poderoso que era.
[Cecilus Segmunt…]
[El mismo. Protagonista en este mundo… y fiel espada desenvainada de Su Excelencia.]
[M-Mis guardias… ¿Qué hiciste para…? ¡Arrgh!]
Era una pregunta tonta de todos modos. A la mitad de ella, el pie de Cecilus se encontró con el estómago del hombre, y el fugitivo, Gramdart, rodó por el suelo. Vio brevemente la sangre que caía al suelo en el pasillo. Eso era todo lo que necesitaba saber sobre lo que les había ocurrido a los guardaespaldas.
Y lo que pronto le ocurriría a él.
[Eso no vale, Holstoy, perro viejo. Cuando tus planes se han desbaratado, debes quedarte fuera del escenario sin demora. La cabeza de tu doble y tu pequeño regalo al Reino… Verdaderamente espantoso. ¡Una estupenda actuación como villano!]
[E-Espera, Segmunt…]
[Pero intentar hacerte con la joya de la corona del Imperio, la «Doma de dragones alados»… eso no se puede permitir. Añade eso al hecho de que fuiste el coordinador del complot contra Su Excelencia, y ni cien muertes expiarían tu pecado.]
La espada encantada en la mano de Cecilus brilló de una forma en que ninguna otra debería haber sido capaz de hacer. Los ojos del General Divino eran despiadados mientras informaba a Gramdart de sus crímenes; era evidente que no tenía la menor preocupación por la vida. El anciano, demasiado consciente de ello, juntó las manos.
[¡Escúchame, Segmunt! El plan contra el Emperador fue ideado por él mismo… ¡entre él y Balleroy! Yo simplemente…]
[No me interesan tus excusas, y no me importan tus argumentos. Has atentado contra la vida de Su Excelencia, te has fugado con un secreto imperial y, lo peor de todo, sigues aferrándote al escenario cuando tu papel ya ha sido interpretado. Deja que tu sangre lave tu desgracia.]
[¡Eeeegh…!]
[Ahh, me alegro tanto por ti de que fuera yo quien te haya encontrado. Soy mucho más bondadoso que el Emperador, ¿lo sabías? Por ejemplo, tú mereces morir cien veces, pero yo me conformo con una.]
Cecilus sonrió y levantó su espada, que parecía temblar maléficamente. Solo un parpadeo de esa hoja, y el hilo de la vida de Gramdart se cortaría con tanta seguridad como los tendones de su cuello, su conciencia se perdería para siempre.
¿Por qué? ¿Por qué, a pesar de este terrible conocimiento, la espada parecía hermosa?
[Y ahora, adiós.]
Esas fueron las últimas palabras que oyó antes de que el impresionante destello plateado descendiera hacia su cuello.
[Eso será suficiente, Cecilus.]
[¿Oh-jo?]
Una voz interrumpió a Cecilus en medio de su golpe, centímetros antes de que la hoja encontrara carne. La espada se detuvo y su dueño miró a la fuente de la interrupción. Pareció dolido al ver al hombre delgado y pálido que estaba en la puerta. Aunque el otro hombre, Chisha, no parecía más feliz.
Los dos generales Vollachianos se miraron con el ceño fruncido y luego contemplaron al hombre que se había desmayado en el suelo.
[Existe «por poco», y luego «por muy poco».]
[¿Jhmm? ¿De todos modos, qué haces aquí, Chisha? ¿Un poco de turismo?]
[Estoy aquí por orden de Su Excelencia, obviamente. Órdenes de encontrar y detener a cierto loco que salió corriendo en cuanto quedó claro que el cerebro de la reciente rebelión había fingido su propia muerte con un doble y había escapado al Reino. ¿Necesitas que te especifique exactamente de qué tonto estoy hablando?]
Chisha parecía aliviado, en cierto sentido, tanto de haber encontrado a Cecilus como de haberlo hecho con su objetivo aún vivo. El espadachín ladeó la cabeza ante la explicación de Chisha, y luego vio a Julius y a Ferris detrás de él. Con resignación, envainó la espada, pero dio un fuerte pisotón en el suelo.
[¡Ya está; todo aclarado, entonces!]
[¡Un-un! Nada está claro en absoluto, ¡y te agradecería que me lo expliques!]
Ferris irrumpió antes de que Cecilus pudiera disimular como si no hubiera pasado nada. Julius dejó escapar un suspiro en el mismo instante en que Chisha gruñía. Intercambiaron una mirada y luego se encogieron de hombros.
Sección 13
[De hecho, sabíamos desde el principio que Sir Cecilus buscaba a alguien.]
[¡¿Qué?! ¿Se me escapó mi objetivo? Qué extraño. Por primera vez, pensé que había elegido mis palabras con cuidado…]
Los cuatro habían regresado a la mansión Juukulius y ahora estaban sentados en una sala de conferencias. Dos Caballeros Reales, dos Generales Imperiales y un ambiente muy tenso. Dicho esto, no había sed de sangre en el aire, por supuesto.
El verdadero problema ya se había resuelto y la historia llegaba a su fin. Joshua se sintió aliviado por el regreso de Cecilus. Solo le quedaba explicar a Ferris qué había ocurrido exactamente.
[No se preocupe, Sir Cecilus. Ni una sola vez dijo nada que delatara por qué estaba realmente aquí.]
[Bueno, eso es un alivio. ¿Jhmm? Entonces, ¿cómo supiste lo que estaba haciendo?]
[No había nada en sus palabras que lo delatara, es cierto, pero soltó algunas pistas. Preguntando a Joshua y a las sirvientas si habían visto a algún «extraño del Imperio», por ejemplo, y escabulléndose de casa en mitad de la noche… Ah, y no le recomendaría volver a usar piezas de oro imperiales en el mercado. Ese es el tipo de cosas que la gente tiende a recordar.]
[¡¿Qué?!]
Cecilus metió la mano en su kimono y sacó su monedero, mirándolo con incredulidad. El hecho de que Cecilus hubiera utilizado monedas imperiales el primer día que se habían encontrado en la capital lo hacía verdaderamente fácil de rastrear. El hombre era irremediablemente inadecuado para las actividades encubiertas.
[Nunca llegaste a cambiar monedas, ¿verdad? De la misma forma en que pasaste corriendo por ese puesto de guardia. Supongo que eso seguro que llamaría la atención.]
[Y llevó a tu perdición. Tal vez debería darte algo de crédito por madurar un poco… Al menos te molestaste en inventar una excusa para explicar por qué estabas aquí] comentó Chisha.
[No, no era una excusa. Estoy aquí por el Santo de la Espada. Ambas historias son ciertas.]
Cecilus podría haberlo dejado pasar sin esa aclaración; Ferris y Chisha lo acababan de rodear. Ahora su compañero general volvía a reprenderlo; el mayor guerrero del Imperio abrazó sus espadas y se encogió.
[Pero eso no lo aclara todo. Era perfectamente lógico pensar que Chisha estaba aquí después de Cecilus, así que ¿cómo lo supiste, Julius?]
[Muy sencillo. Si Sir Cecilus fuera el fugitivo, Sir Chisha y otra persona más nunca habrían podido apresarlo. Solo podía haber un resultado contra el espadachín más fuerte de Vollachia: el mismo problema que teníamos tú y yo.]
[Ahhh… Tiene miaucho sentido.]
El mago espiritual asintió. Era cierto que cuando el Capitán Marcos los había llamado a su oficina, Julius no lo había sabido todo. Claramente, Cecilus tenía algún motivo oculto, y en el peor de los casos, podría haber implicado algo perjudicial para Lugunica. Julius no había encontrado pruebas de que no fuera así. Aunque, gran parte de su preocupación se había disipado con la llegada de Chisha y con su objetivo declarado.
[Aunque me avergüence admitirlo, no soy tan buen guerrero, y Cecilus sin duda me derrotaría en un abrir y cerrar de ojos si llegáramos a los golpes. Su Excelencia puede ordenar lo que quiera, pero lo imposible sigue siendo imposible.]
[¡Ah! ¡Chisha, estás mostrando debilidad! ¡Tendré que informar de esto al Emperador! ¡Y pensar que un general del Imperio lloriquea como un bebé! ¡Oh, qué vergüenza!]
[…Siento decirte que si alguien se va a llevar una seria reprimenda cuando volvamos al Imperio, ese eres tú, Cecilus.]
[¡¿Por qué yo?!] se lamentó el Rayo Azul de Vollachia, pero su colega solo le respondió con una mirada irritada. El desenfadado tono del diálogo sugería que no eran meros compañeros de armas, sino buenos amigos. Tal vez Chisha estaba alentando los esfuerzos de Cecilus, a su manera.
[Así como mis propios amigos cubren mis defectos…]
[Ya vas a empezar, Julius, siempre menospreciándote. Te llaman «El Perfecto», ¡de vez en cuando podrías permitirte actuar como si te lo creyeras!]
[De todos modos, es un título que apenas merezco. En cualquier caso, sospechaba que el objetivo secreto de Sir Cecilus y el ya conocido de Sir Chisha eran el mismo. Teniendo en cuenta que el supuesto compañero de Sir Chisha nunca se presentó, tenía sentido suponer que ese era el papel que Sir Cecilus debía desempeñar.]
Eso era todo lo que Julius había captado sobre la situación, aunque la había entendido bastante bien. Chisha asintió con la cabeza, y Cecilus soltó una carcajada.
[El gran conde Gramdart era quien estaba detrás del complot contra Su Excelencia, ¿recuerdan? Ustedes estaban allí. Nos apresuramos a quitarle la cabeza, ¡pero no se imaginaban que no era él! Nos informaron de que había dejado un doble y consiguió huir al Reino.]
[Y en respuesta, alguien salió corriendo antes de que Su Excelencia pudiera siquiera dar las órdenes adecuadas. Y justo era, el general Primero del Imperio. Pensamos que al menos se detendría en el puesto de control fronterizo, nunca se nos ocurrió que entraría sin autorización. La idea me puso aún más pálido de lo que suelo estar.]
[Es cierto que no tenía ninguna pista sólida, pero gracias a Sir Julius no tuve que preocuparme por la comida o el refugio mientras perseguía al fugitivo; todo salió bien.]
La expresión de Chisha se deterioraba cada vez más a medida que Cecilus describía con calma sus principales preocupaciones. Ferris, mientras tanto, se dio la vuelta y miró fijamente a Julius.
[¿Así que tenías tus propios miautivos ocultos para invitar a Cecilus a casa?]
[En su mayor parte, eran lo que ya te había dicho. Lo único que me preocupaba era que, si Sir Cecilus paseaba a sus anchas por la capital, podría empeorar bastante las cosas entre nuestras dos naciones.]
[Ahí estoy de acuerdo con usted] dijo Chisha. [Por eso, decidí venir al castillo sin mi compañero, aun sabiendo que podría ser bastante inútil. Mi encuentro con usted, Sir Julius, podría considerarse un golpe de buena suerte, o tal vez…]
[…La obra de alguien que lo planeó detrás de escena] dijo Julius en voz baja, captando lo que decía el hombre pálido.
Ni el Reino de Lugunica ni el Imperio de Vollachia disponían en ese momento de los recursos necesarios para llevar a cabo una guerra a gran escala contra otra nación. El trono del Reino estaba vacío, mientras que el Imperio estaba claramente aquejado de fuerzas que fomentarían la rebelión si no se erradicaban. Y si a pesar de eso se encendía la mecha, no habría más remedio que actuar. Actuar… o sufrir el daño consecuente a la reputación de la nación.
[Supongo que podríamos llamar a esto una misión de prevención de incidentes] reflexionó Julius.
[Jhmm… ¿Y crees que hemos conseguido prevenir el incidente?] Ferris preguntó mientras Chisha no parecía del todo convencido.
[Para mis propósitos, y con su amable cooperación, todo ha terminado bien. El traidor, Gramdart, ha sido apresado, y he podido localizar a nuestro obstinado general… Ahora al menos podemos afirmar que entramos juntos al Reino.]
[Además, mi casa puede afirmar, en efecto, que nunca albergó ilícitamente a un general del Imperio. Eso siempre y cuando, claro está, que todos los implicados se guarden para sí mismos los detalles de este asunto…] Ahí Julius se detuvo y miró directamente a Ferris. [Ferris, eres libre de decir lo que quieras, a quien quieras. Dejo a tu criterio si hablar y qué decir.]
[Ahh…] Ferris se llevó una mano a la frente y negó con la cabeza. [No lo puedo creer, poniéndote serio en el último momento. Escucha, Ferris ha sido tratado como alguien sin importancia todo este tiempo, ¿y así es como le das fin? Julius, ¡eres de lo más egoísta…!]
[…Puedo entender por qué estás enojado. Lo que hice fue…]
[¡Argh, eso no es de lo que estoy hablando! ¿Cómo es que acabo siempre en este papel?]
Ferris frunció los labios, presionando con un dedo la mejilla del arrepentido Julius. El Caballero más alto se encogió de hombros.
[Bien, te perdono] dijo Ferris. [Pero me debes una. Y créeme, algún día te cobraré ese favor.]
[…Sí, desde luego. Gracias.]
Julius asintió y sonrió, pensando en lo esquiva que era la amabilidad de Ferris. Julius ahora sabía que en esta ocasión el semihumano no le daría importancia a su pequeño engaño. Lleno de gratitud por aquella consideración, el mago espiritual volteó hacia los dos emisarios Vollachianos.
[Bien, entonces, ¿vamos a hacer nuestro informe oficial sobre este bonito momento de cooperación entre el Reino y el Imperio?]
Era la última pequeña labor que tendrían que hacer.
Sección 14
[Esto concluye nuestro informe sobre la captura de la entrada no autorizada del Imperio, Gramdart Holstoy. Será devuelto a su patria para ser juzgado.]
Cinco estaban en la oficina del Capitán en el cuartel de la Guardia Real: Julius, Ferris y los dos generales del Imperio presentaban el informe ante el dueño de la sala, Marcos. Los cuatro se habían puesto de acuerdo en los detalles de su relato, que Marcos escuchaba ahora en silencio, con los ojos cerrados.
[Permítame expresarle nuestra más profunda gratitud por su pronta aceptación de nuestra petición, ciertamente muy descortés. Nos ha permitido evitar cualquier daño adicional al Imperio lo antes posible, por lo que solo podemos darle las gracias.]
[…Ciertamente me alegra que hayan podido atraparlo antes de que las cosas se salieran de control. Y si mis subordinados pudieron serles de ayuda, entonces agradezco que me hagan saber que tomé la decisión correcta al enviarlos con ustedes.]
[Nuestro emperador, su excelencia Vincent Vollachia, es un hombre de lo más razonable. Estoy seguro de que este caso no quedará sin retribución. Nuestra ferviente esperanza es que solo traigan más honor y prosperidad a nuestras dos naciones.]
Chisha tuvo cuidado de expresar la gratitud de su país en los términos más elaborados posibles… mientras concluían el informe inventado. Esta vez, habían acordado que, sería el Imperio el que estaría en deuda con el Reino. Era un compromiso excelente.
O lo habría sido…
[Juukulius, Argyle.]
[…] Julius y Ferris, de pie uno al lado del otro, se enderezaron. Marcos casi nunca los llamaba por sus apellidos. La voz grave del Capitán hacía imposible adivinar si iba a decir algo bueno o malo. Los dos esperaron en silencio.
Finalmente…
[…Bien hecho, los dos. Confío poder esperar lo mismo en el futuro.]
Julius y Ferris soltaron el aliento colectivo que estaban conteniendo. Luego, cada uno de ellos hizo un pulcro saludo para expresar el alivio que sentían.
[Sí, señor] dijo Julius tras una pausa.
[¡Sí señor, Ferris está en ello!]
Y ahí se acabó el asunto. Obviamente, se sentían culpables por haber dado un informe que no se ajustaba exactamente a los hechos del caso. Pero el último elogio de Marcos los liberó de algún modo de ese sentimiento. Les parecía que él podía saber lo que había ocurrido. De lo contrario, ¿cómo podrían explicar por qué «casualmente» asignó a Julius y a Ferris a trabajar con Chisha? De cualquier forma, hasta el final, la rugosa cara de Marcos negó cualquier intento de leer sus pensamientos internos.
[Ahhh, me alegro tanto de que todo esto haya terminado. Me dijeron que no hablara, pero, aun así, no me importa decírselo; tenía los hombros tan agarrotados…]
Ahora que el informe había terminado, Cecilus dio un paso al frente, claramente bastante aliviado. A pesar de estar en el centro de todo, se había comportado como un muñeco de trapo durante todo el reportaje, y ahora que el asunto oficial había terminado, se dio la vuelta hacia Marcos con una placentera sonrisa.
[Aun así, qué gusto encontrarse cara a cara con el mismísimo «Gran Pedrusco», Sir Marcos Gildark. Me encantaría ver qué puedo aprender de usted en un combate…]
[El honor es mío. Pero creo que me abstendré.]
[Mhm, qué lástima. Una verdadera lástima.] El Rayo Azul de Vollachia se desplomó.
[Tampoco se decepcione tanto] dijo Marcos con la sonrisa de un verdadero guerrero, una expresión llena de confianza y fuerza. El Capitán asintió a Cecilus. [Conozco a un oponente mucho mejor para usted. Acaba de regresar, y me complace anunciarle que está bastante abierto a la idea de aceptar su desafío.]
[¡…! Capitán, ¿no se referirá a…?] Julius exclamó.
[Au, tiene que estar bromeando… Está bromeando, ¿o no?] añadió Ferris, demasiado consciente de lo que Marcos tenía en mente.
Su conmoción provenía de lugares diferentes, pero el resultado era el mismo. Sus reacciones le indicaron a Cecilus lo que debía estar ocurriendo, que su deseo se había cumplido inesperadamente.
[Este mejor oponente, ¿podría ser…?]
[El Santo de la Espada] dijo Marcos, poniendo fin a toda duda. Luego añadió:
[Reinhard van Astrea espera a Sir Cecilus Segmunt en la arena de entrenamiento. Solo que… traten de no matarse.]
Sección 15
La arena de entrenamiento adyacente al cuartel de la Guardia Real ya empezaba a llenarse de una tranquila tensión. Normalmente, este lugar resonaba con el entrechocar de espadas mientras Caballeros y guardias perfeccionaban sus habilidades. Pero hoy, todos los soldados estaban sentados en los asientos de observación o de pie junto a las paredes, a la espera de un momento inminente.
[Vaya, si este no es el resultado más ideal] dijo Cecilus mientras lo conducían a la arena.
Buscó el equilibrio bajo sus zori, absorbiendo las innumerables miradas que se posaban en él. Saboreaba por completo la situación, al mismo tiempo que esperaba con impaciencia lo que vendría después.
[Debo decir que estoy bastante sorprendido] dijo Chisha. [Creía que los Caballeros del Reino no favorecían exhibiciones como esta.]
[Ferris también está sorprendido. Nunca imaginé que el Capitán estuviera de acuerdo con esto. Pensé que nos arrancaría la cabeza.]
Julius estaba de acuerdo con su conversación en voz baja, pero también había algo más en su mente.
[Tal vez simplemente quiera verlo por sí mismo: la danza de pétalos plateados entre los espadachines del Reino y del Imperio.]
[…]
Casi al mismo tiempo que Julius hablaba, un murmullo recorrió la multitud. La causa era la llegada de otro a la arena: un joven con el cabello del color de las llamas. Mantenía una postura muy refinada y sus ojos eran tan azules como si contuvieran el mismísimo cielo. El uniforme blanco de la Guardia Real parecía haber sido diseñado para él, a juego con la vaina blanca en su cadera. Parecía ser el «Caballero entre Caballeros».
[Reinhard.]
Reinhard van Astrea se detuvo y sonrió al oír la voz de Julius. El Santo de la Espada, de regreso a su misión, eligió un lugar a varios metros de Cecilus y se inclinó cortésmente.
[Es un placer volver a verlo, Sir Cecilus. Permítame darle la bienvenida a nuestro Reino.]
[Y a mí permíteme disculparme por presentarme sin avisar. Te agradezco que hayas aceptado mi impulsiva petición. Debo decir que estoy muy sorprendido.]
[¿Lo está?]
[Mhm. Supuse que me rechazarías de inmediato. Pero pensé que no estaría de más preguntar.]
Reinhard sonrió aún más ante la franqueza de Cecilus. El hombre de azul dio unos ligeros golpes con las empuñaduras de sus espadas y dijo:
[Debes de estar cansado después de un viaje tan largo, pero me temo que no estoy en condiciones de quedarme por aquí. Sé que eso hace las cosas un poco injustas; espero que no me guardes rencor.]
[Fue decisión mía aceptar su petición. No buscaré más excusas por mis acciones.]
[Ah, eso es un espadachín. Muy bien, entonces…]
Concluidas las formalidades previas al combate, Cecilus se acercó a la pared y se quitó las sandalias. Chisha las tomó, y los dos emisarios del Imperio procedieron a mantener algún tipo de conversación. Julius aprovechó el momento para acercarse a Reinhard y hablar también con él.
[Reinhard, debo decir que…]
[¿Por qué dijiste que sí a una petición tan estúpida? ¿Eres tan tonto como él, Reinhard?]
[Ferris…] intervino Julius.
Los ojos de Reinhard se abrieron ampliamente, pero respondió al ataque de Ferris sin más que una sonrisa y un encogimiento de hombros.
[No negaré que tal vez tengo uno o dos pelos de tonto, pero no me parece una estupidez hacer esto. Aunque me conmueve que estés tan preocupado por mí.]
[Primero Julius, ahora tú, Reinhard… Nadie se preocupa por los sentimientos de Ferris…]
[Cierto, la petición de Sir Cecilus fue toda una sorpresa. Pero el Capitán también tenía algo que decir. Me dijo: «¡Ve ahí y demuéstrale lo fuerte que es Lugunica!».]
Reinhard, tratando de imitar a Marcos, bajó la voz hasta un gruñido forzado que no se parecía en nada al del Capitán. Miró a la hilera de Caballeros de alto rango reunidos al otro lado de la arena de entrenamiento, el Capitán estaba sentado entre ellos. El viejo y curtido guerrero se fijó en él, sonrió e hizo un ademán de golpear.
[No creo que pueda oírnos… ¿o sí?]
[Esto es obra del Capitán, sin duda] dijo Ferris.
[Tal vez está más enojado con el Imperio de lo que pensamos…]
[He oído que ustedes dos no lo han tenido fácil. Así que esta pelea significa algo para mí. Tengo la intención de corresponder a las expectativas del Reino y al sufrimiento de mis amigos.]
A pesar de todo, Reinhard sonaba bastante despreocupado, aún sonriendo mientras se devolvía hacia delante. Julius y Ferris se retiraron, y allí estaba Cecilus, esperando a que el Santo de la Espada hiciera su entrada. Cecilus Segmunt, el guerrero más fuerte de Vollachia, se alejaba con sus dos espadas encantadas en la mano.
[Espera, Reinhard] dijo Julius. [No tenemos una espada lista para ti. Espera; puedo prepararte una en un momento…]
Reinhard llevaba una espada que era como su propia compañera, aunque la costumbre casi dictaba que nunca se desenvainara. Ni siquiera Julius la había visto nunca de ese modo. Por lo tanto, supuso que Reinhard necesitaría un arma diferente para esta batalla, pero…
[No te preocupes, Julius. Tengo una espada aquí mismo.]
[…]
Reinhard no sonaba diferente a como hace un momento. Y, aun así, su voz provocó un escalofrío en todos los allí reunidos. El guerrero más fuerte del Reino, el Santo de la Espada, estaba a punto de batirse en duelo con el guerrero supremo del Imperio, el Rayo Azul. La multitud, reunida con la esperanza de presenciar la batalla de toda una generación, primero contemplaría la exhibición de una espada legendaria.
[La Espada Dragón Reid…] dijo alguien en voz alta.
Quienquiera que fuese, habló en nombre de todos los presentes.
En la mano de Reinhard había una espada a la vez hermosa y terrible. La hoja estaba despejada, el acero tan finamente afilado que no parecía hecho por manos humanas. Se rumoreaba que era un regalo del Dios de la Espada. La leyenda contaba que había cobrado muchas vidas, y que incluso había acabado con la Bruja. Los miembros del público eran de los pocos que lograron observar a un arma casi mítica.
[Así que esa es la legendaria Espada Dragón.]
El corazón de Cecilus se aceleró de emoción ante la oportunidad de contemplar la legendaria espada. Lo que sintió ante todo no fue terror, ni siquiera asombro, sino gratitud.
[No podría estar más agradecido, más encantado, ni más complacido de poder ver la espada con mis propios ojos.]
[No se me permite desenvainar la Espada Dragón excepto contra un oponente apropiado. Este combate será solo la tercera vez que lo haga… Más aún, eres alguien que merece enfrentarse a la Espada Dragón.]
Reinhard era constantemente considerado con los demás y siempre se mostraba respetuoso. Como tal, no era raro oírlo elogiar a un oponente. Pero ahora sus elogios tenían un peso que iba más allá de las palabras que decía. Julius, al reconocerlo, sintió un leve dolor en el corazón. ¿Podría ser que…?
[General de Primer Clase del Imperio de Vollachia, Primero de los Nueve Generales Divinos, Cecilus Segmunt.]
[Caballero de la Guardia Real del Reino de Lugunica, del linaje de los Santos de la Espada, Reinhard van Astrea.]
Llenos de respeto mutuo, los dos hombres empuñaron sus queridas espadas. Entonces, en el mismo momento, estallaron.
[Ha llegado el momento…]
[¡…De pelear!]
Un instante después, hubo destellos de luz y espada. La fuerza de los intercambios levantó un torbellino en la arena de entrenamiento, y la danza de los pétalos plateados resonó con eco hacia los cielos.
Sección 16
[Sabes, aprendí algo del Santo de la Espada.]
[¿En serio?]
[Sí. Lo sacrifiqué todo en mi precipitada carrera por convertirme en el más fuerte, hasta que descubrí que estaba solo en la cima del poder… Pero resulta que no lo estaba.]
Cecilus golpeó las empuñaduras de sus espadas, sonriendo alegremente a pesar de las heridas que tenía por toda la cara.
[Ser fuerte es un asunto solitario. No hay nadie a tu alrededor. Sin embargo, vayas donde vayas, nunca estás realmente solo. Nuestro querido Santo de la Espada me lo enseñó en el Imperio.]
El Rayo Azul había sido derrotado en aquella pelea en el bosque, sí, pero lejos de ser un mal perdedor, Cecilus le encontró sentido. Y una vez lo había descubierto, acudió a Reinhard, que ocupaba una cima muy distinta a la suya.
[Después de aquello, sentí que yo mismo tenía que enseñarle algo al Santo de la Espada. Tenía que demostrarle que tampoco estaba solo. Que yo estaba allí. Y que incluso podría haber otros que estuvieran con nosotros. Eso es lo que quería que entendiera.]
No habían tenido tiempo para una charla tranquila entre Reinhard y Cecilus. Por eso, el general Vollachiano no podía esperar haberse comunicado tan claramente como podría haberlo hecho con palabras. Aun así, también confiaba en haber transmitido sus sentimientos, al menos en cierta medida, ya que Reinhard, con la Espada Dragón desenvainada, parecía estar disfrutando mientras peleaba contra el hombre del kimono azul.
Tras su sentido combate, Cecilus y Chisha regresaron al Imperio. De lo que sucedió en el duelo entre Reinhard y Cecilus, los guerreros más fuertes de dos naciones enzarzados en un choque de plata, poco más se dirá; hacerlo mancharía la dignidad de aquella batalla. De cualquier forma, el combate había dejado una huella imborrable en una persona que había estado implicada en esta cadena de acontecimientos desde la llegada de uno de los generales del Imperio de Vollachia: Julius Juukulius.
[Has caminado por la cuerda floja… ¿Ya estarás satisfecho?]
La pregunta procedía de Ferris, que estaba de visita en la mansión de los Juukulius ahora que todo había terminado. Se encontraban en la habitación de Julius, compartiendo una copa. Julius consideró la pregunta. ¿Satisfecho? Bueno, ¿qué había querido en esta ocasión? Sí, había tenido cuidado; también involucró a uno de sus amigos más queridos en un engaño e hizo que otro cruzara espadas con un enemigo mortal, ¿y para qué?
[Al final, tal vez fue… envidia.]
[¿Envidia…?] repitió Ferris, y el Caballero de cabello púrpura asintió lentamente.
Sí, eso era. La punzada que Julius sintió en su interior surgió de una envidia impotente hacia Ferris y Reinhard, que ya habían decidido los caminos que recorrerían en la vida. Lo estremeció cuando se dio cuenta del momento en que había comenzado…
“La primera vez que vi a Reinhard… Creo que fue entonces cuando renuncié a la idea de estar en igualdad con él. Podría hablar con demasiada impaciencia de cómo deseo ser su amigo, de cómo anhelo ser igual a él, pero ya había renunciado a la idea de que alguna vez podría alcanzar la cima en la que él ya estaba y en algún momento poder contemplar lo que él ve desde allí.”
Entonces había apartado los ojos de esta debilidad, interpretando el papel de un amigo fino y conocedor. Su propia insistencia en que nunca podría estar codo con codo con Reinhard lo había cegado ante su envidia creciente.
[Al principio, me resultaba incomprensible que Sir Cecilus quisiera enfrentarse a Reinhard, sabiendo que nunca ganaría. De hecho, creo que elegí deliberadamente no entenderlo. Pero ahora lo comprendo.]
[¿Jhmm?]
[Hablar de «igualdad» no era más que una excusa, una fachada que utilicé para intentar distanciarme de ambos. Y al mismo tiempo, tuve el descaro de revolcarme en mi soledad cuando esa distancia creció. Fue el colmo de la estupidez.]
[Así que ahora que te has dado cuenta de eso… ¿qué hará Julius Juukulius a continuación?]
[Exteriormente, creo que no cambia mucho. Mi intención es ser amigo de ustedes dos, en igualdad de condiciones. Pero ahora por fin he comprendido lo que eso significa realmente.]
A Ferris le pareció que Julius había tomado un camino terriblemente tortuoso para llegar a lo que a él le parecía una conclusión increíblemente sencilla. El chico gato se llevó la copa a los labios y miró a Julius con ojos exasperados.
[Bueno, si eso es lo que funciona para ti, Julius, entonces supongo que está bien. Además, por fin has dejado de ir por ahí todo triste y serio, como has estado haciendo desde que volvimos del Imperio.]
[¿Tan obvio era?]
[Ajá. Casi pensé que estabas deseando ver a Reinhard pelear contra ese tipo para que te sintieras mejor. Justo como un bebé, así es como lo pensaba.]
[Debo decir que ni siquiera yo soy tan grosero.]
Julius se apoyó en el respaldo de la silla como si fuera empujado hacia atrás por la particular interpretación que su amigo hacía de su comportamiento. Allí se quedó, empapándose de la brisa que entraba por la ventana, y los dos pasaron unos minutos en silencio.
Entonces Julius tuvo una idea.
[Supongo que, en cierto modo, me siento mejor. Mis dudas se han aclarado y he descubierto cómo expresar mis sentimientos.]
[No creo que tengas que hacer nada distinto: ya eres más que igual a Reinhard y a mí, Julius.]
[Eso me conmueve, Ferris, de verdad. Pero es cuestión de que yo mismo lo acepte.]
El mago espiritual sacudió la cabeza, rechazando suavemente las palabras de consuelo, luego miró el fondo de su copa vacía.
[Me pregunto si sería capaz de parecer ser tu igual si subiéramos al mismo escenario.]
[¡…! ¿Significa eso que ayudarás a Ferris y a Crusch?]
[Estoy pensando que sería más interesante que yo mismo lanzara mi notoria persona al ruedo para algún otro candidato.]
[¡Pfff, eso no sería nada interesante!]
[Es broma.]
Julius sonrió. Quizá se le había subido la bebida a la cabeza; normalmente no hacía bromas. Ferris también se puso rojo al verlo sonreír así, y chocaron sus copas vacías.
Las palabras pronunciadas aquella noche en broma se harían realidad. Julius Juukulius se uniría a la Selección Real como Caballero, pero no en el bando de Felix Argyle. Reinhard van Astrea también desempeñaría su papel. Los tres, todos amigos, sirvieron a su país como Caballeros Reales. Tal vez fue el destino el que lo decretó, desde el momento en que uno de ellos quiso ser igual a los otros, que sus caminos estaban destinados a separarse, aunque se superpusieran brevemente.
La Danza de la Flor Plateada de Picoutatte, que tuvo lugar durante la lucha entre el Reino y el Imperio, se había convertido en leyenda, y la segunda batalla de este tipo, muchos años después y presenciada solo por unos pocos elegidos, traería aún más cambios.
Pero aquella noche, aún ignorantes del futuro, solo eran amigos compartiendo una copa.
El joven pelirrojo no tardaría en unirse a los dos, y los tres hablarían y reirían hasta altas horas de la madrugada. Por lo tanto, este es el lugar perfecto para que termine esta historia… por ahora.
FIN
