Érase una vez en Lugunica






ÉRASE UNA VEZ EN LUGUNICA
1
Los hijos heredan los nombres de su padre o de su abuelo. Eso en sí mismo no era particularmente inusual: era habitual en las familias nobles, y conocido en otras. Sin embargo, los linajes que lo hacían sucesivamente una y otra vez eran una rareza.
En la familia principal de aquella gran casa, el Jefe siempre heredaba el mismo nombre sin excepción. Era una regla absoluta independientemente del sexo, como costumbre que se había hecho durante los últimos cuatrocientos años, y continuado a lo largo de doce generaciones, probablemente continuaría también de aquí en adelante.
―Roswaal L. Mathers.
La persona cuyo nombre se pronunció era una figura de cabello azul oscuro y largo.
Se arrodilló respetuosamente sobre la alfombra roja, levantó la cabeza y miró fijamente a la persona que tenía delante. Sus ojos eran de dos colores diferentes: el derecho era azul y el izquierdo amarillo. En el Reino Dragón de Lugunica, el amarillo era el color normal de los ojos. Azules o verdes no eran raros, pero la gran mayoría eran de un amarillo terroso. Así que un ojo azul que recordaba al agua dejaba a la mayoría sin aliento por su belleza. Su llamativo perfil desprendía la misma impresión.
―…
Era un hombre joven, o más bien a una edad en la que aún se le podía considerar un muchacho. Este era un joven de catorce años, no obstante, se encontraba en una situación en la que normalmente sería demasiado para soportar a menos que se la hubiere experimentado varias veces, como sea, se enfrentó a la ceremonia con tal calma como si se le hubieran concedido nervios de acero.
Ceremonia. Sí, era una ceremonia.
En este mundo, el Reino Dragón de Lugunica se contaba entre las cuatro grandes naciones. Y esta era una ceremonia importante dentro del Reino, llevada a cabo para reconocer a aquellos que formarían parte de su nobleza. Era una ceremonia trascendental, realizada para que uno de los nobles de Lugunica pudiera informar a la persona que se encontraba en la cima del Reino de que había sucedido a su predecesor como Jefe de Familia.
―Gracias por brindarme esta importante oportunidad― dijo el joven con una voz dulce al levantar la cabeza, una voz que estaba a punto de quebrarse y aún se encontraba en la frontera entre adulto y niño. No había ni rastro de nerviosismo ante el gran escenario en la hermosa voz que acariciaba los oídos de los oyentes.
Al entenderlo por su tono de voz, muchos de los altos nobles presentes se quedaron internamente asombrados. Se preguntaron si habrían sido capaces de hacer lo mismo cuando tenían su edad. Al preguntarse esto, la mayoría negó con la cabeza, mientras que el resto eran hombres notables, o unos pocos insolentes demasiado arrogantes para admitir su verdadera valía.
―Repito, estoy aquí para informar. Yo, Roswaal L. Mathers, tomo el lugar de Roswaal K. Mathers como Jefe de Familia. De aquí en adelante, procuraré no manchar el nombre de esta casa, ni avergonzar a la Familia Real de Lugunica mientras les sirva.
Fue un magnífico informe sobre el cambio del Jefe de Familia. Aceptándolo, el rey, Randohal Lugunica, mostró a todos una amplia sonrisa y asintió.
―Su predecesor, marqués Mathers, nos sirvió bien. Como heredero de un hombre tan destacado, debe estar igualmente preparado. Pero escuche las palabras de sus súbditos, sea cercano con los ciudadanos de sus territorios y responda a su confianza con la misma. Así usted también será querido.
Las palabras del rey eran cálidas y tiernas, e idealistas hasta el punto de que quienes las escuchaban se sentían avergonzados. Si el que había dicho esas palabras no hubiera sido Randohal, y si quienes las escucharon no fueran sus súbditos, por ejemplo, si hubiera sido el Emperador de Vollachia, conocido por su severidad y agresividad, no habrían sonreído, sino que probablemente se habrían reído a carcajadas. Pero entre los súbditos del Reino, ni uno solo se rio. Lo comprendían. Esta manera tranquila y pacifista del rey era un signo por encima de todo de la paz que se conservaba en Lugunica, y de la propia estabilidad sobre la que se construía su vida cotidiana.
―Maravillosas palabras. Ciertamente lo haré. Puede que aún sea inexperto, pero me esforzaré por ser capaz de asumir el papel de mi ilustre predecesor lo antes posible.
Ante las excelentes palabras del joven, que a partir de ahora llevaría sobre sus hombros el Reino de Lugunica, el rey asintió profundamente.
―Bien. Avanzar con paso firme es lo mejor. Espero grandes cosas de sus esfuerzos.
Recibiendo el ánimo de Randohal, el muchacho se levantó suavemente y se dirigió hacia los presentes. Luego, con una elegante reverencia, dijo: ―También me esforzaré por aprender mucho de todos ustedes, damas y caballeros. Soy joven, pero estoy deseando trabajar con todos los preseeeentes.
De espaldas al rey, cerró un ojo, solo con el amarillo miró despectivamente a los que lo rodeaban.
2
―Cielos, tengo los hombros tan rígidos.
Al decir esto, el muchacho, Roswaal, giró los hombros en un amplio arco, después de haberse quitado el traje de etiqueta. Había abandonado el Castillo Real y ahora se encontraba en la habitación de una posada situada en la frontera entre el Distrito Nobiliario y el Vasallo. Bastante caro para un plebeyo y considerablemente barato para un noble. A Roswaal le gustaba esta ambigüedad, y siempre elegía alojarse allí cuando pasaba una temporada en la Capital Real.
―Aunque el hecho de que el propietario me tratara tan bien hace unas décadas también fue un factoooor decisivo.
Si alguien hubiera estado cerca para oír ese murmullo, probablemente se habría sorprendido por su forma madura de hablar. Esas palabras no encajaban con el muchacho que deslizaba un dedo por el marco de la ventana y que miraba las tiendas y casas de los alrededores. Sin embargo, cualquiera que hubiera estado cerca para ver la forma en que estaba allí no habría podido reírse de sus palabras como si fueran una broma.
Roswaal L. Mathers.
El muchacho que acababa de terminar su audiencia con el rey en el Castillo Real tenía una presencia que no correspondía con su juventud. El anterior Roswaal había fallecido repentinamente, y el siguiente Roswaal en la sucesión era este muchacho.
Él lo comprendía, pero su cuerpo, que estaba desarrollando constantemente una afinidad con su alma, tenía motivos para ser considerado una obra Maestra dentro de la sucesión familiar de los Mathers, que se había prolongado durante unos cuatrocientos años.
―Entonces tendré que cuidarlo bien.
Tocando suavemente su propio cuerpo, Roswaal respiró hondo y se apartó de la ventana.
Hoy no lo acompañaban sirvientes ni guardias. Roswaal odiaba ir por ahí transmitiendo que era un hombre importante. Más bien, sería más exacto decir que se le daba mal. Nunca había perdido la costumbre de preocuparse por su imagen pública, que tenía desde hacía mucho, mucho tiempo.
―Bueno, entonces, el tiempo es limitado. No puedo desperdiciarlo.
Aunque los asistentes que habían presenciado la audiencia de Roswaal con el rey lo consideraban magnífico, tenía algo del nerviosismo que cabría esperar en un escenario tan grandioso. Con eso fuera del camino, quería tomarse un descanso, pero desgraciadamente tenía mucho que hacer para que un aristócrata novato como él se hiciera popular.
Por ahora, aunque la tarea más importante había terminado, aún quedaban otras personas y lugares a los que hacer una llamada de cortesía. En particular, la institución de investigación mágica de la capital esperaba la visita de Roswaal, ya que Roswaal J. Mathers, de dos generaciones atrás, la había fundado, y ahora él heredaría sus conocimientos.
Durante la generación anterior, había sido un lugar que había visitado cada vez menos. Pero el Roswaal de esta generación no haría lo mismo. Necesitaba mantener una relación cercana con ellos.
―Bien, ¿entonces me vooooy?
Murmurando como si intentara persuadirse a sí mismo, Roswaal salió de su habitación con una vestimenta minimalista.
Informó al dueño de la posada de su hora aproximada de regreso, que lo despidió al salir. Como el sol aún estaba alto en el cielo, decidió mentalmente el orden de sus destinos, y luego entrecerró los ojos una vez más ante la vista de la capital, que se extendía ante él al pie de la carretera en suave pendiente.
Desde los problemas de hacía aproximadamente 25 años, no había habido grandes guerras en el Reino de Lugunica. Por supuesto, habían lidiado con las chispas de las disputas, pero habiéndolas apagado antes de que se convirtieran en fuegos arrasadores, los meses y los años habían pasado sin grandes problemas.
―...Hm. Que esto me conmueva tan profundamente es bastante inesperado― dijo Roswaal con una leve risa ante su leve sentimentalismo hacia la pacífica ciudad.
El hecho de que una vez hubiera gente que se esforzaba por protegerla cada día brillaba en sus recuerdos incluso ahora. Pero que él hubiera sido el primero en dejarlo todo atrás era un sentimiento complicado. Estar aquí le facilitaba dejarse llevar por esos pensamientos.
Para no cruzarse por descuido con gente que había conocido en las dos generaciones anteriores, se había mantenido alejado de la capital durante su iteración anterior. Pero...
―Esta vez, no puedo hacer eso. Necesito estar totalmente preparado.
En cualquier caso, a partir de ahora no podía permitirse cometer ningún error. Eso también había sido el caso hasta ahora, pero tuvo que prepararse mucho más que antes. La razón era...
―¡Oh, lo siento!
―Oh, vaya.
Había estado caminando sumido en sus pensamientos y chocó inesperadamente con una figura que salía de un callejón. Era un niño pequeño con un sombrero en la cabeza que le cubría casi toda la cabeza, y Roswaal se había detenido ante la ligera colisión. El chico, en cambio, se disculpó repetidamente y sin pausa.
―Si alguien se entera de que he chocado con un noble, podría meterme en serios problemas. Déjame ir solo por esta vez, ¿quiere?
―Es una petición muy deeeescarada. Si te fijas por dónde vas a partir de ahora, lo dejareeeé pasar.
―¿Ah, sí? Gracias por su amabilidad. Bueno, entonces...
―Aun así...
Después de un diálogo tranquilo, el joven se dio la vuelta rápidamente para marcharse, cuando Roswaal lo tomó por la muñeca. El chico dio un pequeño grito, y dejó caer algo de la mano que le había agarrado.
Era un penacho hecho de oro que el chico le había robado cuando chocaron.
―Es un objeto valioso. Desafortunadamente, no puedo dejaaaar que te lo quedes.
―Tch... eres perspicaz.
Tomando con su mano vacía el penacho caído, Roswaal sonrió.
―Cuando caminas entre multitudes en la capital, es una precaución necesaria.
Por sus impresionantes habilidades, estaba claro que el chico era un ladrón habitual. Sin embargo, Roswaal no tenía intención de entregarlo a los guardias.
“Nadie debería arrepentirse nunca de hacer uso de sus habilidades para sobrevivir. Si usarlas va contra la ley, entonces uno debía aprender a eludirla.”
―Viendo que he recuperado mi penacho, hoy lo dejaré pasar. Así que la proooóxima vez roba a un objetivo más fácil. No te deeeelataré.
―...Vaya que eres un noble extraño. De hecho, viéndote bien, ¡eres solo un niño!
―Sí que es raro que alguien más joven que yo me llame niño. De toooodas formas, juzgar a la gente por su aspecto es maaaalo.
―Entonces tampoco deberías ser capaz de decir que soy un niño.
―No, no. Estoy seguro de que lo eres. Al fin y al cabo, solo hay un puñado de personas mayores que yo.
El chico miró asombrado a Roswaal, que tenía el penacho en una mano y un ojo cerrado. Una provocación que, naturalmente, solo lo habría hecho sentir que se burlaba de él. Rápidamente sintió surgir un aumento de ira y apretó la mandíbula. Mientras Roswaal permanecía precavido ante su siguiente movimiento...
―¡Ragh!
―…
Contrariamente a la expectativa de Roswaal, en lugar de intentar zafarse por la fuerza, el chico se giró hábilmente y le agarró la muñeca, apuntando a un bloqueo articular. Sorprendido por la fluidez de su técnica, soltó el agarre al instante. Al momento siguiente, el chico lo golpeó con el hombro, dio un paso atrás y, aprovechando esa oportunidad, salió corriendo ágilmente hacia el callejón.
―Qué astuto.
Roswaal estaba sorprendido por el inesperado contraataque, pero lo que de verdad le había impactado era la tenacidad hacia su botín. El penacho que acababa de recuperar le había sido robado de nuevo de las manos. Apreciaba mucho aquella pasión, pero no podía perder el penacho; era un artículo prestigioso.
Salió corriendo por el callejón tras el chico. Sus zapatos no eran adecuados para una persecución, pero eso no podía evitarse. Al darse cuenta de que Roswaal lo seguía, el chico hizo una mueca. Mientras corría, Roswaal hizo uso del mapa que había dibujado en su mente y persiguió al joven hasta un callejón sin salida con precisión.
―E… Eres... per... persistente...
―Ya te lo dije, ese objeto es muy valioso. Si fuera cualquier otra cosa, no me importaría entregártelo como recompensa por luchar tan bien, pero no es el caso. Así que...
Empujado contra la pared, el muchacho se puso rígido mientras Roswaal intentaba recuperar el penacho. Su curiosidad había crecido hasta tal punto que se planteó invitar al chico a comer después de esto y preguntarle por sus circunstancias. Sin embargo…
―Lo siento, pero ese es mío.
Inmediatamente después de esas palabras, una figura imponente se dejó caer en medio de ellos desde las alturas.
―…
La figura había caído, literalmente, desde lo alto del estrecho callejón. El momento de la intrusión fue casi como si hubieran estado observando la persecución entre Roswaal y el chico. Saludando al hombre grande frente a él, Roswaal frunció el ceño.
Era un hombre peculiar, de complexión atlética y rasgos faciales imponentes como rocas. Aproximadamente de unos veinte años, vestía ropas sucias que podría llevar cualquier viejo rufián de la capital. Aun así, el aura de autoridad que se cernía alrededor del hombre era algo refinado para un simple maleante.
―¡Capitán!
―Retírate, Bel. Tengo un montón de cosas que quiero decirte... Pero por ahora, lleva tu trasero devuelta― respondió bruscamente el hombre al que se dirigía como Capitán mientras los ojos del chico se iluminaban ante su aparición.
Al oír esto, y observando al chico que había acorralado, Roswaal cerró un ojo y miró al hombre con su única pupila amarilla.
―«Capitán» es un poco exagerado, ¿o no? No pareces ni de edad ni de posición para estar al frente de un grupo de caballería en un callejón tan recóndito...
―Basta de sarcasmo, joven noble. La sorprendente falta de sentido del peligro es un defecto común entre tu gente. Gracias a eso, se nos hace más fácil.
―...Hm.
Fue una respuesta sorprendentemente educada, y Roswaal reflexionó sobre el poco sutil diálogo. El hombre que tenía ante sus ojos le provocó una oleada de curiosidad de la misma manera que lo había hecho el chico que tenía detrás. “Si fuera posible, querría tener una conversación más profunda con él.”
―Me pregunto. ¿Qué tal si intentamos una negociación pacífica entre nosotros? No quiero hacerte daño. Además, no pienso tomarme la molestia de condenarte por robar.
―¿Estás asustado?― le preguntó el hombre.
―¿Asustado? ¿Yo? ¿Exactamente por qué y de quién iba a estar asustado? Yo mismo derroté al que más me asustaba en el mundo hace mucho tiempo.
Roswaal intimidó a su oponente, extendiendo los brazos mientras pedía una discusión razonable. Al igual que el hombre que estaba delante de él tenía una personalidad distinta a la de un maleante, Roswaal también había transmitido que no era el ingenuo muchacho de catorce años que aparentaba ser.
Por otro lado, a pesar de comunicárselo claramente, la actitud del hombre no cambió en lo más mínimo.
―A pesar de las apariencias, parece que lo que tienes en la cabeza está muy lejos de la realidad― dijo. ―Voy a darte una lección.
―...Te vas a arrepentir de esa gran boca que tienes― replicó Roswaal.
En el momento en que se dio cuenta de que sus negociaciones se habían frustrado, hizo su jugada.
Había unos cinco metros entre ellos, pero Roswaal, envuelto en el viento, cerró la brecha en un instante. Su objetivo era el torso de su oponente, cuya velocidad era notable. Sus músculos eran duros como una armadura, pero si el impacto atravesaba las aberturas, sus órganos internos serían presa fácil.
Un solo golpe acertado aplastaría los órganos internos detrás del músculo; era una técnica llamada fa jin que había aprendido hacía dos generaciones. Para asestar el golpe, Roswaal colocó la palma de la mano sobre el estómago de su oponente y...
―¡Jah!
El golpe hizo contacto al mismo tiempo que daba un paso, y el retroceso pasó por detrás de él. El viento que nació de él se llevó el polvo del callejón, y una sensación rebotó por todo su cuerpo.
La potencia con la que desgarró sus órganos internos agotó fácilmente la fuerza de las dos piernas que sostenían su enorme estructura.
Naturalmente, sin ningún apoyo para su cuerpo, este cedió... y aun así, permaneció de pie.
―¿Qué?― Roswaal pronunció sorprendido.
―Ah, mierda... Eso dolió, mocoso larguirucho.
Habiendo fallado la suposición de que se caería, el hombre chasqueó la lengua y apretó las muelas con frustración. Al ver esto, Roswaal tragó saliva. No es que hubiera disipado el impacto con alguna técnica especial. Simplemente lo soportó con una tenacidad demencial.
Sus ojos se abrieron de par en par ante esta revelación, cuando el hombre sacudió ampliamente su cuerpo, soltando los puños. El único golpe, envuelto en un poderoso viento, golpeó al petrificado Roswaal en las entrañas con un impacto devastador.
―...Gahg.
Lanzado hacia atrás, Roswaal se estampó contra una pared. La cabeza le dio vueltas. Antes de darse cuenta de lo que había pasado, sus sentidos empezaron a desvanecerse...
―...Mierda, no he terminado. Qué patético...
Con esas últimas palabras de autorresentimiento, perdió completamente el conocimiento.
3
―…
―¿Está despierto?
Roswaal volvió en sí y abrió los ojos.
Frente a él, vio el cielo azul que había sido arrancado con tanta violencia. Sentía una dura sensación en la espalda, y pudo comprender que yacía tendido en el suelo, en un entorno inhóspito.
Poco a poco, comprobó la coherencia de su conciencia y memoria, recordando los acontecimientos que habían tenido lugar justo antes de perder el conocimiento, cuando el dolor en el abdomen le recordó que lo habían molido a golpes.
―Ah, au, au, au...
Con una mueca de dolor, se incorporó y se miró nerviosamente el estómago. La parte delantera de su chaqueta estaba abierta y le habían colocado una bolsa de hielo sobre su delgado y expuesto abdomen. Enfriar un hematoma era una simple medida de primeros auxilios. Además, le habían tendido un fino abrigo bajo el cuerpo, lo que indicaba que alguien lo había estado atendiendo. Ese alguien era...
―...fuiste tú, ¿verdad?
El joven rubio se encogió de hombros.
―Espero no haber sido demasiado entrometido.
Era un personaje característico de una edad similar a la de Roswaal, con un perfil apuesto y unos ojos verdes de mirada astuta. Posado en un escalón del callejón, sostenía un libro en una mano mientras miraba fijamente a Roswaal. A juzgar por el hecho de que no llevaba abrigo, no cabía duda de que había sido él quien le administró los primeros auxilios.
―Ah, si quiere los detalles, es bastante sencillo. Oí un alboroto en el callejón... bastante fuerte, por cierto. Eché un vistazo por curiosidad y lo encontré allí desplomado.
―¿Y tu conciencia te dijo que hicieras primeros auxilios? Vaya, vaya, parece que tienes un carácter bastante honesto. Tus padres estarían orgullosos.
―No, aunque fuera lo correcto, mis padres no me alabarían. En todo caso, sería mucho más grave si hubiera abandonado allí al nuevo Jefe de Familia de los Mathers.
―…
Al haber adivinado correctamente su identidad, a Roswaal se le cortó la respiración.
“Este joven no tiene ninguna intención maliciosa hacia mí”, pensó, basándose en el hecho de que lo había ayudado. “Probablemente tampoco sea aliado de los otros dos. Entonces, su intención debe ser...”
Después de pensarlo un poco, Roswaal llegó a la conclusión de que lo más probable era que el objetivo del joven fuera obtener algún tipo de recompensa de él.
―¿Ha considerado que podría tener buenas intenciones?
―¿No es eso algo que tú mismo acabas de negar? Ya que has dejado claro que eres consciente de que la persona a la que salvaste es de la familia Mathers... probablemente tengas un motivo oculto.
―Tiene razón. No lo niego.― Levantando ambas manos, el joven afirmó las sospechas de Roswaal con una pequeña risa.
La integridad de la interacción hacía tentador continuar la conversación. Sin embargo, no podía ceder a ese deseo. Tras comprobar sus pertenencias, sabía que su cartera y sus joyas estaban a salvo. Pero, lo más importante, el penacho, no aparecía por ninguna parte. Estaba claro que, desde que había sido derrotado, el botín se lo había llevado el vencedor.
Roswaal se levantó lentamente y se quitó el abrigo.
―Tengo que recuperarla...
―¿Está bien?― preguntó el joven.
También habiéndose puesto de pie, era un poco más alto que Roswaal.
―No conozco las circunstancias, pero ¿no sería mejor descansar un poco? Si no, al menos puedo llamar a su sirviente o acompañante…―
―Por desgracia, viajo solo por la capital. No tengo a nadie en quien pueda confiar. Un joven que acaba de heredar el asiento de una gran casa sería, desde el punto de vista de cualquiera, nada más que algo desagradable a la vista, ¿Verdad?
―Podría ser solo mi imaginación, pero parece estar en una posición bastante envidiable.
―Hablas con franqueza, no lo oooodio.
“Además de ser amable, la química en el ritmo de nuestra conversación me está dando una impresión bastante favorable de él.” Mientras evaluaba a la otra parte, Roswaal se dio la vuelta hacia el final del callejón, hacia la calle principal. El joven que había robado el penacho y el hombre corpulento que lo había protegido, tenía que encontrar al menos a uno de ellos, y recuperar su objeto perdido.
―Si no me equivoco, parece que está planeando algo peligroso...
―Sí... Querer reunirme con quien me noqueó de forma tan despiadada probablemente se consideraría peligroso según el sentido común. ¿O tú qué crees?
―Sin duda, sería peligroso. Más aún si no tiene a nadie en quien confiar.
―Qué útil.
No necesitaba que le dijeran que era una misión suicida, pero Roswaal tenía una buena razón para no retirarse. Acababa de jurarse a sí mismo que el fracaso ya no sería una opción. No podía permitirse dejar la cuenta pendiente.
―Los Mathers son una magnífica familia de nobles. No tiene que hacerlo todo usted solo. ¿No tiene también la opción de conseguir la ayuda de los guardias de la capital?
―Como ya he dicho. Los jóvenes estamos en desventaja. Un paso en falso y te comerán vivo los ambiciosos que te rodean. Por eso no puedes confiar en la gente.
―Ya veo. Empieza a parecer cada vez más indefenso. Entonces, ¿ya ha ideado un plan para resolver la situación por su cuenta?
―Por desgracia, tendré que improvisar.
Después de todo, acababa de abrir los ojos tras una derrota inesperada. Tenía que actuar antes de que vendieran el penacho o huyeran a otra parte. O, en el peor de los casos, antes de que lo perdieran por descuido.
Como si intuyera lo que Roswaal pensaba, el joven asintió con la cabeza y soltó un entusiasta:
―¡Ya veo! ¿Qué le parece, marqués Mathers? No parece tener a nadie más de quien depender dadas las circunstancias, y el hecho de que nos hayamos cruzado parece cosa del destino... ¿Qué tal si me permite ayudarlo?
―¿Tú? ¿Ayudarme? ¿Con qué motivo?
―Por el mismo motivo que me impulsó a atenderlo. Mi familia es solo una de las cien familias de comerciantes de la capital. Como segundo hijo, no me espera un futuro muy brillante... Y ahí es donde entra usted.
El joven señaló a Roswaal, mostrando una sonrisa despreocupada y calculadora.
Con su sonrisa pícara, continuó:
―Acabo de tener el placer de relacionarme con un noble de una casa estimada, completamente desamparado y solo. No hay nada malo en soñar un poco, ¿o no?
―...Entiendo lo que dices, pero eres considerablemente decidido. Si yo fuera de los le disgusta alguien por la actitud, o me repugnaran los que descaradamente intentan ganarse mi favor, todo habría acabado para ti en un instante.
―... ¿Es usted de esa clase de personas?
―…
Ante el tono desafiante y la mirada de sus ojos, Roswaal soltó una ligera risa desenfadada.
Se trataba de un joven dispuesto a hacer una apuesta audaz. Una cualidad necesaria para apoderarse del propio destino. Y, para Roswaal, ese era un rasgo humano deseable. Como tal, el joven que había triunfado en su juego de vida o muerte necesitaba una recompensa adecuada.
―Soy Roswaal L. Mathers, y me gustaría aceptar tu propuesta.
―...Ja, ja, qué alivio. Mire... me sudan las palmas de las manos y me tiemblan las rodillas.
Relajando su tensa expresión, el joven dejó escapar un exagerado suspiro de alivio.
Roswaal se encogió de hombros.
―Eres un buen actor.
Continuó preguntando el nombre de aquel hombre que se había atrevido a tenderle la mano en esta despiadada Capital Real.
―¿Y tu nombre es...?
―Russell. Soy Russell Fellow. Encantado de conocerlo.
Al decir esto, el joven, Russell, esbozó una sonrisa terriblemente ambiciosa.


4
―Bien entonces, Marqués, lo que está buscando es…
―Roswaal. Si quieres, por favor, llámame así, ¿de acuerdo? Si andamos juntos por las calles a partir de ahora, me gustaría pasar desapercibido.
―De acuerdo. Entonces, Roswaal.― Se dirigió a él sin título, indicando que captaba con precisión las intenciones de Roswaal.
Acompañado por Russell, que le había ofrecido su ayuda, Roswaal salió del callejón y se dirigió a la vía pública. La gente iba y venía por la calle principal. Como era de esperar, las dos figuras de antes no aparecían por ninguna parte. Aunque hubieran querido perseguirlas, no quedaba ni rastro de ellas.
―¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?― preguntó Roswaal.
―Unos diez minutos después de que lo encontrara― respondió Russell.
―Corrí al lugar en cuanto oí el alboroto, así que supongo que más o menos a la misma hora en que nuestros muchachos se fueron.
―Ya veo. El objeto que busco es una reliquia familiar. Tengo que recuperarlo como sea.
―¿Podría darme una descripción detallada?
―Es un penacho de oro, del tamaño de la palma de la mano, y está decorado con el escudo de mi familia.
No era un objeto muy importante, pero era el símbolo del Jefe de Familia. Al ser robado, no estaba seguro de lo que dirían los demás nobles, por no hablar de sus parientes. Además, le tenía un apego considerable.
―Si solo lo hicieron por el dinero, entonces es extraño que no se llevaran ningún otro objeto de valor― dijo Roswaal.
―¿Está diciendo que su intención era el penacho desde el principio?― preguntó Russell.
―Bueno... Eso es algo que creo que solo sabremos de los hombres en cuestión.
Seguramente tuvieron tiempo suficiente para rebuscar en los bolsillos de Roswaal antes de que llegara nadie más al lugar. “¿Se abstuvieron de hacerlo bajo las órdenes del hombre al que llamaban Capitán?”
―En cualquier caso, al hombre lo llamaron «Capitán»…― Murmuró, pensativo, Russell al oír la descripción de los dos sospechosos.
―¿…? ¿Lo conoces?
―En realidad...― Russell continuó.
―Roswaal, ¿ha oído hablar de la «Hermandad» que ha estado dando vueltas por la capital en estos días?
―¿La Hermandad?― repitió Roswaal. No recordaba el término ni en su nombre ni en su contenido, así que negó con la cabeza.
―No, nunca he oído hablar de ellos.
Como ya se ha dicho, Roswaal se había distanciado de la capital durante un buen tiempo. Era cierto que no tenía ninguna relación con los recientes sucesos de la ciudad.
―En la capital hay varias clases sociales, divididas a grandes rasgos en tres grupos: nobles, plebeyos y pobres, como ya sabe. La Hermandad es un grupo fundado por jóvenes empobrecidos que se oponen colectivamente a esa discriminación clasista.
―¿Un grupo de jóvenes manifestando su descontento con los tiempos que acontecen, hm? Sueeeena probable.
―Como grupo, atacan a nobles, roban objetos de valor y organizan asaltos en nombre del castigo. Y el llamado «Capitán» que los lidera tiene la misma descripción que el hombre que lo golpeó.
―Así que era el Capitán de la Hermandad, ¿eh?
Después de escuchar la explicación de Russell, Roswaal comprendió la razón por la que había sido el objetivo. En resumen, un joven inmaduro caminando solo sin acompañantes era un blanco fácil. Se sintió aliviado al saber que no era un rencor personal contra la Casa Mathers. Sin embargo...
―Pero, ¿qué hace la guarnición de la capital dejando que estos rufianes anden por ahí? Si no es suficiente para que los caballeros actúen, al menos los guardias deberían hacer algo al respecto...
―Usted mejor que nadie debería saber la respuesta a eso.
―...Ya veo. Así que ese Capitán los ha sobrepasado.
Si era ese hombre, el Capitán que había derribado incluso a Roswaal de un solo puñetazo, las tropas de élite de la guarnición de la capital no tendrían ninguna oportunidad.
“Qué hombre tan increíblemente aterrador.”
―Pero los caballeros no son tan ingenuos como para dejar que los asuntos internos se desarrollen así. Debe haber algo más... ¿cierto?
―Tiene un ojo perspicaz. Está en lo cierto, la guarnición no sabe qué hacer con la Hermandad. El problema es que no se limita solo a ellos. La capital tiene otro asunto además de la Hermandad.
―Que es…
Justo cuando intentaba insistir en la siguiente parte de la historia, fueron interrumpidos. Un hombre de mediana edad que salía de un puesto callejero se acercó a ellos.
―Russell, sobre la persona que estás buscando...
Por el momento, ambos habían estado confiando en la amplia notoriedad de Russell para rastrear los pasos de la Hermandad a través de testimonios visuales de los plebeyos en las calles. Una de estas fuentes, el dueño del puesto, comenzó a hablar en voz baja.
―Se dice que utilizaron los callejones del lado oeste para escabullirse a los barrios bajos. La seguridad pública ha sido bastante mala en esa zona, pero parece que ahora esos tipos de la Hermandad han ampliado su influencia por allí.
―El lado oeste, ¿verdad? Gracias. Si te enteras de algo más, házmelo saber― respondió Russell amablemente, antes de entregar una pequeña bolsa con una recompensa al tendero.
Tras confirmar su peso, los despidió con una sonrisa.
―Gracias por su confianza.
Una vez que perdió de vista al tendero, Roswaal comentó:
―Pareces bastante hábil en esto. ¿Llevas tiempo haciéndolo?
―Por «esto», ¿se refiere a…?
―Ayudar a nobles tontos a recuperar sus reliquias robadas.
―No, no, claro que no. Una gran aventura como esta es la primera para mí. Pero tengo muchos conocidos entre los comerciantes de esta zona. Trabajé duro para asegurarme de tener algunas conexiones por si acaso.
Sonaba a modestia, pero Roswaal podía sentir la firme convicción que había tras las palabras de Russell. Y le gustaba ese tipo de preparación paranoica. Todos los retos de la vida dependían del grado de preparación de cada uno antes de enfrentarse a ellos.
Lo que para otros podía parecer una precaución innecesaria podía salvar una vida en caso de emergencia.
Y las experiencias acumuladas por Russell habían contribuido sin duda a la cuota de dificultades de Roswaal.
―Lo he decidido. No importa cómo acabe el día, como mínimo conocerte ha sido un golpe de una extraña buena suerte.― dijo Roswaal.
―Entonces es mi trabajo poner esa suerte en uso...― respondió Russel.
―Según lo que se dijo antes, el camino que tomaron es este callejón. Cuidado por donde pisa.
Mientras Russel guiaba el camino, Roswaal rozó suavemente su abdomen. Las secuelas del golpe anterior eran sucedidas por ataques extremos de dolor incluso ahora.
La casa Mathers era conocida por sus proezas mágicas, y si utilizaba magia curativa, este tipo de heridas sanarían al instante. Aun así, la magia curativa era lo único para lo que Roswaal no tenía ninguna aptitud. Era la única habilidad que no podía adquirirse a través de generaciones de carne y hueso. Hubo un tiempo en que la sangre con una aptitud superior para el maná de agua se introdujo en la familia, pero incluso entonces, fue en vano. “Me pregunto si esto es algún tipo de maldicioooón.”
No era exagerado decir que la capacidad de curar a la gente era el poder más noble de este mundo. Y Roswaal carecía de las cualidades de bondad necesarias para ser bendecido con esa aptitud. Era un testimonio de la sangre sobre la que se había cimentado la familia Mathers: capas de resentimiento y sacrificio.
―Hablando de eso, continuando con nuestra conversación anterior... Dijiste que la guarnición se enfrentaba a otro problema además de la Hermandad. ¿Cuál es?
Russell respiró hondo en respuesta a la pregunta planteada desde atrás. Debido a que ya habían pisado una sección de los barrios bajos, Russell estaba alerta de su entorno, y volvió a comprobar la zona en busca de cualquier señal de vida antes de responder.
―El problema de las clases sociales está muy arraigado. En cierto modo, la Guerra Semihumana también tenía esas raíces, ya que el linaje era la causa de la lucha. Aunque...
―Por ese prefacio, supongo que hay otro grupo por encima de la Hermandad que se preocupa por la clase social.
―Sí, lo hay. La Facción del Ala Dorada es un grupo de nobles, todo lo contrario de la Hermandad y su reunión de campesinos.
―La Facción del Ala Dorada... Hm.
Roswaal reflexionó sobre el nombre de este nuevo grupo. Nobles preocupados por el sistema de clases sociales, y un grupo que se formaba en torno a eso. En resumen, los nobles que participaban en él eran...
―...nobles débiles, o los segundos y terceros hijos de sus respectivas familias. Lo más probable es que sean una reunión de aquellos a los que nunca se les dio el importante papel de heredero de la familia y han desarrollado un exagerado sentido de noooobleza.
―Muy despiadado. Pero tiene razón.
Incluso entre los nobles, había un número inesperado con malos ideales. Aun así, los nobles no podían existir por sí mismos. Solo con la existencia de la gente en su territorio y aquellos bajo su protección podían ser nobles. Sin embargo, muchos de los que nacían en la aristocracia eran nobles solo de nombre, criados sin sentido de la responsabilidad ni del deber. Para mantener su propia imagen, no les quedaba más remedio que demostrar que ellos también eran nobles.
Habría sido un cuento impresionante si lo hubieran hecho a través de la política o las buenas acciones.
―Castigar a los peones problemáticos o a los pobres para mantener la imagen de la capital... Esos movimientos de vigilancia han llevado las cosas demasiado lejos. ¿No es eso lo que causó el surgimiento de la Hermandad en primer lugar?
―Todos nacieron más o menos en la misma época, pero cuál surgió primero es una discusión bastante improductiva― explicó Russell.
―Tanto si la Hermandad nació del odio a la presión de la nobleza, como si la Facción del Ala Dorada creció por la incapacidad de pasar por alto las acciones violentas de la Hermandad, lo cierto es que ambas están causando problemas a la capital.
Como ciudadano de la capital, Russell parecía bastante cansado de todo aquello: la forma en que hablaba de los dos grupos problemáticos estaba llena de aversión.
En cualquier caso, era obvio por qué la guarnición de la capital estaba ocupada. Por un lado, la Hermandad continuaba su violenta expansión sin dudarlo. Por el otro, la Facción del Ala Dorada ostentaba la posición y el poder de la nobleza solo de nombre, al mismo tiempo que aparentaba preocupación por el Reino.
Ambas organizaciones representaban los retos a los que se enfrentaban todos y cada uno de los países, no solo Lugunica. La humanidad no estaba lo suficientemente desarrollada como para manejar fácilmente tales cosas.
―Estamos a punto de entrar en la zona que mencionó el testigo. Si este hombre es el Capitán de la Hermandad, probablemente estará rodeado por su pandilla. Tenga cuidado.
―Lo tendré. Su pandilla solo supondrá un pequeño problema... Aunque, en mi opinión, parece del tipo que no deja la lucha para otros.
“Los hombres de fuerza increíble a menudo se ven inmovilizados por sus camaradas. Especialmente ese Capitán, que se enfrentó a mí para proteger al carterista. Si exijo una revancha por justicia, es muy posible que acceda.” Justo cuando reflexionaba sobre tal posibilidad...
―…
Al sentir una mirada no solicitada en la nuca, Roswaal se giró lentamente. La mirada no tenía malicia ni hostilidad. Pero, con la advertencia de Russel, se mostró cauteloso con su entorno. Aun así, esta mirada superó su vigilancia y lo encontró a plena vista.
Y el dueño de la mirada era...
―... ¿Un niño?
Parado en una esquina de los barrios bajos había un niño solitario. De unos cuatro o cinco años, vestía una camisa blanca bien ajustada y pantalones cortos. Con una apariencia pulcra impropia de los barrios bajos, solo se podía adivinar que era hijo de una familia noble.
Tenía una cabellera de un rojo intenso y unos llamativos ojos azules que parecían contener el mismísimo cielo. Entre sus rasgos infantiles bien formados, sus ojos azules observaban inocentemente a Roswaal y a Russell. Roswaal jadeó ante la mera visión de aquellos ojos, sin saber por qué había jadeado exactamente.
―...Tú... eres...
―... ¿Roswaal?― Al oír la voz ronca de Roswaal, Russell miró por encima del hombro, fijándose en el niño.
Sus ojos se abrieron de sorpresa ante la inesperada visión. Al ver la reacción de los dos chicos mayores, el niño abrió la boca.
―Um, por favor, esperen. Mi padre está trabajando.
―... ¿Tu... padre... está trabajando?
―Sí. Está intentando razonar con su amigo. Así que...
El niño miró hacia el final del callejón donde se dirigían Roswaal y Russell. Si se confiaban en sus palabras, allí era donde estaría trabajando su padre. La razón por la que los había detenido era para que no molestaran a su padre.
―... ¿Qué debemos hacer?― Preguntó Russell en voz baja al lado de Roswaal.
A quien afectaba este problema era a Roswaal. Russell no era más que un aliado sin voz ni voto en el asunto. Por supuesto, podían ignorar la petición del niño y seguir adelante, pero...
―De acuerdo. Esperaremos hasta que tu padre termine su trabajo.― Aseguró Roswaal.
―¿Te parece bien?
―¡...! Sí, ¡gracias!
Al oír su respuesta, al niño se le iluminó la cara e inclinó la cabeza. Al mismo tiempo, la atmósfera algo tensa se había suavizado, y Roswaal y Russell intercambiaron miradas.
―¿Está bien si pregunto algo?― preguntó Russell, inclinándose por la cintura.
―Tenemos algo que hacer por aquí. ¿Podrías decirnos el nombre de tu padre que trabaja por aquí?
―¿Mi padre? Mi padre es...― El niño respondió sin miedo a la pregunta de Russell. Sus ojos tenían un brillo orgulloso, como si estuviera pronunciando el nombre de la persona más fiable de todo el mundo.
―Heinkel Astrea. Así se llama mi padre.
5
Mientras tanto, al mismo tiempo que el encuentro casual de Roswaal y Russell con el niño.
―...Oye, ya regresa con los caballeros. ¿Cuánto tiempo vas a estar así de molesto? Los dos somos adultos.
En una esquina de los barrios bajos, bordeada de edificios abandonados, dos hombres se enfrentaban. O mejor dicho, no sería correcto decir que lo hacían. Porque en contraste con el que hablaba, el otro miraba al cielo con pésima actitud.
―Adultos, ¿eh?― El hombre que miraba al cielo con desgana bajó la mirada.
―Tú también eres bastante persistente. ¿Por qué no le das un descanso?
Era evidente por su comportamiento que se estaba impacientando tanto por las palabras dichas como por el propio emisor. Por todos los aspectos de su comportamiento, era obvio que despreciaba al otro. Naturalmente, esto también era obvio para la parte a la que iba dirigida tal actitud.
―No puedo echarme atrás solo porque tú me lo digas. Sabes la complicada posición en la que me encuentro. No seas tan duro.
―Sabes, he estado pensando, eres terriblemente arrogante en la forma en que te diriges a mí. ¿Desde cuándo somos tan buenos amigos, tú y yo?
―Eso es...
―¿Seguro que no piensas así solo porque tenemos al mismo maestro? ¿Cuántos alumnos tiene Bordeaux? ¿Son todos ellos tus amigos?
―…
Con una expresión de dolor grabada en el rostro, el hombre que había optado por palabras más suaves enmudeció.
Era un hombre apuesto, de cabello rojo fuego, rostro amable y bien definido. Su voz y su semblante eran dulces, dotados de rasgos que muchos encontrarían atractivos. Desgraciadamente, eso no bastaba para llegar al hombre que tenía delante.
Por su conversación, era obvio que la relación entre ambos nunca había sido buena. En cualquier caso, los dos estaban frente a frente, aquí y ahora...
―Heinkel, ya es hora de que dejes de ser amable con todo el mundo. Por ser así te han obligado a hacer un trabajo para el que no sirves.
―¿Obligado? Fui yo quien se ofreció a esto.
―¿Estás seguro de eso? Me imagino a toda la gente a tu alrededor presionándote poco a poco para asegurarse de que tú mismo te ofrecieras, como siempre.
―…
El apuesto, el hombre llamado Heinkel, endureció el rostro ante aquellas palabras.
Su respuesta hizo evidente de un solo vistazo que el otro hombre había dado en el blanco, revelando una personalidad demasiado ingenua y honesta en el fondo. Heinkel, por otro lado, exhaló como para disimular sus emociones, y desenvainó rápidamente su espada, tan preciada, de la cintura.
―...La has desenvainado.
―Sí, la he desenvainado. Realmente la he desenvainado. Independientemente de lo que digas, tengo la responsabilidad de cumplir con los deberes que me han sido asignados. Tú también tienes responsabilidades. ¿Verdad... Marcos?
―No lo niego. No lo niego, pero... ¿Y qué? ¿Qué vas a hacer al respecto?
―¿Eh?
Mirando fijamente a Heinkel, con la espada desenvainada y apuntándole directamente, el gran hombre, Marcos, se rascó la mejilla. Mientras lo hacía, comenzó a acortar la distancia que lo separaba de Heinkel uno o dos pasos.
―¿Me harás volver por la fuerza bruta? ¿Puedes? ¿Por tu cuenta?
―…
Marcos balanceó sus gruesas y largas piernas y dio una patada lateral a la espada de Heinkel. La espada del caballero abandonó la mano de su dueño con el impacto y cayó a la tierra de los barrios bajos, emitiendo un triste sonido al hacerlo. Los ojos azules de Heinkel lo siguieron con sorpresa y Marcos resopló.
―¿Qué vas a hacer si no puedes blandir la espada a la que te has tomado el trabajo de desenvainar?
―Yo... Ugh...
―Recógela y lárgate, borrachales― le espetó Marcos, a lo que la expresión de Heinkel se contorsionó claramente de dolor. Sin embargo, Marcos no lo vio, pues ya le había dado la espalda.
―Aunque apareciera una mabestia, no creas que te salvaría como la última vez.
Al sentir el rechazo inquebrantable de Marcos que le daba la espalda, Heinkel bajó los ojos. Recogió su querida espada del suelo y la envainó una vez más.
―Hacer esto entristecería a tu legendario padre― dijo.
―Rickert también está preocupado por ti...
―Tú eres el que tiene unos padres legendarios. Preocúpate por ti, no por mí; por tu hijo y por Louanna.
―…
Sucedió inmediatamente después de las palabras de Marcos.
―…
Una espada desenvainada se colocó contra el cuello del burlón Marcos. El movimiento de la espada fue como un destello de luz, pero Marcos permaneció de espaldas, con expresión imperturbable. Era la cara de un hombre que captaba la habilidad de su oponente y comprendía que no lo alcanzaría.
―Tú...
―…
―¿Tú qué demonios sabes?
―Nada. Pero lo que sí sé es que aquí no puedes cortarme la cabeza― declaró Marcos apartando con un dedo la punta de la espada que amenazaba su cuello.
Era una lucha inútil que no podía detenerse ni con un último destello de su espada, y el rostro de Heinkel se torció de humillación. Pero ni su habilidad con la espada ni sus palabras alcanzaron a Marcos.
―No vuelvas. Me das asco.― Marcos agitó la mano sin darse la vuelta para verlo.
Heinkel le dio la espalda, intentando desentenderse de las palabras que le había dicho. Incapaz de cumplir con su deber, el caballero pelirrojo comenzó a caminar en dirección al desvanecido atardecer.
―…
Al sentir que la preocupación y los pasos se desvanecían en la distancia, Marcos se rascó la cabeza de pelo corto y verde, suspirando. Tal y como le había dicho a Heinkel, se sentía mal hasta la médula. Una parte de él era autodesprecio por haber arremetido contra una persona más débil que él. Apretando los puños con frustración, Marcos miró en silencio por encima del hombro.
Entonces…
―Te advierto que estoy de mal humor. Si crees que voy a ser suave contigo, estás muy equivocado― espetó irritado al joven que había aparecido en lugar de Heinkel.
6
La ambición desvergonzada sacudió el aire, sintió como si sus órganos fueran estrujados.
Con un espíritu de lucha que había aumentado desde que se encontraron en el callejón hacía poco, Roswaal cerró un ojo y calmó su agitada mente. No podía dejarse abrumar por la energía de su oponente. De lo contrario, se repetiría su anterior derrota.
Roswaal, mojándose los labios con la lengua, hizo a propósito el primer movimiento con sus palabras.
―Esta es una situación bastante deprimente. Me pregunto si es bueno que hayas alejado a tu amigo de esa formaaaa, Marcos.
―...Oíste eso, ¿eh?
Roswaal se encogió de hombros.
―El niño nos dijo que esperáramos, así que lo oímos por casualidad.
El gran hombre, Marcos, lo miró con fastidio. Regresó su atención hacia Russell, de pie junto a Roswaal.
Marcos tenía un aura intimidante, no muy distinta a la de una mabestia. A pesar de estar bañado en ella, Russell permaneció imperturbable. Por supuesto, podía tratarse solo de una fachada, pero el mero hecho de ser capaz de mantener las apariencias de ese modo era bastante extraordinario.
Marcos pareció hacer exactamente la misma valoración de la actitud de Russell.
―Pareces frágil, pero tienes más agallas que el borrachales... Entonces, ¿has traído a un amigo igual de frágil para que te ayude a vengarte?
―Siento haberte dado una impresión tan poco meritoria. Pero tenga la seguridad de que solo estoy aquí para ayudarlo a encontrar lo que ha perdido. Pelear no es realmente mi especialidad. Mire estos brazos escuálidos.― Extendiendo los brazos en señal de sumisión, Russell negó cualquier hostilidad.
Sorprendido por su actitud despreocupada, Marcos chasqueó la lengua.
―Tch. No eres más que un enclenque. Entonces, ¿para qué demonios has venido?
―Bueno, como acabas de oír, es mi nuevo amigo― explicó Roswaal.
―Fue gracias a tu poderoso puñetazo que llegamos a conocernos. Así que me gustaría expresarte mi graaatitud.
―¿Agradecido por pegarte? ¿Qué ganaré si vuelvo a hacerlo? ¿Tu exagerado título, tus privilegios y toda esa mierda de niño rico, Joven Señor?
Con Russell colocado entre ellos, Roswaal y Marcos intercambiaron una batalla verbal. Pero en contraste con las palabras cada vez más peligrosas de Marcos, las respuestas de Roswaal seguían sobresaliendo.
Sonriendo inconscientemente aún más, Roswaal soltó una carcajada.
―... ¿Qué te hace tanta gracia?
―Lo siento. Es que es bastante novedoso que a uno lo llamen «Joven Señor»… Tu odio hacia los nobles está tan lleno de contradicciones.
―…
―A pesar de tu forma vulgar de hablar y tu coraje innato, pasas bastante desapercibido, pero mis ojos no se dejan engañar. Al fin y al cabo, soy con diferencia el más experimentado en lo que a mascaradas se refiere. Me doy cuenta por tus gestos y tu comportamiento.
El ceño fruncido de Marcos indicaba desagrado por Roswaal. Al ver que el gesto se hacía más grave poco a poco, Roswaal sintió resurgir el espíritu de lucha que intentaba reprimir. “No puedo contenerme.” Al ver a un oponente que ocultaba lo que parecía ser un extraño e inusual deseo, Roswaal no pudo contener su curiosidad.
―Eres un caballero, ¿verdad, Marcos?― declaró, mientras la distancia que los separaba se desvanecía.
Fue un paso que pareció sacudir la tierra, imprimiendo una profunda huella en el suelo. Dejando atrás la evidencia de su fuerte salto, Marcos se acercó instantáneamente a Roswaal y lo golpeó con una violenta patada.
La abrumadora fuerza destructiva le hizo darse cuenta de que se había estado conteniendo con el puñetazo en el callejón. Si se hubiera llevado por delante la suela de aquel zapato, tal vez no habría recuperado el conocimiento hasta dentro de un año. Pero…
―Antes te mostré mi lado patético. Sería vergonzoso que lo confundieran con mi verdadera fuerza. Así que déjame redimir mi honor, ¿quieeeeres?
―…
La patada frontal guardaba una cantidad absurda de poder, pero no alcanzó a Roswaal. Antes de que pudiera, diez paredes de barro se habían levantado, bloqueando por la fuerza la patada. Al ver tan inconcebible espectáculo, Marcos retiró inmediatamente el pie, rechinando los dientes.
―Un usuario de magia, ¿eh?
―¿No demuestra eso que no te estaba engañando?― preguntó Roswaal, cerrando un ojo, separado por una sola pared de barro que quedó limpiamente en pie.
Al oír esto, Marcos hizo una mueca, pateando la última pared hasta reducirla a escombros con el pie levantado. Dando un paso atrás, se tronó el grueso cuello.
―Nadie estaba viendo esa pelea de callejón. No hay necesidad de redimir tu honor.
―Bueno, no, estás tú, y mi amigo también lo sabe. Luego está el chico al que encubriste. Pero, sobre todo, hay otra persona por la que debo redimir mi honor.
―¿Alguien más?
―No puedo reunirme con mi amada Maestra sin antes borrar esta vergüenza.
Las palabras llenas de pasión eran el resultado de un palpitar en su pecho, que latía erráticamente con solo pensar en su Maestra.
Parecía que la seriedad de la situación había calado, y Marcos no hizo ningún intento de reírse. En lugar de eso, cruzó sus fornidos brazos y preguntó:
―¿Por qué?
―¿Por qué qué?
―¿Por qué exactamente tengo que estar de acuerdo con tu combate de venganza? Según tu lógica, yo gané ese combate. Así que renunciar mientras voy ganando debería ser perdonable.
―Hm. Difícil discutir con eso.
Por supuesto que no tenía ninguna razón para estar de acuerdo con la reivindicación del honor de Roswaal. Mucho menos cuando Roswaal pretendía recuperar su reliquia una vez que hubiera consumado su venganza. Para ello, tenía que conseguir que luchara de alguna manera...
―Entonces le daré una razón para que luche. ¿Qué le parece?― Russell, que se había distanciado de la pelea, interrumpió la conversación desde detrás del pensativo Roswaal.
―... ¿Lo harás?
Marcos pareció afectado por esta actitud, a lo que Russell asintió y afirmó.
―Yo también tengo la resolución de triunfar en la vida como comerciante. Como tal, no puedo rechazar una oportunidad para negociar. Así que cuente conmigo.
―Eres un cabrón sospechoso. ¿Qué te hace pensar que puedes proporcionar una razón lo suficientemente buena para que me meta con este tipo? ¿Qué demonios estás tramando?
―...Si consigue derrotar a Roswaal, le daré información sobre la Facción del Ala Dorada. Como jefe de la Hermandad, eso le sería bastante útil, ¿o no?
―…
Marcos respiró agitadamente ante las condiciones de Russell, luego chasqueó la lengua pareciendo avergonzado por su propia reacción.
―¿Sabes algo de ese grupo de cabrones malcriados?
―Los comerciantes tienen la suerte de poder entrar y salir del Distrito Nobiliario. A veces recibimos peticiones privadas de particulares para conseguir objetos difíciles de encontrar que no quieren que conozcan los miembros de su casa. Dicho esto... Tengo muchas cartas en la mano. ¿Qué le parece? ¿Todavía no le es suficiente?
―La debilidad de ese grupo, ¿eh?
Mostrando una sonrisa amistosa, Russell sacudió la balanza. Luego, tras cierto conflicto, Marcos sacudió la barbilla en dirección a Roswaal:
―Si lo elimino, me dirás cuál es. ¿Ese es el trato?
―Sí, está bien. Como puede ver, difícilmente podría deshacerme de usted si me persigue. No con estas piernas. También soy un gran cobarde, así que soy buen hablador.
―Un cobarde no haría ese tipo de apuesta aquí― espetó Marcos con violencia, a lo que Russell dejó escapar una leve carcajada de sorpresa.
Después volvió a mirar a Roswaal y le hizo una profunda reverencia.
―Pido disculpas por mi descaro, pero el escenario está preparado. Puesto que pongo como garantía la confianza que mi familia cultivó con nuestros clientes, necesitamos que gane, Roswaal.
―... Eso fue un movimiento audaz. Eres una sorpresa más grande de lo que originalmente penseeeé.
―Teniendo en cuenta su estado en el callejón, diría que soy yo el que ha encontrado algo, pero... ¡guoa!
Intercambiando frívolos sentimientos, Roswaal lanzó su abrigo a Russell, que se apresuró a tomarlo mientras gritaba:
―Retrocede.
Roswaal y Marcos se encararon y se alinearon.
―Hay recompensa, así que no me contendré. Si mueres, te cavaré una tumba profunda.
―Ohh, qué miedo. No te preocupes, solo te dejaré medio muerto.
De ambos lados se lanzaron burlas provocativas y, sin previo aviso, se enfrentaron.
El aire crujió, y en un rincón de los barrios bajos comenzó una batalla que desafiaba el sentido común entre los dos seres trascendentales.
7
En un callejón a poca distancia del campo de batalla se encontraba la figura de un solo caballero, con los hombros caídos mientras caminaba.
―...Mierda, Marcos. Ya lo sabía; no tenías que decirlo.
Arrastrando melancolía tras de sí, varias palabras implacables atravesaron el corazón de Heinkel. Aún podía sentir la sangre corriendo por sus venas. Sus pasos eran pesados, mientras pensaba en el odio a sí mismo por no haber cumplido con su deber, en su furia hacia el compañero desobediente y en las abatidas miradas de decepción que estaba destinado a recibir.
―...Padre.
―... ¡¿E-Ehh?! ¡¿Reinhard?!
Levantando la cabeza, que estaba baja, Heinkel se quedó boquiabierto al ver a un niño de pie en el callejón. Su hijo pequeño, Reinhard. No dejaba de ser asombroso que Reinhard, que debería haber estado esperando obedientemente en su residencia, no solo hubiera salido, sino que se hubiera ido a los barrios bajos de entre todos los lugares.
―Oye, oye, espera. ¿Qué haces aquí? ¡Es peligroso! ¡¿Dónde están tus abuelos?! ¡¿Qué demonios?! ¡¿Qué está pasando?!
―L-Lo siento, Padre... Estaba preocupado por tu trabajo.
―N-No, está bien. Siento haber gritado. ¿Te encuentras bien? ¿Pasó algo?
―¡E-Estoy bien!
Al confirmar la seguridad de su hijo, Heinkel respiró aliviado. Por lo que podía ver, no había heridas ni moretones en el cuerpo de Reinhard, ni parecía estar mintiendo. Era un verdadero milagro que nadie se hubiera topado con un niño tan bien vestido vagando por los barrios bajos.
―Creía que se me había detenido el corazón... No hagas que me preocupe así.
―Lo siento. ¿Estás enojado?
―No estoy enojado… ¿Quizás debería estarlo? En cualquier caso, estoy más aliviado que nada, de verdad…
Acariciando suavemente el cabello rojo de su hijo, Heinkel se puso de pie. Levantando al mismo tiempo el ligero cuerpo de Reinhard, se dirigió hacia la salida de los barrios bajos.
―Cuando volvamos, tendré que hablar con esas amas de llaves... Reinhard, por favor, no vuelvas a asustarme así. Tu padre está bien por su cuenta, así que quédate con Louanna.
―Pero ¿qué pasa con el deseo de Madre?
―…
Heinkel exhaló al ver la desesperación infantil de su hijo. El hecho de que su hijo, de apenas cuatro años, se preocupara tanto por él lo hacía sentirse patético.
“Necesito ser fuerte.”
―Si Marcos me hubiera escuchado...
―Marcos...
―Sí, es amigo de tu padre... Bueno, algo así. Es complicado. Es muy testarudo. Si volviera con los caballeros, entonces...
―¿Si vuelve, serías feliz?
―¿Hm? Sí, lo sería, lo sería. Sería fantástico.
Mientras hablaban, el padre y el hijo volvieron a las calles bien iluminadas. Tras escuchar las preocupaciones de Heinkel, Reinhard asintió entre sus brazos.
―...Concedido.
8
En los barrios bajos por la noche, la feroz batalla entre los dos seres extraordinarios continuaba.
Uno de ellos tenía el fornido físico de un gigante, cuyo cuerpo entero podría considerarse la encarnación del músculo mismo. A cada paso el suelo temblaba, y se acercaba a su adversario tan veloz como una flecha, lo que lo convertía en una auténtica pesadilla para su oponente. La fuerza detrás de cada puñetazo y patada invitaba a una muerte segura dondequiera que aterrizaran. El mero hecho de entablar combate cuerpo a cuerpo con él acortaba la vida en unos segundos.
Si uno sufría sus ataques, hilados con poderosos vientos, ningún grado de entrenamiento significaría nada en absoluto, por grande o pequeño que fuera.
El joven se mantuvo decidido en esta lucha cuerpo a cuerpo, mostrando una valentía admirable. O quizá, más que admirable, sería mejor llamar anormal a esta valentía endemoniada. El que intercambiaba golpes en tan estrecha proximidad con la violencia encarnada también podría calificarse de sobrehumano.
El todavía joven muchacho, con su largo cabello añil vagamente recogido, aprovechaba al máximo su cuerpo delgado y esbelto para atacar y defenderse de este oponente que parecía doblar su peso.
Pero lo más sorprendente no fue cómo el joven consiguió sobrevivir tanto tiempo contra su enorme oponente, sino su extraordinaria habilidad para hacer que el combate pareciese igualado a ojos inexpertos.
Y, de hecho, se aseguró de exhibir tal habilidad.
―...Tch. Eres muy hábil.
El gigante chasqueó la lengua cuando su oponente aterrizó sobre los dedos del pie que había extendido tras lanzar una violenta patada frontal. Cuando el gigante balanceó ligeramente el brazo, fragmentos de escarcha revolotearon suavemente hacia abajo. Eran los restos de las placas de hielo que habían recibido los golpes en lugar del muchacho.
Era una prueba de su lucha que, en medio del violento conflicto, el joven entrelazaba magia en el combate cuerpo a cuerpo para inclinar la batalla a su favor. Al ver esto de cerca, el gigante chasqueó la lengua con frustración, tras lo cual el joven usó su pie para impulsarse hacia atrás. Aterrizó en una zona abierta lejos de su oponente, encogiéndose de hombros y haciendo una reverencia.
―Gracias, graciaaaas― comenzó.
―Es un gran honor recibir tus elogios. Permíteme ofrecerte un cumplido a cambio. Nunca esperé encontrar a un hombre de tal categoría... Parece que el Reino sigue lleno de maravillas.
En contraste con el sonriente muchacho, el gigante no relajó su semblante molesto.
―Un noble de apariencia tan joven no debería hablar como si conociera el mundo.
Teniendo en cuenta la relación entre ambos, la respuesta del gigante era mucho más comprensible. Después de todo, ambos se habían enzarzado en una pelea nada más conocerse. Y esta pelea era una revancha, no una reconciliación.
Los dos contrincantes, un joven llamado Roswaal y una bestia corpulenta llamada Marcos, cuyo fatídico encuentro se debió a que el subordinado de Marcos había robado un valioso objeto a Roswaal. No obstante, las circunstancias de su duelo nocturno fueron algo más complejas. Y fue precisamente el propio testigo de esta complicada situación quien habló.
―Vaya, qué increíble. Desde la perspectiva de un observador, mis ojos no pueden seguir el ritmo. Hice bien en no participar, ¡no habría sido capaz de aguantar!― dijo el joven, aplaudiendo y alabando su lucha desde una corta distancia.
Marcos fulminó al joven con una mirada que haría temblar a la Guardia Real. Pero el muchacho lo encaró de frente, respondiendo con una sonrisa natural.
―Discúlpeme. Si le he causado algún disgusto, le pido disculpas.
Estaba claro que no se trataba de un chico cualquiera, por el hecho de que había tenido valor y habilidad para orquestar este duelo entre Marcos y Roswaal. Incluyendo a este joven, estos eran los tres hombres involucrados en este duelo nocturno en los barrios bajos.
―No mires hacia otro lado. Puede que seeeeas fuerte, pero la negligencia es un enemigo poderoso.
―Deja de parlotear― espetó Marcos. ―Esto no es negligencia, es autocontrol.
Extraordinarios a su manera, ninguno de los tres era inferior al otro.
9
En lo que podría considerarse una mala costumbre suya, Roswaal se deleitó al máximo en este duelo nocturno. Marcos se defendió de la avalancha de ataques de Roswaal de frente, golpeando con una violencia errática. Sus habilidades eran excelentes, mejores que las de cualquiera con quien se hubiera cruzado en las últimas décadas. Había que remontarse a la Guerra Semihumana para encontrar a alguien tan poderoso como él.
Eso fue precisamente lo que hizo que Roswaal se diera cuenta de su emoción excesiva.
Las habilidades de Roswaal hacían pleno uso de una multitud de artes marciales altamente disciplinadas. Entrelazadas con la magia para acorralar a sus oponentes, eran prácticamente imposibles de tratar al primer intento, ya que solo unos pocos elegidos podían replicar tales hazañas en los tiempos modernos.
Marcos, por otro lado, los superaba con una destreza física y una resistencia fuera de lo común. Si tenía tiempo para hacerlo, los esquivaba o repelía. Si no, se preparaba y recibía todo el impacto. Tenía resistencia de sobra para continuar la batalla.
Por otro lado, a diferencia de las diversas habilidades de combate de Roswaal, los ataques de Marcos eran simples y llanos. Se acercaba a Roswaal y lanzaba puñetazos. Lanzaba patadas. Eso era todo. Aunque, esos ataques eran tremendamente fuertes por sí solos.
Era un error común confundir a los físicamente grandes como lentos. Y, aunque eso podía ser cierto cuando el tamaño se debía a un exceso de grasa, en el caso de Marcos, la mayor parte de su robusto cuerpo consistía en una capa de músculo, similar a una armadura. Contrariamente a la impresión que daba su tamaño, sus movimientos eran rápidos.
Roswaal ponía distancia entre él y el brazo de su oponente como si fuera a quemarlo. Su corazón se estremecía cada vez que Marcos lanzaba un puñetazo.
Por supuesto, Roswaal era capaz de ir a lo seguro. De hecho, poseía magia de vuelo, una hazaña imposible de emular para la mayoría de los humanos en los tiempos actuales. Podía mantener la distancia y bombardear al enemigo desde una distancia segura. Solo eso le daba confianza para enfrentarse a la mayoría de sus oponentes, incluso a todo un ejército. Pero se negaba a ser tan poco elegante en un duelo. Por no hablar de que no podría limpiar la vergüenza de haber perdido en el combate anterior forzando una victoria desde una distancia segura.
―Además, ¿cómo podría decirle a alguien a quien respeto que ataqué a mi oponente desde lejos por simple cobardía? Nunca podría hacer eso.
―Deja de parlotear...
―Uuuups, lo siento.
Con Roswaal absorto en sus pensamientos, Marcos trazó un arco con la pierna en el aire y lo dirigió hacia su oponente. Agachándose, Roswaal esquivó la patada y saltó hacia su pecho. Y exactamente como había hecho unas horas antes en el callejón, golpeó el abdomen de Marcos.
―Pero esta vez, vamos a subir el nivel... ¡Ahora, tengo la intención de matar!
―¡Ugh!
A diferencia de la última vez, cuando su único objetivo era incapacitar a su oponente, este golpe tenía suficiente poder como para dañar los órganos internos de una gran mabestia. A diferencia del típico fa jin, se trataba de una nueva técnica que incorporaba la creatividad de Roswaal: un golpe combinado con fuego, capaz de atravesar las vísceras de su víctima.
Era una técnica asesina derivada de la peor imaginación concebible que podía incinerar e inmovilizar las entrañas que habían sido destrozadas por la explosión. Pero solo se atrevió a intentarlo por la confianza que tenía en su oponente.
―... ¡Hijo de perra!
Marcos, cuyas entrañas debían estar cocidas, respondió como era debido a las creencias de Roswaal. En el momento del impacto, tensó los músculos abdominales y se retorció ligeramente, lo que le permitió escapar de una herida mortal solo con ese movimiento. Aun así, ni siquiera él pudo salir ileso. Un hecho que encendió sus ardientes instintos de lucha.
―...Oh.
Ante el rugido de Marcos, Roswaal bajó la cabeza por reflejo. Inmediatamente después, un ataque agudo le rozó la sien, y su conciencia se nubló. No recordaba por qué había bajado la cabeza.
El hecho de que fuera para evitar el codazo devastador de Marcos era algo que no recordaría en toda su vida. No obstante, se podía suponer que había agachado la cabeza instintivamente para evitar una crisis.
Una rodilla del tamaño de la cabeza de un niño voló desde abajo hacia la cara de Roswaal. La potencia de un rodillazo era varias veces superior a la de un puñetazo, y el suyo tenía suficiente fuerza destructiva como para arrancarle la cabeza de los hombros a una persona si hacía contacto. Roswaal logró escapar agachándose hacia atrás con más fuerza que cuando había bajado la cabeza. Giró sobre sí mismo mientras unos mechones de pelo azul índigo danzaban en el aire a su alrededor, cortados por la rodilla de la que acababan de escapar.
Quitarle el ojo a su oponente a quemarropa era el epítome de la imprudencia. Pero Roswaal lo había hecho intencionadamente. En la abertura que había expuesto adrede, recibió el ataque de Marcos. Y en ese instante, su hombro derecho se hizo pedazos. El impacto no fue más que el roce del pulgar del puño de su oponente. Pero con ese único golpe, el brazo derecho de Roswaal quedó fuera de servicio.
“Aunque valió la pena”, pensó.
―Por fin estoy completamente a tu alcance.
Roswaal se olvidaba del dolor de su hombro roto y confiaba en su victoria. Había golpeado ligeramente el pecho de Marcos con la espalda. Aunque lo dejó en una postura donde daba la espalda, la superficie que hizo contacto con su cuerpo fue mucho mayor que la de su palma.
La fuerza del fa jin liberado desde esta posición era aproximadamente diez veces mayor que la liberada desde la palma de su mano, una fuerza que ni siquiera Marcos podía resistir.
Aunque fue entremezclado con magia, fue en última instancia a través de las artes marciales que venció a su oponente. Habiendo logrado esta difícil tarea, por fin podía informar a su Maestra con orgullo. Pero, en el momento en que soltó el fa jin, Roswaal se dio cuenta de algo.
―…
De espaldas, sintió que Marcos tensaba los músculos del pecho. No era una postura defensiva para resistir el poderoso golpe de Roswaal: era la postura inicial que se hacía como preparación para liberar el fa jin.
De vez en cuando, el mundo daba a luz a un titán: un hijo de la batalla, dotado de una violenta ferocidad capaz de abrumar a los demás, que le permitía absorber con facilidad las artes marciales largamente cultivadas de un oponente y manejarlas a su antojo, como si esa habilidad fuera propia.
Marcos era la representación perfecta de ese titán.
Al sentir que se preparaba para liberar el fa jin, Roswaal se estremeció. El contacto con el pecho de Marcos, que tanta seguridad le había dado de su victoria, en ese momento se había convertido en un presagio del contraataque de su oponente.
El combate dependía ahora únicamente de quién fuera capaz de asestar un golpe más rápido y devastador. Roswaal tenía una ligera ventaja por el tiempo que llevaba usando la habilidad. Aunque no era especialmente seguro frente a un titán que dominaba las artes marciales, no tenía nada más en lo que confiar. Puso fe en esas técnicas, que había trabajado y afinado cada día, para superar la existencia de ese titán... Fue en ese instante.
―…
―¿Qué?
La creciente percepción de las artes marciales contra su espalda se disipó. La tensión se relajó en un instante, dejando a Roswaal sin palabras sobre lo que había sucedido. Pero era demasiado tarde para detener la flecha que había lanzado. Su fa jin de cuerpo entero se había liberado.
El aire estalló con una explosión, y el suelo bajo los pies de Roswaal se resquebrajó. El impacto golpeó directamente a Marcos, su enorme cuerpo se quebró y cayó al suelo.
De espaldas, Marcos quedó fuera de combate. Los ojos de Roswaal se abrieron de par en par, estupefacto.
―... ¿Qué demonios?
Con el brazo derecho roto colgando sin fuerzas, el telón cayó sobre su diversión arruinada.
10
―¡Un final tan decepcionante es insoportable! No aceptaré tal victoria― se quejó Roswaal, mirando fijamente a Marcos, que estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas.
El vencedor se había decidido cuando Marcos cayó al suelo, después de haber sido golpeado con un fa jin tan poderoso. Eso estaba claro desde cualquier perspectiva. No obstante, era el propio vencedor quien se negaba obstinadamente a aceptarlo.
Frotándose suavemente el estómago, Marcos suspiró:
―Veas por donde lo veas, has ganado. A diferencia de nuestra última pelea en el callejón, esta vez el noqueado soy yo. No tengo nada que decir. Entonces, ¿cuál es el problema?
―¿Cuál es el problema, dices? Todo. ¡No me satisface nada! Solo estuviste fuera dos o tres segundos. Qué tal una revancha... ¡Ay, ay, ay!
―Por favor, cálmese, Roswaal. Los ganadores no deberían actuar de forma tan vergonzosa.
La causa de las lágrimas en los ojos de Roswaal era su hombro derecho roto. Por desgracia, la magia curativa era lo único que no podía hacer, así que no tuvo más remedio que dejar que se curara de forma natural. Russell le aplicó unos primeros auxilios básicos. Desde el golpe en el abdomen, hasta su hombro derecho herido, fue Russell quien atendió todas sus necesidades médicas.
―Cualquier cantidad de favores que pueda ofrecer a una familia tan estimada es algo bien recibido. Los favores son buenos. No requieren inventario y no caducan. Y lo mejor de todo, depende del comprador fijar el precio.
―Esa es una respuesta que me gusta escuchaaaar...
Recomponiéndose del dolor, Roswaal dedicó a Russell una sonrisa irónica. Ante eso, su nuevo amigo se encogió de hombros, volviendo sus ojos intelectuales hacia Marcos, que le espetó:
―... ¿Qué quieres, mocoso todavía más sospechoso?
―Qué evaluación tan terrible. La forma en que lo dice hace que Roswaal parezca un mocoso sospechoso, y yo aún peor que él.
―¿Me equivoco? Ambos tienen mal carácter, pero tú pareces aún más vil.
―Ya veo. Lo tendré en cuenta para mejorar en el futuro.
Cada vez más disgustado con su respuesta, Marcos chasqueó la lengua a Russell, que reaccionó con una sonrisa.
―¿De verdad te parece bien?
Russell entrecerró los ojos.
―Incluso a mis ojos, parecía un poco al límite en ese último momento, ya fuera por vacilación o indecisión... En realidad, parecía como si estuviera distraído.
―…
―De no haber sido por eso, el resultado podría haber sido diferente. Hubiera sido Roswaal el que yaciera derrotado, muy probablemente sin cabeza.
―Probablemente.
―Qué groseeeero...― Roswaal miró la despiadada conversación de los dos hombres con sus ojos heterocromáticos, pero al solo ser ignorado por ellos , dejó escapar un gran suspiro.
Marcos se rascó la cabeza, completamente desentendido.
―No pretendo poner excusas. Definitivamente estaba un poco distraído... Pero una derrota es una derrota.
―Hmm... Entiendo.
―¿Has terminaaaado? Entonces, ¡la revancha puede… au, au, au, au!― Sin desanimarse y presionando por la revancha, Roswaal gritó de dolor cuando su brazo derecho, que había sido fijado en su lugar, fue picado.
―¿Con un brazo así? Imposible.
Lanzando una mirada de reojo, Russell negó con la cabeza.
―Es inútil.― Mirando tanto a Roswaal como a Marcos, continuó:
―Dejando a un lado las quejas de Roswaal, cumplamos con nuestro acuerdo previo. Por su victoria, le devolverá el objeto que su subordinado le robó... Aunque no lo acordamos claramente antes del duelo.
―No hace falta explicarlo. No voy a discutir por perder.― Soltando un bufido de disgusto, Marcos levantó la cara al cielo.
―¡Bel! ¡Ya puedes salir de tu escondite! ¡Y trae la mercancía!
―¡Gah! ¡¿Qué demonios, Capitán?! Podrías haber fingido ignorancia.
―Ni como maldita broma lo haría. ¡Sal ahora mismo! O te azotaré hasta que se te hinche el culo.
El grito de rabia de Marcos retumbó en el aire. Apareció la sucia figura de un chico joven. Con un sombrero de gran tamaño puesto en la cabeza, el joven se colocó detrás de Marcos de mala gana, mirando a Roswaal desde detrás de su jefe.
―Es un desastre... Si lo rodeamos ahora, podríamos molerlo a golpes.
―Inténtalo. Haz algo tan descarado y te patearé el trasero. Te lo he dicho innumerables veces: nada de actuar descaradamente.
―… Bien― aceptó a regañadientes el joven Bel, recibiendo una palmada en la cabeza.
Al observar la conversación entre Marcos y Bel, Roswaal notó cierto nivel de civismo en su relación o, en este caso, en la forma en que funcionaba la Hermandad. Percibió cierto grado de decencia.
Según la descripción que Russell había hecho de ellos, tenía la fuerte impresión de que no eran más que un grupo de rufianes imprudentes. Pero después de presenciar el liderazgo de Marcos en acción, estaba claro que eran más que eso.
―Bueno, no es muy difícil influir en la mayoría agitando los puños en el aire― señaló Roswaal.
―¿Ah? ¿Me estás insultando en la cara?
―Por supuesto que no. Admiro tu liderazgo. Incluso una vez que has unificado un grupo, si tus propias ideologías son parciales, ese mismo colectivo puede convertirse fácilmente en una banda de forajidos.
Preservar ese orden, hasta cierto punto, fue el resultado de las habilidades de Marcos, además de una medida cantidad de presión. Por supuesto, la existencia de un enemigo común, en particular, la Facción del Ala Dorada, era otro factor importante. Esas fueron sus conclusiones al respecto. Golpeándose la mano como si recordara algo, Bel señaló con el dedo a Roswaal.
―¡O-Oh, sí, Capitán! ¡Este tipo es de la Facción del Ala Dorada! Así tenemos una razón para que todos le demos una paliza, ¿no?
―¿Este tipo? ¿De la Facción del Ala Dorada?
―¿Yo?
Roswaal y Marcos torcieron simultáneamente la cara confundidos ante las palabras de Bel. En el caso de Marcos, empezó a sospechar si era cierto o no. Mientras que en el de Roswaal, parecía incapaz de comprender la intención del joven.
Bel chasqueó la lengua ante la postura indiferente de Roswaal, considerándola un engaño.
―¡No puedes engañarnos! Mira, Capitán. Lo que le robé fue esto: ¡un penacho dorado! Es su símbolo, ¿o no?
―Bueno...
Bel sacó con entusiasmo del bolsillo el penacho dorado, hecho a semejanza del escudo de la familia Mathers. Al verlo, Marcos frunció el ceño como si realmente hubiera aceptado la acusación de Bel. Sin embargo… ―Discúlpame.
―¡¿Eh?!
Russell tomó el penacho de la palma de Bel. Ignorando la sorpresa del muchacho, murmuró su valoración del objeto. Tras una breve inspección, declaró:
―Viendo que se trata de un auténtico penacho de oro... definitivamente es falso.
―¡¿Hah?! ¡¿E-Es falso porque es real?! ¿Qué demonios significa eso? Bel arremetió contra la declaración de Russell.
Sin responder directamente a Bel, Russell pidió una confirmación por arriba de él.
―Es exactamente lo que dije. El Capitán... Sir Marcos entiende a lo que me refiero, ¿cierto?
Marcos soltó un leve resoplido que sonó como quejidos de rocas.
―...Sí, lo entiendo.
―¿Capitán? ¿Qué es esto? ¿He dicho algo malo?― preguntó el poco convencido Bel.
―No. No es tu culpa. La culpa es de esos cabrones malcriados de la aristocracia. No eres responsable de que no sepas distinguir.
―¿...?― Todavía confuso, Bel ladeó la cabeza.
Roswaal parecía convencido, aunque sus conocimientos previos sobre el asunto eran más o menos los mismos que los del joven.
―En resumen, aunque el penacho de oro es, en efecto, un símbolo de la Facción del Ala Dorada, los penachos que utilizan son baratos; no usan oro auténtico.
―Por alguna razón, parece asemejarse mucho al escudo de la familia Mathers añadió Russell.
El irracional resentimiento que Roswaal había provocado en la Hermandad parecía tener otra cara oculta.
―Ya veo... Roswaal, ¿eh?― dijo Marcos.
―Sabía que había oído ese nombre en alguna parte. Marquesado Mathers, ¿cierto?
―Sí, aunque acabo de heredaaaar el título de la casa. Soy el actual Jefe de la Casa Mathers, Roswaal L. Mathers.
―Una gran casa, y el Jefe de ella... Entonces probablemente no tengas nada que ver con la Facción del Ala Dorada.
Teniendo en cuenta el linaje de Roswaal, Marcos comprendió el error de Bel. Agarró al joven, inconsciente de la gravedad de la situación, por la cabeza y lo obligó a hacer una reverencia, bajando profundamente su propia cabeza en el acto.
―¿A qué se debe eso?― preguntó Roswaal.
―Como puedes ver, se está disculpando― explicó Marcos.
―Independientemente de su ignorancia, robarle a un noble podría hacer que le volaran la cabeza a tu orden. También va contra el protocolo de la Hermandad robar a personas ajenas.
―Hm.
Mientras Marcos explicaba, aún con la cabeza baja, Roswaal se llevó una mano a la barbilla. Ignorando el dolor agudo que le producía mover descuidadamente el brazo derecho, lo consideró detenidamente.
Por supuesto, robar una reliquia familiar debería haber supuesto un severo castigo para Bel. Pero a Roswaal ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Ahora que la reliquia había sido devuelta, no le interesaban las acusaciones. Más bien, como este acontecimiento fue lo que lo llevó a conocer a Russell y al intrigante Marcos, la recompensa había sido mucho mayor.
Pero probablemente no lo entenderían, incluso si él se lo explicara y los dejara ir. Para ellos, seguramente parecería un indulto, dejando un mal sabor de boca y haciendo que vivieran el resto de sus días con miedo. Era importante para Roswaal encontrar una solución conciliatoria, y para ello...
―¿Puedo preguntarte uuuuna cosa? Marcos, eres un caballero, ¿cierto?
―Aunque sí, he sido nombrado caballero... el que me nombró probablemente se arrepienta.
―Puede ser. Ya veo, efectivamente fuiste caballero. Aunque supongo que depende de la persona que te nombró caballero si lo lamenta o no.
Francamente hablando, las habilidades de Marcos tenían el potencial para pasar a la historia del Reino.
“Si quien lo nombró caballero era una persona respetable, entonces probablemente estaba lo suficientemente orgulloso.”
La pregunta era: ¿por qué alguien a quien se le había concedido el título de caballero estaba haciendo esto?
―¡P-Puede que el Capitán sea un caballero, pero es diferente a los nobles como ustedes!
―Bel...
Con la cabeza aún inmovilizada por Marcos, Bel torció el cuello mientras suplicaba:
―¡Déjame hablar! Si no lo hago, te malinterpretarán.
Marcos suspiró, poniendo cara de amargura mientras hablaba.
―No es nada del otro mundo― comenzó.
―Incluso después de unirme a la orden, acabé haciendo el mismo tipo de trabajos que los guardias. ¿Sabes qué clase de sinvergüenzas te encuentras patrullando por la capital? La mayoría son mocosos desempleados de los barrios bajos.
―…
―Aunque los metas a todos en la cárcel, solo oirás historias horribles. ¿Realmente puedes esperar que el castigo conduzca a la reforma? Ni de broma se puede. Las reformas las llevan a cabo los villanos de verdad. Estos
mocosos no tienen nada que comer ni dónde dormir, ¿cómo puedes llamarlos villanos?
―¿Así que te pones de su lado?
―Empezaba a sentirme estúpido por seguir tratando con todos ustedes.
Marcos suspiró resignado, confesando su razón para descartar su condición de caballero. Al oír su historia, la vergüenza en su voz y ver el dolor en su expresión, Roswaal cerró un ojo. Miró el ceño fruncido de Marcos con su pupila azul.
En el Reino de Lugunica, había una clara disparidad entre ricos y pobres. No era algo restringido a solo este Reino: podía encontrarse a la sombra de todos los países. Aunque, quizá Lugunica fuera el único con una división tan clara en el corazón mismo de la nación, en la capital.
Los barrios bajos fueron abandonados a su suerte, considerados un territorio ajeno sin leyes ni derechos. Sus residentes, en muchos casos, no tuvieron más remedio que mancharse las manos en la delincuencia para sobrevivir. Todo mientras se preguntaban: ¿por qué tenemos que sufrir? Todo mientras el Reino que los gobernaba no ofrecía ninguna respuesta. Deseoso de cambiar esa imagen del infierno, Marcos abandonó su condición de Caballero y descendió a la naturaleza.
―Y por eso comandas la Hermandaaaad― dijo Roswaal, atando cabos. Marcos no dijo nada. En su lugar, la aguda mirada de Bel atravesó a Roswaal.
―Esto es simplemente la perspectiva de un forastero, pero es cierto que las acciones de la Hermandad están respaldadas por los barrios bajos― añadió Russell.
―Incluso con todas las acciones radicales en los titulares, las víctimas son mínimas... Aunque yo no lo llamaría loable, dar a la gente una voluntad tiene un impacto enorme.
―Insinúas que le han devuelto la vida a los barrios bajos. Estás muy bien informaaaado al respecto.
―Un buen oído es una cualidad fundamental para un comerciante.
Tras fracasar en su intento de sonar modesto, Russell dio un paso atrás como si hubiera dicho más de la cuenta.
Al escuchar lo que había dicho, Roswaal se lo pensó un poco. Lanzó una mirada en dirección a Russell.
―¿Qué hay de la información sobre la Facción del Ala Dorada que ibas a entregar a Marcos si ganaba? ¿Sobre su debilidad?
―¿Usted más que nadie me lo pregunta? Ya he dicho que esa información depende de la credibilidad de la familia. Es...
―Pagaré cualquier precio que me pidas. No creo que tenga que explicarte el poder financiero de mi familia, ¿o sí?
Los ojos de Russell se abrieron por primera vez al ser interrumpido con una propuesta. “Por fin he dicho algo que superaba sus expectativas”, pensó Roswaal, algo satisfecho.
―Mi intuición me dice que tu información es beneficiosa. Incluso puede tener el potencial de cambiar múltiples situaciones en uuuun instante.
―…
Russel se hundió en el silencio mientras buscaba las palabras adecuadas. Marcos habló en su lugar.
―Oigan, ¿de qué demonios están hablando?― exigió, dirigiendo una mirada suspicaz a Roswaal con una expresión dura ante su conversación privada.
La boca de Roswaal se relajó en una sonrisa.
―Pareces desconcertado. Eso me gusta. Desbaratar las expectativas de la gente es realmente estimulante.
―Dame un respiro. Puede que haya perdido la última pelea, pero no tengo intención de perder la próxima. Así que cuidado con lo que dices. ¿Qué estás tramando?
―Oh, qué miedo. En cuanto a lo que estoy tramando, bueno...
Con el brazo derecho colgando, Roswaal se apoyó la barbilla en la mano izquierda y miró de reojo a Russell. Russell bajó los hombros, en clara respuesta a la pregunta de Roswaal. En consecuencia, la sonrisa de Roswaal se acentuó, dirigiendo a Marcos una mirada malévola. El hombre tragó saliva nerviosamente, a lo que respondió:
―¿Qué te parece, Marcos? ¿Por qué no te conviertes en mi cómplice?
11
Fareed Impusen fue un noble que sirvió al Reino de Lugunica.
Era el cuarto hijo del vizconde Adnell Impusen. El derecho a heredar la casa estaba reservado al hijo mayor, mientras que la sucesión de los diversos negocios familiares estaba prometida al segundo y al tercero. Fareed ardía en deseos de desempeñar el papel que le correspondería. Pero el destino era cruel.
Cuando llegó el turno de Fareed, ya no quedaban papeles en los que la Casa Vizcondal de Impusen pudiera contribuir al Reino de Lugunica. El patriotismo de Fareed no tenía adónde ir.
Al no tener ningún rol asignado, a Fareed le dieron un puesto apropiado que sonaba bien en términos de libertad. Pero, en realidad, no era más que abandonarlo a su suerte. Sus hermanos lo envidiaban. Pero para Fareed, sus posiciones eran objetos de envidia mucho mayores.
Él amaba al Reino de Lugunica.
Y por ese amor, sabía que debía actuar. Así que Fareed llamó a otros jóvenes nobles que también poseían un patriotismo sin propósito para crear su propio camino. Fue a partir de este patriotismo genuino que se presentó la oportunidad para la creación de la Facción del Ala Dorada.
Al asumir la responsabilidad como líder del movimiento, Fareed empezó a preocuparse por la situación en la capital. Tras la guerra civil, se decía que el Reino había entrado en una era de paz. Sin embargo, la pura realidad era poco más que apartar la vista del delgado hielo que pisaban.
Junto con la discriminación entre humanos y semihumanos que seguía latente, y la intervención de otros países, incluido el Imperio de Vollachia al sur, la Hermandad, que había surgido al mismo tiempo que la Facción del Ala Dorada, era el mayor de sus problemas.
“¿Cómo debe proceder el Reino? ¿Qué podemos hacer? ¿Deberíamos planear un golpe de estado para tomar el control de la Casa Impusen?” Había empezado a sentir que chocaba contra un muro cuando...
―Ah, holaaaa. ¿Podrías darme algo de tu tiempo, Fareed?
El hijo de un comerciante que lo frecuentaba le había presentado a un joven con una sonrisa cautivadora.
―Siento haberlos reunido aquí para esto. Puede que se sientan un poco apretados, pero no pude encontrar un lugar mejor, ya veeeen. Así que, por favor, tengan paciencia por ahora― pidió Roswaal, mostrando una sonrisa a todos los convocados en la habitación individual.
Roswaal había pretendido que fuera más acogedor, aunque ni uno solo de los presentes lo miró con amabilidad. Todas las expresiones mostraban cierto nivel de tensión y temor, mientras que no pocas de ellas denotaban claros signos de hostilidad. Tanto que, si no se controlaba, en cualquier momento se produciría una explosión acompañada de derramamiento de sangre.
En tales circunstancias, Russell rompió el silencio.
―Es una bonita habitación. ¿Es de su propiedad?― preguntó.
―Sí, lo es. Mi abuela compró este local por su amor a la bebida y a la convivencia. Antes de morir, las paredes estaban forradas con su colección de licores. Pero cuando mi padre se hizo cargo, estaba completamente abandonada. Afortunadamente, el edificio en sí se conservó bien gracias al mayordomo de la familia.
―Ya veo. Debía de ser un mayordomo con mucho talento. Alguien a quien me gustaría conocer al menos una vez.
Russell estaba mucho más preocupado por el edificio en el que se habían reunido que por esta volátil reunión. Aunque su mente estaba indudablemente inquieta, era partidario de evitar la preocupación innecesaria. Su actitud probablemente se atribuyó al hecho de que él no era parte del evento, sin embargo, seguía siendo una hazaña impresionante. Tal y como se le había explicado a Russell hace un momento, se encontraban reunidos en un edificio abandonado hacía tiempo que había servido como taberna, situado en un rincón del Distrito Vasallo de la capital. Era una más de las propiedades a nombre de la familia Mathers, pero era la primera vez que se utilizaba en varias décadas.
―No me gusta dejar que los ricos presuman de serlo. Al grano, Roswaal― gritó Marcos con voz irritada desde el centro de la sala, con los brazos cruzados.
Cerca de él estaban Bel y algunos otros miembros de la Hermandad. Para preservar la integridad de la reunión, cada bando estaba limitado a cinco asistentes.
―Agradezco tu preocupación, pero he oído que el Capitán de la Hermandad es una fuerza a tener en cuenta, incluso contra todos los guardias juntos. Como alguien que solo aprendió esgrima como una cuestión de etiqueta, difícilmente podría oponer mucha resistencia.
Con voz clara, el buen hombre, Fareed Impusen, levantó ligeramente la mano y esbozó una sonrisa irónica. Al igual que Marcos, a su alrededor había una fila de sus aliados de fina vestimenta, que funcionaba como un claro contraste entre ellos y la Hermandad.
Con la información dada hasta el momento, estaba claro que Fareed era el fundador de la Facción del Ala Dorada. En resumen, aquí estaban los jefes de las dos facciones que se encontraban causando problemas al Reino: la Hermandad y la Facción del Ala Dorada.
Por supuesto, Roswaal tenía una razón para reunir a estos dos enemigos naturales en una habitación. Pero la persona que más había contribuido a que esto ocurriera era el nuevo amigo que acababa de conocer en la capital: Russell Fellow.
―Bueno, Fareed no se equivoca― dijo Roswaal.
―Si Marcos atacara en serio, los únicos que saldrían vivos de aquí serían los de la Hermandad. Incluso Russell y yo estaríamos en peligro.
―Eso suena bastante horrible― añadió Russell.
―Por favor, abstengámonos de permitir que ocurra algo así.
―¿Estás escuchando siquiera? Ve al maldito grano. No necesito tus jodidos actos― ladró Marcos ante el tranquilo diálogo de Russell y Roswaal.
Con el brazo derecho en cabestrillo, Roswaal aceptó la reprimenda.
―Bien, bien.― Se encogió de hombros.
―Los he reunido a todos para una sola cosa. A estas alturas ya deberían saber qué clase de personas son sus oponentes. Comprendo que, como enemigos que son, probablemente querrán destrozarse mutuamente, ahora que por fin se conocen. Pero, por ahora, me gustaría que se abstuvieran de hacerlo.
―Estás diciendo muchas estupideces ahora mismo...
―No tenemos objeciones. Por favor, continúa, Roswaal.
Marcos frunció el ceño, contrastando con el semblante formal de Fareed, ninguno se encontró con la mirada del otro. Por el momento, ambas partes cooperaron con el primer objetivo de Roswaal de conseguir que se reunieran frente a frente.
A pesar del enfrentamiento entre sus organizaciones, la disposición de ambos líderes les permitía hablar racionalmente, como se podía deducir hasta cierto punto de sus acciones y del propósito de su establecimiento en primer lugar.
En otras palabras…
―La razón por la que les he pedido a ambos que se reúnan aquí es simple. La actual hostilidad entre la Hermandad y la Facción del Ala Dorada que está causando el caos en la capital... y me gustaría resolverla de una soooola vez.
―Resolverlo de una vez…― Al oír esas palabras, el apuesto rostro de Fareed se nubló de duda.
―Roswaal, somos un grupo de aquellos preocupados por el futuro del Reino. Haber nacido en la nobleza nos permite ver cosas que los plebeyos no pueden. Pero, a pesar de esa perspectiva, aún carecemos de los medios para hacer algo. Así que...
―Así que, como resultado, ¿simplemente lo cubren?― cuestionó Marcos.
―Su actitud sincera hacia enfrentar los problemas del país es verdaderamente espléndida. Su aspiración de limpiar la basura de la carretera me hace llorar de emoción.
Marcos resopló al final, ante lo cual la cara de Fareed enrojeció.
―¡¿Qué?!― gritó. Sintiendo la mayor falta de respeto por parte de su oponente, le temblaron los labios.
―Entiendo que les guste mantener las cosas limpias. Pero la basura que han estado limpiando también tiene su punto de vista. De hecho, la basura como nosotros preferiría que miraran hacia otro lado.
―Llamarte basura... ¡Pero tu grupo le hace daño a la gente! ¿A qué se debe eso?
―Solo tenemos como objetivo a los maleantes que recaudan dinero de manera cruel. Usar dinero sucio, vivir en una ciudad sucia... es autodepuración. ¿Tienes algún problema con eso?
―¡¿Y dónde defines exactamente el límite?!
Fareed se puso en pie de un salto, golpeando la mesa entre los dos. Marcos hizo lo mismo, levantándose para enfrentarse a él. Puede que Fareed fuera un hombre alto, pero aun así era mirado desde arriba por el gigantesco cuerpo de Marcos. Con ambos líderes de pie, los demás no tuvieron más remedio que seguir su ejemplo. Era una situación aterradora, como una chispa en un barril de pólvora.
―...Y con esto, ya han escuchado las opiniones de los otros― declaró Roswaal.
―…
Siendo interrumpidos, Marcos y Fareed miraron con el ceño fruncido a Roswaal. Asimilando las agudas miradas, este miró a los dos rostros por turnos.
―Entiendo la opinión de Marcos. Los barrios bajos tienen problemas y necesitan ayuda rápidamente. Por otro lado, la opinión de Fareed también es comprensible. Hay que rectificar la tensión del Reino, empezando por la capital. Pero, individualmente, somos bastante impotentes. No podemos luchar contra un desequilibrio tan grande.
―Entonces, ¿qué dice que deberíamos hacer?― Russell interrumpió perfectamente en la teatralidad de Roswaal.
Roswaal se giró como si hubiera esperado la pregunta.
―Ahora me toca a mí. El poder individual es inútil contra los grandes desequilibrios. Así que tenemos que luchar contra ellos con números.
Divulgando su sencillo plan, Roswaal se dirigió una vez más hacia Marcos y Fareed. Señaló con un dedo a cada uno de la pareja sin habla.
―Resulta que tengo un dispositivo que dejó mi predecesor... Una llamada herramienta de macreación que he querido difundir. Solo necesitaba la mano de obra y las personas adecuadas para gestionar esta operación.
―¡¿E-Eh...?!
―Eso es...
La Hermandad y la Facción del Ala Dorada se inquietaron simultáneamente ante la sugerencia de Roswaal.
―Por supuesto, esto solo puede considerarse un parche. No puedo emplear a todos los que quieran trabajar en la capital, ni dar puestos a todos los jóvenes que derrochen patriotismo. Pero funcionará como tratamiento de primeros auxilios, igual que esto ha ayudado a curar mi hombro derecho― dijo Roswaal, mostrando a los dos el cabestrillo que llevaba alrededor del brazo.
Tanto la Hermandad como la Facción del Ala Dorada eran organizaciones fundadas con el deseo de ayudar a los que tenían complicaciones en la capital. Él podría darles trabajo y algo que valiera la pena hacer. Por no mencionar que esto también ayudaría a Roswaal con sus objetivos futuros. Estaba bastante satisfecho consigo mismo.
―¿Qué les parece? No es mala idea, ¿cierto? Soy el Jefe de la Casa Mathers, que prioriza la competencia y la motivación... O eso acabo de decidir.
Cerrando un ojo, su pupila azul pasó por encima de cada individuo de la sala. Naturalmente, todos estaban en estado de shock ante la repentina propuesta de Roswaal…
―...Ah.
―¿Oh?
―Ja... Jajaja... ¡Jajajajajaja!
Justo cuando pensaba eso, sonó una carcajada que parecía las fauces de una bestia al mascar. Era uno de los que tomaban las decisiones; el gigante con el ceño permanentemente fruncido: Marcos.
Los ojos de Roswaal se abrieron de par en par. Era la primera vez que veía reír a Marcos desde su encuentro.
―Así que esto es ver reír a un Pedrusco― comentó.
―Espera un poco, ricachón de mierda... Qué jugada tan brusca. Así no puedes salvar a todo el mundo.
―Eso ya lo he dicho. Claro que no puedo salvar a todo el mundo. Pero, ¿por qué iba eso a impedirme ayudar a los pocos que puedo? Además...― Roswaal levantó un dedo ante el malencarado Marcos y rio.
―Podría venir otro tonto como yo, y luego otro. Quizá cien nobles como yo podrían ayudarlos a todos, ¿no?
Marcos soltó otra aguda exhalación ante la absurda sugerencia. Abriendo su enorme puño y mirándose la palma, suspiró:
―Preferiría no tener que golpear a cien tontos como tú.
12
No podía decirse que los problemas entre la Hermandad y la Facción del Ala Dorada se hubieran resuelto al instante. Un conflicto tan arraigado no se solucionaría tan fácilmente. Los mismos problemas entre estos grupos probablemente volverían a surgir de otra forma. Pero mientras este punto en común se convirtiera en un precedente, estaba bien.
Tanto la Hermandad como la Facción del Ala Dorada se habían retirado, dejando el local despejado y vacío mientras Russell murmuraba:
―El hijo mayor hereda la propiedad, el segundo y el tercero ayudan en su trabajo. Pero, ¿qué pasa con los hijos que vienen después? Yo tampoco soy ajeno a eso.
Roswaal respondió a sus murmullos con un encogimiento de hombros y una pregunta.
―¿De verdad? Con tu aptitud, creo que te sería fácil ocupar el lugar de tu hermano mayor.
―No lo haré. No quiero provocar discordias innecesarias. Soy pacifista.
―Si es por una buena razón, no creo que sea mucho pedir. Puede que te sorprenda el poco resentimiento que dejará. O más bien, que podría no dejar ninguno.
―Qué palabras tan significativas. Suena como si usted mismo lo hubiera experimentado.
Roswaal sonrió en silencio ante las bromas de Russell. Arrebatar el patrimonio familiar además de alejar a los hermanos consanguíneos y a la familia; en realidad, Russell tenía toda la razón. Roswaal había experimentado algo parecido, no en este cuerpo, sino en un incidente ocurrido varios cientos de años atrás.
―Aún andas por aquí, por lo que veo― dijo Roswaal.
Ambos divisaron la figura de Marcos, que los miraba a los dos desde la entrada. A grandes zancadas, se sentó junto a ellos en la barra.
―¿Cómo les ha iiiido a tus compañeros?
―Ha sido un caos, obviamente... Pero no todo es malo. Tenemos a Leno, al que pongo al mando. Es un tipo honesto y de pocas palabras. Se ha interesado.
―Ya veo― respondió Roswaal. ―Si es competente, entonces está bien. Y si no lo es, entonces su entusiasmo debería ser suficiente.
―Cuidado con lo que dices― advirtió Marcos a Roswaal sobre su comentario innecesario con una mirada exasperada. Echando un vistazo a las estanterías vacías, comentó:
―Ni una sola bebida, ¿eh? Qué desperdicio de espacio.
―Estoy de acuerdo― dijo Russell.
―Es excesivamente triste para un inmueble tan valioso.
―O eso creías. De hecho, escondí algunas.
En respuesta a las peticiones de los otros dos, Roswaal saltó por encima de la barra y deslizó una tabla al fondo de los estantes vacíos. De su interior sacó una única botella de alcohol. Aliviado de que no se la hubieran robado, también sacó unos vasos del mismo compartimento oculto.
―¿Granhiert? Tienes buen gusto.― dijo Marcos, fijándose en la bebida.
―El favorito de mi abuela. Imagino que lamentó morir antes de poder beberlo.
―Vaya, qué terrible. Entonces, bebamos en su honor― sugirió Russell.
Intercambiando miradas pecaminosas, abrieron la botella de alcohol que se había añejado durante tanto tiempo. El líquido ámbar desprendía un rico aroma cuando lo vertieron en los vasos. Cada uno tomó un vaso y los chocaron antes de llevárselos a la boca. Cuando el sabor de la culpa llegó a sus lenguas, se quedaron momentáneamente sin palabras.
―Las bebidas siempre saben mejor después de un duro día de trabajo― afirmó Roswaal.
―Y eso es válido para cualquiera, independientemente de su nacimiento, ¿no crees?
―¿Se supone que eso es una conclusión? Como si yo estuviera de acuerdo, idiota― espetó Marcos.
Marcos se bebió la copa de un trago y la dejó sobre la barra. Luego, hizo una pausa con semblante serio y dijo:
―...Acepto tu idea, Roswaal.
―...Me alegra oírlo.
―Hiciste lo que dijiste que harías, y mostraste resultados. Aunque solo sea una medida temporal, dará un camino a los que no tienen adónde ir. Así que te ayudaré con tu plan― respondió Marcos con resolución, torciendo el rostro en una mueca de desprecio.
Antes de asistir a la reunión con la Facción del Ala Dorada, Roswaal le había hecho una promesa a Marcos.
―Propondré una solución para la situación actual de la capital. Y si te gusta la propuesta, debes cooperar― había dicho.
Por eso...
―Volveré a la guardia temporalmente... Aunque probablemente me lleve una buena reprimenda.
―Bueno, resígnate. Está bien, estarás muy ocupado... aunque creía que pondrías mucha más resisteeeencia.
―A mí también me parece raro. No me siento especialmente mal por ello. Puede que sea porque siento que me he convertido en una pelota en la palma de tu mano, y me he resignado a ello― replicó Marcos, sacudiendo la cabeza mientras se ponía de pie. Dirigiéndose hacia la entrada, continuó:
―Me pondré en contacto contigo periódicamente, pero no se me da bien el chismear. Mantén las cartas al mínimo.
―Pero estoy tan orgulloso de escribir con frecuencia.
―Me lo imaginaba, de ahí la advertencia... Deberías reconsiderar la compañía que tienes.


Esa última parte no iba dirigida a Roswaal, sino a Russell, mientras Marcos salía del local.
Al verlo salir, Russell se mojó la lengua con el alcohol y soltó una pequeña risa.
―No es muy convincente viniendo de él.
―Vaya, sin duda tienes razón. Pero, aun así, has hecho mucho por mí.
―Me alegro de haber sido de ayuda― respondió Russell con humildad antes de que Roswaal volviera a llenar su vaso.
Russell siempre fue modesto, aunque no había hecho más que ayudar a Roswaal desde el principio. Empezando por su desmayo en el callejón, hasta el duelo con Marcos, pasando por organizar el encuentro entre la Hermandad y la Facción del Ala Dorada.
―Un hombre como tú probablemente nos será útil― afirmó Roswaal.
―Me gustaría que esta relación durara el mayor tiempo posible.
―Si usted lo dice, entonces el tiempo que he pasado dando vueltas ha valido la pena. Pero, aun así...
―… Me imagino que habrán tenido muchas oportunidades de que te pidan consejo, ¿cierto? Por ejemplo, por parte de Fareed, ¿quizá?
―…
La sonrisa desapareció del rostro de Russell. Pero solo durante una fracción de segundo.
―¿Qué quiere decir?― se apresuró a preguntar, alisando su aspecto.
―Bueno, es solo una suposición... El desbordante patriotismo de Fareed es algo poco común en un noble, pero no se le da muy bien hacer uso de esa pasión. Alguien debió aconsejarlo y señalarle la dirección correcta. Naturalmente, él cree firmemente que tomó todas esas decisiones por voluntad propia.
―…
―Un verdadero estratega nunca deja que su objetivo sepa que se ha dejado engañar por su plan. Después de todo, su objetivo debe creer de verdad que la decisión ha sido suya. Así que no hay ninguna razón para que lo sepa― explicó Roswaal, al mismo tiempo que vaciaba su vaso.
Esta vez le tocó el turno a Russell.
―Es una suposición interesante― dijo. ―¿Es un escritor consumado además de un usuario de magia?―
―Por desgracia, escribir historias no es mi fuerte. Tengo las manos ocupadas con lo que ya está escrito para mí.
Con una ligera risa, se bebió su segundo trago. Era fuerte. Aunque solo tenía que volver a su alojamiento después de esto, no era bueno beber demasiado. Por no hablar de la juventud de su cuerpo: era consciente de que debía cuidarlo.
―Solo tomaré una más. ¿Bebes conmigo?― preguntó Roswaal mientras agitaba la botella, en la que ya quedaba poco.
―Como mi nuevo amigo.― Russell asintió.
―Cuando lo pone así, no tengo elección.
Así empezó la primera de las numerosas copas que estos dos compartirían juntos, con sus verdaderos motivos ocultos tras risas reprimidas.
13
Mientras tanto...
―…Belmont, ¿estás ahí?
―Sí.
Esa noche en las calles, una vez que todos se habían ido y confirmó que estaba solo, el joven gritó el nombre de su subordinado. La figura que respondió a su llamada salió del callejón, un chico con un sombrero que le cubría la cara puesto sobre su cabeza.
Sin reconocer a la pequeña figura sombría, el joven continuó.
―Acompaña a Fareed Impusen y a la Hermandad. Y mantente en contacto.
―Entendido... ¿Qué hay de Lord Mathers?
―Se ha enterado de más de lo que esperábamos. Al arrebatarle el penacho que ni siquiera estaba a la vista para empezar, supuse que se daría cuenta de que era nuestro objetivo desde el principio.
Todo había ido según lo previsto hasta que Roswaal se dio cuenta de su implicación y trató de aprovecharse de sus intenciones. Pero descubrir la verdadera identidad del fundador de la Facción del Ala Dorada, así como la razón de su creación, fue un giro completamente inesperado de los acontecimientos. Lo revalorizaron como una fuerza a tener en cuenta. Aun así, él mismo no parecía tener intención de liderar el país.
―Al menos, no por el momento... ¿eh?
―¿Jefe?
―Solo hablaba conmigo mismo. ¿Has conseguido detectar la cosa en cuestión?
―Sí. De alguna manera parece que una Protección Divina está actuando. La fuente es probablemente...
Ante la pregunta, su subordinado se interrumpió, y el joven concluyó:
―Ya veo.
Luego, alzando sus fríos ojos, observó la residencia que tenía ante sí. La residencia, situada en el límite del Distrito Nobiliario, había sido proclamada zona intransitable por el Reino de Lugunica.
―La mansión Astrea.
Heinkel Astrea se despertó a medianoche con una sensación de inquietud en su interior. Despertado de su sueño, se encontraba en una habitación individual poco iluminada.
Había dormido en el suelo, envuelto en una sábana. Por supuesto, había una cama en su propia habitación, pero Heinkel prefería dormir aquí:
En el dormitorio, donde su esposa descansaba.
―... ¿Se ha levantado Reinhard de la cama?― refunfuñó Heinkel al salir de la habitación, ahogando un bostezo.
Su hijo aún era pequeño y no tan vivaz como otros niños. No había aprendido a confiar en la gente, probablemente debido al sueño de su madre. Se sentía inadecuado, luchando con esta paternidad desconocida. Para lo que le faltaba, dependía de la pareja de ancianos que desde hacía tiempo atendía la mansión, o de sus padres, que vivían en otro lugar. Aun así, Heinkel de verdad deseaba depender lo menos posible de sus padres.
―…
Por el pasillo iluminado por la luna, notó que las cortinas se agitaban con un viento repentino. Avanzó lentamente para cerrar la ventana, con la cabeza ladeada.
“Esta ventana debería estar cerrada. ¿Por qué está abierta?”
―No te des la vuelta.
―…
Una voz fría se escuchó por detrás, y Heinkel se quedó paralizado. Era una voz carente de emoción y cortante como el cristal. Al percibirlo, Heinkel se regañó por no haber traído consigo su espada. Si la hubiera tenido a la mano, no se habría visto en semejante aprieto.
―Heinkel Astrea, estás bajo sospecha de insurrección criminal.
―¿E-Eh? ¿Criminal? ¿Yo? ¿Por qué...?
La voz de Heinkel tartamudeó ante la repentina acusación de un crimen que no recordaba haber cometido. Pero no podía darse la vuelta y dar explicaciones; por la espalda intuía que aquella persona no se lo permitiría. En sentido estricto, había más que el único individuo que hablaba. Percibió un gran número de personas, y que tanto él como la mansión estaban rodeados. Sabía que no solo él, sino también su esposa y su hijo eran rehenes.
―¿Qué debo hacer para calmar sus sospechas? Y, en primer lugar, ¿por qué crees...?
―…La Protección Divina del Cambio de Mentes.
―... ¿Qué?
A pesar de su petición de aclaración, a Heinkel le llamó la atención un término que nunca había oído antes, lo que quedó claro por su reacción ante la otra parte, que lo había estado observando atentamente.
―Históricamente, es una peligrosa Protección Divina que se ha observado varias veces... permite influir en los pensamientos de la gente. Dependiendo de su uso, podría incluso hacer posible el derrocamiento de un país. Se ha percibido que está centrada a tu alrededor.
―¡T-Tonterías, no tengo ninguna Protección Divina! Yo... Si tuviera una Protección Divina…
―Se dice que influye en los pensamientos de los implicados. ¿Recuerdas a Marcos Gildark?
―¿M-Marcos? Yo ...
Era el nombre del viejo amigo con el que acababa de reunirse hoy. Pero justo cuando Heinkel estaba a punto de refutar la afirmación, se le ocurrió algo... una posibilidad extremadamente remota y limitada...
―Marcos... la Protección Divina... ¿Q-Qué pasó?
―Aunque existe la posibilidad de que factores externos hayan influido, ha cambiado de opinión. Él regresa a los caballeros.
Lo que significaba que Heinkel había cumplido con el deber que le habían asignado los caballeros... y que había una ligera posibilidad de que alguien lo hubiera hecho por él.
―¡...!
Al darse cuenta, salió corriendo. Hubo un retraso momentáneo en la respuesta de la presencia que percibía, a la que Heinkel dejó atrás mientras corría hacia cierta puerta. La abrió de un tirón y entró.
―... ¿Padre?
―¡Reinhard!
El niño sentado en la cama miró sorprendido a su padre. Aliviado por encontrar a su hijo sano y salvo, Heinkel voló hacia él y lo agarró por los hombros.
―Reinhard, ¿has pedido algún deseo por mi bien? ¿Por lo que dije sobre que me alegraría si Marcos volvía con los caballeros?
―…
Al oír esto, la expresión de Reinhard se distorsionó. El miedo brilló en sus ojos, y se abrazó la cabeza pelirroja.
―L-Lo siento. Quería... ayudarte, Padre... ¿E-Estás enojado?
―Yo...
“…No lo estoy” vaciló en decir Heinkel. Se alegró de que Reinhard se sintiera así. La consideración de un hijo que pensaba en su padre, eso en sí mismo era reconfortante. Pero recordó las palabras de la figura de hacía un momento.
Reinhard poseía la Protección Divina del Cambio de Mentes, que tenía el potencial de derrocar a un país. Entonces, no podía permitirse responder con amabilidad.
―Reinhard, eso no está bien. No puedes hacer eso.
―Padre...
―Te lo digo, Reinhard. ¡No vuelvas a usar ese poder! No está bien usarlo. ¡No puedes someter el corazón de la gente a tu voluntad y hacerlos cambiar de opinión! ¡No puedes jugar con ellos! ¡¿Entendido?!


Abrazando a su asustado hijo, la voz de Heinkel se transformó en un grito para que sus palabras llegaran a los oídos de los asesinos de toda la mansión, y a todos los de su grupo, fueran quienes fueran.
―¡Se lo he dicho a mi hijo! ¡No dejaré que vuelva a usarla! Así que, ¡por favor! ¡Reinhard estará bien! ¡Es un buen chico! ¡Este niño es el hijo de Louanna! ¡Es nuestro tesoro!
No estaba muy seguro de si sus gritos frenéticos tendrían efecto en el despiadado grupo, pero Heinkel gritó con todo su corazón, rezando por la seguridad de Reinhard.
―Por favor... ¡No se lleven a mi hijo...! ¡No le arrebaten a Louanna el camino a casa...!
Ya había perdido mucho. Habiendo experimentado nada más que pérdidas, lo que había ganado era poco. Perder el único deseo que se le había concedido era insoportable.
―…
Se aferró a él, sollozando, preguntándose cuánto tiempo había pasado exactamente desde su desagradable reclamo. Antes de que se diera cuenta, las numerosas personas que había percibido habían desaparecido. Heinkel solo se percató de ese hecho cuando la diminuta mano de su hijo le tocó la mejilla.
―Reinhard...
―Padre, lo siento. No volveré a utilizarla... L-La he borrado― le aseguró Reinhard.
Heinkel se sorprendió, tanto por su comportamiento frenético como por la desaparición de las entidades desconocidas.
Dejando escapar un suspiro, puso una mano sobre la cabeza de su hijo.
―¿Tú... la has borrado? Jaja, bien, lo entiendo. Una Protección Divina es algo que te acompaña toda la vida... Pero lo entiendo. Haz lo posible por vivir sin ella. ¿De acuerdo?
―...De acuerdo. Lo siento, Padre.
―Muy bien. No pasa nada, Reinhard... Mientras lo entiendas, está bien.
Agotado, Heinkel aceptó las disculpas de Reinhard. Para empezar, no había necesidad de que su hijo se disculpara. Las Protecciones Divinas eran algo con lo que se nacía. Los poseedores de tales poderes tenían que comprender que caminaban por una senda distinta a la de los demás. Tenían que estar preparados para vivir así.
Su familia más cercana tendría que entender que...
―...Borrado.
―¿Eh? ¿Acabas... de decir algo?
―No, nada. Padre... Umm, hoy podríamos...
―Sí, vamos a dormir juntos. Con Louanna también. Durmamos en la misma habitación, como una familia.
Complacido con la idea, Heinkel levantó a su hijo en sus brazos y lo sacó de la habitación con su almohada. Mientras salían, la mirada de Reinhard se desvió hacia la ventana.
―Dedícate al Reino... Por tu familia.
Solo los ojos azules de Reinhard fueron testigos del movimiento de los labios de la figura sombría que se alzaba frente a la ventana. Una imagen que permanecería en la mente del niño durante mucho, mucho, mucho tiempo.
14
―Bien, contaré contigo a partir de ahoooora, Fareed.
―Igualmente. Le agradezco que nos haya dado esta oportunidad.
Terminados sus asuntos en la capital, Roswaal se dispuso a emprender el regreso a sus tierras, acompañado por todos los de la Hermandad, cuando Fareed había acudido a despedirlo.
A diferencia de la Hermandad, que venía sin equipaje, cada miembro de la Facción del Ala Dorada tenía mucho que resolver primero. Pero los jóvenes que la componían desbordaban pasión. Todos estaban igual de entusiasmados ante la perspectiva de ir a un nuevo lugar en el que podrían hacer pleno uso de sus habilidades.
El anterior Roswaal tenía tendencia a mantener a la gente a distancia. Sin embargo, las herramientas de macreación que había desarrollado a lo largo de su vida de reclusión indicaban un futuro brillante.
―Parece que tendrás mucho que resolver en cuanto llegues. Cuento contigo, uhh… Leno Rex, ¿cierto?
―...Gracias. También cuento con usted― respondió el hombre poco sofisticado que asumía el papel de Marcos con una simple inclinación de cabeza. A pesar de su desconfianza, su sinceridad era evidente. Se entendería bien.
―En cualquier caso, tenemos que duplicar el tamaño de Costuul en los próximos diez años. No podemos ser descuidaaaados.
Mientras Roswaal murmuraba para sí mismo, Bel apareció a su lado, con los brazos detrás de la cabeza.
―No lo entiendo muy bien, pero suena muy importante.
―Vaya. Eres tú.
Este joven, que había sido el catalizador de toda esta situación, planeaba un nuevo comienzo con la Hermandad junto a Roswaal. Y era completamente bienvenido.
―¿Puedo contar contigo cuando quiera ponerme en contacto con Russell?
―...No entiendo lo que dices. Solo diré que tu carta podría llegarle por error.
El joven se encogió de hombros. Todo el asunto era obvio por su actitud, pero mantuvo su farsa. A Roswaal no le importó tanta teatralidad y le siguió la corriente.
“A fin de cuentas, el tiempo que he pasado aquí ha dado muchos frutos”, pensó. Conseguir un punto de apoyo en el desarrollo de Costuul, considerado un trabajo difícil, además de adquirir dos conexiones favorables en la capital, fue todo un logro.
Tanto Russell, de talento inconmensurable, como Marcos, que había aceptado su complicidad, eran amigos insustituibles. Esperaba con impaciencia poder viajar a la capital y reunirse con ellos.
“Que te roben algo valioso a propósito, y utilizarlo como una oportunidad para profundizar en una conexión… Tal vez ese plan resultará útil en algún momento del futuro.” Reflexionando sobre esto, Roswaal, acompañado por los impacientes jóvenes, regresó a su Marquesado.