El Comienzo del Sueño
Capítulo 1
El Comienzo del Sueño
1
Cuando la vio en el jardín del castillo, Fourier Lugunica se detuvo en seco.
Sus grandes ojos carmesíes se agrandaron con curiosidad mientras el viento tiraba de sus mechones dorados. Uno de sus pronunciados caninos sobresalía como un pequeño colmillo mientras el aire escapaba de su boca. El niño, que no llegaba a los diez años, se inclinó desde la galería abierta para mirar hacia el jardín.
Fourier estaba en medio de una fuga de uno de sus tutores y no tenía tiempo para quedarse boquiabierto. Ya podía oír la voz del hombre detrás de él, en el pasillo. Si lo atrapaban, lo arrastrarían de vuelta a su peligrosamente aburrida lección, pero aun sabiéndolo, Fourier no podía apartar la mirada de la escena ante él.
Los jardines del Castillo Real de Lugunica eran obra de los jardineros de la corona, quienes empleaban toda su habilidad y conocimiento. El resultado era un tapiz fantásticamente exuberante, embriagante de flores y con distintas floraciones en cada estación.
Las hojas de los árboles susurraban con la brisa fresca, y una lluvia de pétalos caía por el aire, evocando la fugacidad del mundo. Fue en ese jardín encantador donde Fourier encontró un capullo brillante: una niña.
Su cabello verdoso estaba recogido hacia atrás mientras adoptaba una postura refinada y hermosa. Envuelta en un vestido de color hierba fresca, de evidente fina confección, la joven, serena y firme, lo lucía a la perfección. Fourier veía poco más que su perfil desde donde estaba, pero la blancura de su cuello y mejilla, junto con el ámbar de sus ojos rasgados, insinuaban una belleza desbordante.
Y aun así, si solo hubiera sido eso, quizás no habría causado una impresión tan firme en Fourier. Habría sido solo un asunto momentáneo, un vistazo a una joven hermosa en el castillo.
Mas no terminó ahí.
—…
La niña estaba en el jardín, paseando la mirada sobre el despliegue de flores coloridas. Si simplemente se hubiera dejado cautivar por la vivacidad de las flores, habría mostrado una disposición como la de cualquier otro. Pero en lugar de mirar las flores del centro del jardín, inspeccionaba un único capullo en un rincón lejano. Mirándolo fijamente, como si creyera que podría abrirse allí mismo…
—¡Su majestad Fourier! ¡Por fin me hace caso!
Su tutor, sin aliento, alcanzó por fin el lugar donde Fourier estaba en el pasillo. Miró al niño con alivio en el rostro, pero pronto se transformó en una expresión de desconcierto al notar cómo Fourier miraba fijamente hacia el jardín.
—¿Su Majestad? —dijo—. ¿Qué ha captado su interés d…?
—¡Nada, señor! ¡No es nada! ¡Nada de nada! ¡Nada por lo que deba preocuparse!
Fourier se abalanzó sobre el instructor mientras este intentaba discernir qué tenía tan intrigado al niño. La mano que Fourier extendió con la esperanza de ocultar la escena chocó con la cara del tutor, y el hombre retrocedió con un grito: «¡Mi ojo!», pero Fourier no tuvo tiempo de preocuparse por eso. Estaba más preocupado de que la niña junto a las flores hubiera alcanzado a escuchar el alboroto.
Nervioso, miró hacia el jardín. Dio la casualidad de que fue en ese mismo momento cuando la niña, que había oído algo, se giró en su dirección. Fourier se apresuró a bajar la mirada.
—E-esto es malo. Me siento muy raro… Quizás estoy enfermo o algo… Tengo las mejillas ardiendo y me cuesta respirar…
Notando un dolor en el pecho y lo difícil que le resultaba respirar, Fourier concluyó que aquel era un mal lugar para estar. Agarró a su retorcido profesor por la pierna y comenzó a huir de vuelta por el pasillo a toda prisa.
—¡S-Su Majestad! ¡Ay! ¡Eso duele!
—¡Ya estás grande, así que aguanta! No es que sea lo bastante fuerte para levantarte. Pero no puedo dejarte en un lugar tan peligroso. Después de todo, soy parte de la Familia Real: orgullo del pueblo.
—Me conmueve su preocupación por mí, mi Príncipe, pero… ¡ay! Quizás podría dejar de correr y… ¡ay! —el tutor gritaba, golpeándose la cabeza con cada muro y pilar que pasaban, pero Fourier lo ignoraba. Seguía viendo a esa niña cada vez que cerraba los ojos. Claramente era la causa de su corazón palpitante, pero por alguna razón no podía sacar su imagen de su cabeza, por mucho tiempo que pasara.
Era un misterio para Fourier por qué se sentía tan reacio a marcharse mientras huía del jardín.
2
Fourier Lugunica pertenecía a la Familia Real del Reino Dragón de Lugunica, una dinastía con más de mil años de historia; era hijo del monarca actual, Randohal Lugunica. En consecuencia, era un príncipe con derecho a la sucesión y digno de los más altos honores.
—Sí, pero soy el cuarto príncipe. Mis hermanos me preceden en todo. No creo que la corona me corresponda pronto. ¿No hace que todo este esfuerzo, día tras día, parezca un algo carente de sentido?
—¡Jo, jo, jo! Veo que ha aprendido el arte de la insolencia, Su Majestad.
Fourier había terminado sus clases y buscaba descanso en sus aposentos personales, donde conversaba con un visitante.
Fourier hizo una mueca ante la palabra «insolencia». Quien reía era un hombre excepcionalmente anciano, con el cabello y la barba largos y blancos por la edad. Miklotov MacMahon; un representante del Consejo de Sabios considerado el cerebro del Reino. Miklotov era quien ejercía todo el poder real en el gobierno. Realmente digno de ser llamado sabio. Fourier conocía bien los rumores de que, incluso si el Rey desapareciera, el Reino seguiría funcionando sin problemas mientras Miklotov estuviera presente.
Fourier no estaba encantado con los rumores que menospreciaban a su padre, el Rey, pero Miklotov era un súbdito leal que servía al país sin ambiciones. Y era cierto que el anciano hacía todo lo posible por servir a una Familia Real que dejaba algo que desear en cuanto a administración, así que Fourier difícilmente podía condenar tales comentarios.
—Si mi padre y mis hermanos no están a la altura del cargo —dijo Fourier—, ¿por qué no se convierte usted en Rey? Así las cosas serían mucho más sencillas. ¿No cree?
—Le ha dado a este viejo un gran susto —respondió Miklotov—. No son palabras que alguien de su rango deba decir a la ligera. Y en cualquier caso, violaría nuestro pacto con el Dragón.
—Nuestro pacto con el Dragón, cierto.
Miklotov asintió de forma sombría. Fourier apoyó la cabeza sobre su escritorio y se puso a pensar.
El pacto del que hablaban era la razón por la que el Reino de Lugunica era ocasionalmente llamado el Reino Dragón: un juramento hecho con el
Dragón Divino Volcanica, cuya protección había asegurado la prosperidad del Reino durante cientos de años.
—El Dragón se encarga de todo —murmuró Fourier—. Las cosechas y la seguridad del Reino. Y el único que puede recibir sus bendiciones es un descendiente sanguíneo del primer Rey Lugunica, que forjó un vínculo de amistad con él. Todo parece demasiado bueno para ser verdad.
—Y aun así, tenemos la bendición del Dragón. Eso hace que Su Majestad el Rey, por no hablar de usted, Su Majestad, sean personas de suma importancia para este Reino.
—Así me lo han dicho, tantas veces que me duele la cabeza.
—Mmm. Y yo lo he dicho tantas veces que se me ha adormecido la lengua— Fourier frunció los labios, pero Miklotov se acarició la barba con indiferencia—. Esa historia es la razón por la que deseo fervientemente que aprecie más su posición, Su Majestad.
—Jum, entonces supongo que no teng… ¡Espere! Si solo nuestra sangre nos hace tan importantes a mi padre y a mí, ¿no significa que todo este estudio no es realmente necesario? ¿Qué hay de eso?
—Jo, jo, la insolencia asoma de nuevo. Piénselo desde el punto de vista de sus súbditos. Puede que estén obligados a respetar a quien ocupe el cargo, pero ¿cree que preferirían servir bajo un ignorante o un bruto cuando podrían tener a un hombre inteligente? Y el intelecto no florece sin el debido cultivo. Ni tampoco la sangre del Rey León.
—¿El Rey León? ¿Ese viejo nombre polvoriento otra vez?
Una inusual pasión había entrado en la voz de Miklotov, pero Fourier lo miró con una sonrisa irónica. «Rey León» era el término para el primer gobernante que hizo un pacto con el Dragón; en otras palabras, la primera persona que estableció lo que hoy era el Reino de Lugunica. Había sido llamado «el Último Rey León».
—Entiendo cuánto espera de los descendientes del Rey León —dijo Fourier—. Pero es mucho pedir para aquellos que nacimos tan lejos en la línea de sucesión. Los Sabios son prácticamente inigualables, ya sea que se busquen en todo el mundo o a lo largo de la historia. No espero que nazca ninguno pronto.
—Así lo dice usted, Su Majestad, pero la sangre no se ha diluido. Es un hecho que, una vez tras varias generaciones, aparece un auténtico prodigio en el Linaje Real. Hace dos generaciones… —Miklotov hablaba con fluidez, pero de repente se detuvo. Su rostro arrugado se ensombreció, sacudió la cabeza a los lados y murmuró: —No.
Tras un momento, continuó:
—Mis disculpas. Tuve un desliz. La memoria se vuelve poco fiable en la vejez.
—¡Que usted pierda la memoria es lo peor que podría pasarle a este Reino! ¡Deje de preocuparse por un vándalo como yo y cuídese a sí mismo!
—No creo que Su Majestad sea un vándalo…
Miklotov opuso algo de resistencia cuando Fourier intentó sacarlo de la habitación. Pero sus viejos huesos no podían competir con un muchacho en la flor de la juventud.
—Bien, entonces…
Tras haber echado al anciano parlanchín, Fourier se quedó solo. Comenzó a quitarse la ropa. Se cambió por lo que le vino en gana, se envolvió la cabeza con un pañuelo que disimulara su llamativo cabello dorado. Luego, habiéndose preparado para todo imprevisto, escapó sigilosamente de la habitación.
No había nadie en el pasillo. Fourier se puso a correr por el castillo silencioso a toda prisa. Esperaba pasar desapercibido, y no le convenía que nadie lo viera.
Se dirigía al mismo lugar que había visitado cada día en tiempos recientes.
… Una galería, desde donde cada día contemplaba los jardines, esperando ver a esa niña.
3
Fourier llegó a la galería con despreocupación, se aseguró de que no hubiera nadie cerca, se subió al barandal y comenzó a buscar con avidez en el jardín a la niña que había visto.
—Jum. Tampoco hoy, ¿eh? Me esfuerzo tanto por venir aquí, y todo para nada. Hacerle esto a un príncipe… esa niña no conoce el miedo. Cielos.
Incapaz de encontrar a la que tanto deseaba, Fourier estaba lleno de pesar. Habían pasado diez días desde que la vio por primera vez. Aquel día había huido porque los latidos de su pecho le parecieron peligrosos, pero ahora esperaba volver a verla precisamente porque quería experimentar esa sensación una vez más.
El dolor en su corazón nunca desapareció en realidad. De hecho, se renovaba cada vez que recordaba su rostro. Estaba convencido de que la única manera de hallar alivio era encontrarse con ella.
Fourier jamás había dudado de la intuición que guiaba sus actos. Ocasionalmente podía sentir cómo surgía una respuesta, sin razón aparente, entre innumerables opciones. Lo que descubría así siempre lo llevaba por el camino correcto. Le ocurría lo mismo en las clases de aritmética e historia, o al decidir un movimiento en el shatranj, un juego de mesa con piezas. Como ejemplo extremo, varios años atrás, incluso había previsto que una rueda se desprendería del carruaje de dragón en el que viajaba su padre, el Rey.
Pero todo esto se descartaba como mera coincidencia; simples conjeturas que no podían repetirse. Se lo contó a su maestro, pero el hombre refunfuñó algo sobre tonterías. Fourier no era un niño tan ignorante como para insistir en una percepción que lo hacía diferente de la gente normal.
—Da igual. Lo importante ahora es la niña. Si al menos supiera su nombre, todo sería mucho más fácil…
Su única pista en ese momento era que debía ser hija de alguna familia con suficiente prestigio como para tener acceso al castillo. Si contara cuándo y dónde la había visto, los guardias y las sirvientas tal vez podrían ayudarlo.
—Pero odio depender de los demás. No sé por qué, pero siento que sería bastante problemático que alguien supiera que la estoy buscando. Jum…
Las palpitaciones, la extraña sensación de que lo que hacía no era del todo aceptable… todo esto desconcertaba a Fourier. Ni siquiera sabía realmente qué haría si alguna vez la encontraba.
—Supongo que puedo decidir qué hacer después de que nos encontremos. Creo recordar que alguna persona importante dijo que pensar demasiado es otra forma de cobardía… ¡Mm!
Mientras estaba allí murmurando para sí, de repente algo nubló los bordes de su visión. Fourier se asomó por encima del barandal, tratando de seguir con la mirada la silueta de alguien que pasaba justo debajo del pasillo abierto. Vio un indicio de una manga de color hierba fresca.
Era justo el mismo color, el que recordaba del vestido de la niña.
—Uy…
En el momento en que la imagen de la niña cruzó su mente, Fourier sintió que su pie resbalaba del barandal. Se había inclinado demasiado hacia adelante, perdió el equilibrio y se encontró cayendo de la galería. El jardín estaba pavimentado con losas. Si se golpeaba la cabeza contra una, no sería bonito.
Iba a pagar este pequeño capricho con su vida…
—¡¿Ah?!
Pero resultó que nada de eso ocurrió. Sintió que su cuerpo se hundía en algo blando, que amortiguaba su caída.
—¡Bff! ¡Plaaaf! ¡Pft! ¡Blag! ¿Qué es esto? ¿Es… tierra?!
Sacándose del montón de tierra blanda, Fourier escupió hojas y lodo de la boca. Aparentemente había logrado caer en un parterre en lugar de las losas; milagrosamente, estaba ileso.
Mirando hacia arriba, pudo ver el pasillo del que había caído. Quizás fue pura casualidad, otra vez, lo que había evitado que se lastimara a pesar de una caída de casi dos pisos.
—Guau. Esa es mi suerte. Solo demuestra que un poco de buena fortuna puede sacarte incluso del aprieto más difícil —dijo Fourier con un dejo de asombro, mirando sus palmas enlodadas.
Ignoró el hecho de que si realmente hubiera estado bendecido con buena fortuna, no se habría caído en primer lugar. Saltó del parterre y miró a su alrededor, pensando que tendría que encontrar a una sirvienta que le preparara un baño.
—…
Y allí estaba la niña, mirándolo con los ojos ampliamente abiertos.
Tenía el idéntico y hermoso cabello verde, todavía recogido, los claros iris ámbar que recordaba, y vestía ese traje color hierba. Era exactamente la misma niña que había quedado grabada en la memoria de Fourier.
—Oh… ¡Oh! ¡Oohhh…! —apenas comprobó esto, Fourier sintió que sus mejillas comenzaban a arder y descubrió que había perdido la capacidad de hablar. Su confianza en que sabría qué decir cuando llegara el momento lo había abandonado, dejándolo en este lamentable estado.
Mientras Fourier permanecía allí, incapaz siquiera de pensar, la niña, aún con los ojos ampliamente abiertos por la sorpresa, miró despacio hacia arriba. Observó varias veces a Fourier y el barandal, una y otra vez. Entonces él comprendió que ella pensaba que se había lastimado.
—¡Ah, no te preocupes por mí! ¿Ves? ¡No estoy herido en lo más mínimo! Veo que te he molestado, pero no tienes por qué preocuparte. ¡Mi cuerpo es tan duro que prácticamente es un arma!
Fourier todavía estaba confundido, pero extendió ambos brazos en un esfuerzo por demostrar que estaba ileso. La niña no mostró reacción alguna, pero al menos debió de entender que se encontraba bien.
Fourier deseaba continuar la conversación, pero también era muy consciente de que ella lo había presenciado en un momento poco principesco, y sus pies tenían un fuerte deseo de llevarlo lejos de aquel lugar. Quizás tendría que conformarse con haberse encontrado con ella por segunda vez.
—Bueno, estoy muy ocupado con muchísimas cosas, así que ¡disculpa! ¡Te deseo un buen día… ¿Eh? —sacudió la mano y estaba a punto de salir del parterre, cuando se encontró con el camino bloqueado.
La niña estaba frente a él y lo miraba fijamente de forma penetrante y dura. Habló severamente diciendo:
—¿Crees que vas a librarte de esta con tan endebles excusas, intruso?
Fourier notó lo clara y fuerte que era su voz, acorde con su apariencia. Pero el asombro pronto reemplazó esa sensación; gracias a la daga que brillaba en la mano de la niña.
—¡A-ay! ¡Una mujer como tú no debería andar con algo así!
—A mi padre tampoco le gusta, pero como ves, a veces es bueno tenerla. No intentes nada raro. Y no me subestimes solo porque soy una niña. Espera a ver lo que les hacen a los que intentan entrar al castillo.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Jmh?

La voz de la niña se había vuelto afilada como una navaja, y no mostraba señal de responder a los intentos de Fourier por calmarla. No aparecía duda en sus ojos. Realmente pensaba que él era un intruso.
No podía ser mayor que él, y aun así tenía tanto valor. No, había algo más.
—…
Su agarre sobre el mango de la daga era tan fuerte que Fourier podía ver las puntas de sus dedos volverse blancas. No tenía experiencia apuntando un arma a una persona. Simplemente hacía lo que sentía que debía hacer, mientras intentaba no temblar.
Fourier en verdad no esperaba ser tratado de esta manera. Nunca había pensado que cuando volviera a encontrarse con la niña, podría ser así, ni que esa sería la actitud que tomaría hacia él. Pero había una cosa en la que no se había equivocado:
—Sí que eres una buena muchacha, ¿verdad?
Lo que sentía era que le importaba la niña que tenía delante incluso más de lo que había imaginado.
La expresión de la niña vaciló, desconcertada por el murmullo de Fourier.
—… No puedes engañarme. Mis ojos ven a través de mentiras y ardides.
—Una respuesta algo decepcionante, cuando he revelado mis verdaderos sentimientos. ¿Qué es lo que tanto te disgusta de mí? ¡Me gustaría saberlo!
—… ¿Crees que confiaría en alguien que esconde su rostro, solo porque me lo pide?
—¿Jumm…? ¡Ah! ¡Ah, ya veo, ya veo! Ese fue mi error —Fourier finalmente se dio cuenta de que la causa de la sospecha de la niña era su propia culpa.
Se tocó la cabeza y encontró el pañuelo que había usado como disfraz. Se lo quitó apresuradamente, y su cabello dorado cayó alrededor de su rostro. Ante eso, los ojos de la niña se abrieron aún más.
—Veo que te he confundido —dijo Fourier—. Como puedes ver, no soy un intruso. ¡Soy el cuarto príncipe de esta nación, Fourier Lugunica! Puedes contemplar mi semblante.
Fourier se secó un poco de sudor de la frente mientras se presentaba, tratando de tranquilizar a la asombrada joven. Seguramente su sospecha desaparecería, y su sonrisa brotaría como una flor…
—¡Mis más profundas disculpas, Su Majestad! ¡Ni siquiera volviendo mi propia daga contra mí misma expiaría esta afrenta!
… pero, por supuesto, nada era nunca tan fácil.
4
La niña de la daga se arrodilló en el lugar al darse cuenta de quién era Fourier. Esto sería un acontecimiento devastador para ella. Había capturado a quien creía un intruso en el castillo, y resultó ser un príncipe. E incluso había desenvainado su arma: sería demasiado para su pobre corazón.
—¿Cómo podría pedirte que asumas la culpa? Yo mismo me disfracé con el pañuelo, lo suficiente para hacerte creer que era un sujeto sospechoso. ¿Acaso soy un bruto que culparía a uno de mis súbditos por un malentendido que fue mi propio error?
—Pero haber tomado ese tono con Su Majestad… No merece perdón. Por favor, dicte sentencia.
—Eres extrañamente testaruda, ¿verdad? ¡Tu sentido del deber es muy exigente! Muy bien, entonces haz lo que te digo. Sientes culpa hacia mí y harías lo que fuera necesario para verme complacido. ¿No es así? —Fourier estaba desesperado por detener a la niña, que parecía dispuesta en ese mismo momento a clavarse la daga en su propio vientre.
Ella respondió:
—Sí, mi Príncipe —y le entregó su puñal—. Por favor, Su Majestad, haga conmigo lo que considere oportuno. Aceptaré cualquier castigo.
—Em… ¿«lo que considere oportuno»? ¿«Cualquier castigo»? ¿Por qué me late el corazón tan fuerte…? —Fourier sintió que su corazón se aceleraba ante la vista de la severa niña frente a él. Pero sacudió la cabeza a los lados para despejar su mente y respiró hondo para calmar su corazón—. Entonces dicto tu castigo. Tú… Sí. Te ordeno que me ayudes a pasar el rato un momento. Conversa conmigo para mi placer, hasta que me haya tranquilizado un poco.
—Que yo… Su Majestad, ¿cómo es eso un castigo…?
—¡Calla! ¡No admitiré protestas! ¿No dijiste que acatarías mis deseos? Pues mis deseos son claros. No puedes negarte, así que este asunto está zanjado. ¿Bien? —con los brazos cruzados sobre el pecho, Fourier dio por terminada la conversación abruptamente.
La niña lo miró un momento y luego se colocó la mano en la comisura de su labios.
—¡Jeje! —se le escapó una pequeña risa, aunque intentó contenerla.
Era la primera vez que Fourier la veía sonreír de una manera propia de su edad. Un gesto juvenil y adorable curvó sus labios, rompiendo su expresión rígida y seria.
—Por un momento me preocupé, pero fue en vano, al parecer… ¿Jum? —al descruzar los brazos, Fourier alcanzó a ver la daga que aún sostenía en la mano.
Fue entonces cuando se dio cuenta. La daga era una pieza excepcional, sí, pero el mango y la funda llevaban una marca distintiva. Parecía un león con las fauces abiertas, y le resultaba muy familiar a Fourier.
—Este blasón… un escudo con forma de león mostrando los colmillos. Debes ser miembro de la Casa de Karsten… Espera. ¡Debes ser la hija de Meckart! ¡Lo eres, verdad! —dijo, señalando la daga tras darse cuenta repentinamente de quién era la niña.
La niña suspiró resignada y asintió de forma desanimada.
—Sí. Como Su Majestad discierne. Soy la hija de Meckart Karsten, Jefe de la Casa de Karsten. Mi nombre es Crusch Karsten. Fue terriblemente grosero de mi parte no presentarme primero.
—Fue mi decisión dar mi nombre. Y mi decisión ocultar mi rostro. No hace falta volver a eso. Pero imagínate mi sorpresa… la hija del famoso Meckart Karsten.
“Crusch”, Fourier retuvo el sonido de su nombre en sus oídos, lo grabó en su memoria.
Su padre, Meckart, era un noble de alto rango de una Casa Ducal. Aunque daba una impresión algo tímida, era un servidor de la Familia Real completamente confiable. Era difícil imaginar a esta niña como su hija.
—Crusch. Un nombre hermoso. Combina a tu porte gallardo y noble.
—Su Majestad, es usted muy amable. Mas le agradezco.
—¿C-consideras que mis palabras son solo halagos? Ah, sí. Debo devolverte esto. Cof, cof.
Sin ser consciente de que miraba embelesado a la modestia de Crusch, Fourier tosió. Sentía las mejillas calientes. Le entregó la daga para intentar concentrarse en otra cosa. Ella la tomó con reverencia, apretándola suavemente contra su pecho.
—Parece que es algo preciado para ti —dijo él.
—… Es un regalo de mi padre. Para celebrar mi cumpleaños, aunque me advirtió que la usara con cuidado —su voz era titubeante; quizás todavía estaba aturullada por su episodio de identidad equivocada.
Fourier deliberadamente intentó cambiar de tema para no regresar a eso.
—¿Una daga para el cumpleaños de su hija? Incluso para Meckart, me parece algo insensible.
—Yo se la pedí. Mi Padre me preguntó qué quería, y le dije que la daga con el escudo que heredan los Jefes de nuestra casa.
—… ¡Y sí, insensible sería no dártela! Sí, una daga es un excelente regalo. ¡Es útil tener una a mano, una buena daga!
—No tiene por qué molestarse en proteger mis sentimientos, Su Majestad. Entiendo que mis gustos no son como los de otras señoritas —esbozó una sonrisa de algún modo efímera ante los bruscos intentos de Fourier por cambiar de opinión en medio de la conversación.
La mayoría de las niñas de la edad de Crusch podrían haber pedido joyas para adornarse. Era una niña realmente inusual que, pudiendo elegir, escogiera la daga hereditaria de la familia como regalo. Pero, viendo con qué ternura Crusch sostenía el objeto, Fourier intuyó que sería superficial apresurarse a juzgar.
—¿Qué hay de malo en ello? Una cosa sería que una niña estuviera obsesionada con la hoja en sí, intentando conseguirla desesperadamente. Pero eso no es lo que tenías en mente, ¿verdad? Te cautivó el escudo del león, ¿no es así? ¿Y cómo podría yo menospreciar a una niña así? ¡Después de todo, yo mismo soy descendiente del Rey León!
—…
—¿Pasa algo? —preguntó Fourier.
Había hablado con tanta seguridad, pero Crusch simplemente lo miraba fijamente. Esta niña al principio parecía tan estoica, y ahora ya había visto tantas de sus variadas expresiones, aunque deseaba que más de ellas fueran sonrisas.
—N-no —dijo Crusch—. Es solo que… es la primera vez que alguien piensa que podría haberme interesado por el escudo, y me ha sorprendido.
—Ah, ya veo. ¿Pero no es cierto?
—Sí… lo es.
Crusch parecía querer entender por qué Fourier había hecho esa suposición con tanta confianza. Así que Fourier hinchó el pecho con orgullo y dijo:
—Pues debe saber que no hubo ninguna razón especial para pensarlo. Ni pruebas. Solo mi propia certeza.
—… Veo que Su Majestad va en serio. Me sorprende más con cada momento.
—Por lo general, siempre voy en serio. Aunque mis excentricidades son de un tipo que la gente común no suele percibir. ¡Jeje! ¿Ahora me temes?
—No, milord. Solo lo admiro —Crusch bajó la barbilla y levantó el puñal para que Fourier pudiera verlo. Sus delicadas yemas de los dedos acariciaron el escudo, y sus ojos color ámbar brillaron—. ¿Es Su Majestad consciente de la razón por la que el escudo de mi casa, la Casa de Karsten, es un león?
—Em… ¡sí, sí, claro que lo sé! Pero… solo por cumplir con las formalidades, deseo escucharlo de tus propios labios. Debo ver si compartimos el mismo entendimiento.
—Por supuesto. Como Su Majestad sabe, el escudo del león era originalmente la insignia de la Familia Real de Lugunica.
Eso había ocurrido cuatro siglos atrás, antes de que se hiciera el pacto con el Dragón y la nación pasara a conocerse como el Reino Dragón. En aquellos días, el Reino de Lugunica ostentaba el escudo del león, y su gobernante era llamado el «Rey León».
Sabios y fuertes, esos Señores guiaban a todo el pueblo. El título se perdió cuando el último Rey León hizo su pacto con el Dragón, y los Dragones pasaron a ser más venerados que los leones en Lugunica.
—Por la gracia del Dragón, el Reino se volvió rico y próspero —concluyó Crusch—. Y como el Rey León ya no era necesario, el escudo del león dio paso al que tenemos hoy, que lleva al Dragón.
—¡Así es, ya lo recuerdo! El escudo del león no se perdió, sino que el gobernante lo regaló a un súbdito especialmente valorado. Y el león que muestra sus colmillos…
—… se convirtió en el símbolo de mi familia, la Casa de Karsten.
Las interminables charlas de Miklotov y esas clases de las que Fourier siempre huía finalmente habían sido útiles. Pero rara vez había escuchado el antiguo título de «Rey León» más que hoy.
—El Rey León… —murmuró.
—En efecto —dijo ella—, el Rey León.
Era un título que muchos habían casi olvidado. Fourier intentó pronunciarlo con soltura, pero se sintió incapaz. La sonrisa que cruzó los labios de Crusch lo había desconcertado mientras ella asentía. No era la sonrisa de alguien que recuerda vagamente un nombre antiguo y desvaído del pasado.
… Más bien, denotaba una admiración, incluso un cariño, por el Rey olvidado.
—¡Aay!
—¡¿Su Majestad?! ¿A-ahora qué está haciendo?
Fourier había estado a punto de esbozar una sonrisa vacua. Para evitarlo, se había dado una fuerte bofetada en la mejilla, sobresaltando a Crusch.
—¿Está bien, Su Majestad? ¿Ha pasado algo?
—N-no es nada. Fue algo sin importancia. Un insecto se paró en mi mejilla. ¡Me es natural ser amado incluso por criaturas tan pequeñas como esa!
La mejilla de Fourier estaba roja y las lágrimas se le salían, pero Crusch pareció convenientemente engañada y dijo: «Ya veo…».
Convencido de que el dolor había valido la pena, Fourier se felicitó a sí mismo por su propio juicio. Luego intentó devolver la conversación al tema del Rey León.
—Crusch. Veo que tienes una apreciación excepcional del Rey León. ¿Por qué?
—No hay ninguna razón especial. Y… ¿es esto algo que debamos estar discutiendo en el Castillo Real…?
—¿Qué, acaso sería un problema si alguien nos oyera? Entonces que sea nuestro secreto, tuyo y mío. Yo, desde luego, no se lo contaré a nadie. ¡Jamás traiciono una promesa!
Sonaba tan seguro de sí mismo. Tras un momento de silencio, Crusch volvió a sonreír. Estaba hablando con uno de los miembros principales de la Familia Real. No existía tal cosa como un secreto. Para ella, Fourier parecía haber olvidado que era de sangre Real. Lo miró, un poco atónita.
—A veces tengo un pensamiento. Aunque conozco el significado del escudo de mi Casa, y sé del pacto con el Dragón que protege nuestro Reino, creo que puede ser demasiado para este pequeño cuerpo mío.
—¿Qué pensamiento es ese?
—En la época del Rey León, no teníamos la estabilidad que disfrutamos ahora. Pero tampoco tenían este estancamiento. La bendición del Dragón hace nuestras vidas fáciles… quizá demasiado fáciles.
—Glup —Fourier tragó con dificultad ante sus palabras.
Al verlo enmudecer, los labios de Crusch se curvaron de nuevo en una sonrisa. En cambio, no era la sonrisa afectuosa de antes, sino una expresión distante que de algún modo parecía adulta.
—¿Va a castigarme Su Majestad ahora por faltarle el respeto al Reino?
—Con toda honestidad, empiezo a pensar que es mejor que esto quede entre nosotros. Tienes razón en que esta conversación no debería compartirse con cualquiera. Aun así…
Fourier no terminaba de ver lo que Crusch veía. Llámese diferencia de intelecto o de forma de vida. El joven príncipe apenas comenzaba a familiarizarse con la naturaleza de ella y no podía ofrecer una respuesta a aquello que ella meditaba.
Cuando ella vio a Fourier angustiarse por lo que había dicho, Crusch entrecerró los ojos y la fuerza se le drenó de los hombros.
—Olvide lo que dije, milord. Considérelo los tontos murmullos de una niña que no conoce su lugar. No tengo hermanos, pero aun así soy una mujer. No puedo elegir una vida acorde con el escudo de mi Casa… la senda de un león.
Pronunció las palabras «no puedo elegir» con un tono de profunda resignación. Había algo que deseaba hacer desesperadamente y no podía. Seguramente eso era lo que diferenciaba a la joven Crusch de otras niñas. Por eso había capturado de forma tan completa la atención de Fourier.
Sintió una oleada de calor en su corazón enfurecido. Abrió la boca, dejando ver un diente similar a un colmillo.
—¿Tontos? Que otros las llamen así. Pero tú nunca debes conceder eso tú misma.
—… ¿Su Majestad?
Fourier conocía muy bien el dolor de los malentendidos y el menosprecio con palabras como «tonterías» o «disparates». Eso le había hecho rendirse en el pasado, pero aunque tuviera que admitirlo, le resultaba difícil permitir esto. Ver a la mujer que había captado su atención renunciando a aquello mismo que había despertado su interés en ella.
—No sé qué deseos albergas ni qué quieres hacer. Pero estoy seguro de que la niña que está aquí ante mí hoy es el resultado de sus esfuerzos por alcanzar esa meta. Parece que ahora consideras que ese tiempo fue desperdiciado, pero…
Él había quedado completamente cautivado al verla allí de pie: su rostro, el sonido de su voz y el tiempo que habían pasado juntos. Y todas esas cosas de las que se había enamorado seguramente habían surgido gracias a su constante lucha por realizar su deseo, el deseo que ahora estaba a punto de abandonar. Y por eso su rechazo nacía del fuego de su propia pasión profundamente arraigada.
… Que ese deseo se pierda sería un grave error. Esto, Fourier lo sabía con cada parte de su ser.
—Estoy convencido de que eres más inteligente que yo. Pero la inteligencia tiene poco que ver conmigo. ¡Estás mal! ¡Sé que lo estás!
—¿Su Majestad…? ¿Acaso también está mal lo que yo busco?
—¡No lo sé! No sé en qué está mal. Pero está mal en algo.
Crusch pareció desconcertada por la contundente declaración de Fourier. Sus ideas habían sido ampliamente criticadas en el pasado. Le habían dicho repetidamente que estaba equivocada, que era diferente de los que la rodeaban, hasta que finalmente había comenzado a dudar de su propio pensamiento. En el fondo, el arrebato de Fourier no era igual a esos otros rechazos.
—¡No me pongas esa sonrisa resignada! Quizás tus palabras sean tonterías, pero te pertenecen. Yo no me reiré, y quien se ría no tiene la visión para ver hacia dónde te diriges. Nunca se sabe lo que puede resultar de ello… qué flor podría florecer. ¡Todavía eres solo un capullo! ¿Y quién puede decir qué maravillosa flor podría surgir antes de que se haya desarrollado por completo? —Fourier estaba bastante orgulloso de haber pensado en esa metáfora. Volteó hacia el parterre y señaló el capullo inmaduro en la esquina—. No sé qué estabas viendo, pero cuando miraste ese brote conocí tu corazón. Porque estoy seguro de que es igual que el mío.
—…
—A-así que… no te culpes por ser diferente de los demás. No significa nada y es poco importante. Podemos tener nuestras diferencias, pero si vemos la misma belleza en las mismas cosas, ¡entonces todo irá bien para nosotros!
Fourier levantó el puño en el aire, exclamando «¿Qué tal eso?» en un arranque de emoción. Crusch abrió ampliamente los ojos, abrumada por su ardor. En silencio, como si se dejara arrastrar, también miró hacia el parterre.
Luego dijo:
—Vine hoy aquí para ver si ya había florecido.
—Lo imaginé. Lo estabas observando con tanto interés.
Crusch se quedó confundida.
—¿No es esta la primera vez que Su Majestad me ve aquí?
—¡Ah! Eh, no, ¡es la primera vez! Solo estaba… ¡hablando por intuición! ¡Sí, eso es!
Crusch no presionó a Fourier por esos extraños comentarios, solo sonrió. En voz baja, dijo:
—Si cree que vemos la misma belleza en las mismas cosas… —su rostro se relajó—. Entonces, milord, cuando este capullo florezca, ¿podría verlo con usted? ¿Para descubrir si alguien tan inusual como yo comparte su sensibilidad?
—¿Ah? ¡Ah, claro! Desde luego que puedes. ¡Eso me gustaría! —Fourier respondió en un ataque de éxtasis, enrojecido desde el cuello hacia arriba ante la sonriente invitación de Crusch.
Solo las flores —y un único capullo— que se mecían al viento fueron testigos de esta extraña pero divertida conversación.
5
—Así que la fuente del malestar de corazón del Joven Señor Fourier es Crusch Karsten, ¿es eso?
En una habitación del castillo de Lugunica llena de estanterías, Miklotov estaba recibiendo un informe. Frente al anciano sabio estaba el tutor encargado de la educación de Fourier. El príncipe siempre había sido caprichoso, pero últimamente había estado aún menos capaz de concentrarse de lo habitual. Cuando el instructor le contó cuál era el problema, Miklotov asintió y se acarició la larga barba.
—Mmm. Ya veo. La hija del honorable duque Meckart. He oído que es una niña bastante extraña… Quizás eso es precisamente lo que le atrajo a su majestad Fourier.
—Me temo que no lo sé, milord. Pero parece ser un hecho que la joven y Su Majestad se llevan bien. El otro día, tengo entendido que fueron juntos al jardín a ver una flor…
—Qué bonito. Pero si esto le hace descuidar sus estudios…
—Ah, ejem, a propósito de eso, milord —interrumpió el tutor a Miklotov. El Sabio alzó una ceja—. Si hay que decir algo, Su Majestad ha estado más concentrado en sus estudios que antes. Quizás el que conociera la joven ha…
—… logrado que se presente como su mejor versión. Sí, qué bonito, de verdad —Miklotov terminó la frase reticente del tutor.
El ambiente era algo incómodo, pero inmediatamente después, la mirada de Miklotov se agudizó y se enderezó. Fijado por la mirada del anciano, el tutor sintió cómo se le secaba la garganta. Miklotov preguntó:
—¿Y el Joven Señor…? ¿Ha mostrado algún signo de la sangre?
—Ejem, él… no, no parece que… Al menos, que yo haya visto.
El desaliento cruzó los ojos de Miklotov. El anciano sabio dejó escapar un largo suspiro.
—¿Es así? … Quizás la segunda venida del Rey León solo sea un sueño… —no podía ocultar su decepción.
El tutor, sin poder simpatizar del todo ni con el pensamiento ni con los deseos del anciano, solo pudo permanecer en silencio.
El anciano deseaba la segunda venida de un gobernante sabio que había dominado en la época de los Reyes León. Pero el tutor se preguntaba qué sentido podía tener eso. El Reino estaba seguro gracias a su pacto con el Dragón y las bendiciones que este proporcionaba. La Familia Real solo necesitaba continuar el linaje; no se le pedía nada más.
Así pues, el instructor no informó a Miklotov de los aspectos más peculiares de la naturaleza de Fourier. A veces, al muchacho le sobrevenía una inexplicable intuición. Pero el tutor había descartado sus destellos de perspicacia en juegos de mesa y ejercicios aritméticos como meras coincidencias. Era demasiado realista para considerar esos eventos como señales de que Fourier estaba cualificado para ser el Rey Sabio.
Y si no lograba simpatizar con el razonamiento de Miklotov, tampoco podía entender el ingenio de Fourier. Este tutor era un maestro talentoso, pero no más que un ciudadano corriente del Reino. Había alcanzado esos niveles principalmente porque no habían tenido suficientes funcionarios para cubrir todos los puestos vacantes.
—En ese caso, espero que al menos Su Majestad pase sus días con buena salud. Ejercitaré estos viejos huesos un poco más para asegurarme de que así sea…
Aunque era un Sabio, Miklotov no podía leer la mente. No podía saber que, en su corazón, el tutor poseía en realidad el relato que Miklotov anhelaba escuchar. Y Fourier vivía ignorante de lo que otros esperaban de él.
Era una especie de tragedia, pero también una de las grandes ironías del destino.
… Pero pasaría mucho, mucho tiempo antes de que el verdadero significado de esto saliera a la luz.
6
Después de eso, Fourier Lugunica encontró sus días cada vez más plenos, sin llegar a saber que aquellos que lo miraban con esperanza veían cómo su expectativa daba paso lentamente a la desesperación.
Varios días después de haber hecho su promesa a Crusch, vieron el capullo florecer hasta convertirse en una gran flor. La sonrisa de ella en el momento en que contempló la flor quedó fijamente grabada en la mente de Fourier.
—… Es hermosa, ¿verdad, Su Majestad?
—¡Desde luego que lo es! Creo que nunca olvidaré esto —Fourier optó por no revelar qué era exactamente aquello que quedaría grabado para siempre en su memoria.
Sus encuentros en el jardín continuaron con frecuencia después de aquel día. Crusch visitaba el jardín cada vez que llegaba al castillo, y Fourier siempre estaba allí. Pero Crusch era de algún modo diferente desde que vieron aquella flor juntos. A medida que se veían más y más, algo en ella comenzó a cambiar.
—Ya no te atas el cabello —comentó Fourier un día.
Cuando se conocieron, su cabello había estado recogido y usaba un vestido que era la viva imagen de lo femenino. Pero últimamente, cada vez que la veía, llevaba su largo cabello suelto y los diseños de sus vestidos se volvían más refinados.
—Se lo debo a lo que dijo Su Majestad —respondió Crusch con una leve sonrisa.
Pero Fourier no podía imaginar a qué se refería. ¿Qué le había dicho él para inspirar semejante cambio?
—No es necesario que lo entienda, milord. Pero le doy las gracias igualmente.
—¡Jum! ¿Pero cómo voy a estar tranquilo sin saberlo? ¡Me inquieta tanto!
—… —Crusch no respondió nada al arrebato de Fourier, sino que bajó la mano hasta su cadera.
Allí colgaba la daga, y Fourier se dio cuenta de que había adquirido la costumbre de tocar el escudo del león. De repente sintió como si el Rey León se la hubiera arrebatado, aunque ella estuviera allí de pie.
—Sientes una gran atracción por el Rey León, ¿verdad? —dijo él.
—Lo malinterpreta, Su Majestad. Simplemente me siento orgullosa de mi antepasado, que apoyó diligentemente a su país y fue reconocido como el más grande servidor del Rey… aunque entiendo que hago esto muy a menudo —sus mejillas sonrojadas delataron su intento de excusa tras notar el humor sombrío del príncipe.
Cada vez menos contento con la situación, Fourier miró la daga con pesar.
—Pero el Rey León ya no existe —dijo—. Por mucho que te guste, nadie más volverá a…
—…
—¡Eh, no! ¡Quiero decir… hablaba en sentido figurado! No quería…
Sus palabras involuntarias debieron de herir el corazón de Crusch, porque ella se sumió en un silencio opresivo y afligido mientras Fourier intentaba frenéticamente retractarse de lo que había dicho. Finalmente, aplaudió y dijo:
—¡Muy bien! Si eso es lo que deseas, ¡entonces yo me convertiré en la persona que buscas!
—¿Milord?
—¡Veamos si tu amor por este Reino se acerca a lo que el Rey León vio en tu honorable antepasado! ¿Por qué no? ¡La sangre del León corre por mis venas, ¿no es así? ¡Tengo todo el derecho a ser el juez de esto!
La sorpresa de Crusch ante estas maromas mentales dio paso a una sonrisa.
—¡Jum! ¿Te ríes de mí? ¡Me atrevería a decir que me he impresionado a mí mismo con mi impecable lógica!
—N-no, lo… lo siento. Es solo que… Su Majestad es una persona tan asombrosa…
—¡Ajá! ¿Te preguntas si soy tan digno de un juramento de lealtad como el Rey León, verdad? Muy bien. Obsérvame de cerca. Yo juzgaré tu lealtad, como tú juzgarás mi valía. Entonces, ¡resucitaremos una vez más el vínculo entre el Rey León y su más devoto servidor!
—¡Ah-jajajajaja!
—¡No te ríaaas!
Pero su diversión era como una flor floreciente, y pronto Fourier se unió a ella.
Nadie sabe si el voto que intercambiaron fue hecho en serio. Pero los dos siguieron siendo alguien querido el uno para el otro mucho tiempo después, y con al pasar los años se les unió otro joven. Cuando eso ocurrió, Fourier tendría un sueño, inspirado por el vínculo que este voto había iniciado.
Así que esto era meramente el comienzo de un sueño: el sueño de Fourier Lugunica.