Felix Argyle es un Chico Lindo
Capítulo 2
Felix Argyle es un Chico Lindo
1
—¡Esto es terrible! ¡Dicen que voy a asistir a un encuentro de presentación!
Tales fueron las desesperadas palabras que resonaron en la mansión Karsten una hermosa tarde. La puerta de la sala se abrió de par en par, y un joven muchacho de cabello dorado entró precipitadamente, todavía sin aliento.
Tenía ojos carmesíes, caninos distintivos y ropa fina, incluyendo una extravagante túnica de piel. Si hubiera podido reunir un silencio digno y una sonrisa, sin duda habría cautivado los corazones de muchas muchachas. Pero por desgracia, nadie lo había visto nunca actuar con tanta madurez.
El inquieto joven se llamaba Fourier Lugunica y era el cuarto hijo del Rey del Reino Dragón de Lugunica, un auténtico príncipe.
—Cálmese, Su Majestad. ¿Cómo los demás podemos mantener la compostura si usted está tan alterado? —la autora de esta amonestación era una joven que no mostraba ni el más mínimo indicio de pánico.
Tenía un largo y hermoso cabello verde atado con una cinta blanca, su cuerpo aún en crecimiento vestido con ropa de hombre. Sus ojos rasgados de color ámbar y sus rasgos firmes indicaban que algún día sería una gran belleza.
Era Crusch Karsten, la única hija del dueño de esta casa, Meckart Karsten. Algún día heredaría el ducado de su familia y sin duda se convertiría en una mujer de alto nivel. Pero en ese entonces, aún era una muchacha de catorce años; quienes la rodeaban habían tenido escasa oportunidad de reconocer sus dotes.
—¿Esperas que esté tranquilo en un momento como este? ¡Intentan casarme! ¿No crees que eso debería ser motivo de gran preocupación para ti? ¿No debería serlo para ella, Ferris?
—¿Ah? ¿Se lo pregunta a Ferris? —la persona aludida volteó y se señaló.
El que habló, completamente sorprendido, era un muchacho afeminado que movía sus orejas de gato de color lino: Felix Argyle.
Habían pasado cinco años desde que Felix, por razones propias, adoptó el nombre de Ferris, comenzó a vestir con ropa de mujer y se convirtió en el asistente de Crusch. Ambos conocían bien a Fourier desde hacía tiempo y habían desarrollado la capacidad de disfrutar de las aparentes crisis que les traía el efusivo joven príncipe.
Superando su sorpresa inicial, Ferris se colocó un dedo en los labios y dijo:
—Mmm, tiene razón, príncipe Fourier. ¡Pero! Ahora tiene catorce años… Ya no eres un niño, así que tiene sentido que quieran arreglar un encuentro para miausted.
Fourier palideció al oír eso; sus puños cerrados temblaron.
—¡No, absolutamente no! ¡No seré parte de ningún encuentro de presentación! ¡Me niego!
—Pero, Su Majestad. Como miembro de la Familia Real, es su deber tomar una esposa y continuar con el linaje. El problema no desaparecerá solo porque no le guste —le recordó Crusch.
—A-um, no te equivocas, claro. No es que… no me opongo a la idea del matrimonio en general, ¿sabes? Pero, bueno… yo… yo tengo derecho a elegir, ¿no? No necesito un casamentero para… ¡Ahh, ¿qué me estás obligando a decir?!
—Ay, mi príncipe tan tosco… —dijo Ferris.
Mientras Fourier expresaba su ardiente resentimiento hacia el encuentro de presentación, Crusch respondía con lógica irrefutable. Fourier intentaba responder, pero no encontraba qué decir, y pronto recurría a un berrinche sonrojado. Ferris solo podía sacudir la cabeza a los lados y suspirar. Sentía la frustración nacida de cinco años viendo a estos dos hablar sin entenderse.
El enamoramiento de Fourier por Crusch era evidente. Era lógico que no tuviera interés en un encuentro de presentación cuando su corazón pertenecía a otra desde hacía tanto tiempo. Si al menos pudiera animarse a ser sincero al respecto. El cuarto príncipe, Fourier, y la hija de un duque, Crusch. Tenían un estatus lo suficientemente cercano; no habría ningún problema. Pero…
—Ferris, Su Majestad parece muy alterado. ¿Dije algo malo? ¿Qué opinas? —dijo Crusch, susurrándole para que el príncipe no la oyera. Era completamente inconsciente.
Crusch era la Señora de Ferris de toda la vida, la muchacha más cariñosa del mundo, y era totalmente incapaz de discernir nada más que afecto producto de la amistad. No había ningún problema en el interés romántico de Fourier, excepto que la propia Crusch era su último y mayor obstáculo.
Deseaba que Fourier se apresurara y encontrara el valor para confesar sus sentimientos…
—No, Lady Crusch, no ha hecho nada malo. Todo es culpa de Su Majestad. Él ha cometido el error. Mi Señora, ayúdeme a decirle que sea miauenos tosco…
—Mmm, muy bien. Supongo que puedo confiar en tu evaluación. Su Majestad, no tengo del todo claro esto, pero le ofrezco mi sincera petición de que deje de ser tan tosco.
—¡Arg!
No había ningún tono agresivo en las palabras, pero Fourier se colocó las manos en el pecho y cayó de rodillas porque era su amada quien había hablado. Crusch agrandó los ojos ante esto y miró con reproche a Ferris.
—Te castigaré por esto más tarde, Ferris.
—¡Oh, pero Ferris solo quería sacarle una sonrisa, mi Señora!
—Cielos. Adulando como siempre. Supongo que eres la única persona que podría burlar mi Protección Divina de la Lectura del Viento. Menos mal que me recuerdan que no es todopoderosa.
—¡Sí! Eso es todo lo que Ferris intentaba hacer: recordárselo, mi Señora.
—Fingiré creerte. Pero igual te voy a castigar —Crusch asintió con severidad.
Ni una sola vez en su vida había dejado de cumplir algo que decía que haría. Castigo era una palabra que sonaba bien, pero no se andaba con rodeos a la hora de repartirlos, así que cualquiera que quisiera jugarle una broma tenía que estar preparado para las consecuencias.
—¡Ah, bueno! ¡Ferris seguirá haciendo bromas, eso seguro! ¡Solo para ver a la adorable Lady Crusch con esa cara de sorpresa! ¡Ay, es algo tan raro como precioso!
—¡Aagh, ya basta con vosotras dos! Cuando alguien llega agonizando y atormentado, ¿no es habitual consolarlo? ¿O es que disfrutáis dejándome sufrir? ¡Ay, qué soledad! —interrumpió Fourier, harto de que lo apartaran.
Podía ser un desafío tranquilizar a Fourier cuando se metía en uno de esos berrinches infantiles. Crusch y Ferris se dedicaron juntos a la tarea.
Quizás era un testimonio de la fuerza de la relación entre los tres que ninguno de los dos pareciera considerar esta función como un fastidio.
2
Cuando el temperamento de Fourier finalmente se calmó, el trío permaneció en la sala discutiendo los detalles del encuentro de presentación.
—La posible candidata es la hija de algún pariente del arzobispo de Gusteko. ¡Dicen que tiene diecinueve años! Cinco años mayor que yo. Esto no va a funcionar en lo más mínimo. Debemos cancelar la reunión —Fourier ya sonaba completamente convencido de su propia conclusión.
—¡Su Majestad! ¡Su Majestad, le digo que no tiene pruebas! —Ferris intentó amonestar sin volver a irritar al Joven Señor.
El Reino Sagrado de Gusteko era una de las Cuatro Grandes Naciones, conocida por sus temperaturas gélidas y las ventiscas que soportaba durante todo el año. También era famoso por una perspectiva religiosa que solo podía haber sido producida por circunstancias tan duras, una forma única de espiritismo. El arzobispo que Fourier había mencionado era una persona profundamente venerada en ese país.
—En Gusteko, el arzobispo es casi tan importante como el Consejo de Sabios aquí —dijo Ferris—. Una alianza miautrimonial con esa familia sería muy importante para Lugunica…
—Tal encuentro sería de tremenda importancia para ambas naciones, Su Majestad —añadió Crusch—. Es un deber esencial.
—¡Alto, alto, alto, alto! Solo estamos dando vueltas. ¿Desde cuándo os pusisteis del lado del Reino Sagrado? ¡Lo que digo es que no quiero ir a ningún encuentro! ¡Ayudadme! —Fourier se aferró a las rodillas de Ferris, casi llorando.
Ferris no pudo evitar pensar lo inapropiada que sería esta escena si alguien fuera testigo, pero aun así acarició la cabeza del príncipe llorón.
—Si está tan molesto, Lord Fourier, probablemente no lo llevarán a cabo… pero, por desgracia, estar molesto probablemente no sea una razón suficiente para rechazar la reunión en sí.
—Mmm, sí, eso mismo me doy cuenta. Quiero decir, cuando le dije eso a Miklotov, fui sometido a uno de sus raros ataques de ira. No tenía idea de que pudiera enojarse tanto…
Miklotov, del Consejo de Sabios, era conocido por su sabiduría y su cabeza fría. La noticia de que Fourier ya había logrado enojar al gran consejero hizo que Ferris se colocara las manos sobre la cabeza y luego dirigiera una mirada desesperada a Crusch.
—Lady Cruuusch… ¿Qué vamos a hacer?
—Buena pregunta. Por el bien del Reino, haría que Su Majestad simplemente se resignara a esta reunión, pero como tengo una gran deuda con él, estoy obligada a hacer todo lo que pueda cuando viene a mí en busca de ayuda. Por cierto, Su Majestad, si este matrimonio llegara a realizarse, ¿vendría la joven a Lugunica?
—No… Miklotov me dijo que debería prepararme para continuar mis estudios en algún lugar frío… ¡No puedo hacerlo! Odio tener calor y odio tener frío, ¡pero el frío es definitivamente peor! Me conoces, incluso en un día cálido como hoy, nunca dejo que mi túnica escape de vista.
Fourier no podía sentir ningún interés en la reunión, y ciertamente le preocupaba cómo sería la vida una vez casado. Le daría pena una joven atrapada con alguien que había resistido el encuentro con tanta vehemencia. Por otra parte, si ella se parecía en algo a Fourier, era posible que también la estuvieran forzando a esto.
—Y eso significa que es posible que ninguna de las dos partes de este matrimonio sea feliz… —se quejó.
Habría sido bastante simple señalar que muchos matrimonios eran así y dejar el asunto allí. Pero, así como Ferris amaba y respetaba a Crusch, también sentía un profundo afecto por Fourier. Si se podía hacer, quería verlos a ambos disfrutar de la mayor felicidad posible en esta vida. Incluso si, en el peor de los casos, eso dejaba al propio Ferris sin un lugar al que pertenecer.
—Bien, Su Majestad, se ha explicado perfectamente. Debemos encontrar la manera de sabotear esta reunión. ¡Como sea, pienso que su reputación no puede empeorar más!
—¡Ah! ¿Has cambiado de opinión? Eso es alentador, Ferris. Entonces, ¿cuál es tu plan? ¿Fingimos que ya estoy comprometido? Ya sabes, con… ¿alguien?
—¡Tendría que reunir más valor del que ha demiaustrado en toda su vida para lograrlo, Su Majestad!
Necesitarían más que entusiasmo. Incluso mientras reprendía a Fourier por su falta de coraje, Ferris tomó la mano de Crusch. Ella parecía muy contrariada. Luego la colocó sobre otra mano que aún se aferraba a sus rodillas: la mano de Fourier.
—Así es como funciona —dijo Ferris—. Por mucha pena que me dé la joven, en la reunión tiene que declarar que su corazón ya pertenece a otra… ¡y así es como saldrá adelante!
—¿E-es-ese es tu plan? ¡Pero… pero Crusch y yo no somos pareja…!
—¡Tiene razón, no lo son! Pero todo lo que tiene que hacer es que la otra parte crea que lo son y se retire en el encuentro. Después de eso, ustedes dos se tienen una gran pelea y se «separan» o algo así. ¡Sin mayor problema!
—¡Ferris! ¡Me duele el corazón por alguna razón! ¡Y el pecho y la espalda! ¡Por favor, aplícame magia curativa!
—¡La miaugia curativa no puede sanar el tipo de dolor que está sintiendo ahora, Su Majestad! ¡Lo siento!
Fourier se dejó llevar por el impulso de la idea de Ferris. Las manos del trío seguían juntas, y Fourier se sonrojó lentamente al cobrar conciencia de que iba a fingir ser el amante de Crusch.
Después de esa epifanía, se apresuró a sumarse al acto. Se puso de pie con notable confianza y dijo:
—¡Jeje! ¡Muy bien, entonces! Esperaba esto de ti, Ferris… ¡Te aplaudo por detectar mis talentos naturales como actor!
—No, no, es todo gracias a la personalidad maleable de Su Majestad. ¡Ferris no hizo nada!
—¡Jajaja! ¡No necesitas alabarme tanto! Sí, empiezo a sentirme bastante bien con esto. La nube que me cubría ha desaparecido como si nunca hubiera estado. Muy bien. ¡Ahora, Crusch! —con una gran carcajada, Fourier volvió a su estado habitual. Extendió la mano hacia su amada Crusch, mostrando una sonrisa que enseñaba los dientes como un niño tramando una travesura—. ¡Coopera conmigo para reducir esta reunión a nada! ¡Te pido este apoyo de t…!
—Su Majestad, me temo que debo decirle algo.
—Um… ¿y qué sería?
Fourier no se veía muy contento de que lo interrumpieran en el clímax de su discurso. Crusch le dirigió una mirada de complicidad, pero al mismo tiempo, frunció sus atractivas cejas.
—Sucede que mi padre ya me ha pedido que atienda algunos asuntos el mismo día de su reunión. Nada menos que una convocatoria al palacio por parte de Miklotov…
—¿Miaur?
Fourier quedó desconcertado, y Ferris no pudo ocultar su sorpresa. Pero a diferencia de Fourier, que ya había dejado de pensar, Ferris sospechó que un giro tan inconveniente de los acontecimientos era completamente intencional.
—¿Cree que concertaron a propósito un compromiso conflictivo para que no pudiera interferir con la reunión? —preguntó Ferris.
—Conociendo a mi padre y al estimado Miklotov, tal complot es posible. Por otra parte, podría ser realmente solo una coincidencia… Así que, Su Majestad, siento mucho decirle que no podré prestarle mi ayuda.
—Y-ya veo. E-está bien. Jaja. Está… Sí, completamente bien —Fourier se sentó pensativamente, sin poder ocultar del todo su decepción, desesperación y shock. Parecía absolutamente patético, y Ferris se apresuró a consolarlo.
Al ver la expresión de Fourier, Crusch inclinó la cabeza y asintió.
—Milord, supongo que no importa si la persona de la que supuestamente está enamorado soy yo, ¿verdad?
—¿Eh? —Ferris y Fourier levantaron la vista y hablaron al mismo tiempo.
Al ver sus reacciones perfectamente sincronizadas, Crusch esbozó una de sus sonrisas más raras: la sonrisa de una joven refinada que tramaba algo travieso.
3
El tan esperado día había llegado. La reunión se celebró en una mansión cercana a la frontera entre el Reino de Lugunica y el Reino Sagrado de Gusteko. Específicamente, era la mansión del vizconde Misère, que supervisaba toda la región norte de Lugunica; cuando se le informó del plan que estaban tramando, se mostró sorprendentemente dispuesto a participar.
—Esa gente del Reino Sagrado es francamente escalofriante. No quiero imaginar la sangre Real de Lugunica mezclada con el linaje de esos raros. La joven que conocerán hoy es especialmente mala. ¡Como sea posible, hagan que esto termine de inmediato!
Aunque no podía quejarse abiertamente, estar en la frontera le causaba inacabables problemas al Señor local. Estaba más que dispuesto a pasar por alto una pequeña travesura para obtener algo de alivio.
—Quizás haya que ser un poco raro para conseguir un trabajo importante comiau este. Con el Señor Meckart es igual.
El vizconde Misère le recordó a Ferris a cierto problemático Jefe de una familia noble. Meckart difícilmente parecía la imagen de un noble, pero cuando Ferris pensaba en todas las personas que había visto en el castillo, le parecía que muy pocas tenían el aspecto que uno esperaría al imaginar a la aristocracia. También recordó la vez que había ido a entrenar en magia curativa varios años atrás. Tenía la clara impresión de que ninguno de los nobles era muy, bueno, noble.
—Bueno, aunque eso no es cierto con los que me son más cercanos —murmuró.
Ni Crusch ni Fourier ni Meckart ofrecían motivo de queja a nivel personal. No eran los nobles estereotípicos, preocupados solo por la reputación y por dominar a los demás. Quizás sus padres eran los únicos nobles así.
—Ahh, basta, basta. No puedo deprimirme en un miaumento tan importante —se dio una palmada en la mejilla para recomponerse, pero se aseguró de hacerlo suavemente para que no se le enrojeciera la cara.
Ferris se había preparado mucho más a fondo de lo habitual para sus compromisos. Las sirvientas que lo habían atendido a instancias de Crusch habían hecho un trabajo fantástico. Era una señal de que ella esperaba mucho de él, aunque no pudiera estar presente. Solo pensarlo le aligeraba el corazón como si tuviera alas.
—Muy bien —se dijo—. ¡Allá vamos, Ferris!
Imaginó que Crusch le daba un pequeño empujón para comenzar y salió del vestuario. Recogió el faldón de su vestido con la misma determinación que un soldado que va al campo de batalla, y el Vizconde, que esperaba afuera, lo despidió con una sonrisa. Ferris se dejó llevar por el inesperado entusiasmo del noble hacia la fatídica habitación.
Uno de los hombres del Vizconde, que estaba con expresión nerviosa justo fuera de la puerta cerrada, le asintió a Ferris. Entonces Ferris se puso a la vista mientras la puerta se abría, y luego entró con orgullo en la sala de reuniones.
—Soy la amante de su majestad Fourier —anunció en tono afeminado—, ¡y no permitiré que esta reunión continúe!
Si Crusch no podía estar allí para sabotear esta reunión, tendría que hacerlo él mismo.
4
La inesperada entrada de Ferris sumió la reunión en la confusión. Al parecer, había irrumpido justo en el momento en que los dos jóvenes prospectos se habían quedado a solas. Eran dos contra uno, y los números favorecían al bando de Fourier.
Pero desde el punto de vista de la mera cantidad, era más bien al revés.
—La… la señorita parece muy… robusta, ¿verdad? —murmuró Ferris, evaluando a la otra parte de la reunión, que estaba sentada enfrente de ellos.
Tal como estaban las cosas, los tres estaban en una sala de reuniones con una pequeña mesa entre su lado y el de ella, mientras se enfrentaban. Ferris se sentó junto a Fourier, mientras que la posible pareja del príncipe estaba sentada frente a ellos. Tenía presencia suficiente para superar la desventaja numérica.
—Oh, no hay necesidad de andar con rodeos —dijo ella al sacudir la cabeza de un lado al otro con elegancia—. Sé que soy un poco más grande que la mayoría —bajó la vista, avergonzada.
Aun así, la calidad de cada gesto transmitía la refinación de su educación.
Por desgracia, su cuerpo era tan grande que la frase «portento excepcional» era simplemente insuficiente.
La muchacha estaba sentada frente a Fourier, pero ocupaba tanto espacio que habría sido justo decir que también estaba sentada frente a Ferris. Sentían que se enfrentaban más a una montaña que a una persona.
—A-así que, como puede ver, señorita Tiriena…
Pero tenía un nombre encantador. Sonaba como un hechizo que pudiera usarse para invocar espíritus de nieve, mas ella misma parecía una montaña en una ventisca. Ferris había oído que, en Gusteko, con sus nevadas continuas, las muchachas valoraban la piel tan blanca como la nieve recién caída, y esta figura no era la excepción. De cerca, su piel era incomparable; de lejos, evocaba la imagen de un acantilado sin par.

Incluso el carismático Fourier parecía amedrentado por esta mujer, con sus palabras característicamente inarticuladas. Aun así, logró rodear con un brazo el hombro de Ferris, atrayendo su esbelto cuerpo hacia él.
—S-siento mucho que tuviera que viajar hasta aquí, pero ya tengo a alguien a quien he entregado mi corazón. Me temo que simplemente no podré aceptar su propuesta.
—Es verdad. Oh, no puedo imaginar estar comprometida con nadie que no sea Su Majestad. ¡Le ruego que no nos separe…!
A diferencia de la casi nula habilidad de Fourier para hablar, Ferris era un actor consumado, realzando sus súplicas con una lágrima en el rabillo del ojo. Quizá había tocado la fibra sensible de Tiriena, porque ella bajó la mirada con una expresión de lástima en sus cincelados rasgos.
—No es necesario que ninguno de los dos se disculpe. Puedo ver demasiado bien el amor que se profesan. Es suficiente para avergonzarme… —Tiriena, usando uno de los singulares vestidos nada reveladores típicos del país del norte, se colocó una mano en el pecho con suavidad y luego miró a Fourier y Ferris con una mirada clara—. Incluso nosotros en el Reino Sagrado sabemos de la guerra civil de hace décadas. Había oído que aún quedaban rencores de aquellos días, pero… veo que eso no ha impedido que se quieran. Qué hermoso amor comparten.
Ferris se dio cuenta de que Tiriena miraba sus orejas de gato. La guerra civil de la que hablaba fue un largo conflicto que Lugunica libró contra los semihumanos. Las orejas eran simplemente algo que Ferris había heredado de sus antepasados, pero no desempeñaron un papel menor en los problemas que sufrió de niño. No pudo evitar que su rostro se endureciera ante las palabras de Tiriena. Sus pálidos hombros, expuestos por el corte de su vestido, comenzaron a temblar, e instintivamente intentó encogerse. Pero el brazo que rodeaba sus hombros se apretó con más fuerza.
—Justamente, Lady Tiriena —Fourier la miraba directamente mientras intentaba mantener firme a Ferris con su brazo.
El desconcierto que había mostrado un momento antes había desaparecido, reemplazado por una presencia imponente y una fortaleza de espíritu. Entonces, continuó:
—En la amistad y en el amor no presto atención al linaje ni a la especie. Se ama a quien se ama. Otros pueden decir lo que quieran, pero no puedo hacer nada contra los anhelos de mi propio corazón. Amo a esta mujer a mi lado, hasta sus propias orejas. Incluso adoro su voluble naturaleza felina —Fourier sonrió con orgullo.
Ferris sintió que sus mejillas se comenzaban a acalorarse, con sus rostros tan cerca. Durante todo el tiempo que llevaban conociéndose, Fourier solo había mencionado las orejas de Ferris una o dos veces. Y era cierto que había demostrado su magnanimidad al nunca menospreciarlas. ¿Pero decir que las amaba? Eso nunca lo había hecho antes, y eso sonrojó el rostro de Ferris.
—Cielos, me da envidia pensar que alguien pueda ser amado con tanta devoción —Tiriena sonrió cual oso satisfecho.
Su mirada hizo comprender a Ferris que Tiriena también consideraba que la reunión debía terminar. Era empática y perceptiva. Ferris no podía permitir que Tiriena se quedara con Fourier, pero podía ver que Tiriena también merecía ser feliz.
—Discúlpeme, Lady Tiriena —dijo Fourier—. Es usted inteligente y, sobre todo, amable, y si no estuviera ya tan enamorado, podría ir mucho más allá de desposarme con usted.
—Por favor, no intente proteger los sentimientos de una mujer que no le interesa. Sería mucho peor saber que estoy con alguien cuyo corazón pertenece a otra. Yo misma he sido irreflexiva, de todas formas. Había oído los rumores de que su majestad Fourier Lugunica estaba enamorado de una joven de carácter varonil y de aspecto marcial; y debo admitir que me sentía curiosidad.
Ferris apenas reprimió un chillido ante los comentarios de Tiriena mientras ella se levantaba de su asiento. Eso significaba que esta reunión había tenido lugar por un malentendido sobre los sentimientos de Fourier hacia Crusch. En otras palabras, la razón por la que siquiera estaban teniendo esta reunión era la misma por la que intentaban cancelarla: la tosquedad de Fourier.
—Su Majestad —dijo Ferris—, espero que reflexione de forma exhaustiva sobre su comportamiento de hoy…
—¡¿Qué quieres decir?! ¡Creo que hoy me vi muy varonil, si se me permite decirlo!
5
Cuando el vizconde Misère volvió a entrar en la habitación con el séquito de Tiriena, fue despiadado.
—Parece que no hace falta preguntar cómo fueron las cosas.
Era simplemente su personalidad, pero aun así estaba mal decir algo que pudiera herir a su invitada. Tiriena, por su parte, tenía una sonrisa tremendamente amable en su rostro.
—Es tan cruel como siempre, Vizconde. ¿No tiene palabras de consuelo para una doncella con el corazón roto?
—Pensé que celebramos esta reunión con la esperanza de que encontrara a alguien que le ofreciera ese consuelo. Si no salió bien, es su problema. Quéjese todo lo que quiera; no puedo hacer nada al respecto.
Era una conversación bastante incómoda de oír, pero ninguno de los dos participantes parecía estar muy afectado. Ferris le dio un ligero toque en el hombro a uno de los asistentes de Tiriena como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Um, disculpa que te lo miaugunte, ¿ya se conocían esos dos? —preguntó Ferris, curioso.
—¿Ah? Oh, sí. El vizconde Misère vino al Reino Sagrado variah veceh en su juventu’, y en esah ocasioneh conoció a la Señora Tiriena. Se conocen desde hace casi una déca’a…
La explicación del guardia de mediana edad daba una perspectiva muy diferente a la conversación. De hecho, toda la secuencia de eventos comenzaba a verse distinta. Por ejemplo, por qué el vizconde había parecido tan agresivo en su deseo de sabotear la reunión. Y por qué, habiendo logrado ese objetivo, parecía más que solo un poco complacido.
—¿Podría ser que el Vizconde sienta algo por Lady Tiriena?
—¡¿QUÉ?! —ante la pregunta directa de Ferris, el Vizconde comenzó a sonrojarse ante sus ojos. Casi entrando en pánico, volteó hacia Tiriena y dijo—: ¡No es… no es cierto! ¡Además de imbécil, está mal de la cabeza! No me importa ni un p…
—Lo sé; no tiene por qué ponerse tan nervioso. Pero no puedo creer que use una palabra como «imbécil» para referirse a una joven tan refinada. ¡Discúlpese con ella!
—¡Imbécil es e imbécil lo llamaré! ¡Con vestido o sin vestido, eso es un hombre! —en su vehemente intento de defenderse, Misère dejó escapar la verdad sin querer.
—¿Eh? —Tiriena, impactada, miró a Ferris, tratando de decidir si eso era cierto.
Podría haber sido posible seguir engañándola, por supuesto, pero si ella se lo proponía, no le llevaría mucho tiempo descubrir la verdad.
—Es verdad. Soy un hombre, tal como él dijo.
“No tiene sentido negarlo”. Ferris bajó el frente de su vestido para revelar su pecho perfectamente plano. Tiriena aún parecía no poder creerlo. Sin más opción, Ferris levantó su vestido. Tiriena quedó profundamente conmocionada.
—Y… sí, soy un hombre, ¡pero la parte sobre que Su Majestad y yo estando enamorados es verdad! ¡Estamos enamorados! ¿Verdad, milord? —Ferris había demostrado su sexo, pero seguía insistiendo en que el amor en sí no era mentira. Se aferró al brazo de Fourier, acurrucándose contra él.
—Lo quiero, Su Majestad —miró con ojos adoradores a Fourier, que permanecía en silencio, y luego le plantó un beso en la mejilla.
La suave sensación de sus labios pareció finalmente reaccionar en Fourier. El joven príncipe sacudió la cabeza de un lado a otro y miró a Ferris directamente a la cara antes de declarar:
—¡A… a mí no me importa si eres un hombre! ¡Mientras seas tú!
Fue, en cierto modo, lo más varonil y menos tosco que había hecho nunca.
6
—Me enteré de cómo fueron las cosas. Dicen que la joven que conoció Su Majestad se convertirá en la esposa del vizconde Misère —dijo Crusch, sin poder reprimir una sonrisa. No era propio de la muchacha, siempre tan racional, contener una sonrisa. Era prueba de cuán profundamente la habían afectado esos acontecimientos.
Ferris, en cambio, no parecía divertirse tanto.
—Supongo que es bueno que hayamos evitado ese compromiso. Pero ahora las cosas están algo incómodas con Su Majestad. Eso pone triste a Ferris.
—Pensar que así iba Su Majestad a enterarse de tu verdadero sexo… pero seguramente no creías que podrías ocultárselo toda la vida, ¿verdad?
—Nah, no creo que ni Su Majestad sea tan despistado.
Que él aún no hubiera dicho nada era un testimonio de la terrible falta de perspicacia de Fourier.
Pero el vizconde Misère por fin había podido revelar su largo y paciente amor, y parecía que Tiriena encontraría su felicidad. Un final feliz para todos, si tan solo Ferris pudiera encontrar la manera de reparar su relación con Fourier.
—Por cierto —dijo Crusch —, quizá es solo la forma en que me contaron la historia, pero el rumor dice que Su Majestad prefiere a los hombres. Cuando eso se sepa, quizá dejen de llegar ofertas de matrimonio. Pero en cuanto comenzó a correr la voz… bueno, sentí que recibí bastantes miradas de lástima en el castillo. Me pregunto a qué se debería eso.
—Oh, mm, ya sabe, hay todo tipo de personas y todo tipo de opiniones…
—Jum, es una pregunta sin respuesta fácil. Ya veo. Lo pensaré más a profundidad —Crusch, tan seria como era, sin duda terminaría deduciendo algún razonamiento que pudiera aceptar. Aunque siendo tan ignorante en asuntos del corazón como era, quizá nunca llegaría a la respuesta correcta.
Mientras tanto, Ferris se sentía abatido, aunque eso representara un momento atípico de deslealtad hacia su Señor. Pero incluso Ferris estaba sorprendido de lo herido que se sentía ante este nuevo distanciamiento con Fourier.
Ambos se habían separado después de dejar al Vizconde y a la joven juntos en la sala de reuniones, y Fourier había subido a su carruaje de dragón. Sus últimas palabras temblorosas hacia Ferris habían sido: «Te ordeno que me dejes solo». Nunca antes había «ordenado» nada a Ferris, y era señal de lo profundamente afectado que estaba.
Siendo francos, Ferris había imaginado esta situación más de una vez. Fue su propia debilidad lo que le impidió decirle la verdad a Fourier cuando se conocieron y lo llevó a engañar al príncipe. Y en todas las ocasiones en que había imaginado este momento, nunca había logrado encontrar una manera adecuada de manejarlo cuando la verdad saliera a la luz.
—Ferris —Crusch se acercó a él, interrumpiendo su ansiosa reflexión. En voz baja, le dijo—: Confía en Su Majestad. Es el hombre que crees que es.
No tenía pruebas para estas palabras ni ofreció ninguna, pero Ferris las encontró más reconfortantes que cualquier discurso sobre las virtudes de Fourier. El vínculo y la confianza entre Crusch y Ferris eran así de fuertes. Y él quería creer que compartía algo similar con Fourier.
Por eso…
—¡Esto es terrible! ¡La mayor crisis de mi vida! ¡¿Vosotros dos, dónde estáis?!
Ferris se sorprendió cuando Fourier irrumpió con su habitual alboroto, mirándolos a él y a Crusch tal como siempre hacía, igual de angustiado que siempre. Se detuvo de golpe frente a Ferris, quien tenía los ojos ampliamente abiertos, y cruzó los brazos, con aspecto de estar acorralado.
—Mi hermano mayor y mi padre se pusieron en contacto conmigo el otro día. Me preguntaron si era cierto que solo amo a los hombres. Me pregunté de qué demonios estarían hablando… y al parecer es un rumor que todo el mundo en la ciudad está difundiendo. ¡Esto es muy grave!
Ferris casi pierde la compostura cuando se dio cuenta de que Fourier estaba molesto exactamente por lo que acababan de discutir. Pero…
—¡Bajajajajajajajajaja!
Antes de que pudiera comenzar a carcajearse, Crusch se le adelantó. Le impactó lo que vio: Crusch prácticamente paralizada por la hilaridad era una visión muy poco habitual.
Finalmente, Ferris ya no pudo contenerse más y también comenzó a reír.
—¡Jaja… ja! ¡Ohh, Su Majestad! Es usted tan… ¡jajajaja! —en su diversión, golpeó el hombro de Fourier, casi con la fuerza suficiente para lastimar al joven príncipe.
—¡Ayy! ¡Eso duele! En fin, ¿qué os parece tan gracioso a vosotros dos? ¡El cielo se está cayendo prácticamente! ¡Tenemos que hacer algo con este malentendido!
—Ooh, ¿por qué no lo dejamos así? A Ferris no le importa que lo traten como el amante de Su Majestad. ¿No me dijo usted mismo cuánto me amaba?
—¡Eso es un tema completamente diferente! Es cierto que el género no es un obstáculo para mi cariño hacia ti, pero tú eres un caso especial. No me sentiría así con cualquiera más q… espera, ¿qué me estás obligando a decir? —Fourier se cubrió la cara con las manos, completamente confundido por su propia declaración.
Ferris lo abrazó por detrás, lanzándose contra la espalda ancha del príncipe. El chico-gato le dedicó a Crusch una sonrisa feliz. La sonrisa aún estaba en el rostro de ella, y asintió como si dijera que entendía lo que Ferris sentía.
Toda su ansiedad anterior se esfumó; sintió como si su corazón tuviera alas otra vez. En ese momento, sintió que podía flotar hasta el cielo y dejar que el viento lo llevara a donde quisiera ir.