La Valquiria del Ducado Karsten
Capítulo 3
La Valquiria del Ducado Karsten
1
Lo primero de la mañana era dirigirse al reflejo en el espejo.
—¡Linda! Soy linda. Una muchacha femenina, una chica maravillosa y adorable.
Desde hace mucho tiempo, este era el mantra, las palabras repetidas como un hechizo. No, no como un hechizo. Eran un hechizo, a efectos prácticos. Un hechizo mágico no es más que palabras que contienen el poder de cambiar las cosas, de afectar el funcionamiento del mundo. Una promesa a uno mismo que provoca un cambio no podría llamarse de otra manera.
Después de este encantamiento, llegaba el momento de pasar un cepillo por su característico cabello lino que llegaba hasta los hombros. Asegurándose de que estuviera voluminoso y limpio antes de reprimir un bostezo y quitarse el pijama.
Mientras se dirigía al armario, el aire frío golpeó su piel pálida, esbelta —y en ese momento— desnuda y temblorosa. Era importante elegir una blusa que no fuera demasiado llamativa y una falda con un dobladillo lo suficientemente corto como para quizá levantar algunas cejas, para luego comprobar cómo se veía todo en el espejo. Luego seguían los pantaloncillos interiores y las calcetas hasta la rodilla, junto con listones blancos para atar en el cabello. Y tal como lo había afirmado el hechizo anterior, la imagen de la joven ideal estaba ahora completa.
Poniendo una pose frente al espejo, y comprobando una vez más que nada estuviera fuera de lugar. No se podía pasar por alto ningún detalle; no podía haber errores. Esta feminidad era prestada, aunque debería haberle pertenecido desde el principio, así que era importante tratarla con cuidado.
—¡Perfecto! Hoy también me veo bien —con un asentimiento de satisfacción y un guiño se daba el toque final.
“Maravilloso, todo está perfecto.”
Siendo sinceros, hace tiempo ya había llegado a un punto en el que las afirmaciones habituales ya no eran necesarias. Estas palabras eran ahora parte de la persona que las pronunciaba. Después de todo, ya habían pasado seis años.
—No está bien verse miaulancólico —se dio una palmada en cada mejilla—. ¡Ahora, adelante con el día! Buaaa—y con un pequeño bostezo, llegaba la hora de salir de la habitación.
El pasillo de la mansión estaba silencioso a primera hora, con un frío notable en el aire. Esta era la hora en que se podía sentir la llegada de la estación fría. Aunque esta persona estaba acostumbrada a ahorrar siempre que fuera posible, mañanas como esta le hacían considerar añadir otra capa de ropa.
En el pasillo, se intercambiaban saludos matutinos y sonrisas fáciles con los sirvientes que ya habían comenzado la jornada laboral. Todos comentaban el repentino enfriamiento, e incluso había un suave consejo de no resfriarse.
—¿De qué están hablando? ¿Se refieren a ese viejo dicho de que «no hay mal que distinga condición»?
Después de sonreír y sacudir la mano, se separaban, mientras cierta persona continuaba hacia el vestíbulo principal de la mansión. Un anciano mayordomo abrió la puerta. Al atravesarla mientras se encogía inconscientemente contra el viento frío que soplaba, una sola figura se encorvó.
—Ahí estás —alguien más había llegado antes a la entrada y ahora le lanzó el breve comentario por encima del hombro.
Era hermosa. La mujer tiró de las riendas del dragón de tierra blanco que era su fiel montura, sujetando su largo cabello verde contra el viento creciente. Sentir sus rasgados ojos ámbar mirándolo hizo que el recién llegado intentara inconscientemente enderezarse de su posición encorvada anterior. No era un intento de verse bien para la mujer; sus ojos simplemente tenían el poder de provocar esa reacción.
—No lleva mucho esperando por mí, ¿verdad, Lady Crusch?
—No, llegas justo a tiempo. Solo me desperté un poco temprano. Mi padre por fin ha decidido permitirme volver a hacer paseos más largos. Me muero de ganas por hacer uno.
El dragón acercó su rostro al de ella, y ella acarició su cabeza, su expresión relajándose en una sonrisa. Se veía muy serena, y aun así, eso hablaba de algo infantil en su interior. Su nombre era Crusch Karsten.
Sonrió aún más al notar que su acompañante la miraba.
—Ve a buscarte un dragón de tierra a los establos. Nuestro destino será el de siempre, ¿de acuerdo, Ferris?
—Sí, Señora —Ferris respondió con una reverencia perfecta, pareciendo en todo momento una dama perfecta
Así era como Ferris —el joven Felix Argyle— comenzaba cada día.
2
Ferris, que ahora tenía dieciséis años, creía firmemente en el poder de la voluntad y la fe de una persona. Si seguías creyendo, podían ocurrir cosas sorprendentes.
Por ejemplo, ya debería haber desarrollado los caracteres sexuales secundarios hace tiempo, pero como si respondiera a sus deseos y plegarias diarias, no mostraba signos de volverse más masculino. Su voz no se hacía más grave y su cuerpo no se volvía más robusto. Estaba calladamente agradecido a sus antepasados por no tener que afeitarse la barba.
Pero las cosas por las que agradecía a su linaje no se detenían en su cuerpo.
—¿Te he aburrido, Ferris? —una voz tranquila lo sacó de su ensoñación.
Estaba descansando, sentado en la hierba y recostado contra un gran árbol. Crusch se había arrodillado justo frente a él y lo miraba fijamente a los ojos.
—… Lo siento miaucho. Me quedé un poco ausente.
—¿Oh? Eso es inusual en ti. ¿Estás cansado? ¿Te he exigido demasiado?
—No, solo divagué un poco… ¿Me va a castigar? Lady Crusch, ¿vas a castigar a Ferris? ¡Me late el corazón tan fuerte!
—¿Castigarte? Odiaría ser tan insensible para eso —Crusch sacudió la cabeza a los lados, sin percatarse del significado de las mejillas sonrojadas de Ferris. El chico-gato suspiró. Crusch, aún mirándolo hacia abajo, continuó—: Y no hay necesidad de formalidades aquí. Si quieres perderte en tus pensamientos, hazlo. Pase lo que pase, estoy aquí.
—Ooh, Lady Crusch, siempre sabe qué decir… aunque nunca parece darse cuenta. Ferris podría estar enamorado…
—¿…? Tienes la cara roja. Hoy hace frío… no me digas que te resfriaste.
—¡No, nada de eso! ¡No es eso en absoluto! ¡Oooh, Lady Crusch, es demasiado cruel! ¡No lo soporto!
Su Señora era completamente inconsciente de cualquier sentimiento de afecto más profundo que una amistad cercana y tomaba sus palabras siempre al pie de la letra.
—Ya veo —dijo Crusch—. Lo siento —parecía apropiadamente avergonzada. Su propia inocencia era entrañable y completamente injusta.
—…
Complacida por la declaración de buena salud de Ferris, Crusch volvió a su posición original, casi como si fuera forzada. Este prado era donde los dos siempre venían cuando querían hacer un paseo más largo. Estaba a una hora de la mansión, un lugar de maná puro y lleno de viento. Parecía rayar en lo sagrado. Ferris se alegraba mucho de pasar tiempo a solas con ella, en un lugar donde nadie pudiera interrumpirlos.
—¡Yah!
La ágil Crusch realizaba una serie de movimientos con su espada mientras Ferris la observaba desde su lugar junto al árbol. Sus pulidos golpes, la agresión que irradiaba… incluso Ferris, que era un aficionado en lo que a espadas se refiere, podía notar lo diestra que era con el arma.
Crusch estaba completamente prendada de la belleza del acero; había empezado a aprender la espada incluso antes de conocer a Ferris. Pero aun así, el hecho de que su esgrima hubiera alcanzado este nivel era gracias a él. Y ese saber lo enorgullecía y alegraba más que nada.
Por eso nunca se aburriría de ver a Crusch trabajar con su hoja. Ver el talento que él había ayudado a desarrollar le cautivaba el corazón como el brillo de una joya.
—Está más concentrada que de costumbre esta mañana, Lady Crusch.
—Cierto. Es lo que tiene haber esperado tanto tiempo para empuñar la espada y hacer un paseo largo. Sin ti para evitar que me entre la claustrofobia, seguro que habría hecho alguna queja ridícula a mi padre por puro aburrimiento.
Era difícil de ver de lado, pero casi pensó que Crusch sonreía plácidamente mientras blandía su espada.
Sus ojos habían brillado como los de una niña durante el camino hasta este lugar. Durante más de un mes se le habían negado las dos cosas que la hacían sentirse más viva, y debía de estar matándola.
—Pero fue propio de usted, mi Señora, no intentar escabullirse a escondidas para hacerlo.
—Por supuesto que no. Mi padre hizo bien en reprenderme. Fui yo quien causó el problema. Si después de eso considerara apropiado romper las reglas, la gente sin duda diría que no tengo vergüenza.
Lo que hacía maravillosa a Crusch era la forma en que encarnaba palabras como honestidad y rectitud. Como creía que era natural cumplir las reglas, solía protestar su inocencia cuando estaba claro que no había hecho nada malo. Ciertamente, este había sido uno de esos momentos.
—Sabe, Ferris no está muy contento con la decisión del Señor Meckart. ¡Fue precisamente porque estaba allí que las cosas no empeoraron!
—Es natural que mi padre me pidiera que actuara apropiadamente como la hija de un duque. Aunque desearía que me aceptara tal como soy algún día… Así que, ¿quién es más terco, mi padre o yo?
Ferris infló las mejillas, pero Crusch solo esbozó una sonrisa atribulada.
El suceso que despertó la ira de Ferris había ocurrido aproximadamente un mes atrás. Un día como este, Crusch y Ferris habían hecho uno de sus largos paseos por el Ducado Karsten. En el camino, se toparon con un grupo de piratas, que eran la causa de cierta inquietud en la zona, atacando un carruaje de dragón, y Crusch los había ahuyentado valientemente.
Crusch nunca corrió peligro real, aunque se enfrentó a casi diez bandidos. Pero su padre, Meckart Karsten, actual Jefe de la Casa de Karsten, se había angustiado enormemente cuando la historia llegó a sus oídos.
Crusch sabía que lo haría y, por eso, dejó al agradecido dueño del carruaje sin dar su nombre, pero era demasiado famosa para que eso funcionara. Su afición a la esgrima era de sobra conocida en el Ducado Karsten. Y como el escudo del león mostrando los dientes era perfectamente visible en su espada, no había forma de negarlo.
La hija de un duque que rechazaba los vestidos por la ropa de hombre y prefería cruzar espadas a admirar flores. Los rumores se confirmaban con demasiada facilidad, y como castigo, se prohibió a Crusch empuñar una espada o viajar lejos del palacio durante un mes.
Crusch parecía aceptarlo, pero Ferris había expresado su indignación directamente a Meckart más de una vez. Pero el hombre no cedía. Un mes de espera finalmente había llevado al día de hoy.
—Sin duda reconozco cuánto le debo al Señor Meckart, pero eso no significa que tenga que aceptar todo lo que hace.
—Desearía que no criticaras tanto a mi padre. Últimamente se ve más delgado cada día. La responsabilidad de dirigir una Casa Ducal debe pesar sobre él. Quiero que al menos su tiempo con la familia sea una fuente de alegría para él.
—¿Quiere decir que Ferris es parte de la familia?
—¿…? Por supuesto.
Las mejillas de Ferris se sonrojaron al ser incluido tan fácilmente en la familia. Rápidamente se alisó la falda para disimular el rubor de sus mejillas.
—Es-está bien —dijo Ferris —. El Señor Meckart prácticamente parece disfrutar cuando Ferris lo pone en un aprieto así. Dijo que le gusta que la gente le diga cosas indignantes…
—¿Qué? ¿Mi padre dijo eso? No lo sabía… y creo que lo veré de manera diferente a partir de ahora Crusch cayó por completo en este chisme que Ferris había desplegado estratégicamente para distraerla de su vergüenza.
La hija de Meckart mostraba una expresión de pura sorpresa. Ferris trató de grabar esa expresión en su memoria, pues era algo que veía muy rara vez. Y en silencio, se disculpó con el Duque, aunque mentalmente le sacó la lengua mientras lo hacía. Pero no intentó corregir el malentendido de Crusch. Quizá era una muestra de lo disgustado que seguía.
3
—Felix, ¿tienes un momento?
—¿Diga, Señor? —Ferris volteó hacia la voz, ofreciendo su mirada más femenina en un arrebato de resentimiento.
El otro hombre pareció consternado ante la mirada abiertamente coqueta. Ferris disfrutó el momento y dijo:
—Ooh, es demasiado fácil sacarlo de sus casillas, Señor Miauckart. ¡Qué divertido es burlarse de usted! ¡Usted provoca que Ferris saque al bromista lleva dentro!
—¿Qué? ¿Y me echas la culpa a mí? Eh… quiero decir, lo siento.
“Solo con poner un pequeño gesto de disgusto se disculpa. Pero qué blandengue.”
Ante Ferris había un hombre de unos cincuenta años. Se había dejado el bigote, supuestamente para darle gravedad, pero la extraña forma de sus cejas y su rostro apacible lo privaban de cualquier beneficio que podría darle. Lo único que compartía con Crusch, su hija biológica, era el color de sus ojos.
Tanto más sorprendente, entonces, que este fuera el duque Karsten, Jefe de una de las casas nobiliarias más famosas de Lugunica. Y también era el padre de Crusch: Meckart Karsten.
Una sonrisa afligida apareció en el rostro amistoso de Meckart. Al tirar de su bigote, que poco le quedaba, dijo:
—Creo que saliste de paseo con Crusch esta mañana. ¿Cómo está ella?
—Si le preocupa ella, Señor, permítame sugerirle humildemente que se lo pregunte usted mismo. Se trata de usted, por supuesto, pero aun así, ¿cree que Lady Crusch le mentiría, Señor Meckart?
—No estoy muy seguro de que me guste cómo lo dices. Pero no, no me preocupa que me mienta. Es solo… Bueno, fui yo quien impuso esa prohibición. Pensé que quizá le resultaría difícil decir cómo se sentía realmente… Um, o mejor dicho… sería difícil para mí preguntarlo —su buen corazón pudo más que sus ansias de engañarse a sí mismo, y expresó su verdadero problema.
Padre e hija también se parecían en su incapacidad para mentir descaradamente.
—Ya veo… Bueno, tranquilícese. Lady Crusch no está enojada con usted ni nada. Incluso parece entender por qué hizo lo que hizo.
—Lo dices como si yo fuera el villano… Pero, ejem, gracias.
—Pero, para que conste, Ferris sigue enojado. ¡Señor Meckart, fue muy malo! ¡Señor malo, malo, malo!
—¿Qué? Um, quiero decir, lo siento… Hasta yo creo que me pasé un poco —Meckart, con aspecto débil, se frotó la parte superior del abdomen.

Gracias a las tensiones de su cargo, combinadas con su personalidad ansiosa, él y el dolor de estómago tenían una relación muy estrecha.
—¿Quiere que use magia curativa en usted? Podría aliviarle el dolor.
—Cierto. Ya que hablamos, quizá podrías curarme. ¿Te importaría venir a mi habitación?
—¡No-o! ¡Ni me imagino las cochinadas que miau podría hacer allí, Señor…!
—¡Nada! ¡No te haré nada!
Aunque no hizo más que incomodar al Duque, Ferris finalmente siguió a Meckart a su habitación. El lugar era sencillo: un escritorio para una secretaria, junto con una mesa baja y un sillón de cuero para recibir visitas.
Felix y Meckart se sentaron uno frente al otro en el sillón, y un sirviente trajo té con tanta naturalidad como si todo esto hubiera estado planeado. Después de colocar las humeantes tazas, el asistente se retiró con una digna reverencia.
Con el sirviente fuera y la puerta cerrada, Meckart posó sus labios en la taza y sorbió con cuidado.
—… Crusch cumplirá diecisiete años pronto.
Ferris lo sabía, por supuesto. El dichoso día sería dentro de solo dos semanas; de hecho, no sería una exageración decir que Ferris estaba más agradecido por este día que por cualquier otra fecha del calendario.
—Estoy agradecido por las estrellas, el cielo y la tierra… y por Crusch, definitivamente. Me alegro tanto de que naciera —Meckart regresó a Ferris a la realidad—. Disculpa, Felix, ¿te importaría dejarme exponer mi punto? Hay… algo que me gustaría que le preguntaras a esa chica sobre su cumpleaños. Algo que me resulta… difícil de expresar.
Por su tono incómodo y su actitud evasiva, Ferris tenía una idea bastante clara de lo que Meckart tenía en mente. Después de todo, surgía casi todos los años.
—… Quiere que Lady Crusch use un vestido, ¿verdad?
—Sí, Felix, exactamente. Es su cumpleaños. Y este año tengo en mente algo más extravagante de lo habitual. Así que realmente desearía que usara algo apropiado…
—Si es posible, Señor, creo que realmente debería hablarlo usted mismo con ella. No tiene que hacerlo a través de mí…
—Esa chica no asentirá ni siquiera si tú se lo pides, ¿no es así? —preguntó Meckart en voz baja.
Las orejas de gato de Ferris detectaron inmediatamente un cambio en el ambiente. Las orejas de color lino que había heredado de sus antepasados semihumanos eran excepcionalmente sensibles a los sutiles cambios en el ambiente y el entorno.
—Sé acerca de la promesa entre tú y Crusch —continuó Meckart—. Y estoy seguro de que has hablado con ella en virtud de eso antes.
—Ya reconozco su parentesco: ninguno de los dos se rinde nunca.
—Quizá su terquedad la sacó de mí… Pero no podemos simplemente estar al margen del otro. Estoy desesperado por encontrar algún compromiso.
—¿Compromiso, Señor?
No era una palabra que debiera emplearse a la ligera, especialmente con Crusch, para quien aquel término quizá fuera lo más desagradable que podía imaginarse.
—No importa si es solo de cara a la galería, solo para aparentar —dijo Meckart—. Por supuesto, en el fondo, siempre he deseado que se comportara como se espera de la hija de un duque, pero mis peticiones en ese sentido han sido rechazadas tantas veces que ya me quedó claro. Confío en que mi propuesta de esta vez nos permita llegar a un punto intermedio.
—…
—Sé que su promesa contigo es la razón por la que Crusch sigue jugando con sus espadas y vistiendo como hombre. Por lo tanto, si quiero mitigar eso, tiene sentido hacerlo a través de ti. ¿No hablarás con ella?
—… Entiendo lo que intenta decir, Señor Meckart. Pero yo…
Meckart lo interrumpió bruscamente.
—No creo que lo entiendas, Felix.
—… —Felix contuvo el aliento.
El Duque se veía más severo y melancólico que nunca.
—Crusch es mi única hija. Ha resultado ser tan buena que es algo que no merezco. En ningún aspecto he sido un padre fiable. Pero cuanto más patético soy yo, más admirable se vuelve ella… Quiero que siga sus propios sueños. Rezo para que crezca y sea exactamente quien realmente es —Meckart bajó la mirada, superado por el afecto por su hija—. Pero soy tanto duque como padre. Y ella es tanto hija de un duque como mi niña. Mientras viva en esta casa, bajo el apoyo de la gente de este territorio, tendrá ciertos deberes que debe cumplir. Y cuando los cumpla, la gente esperará vestimenta y decoro acordes con su posición. Y bueno, Felix, ¿está mal lo que hago?
—… No.
—De hecho, lo está. Estoy tratando de obligar a mi hija a hacer algo que no quiere hacer. Hacer lo correcto puede ser un error, y un error puede ser lo correcto. Tales son las dificultades de este lugar donde mi hija y yo debemos vivir.
Mientras el Duque exponía su argumento, Ferris comenzó a sentir vergüenza de sí mismo. Había sido tan superficial. Hasta este momento, simplemente había asumido que Meckart era un patán. Nunca se le había ocurrido que detrás de ese exterior testarudo había un padre profundamente preocupado por su relación con su hija. Ferris sintió un nudo en la garganta al darse cuenta de que la compasión de Meckart lo había salvado de esta falta de consideración, su disposición a intentar resolver las cosas hablando en lugar de simplemente imponer su voluntad a través de su amplia autoridad.
—Su majestad Fourier asistirá a la celebración de cumpleaños. Estoy seguro de que espera con ansias ver qué vestido usará Crusch.
—… Sí, supongo que así será.
—¡Efectivamente! Así que no solo por mi bien, sino también por el de Su Majestad: ¿por favor, puedes hablar con Crusch?
La mención del nombre del joven príncipe relajó el tono de la conversación. Quizás eso también fue un gesto considerado de Meckart. Ferris llevó la taza de té, ya fría, a sus labios mientras intentaba ignorar su propia mezquindad interior.
Recordó una promesa que había hecho cuando aún era lo suficientemente joven como para usar la inmadurez como excusa. Sin darse cuenta, tocó el listón blanco que Crusch le había dado aquel día.
—Sabe, siempre he pensado que esa promesa no era correcta.
—… Mm, tal vez no. Tú y mi hija son dos buenos niños.
—Pero he sido tan feliz cumpliendo lo que prometí… Me ha hecho más feliz que cualquier otra cosa en mi vida. Y quizás por eso la defiendo demasiado —su mano seguía en el listón.
—… —Meckart asintió en silencio.
A su manera, esas palabras fueron la respuesta de Ferris a la petición de Meckart.
4
Terminada su pequeña fiesta de té con Meckart, Ferris frunció el ceño con preocupación. No hubo lugar a discusión después de esa conversación. Y no tenía intención de faltar a su promesa.
—Pero ¿cómo rayos se supone que debo sacar el tema ahora? —se preguntó en voz alta. Sería difícil encontrar el momento adecuado y una oportunidad natural para hablarlo.
Hoy era especialmente malo. La prohibición de un mes para que Crusch blandiera una espada o montara un dragón acababa de ser levantada. De todos los momentos en que esto podría haber sucedido, este era el menos oportuno para aparecer y pedirle que usara un vestido.
—¡Oh, pero! ¡Faltan solo dos semanas para la celebración de cumpleaños! Quizás sea incluso peor dejar la conversación para más tarde…
El tema difícilmente podía esperar hasta el último momento. Era la celebración de cumpleaños de la hija de un duque. Cuanto más tiempo para prepararse, mejor.
Incluso dos semanas apenas parecían suficientes. El propio Meckart seguramente había dudado en hablar con Ferris.
—¡Aagh! ¿Cómo voy a miaunejar esto?
—¿Qué pasa, Ferris? Vas a asustar al resto de la casa, parado en el pasillo con ese aspecto tan sombrío.
—¡Miaaau! —Ferris se llevó un tremendo susto cuando la propia Crusch lo llamó mientras él estaba allí, bailando de un pie a otro con preocupación.
Después retrocedió hasta topar contra la pared. Crusch cruzó los brazos y lo miró.
—Sigo pensando que te ves cansado. Si te sientes agotado, podría darte algo de tiempo libre…
—¿Qué? ¡No! ¡Estoy completamente bien! ¡Mejor que nunca! ¡Y que viva Lady Crusch!
—¿…? Jaja, sí que eres raro —ella sonrió ligeramente mientras él permanecía allí con los brazos levantados en señal de júbilo.
Era obvio que no había logrado despistarla del todo, y tampoco se había calmado en realidad.
—Por cierto —dijo Crusch—, hablaste con mi padre, ¿verdad? ¿Qué quería?
—Oh, pues, digo, ya sabe, miaus que nada…
No podía haber mejor momento para sacar el tema. El único problema era que, mentalmente, se sentía completamente desprevenido. Por otro lado, el momento era tan propicio que parecía una señal divina. Era el momento de hablar.
—Bueno, umm —comenzó—, Ferris quiere, eh, hablar con usted sobre algo, Lady Crusch…
—Me lo imaginaba. Tu viento es difícil de leer, pero esa fue la impresión que tuve. Ya sabes que tú y yo no tenemos que reprimirnos el uno con el otro. Háblame de lo que sea.
—La quiero, Lady Crusch.
—Y yo a ti.
Había confesado sus sentimientos en un exceso de felicidad, pero la respuesta seria rápidamente apagó su entusiasmo. ¿Acaso no había estado reflexionando hace unos momentos sobre lo conmovido que estaba por la amabilidad de Meckart? Volver de inmediato a dejarse consentir por la amabilidad de Crusch no hablaría muy bien de su crecimiento personal.
—La quiero, Lady Crusch.
—¿…? Y yo a ti.
Repetía lo mismo, pero eso lo calmaba y lo hacía sentir mejor. Estaba a punto de entablar una conversación muy difícil.
—Bueno, eh, esto es solo la opinión del Señor Meckart, y Ferris no quiere que se tomiaume esto como un acuerdo entre ambos, pero…
—Es una manera terriblemente indirecta de empezar una conversación. Bien, lo entiendo. ¿Y cuál es la opinión de mi padre?
—Sí, bueno, pronto será su cumpleaños, mi Señora…
Ya había preparado todo el terreno y estaba a punto de llegar al punto cuando…
—¡Crusch, ¿estás ahí?! ¡Estoy en una angustia desesperada! ¡Crusch, muéstrate!
—¡¿…?! —Ferris se tensó de sorpresa ante el estruendo que resonó en el pasillo.
Frente a él, Crusch levantaba la vista e inclinaba la cabeza ante la voz.
—Me cuesta creerlo, pero ¿ese no era su majestad Fourier?
—N-no me importa que sea un príncipe —dijo Ferris, echando chispas—. ¿Cómo se atreve a arruinar mi momento perfecto…?
—¡Crusch! ¿Es que no estás? ¡He dicho que esto es una crisis! ¡Ven rápido, o me marchitaré de soledad!
—Es él, sin duda —dijo Crusch.
La conmoción inicial había pasado, y la segunda exclamación bastó para confirmar al dueño de la voz. Ferris y Crusch se miraron y luego trotaron hacia la entrada. En la puerta, los sirvientes, incluido un mayordomo, formaban una línea de recepción, y justo en medio de ellos estaba el hombre en cuestión.
—¡Ah! ¡Crusch y Ferris! —dijo al verlos—. ¿Gozáis de buena salud? Yo estoy bastante bien, la verdad —luego sonrió con genuina alegría.
Era un joven cuyos ojos parecían cándidos a pesar de sus años. Tenía el cabello largo y dorado, ojos carmesíes inmaculados y sus colmillos sobresalían ligeramente. Daba una impresión muy agradable.
Despojándose de su lujoso abrigo de piel, Fourier Lugunica aparecía tan enérgico como siempre.
Al cuarto príncipe de la Familia Real no debería darle por aparecer tan casualmente, pero Crusch y Ferris estaban acostumbrados y ninguno mostró sorpresa. Crusch hizo una leve reverencia a Fourier, que se veía majestuoso.
—Su Majestad —dijo Crusch—, es un honor verlo. Pero ¿qué motiva una visita tan repentina? ¿Ocurre algo malo? No he sabido nada de mi padre…
—¿De qué habláis? ¿Acaso no fuisteis vosotros dos quienes me invitasteis a la celebración de cumpleaños de Crusch? Incluso traje mi invitación. ¡Mirad! —al inhalar y exhalar repetidamente, Fourier se acercó a Crusch, que lo había saludado tan respetuosamente, y le tendió una carta. Ella la tomó, la leyó y luego asintió lentamente.
—En efecto, esta es una invitación de nuestra casa… pero, milord, parece que ha malinterpretado la parte más crucial: la fecha. Me alegra que haya tomado la molestia de venir hasta aquí, pero mi cumpleaños es todavía dentro de dos semanas. Su Majestad se ha adelantado demasiado.
—¡¿Qué?! Es decir… ¡soy la primera persona en felicitarte por tu cumpleaños! ¡Perfecto! Ferris siempre se me adelanta, pero ¡por una vez le llevo ventaja!
—…
—¡Hiciste bien en nacer, Crusch! ¡Me encuentro rebosante de alegría! ¡Qué día tan maravilloso! —Fourier rio de repente, aparentemente ignorando su propio error.
—… —Crusch se quedó sin palabras ante tal osadía, pero pronto una sonrisa amable apareció en su rostro.
—Muchísimas gracias, Su Majestad. Sus buenos deseos significan mucho para mí.
—Bien, muy bien. ¿Pero eso significa que aún faltan dos semanas para la celebración de tu cumpleaños? Vaya, eso es un problema. ¿Qué haré hasta entonces?
Fourier solía actuar sin pensar en el futuro, precipitarse sin pensar en el después, hablar sin pensar en el mañana y, en general, no pensaba en el futuro en lo más mínimo, pero tenía suficiente encanto para que le fuera excusado todo. Mientras permanecía allí tratando de decidir sus planes, incluso Ferris no pudo evitar sonreír. El príncipe no había cambiado nada desde que se conocieron.
—¿Jum? —dijo Fourier—. ¿Qué pasa, Ferris? ¿Por qué esa sonrisa?
—Es que me pareces divertido, Su Majestad.
—¡¿Yo?! Ah, sí… no soy un líder cualquiera. Pongo sonrisas en los rostros de mis súbditos sin siquiera quererlo. ¿No crees, Crusch?
—Solo puedo admirar qué gran personaje es usted, Su Majestad. Ferris, tendrás tu castigo más tarde.
—¡Oooh!
No podía ser de otra manera: Crusch se aseguró de que no quedara sin pagar la penalización por su falta de etiqueta. Pero, al mismo tiempo, los tres tenían tanta confianza que semejante irreverencia podía quedar sin un verdadero castigo. Para Ferris, que tenía tan pocas cosas que consideraba preciosas, este vínculo era algo que atesoraba. Cuando pensaba en lo que era importante para él, pensaba en Crusch, Meckart y Fourier. También en los sirvientes de la Casa de Karsten. Sin mencionar a los pacientes y colegas que había conocido gracias a su trabajo como sanador. Resultaba que había bastante gente a la que apreciaba.
Comparado con cuando había estado encerrado en la casa de su familia, donde nunca le daban nada, ahora era mucho más feliz.
—… Ferris —dijo Fourier—, soy consciente de mi apariencia gallarda, pero intenta no mirarme tanto. Toda esta atención por tu parte podría llevarme por mal camino… incluso sabiendo tu verdadero género.
—¡Una vez fui incluso su prometido, y aun así no pude poner mis garras sobre usted, Su Majestad!
—¡Eso fue solo…! ¡Ejem, basta! ¡Yo también soy un muchacho, ¿sabes?! ¡No daré excusas! ¿Acaso no soy lo bastante varonil, Crusch?
—Sí, milord. Aunque si me permite decirlo, aún no ha logrado vencerme en un duelo de espadas.
—¡Lady Crusch! ¡Mi Señora, Su Majestad ya está de rodillas sobre la alfombra, quizás deberíamos ser más indulgentes con él…!
Fourier se había desplomado sobre la alfombra. Crusch lo miró con extrañeza, completamente libre de malicia. Con sus amigos, Crusch solía exponer los hechos con demasiada franqueza. Pero incluso los comentarios más mordaces los hacía con una expresión amable, lo que dificultaba considerar esto como un mal hábito.
Fourier, por su parte, se recuperaba rápidamente de tales decepciones.
—… ¡Agh, bien entonces! En ese caso, ¡Crusch, tráeme una espada de madera! Hace tiempo que no tengo tiempo libre, así que ¡que hoy sea el día en que te supere en esgrima y te demuestre lo hombre que soy!
Crusch respondió a esta audaz declaración con un «sí, milord», como si supiera perfectamente lo que ocurría.
Los duelos de Crusch y Fourier con espadas de entrenamiento de madera llevaban seis años ocurriendo, más o menos desde que Ferris empezó a vestir ropa de mujer. Se había convertido en una especie de tradición.
Fourier encontraba cualquier excusa para visitar a Crusch. Su amor por ella no era para nada difícil de ver, excepto para la propia Crusch. En cuanto a Fourier, era extrovertido en todo excepto en los asuntos de su propio corazón, así que la relación nunca había ido más allá de la de queridos amigos. Fourier veía este duelo como una forma sencilla de provocar un cambio en su relación.
—¡Si gano, te obligaré a vestirte con ropa de mujer! Te has vuelto cada vez más obstinada con tu atuendo varonil… ¡No es que no te quede bien! ¡Pero quiero verte con falda!
—Tendrá que conformarse con Ferris, milord. Le aseguro que sus piernas no son menos delicadas que las mías.
—¡Estoy orgulloso de estas piernas! ¡Dé un vistazo, Su Majestad!
—¡Aagh! ¡No me confundan! —Fourier se puso rojo y pateó el suelo con frustración mientras Ferris levantaba su falda con picardía.
Con una mano señalaba a Crusch; con la otra, mostraba la invitación de cumpleaños que ella le había devuelto.
—¡Ya casi es tu cumpleaños! ¡Y no permitiré que la cumpleañera vista como un soldado como hizo el año pasado! ¡Este año te veré con un vestido! ¡Uno escogido por mí, además!
—Ah…
A Fourier le encantaban esas declaraciones. Y esta justo coincidía perfectamente con lo que Ferris quería. Contuvo el aliento sorprendido, y un cierto sentimiento de ternura hacia Fourier brotó en su interior.
“Este príncipe tan tonto…”
—Es el único, aparte de Lady Crusch, que puede darle a Ferris en su punto débil… —las mejillas de Ferris se sonrojaron, con su aliento cálido con una mezcla de cariño y envidia.
—… —Crusch, la única que estaba lo bastante cerca para oír sus murmullos, le lanzó una mirada.
Pero Ferris no se dio cuenta, y antes de que Crusch pudiera hablar…
—¡Muy bien! ¡Al jardín, entonces! ¡Preparaos todos! ¡Este es el día en que me convierto en hombre! —exclamó Fourier con una confianza que parecía completamente injustificada, y Ferris y Crusch tuvieron que apresurarse tras él mientras se dirigía afuera.
5
Fue hace seis años, pero lo recuerda como si fuera ayer: el día en que comenzaron los duelos entre Crusch y Fourier. El día en que Felix se convirtió en Ferris.
—No veo cómo puede Su Majestad entrometerse en mi forma de vivir.
—Mmm… ¿pero dices que renunciarás a tu feminidad para que no sea un obstáculo ni para tu familia noble ni para tu esgrima? ¡No! ¡No lo permitiré! ¡Sencillamente no puedo permitir que eso ocurra!
—En ese caso, milord, ¿qué piensa hacer?
—¡La espada! ¡Usa el acero para demostrarme tu determinación! ¡Y yo te mostraré el error de tu elección!
—¿Un combate de espadas? ¿Entre usted y yo, Su Majestad?
—Sí, exactamente. En la remota posibilidad de que ganes, podrás tomar el camino que elijas en la vida. Pero si gano yo, tendrás que reconsiderarlo. ¡Haré de ti una mujer!
Esa fue la promesa que se hicieron el uno al otro. Fourier ponía todo el entusiasmo, pero Crusch tenía la determinación. Y entonces comenzaron los duelos…
—¡Eres verdaderamente despiadada, Crusch! ¡Soy un príncipe! ¡Un miembro de la Familia Real!
—Está bien, Su Majestad, está bien —dijo Ferris—. No hay miaucesidad de llorar. ¡Mire! Le curaré ese chichón.
Se le cruzó por la mente que había curado a Fourier así mismo aquel día, hace seis años.
Casi llorando y cubierto de polvo, Fourier se aferró a Ferris. El chico-gato usó su magia curativa. Una oleada de alivio recorrió los moretones infligidos por la espada de madera de Crusch. Fourier se puso de pie lentamente.
—¡Jajaja! ¿Viste? ¿Cómo fingí lloriquear y patalear para ganar la simpatía de mi oponente y comprarme suficiente tiempo para que Ferris me curara? ¡Solo fue otro de mis temiblemente astutos planes…!
—Sus rodillas no están de acuerdo, Su Majestad —señaló Ferris.
A pesar de la sonrisa que Fourier había cuidadosamente arreglado en su rostro, sus rodillas temblaban. Solo servía para resaltar lo refinada y gallarda que se veía Crusch en comparación. Ella se había quitado la chaqueta, revelando su esbelta figura. Sostenía su arma en posición y se mantenía tan erguida que podría habérsela confundido con una espada.
—Ahora, comparen eso con Su Majestad…
—¡Puedo oírte, Ferris! ¡Guarda tus alabanzas hacia mí hasta que termine la batalla!
—¿Sabe qué es lo que me encanta de usted, Su Majestad? Su optimismo incontenible.
Fourier le dio la espalda a la suave burla de Ferris y cerró la distancia hacia Crusch de un impulso. En ese momento, pareció olvidar que su oponente era también la mujer que amaba. Pero ella desvió su golpe, y su propio impulso lo hizo rodar por el césped una vez más. El dolor llegó un momento después, haciéndolo toser violentamente mientras intentaba levantarse.
Había una diferencia tremenda en sus habilidades, pero no era culpa de Fourier. Ferris era algo parcial en su evaluación, pero Fourier era mucho más hábil que el típico noble diletante de su edad. Su deseo de vencer a Crusch, combinado con muchos años de estos duelos, lo había transformado de un mimado principito en un hombre que podía defenderse con una espada. Que aún no pudiera superar a Crusch hablaba del talento de ella y de lo duro que había trabajado.
—¿Desea continuar, milord? Me temo que el corazón de mi padre podría romperse si lo venzo con mayor contundencia.
—¡Claro que continuaré! ¡Me subestimas, Crusch! Y tampoco creo que el corazón de Meckart sea tan frágil como insinúas. ¡Ven a mí con todo lo que tienes! —como era su costumbre, su declaración pedía demasiado.
Esta batalla se desarrollaba en el jardín central, y los sirvientes que no tenían nada que hacer estaban mirando. También había alguien más presente, alguien que se veía bastante mal ante todo el espectáculo: el propio Meckart. Salía cada vez que esto sucedía, aunque el estrés fuera suficiente para hundir sus mejillas.
“Bueno, no tiene por qué mirar.”
—Oh, ¿por qué están hoy mucho más serios que de costumbre? —se preocupó Meckart—. Pero si Su Majestad llegara a ganar…
Meckart hizo una mueca por el dolor en su estómago, dividido entre lo que esperaba como padre y lo que deseaba como duque. En ese momento, Ferris sabía muy bien lo que Meckart sentía.
“¡Ni siquiera yo sé si quiero que Crusch gane o pierda ahora mismo!”
—¡AAAAAH! ¡CRUSCH, YA USA UN VESTIDOOOOOO!
Quizás sea demasiado generoso llamar a esto grito de batalla, pero con esas palabras Fourier arremetió de nuevo, y de nuevo fue vencido. Cuando vio a Fourier levantarse de nuevo después de ser doblegado, Crusch entrecerró los ojos.
—Su Majestad parece menos predispuesto que de costumbre a rendirse. ¿Qué lo impulsa?
—¡Tú, claro está! Tú me pones así… No, en el fondo, ¡soy yo quien me pongo así! ¡Yo te he impuesto esto, así que ahora debo cumplir mi parte!
—… ¿Su Majestad?
Fourier, con su hermoso rostro manchado de tierra y sudor, sacudió la cabeza a los lados y dijo:
—No olvidaré lo necio que fui hace cinco años, lo poco que conocía mi lugar. Sin conocer mi fuerza, te até a una promesa impulsiva. Te hice jurar que mientras no lograra vencerte con la espada, no usarías ropa de mujer, sino que vestirías de hombre… ahora sé lo cruel que fue ese acto.
Hacer aquella confesión parecía causarle un gran dolor, pero, por supuesto, se equivocaba con lo de los cinco años. Habían sido seis. No obstante, las palabras de Fourier hacían referencia a la promesa que habían hecho aquel día que Ferris recordaba tan bien…
—¿Recuerdas tu decimoquinto cumpleaños, hace dos años? —preguntó Fourier—. Habías crecido tan bellamente. Con todo el atuendo de gala aquella noche, sé que habrías sido más deslumbrante que cualquier flor. Aun así, cumpliste tu promesa. Nunca olvidaré la visión de una joven doncella caminando bajo la luz de la luna con atuendo militar. Eras imposiblemente hermosa… pero esa es una sensación inspirada por la espada a tu lado. No es un sentimiento que quiera recibir de una joven que debería superar en belleza a las flores.
—… —Crusch permaneció en silencio.
—Aquella noche, comprendí lo que mi irreflexión había causado. ¡Fui yo, y solo yo, quien robó la alegría de vestir espléndidamente a una joven y la obligó a ocultarse durante lo que debería haber sido su momento más glorioso! ¡Debo asumir la responsabilidad por ello!
En todo el tiempo que llevaban conociéndose, Ferris nunca había visto a Fourier así. La inmensa emoción que ardía en sus ojos carmesíes tocó algo en el pecho de Ferris, le oprimió la garganta. El público también, desde Meckart hasta los sirvientes, estaba sin palabras. Ahora sabían por qué Fourier libraba esas batallas y lo oían pronunciar lo que nunca antes había podido expresar.
Pero estaba equivocado. Confundido. Su determinación era tremenda, pero estaba fuera de lugar.
La promesa que él y Crusch habían hecho era real. Cuando, seis años atrás, Crusch declaró que solo vestiría ropa de hombre por el resto de su vida, Fourier respondió que le permitiría hacerlo solo hasta que él la venciera en un duelo de espadas. El pretexto de que cumplía su promesa al príncipe fue la razón por la que Meckart no había podido oponerse con más firmeza.
Fourier había estado lamentándose por ello todo este tiempo. En algún momento, había comenzado a creer que Crusch no quería usar ropa de hombre, sino que lo hacía por la promesa que habían hecho. Y, con una mezcla de honestidad y necedad, se sentía responsable.
—Soy un tonto…
Mientras observaba a Fourier desde atrás, con la espada en alto, Ferris se colocó inconscientemente una mano en la boca. Siempre había atribuido la mejora de Fourier en el combate a los repetidos duelos y a su simple tenacidad. Pero había algo más. Todo este tiempo, había estado motivado por el remordimiento de su propio arrebato.
“Ha estado luchando para que la mujer que ama, la mujer a la que ató con una promesa, pueda ser una mujer.”
—¡Crusch! ¡Ama las flores! ¡Aprecia la poesía! ¡Maquíllate, usa vestidos y joyas, y déjame ver esa sonrisa inocente! ¡Ya no tienes que reprimirte más! ¡Te lo permito! ¡Aquí, hoy, corregiré mi necedad y te permitiré ser una auténtica mujer!
—¿S-Su Majestad…?
Puede que fuera un malentendido, pero Fourier estaba dispuesto a cumplirlo. Cargó contra Crusch.
El duro sonido resonó en el jardín, y Crusch se tambaleó claramente por el impacto.

—¡Su Majestad!
—¡Príncipe Fourier!
—¡Su Majestad, ayude a nuestra Señora!
Eran gritos de los sirvientes, muchos con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa. Conocían a Crusch desde pequeña y querían animar al príncipe en su determinación. Fourier intensificó su ataque, y Crusch se veía aún más tambaleante.
Su espada subió y bajó en un arco; Crusch estaba completamente ocupada defendiéndose. Que una batalla contra ella fuera tan desigual no tenía precedentes.
Así de apasionados eran los golpes de Fourier. Su ataque era, a su manera, su cortejo al corazón de Crusch. Su clara dedicación podía surgir de un malentendido, pero conmovió a muchos de los presentes.
—Se lo encomendaré a Su Majestad —murmuró Meckart. ¿En qué momento había llegado Ferris ahí?
—… —el chico-gato lo miró, y Meckart asintió.
Ferris supo inmediatamente lo que significaba. Juntó las manos frente a su pecho como si orara y esperó a ver cómo resultaba la batalla.
—¡Vestidos! ¡Maquillaje! ¡Y joyas! ¡Flores y cocina!
—Ugh…
—¡Crusch! ¡ARRODÍLLATE ANTE MIIIIIÍ!
Las espadas de madera crujieron ante la fuerza de su golpe, saltando astillas de las hojas. Ambas armas estaban al límite. Pero la pelea se decidiría por cuál de los participantes flaqueara primero.
Fourier bramó mientras hacía retroceder a Crusch paso a paso, golpe a golpe. Su bello rostro estaba enrojecido. ¿Qué veía Crusch cuando miraba su gallarda figura abalanzándose sobre ella? Quizás se veía a sí misma en sus ojos carmesíes, una mujer a la que se apremiaba a dar lo mejor de sí.
—… Ah.
Al encontrarse arrinconada contra una pared, Crusch dirigió sus ojos color ámbar hacia Ferris. Se miraron, y a él le pareció que ella pedía algo, pero no sabía qué.
—Lady… Crusch… —grandes lágrimas corrieron de sus ojos redondos hasta sus mejillas.
Al momento siguiente, se oyó un crujido cuando la espada de madera finalmente cedió, y parte de la hoja rota rodó por el suelo. La única hoja que quedaba más o menos intacta apuntaba al pecho del perdedor.
—… Con todo eso, aún no puedo superarte —Fourier habló con el aliento entrecortado, aún sosteniendo lo que quedaba del mango de su espada. Miró al suelo, con los hombros temblando. Quizás estaba llorando.
Un suspiro. Decepcionado, pero sin desesperación. Pero todos los hombros se hundieron al darse cuenta de que no había prevalecido.
Pero entonces…
—No, Su Majestad. He perdido —Crusch sacudió suavemente la cabeza a los lados.
La espada en su mano también estaba partida por la mitad. Arrojó al suelo la hoja inservible y dijo:
—Usted aún sostiene su espada, Su Majestad, mientras yo he desechado la mía. El vencedor debería estar claro… de hecho, lo ha estado desde que su grito de batalla sacudió mi espíritu: he perdido este combate.
—… —Fourier permaneció en absoluto silencio.
Crusch se arrodilló, ignorando la tierra que se le pegaba, y colocó las manos en el suelo. El gesto era el de ofrecer una espada, una muestra de máximo respeto y lealtad.
—Usted en verdad ha cumplido su antigua promesa. Yo, Crusch Karsten, me he enfrentado con la espada a su majestad Fourier Lugunica y he sido vencida. Entonces, me he de vestir con ropa de mujer.
—Eh… ejem. ¿Así que lo harás? Ya… ya veo —la respuesta de Fourier a las solemnes palabras de Crusch fue titubeante e insegura.
Asintió una vez, y luego su alta figura comenzó a inclinarse hacia atrás, hasta que finalmente cayó desplomado en el suelo.
—¡¿Su Majestad?! ¡Oh no! ¡Felix, asiste a Su Majestad!
Ferris ya se apresuraba hacia Fourier mucho antes de que el asombrado Meckart se lo ordenara. Deslizó sus rodillas bajo la cabeza del joven desplomado, soportando el peso del cuerpo del príncipe mientras usaba su magia curativa.
—Su Majestad, ¡Su Majestad! ¡Quédese conmigo…! ¡Su Majestad!
—¡Jeje! ¿Lo viste, Ferris? ¿Viste mi… gran… victoria…?
La magia curativa sanaría sus heridas, pero no restauraría la fuerza que había perdido. Fourier había gastado cada gramo de su resistencia, y ahora la familiar y despreocupada sonrisa apareció en su rostro justo antes de caer en un sueño profundo. Ferris se asombró al oír el ritmo calmo y uniforme de la respiración de Fourier.
—Ferris.
—Oh, eh, sí, Lady Crusch. Um, Ferris, quiero decir… ¿Qué puede decir Ferris…?
—Siento ser tan egoísta —Crusch sonrió suavemente mientras veía a Ferris atender al príncipe inconsciente.
Mientras sus palabras le llegaban a lo más profundo, las lágrimas volvieron a correr por las mejillas de Ferris. Miró hacia arriba, frotándose furiosamente los ojos.
—Soy… ¡soy yo quien ha sido injusto con usted…! Lady Crusch, usted… Usted y el príncipe Fourier siempre terminan salvándome…
—¿Ah, sí? Entonces ya has hecho más que saldar tu deuda. Tu presencia es una salvación frecuente para mí. Y apenas me doy cuenta ahora de que el príncipe también me salvó. Supongo que demuestra lo maleducada que soy en realidad.
—¿Maleducada…? Lady Crusch, no… ¡Usted es maravillosa…!
—Más razón para esforzarme por estar a la altura de la estima que tú y Su Majestad tienen de mí.
Ferris seguía sollozando, sin poder hablar del todo. Crusch le acarició la cabeza cariñosamente mientras se levantaba. Luego se acercó a Meckart, que miraba boquiabierto.
Lo que le dijo a él, Ferris no lo supo. No pudo oírlo por encima de los ronquidos de Fourier y su propio llanto.
6
—Yo hice todo el trabajo para que esto fuera posible, y aun así, ¿no veré a Crusch con su vestido hasta la fiesta? ¡Qué poco ortodoxo!
—Bueno, ya sabe. Lady Crusch tiene mucho que hacer. Tiene que prepararse mental y físicamente. Además, ¡no es fácil encontrar el vestido perfecto para Lady Crusch! —dijo Ferris, esbozando una sonrisa sombría.
—¡Sé que harás todo lo posible por ella, Ferris! ¡Es muy alentador! —Frente a él, Fourier rio con despreocupación.
Estaban en los aposentos privados de Ferris en la mansión Karsten. Su Majestad se había presentado allí como si fuera lo más normal del mundo. Ferris había preparado té personalmente y ahora entretenía al príncipe. Quizás debería haber estado un poco más intimidado, pero ni Ferris ni el príncipe parecían contenerse. Eran viejos amigos, si no era demasiado audaz considerarse amigo íntimo de la realeza.
—Las dos semanas desde aquella batalla han sido verdaderamente frustrantes. Cuando desperté, ya estaba en un carruaje de dragón de camino a casa. ¿Qué se me enviara lejos antes siquiera de poder hablar con Crusch? Nunca antes me habían tendido semejante treta.
—Es que usted simplemente no despertaba, Su Majestad, estaba tan cansado. Y además, difícilmente podía quedarse en nuestra miaunsión durante diez días enteros hasta la fiesta. Sé que su posición no es miau exigente, pero ¿acaso ni no tiene algunos deberes que atender?
—¡Efectivamente, soy muy solicitado! Pero hay algo que me preocupa. Recuerdo haber sometido a Crusch con mi espada, y luego consolarla mientras lloraba, pero…
—… Ya veremos adónde llega esto…
Los eventos parecían haberse vuelto algo más dramáticos en la imaginación de Fourier, pero Ferris no iba a corregirlo. Después de todo, probablemente había sido el propio llanto de Ferris lo que inspiró esta fantasía.
—Aunque emocionado por haber logrado mi objetivo, colapsé por la fatiga, y desconozco lo que pasó después. ¿Qué fue de Crusch? ¿Dijo algo sobre mí?
—Yacía en la cama, con su almohada empapada en lágrimas de arrepentimiento por haber perdido contra usted. Quizás dijo algo sobre asesinarlo mientras dormía…
—¡Jajaja! Un comentario muy divertido. Pero sé que bromeas. Crusch nunca diría tal cosa. Seguramente me desafiaría en persona. Es sencillo ver a través de tus pequeños juegos… Estás bromeando, ¿verdad?
—Si va a actuar con tanta confianza, al menos manténgala hasta el final. Pero sí, era una broma.
Nunca podría engañar a alguien que conocía a Crusch incluso más tiempo que él. Con un pequeño suspiro, Ferris guiñó un ojo a Fourier, que no dejaba de mirarlo buscando confirmación.
—Tranquilícese, Su Majestad —dijo—. Lady Crusch sabe que fue vencida. Creo que lo ve a usted con un tono distinto, por la forma en que la superó con pura determinación. Aunque no ha hablado de usted ni una sola vez desde entonces.
—Está enojada, ¡lo sabía! ¿Y tú qué opinas? ¡Dime qué opinas, Ferris! —se inclinó y sacudió al chico-gato enfáticamente.
—¡Aah, no me jale, que va a estirar mi ropa! ¡Sé que estamos solos, pero…! —Ferris apartó al príncipe de un empujón y se abrazó a sí mismo, con los ojos llorosos.
Fourier, alterado, se recostó, y un incómodo silencio descendió sobre la habitación.
—Me llaman aquí, ¿y qué encuentro? Ferris, no debes ser tan cruel al burlarte de Su Majestad —la puerta se abrió y Crusch asomó la cabeza.
—¡Eeeaaaah! —Fourier soltó un grito inusual y se dio la vuelta.
Ferris, a quien le pareció bastante gratificante, sacudió su mano para saludar a Crusch.
—Llega justo a tiempo, Lady Crusch. ¡La estábamos esperando!
—Me dijiste que entrara sin anunciarme. ¿Era este tu objetivo? Su Majestad, veo que Ferris ha sido muy irrespetuoso con usted. Pero ¿está tan asombrado de ver mi rostro?
—¡No! ¡No tiene nada que ver con tu rostro! ¡Que está tan bello como siempre! ¡Y es toda obra de arte! Deberías tener más confianza; te doy mi garantía real, ¡te ves maravillosa!
—Es usted muy amable, Su Majestad. Aunque estoy un poco avergonzada.
Crusch tenía una sonrisa irónica; Fourier, las mejillas rojas. A pesar de su combate de espadas, aun tras dos semanas de estar separados, todo seguía como si nunca hubieran estado lejos el uno del otro.
—Parece que Ferris lo ha logrado otra vez… Mi habilidad como estratega es casi aterradora…
—¿Qué estás murmurando ahí, Ferris? ¡Y tú, Crusch! —Fourier se levantó y señaló a su amiga, que estaba justo al otro lado de la puerta—. ¿Por qué sigues vistiendo ropa de hombre incluso ahora? ¿Dónde está tu falda? ¿Tu vestido? ¿Qué pasó con nuestra promesa de que adornarías tu cabello con gemas preciosas y te rodearías de flores?
—¡Su Majestad, Su Majestad, esa promesa se está saliendo de control! —protestó Ferris.
—Mis disculpas, Su Majestad. Es muy cierto que lo ocurrido hace dos semanas permanece firme en mi corazón. Pero he pasado tanto tiempo con atuendos masculinos. Espero que me conceda algo de tiempo para prepararme. Y, por supuesto, para la celebración de mi cumpleaños mañana, se lo prometo que así será.
—Mmm… ¿Tengo tu palabra en eso?
—Eso depende de si usted cree que soy alguien que traiciona sus promesas a Su Majestad.
Fourier no tuvo más opción que ceder. Crusch se sentó cómodamente junto a Ferris, frente a Fourier, que ajustaba su posición en el sillón.
—Se ha tomado esto muy a pecho, ¿verdad, Su Majestad? —dijo ella—. Y no me refiero solo a nuestro combate. También va a pasar la noche aquí.
—¡Es que estaba tan aterrorizado por la posibilidad de quedarme dormido si me quedaba en el castillo que al final no pude dormir ni un poco! En cambio, aquí, en la mansión, tendré tiempo de sobra aunque me levante tarde. ¿Qué te parece? Nada mal para una muestra de sabiduría principesca, ¿eh?
—Parece excesivo. Como acordar reunirse con alguien y acampar allí el día anterior —dijo Ferris con ligereza, provocando una sonrisa burlona de Crusch.
El vínculo entre los tres era tal que ni siquiera un punto de inflexión como el duelo de espadas impediría que se llevaran bien.
—Hablando de eso, ¿qué piensas hacer para la celebración de cumpleaños, Ferris? —preguntó Fourier—. ¿Vas a ponerte un vestido?
—Oh, cielos, Su Majestad, ¿es que con Lady Crusch no le basta? ¿Tiene sus ojos puestos también en Ferris? En fin, lo siento. Puede esperar a descubrirlo mañana.
—Un vestido, sí… Un vestido… Oye, Ferris, mi padre parecía más que contento con el vestido que escogiste, pero me preocupa que no sea del todo apropiado para mí…
—Lady Crusch, ¡necesitamos que tenga el mejor vestido, y las mejores joyas, y que en general luzca lo mejor posible! ¡Y créame, será genial!
—¡Sí! ¡Crusch! ¡Disfrutaré la emoción hasta entonces!
El entusiasmo combinado del chico-gato y el príncipe finalmente venció la objeción de Crusch. Sus ojos color ámbar pasaron a mirar por la ventana, dejando ver su rostro de perfil, que por alguna razón parecía fugaz. Ferris siguió naturalmente su mirada y levantó la vista hacia el cielo nocturno.
La pálida y fría media luna flotaba contra un campo de estrellas. Al día siguiente sería el cumpleaños de Crusch. El brillo de la luna resplandecía de forma extraña, como presagiando un gran número de cambios por venir.
7
Al día siguiente. El decimoséptimo cumpleaños de Crusch Karsten fue bendecido con un cielo despejado.
—¡Mjum! ¡Qué clima tan hermoso! —rio Ferris mientras apartaba las cortinas y abría la ventana.
La brisa le agitaba el cabello que le llegaba a los hombros. Se había levantado más temprano de lo habitual, y el cielo matutino estaba despejado y fresco. La noche anterior la había pasado hablando hasta altas horas de la madrugada con Crusch y Fourier, pero estaba tan emocionado por hoy que apenas se sentía cansado. Estaba completamente despierto y listo para actuar, más que ninguna otra mañana.
—¡Perfecto para una fiesta de cumpleaños! —dijo alegremente. Parece que los dioses del clima están trabajando horas extra.
Rápidamente, se quitó el pijama y se puso su ropa femenina, como siempre. Los listones blancos en su cabello completaban su atuendo. Se echó un vistazo al espejo y luego salió prácticamente bailando al pasillo, donde encontró a los sirvientes ya en sus labores.
—¡Muy buenos días! —dijo en un canturreo.
—Ah, señor Ferris, buenos días. Hoy se ha levantado temprano.
—Bueno, es un día muy importante. Hay que dar lo mejor de uno mismo, ¿saben? Y ustedes ya están desde aún más temprano.
—Es nuestro trabajo, señor. Y no es usted el único que espera con ilusión este día. Queremos asegurarnos de que todo sea perfecto —dijo el mayordomo anciano, sonriendo.
Ferris lo conocía desde hacía bastante tiempo, y el hombre, normalmente reservado, se veía más feliz de lo que Ferris lo había visto nunca.
Los demás sirvientes alrededor estaban igual; aunque estaban trabajando, ninguno parecía infeliz. Así de querida era la protagonista de la celebración de hoy por parte de todos.
—¡Pero! ¡Yo quiero a Lady Crusch tanto como cualquiera de los aquí presentes! Haré todo lo que pueda para ayudar; solo díganme qué hay que hacer.
—Qué entusiasta. Estoy seguro de que hay muchas pequeñas tareas que podría hacer…
Nadie fue tan insensible como para sugerir que Ferris debía evitar el trabajo manual solo por ser el asistente personal de Crusch. Vieron lo emocionado que estaba y fueron tan amables que lo dejaron ayudar. Ferris decidió recompensarlos trabajando lo más duro que pudiera.
La fiesta de cumpleaños estaba programada para empezar esa noche. Se esperaba que los invitados llegaran durante las horas previas, así que todos los preparativos debían estar listos antes del mediodía. Por supuesto, la mayor parte del trabajo se había hecho en los días anteriores, pero quedaban algunos detalles por resolver, incluido el orden de servicio de la comida y quién haría qué y cuándo.
—No puedo esperar a ver el vestido de Lady Crusch esta noche —dijo uno de los sirvientes.
—Estoy totalmente de acuerdo. Llegué a dudar que viviría lo suficiente para verla con un atuendo así.
Los sirvientes de largo historial de servicio y el viejo mayordomo rieron juntos, pero Ferris sintió remordimiento. Cuando él y Crusch hicieron aquella promesa de niños, nunca pensó en cuántas personas podrían salir heridas por ella sin que se supiera.
Por supuesto, no querían criticarlo intencionalmente. Simplemente estaban rebosantes de alegría al ver a Crusch, a quien habían cuidado desde que era una niña pequeña, vestida con ropa femenina.
—Lo siento mucho, por todos.
Era una forma muy modesta de expiación: Ferris pronunció sus disculpas solo en voz baja y solo impulsado por su propio sentimiento de culpa. Pero eso lo incitó a redoblar sus esfuerzos, y cuando los sirvientes lo vieron, supieron que no podían quedarse atrás. Así que todos se entregaron cada vez más a sus propias tareas, y los preparativos terminaron mucho antes de lo previsto. Solo quedaba esperar a los invitados… y al comienzo de la noche.
O al menos así debería haber sido, si no hubiera pasado nada. Justo cuando Ferris entraba al vestíbulo principal, oyó una voz:
—¡Debo hablar con el duque Karsten! ¡Traigo un mensaje de suma importancia!
Cuando Ferris fue a preguntar qué tarea debía hacer a continuación, encontró a un grupo de sirvientes rodeando a alguien. Se acercó para ver mejor y vio a un joven, sin aliento y sudando profusamente. Parecía haber venido corriendo a toda velocidad desde su carruaje, y cada centímetro de él denotaba que algo malo estaba ocurriendo. No estaba herido, pero claramente estaba agotado, muy cargado tanto emocional como físicamente.
—¡Debo decirle por qué he venido…!
—Díganos, entonces. ¿Qué está pasando?
Cuando el joven cayó de rodillas, alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de Ferris. El chico gato tragó saliva al contemplar la aterradora expresión que se dibujaba en su rostro.
Temblando y lleno de miedo, el joven dijo:
—¡Han aparecido mabestias en las Planicies Foutour…! ¡Es el Gran Conejo!
8
—¿Que ha aparecido el Gran Conejo? —suspiró Meckart al recibir la noticia—. Qué mala suerte…
Unas diez personas estaban apretujadas en la oficina del Duque, mirándose con preocupación. Todos eran subordinados de confianza de Meckart, personas que habían llegado temprano a la mansión para la celebración del cumpleaños de Crusch. Pero nadie podía haber imaginado que la feliz reunión se convertiría en un consejo de emergencia.
—En verdad es mala suerte, pero la ventaja es que ya estábamos todos aquí. Los primeros momentos de un ataque de mabestia son los más cruciales. Podremos responder con la mayor rapidez posible.
—Como siempre, me salva un vasallo que sabe ver el lado positivo —dijo Meckart—. Para empezar, quiero saber cuál es la situación. ¿Hay daños o heridos? ¿Puedes informarme?
—S-sí, milord —el joven estaba absolutamente aterrorizado de hallarse ante no solo los pilares de la Casa Ducal, sino también ante el propio duque Karsten. Pero quería cumplir con su deber, y Meckart y los demás asintieron mientras él explicaba.
Siglos atrás, una Bruja había creado una variedad de bestias, y se decía que el Gran Conejo estaba entre las tres más poderosas. El solo nombre presagiaba destrucción.
La Ballena Blanca. La Serpiente Negra. El Gran Conejo. A veces se les trataba como desastres naturales, y eran tan abrumadoramente destructivas que naciones enteras habían enviado ejércitos para derrotarlos sin éxito. Que esas criaturas hubieran sobrevivido a esfuerzos tan decididos por exterminarlas daba una idea de lo peligrosas que eran.
Hoy, el Gran Conejo había aparecido en las Planicies Foutour, una región salvaje en la frontera del Ducado Karsten.
—Las primeras personas en notar a los conejos fueron un grupo de tramperos en un bosque cercano. Intentaban obtener pieles de un animal que habita allí, llamado ubzu, cuando los conejos los emboscaron.
—Justicia poética, podría decirse. ¿Qué pasó con ellos?
—La manada devoró a la mayoría, incluido su líder. El único superviviente fue un joven que se había quedado con el carruaje de dragón. Regresó como pudo a la aldea más cercana, y fue entonces cuando supimos lo que había ocurrido.
El rostro de Meckart se oscureció ante el reporte del joven.
—¿Fue a una aldea…? ¿Y qué pasó con esa aldea?
—Perdónenos por no consultarlo, mi Señor, pero metimos a todos los aldeanos en los carruajes de dragón locales y los evacuamos. Incluido el joven superviviente, Señor. Mi padre, el jefe de la aldea, me envió aquí para informarle.
Meckart asintió al joven aterrorizado y dijo:
—Ya veo. Una decisión sabia. Recordaré a tu padre, y a ti —luego volteó hacia sus asesores—. Creo que lo primero que debemos hacer es contener los daños que los conejos están causando. Con suerte, como mucho una sola aldea será destruida. Caballeros, ¿qué opinan?
Uno de los hombres, de mediana edad y con expresión pensativa, levantó la mano.
—La aldea de este joven tomó una excelente decisión. Quizá lo mejor sería ampliar la escala de la evacuación a otras aldeas cercanas y mantener al Gran Conejo bajo observación. Si se puede confiar en los rumores sobre las costumbres de las mabestias, no debemos provocarlas ni hacerles saber deliberadamente dónde hay presas.
Así que la primera sugerencia era evitar el combate. Un hombre de rostro severo ofreció un contraargumento.
—Eso solo funcionaría si los conejos siguen satisfechos con su situación actual, lo cual es una suposición terriblemente optimista. ¿Qué pasa si destruyen el bosque y las aldeas y aún así no se sacian? ¿Entonces qué? Si la manada se dispersa, nunca podremos hacerle frente.
—¿Qué propone que hagamos entonces?
—Debemos tomar la iniciativa. Solicito que el Ducado Karsten movilice una unidad para exterminar a las criaturas. No debemos ceder ninguna parte de nuestras tierras a ninguna bestia, ni siquiera el páramo salvaje. Sin mencionar que si nos encerramos en el corazón del Ducado mientras el pueblo está aterrorizado, se socavará la autoridad.
—No tenemos nada que ganar derrotando a estas criaturas.
—No tenemos nada que ganar, pero sí algo que perder: la confianza del pueblo y nuestro propio orgullo.
Los partidarios de luchar y los que estaban en contra chocaron, y ninguna de las dos opiniones era exactamente errónea. Ambas tenían mérito. Por eso había que tomar una decisión.
—… —Meckart permaneció en silencio. Sus propios pensamientos estaban tan enfrentados como los de sus asesores.
Y en ese momento, una mano que parecía fuera de lugar se levantó. No era otro que la persona que había traído al joven a la oficina y luego se había quedado callado escuchando las discusiones: Ferris.
—Um, Señor Meckart? Disculpe. Sé que no es mi lugar, pero…
—… Ah, Felix. Sí, gracias. ¿Qué pasa? ¿Qué quieres preguntar?
—Es sobre la fiesta de cumpleaños de Lady Crusch. Sé que tenemos que cancelarla, pero los invitados llegarán pronto. ¿Qué les decimos?
—Esa… esa es una buena pregunta. Otro problema que resolver. Terriblemente desafortunado, todo esto —Meckart se mordió el labio. Pero de repente levantó la vista—. Hablando de Crusch, ¿dónde está? No le has hablado de esto, ¿verdad?
—No se preocupe, Señor. Traje al mensajero directamente aquí… Sospecho que Lady Crusch está entreteniendo al príncipe Fourier en este momento. Al menos por eso podemos agradecerle a Su Majestad.
—Ya veo, es bueno saberlo. Eso hace que estime aún más a Su Majestad.
Un palpable alivio recorrió la habitación. Meckart no fue el único en relajarse; todos los que conocían a Crusch compartían el sentimiento. Si la joven, con su orgullo por su linaje noble y su devoción a la caballería, se enteraba de que el pueblo estaba amenazado por mabestias, sería difícil impedir que saliera volando por la puerta para salvarlos. Todos los que conocían su naturaleza apasionada sabían que lo sensato era asegurarse de que no se enterara de esta situación.
—… Ahora bien, el tiempo es corto. No tenemos mucho para preocuparnos y discutir —dijo Meckart.
Su sonrisa momentánea de alivio se había convertido de nuevo en un ceño fruncido, y ajustó su posición en la silla. Esto hizo que todos los demás también se enderezaran. Atendiendo silenciosamente a sus palabras.
—Primero, evacuar todos los pueblos y aldeas cerca de las Planicies Foutour. Enviar nuestros propios carruajes de dragón para ayudar, así como los de otras aldeas que puedan proporcionarlos. Evacuar a toda la gente y tantas de sus pertenencias como sea posible. Cuando los conejos pasen, no quedará nada. Deben asegurarse de que no haya absolutamente ningún saqueo. Badak, tú estás a cargo de la evacuación.
—¡Sí, Señor!
—Además, establecer un perímetro de combate alrededor del bosque de Foutour. No podemos permitir que los conejos destruyan un área que ni siquiera hemos trabajado aún. No obstante, nuestro objetivo no es el exterminio. Es simplemente el control de daños. Así que no pongan a demasiados soldados jóvenes y vehementes en la primera línea, ¿de acuerdo?
—Entendido, Señor. ¿Quién estará al mando?
—El viejo cobarde encargado de cuidar este territorio —dijo Meckart encogiéndose de hombros—. Ahh, no hay descanso para los exhaustos, ¿verdad?
Sus asesores sonrieron entre sí. Y entonces, mientras la sala se volvía cada vez más tensa, Meckart volteó hacia Ferris.
—Tengo una orden para ti también, Felix. No dejes que Crusch se entere de los conejos. Y asegúrate de que su fiesta de cumpleaños salga perfecta.
—¡¿No va a cancelarla, Señor?!
—Pase lo que pase en las Planicies Foutour, es poco probable que afecte a la mansión. Y nuestros invitados se han tomado la molestia de venir hasta aquí.
—¡Pero, pero! Sin usted aquí, Señor Meckart, será muy difícil ocultar que algo está pasando…
—No te estoy pidiendo que guardes el secreto con tu vida. Si puedes mantenerlo callado solo durante esta noche, será suficiente. Supongo que Crusch lo descubrirá mañana. Te agradecería que fueras tan amable de soportar su ira por mí esta vez —Meckart habló sin darle mucha importancia, pero Ferris pudo ver que seguir discutiendo sería inútil.
Frunció los labios e hizo obvio su disgusto, viendo con molestia a Meckart.
—Será mejor que prometa soportarlo conmigo, Señor. Si no, me voy a enojar muchísimo.
—Santo cielo, eres muy intimidante, Felix. Pero en caso de que no pueda cumplir esa promesa…
—… entonces será mejor que sea porque subestimó demasiado a las mabestias y murió luchando contra una o algo así.
—¡Muchacho, dices cada cosa tan terrible!
Mientras bromeaban entre sí, Ferris se sintió resignado. En terquedad, si no en algo más, el padre era como la hija.
—Está bien, Señor. Yo, Ferris, apostaré mi propia vida a que esta fiesta sea un éxito. Rezaré por su buena fortuna en la batalla, Señor Meckart —tras decirlo, hizo una reverencia junto con su deseo de buena fortuna para Meckart en la batalla.
El Duque asintió y luego comenzó a discutir los siguientes pasos con sus asesores. Ferris salió sigilosamente de la oficina y se apresuró a reunirse con los sirvientes profundamente perturbados. Tendrían que actuar rápido ahora.
… Porque estaban a punto de intentar hacer el mayor engaño de sus vidas.
9
Varias horas después de que Meckart hubiera salido de la finca, Ferris, arreglado con un espléndido vestido, estaba en el salón de la fiesta con la sonrisa más grande que pudo lograr.
—Bienvenidos, muchas gracias por venir.
Era por la noche, y elegantes carruajes de dragón llegaban a la mansión Karsten uno tras otro. Sus ocupantes —nobles y gente importante de todo tipo— parecían tan impresionantes como sus carruajes. Eran los escasos y afortunados invitados a la fiesta de cumpleaños de la hija del Duque, y como tal, mostraban una sofisticación que habría dejado sin aliento a la persona promedio. Por suerte para Ferris, él vivía en la finca del mismísimo duque anfitrión de la fiesta y era amigo cercano de un miembro de la Familia Real.
Dicho eso, la mujer que él conocía solía mostrarse muy seria y, por lo general, no era muy sociable, por lo que era cuestionable que esa experiencia pudiera servirle de algo hoy. Independientemente de eso, Ferris saludó a cada uno de los invitados y los acompañó a sus lugares con el grado exacto de deferencia y respeto, sin ser nunca servil ni insolente. Mientras estaba listo para recibir visitantes con su vestido azul, incluso aquellos que no lo conocían se detenían al verlo, algunos con cara de estar a punto de enamorarse perdidamente.
En ese momento, estaba rechazando gentilmente los avances de algún joven acaudalado.
—Pensar que pasé por alto a alguien tan bella como usted… ¡Solo puedo castigarme por esta falta de juicio!
—Oh, qué amable. Pero no debe ser tan generoso. La joven que lo acompaña me está lanzando una mirada terrible…
Mientras el joven se alejaba, Ferris le guiñó un ojo a la pareja. Sin mayor problema. Todo era muy fácil. Lo mínimo que podía hacer era mantener una sonrisa en su rostro durante la noche.
—Disculpe —dijo alguien a la sirvienta elegantemente vestida que estaba a su lado, su compañera recepcionista—. ¿Podría preguntar dónde se encuentra el duque Karsten? Me gustaría pedirle que diga unas palabras de presentación antes de que anunciemos a la protagonista de la noche, Lady Crusch.
—Lo siento mucho —respondió la sirvienta—, pero el Señor Meckart está indispuesto en este momento… Creo que estará aquí dentro de poco, pero debo pedirle que espere hasta entonces.
—Qué lástima, y en un día tan importante. Comprendo. Perdone mi impertinente petición.
Desde que los invitados comenzaron a llegar, no había parado de haber gente preguntando por el duque Meckart. Era algo normal. Solo un puñado de personas había sido elegido para asistir a la fiesta. Sin contar a los miembros de la Casa, la mayoría de los presentes en la finca probablemente estaban allí para ver cómo estaba Meckart o para congraciarse con él. Por supuesto, se sentirían decepcionados al encontrarlo ausente.
—Bueno, si miau lo preguntan a mí, diría que no están tan decepcionados…
—Sseñor Ferris, tenga cuidado. Está frunciendo el ceño.
—¡Uy! Deberé tener miaus cuidado.
Los murmullos de Ferris para sí mismo habían llamado la atención de la sirvienta. Debía de sentir lo mismo que él, porque no lo reprendió por lo que realmente había dicho. Por mucho que estuvieran acostumbrados, seguía doliendo a quienes simplemente deseaban lo mejor para la Casa.
Aun así, se podían observar todo tipo de emociones entre los invitados. Sea como fuere. Cuando la estrella de la fiesta apareciera con su vestido más hermoso, todos sentirían solo admiración.
—Jeje… ¡Jejeje!
—Señor Ferris, no me gusta esa mirada en sus ojos…
—¡Uy! Deberé tener miaus cuidado —dijo, sacando la lengua, avergonzado, después de haber sido reprendido dos veces, aunque por diferentes faltas.
La fiesta apenas comenzaba y los invitados seguían llegando. La presentación de la estrella de la noche, Crusch, sería el evento principal. Hasta entonces, tendría que permanecer en sus aposentos. Sin duda estaría aburrida, pero Ferris no pudo evitar sentir un cierto alivio.
Gracias a su Protección Divina especial, era difícil esconder secretos de Crusch por mucho tiempo. Su Protección Divina de la Lectura del Viento le permitía interpretarlo; no solo la brisa real sino el ambiente de una habitación o el que rodeaba a una persona, el aura que comunicaba sus emociones. Era bastante hábil en ello y la hacía muy difícil de engañar. Aunque, siendo Crusch tan recta como era, a veces se dejaba engañar en asuntos cotidianos menores.
—No se puede tratar a Lady Crusch como a una persona común… aunque supongo que eso es parte de por qué la quiero tanto…
—Señor Ferris, está babeando y comienza a escurrirle…
—¡Uy! Deberé tener miaus cuidado.
Eran tres faltas, y la sirvienta no parecía muy contenta. Ferris sabía que era una tontería estar tan ansioso por unas pequeñas bromas, pero también parecía que sería una noche larga.
“Bien. Hora de volver a poner la sonrisa en el rostro y dedicarse a recibir invitados de nuevo…”
—¡Ferris! ¡Ferris, ¿estás aquí?!
Como respuesta a sus pensamientos, justo cuando intentaba convertirse en una máquina de sonreír, una voz a lo lejos llamó su nombre. No había duda de quién era; esa forma particular de llamar la atención solo podía pertenecer a una persona.
Incluso mientras Ferris reconocía a quién debía pertenecer la voz, la multitud se abrió. Allí, levantando la mano y llamando con esa voz familiar y penetrante, estaba Fourier.
Llevaba ropas lustrosas, su cabello dorado y sus brillantes ojos carmesíes. Cuando la gente se dio cuenta de que el cuarto príncipe de la nación estaba entre ellos, las cabezas comenzaron a inclinarse.
—¿Jum? ¿Hum? Oh, deteneos, todos. Sois demasiado formales. Soy un joven magnánimo y amigable. Y no soy el centro de atención esta noche. Id al centro del salón de la joven dama y disfrutad de la fiesta —Fourier amenazó con desviar la atención del propósito de la noche al provocar esa inesperada muestra de reverencia.
Por otra parte, dado que era un príncipe, la muestra de respeto hacia él no debería haber sido sorprendente, pero su actitud cotidiana hacía fácil olvidarlo.
—Su Majestad… Ahí está a otro que no se puede tratar como a una persona común…
—¿Qué estás murmurando, Ferris? Um… —Fourier caminó a través de la multitud ahora separada, directamente hacia la sirvienta y el chico.
Miró a Ferris y su vestido de arriba abajo, luego asintió profundamente con genuina apreciación.
—¡Tan hermoso con un vestido como siempre! Ya sea en una fiesta de cumpleaños o en un encuentro de presentación, ¡nunca me canso de verte así! ¡Te has ganado mi entusiasmado halago!
—Jaja, muchas gracias. Usted también se ve muy apuesto, Su Majestad.
—¿Verdad que sí? Me rompí la cabeza decidiendo qué ponerme esta noche. Necesitaba algo apropiado para la fiesta de cumpleaños de Crusch, algo con lo que pudiera mantener la frente en alto a su lado. ¿Qué opinas, Ferris?
—Un trabajo excelente, milord. Prácticamente parece un hombre.
—¡Jeje! Sí, yo también lo creo —Fourier se puso las manos en las caderas, sacó el pecho y, en general, se veía terriblemente contento consigo mismo.
Era muy típico de él no notar la burla en las palabras de Ferris; eso era parte de su encanto.
La llegada de Fourier había disipado parte de la creciente expectación por la estrella de la fiesta, y Ferris se dio una palmada en el pecho, agradecido por aquel respiro.
—Pero ¿qué ha estado haciendo todo este tiempo, Su Majestad? Desde luego, no he podido entretenerlo. ¿Estaba en los aposentos de Lady Crusch o algo así?
—Ah, si tan solo pudiera ser así. Pero difícilmente podría pasar todo el día en los aposentos de la mujer más importante de la noche. Que quede claro: ¡no me retiré por las miradas abrumadoras de las sirvientas que intentaban ayudar a su Señora a cambiarse! ¡Tampoco deambulé por la mansión sin rumbo fijo después!
—Por supuesto que no, Su Majestad. Me alegra que haya podido encontrarme.
—Sí, un gran alivio. Honestamente, me estaba sintiendo bastante solo.
El comentario honesto, casi ingenuo, conmovió a Ferris, y se sorprendió al encontrar una sonrisa genuina en su rostro. Era la primera muestra real de felicidad que hacía desde que comenzó la fiesta. Había sonreído y saludado tanto tiempo que había empezado a pensar que nunca podría volver a esbozar una sonrisa verdadera.
No es que le desagradara sonreír, pero era mucho más fácil cuando estaba tranquilo por dentro. Solo deseaba poder compartir su carga con alguien allí, aunque decirle a la propia protagonista estaba fuera de discusión…
—Oh, bueno. Para eso me confiaron la vigilancia aquí, porque no podemos permitirlo.
A pesar de sus mejores esfuerzos, se le escapó este pequeño momento de autocompasión, y lo cubrió con una sonrisa apenada. Cuando pensaba en lo que Meckart estaba haciendo —por qué el Duque no podía estar allí para recibir a los invitados— sabía que difícilmente podía compadecerse de sí mismo. Y, de todas formas, ese era el trabajo que le habían encomendado. La importante tarea que el duque le había confiado a Felix Argyle.
—Todo eso está muy bien. Pero, ¿no van a presentar a Crusch todavía?
—Estamos guardando lo mejor para el final. Su Majestad, se ve tan emocionado como un niño.
—Bueno, ¿y qué quieres? ¡Lo estoy! ¿Tú no?
—La acompañé a la prueba de su vestido, así que ya la vi. ¡Ah! ¡Lady Crusch estaba tan hermiausa con su vestido! ¡Una verdadera diosa entre nosotros!
—¡Grr! ¡No es justo, Ferris! ¡Es directamente cruel! Recuerda quién hizo todo el trabajo para que pudiéramos ver a Crusch con su vestido —Fourier cruzó los brazos y soltó un resoplido de enojo.
—Jij… —Ferris contuvo la risa desesperadamente—. Todo fue gracias a usted, por supuesto, Su Majestad. El Señor Meckart lo sabe, y todos los sirvientes, y desde luego que yo también. Todos le estamos agradecidos. ¡Muchísimas gracias! Jeje.
—¿Jum, de verdad? Bueno, está bien. Un hombre debe ser generoso de corazón. ¡Te perdono! ¿Acaso mi magnanimidad no es tan vasta como el cielo? ¿Qué opinas?
—Oh, sí que lo es. Su magnanimidad es como un vasto cielo azul.
Esto no era un halago vacío; Ferris realmente lo sentía así. De hecho, pensaba en Fourier como el sol en ese cielo. Y eso convertiría a Crusch en el viento, la brisa invisible que pasa junto a ese sol y a través del cielo. ¿En qué se convertiría él entonces? Podía desear ser al menos una nube llevada por ese viento a través del cielo.
—¿Su Majestad?
Mientras Ferris permanecía allí, perdido en estos pensamientos, de repente encontró una mano frente a su cara. Era la de Fourier. El príncipe miró el rostro ligeramente ensombrecido de Ferris, y luego le regaló su sonrisa habitual y radiante.
—No es momento para que luzcas diferente a tu yo habitual, Ferris. Todo esto es porque te has estado forzando a sonreír, yendo de un lado a otro como un títere en una cuerda. Toma mi mano: vamos a bailar.
—… No soy bueno sonriendo, ¿eh?
—Oh, no diría eso. Solo pensé que te veías diferente a lo habitual. ¿Cuánto tiempo llevamos conociéndonos? ¿Cinco años ya? Es natural que conozca a fondo la sonrisa de mi amigo.
—¿Me considera un amigo, Su Majestad? —respondió Ferris, alzando una ceja ante la inesperada palabra.
Eso hizo que el hermoso rostro del príncipe adquiriera un tono serio. Le dirigió una mirada perpleja y dijo:
—Han pasado cinco años, no dudamos en conversar el uno con el otro, incluso compartimos nuestros pequeños secretos… Si esto no es amistad, entonces no tengo amigos. ¿Qué has considerado que soy yo todo este tiempo, Ferris?
—Bueno, yo… Es solo que odiaría ser insolente…
—¡Ja! Te estoy dando permiso aquí y ahora. No hay insolencia. Ferris, tú eres mi amigo. Mantén la frente en alto a mi lado y comparte mi alegría en todas las cosas. ¿Sí? ¿Es una promesa?
Era el Fourier clásico: enérgico y sin mucha consideración por la situación del otro o su propio rango. Pero las palabras fueron como una salvación para Ferris, y se sintió profundamente conmovido. Miró al suelo, encontrándose de repente al borde de las lágrimas. Respiró hondo varias veces. Solo después de calmar la ola de emoción levantó la vista. Había una sonrisa burlona en su rostro.
—Entonces, Su Majestad, ¿podría concederme una pieza antes de que llegue nuestra amada Lady Crusch?
—Visto que ya te lo pedí yo… sí, por supuesto. Sabes bailar la parte de la mujer, ¿no? Yo desde luego que no.
—Tranquilícese. En realidad, la parte de la mujer es la única que sé.
—Bien, entonces… ¡porque yo solo sé la parte del hombre! —Fourier sacó el pecho, y esta vez Ferris en verdad no pudo evitar soltar una carcajada.
Luego miró a la sirvienta que tenía a su lado; ella le guiñó un ojo enérgicamente como si dijera: «Déjeme los invitados a mí». Él asintió, agradecido por su consideración.
—¡Bailemos, entonces! ¡Sígueme!
—¡Por supuesto, milord!
Fourier estaba lleno de entusiasmo, pero cuando extendió la mano, su gesto fue amable. Acompañó a Ferris a la pista de baile, luciendo alto y gallardo. Al verlo, Ferris llevó una mano a su pecho, sintiendo su corazón un poco más ligero.
—Por cierto, Su Majestad, está equivocado sobre cuánto tiempo llevamos conociéndonos. No han sido cinco años, sino seis.
—¿Mmm? ¿Ah sí? Mmm. Bueno, no importa. En vista de todo el tiempo que seguiremos juntos, es solo una pequeñez. ¿No crees?
—Aah… Bueno, si Su Majestad lo dice…
En medio de la pista de baile, se enfrentaron y juntaron las manos. Ferris contuvo una sonrisa, pero las comisuras de sus labios se tensaron. Fourier lo vio y también sonrió, y entonces la música comenzó.
Empezaron a bailar, trazando los pasos bajo la deslumbrante luz anaranjada del sol que se ponía.
La noche caía, y esperaban con ansias a la persona que todos habían venido a celebrar. La fiesta de cumpleaños apenas comenzaba.

10
—Su Majestad, nunca supe que estaba tan bien definido. Puedo sentir cómo me acelera el pulso.
—¿Ah, sí? Es porque soy un joven tan apuesto. Pero, eh, deja de sonrojarte y acurrucarte así contra mí. ¡Me da una sensación muy extraña!
—Ooh… ¿Acaso no decía la verdad cuando dijo que éramos amigos, Su Majestad?
—¡Claro que sí! P-pero me preocupa que si esto sigue, ¡ya no seremos solo amigos! ¡Deja de molestarme! ¿Pues quién crees que soy?
Habían terminado su baile y abandonaron la pista entre una atronadora ovación. Caminaban por un pasillo de la mansión, rumbo a los aposentos de Crusch, mientras Ferris molestaba a Fourier por el camino.
Casi había olvidado su cometido, absorto en el baile, pero se suponía que debía asegurarse de que la fiesta transcurriera sin problemas. Le sorprendía lo mucho que sentía haber contribuido a ese objetivo. El siguiente paso era asegurarse de que Crusch estuviera vestida adecuadamente. Pronto tendría que estar lista para ser presentada en la fiesta.
—Como hombre, Su Majestad, no puede entrar en la habitación —le dijo Ferris a Fourier—. Verá su vestido cuando todos los demás. ¡Vamos, fuera!
—¿Qué? Y pensar que hasta hace un momento me tratabas con tanta amabilidad. De todas formas, no tenía intención de entrar a la fuerza a la habitación de Crusch. Solo pensé que podría estar nerviosa y quería estar aquí para consolarla.
Sonaba a excusa, pero Ferris se rindió ante la nobleza del gesto y permitió que el príncipe lo acompañara. De todas formas, era cierto que Crusch podría estar un poco nerviosa por aparecer ante una multitud con un vestido. Era posible que tener a Fourier cerca no fuera del todo inútil.
Con esto en mente, ambos llegaron a los aposentos de Crusch. Ferris tocó a la puerta y…
—¡Lady Cruuuusch! Soy Ferris. ¿Puedo pasar?
—… Ferris. Te he estado esperando. Entra.
La misma voz masculina de siempre lo saludó y lo invitó a pasar. Él y Fourier entraron en la habitación… y se quedaron completamente paralizados.
—Veo que traes a Su Majestad contigo. Es inesperado.
Crusch no llevaba un vestido, sino el uniforme militar que tanto conocían. No había problema. Solo necesitaba quitarse la ropa de hombre y cambiarse. El problema era lo que había a sus pies.
Un mayordomo estaba sentado allí, atado y amordazado.
—¡L-Lady Crusch! ¿Qué está pasando aquí?
—Entiendo tu sorpresa, pero mantén la calma. Maloney está ileso. Solo lo até porque no podía permitir que me estorbara. Estoy segura de que la próxima sirvienta que pase lo soltará.
—Lo ató. ¿Por qué lo hizo?
—Saben que soy mala dando rodeos, así que seré directa. ¿Adónde se fue mi padre?
—…
Mientras los ojos ámbar de Crusch lo atravesaban, la garganta de Ferris se contrajo de terror. Su reacción no hizo más que confirmar las sospechas de Crusch. Ella apoyó una mano en la ventana de su habitación. Estaban solo en el primer piso; podía salir fácilmente. Y evidentemente, estaba a punto de hacerlo.
—¡E-espere, mi Señora! ¿Adónde va? ¿Y cómo sabrá hacia dónde ir?
—Mi destino son las Planicies Foutour. Mi padre se dirige allí por un desastre… Mabestias. Salió de la mansión con Badak y otros confidentes, con la intención de llegar esta noche. ¿Me equivoco?
El terror se acumuló en Ferris; solo pudo temblar. No podía imaginar que alguien le hubiera revelado el secreto a Crusch. Pero ella tenía una comprensión tan clara de las circunstancias que la única explicación parecía una indiscreción. ¿Cómo había pasado?
—Sabía que sería imposible obtenerlo todo de una sola persona. Así que fui uno por uno, reconstruyendo los fragmentos de lo que cada uno sabía. Y tú acabas de darme la prueba, Ferris.
—Uy…
—Estaré al lado de mi padre. Quizás no sirva de ayuda. Quizás se burlen de mí, diciendo que no era necesario que viniera. Pero debo ir. Cuando nuestros leales vasallos se reúnan bajo el escudo del león, ¿acaso voy a estar yo holgazaneando con un vestido, esperando a saber qué ha sido de ellos? No lo permitiré.
Por supuesto que diría eso. Sabían que esa sería su reacción en cuanto se enterara, y por eso todos en la Casa habían trabajado tan duro para ocultárselo. Pero la singular genialidad y la excepcional perspicacia de la joven habían deshecho todos sus esfuerzos.
—¡Espera un momento, Crusch! ¿Quién dijo que podrías hacer algo así? —exclamó Fourier desde el lado de Ferris, quien había quedado reducido al silencio.
Por supuesto, Crusch no pudo ignorarlo.
—Su Majestad… —dijo, con un tono más apagado que antes—. Por favor, perdóneme. Debo hacer esto para ser fiel a mí misma. Juro que compensaré mi descortesía con todos mis invitados. Pero soy miembro de la Casa Ducal. Debe dejarme ir.
—No intentes terminar la discusión. Por ahora no se trata de ir o no ir. Ante todo… ¡no tengo la menor idea de lo que está pasando! ¿Acaso no está Meckart en cama con fiebre? Eso es lo que me dijeron. Aunque, viendo a Ferris, supongo que no es cierto —miró de reojo al chico-gato, cuyos hombros temblaban—. Bueno, da igual —sacudió la cabeza a los lados—. No sé exactamente qué están planeando Ferris y Meckart, pero a quien me cuesta perdonar es a ti, Crusch. ¿Qué te ha hecho perder el rumbo?
—¿El rumbo, Su Majestad…?
—Si realmente sientes orgullo por la sangre del sirviente del Rey León que corre por tus venas, es tu deber no desperdiciar la celebración de hoy. No te corresponde a ti decidir qué es más importante, si el campo de batalla o la fiesta de cumpleaños. Tampoco serás tú quien determine tu propia reputación al final; no dejaré que olvides el juramento que hiciste de cumplir esto hasta el final.
—…
El rostro de Crusch se tensó ligeramente ante las severas palabras de Fourier. Ferris, que observaba la escena, no comprendía del todo qué era exactamente lo que parecía haberle llegado tan hondo. Algo muy importante parecía haberse comunicado en privado entre Fourier y Crusch, solo entre ellos.
—¿Olvidar…? No, es como dice Su Majestad. Pero yo… yo debo…
—Lady Crusch…
Ferris conocía muy bien el dolor, la oleada de emoción que crecía en el corazón de Crusch y amenazaba con consumirla. Su orgullo como miembro de la Casa Ducal ahora luchaba contra las capas de su identidad que había construido. Ambas eran partes indispensables de ella; sin ninguna de las dos, Crusch no podría ser ella misma.
—Su Majestad, ¿me está diciendo que me quede aquí, que ponga una sonrisa falsa en mi rostro y que…?
—¿…? No, no digo nada semejante. Creo que todavía malinterpretas algo.
—¿Qué?
La expresión perpleja de Fourier trajo expresiones de sorpresa tanto de Crusch como de Ferris. Los ojos de Fourier brillaron ante la inusual reacción del sirviente y su Señora, y entonces esbozó una de sus amplias sonrisas.
—Escucha. Lo que intento decir no es que debas proteger tu posición como miembro de la familia del duque. Es que debes proteger quién y qué eres como Crusch Karsten, la hija del duque.
—¿Qué quiere decir con eso, Su Majestad?
—Deseas apoyar a tu padre, y debes llevar a cabo esta celebración de cumpleaños. Ambos deberes son exigidos por igual a Crusch Karsten, la hija del duque. Y ella no debe fallar en ninguno, sino sacar ambos adelante, igual que la tú que yo conozco.
—¡¿…?!
Fourier habló con toda la confianza de alguien que dice algo muy sencillo. Y aunque parecía creer que había dado un buen consejo, la joven que lo escuchaba parecía acongojada por esta opinión paradójica.
—Desde luego que sería ideal hacer ambas cosas —dijo Crusch—. Pero en realidad… con mis fuerzas, no podría…
—Te equivocas otra vez. Me tienes a mí. Tienes a Ferris. No estás sola.
—Su Majestad…
—¿Quién no ha estado en una fiesta donde las cosas no salieron según lo previsto? Qué pasa con toda la celebración y la bebida… Si la estrella del espectáculo llega un poco tarde, el maestro de ceremonias encontrará la manera de ganar tiempo. Quizás yo podría hacer una danza con espadas —dijo Fourier, adoptando una pose como si bailara con una hoja invisible.
Esto hizo que Crusch, que hasta ese momento había estado de pie atónita, parpadeara. Luego, una suave sonrisa apareció en su rostro.
Era natural y suficientemente hermosa como para cautivar los corazones tanto de Ferris como de Fourier.
—La preocupación de Su Majestad por mí es un regalo mayor que cualquier otro. Que mi persona y mi corazón se entreguen por completo en lealtad a usted. Gracias, muchísimas gracias.
—¡Oh, basta, ya basta! Me siento muy incómodo cuando me hablas así. Tú y yo somos amigos. No debemos dejar que las pequeñeces nos preocupen. Y lo que es más importante: ¡Ferris!
—¡Eh… sí, milord! —se enderezó cuando el príncipe pronunció su nombre de repente.
Fourier le dio una palmada en el hombro y dijo:
—Crusch va a hacer algo imprudente. Y tú vas a protegerla. Después de todo, eres su Caballero.
—¿Yo… soy el Caballero de Lady Crusch?
—Un verdadero Caballero debe estar siempre al lado de su Señora y actuar constantemente para mantenerla a salvo. No se me ocurre otro Caballero para Crusch más que tú.
—… —mil emociones desbordaron a Ferris ante esas palabras.
Su debilidad física le había hecho abandonar hace tiempo la esperanza de empuñar la espada para proteger a Crusch. Había cambiado ese sueño por una promesa con su Señora, pero hoy había estado a punto de perder esa promesa. En este día, cuando parecía que no tenía a dónde acudir ni a quién mirar, recibiría un nuevo juramento.
—Pero apenas puedo empuñar una espada… Menudo Caballero sería.
—Es la voluntad de Su Majestad. En cuanto a la espada, permíteme empuñarla a mí. Quiero que estés a mi lado, haciendo lo que solo tú puedes hacer. Eso es lo único que le pido a mi Caballero.
La declaración de Crusch hizo rodar una lágrima tibia por la mejilla de Ferris. Sintió como si fuera a quemarlo, y se la secó rápidamente. Luego se volteó hacia Fourier. Conocía muy bien al príncipe, pero ahora lo miró con un respeto aún mayor.
—Felix Argyle, recibiendo órdenes, Su Majestad. Protegeré a Lady Crusch, sin falta —hizo la reverencia más elaborada posible.
Fourier asintió, y entonces de repente entregó algo a Crusch. Había traído específicamente el objeto consigo cuando supo que se dirigían a los aposentos de Crusch.
—¿Qué es esto, Su Majestad?
—Dijiste que mi consideración es suficiente regalo para ti, pero para mí no lo es. Por lo tanto, también te he preparado un regalo. Creo que te sentará mejor que cualquier otra cosa.
Era un paquete largo y delgado, pero notablemente pesado. Los ojos de Crusch se agrandaron al desenvolverlo. Sostenía una espada en sus manos, una que claramente era de calidad magistral.
—Esta es la mejor de todas las espadas de la Armería Real. Le pedí a Bordeaux que lo verificara, así que estoy seguro de que es cierto. Es mi regalo para ti.
—Su Majestad… pensé que estaba en contra de que yo empuñara la espada.
—¿Qué más podía hacer? Toda mi vida te he visto con la espada en la mano. Esa es la versión de ti que más me gusta. Estoy seguro de que estarás deslumbrante con tu vestido… pero en mi mente, siempre serás la chica que empuña la espada —Fourier había comenzado a enrojecer por hablar tan directamente—. Si no vas a renunciar a la espada, entonces espero poder al menos elegir la que sostengas. De lo contrario, quizás nunca reemplaces esa daga. Y quizás nunca te recupere del Rey León.
—Mi Rey León siempre ha sido… No —dijo Crusch, interrumpiéndose. Sacudió la cabeza a los lados. Luego alzó la espada y dijo—: Estoy agradecida por esta felicidad. Prometo que haré con ella hazañas dignas de su preciada consideración hacia mí.
—¡Bien…! Bueno, admito que no era exactamente así como esperaba que lo aceptaras, ¡pero da igual!
Fourier había hecho cuanto había podido, a su manera, para expresarle sus sentimientos, pero la falta de conciencia de Crusch respecto a esas cosas hizo que el mensaje pasara de largo. Ferris sintió pena por ello, pero su respeto por Fourier creció aún más.
Entonces Crusch dijo:
—Bien, vayamos, Ferris. ¡Ayudaremos a mi padre y regresaremos inmediatamente a la fiesta!
—¡Ay, parece mucho trabajo! Y Ferris ya ha estado tan ocupado toda la noche…
Pero Crusch ya había saltado por la ventana. Ferris se levantó el vestido y la siguió. Salió a la hierba donde el aire nocturno lo envolvió, y suspiró, preguntándose en qué se estaban metiendo.
Pero la desesperada sensación de aislamiento que había sentido mientras intentaba engañar a su Señora había desaparecido.
Después de haberlos visto partir sanos y salvos a los dos, lo primero que hizo Fourier fue cerrar la ventana.
—Me alegra haberlos despedido sin problemas… pero nunca llegué a entender exactamente qué estaba pasando. Me pregunto qué será. Mmm…
Mientras hablaba, se arrodilló para quedar cara a cara con el mayordomo, a quien simplemente habían dejado allí. Primero le quitó la mordaza de la boca al agradecido hombre.
—Necesito que me expliques algunas cosas. Luego tú y yo tendremos que descubrir cómo salir de esta situación tan grave. ¡Como representantes de Crusch, tenemos una gran responsabilidad!
Y entonces se rio alegremente, como si esta fuera solo otra noche perfectamente normal.
11
Los asistentes a la fiesta en la mansión Karsten empezaban a mostrar su descontento.
Era algo natural. La celebración había comenzado horas atrás, ya era bien entrada la noche y el ambiente era de gran expectación. Todos esperaban el evento principal: la presentación de Crusch, la hija del Duque. Y aun así, la persona crucial no aparecía por ningún lado. Es más, Meckart Karsten, el anfitrión de la fiesta, tampoco estaba presente, alegando una enfermedad. ¿Cómo no iban a sentirse ni un poco molestos los invitados?
—Invitarnos a una fiesta donde no aparece ni el anfitrión ni la festejada… ¿se están burlando de nosotros? —aunque nadie hablaba demasiado alto, muchos hacían comentarios así en voz baja.
A pesar de la extrema dificultad de su situación, los mayordomos y sirvientes hicieron todo lo posible por cumplir con sus deberes por el bien de su Señores. Era lealtad del más alto nivel.
—Aah… Incluso conmigo al frente, podría ser difícil alargar esto mucho más…
Solo Fourier, entre los invitados, sabía lo que realmente estaba pasando. Usó su posición y algunos rumores bien colocados para calmar el creciente descontento de los invitados, pero cada vez era más difícil. Solo podía entretenerlos con danzas de espada amateur y actuaciones decentes de lyulyre un número limitado de veces.
Esto lo dejó con una sola opción, un arte secreto transmitido en el Linaje Real. Fourier dejaría de lado su orgullo como miembro de la Familia Real y realizaría el truco, pero justo cuando estaba a punto de hacerlo, un murmullo recorrió el salón. Parecía originarse entre los invitados cerca de la puerta. De repente, el vasto portal se abrió y alguien entró. Su largo cabello verde ondeaba, y se veía impactante y refrescante con su uniforme militar.
—Es Lady Crusch Karsten —dijo alguien, proclamando el nombre de la bella dama.
Crusch dirigió sus ojos ámbar hacia la fuente de la voz. La persona que había hablado se quedó rígida, pero Crusch se colocó la mano en el pecho e hizo una única y elegante reverencia.
—Estimados invitados. Les agradezco de todo corazón que hayan venido hasta aquí. Y por las molestias que les hemos causado, permítanme disculparme en nombre del dueño de esta casa, Meckart.
El destello de sorpresa que recorrió la sala quizás se debía a la poderosa determinación que era casi tangible en su hermosa voz. Esta muchacha acababa de cumplir diecisiete años, pero su actitud franca silenció incluso a aquellos que antes murmuraban; todos escucharon atentamente su voz clara y resonante.
—Si pudiera pedirles un poco más de paciencia —continuó Crusch—, les rogaría que aguardaran un poco más. Deseo hacer mi saludo oficial a todos ustedes con una vestimenta más acorde a la ocasión —se enderezó y levantó la cabeza, abarcando con la mirada a todos los presentes en el salón.
Su mirada, tan afilada como cualquier espada, no dejó a los invitados otra opción que asentir en silencio.
—Se los agradezco. Ferris, ven.
—Sí, mi Señora.
Una figura con un vestido azul había aparecido detrás de Crusch. Esta persona también era bastante hermosa. El cabello de la figura y el dobladillo del vestido estaban bastante desarreglados, pero ni el sirviente ni su Señora parecían notarlo. Los dos comenzaron a caminar, y como por algún acuerdo silencioso, todos les abrieron paso.
Crusch avanzaba, vestida con su ropa militar; todos los que pasaban a su lado se enderezaban inconscientemente. La espada enjoyada en su cintura parecía expresar su propio ser.
Las sirvientas comenzaron a seguirla mientras caminaba, y junto con ellas, Crusch y su Caballero salieron del salón de la fiesta. Tan pronto como lo hicieron, el rastro de ansiedad desapareció del ambiente, y todos respiraron aliviados colectivamente. Todos los invitados se miraron unos a otros.
—Había oído rumores sobre Lady Crusch, pero…
—Decían que estaba obsesionada con la espada, que era una noble que podía superar a cualquier hombre… Así que eso es a lo que se referían, jaja.
Voces pequeñas y temblorosas intentaron restar importancia a Crusch. Pero era solo una fachada, una forma de pretender que no acababan de ser intimidados por una joven, y quienes hablaban eran los que mejor se daban cuenta de ello.
Quienes habían oído su voz y la habían visto pasar junto a ellos estaban de acuerdo en algo: las burlas sobre una chica obsesionada con las espadas, sobre la hija pródiga de Meckart, eran puras tonterías. Ella merecía plenamente el sello de su familia, ya que era todo un león. Crusch Karsten era una verdadera heredera de las tradiciones de su Casa.
—…
Muchos de los invitados, propiamente asombrados, sintieron que la fiesta ya había sido bastante movida. Era seguro decir que ninguno esperaba un nuevo impacto. Pero lo recibieron, cuando Crusch regresó después de cambiarse de ropa.
—Es hermosa… —suspiró alguien.
Nadie sabía quién había hablado, ni siquiera la persona que había pronunciado las palabras, tan embelesados estaban todos por la visión. Crusch entró en el salón bañado por la luz de la luna con un vestido negro. Se había recogido su largo cabello verde, y piedras preciosas brillaban aquí y allá contra su piel blanca. Con su atuendo militar, había parecido tan afilada como su espada, pero en un instante había llegado a brillar como una gema con su vestido. Parecía grosero incluso respirar en presencia de una joya tan pulida.

El sonido de sus zapatos de tacón resonó mientras caminaba, y el primer lugar al que se dirigió fue hacia Fourier.
—Su majestad Fourier, mis disculpas por todos los problemas que le he causado.
Con los brazos cruzados, el cuarto príncipe contempló la visión de Crusch con su vestido, y luego asintió con satisfacción.
—Sabía que mi juicio era correcto. Crusch, en verdad estás deslumbrante.
—Su Majestad, es usted muy amable.
—Te prometo que no es solo un halago. Si pudiera, me encantaría tenerte solo para mí ahora mismo. Pero no debo hacerlo; será mejor que te muestres ante todos aquellos que te han estado esperando con tanta impaciencia —con un ligero rubor en sus mejillas, Fourier asintió a Crusch.
Crusch le devolvió el gesto y luego se dio la vuelta, con el faldón de su vestido ondeando tras ella. Con todas las miradas del salón puestas en ella, hizo una elegante reverencia.
—Por favor, sean tan amables de perdonar mi descortesía previa. Y por el momento adicional que me concedieron, les estoy sumamente agradecida. Les ofrezco a todos mi más profunda gratitud.
—…
—Gracias a cada uno de ustedes por venir hoy aquí por mí. Ahora tengo diecisiete años, soy demasiado mayor para seguir buscando la indulgencia de mi padre o de ninguno de ustedes. Tanto hoy como en mi vida hasta este momento, he recibido el apoyo de muchas personas en muchas cosas. Así que hoy, me gustaría hacer un juramento —miró directamente al frente, con su voz sin titubeos, llegando a todos en la sala—. Desde hoy, yo, Crusch Karsten, viviré como una noble, de una manera que satisfaga las expectativas tanto de mi apellido como de todos los presentes. Todos ustedes son mis testigos. Obsérvenme en el futuro, vean si rompo o no esta promesa.
—…
—Perdonen una vez más por haberlos molestado con todo esto. Por favor, disfruten conversando entre ustedes. Les reitero mi profunda gratitud por acompañarme aquí hoy.
Así terminó su discurso, pero no hubo aplausos. En parte porque la gente estaba abrumada. Pero también, porque las palabras y la actitud de Crusch no buscaban ninguna aclamación.
A pesar del ambiente, Crusch regresó junto a Fourier y extendió su mano.
—Su Majestad, ¿me concedería esta pieza?
—Eh… —Fourier, tan cautivado por Crusch como todos los demás a su alrededor, tardó un momento en responder. Pero pronto recuperó su expresión habitual, con los ojos brillando—. Sí, desde luego. Por supuesto. Como fui yo quien te hizo toda una mujer, es justo que yo tenga el primer baile.
—¡¿…?!
Sus palabras pretendían ser desenfadadas, pero rápidamente causaron malentendidos y conmoción entre quienes las escucharon. Crusch solo sonrió con gentileza y no intentó corregir los malentendidos mientras ella y Fourier se dirigían a la pista de baile, tomados de la mano.
—Por cierto, te preguntaré lo mismo que le pregunté a Ferris: ¿sabes bailar la parte femenina? Me temo que no puedes esperar que yo lo haga.
—No se preocupe, Su Majestad. Conozco tanto la parte masculina como la femenina. Aunque ciertamente, estaría encantada de dejar que Su Majestad bailara los pasos de la mujer, si lo prefiere…
—Eso podría ser interesante a su manera, pero no creo que se vea bien que tú me sostengas a mí con tu vestido —dijo Fourier con una sonrisa irónica.
—En ese caso —respondió Crusch—, yo seré la mujer —luego dio una indicación a la orquesta con una mirada, y comenzaron a tocar.
Un hombre y una mujer bailan bajo la luz de la luna, la fiesta tal como debía ser.
… Los invitados recordarían los pasos que daba la pareja mientras sus movimientos pausados y elegantes conducían aquel tumultuoso día hacia un apacible final.
12
—¡Aún así, por un momento no supe cómo iban a resultar las cosas! —dijo Ferris.
Era el día después de la fiesta, y los protagonistas se habían reunido todos juntos. Crusch estaba sentada junto a Ferris, y él se aferraba a su brazo mientras ella le acariciaba la cabeza.
—Debí haberte preocupado mucho, Ferris —dijo ella—. Lo siento. Sin ti, ¿quién habría tratado las heridas de batalla de mi padre? Lo has hecho muy bien como mi Caballero.
—Ooh, no tiene que darme las gracias. Solo siga acariciándome…
—Mirad los dos —refunfuñó Fourier—. Una noche juntos y ya no puedo separaros.
Ferris frunció los labios.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse aquí, Su Majestad? La fiesta se acabó. No tiene ninguna razón para quedarse. ¿Y su trabajo?
—¿Intentas echarme? Grr, ¿cuándo se volvieron así mis amigos?
—Quizás fue exactamente porque usted dijo que yo era su amigo, Su Majestad. ¡Miauch!
—Ferris, ya basta. No faltes al respeto a Su Majestad —dijo Crusch tirándole firmemente de una oreja. Asintió a Fourier. Él se cruzó de brazos ante todo esto, pero pronto alzó una ceja en dirección a Crusch.
—¡También tengo algo que decirte a ti! Primero que nada, ¿por qué has vuelto a usar ese atuendo? ¿Qué pasó con tu ropa de mujer? Esto no es lo que acordaste.
—Su Majestad, mi promesa a mi padre fue que me vestiría apropiadamente cuando estuviéramos en público y cuando fuera necesario. Él me ha permitido vestir así en casa, y así lo haré.
Crusch había vuelto a su demasiado familiar uniforme militar. Esto no disminuía su belleza en absoluto, pero quienes la habían visto la noche anterior no podían evitar añorar que volviera a usar un vestido.
—Sí, y me gustaría hablar también con Meckart. Me enteré de todo por su mayordomo, Maloney, después de que os fuerais, y pensé que me moriría de miedo. ¡El Gran Conejo! ¿Lograsteis ahuyentarlo al final?
—¡Claro que sí! ¡Lady Crusch cargó directamente y les dio su merecido a esos conejos! Cuando Ferris llegó, el Señor Meckart estaba fuera de combate con una herida de batalla, así que no sé qué habría pasado sin ella…
—Exageras el asunto, Ferris. Incluso sin mí, Badak y los demás se habrían encargado de todo. Si hay algo de lo que enorgullecerse, es que mi espada fue de alguna pequeña utilidad, al igual que tu curación —Crusch intentó restar importancia a sus elogios, pero Ferris seguía muy orgulloso de lo que ella había hecho.
En realidad, Meckart había descubierto su propia impotencia de la manera más dura. Todas las mabestias y otros seres que normalmente vivían en las Planicies Foutour habían perdido sus hogares a causa del Gran Conejo y andaban sueltos. Fue entonces cuando recibió su herida. Más tarde contactaron con Crusch, su apoyo y su cuidadoso juicio habían sido cruciales para arrancar la victoria de las fauces de la derrota.
Sobre todo, todos los que habían participado en esa batalla hablarían de la técnica de espada de Crusch, la habilidad que más tarde se llamaría «Un Golpe, Cien Caídos».
Cuando la fiesta terminó la noche anterior, Ferris ya había comenzado a oír que la llamaban «la Valquiria del Ducado Karsten». Le parecía un apodo muy apropiado.
—Aún así, eso no quita que desobedecí órdenes. Mi padre me gritó hasta quedarse afónico. Y se me ha vuelto a prohibir mi espada y mi dragón de tierra.
—Aunque el Señor Meckart también rompió su promesa… Bueno, ¡así son los padres! —comentó Ferris.
—Hay algunas cosas que me gustaría decirle yo misma cuando se recupere —coincidió Crusch—. Hasta entonces, tendré una pequeña probada del trabajo de mi padre.
Meckart había decidido abandonar la mansión por unos días mientras sus heridas sanaban. Durante ese tiempo, le correspondía a Crusch administrar el Ducado. Sus ojos sugerían que más bien lo esperaba con gusto.
—Me gusta la expresión de tu rostro —dijo Fourier.
Los ojos de Crusch se agrandaron por la sorpresa, luego sonrió y dijo:
—Sí, quizás es un buen aspecto. Anoche tuve algunas experiencias que normalmente serían difíciles de obtener en muchos sentidos. Supongo que a mi padre no le gustaría oírme decir esto, pero siento como si la falta de ayer finalmente me hubiera permitido ser yo misma —su rostro estaba tan claro como un día soleado mientras describía sus sentimientos.
Su sonrisa era perfecta, y Fourier quedó completamente cautivado. Mientras el príncipe movía la boca, intentando hablar, Ferris lanzó una mirada traviesa y apretó con especial fuerza el brazo de Crusch.
—¡Y! ¡Dijo que usar un vestido no estaba tan mal, ¿verdad?!
—Estaba algo nerviosa antes de ponérmelo, pero cuando lo probé, descubrí que podría haber sido peor. De ahora en adelante… Bueno, supongo que podría usar algo así para dormir.
—¡Creo que es perfecto! Ferris está feliz de bailar con usted con su ropa habitual, ¡pero si ambos pudiéramos hacerlo con vestidos, sería asombromiauso!
—¡Eso es algo que me molestaba! ¿Se supone que una mujer con vestido debe saber realmente ambas partes? O… espera, ¿es al revés? ¿Se supone que un hombre con vestido debe saber…? ¿Mmm? ¿Qué…? ¡¿Qué estoy preguntando?! —Fourier había conseguido confundirse a sí mismo con su propio arrebato.
Crusch y Ferris lo miraron y suspiraron al unísono, pero esto solo hizo que él se riera de nuevo.
—Queda mucho por hacer antes de que podamos decir que todo está bien si termina así, ¡pero la mayor parte de este asunto se ha resuelto! ¡Y eso es suficiente por ahora!
—Me encanta cómo Su Majestad siempre ve el lado positivo. ¡Ferris aún podría enamorarse de usted!
—¡Jajaja! Ese es uno de mis puntos fuertes. Um, pero no te acurruques demasiado cerca. ¡Para ya! ¡No me confundas! ¡Que dejes de hacerme esas caritas adorables!
Mientras Ferris se acurrucaba contra el príncipe, Fourier luchaba por reunir su autocontrol. Crusch los observaba a ambos con cariño, y luego soltó un pequeño suspiro.
—En verdad he sido más bendecida de lo que merezco… Me pregunto si alguna vez podré pagar esta felicidad —murmuró. Sonaba profundamente conmovida, como si temiera que le hubieran dado demasiado.
Pasaron solo seis meses después de estos eventos cuando Crusch Karsten asumió el puesto de su padre, Meckart, como duquesa.
Ella empezó a estar increíblemente ocupada y los tres cada vez tenían menos tiempo para sentarse a reír juntos.
Crusch se encontraría regresando a este día una y otra vez. Pero en ese momento, todo esto estaba aún en el futuro.