Sección 8
Sección 8
Comió un poco de carne curada que había sobrado y se calentó el cuerpo con agua tibia. Después se puso la capa seca y, tras asegurarse de que llevaba los zapatos puestos, terminó de prepararse para el viaje.
—Acabé quedándome más de lo que había imaginado... Aunque supongo que disfruté más de lo que pensaba.
Incluso la vida cotidiana ordinaria era un tesoro en sí misma para alguien con inclinación a poder disfrutar de casi cualquier tipo de acontecimiento desconocido. Mientras abundaran las cosas que sucedían, ella no necesitaba más.
—Dicho esto, no queda nada sustancial. Ese también debe ser mi destino.
Mientras soltaba esas palabras en tono tranquilo, Omega salió de la cabaña que le había servido durante varios días. Como su dueña no estaba, no tenía a nadie de quien despedirse. Una carta de agradecimiento también sería una molestia, supuso.
—Un pájaro no ensucia el nido cuando está a punto de marcharse. Bueno, después de ya haber sido ensuciado bastante.
Dejando atrás estas impresiones, Omega salió de la cabaña, atravesó el bosque, caminó por el cementerio vacío, antes de salir finalmente al sendero fuera del bosque. Reanudaría su viaje sin rumbo una vez más. Con esos sentimientos en mente, Omega…
—…¿A dónde vas tú sola, pequeña Omega?
—...Esto sí que es un reencuentro inesperado.
Al ser llamada por detrás, Omega se dio la vuelta, sintiéndose ligeramente desconcertada. Dos chicas jóvenes, una al lado de la otra, aparecieron en su campo de visión. Las dos chicas, Colette y Palmyra, estaban tomadas de la mano, con los ojos fijos en Omega.
—No habrán venido hasta aquí solo para despedirme, ¿verdad? No debería decir esto, pero no creo que nos hayamos despedido de la mejor manera.
—Te das cuenta, y todavía lo dices... Mira, se te olvidó algo.
Palmyra le lanzó algo al terminar de hablar. Al instante, Omega estiró la mano para atraparlo mientras se dirigía hacia ella. Intentó tomarlo, pero falló, y el objeto cayó al suelo.
—… Oh, demonios, casi se me olvida.
—...¿Lo dices en serio? Tiene pinta de ser muy importante. Debes de estar mal de la cabeza.
Palmyra le dio un suspiro a Omega mientras esta recogía el importante objeto que había caído cerca de sus pies; Su piroxeno azul. Al lado de Palmyra, Colette alzó la voz y llamó con un:
—Pequeña Omega
—Um, sabes, realmente tengo muchas disculpas que necesito pedirte. Después de todo, casi...
—¿Casi me matas? Bueno, a veces esas cosas pasan cuando estás viva. En realidad, no fue más que un intento, así que no tienes que preocuparte.
—¡Pero eso no es justo! Vamos, por favor, por favor, déjame compensarte. No hagas como si no hubiera sido nada y me hagas a un lado.
—...
Ante la apasionada actitud de Colette, Omega se arrepintió una vez más de haberlo arruinado con su elección de palabras. Solo había querido decirle que no se preocupara, ¿cómo había acabado así?
—No hace falta que me des las gracias. Que te trataran como a una “Bruja” fue el resultado de una serie de desafortunados incidentes. Identificamos el origen, así que el malentendido debería haberse aclarado. Ya nadie en la aldea debería tratarte como “Bruja”, ¿cierto?
—Uh-uh, es cierto. Definitivamente ya no.
—Ya veo. Eso me alegra.
Habían ocurrido muchos deslices que no tenían remedio, pero se alegraba de que al menos uno de ellos hubiera terminado bien. La aldea se había convertido en un pandemonio cuando una “Bruja” real los había visitado. Como lo había escenificado de la forma menos traumática posible, los aldeanos solo tendrían pesadillas el resto de sus vidas.
—Solo queda rezar para que no se ahoguen accidentalmente con su propio vómito.
—...¿Tienes idea de lo que estás diciendo?
—¿...? Solo lo estaba señalando desde una perspectiva lógica, ¿hubo algo extraño en eso?
Palmyra dejó escapar un profundo suspiro mientras Omega ladeaba la cabeza, incapaz de comprender su reacción. Colette intervino en su lugar, con un —Uhm....
—Es gracias a ti, pequeña Omega, que todos en la aldea ya no creen que sea una “Bruja”. Y su malentendido sobre la “Bestia” también se ha aclarado... Pero, ya sabes...
—¿Pero?
—Ahora también saben que soy amiga de una “Bruja”.
—… Eso es...
Omega frunció el ceño mientras Colette lo decía con un ligero golpe en su pecho plano. Que una “Bruja” real hiciera su aparición había funcionado para demostrar que Colette no era una de verdad. No obstante, parecía que este tipo de tratamiento había funcionado demasiado bien. Los aldeanos buscaron la razón por la que una “Bruja” real había aparecido, y así, Colette había cargado una vez más con la culpa. Lo que significa...
—Esta vez, no puedo quedarme ni en la aldea ni en el bosque.
—Ya veo... Sí, creo que lo entiendo. No puedo evitar sentir que en parte es mi culpa...
—No, definitivamente todo es culpa tuya.
Palmyra interrumpió a Omega mientras ella buscaba a tientas las palabras, afirmándolo claramente. Casi anonadada por la fuerza de su argumento, Omega se fijó de repente en los trajes que llevaban las dos. Ahora que veía bien, ambas llevaban ropa de viaje. Y no del tipo que te pondrías para un pequeño recorrido, estaban completamente arregladas para una travesía.
—¿No te lo había dicho ya? No puedo quedarme en la aldea.
—Y también yo he agotado toda mi gentileza con esa aldea. Por eso me voy con Colette.
—Así que íbamos a discutirlo desde aquí... ¿Pero de verdad estás bien sola, pequeña Omega?
Su pregunta tomó desprevenida a Omega en todo su sentido. Y por eso los ojos de las dos chicas brillaron mientras miraban a Omega, cuya expresión facial había cambiado sin querer. Una de ellas estaba llena de desenfrenado deleite, mientras que la otra estaba llena de nocivo deleite.
—Se los he dicho muchas veces, pero mi viaje no tiene rumbo. No puedo prometerles que vaya a ser una gran aventura spectacular plagada de acción tal como desean las dos.
—¿Spectacu...? Ehm, la verdad es que no te entiendo, pero si es con la pequeña Omega, seguro que será muy divertido. Me encanta salir con amigos.
—No confío en ti hasta ese punto, pero... siento que tanto tú como Colette caerían en peligro si se las dejara solas.
Colette se agarró alegremente al brazo de Palmyra mientras esta parecía ponerse de mal humor. Entonces, Omega dejó escapar un profundo suspiro mientras miraba a la chica que la veía de arriba abajo.
—De acuerdo. Yo también tengo que enseñarte a usar el Brazalete de la Bestia. No sé hasta qué punto podremos seguir juntas, pero pueden hacer lo que quieran hasta que se harten.
—¡Huraaa! ¡Bien hecho! ¡Sigamos llevándonos bien, pequeña Omega!
Tanto Colette como Palmyra se apresuraron a arrastrar los pies al lado de Omega mientras esta se alejaba resignada. Habiendo encontrado compañeras en este lugar inesperado, el viaje sin rumbo de Omega, a pesar de todo, continuó.
—...Un viaje sin rumbo, ¿eh? Bueno, comparado con esa aburrida travesía, es mucho, mucho mejor, supongo.
Omega caminaba con las chicas, recordando un incidente que había ocurrido una vez. El piroxeno azul que colgaba de su cuello temblaba; iluminado por la luz del sol, brillaba intensamente. Casi parecía que intentaba decirle algo a Omega... Sin embargo, las quejas procedentes del piroxeno solo llegaron a oídos de Omega.
— Fin —

