PRÓLOGO: Un Tonto y Su Testarudez






PRÓLOGO:
Un Tonto y Su Testarudez
… ¿Cuántas veces le habían tirado al suelo?
Sintió la tierra dura y plana debajo de él. Una mezcla de sangre y gravilla le ensució la boca. Todo su cuerpo ardía como si estuviera en llamas. Después de tantos golpes en la cabeza, sus pensamientos estaban nublados y desenfocados. El ojo izquierdo se le había hinchado.
Oyó una voz desde algún lugar alto y distante, de alguien que le miraba desde arriba.
—… ¿Creo que sería inútil continuar?
Subaru permaneció en el suelo, con las extremidades extendidas, mientras miraba en dirección a la voz. Vio al joven de cabello violeta balanceando la punta de la espada de madera que tenía en la mano.
Su uniforme de gala, casi blanco, no tenía ni una mota de polvo, ni le faltaba el aire, ni siquiera sudaba. Sólo el arma manchada de sangre que portaba le restaba elegancia.
—Si te retractas de lo que dijiste e inclinas la cabeza ante mí, lo dejaré así. ¿Aceptas?
Fue el joven quien había infligido tanto dolor en el cuerpo de Subaru, golpeando implacablemente hasta llevarlo sin piedad al suelo. Cada vez que lo hacía, volvía a dar su orden de rendición, como si algún tipo de regla lo exigiera.
Pero la respuesta de Subaru estaba grabada en piedra.
—… No me equivoco… no… agacharé la cabeza.
Incluso con la sangre goteando de sus fosas nasales de forma desagradable, Subaru se apoyó en su espada de madera y de nuevo se levantó. Tosió violentamente para escupir la sangre que le obstruía la garganta.
La diferencia de fuerzas era evidente. Todo el mundo sabía quién sería el ganador y el perdedor. Subaru necesitaría un milagro para asestar un solo golpe, por no hablar de ganar.
Pero pensó: «Sí, como si me importara».
—… ¡Deberías ser tu quien se retractara de…!
Subaru mordió para refrenar el dolor en la boca y cortó sus últimas palabras mordaces antes de cargar hacia delante demasiado despacio, demasiado tarde. Volcó todas sus fuerzas en un golpe desesperado.
—Puedes arriesgarlo todo y nunca será suficiente. Esa es la diferencia entre nosotros, sin cambios desde el nacimiento.
Paró el golpe con suavidad y, después de que Subaru perdiera el equilibrio, el joven le golpeó con fuerza en el pecho. Subaru se quedó sin aliento y, al momento siguiente, cuando su visión parpadeó, un golpe en la cara le hizo caer de espaldas al suelo.
El dolor era tremendo. En medio de una agonía tan fuerte que se olvidó de respirar, Subaru miró hacia el cielo a través de su ojo derecho. Vio el cielo azul, alto y distante, pero nada más allá.
Era tan azul que le daba náuseas. Subaru se obligó a ponerse en pie y miró hacia delante, soportando un dolor espeluznante con nada más que su inagotable rabia.
Pero era como si ese enfado le distrajera de si tenía razón o no en primer lugar.