El mundo que vio Petra
EL MUNDO QUE VIO PETRA
1
Para Petra Leyte, el mundo parecía un lugar pequeño y completo.
Había nacido en la familia Leyte, en el pequeño pueblo de Arlam, dentro del territorio gobernado por el Margrave Mathers. Petra no fue bendecida al nacer ni provenía de una familia adinerada. Creció sana en un pueblo común, dentro de una familia igual de común, como una de las tantas niñas corrientes del lugar.
Arlam era un poblado rural típico, sin nada que lo hiciera destacar. A excepción de la mansión del Margrave, señor de aquellas tierras, que se alzaba cerca del pueblo, no había en él nada particularmente especial. Quizá, en comparación con otras aldeas, existía una mayor posibilidad de ver al señor en persona.
Pero esperar que una niña comprendiera cuán inusual era aquella oportunidad resultaba pedir demasiado.
Lo primero que debía señalarse era que aquel señor, Roswaal L. Mathers, era un hombre peculiar. Su aspecto distaba mucho del de un noble tradicional. Se decía que le gustaba maquillarse como los payasos de los cuentos de hadas, y que sus atuendos extravagantes más desconcertaban que inspiraban respeto.
—Si el señor no hace bien su trabajo, la gente a su cargo sufrirá.
Aquella era una idea que Petra había recogido de historias y charlas de adultos, una noción vaga pero persistente en su joven mente. Incluso siendo niña, intuía que su señor no era una persona corriente.
De hecho, cada vez que Roswaal visitaba el pueblo, su comportamiento era extraño. No actuaba como un señor feudal debería: se burlaba de los adultos, molestaba a la doncella de cabellos dorados que lo acompañaba diciendo cosas incomprensibles y, al marcharse, dejaba solo desconcierto tras de sí.
Petra jamás comprendió cómo adultos como Muraosa podían reírse y pasar por alto semejantes excentricidades. Incluso llegó, en una ocasión, a enfrentarlo directamente. Pero…
—¡Oh, bueeeno, qué severa! Pero eres una niña muy valiente por decirme eso. Espero que recuerdes ese coraje y lo cuides bieeen.
Por alguna razón, Roswaal acarició la cabeza de Petra con alegría, ignorando su indignación.
Desde entonces, Petra desistió de intentar comprenderlo. Había concluido que no tenía sentido hablar con él.
Dicho esto, la historia deja de lado, por ahora, al pueblo y al excéntrico señor… para volver a Petra.
Como se mencionó, Petra vivía su vida como una simple niña de pueblo, sin mayores particularidades. Aunque, según palabras de su señor, bien merecía el título de "niña muy valiente".
A medida que crecía, Petra empezó a tomar conciencia de algo: al parecer, era "un poco más linda" que los demás niños del lugar.
En realidad, su aspecto era notable, incluso para su corta edad. Tenía grandes y redondos ojos, labios de un rosado suave, brazos y piernas largos y esbeltos, y una piel blanca como la nieve. Su cabello castaño rojizo era ęno y se mecía con suavidad al viento.
Su belleza infantil era tal, que todo el pueblo estaba convencido de que, con los años, Petra se convertiría en una verdadera hermosura.
Y esa clase de conciencia no es algo menor en una niña.
Pero Petra no solo era guapa, sino también más lista que el resto. O mejor dicho: astuta.
Para ella, haber nacido con buena apariencia era como poseer una Protección Divina o un talento especial. Así que le parecía natural aprovechar ese atributo a su favor.
—Cuando Petra rompía algo solo por diversión. —Cuando robaba una golosina Naranje de los campos. —Cuando se saltaba las tareas con el ganado para salir a jugar con sus amigos.
Frente a los adultos enfadados, Petra usaba su ternura como un arma poderosa. Bastaba con poner ojos llorosos, bajar la mirada y murmurar unas palabras de remordimiento para que las reprimendas se disiparan. Y, por supuesto, nadie se atrevía a castigar a los otros niños si ella estaba involucrada.
Sus padres, los únicos capaces de reprenderla con severidad, estaban completamente cegados por su amada hija, que ante ellos se mostraba como una niña ejemplar. Así, Petra creció siendo un pequeño demonio.
En sus ojos brillaba un fulgor especial. Incluso siendo una niña —o quizá precisamente por eso— no dudaba en aprovechar cualquier ventaja a su alcance.
De forma natural, los niños del pueblo comenzaron a reunirse a su alrededor, y Petra, alentada por ello, se volvió cada vez más atrevida.
Adorada por los niños, admirada por las niñas y querida por los adultos, Petra regaba la Ěor de su autoestima… y esta Ěorecía.
Fue por aquella época que comenzó a creer, erróneamente, que ella era el centro del mundo.
Claro está, los niños —incluso en sus equívocos— siempre conservan algo entrañable. Las travesuras de Petra nunca rebasaron los límites de lo propio en una chiquilla traviesa, y sus andanzas junto a sus amigos no pasaban de pequeñas picardías en un pueblo pequeño.
El mundo de Petra Leyte —ese diminuto mundo en el que ella era el centro— comenzó a mostrar su verdadera magnitud cuando cumplió diez años. Fue entonces, apenas unos años después de tomar conciencia de sí misma, cuando tuvo una primera muestra de cuánto más grande podía ser el mundo.
Y todo ocurrió en una de esas raras ocasiones en que un mercader ambulante se detenía en el pueblo de Arlam para vender telas de seda y artículos varios...
Al parecer, el mercader regresaba de vender una variedad de telas raras al señor del territorio, quien tenía la extraña costumbre de vestir con trajes excéntricos.
En su camino de regreso, desplegó su mercancía en el pueblo de Arlam para vender lo que le quedaba.
―¡Kararagi al oeste, Vollachia al sur! ¡Y esto es lo último en la Capital Real de Lugunica!
El mundo de Petra cambió en el instante en que vio los artículos que el mercader había dispuesto mientras hacía su pregón.
Los ojos de la niña se sintieron atraídos por los tejidos coloridos, de tramas brillantes, y quedó inmediatamente hechizada por la fantasía.
Gracias a su encanto natural, logró convencer tanto al mercader como a sus padres, consiguió hacerse con algunas telas y, ya en su habitación, sentada en su cama, las contempló sin descanso.
Se convirtieron en sus tesoros más preciados, y con ellos nació un solo sueño.
2
Con el paso de los meses, Petra cumplió doce años, manteniendo vivo aquel sueño. A esa edad, los cambios llegan no solo a la mente, sino también al cuerpo. Poco a poco, comenzaba a Ěorecer, no como una niña, sino como una joven mujer.
Petra, aún siendo una Ěor apenas en botón, conservaba intacto su encanto infantil… o mejor dicho, ese encanto se había aęnado con la conciencia de sí misma, y estaba a punto de transformarse en algo más reęnado y deslumbrante.
La Petra de doce años seguía siendo el centro de los niños del pueblo, y los adultos la consideraban linda e inteligente. Pero en su habitación, ella inĚaba las mejillas, frustrada.
La razón de ese fastidio residía en el sueño que Petra albergaba.
Las repercusiones de aquel encuentro fortuito con el mercader se habían arraigado profundamente en su interior. Ya habían pasado dos años, pero sus tesoros seguían guardados con sumo cuidado, sin perder su color ni su valor.
Aquel anhelo difuso se había transformado en un deseo concreto, en un sueño que ahora sostenía entre sus manos:
――En el futuro, quiero ir a la Capital Real y trabajar como modista.
Quería confeccionar ropa bonita y a la moda, adornada con telas hermosas como las que tanto le habían fascinado aquel día. La admiración por aquellos tejidos fue lo que hizo que Petra comenzara a soñar con ese futuro.
Mirándolo bien, tal vez una de las razones por las que Petra no soportaba al señor era precisamente su forma de vestir. Era espantosa. Un auténtico crimen contra la moda, pensaba ella.
Pero más allá de su disgusto con el señor, lo que más frustraba a Petra era otra cosa: La gente a su alrededor no apoyaba en absoluto el esfuerzo que ella ponía en perseguir su sueño, practicando costura día tras día.
La reacción de los otros niños, especialmente los de su círculo cercano, era desalentadora.
A veces, cuando Petra les preguntaba por su futuro, jamás recibía la respuesta que esperaba.
Lucas resoplaba y decía que heredaría el trabajo de su padre como leñador, mientras el estómago de Mild gruñía al perderse en pensamientos complicados. Los hermanos Dine y Cain no dejaban de pelear por ver quién se casaría con Petra; y cuando ella mencionaba que algún día se iría del pueblo, su amiga menor, Meina — adorable como era—, siempre rompía en llanto.
En medio de todo esto, Petra se sentía completamente sola.
Los niños dependían de ella, pero ella no tenía a quién acudir. Incluso si hablaba con los adultos, estos solo se reían, como si sus sueños no fueran más que fantasías infantiles.
Qué sorpresa. Ser linda era tan solitario.
Una verdad difícil de aceptar para Petra, quien siempre había podido salir airosa gracias a su ternura.
Era la primera vez que enfrentaba una situación que no podía resolver solo con ser encantadora.
Como resultado, Petra pasaba sus días sumida en la angustia, atrapada entre sueños y preocupaciones.
――En el futuro, cuando crezca un poco más y sea aún más bonita, todo se solucionará.
Por ahora, depositaba todas sus esperanzas en la versión futura de sí misma.
A esa edad complicada, la Petra de doce años volvió a vivir un encuentro extraño, un día cualquiera.
Iba camino al río cercano para pescar cangrejos con todos sus amigos. Petra, que no quería ensuciar su ropa, solo observaba la pesca, pero aun así disfrutaba de estar con ellos.
Estaba preocupada por su futuro… pero eso era otro tema.
―¡Eh, eh! ¡Hola, chicos! ¿Saben dónde está la persona encargada del pueblo?
Entonces, de una manera muy familiar, un chico de cabello negro se dirigió a ellos. Tenía una mirada algo amenazante y un rostro poco amable. Llevaba puesta una ropa formal que no le quedaba en absoluto. Su rostro parecía desentonar con su vestimenta.
Sin embargo, precisamente por ese aspecto tan fuera de lugar, Petra no tardó en deducir quién era.
―Ah, ¿eres el nuevo sirviente de la mansión del señor?
―¡Oh, acertaste! ¡Como era de esperarse de Petra! ¡Tan lista! ¡Tan linda! ¡La mejor del pueblo!
―…¿He mencionado mi nombre?
―¡Ugh!
El chico aplaudió con entusiasmo y soltó un gemido al ver cómo Petra lo observaba ęjamente.
A Petra se le encendieron todas las alarmas en cuanto escuchó que alguien la llamaba por su nombre, sobre todo tratándose de un desconocido. También sintió una punzada de molestia por el sobresalto. ¿Cómo demonios sabía su nombre?
―¡Oh, miren quién está aquí, quién está aquí! ¡La chica más hermosa del pueblo! ¡Cuando uno habla de Petra del pueblo de Arlam, su valiente nombre resuena por todos lados, incluso en la mansión de Roswaal-sama! ¡¿Lo ves?!
―¿Eh…? ¿En la mansión del señor? Ay no… qué vergüenza…
―¡Es verdad, es verdad! ¡No podía ser de otra forma! ¡Ay no, en persona eres cien veces más linda que en los cuentos, jaja!
El chico, claramente nervioso, se sintió aliviado al ver a Petra bajar la mirada mientras se cubría las mejillas con las manos.
Petra ――ęngía estar avergonzada por los halagos del chico, mientras en realidad lo analizaba con atención.
No debía conęarse solo porque su ropa pareciera asociarlo con la mansión.
Hubo un hombre, tiempo atrás, que también iba y venía de la mansión del señor, y que solía observarla con una mirada inquietante. Tenía un rostro apuesto y la ropa le quedaba perfecta, pero su forma de mirar era escalofriante.
Y si se miraba bien, aquel hombre y ese chico llevaban exactamente la misma ropa.
A Petra le sorprendía lo distinto que podía verse alguien dependiendo de cómo le quedara la vestimenta. Pero nunca se era demasiado precavida. Ser linda también podía ser peligroso.
―¡Me llamo Natsuki Subaru! Para resumir, ¡soy aprendiz de mayordomo! Llevo cuidando la mansión de Roswaal-sama desde ayer. ¡Espero que podamos llevarnos bien!
Ajeno a las sospechas de Petra, el chico ――Subaru, se presentó con entusiasmo.
Su saludo carecía de la compostura propia de un adulto, y su actitud no era precisamente cortés. Daba la sensación de que subestimaba a los niños; además, su manera de acercarse irritaba a Petra.
En resumen, la primera impresión que Petra tuvo de Subaru fue la peor posible.
Sin embargo, Lucas y Mild, aunque al principio estaban desconcertados, no tardaron en hacerse amigos suyos. Quizá porque les gustaba esa actitud suya, que no era ni de niño ni de adulto.
Y si eso pasaba, Petra ――quien prácticamente representaba al grupo de niños, no tuvo más remedio que aceptarlo también.
―…Así que buscas al responsable del pueblo. ¿Y qué asunto tienes con él?
―Pues verás, mi senpai la doncella me pidió que le entregara algo. ¡Estoy haciendo un mandado!
―Hmm. Está bien, te llevaré con Muraosa.
Con Lucas montado en su espalda y Mild y Dine colgados de su cintura, Petra condujo a Subaru con una sonrisa forzada.
Pensaba que, tal vez, su actitud tolerante era también una pequeña estrategia: el hecho de que Subaru no se molestara por las travesuras decía algo de su carácter. Por cierto, el verdadero encargado del pueblo era la alcaldesa Milde, pero Petra evitó llevarlo con ella a propósito y lo condujo con su hermano menor, Rathhum-san ――llamado por todos "Muraosa", quien tenía un aire más rudo y campirano, más propio de un jefe de aldea.
Petra estaba convencida de que los de la mansión la regañarían después por eso. Pero sería divertido.
Al día siguiente, el pueblo estaba lleno de rumores sobre el nuevo sirviente de la mansión.
Era un lugar pequeño. Aunque no ocurrieran cosas importantes, cualquier novedad se esparcía rápidamente. Especialmente cuando se trataba de alguien de la mansión del señor, que solía enviar gente al pueblo a hacer compras. Era natural que todos quisieran saber qué clase de persona era alguien con quien se cruzarían seguido.
―Um, no estoy segura. Pero no parece una mala persona…
Cuando sus padres le preguntaron, Petra respondió con una frase neutral.
Después del incidente del día anterior con el recién llegado, muchas personas se acercaron a Petra para preguntarle la verdad sobre ese tal Subaru. Los otros niños también fueron interrogados, pero los adultos conęaban más en Petra.
Petra no tenía una buena impresión de Subaru, pero tampoco era conveniente decir algo distinto al resto. Mantener su imagen dulce y tierna requería un delicado equilibrio. Suspiró con alivio al salir bien parada de aquel interrogatorio.
―…¿Eh? ¿Quién es esa niña?
Después de escapar del círculo de adultos y dirigirse a las afueras del pueblo, los ojos de Petra se abrieron de par en par.
Allí estaba ――una niña de cabello castaño claro, trenzado. Era el segundo día consecutivo que la veía por allí.
―¿Qué haces aquí sola?
―Ah…
A diferencia de los días anteriores, esta vez Petra no dudó en acercarse.
La niña que se giró al escuchar su voz era bastante linda ――incluso desde el punto de vista de Petra.
Vestía de forma sencilla y su cabello no llevaba adornos, pero sus rasgos eran realmente destacables. A Petra la invadió un deseo incontrolable de hacer algo por su apariencia.
Después de tanto tiempo dedicándose a perfeccionar su propia ternura, Petra había desarrollado un ojo muy entrenado para detectar la belleza en los demás. Y detestaba ver que esa belleza se desperdiciara. Por eso, solía cuidar de su madre y de Meina en muchos sentidos.
Tenía una necesidad tremenda de compartir su espíritu de ternura con aquella niña.
―Me llamo Meili. Por ciertas circunstancias, mi familia me envió a este pueblo por un tiempo.
La niña que se presentó con una leve sonrisa ――Meili, resultó ser tranquila. Respondía rápido a las preguntas, pero no hablaba mucho por su cuenta. Tenía una personalidad parecida a la de Meina, y eso hizo que Petra sintiera que debía actuar como una hermana mayor.
―¡Vamos! Te presentaré con todos. ¡Soy Petra! ¡Seré tu amiga!
En cuanto Petra llevó a la tímida Meili con los demás, Lucas y los otros la recibieron con los brazos abiertos. Entre niños, una vez que se conocen, es fácil entablar conversación.
Rápidamente, Meili se convirtió en parte del grupo de amigos de Petra, y ese día corrieron por todo el pueblo, fortaleciendo su amistad.
―Oye, ven a ver esto. …Este animalito parece una niña.
―¡Oh, wow, eso es increíble! ¡Meili, parece que puedes hablar con los animales!
En medio de tanto juego y risas, Petra y sus amigos estaban especialmente encantados con el cachorro que Meili había traído consigo.
El perrito, de pelaje marrón oscuro, parecía haber llegado junto a Meili, y era sorprendentemente amigable.
Los niños estaban completamente fascinados con la forma en que hacía trucos, como si realmente entendiera lo que Meili le decía.
―¡Meili! ¡Mañana también vamos a jugar, sí o sí!
Al caer la tarde, cuando se despidieron, Petra tomó la mano de Meili con fuerza y le prometió que volverían a verse al día siguiente.
Ella asintió tímidamente, y Petra regresó a casa satisfecha.
―Hoy hice una nueva amiga. Estaba sola, así que la invité a jugar.
Cuando Petra contó su día durante la cena, sus padres la miraron con orgullo y la elogiaron de corazón.
Eso hizo que su autoestima se elevara aún más. Meili era, en efecto, una buena chica… pero había sido Petra quien se había acercado a ella primero.
No solo era linda, también era amable. Todo eso hacía que la Capital Real pareciera, de algún modo, un poco más cercana.
Esa noche, Petra se fue a dormir con el corazón inĚado por una pizca de orgullo.
Al día siguiente, Petra se despertó como de costumbre y salió a jugar, como en cualquier otro día. Un día común y corriente ――sin imaginar que el destino suele disfrazarse de rutina.
―Perdón por hacerlos esperar. ¿Qué vamos a hacer hoy?
Alrededor del mediodía, en plena Hora del Fuego, Petra se reunió con Lucas, Meili y los demás en las afueras del pueblo.8
Mientras todos conversaban animadamente sobre qué harían ese día――
――¡Oh! ¡Es Subaru! ――¿Eh? ¡Subaru! ――¡Yay! ¡Subaru vino!
Los ojos de Lucas se iluminaron, y él y los demás corrieron de inmediato hacia él. Parado en medio del camino, Subaru, con su uniforme que aún le quedaba un poco grande, se sorprendió por la energía con la que se le acercaban.
―¡Whoa! ¡Oigan! ¡Traelo9…! ¡Aaaah!
8 La Hora del Fuego, es de 6:00 a. m. a 6:00 p. m. Es el uso Horario que maneja re: zero 9 Jerga del béisbol; (Batchikōi "バッチコーイ"), que signięca pedir un lanzamiento como bateador.
Abrió los brazos para intentar detenerlos, pero no consiguió frenar ni a uno. Lucas, Mild y los hermanos Dine y Cain se le lanzaron encima, derribándolo sin darle tiempo a nada.
―¡Ay, por favor! ¡Chicos, no hagan tonterías! ¿Estás bien, Subaru?
―Ah, sí, sí… estoy bien. Me sobreestimé un poco. Qué vergüenza…
Cuando Petra se acercó a Subaru, que había caído sentado en el suelo, él se rió mientras se rascaba la cabeza.
Petra ladeó la cabeza, desconcertada. Era la primera vez que lo veía desde hacía dos días, pero la impresión que le causó esta vez era muy distinta.
La vez anterior le había parecido un torpe sin remedio, que no paraba ni un segundo.
―¿Subaru, te pasó algo ayer?
―¿Eh? ¡N-no, no, nada! ¡No es como si me hubiera recostado en el regazo de la chica que me gusta, llorando a mares, con la nariz chorreando y luego me hubiera quedado dormido así! ¡Para nada!
―Hmm…
Le estaba negando algo que ella ni siquiera había insinuado.
En ęn, parecía que no se había quedado dormido llorando en el regazo de nadie… o al menos no exactamente así. Aunque quizá algo parecido sí había ocurrido.
―Bueno, está bien.
Comparado con el Subaru de antes de ayer, este Subaru le caía un poco mejor. No sabía qué pensaban Lucas y los demás, pero sentía que quizá podía intentar ser más amable con él.
―¿Así que andas haciendo mandados otra vez?
―En parte sí… pero ahora tengo un rato libre. ¿Qué tal si damos un paseo por el pueblo? …¡Oigan, no se suban a mi espalda! ¡¡No me llenen de mocos!! ¡¡Incluso si no son mocos, igual está mal!!
―…Eh, ¿necesitas ayuda?
―…Por favor.
A Petra le dio un poco de pena ver a Subaru arrastrando a los niños que se le colgaban como si fueran adornos de feria.
Mientras lo acompañaba por el pueblo, fue presentándole a algunos adultos: Rathhum-san, conocido como Muraosa. Milde-san, la verdadera jefa del pueblo. Makizi-san, que organizaba a los jóvenes y a veces se ponía una máscara.
Y así, mientras Petra lo ayudaba a hacerse conocer――
―Bueno… en este caso, creo que sería buena idea reunir a la gente del pueblo y charlar un poco con todos. Así me hago una mejor idea de las cosas.
―¿Todos de una vez?
―Quiero darles un gran saludo y decirles: “¡Vamos a ser amigos a partir de ahora!”
Entonces Subaru sonrió con esa expresión de niño travieso.
Y al ver esa sonrisa tan genuina, Petra, por primera vez, le tomó verdadero cariño.
3
―¡¡Victory!!
―¡¡Victory!!
La buena impresión que Petra había empezado a tener de Subaru estuvo a punto de arruinarse por culpa de una extraña danza desconocida.
Los ejercicios matutinos al ritmo de la radio atrajeron a muchos habitantes del pueblo, pero para la adolescente Petra resultaron una vergüenza total.
Y, una vez más, Lucas y sus amigos los adoraron… y pronto se extendió también a los adultos.
Ese favoritismo tan desbalanceado solo empeoró las cosas, y Petra empezó a sentir cierto rechazo hacia Subaru.
Decir rechazo quizá era exagerado.
Lo que en realidad odiaba era aquella actividad, porque no se le daba bien y su ropa no encajaba para nada con la ocasión.
―Eres el único que entiende cómo me siento…
Acariciando la cabeza del cachorro que Meili sostenía contra su pecho, Petra intentó consolarse con una sonrisa efímera.
De regreso, después de aquel “baile”, Petra se topó con Subaru y lo llevó a conocer al cachorro. Para su sorpresa, el animalito se abalanzó sobre él y le mordisqueó la mano con entusiasmo.
Petra, que seguía desanimada por lo bien que todos aceptaban a Subaru, sintió que al ęn había encontrado un aliado.
Esa noche, Petra quería pedirle a Meili que se quedara a dormir en su casa.
――Y no era exactamente por Meili… sino por el cachorro que traería consigo.
―¡Oh…!
Fue Cain, o quizá Meina. Tal vez incluso la misma Petra quien soltó aquel grito sorprendido. De pronto, el cachorro se retorció, se escapó de los brazos de Meili y salió disparado. Todos corrieron tras él, pero era imposible alcanzarlo.
El cachorro cruzó la cerca blanca que marcaba los límites del pueblo y se metió en el bosque.
―¿Qué hacemos…?
Había entrado al bosque del lado opuesto al que solían usar para jugar ――ese bosque del que los adultos siempre les advertían que no debían entrar.
Era una zona protegida por piedras mágicas que mantenían alejadas a las criaturas peligrosas.
En otras palabras: un lugar realmente peligroso.
Si un pequeño cachorro se adentraba allí――,
―Petra…
Los ojos llenos de preocupación de todos se posaron sobre Petra.
Siempre que algo pasaba, todos la miraban primero. Y cuando lo hacían, era su deber corresponder a esa conęanza.
―Mei-, ¿¡Meili…!?
Le estaban pidiendo que decidiera algo, pero Petra no logró decir palabra.
Fue Meili quien intentó colarse por debajo de la cerca blanca. Sus mejillas se tensaron por los nervios, pero aun así miró de frente hacia el bosque.
―Tengo que ir a buscarla…
La voz de Meili golpeó a Petra como un rayo.
Sentía que era su responsabilidad, y al ver lo decidida que estaba Meili, se sintió avergonzada de haber dudado siquiera en detenerla.
―………………
Las piedras mágicas colgaban de los árboles a intervalos regulares, formando una barrera invisible entre el bosque y el pueblo.
Petra memorizó la ubicación de aquellas piedras, trazó un mapa mental y delimitó los márgenes seguros, calculando una ruta por donde podrían buscar al cachorro sin exponerse.
Si algo los atacaba, podrían huir por aquel camino hasta alcanzar la barrera. Siguiendo esa ruta, podrían buscar de forma segura.
―Voy a entrar al bosque con Meili. Ustedes…
―¡Ni lo sueñes! ――¿Vas tú, Petra? ――¡Entonces yo también voy, aunque me muera!
Petra entrelazó sus manos con las de Meili, luego con las de Meina, después con Lucas y así sucesivamente. Nadie retrocedió.
―…Gracias.
Siempre había sido Petra a quien todos buscaban.
Pero por primera vez sentía que también podía apoyarse en ellos.
Tal vez no habría tenido el valor de hacerlo sola con Meili.
Pero――,
―Mejor no nos tomemos de las manos… Así es más fácil caminar, ¿sí?
Siguiendo el mapa que había trazado en su mente, Petra guió al grupo dentro del bosque.
Pisando ramas y hojas secas, el corazón de Petra retumbaba en su pecho mientras avanzaban entre los árboles.
El atardecer comenzaba a teñir el cielo, y la visibilidad se volvía cada vez peor.
¿Y si me equivoco de camino? ¿Y si me pierdo algo importante?
La ansiedad y la tensión le hacían sudar la frente.
Ya había pasado una hora desde que habían entrado en el bosque.
Incluso ahora, Petra se reprochaba no haberse preparado mejor.
Llevar comida para atraer al cachorro ――pero eso también podía atraer a bestias peligrosas.
Gritar su nombre ――igual de riesgoso.
Avisar a los adultos ――deberían haberlo hecho, aunque les costara un regaño. Llevar una luz de cristal ――quizá habría bastado con regresar antes de que oscureciera.
Para no perderse, marcaban los árboles con piedras que habían recogido, aunque aquello apenas les daba una mínima sensación de seguridad.
Poco a poco, las expresiones de sus amigos se volvían más y más inquietas.
Si uno se venía abajo, los demás también lo harían.
Y la primera en desmoronarse… bien podría ser Petra.
Ella recordaba la ubicación de la barrera.
Pero, ¿realmente sería capaz de escapar a tiempo una vez que encontraran al cachorro?
Tal vez en ese mismo momento estaban cometiendo una terrible imprudencia.
La ansiedad se le hacía un nudo en el pecho, y las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos.
Si respiraba hondo dos o tres veces más, se rendiría.
Les diría a todos que volvieran.
Que dejaran esto en manos de los adultos.
Y entonces――,
―Chicos… Deberíamos volver…
―Estoy de acuerdo. Parece que ya llegó el momento adecuado…
―¿Eh…?
Justo cuando Petra, con los ojos cerrados con fuerza, se disponía a decirles que regresaran, escuchó una voz.
Una voz conocida… pero con un tono completamente distinto.
Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el rostro de Meili justo frente a ella.
La niña temerosa y callada de siempre ――ahora tenía una expresión diferente.
En su mirada brillaba algo maduro y frío.
Ya no se veía adorable.
Era una belleza extraña, inquietante, tan escalofriante que le erizó la piel a Petra.
―Lo siento muuucho, chicos. Pero esta es mi tareaaa…
Justo cuando creyó ver una sonrisa y escuchó aquella voz extraña, la conciencia de Petra fue arrebatada por una presencia detrás de ella.
Se giró de inmediato.
Y allí estaba.
Un enorme perro negro.
Petra lo oyó gruñir.
Intentó gritar “¡Corran!”, pero no le salió la voz.
――La conciencia de Petra se apagó en ese instante.
4
La conciencia de Petra no volvió sino hasta la tarde del día siguiente.
―¡Petra! ¡Siempre logras preocuparme!
Lentamente, Petra abrió los ojos mientras yacía en la cama. Lo primero que vio fue a su madre abrazándola, con el rostro enrojecido por la emoción.
Al escuchar la voz de su esposa, el padre de Petra corrió hacia la habitación.
Se unió al abrazo, rodeando a Petra y a su madre al mismo tiempo, y rompió a llorar con fuerza.
―Los de la mansión fueron quienes los rescataron del bosque. En especial Subaru- sama... Él lo pasó muy mal, pero aun así logró traerlos a todos de vuelta.
Eso fue lo que sus padres le contaron a Petra, que aún miraba con la vista perdida, intentando comprender lo que había pasado.
Al parecer, aquel cachorro no era un animal común, sino una bestia mágica peligrosa que vivía en el bosque... una Mabestia10. Ella y sus amigos habían estado en verdadero peligro.
Sorprendentemente, fue Subaru y una de las sirvientas de la mansión quienes los habían rescatado.
――Ahora que lo pienso… creo que sí pasó algo así…
Mientras escuchaba la historia, Petra comenzaba a reconstruir los recuerdos.
Eran vagos, confusos... y dolorosos.
Le costaba respirar. Su cuerpo ardía.
Estaba tendida en la hierba, junto a Lucas y Meina. Entonces, Subaru y alguien más llegaron.
Y cuando él le habló, Petra le preguntó por Meili, que no estaba allí...
―Sí, eso es… ¿Dónde está Meili? ¿Qué pasó con ella?
―…Subaru-sama fue quien la trajo de vuelta. Poco después, su familia, que estaba muy preocupada, vino a recogerla. Así que no te preocupes, Petra. Todo está bien.
10 Mabestias, también conocidas como bestias de la bruja
―Ya veo...
Los padres de Petra le dijeron que Meili y su familia se habían ido del pueblo de Arlam después de despedirse.
Pero, de algún modo, Petra sabía que eso no era del todo cierto.
Recordaba claramente cómo, justo antes de que todo ocurriera, Meili se había comportado como una persona completamente diferente.
Si ese cachorro era una Bestia de la Bruja, entonces... algo raro debía haber con Meili desde el momento en que lo trajo al pueblo.
Aun así, Petra deseaba poder hablar con ella una vez más, si fuera posible. Pero entonces...
―¡Petra, despertaste! ¡Estás bien! ¡Vamos, levántate ya!
Sin darle tiempo a sumirse en la melancolía, sus amigos irrumpieron en la casa haciendo alboroto.
Lucas y los demás se habían despertado antes que Petra, y por lo visto ya habían recibido la misma explicación.
La creyeron por completo, y también estaban tristes por la partida de Meili.
―¿Y si vamos a la mansión a visitar a Subaru?
La propuesta vino de Meina, quien rara vez tomaba la iniciativa.
Lucas y los demás aceptaron con entusiasmo unánime. Petra también estuvo de acuerdo, aunque le pareció algo curioso.
―Qué raro que tú digas algo así...
―Es que… si no fuera por Subaru, tal vez nunca habría llegado a conocer a mi hermanito o hermanita…
Petra sabía que la madre de Meina estaba embarazada.
Como hija única, sentía un poco de envidia. Meina se convertiría en hermana mayor.
Petra entendía ese sentimiento, y eso hizo que ella también sintiera ganas de agradecerle a Subaru.
―Entonces, ¡vamos todos a pedirle permiso al señor de la mansión!
Incluso Petra, a pesar de todo, se sentía agradecida con Subaru por haberles salvado la vida.
El extraño baile le había restado algunos puntos de simpatía, pero eso podía compensarse.
A partir de ahora, seré un poco más amable con él. Soy muy comprensiva.
―¿Una visita para Barusu? Seguro todavía está dormido… Bueno, el único que se avergonzaría de que lo vean con esa cara dormilona sería él. Así que no importa. Vengan, síganme.
Petra estaba algo nerviosa por visitar la mansión, pero la sirvienta de cabello rosado que les respondió resultó sorprendentemente amable.
Su voz y expresión eran frías, pero Petra comprendió que no era indiferencia; simplemente, ella era así con todos.
―¿No deberías avisarle al señor de la casa?
―Las tareas de la mansión nos corresponden a nosotras. A menos, claro, que seas una asesina que vino a quitarle la vida a Barusu… ¿Son ustedes asesinas?
―Jamás ha habido una asesina más linda.
―¿Verdad que no? Entonces está bien.
La sirvienta no negó que Petra fuera linda, y con un gesto elegante, las guió por el pasillo.
Las seis fueron conducidas hasta una habitación con una puerta imponente. Estaban nerviosas: era su primera vez en la mansión.
Subaru debía estar dentro. Ya era tarde, pero seguramente seguía dormido como un perezoso.
――Vamos a entrar.
Después de tocar y comprobar que no había respuesta, la sirvienta abrió la puerta.
Era una habitación espaciosa, con una enorme cama al fondo.
Allí, un joven de cabello negro dormía plácidamente.
Al verlo, Petra entró con cierto alivio.
―Subaru… ¿Ya es de tarde y sigues dormido? No deberías dormir tanto…
Pero su voz se quebró. La sonrisa que intentaba esbozar se congeló antes de nacer. Su garganta también se cerró, dejándola en silencio.
Subaru dormía con expresión tranquila, respirando suavemente.
Si uno ignoraba su estado, podría parecer simplemente un gran dormilón…
Pero su cuerpo estaba cubierto de vendas y cicatrices. Marcas blancas surcaban su piel aquí y allá.
Petra comprendió al instante: eran heridas provocadas por colmillos y garras de bestias.
―Guarden silencio para no despertarlo. Avísenme cuando terminen.
La sirvienta habló en voz baja y salió al pasillo.
Después de sus palabras, Lucas y los demás se acercaron con inquietud al lado de Subaru.
Pero Petra no se movió.
No podía.
Ni un solo paso.
Y en ese instante, los recuerdos regresaron con toda su fuerza.
―Ah…
Mientras sufría en el bosque, Petra le había pedido algo a Subaru.
No era una petición cualquiera.
Le había rogado que trajera de vuelta a Meili.
Su padre le había dicho que Subaru trajo a todos los niños. Que se había herido un poco, que lo había pasado mal.
¿Un poco? ¿Eso era "herirse un poco"?
―Ah… ah…
Todo es mi culpa. Esto… todo esto es culpa mía.
Petra había aceptado a Meili entre ellos. Había querido al cachorro que trajo… y lo dejó escapar al bosque. Llevó a todos a un lugar al que nunca debieron entrar. Debió haberlos detenido. Pero no fue capaz. Y aún en medio de esa confusión, le pidió a Subaru algo tan imprudente.
Y ahora él tiene esas heridas… porque yo se lo pedí.
Todo, absolutamente todo, fue consecuencia de su arrogancia.
―Escribamos algo en las vendas de Subaru…
―Sí, sí. Vamos a escribirle algo bonito…
―Un mensajito de ánimo…
Petra seguía paralizada mientras Lucas y los demás destapaban con cuidado las cobijas y miraban las vendas en la pierna de Subaru.
Uno a uno, escribieron palabras de aliento, bajando la voz para no despertarlo.
Luego, Meina, con timidez, escribió una nota de agradecimiento.
―¿Petra?
Petra era la última de la ęla.
Meina, con la pluma en mano, la miró con curiosidad.
Y entonces, todos notaron que algo no iba bien.
Petra no pudo tomar la pluma.
Le temblaban las rodillas.
No podía ni mirar a Subaru.
―¿Petra?
―¿Qué te pasa?
―¿Estás bien?
Lucas y los demás inclinaron la cabeza, desconcertados por su extraño comportamiento.
Al verlos, Petra recordó el bosque.
Recordó cómo todos habían conęado en ella.
Cómo reunió el poco valor que tenía para guiarlos. Pero ahora…
―¡Hk!
Hoy… no puedo hacerlo.
Conteniendo un sollozo, Petra se cubrió el rostro y salió corriendo de la habitación.
La sirvienta en el pasillo entrecerró los ojos al verla huir, pero no la detuvo.
Como si ya supiera exactamente a dónde iría.
Y así fue.
Petra huyó.
Corrió hasta su casa, entró de golpe en su habitación.
Se encogió al escuchar las voces sobresaltadas de sus padres, y se quedó temblando.
Por primera vez, Petra fue verdaderamente consciente de la responsabilidad de sus actos.
―¡Todo es mi culpa…! ¡Hice algo terrible…!
Ya entrada la noche, Petra rompió a llorar mientras confesaba todo a sus padres.
Sabía que Lucas y los demás habían ido a visitarla porque estaban preocupados al verla huir de la mansión.
También sus padres estaban angustiados, llamándola desde fuera de la habitación.
Pero Petra lo detestaba todo.
Fingía no escucharlos, se encerraba en sí misma.
Aun así, la culpa pesaba demasiado.
No pudo soportarlo más.
Sollozando, se arrastró hasta la habitación de sus padres.
Ellos se sorprendieron muchísimo al escuchar su historia.
Ella les habló de Meili, del cachorro, de la petición que le hizo a Subaru… y de las graves heridas que él había sufrido.
Les dijo que todo había sido culpa suya.
Lloraba, sin saber qué hacer, completamente perdida.
―Está bien. …Sí, hiciste algunas cosas malas, Petra.
Su madre la abrazó en la cama y comenzó a acariciarle la cabeza con ternura mientras le hablaba.
Su padre también se metió en la cama, y Petra, entre sollozos, quedó apretada entre los dos.
―Cuando uno hace algo mal, tiene que pedir perdón. Desde el corazón, y con todo lo que tenga.
―…Pero, aunque me disculpe… no creo que me perdonen…
―¿Te disculpas porque quieres que te perdonen? ¿O te disculpas porque así lo sientes?
¿Lo haces por ellos… o porque lo necesitas tú, Petra?
Petra enmudeció.
Sintió que su madre le decía algo muy importante.
Y no supo qué responder.
Hasta ahora, siempre había usado las disculpas como una forma de salir del paso, como algo que se decía para ser absuelta.
Decía "lo siento" y esperaba que todo se arreglara.
Pero… ¿era eso una disculpa verdadera?
¿Tenía sentido pedir perdón por algo que tal vez no merecía ser perdonado?
―Asegúrate de ir y decirle a Subaru-sama que estás sinceramente arrepentida.
Dijo su padre, con suavidad, pero ęrme.
―Si te da miedo ir sola, tu madre y yo iremos contigo.
Pero la que tiene que disculparse… eres tú, Petra.
Una vez más, Petra guardó silencio.
Sintió el calor de sus padres envolviéndola, el abrazo cálido que le daban.
Apoyó la frente contra el pecho de su padre y cerró los ojos.
Pensándolo bien… tal vez era la primera vez, desde que tenía memoria, que realmente se dejaba cuidar de verdad por ellos.
Incluso frente a su familia, siempre había intentado ser fuerte, esconder sus sentimientos.
Pero ahora, con el corazón expuesto, solo quería descansar un poco.
Y aun así, sabía que eso no era suęciente.
Sabía que tenía que ir. Que debía enfrentarlo por sí misma.
―No, puedo disculparme… bien… por mi cuenta.
Lo dijo con un hilo de voz, aún temblorosa.
Porque pensaba que no merecía ser mimada.
Porque sabía que ese paso… debía darlo sola.
5
Dos días después, Subaru, ya despierto y en buen estado, fue al pueblo para saludar a todos.
―Bueno, fue peligroso, muy peligroso. ¡Pero me alegra que todos estén bien!
Levantó el pulgar con una gran sonrisa, aunque no llevaba su uniforme habitual de la mansión. Vestía un conjunto blanco y negro bastante peculiar que Petra nunca había visto antes.
Aun así, pensó que, objetivamente, se veía bien. Mejor, incluso, que si llevara ropa formal.
―¡Subaruuuu!
―¡Ya estás mejor!
―¡Subaru está de pie!
―¡Subaru está de pie en el suelo!
―Oye, oye, mocosos. Me alegra ver que están bien. ¡Deberían mostrarme un poco de gratitud, ¿no creen?!
Hablaba con orgullo de sus hazañas, con ese aire despreocupado de siempre, sobre todo delante de los niños. Pero Petra sabía, igual que los adultos que lo miraban de reojo, que ese tono no era más que una fachada.
Una forma de evitar que se preocuparan por él.
Y eso la frustraba.
Porque lo que Subaru había hecho por el pueblo… por ella… era muchísimo más de lo que decía.
―¡Subaru, juguemos!
―¡Vamos a jugar!
―¡Vamos a atrapar unos kraęsh!
―¡Uno bien grande!
Lucas y los demás lo rodearon con la misma energía de siempre, como si no se dieran cuenta de que Subaru aún estaba en recuperación. Trataron de jalarlo como si nada. Y justo cuando Lucas se estiró para subirse encima de él――,
―¡Lucas! ¿¡En qué estás pensando!? ¡Subaru apenas se está recuperando!
―¡Uuwawaa!
Petra lo regañó sin pensarlo, con la voz elevada, y Lucas cayó de culo al suelo.
Su grito hizo que todos se volvieran al mismo tiempo. Ahí estaba Petra, apartada del grupo.
Subaru también la notó y levantó una mano para saludarla.
―Ah, Petra. ¿Qué haces allá…?
―Hk.
―¿Qué pasa?
En cuanto le habló con ese tono amistoso… Petra dio media vuelta y salió corriendo.
La sorprendida voz de Subaru la siguió, pero ella no pudo detenerse.
Había dicho que se disculparía. Que le hablaría de frente.
Pero no lo hizo. Igual que en la mansión.
―… Huě… Huě
Corrió hasta el otro extremo del pueblo, sin mirar atrás.
Se dobló de rodillas, jadeando, respirando profundo.
Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que estaba en las afueras.
Justo en el lugar donde había conocido a Meili… y al cachorro.
―Todo esto…
―Aquí fue donde las cosas se pusieron un poco feas.
Esta vez, sin exagerar, Petra se asustó tanto que pensó que su corazón se detendría.
Al darse la vuelta, vio a Subaru un poco detrás de ella.
Se tambaleaba, con los hombros subiendo y bajando exageradamente mientras se apoyaba contra el tronco de un árbol donde colgaba una piedra mágica.
―P-pero estoy demasiado herido… para correr a toda velocidad… Huě… no sé si está bien salir cuando estás enfermo… pero si estás herido… aunque no estés enfermo…
―¿Por qué…?
―Como pensaba, no puedo recuperar el aliento tan rápido… O tal vez es que tengo muy poca resistencia.
Soltó una risita y se dejó caer en el suelo.
Petra no entendía lo que pasaba. No sabía cómo interpretar aquella escena.
Entonces Subaru le hizo una seña con la mano y dio unos golpecitos en el suelo a su lado.
―Anda, siéntate, Petra. Vamos a hablar un poco.
―Está bien…
Cuando él se lo pidió, Petra no tuvo el valor de negarse.
Se sentó junto a Subaru, y de reojo lo observó. No parecía enojado.
Pero tenía todo el derecho a estarlo.
―Bueno, no estoy muy seguro de qué está pasando aquí, pero todos me dijeron que fuera tras de ti, Petra.
¿Hay algo que quieras decirme?
―¡Ah… bueno, eso… es verdad!
Por lo visto, todo esto había sido idea de los demás.
Lucas, Mild, Cain, Dine… incluso Meina. Todos la habían empujado para que se disculpara.
Todo el pueblo estaba ayudándola a redimirse.
Si esto fuera una trampa… Subaru podría aprovecharla para culparla sin reservas――,
―¿Me pregunto qué será? Ah, ¡ya sé! ¿Te lastimaste cuando te saqué del bosque!? ¡Tal vez esos perros te mordieron sin piedad y te dejaron una cicatriz… entonces, lo siento mucho!
―¿Eh? ¿Qué?
―¡Lo peor que le puede pasar a una chica es quedarse con una cicatriz! Bueno, si no me equivoco, para evitar eso hay que mantener la herida húmeda o algo así…
Su rostro palideció visiblemente, y la ansiedad comenzó a apoderarse de sus palabras. Estaba claramente preocupado por la posibilidad de haber dañado a Petra.
Petra, que a menudo se sorprendía por lo mucho que Subaru sabía de cosas aleatorias, por un momento pensó que solo lo decía para hacerla sentir culpable… Pero se dio cuenta rápidamente de que no era eso.
Él realmente creía que él había hecho algo mal.
Que él debía disculparse.
Y eso era lo único que pasaba por su cabeza.
Ese malentendido, esa suposición tan equivocada… lejos de calmarla, encendió algo dentro de Petra. No alivio. Rabia.
―Subaru.
―¡Eso es! ¡Petra, muéstrame dónde te lastimaste…! Oh no, no quiero verlo si está en un lugar raro…
―¡Subaru!
―¡Sí, sí, sí, sí…! ¿Qué pasa?
Al girarse, Subaru ęnalmente alzó la vista y cruzó la mirada con Petra.
Sus grandes ojos estaban llenos de lágrimas, y los inusuales ojos negros de Subaru se abrieron de par en par al verla así.
El corazón de Petra temblaba. Estaba al borde de estallar. Pero no era rabia lo que debía expresar en ese momento.
―Lo… lo sien…
―¿Lo sien…?
―¡Lo siento…!
Y en cuanto lo dijo, las lágrimas se desbordaron.
Subaru, completamente tomado por sorpresa, entró en pánico.
―Lo siento… Lo siento… ¡De verdad lo siento…!
Frente a un Subaru confundido, Petra solo pudo seguir llorando, una y otra vez, pidiéndole perdón.
―Como dije… todo es culpa mía.
Con la mirada baja, apretó sus pequeñas manos con fuerza.
Las lágrimas caían sin detenerse, pero logró calmar su voz lo suęciente para hablar.
Así, temblando, Petra le contó todo a Subaru.
Todo lo que ya había confesado a sus padres:
Que fue culpa suya lo de Meili, lo del cachorro, la petición que le hizo a él… y las graves heridas que provocó.
―………………
Al oír su confesión, Subaru guardó silencio. Su expresión era difícil de leer.
Cerrando los ojos, Petra volvió a ver la imagen de Subaru inconsciente en una cama. Recordó su respiración agitada tras acompañarla hasta ese punto.
Y no podía dejar de mirar sus brazos ahora descubiertos, cubiertos de ęnas cicatrices blancas.
Cicatrices que jamás desaparecerían.
―Oye, Petra.
―…Sí.
El tono suave con que pronunció su nombre hizo que Petra apretara los dientes.
Ya está.
El momento había llegado.
¿Qué le diría? ¿Cómo la reprendería?
Petra, que siempre había sido perdonada por todo, no sabía lo aterrador que era… no ser perdonada.
Y por eso, cuando alzó la vista y vio el rostro de Subaru… se quedó sin aliento.
No era la cara de alguien que no te perdonaría.
―No es tu culpa, Petra… Te equivocas. Si ya has pedido perdón… entonces no lo es.
―Eh…
―Hmm… supongo que eso es.
Petra lo miró, todavía inquieta.
Subaru ladeó la cabeza, buscando palabras, y luego asintió como si al ęn las hubiera encontrado.
―Te perdono.
―………………
―Bueno… es cierto que cometiste varios errores, Petra.
No sería justo decirte a la ligera que no tenías nada de qué disculparte.
Por eso, mientras pensaba qué debía decirle a esta Petra llena de lágrimas y arrepentimiento…
―………………
―Te perdono, Petra. No te preocupes. No estoy enojado. Solo me alegra que tú y Meina no tengan cicatrices. Porque Lucas y yo sí… pero bueno, en un hombre, una cicatriz es como una medalla de honor.
Y entonces Subaru sonrió.
Era una sonrisa honesta, sin ni una pizca de enojo.
La misma expresión que Petra había visto aquel día en que se encariñó con él por primera vez.
―¡…Fuaah!
Petra se desmoronó de nuevo, aunque esta vez, con una conmoción distinta a la que había sentido antes.
6
Aquella noche, Petra se encontraba sola en su habitación, recostada en la cama, atrapada en sus propios pensamientos.
¿Por qué Subaru no se enojó?
¿Por qué me perdonó?
―Yo…
No había sido porque fuera linda.
Eso lo tenía claro.
Petra ya había aprendido, con algo de dolor, que había cosas que no podían solucionarse con una sonrisa ni con una carita bonita. Así que no… esa no era la razón por la que Subaru la había perdonado.

Dulces, crédulos, ingenuos…
Así describía Petra a los adultos y niños que, en el pasado, habían caído ante sus encantos cuando los usaba como un arma.
Pero Subaru no era así. No era dulce, crédulo ni ingenuo.
Era mucho más que eso.
Si su belleza no servía como herramienta, entonces Petra no debía permitirse usarla de esa manera nunca más.
―Ser amable, porque…
En cuanto pensó en esas palabras, una luz se encendió dentro de su mente.
La razón por la que Subaru la había perdonado… probablemente era esa.
Porque Subaru era una persona amable.
La razón por la que se adentró en el bosque, sin dudar, para salvarla a ella y a los demás.
La razón por la que siguió caminando, aunque se le notaba el dolor en cada paso.
La razón por la que fue a ver a los aldeanos, a tranquilizarlos.
La razón por la que le acarició la cabeza cuando lloraba desconsolada.
Todo eso… era porque Subaru era amable.
―Ah…
Y fue entonces cuando Petra se dio cuenta de que había vivido su vida de forma equivocada.
Siempre pensó que su ternura era lo que le permitía hacer travesuras, tomar dulces a escondidas, evitar las tareas…
Pero se había estado mintiendo todo ese tiempo.
¡Qué gran malentendido!
¡Qué estúpido malentendido!
La razón por la que nadie le decía nada no era su ternura…
Era la amabilidad de los demás.
La razón por la que la habían perdonado tantas veces…
Era que todos a su alrededor habían sido bondadosos con ella.
No porque lo mereciera, sino porque ellos eligieron tratarla con cariño.
Y ahora, gracias al mayor acto de bondad que había recibido en su vida, por ęn lo entendía.
―Vaya, Petra. Hoy estás muy arreglada.
A la mañana siguiente, Subaru la encontró en la plaza del pueblo y le sonrió con una expresión relajada.
No mencionó nada sobre las lágrimas del día anterior.
Y Petra pensó que eso también formaba parte de su amabilidad.
Así que ella tampoco dijo nada al respecto.
Solo quiso disfrutar un poco más de ese calor…
Un poquito más de la bondad de Subaru.
En su lugar, levantó ligeramente el dobladillo de su falda y giró sobre sí misma con un aire encantador.
―Hehe. ¿A que es lindo? ¿Verdad que sí?
―Vaya, estás súper linda. ¿De dónde sacaste ese vestido?
―Eh, bueno, esto… En realidad no lo compré. ¡Lo hice yo misma!
―¿Lo hiciste tú? ¡Oh, ya veo! Ah, claro, claro. ¡Eso está genial, Petra!
Petra ladeó ligeramente la cabeza ante la reacción de Subaru, que parecía no saber si debía sentirse sorprendido, impresionado o simplemente feliz.
Ver esa mezcla tan sincera en su rostro hizo que su pecho se aligerara, y con una sonrisa tímida, se irguió orgullosa, mientras sus mejillas se teñían de rojo.
El vestido que llevaba puesto era precioso, con un diseño sencillo pero elegante.
Tal como le había contado a Subaru, lo había hecho con sus propias manos.
Había pasado dos años soñando con crear algo especial…
Y ese día, por ęn, lo mostraba al mundo.
―Petra, como era de esperarse de ti. Tienes muy buen gusto. Estoy seguro de que en el futuro podrías abrir tu propia tienda.
―¿D-De verdad… crees eso?
―¿Eh?
La euforia que Petra había sentido hasta ese momento se desvaneció al instante al escuchar aquella respuesta.
Su voz ya no sonaba alegre, y Subaru la miró con un gesto desconcertado.
Pero Petra sintió un nudo en el pecho.
Un miedo silencioso que comenzaba a crecer.
No era la primera vez que mencionaba su sueño de convertirse en modista.
Pero hasta ahora, nadie la había tomado en serio.
Los adultos solían reírse.
Sus amigos se burlaban o cambiaban de tema.
Y entonces…
¿Qué pensaría Subaru de eso?
Esa duda se hinchaba dentro de su pecho como una burbuja a punto de estallar.
―Sabes, en el futuro quiero ir a la Capital Real y trabajar como modista.
―Este vestido es una práctica para eso… Solo es un vestido, pero voy a seguir practicando, y entonces…
Sus palabras salieron atropelladas.
Tartamudeando, hablando más rápido de lo normal.
Pero por primera vez, Petra no lo decía en broma.
Estaba confesando su sueño de verdad.
Y se lo decía a la persona a la que más deseaba que lo escuchara.
Y entonces, Subaru…
―Es un gran sueño. Estoy seguro de que te convertirás en la mejor modista de la Capital Real.
―Ah…
Subaru no se rió.
No lo tomó a la ligera.
No respondió con sarcasmo ni con condescendencia.
Con una expresión tranquila, y una voz suave, Subaru se acercó y le acarició la cabeza.
A Petra se le cortó la respiración.
――Subaru no se burló del sueño que todos los demás siempre habían tomado a la ligera.
¿Por qué era tan amable?
¿Por qué hacía eso por ella?
Esa pregunta rondó en su cabeza mientras sus mejillas se encendían sin que pudiera evitarlo, y sus grandes ojos lo observaban con asombro.
Una expresión pura, sincera, que solo Subaru logró ver.
Y en ese instante, Petra mostró la expresión más adorable de toda su vida.
A los doce años, Petra Leyte tenía un sueño.
――No necesariamente uno que terminara con una gran tienda en la Capital Real, llena de vestidos relucientes y escaparates de lujo.
―Me encanta hacer ropa. Eso nunca va a cambiar, pero…
Mientras miraba con cariño el vestido que llevaba puesto, recordó el día en que aquel sueño había nacido.
Aquel día, Petra quedó fascinada por los colores brillantes de unas telas que vio por primera vez.
Soñó con dejar su aldea, viajar a un mundo más grande, más vibrante.
Pero ahora entendía algo mucho más profundo.
No fue solo la belleza de los tejidos lo que la cautivó.
Fue el asombro de encontrarse con algo nuevo.
Algo más allá de su pequeño mundo.
Ese sentimiento —ese deseo de conocer lo desconocido— fue lo que la impulsó.
Y ahora sabía que, en aquel entonces, había malinterpretado muchas cosas. Había creído que todo giraba a su alrededor solo por ser linda.
Pero no era así.
Había sido cuidada.
Había sido protegida.
Y lo más importante…
Había sido amada.
Ese descubrimiento, tan poderoso como los colores de aquellas telas, volvió a sacudir su mundo.
Por eso, cuando…
―Lucas será quien herede el oęcio de leñador de su padre. Mild quiere ser cocinero y revivir la taberna del pueblo. Dine y Cain… bueno, ya para qué preguntar. Sí, sí.
Como solían hacerlo, Petra y sus amigos hablaban del futuro.
Dine y Cain empezaron a pelear otra vez, cómo no.
El motivo, por supuesto, era quién sería el futuro esposo de Petra.
―Oye, Petra. ¿Aún quieres ir a la Capital Real?
Quizás porque Meina ya había aceptado con calma que pronto tendría una hermanita, su mirada se sentía más tranquila.
Petra, al oír la pregunta, se sonrojó.
―Veamos… Puede que ahora sea un poquito distinto.
―¿Ah, sí? Entonces, ¿qué quieres ser en el futuro?
Y con una sonrisa traviesa, Petra sacó la lengua en un gesto tan adorable que era imposible no sonreír con ella.
―En el futuro… quiero ser la esposa de un esposo amable.
