La Liga Escarlata
LA LIGA ESCARLATA
1
—Muy bien. Entonces, esto es la guerra— proclamó la mujer, imponente y roja como la sangre, blandiendo con orgullo un abanico en lo alto.
Aquellos que estaban ante su presencia y quienes escucharon su declaración se sintieron llenos de asombro, perplejidad y, en algunos casos, fervor. Aun así, había un hilo unięcador que los unía a todos: y era que cada uno de ellos era muy joven.
La resonante voz de la encantadora mujer se extendió entre la reunión de chicos y chicas, todos ellos en su adolescencia, con una ligera variación en sus edades. Además de eso, como niños, estaban lejos de ser expertos en la guerra. Más bien, eran simples niños de pueblo. Y aunque no estaban completamente fuera del conĚicto, no se esperaba que se unieran al campo de batalla. Era un acto audaz declarar la guerra a esos jóvenes, incluso el intentar arrastrarlos a sus garras.
Un acto que, aunque fuera dicho de broma, podía malinterpretarse fácilmente como una intención maliciosa. Aun así, lamentablemente, en este caso en particular, la persona que hizo la declaración no mostraba el más mínimo indicio de estar hablando a juego. Aquella era una tirana para la que la más mínima implicación de discrepancia supondría cortar la mano del infractor por la muñeca. Sea como fuere…
—Vamos a la guerra. Ambos bandos han de estar bien preparados— declaró la cautivadora Priscilla Barielle, repetidamente y con un aire de diversión.
Su escolta con yelmo, observando desde atrás, no pudo evitar pensar que quizás era algo más que el miedo a perder su único brazo restante lo que lo disuadía de desaęar sus palabras descabelladas.
2
Varias horas antes de la declaración de guerra de Priscilla…
—¡Lady Priscilla! ¡Tenemos un problema que está muchísimo más allá de mi control!
La voz aguda de un niño resonó por toda la gran mansión.
No se debía al simple volumen del grito, sino a que las criadas habían abierto esporádicamente las puertas y ventanas para ventilar el edięcio. El tono desesperado de la voz transmitía una sensación de urgencia. Por otro lado, al haber averiguado ya su identidad, todas las mujeres esbozaron una sonrisa y volvieron a su trabajo. Entre ellas, solo una persona se levantó pesadamente al oír la voz aguda mientras se rascaba el cuello.
—Bueno, bueno, parece que hoy Schult está tan animado como siempre— comentó un hombre con un yelmo de hierro negro, levantándose con del cómodo sillón en el que había estado descansando con un ligero atisbo de irritación.
En contraste con su cabeza, que estaba completamente oculta por acero negro azabache, la armadura que protegía su cuerpo del cuello para abajo era notablemente escasa. En sus pies llevaba unas sandalias personalizadas que parecían tan fuera de lugar que seguramente quedarían grabadas en la memoria de uno.
En cambio, a pesar de su excéntrica apariencia, solo unos pocos y selectos conocían la verdadera naturaleza del papel que desempeñaba. De hecho, sería acertado decir que él mismo apenas comprendía cuál era su posición.
—La Princesa me llama bufón, pero ¿me va a pagar? se preguntaba.
Sabía que su Señora era muy generosa con los salarios que pagaba a sus ayudantes. Nunca se la llegó a conocer por ser tacaña, y su propensión a compensarlos adecuadamente por su arduo trabajo le había valido su respeto y admiración. Aun así, su compensación no llegaba en forma de salario mensual depositado en una cuenta, por lo que ella debía de habérselo entregado de alguna otra manera. Pero los detalles exactos de este acuerdo se le escapaban de la memoria.
“En verdad no lo había pensado. No deseo mucho, y generalmente me da un dinerillo cuando se lo pido” pensó. “Pero tal vez solo sea un viejo inútil con un currículum de porquería y sin ahorros.” Entristecido por su involuntario autoanálisis, el hombre se dirigió sin dudarlo a una habitación del edięcio.
Considerando la identidad del dueño de la voz aguda y la naturaleza de sus gritos, solo tenía un destino en mente. Y, efectivamente, su intuición resultó ser correcta.
—¡Hice mi mejor esfuerzo, pero nadie me escuchó! A este paso, será muy en efecto mi culpa que la reputación de Su Señoría… Su Señoría… ¡se vaya a…!
—Jhmm, ¿mi reputación?
—¡D-Dudarán muchísimo de usted! ¡No puedo soportarlo!
Al asomarse a la habitación, la mirada del hombre se posó en la ęgura encorvada de una pequeña espalda. Apretando su pequeño puño con frustración y temblando traviesamente estaba un niño de cabello rosa, un distinguido mayordomo de la mansión que vestía pantalones cortos que le sentaban muy bien. Se trataba de Schult.
Al verlo en toda su esplendor infantil y sus valientes esfuerzos por superar los retos que se le presentaban, tenía un encanto que hacía que uno quisiera cuidarlo afectuosamente. La adoración que todos los sirvientes de la mansión le concedían a Schult no se debía solo a su edad, sino también a su propia personalidad. Aunque los meros sirvientes de la residencia dudaban en expresar abiertamente su afecto por Schult, cosa que no se debía a su abrumadora carga de trabajo, sino por otra razón más fundamental. Que sería…
—Efectivamente, tu conducta es tan adorable como siempre. Dime, ¿cómo puede alguien tan pequeño velar tanto por mí? — comentó Priscilla, la propietaria de la mansión, con los ojos entrecerrados ęjos en Schult mientras lo mimaba.
Sentada en una silla terriblemente llamativa, con el codo apoyado en el reposabrazos y la mano sobre la mejilla, Priscilla escuchaba atentamente la sincera súplica de Schult, con el libro que estaba leyendo sobre su regazo.


Priscilla, que era sorprendentemente leída, dedicaba gran parte de su tiempo libre a la lectura.
“El tiempo que la Princesa dedicaba a la lectura es sagrado para ella. Interrumpirla durante ese momento es como pisar una mina terrestre que detona un implacable abuso verbal. De hecho, no me sorprendería que esa persona fuera enviada a la guillotina y se la llevara el tren. Por supuesto, la excepción está en Schult, claro está.”
—Espera, las sirvientas también se salvan de esto, ¿no?— se preguntó el hombre en voz alta.
—Lo que signięca que el único que recibe un trato especial soy yo, el que está siendo maltratado.
Priscilla, al ver a Al espiando desde el pasillo, gritó:
—Me pareció haber escuchado una voz vulgar e inusual. Y en efecto, eras tú, Al.
—Bueno, esto apesta— murmuró Al para sí mismo.
Bajó la cabeza al aparecer. Aunque no necesariamente había intentado esconderse, era muy consciente del temperamento impredecible de Priscilla, similar a la volatilidad de su precio en la bolsa —algo aterrador, por decir otra cosa—. Uno quería tomarse todo el tiempo posible para evaluar cuidadosamente su estado de ánimo.
Afortunadamente, Priscilla eligió no abordar el escuchar a escondidas de Al. En lugar de eso, simplemente inclinó su barbilla y dijo:
—Ilumíname, si te place. ¿Es que tú también has venido a traerme otro informe junto con una mirada en tu rostro que insinúa el ęn de los tiempos?
—Claro que no, Princesa. — respondió Al.
—¿Crees que trabajaría tan duro como Schult sin este yelmo puesto?
—Aunque lo hicieras, tal fealdad no ha de causar el menor revuelo en mi corazón.
—¡¿Eh?! — exclamó Schult, incapaz de contener su curiosidad ante esta parte en particular de la conversación entre Priscilla y Al.
—¡¿Lady Priscilla, muy en efecto, ha visto usted la cara del señor Al?! su curiosidad le había ganado, y Schult se tapó inmediatamente la boca con las manos, arrepentido por su falta de compostura.
—Soy mucho muy un desastre, ¿cierto?— se lamentó.
—Debería convertirme en un bicho que no hace más que piar muchísimo…
—Disparates— lo amonestó Priscilla.
—No poseo deseo alguno de tener insectos en los conęnes de mi morada. Si deseas eludir ser pisoteado, has de resurgir como la mejor versión de Schult con la mayor prontitud posible.
—¡Muy en efecto, maduraré!— le prometió.
—Verte en tal apuro es verdaderamente adorable.
Al dio un paso al frente y le puso una mano en la cabeza baja de Schult por detrás. Para sorpresa de Al, el niño parecía más encantado que repugnado, lo que daba testimonio de su inocencia.
“En verdad espero que este niño se alimente del favor de quienes lo rodean en el futuro y crezca rechoncho y regordete.”
—Así que, ¿cuál es tu queja hoy, Schult? ¿La Princesa te hace exigencias irracionales otra vez?— preguntó Al.
—¿Qué insinúas con «otra vez»?— preguntó Priscilla indignada, frunciendo sus hermosas cejas.
—¿Cuándo le he hecho yo una exigencia irracional a Schult? Cuando se lamenta de tal forma, generalmente se debe a su propia autocomplacencia.
—Su propia autocomplacencia, ¿eh? —Al rio entre dientes, apreciando lo gracioso del comentario de Priscilla.
—Bueno, eso es muy probable.— volteó hacia Schult e inclinó la cabeza.
—¿Qué pasa? No es raro verte tan nervioso, pero no puedo hacer la vista gorda ante una emergencia que afecta a la reputación de la Princesa. Dime qué pasó.
—Bueno, verá…— comenzó Schult.
—Si mal no recuerdo, se tenía supuesto que fueses a acompañar a las sirvientas al pueblo esta mañana intervino Priscilla.
—¡Sorpresa! ¡Muy en efecto, lo hice!— exclamó Schult. Su reacción fue agarrarse el pequeño pecho, como si ella hubiera tocado una ębra sensible.
Al, que nunca había visto a nadie exclamar «¡Sorpresa!» de esa manera, miró ęjamente por la ventana y murmuró: «Al pueblo, ¿eh?». En este caso, el pueblo al que se refería Priscilla era Krufuna, situado en las inmediaciones de la mansión.
El pueblo de Krufuna, que no estaba muy alejado de la Mansión Barielle, tenía una gran importancia y prosperidad dentro de la Baronía Barielle. Para ser precisos, sería más adecuado decir que fue Priscilla quien lo hizo Ěorecer.
—Escuche que las cosas estaban bastante mal cuando el Viejo Leip era el Señor del territorio.— se comentó Al a sí mismo.
La tiranía del barón Leip Barielle —el último esposo de Priscilla y anterior Señor del territorio— fue tan extrema que era casi impresionante de atestiguarla al margen de ella, con la gente sufriendo en cuerpo y alma. Fue entonces cuando Priscilla, la «amada esposa» de Leip, gallardamente emergió con su reinado benevolente.
En retrospectiva, casi se podría percibir la excesiva arrogancia de Leip como una estrategia planeada, destinada a impulsar la futura popularidad de Priscilla. Pero desde la perspectiva de Leip, que murió tras sucumbir al deterioro mental y a un estado de casi postración, tal valoración no sería más que un argumento retórico que no merecía la pena considerar.
—Schult, ¿qué es lo que has hecho en Krufuna?— preguntó Priscilla.
—Y-Yo… ¡fui mucho muy inútil!— se lamentó Schult, mordiéndose el labio, con los delgados hombros agobiados por una carga demasiado pesada para soportar.
El incidente ocurrió temprano en esa misma mañana, cuando acompañó a las sirvientas en su viaje a hacer las compras.
—Entonces, básicamente, ¿no pudiste mediar en una discusión entre hermanos sobre la Princesa? resumió Al.
—S-Sí…— admitió Schult, asintiendo ligeramente en acuerdo.
El arrepentimiento llenó sus ojos, que se humedecieron por el remordimiento. Al lo miró y se tocó pensativamente el yelmo mientras reconstruía los detalles de lo que había sucedido. Según Schult, ese era el quid de la cuestión.
Mientras iba en ruta a Krufuna con las sirvientas, Schult se encontró con un niño y una niña discutiendo en la calle. Si simplemente se hubiera tratado de una discusión trivial, Schult no les habría dado importancia. Sin embargo, se hizo evidente que los dos —presumiblemente hermano y hermana—, se encontraban en una disputa relativa a Priscilla.
—¡El hermano mayor estaba diciendo cosas malas sobre Lady Priscilla! Y la hermana menor le respondía con lágrimas en los ojos. Pero mientras discutían, la menor fue empujada y…— explicó Schult.
—Y tuviste que meter las narices en eso— comentó Al.
—Pero ese hermano sí que tuvo muchas agallas si no se dejó intimidar por tu presencia, Schult.
—¿Eh? — Schult lo miró con curiosidad.
Aun así, no hacía falta decir que pertenecía al séquito de Priscilla. Schult era una personalidad muy conocida en la Baronía Barielle, y probablemente no había ni una sola alma en Krufuna que no lo reconociera. El niño había demostrado una audacia notable al seguir difamando a Priscilla, incluso en presencia de Schult.
“Parece el tipo de persona temeraria que habría sido decapitada si hubiera nacido en otra época.”
—Pero claro, estoy seguro de que ni siquiera la Princesa haría algo tan tiránico com…
Pero antes de que pudiera terminar la frase para defender lo que le quedaba de sentido de la justicia, Priscilla se puso de pie.
—¡He de dirigirme a Krufuna!— declaró.
—¡Alto, alto, alto, alto, alto! ¡Cálmate, Princesa! ¡No puedes hacer eso!— protestó Al, tratando de apaciguar su ira. “Claro, no hay nada más estúpido para los ciudadanos que criticar de forma tan abierta y en público al Señor del territorio, pero…”
—Después de todo, solo son niños, ¿cierto?— continuó Al,
—Esos hermanos no eran mucho más grandes que tú. ¿Verdad, Schult?
—¡Sí, muy en efecto!— conęrmó Schult.
—El hermano solo era un poco mayor que yo.
—¡¿Ves?! No importa lo que haya dicho, ¿en verdad no decapitarías a u…?
—¡Disparates!— dijo Priscilla, colocando su abanico contra la garganta de Al antes de que este pudiera pronunciar otra palabra.
Al, silenciado al instante, sintió un calor abrasador calcinándole la laringe desde fuera, provocando que gritara y rodara por el suelo en agonía.
—¡Au! ¡Au, au, au, au, au! ¡¿No crees que esto ya es pasarse?! —se lamentó, agarrándose la garganta quemada bajo la mirada penetrante y ardiente de Priscilla.
—¿Pasarse, dices? Si ni siquiera puedes comprender las intenciones de tu Señora, entonces no tiene sentido alguno mantener a un tonto como tú a mi lado. No has de considerar tu posición por garantizada.— declaró Priscilla con frialdad, desplegando el abanico que había dejado una marca en la garganta de Al.
—¿Por garantizada?
—No has de considerar por garantizado que yo te mantenga en mi compañía— amenazó. Ocultó su boca con el abanico mientras Al gimió por el susto.
—Mi persona no es tan corta de miras como tú pareces creer. No obstante, Schult no ha de cesar el gimoteo sobre su falta de fuerza. Si no tomo medidas, mi reputación como Señora del territorio se ha de ver como víctima.
—¿Y qué es lo que en verdad quieres?— preguntó Al.
—Meramente ansío aliviar mi tedio.— confesó.
—Asimismo, me gustaría hacer de mi conocimiento cuáles fueron exactamente los insultos que se proęrieron contra mi persona.
—Suena propio de ti— Al bajó la cabeza con decepción, convencido por la respuesta tan directamente característica de Priscilla. Después inspeccionó a su alrededor con expresión interrogativa.
—Por cierto, ¿adónde se fue Schult?
Justo cuando Al estaba a punto de buscar al desaparecido Schult, una voz resonó directamente detrás de él.
—¡Señor Al! ¡Aquí, tome muchísimo!
—¡¿Eh?!
Cuando Al se giró para mirar hacia la voz, su cara se vio empapada por un torrente de agua. Al mirar más de cerca, vio a Schult, sin aliento, sosteniendo un Ěorero que había estado expuesto en el pasillo. Había quitado cuidadosamente las Ěores y utilizó el agua restante para mojar a Al. Empapado, con un olor y sabor a plantas en todo el yelmo, no pudo hacer más que mirar con sorpresa el acto repentino e inesperado de Schult y preguntarle:
—¿Por qué?
—Estaba ardiendo muchísimo, señor Al— respondió Schult con inocencia.
—Así que, muy en efecto, pensé que debía refrescarlo…
—Ya veo…— asintió Al a la explicación de Schult, para después dirigir su atención a Priscilla con un brusco giro de su cabeza. —Voy a pasarle un trapo a mi yelmo. Dame un momento, ¿okay? pidió, indicando la necesidad de posponer su partida.
3
—Y ese es el por qué he venido en persona hasta aquí.— declaró Priscilla, cruzando los brazos y provocando que sus oponentes se tensaran ante ella.
Al simpatizó con ellos desde lo profundo de su corazón. Lo hacía, pero era poco lo que podía hacer al respecto. No tenía el poder para detenerla, ni la intención para hacerlo en primer lugar.
—Se tiene que ser «muy listo» para hablar tan abiertamente sobre la Princesa— comentó Al.
En realidad, era muy raro que Priscilla escuchara las opiniones de Al, a pesar de que él era su ęel sirviente. De hecho, ni siquiera esperó a que él regresara después de limpiar su yelmo empapado con agua de Ěorero. Cuando se enteró de que Priscilla y Schult ya habían partido de la mansión, se apresuró a ir tras ellos. Cuando los alcanzó, Priscilla ya estaba frente a su público.
—Ah… Oh…
Un chico de unos trece o catorce años estaba allí de pie, con los ojos llenos de miedo mientras miraba de un lado a otro bajo la penetrante mirada de Priscilla.
Con el cabello rojizo y pecas, era un chico de aspecto bastante ordinario, sin rasgos destacables. Para un chico como este, recibir la visita repentina de la Señora del territorio era algo que sin duda lo dejaría sin fuerzas. Más aún teniendo en cuenta el motivo de su visita.
—¡La Princesa del Sol…! ¡Guau, en verdad es la Princesa del Sol!
Junto al chico había una niña, saltando de emoción, con la mano sobre la boca. Parecía tener unos diez años y llevaba el cabello recogido en dos coletas rojas. Según la explicación anterior de Schult en la mansión, estos dos probablemente eran los hermanos en cuestión, los que habían estado discutiendo sobre Priscilla.
—Y este es el mayor el que estuvo hablando mal de la Princesa…— murmuró Al para sí mismo.
La escena que se habría esperado es que la hermana, en defensa de Priscilla, se enfrentara a su hermano, que había estado hablando mal de ella. Entonces, Schult habría unido fuerzas con la hermana, solo para ser derrotado. Aun así, si los papeles se hubieran invertido y el hermano mayor hubiera reprendido a su hermana por su ignorancia, no habría habido ningún problema.
Pero este no era el caso. Se trataba de un asunto mucho más delicado. “Por no mencionar que la edad del chico también es algo preocupante. Priscilla es sorprendentemente paciente con los niños, pero este chico parece balancearse al límite de su tolerancia. Aunque cuando llegue el momento de la verdad…”
—¿Tendré que arriesgar mi vida para evitar que se extiendan los rumores de que ella ejecutó a uno de sus súbditos?— se dijo Al a sí mismo.
—Aunque seguro que será un fastidio convencer a la Princesa.— “De hecho, requeriría algo más que un simple fastidio: sería una cuestión de vida o muerte.”
En cualquier caso, Al entró en escena aquella tarde, listo para intervenir en cualquier momento, completamente alerta ante posibles enfrentamientos. En ese momento, Schult notó a Al y lo llamó:
—¡Señor Al! ¡Muy en efecto, nos alcanzó! Uhm, ¿está bien su yelmo? ¿Se oxidó o se dañó muchísimo?
—Nah, no te preocupes, está bien— respondió Al.
—Bueno, si se rompe, usa tus ahorros para comprarme un yelmo nuevo que me quede mejor, ¿okay?
—¿Un nuevo yelmo?— preguntó Schult.
—¡Pero creo que un sombrero le quedaría muchísimo mejor! Estaría mucho muy a la moda. Además que, ¡podríamos ver su cara, señor Al!
—Sabes, Schult, esa curiosidad es una de las cosas que te hace tan adorable— comentó Al, observando al curioso muchacho que ansiosamente deseaba ver su cara. Después, dirigió su atención hacia Priscilla.
—Así que, ¿qué hay de ti, Princesa? ¿Ya estás haciendo llorar a los niños?
La impresionante y mordaz Priscilla lo desestimó con una sola palabra:
«Disparates». Para después explicar:
—¿En verdad crees que me encontraría en tal conducta? Solo les esclarecí la naturaleza de mi arribo.
—¿La naturaleza de tu arribo? ¿Cómo es eso?— preguntó Al.
—Escuché que él calumnió mi persona y sentí curiosidad por saber qué tipo de sinsentidos proęrió.
—Qué pena me dan…— murmuró Al.
“Ya es bastante incómodo para el acusado saber que sus palabras llegaron a oídos de la persona en cuestión. Sin embargo, enfrentarse directamente a ello es sin duda una situación insoportable. Por no mencionar el hecho de que la persona en cuestión es la Señora del territorio en el que vive. Debe de sentirse como si estuviera caminando en la cuerda Ěoja.”
La niña, ajena a la angustia de su hermano e incapaz de comprender la gravedad de la situación, le hizo una sincera súplica a Priscilla.
—¡Princesa del Sol! ¡Mi hermano es tan malo! ¡Dijo cosas feas sobre usted! ¡Por favor, regáñelo! ¡Dígale que no está bien!
Si Priscilla concedía su súplica, era muy probable que el chico se enfrentara a algo más que un simple regaño. No obstante, era imposible que esta niña lo entendiera.
—Jhmm, ¿un regaño de mi persona, dices?— reĚexionó Priscilla.
—Suena como una propuesta bastante interesante. ¿Qué es lo que opinas, Schult?
—U-Uhm… bueno, verá— tartamudeó Schult
—Fue, muy en efecto, mi culpa por no manejar adecuadamente la situación. Así que sería un poco extraño que lo hiciera usted, mi Señora…
—No estás siendo muy elocuente lo amonestó Priscilla. —¿Es que no puedes hablar con más vigor?
—¡Q-Quiero que vea cómo doy muchísimo mi mejor esfuerzo, Lady Priscilla!— exclamó Schult, permaneciendo erguido frente a Priscilla.
Armándose de valor, volteó hacia el niño, con la cara sonrojada por la determinación.
Al observó la escena junto a Priscilla con admiración. Al parecer, Schult había llegado a la misma conclusión que él, aunque desde una perspectiva completamente distinta: que este asunto no debía dejársele a Priscilla.
Schult miró hacia arriba al chico, que solo era ligeramente más alto que él.
—¿Por qué ha tenido que decir cosas mucho muy crueles?— le preguntó como exigencia.
—¡Lady Priscilla es increíblemente hermosa y encantadora! Y también es inteligente… ¡No hay nada malo en ella!
—B-Bueno…— balbuceó el chico.
—Es cierto— intervino la hermana.
Motivada por las palabras de Schult, la niña se unió para proclamar la belleza de Priscilla a su hermano.
—¡Cada vez que decía algo bueno sobre Lady Priscilla, tú siempre lo negabas! ¡Solo mírala! ¡Es increíblemente hermosa!
Priscilla, al ser elogiada por su belleza por estos dos niños pequeños, no se inmutó ante la mirada inquieta del niño. Mostró con orgullo y sin vergüenza su belleza audaz y deslumbrante al público. Por otro lado, la mirada del niño reĚejaba una mezcla de emociones complejas, contradiciendo lo que le habían dicho anteriormente. Parecía que la tensión que sentía no se debía únicamente a su señoría, sino también a que se enfrentaba a la belleza de una mujer que sus ojos no podían evitar admirar.
—Bueno, no parece que él te odie, Princesa— observó Al,
—pero… ¿no es simplemente la típica fanfarronería juvenil? Ya sabes, negarse a admitir que alguien es linda, aunque todos los demás lo digan.
—No logro distinguir el punto de tu analogía— comentó Priscilla, rechazando sus palabras, —mas supongo que poseo una idea bastante clara de sus motivaciones. Al, ¿acaso tienes algún hermano?
—¿Yo? Nah, soy hijo único.
—Entonces sería infructuoso el esperar tu comprensión— replicó Priscilla.
Al hizo una mueca al ser reprendido tan bruscamente. Aun así, su expresión permaneció oculta bajo su yelmo, invisible a los ojos de los demás.
—Cesa ya de fruncir el ceño. Tu pesadumbre está viciando el ambiente— ordenó Priscilla, a pesar de no poder ver la expresión facial de Al.
—¡¿Qu…?!— exclamó él, sorprendido.
Ignorándolo, Priscilla dio un paso adelante. El chico, acorralado por su hermana y Schult, retrocedió tímidamente, encogiéndose una vez más ante la belleza y el poder de Priscilla. Por otro lado…
—Ustedes dos, observo que ambos hermanos tienen cabello rojo— señaló Priscilla, peinando con los dedos los mechones rojos del chico petrięcado.
—¿Eh?— el chico pareció sorprendido por el gesto.
—El cabello de tu hermana es de un matiz rojo más brillante, mientras que el tuyo parece un poco más oscuro, más se puede aęrmar que pertenecen a la misma categoría— continuó Priscilla con su observación, a lo que la niña asintió con entusiasmo.
—No hay muchos niños con cabello rojo— continuó la niña
—¡así que le dije a mi hermano lo afortunados que éramos por parecernos a la Princesa del Sol! Pero se enojó mucho conmigo por decir eso.
—El mero hecho de tener el cabello rojo en sí una rareza— explicó Priscilla, —por lo que tiende a llamar la atención de aquellos a tus alrededores. Algunos han de atosigarte por las cosas más triviales. ¿Es acaso que esto te ha pasado?
—¿Se reęere a que la gente diga cosas crueles? Sí. Pero, cuando eso pasa…— la voz de la niña se apagó.
La pregunta de Priscilla parecía haberle traído un recuerdo, y la mirada de la niña cambió a la dirección de su hermano.
El signięcado de su mirada era claro. Antes de hoy, el hermano de la niña habría defendido cualquier crítica sobre su cabello. Eso era así hasta que cierta Princesa del Sol pelirroja llamada Priscilla Barielle apareció.
—Así que eso, jum— dedujo Al, ęnalmente captando la razón de la disputa de los hermanos, aunque mucho después de que Priscilla lo comprendiera. En resumen, la antipatía del hermano hacia Priscilla se originaba de los celos.
—Al principio, era él quien defendía a su hermana cuando la molestaban por ser pelirroja. Pero supongo que todo cambió cuando la Princesa entró en escena…
El niño debió de sentir que su dignidad y su orgullo como hermano mayor se le habían arrebatado, lo que le llevó a oponerse a la admiración que su hermana sentía por Priscilla. Y después, en el momento más inoportuno, Schult pasó por allí. Incapaz de retractarse de sus palabras, la situación pronto se descontroló.
—Cuando lo juntas todo, la verdad es bastante obvio— continuó Al.
—En realidad, no es culpa de nadie. Yo lo llamaría un mal timing… o tal vez, simplemente tus estrellas eran malas.
—¿Jhm? ¿Averiguó algo, señor Al?— preguntó Schult mientras Al asentía pensativo. Schult se giró y lo miró, jalando el dobladillo de su chaleco.
—Eres adorable cuando me miras así— comentó Al.
—¿Eh? ¿A qué se reęere?— preguntó Schult.
—¡Es injusto ocultarme secretos! ¡Yo también quiero saberlo! ¡Y también quiero ver su cara, señor Al!
—Estás muy obsesionado con eso, ¿eh? No es la gran cosa. De verdad…
Al pretendía simplięcar la situación describiéndola como un caso de rivalidad entre hermanos adolescentes. No quería alargar más la historia y avergonzar a este chico que quería tanto a su hermana.
La gente empezaba a reunirse poco a poco, atraída por la extraordinaria belleza y la cautivadora presencia de Priscilla. Muchos de ellos eran espectadores más jóvenes que se habían acercado inicialmente atraídos por la energía de la rivalidad entre hermanos. Al pensó que la situación se descontrolaría a medida que aumentara el alboroto y más gente se amontonara a su alrededor.
“Si hay algún momento para ponerle ęn a este desastre, es ahora”, pensó. Entonces, se produjo una declaración repentina que tomó el control de toda la conversación y dominó la escena:
—Muy bien. Entonces, esto es la guerra.
La repentina declaración de guerra dejó a todos, excepto a Priscilla, que tenía las riendas del poder, en estado de shock. Por supuesto, Al y Schult no fueron una excepción. Por otro lado, para los hermanos, que se vieron inesperadamente empujados a roles opuestos, el asombro fue quizás aún mayor.
La cara del hermano mayor se puso pálida y sus ojos se abrieron ampliamente con incredulidad. La hermana menor estaba genuinamente desconcertada, incapaz de comprender completamente la situación. Sus susurros de confusión los hacían parecer exactamente idénticos en su pánico.
Sin inmutarse por sus reacciones, Priscilla desplegó su abanico y procedió a dar órdenes a todo el que estuviera al alcance de su voz. Ella era una llama inextinguible que lo engullía todo a su paso y lo teñía de rojo. Al se preguntó si realmente era el público adecuado para que Priscilla mostrara ese lado suyo. No obstante, no se atrevió a interrumpirla.
—Vamos a la guerra. Ambos bandos han de estar bien preparados.
Su sonrisa al declarar la guerra era tan magníęca que acalló cualquier objeción.
4
—Solo por curiosidad, ¿por qué planeas la guerra?—preguntó Al, estando detrás de Priscilla.
—No es que lo tome a juego. Has de no desestimarlo egoístamente como un mero juego bajo tu propio entendimiento. Cuando hay una discrepancia entre opiniones y el poder marcial se ve implicado, se puede considerar guerra, sin importar más dijo Priscilla, rechazando las dudas de Al. Se asomó hacia el jardín donde las preparaciones para la «guerra» estaban en progreso.
—Poder marcial, ¿eh?
—Schult dijo que el hermano fue el primero en hacer una provocación.
La conmoción, que comenzó con una trivial rivalidad entre hermanos, de forma inesperada —y bastante literal—, se extendió hasta la Mansión Barielle. Los hermanos en el centro de la conmoción, junto con todos los demás chicos y chicas a los que consideraban amigos, habían sido reunidos y llevados a la mansión en un carruaje de dragón.
Allí, los niños, fascinados por el entorno desconocido y la atmósfera de la mansión de su Señora, fueron familiarizándose poco a poco con las complejidades de la guerra. No hace falta decir que no se trataba de una guerra que requiriera espadas o escudos reales.
—Bueno, es un gran alivio ver espadas de madera, bolas de lodo y cosas por el estilo—admitió Al.
—Conociéndote, Princesa, no había garantía de que a los niños no les hubieran dado espadas de verdad.
—Si les proporcionases herramientas que no pueden manejar, han de no alcanzar su verdadero potencial— explicó Priscilla.
—No solo no son guerreros, sino que ni siquiera han entrenado para ser soldados.
—Si hubieras sugerido darles armas, aunque tuvieran un mínimo de entrenamiento, me temo que te habrían quemado en todos lados.11
11 : Con «quemar» Al se reęere a que Priscilla habría sido criticada duramente y se ganaría una mala reputación.
—¿Por qué yo he de ir repentinamente a las llamas? Tus palabras carecen de sentido replicó Priscilla, levantando una atractiva ceja ante el comentario de Al mientras cuestionaba el signięcado de «quemar».
Al ignoró su pregunta y volvió a centrar su atención en los niños, que se «preparaban para la guerra» diligentemente, tal y como se les había ordenado. Al ęn y al cabo, se trataba de una guerra, por lo que se les había dividido en dos facciones distintas.
En esencia, había un Ejército del Este y un Ejército del Oeste, liderados por el hermano mayor y la hermana menor, respectivamente. Aunque había exactamente quince miembros en cada bando, el del hermano mayor contaba con una media de edad más alta, ya que estaban formados principalmente por sus amigos. La proporción entre hombres y mujeres también se inclinaba a favor de su facción, lo que sugería extraoęcialmente una mayor probabilidad de victoria.
Por supuesto, eso no quería decir que no hubiera niños en el bando de la hermana. Aun así, con Schult como uno de ellos, a pesar de su ferviente entusiasmo, la victoria sería un reto.
—¡Hagamos nuestro mejor esfuerzo y trabajemos juntos para demostrar muchísimo lo increíble que es Lady Priscilla!— exclamó con inquebrantable conęanza.
Schult se había desarrollado de forma más lenta en comparación con otros niños de su edad. Además, debido a la conducta deliberada de Priscilla hacia él, le costaba mantener una actitud seria. No estaba en absoluto cualięcado para actuar como un soldado eęcaz. Su entusiasmo podía describirse como divertido y doloroso de ver. Por otro lado, era difícil creer que Priscilla fuera ajena a estas circunstancias.
—¿A qué se debe la cara larga?— dijo Priscilla, tocando delicadamente sus propios labios.
—¡Si ni siquiera puedes ver a través de mi yelmo! ¿Cómo es posible que sepas cómo me veo, Princesa?— le exigió saber Al.
—Bien, quizás nunca antes he posado mi mirada en tu rostro,— replicó ella, —más ambos sabemos que ese no es el caso, ¿correcto?
—Tsk
Al chasqueó la lengua ante su comentario mordaz, incapaz de encontrar una respuesta adecuada mientras su gesto y sus labios color cereza atraían su mirada.
El recuerdo de aquel momento inevitable en el que ella había vislumbrado su verdadero semblante volvió a su mente. Sin embargo, Priscilla y Al desempeñaban papeles diferentes. A pesar de sus pretextos, ninguno de los dos podía negar el hecho de que habían sido sorprendidos en un momento de vulnerabilidad.
—Cuestionaste el propósito de esta guerra— se dirigió Priscilla al silencioso Al.
Se sentó en su silla, apoyándose en su pómulo. Al cerró un ojo ante sus palabras, asumiendo que esta conversación había terminado. Priscilla miró a los niños que estaban abajo y continuó:
—Cuando ambas partes poseen convicciones férreas, llegan momentos en los que han de cruzar espadas, aún entre padres y hermanos. Los lazos de sangre por sí solos no dictan dónde se pone a prueba la determinación de uno.
—Lo entiendo, pero ¿es realmente necesario hacerles esa pregunta ahora?— preguntó Al.
—A pesar del entusiasmo de la hermanita, el mayor probablemente no esperaba que se convirtiera en algo tan grande.
—Como ya te he informado le recordó Priscilla, descartando su opinión con la misma lógica que antes, —fue el hermano quien mostró primero su destreza marcial.
Al se rascó la cabeza, incapaz de articular más sus pensamientos. Entendía la causa de la disputa entre los hermanos y el sentido del deber del mayor, pero no podía estar de acuerdo con la decisión del hermano de recurrir a la violencia. “¿Es esto algún tipo de castigo?”
—Pero si el mayor gana esta «guerra», ¿no se frustraría todo el propósito? — preguntó Al.
—En efecto, si el hermano mayor sale victorioso, así ha de ser— reconoció Priscilla.
—No obstante, la moral favorece al bando de la hermana. Asimismo…
—¿Asimismo qué?
—El bando de la hermana ha recibido un pequeño consejo estratégico para mi ęn.
Esta nueva información tomó a Al desprevenido, destrozando sus expectativas pesimistas.
Para ser sincero, Al no sabía si Priscilla estaba familiarizada con las tácticas de batalla. No podía saberlo, pero tenía grandes expectativas puestas en ella, creyendo que no había nada que no pudiera lograr. Después de todo, esta intrépida Princesa Escarlata parecía poseer una extraña habilidad para ser favorecida en todos los eventos. Precisamente por esa razón…
—Este mundo está hecho a mi conveniencia— declaró Priscilla.
Y, efectivamente, parecía como si todo el mundo se hubiera unido para defender su ęlosofía.
Con estos vientos que parecían soplar a favor de Priscilla, Al no pudo evitar formular una pregunta.
—Princesa, ¿acaso tienes un hermano?
La pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerse, e inmediatamente se arrepintió de haberla hecho, por temor a molestar a Priscilla con sus palabras.
Sin embargo, independientemente de la confusión interna de Al, Priscilla entrecerró los ojos.
—¿Y a qué se debe que pienses eso súbitamente?— lo desaęó.
—Ah, bueno, sinceramente, se me ocurrió y ya— explicó Al.
—Es como si hubieras entendido el motivo de la pelea entre los hermanos desde el principio y luego, eh…
—No trastabilles ahora— dijo ella secamente.
—¿O es que solo procuras retener mi atención?
—Bueno, estabas bastante obsesionada con las travesuras del mayor continuó él.
Y, como estaba hablando a partir de una mera ocurrencia, le costaba verbalizarla, incluso para sí mismo. Pero cuanto más lo pensaba, más sentido cobraba.
Haciendo memoria, recordó la primera vez que Priscilla dijo que iba a Krufuna. No fue un simple capricho por su parte, ni se debió a las supuestas deęciencias de Schult. Más bien, la decisión se tomó después de escuchar los detalles de la pelea entre los hermanos. Cuanto más lo pensaba, más claro se hacía.
Al escuchar la suposición de Al, Priscilla se quedó inusualmente callada, sin decir nada. Sorprendido por su compostura poco habitual en respuesta a su acertada suposición, Al se inclinó hacia adelante y la miró a la cara. A cambio, en un instante, la punta de su abanico se extendió y ella la presionó contra la barbilla de Al.
—¡Au, au, au, au!
Al hizo una mueca de dolor cuando el castigo abrasador de Priscilla quemó su curiosidad.
—¡Agh! ¡Au! ¡E-Espera, Princesa!
—Has de no contemplar mi rostro con pensamientos impuros— advirtió Priscilla.
—Es natural que los hombres queden embelesados por mi belleza, aun así, aquellos que desean más deben estar dispuestos a pagar el precio apropiado.
—¡Eso no es motivo para carbonizar las cuerdas vocales de alguien, maldición!— se quejó Al con dolor y frustración.
Con su sentido de superioridad calcinado por la respuesta mordaz de Priscilla, Al se encogió de hombros y se retiró, frotándose la garganta con molestia. Priscilla soltó un pequeño suspiro cuando Al se retiró y respondió:
—Tenía numerosos hermanos. Mayores y menores, hombres y mujeres.
—Guau, ni siquiera puedo imaginarlo— comentó Al, reĚexionando sobre la estructura familiar de Priscilla con la cabeza inclinada.
Priscilla respondió a su reacción con:
—¿Jhm? ¿Qué te es particularmente complicado de comprender?
—Sé que te pregunté si tenías hermanos. Pero, en serio, Princesa, no me pareces el tipo de persona que encaja en el típico retrato familiar— confesó Al.
—No me das esa sensación de hermana mayor o menor, ¿sabes? Es como si mi cerebro se volviera completamente buggy y glitchy cuando me dices que encajas en ambas categorías.2
—¿Qué ha sido eso, un «intercambio» de palabras de más allá de la Gran Cascada?— preguntó Priscilla, con una leve risa entre dientes escapándose de sus labios mientras intentaba manejar su vocabulario recién adquirido.
Por otro lado, Al no pasó por alto el sutil trasfondo de nostalgia en sus palabras.
“Nostalgia, sí, nostalgia. Sinceramente, me sorprende saber que incluso la Princesa siente nostalgia por las cosas. Por no hablar de cuántos hermanos tiene. O de cómo hablaba de ellos en tiempo pasado…”
—¡Lady Priscilla! ¡Todo está mucho muy listo para comenzar!
La voz de Schult resonó desde el jardín mientras la conversación entre Al y Priscilla llegaba a su ęn.
Al mirar a su alrededor, la escena reveló a los niños adornados con sus valientes atuendos de «guerra» desplegados a ambos lados del jardín, cada uno de ellos irradiando una feroz determinación por demostrar su destreza.
Era evidente que tanto la facción de la hermana menor, ya rebosante de alta moral, como la del hermano mayor, inicialmente vacilante a entrar en combate, mostraban ahora un notable nivel de ambición.
—Las cosas se van a descontrolar— comentó Al con un inesperado toque de emoción. Priscilla se levantó de la silla en respuesta.
—Precisamente por eso que ha merecido la pena el esfuerzo— proclamó Priscilla. Su peręl mientras hablaba y la fugaz emoción que se reĚejó en sus ojos captaron la atención de Al. Pero antes de que pudiera descifrar su signięcado, Priscilla desplegó su abanico y continuó:
—Ambos bandos han de entregarse con su mayor afán. Para aquellos que no pueden desistir de sus voluntades, la única senda para demostrar su valía se halla en la victoria. Así pues, que la batalla comience.
12 : Con buggy y glitchy Al se reęere a que esa idea choca contra su percepción de Priscilla y es como si su mente «marcara error».
—¡Aquí voy!— gritó Schult.
Los gritos agudos de los niños llenaron el aire, resonando en respuesta a la voz autoritaria de la Princesa Escarlata. La «guerra» había comenzado en los terrenos de la Mansión Barielle, con el hermano y la hermana
enzarzados en una feroz batalla. Al ver cómo se desarrollaba esta escena, Al se dio cuenta de algo relacionado con su preocupación anterior.
Lo que había detectado en el peręl de Priscilla era un sutil destello de ilusión. Había una expectativa en sus ojos, un atisbo de esperanza de que pudiera presenciar lo que deseaba.
5
—Así que, ¿a qué se debe todo ese alboroto de hace un rato? refunfuñó el hombre, inclinando la cabeza mientras se acariciaba la barbilla manchada de barba incipiente, con la cara enrojecida por el alcohol.
Era un hombre alto, con el cabello rojo ardiente, que lucía una camisa sin armadura sobre su físico moderadamente atlético. Esto le daba un aspecto distinto al de su habitual actitud desaliñada. Aun así, era cuestionable si esa era la impresión que quería dar.
Esa noche, en el balcón de la Mansión Barielle, Al se encontraba en un encuentro bastante aburrido con un hombre, en lugar de estar en presencia de Priscilla o Schult. No es que hubieran concertado esta reunión. Simplemente se encontraban en el mismo lugar al mismo tiempo, pasando la noche en silencio. Ninguno de los dos buscaba la compañía del otro ni la evitaba. A veces, un hombre simplemente necesita un momento como este en un balcón vacío para reĚexionar sobre las cosas.
—Bueno, es algo complicado para los tipos de nuestra edad, ¿sabes?— comenzó a explicar Al.
—¿Qué?— preguntó el hombre. Al negó con la cabeza y respondió a la mirada fruncida del hombre con un ligero movimiento de cabeza.
—Lo que quiero decir es que los hombres siempre están pasando por la pubertad, ¿sabes?
“Los problemas se acumulan mientras envejecemos, pero en el fondo, son siempre los mismos. Al ęnal, seguimos preguntándonos: «¿Quién soy?». Es como si estuviéramos atrapados en una adolescencia eterna.”
—Bueno, da igual— refunfuñó el hombre.
—Y todavía no has respondido a mi pregunta, ¿verdad?
—Oh, ¿el capricho de la Princesa?— preguntó Al.
—Todavía estoy tratando de averiguarlo por mi cuenta, viejo. Es un misterio para mí.
—Eres terriblemente despreocupado para un supuesto Caballero de la Princesa del Sol, ¿eh? — se burló el hombre.
—Dame un respiro, viejo. Ya te lo he dicho antes, no soy un Caballero— dijo Al despectivamente. El hombre permaneció callado.
Al detestaba que se reęrieran a él como Caballero, incluso como broma. Albergaba un profundo prejuicio contra los que se dedicaban a la profesión de Caballero, a quienes consideraba poco más que idiotas. Y no solo Al sentía ese resentimiento. Ni él ni Priscilla tenían intención de idealizar su relación.
“Además, este tipo también debía odiar cualquier tema relacionado con los caballeros y demás. Después de todo…”
—Eres el padre del Caballero entre Caballeros, Reinhard van Astrea— señaló Al.
—Tsk
Heinkel Astrea, de mediana edad, chasqueó la lengua con disgusto ante el recordatorio.
Su ceño fruncido, su barba descuidada y su atuendo sencillo distaban mucho de ser impresionantes, pero al observarlo más de cerca, se podía ver que, efectivamente, compartía rasgos similares con el reputado Santo de la Espada, con su cara bien deęnida y su ardiente cabello rojo.
Esto era natural, dado que eran padre e hijo consanguíneos. Por supuesto, no había duda de que su relación era ciertamente complicada. De lo contrario, no habría sido capaz de servirle a una Señora de un bando diferente al de su propio hijo.
Heinkel, aún en silencio, dio un trago directamente de la botella que tenía en la mano. Ahora era miembro de la Facción de Priscilla, uniéndose a las ęlas de los que contendían por la Selección Real. No obstante, Al no tenía ni idea de qué papel desempeñaba. Eso dependía de Priscilla. Era difícil creer que su participación no tuviera importancia.
—Esta no es mi forma de considerar las cosas, ni cómo pienso— concluyó Al.
—Pero si sigues así, vas a causarle problemas a la gente— comentó Heinkel.
—Si Lady Priscilla se toma muy en serio lo del trono, no se puede permitir convertirse en una Reina que nadie entienda.
—No es asunto mío, viejo— dijo Al, apoyándose en el barandal del balcón. Acarició suavemente la zona donde Priscilla, fresca en su memoria, se había apoyado, y habló con determinación.
—Por la Princesa, haré lo que sea necesario para que gane.
Al oír las palabras tranquilizadoras de Al, Heinkel lo miró brevemente y esbozó una sonrisa burlona.
—Bueno, eso es algo interesante. Creía que te importaba un carajo el resultado de la Selección Real.
—Oh, vamos, no exageres— dijo Al.
—Pienso en ello todos los días.
—Bien, déjame reformularlo. Simplemente asumí que no te importaba un carajo meter las narices en el proceso de Selección Real. Lady Priscilla es perfectamente capaz de manejar todo por sí sola, ¿verdad?
—Oh— Al dejó escapar un sonido que expresaba su asombro.
Lo tomó un poco desprevenido la astuta observación de Heinkel. No porque dijera algo inesperado, sino porque revelaba la perspicacia de Heinkel para percibir lo que sucedía a su alrededor.
“Nah, teniendo en cuenta que Priscilla se las arregló para ver a través de mi yelmo dos veces hoy, quizá no sea tan difícil de descifrar como pensaba.”
—No, la razón por la que uso este yelmo es porque ya sé eso, ¿o no?
Al llevaba el yelmo con indiferencia, pero sus emociones abrumadoras seguían siendo palpables. Quizás debería haberse convertido en actor en lugar de un paria.
—Vaya, también te niegas a responder a esto comentó Heinkel.
—Eres muy reservado, ¿o no?
—Eso nunca ha sido un secreto respondió Al.
—Quiero decir, oculto mi cara. ¿No es eso lo primero que se ve normalmente? Bueno, no encontrarás nada interesante en mis secretos. Excepto, tal vez…
—¿Tal vez…?
—Creo que tú y yo somos bastante parecidos— compartió Al, basándose en la información que había oído sobre las complejas circunstancias de Heinkel.
Entre su legendario padre, conocido como el Demonio de la Espada, y su hijo, el Santo de la Espada —aclamado como el más grande espadachín de todos los tiempos—, Heinkel era de una generación discreta, atrapada en medio. Un hombre patético aĚigido por su melancolía y su posición. Un hombre que merecía una intensa simpatía. Porque Al comprendía dolorosamente el miedo al verse eclipsado por su propio e ilustre linaje.
—No sabes un carajo de mí— espetó Heinkel con amargura, arrugando la nariz.
—¡Pero sabía que dirías eso!— se rio Al entre dientes con ironía.
Parecía que Heinkel no deseaba ni le importaba que lo entendieran. Al apoyó su espalda contra el barandal y contempló la luna en el cielo nocturno.
—Hasta donde pude ver, la «guerra» de hoy no era más que la forma que tenía la Princesa de evaluar las cosas— dijo Al pensativo.
—¿Guerra?
—Llamémoslo simplemente «celebración escandalosa»— explicó Al.
—Tienes a dos personas con opiniones obstinadas, reuniendo a sus amigos, dividiéndose en equipos y luego utilizando todas sus fuerzas para demostrar su razón. ¿No es eso precisamente lo que es la guerra, viejo?
—A mí me parece una pendejada— se burló Heinkel.
El uso de lenguaje obsceno era una señal reveladora de que se estaba emborrachando. Entre más borracho estaba, más se alejaba de la dignidad y la sinceridad.
Al observaba al margen este cambio con diversión. No bebía, por lo que no podía evaluar personalmente los efectos del alcohol. Pero el desagradable espectáculo de un desconocido borracho era suęciente para reforzar su aversión a esta sustancia.
En cualquier caso, el análisis de Al sobre la conciencia y las intenciones de Priscilla con respecto a la «guerra», sirvió para aęrmar y analizar sus intenciones.
—La Princesa tenía algo que quería ver, ¿sabes? Y utilizó ese enfrentamiento entre hermanos para averiguarlo— comentó Al.
—¿Qué demonios quería ver?
—Por desgracia, no soltó la sopa exactamente, así que no puedo decirlo con certeza. Mi suposición podría estar muy lejos de ser verdad, ¿sabes?
—Eres un inútil— refunfuñó Heinkel.
—También podrías pedirle que te corte el otro brazo.
—¡Diablos, eres tan vulgar cuando estás borracho! — se quejó Al.
—Alguien con los dos brazos intactos puede que no lo entienda, ¡pero este brazo signięca mucho más para mí de lo que podría hacerlo para todos ustedes que aún tienen ambos!
Era una disputa que fácilmente podría haber escalado a una pelea a muerte, pero Heinkel no mostró ningún remordimiento ni intención de disculpa. No porque considerara a los demás insignięcantes, sino todo lo contrario: porque tenía muy poca consideración por sí mismo, lo que parecía justięcar su comportamiento imprudente. De hecho, Heinkel aceptaría con gusto un duelo que surgiera como consecuencia de su franqueza. No obstante…
—Te lo digo, viejo, en cuanto alguien descubra que eres el padre del Santo de la Espada, se echará atrás muy rápido— dijo Al.
—Tsk
Heinkel apartó la mirada y chasqueó la lengua con fastidio una vez más.
No importaba de qué hablaran aquella tranquila noche en el balcón, siempre parecían volver a la misma pregunta: «¿Quién soy?» Era una pregunta de la que nadie podía escapar.
Una voz ronca y embriagada regresó a Al a la realidad mientras observaba con la mirada perdida el cielo nocturno, contemplando las constelaciones sobre ellos, para las que cada una de ellas tenía un nombre.
—Entonces, dijiste que ella quería ver algo— refunfuñó Heinkel, con los ojos azul cielo algo vacíos mientras miraba la botella de licor medio llena.
—Seh— admitió Al.
—¿Tú también tienes algo que quieres ver, señor Al? — preguntó Heinkel.
—Me sorprende que te intereses por mí, viejo. Pensaba que solo te importaba tu propia familia
Tan pronto como Al dijo esto, Heinkel frunció el ceño y chasqueó la lengua una vez más, lanzándole la botella de licor.
Al se agachó con un «¡Uuups!» para esquivar la botella giratoria, que voló por encima del barandal y cayó al jardín, golpeando el suelo con un estruendo. Heinkel se dio la vuelta sin dar un vistazo, como si intentara distanciarse de Al, que claramente le había tocado la ębra sensible.
—Sí, hay algo— gritó Al abruptamente tras Heinkel, que se alejaba del balcón.
Heinkel se detuvo un momento, escuchando las palabras de Al sin molestarse en voltear. Al esbozó una leve sonrisa ante su evidente curiosidad, pero no tuvo nada más que añadir.
—Hay algo que quiero ver—continuó Al.
—¡A la Princesa mientras se baña!
—¡Tsk!
Otro chasquido con la lengua fue la única forma en que Heinkel pudo responder a la broma traviesa de Al.
—¡Vaya, ese es el chasquido con la lengua más fuerte que he oído en mi vida!
6
—¡Estoy mucho muy feliz de que los hermanos se hayan reconciliado! — exclamó Schult con una sonrisa radiante.
Su reacción era de pura alegría e inocencia, sin ninguna duda en lo absoluto. Priscilla cerró un ojo y sacó su abanico del escote abierto de su camisón.
—Oh, ¿así que tú también lo crees, Schult?— preguntó Priscilla.
—¡Sí, lo creo! ¡Muy en efecto, sabía que podría hacerlo, mi Señora! ¡Estoy mucho muy orgulloso de usted!
Con la punta del abanico, Priscilla levantó suavemente la barbilla de Schult y le giró la cabeza hacia un lado, lo que provocó que el niño pusiera cara de incomprensión. Ella pudo ver claramente el tono rojizo que permanecía en su mejilla derecha. Era un remanente visible de la «guerra» de ese día, y lo que se podría llamar una medalla de honor.
—Para mi persona, el considerar una herida de guerra como una medalla de honor es un reĚejo de las propias deęciencias— comentó Priscilla.
—¿Lady Priscilla? — preguntó Schult.
—¿Tu mejilla duele?
Apretando con fuerza sus pequeños puños, Schult demostró su inquebrantable determinación.
—Hormiguea un poco, ¡pero estoy mucho muy bien! ¡Todo fue parte de nuestra estrategia ganadora!
Además del enrojecimiento de sus mejillas, Schult tenía cicatrices por todo el cuerpo a causa de la guerra. Tenía las rodillas raspadas por las caídas, la espalda con moretones por los golpes y posiblemente muchas otras marcas de la batalla. En los momentos de lesión, a menudo aparece el dolor, e incluso se pueden derramar lágrimas. De hecho, Schult había derramado una o dos. Aunque…
—Todo esto dio comienzo por mi persona. ¿Me desprecias? — preguntó Priscilla.
—¿Yo? ¿Odiarla? ¿Lady Priscilla? ¡Eso es mucho muy imposible!— exclamó Schult incrédulo.
—…
—¡Estaba mucho muy feliz de pelear por usted, mi Señora!
La mirada de Schult se desvió hacia abajo mientras se maravillaba de su propia y modesta muestra de valentía.
—Habría estado muchísimo más asustado que dolido si me hubiera acobardado por el miedo…
Su postura introspectiva, aunque típica de él, era al mismo tiempo tan dolorosa como las cicatrices de su cuerpo. Aun así, esta angustia mental no era particularmente exclusiva de Schult. Era una especie de «ęebre» que podía afectar a cualquiera, sin importar quién fuera.
—…
Tras los tumultuosos acontecimientos del día, Priscilla había terminado su baño caliente y recostado en su cama. Schult, tras ponerse su ropa de dormir, se acurrucó a su lado, una rutina habitual que se había convertido en un ritual entrañable. Este pequeño y adorable niño se había convertido en un indispensable cojín de abrazos para Priscilla. No obstante, el propio Schult anhelaba un papel más signięcativo que el de un simple cojín de abrazos. Un hecho que Priscilla reconoció astutamente, como se evidenció en la guerra de ese día.
La pelea entre los hermanos, que Priscilla llamaba guerra, se desarrolló tal y como Priscilla había predicho. La facción de la hermana menor, guiada por su consejo, salió victoriosa. Y Schult había desempeñado un papel importante en la consecución de su triunfo. Fue uno de los primeros en caer, de una manera bastante espectacular, y dejó al otro bando desconcertado.
—Pensé que mis esfuerzos darían sus frutos, pero, muy en efecto, me equivoqué… dijo Schult con un dejo de decepción.
—Los enemigos aparecieron por izquierda y derecha. Me rodeaban muchísimo… Muy en efecto, me estaban destrozando.
El título de vanguardia puede haber tenido cierto atractivo, pero en el caso de Schult, el primer sacrięcio puede haber sido más apropiado. A medida que la moral del bando de la hermana menor disminuía, la del hermano mayor solo crecía en fuerza e impulso. La facción de la hermana fue obligada a retroceder por las fuerzas de avanzada del hermano. Aun así…
—Bueno, muy en efecto, es un hermano mayor, después de todo.— dijo Schult con una sonrisa, reconociendo el motivo de la derrota del hermano.
A pesar de los innumerables contratiempos sufridos por la facción de la hermana, cuando ęnalmente llegaron hasta la líder de sus oponentes, el hermano dudó en defraudar a su hermana ante la victoria. Fue en ese momento cuando las artimañas de Priscilla hicieron efecto, dando ęn a la guerra.
—La índole de la victoria yace en la caída del general del otro equipo— había explicado Priscilla.
—Lo que implica que, si el líder del adversario cae, si eres el último en quedar en pie y consigues derrotar al líder del otro bando, la victoria se te ha de conceder. Tu triunfo se ha de decidir en el postrimero instante.
En este sentido, la hermana hizo caso a las palabras de Priscilla y demostró un gran valor. El consejo de Priscilla era sencillo, pero eęcaz: «Tu hermano ha de vacilar en matarte en el postrimero instante. Es precisamente entonces cuando has de arremeter contra él». Y, efectivamente, tal y como había predicho Priscilla, así fue como se resolvió el conĚicto.
—Al ęnal, fue mucho muy increíble que el hermano defendiera a su hermana de sus compañeros de equipo, incluso después de que ella lo apuñalara— se maravilló Schult.
—Muy en efecto, como usted dijo, Lady Priscilla, ¡pudieron reconciliarse!
No obstante, el resultado ęnal no fue tan conmovedor como lo describió Schult. La jugada estratégica de la hermana logró derrocar a su hermano y a sus seguidores, que estaban al borde de la victoria. Naturalmente, se negaron a aceptar la derrota y dirigieron su ira hacia la hermana. Sin embargo, fue el propio hermano quien la protegió valientemente de su furia.
En un principio, esta situación se produjo debido al profundo vínculo entre los hermanos. El hermano no podía soportar ver a su hermana denigrada, y ella, en medio de las acusaciones y el miedo, reaęrmó su cariño y respeto por su protector hermano mayor. Y así fue como llegaron a esa conclusión.
—…
Pricilla mantuvo su silencio.
A pesar de atestiguar el resultado y de que la resolución se desarrollara de alguna manera como ella había imaginado, una inquietante oscuridad permanecía en su corazón. En la mente de Priscilla, había dos posibles resultados: si su consejo hubiese resultado eęcaz o no.
Su intuición había dado en el blanco. La hermana apuñaló con éxito a su vacilante hermano, reclamando así la victoria. Aun así, esto no era un triunfo, sino una certeza. Era la prueba del amor indudable que el hermano mayor sentía por su hermana. Una guerra es una guerra, aunque fuera falsa. La muerte de los hombres podía haber sido simulada y las heridas recibidas podían haber sido superęciales, pero, aun así, seguía siendo una guerra. Si así lo deseaba, Priscilla tenía el poder de incitar y manipular a innumerables personas para que participaran en un conĚicto real, en la que estaban en juego vidas reales, tal y como había hecho hoy. Podía inĚuir en personas ingenuas e ignorantes como Schult, que reunían fuerzas a través de una fe ciega. Priscilla era plenamente consciente de que poseía ese poder, responsabilidad, posición y belleza. Y el resultado de los acontecimientos de hoy no hacía más que reforzar esa idea.
“¿Por qué entonces no se ha de disipar la nube oscura que hay en mí?” —Muy en efecto, sabía que no me equivocaba dijo Schult mientras se sentaba junto a Priscilla, perdida en sus pensamientos. El tono de su voz había bajado repentinamente.
—¿Jhm?
Priscilla dirigió su atención a Schult. Era una reacción inusual para un niño alegre como él.
Schult se frotó las mejillas con ambas manos.
—Lady Priscilla, muy en efecto, usted parecía sentirse algo sola murmuró con un dejo de preocupación, bajando la mirada.
—¿Sola? ¿Yo? — preguntó Priscilla con sorpresa.
—Eso es lo que me pareció— continuó Schult.
—Me pareció que se sentía algo sola cuando observaba muchísimo a esos hermanos…
“¿Acaso fuese posible que este niño se culpase por no ser apto para mediar en la disputa de los hermanos? ¿Fuese que atribuya a su persona la causa de mi propia pesadumbre? De ser el caso, no pudiese estar más equivocado. Más aún…”
—Jah…
Se llevó la mano a la boca con delicadeza, pero, aun así, se le escapó un suspiro que brotó inesperadamente de su interior.
—¿L-Lady Priscilla? — balbuceó Schult, desconcertado.
Era una risa que Priscilla no había pretendido dar, y que Schult provocó sin darse cuenta. Fue mérito de Schult desvelar la verdadera naturaleza de la nube oscura que se cernía sobre el corazón de Priscilla.
—¿Cómo osas insinuar que yo, Priscilla, podría sentirme sola? Oh, qué insolencia de tu parte.
—¿Q-Q-Qué…? Me equivoqué muchísimo, ¿cierto? Lo sabía…
—No. He de elogiarte por ello, más tu elección de palabras no fue precisa— felicitó Priscilla a su joven sirviente, reprimiendo su agitación.
Colocó su abanico sobre la frente del nervioso niño con una sonrisa. Schult se mostró sorprendido por su declaración, para después darse una palmada en el pecho como si se sintiera aliviado. Tonto, ignorante y, por consecuencia, inocente. Los ojos carmesí de Schult pueden haber vislumbrado lo más profundo del corazón de la Princesa Escarlata, que seguía ardiendo con un calor intenso y ferviente.
—Schult, has de no divulgar más tus observaciones sobre mis emociones a nadie— advirtió Priscilla.
—¿Sobre que Su Señoría parecía sentirse sola?
—He de no admitir que me siento sola— respondió ella desaęante, —no obstante, deseo eludir cualquier malinterpretación. Te ordeno el mantener la boca cerrada, mi leal vasallo de ojos radiantes y ardientes.
Los ojos rojos de Schult brillaron y se detuvo un momento antes de asentir.
—Sí, lo entiendo muchísimo— respondió.
Al oír su respuesta, Priscilla se llevó las manos a su abundante pecho, sintiendo cómo la nube oscura se disipaba poco a poco.
“Qué humillante, y a la vez intrigante, que este niño, Schult, tuviese razón y al mismo tiempo fuese desacertado en sus observaciones.”
La guerra entre los hermanos, impulsada por el cariño que se tenían uno por el otro, había terminado tal y como Priscilla previó. Por otro lado, aún no era exactamente lo que ella había esperado.
“Si no se puede concluir deęnitivamente que los pensamientos, sentimientos y amor entre hermanos pierdan su fulgor al afrontar diversos factores, y que su calidez y destello eventualmente queden eclipsados, entonces…”
—¿Fui yo la que faltó a eso? ¿O fuiste tú, Hermano?— murmuró Priscilla, acariciando suavemente la mejilla del niño dormido en sus brazos sobre la cama.
Dirigió su pregunta a un fragmento de nube que se había disipado en su corazón. Obviamente, no hubo respuesta. La oportunidad de preguntar se había desvanecido hacía tiempo. No obstante, se aferró a la sensación de que la respuesta a sus inquietantes dudas se esclarecería en un futuro próximo.
“Hubiese sido suęciente si meramente lo olvidara y me mantuviera ajena a ello. Mas si tal premonición resurgiese del calor abrasador de mi corazón, la respuesta indudablemente habría de llegarme. Puesto que, después de todo…”
—Este mundo está hecho a mi conveniencia.
FIN

