Una Resistencia Demasiado Tardía
CAPÍTULO 2 Una Resistencia Demasiado Tardía
1
—¿Qué te pasa, chico? De repente pusiste una cara de idiota.
—¿Eh…?
Ante la voz de aquel hombre de rostro rudo y una llamativa cicatriz blanca, Subaru soltó una respuesta totalmente desconcertada. El hombre frunció su cicatriz de forma exagerada ante tal reacción.
—Te pregunto que qué vas a hacer al final. ¿Vas a comprar la manzane o no?
—¿Eh…?
—¡La manzane! ¿No dijiste que querías comer? Tú mismo me hablaste y de pronto se te pusieron los ojos en blanco, me pegaste un buen susto… Entonces, ¿qué?
Aquel hombre musculoso de cara curtida sostenía en su palma una pequeña y adorable fruta roja. Subaru alternó la mirada entre la fruta, idéntica a una manzana, y el rostro del sujeto de mediana edad.
—No, a ver… que estoy más quebrado que una promesa de político.
—¡Vete al diablo! Entonces solo estás perdiendo el tiempo. ¡Largo de aquí! Esto es un negocio, no tengo tiempo para atender a pobretones.
Apartado por un gesto despectivo, Subaru se retiró tambaleante hacia un costado del puesto. Entonces, Natsuki Subaru comenzó a mirar a su alrededor.
—¿Eh? ¿Qué…? ¿Qué está pasando?
Entre la duda y el desconcierto, lo único que pudo hacer fue soltar una pregunta que no iba dirigida a nadie en particular.
2
La calle seguía tan concurrida como siempre; salvo por algún carruaje tirado por lagartos que pasa de vez en cuando, los peatones ocupan constantemente todo el ancho de la calle.
Todavía es una hora en la que la luz del sol brilla con fuerza. La temperatura no es exactamente alta, pero al ver el pelaje de las razas con aspecto de hombre lobo que pasan frente a él, le surge un pensamiento distraído: “Uf, qué calor deben de tener”.
—¡Oye, que no es momento para tener pensamientos tan tranquilos como si fuera un turista!
Sujetándose la cabeza, Subaru giró el torso y realizó una pose de agonía con todas sus fuerzas, atrayendo las miradas de curiosidad de quienes lo rodeaban debido a lo inusual de su aspecto. Sin embargo, ahora no tenía margen para preocuparse por eso.
—Porque… hasta hace un momento era de noche, ¿cierto?
El sol está alto. Al menos, según el recuerdo de Subaru, ya debería haber caído la noche. Esa inversión instantánea de la noche al día le recordó a Subaru el momento de su invocación a este mundo. No obstante, había una condición claramente distinta entre aquella vez y esta.
—La herida del abdomen… no está.
Subaru se levantó el dobladillo de su chaqueta de gimnasia y revisó su vientre.
Había sido cortado por lo que parecía una hoja de gran tamaño y debió haber perdido una cantidad de sangre mortal. Sin embargo, en su vientre no había ni cicatrices ni rastro alguno de sangre.
Es más, en su amada chaqueta de gimnasia no se veía ni una mancha de polvo o lodo. La bolsa de la tienda de conveniencia seguía intacta en su mano, y en los bolsillos del pantalón permanecían tanto su teléfono celular como su cartera. En todos los sentidos, se encontraba en un estado inicial perfecto.
Sentía que se iba a volver loco.
Siendo consciente de la confusión en sus recuerdos, Subaru intentó recordar con desesperación lo ocurrido justo antes de perder el conocimiento.
Sí, le habían rajado el abdomen y lo habían intentado matar.
Creyó haber escuchado la voz de una mujer. Había encontrado un cadáver en el depósito de objetos robados, y el responsable de esa muerte lo había atacado a él también. Y en esa situación agónica…
—… ¡Es cierto, Satella!
Satella, que había entrado al depósito preocupada por él, también había sido víctima de aquella hoja asesina.
Al recordarlo, Subaru sintió un dolor punzante, como si le estrujaran las entrañas. Fue una sensación mucho más severa que el dolor físico: era el peso de su propia culpa.
—Me dijeron… que cuidara de Satella, ¿no?
Recordó la figura de Puck antes de desaparecer, mirándolo fijamente al hacerle ese encargo. Aquella promesa con el pequeño gato no había sido una palabra ligera.
Y, sin embargo, a pesar de las repetidas advertencias, Subaru dejó pasar la oportunidad por un simple descuido. La instrucción de Satella—gritar si pasaba algo—…incluso eso había fallado en cumplirlo.
—Soy un idiota… No, soy un estúpido. ¿Qué hago perdiendo el tiempo deprimido? Tengo que buscar a Satella y a Puck…
—”Puede que ambos estén muertos”.
Subaru sacudió la cabeza para espantar esa idea.
Si incluso él, alguien sin talentos, inútil y que apenas servía como un personaje secundario o relleno, había logrado salvar su vida… entonces no podía creer que aquella hermosa chica—capaz de usar magia, bondadosa, testaruda pero recta—, y aquel espíritu excéntrico e inalcanzable hubieran muerto.
O más bien, no quería que estuvieran muertos.
—Sea como sea, tengo que ir al bazar ahora mismo…
Si ese lugar fue el punto final de su conciencia, sentía que allí encontraría las pistas necesarias.
Decidirlo fue pasar a la acción; en esto, la rapidez de Subaru para tomar decisiones brillaba. En su mundo original, solía usar esa rapidez para decidir cosas como “hoy no voy a la escuela”, pero para el Subaru actual, significaba cortar de raíz sus dudas.
Sin embargo, esa decisión tan impetuosa se vio frustrada…
—Oye, hermano. Quédate un rato a jugar con nosotros.
Tres hombres, bloqueando el callejón, le cerraron el paso. Al mirar hacia donde provenían las voces, Subaru se quedó atónito, con la boca abierta.
—Vaya, vaya, ¿qué te pasa con esa cara de idiota?
—Seguro que no entiende la situación. ¿Por qué no se la explicamos?
Los tres hombres se burlaron de Subaru con sonrisas vulgares. Al mirarlos fijamente, Subaru se sintió como si estuviera presenciando una obra de teatro absurda.
Eran tres. Con una vestimenta que, siendo generosos, no se podía llamar arreglada, y rostros típicos de maleantes que emanaban mala educación y peor carácter. Subaru los reconocía a todos de una forma inevitable.
—Ustedes… por casualidad, ¿se golpearon la cabeza en algún lugar que yo no sepa?
Después de todo, eran los mismos tipos que, hace apenas unas horas, habían sido el detonante para que Subaru conociera a Satella y a los demás.
No había duda de que eran personajes secundarios, pero era difícil creer que tres tipos con caras idénticas estuvieran cometiendo exactamente el mismo delito de nuevo.
—O sea que, al verme solo, ¿vienen por la revancha…? Entiendo eso de querer atacar al eslabón más débil, pero tienen una puntería diabólica con el TIMING, panda de idiotas…
—¿De qué estás hablando? ¿Te falta un tornillo o qué?
Los hombres se mofaron de Subaru, quien quería resolver las cosas hablando pacíficamente. Ante esa actitud, incluso Subaru sintió que algo se encendía en su interior. Su intención de arreglarlo por las buenas era solo porque tenía prisa debido a la situación; por naturaleza, Subaru es alguien bastante impaciente.
—Está bien, hermanito. Por ahora, deja todas tus pertenencias ahí. Con eso te perdonaremos la vida.
—Ah, sí, sí. Todas mis pertenencias, claro. Como tengo prisa, me parece bien, en serio.
—¡Y también imita a un perro! ¡Ponte a cuatro patas, actúa como un perro y lloriquea como una nenita pidiendo ayuda!
—¡No se pasen de listos, maldita seaaaa!
Debido a que los hombres soltaron un comentario tan arrogante, el hilo de su paciencia se cortó antes de tiempo.
La repentina explosión de ira de Subaru desconcertó a los hombres. En medio de su estupor, Subaru fijó su objetivo en el tipo más flaco: el que tenía el cuchillo, el mismo que fue la causa de su derrota en la pelea anterior.
—¡Primero vas tú! ¡Alguien que no sabe el valor de la vida merece morder el polvo!
Con un golpe de palma con todas sus fuerzas, le levantó la barbilla al hombre y, acto seguido, le hundió el puño en el torso totalmente desprotegido. El sujeto salió despedido contra la pared y quedó fuera de combate. Inmediatamente, Subaru le lanzó una zancadilla al siguiente.
Incapaz de reaccionar ante la rapidez del evento, el hombre que recibió la patada rodó por el suelo. En ese hueco, Subaru cargó contra el último.
Con un placaje bajo, levantó al hombre y lo estrelló con todo y cuerpo contra la pared. Remató con una patada al sujeto que gemía por el golpe en la espalda.
Subaru se dio la vuelta y provocó al que se había caído haciéndole señas con la mano.
—¡Vamos, ahora uno contra uno! ¡Atácame con honor!
—¡Después de atacarnos por sorpresa, ¿qué honor ni qué ocho cuartos?! ¡Maldito mocoso!
Con la adrenalina a tope y sintiéndose imparable, Subaru enfrentó al hombre que, rojo de ira, se abalanzó sobre él. El sujeto lo agarró por el cuello del chándal intentando empujarlo contra la pared con el impulso, pero…
—¡Demasiado… lento!
Sujetando ambas muñecas del hombre que lo agarraba, Subaru las apartó con una fuerza física superior a la de su oponente. Al ver la clara perturbación en el rostro del tipo, Subaru deformó sus ojos de mirada pesada en una expresión malvada.
—No subestimes a un vago con mucho tiempo libre, soy un estudiante que no va a clase. Mi fuerza de agarre, entrenada diariamente agitando una espada de madera sin ninguna razón en particular, supera los setenta kilos. ¡Y puedo levantar hasta ochenta kilos en BENCH PRESS!
El hombre soltó un alarido cuando Subaru empezó a estrujarle las muñecas. En cuanto su postura se desmoronó, la rodilla de Subaru impactó contra él, dejando al matón retorciéndose de dolor. Tras rodearlo rápidamente, Subaru le pasó los brazos por la cintura y sentenció:
—Si mueres, no me guardes rencor. ¡Es algo que siempre quise intentar: un uranage a ras de suelo!
Lo levantó siguiendo la técnica de un backdrop y, a mitad del movimiento, lo lanzó con violencia. El hombre, indefenso, se golpeó la cabeza contra la pared y cayó al suelo sin volver a hacer el menor movimiento.
Tras confirmar que dos de ellos estaban fuera de combate, Subaru se dirigió finalmente hacia el primero que había derribado: el tipo del cuchillo. El hombre, que era quien menos daño había recibido, intentó sacar su arma con manos sudorosas al ver que Subaru se acercaba. Como intentó hacerlo, Subaru le propinó una patada implacable en pleno rostro. Hundido.
—¡Toma… pan comido! ¡Nunca se ha visto que el mal triunfe en este mundo!
Natsuki Subaru celebró su victoria en solitario con un gesto de triunfo. Tras asegurarse de que ninguno de los tres estuviera muerto, abandonó el callejón a toda prisa.
—La situación no ha cambiado en absoluto, pero bueno. Tengo que darme prisa y llegar al bazar de objetos robados.
Al salir a la calle principal totalmente ileso, le molestó escuchar algunos “Oh” de asombro por parte de los transeúntes, que parecían no esperar ese resultado. Le daban ganas de darles un sermón: si se dieron cuenta de que lo estaban asaltando, ¡lo que tenían que hacer era avisar a la guardia!
Por supuesto, como no podía permitirse perder ni un segundo, no tuvo más remedio que alejarse del lugar a paso ligero.
3
Habiendo consumado su venganza en el callejón, Subaru llegó a lo más profundo del barrio bajo—frente al depósito de objetos robados— cuando el sol ya se había inclinado considerablemente, marcando el inicio del atardecer.
—Por… Por fin lo encontré… Mierda, me tomó demasiado tiempo.
Limpiándose el sudor de la frente, Subaru se desplomó frente al destino que tanto le había costado alcanzar. Entre una cosa y otra, había corrido de aquí para allá, desperdiciando casi dos horas antes de llegar.
—Pensé que no me perdería, considerando que acababa de estar aquí hace nada…
Como era de esperar, el no poder leer los carteles fue un obstáculo enorme para él. Además, no podía ir preguntando abiertamente por el “bazar de objetos robados” fuera de los barrios bajos, así que tuvo que confiar únicamente en su memoria.
—La vez anterior estaba tan ocupado hablando con Satella o embobado mirándola… Normal que apenas recordara el camino.
Subaru soltaba comentarios ligeros mientras estaba empapado en sudor.
Sin embargo, ahora tenía frente a sus ojos la escena del mayor crimen de su vida, un lugar del que no podía apartar la mirada.
Por más que intentara engañarse con monólogos frívolos, no podía engañar a su propio interior. Su corazón latía con fuerza, y el ritmo acelerado de las pulsaciones volvía pesadas las puntas de sus dedos.
La saliva se le secaba, haciendo que le escociera la lengua, y un zumbido ensordecedor golpeaba su cabeza una y otra vez.
Dentro de ese depósito se encontraba la respuesta que Subaru buscaba.
Por un instante, la escena que presenció allí dentro cruzó por su mente como un flashback: el cadáver del anciano, su propio vientre desgarrado
y la figura trágica de Satella, a quien había arrastrado a ese destino por su culpa.
—No tengas miedo, no tengas miedo… ¡No te acobardes, mierda! Soy un idiota… No, soy un gran estúpido. He llegado hasta aquí, no puedo dar media vuelta sin ver la respuesta.
Para empezar, no tenía ningún lugar al cual regresar. En este momento, solo tenía un único punto de apoyo en el mundo.
Subaru se dio cuenta de que sus rodillas temblaban al intentar dar un paso al frente tras armarse de valor. Golpeó sus piernas vibrantes para calmarlas, respiró hondo una vez más y avanzó.
Bajo la luz anaranjada del atardecer, la tosca puerta del depósito de objetos robados parecía rechazarlo en silencio.
—¿Hay… alguien ahí?
Reprimiendo esa ilusión nacida de su propia cobardía, Subaru llamó a la puerta mientras alzaba la voz.
Un sonido sordo resonó, pero no hubo respuesta. Solo un silencio insoportable le fue devuelto, y esa quietud le resultó tan aterradora que Subaru empezó a golpear la puerta con los puños con más fuerza.
—¡Alguien… tiene que haber alguien ahí! Por favor, respondan… se los ruego.
Se aferraba a una esperanza frágil, deseando que alguien le hiciera creer que la escena que había presenciado antes no era más que un error.
Incapaz de soportar la agitación de Subaru, la puerta crujió y las bisagras empezaron a deformarse. Y entonces…
—¡Pero qué escándalo! ¡¿Acaso pretendes derribar la puerta sin conocer las señales ni la contraseña?!
La puerta se abrió de par en par con tal ímpetu que Subaru, que tenía todo su peso apoyado en ella, salió volando.
Tras ser desplazado casi cinco metros desde la entrada y rodar por el suelo de forma patética, Subaru levantó la vista totalmente desconcertado.
Ante su mirada estupefacta, se encontraba un anciano calvo con el rostro enrojecido por la ira.
Su cuerpo gigantesco y musculoso estaba envuelto en trapos sucios, y su cabeza calva y pulida reflejaba el rojo del sol poniente.
En resumen, era un viejo calvo, enorme y extremadamente vigoroso.
—¡¿Quién eres tú?! ¡¿A qué vienes con esa cara que no conozco?! ¡¿Cómo te enteraste de este lugar?! ¡¿Cómo llegaste?! ¡¿De parte de quién vienes?!
Con una velocidad asombrosa, el viejo acortó la distancia y levantó a Subaru por el cuello como si no pesara nada.
Al sentir sus pies colgando en el aire, Subaru comprendió su lugar en el mundo. Pensaba que no perdería a menos que el oponente fuera excepcional, pero aquí estaba el oponente excepcional.
Sujetado por un viejo que medía más de dos metros, Subaru perdió cualquier voluntad de resistencia.
—…Mi nombre es Natsuki Subaru. Un vago sin cita previa… ¿Podrías, por ahora, bajarme?
Lo máximo que pudo hacer fue pedir, indirectamente, que lo dejara poner los pies en la tierra para poder hablar.
4
A pesar de que el encuentro comenzó con una impresión terriblemente mala, Subaru logró que lo invitaran a pasar al interior del depósito de objetos robados. Lo consiguió gracias a que describió la apariencia del hombre que le había dado la información sobre el lugar, explicando que venía de su parte.
Se sentó en uno de los asientos fijos para clientes que había en el mostrador, justo a la entrada, y reajustó la posición de su trasero con incomodidad.
Como la parte del asiento estaba astillada, sentía un pinchazo agudo cada vez que se movía. Era una situación tan precaria que, si su ano estuviera a punto de estallar, aquello podría haber servido de detonante.
—¿Qué pasa que no dejas de moverte desde hace un rato? ¿Se te ahogan las bolas o qué?
—No es que me preocupe la posición de mi “hijo”. Y, para empezar, ¡no abras la conversación con temas de cintura para abajo!
El anciano, para quien la palabra “gigante” era mucho más adecuada que “alto”, se encorvó con dificultad. Sacó una botella de debajo del mostrador, vertió el contenido en una copa y se la llevó a los labios.
—Vienes a interrumpir mi trago con tanto escándalo. Más te vale que no sea para una tontería.
—Apenas se está poniendo el sol y ya te pones a beber… Vas a morir joven si sigues así.
Soltando esa respuesta mordaz, Subaru se apoyó en su mano y recorrió con la mirada el interior del depósito.
El bazar al atardecer… No había ni rastro de la tragedia que Subaru había vivido.
Solo hileras de objetos robados, caóticas y sin ninguna armonía; era imposible saber si estaban tirados así por descuido o si seguían algún tipo de orden.
Tal vez notando su escrutinio, el anciano frente a él entornó los ojos con intención.
—¿Qué pasa, mocoso? ¿Te interesan los objetos robados?
Había dado en el clavo. La negociación con el gigante—quien se presentó como el Viejo Rom— avanzó más rápido de lo esperado, quizás porque Subaru tuvo el acierto de presentarse primero. Al otro lado del mostrador, Rom soltó una pequeña risotada mientras rellenaba su vaso sucio.
—Bueno, los que vienen aquí lo hacen por una de dos razones: o traen algo robado, o buscan algo robado.
—…Es cierto, uno de mis objetivos es ese.
—¿Uno? Eso significa que tienes otro asunto pendiente, ¿no?
Ante la afirmación condicionada de Subaru, Rom arqueó una ceja. Subaru asintió y luego, con vacilación y preparado para que se burlaran de él, lanzó la pregunta:
—Va a sonar estúpido, pero… viejo, ¿no te has muerto recientemente?
Se guardó el detalle de “con el cuello y el brazo derecho rebanados”. Rom abrió de par en par sus ojos grisáceos por un instante. Pero, de repente, como si el tiempo volviera a correr, estalló en una carcajada.
—¡Ja, ja, ja, ja! Menuda cosa vienes a decir. Admito que soy un viejo que está cerca del hoyo, pero por desgracia aún no me muero. Aunque a mi edad, supongo que ya no es un tema tan lejano.
Riendo como si hubiera escuchado un chiste fenomenal, Rom le ofreció un vaso: “¿Quieres?”. Subaru rechazó el alcohol con un gesto y se disculpó con pocas palabras.
Se disculpó, sí, pero la sensación de extrañeza en su interior no hacía más que crecer. Aquel cadáver que vio en el bazar… sin duda alguna, era este hombre que tenía enfrente.
Es cierto que estaba oscuro y que el impacto de ver un muerto por primera vez le impidió mantener la calma, pero Rom era un anciano con rasgos tan característicos que era difícil confundirlo. Sin embargo, ahí estaba, rebosante de salud.
Lo mismo se aplicaba al propio Subaru. Él también había recibido una herida mortal. Empezó a desconfiar de su propia cordura, preguntándose si todo no habría sido un sueño diurno.
—¿Me estás diciendo que todo eso fue un sueño…? Si es así, ¿dónde empieza y dónde termina el sueño? ¿Y por qué demonios estoy en este mundo?
Si el dolor ardiente, la calidez de la chica que rozó brevemente e incluso ese sentimiento de culpa que casi lo mata de rabia no eran más que restos de una ilusión, ¿qué hacía él allí? Casi preferiría que le dijeran que todo, desde la invocación al otro mundo, era un sueño.
—Viejo Rom… ¿no has visto por aquí a una chica de cabello plateado?
—¿Cabello plateado…? No, no he visto a nadie tan extraño. El cabello plateado es un rasgo que llama la atención, y para mal. Por mucha mella que haya hecho la edad en mi cabeza, no lo olvidaría tan fácilmente.
Rom soltó una carcajada estrepitosa, pero la expresión de Subaru no mejoró. Tal vez al captar la seriedad en su actitud, el Viejo Rom dejó de reír en seco y sentenció:
—Bebe.
Una vez más, empujó el vaso frente a Subaru. Inclinó la botella sobre el cristal vacío y vertió un líquido de color ámbar hasta el borde. Ante un Subaru que observaba en silencio, Rom repitió con firmeza:
—Bebe.
—Lo siento, pero no estoy de humor. Además, no soy un mocoso como para creer que beber me hace ver más rudo.
—Idiota. Precisamente al que no puede hacerse el rudo bebiendo es al que llama mocoso. Trágatelo de un golpe y deja que te queme las entrañas. Cuando no aguantes el calor, verás cómo terminas escupiendo todo lo que llevas dentro. Así que bebe.
Insistió Rom por tercera vez, empujando el vaso hacia él.
Presionado por esa actitud inflexible, Subaru tomó el vaso y acercó el líquido ámbar a su nariz. El intenso olor a alcohol golpeó sus fosas nasales, haciéndolo arrugar la cara mientras contenía las ganas de toser.
Sin embargo, a pesar de su postura de rechazo, sentía el impulso de seguir el consejo de Rom.
Y eso que siempre había pensado que refugiarse en el alcohol era lo más patético que podía hacer un adulto.
—¡Da igual! ¡Que sea lo que Dios quiera!
Inclinó el vaso y dejó que el alcohol fluyera de golpe por su garganta. Al instante, sus órganos internos gritaron como si los estuvieran quemando; Subaru estrelló el vaso contra el mostrador con la misma inercia.
—¡Pfffff! ¡Agh! ¡Sabe fatal! ¡Quema! ¡Sabe a mierda! ¡Maldita sea, qué jodido asco!
—¡No lo repitas tantas veces, malagradecido! ¡El que no sabe apreciar el sabor del alcohol se pierde la mitad de la vida!
Mientras Subaru exhalaba el calor acumulado, Rom gritaba al tiempo que él también bebía, volcando la botella para tomar directamente de ella con gran estruendo. Tras pasar por su garganta al menos tres veces la cantidad que había bebido Subaru, el anciano soltó un eructo rudo y se rió.
—¡Pero ha sido un buen trago! ¿Sientes que ya puedes escupir un poco lo que tienes ahí dentro?
—… ¡Sí! ¡Solo un poquito! Viejo, voy a cumplir con el otro objetivo por el que vine.
Devolviéndole una sonrisa maliciosa al anciano, Subaru se limpió el alcohol derramado con la manga y señaló hacia el fondo del bazar.
Parecía que los artículos más valiosos estaban agrupados por allá. Al ver que el rostro de Rom se tornaba serio, Subaru habló con claridad:
—Busco una insignia con una joya incrustada. Quiero que me la entregues.
Esa era la razón original de su visita, aparte de confirmar si Satella estaba bien.
La insignia con la gema que le habían robado a ella. Aunque no conocía los detalles, sabía que para ella era un objeto por el que valía la pena arriesgarse con tal de recuperarlo.
Incluso si el paradero de la chica seguía siendo un misterio, confirmar la existencia de la insignia sería una pista sólida.
Ante la petición de Subaru, cargada de una esperanza desesperada, el Viejo Rom puso cara de pocos amigos.
—Una insignia con una joya… No, lo siento, pero no han traído nada igual.
—… ¿Estás seguro? Dale al coco. ¿No será que ya estás senil y te falla la cabeza?
—Si no lo recuerdo ahora que el alcohol me tiene en plena forma, solo puedo decirte que no lo sé. Pero…
Justo cuando la última esperanza de Subaru parecía cortarse, Rom sonrió de forma enigmática.
—Hoy, después de esto, todavía tengo una entrega pendiente. Y además me han dicho de antemano que es mercancía de primera… Hay muchas posibilidades de que sea lo que estás buscando.
—Y esa persona que lo trae es, por casualidad… ¿una chica llamada Felt?
—Exactamente… Pero ¿qué pasa? ¿Hasta sabes el nombre de quien te robó?
Subaru no pudo evitar cerrar el puño en señal de victoria. El hilo que pensaba que se había cortado definitivamente volvía a conectarse justo aquí.
Había surgido el nombre de Felt, la chica que presuntamente robó la insignia.
Por lo tanto, eso también demostraba la existencia real de la chica llamada Satella, a quien le robaron el objeto.
Al menos, ya podía descartar la posibilidad de que aquella chica de cabello plateado fuera un “personaje de evento” conveniente creado por su propia imaginación.
—Por un momento me asusté pensando que mis gustos por las heroínas de pelo plateado se habían manifestado en la realidad…
—Siento arruinar tu alivio, pero que traigan el objeto y que tú puedas comprarlo son cosas muy distintas, ¿sabes? Si se trata de un artículo con una joya, tendrá un precio considerable.
—¡Ja! Es inútil que intentes estafarme. ¡Porque soy un hombre que no tiene ni donde caerse muerto!
—¡Entonces no tenemos nada de qué hablar!
Gritó el Viejo Rom, sintiéndose burlado.
Sin embargo, Subaru movió el dedo índice de lado a lado frente a él.
—Tsk, tsk, tsk. Es cierto que no tengo dinero. ¡PE-RO! En este mundo, el dinero no es la única forma de conseguir cosas. Existe ese método primitivo llamado intercambio, ¿no?
Rom no refutó. Ante el silencio que lo instaba a continuar, Subaru asintió y rebuscó en el bolsillo de su pantalón. Lo que extrajo en su mano fue…
—… ¿Y esto? Es la primera vez que veo algo así.
—¡Lo que tengo aquí es el artefacto mágico que congela el tiempo de todas las cosas: el “Teléfono”!
Era un teléfono móvil blanco, delgado y compacto. Mientras Rom observaba aquel objeto misterioso con total desconcierto, Subaru operó los botones con rapidez… e inmediatamente, una luz blanca rasgó la penumbra de la tienda.
Se escuchó el sonido de un obturador y el Viejo Rom, asustado por la cadena de luz y sonido, se cayó hacia atrás detrás del mostrador. Subaru se rió ante una reacción tan exagerada, pero Rom estaba indignado.
—¡¿Qué ha sido eso?! ¡¿Acaso pretendes matarme?! ¡No me subestimes, haciendo trucos tan sospechosos!
—Espera, espera. Cálmate, respira hondo, baila un poco y luego mira esto.
Subaru le puso la pantalla del teléfono frente a Rom, quien todavía tenía el rostro enrojecido (y no por el alcohol). El anciano obedeció con una mirada de sospecha, pero de pronto sus ojos se abrieron de par en par.
—Esto es… mi cara, ¿no? ¿Qué clase de truco de magia es este?
—Te lo dije. Este es un objeto maravilloso que recorta y congela el tiempo a conveniencia. Con esta herramienta, acabo de recortar un momento del tiempo del Viejo Rom y lo he encerrado aquí dentro.
Mientras decía esto, giró la cámara y se tomó una foto a sí mismo. Al mostrarle la pantalla de nuevo, apareció la imagen estática de Subaru haciendo el signo de la paz.
—Así es como recorta el tiempo. ¿Qué te parece? ¿A que es raro?
—Esa cara y esa pose de presumido me dan un poco de grima, pero ciertamente esto es… hmmm…
A pesar de criticar la pose de Subaru, la mirada y el interés de Rom estaban clavados en el teléfono. Al ver que el anzuelo había mordido más de lo esperado, Subaru apretó el puño convencido de su éxito.
—Es la primera vez que veo uno… ¿Será esto lo que llaman un “Metia”?
—¿Un “Metia”?
“No, en realidad es un teléfono de tapita”, estuvo a punto de responder Subaru, pero el Viejo Rom asintió con gravedad.
—Es el nombre genérico que se le da a los objetos que permiten usar magia incluso a aquellos que, a diferencia de los magos, no tienen sus “puertas” abiertas. Por lo visto, el nombre significa algo así como “un regalo caído del cielo”.
Así que el nombre para los objetos de tipo mágico era Metia. Subaru asintió, encontrando el término extrañamente familiar al oído. El Viejo Rom volvió a dejar sobre el mostrador el teléfono que había estado examinando minuciosamente.
—El valor de esta cosa es, ciertamente, incalculable. Llevo mucho tiempo trabajando en este depósito de objetos robados, pero es la primera vez que trato con un negocio relacionado con un Metia. No hay duda de que alcanzará un precio altísimo.
Parecía que, incluso en el mundo del hampa, a un comerciante le entusiasma manejar mercancía excepcional.
Rom, hablando un poco más rápido debido a la emoción, se acarició la barbilla mientras miraba a Subaru desde su gran altura.
—Precisamente por eso, cambiar esto por un simple adorno, por mucha joya que tenga, es una pérdida demasiado grande para ti. Con esto podrías obtener mucho más; no, no hay necesidad de mezclarlo con algo que no deja de ser un objeto robado cualquiera.
Para ser un delincuente de poca monta que se dedicaba a convertir robos en dinero, era un consejo extrañamente considerado. Ante la tentadora advertencia del anciano, Subaru sonrió con amargura.
Ciertamente, desde fuera, su comportamiento debía de parecer increíblemente estúpido. Pero no le importaba.
—Sí, así está bien. Cambiaré este “Metia” por la insignia que traiga esa chica llamada Felt.
—¿Por qué llegar a tanto? ¿Acaso vale más que este “Metia”? ¿O vas a decirme que tiene un valor que no se puede medir con dinero?
Rom hablaba con tono de incredulidad. Subaru pensó que, si él fuera un tercero, habría llegado a la misma conclusión que el anciano.
—Para nada. A decir verdad, ni siquiera he visto el objeto original. Probablemente, aunque lo vendiera, no valdría más que este teléfono; no hay duda de que voy a salir perdiendo por mucho.
—Si lo entiendes tan bien, ¿por qué lo haces?
—Está claro, ¿no?
Subaru disfrutó ver cómo, por tercera vez, el Viejo Rom se quedaba atónito.
—Es que quiero salir perdiendo.
Esa era la respuesta.
—Quiero devolver un favor. Devuelvo lo que debo, ya sea un préstamo o una deuda. Soy un chico moderno y meticuloso, ¿sabes? Si no lo hago, no puedo dormir tranquilo. Por eso, aunque pierda una fortuna, recuperaré esa insignia.
—Ya veo… Por lo que dices, entiendo que la insignia no era tuya originalmente, ¿verdad?
—Es de una belleza de cabello plateado que me salvó la vida. No sé por qué, pero es algo muy importante para ella.
—¿Y esa benefactora? ¿No está contigo?
—¡Actualmente en paradero desconocido! ¡Es más, puede que el haber sido salvado, o incluso la existencia de esa chica, no sean más que delirios provocados por mi propia soledad!
Apretó el puño con fuerza, riéndose de la inseguridad que acababa de expresar y que antes había intentado negar. Recuperaría la insignia y, sin duda, volvería a encontrarse con ella. Quería ver su sonrisa.
—…Mocoso, eres un idiota de los grandes.
Al ver la firme determinación de Subaru, el Viejo Rom simplemente soltó una carcajada llena de diversión.
5
Subaru pasó por las fases preliminares de la negociación y luego dedicó un buen rato a charlar animadamente con el Viejo Rom.
Rom estaba especialmente fascinado con el “Metia”; Subaru llegó a pensar que, incluso en un mundo paralelo, la pasión que sienten los hombres por la alta tecnología era algo universal.
—Entre tu ropa y lo que traes, no dejas de mostrarme cosas raras. Esto también está… mmm, delicioso.
—A que está bueno… ¡Oye, te estás pasando! ¡Son mis papitas! ¡Podría ser la última vez que lo pruebe en mi vida!
—No seas tacaño. Quedarse con algo tan rico para uno solo es motivo para irse al infierno.
—¿Y el viejo que se come lo ajeno sin permiso no se va al infierno? Ignorar tus propios fallos para quejarte es un mal hábito de la generación de la posguerra… ¡Que dejes de comer!
Hubo una pequeña escena en la que Subaru, por un arranque de bondad, presumió de sus aperitivos y terminó con los ojos llorosos al ver cómo se los devoraban.
Guardó la bolsa vacía en la de la tienda de conveniencia con un nudo en la garganta y mucho arrepentimiento.
Y entonces, cuando el sol ya se había ocultado casi por completo, alguien llamó a la puerta del depósito.
Subaru, que empezaba a dormitar apoyado en el mostrador, levantó la cabeza. El cuerpo gigantesco de Rom se movió con agilidad hacia la puerta en respuesta a los golpes. El anciano, con expresión solemne, pegó la oreja a la madera:
—Para la gran rata.
—Veneno.
—Para la Ballena Blanca.
—Un anzuelo.
—Para el Dragón Divino.
—Mierda.
A las breves preguntas de Rom, se intercalaron respuestas groseras sin un segundo de vacilación. Eran santo y seña; aquel debía de ser el código del que hablaron. Rom quitó el cerrojo satisfecho. Mirando su espalda, Subaru tragó saliva con la garganta seca, sintiendo que el momento de la verdad había llegado.
—Siento haberte hecho esperar, Viejo Rom. Me tocó alguien inesperadamente persistente y me costó darle esquinazo.
Presumiendo de su hazaña con familiaridad, una chica pasó por al lado de Rom y entró en el bazar.
Era una joven de cabello rubio, peinado en una media melena algo desordenada.
Tenía ojos rojos como los de un conejo y un colmillo travieso que asomaba por la comisura de su boca. Su cuerpo menudo estaba envuelto en ropas que, para ser sinceros, eran simples harapos diseñados para facilitar el movimiento.
Subaru se puso de pie de un salto. Al notar el ruido del taburete y ver a Subaru observándola, la sonrisa de la chica desapareció de golpe.
—¿Eh? ¿Quién es este, oye? Viejo Rom, te pedí que no hubiera nadie porque traía un negocio importante, ¿no?
—Entiendo cómo te sientes. Pero ese mocoso está aquí porque tiene asuntos contigo… con Felt. Y bueno, no es que sea ajeno a ese negocio importante tuyo.

Ante la respuesta del Viejo Rom, el rostro de Felt se contrajo aún más en un gesto de sospecha. Al ver cómo se llevaba la mano al pecho inconscientemente, quedó claro que la insignia estaba ahí. Dirigió a Subaru una mirada cargada de cautela.
—¿Qué pasa con ese tipo? Viejo Rom, no me habrás vendido, ¿verdad?
—En todo el tiempo que nos conocemos, sabes que no cometería tal cosa. Simplemente creo que esto no será un mal negocio para ti.
Cerrando un ojo, Rom buscó la aprobación de Subaru con un “¿A que sí?”.
Experimentar el “raro y desagradable” momento de ver a un viejo guiñar el ojo ayudó a Subaru a disipar la tensión; fingió una pequeña arcada para romper el hielo y, bajo la mirada decepcionada de Rom, se volvió hacia la chica.
—No pongas esa cara. Para empezar, ¿qué tal una copa de bienvenida? Un poco de leche, por ejemplo.
—Tienes una cara de idiota llena de aberturas… No me importa lo que estés tramando, pero a mí solo me interesa saber si tus palabras se convertirán en dinero. Puedes ir directo al grano.
La reacción de Felt fue gélida. Subaru se encogió de hombros ante la mala impresión del primer encuentro.
—Le pedí un favor al viejo para que me hiciera un hueco y poder hablar contigo… Básicamente, lo que me interesa es esa insignia con una joya que pareces llevar guardada ahí.
Las cejas de la chica saltaron. El nivel de alerta subió un peldaño al confirmar que Subaru conocía el robo y los detalles del objeto. Pero él levantó ambas manos para intentar calmarla.
—No voy a usar las manos ni los pies. Solo la boca. Es decir, negociemos.
Con un dedo, señaló una pequeña mesa al lado del mostrador.
—Ni tú ni yo saldremos perdiendo. Busquemos un resultado en el que ambos salgamos ganando, un WIN-WIN.
Tras un momento, Felt asintió ante la propuesta de diálogo. Se sentaron frente a frente en la mesa indicada y el Viejo Rom, con tacto, sirvió dos vasos de leche ante ellos.
—Yo pongo el sitio y la leche, pero la negociación es cosa suya. Yo no me meto.
—Es una negociación en la que ya estoy resignado a que me desplumen. Mira cómo negocio sabiendo que me vas a estafar.
Dijo Subaru, haciendo crujir sus nudillos con una confianza que no venía a cuento.
Rom resopló ante el comentario. Por su parte, Felt probó la leche y arrugó el gesto.
—Oye, Rom. No habrás aguado esta leche, ¿verdad? Sabe horrible.
—Todos iguales… Uno ofrece cosas por cortesía y solo saben decir que “sabe fatal”…
Rom, quejándose de la falta de gratitud, acarició la cabeza de la insolente Felt con su enorme palma.
La imagen parecía que le iba a arrancar el cuello, pero era evidente por la cara ablandada del viejo que no había malicia. Felt también lo aceptaba como algo habitual.
—Parece que se llevan mejor de lo que esperaba. Me hacen sentir desplazado y solo.
—No digas cosas tan afeminadas con esa cara de criminal que compite con la de Rom.
—Me han dicho de todo, ¿¡pero me vas a comparar con este viejo?!
Subaru quedó estupefacto y miró al anciano calvo, sintiéndose totalmente abatido.
Sabía que su mirada algo siniestra solía causar malentendidos, pero no pensaba que estuviera al nivel de ser comparado con un gigante de más de dos metros.
—Ah, está bien, admito que me pasé un poco con eso. Mala mía, chico.
—En un caso así, me gustaría llegar a un acuerdo amistoso si me llamaras “hermanito” de forma adorable, pero por ahora te perdono. En el futuro, procura no herir a la gente con palabras tan crueles… ¿Qué pasa, Viejo Rom?
—No habrán venido los dos compinchados solo para hacerme perder los estribos, ¿verdad?
Rom sonreía, pero tenía una vena marcándosele en la frente. Subaru y Felt se miraron y se encogieron de hombros al unísono. Ante esa sincronía, Rom dejó escapar un profundo suspiro.
—Cielos… Justo cuando pensaba que Felt por fin tenía un conocido de su edad, resulta ser otro tipo de lo más extraño.
—…Rom, ¿podrías dejar de decir cosas tan vergonzosas? Me das repelús.
—Y lo de “su edad”… Bueno, supongo que, desde tu perspectiva, viejo, todo el mundo te parece joven.
Subaru observó a Felt de nuevo. Entre su apariencia y su desarrollo algo pobre, parecía tener unos doce o trece años. Siendo muy generoso, catorce como mucho. Para ser amigos o conocidos, había una diferencia de edad que resultaba un poco incómoda.
Ajenos al análisis de Subaru, Felt (con cara de pocos amigos) y Rom continuaron su discusión.
—¿Y de qué te sirve ir de lobo solitario por la vida? Algún día a mi cuerpo le empezará a fallar la maquinaria y llegará el momento en que no pueda cuidar de ti. ¿Piensas seguir sola incluso cuando eso pase?
—¿Cuántos años llevas diciendo lo mismo? Aparte de tu cabeza por repetir siempre lo mismo, a tu “maquinaria” no le va a pasar nada, Rom. Antes de que eso ocurra…
—¿Antes de qué?
Subaru cazó al vuelo el final de la frase, que se había ido apagando, y Felt levantó la mirada con aspereza. Sintiendo que se había metido en un terreno pantanoso y poco bienvenido, Subaru carraspeó.
Ya se habían desviado demasiado del tema principal; era hora de corregir el rumbo.
—Bueno, retomemos la negociación. A ver, Felt. Tienes la insignia, ¿verdad?
—…Sí, la tengo.
Ante la entrada directa de Subaru, Felt respondió con una afirmación honesta. Metió la mano en su ropa, sacó el objeto y lo depositó con suavidad sobre la mesa.
—La insignia que Subaru tanto había buscado. Era un broche con un diseño distintivo que representaba a un dragón.
Tenía el tamaño aproximado de un parche que cabría en la palma de la mano. Aunque no podía determinar el material, el diseño del dragón alado era muy elaborado; resultaba curioso ver cómo el dragón sostenía una gema roja en su boca abierta.
En el centro de la insignia, la joya roja emitía un brillo tenue que cautivó a Subaru por un instante.
—Y bien…
La voz de Felt lo trajo de vuelta a la realidad. Como para tentar a un Subaru que se había quedado absorto, Felt empujó la insignia hacia el borde de la mesa.
—Ahora enseña tú tus cartas. Esta insignia es una pieza de calidad, y además me costó bastante conseguirla. A ambos nos convendría que lo que ofrezcas esté a la altura, ¿no piensas eso?
—Siento decepcionar esa sonrisa maliciosa con la que me pones a prueba, pero solo tengo una carta que jugar. ¡Porque yo soy un hombre que no tiene ni donde caerse muerto!
Subaru infló el pecho con orgullo, provocando que Felt pusiera una cara de asco increíble.
—Vaya, parece que en cuanto menciono que no tengo ni donde caerme muerto, todo el mundo pone la misma cara.
Dejando de lado ese sentimiento interno, Subaru jugó su única y más poderosa carta tal como había anunciado.
Al ver el teléfono móvil aterrizar sobre la mesa, Felt puso la cara de desconcierto que él esperaba. Aprovechando su reacción, Subaru activó la cámara del teléfono y exclamó:
—¡Toma esto! ¡Ráfaga de nueve disparos por segundo!
—¡Ah! ¡Gua, gua, gua! ¡Oye, qué es ese ruido! ¡Me dejarás ciega, maldita sea!
Destellos de luz blanca estallaron y el sonido mecánico del obturador se repitió a una velocidad asombrosa.
Felt parecía querer quejarse por la falta de modales de Subaru al tomarle fotos sin permiso, pero antes de que pudiera abrir la boca, él les puso la pantalla frente a los ojos. Al ver su propia imagen mostrada en el dispositivo, ella abrió los ojos de par en par.
—Esto es…
—¡Exacto, te he capturado! Es un “Metia” que recorta el tiempo y lo deja plasmado. Propongo un intercambio: esa insignia por este Metia.
Jugó su mejor carta desde el primer movimiento, intentando dominar la negociación por pura inercia. Es una táctica estándar: un movimiento agresivo que, dependiendo de la situación, puede decidir el curso de los acontecimientos por sí solo.
Por supuesto, este método también equivale a declarar al oponente que no tienes ninguna carta más fuerte, y Subaru básicamente acababa de admitir eso de palabra.
—Ya veo, es impresionante. Entonces, Viejo Rom, ¿por cuánto se vendería este “Metia”?
Subaru se sorprendió por la reacción tan fría de Felt, quien solo asintió con un leve “ajá” tras echar un vistazo a la pantalla.
No le brillaron los ojos, ni siquiera intentó tomar el teléfono con sus manos.
Su interés no radicaba en la funcionalidad o en la rareza tecnológica, sino exclusivamente en un punto: cuánto dinero valía aquello.
—¡¿Acaso el romanticismo por la alta tecnología está limitado a los hombres incluso en un mundo paralelo?! ¡Qué triste!
—Cállate, no hagas tanto escándalo. Por mi parte, si este Metia o lo que rayos sea se vende por más que la insignia, me doy por satisfecha. En ese aspecto, confío plenamente en el Viejo Rom.
—Bueno, no puedo darte una cifra exacta. Pero, en conclusión, no hay comparación. Creo que esa insignia valdrá una buena suma… pero palidece ante un Metia. En resumen, mi conclusión es que, en este trato, tú saldrías ganando bastante, Felt.
—Ya veo, ya veo. Entonces, supongo que no está mal.
Felt parecía satisfecha tras recibir el visto bueno de Rom.
Aunque la reacción no fue exactamente como Subaru había planeado, parecía que iba a lograr su objetivo, lo cual lo llenaba de satisfacción. Sin embargo, justo cuando Subaru estiró la mano para cerrar el trato, Felt lo detuvo con un “espera”.
—El intercambio de cartas ha terminado. Pero mi parte de la negociación aún no ha acabado, ¿sabes?
—No me hace ninguna gracia que declares abiertamente que vas a intentar estafarme. Y aunque quieras subir el precio, es imposible. Ya te lo dije: ¡Estoy a un nivel superior de los muertos de hambre!
—Yo tampoco soy tan malvada. El viejo Rom ya ha dicho lo suficiente; acepto que este “Metia” vale más que la insignia.
Felt se puso de pie y miró a Subaru desde arriba.
—Aunque… eso de que no tienes más cartas que jugar es mentira, ¿verdad?
Sus ojos rojos brillaron como si estuvieran tasando su valor, y Subaru sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.
Ya había jugado su carta del teléfono móvil, su carta con mayor poder de negociación. Sin embargo, todavía le quedaban algunas cosas que probablemente tendrían valor en este mundo. En el peor de los casos, estaba dispuesto a entregar algo más aparte del teléfono que usaba como cebo, pero…
—Tranquilo, te lo he dicho, ¿no? No tengo intención de sacarte nada más. A mí me basta con que esto se convierta en dinero.
Riéndose de la ansiedad de Subaru, Felt dio una palmadita. Él contuvo el aliento y desvió la mirada mientras respiraba hondo, intentando que no se notara lo alterado que estaba.
—Entonces, ¿qué significa eso de que la negociación no ha terminado?
—¿Eh? Ah, es sencillo. Significa que mi socio para esta negociación no eres solo tú, chico.
Subaru puso cara de interrogación. Como respuesta, Felt levantó un dedo.
—Para empezar, robé esta insignia porque alguien me lo pidió. El trato era entregarla a cambio de diez monedas de oro sagrado.
—¡¿O sea que el robo fue por encargo?! Diez monedas de oro… No tengo ni idea de cómo está el mercado, pero…
Miró de reojo al Viejo Rom, quien asintió como si leyera sus pensamientos.
—Si yo tuviera que vender esa insignia, la vendería por unas cuatro o cinco monedas de oro. Si me presionan mucho, puede que bajara a tres.
—Entonces, ¿el precio que le ofrecen es el doble?
—No, ha dicho “oro sagrado”, ¿recuerdas? A diferencia de las monedas de oro comunes que circulan por ahí, las de oro sagrado están hechas de un material raro. Diez de esas valen casi lo mismo que veinte monedas de oro normales.
—¡¿O sea que es más de cuatro veces el valor?!
—¿De qué te sorprendes? Ese Metia que traes vale, como poco, veinte monedas de oro sagrado. Y dependiendo del coleccionista, podrías sacar mucho más. No hay ni punto de comparación.
En este mundo donde los precios aún le resultaban confusos, saber que existía una divisa superior al oro y que su teléfono valía veinte de esas piezas le dejó estupefacto.
—Si el Metia se va a vender por más, ¿cómo vas a rechazar al que te encargó el robo?
—Por eso te dije que iba a subir la apuesta.
La cara de sabionda de Felt se torció en una sonrisa aún más pícara.
—Tú has puesto sobre la mesa algo carísimo. Si el otro bando de verdad quiere la insignia, quizás se vean obligados a añadir algo más a la recompensa, ¿no crees?
—…O sea, ¿que si la otra parte ofrece más de veinte monedas de oro sagrado…?
—Entonces, chico, o juegas el resto de tus cartas para superar su oferta, o la partida se acaba para ti.
Felt lo soltó con total naturalidad, con una expresión que ya no era solo pícara, sino directamente malvada. Ante este giro de los acontecimientos, el semblante de Subaru empezó a oscurecerse.
—Y bien, ¿dónde y cuándo has quedado con ese cliente? Supongo que me dejarás sentarme a esa mesa de negociación, ¿verdad?
—Por supuesto. Si te pongo en desventaja de forma unilateral, yo también podría perder beneficios. Y en cuanto al lugar, no te preocupes. Es aquí mismo.
Felt dio unos golpecitos en el borde de la mesa y se recostó en la silla mientras miraba al Viejo Rom.
—Con Rom delante, la opción de usar la violencia desaparece para casi cualquiera. Solo de pensar en pelear con un bárbaro con tal apariencia, se te quitan las ganas.
Felt buscó su aprobación y Subaru, tras echarle un vistazo a Rom, asintió repetidamente. Por su parte, a Rom no parecía molestarle la descripción que hacían de él.
—¿Así que no pueden hacer nada sin mí? Qué lamentable. ¿Quieren más leche? Tengo algo de dulce por aquí.
En ese momento, el Viejo Rom parecía el típico abuelo que consiente demasiado a su nieta.
Felt recibía su vaso de leche, que un Rom de excelente humor servía hasta el borde. Al verla, Subaru soltó un suspiro de incredulidad.
—Pero vamos, si ya habías citado aquí a la otra parte desde el principio, significa que tenías toda la intención de regatear el precio incluso si yo no hubiera aparecido.
—Pues claro. ¿Cuánto esfuerzo crees que me costó robar esto? Además, si alguien tan frágil como yo va sola a la cita y el tipo decide no pagar, ¿qué hago? Me quedaría con una mano delante y otra detrás, ¿no crees?
—”Frágil”, sí, claro…
Si uno juzgaba por su apariencia menuda y esbelta, el adjetivo no era incorrecto, pero tras experimentar su fortaleza mental y su descaro, a Subaru le costaba horrores llamarla “frágil”.
Es más, haciendo memoria, en el proceso de robar esa insignia, ella había abandonado a un Subaru que se encontraba en una situación de vida o muerte.
Al recordarlo, empezó a sentir una punzada de irritación y le entraron ganas de soltarle algún reproche.
—Por cierto, ¿es que no te acuerdas de mí?
—¿Eh? ¿Nos hemos visto en alguna parte? Mira, a menos que hayamos tenido un encuentro superimpactante, no tengo tiempo para ir recordando caras. Además, chico, tienes un aspecto bastante promedio. Solo destacan el color de tu pelo y esa ropa rara.
Felt soltó una carcajada. No parecía haber ni rastro de mentira en su actitud, y sumado al hecho de que acababa de insultar su apariencia mediocre, Subaru se quedó sin palabras.
Tal vez en este mundo el concepto de “humanidad” estaba completamente extinto. Esa mentalidad de olvidar tan campantemente una escena de intento de homicidio era la prueba.
Aunque, por otro lado, estaba Satella, que lo ayudó sin ganar nada a cambio, y el Viejo Rom, que pese a ser un delincuente de poca monta resultaba difícil de odiar.
Supongo que en este mundo también hay de todo. No es bueno juzgar mirando solo lo malo.
—Bueno, dejemos de lado tu lamentable memoria. ¿A qué hora viene esa persona?
—Qué forma tan irritante tienes de hablar… Le dije que terminaría el trabajo para el atardecer, así que quedamos aquí después de la puesta de sol… Y como ya oscureció, debería estar al caer, ¿no?
Como si sus palabras fueran el detonante, un golpe seco y agudo resonó en la puerta. Los tres se miraron entre sí.
—¿Y el código?
Preguntó Rom.
—Ah, se me olvidó decírselo. Probablemente sea mi cliente, voy a ver.
Respondió Felt sacando la lengua con picardía.
Se levantó de un salto y se dirigió a la entrada con la confianza de quien está en su propia casa.
—¿Vas a dejar que haga lo que le dé la gana?
—Bueno, nos conocemos desde hace tiempo. Nuestra relación no es corta… Me limitaré a dejar que dependa de mí.
Respondió el anciano, casi con entusiasmo.
Parecía que al abuelo le encantaba sentirse útil. Rom se dirigió al fondo del bazar y sacó un garrote. Medía más o menos como un shinai de kendo y el material parecía madera, pero de la punta sobresalían varias púas metálicas. Era el tipo de arma que, a simple vista, prometía una herida mortal con un solo golpe.
—Un bate con clavos, eh… Supongo que en este mundo también es equipo estándar.
Para un viejo musculoso de más de dos metros, era el arma que uno esperaría. Si además estuviera medio desnudo con harapos y un taparrabos, la imagen de “bárbaro fantástico” sería perfecta.
—Ante esa estampa tan poco civilizada, hasta el bueno de Subarito no puede evitar una sonrisa amarga.
—Vaya, qué cosas dices. ¿Quién te crees que ha hecho posible que esta conversación llegue tan lejos?
El Viejo Rom negó con la cabeza, fingiendo indignación. Subaru bajó la mirada, conectando con la actitud del anciano.
—Bueno, en realidad, te estoy agradecido. Todavía no hemos cerrado el trato, pero el hecho de haber llegado hasta este punto es, sin duda, gracias a ti, viejo. Gracias.
—…Si te pones honesto de repente, me rompes el ritmo.
Respondió Rom, rascándose la calva con un dedo antes de soltar un largo suspiro.
—Tú fuiste quien encontró este lugar y quien sacó tus propias pertenencias como material de negociación. No hay nada por lo que tengas que agradecerme a mí.
—¡Claro que sí! A ver, Rom, tú ya sabías que Felt tenía planeado intercambiar la insignia aquí, ¿verdad? En ese caso, desde el primer momento tenías la opción de echarme a patadas sin escuchar ni una palabra de lo que tenía que decir.
—…
—El que me dio la oportunidad de hablar fuiste tú, sin duda alguna. Aunque bueno, el haber aprovechado esa oportunidad después es mérito mío. ¡Mío, eh!
Lo declaró dos veces porque era importante.
Ante el gesto de Subaru apuntándose a sí mismo con el pulgar, Rom se quedó en silencio con una expresión indescifrable. Subaru empezó a arrepentirse de su tono ligero, temiendo que el viejo se hubiera hartado de él.
—Gratitud… Bueno, no es exactamente eso, pero si alguien debiese decir algo así, soy yo.
Susurró de pronto el Viejo Rom.
El anciano arrugó aún más su rostro curtido, sonriendo de una forma que profundizaba cada una de sus líneas de expresión.
—El hecho de que tengas un Metia, el corte de tu ropa, lo cuidado que te ves por dentro… Mocoso, en realidad vienes de una buena familia, ¿verdad?
—Eh, no, para nada…
—No hace falta que lo ocultes. Que Felt robara esa insignia es algo que no se puede hacer público, ¿no? El hecho de que estés intentando resolverlo de forma pacífica ya es algo que te agradezco.
Parecía que Rom se había montado su propia película sobre la identidad de Subaru. En la cabeza del anciano, Subaru era ahora una especie de caballero considerado que intentaba evitar un escándalo.
—Felt y yo nos conocemos desde que ella apenas tenía uso de razón.
—Sí, algo así habías mencionado… ¿Y siempre han vivido aquí?
Subaru señaló con la barbilla, refiriéndose implícitamente a los barrios bajos. Rom entonces, asintió.
—Es este tipo de lugar, todo el mundo está desesperado por sobrevivir. Es normal para los jóvenes formar pandillas en situaciones como estas para mantenerse vivos… pero Felt no es de ellos. Por eso tengo que estar por ella.
—Viendo cómo trata a todo el mundo, me lo imagino.
“Fuerte” era una forma amable de decirlo; “egocéntrica” era la descripción cruda de la actitud de Felt. Subaru pensó que, en una relación basada solo en intereses, esa forma de ser no sería muy bien vista.
—Pero si es así, ¿no será que tu forma de tratarla también es parte del problema, Rom? No es por nada, pero me da que tener a un abuelo que la consiente tanto ha hecho que se le suba el ego.
—…No tengo palabras para rebatir eso. Es cierto que la trato con favoritismo por ser como de mi familia.
El Viejo Rom se acarició la calva mientras murmuraba en voz baja. Al observar su perfil con los ojos bajos, Subaru comprendió que el anciano sentía por Felt un afecto casi paternal.
Aunque no compartieran lazos de sangre, estaba claro que, al menos por parte de Rom, existía un vínculo inquebrantable.
—Espero que no sea un amor unilateral…
—Si lo fuera, no me importaría… No, de hecho, sería mejor así
Susurró Rom, apenas audible.
Subaru estuvo a punto de decir algo más, pero se le acabó el tiempo.
—No se queden ahí los dos conversando en voz baja, que da mala impresión, oigan…
Felt había regresado y les lanzó un dardo verbal al verlos hablar. Detrás de ella, que forzaba una sonrisa de compromiso bastante torpe, se alzaba otra silueta.
—Al final sí que era mi cliente. Por aquí, ¿quieres sentarte?
Haciéndole gestos a Subaru para que se quitara de en medio, Felt volcó toda su amabilidad en la persona que la seguía. Subaru, sintiendo cómo los nervios le tensaban los hombros, levantó la vista para conocer a su oponente en la negociación y se llevó una sorpresa.
La persona a la que Felt invitaba a pasar era una mujer de una belleza cautivadora.
Era alta, casi de la misma estatura que Subaru, y aparentaba poco más de veinte años.
Tenía un aire sereno y elegante, con ojos de párpados caídos que le daban un aspecto lánguido. Su piel, de un blanco casi enfermizo, destacaba de forma impactante en la penumbra del bazar.
Vestía una capa negra desabrochada que revelaba un atuendo del mismo color, ajustado a su cuerpo como una segunda piel. Era delgada, pero con unas curvas de infarto que no pasaban desapercibidas.
Y, al igual que Subaru, poseía una cabellera negra, algo inusual en este mundo.
Su pelo, tan largo que sobrepasaba su cintura, estaba recogido en una trenza con la que jugaba distraídamente con la punta de los dedos.
Era una mujer adulta con un aura sumamente sensual. Para alguien como Subaru, que en su mundo original no tenía ninguna experiencia con las mujeres, ella representaba un territorio desconocido y abrumador que lo puso a mil por hora.
Perdiendo por completo su ventaja psicológica, Subaru cedió su asiento dócilmente. Felt se sentó en el lugar vacío; a su izquierda se situó el Viejo Rom con su garrote, y a su derecha se quedó de pie un Subaru que no lograba ocultar su nerviosismo.
A pesar de recibir una bienvenida tan imponente, la mujer no pareció molestarse; simplemente ladeó un poco la cabeza.
—Me da la impresión de que sobran extraños aquí.
—Es que no quiero que intentes estafarme. Es la sabiduría de los débiles como nosotros. Y tú, chico, trae algo de beber.
Incapaz de replicar a una Felt que ya le daba órdenes como si fuera su sirviente, Subaru eligió el vaso más limpio del estante, lo llenó de leche y lo puso ante ambas.
La mujer le dio las gracias con delicadeza mientras Subaru servía. Luego, con una mirada que parecía tasar su valor, preguntó:
—Entiendo la presencia del anciano, pero… ¿quién es este joven?
Parecía haber detectado, por su lenguaje corporal y el ambiente, que Subaru no pertenecía a ese mundo de delincuencia. Ante esa pregunta de pura curiosidad, y no de desconfianza, Felt puso su mejor cara de villana.
—Este chico es tu rival. Es mi otro socio en esta negociación.
Y así, tal como había prometido, Felt empezó a subir la apuesta.
6
—Ya veo, entiendo la situación.
La mujer inclinó el vaso y, con un gesto pausado, pasó la lengua por el rastro blanco de leche que había quedado sobre sus finos labios.
Cada movimiento de la mujer, que se había presentado como Elsa, rebosaba una sensualidad perturbadora. Mientras Felt explicaba la situación, Elsa lanzaba miradas de soslayo que mantenían a Subaru en un estado de nerviosismo constante, totalmente fuera de su elemento.
—Bueno, por eso estamos en medio de este regateo para subir el precio. A mí me da igual quién se lleve la insignia; se la venderé al que pague más.
Eso sentenció Felt.
—Tienes carácter, no me desagrada…
Respondió Elsa, para luego dirigirse a Subaru.
—Y bien, ¿cuánto ha ofrecido este joven?
Diez monedas de oro sagrado: esa era la cifra que Elsa había puesto sobre la mesa de antemano. Como Subaru estaba compitiendo contra ella, Elsa daba por sentado que él ya había superado esa cantidad.
Decidido a que una actitud vacilante solo jugaría en su contra, Subaru activó por tercera vez la función de cámara de su teléfono. El flash rasgó la penumbra del bazar, capturando la figura de Elsa en la pantalla.
Ante el repentino estallido de luz, Elsa frunció ligeramente las cejas. Sin darle tiempo a reaccionar, Subaru le plantó la pantalla del teléfono frente a los ojos.

—Lo que yo ofrezco es este “Metia”. Probablemente sea un objeto único en el mundo. El abuelo musculoso de ahí me ha dado su garantía de que vale, como mínimo, veinte monedas de oro sagrado.
—Un “Metia”…
Elsa observó su propia imagen en la pantalla y asintió, convencida. Había comprendido que el método de Subaru era el trueque y que no estaba lanzando un farol. Entonces, sacó una pequeña bolsa de cuero de su ropa; probablemente, ahí estaba la recompensa original.
Depositó la bolsa sobre la mesa. El sonido del metal chocando entre sí llegó con una pesadez rotunda a través del cuero. Los ojos de Felt se estrecharon como los de un gato ante el sonido, mientras Rom la reprendía con la mirada. Elsa entrelazó sus blancos dedos sobre la mesa.
—A decir verdad, mi cliente me entregó cierta cantidad de dinero extra. Por si acaso la otra parte se ponía difícil y debía considerar un pequeño aumento.
—Tu cliente… ¿O sea que usted también solo ha recibido el encargo de recoger la insignia, señorita Elsa?
—Así es. Quien la desea es mi cliente. … Tú, ¿por casualidad eres del gremio?
—¡Si por “del gremio” te refieres a estar muerto de hambre, entonces sí!
—Y este chico “muerto de hambre” ha puesto un precio de infarto.
Intervino Felt con tono provocador.
—¿Cuánto puede ofrecer tu cliente?
Ante el tono de Felt, Elsa abrió la bolsa en silencio. Al volcarla, lo que brotó fue el brillo deslumbrante y plateado de las monedas de oro sagrado.
Felt miró el metal con ojos centelleantes e incluso Rom tragó saliva. Subaru, en cambio, se centró en contar las piezas. Si no se equivocaba…
—Veinte monedas, exactas.
—Ese es todo el oro sagrado que mi cliente me confió. Parece que te tasaron pensando que con eso bastaría para cerrar el trato… pero parece que me he quedado corta, ¿verdad?
La pregunta iba dirigida a Rom, que estaba al lado de Felt. El anciano contó las monedas y luego miró a un Subaru que tenía cara de angustia, soltando una carcajada.
—No pongas esa cara de infarto, mocoso. Un hombre no debería verse tan patético. … Es cierto que veinte monedas de oro sagrado es una recompensa exorbitante. Pero yo dije que ese objeto no bajaría de las veinte.
Una mano enorme y rugosa revolvió con brusquedad el corto cabello negro de Subaru.
—Según mi juicio, esta negociación se inclina a favor del mocoso. Lo siento por ti y por tu cliente, pero guarda este oro en la bolsa y vete a casa.
Ante las palabras de Rom, que empujaba las monedas de vuelta con su mano tosca, Subaru sintió un nudo de alegría en la garganta. Felt alzó las manos en señal de conformidad y Elsa se encogió de hombros, sin parecer demasiado decepcionada. Subaru no pudo evitar hacer un gesto de victoria con el puño (un guts pose), pero su reacción quedó un poco fuera de lugar frente a los demás.
—¡¿Qué?! ¡Déjenme en paz! ¡Estoy feliz! En cierto sentido, ¡es la primera vez que logro un objetivo desde que llegué aquí! ¡¿Es que no puedo celebrar un poco?!
—Nadie ha dicho nada. Diviértete todo lo que quieras. A mí con que me den mi parte me sobra.
Dijo Felt.
—Mi cliente tampoco necesita que esa insignia esté en sus manos a toda costa, así que no insistiré más.
Ante la vergüenza de Subaru, tanto Felt como Elsa se mantenían impasibles.
Aunque Subaru no era tan retorcido como para regodearse esperando que Elsa soltara el típico discurso de mal perdedor, le inquietaba lo poco que parecía afectarle el haber fallado en su misión.
—Ah… Lo siento, señorita Elsa. Supongo que te vas a ganar una buena bronca por esto.
—No se puede evitar. Si fuera un error mío sería otra cosa, pero en este caso, la culpa es de mi cliente por pensar que podría salirse con la suya pagando tan poco.
—Llamar “poco” a llevar veinte monedas de oro sagrado encima… es para que a uno le dé algo.
Murmuró Rom al escuchar eso.
—¡Bueno, es que mi suerte está por las nubes! ¿Será que por fin ha llegado mi era?
Exclamó Felt, rompiendo totalmente el ambiente de simpatía que los hombres mostraban hacia Elsa.
Sea como sea, Subaru había cumplido uno de sus objetivos. Y lo que era más importante: eso mantenía viva la esperanza de poder cumplir su deuda con Satella.
En teoría, debería denunciarla a ella y a Felt, pero Subaru no poseía un espíritu lo bastante rígido como para mandarlas a la trena. Era el colmo del oportunismo.
—Bien, dado que la negociación ha tenido un resultado tan desafortunado, me retiro.
Elsa se puso en pie y apuró lo que quedaba de leche. Una vez más, lamió la gota sobrante con ese gesto tan sugerente antes de clavar la vista en Subaru. Sus pupilas negras lo atraparon, oprimiéndolo.
—…Por cierto, ¿qué piensas hacer con esa insignia una vez que la tengas?
Fue una pregunta formulada en un tono bajo, con una frialdad emocional absoluta. La vibración de su voz acarició los tímpanos de Subaru como una amenaza dulce, dándole la ilusión de que mentir estaba prohibido.
—…Ah, pues buscar a la dueña original y devolvérsela.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Subaru se dio cuenta de su garrafal error de cálculo. Acababa de declarar sus intenciones frente a la chica que la robó y la mujer que ordenó el robo.
—Vaya… así que estás relacionado con ella.
Esas palabras fueron suficientes para que Elsa pusiera en marcha su gélida intención asesina.
—¡¿Eh…?!
Un impacto repentino lo golpeó por el costado. La fuerza del choque lo hizo derrapar y Subaru rodó por el suelo sin poder amortiguar la caída. Entre el dolor y la visión borrosa, golpeó el suelo y levantó la cabeza; vio a Felt aferrada a su cintura.
—¡¿Pero qué carajo…?!
—¡¿Eres idiota?! ¡Esquiva eso! ¿¡Es que quieres morir?!
Su grito de protesta fue sepultado por el rugido de Felt. Subaru, estupefacto, miró hacia arriba desde su posición baja y vio a Elsa de frente.
—Vaya, lo has esquivado.
Dijo Elsa, ladeando la cabeza con curiosidad.
En su mano, Elsa empuñaba un arma desproporcionada que emitía un brillo apagado y siniestro.
Cuchillo Kukri. Ese nombre afloró de pronto en la memoria de Subaru. Un arma con una hoja de casi treinta centímetros, doblada en forma de V hacia adentro. Una herramienta nepalí diseñada para que el peso de la punta cayese con la fuerza de un hacha, capaz de cercenar carne y hueso con una facilidad aterradora.
Elsa sostenía el arma, manteniendo la misma sonrisa serena de antes. Por su postura, era evidente que ya había lanzado un tajo; si Subaru seguía de una pieza, era solo porque Felt se había abalanzado sobre él para quitarlo de la trayectoria.
Un terror tardío le sacudió las extremidades y las náuseas le subieron por la garganta. Pero la realidad no le dio tiempo para procesarlo.
—¡¡OOOOOOOHHH!!
Con un rugido que hizo vibrar las paredes, el Viejo Rom cargó.
Blandiendo el garrote que nunca había soltado, intentó aplastar el cráneo de Elsa con las púas de metal. Manejando aquel mazo de más de diez kilos como si fuera una ramita, Rom desató un golpe que rompió el aire y sacudió los cimientos del bazar.
El suelo estalló ante el impacto. Los objetos robados salieron volando por la onda expansiva mientras, frente a un Subaru paralizado, comenzaba una danza de muerte.
—Es la primera vez que lucho a muerte contra un Gigante.
Comentó Elsa con una calma gélida.
—¡Cierra la boca, niñata! ¡Te haré picadillo y te echaré de comer a las ratas!
La velocidad del garrote de Rom era brutal. Ante semejante fuerza, cualquier defensa sería como un escudo de papel.
En el espacio cerrado del bazar, el gigante golpeaba para acorralar a su presa, convirtiendo cada rincón en una trampa mortal. Sin embargo, la habilidad de Elsa rozaba lo sobrenatural.
Moviendo el kukri en su mano, la silueta negra de Elsa se deslizaba por el aire, esquivando ráfagas de muerte por apenas un cabello de distancia. Estaba jugando con él.
—Esto va mal.
El instinto de Subaru, ese que nunca antes había necesitado, estaba haciendo sonar todas las alarmas.
—Esto es malo…
—¡Todo irá bien! ¡Rom no puede perder! ¡Desde que tengo memoria, jamás lo he visto perder una pelea!
Gritó Felt, tratando de convencerse a sí misma.
Había una confianza ciega en sus palabras, forjada por años de protección. Pero Subaru, a diferencia de ella, solo sentía pesimismo. Y no sabía por qué.
—¡¡TOMA ESTO!!
Antes de que los temores de Subaru tomaran forma, el combate dio un giro. Rom soltó un alarido y pateó la mesa de la negociación.
La madera se astilló en mil pedazos, creando una cortina de metralla que bloqueó la visión de Elsa, acorralada contra la pared. El gigante descargó su garrote con toda su alma. Un impacto directo significaría la muerte instantánea.
Sin embargo…
—¡¡VIEJO ROOOOM!!
El grito desgarrador de Felt sacudió el aire viciado del bazar. Y Subaru vio el resultado de aquel grito.
Algo salió volando por los aires, girando sobre sí mismo en una parábola sangrienta.
Era el brazo derecho del Viejo Rom, que aún mantenía el puño cerrado con fuerza alrededor del garrote.
El brazo cercenado desde el hombro voló por los aires, azotando la pared mientras esparcía un rastro escarlata. Una lluvia de sangre salpicó todo el lugar, bañando por completo las cabezas de Subaru y Felt. El grito de Felt desgarró el aire.
—¡Al menos… te llevaré conmigo…!
Con el brazo derecho amputado y la sangre brotando de su hombro como agua de una manguera, el Viejo Rom impulsó su enorme cuerpo hacia adelante. Sin siquiera intentar presionar su herida, usó el brazo que le quedaba para lanzarse sobre Elsa.
Los restos de la mesa destrozada terminaron de caer al suelo. Detrás de ellos, Elsa permanecía en la postura de haber completado su tajo. Parecía que la masa del gigante aplastaría a la mujer antes de que ella pudiera volver a blandir su kukri.
Sin embargo, ese último y desesperado asalto de Rom fue truncado por una frase gélida:
—Se me olvidaba decir… gracias por la leche. Estaba deliciosa.
Un destello cruzó el aire. No era el cuchillo, sino el vaso roto que Elsa sostenía en su otra mano.
La punta afilada del cristal quedó bañada en gotas de sangre que nacían directamente de la garganta de Rom.
El anciano, sin brazo y con la tráquea seccionada, comenzó a expulsar espuma de sangre por la boca. La luz se desvaneció de sus ojos grises y su cuerpo se desplomó contra el suelo.
Sus extremidades sufrieron espasmos finales antes de que la vida se le escapara por completo.
Ante el cadáver del gigante, Elsa hizo una reverencia elegante, casi respetuosa. Colocó con delicadeza el cristal ensangrentado a los pies del cuerpo inerte de Rom.
—Te lo devuelvo. Ya no lo necesito.
Tras esas crueles palabras, el kukri volvió a girar en su mano. Apuntó la punta de la hoja, ahora teñida de rojo, hacia los supervivientes.
Subaru, hundido en el suelo, era incapaz de articular palabra. Su mente estaba secuestrada por la masacre que acababa de presenciar.
Hace apenas unos minutos, estaba hablando con ese hombre. Ahora, Rom estaba muerto. No por accidente ni enfermedad, sino por la voluntad explícita de un monstruo.
—Vaya… parece que tú tienes más valor.
Subaru levantó la vista al oír el tono impresionado de Elsa. Frente a él, Felt se había puesto de pie, golpeando sus propias rodillas temblorosas para obligarlas a sostenerla. Se echó el cabello rubio, empapado en sangre, hacia atrás.
—Te vas a arrepentir de esto, maldita…
Su voz no temblaba por las lágrimas, sino por un odio puro.
—Si te resistes, podrías sufrir más de lo necesario.
Eso advirtió Elsa sin titubear.
—¡Vas a matarme aunque no haga nada, maldita psicópata…!
—Es que si te mueves, mi mano podría resbalar. No soy muy delicada con los cuchillos.
Respondió Elsa, haciendo girar el arma como si practicara para una carnicería.
El cerebro de Subaru gritaba que debía hacer algo. Tenía que distraer a Elsa, ganar tiempo para que Felt escapara o buscara ayuda. Pero su cuerpo, traicionero, solo podía tiritar de terror.
—…Lamento haberte involucrado en esto.
Felt le lanzó esas palabras a un Subaru paralizado. Fue una disculpa pequeña, casi un susurro, cargada de una resignación que heló la sangre del muchacho.
—Yo… yo…
Las palabras de Subaru se cortaron en un sollozo. Levantó la cabeza como si lo hubieran golpeado, pero en lugar del grito de guerra que debería haber soltado, de su boca solo brotó el inicio de un lamento, como si estuviera suplicando perdón.
Felt no esperó a que él terminara. Dejando atrás el sentimentalismo de Subaru, se lanzó al ataque. El sonido de su pisada retumbó y, un instante después, una ráfaga de viento barrió el bazar. En el momento en que Felt pareció desaparecer de la vista de Subaru por la velocidad, Elsa ya estaba girando su cuerpo.
Un sonido metálico y agudo resonó. Felt apareció de la nada junto a Elsa, chasqueando la lengua con frustración. En algún momento había sacado un cuchillo, pero Elsa, con unos reflejos inhumanos, había logrado evadir el ataque sorpresa por los pelos.
Felt retrocedió de un salto, moviéndose como si rebotara sobre el mismo viento. En el espacio cerrado del bazar, usaba las paredes como si fueran suelo firme, moviéndose de forma errática y acrobática. Incluso Elsa pareció sorprendida por tal destreza.
—La Protección Divina del Viento. Oh, qué maravilla. El mundo te ama, pequeña…
La sonrisa de éxtasis de Elsa se transformó en un segundo en un odio profundo y oscuro.
—Me das muchos celos.
El brazo de Elsa restalló como un látigo.
—… Ah.
En pleno aire, Felt fue segada desde el hombro. Cayó al suelo rodando pesadamente, incapaz siquiera de poner las manos para amortiguar el golpe. La herida recorría desde su hombro izquierdo hasta su costado derecho; un corte tan profundo que había atravesado el hueso y alcanzado los órganos internos.
Tumbada boca arriba, la sangre brotaba de su cuerpo como una fuente al ritmo de sus últimos latidos. El shock del impacto y el dolor debieron haber desconectado su conciencia al instante, porque no se movía lo más mínimo.
En pocos segundos, el chorro de sangre perdió fuerza, anunciando en silencio el fin de su vida.
El cuerpo de Subaru seguía sin reaccionar. Quería correr hacia ella, cerrar esa herida abierta.
Y si eso ya era demasiado tarde, al menos quería cerrarle los párpados. Pero sus manos y pies se negaban a obedecerle, exhibiendo una patética debilidad que solo le permitía temblar.
—El anciano y la niña han caído, y sin embargo, tú sigues sin moverte. ¿Te has rendido ya?
Preguntó Elsa con una voz que fingía lástima, mirándolo con ojos aburridos.
Sabe que le basta con acercarse y lanzar un tajo para terminar con todo. Elsa no mostraba ni un ápice de tensión; incluso parecía estar conteniendo un bostezo ante un final tan previsible.
Esa actitud desató en Subaru una ira incontenible. Solo los conocía de hacía una hora.
Solo habían intercambiado unas pocas palabras y algunos sentimientos.
Pero no podía perdonar que Elsa les hubiera arrebatado la vida como si nada, sin sentir el más mínimo remordimiento.
Y, por encima de todo, no podía perdonarse a sí mismo por haberse quedado mirando mientras morían.
—Vaya, por fin te pones de pie. Es tarde y es aburrido, pero no está mal.
Una rabia tardía le dio a Subaru la fuerza necesaria para mover sus extremidades.
Apoyando sus miembros temblorosos en el suelo, comenzó la secuencia para levantarse, adoptando una postura casi animal. ¿Sus espasmos eran por odio o por terror? ¿O por ambos? Ya no importaba.
Subaru se lanzó contra Elsa, que aguardaba con el kukri en guardia, descargando toda su alma en un ataque desesperado.
Saltó sobre ella, intentando derribarla con una fuerza bruta que superaba sus propios límites. Sin embargo, esa carga suicida basada solo en el impulso…
—Pero no sirve de nada.
Fue repelida de frente por un codazo de Elsa que le destrozó el puente de la nariz. Con un giro fluido y un movimiento mínimo, ella le encajó el codo; mientras Subaru se arqueaba hacia atrás, una de sus largas piernas describió un arco perfecto que lo golpeó de lleno.
Subaru salió despedido por el aire como si no pesara nada, estrellándose contra un estante de cerámica antes de rodar por el suelo.
En un solo segundo de intercambio, su nariz y sus dientes frontales quedaron hechos pedazos. El costado donde recibió la patada le dolía de una forma inhumana; sentía que varias costillas se habían rendido ante el impacto.
Aun así, golpeó el suelo con el puño y se puso en pie sin perder un instante. Las endorfinas recorrían su cuerpo a raudales, bloqueando el reconocimiento del dolor en su cerebro.
Dejado llevar por una respiración agitada y un estado de euforia violenta, Subaru volvió a lanzarse en un ataque sin pensar… pero el resultado fue el mismo.
Sus brazos, moviéndose frenéticamente, no llegaron a rozar a Elsa. El brazo de ella estalló y, usando el lomo del cuchillo, le destrozó el hombro a Subaru.
Ante el amago de un grito de agonía que a ella parecía resultarle molesto, Elsa le propinó una patada ascendente en la mandíbula, cortando el grito en seco. Con más dientes rotos cayendo de su boca, Subaru se desplomó mientras ella lo observaba desde arriba.
—Eres un desastre. Eres un novato tal como pareces y tus movimientos son toscos. No tienes una Protección Divina, no tienes técnica y, cuando pensaba que al menos exprimirías tu ingenio, tampoco lo haces. Me pregunto… ¿por qué te atreves a desafiarme?
—Cá-cállate… tengo mi orgullo… después de que… nos hicieras esto…
Debido a la nariz fracturada, ni siquiera podía articular un insulto con claridad. Su brazo estaba acabado tras ese último contraataque; desde el hombro izquierdo hacia abajo, su extremidad colgaba inerte.
No sentía dolor, pero el zumbido en sus oídos era ensordecedor. Unas náuseas feroces se derramaban por la comisura de su boca junto con su rabia.
Subaru estaba en un estado de abandono total. Sus posibilidades de ganar eran cero, y la probabilidad de devolverle siquiera un golpe era de una entre un millón.
—Te reconoceré, al menos, ese espíritu excepcional. Si hubieras actuado así de rápido antes, quizás el destino de estos dos habría sido un poco distinto.
Con el cuchillo en una mano, Elsa señaló los cadáveres de Rom y Felt. Al seguir el movimiento de Elsa y mirar los cuerpos, una repentina sensación de extrañeza golpeó a Subaru.
¿Por qué? ¿Por qué sentía que ya había visto esta escena antes? El bazar de objetos robados convertido en un mar de sangre. El cadáver del gigante mutilado. La hoja de color cobre brillando débilmente. Una idea cruzó el cerebro de Subaru como un relámpago. Eso era…
—Terminemos con esto. Te enviaré a conocer a los ángeles.
Lamiéndose los labios rojos, su sonrisa seductora se fundió con la oscuridad. Con un paso tan silencioso que parecía hundirse en las sombras, Elsa desapareció de la vista de Subaru. Él movió su conciencia de izquierda a derecha, desesperado.
—¡¿D-dónde…?!
Sus ojos recorrían el entorno frenéticamente, aguzando sus oídos y sus nervios para detectar cualquier presencia.
Su imagen era, sin duda, la de una presa esperando ser devorada por una bestia.
Para Elsa, era un espectáculo tan patético que le quitaba las ganas de jugar. Por eso, su tajo fue directo y nítido.
—¡¿Qu…?!
Subaru había apostado todo a un único presentimiento: el ataque vendría al vientre.
Gracias a ese destello de intuición, logró esquivar por un pelo lo que habría sido una muerte instantánea. Saltó hacia atrás, encogiendo el abdomen, dejando que la hoja solo raspara la superficie.
El dolor fue agudo, pero Subaru lo sepultó bajo una montaña de pura fuerza de voluntad.
—¡¡RRRRRRAAAAAAAHHH!!
Su patada circular, cargada con el peso de toda su alma, impactó de lleno en el costado de Elsa. Subaru sintió el golpe, la conexión sólida; estaba seguro de que, al menos por una vez, le había devuelto el daño.
Pero entonces, la voz de Elsa susurró, cargada de un placer oscuro:
—Ah… eso sí que lo sentí.
En un movimiento que Subaru ni siquiera vio, Elsa extrajo un segundo cuchillo kukri de su espalda y, al cruzarse con él, le abrió el abdomen de lado a lado. Siete décimas partes de su torso fueron cercenadas, desparramando sangre y vísceras sobre el suelo de madera.
—… ¿Eh?
Subaru dio uno, dos pasos erráticos, tambaleándose como un borracho, hasta que su hombro chocó contra la pared y se deslizó hacia abajo.
Al mirar hacia su regazo, vio cómo la sangre brotaba sin control, tiñendo el suelo de un carmesí denso.
Intentó, con su único brazo funcional, empujar lo que se salía de su vientre hacia dentro, pero los coágulos y la hemorragia se lo impedían.
—¿Te sorprende? Te he abierto el estómago justo al pasar. Es mi especialidad.
Dijo Elsa, caminando sobre el charco de sangre con un chapoteo rítmico.
Se acercó al cuerpo de Subaru, que ya no podía ni gritar, solo emitir gemidos ahogados. Elsa se inclinó, observando con una fascinación casi religiosa lo que se derramaba en la oscuridad.
—Ah, lo sabía… Tus entrañas tienen un color realmente hermoso.
Esta mujer es una aberración. Está completamente loca. El dolor era tan inmenso que ni siquiera las endorfinas podían camuflarlo.
La conciencia de Subaru comenzó a parpadear y su cuerpo terminó por desplomarse de costado sobre el frío suelo. En esa posición, sus dedos temblorosos rozaron débilmente el tobillo de Elsa.
—Aah… ggh…
—¿Te duele? ¿Estás sufriendo? ¿Es amargo? ¿Es triste? ¿Quieres morir?
Sin soltarse del agarre de Subaru, Elsa dobló las rodillas para quedar a su altura. Sus ojos brillaban en un estado de éxtasis absoluto; no sentía remordimiento por segar una vida, sino una felicidad indescriptible.
—Lentamente, muy lentamente… siente cómo pierdes el calor, cómo te vuelves frío…
Como si lo acariciara con palabras, como si estuviera rezando sobre su tumba, la voz de Elsa golpeó los tímpanos de un Subaru que se apagaba. La oscuridad reclamó su vista. La pérdida de sangre era masiva; su cuerpo estaba muriendo centímetro a centímetro.
Ya no había sonido. Ni sabor, ni olor. La ceguera era total. Lo único que le quedaba era la sensación térmica de su propio final: el frío calando sus huesos mientras la vida se le escapaba. Eso era puro terror.

En un mundo donde ya no sabía en qué segundo se apagaría su llama, el terror a la muerte se aferró a Subaru como un parásito que se negaba a soltarlo.
—¿Cuándo moriré? ¿Cuándo? ¿Sigo vivo? ¿O es que ya estoy muerto?¿Cómo se define la vida? ¿Se puede llamar “estar vivo” a este estado miserable, inferior al de un insecto? ¿Qué es la vida y qué es la muerte? ¿Por qué morir es tan aterrador? ¿Es necesario vivir? ¿Sí o no?
Miedo. Miedo. Miedo. Miedo. Miedo. Miedo. Miedo. Miedo. Miedo. Miedo. Miedo.
Era un rechazo instintivo, absoluto y arrollador hacia el fin. Ese pavor llenó cada rincón de su ser mientras el final posaba su mano sobre él. Su visión, finalmente, se tiñó de un blanco puro y cegador.
—Ah… He muerto.
Con esa última y seca reflexión, la vida de Natsuki Subaru se extinguió de forma estrepitosa y banal.