El Principio del Fin
CAPÍTULO 3 El Principio del Fin
1
—…Oye, chico, no te quedes ahí embobado. ¿Vas a comprar una manzane o qué?
En el instante en que la conciencia de Subaru despertó, lo primero que vio ante sus ojos fue una fruta roja y madura. Al mirar aquel objeto tan parecido a una manzana, el término “fruto del conocimiento” cruzó por su mente.
El fruto prohibido que, al ser ingerido, provocó la expulsión del paraíso. Si le diera un mordisco ahora mismo, ¿se salvaría de esta situación incomprensible?
—¿Oye, chico?
El hombre de mediana edad frunció el ceño al no recibir respuesta alguna.
Subaru regresó lentamente a la realidad desde los bordes de una conciencia difusa y… levantó la cabeza de golpe.
Sus ojos recorrieron frenéticamente los alrededores, consciente de los latidos violentos de su corazón y de su respiración entrecortada.
Era una avenida principal a plena luz del día. Estaba frente a una frutería. Verduras y frutas de colores brillantes estaban alineadas en el puesto, y frente a ellas se encontraba el dueño, un hombre de aspecto rudo con una cicatriz blanca muy visible.
El olor de la multitud, el bullicio… era una escena que ya conocía. Subaru se mesó los cabellos con desesperación.
—Ya no entiendo nada de nada…
Murmuró eso antes de ser arrollado por una oleada de mareo y náuseas, desplomándose allí mismo.
2
Subaru sacudió la cabeza para despejarse, sintiendo el agua fría que le habían echado encima.
—…
La jarra de agua vacía le fue entregada por el dueño de la frutería, quien, preocupado por el colapso repentino del joven, lo había socorrido. Agradecía profundamente el gesto, pero el hecho de que el hombre no preguntara por Satella—quien debería haber estado allí hace un momento— le causó una herida aún más profunda en el corazón.
Sentado en el suelo, se quitó el agua que goteaba de su flequillo con la mano y apretó los dientes para detener su castañeo. En su mente se repetían, como una película de terror, el brillo de las cuchillas y aquella sonrisa seductora danzando en medio del olor a sangre.
—Jih…
Su garganta se contrajo. Sentado en posición fetal, Subaru no podía evitar que todo su cuerpo temblara de forma espasmódica.
Nunca en su vida corriente y molesta había experimentado tal nivel de terror, tal nivel de desesperación.
No quería pensar en nada, no quería recordar nada. Solo quería encerrarse en su propio caparazón y olvidar.
El destello del filo. Un brazo grueso volando por los aires. Gritos. Y una cabellera plateada hundiéndose en un mar de sangre.
Subaru levantó la cabeza, con la garganta a punto de estallar en un grito de agonía para purgar los recuerdos que se negaban a morir. El aire ya estaba en sus pulmones, la desesperación lista para vibrar en el aire de la avenida… pero entonces, se detuvo en seco.
—¿Eh…?
El grito se transformó en un murmullo de duda. Entre la multitud, sus ojos buscaron frenéticamente y la encontraron.
Vio a un tipo alto con piel de reptil, vio a un hombre-bestia que apenas le llegaba a la cintura, vio a una joven bailarina de pelo rosa y a un espadachín cargando seis espadas a la espalda. Y, sobre todo…
Vio a la joven de la túnica blanca, con su cabellera plateada ondeando al caminar.
Aquellos ojos de color amatista se posaron un instante sobre el maltrecho Subaru, que seguía tirado en el suelo.
Pero, en menos de un segundo, la joven perdió el interés y desvió la mirada. Sus ojos, llenos de una voluntad inquebrantable, volvieron a enfocarse en el camino que tenía por delante.
Seguía siendo ella: la misma elegancia, la misma belleza que te hacía temblar, la figura que él había estado buscando desesperadamente.
—Es…pe…
La voz no le salía. Subaru exhaló un aire ronco y, con las piernas tropezando entre sí, se lanzó a perseguir su espalda. La joven caminaba con fluidez, sorteando el mar de gente como si flotara.
Entre la confusión y el caos mental, Subaru la llamó con una voz que estaba a punto de romperse en llanto.
—Espera… Por favor, espera… Te lo ruego, espera…
Por un instante, ella reaccionó y lo miró. Pero fue una mirada fría, la mirada que se le dedica a un completo extraño.
Ese hielo en sus pupilas le atravesó el corazón.
—No cumplí mi promesa, la herí, ni siquiera me he disculpado.
Pensó él.
—Es lógico que no me perdone.
Aun así, siguió tras ella.
—¡Espera…! ¡¡SATELLA!!
Llamó su nombre con todas sus fuerzas, superando el estruendo de la ciudad. Al oírlo, la joven se detuvo en seco. Subaru se abrió paso entre la gente y alcanzó a tocar su hombro.
—No me ignores, por favor. Sé que fue mi culpa desaparecer y no hacerte caso. Pero yo también estaba desesperado. Fui al bazar de objetos robados después de eso, pero no pude encontrarte…
Ella se dio la vuelta, con una expresión de pura sorpresa grabada en el rostro. Subaru empezó a soltar una retahíla de excusas y autodefensas, impulsado por la mirada penetrante y transparente de la chica. Era una mirada sin rastro de afecto, pero para él, era su salvación. Al menos, a simple vista, no parecía tener ninguna herida. Estaba viva.
—Lo siento por hablar solo de mí…pero me alegra tanto que estés a salvo.
Para Subaru, volver a encontrarla era el mayor de los alivios. Tenía tanto que explicarle, tanto que confirmar… Pero antes de cualquier palabra, su corazón se sentía recompensado. Al menos quería saborear este instante de paz, pero…
—Tú… ¿qué pretendes con esto?
Lo que recibió de ella no fue perdón, ni siquiera reconocimiento. Fue una expresión de ira absoluta.
Con las mejillas ligeramente encendidas por el enojo, la joven se zafó con un movimiento brusco, apartando la mano de Subaru de su hombro.
Retrocedió un paso, marcando una distancia gélida, y lo miró con una hostilidad que le cortó la respiración.
Subaru se quedó de piedra. Era una reacción mucho más severa de lo que esperaba, aunque en parte lógica: desde su perspectiva, él era el chico que la había abandonado. Estaba preparado para cualquier insulto, para cualquier grito de despecho, pero…
—¡No sé quién eres, pero llamarme por el nombre de la “Bruja de los Celos” …! ¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!
Ese grito, cargado de una furia que Subaru jamás habría imaginado, hizo pedazos toda su determinación.
El tiempo pareció detenerse. El ruido de la multitud se desvaneció.
Lo único que Subaru podía oír era el latido violento de su propio corazón y la respiración agitada de la chica de cabello plateado.
No era solo una impresión suya: el mundo se había quedado en silencio.
—¿Qué…?
Subaru giró el cuello con torpeza y se dio cuenta de la realidad. En la avenida, rodeados de comerciantes y transeúntes, todos los ojos estaban clavados en ellos. Había una agitación densa en el ambiente; la gente se había quedado petrificada, como si les hubieran prohibido moverse.
Era como si la conversación entre ellos dos hubiera pasado a dominar cada rincón de ese lugar.
La joven esperaba una respuesta con una mirada severa. Pero Subaru no podía responder a una acusación que no entendía. Había una desconexión total entre lo que él creía estar haciendo y lo que ella estaba recibiendo.
—Te lo preguntaré una vez más. ¿Por qué me llamas por el nombre de la “Bruja de los Celos”?
—No, es que… tú me dijiste que te llamara así…
—No sé quién te habrá dicho semejante cosa, pero tienes un gusto pésimo. Y tú eres igual de peor por seguirle el juego.
La chica lo miró con un asco evidente.
—El símbolo del tabú, la “Bruja de los Celos”. Un nombre que la gente incluso teme pronunciar… y tú vas y lo eliges como un apelativo.
Cada palabra de la joven hundía a Subaru más y más en un océano de confusión. su alrededor, la multitud asentía en silencio ante las palabras de la chica. Su reacción colectiva no hacía más que confirmar que ella tenía razón, y eso terminaba de aplastar el entendimiento de Subaru.
No entendía nada. Él solo había pronunciado el nombre que ella misma le había dado.

A pesar de todo, ella lo condenaba y el mundo entero le daba la razón.
—Si no tienes nada más que decir, me voy. No tengo tiempo que perder.
Con una sentencia tajante dirigida a un Subaru cabizbajo, la joven hizo ondear su cabello plateado y comenzó a caminar con paso firme.
Él intentó llamarla de nuevo, pero su garganta se congeló justo antes de pronunciar el nombre.
Invocarla así otra vez sería cometer el mismo error por segunda vez. Pero entonces, ¿cómo debía llamarla?
Esa vacilación entorpeció su juicio.
—¡…!
Un pequeño jadeo se escuchó desde una altura superior a la de Subaru: justo encima del toldo de uno de los puestos de venta.
Salto.
Un cuerpo menudo descendió con ligereza, desafiando la gravedad, y al aterrizar se fundió con el viento para acelerar.
El vendaval vestía ropas sucias y lucía una melena dorada.
Se deslizó entre la multitud con una agilidad casi divina, y un brazo estirado con precisión se infiltró bajo la túnica con bordados de halcón de la joven.
El contacto fue efímero, pero para aquel “viento” bastó ese encuentro fugaz.
La ráfaga hizo ondear la túnica de la chica, que se retorció sorprendida mientras la figura saltaba lejos de ella.
—¡No puede ser…!
La joven de cabello plateado soltó un grito de estupor y metió la mano bajo su ropa. Al no encontrar lo que buscaba, sus ojos se abrieron de par en par, siguiendo el rastro del viento que se alejaba a toda velocidad.
En la mano de esa ráfaga brillaba la insignia con forma de dragón. Al ver su espalda, Subaru gritó instintivamente:
—¡¿Felt?!
Ante el llamado, el viento pareció dudar por una milésima de segundo, pero no redujo su velocidad y se zambulló de golpe en un estrecho callejón lateral. Fue una técnica asombrosa. Solo pudo verla un instante, pero esa figura era, sin duda…
—Me robaron… Me usaste de distracción… ¡¿Tú también estás con ella?!
La joven le rugió a un Subaru que permanecía estupefacto. Por un momento, ella estuvo a punto de dirigir su palma hacia él, pero pareció cambiar de opinión de inmediato y salió corriendo hacia el callejón por donde había desaparecido el viento.
—¡Oye, espera! ¡Es un malentendido! Yo…
Para deshacer ese error, Subaru también se lanzó al callejón persiguiendo las dos sombras. Mientras corría, su pecho se llenaba de dudas ante tanto misterio.
La cantidad de información que estaba recibiendo era demasiada para procesarla con una mente tan ansiosa. Y, por si fuera poco, ya había pasado hoy por dos experiencias cercanas a la muerte.
—¡Que alguien sea más amable conmigo, maldita sea! ¡¿Para qué sirve esto de ser invocado a otro mundo?!
Soltando improperios contra la injusticia, corrió tambaleándose por los callejones sombríos. No confiaba en su resistencia, pero en velocidad explosiva no se quedaba atrás de las dos chicas.
—Las alcanzaré pronto y aclararé todas estas dudas.
Pensó mientras corría, pero…
—¡Maldición… una pared!
Frente a sus ojos, lo que le esperaba era un callejón sin salida.
Ni rastro de ellas. Con la agilidad de Felt, trepar ese muro no sería más que un juego de niños; y para la chica del cabello plateado, si usaba su magia, una pared no representaría obstáculo alguno.
—Podría intentar trepar, pero… no creo que las alcance así.
No podía permitirse perder más tiempo. En una capital que no conocía, recuperar el rastro de alguien a quien ya había perdido de vista era una misión imposible para Subaru.
—Si no están aquí, ¿entonces al bazar de objetos robados? Si Felt y ella están vivas, entonces el Viejo Rom también debería…
Al decir esas palabras en voz alta, una multitud de inconsistencias cruzaron y se enredaron en el pecho de Subaru. Felt, segada por el tajo de Elsa. Rom, con la garganta seccionada.
Ella, hundiéndose en un mar de sangre. Y por encima de todo: ¿cómo es posible que el propio Subaru, tras haber sido destripado dos veces, estuviera allí, vivo y de pie?
—No. Qué demonios… No es momento para eso. ¡Basta, no pienses! Ahora, lo primero es…
Decidió posponer el razonamiento lógico. Su prioridad absoluta era adelantarse y llegar al bazar para reunirse con Rom. Con esa meta en mente, Subaru se dio la vuelta para salir del callejón…y se quedó petrificado.
—… No puede ser verdad. Oye…
Al final de su mirada, bloqueando la única salida del callejón, había tres siluetas. Tres hombres. Ropas sucias. Un aura bárbara, tosca y violenta. Era el trío de matones que usaban los callejones como coto de caza. Por tercera vez en ese mismo día, Subaru se encontraba cara a cara con ellos.
3
—¡Ya basta! ¡¿Es que no tienen ni un poco de vergüenza, maldita sea?!
Subaru pataleó contra el suelo, descargando su furia contra las tres caras que ya estaba harto de ver.
Tres encuentros, y los tres habían sido en un callejón en una situación de tres contra uno. A pesar de que la primera y la segunda vez terminaron en un resultado totalmente infructuoso, no podía sino maravillarse ante la tenacidad con la que lo elegían presa.
—¡No tengo tiempo ni paciencia para lidiar con ustedes! ¡Quítense de ahí ahora mismo!
La urgencia de la situación le había arrebatado la calma, pero Subaru aún guardaba un as bajo la manga: basándose en la pelea anterior, calculó que una amenaza fuerte sería suficiente para que se acobardaran.
—Dice que lo dejemos pasar. Qué actitud más molesta… Parece que no sabe quién da las órdenes aquí.
Dijo el de en medio, con una sonrisa torva.
—¿Con qué cara se atreven a hablar así después de perder de forma tan patética siendo tres contra uno? Hasta un perro apaleado tiene más dignidad al aullar.
Replicó Subaru, sin embargo, los hombres no mostraron ni una pizca de miedo.
Al contrario, siguieron soltando bravuconadas. Subaru se mordió el labio ante una reacción que no esperaba.
—¿Es que estos delincuentes poca cosa tienen su propio orgullo?
No podía permitirse perder más tiempo y arriesgarse a perder el rastro de la chica de cabello plateado. Tras evaluar los riesgos de una pelea, Subaru decidió que lo mejor era zanjar esto de la manera más pacífica posible.
—Está bien. No voy a oponerme. Dejaré todas mis pertenencias aquí. ¿Les parece bien?
Conteniendo su irritación, levantó ambas manos para demostrar que no tenía intenciones hostiles. Ante la capitulación de Subaru, los hombres se miraron entre sí y estallaron en una carcajada conjunta.
—¡Ja! ¡Si ibas a estar tan muerto de miedo desde el principio, haberlo dicho antes, idiota!
—Maldita sea. Si te vas a acobardar, no abras tanto la boca.
—Bueno, ¿qué más da? Si va a obedecer sin hacer nada… Es un cobarde y ya está.
Subaru aguantó el insulto, dejando que las palabras le resbalaran con una risa seca y fingida. En su mente, bautizó a los tres persistentes matones como “Ton, Chin y Kan”, intentando encontrar algún pequeño consuelo en la burla interna mientras planeaba su siguiente movimiento.
—En cuanto me reúna con Satella y ella esté a salvo, le pediré prestado a Puck para darles su merecido a estos… ¿Eh?
Subaru se detuvo en seco mientras intentaba sacar sus pertenencias para no provocar a los hombres.
—¿Qué…?
Fue la sensación de extrañeza más grande que lo había asaltado desde que llegó a este mundo.
—¿Por qué?
Las yemas de sus dedos rozaron, dentro de la bolsa de plástico, un paquete de aperitivos. Eran sus favoritos, con sabor a crema de maíz, esos que compró en el combini por impulso.
Recordaba perfectamente haberlos compartido con el Viejo Rom durante su “banquete” en el bazar; recordaba incluso haberse arrepentido de ofrecerlos cuando Rom se los terminó todos.
Sin embargo, la bolsa estaba allí, intacta y llena.
—Se habían acabado. Rom se los comió todos, me quejé… No quedaba nada. Estoy seguro.
El contenido de la bolsa había regresado. No había rastro de que hubiera sido abierta. Era una situación física imposible. Su mente se encontraba en un callejón sin salida, pero en medio de ese bloqueo, una conclusión empezó a germinar. Si no la aceptaba era porque resultaba demasiado absurda, demasiado fantástica; su sentido común la rechazaba violentamente.
—Oye, tú, ¿qué demonios estás haciendo?
—… ¿Ah?
La voz de uno de ellos lo trajo de vuelta. Era el más bajo, al que había apodado “Kan”. Estaba justo a su lado y le puso una mano en el hombro. Subaru se retorció, apartándolo de un manotazo.
—Quítate…
—¿Qué dices?
—En muchos sentidos, ya no tengo tiempo para perderlo con ustedes. Tengo algo que comprobar.
—¿Te estás burlando de nosotros?
Subaru intentó empujar a Kan para salir del callejón, pero los otros dos, ya envueltos en un aura asesina, le cerraron el paso.
—¡Quítense! ¡Tengo un lugar al que debo ir!
Gritó Subaru, desesperado por desmentir la locura que su cerebro empezaba a barajar. Su grito hizo que los hombres retrocedieran un milímetro, intimidados por su intensidad.
—Si corro ahora y salgo a la avenida, estaré a salvo.
Subaru clavó el pie en el suelo para impulsarse con fuerza.
Pero…
—¿Eh…?
Su pierna flaqueó de repente. Perdió la fuerza en las rodillas y tropezó de forma estrepitosa.
Cayó hacia adelante, apoyando las manos en el suelo, maldiciendo su propia torpeza en un momento tan crítico.
—Qué raro… Esto es…
Subaru intentó reunir fuerzas para levantarse, pero sus brazos apoyados contra el suelo temblaban violentamente. No podía elevar su cuerpo; ni siquiera era capaz de incorporar el torso.
—Ah, mierda, la jodí…
Una voz cargada de ansiedad hizo que Subaru girara el cuello hacia ella.
Fue entonces cuando se dio cuenta. En su espalda, justo encima de la cadera, había un cuchillo clavado.
—Gfag… agh…
En el instante en que lo hizo consciente, un dolor insoportable le selló la garganta. Fue un impulso de agonía puro y primigenio.
—¡Me han apuñalado! Apuñalado, apuñalado, apuñalado, apuñalado, apuñalado…
“Chin”, el que sostenía el cuchillo, se había precipitado. Al parecer, el delincuente había sacado el arma antes de tiempo y Subaru, sin darse cuenta, terminó ensartado al intentar empujarlo a la fuerza.
Era el mismo tipo de dolor atroz que ya había experimentado varias veces en las últimas horas.
Sin embargo, no importaba cuántas veces lo viviera: acostumbrarse a ese dolor era algo que no sucedería ni en un millón de años.
—¡Oye! ¡¿Lo has apuñalado?!
—¡No tuve opción! Si llega a escapar a la calle principal, estaríamos en un problema gordo.
—¡Detente, idiota! Ah, esto es malo… Le has dado en las entrañas. Se va a morir, oye.
“Ton”, el tipo corpulento, movió el cuerpo de Subaru. Al darle la vuelta bruscamente, el cuchillo que seguía clavado se hundió todavía más profundo.
—…Ghu.
Un nuevo estrato de dolor se superpuso al anterior, anulando incluso su grito de muerte.
Ya no le quedaba nada: ni fuerza para pedir ayuda, ni aliento para gritar su rabia.
Sus respiraciones eran ráfagas roncas y entrecortadas; la sangre comenzó a inundarle la garganta, asfixiándolo.
La sensibilidad de sus extremidades se desvanecía y sus pensamientos parpadeaban con una debilidad terminal.
Una vez más, el mundo comenzó a teñirse de negro. Como la vez anterior, esta también iba a terminar.
—¿”Esta vez”? ¿A qué te refieres con “esta vez”?
Resultaba patético que, en su último aliento, se estuviera aferrando a esa idea que antes había descartado por absurda. Pero ya que iba a hacerlo, decidió aferrarse con todo lo que le quedaba.
—Aparta tu mente de la muerte. Antes de morir, comprende este mundo…
Sus ojos ya estaban muertos. Sus manos y pies, acabados. Solo le quedaban el olfato y el oído, así que los exprimió hasta el último segundo.
Cualquier rastro de olor, cualquier insulto, no importaba. El hedor a lodo del callejón. El aroma metálico de la sangre que subía por su garganta. Y entonces, su olfato murió. Muerto. Al oído apenas le quedaban unos segundos de actividad.
—…rápido… algo de valor… debe tener…
—… ¡Maldición! ¡La guardia!… nos van a…
—… ¡Corran! ¡Esto es malo! ¡Si nos agarran, no será…!!
Apenas pudo captar esos fragmentos de conversación. Los oyó, sí, pero el cerebro necesario para procesar su significado ya estaba muriendo.
Los escuchó simplemente porque estaban ahí. No sabía si podría recordarlos. ¿Qué significaba “recordar”? ¿Para qué quería recordar algo ahora? ¿Qué quería hacer? ¿Qué era “querer”?
Siguiendo las órdenes de un cerebro que había muerto antes que el resto, las demás funciones vitales se apagaron una tras otra. Finalmente, con un suspiro ronco que se escapó de sus labios, Natsuki Subaru perdió la vida por tercera vez.
4
Cuando recobró la conciencia, Subaru estaba en la oscuridad.
Al darse cuenta de que era una penumbra creada por él mismo, abrió los párpados lentamente. El resplandor del sol le quemó los ojos. Subaru soltó un pequeño quejido y usó la palma de la mano para hacerse sombra.
—Oye, chico, ¿vas a querer manzanes?
Un tono de voz familiar le lanzaba una pregunta que ya conocía de sobra.
Sus oídos funcionaban con normalidad. El bullicio de la avenida principal seguía siendo tan ruidoso como siempre, algo muy alejado del silencio absoluto de hace un momento. Y pensar que, en términos de distancia, la diferencia era apenas de una calle lateral.
—Qué patético…ni siquiera fui capaz de girar en una maldita esquina.
Murmuró Subaru y al ver que no respondía a su pregunta, el dueño de la frutería frunció el ceño con irritación.
Su cicatriz blanca se tensó, dándole un aspecto verdaderamente aterrador. Sin embargo, Subaru sabía que, en realidad, era un hombre atento y entregado a su familia.
Aunque, por supuesto, el dueño no recordaba nada de eso.
Con ese pensamiento en mente, Subaru se volvió hacia el hombre de la cicatriz para encararlo de nuevo.
—¿Cuántas veces has visto ya mi cara?
—¿Cómo que cuántas veces? Eres un cliente nuevo. Con esa apariencia rara y esa mirada, no te olvidaría fácilmente, ¿sabes?
—No te metas con mi mirada, pesado. Por cierto, ¿qué día es hoy?
—Es el catorce del mes de Tammuz. Según el calendario, ya ha pasado la mitad del año.
—Vaya, gracias… Ya veo. El mes de Tammuz, ¿eh?
A decir verdad, no entendía nada. ¿Cómo funcionaría el calendario en este mundo? Suponer que usaban el calendario solar parecía demasiado aventurado.
—Entonces, chico, ¿qué pasa con las manzanes?
El dueño había sido paciente con el silencio de Subaru, pero su cortesía hacia un cliente que tardaba tanto en comprar una sola fruta estaba llegando a su límite.
Su mejilla empezó a temblar. Era un hombre al que no le sentaba nada bien intentar sonreír; el hecho de que sus esfuerzos por parecer amable terminaran espantando a los clientes era un destino cruel que Dios le había impuesto.
Subaru se puso las manos en la cadera, sacó pecho y le respondió:
—¡Lo siento, pero no tengo ni donde caerme muerto! ¡Ni una monedita!
—¡Lárgate de una vez!
Tras recibir un grito tan potente que casi lo hace caer hacia atrás, Subaru huyó del lugar a toda prisa.
—Supongo que no podré acercarme a esa tienda en un buen rato.
Pensó, dándole a esa frase un doble sentido que solo él comprendía.