La Cuarta es la Vencida
CAPÍTULO 4 A la Cuarta es la Vencida
1
—La cartera, está. El teléfono igual. Papitas y los fideos instantáneos, sin problemas. El chándal y las zapatillas, ni un rasguño. Y por supuesto…
Se levantó el borde de la chaqueta y se contorsionó con esfuerzo para revisarse la espalda. El abdomen por delante, la zona lumbar por detrás. No encontró ni rastro de cicatrices, ni mucho menos la situación anormal de tener un cuchillo brotando de su carne.
—Uf, qué alivio. Una herida en la espalda es la deshonra de un espadachín. Como alguien que practicó kendo en la secundaria, podré salirme del camino de la rectitud, pero jamás del camino de la espada.
El sol seguía en lo alto y una brisa suave le acariciaba la piel. La gente transitaba con bullicio por la avenida y, en ese mismo instante, otro carruaje tirado por un lagarto pasó de largo.
—Bien, con todas estas pruebas circunstanciales, no me queda otra que aceptarlo. Es algo difícil de creer, pero…
Todas las lesiones habían desaparecido de su cuerpo; en su ropa no había desgarros ni manchas de sangre. En la bolsa de plástico que sostenía, el paquete de aperitivos sin abrir esperaba el momento de saciar su hambre.
—O sea, que es eso.
Retiró la mano de su barbilla, apuntó hacia el frente y chasqueó los dedos a la vista de los transeúntes.
—Parece que, cada vez que muero, regreso a un estado anterior.
Esa idea que antes había tachado de absurda se convirtió, finalmente, en su conclusión.
2
—Lo llamaré “Retorno por Muerte” … Una habilidad que asume de antemano que voy a perder; muy propia de mí, supongo.
Una capacidad que solo se activa al perder la vida. Si lo convencional es lograr una gran remontada desde una situación de derrota inminente, este era un poder retorcido que otorgaba la oportunidad de reintentarlo recién después de haber sido derrotado.
—Siendo más técnicos… ¿esto vendría a ser una “regresión temporal”?
Un fenómeno de bucle bajo condiciones limitadas. Hablando en términos de videojuegos, se podría considerar que, independientemente de su voluntad, Subaru regresaba al morir a un punto de guardado automático.
—Bucles o saltos temporales, ¿eh? Son temas comunes en el manga, pero creo haber leído en alguna parte que teóricamente son muy difíciles… algo así como que sería más fácil reconstruir el mundo entero desde cero.
Basándose en su conocimiento superficial de internauta, cuya máxima era saber un poco de todo y mucho de nada, el viaje en el tiempo no era más que un sueño dentro de un sueño. Aunque, a estas alturas, tras haber sido invocado a otro mundo, el sentido común ya no servía de mucho.
—Además, si acepto que he estado regresando por la muerte, todas las incoherencias de hasta ahora encajan perfectamente.
Echando la vista atrás, Subaru ya había perdido la vida tres veces en este mundo diferente.
La primera vez, el patrón donde visitó el almacén de objetos robados junto a Satella. La segunda, donde acabó siendo presa de la hoja de Elsa junto al Viejo Rom y Felt. Y la tercera, una muerte absurda hace apenas unos diez minutos de tiempo subjetivo.
A diferencia de las dos primeras, la tercera muerte fue el peor escenario posible, sin excusas. Jamás pensó que caería a manos de unos enemigos de relleno del principio.
—Digo yo que morir tres veces en medio día es llevar un ritmo demasiado acelerado.
Teniendo en cuenta que una vida normal solo se tiene una vez, tres muertes en mediodía es romper todos los esquemas. Había vivido diecisiete años de forma bastante ordinaria, pero pensar que en un solo día ha pasado por el “vivo o muerto” las mismas veces que si multiplicara esos diecisiete años por trescientos sesenta y cinco resulta conmovedor.
—O tal vez es que soy desesperadamente malo para esto de vivir la vida.
La diferencia de dificultad entre su mundo original y este es abismal. Los peligros de muerte se interponían en su camino demasiado a menudo.
—Viendo los puntos en común entre la primera y la segunda… probablemente, en la primera también fue Elsa.
En aquel primer mundo, quien acechaba en la oscuridad del almacén debió de ser ella. El cadáver del anciano corpulento era, después de todo, el del Viejo Rom; Subaru y Satella llegaron justo después de que terminaran sus negociaciones.
—Lo más seguro es que Felt se pusiera codiciosa, la negociación se rompió y… bueno, pasó lo que tenía que pasar.
Subaru y Satella tuvieron la mala suerte de aparecer justo cuando Elsa terminaba de silenciar a los testigos.
—La segunda vez fue más simple. Yo estaba allí cuando tocaba silenciar a los testigos… Haber muerto dos veces a manos de la misma persona… ¿Es que Elsa es un personaje trampa que significa muerte automática en cuanto te la encuentras?
Tratando de disimular con un tono ligero, Subaru intentaba distraerse del terror que sentía hacia Elsa. De hecho, considerar siquiera la posibilidad de encontrarse con ella era una locura. El único lugar donde podía cruzarse con Elsa era el almacén.
Y la razón por la que Subaru iba allí era para recuperar la insignia que le habían robado a Satella, un objetivo que nació del deseo de “devolverle el favor por haberlo salvado”.
Sin embargo, para un Subaru que ha retrocedido en el tiempo mediante el Retorno por Muerte, esa deuda de gratitud se quedó atrás, en aquel primer mundo que desapareció.
La gélida reacción de Satella cuando se reencontraron en el tercer mundo era la prueba de ello. Ella no lo conoce. El favor que debía devolver se ha esfumado.
En ese caso, lo lógico sería olvidarse de ella y centrarse en evitar aquella amenaza. No sabía por qué existía algo como el Retorno por Muerte, pero ya que tenía una habilidad que le permitía conocer el futuro, lo correcto era esquivar todas las minas posibles.
—Dicho esto, ¡manos a la obra! Por suerte ya sé que el teléfono vale dinero, así que lo venderé para conseguir fondos, me haré de oro con mis conocimientos modernos y a vivir la vida loca. El futuro es prometedor, ¿no crees, viejo?
—Llevas un rato murmurando cosas raras y ahora sales con esto. No me vengas con esas, que yo no sé nada.
El vendedor del puesto de al lado respondió con cara de fastidio ante la búsqueda de complicidad de Subaru. Esa reacción fría hirió un poco su sensible corazón. Al parecer, la actitud de la gente hacia los desconocidos no cambiaba mucho de un mundo a otro.
—Pero, sabes… también hay gente tan buena que ayuda a los demás incluso cuando ellos mismos están en un aprieto.
Justo después de que le robaran algo importante, y mientras perseguía a quien lo hizo.
Ayudó a un inútil que no tenía nada que ver con ella, perdió el tiempo curándolo y luego intentó marcharse sin siquiera aceptar una recompensa.
Esa persona tan sumamente buena, que, por seguirle el juego al egoísmo de aquel inútil, acabó encontrando un final terrible.
—Después de repetirlo tres veces, uno empieza a entender varias cosas. Si no lo entendiera, es que mi cabeza estaría para que me encerraran, pero no es el caso. Solo estoy un poquito loco.
—¿Y ahora qué tonterías estás diciendo?
Preguntó el mercader.
—Probablemente hay un patrón. Algo inevitable… Una fuerza de coerción que hace que, sin importar cuántas veces lo intente, estos eventos siempre ocurran. Por ejemplo…
Tanto en la primera como en la segunda y tercera vez, a Satella le robaba la insignia Felt. Y en el almacén de objetos robados, tanto en la primera como en la segunda vez, Elsa llevó a cabo una masacre. Seguramente en el tercer mundo, a pesar de la muerte absurda de Subaru, ocurrió la misma tragedia.
—No sé si puedo vencer a Elsa. Sigo sin tener ni idea. Pero hay cosas que sí sé.
Si dejaba que las cosas siguieran su curso en esta cuarta oportunidad, Felt y el Viejo Rom morirían sin duda a manos de Elsa. Y Satella tampoco podría evitar el enfrentamiento contra ella.
¿Y qué más daba si esos dos morían? Eran un criminal que vendía objetos robados y una niña descarada que pretendía vender lo que no era suyo a un precio exorbitante. Ambos eran delincuentes. Deshacerse de ellos debería ser un alivio, y sin embargo…
—Ah… Supongo que después de todo soy un chico de la era moderna. Y pensar que me burlaba de este tipo de sentimientos cuando estaba frente a la computadora.
Siempre había actuado como si la compasión o la piedad fueran tonterías. Al menos, Subaru no creía estar fingiendo; se consideraba una persona con poco apego emocional. Estaba convencido de que, ante cualquier situación, reaccionaría de forma fría y pragmática. Pensaba que la muerte de unos conocidos no sería para tanto.
—Pero no quiero que pase. Me da asco. Ninguno de los dos se acerca siquiera a ser una buena persona… pero me resulta imposible ignorar que van a ser asesinados cuando ya los he llegado a conocer.
Al final, parece que solo era una fachada. Todo eran bravuconadas desde la seguridad de lo virtual. En cuanto la realidad golpea con su peso real, sus principios resultan ser tan delgados que cambian de bando a la primera de cambio.
—Y, además, no puedo abandonar a Satella… bueno, a esa chica.
Al recordar cómo reaccionó ella, Subaru comprendió que “Satella” debía de ser un nombre falso. En el primer mundo, ella parecía dudar antes de decírselo. Tras lo ocurrido en el tercer mundo, la lección le había quedado clara a base de dolor.
En resumen: le faltaba ganarse su confianza. No tenía suficiente nivel de afinidad, y por eso falló la tirada de dados en el evento para conseguir su nombre real.
—En ese caso, esta vez me esforzaré para que, al menos, ¡me diga su nombre de verdad!
Subaru hizo unas flexiones, haciendo crujir sus huesos mientras recuperaba el ánimo. El dueño del puesto lo miraba con cara de asombro ante su comportamiento errático. Subaru levantó la mano con firmeza hacia él.
—Hay momentos en los que un hombre tiene que dar la cara. ¿A que sí, viejo?
—Sí, sí, lo que tú digas. Así que vete ya de una vez.
Aunque su intención era soltar una frase mítica con cara de protagonista, la mala reacción del hombre hizo que su mejilla temblara un poco.
Empujado por un gesto desganado del mercader, Subaru se retiró del lugar a paso ligero. Corrió unos doscientos metros abriéndose paso entre la multitud y se detuvo.
—A ver…
Subaru se atusó el flequillo con un gesto innecesariamente galán. Mientras fingía una calma absoluta, sus ojos recorrían rápidamente la calle de izquierda a derecha. Se apoyó contra una pared con un movimiento natural, dejando caer el peso de su cuerpo y…
—¿Dónde podré encontrarme con la falsa Satella?
Con ese comentario cargado de incertidumbre sobre el futuro, Subaru dio el pistoletazo de salida a un plan que acababa de empezar sin tener la más mínima dirección.
3
Si se detiene a pensarlo, sus encuentros con la falsa Satella habían dependido demasiado del azar.
Tanto en la primera como en la tercera vez se cruzó con ella en plena calle, pero el único punto en común era que ambos encuentros ocurrieron cerca de esta avenida principal. Si al menos supiera a qué hora exacta Felt cometía el robo…
—¿Cuánto tiempo me habré quedado en modo depresión junto al puesto de frutas aquella vez?
Le parecía que habían sido apenas unos minutos, pero también tenía la sensación de haber estado lamentándose casi una hora.
—Supongo que vagaré por ahí y se lo dejaré al destino. Confiaré en el hilo rojo que me une a esa chica.
Subaru levantó ambos meñiques frente a su cabeza y empezó a moverlos haciendo ruidos extraños, ganándose las miradas de desconcierto de quienes pasaban por su lado. Continuó su búsqueda y, poco a poco, el paisaje empezó a resultarle familiar.
—¡¿No será que mi fuerza del destino no es tan mala después de todo?!
Justo cuando empezaba a regodearse en su propia suerte, se dio cuenta de algo: sin darse cuenta, se había desviado de la avenida para entrar en un callejón.
—Este lugar… ¿es donde conocí a la falsa Satella la primera vez?
Le daba esa impresión, pero no estaba del todo seguro. Además, incluso si fuera el mismo callejón, no tenía garantías de que ella fuera a aparecer por ahí.
—El callejón sin salida donde me mataron la tercera vez era un sitio completamente distinto…
Aunque el robo de la insignia fuera un evento inevitable, la ruta de escape de Felt cambiaba según las circunstancias.
Quizás en la primera y segunda vez fue el mismo callejón, pero en la tercera, la interferencia de Subaru provocó que el destino se desviara ligeramente.
Al llegar a ese punto, Subaru se dio cuenta de lo superficial de su razonamiento.
Entrar en un callejón conocido podía significar encontrarse con la chica o con Felt, sí; pero también implicaba otro tipo de reencuentro. En pocas palabras:
—Ya estoy harto de verles las caras, Ton, Chin y Kan.
Subaru se dio la vuelta con desgano. Frente a él, bloqueando el callejón, estaban los tres de siempre.
Mismo aspecto, misma ropa, misma cara de pocos amigos.
Si su objetivo era el mismo, su equipamiento también lo sería; cero progresos. Aunque era lógico, considerando que estaban estancados en el mismo momento del tiempo.
—Con la falsa Satella y con Felt no hay forma de encontrarse, pero a ustedes…
La razón por la que no lograba dar con las chicas era porque sus acciones dependían de factores aleatorios ajenos a él.
En cambio, encontrarse con este trío era una constante porque ellos ya lo habían marcado como blanco para su extorsión desde el principio. Por eso, sin importar qué callejón eligiera, el evento con ellos parecía inevitable.
—Ahora que he llegado a una conclusión que no me emociona lo más mínimo… ¿qué es lo que quieren, pedazo de idiotas?
—¿Qué está balbuceando este tipo desde hace rato?
—Parece que no entiende en qué situación se encuentra. ¿Se lo explicamos?
La conversación entre Ton y Chin seguía el guion de siempre, hundiendo aún más el ánimo de Subaru. Pero, aunque estuviera harto, no podía tomárselos a la ligera. Las condiciones para superar el encuentro con ellos no parecían tan estrictas, pero no tenía una tasa de éxito del cien por ciento. De hecho, ellos fueron la causa de su tercera muerte.
Fue entonces cuando Subaru centró su atención en los recuerdos de sus últimos instantes de vida en aquel tercer mundo.
En aquella situación, mientras agonizaba, Subaru se había aferrado desesperadamente a los sonidos.
Intentó recordar lo que Ton, Chin y Kan decían al final. ¿A qué le temían? Si recordaba las palabras exactas, ahora podría darles sentido. Cierto, fue eso.
—¡¡SEÑOR GUARDIAAAA!!
Sin previo aviso, soltó un grito de auxilio que hizo que el trío saltara del susto, pillados totalmente por sorpresa.
Fue un alarido que rompió el silencio del callejón y se filtró sin duda en el bullicio de la avenida principal. Sus nervios, forjados en el kendo, habían aniquilado hace tiempo cualquier rastro de vergüenza a la hora de gritar a pleno pulmón.
Además, para alguien como Subaru, que se reconocía a sí mismo como un perdedor a nivel vital, pedir ayuda a otros no hería lo más mínimo su orgullo.
—¡¡ALGUIEN!! ¡¡QUE VENGA UN HOMBRE FUERTEEEE!!
—¡Maldito…! ¡¿Te estás burlando de nosotros?! ¡¿Quién demonios se pone a gritar así de la nada?!
—¡Se supone que por la situación deberías estar escuchando nuestras órdenes si no quieres salir herido! ¡Nadie pide ayuda antes de que terminemos de hablar! ¡Eso no es lo normal!
—¡¿Ah, ¿sí?! ¡¿Y en qué mundo es eso “lo normal”?! Además, si les molesta tanto que grite, es porque estaban a punto de hacerme algo malo, ¡qué miedo!
—¡Cállate de una vez! ¡No me jodas!
—¡Ay, no te oigo! ¡Te falta sinceridad y por eso no te oigooo! ¡¡SEÑOR POLICÍAAA!!
Subaru seguía mofándose de ellos mientras gritaba, pero por dentro estaba sudando frío.
Al final de su tercera vida, justo antes de perder la conciencia, Ton, Chin y Kan habían balbuceado algo sobre “guardias” y “huir”. Eso significaba que en este mundo también existía algún tipo de fuerza policial. Pedir ayuda era una idea inspirada en eso; un plan bastante mediocre, incluso para él.
Sin embargo, para su desgracia, no parecía haber ninguna reacción heroica proveniente de la avenida principal.
—Supongo… que ha sido un fracaso…
—Qué susto nos diste… Por un momento me hiciste dudar, desgraciado.
—¡Solo un momento!
—¡Solo un poquito!
Con una coordinación perfecta, el trío hacía gala de su mediocridad mientras intentaban negar que eran unos buenos para nada.
Para recuperar el control de la situación que Subaru les había arrebatado, los hombres se miraron entre sí, asintieron y empezaron a desenfundar sus armas. Un cuchillo, un machete oxidado y…
—¿Y tú por qué vas con las manos vacías? ¿No tenías dinero para comprar un arma?
—¡Cállate! ¡Soy más fuerte sin armas! ¡Te voy a moler a golpes, escoria!
—Si pudiera mostrarte lo que pasó en mi segunda vida, te callaría la boca.
Recordó aquel impecable suple que realizó en su segundo intento y se sintió orgulloso de sí mismo. Por otro lado, su pecho no dejaba de repetir “esto es muy malo”, porque la situación era crítica. Escapar de allí se había vuelto extremadamente difícil.
—Tengan piedad… Odio el dolor.
Haber muerto tres veces le daba autoridad para decirlo: morir no es algo a lo que uno se acostumbra, no importa cuántas veces pase.
Y lo peor es que, hasta ahora, todas sus causas de muerte habían sido por armas blancas. El dolor agudo siempre se siente nuevo, y esa sensación de cómo los nervios se apagan violentamente es siempre impactante.
No quería volver a morir así por nada del mundo, y sobre todo…
—Que haya podido usar el Retorno por Muerte hasta ahora no significa que pueda hacerlo esta vez…
¿Qué garantía tenía de que esa habilidad no tuviera un límite de usos? No había números grabados en ninguna parte de su cuerpo, pero se suele decir que hasta la paciencia de un buda tiene un límite de tres. Si esta situación era un regalo de la misericordia divina, las continuaciones de Subaru bien podrían haberse agotado ya.
—Si muero, mi vida en este mundo diferente acaba aquí. La respuesta correcta es huir, aunque me lleve algún corte.
El peligro más alto venía, por supuesto, del cuchillo: confianza y resultados garantizados. El machete parecía bastante oxidado; si usaba la bolsa de plástico como escudo, quizá solo acabara en un hematoma. Y al de los puños, como siempre, lo ignoraría.
Viendo cómo el trío se acercaba, Subaru tomó una decisión instantánea. Centró toda su guardia en Chin e inició la cuenta regresiva mental para escabullirse entre ellos. Tres, dos…
—Es suficiente.
La voz surgió de forma abrupta pero nítida, rasgando la tensa y seca atmósfera del callejón.
Era un tono firme, sin un ápice de duda ni rastro de piedad. Aquella voz poseía el don natural de golpear a quien la escuchara con una presencia abrumadora, imponiendo su voluntad.
Subaru levantó la vista y el trío se dio la vuelta. Allí, frente a ellos, se alzaba un joven.
Lo primero que captaba la atención era su cabello, de un rojo tan intenso que recordaba a una llama ardiente.
Bajo él, unos ojos azules brillaban con una determinación que solo podía describirse como heroica. Sus facciones, extraordinariamente proporcionadas, reforzaban esa gallardía; bastaba un vistazo para comprender que se trataba de alguien excepcional.
Vestía ropas negras de impecable confección que envolvían su figura alta y estilizada. De su cintura colgaba una espada de caballero con decoraciones sencillas pero que emanaba una presión fuera de lo común.
—Independientemente de las circunstancias, no permitiré que continúen con este atropello contra él. Deténganse.
Mientras hablaba, el joven caminó con paso tranquilo junto al trío y se interpuso entre ellos y Subaru. Ante tal actitud de majestuosa confianza, Subaru se quedó sin palabras, pero la reacción de Ton, Chin y Kan fue distinta. Palidecieron y, con los labios temblorosos, señalaron al joven.
—E-ese cabello rojo llameante y ojos color cielo… Además, esa espada con el sello de la garra del dragón en la vaina. No puede ser…
Mirándolo como si vieran un fantasma, exclamaron al unísono:
—¡¿Reinhard…?! ¡¿Eres Reinhard, el “Santo de la Espada”?!
—Parece que no necesito presentarme. Aunque ese título todavía me queda grande.
Murmuró el joven llamado Reinhard con una pizca de autodesprecio, pero sin relajar la mirada ni un segundo.
Atravesados por su escrutinio, los hombres retrocedieron un paso, intimidados. Se miraron entre sí, buscando el momento idóneo para huir.
—Si se marchan ahora, los dejaré ir. Diríjanse a la calle principal. Pero si deciden optar por la fuerza, seré su oponente.
Reinhard apoyó la mano en la empuñadura de su espada e hizo un gesto con la barbilla señalando a Subaru, que estaba tras él.
—En ese caso, seremos tres contra dos. Numéricamente, la ventaja es suya. No sé cuánto podrá mi humilde fuerza ayudar a este joven, pero como caballero, presentaré batalla.
—¡¿E-es una broma?! ¡Obviamente no salimos ganando!
Ante las palabras de Reinhard, Ton, Chin y Kan entraron en pánico total. Olvidando incluso la precaución de esconder sus armas, salieron huyendo hacia la avenida principal como crías de araña que se dispersan en todas direcciones. Ni siquiera dejaron tras de sí alguna frase de despedida como en el primer bucle; así de evidente era que el joven que tenían enfrente estaba fuera de toda escala normal.
—Me alegra que ambos estemos a salvo. ¿No tienes ninguna herida?
Una vez que el trío desapareció por completo, el joven se dio la vuelta con una sonrisa. En ese instante, la presión abrumadora que había dominado el callejón se desvaneció. Al sentir que incluso eso era algo que el joven controlaba a voluntad, Subaru no pudo más que quedarse mudo.
Y, sobre todo:
—Hacer algo así y mantener esa frescura… Esto ya no es nivel humano.
Su rostro, su voz, su porte y sus acciones; todo tenía un estándar tan alto que su “pureza humana” resultaba excesiva.
Si a esto se le sumaba buen carácter y linaje, Subaru sentía que Reinhard tendría que estar cometiendo algún crimen en secreto para que el universo estuviera en equilibrio.
Dejando de lado esa envidia corrosiva, Subaru se postró ante él con un exagerado “je, je”.
—Le agradezco de todo corazón que me haya salvado la vida. Este Natsuki Subaru queda impresionado ante la nobleza de su espíritu…
—No hace falta que seas tan formal. Como dije, ellos simplemente se retiraron al ver que éramos dos contra tres y perdieron su ventaja. Si yo hubiera estado solo, quizás no habría sido tan fácil.
—No, por cómo se asustaron, habrían huido, aunque fuera uno contra diez. Es más, ¡uno contra cien! Pero ¿qué es este índice de frescura? ¿De verdad eres un santo en cuerpo y alma? ¡Brillas tanto que me vas a dejar ciego!
De hecho, la diferencia estética era tal que Subaru no quería ni estar parado a su lado. Lo observó de nuevo; mientras más lo miraba, más parecía un hombre bendecido por los dioses. Sin embargo, por su vestimenta, no daba la impresión de ser un guardia común.
—Bueno… señor Reinhard… ¿está bien si te llamo así?
—No necesitas ser así de formal, Subaru.
—Vaya, qué rápido acortaste distancias. Bueno, gracias de nuevo, Reinhard. Fuiste el único que vino corriendo al oír mis gritos. Qué triste es el mundo.
Con tanta gente en la avenida, era imposible que solo Reinhard lo hubiera escuchado. Ante el lamento de Subaru por la falta de empatía ajena, Reinhard bajó la vista ligeramente.
—No me gusta decirlo, pero es comprensible hasta cierto punto. Para la mayoría, enfrentarse a tipos como ellos supone un riesgo demasiado grande. En ese sentido, tu decisión de llamar a la guardia fue la correcta.
—Por cómo lo dices… ¿Tú eres de la guardia? No lo parece en absoluto.
—Me lo dicen a menudo. Hoy es mi día libre y no llevo el uniforme; además, soy consciente de que me falta esa apariencia ruda que se esperaría.
Reinhard extendió las manos con una sonrisa amarga, y Subaru le rebatió internamente. La razón principal por la que no parecía un guardia era que su aura estaba a años luz de cualquier imagen tosca o mundana.
—Por cierto, creo que te llamaron “Santo de la Espada” o algo así…
—Mi familia es un poco especial. Podría decirse que vivo días en los que siento que voy a ser aplastado por el peso de las expectativas.
Respondió él, encogiéndose de hombros con naturalidad.
Parecía que también tenía sentido del humor. A estas alturas, no cabía duda de que era un superhombre perfecto. Subaru pasó de lamentar la injusticia divina a sentirse impresionado.
—He notado que tienes un cabello, una ropa y un nombre poco comunes… ¿De dónde vienes, Subaru? ¿Y qué te trae a la capital real, Lugunica?
Reinhard bajó la mirada, observando con detenimiento el atuendo de Subaru mientras le formulaba la pregunta. Para un miembro de la guardia, era la reacción natural ante alguien de procedencia tan sospechosa.
—Si me preguntas de dónde vengo, me pones en un aprieto. Lo de “un pequeño país al este de aquí” no funcionó la otra vez… así que digamos que vengo de más al este. Sí, de los confines que nadie ha visto jamás.
Soltó aquella tontería con una sonrisa reluciente, aunque por dentro se recriminaba lo simplista de su respuesta. Sin embargo, Reinhard arqueó las cejas, genuinamente sorprendido.
—Más al este de Lugunica… ¿Me estás diciendo que vienes de más allá de la Gran Cascada? ¿Es una broma?
—¿La Gran Cascada?
Subaru ladeó la cabeza ante el término desconocido. “Cascada” le sonaba a un salto de agua, pero su conocimiento geográfico de este mundo era nulo; para él, el mapa se limitaba a la avenida principal, este callejón, el barrio pobre y el almacén.
—Bueno, no parece que estés intentando engañarme, así que lo dejaré pasar. Sea como sea, es evidente que no eres de la capital. Debes tener algún motivo para estar aquí, ¿verdad? Ahora mismo Lugunica está en una situación algo más agitada de lo normal. Si te parece bien, puedo ayudarte en lo que necesites.
—No, no, ¿acaso no es tu día libre? No tienes por qué desperdiciarlo ayudándome. Con lo de antes ya ha sido suficiente…aunque, ya que lo mencionas, sí que me gustaría preguntarte una cosita.
Subaru declinó la oferta inicial, pero luego levantó un dedo como si acabara de recordar algo importante.
—Pregunta lo que quieras. No estoy muy al tanto de los asuntos mundanos, así que no sé si podré responderte, pero lo intentaré.
—Nada, solo busco a alguien. ¿De casualidad has visto por aquí a una chica de cabello plateado que lleva una túnica blanca?
El aspecto de la falsa Satella era bastante llamativo. La combinación de su cabello con esa túnica que llevaba un bordado de un halcón destacaba a leguas. Si se hubiera paseado así por la capital, era muy probable que un guardia como Reinhard se hubiera fijado.
—Túnica blanca y cabello plateado…
—Y añádele que es una belleza de otro mundo. Ah, y lleva un gato… Bueno, no es que lo vaya exhibiendo por ahí. Esa es toda la información que tengo.
Si mencionaba al espíritu con forma de gato y coincidía, no habría duda, pero normalmente el gato solía estar escondido entre su cabello, así que pedir eso era esperar demasiado.
—… ¿Y qué piensas hacer cuando la encuentres?
Preguntó Reinhard, entrecerrando sus ojos celestes.
—Devolverle algo que ha perdido… Bueno, ¿en este caso sería algo que está buscando? Solo quiero entregárselo.
Aunque, técnicamente, Subaru aún no lo tenía en su poder, e incluso cabía la posibilidad de que la chica todavía ni siquiera lo hubiera perdido.
Reinhard permaneció en silencio unos instantes, sumido en sus pensamientos, antes de responder:
—Lo siento, pero no me suena de nada. Si quieres, puedo ayudarte a buscarla.
—No quiero causarte tantas molestias. No te preocupes, ya me las arreglaré para encontrarla.
Subaru se despidió de Reinhard con un gesto de la mano y decidió que lo primero sería dar una vuelta por la avenida principal.
Con suerte, se cruzaría con ella como en el tercer bucle. Es más, si lograba estar presente en el momento del robo, podría atrapar a Felt y evitar que se llevara la insignia. Pensándolo bien, esa sería la solución más rápida para evitar problemas futuros, así que sentía que debía darse prisa.
—El problema es cómo atrapar a Felt con lo escurridiza que es. En el peor de los casos, quizá lo más seguro sería ir al bazar con la guardia y que se encarguen de todo…
—¿Al bazar?
—Ah, no, nada. Olvídalo. Es solo el nombre de la “base secreta” de un viejo que ya tiene una edad.
Subaru soltó una excusa cualquiera para distraer a un Reinhard que ya empezaba a sospechar, desechando de inmediato la idea de involucrar a la guardia.
Al fin y al cabo, si se presentaba ante Elsa con un grupo de guardias comunes, lo más probable era que solo consiguiera aumentar el número de víctimas. El nivel de aquella asesina estaba, sencillamente, fuera de lo humano.
—A menos que todos los guardias de este mundo sean superhombres como este… En fin, primero comprobaré la avenida principal.
—¿Ya te marchas?
—Sí, me voy. Me has ayudado mucho, Reinhard. Te devolveré el favor algún día. Si voy a algún puesto de guardia, ¿podré encontrarte?
—Así es. Si das mi nombre, sabrán quién soy. Para ti, las puertas estarán abiertas en cualquier momento y para cualquier asunto. Estaré deseando volver a verte.
—¿Tan rápido he subido mi nivel de afinidad con él? ¿Qué habré dicho…? Bueno, si me quedo sin dinero y acabo tirado en la calle, iré a buscarte para que me mantengas.
Subaru respondió con una broma y levantó la mano a modo de despedida. Reinhard, manteniendo su frescura hasta el final, le dedicó unas últimas palabras: “Ten cuidado”.
Impulsado por ese deseo, Subaru logró salir del callejón sin un solo rasguño y con sus pertenencias intactas.
Sin embargo, no se dio cuenta de que aquellos ojos azules seguían clavados en su espalda, observándolo con una mirada que parecía estar evaluando su verdadero valor.
4
Tras regresar a salvo a la calle principal, Subaru de inmediato se puso a buscar a la falsa Satella con empeño.
Sin embargo, lo único que Subaru podía hacer era abrir los ojos como platos y escudriñar a la multitud. Guiándose por los recuerdos de su tercer mundo, está haciendo positioning cerca del ya familiar puesto de frutas.
De reojo, nota que la expresión del dueño con la cicatriz en la cara es un poco severa.
—Esta vez nuestro encuentro no fue el mejor. … ¡Pero en el fondo sé que eres una persona de buen corazón!
Le subió el pulgar hacia arriba y le dedicó una sonrisa a su rostro intimidante, pero el dueño apartó la mirada con una expresión que parecía decir: “Acabo de ver algo asqueroso”. Con un sentimiento de cierta tristeza, Subaru bajó el pulgar y volvió a mirar hacia la calle. Como de costumbre, la avenida principal estaba atestada de personas de todas las razas, apretujadas como sardinas en lata.
Habían pasado más de diez minutos desde que empezó a vigilar, pero no había ni rastro de la falsa Satella. Ya había transcurrido casi una hora desde el inicio de este cuarto mundo.
—No confío mucho en mi sentido del tiempo, pero tengo el presentimiento de que, a estas alturas, el robo ya debió haber ocurrido…
Al decir eso en voz alta para sí mismo, un mal presentimiento le cruzó de repente por la mente.
—Oye, jefe.
—¿Qué quieres, muerto de hambre?
De frente, el dueño del puesto de frutas le respondió sin ocultar su desagrado al ver a Subaru asomarse de nuevo.
—No voy a negar que no tengo ni un centavo porque es la verdad, pero… jefe, quería preguntarte algo. ¿De casualidad no ha habido algún alboroto por aquí debido a un ladrón?
—Tienes mucho descaro para hacer preguntas sin comprar nada.
—Oye, pero si la otra vez me respondiste bien…Ah.
A mitad de la conversación, Subaru comprendió la razón por la que le caía tan mal al dueño en esta ocasión. La primera vez, durante el encuentro casual que tuvo cuando visitó este puesto de frutas con la falsa Satella… no había rescatado a la hija del dueño.
—Diablos, cometí un error garrafal. ¿No me digas que tengo que ir a buscarla?
—¿Qué tanto murmuras…? Ah, maldita sea. Mira, un alboroto así no es nada raro por aquí.
—Me alegra que me hayas respondido, pero ¡¿es en serio?!
Ciertamente, dentro del almacén de objetos robados había tantas cosas sustraídas de distintas partes de la capital real que llenaban por completo el lugar. Si había tal cantidad de robos, el nivel de seguridad de esta ciudad era fácil de deducir.
—¿Acaso perdí el rastro por completo…?
—Sin embargo, el alboroto de hace un rato fue algo inusual. Se lanzaron un par de hechizos en la calle. Mira.
Inclinándose hacia adelante, el dueño de la tienda señaló hacia un puesto callejero que estaba a unos cuatro locales a la izquierda. Al dirigir la mirada, se veían agujeros perforados en la pared que conducía al callejón, justo al lado del puesto.
—Vaya, increíble.
—Son las marcas donde unos carámbanos de hielo salieron volando y se clavaron como flechas. Aunque desaparecieron enseguida.
Los cuatro agujeros tenían, cada uno, el tamaño de una moneda de quinientos yenes. Para poder perforar una pared de piedra de esa manera, solo de pensar en lo que pasaría si te golpearan te helaba la sangre.
—Esto es muy diferente a lo que vi la primera vez… ¿Estará de mal humor en esta ocasión la falsa Satella?
Si hacía un mal movimiento al acercarse a ella, el propio Subaru podría terminar recibiendo uno de esos ataques. Sintió cómo un sudor frío le brotaba de golpe en la frente.
—Pero visto lo visto, esta vez también me he retrasado.
Si el robo ya había ocurrido, sería difícil para Subaru reunirse de forma proactiva con la falsa Satella. Es decir, su prioridad debía ser…
—Reunirme con Felt, que tiene la insignia. Si es posible, me gustaría atraparla antes de que entre al almacén de objetos robados e intercambiar mi celular por la insignia.
Para ser honesto, no quería acercarse al almacén de objetos robados, sobre todo siendo el lugar donde ya había sido asesinado brutalmente dos veces.
—Si llego demasiado tarde, repetiré lo de la primera vez. Pero si me reúno con el viejo Rom y espero a Felt, terminaré siguiendo exactamente los mismos pasos de la segunda vez…
Como era de esperar, la clave era el paradero de Felt. En este momento, Felt seguramente estaba corriendo por toda la capital real para escapar de la falsa Satella. Quería contactar con ella antes de que llegara finalmente al almacén.
—¿O ya que se trata de un “Retorno por Muerte”, mejor desecho este intento solo para investigar los alrededores…?
Aunque le pareció una medida efectiva, Subaru sacudió la cabeza y rechazó la idea de inmediato.
Era una conclusión basada en la experiencia de sus tres muertes previas, pero morir las tres veces había sido, literalmente, un dolor mortal.
No era algo que quisiera volver a experimentar. Además, seguía existiendo la ansiedad de no conocer los detalles del “Retorno por Muerte”. Si decidía desechar el intento, dejaba pasar todo, moría y resultaba que la cantidad de regresos restantes era cero, no sería para nada gracioso.
—Al final, mientras haya vida, no queda de otra que luchar con todas mis fuerzas. Aunque suene obvio.
Tras llegar a esa conclusión, giró la cintura estirándose como calentamiento. Ante el dueño, que parecía molesto de que empezara a hacer calistenia frente a su tienda, Subaru levantó la mano mientras hacía un ligero jogging en su lugar.
—Gracias, jefe. Aunque no sé por qué me ayudaste tan de repente.
—No es gran cosa. Hace poco, una chica muerta de hambre igual que tú, ayudó a mi hija cuando estaba perdida.
Ante la respuesta del dueño, Subaru se sorprendió y soltó una carcajada. La fuerza coercitiva del destino. Por más problemas en los que se metiera la querida hija del dueño de la tienda, alguien siempre la ayudaría. Solo saber eso ya hacía que valiera la pena haber venido aquí.
—¡Muy bien! Esta vez sí me voy. La próxima vez, seguro te compraré unas manzanes.
—Sí, si vas a comprar, eres un cliente. En ese caso, serás bienvenido. Ponte a trabajar, muerto de hambre.
El tendero continuó desinteresado.
—Sí, sí. De verdad espero que la próxima vez traigas dinero.
Tras esa desinteresada despedida, Subaru echó a correr. Su destino eran los barrios bajos…sin embargo, en una dirección distinta al bazar de objetos robados.
—Las bad flags si me dirijo al almacén son tal y como analicé hace un momento. En ese caso, intentaré abordar el problema desde otra ruta.
5
—¿El escondite de esa tal Felt? Si es así, queda dos calles más al fondo por allá.
—Gracias. Me salvaste, hermano.
—No te preocupes, hermano. Este, bueno, ¡ten una buena vida!
Con una sonrisa irónica, el rostro del hombre de mediana edad desapareció tras la puerta chirriante.
De principio a fin, la mirada de lástima nunca desapareció de su tensa sonrisa. Subaru apretó el puño suavemente al ver que su plan había funcionado.
—Fue una estrategia que deduje por mis experiencias de la primera y segunda vez en los barrios bajos…pero surtió un efecto inmediato.
Mientras decía eso, Subaru se sacudió la manga de su chaqueta deportiva, que estaba tiesa por el lodo seco.
La brillante idea que se le ocurrió a Subaru al llegar a los barrios bajos para descubrir el paradero de Felt, fue fingir tener un aspecto miserable.
En el primer mundo, cuando recorrió los barrios bajos con la falsa Satella, los residentes fueron bastante compasivos y cooperativos con un Subaru que había sido golpeado brutalmente por Ton, Chin y Kan.
Era una diferencia abismal en comparación con la respuesta fría y cortante que recibió la segunda vez, cuando no tenía ni un rasguño. Recordando eso, esta vez se excedió un poco con su apariencia.
—Bueno, aunque pisé la caca de quién sabe qué animal. En fin, con esto creo que ya ubiqué su lugar para dormir, o más bien, su escondite… el problema es si Felt regresará.
Afortunadamente, la ubicación del escondite de Felt que logró sacarles a cuatro residentes diferentes coincidía. Sin embargo, las posibilidades de que Felt huyera hacia allá eran de cincuenta y cincuenta. También existía la posibilidad de que no regresara por miedo a sus perseguidores.
—No tiene caso darle vueltas. No me voy a preocupar por cosas que no tienen respuesta, all right.
No dudaba ante las cosas que no tenían remedio. La capacidad de decisión de Subaru brillaba incluso aquí. Mientras se sacudía el lodo endurecido, Subaru se dirigió trotando hacia las profundidades de los barrios bajos. Como de costumbre, el callejón estaba poco iluminado; saltó para esquivar un charco de origen dudoso a sus pies. Justo al hacerlo, estuvo a punto de chocar con una silueta que apareció desde el otro lado.
Esquivó a toda prisa y su espalda chocó contra la pared de la calle. Sin querer, dejó escapar un “¡Ugh!” al quedarse sin aire.
—Vaya, lo siento. ¿Te encuentras bien?
—Estoy bien, estoy bien. Aunque no lo parezca, mi punto fuerte es ser resisten… ¡¿?!
Subaru levantó la cara intentando hacerse el duro para ver quién era, pero se tragó el final de su frase. Al escuchar la voz aguda de Subaru, la mujer de cabello negro soltó una pequeña risa, “Fufu”.
—Qué chico tan divertido. ¿Seguro que estás bien?
Se apartó el cabello que le caía sobre la oreja. Ese simple gesto resultó de alguna manera seductor, y Subaru pensó para sí mismo que, como de costumbre, cada uno de sus movimientos era demasiado erótico.
Era la persona con la que absolutamente no quería volver a encontrarse. La oponente que había derramado las entrañas de Subaru en dos ocasiones: Elsa estaba allí de pie.
—… No tienes que asustarte tanto, no te voy a hacer nada.
—¿Asus…? ¡No estoy asustado ni nada de eso! ¿En qué te basas para decir algo así…?
—Tu olor…
Ignorando a un Subaru que trataba de hacerse el valiente, Elsa entrecerró los ojos con una sonrisa seductora.
¿Olor? Subaru ladeó la cabeza confundido, a lo que ella resopló levemente por su nariz bien torneada.
—Cuando alguien tiene miedo, emite un olor a miedo. Tú estás asustado ahora mismo… Y también estás enojado. Conmigo.
Divertida por exponer lo que él sentía por dentro, Elsa lo miró hacia arriba. Subaru respondió con una silenciosa sonrisa forzada, mientras respiraba profundamente para intentar calmar los latidos de su corazón, que repicaba como una alarma.
Ante un Subaru que se quedó callado, los ojos de Elsa se estrecharon como los de una serpiente. Aunque se sintió paralizado por esa mirada, no mostró la debilidad de apartar los ojos.
Ella se humedeció los labios con la lengua ante la falsa valentía de Subaru.
—… Hay algo que me causa curiosidad, pero está bien. Por ahora no puedo darme el lujo de causar un alboroto.
—E-esas no son palabras muy tranquilizadoras. Si me asustas demasiado, arruinarás tu belleza, ¿sabes?
—Vaya, qué adulador… Sería aún mejor si pudieras ocultar tu hostilidad.
Un dedo se extendió y presionó suavemente la frente de Subaru, y con solo eso, su cuerpo tenso fue liberado. Mientras Subaru soltaba el aire y sus hombros subían y bajaban, Elsa se llevó a los labios el dedo con el que lo había tocado y dijo:
—Bueno, me retiro. Siento que nos volveremos a ver.
—Si la próxima vez es en un lugar iluminado y lleno de gente, yo también podré relajarme.
Decir ese sarcasmo fue todo lo que pudo hacer.
Elsa solo dejó atrás una sonrisa provocativa, hizo ondear su capa negra y se fundió en la oscuridad del callejón. Tras ver desaparecer a Elsa literalmente, Subaru sintió el cansancio de golpe y se apoyó contra la pared.
—Fue… un reencuentro inesperado. Así que estaba merodeando por aquí antes de ir al bazar de objetos robados…
Su espíritu estuvo a punto de quebrarse por el encuentro imprevisto con el last boss, Elsa. En términos de preparación mental, ella era una existencia que le había causado un impacto aún mayor que la falsa Satella. Quería rezar con todas sus fuerzas para que esta fuera la última vez que se encontraba con Elsa.
—Creo que el escondite de Felt está más al fondo de aquí, pero… no hay posibilidad de que Elsa ya haya causado un desastre, ¿verdad…?
Era una pervertida que se deleitaba abriéndole el estómago a la gente.
No sería raro que hubiera despedazado a un par de personas solo para matar el tiempo hasta su reunión. Y más aun siendo las profundidades de los barrios bajos; eso solo alimentaba sus peores imaginaciones.
—E-estará bien, supongo. No olía a sangre ni la vi manchada… o eso creo.
Con la basura y el olor a podredumbre no habría podido distinguir el olor a sangre, y estaba tan oscuro que no tuvo el lujo de fijarse en posibles manchas, pero seguramente no había nada. Quería pensar que no.
Cinco minutos después del encuentro con Elsa, llegó a una choza sucia y andrajosa.
—Según la información debería ser esto, pero… ¿es esto un lugar donde vive alguien?
De pie frente a lo que parecía ser una puerta de madera, Subaru no pudo evitar ladear la cabeza.
El tamaño de la choza que tenía delante equivalía, más o menos, a dos baños portátiles de una obra de construcción. Era la viva imagen del dicho “medio tatami para estar de pie, un tatami para dormir”.
—Precisamente por eso lo llaman “escondite”, así que no creo haberme equivocado, pero…
Aun así, pensar que una niña tan pequeña vivía aquí le hizo sentir lástima. Sintió que ahora podía perdonarla y comprender por qué era tan codiciosa y tenía tantas ansias de superación.
—Viviendo en un lugar como este, haciendo su pequeño cuerpo aún más pequeño. Es normal que su carácter se haya retorcido. Ah, qué pobrecita. Qué lástima.
—Estás exagerando, qué asco das. ¿Cuál es tu problema al ver dónde duermo, chico?
Tras ser llamado por la espalda mientras estaba en su modo compasivo, se dio la vuelta. Delante de su mirada, observándolo fijamente con ojos entrecerrados, estaba la pequeña chica rubia: Felt. No había diferencia en su apariencia o postura en comparación con las otras veces.
Si acaso, su habitual ropa andrajosa se veía un poco más sucia de lo normal; ¿quizás significaba que su huida en esta ocasión había sido extremadamente feroz?
—¿Por qué pones aún más cara de lástima? ¿Acaso me estás subestimando por ser una niñita sucia?
—Es un sentimiento distinto a ese, pero… En fin, me alegro de verte.
Ante la chica que no intentaba ocultar su desagrado, Subaru no pudo evitar relajar los hombros con alivio.
Reencontrarse con Felt era genuinamente algo de lo que alegrarse. Después de su encuentro cercano con Elsa, se había preguntado qué pasaría, pero al ver cómo se daban las cosas, se podía decir que era un buen comienzo.
Ante el murmullo de Subaru, ella resopló diciendo:
—¿Qué, eres un cliente? Si viniste aquí, es porque necesitas algo de mí, ¿verdad? Por tu aspecto no pareces ser de aquí.
—Oh. Tienes buen ojo para no tratarme como a uno de los tuyos.
—Incluso los de por aquí se arreglan un poco más. Ensuciarte tanto se ve demasiado falso. Para ser sincera, ahora mismo estás más mugriento que nuestra gente. Incluso más que yo.
—Como de costumbre, es una mocosa que no sabe mantener la boca cerrada.
Ya le estaban dando ganas de retirar la compasión que había sentido hace un momento.
—¿Y bien? ¿Cuál es el asunto? Si es un encargo de robo, paga por adelantado. Dependiendo del objetivo, puede que te cobre un extra.
—¿Un encargo de robo…? Tienes un negocio muy turbio. ¿Te enorgulleces de tener las manos largas?
—Es cuestión de sobrevivir. Si no hago esto, mi única otra opción es vender mi cuerpo. Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿O vienes por otro asunto? Dependiendo de la situación…
Felt movió los dedos rápidamente, presumiendo de su destreza manual. En su palma, apareció de repente un pequeño cuchillo como por arte de magia. Seguramente era una advertencia de que, dependiendo de la situación, lo usaría como medio de autodefensa.
De hecho, si Subaru terminaba enfrentándose a Felt, entre su agilidad y el arma blanca, él no tendría ninguna oportunidad de ganar.
Aunque, claro está, no tenía la más mínima intención de hacerlo.
Levantando un dedo y chasqueando la lengua con un “Tsk, tsk, tsk” hacia la cautelosa chica, Subaru dijo:
—Mi asunto es uno solo… Quiero comprar la insignia que robaste.
6
Llegados a este punto, Subaru decidió que dar rodeos innecesarios solo daría una mala impresión.
Considerando además que Elsa andaba merodeando por los alrededores, quería concluir esta negociación lo más rápido posible.
Sin embargo, Felt se llevó la mano al pecho, presumiblemente donde tenía guardada la insignia, y dijo:
—¿Cómo sabes que me robé la insignia? Se supone que no se lo he dicho a nadie más que a mi cliente, y el robo acaba de pasar hace un momento. Para haberte enterado así como así, debes tener las orejas muy grandes, ¿no crees?
—Ahora que lo dices… sí da esa impresión, ¿verdad? ¿Fui demasiado descuidado?
—… Oculta un poco mejor lo que piensas, chico. Te delatas demasiado rápido con solo presionarte un poco.
Felt miró con expresión atónita a un Subaru que se llevaba las manos a la cabeza por su desliz verbal. Felt dobló las rodillas para ponerse a la altura de Subaru, que estaba en cuclillas, y cruzar miradas.
—¿Y bien? ¿Qué es eso de que quieres comprar la insignia? La mujer que me pidió esto desde el principio y tú no están juntos, ¿verdad? ¿Son rivales de negocios o algo así?
—¿Rivales de negocios? Llámala la asesina de mis padres o algo o mi propia asesina.
—No entiendo nada. Bueno, tampoco es que importe.
Ante un Subaru que se devanaba los sesos pensando en cómo evadir el tema, Felt se rió con total despreocupación. Sacó de entre su ropa la insignia con forma de dragón y, balanceándola para presumírsela a Subaru, dijo:
—Por mi parte, se la venderé a quien me ofrezca el mejor precio. Aunque hay muchas probabilidades de que la mujer se enoje si cancelo su encargo.
—Y existe la posibilidad de que su forma de enojarse sea fuera de lo común. Pero bueno, eso es un problema mío.
Subaru se aclaró la garganta y puso una expresión seria.
—Entonces, ¿eso significa que aceptas negociar?
—Escucharé cualquier propuesta que me pueda dejar ganancias. Es obvio, ¿no?
—Qué actitud tan dura. …Por mi parte, tengo preparado algo que vale más de veinte monedas de oro sagradas. Bajo esa condición, quiero comprar tu insignia.
Las orejas de Felt dieron un respingo y sus ojos rojos se estrecharon como las pupilas de un gato. Parecía intentar ocultar su agitación, pero era tan evidente que su cola invisible se agitaba de un lado a otro que resultaba entrañable.
—Je, ya veo. Le estás poniendo un precio bastante alto. Siento que mi esfuerzo por fin dará frutos… Sin embargo, tu rival de negocios también me ofrece más o menos lo mismo, ¿sabes?
—Puras mentiras, el trato es por diez monedas de oro sagrado, ¿verdad? Si te dejas llevar por la avaricia te vas a morir, lo digo en serio.
—De hecho, era de esperarse que la causa de muerte de la primera vez fuera algo así. Causa de muerte: avaricia.
Probablemente sintió que no podía engañarlo si le adivinaba la cifra exacta. Felt abrió ligeramente los ojos ante las palabras de Subaru y luego se rascó la cabeza con resignación.
—Rayos, ¿hasta eso sabes? …Así es, diez monedas de oro sagrado. Aunque, si se entera de que hay otro comprador, ¿podría ofrecer más?
“Eso último no es mentira”, parecía decir aquella chica de unos trece o catorce años, torciendo la comisura de los labios.
—Qué astuta eres. Supongo que, si te digo que mejor cerremos el trato de una vez, no me vas a escuchar.
—Obvio. Además, lo que dijiste antes es muy sospechoso. Mis oídos no se equivocaron. No dijiste veinte monedas de oro sagrado, dijiste que tenías algo que tiene ese valor. Creo que es un poco injusto para la negociación que solo tú sepas lo que tienes bajo la manga.
—Creo que la habilidad de alguien se demuestra en cuántas cartas bajo la manga puede preparar antes de negociar… pero también es cierto que no puedes tomar una decisión si no muestro mis cartas.
—También quería evitar perder el tiempo si se ponía a quejarse.
Subaru sacó de su ropa el artículo clave para la negociación: su teléfono celular. Ante la aparición de la pequeña máquina, Felt apenas frunció el ceño. Como de costumbre, era una chica que mostraba muy poca reacción si el asunto no estaba directamente relacionado con el dinero en efectivo.
—¿Eso vale veinte monedas de oro sagrado? A mí me parece más bien un espejo de mano o algo así.
—Esto es un “Metia”, algo que está muy de moda en las calles. Permite recortar el tiempo y congelarlo… ¡Así!
Activó la función de ráfaga. Hizo que los sonidos mecánicos del obturador y los destellos del flash se dispararan repetidamente. La luz blanca rasgó el callejón, y Felt recibió el destello de lleno.
—¡Wahya!
Soltó, mostrando una reacción inusualmente femenina.
Subaru le plantó la pantalla del celular en la cara a una Felt que parecía a punto de quejarse.
—Este es el poder de este “Metia”. Así es como puede dejar imágenes tan detalladas. Además, si me permites hacer un poco de PR, es un artículo invaluable y único en el mundo. ¿Qué te parece?
Ante la explicación de Subaru, que ya sonaba bastante natural, Felt resopló con un “hmm”. Miró detenidamente el teléfono celular en sus manos, lo examinó de arriba a abajo y asintió convencida.
—… No parece que sea mentira. Pero ¿esta soy yo? Si dices que recorta el mundo con tanta belleza, creo que yo soy mucho más linda.
—¡Creo que el material base es bueno, si no fuera por tu entorno de vida terrible, tu mala salud debido a una dieta deficiente, y tu personalidad astuta y miserable! ¡Más que tener espíritu comercial, es solo cuestión de presentación!
—Si elegiste tus palabras para decir eso, entonces no tienes talento para conversar con la gente, chico. Cielos.
Aunque se ganó una antipatía innecesaria, la reacción fue buena. Sin embargo, no dejarse convencer tan fácilmente también era parte de la tenacidad de los habitantes de estos barrios bajos.
—Aun así, reconozco que es una rareza, pero ¿veinte monedas de oro sagrado? Eso sigue siendo muy dudoso. Te lo advierto, no tengo la cabeza tan hueca como para tragarme de lleno lo que diga mi compañero de negociación.
—…Bueno, eso es normal. A mí me daría igual si tuvieras el cerebro de esponja, pero es verdad que se necesita la opinión de un tercero.
Hubiera sido genial si la convencía con el ritmo y el impulso de la charla, pero que no fuera tan fácil también estaba dentro de sus predicciones. El problema era a quién elegir como el “tercero de buena fe”.
—En el fondo de estos barrios bajos hay un lugar llamado bazar de objetos robados. Es exactamente lo que dice su nombre, y lo más rápido sería preguntarle al viejo cascarrabias que está ahí. Tiene un ojo imparcial para tasar las cosas. Como tiene bastante experiencia, seguramente podrá evaluar este “Metia” con solo verlo.
—Sabía que saldrías con eso…
Y, por supuesto, la propuesta de Felt también era predecible. Desde el punto de vista de Felt, el almacén de objetos robados no solo era el punto de encuentro con Elsa, sino también su base, donde estaba ese viejo guardaespaldas con el que podía contar si las cosas se ponían feas.
Si se incluía el ojo tasador para evaluar la carta del “Metia”, no había otra opción. Sin embargo, el verdadero deseo desde el fondo del corazón de Subaru era resolver todo antes de llegar al almacén.
—No me opongo en absoluto a que ese viejo lo vea, pero…
—Llamar viejo de buenas a primeras a alguien que ni siquiera conoces… podrías arrepentirte cuando lo veas. Es sorprendentemente aterrador con los que no tienen modales.
—Para ser así, se ve que es bastante atento, como sirviéndole leche a una mocosa malhablada y cosas por el estilo…
Recordó el perfil del anciano calvo mirando a Felt con ojos amables. Para el viejo Rom, seguramente sentía algo parecido al cariño por una nieta. De todos modos, el problema no era la persona, sino el lugar.
—No sé cuál es el problema, pero si tienes prisa, vayamos rápido al almacén. Aunque en realidad había unas cuantas cosas que quería hacer.
—¿Cosas que querías hacer?
—Sí, resulta que la dueña de la insignia tiene bastante valentía y va a ser difícil escapar de ella, así que iba a preparar algunos sabotajes. Los de por aquí lo hacen con gusto si les das un poco de dinero.
—¡Bien, vamos, vamos rápido, en un abrir y cerrar de ojos, rapidín!
Subaru empujó los hombros de Felt por detrás mientras ella empezaba a caminar, apresurándose a la fuerza hacia el bazar de objetos robados.
Mientras apresuraba a la chica, que inflaba las mejillas diciendo “¡qué te pasa!”, Subaru se felicitó a sí mismo por haber logrado reducir daños innecesarios. Estorbar a la falsa Satella en su búsqueda de la insignia era buscarse la ruina solo por el afán de ganar unas cuantas monedas. En lugar de estar retorciéndose de dolor tras recibir el impacto de un bloque de hielo, era mucho mejor quedarse durmiendo en casa con el estómago vacío.
—Pero que conste: entramos, que le eche un vistazo rápido, terminamos esto de golpe y salimos de volada.
—Chico, ¿por qué estás tan apurado? Estás sudando a mares. ¡Ten una larga vida!
—¡Todos en los barrios bajos me dicen lo mismo! ¿¡Acaso es algún tipo de eslogan o qué!?
—Creo que sería mejor que dijeran “sobrevive con astucia” en vez de “Ten una larga vida”.
Dejando de lado esas reflexiones, se dirigió al bazar de objetos robados por tercera vez en su cuarto mundo.
—Saldré de inmediato. Saldré haciendo un dash. Saldré incluso si tengo que dejarla atrás.
Haciendo arder esa determinación en su pecho, Subaru empujó con fuerza la espalda que tenía enfrente.
—¡Que duele, te digo!
—¡Ay!
Lo había pateado.
7
Se reunió con Felt en su escondite y avanzaron por los barrios bajos en dirección al almacén de objetos robados.
La distancia entre los edificios era muy corta, y los estrechos callejones parecían diseñados a propósito para dificultar la entrada de la luz del sol. La penumbra, originada por la propia arquitectura del lugar, fomentaba innecesariamente la atmósfera deprimente de los barrios bajos.
—…
Una sensación húmeda bajo las plantas de los pies. En los bordes del callejón había botellas de licor rotas y pedazos de papel esparcidos; de vez en cuando, un olor penetrante que atacaba las fosas nasales flotaba en el aire, provocando asco.
Ya fuera con la falsa Satella o con Felt, no era un lugar adecuado para caminar a solas con una chica.
—Ya que estamos, preferiría que camináramos tomados de la mano en un lugar mucho más deslumbrante.
—No digas cosas asquerosas. Chico, no me digas que te gustan las niñitas.
—Si acaso, yo diría que soy de los que prefieren a las mayores. No te pongas tan a la defensiva. Acércate.
Quizás sintiendo algún peligro en los murmullos de Subaru, Felt intentó apartarse, pero él la retuvo. A regañadientes, y manteniendo una expresión severa, Felt acortó la distancia.
—En serio, no intentes hacer nada raro, ¿eh? Si esta negociación se va a la basura, el que sale perdiendo eres tú, chico.
—¿No podrías tomarlo como un esfuerzo sincero por tratar de llevarme bien con una gatita que no baja la guardia ni por un segundo? Y si tanto te molesta, ¿podrías dejar de hacernos dar rodeos?
—… ¿Cómo te diste…?
—No me subestimes creyendo que no lo notaría. Para ser honesto, no tengo ni la más mínima idea de la geografía de esta zona, pero tengo mucha confianza en mi sentido de la orientación. Si damos tantas vueltas y vueltas todo el tiempo, es obvio que me voy a dar cuenta de que algo anda mal.
Subaru se encogió de hombros mientras miraba desde arriba a una Felt que se había quedado callada. Al haber dado en el clavo, Felt apartó la mirada con incomodidad; pero por su parte, la verdad era que el corazón de Subaru latía a mil por hora.
Después de todo, lo que acababa de decir era un engaño.
Todo comenzó porque, mientras caminaban por los barrios bajos guiados por Felt, notó discrepancias con la ruta hacia el almacén que él recordaba.
El detonante final fue volver a ver a lo lejos un grafiti llamativo en la pared que ya habían cruzado varias calles atrás. Sin embargo, para acorralarla de manera decisiva, no había tenido más remedio que depender de ese engaño.
—Bueno, entiendo que es imposible pedirte que no sospeches. Seguramente también piensas que te están cayendo demasiadas cosas buenas del cielo, así que es normal que quieras tiempo para evaluarme.
—Sabiendo eso, ¿no te enojas?
—Yo fui quien creó esta situación en la que es natural que dudes, así que enojarme sería demasiado irracional. Dicho esto, tampoco puedo ceder en el hecho de que no tengo tiempo de sobra. Te lo ruego, guíame directamente al bazar de objetos robados.
Ante un Subaru que juntaba las manos y levantaba la vista suplicante, Felt puso los ojos en blanco, sorprendida. Luego, la chica se rascó bruscamente su cabello rubio.
—¡Ah, mierda, no te entiendo! No te entiendo, pero una deuda es una deuda. Está bien, esta vez te guiaré directo. Si pasa algo, se lo dejaré todo al viejo Rom.
—Esa honestidad tuya de depender de los demás no me desagrada, pero… no lo sé.
Al darse cuenta de que estaba a punto de sonar como si le diera un sermón, Subaru no terminó la frase.
—¿Cuáles serán los verdaderos sentimientos de Felt al dejarle la decisión al viejo Rom?
—El viejo Rom adora a Felt como si fuera su propia nieta, y siente un vínculo por el que daría la vida. Por otro lado, ¿qué siente Felt por él?
—No quisiera pensar que ese viejo calvo, que es imposible de odiar, solo está siendo utilizado a su antojo.
Felt entrecerró los ojos hacia Subaru por interrumpir la charla, pero no lo presionó. Habiendo cambiado su actitud hacia él, Felt tomó la delantera en el camino hacia el almacén, esta vez sin dar rodeos.
Mientras seguía a esa pequeña espalda que avanzaba a paso firme, Subaru pensaba en cómo se desarrollarían las cosas una vez que llegaran al almacén. Ya era el cuarto mundo.
—Quiero aferrarme a la mejor opción.
Subaru caminaba sumido en sus pensamientos. De repente, Felt se detuvo frente a él y miró fijamente al meditabundo chico.
—No camines mirando solo hacia abajo, hermano. ¿Acaso se te va a pegar esa naturaleza miserable?
—Me gustaría mirar hacia arriba y caminar con una actitud positiva, pero el suelo está demasiado desordenado y es peligroso… ¿Naturaleza miserable?
—Es obvio, ¿no? Hablo de los perdedores que viven aquí.
Felt señaló su entorno, los barrios bajos, con un movimiento de su barbilla. Sus palabras, escupidas con desprecio, desprendían una hostilidad y asco que no intentaba ocultar, lo que hizo que Subaru abriera los ojos con sorpresa.
—Perdedores…eso es ir demasiado lejos, ¿no crees?
—¿En qué sentido? Son personas que están totalmente inmersas en esta vida de callejones y han perdido toda voluntad de salir adelante o de escapar de aquí. Yo, simplemente los detesto.
Subaru también había pasado algo de tiempo y conversado con la gente que vivía en los barrios bajos.
Los residentes no estaban tan arruinados como para no poder razonar con ellos. Pero, tal y como decía Felt, no podía negar la sensación de que estaban satisfechos con su vida aquí…o más bien, que ya se habían rendido.
Era fácil simplemente decir que no había otra opción. Sin embargo, Felt debía odiar eso. En la penumbra del callejón, el brillo en los ojos carmesí de la chica jamás se oscurecía.
—No tengo la más mínima intención de terminar mi vida en un callejón como este. Si veo una oportunidad, me voy a aferrar a ella y la haré mía cueste lo que cueste. Lo de esta vez también es así.
—Así que era por eso…
En el segundo mundo, Felt había intentado aprovecharse tanto de Subaru como de Elsa. Era una actitud que simplemente podría tacharse de codiciosa, pero al conocer los sentimientos que albergaba, tenía sentido.
Salir de los barrios bajos y escapar de su posición como huérfana de los suburbios. En el fondo de las acciones de Felt, latía lo que podría llamarse una especie de ambición por superarse.
—¿Y bien? Con veinte monedas de oro sagrado, ¿parece que ese sueño tuyo se hará realidad?
—… Sin duda es un gran paso hacia mi objetivo. Si estuviera yo sola, supongo que, esforzándome, no sería imposible arreglármelas.
—¿Si estuvieras sola?
El agudo oído de Subaru no dejó escapar ese detalle, y levantó una ceja ante el murmullo de Felt. Al ver la reacción de Subaru, Felt se dio cuenta de su desliz verbal, chasqueó la lengua y apartó la mirada.
—No es nada. Tampoco es como si tuviéramos una relación para contarte mi situación… ¿Por qué estoy hablando de más?
—¿No será que te relajaste al ver que el GOAL de tu objetivo está cada vez más cerca?
Al ver a una Felt incapaz de ocultar su arrepentimiento por haber hablado de más, a Subaru le invadió una sonrisa burlona.
Felt tenía un plan para escapar si estuviera sola, pero había alguien a quien no podía dejar atrás en los barrios bajos. Para Felt, que albergaba sentimientos casi hostiles hacia los residentes de este lugar, si había alguien en quien podía confiar, era solo una persona.
Al tener una idea de quién se trataba, Subaru no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué pasa con esa sonrisa estúpida? Me estás haciendo enojar, oye.
—No, no te preocupes. Es solo que mis temores… o más bien mis ideas equivocadas, acaban de desaparecer. Claro, claro. Era obvio. Si no fuera así, sería muy raro.
Sonriéndole y mostrando los dientes a una Felt que lo miraba con recelo, Subaru se golpeó la rodilla, totalmente convencido.
Recordó la interacción, casi como de familia, entre Felt y el viejo Rom en el segundo mundo. Aunque perdieron la vida a manos de Elsa, incluso justo antes de morir, los dos se preocuparon el uno por el otro.
Y el propio Subaru tenía una deuda de gratitud con Felt, quien le había salvado la vida en el último segundo.
—Si siento gratitud hacia la falsa Satella, también debería sentirla hacia esta chica.
—Apresurémonos. Desde hace rato estamos teniendo mucho LOSS de tiempo.
—Sigo sin estar convencida, pero… ¡Espera, oye, detente!
Al dar un paso y pasar junto a Felt, le alborotó y acarició el cabello rubio con todas sus ganas.
Era un cabello desordenado que no conocía lo que era peinarse, pero la sensación de pasar los dedos por esos cabellos finos no era mala.
Seguramente, si algún día salía de los barrios bajos y se vestía con ropas hermosas, brillaría intensamente.
Y para abrir el camino que hiciera realidad ese sueño futuro de Felt…
—Hay que hacerlo funcionar, ¿no? …Es algo que solo yo puedo hacer.
—¡No te sumerjas en tus pensamientos diciendo cosas sentimentales que no entiendo! ¡Te voy a morder!
Manteniendo la mano sobre la cabeza de una renuente Felt, Subaru tomó una silenciosa determinación.
Iba a cambiar el destino que les aguardaba no solo a la falsa Satella, sino también a Felt, al viejo Rom, y a las personas que habían conmovido el corazón de Subaru.
—Seguramente, fue para eso que vine a rehacer este mundo.
—¡Te digo que… ya basta!
Fue mordido.
8
—Para la gran rata…
—¿Dónde venden bolitas de ácido bórico? Ya saben, veneno.
—Para la Ballena Blanca.
—Mi origen para los capitanes es, sin duda, el Capitán Ahab. Anzuelo.
—…Para el Dragón Divino.
—Como es un mundo de fantasía, seguro que existe de verdad, pero te garantizo que no podría hacer nada si nos encontráramos cara a cara. Sin embargo, también es cierto que quiero conocerlo porque es un sueño romántico, y esa contradicción me hace sentir de la mierda.
—¡¿No puedes decir la contraseña sin añadir prólogos innecesarios?! ¡Me haces enojar aún más!
La puerta se abrió como si la hubieran pateado desde adentro, pero Subaru, quien ya lo esperaba, retrocedió sin recibir daño.
Quien gruñía de frustración era esa familiar cabeza calva cuya altura no encajaba con la entrada: el viejo Rom. Tenía la cara completamente roja y parecía tener la presión por las nubes.
—Si dejas que se te suba tanto la sangre a la cabeza, se te va a reventar una vena. Incluso en la medicina moderna, eso es bastante peligroso.
—¡Si crees que es malo para mi salud, entonces no me hagas enojar! ¡¿Quién te crees que eres?! ¡Tengo que vaciar el lugar hoy, así que no puedes entrar!
—Ah, lo siento. Este chico también es cliente mío. Seguro no te hace gracia, pero déjalo pasar.
Cuando Felt, que se había escondido detrás de Subaru, dijo eso con tono de disculpa, el viejo Rom dejó caer los hombros, desanimado.
Al ver al deprimido viejo Rom y a Subaru silbando, Felt suspiró alternando la mirada entre los dos.
—Chico, de verdad tienes una personalidad horrible. Eres lo peor, por decirlo suavemente. Voy a pasar, viejo Rom.
Pasando por el lado del cabizbajo anciano, Felt entró al almacén de objetos robados como si fuera lo más natural del mundo.
El viejo Rom, ignorado por Felt cuando buscó una explicación con la mirada, giró su rostro desconcertado hacia Subaru.
—Por eso la gente MY PACE es un problema. A las personas normales como nosotros nos dejan atrás, ¿verdad?
—Me gustaría empezar por redefinir esos términos…Solo entra de una vez.
Con una actitud desinteresada, como si ya se hubiera rendido con todo, el viejo Rom encogió su enorme cuerpo para volver a entrar.
Siguiendo su espalda, Subaru también entró, siendo recibido por el aire polvoriento del almacén.
Lanzó una mirada al interior con cierta cautela, pero, afortunadamente, no parecía que Elsa o la falsa Satella estuvieran esperándolo de antemano.
Sentada despreocupadamente sobre el mostrador, Felt se estaba bebiendo la leche como si estuviera en su propia casa en lugar de en una ajena.
—¿Qué miras? Esta es la única que estaba fría. No te voy a dar.
—Eres tan descarada que no tienes ni un pelo de nerviosismo. Yo me conformo con alcohol, viejo.
—¡Tú también eres bastante sinvergüenza! ¡No te voy a compartir! ¡A ti no te comparto nada!
Su enorme cuerpo corrió haciendo rechinar el suelo con pasos pesados, intentando proteger de su mirada unas cajas de madera detrás del mostrador que parecían ser una reserva de licores.
Ante esa agitación que incluso daba lástima, Subaru soltó una pequeña risa y dijo: “Es una broma”.
—Ahora bien, viejo. Ya tuvimos bastante LOSS de tiempo, así que quiero ir directo al grano antes de que nos desviemos del tema.
—No puedo evitar sentir que ya nos hemos desviado bastante del camino, pero… ¿de qué se trata?
—Supongo que lo que quiero pedirte es una tasación. Quiero que le pongas precio a este “Metia” que traje y le garantices su valor a Felt.
Al darse cuenta de que se trataba de una negociación comercial, los ojos grisáceos del viejo Rom adquirieron un tono de seriedad.
El viejo Rom miró a Felt como para confirmarlo, y al ver que ella asentía, volvió la mirada hacia Subaru.
Al notar que los ojos del anciano pedían el artículo a tasar, Subaru sacó su teléfono celular de entre su ropa. Quizás fue su aspecto metálico lo que primero captó el interés del viejo Rom, pues acarició aquel aparato—que en sus enormes manos parecía un simple juguete— con un toque cuidadoso de sus dedos, como para examinarlo.
—Así que este es el “Metia”. Incluso para mí es la primera vez que veo uno, pero…
—Probablemente sea el único en el mundo. Además, es una máquina bastante DELICATE, así que trátala con cuidado.
Si se rompe, estamos hablando de un LEVEL en el que, en serio, tendré que morir. Me refiero a tener que empezar de nuevo.
El viejo Rom, que examinaba detenidamente el exterior, abrió lentamente el teléfono plegable. El sonido de inicio provocó una primera sorpresa, y luego, la pantalla principal desató una segunda ola de asombro.
—Esta imagen es…
—Pensé que era un buen TIMING. Para demostrar la efectividad de sus resultados, puse “Un día en la vida de la pequeña Felt”…como fondo de pantalla.
La imagen de fondo era una foto de Felt que le había tomado en el callejón. Como seleccionó la que le pareció que había salido más linda, y gracias a la buena calidad de la cámara, pensó que se veía bastante bien.
El viejo Rom comparó esa imagen con la Felt que estaba justo a su lado bebiendo leche, y dijo:
—Esto es sorprendente. Dudo que haya alguien capaz de dibujar algo tan detallado.
—Es un “Metia” que recorta el tiempo y lo sella ahí dentro. Es una belleza que una pintura hecha por un humano jamás podría lograr, ¿verdad? Si quieres, te tomo una foto a ti también, viejo.
—Tengo curiosidad, pero también da un poco de miedo. ¿No me robará el alma o la vida?
—Como era de esperarse, sin importar la época o el mundo, al ver una foto siempre piensan en esa clase de supersticiones…
Sonriendo con ironía ante la reacción del viejo Rom, propia de una era antigua, Subaru le aseguró de antemano que “incluso si te tomo una foto, vivirás normalmente hasta los ochenta”. La reacción de Felt, que estaba escuchando a escondidas, fue bastante adorable. Tras obtener el permiso, Subaru le tomó la foto y, al ver la imagen resultante, el viejo Rom gruñó con un “hmm”.
—Ciertamente me quito el sombrero ante esto. Si yo fuera a negociarlo, no lo vendería por menos de quince… no, veinte monedas de oro sagrado. Vale todo eso.
Quizás su alma de comerciante se había estimulado, pues los ojos del viejo Rom brillaban intensamente.
Aunque era el sello de aprobación de un “artesano que trafica con objetos robados”—una profesión de la que es dudoso sentir orgullo—, era un respaldo genuinamente alentador. Subaru infló las fosas nasales con orgullo y miró a Felt.
—Y bueno, estas son mis cartas. Tal y como declaré, un artículo que vale veinte monedas de oro sagrado o más. Con esto, me gustaría proponer un intercambio por tu insignia.
—Esa cara de presumido que pones a cada rato me molesta.
Quizás no le hacía gracia que las cosas salieran tal como Subaru había planeado, pues Felt tenía una expresión de disgusto. Sin embargo, ni aun así podía rechazar algo que iba a llenarle los bolsillos.
—Bueno, sinceramente me alegra tener la garantía de que ese Metia se convertirá en dinero. Y parece que ya no tendré que dudar de lo de las veinte monedas de oro sagrado. Entiendo lo que tienes bajo la manga.
—¡¿Verdad?! Entonces, trato hecho. Cómo lo vendan ya dependerá de ustedes. ¡Échenle ganas, sí señor! Con esto cerramos el asunto, ¡así que vayamos todos a tomar un trago para celebrar el éxito de la negociación!
Subaru se acercó apresuradamente a Felt y extendió la mano pidiendo la insignia. Sin embargo, Felt presionó suavemente la palma de Subaru hacia abajo.
—Espera un momento. ¿Por qué tienes tanta prisa?
—La vida es corta. Si valoramos cada segundo y reducimos el desperdicio al máximo…
—Ah, sí, sí. Ahorrémonos esas excusas. Más bien…
Felt entrecerró sus ojos rojos y, con una actitud impasible, finalmente dio en el clavo.
—Para empezar, ¿por qué quieres tanto esta insignia, chico?
9
Subaru se dio cuenta de su error al ver que ella notó cómo se quedaba sin aire y dejaba escapar un “Ugh”.
Justo ahora, cuando debería haber activado su verborrea habitual, no le salían las palabras.
Ante el silencio de Subaru, Felt relajó ligeramente la comisura de los labios.
—La chica que me encargó el trabajo tampoco quería hablar de ello, pero parece que a ti te pasa lo mismo, ¿verdad, chico?
—…Para empezar, el robo en sí ya es un asunto turbio, así que creo que es normal que cualquiera tenga motivos ocultos.
—Pero los tuyos son especialmente turbios. Bueno, pensándolo fríamente, estás intentando arrebatar un objeto que alguien más mandó a robar.
Con la crueldad de un gato jugando con su presa, Felt acorralaba a Subaru.
—¿Qué es esta insignia? En realidad, esto tiene mucho más valor del que aparenta, ¿verdad? Por eso todo el mundo la quiere. En otras palabras, esto se traduce en más dinero que ese “Metia”.
—Espera, Felt. Esa forma de pensar tuya es realmente peligrosa. Por cómo va la conversación, ya casi puedo adivinar lo que vas a decir por mi cerebro de GAMER y todo eso, pero… en serio, no lo hagas.
Al ver cómo subía el medidor de avaricia de Felt, Subaru intentó detenerla mientras le brotaba un sudor frío. Si la negociación se alargaba más de la cuenta, el destino que le esperaba era un BAD END.
—¡Más de veinte monedas de oro sagrado! ¡Acepta ese trato por ese valor! ¡No pidas más! Él… ¡La persona que te contrató tampoco te dará más de veinte monedas de oro sagrado! ¡Ese es su límite, no pagará más!
—¿Y tú por qué sabes eso?
—Ah…
—Tú solito te delataste. Eres alguien involucrado en esto.
Qué fácil sería si pudiera simplemente insistir en que lo sabe porque tiene el “Retorno por Muerte”.
Sin embargo, incluso si explicara eso, no tendría ninguna prueba para que le creyeran.
Ante una Felt que profundizaba su mirada de sospecha, las palabras de Subaru ya no tenían ningún valor creíble sin una contraoferta. Llegados a este punto, no le quedaba más remedio que arrebatarle la insignia por la fuerza.
—Pero para hacer eso, este viejo musculoso es un obstáculo…
—Te tienen contra las cuerdas, mocoso. Es patético que una niñita menor que tú te haga esto.
—Esto es por tu culpa y las enseñanzas que le diste. Es tan ruda que me dan ganas de llorar.
Si recurría a la violencia, el resultado obvio sería que el viejo Rom lo derribaría.
Incluso si lograba arrebatársela, no creía poder ganarle a Felt en una carrera. Subaru había visto a Felt correr como el viento. Era imposible que lograra escapar.
—Felt, te lo ruego…
—Por más que me lo ruegues. Te reconozco como compañero de negociación. Pero no sería justo si no escucho también la opinión de mi cliente. Aunque la historia sería diferente si me dijeras el verdadero valor de la insignia y me ofrecieras una compensación equivalente.
En sus ojos interrogantes no había ni una pizca de indulgencia o piedad.
La mirada de la chica parecía estar tratando desesperadamente de extraer la verdad a partir de la actitud de Subaru. Pero, a diferencia de Elsa, la razón por la que Subaru quería la insignia solo tenía que ver con una deuda de gratitud.
Él también sabía por qué Felt se esforzaba tanto en la negociación y por quién lo hacía.
Subaru contuvo la respiración y luego habló:
—Quiero esa insignia porque… se la quiero devolver a su dueña.
—¿Ah?
Por eso, soltar sus verdaderos sentimientos era toda la sinceridad que Subaru podía ofrecer.
—Quiero devolvérsela a su dueña original. Por eso quiero la insignia. Eso es todo.
Subaru levantó la cabeza y le repitió las mismas palabras a una Felt que abrió los ojos de par en par. Sus ojos carmesíes brillaron con hostilidad e intentaron intimidarlo, pero Subaru recibió esa mirada y se quedó callado. Sin margen para hacer bromas, simplemente agachó la cabeza con total sinceridad.
—… Felt. La verdad es que no parece que este mocoso esté mintiendo.
—No te dejes ablandar tú también, viejo Rom. Tiene que ser una broma. ¿Devolvérsela a su dueña? ¿Pagando una gran suma de dinero para comprársela a quien la robó? Qué estupidez. Con solo traer a un guardia y atraparme, el asunto estaría resuelto, ¿no crees?
Esa era una opción imposible. La falsa Satella no aprobaba que los guardias se involucraran en este asunto.
Por esa misma razón, incluso había rechazado la amabilidad de Reinhard de ofrecerle su ayuda. Subaru no podía hacer algo que fuera en contra de la voluntad de la falsa Satella. Esa era la única sinceridad que Subaru podía ofrecer, y su respuesta a la deuda de gratitud por haberle salvado la vida.
—Si vas a mentir, inventa una mentira mejor. Por más que te pongas serio, no me vas a engañar. Si no, yo… Así es. No me dejaré engañar.
—Felt…
Como si intentara sacudirse algo de encima, Felt dejó escapar una voz ronca y ahogada.
¿Acaso el preocupado viejo Rom conocía sus verdaderos sentimientos?
Su expresión era de lástima. Sin embargo, por su actitud obstinada, era evidente que Felt se estaba prohibiendo rotundamente a sí misma cambiar de opinión. En otras palabras, la negociación había terminado en fracaso.
—¿Quién anda ahí?
Fue en ese momento cuando el viejo Rom cambió de expresión y fulminó con la mirada la entrada del almacén de objetos robados. Subaru, que estaba estupefacto por el impacto del fracaso de la negociación, reaccionó tarde a las palabras del viejo Rom.
—Podría ser mi cliente. Aunque siento que es un poco temprano.
Felt se dirigió hacia la puerta y, con un rostro que aún no perdía su enojo, puso la mano sobre ella. Subaru se dio cuenta de la sensación de impaciencia que lo invadió de golpe. El almacén de objetos robados, un golpe en la puerta, el cliente de Felt… todo eso encajaba, y solo había una respuesta posible.
—¡No abras! ¡Te van a matar!
Era más temprano de lo planeado. La luz del sol que entraba por la ventana aún estaba alta, y su brillo era demasiado fuerte como para decir que había anochecido. Tanto en el primer mundo como en el segundo, la desesperación había llegado después del ocaso. No es que se hubiera confiado pensando que aún tenía tiempo. Pero era demasiado pronto.
—Y eso que aún no he cumplido ni una sola condición para cambiar este mundo.
Su voz para detenerla no llegó a tiempo. La mano de Felt empujó la puerta, y desde el otro lado, al abrirse, la luz color atardecer disipó tenue y débilmente la penumbra del almacén de objetos robados. Y entonces…
—Matar… no voy a hacer algo tan aterrador así de repente.
Con el ceño fruncido y haciendo un puchero, la chica de cabello plateado había dado un paso hacia el interior del almacén.