El día de la Boda
Capítulo 2
El día de la Boda
Sección 1
Una agradable y cálida bienvenida recibió a Wilhelm en cuanto puso un pie en el jardín. La brisa le ofreció el dulce aroma de las flores, que le hacía cosquillas en la nariz, junto con una panoplia de hojas, antes de ser arrastrada hacia el cielo despejado.
El jardín, reflejando las inclinaciones de su dueña, florecía con flores de temporada.
Había capullos grandes y pequeños de todo tipo, todos ellos dispuestos en sus lugares designados para lograr un bello efecto.
Mientras permanecía allí contemplando todas las magníficas flores, tuvo un pensamiento. La dueña del jardín, que en ese momento se encontraba en el centro del espacio disfrutando del paisaje, era más parecida a una flor que cualquiera de las verdaderas plantas.
—Theresia —Wilhelm puso fin a sus pensamientos y, en cambio, llamó a la mujer.
Ella volteó, sujetándose el cabello rojo contra el viento. Sus ojos azules se encontraron con los de Wilhelm, y una sonrisa tan querida para él se dibujó en sus labios, cegándolo ante cualquier otra flor en el lugar.
—Wilhelm.
El sonido de su nombre hizo volver en sí al joven extasiado. Levantó una mano como para cubrir su momentáneo arrebato.
—Sí —dijo bruscamente—. Ya regresé.
—Bienvenido de vuelta —su saludo seco solo hizo que ella lo mirara con aún más cariño.
Esas pocas palabras que compartieron fueron suficientes para llenar el corazón de Wilhelm de calidez. Quería simplemente perderse en ese sentimiento. Si tan solo pudiera hacerlo…
—Entonces, ¿pudiste entender toda la historia? —preguntó ella. Continuó sonriendo, pero sus palabras destrozaron su deseo como si no fuese más que una telaraña.
—…
—¿Wilhelm?
Su pregunta había hecho que su rostro se tensara, un cambio que no pasó desapercibido para Theresia. La forma en que ella pronunció su nombre le dejó una sospecha que no podía quitarse. En algún momento, su sonrisa también había desaparecido. Wilhelm suspiró, sintiendo su mirada como una espada perforante.
—… Puede que sea inútil, pero hay algo que quiero decirte primero.
—… Puede que sea inútil, pero escucharé lo que tengas que decirme primero.
—No te enojes.
—Creo que eso depende de lo que vayas a decir, ¿no?
Con su jugada defensiva frustrada, se hizo un momento de silencio entre ellos. Pero no era propio de Wilhelm retrasar lo inevitable. Se armó de valor y abrió la boca.
—Arrastré a los altos mandos hasta aquí para que vinieran a hablar conmigo directamente. Les dije que aquello era una tiranía.
—Ajá. Una completa injusticia. ¿Y?
—Decidieron duplicar mi asignación de patrullas. Lo siento.
—¡¿Por qué demonios harían eso?! —Theresia se quedó boquiabierta; agarró a Wilhelm por las solapas y lo sacudió violentamente. Aun con sus delgados brazos, logró empujarlo con bastante habilidad.
—Te dije que no te enojaras —dijo Wilhelm con molestia.
—¡Claro que me voy a enojar! ¡Pues! ¡Después de todo…!
Theresia no pudo terminar su frase, pero le dio un empujón en el pecho. Entonces sus ojos azul cielo se llenaron de lágrimas y gritó:
—¡¡¡NUESTRA BODA ES EN TRES DÍAS!!!
Los gritos de Theresia sobresaltaron a los pájaros que habían estado contemplando plácidamente el jardín. Bajo el sonido de decenas de alas, un hombre y una mujer se miraban: dos personas que se habían unido tras muchas adversidades, ahora se encontraban en medio de nuevos problemas; la Santa de la Espada y el Demonio de la Espada, futuros marido y mujer.
Sección 2
Hubo una vez una larga, larga guerra, que la historia registra como la Guerra Semihumana.
Fue un conflicto civil que desgarró el Reino Dragón de Lugunica durante nueve años, y al que una sola joven le puso fin, la Santa de la Espada.
En reconocimiento a sus hazañas, el Reino la aclamó como una heroína, pero la dedicación y la destreza con la espada de un joven llamado el Demonio de la Espada pusieron freno a esto.
A través de muchos giros y vueltas, la Santa de la Espada terminó convirtiéndose en una simple muchacha ordinaria, se casó con el Demonio de la Espada, y vivieron felices para siempre. Y todos les dieron su bendición…
… Ejem. Pero el mundo no es un lugar tan amable como para dejar que una historia concluya tan pulcramente.
Por un lado, estaba la Santa de la Espada, nacida de una larga estirpe de Santos de la Espada, que blandía su espada en nombre del Reino.
Por el otro, estaba el Demonio de la Espada, de una Casa destruida durante la guerra, que abandonó su unidad cuando los combates eran más feroces, y que finalmente arruinó la ceremonia que celebraba el armisticio.
El pasado de Wilhelm como alguien que había abandonado su título de Caballero y las condecoraciones, desechando sus honores, lo ponía en una situación difícil; presentaba una variedad de obstáculos para su matrimonio. Pero el vínculo entre ellos, junto con la ayuda de quienes los rodeaban, les permitió superar estos desafíos. Y ahora la boda se acercaba rápidamente, un día en el que toda la nación celebraría por fin la unión de Wilhelm y Theresia como marido y mujer.
—¡¿Y ahora qué?! ¡¿Ahora deciden que el novio va a perderse la boda?! —Theresia, con el rostro enrojecido, pisoteó el suelo alfombrado de la mansión, su enojo del jardín no había disminuido en absoluto.
—Ahh… —Wilhelm intentó ignorarla, soltando un suspiro de exasperación.
—¡Oh! ¡Oh! Ese suspiro… ¡Crees que no soy más que un fastidio! ¡Esto nos concierne a los dos, así que usa la cabeza, Wilhelm! ¡Esto es terrible! ¡¿LO ENTIENDES?!
—Mírate, te quejas por un simple suspiro… Y no creo que seas un fastidio. Solo que eres ruidosa.
—¡Ahí está! ¡Esa es la prueba de que no te tomas esto en serio! ¡Ay, no puedo creerlo!
Wilhelm alzó las manos, viendo que todo lo que dijera probablemente solo empeoraría las cosas para él. En ese momento, Theresia era como una bomba adorable; un roce descuidado podría provocar una explosión.
—Por fin recuperaste tu título de Caballero, y todos los detractores también estaban empezando a aceptarlo. ¿Por qué iban a llegar órdenes de despliegue al Escuadrón Zergev justo antes de nuestra ceremonia de bodas? ¡Hay todo un ejército de otras unidades que podrían encargarse de un trabajo como este!
Tras haber pasado la primera explosión, Theresia finalmente volvió al asunto en cuestión.
Wilhelm cruzó los brazos, contento de regresar al problema real, y dijo:
—Ya te lo dije. No hay muchas unidades en el castillo disponibles para ser desplegadas. Los escuadrones del ejército han sido enviados por todo el país en nombre de la reconstrucción tras la guerra. Puede que seamos los únicos libres en este momento que puedan afrontar una misión como esta… así que el relevo nos ha llegado a nosotros.
—Eso no puede ser más que una excusa. Estoy segura de que alguien ha hecho esto simplemente para hacerte la vida difícil… De hecho, ¡estoy segura de que ha sido mi Padre!
—Me gustaría decir que estás siendo paranoica, pero…
—¿Ves? ¡Hasta tú lo crees! —Theresia juntó las manos e infló las mejillas con enojo.
El padre de Theresia, Bertol Astrea, era el actual Jefe de la familia Astrea y pronto sería el suegro de Wilhelm. Por supuesto, Wilhelm había ido a ver a los padres de su prometida antes de la boda, y era difícil olvidar la tensión de aquella entrevista. Bertol había intentado desentrañar el verdadero carácter de Wilhelm y revelar cualquier defecto con una inmensa cantidad de preguntas vehementes; Bertol no era una mala persona, pero era naturalmente protector con Theresia.
Tan protector, de hecho, que la sugerencia de que este último encargo fuera una artimaña suya para interferir en la boda era demasiado plausible.
—Supongo que eso significaría que usó el peso de generaciones que pertenecen al nombre Astrea para influir en los líderes militares del país… —murmuró Wilhelm. Pero al mismo tiempo, se preguntaba si el hombre llegaría a estar tan desesperado como para hundir la boda de su hija.
Por su parte, Theresia miró al suelo, sus largas pestañas cubriéndole los ojos, y dijo:
—Mis hermanos mayores, Thames y Carlan, y mi hermano menor, Casilles… Todos mis hermanos murieron en la guerra. Solo soy yo lo que le queda a mi Padre. Estoy segura de que solo está preocupado.
—… —Wilhelm guardó silencio.
—Aun así, ¡tiene mucho valor para entrometerse en la felicidad de su hija! ¡Tenemos que enfrentarnos a él!
—Ya nos enfrentamos a él, y el resultado fue incluso más servicio de patrullaje que antes. No están jugando limpio.
—A-así que estabas dispuesto a ganar mi mano mediante el combate, pero ¿no puedes enfrentarte a mi Padre? —se sonrojó por su propio uso de la palabra «ganar», pero aun así Theresia miró a Wilhelm con desdén.
El Demonio de la Espada frunció el ceño y dijo:
—Ponerse serio para conquistarte y hacerlo para callar a tu Padre son dos cosas diferentes. Créeme, desearía que fuera tan fácil como simplemente hacerlo pedazos…
—Mi Padre es bastante mediocre con la espada… o incluso un poco menos que eso, en mi opinión. Mi tío… el hermano menor de mi Padre, fue el Santo de la Espada antes que yo, y mi Padre no tardó en abandonar el camino de la espada…
—En otras palabras, ganarle en un combate de espadas no significaría mucho. Además… —allí se detuvo, mientras imaginaba lo que realmente se escondía detrás de lo que probablemente era la estrategia de Bertol.
Wilhelm había perdido a su familia y la guerra, había abandonado el ejército e incluso había desechado su estatus de Caballero. Difícilmente esperaba que la Casa de Astrea lo recibiera con los brazos abiertos.
Para ser sincero, tampoco había causado la mejor impresión cuando conoció a su familia, y el permiso para este matrimonio había sido en gran parte formal. Si Wilhelm tuviera que adivinar, diría que Bertol lo estaba poniendo a prueba, para ver si Wilhelm era digno de su hija.
Era difícil de tragar perder todo su tiempo libre justo antes de la boda, y que luego lo hicieran trabajar aún más cuando lo mencionó.
—Pero cuando buscas un enfrentamiento, no puedes echarte para atrás cuando lo encuentras.
—¿Un enfrentamiento?
—Si esto realmente es cosa de tu Padre, entonces lo que es, es un desafío. Me enoja que no sea un combate de espadas, pero cada uno tiene su propia forma de pelear. Simplemente tendré que aceptarlo.
Se enfrentarían en combate, no con la espada, sino en su compromiso con Theresia. El desafío parecía ser: «Si quieres ganarte a Theresia, seguro que al menos puedes con esto».
Y si una prueba tan insignificante era suficiente para demostrar su valía, Wilhelm estaba encantado de afrontarla.
—Te arrebaté del Dios de la Espada. Puedes confiar que también te arrebataré de tu Padre.
—Oh, eh… Bueno, uh… —al oír esto tan directamente, Theresia olvidó todo su enojo y se rindió a la vergüenza. Miró tímidamente al suelo, pero finalmente encontró la voz—. … ¿Puedo confiar en que en tres días me convertirás en tu esposa?
—Toda esa energía que gastas preocupándote por mí, úsala para prepararte. Y por cierto, no dejes que nadie más que yo vea ese rostro vulnerable y sonrojado tuyo.
—¿Vulnerable? —pareció sorprendida; quizá nunca se había dado cuenta de eso.
—… Wilhelm frunció el ceño ante lo increíblemente encantadora que era su expresión. Ocultó su reacción con un empujón juguetón en la frente de la joven.
—¡Eeh! —la Santa de la Espada, que en tres días sería la esposa del Demonio de la Espada, soltó un pequeño y adorable chillido.
Sección 3
El Escuadrón Zergev tenía un récord incomparable durante la Guerra Semihumana, al igual que su líder, Perro Loco, Bordeaux Zergev.
Bordeaux, que se había enfrentado a toda una vida de batallas, había sido el superior de Wilhelm durante mucho tiempo, y Wilhelm le debía mucho. Aunque ninguno de los dos lo hubiera admitido nunca en voz alta.
El ejército de la nación, incluido el Escuadrón Zergev, estaba actualmente en medio de una importante reorganización tras la conclusión de la guerra, y como parte de esto, Bordeaux había sido ascendido de capitán para unirse a los altos mandos en el cuartel general. Como tal, la capitanía del Escuadrón Zergev estaba vacante, y la tradición era promover desde dentro.
—… Y alguien ahí fuera debe tener zafado un tornillo, porque quieren que yo sea el capitán —Wilhelm hizo una mueca.
Estaba de pie en la plaza justo frente a las puertas del castillo de Lugunica, en el mismo centro de la Capital Real, frente a más de cien miembros del escuadrón allí reunidos.
«La tradición es la tradición», le informó Grimm. «No hay nada que puedas hacer».
—Hay algo mal en una tradición así. ¿Cómo es que un tipo que abandonó el escuadrón asciende para liderarlo? Quedará mal si no elegimos a nuestros líderes de forma justa y equitativa.
«¿El hombre que interrumpió una ceremonia real y se batió en duelo con la Santa de la Espada hasta convertirla en su esposa se preocupa por quedar mal?»
—Oh, cállate de una put… o, bueno, deja de escribir o lo que sea…
El objeto de esta mordaz reprimenda de Wilhelm, que lo hacía chistar, era su viejo compañero de guerra Grimm Fauzen, que hablaba apresuradamente —o más bien, garabateaba apresuradamente—, ahora con el poco habitual atuendo de segundo al mando del escuadrón.
Conocía a Wilhelm casi desde el comienzo de la guerra civil y, aunque ya no podía hablar, ambos seguían comunicándose a un nivel casi telepático. Como Capitán y Subcapitán, iban a estar bien, y eso irritaba a Wilhelm.
El hecho de que Grimm pareciera estar disfrutando del malestar de Wilhelm ante la situación también le molestaba.
—Creo que el Subcapitán Grimm dio en el clavo. Al menos, nadie por aquí parece estar molesto porque sea el Capitán. Esa ceremonia demostró su fuerza… y sus agallas.
—Cuidado con que te dé una demostración personal, Conwood.
—¡Ooh, estoy temblando!
La broma venía de un miembro veterano del Escuadrón Zergev, Conwood Melahau. No era especialmente distinguido en combate, pero incluso Wilhelm había notado su conducta. Un ingenio rápido servía tanto dentro como fuera del campo de batalla.
Había muchos que, como Conwood, conocían a Wilhelm como parte del Escuadrón Zergev desde hacía dos años o más. Capitán podría ser, pero Wilhelm se encontraba al mando con una autoridad mínima entre tantos que lo conocían desde hacía tanto tiempo. Peor aún si lo habían visto en su etapa más joven y menos pulida.
—Un capitán que conocemos, un subcapitán que conocemos… Vaya reestructuración.
El renacido Escuadrón Zergev estaba formado por muchos miembros veteranos, incluidos el Subcapitán Grimm y el Capitán Wilhelm. Aunque Bordeaux ya no estaba con ellos, su nombre permanecería.
«Es para que los nombres de todos aquellos con los que luchamos sigan vivos, ¿verdad?»
—Prácticamente puedo oír a Pivot suspirar… Haciéndolos trabajar incluso después de muertos.
Grimm sonrió con ironía, pero Wilhelm lo ignoró y miró a las tropas reunidas. El Escuadrón Zergev iba a salir de la capital para patrullar pueblos y aldeas cercanas.
Su objetivo era restaurar la seguridad pública que había desaparecido durante el conflicto y poner fin a cualquier conspirador que pudiera estar buscando alterar el armisticio. Era pan comido comparado con cualquier cosa que hubieran hecho durante la guerra, sin embargo, los soldados del Escuadrón Zergev estaban de pie con rostros tensos, ojos ardientes de auténtica pasión.
—Incluso si todo sale según lo planeado, esta patrulla llevará casi exactamente tres días… Tendremos que volver justo el día de la boda del Capitán y Lady Theresia. ¿Saben qué? Cuando oí estas órdenes, pensé que los altos mandos se habían vuelto locos.
—La clave de esta misión será cuánto tiempo perdemos en la Carretera de Lifaus. Todos, asegúrense de permanecer dentro de la Protección Divina de la Evasión del Viento.
—Odio decirlo, pero si tu dragón de tierra se desploma en el camino, te van a dejar atrás. No podemos permitir que nadie nos retrase en este viaje. Creo que todos aquí estamos de acuerdo en que es lo correcto.
—Sí, seguro. ¡Si me pasa algo a mí, ni se les ocurra rescatarme…!
Escuchando a los soldados deliberar entre ellos mientras discutían sus planes en detalle, Wilhelm arqueó una ceja. ¿Por qué estaban tan empeñados en esto? Era un hecho que tenía que estar de vuelta a tiempo para la boda, pero eso no era más que un problema personal suyo.
Al fin y al cabo, no tenía ningún impacto en el resto…
—Solo demuestra lo preocupados que están todos por esto —dijo una voz ronca y familiar.
Wilhelm volteó hacia la voz y vio a un hombre corpulento de rostro escarpado acercándose desde la dirección del castillo. El hombre era robusto, con el cabello azul corto y rapado: Bordeaux Zergev.
—Ya es hora de que aprendas a prestar atención a lo que pasa a tu alrededor. Ahora eres el líder de un escuadrón y pronto serás un esposo. No puedes salirte con la tuya pensando solo en ti mismo si quieres ser bueno en cualquiera de las dos cosas. ¡Buajaja! —soltó una carcajada.
Wilhelm se limitó a encogerse de hombros y decir:
—¿Qué haces aquí tan de repente? Pensé que estabas demasiado ocupado para todo esto.
—Buajaja. Ocupado sí que estoy. Pero esta es la primera misión del nuevo Escuadrón Zergev. Como su antiguo comandante, lo menos que puedo hacer es venir a despedirlo —con una carcajada fuerte y ruidosa, Bordeaux dio a Wilhelm una palmada en el hombro que pareció más un puñetazo.
El Demonio de la Espada se tambaleó por el impacto, y el hombre corpulento dijo, en tono más bajo:
—Además, los soldados rasos no son los únicos que creen que esta asignación es un abuso de autoridad. Es imposible que los altos mandos no sepan cuándo se casan la Santa de la Espada y el Demonio de la Espada. Esto huele a problemas, y será mejor que tengas cuidado.
—Todavía no me acostumbro a que me des consejos así.
—El estatus es lo que uno hace con él. Estoy aprendiendo a usar la cabeza, aunque no lo creas… Y ese charlatán que me recomendaste el otro día resulta ser sorprendentemente útil. Fue una buena decisión insistir para que lo sacaran de la cárcel.
—Ah, Orphe. Es un mujeriego y un estafador, pero eso no significa que no pueda ser útil.
Bordeaux estaba hablando del defraudador que Wilhelm había conocido en la Torre de Prisión, el que le había aconsejado cómo resolver su problema con Theresia. Wilhelm, cumpliendo su promesa de interceder en nombre de Orphe, lo había recomendado a Bordeaux como un posible ayudante. Contra todo pronóstico, parecía que Orphe estaba demostrando ser valioso.
—Es útil tener a un tipo tan astuto como él cerca. Creo que algún día sería buena idea crear una organización que funcione como él. Y cuando lo hagamos, la llamaré «las Seis Lenguas», en su honor.
—Está muy orgulloso de cuántas lenguas tiene —dijo Wilhelm—. ¿Encontró algo para ti?
—Sin detalles. Solo que esto es probablemente una interferencia de ciertas partes que no ven con buenos ojos que tú y la señorita Theresia se casen. ¿Alguna idea?
—… Una lo suficientemente segura como para que me duela la cabeza.
Difícilmente podía salir y decir que el padre de la novia era el culpable, pero sus sospechas se habían profundizado hasta convertirse en una certeza casi total.
Bordeaux frunció el ceño ante su respuesta, pero Wilhelm sacudió la cabeza a los lados y dijo:
—No te preocupes. ¿Quieren pelea? Pues yo también. No tienes nada de qué preocuparte.
—¿Crees que esto se trata de ganar o perder? Yo no estoy seguro, pero está bien.
La negativa de Bordeaux a enredarse en detalles insignificantes era tanto una de sus armas como uno de sus rasgos más fuertes. Concluyó su conversación con un brusco «Acaba con ellos», y luego fue a animar a los hombres.
«Es un verdadero capitán», Grimm mostró una nota mientras sonreía.
—Un verdadero excapitán, pero estoy de acuerdo —Wilhelm miró hacia la puerta del castillo—. Carajo. Cuando Bordeaux se haya divertido, partiremos.
Había más de cien personas en el escuadrón en total, junto con casi veinte carruajes de dragón para transportarlos. Todo estaba alineado y listo para partir, y los soldados estaban inquietos. Wilhelm tenía la intención de ponerse en marcha en cuanto Bordeaux terminara de hacer su ronda.
Pero justo cuando el pensamiento cruzaba por su mente…
—¡Wilhelm!
… oyó su nombre desde la dirección de la puerta y miró hacia allí. Vio a una joven corriendo por la pendiente con pasos cortos y débiles, con la respiración agitada.
—¿Theresia? ¿Qué haces aquí?
—¡Menos mal! Me alegro mucho de haber llegado antes de que te fueras —ignorando casi por completo al sorprendido Wilhelm, Theresia hizo una reverencia educada al guardia de la puerta y entró en la plaza.
La puerta del castillo, esa defensa tan crucial, había sido franqueada sin siquiera un grito.
—… Sé que todo el mundo te reconoce y todo eso —dijo Wilhelm—, pero ¿desde cuándo un guardia deja entrar tan fácilmente en el castillo a una chica que está más que «retirada»?
—Los guardias saben exactamente quién soy. Creo que incluso los conozco mejor que tú. ¡Jah! —Theresia guiñó un ojo a Wilhelm, quien la miró con desconfianza.
Ya se habían despedido cuando él salió de la mansión. Había jurado estar de vuelta antes de su boda en tres días, y luego se había marchado rápidamente para no caer en la tentación de quedarse. Y ahora todo había sido en vano.
Este tipo de despedidas se volvían más difíciles cuanto más tiempo se pasara en ellas. Quizás él todavía no se daba cuenta de lo mucho que esta mujer pensaba en él.
—Vamos, Wilhelm. Estás frunciendo el ceño otra vez. Te dije que dejaras de hacer eso.
—Bueno, es por tu culpa.
—¿Cómo que es por mi culpa? No puedo creer que digas eso. ¡Oh, oh! Pero escucha… —Theresia le tendió algo que había estado escondiendo detrás de la espalda.
Wilhelm, todavía con el ceño fruncido, lo tomó: era una caja envuelta en un pañuelo amarillo brillante.
—¿Qué es esto?
—Te lo preparé, ya que vas tan lejos. Tú-tú-tú sabes cómo se llama… una comida hecha con amor, creo.
—Estás tan avergonzada que apenas puedes decirlo —comentó Wilhelm, sopesando el paquete en sus manos.
Theresia se había puesto roja a mitad de su explicación. Parecía demasiado pesado para ser algo que hubiera preparado con tan poca antelación, y Wilhelm se sintió contento por dentro. En parte por tener algo que comer, por supuesto, pero también porque Theresia se había preocupado lo suficiente como para hacerlo.
—Entonces, eh, ¿no tienes, er, nada que decir? —dijo Theresia.
—¿Qué se supone que debo decir?
—¡Por todos los Santos! Me he tomado la molestia de prepararte una buena comida, ¿no? ¿Qué tal unas sinceras gracias o algo así?
—¿Sinceras gracias, eh? —hizo una pausa pensativa—. Mientras la como, fingiré que eres tú.
—¡Argh, no sé cómo sentirme al respecto…!
Wilhelm había considerado sus palabras con cuidado, pero a juzgar por la reacción de Theresia, habían sido equivocadas.
Aun así, no cambiaba el hecho de que estaba contento. Eso parecía haberle llegado a ella, y Theresia esbozó una media sonrisa ante la torpe respuesta de Wilhelm.
—Está bien —dijo—. No esperaba mucho. No es importante. Si puedes aceptar esa comida con el mismo ánimo con el que la hice, es suficiente.
—Genial. Entonces, ¿por qué el impulso repentino de prepararme una «comida hecha con amor»?
—¡No puedo creer que puedas decir eso tan fácilmente…!
No solo la expresión de Theresia podía cambiar rápidamente, sino todo el color de su rostro. Pasó del rojo al pálido y al blanco fantasmal; finalmente, se aclaró la garganta con una tos delicada y dijo:
—El ejército no tiene fama de servir comida gourmet, ¿verdad? Además, el Escuadrón Zergev estará en movimiento, y está lleno de hombres. Considera esto mi pequeño acto de resistencia en tu defensa.
—Tenemos a Grimm para encargarse de nuestra comida. E incluso yo sé cocinar.
—No esperas que Grimm solo cocine para cien soldados. Y en cuanto a la carne carbonizada y las verduras sobrehervidas que sirves, ni siquiera considero eso comida.
—Agh…
—En fin, quería hacer algo por ti. Si había algo que pudiera hacer para ayudarte a tener aunque sea un poco más de energía para volver a tiempo para nuestra boda… ¡entonces quería hacerlo! Eso es todo.
Al darse cuenta de que estaba empezando a divagar, Theresia apartó la mirada a mitad de su discurso. Por eso no notó el cambio en los ojos de Wilhelm.
—…
Wilhelm no notó la forma en que tuvo que reprimir su deseo de abrazarla en ese mismo momento, de perderse en su dulzura vulnerable.
Estuvo cerca. Pero tenía que considerar el lugar en el que estaban, y el rango era el rango. No se trataba ni siquiera de dar un mal ejemplo a sus subordinados. Un grillete que a Wilhelm nunca le había importado ahora le contenía la mano. ¿Lo había salvado o lo había frenado? Sus sentimientos eran complicados.
—Sabía que subir de rango no me haría ningún favor…
—¿En serio? A mí me alegra que tantas personas te reconozcan —expresó Theresia ante las palabras de su prometido.
—¿Haces estas cosas a propósito?
—¿…?
Theresia se quedó allí sorprendida, totalmente inconsciente de lo adorable que era. Los hombros de Wilhelm se hundieron. El Demonio de la Espada se dio cuenta tardíamente de que todas las miradas estaban puestas en él. Bordeaux había terminado de animar a las tropas, y todo el escuadrón estaba ahora observando la conversación de la pareja. Parecían estar disfrutando genuinamente del diálogo entre el Demonio de la Espada y la Santa de la Espada.
—… ¿Qué coño están mirando todos?
—Oh, nada —dijo Conwood con una gran sonrisa—. Solo pensaba que sé que es difícil dejar atrás al verdadero amor, pero quizás ya es hora de marcharse. Usted y su señora podrán pasar todo el tiempo que quieran juntos cuando hayamos terminado aquí, después de la boda. Por ahora, nuestro capitán es soltero.
Unas risas entre dientes recorrieron el resto del escuadrón ante las burlas de Conwood.
—Tch.
—¿Su señora? Ugh… ¡Creo que es un poco pronto para eso…!
Wilhelm chistó al ser el centro de las risas, pero Theresia, con las manos en su rostro enrojecido, no parecía del todo descontenta. Después respiró hondo y se adelantó frente al Escuadrón Zergev y dijo:
—Eh, gracias por darme unos minutos de su tiempo antes de partir. De alguna manera nunca llegué a pensar que llegaría el día en que los vería partir sin mí de esta forma. Y quizás también debería disculparme por eso.
—…
Theresia parecía avergonzada y culpable, pero el escuadrón permaneció en silencio. Hasta hace apenas tres meses, Theresia y el Escuadrón Zergev habían luchado con frecuencia codo con codo en la guerra civil. Ella era la Santa de la Espada: los había acompañado en expediciones, y con su espada había hecho más que nadie en el frente.
Y ahora el Escuadrón Zergev iba de patrulla, y Theresia se quedaba en la capital. Habría sido impensable durante la guerra, y quizás la propia Theresia se sintiera algo abandonada.
Pero…
—¡Aah!
—¿Por qué te disculpas, tonta? Así funcionan las cosas —Wilhelm le dio un ligero golpe con su dedo en la nuca y luego se adelantó a ella.
Antes de que Theresia pudiera protestar mientras se frotaba la cabeza, el Demonio de la Espada hizo un ruido audible con el talón de su bota. En respuesta, los soldados del Escuadrón Zergev también golpearon sus talones contra el suelo, enderezando sus filas.
—Guau…
—Luchar y defender es el deber de un soldado —dijo Wilhelm—. Te lo dije, Theresia. Quédate aquí, detrás de mí y del resto de los soldados, y ocúpate de tus flores o algo así. Ese es el deber de una civil.
—Tener una ama de casa suena bastante bien, ¿eh, Capitán? —bromeó Conwood, a lo que Grimm añadió: «¡Tiene razón!», y todo el escuadrón volvió a estallar en carcajadas.
Wilhelm también se rio a regañadientes, y Theresia lo observó con los ojos ampliamente abiertos.
—…
Por un momento, esos grandes ojos azules estuvieron peligrosamente cerca de llenarse de lágrimas. Theresia las apartó rápidamente con la manga, forzando una sonrisa en su rostro. Una sonrisa amable que podía cautivar instantáneamente los corazones incluso del Demonio de la Espada, Wilhelm, y todos sus poderosos hombres.
Aún sonriendo, Theresia inclinó profundamente la cabeza y dijo:
—¡Gracias a todos! ¡Por favor, cuiden de Wilhelm por mí mientras estén fuera!
Esas fueron las últimas palabras que alguien dijo antes de que partieran.
Sección 4
—¡Buajajaja! Qué cosa para nuestro Wilhelm, señorita Theresia. No podría haber habido una mejor forma de despedirlo. No puedo creer que ya esté tan domado.
—¿«Domado»? Por favor. Él no es de los que se dejan confinar o controlar fácilmente. A veces me pregunto si no soy yo quien lo tiene tan firmemente sujeto.
—La falta de autoconocimiento es un pecado en sí mismo. Pero, sea como sea, tiene un deber que cumplir como esposa del Demonio de la Espada.
Tal fue la conversación que tuvo lugar cuando el Escuadrón Zergev finalmente había dejado atrás a Theresia y Bordeaux. Los dos compartían el tipo de vínculo que se forja entre personas que han sobrevivido juntas a la batalla. Por un lado, estaba Bordeaux, que había sido retirado del frente por su ascenso; por el otro, Theresia, que se había retirado definitivamente: sus respectivas posiciones también les daban mucho en común.
—Sir Bordeaux, ¿no se siente solo viendo partir a Wilhelm y a los demás?
—¿Solo? Qué palabra tan dulce. Admito que hay un pequeño dolor… o quizás uno algo grande, al no poder simplemente salir corriendo con ellos como solía hacer —Bordeaux miró sus manos, que no sostenían la familiar hacha de guerra, y su voz bajó un poco. Aun así, pronto formó dos puños—. Pero mire. El campo de batalla puede cambiar, pero yo sigo siendo yo mismo. Tengo mis responsabilidades. Hay personas que han estado esperando y deseando que ascendiera en el mundo. Me alegra poder desear y esperar cosas. Igual que usted tiene sus esperanzas en Wilhelm, señorita Theresia.
—Yo… Sí, siento lo mismo —miró hacia donde Wilhelm y sus soldados habían ido.
Por el rabillo del ojo, vio cómo los robustos brazos se cruzaban.
—Por cierto —dijo Bordeaux—, en cuanto a eso que me pidió que manejara en este nuevo campo de batalla… sobre quienquiera que envió al Escuadrón Zergev en esta misión aleatoria…
—Siento tener que apoyarme en usted. Es solo que ahora mismo, no puedo pensar en nadie más en quien pueda contar.
—No se preocupe. Estamos hablando de una boda entre dos de mis más viejos camaradas. No es que no me importe… Solo que no estoy completamente seguro de si esto es algo que debería decirle —Bordeaux se rascó el cabello corto, con aspecto de estar conflictuado.
Theresia entrecerró los ojos, incapaz de calmar un mal presentimiento sobre lo que fuera que lo hacía dudar en hablar y dijo:
—Está... bien. Por favor, no se limite en hablar. No lo suavice.
—¿Segura?
—Sí. No se contenga.
—… Parece que el responsable de estas órdenes es la Casa de Astrea. En otras palabras, su padre —el dolor era evidente en la voz de Bordeaux.
—… —Theresia cerró los ojos.
El aura explosiva que de repente se sintió en el aire fue suficiente para que cada pelo de cada guardia en la puerta se erizara. Incluso Bordeaux, con su larga experiencia en combate, se preparó para la muerte.
Pero la Santa de la Espada, fuente de esta increíble presencia, rápidamente la controló.
—¡L-lo siento! ¡Perdí la cabeza! ¡Fue un accidente! ¡No se preocupen! —haciendo una reverencia a los guardias asustados, Theresia se golpeó la frente con la palma de la mano como para enfatizar lo arrepentida que estaba.
Hizo un pequeño y lindo golpecito, y Bordeaux se rio por lo incongruente que era ese sonido con esta gran guerrera.
—Señorita Theresia… Creo que tanto usted como Wilhelm lo sospechaban, ¿verdad?
—Sí, bueno. No quería creerlo. Incluso ahora, desearía que no fuera cierto.
Sus sospechas se habían confirmado. Cuando supo que era en realidad su propia Casa, su propio padre, quien había intentado interferir con su boda, una tormenta comenzó a rugir dentro del corazón y la mente de Theresia.
En cualquier caso, ahora conocía la identidad de su enemigo. Y si Wilhelm se iba a una batalla decisiva…
—Entonces yo también tengo que pelear…
—¿Se-señorita Theresia? Estoy seguro de que no hace falta que le diga que si empuña su espada, Wilhelm se enojará, ¿verdad? Eh, y yo tampoco estaría muy contento.
—Ah, por «pelear» quiero decir «hablar». Era una figura retórica… una cosa emocional.
Aun así, Theresia, sintiéndose muy diferente ahora, había apretado el puño. Bordeaux reconoció todo esto con gran inquietud.
Theresia había encargado a Bordeaux investigar este caso, sin mencionarle a Wilhelm que lo había hecho. Tenía toda la intención de arreglar las cosas con su padre ella misma.
Bordeaux esperaba fervientemente que no hubiera demasiada violencia.
—Si necesita un intermediario, no me opondría… —dijo.
—Está bien —respondió Theresia—. Sé que está ocupado, Sir Bordeaux, y odiaría molestarlo. Además, este problema nos concierne a Wilhelm y a mí, y quiero resolverlo adecuadamente como esposo y e-es-esposa. Como esposa. Sí —logró decir, con el rostro ruborizado.
Hizo una profunda reverencia a Bordeaux, que no podía deshacerse de su preocupación; luego salió corriendo de la plaza.
Estaba claro incluso mientras se alejaba: planeaba encontrar a Bertol Astrea, su propio padre, y resolver este asunto.
—Nada es fácil con esos dos —murmuró Bordeaux.
Sintiéndose como si hubiera envejecido notablemente, se encaminó de vuelta al castillo para trabajar. Solo tenía una plegaria en su corazón: que la boda se desarrollara sin contratiempos en tres días.
Sección 5
La orden para el Escuadrón Zergev en esta misión era patrullar las carreteras principales y secundarias alrededor de la capital. El ejército ya había sido desplegado en las llamadas Cinco Grandes Ciudades del Reino para ayudar a reconstruir y promover la seguridad pública después de la guerra, por lo que esta patrulla cubriría principalmente los pueblos y aldeas más pequeños en estos caminos.
No era una misión que normalmente se asignara a una unidad de élite como el Escuadrón Zergev. Más razón aún para pensar que esta asignación en particular era una artimaña de alguien tras las sombras.
«¿Y crees que es el padre de Lady Theresia el que está causando problemas? ¿No crees que estás siendo paranoico?»
—No has conocido al hombre. Si lo hubieras hecho, sabrías que no estoy bromeando… No es que no entienda por qué sería tan sobreprotector.
Wilhelm frunció los labios ante la sugerencia de Grimm mientras los dos cabalgaban lado a lado en los dragones de tierra. Su viejo hermano de armas sonrió y luego escribió una respuesta en su papel.
Con la Protección Divina de la Evasión del Viento, no había sacudidas ni ruido mientras viajaban. Aun así, Wilhelm estaba impresionado de que Grimm pudiera escribir tan fácilmente mientras cabalgaba sobre el lomo de un dragón.
«Estoy acostumbrado.»
—… No he dicho nada —Wilhelm frunció el ceño, disgustado porque le leyeran los pensamientos tan fácilmente. Grimm entrecerró los ojos, lo que hizo que Wilhelm gruñera—. ¿Qué? No parece que estés prestando atención. No te pongas a llorar si te caes de tu dragón.
«Solo estaba un poco sentimental, con lo de tu boda en tres días. Has crecido mucho», Grimm parecía realmente conmovido, lo suficiente como para que Wilhelm no quisiera responderle con brusquedad.
Los siete años que se conocían abarcaban todo el tiempo de Wilhelm en el ejército. Sin mencionar sus dos años «perdidos». Su relación con Bordeaux y el Escuadrón Zergev era igual de larga, e incluso Wilhelm era capaz de experimentar una emoción genuina de vez en cuando.
—… ¿Quieres saber la verdad? —dijo Wilhelm—. Estaba seguro de que ibas a morir diez minutos después de que te conocí.
«Estoy seguro de que es verdad. Yo mismo nunca creí que sobreviviría a la guerra civil. Incluso ahora pienso que debió de haber algún error, que agoté la reserva de suerte de toda mi vida.»
—¿Tu reserva de suerte, eh?
A Wilhelm no le gustaba ver la vida como algo que dependía del capricho de la suerte, buena o mala. Especialmente cuando se trataba del campo de batalla, un lugar de vida o muerte, donde los hombres se forjaban en las llamas del combate.
Lo único que influía en la supervivencia en combate era lo que habías hecho en tu vida hasta ese momento. Creía que debería ser espada contra espada, magia contra magia, vida contra vida. Un Wilhelm más joven podría haber arremetido contra Grimm en este punto. Pero ahora, lo pensaba dos veces. ¿Por qué? Por cierto encuentro.
Porque había conocido a una mujer que le hacía pensar que él mismo había gastado la reserva de suerte de toda su vida.
Grimm ofreció una nota al silencioso Wilhelm, con solo una frase:
«Te has vuelto blando.»
—Vete a la mierda —al ser leído tan fácilmente una vez más, Wilhelm apartó el papel con enojo.
—…
Satisfecho con esta respuesta, Grimm se centró en algo nuevo. Sacó una corta barra de metal de su silla de montar y la golpeó contra una pieza de metal sujeta a su muslo. El estrépito resultante era su forma de comunicarse con quienes lo rodeaban. En respuesta al sonido del metal contra el metal, Conwood se acercó desde detrás de ellos.
—¿Me llamó? —dijo.
«Quiero repasar la ruta de patrulla otra vez. El tiempo es especialmente apremiante en esta misión.»
—Eso seguro —Conwood asintió con decisión y luego miró a Wilhelm.
Wilhelm mantuvo un silencio brusco, prueba de que incluso el Demonio de la Espada podía aprender su lección.
—No podemos permitir que Lady Theresia se quede sola en el altar. Créame, todo el escuadrón lo apoya en eso. Y la pequeña escena antes de partir solo hizo que las tropas estuvieran aún más impacientes.
—Ya basta de eso. Date prisa y ponte a trabajar —Wilhelm dirigió a Conwood una mirada punzante.
El otro hombre sacó un mapa de su bolsa y lo abrió. Mostraba el área alrededor de la capital, con su ruta marcada en tinta roja y círculos alrededor de sus destinos.
—Primero, iremos por Lifaus hasta Fleur —dijo Conwood—. Luego nos dirigiremos al oeste, pasando por Millgray, Bonobo y Cramlin, antes de volver a la capital. A marcha forzada.
—Eso son dos días solo contando el viaje —dijo Wilhelm—. Incluyendo la patrulla, no estoy seguro de que tres días sean suficientes.
—Por eso vamos a volar por esos caminos lo más rápido que podamos, para que tres días sean suficientes. Hemos acordado dejar atrás a cualquiera que se quede rezagado. Los hombres están preparados para morir antes que retrasarnos.
—Esta no es una misión por la que morir…
Wilhelm podría haber tomado las palabras de Conwood como una broma si no fuera por su rostro y las conversaciones que había escuchado antes de partir. De todos modos, era cierto que intentarían reducir el tiempo de viaje al mínimo absoluto.
—Creo que si, además de eso, terminaremos nuestras patrullas en cada pueblo lo más rápido posible, lo lograremos —dijo Conwood.
—¿Podemos vivir con eso? —preguntó Wilhelm—. El objetivo es mejorar la seguridad pública, ¿verdad? Si vamos solo para decir que técnicamente fuimos, ¿para qué molestarse?
—No es un problema. Los pueblos de nuestra ruta están prácticamente encima de la capital… Probablemente sean los asentamientos pequeños más seguros del país en este momento, si me permito decirlo. Solo necesitan saber que si hay algún problema, el gran y temible Demonio de la Espada acudirá corriendo a solucionarlo.
«Importa que la gente nos vea. Ese es el objetivo», Grimm asintió como si fuera para enfatizar que no había motivo para preocuparse.
A Wilhelm le pareció una interpretación muy amplia de su asignación, pero si eran demasiado diligentes, seguramente se quedarían sin tiempo. Este era el compromiso que sus hombres habían alcanzado al sopesar el tiempo contra el deber.
—Es esta otra señal de que me he vuelto blando… ¿o de que me he vuelto demasiado astuto para mi propio bien?
«Esto es otra cosa que tienes que hacer por Lady Theresia.»
—¿Crees que esa es una forma de conseguir que acepte cualquier cosa, no es así…?
A pesar de esta última declaración, Grimm tenía razón, con esa lógica se convencía rápidamente a Wilhelm.
—A esta velocidad, y ciñéndonos solo a lo estrictamente necesario para las patrullas, deberíamos estar de vuelta en la capital en dos días y medio. Con medio día de margen, debería tener incluso unos minutos para prepararse para la ceremonia. Y entonces todos vivirán felices para siempre —Conwood sonaba incluso más animado de lo habitual, quizás en un intento de aliviar la ansiedad que sentían.
—Eso espero… —por otra parte, Wilhelm encontraba difícil de aceptar toda la situación.
Albergaba una preocupación privada de la que no lograba librarse del todo. Aunque agradecía que los soldados estuvieran tan comprometidos con llevarlo a casa a tiempo para su boda, sabía que Bertol estaba detrás de esto.
“No creo que me vaya a dejar escapar tan fácilmente”, pensó.
«Esto no es propio de ti. ¿Estás realmente tan preocupado?»
—Estoy luchando contra un enemigo con el que mi espada es inútil. Bien podría estar usando solo unos palillos.
La expresión de Wilhelm era sombría, y Grimm le tendió una nota.
«Lo entiendo. Espero que te sientas mejor. Deberíamos poder pasar prácticamente de largo en nuestra primera parada, Fleur.»
Los ojos de Wilhelm se agrandaron al leer la nota.
—¿…? ¿Qué, sabes algo?
«Fleur es donde nací. Tengo cierta influencia entre los residentes. Eso debería ayudarnos a terminar la patrulla allí en poco tiempo.»
Wilhelm levantó una ceja y dijo:
—Vaya, eso es nuevo para mí. No sabía que eras de tan cerca.
—… —Grimm le dedicó una sonrisa compleja.
Wilhelm conocía esa expresión. Era la mirada de un hombre que había sido desleal con sus padres. Se parecía a la suya: un hombre que había huido de su casa tras una pelea con sus hermanos, alguien que nunca había tenido la oportunidad de disculparse.
—Todo el mundo tiene un pasado —dijo Conwood con tono plano—. No es que esto sea un concepto extraño para nosotros.
—¿Está todo este escuadrón formado por fugitivos? Vaya unidad de élite —dijo Wilhelm, conmovido por su generosidad de espíritu. Su corazón se aligeró un poco; había sido bendecido con excelentes compañeros. Aunque no lo admitiría en voz alta.
«Gracias. De todos modos, déjame manejar lo de Fleur.»
Justo cuando Grimm afirmaba que él se encargaría de todo, el tenue contorno de unos edificios se hizo visible más adelante, al otro lado del camino. Era Fleur, el pueblo de las posadas del que acababan de hablar. Su primera parada y una prueba de qué tan persuasivo era Grimm…
—¿Eh?
Justo cuando el pensamiento cruzaba su mente, Wilhelm se quedó sin palabras ante lo que veía del pueblo. También el resto del Escuadrón Zergev.
La razón era un gigantesco estandarte colgado en la entrada del pueblo que decía: «¡BIENVENIDOS! ¡EL TRIUNFAL REGRESO DEL GRAN HÉROE DE NUESTRO PUEBLO!».
Parecía que toda la población estaba presente para recibirlos.
Un gran clamor se elevó; el sonido de personas que reconocían a un hijo pródigo que volvía a ellos tras haber ganado una posición de autoridad en el ejército nacional. No había duda de a quién recibían.
—… Oye —dijo Wilhelm a Grimm—, ¿de verdad crees que puedes convencerlos para que esto sea breve?
Hablaba en nombre de todos; todo el escuadrón miró a Grimm a la vez. Grimm empezó a sudar. Con mano temblorosa, garabateó: «Lo intentaré».
Estaba muy lejos de las audaces afirmaciones que había hecho unos minutos antes.
Sección 6
—¡Vaya, pero mira nada más! ¡Quién iba a decir que el inútil retoño del posadero volvería a nosotros tan alto en el mundo!
«Ha pasado mucho tiempo. Lo siento. Hay tantas cosas de las que hablar, pero…»
—¡Grimm, eres increíble! Yo, apenas me alisté en el ejército y ya había huido para volver a casa…
«No te culpo. El campo de batalla es un lugar aterrador.»
—Oieee, Grimm. Conozco a una chica bien linda que podría gustarte. ¿Quieres hablar con ella antes de que te vaias?
«¡Lo siento! ¡Ya tengo a alguien…!»
Y así siguió, hasta que el Escuadrón Zergev finalmente pudo escapar de Fleur.
Habían asignado dos horas para su patrulla en este pueblo. Gracias a los buenos actos de Grimm, el héroe local, el Escuadrón Zergev superó con éxito su tiempo asignado en cinco horas, pasando un total de siete horas en Fleur.
—¡No voy a volver a confiar en nada de lo que digas nunca más! —bramó Wilhelm, espoleando a su dragón de tierra mientras avanzaba a la cabeza del grupo.
Ante la ira del Demonio de la Espada, todo lo que Grimm pudo hacer fue agachar la cabeza. Dado su farol, era su mejor opción después de lo que equivalía a una patética derrota. De hecho, tendría que reflexionar cuidadosamente sobre lo que había salido mal en esta ocasión.
—Tranquilícese, Capi —dijo Conwood—. El muchacho se escapó de casa y regresó como un héroe; claro que mamá, papá y los niños quieren celebrarlo…
—Sí, ¡y también todos y cada uno de los familiares, maestros y viejos amigos! ¡Estaban haciendo fila hasta el pueblo de al lado…! ¡QUÉ PUTO DESASTRE! —los gritos de Wilhelm se hicieron aún más fuertes al recordar las siete horas de festejos.
La verdad es que a ninguno de ellos le sorprendía que el pueblo de Grimm quisiera hacer un evento de su regreso a casa. Algunos de sus familiares más cercanos casi se echaron a llorar al verlo de nuevo.
«Supongo que mis padres pensaron que estaba muerto», escribió Grimm.
—Dado el aspecto que tenías cuando te conocí, y el hecho de que no habían sabido de ti durante años, no los culpo.
Había sido la opinión compartida de todo el escuadrón en ese momento que Grimm no tenía muchas posibilidades de sobrevivir mucho tiempo. Pero a través de una serie de coincidencias, aquí estaba, todavía con ellos. Probablemente el propio Grimm no estaría en desacuerdo en llamarlo un regalo de la suerte.
—Eso es un golpe bastante crítico a nuestro horario, pero la familia del Subcapitán estaba muy contenta de verlo —dijo Conwood—. Y en lo que respecta a la patrulla, no podríamos haber pedido una muestra de presencia militar más exitosa.
«Todo este incidente fue m…»
—No, olvídalo —dijo Wilhelm, interrumpiendo a Grimm mientras empezaba a escribir una nota de disculpa—. Conwood tiene razón. Al menos hicimos el trabajo.
Como fugitivo falto de piedad filial igual que su viejo camarada, difícilmente Wilhelm podía juzgar. Cualquiera que fuera la situación de los otros miembros de su escuadrón, Wilhelm ya no tenía familia con la que contactar. Las llamas de la guerra la habían consumido, junto con todo su pueblo natal. Era como Grimm en que había huido y nunca se había puesto en contacto con su familia después. Pero a diferencia de Grimm, Wilhelm nunca tendría la oportunidad de disculparse.
Desde esa perspectiva, la oportunidad de Grimm de reunirse con su familia y amigos era motivo de alegría.
—Podemos recuperar el tiempo —dijo—. Si quieres mostrar que te arrepientes de lo de hoy, solo… escríbele a tu familia de vez en cuando.
—…
—De todos modos, cuando vuelvas con Carol algún día, va a ser incluso peor, ¿verdad?
Tratando de dejar atrás lo sucedido, Wilhelm sacó el tema de la amante de Grimm. Había visto lo eufórica que estaba la familia de Grimm al saber que su hijo había alcanzado un rango militar. Si supieran que iba a casarse con una hija de la nobleza, se llevarían una conmoción inimaginable.
«Métete en tus asuntos», cuando Grimm finalmente levantó la vista hacia Wilhelm, por fin estaba sonriendo.
Pareció inspirar a toda la tropa, y partieron por el camino con renovado vigor.
La agenda que habían estado tratando de comprimir tanto como fuera posible se había expandido seriamente en su lugar, pero aún no era una situación irrecuperable.
—Por suerte, no creo que tengamos ningún miembro del escuadrón que sea de alguno de los otros lugares que visitaremos —dijo Conwood.
—Eso es un alivio —respondió Wilhelm—. Si veo a otro padre, amigo, familiar o simpatizante, será demasiado pronto.
«Eso parece demasiado directo, ¿no?», escribió Grimm, no parecía estar del todo contento.
—Solo quiero evitar que se repita lo de Fleur. Estoy tratando de mantener los daños colaterales bajos, por así decirlo.
Independientemente de la reacción de Grimm, el Escuadrón Zergev se apresuró por la Carretera de Lifaus. Con el tiempo, llegaron sanos y salvos a su próximo destino, Millgray.
Esta vez, no hubo una masiva fiesta de bienvenida, y pudieron completar su patrulla y seguir adelante en el menor tiempo posible.
«Me alegro de que no haya pasado nada. Espero que las cosas sigan así.»
—¿Cuánto tiempo recuperamos?
«Todavía vamos con cuatro horas de retraso.»
—No debería haber preguntado.
Aun así, eso no quitaba que habían recuperado algo de tiempo. Si las cosas seguían así, quizás lograrían estar de vuelta en la capital con un par de horas de sobra antes de la boda.
—Al menos…
Al menos quizá pudiera salir de esta sin disgustar a Theresia. Wilhelm sabía que se estaba aferrando a un último recurso, pero era todo lo que tenía.
Pero, claro está, cuando uno se aferra a un último recurso, tarde o temprano hasta ese recurso termina por fallar.
Sección 7
El Distrito Nobiliario de la capital era un lugar donde solo podían vivir aquellos con estatus. Nuevas linternas mágicas brillaban en la noche a lo largo de calles adoquinadas de bordes rectos que discurrían entre lujosos y elegantes edificios. Los carruajes de dragón que circulaban por las calles apenas hacían ruido; todo el lugar era la cúspide de la distinción.
Se suponía que el país se había fatigado por la larga guerra civil, pero el conflicto parecía haber afectado apenas este lugar. El Distrito Nobiliario parecía rechazar todas las influencias de más allá de sus fronteras, como un mundo en sí mismo. Cualquier tipo de disturbio o pelea estaba estrictamente prohibido, en deferencia a la etiqueta y tranquilidad de la zona.
Dos mujeres caminaban por el distrito, con sus zapatos haciendo «tac» contra el suelo. Una de ellas caminaba con los hombros hacia atrás, cortando el aire, mientras la segunda mujer llamaba a la primera.
—¡L-Lady Theresia! ¿D-de verdad va a enfrentarse a Lord Bertol?
—Por supuesto que sí, Carol. Estoy terriblemente enojada por todo esto.
Theresia, todavía caminando rápidamente, frunció los labios hacia la otra mujer, que tenía cabello dorado y ojos verdes, y daba una impresión general de agudeza. La segunda mujer, Carol, se encogió bajo la mirada de Theresia.
—¿Dices que te opones a mí, Carol? ¿Que te opones a… mi boda…?
—¡Por favor, no me mire con tanta ansiedad, mi Señora! ¡Jamás me opondría a usted en ningún asunto! Aunque admito que Wilhelm no sería mi primera opción como esposo…
—Entonces estás en nuestra contra…
—¡…! ¡Por favor, no me ponga en una posición tan difícil; me hará llorar! ¡Me pondré a sollozar como un patético bebé!
—L-lo siento, lo siento. Está bien, Carol, confío en ti.
Viendo que la tensa y bella joven estaba a punto de quebrarse, Theresia se apresuró a tranquilizar a Carol. Su asistente de tantos años normalmente era bastante estoica, pero, cuando se trataba de asuntos relacionados con Theresia, a veces podía mostrarse sorprendentemente sensible. Últimamente, esa tendencia se había extendido a su amor por Grimm y, debido a su relación con Theresia, a todo lo relacionado con Wilhelm. Carol se había vuelto bastante sentimental y amante de las cosas lindas…
—Me sorprende saber lo problemática que puedes ser, Carol —dijo Theresia.
—Q-qué críticas tan repentinas, mi Señora. Soy la primera de sus sirvientes y quien la ayuda a navegar este mundo. Espero que siga confiando en mí como siempre lo ha hecho.
—Sí. Y siempre has sido muy fiable.
—¡Sí, Señora!
Theresia le dio a Carol una palmada de ánimo en el hombro, a lo que Carol respondió con ojos brillantes y un enfático asentimiento. Saltó con un grito antes de inclinar la cabeza con sorpresa.
—¿Eh? ¿Cuándo me volví tan obediente con usted…?
—Vamos, mis padres deben estar aquí. Vamos a decirles unas cuantas cosas.
Theresia ignoró por completo la pregunta de Carol mientras llegaban a una casa en particular en el Distrito Nobiliario, un lugar para visitantes que habían llegado a la capital desde lejos. Considerando la boda al día siguiente, los padres de Theresia —Bertol, Jefe de la Casa de Astrea, y su esposa, Tishua— estaban presuntamente allí.
—Me pareció extraño cuando dijeron que se quedarían en la casa de huéspedes en lugar de en nuestra mansión. Estoy segura de que solo querían que no me enterara de lo que estaban tramando.
—Ya veo —dijo Carol—. Si me permite la pregunta, Lady Theresia, ¿qué dijo Lord Bertol cuando declinó quedarse en la mansión?
—Alegó que la casa ya nos pertenece a Wilhelm y a mí como marido y mujer, así que mis padres no buscarían imponerse sobre nosotros… Y, eh, bueno, créeme, no me convenció simplemente porque nos llamara «marido y mujer», ¿bien?
Carol sonrió suavemente y dijo:
—Por supuesto, lo entiendo. Su Carol está de su lado, Lady Theresia.
Era la misma sonrisa que había mostrado en la ceremonia tras la conclusión de la guerra, cuando había observado en silencio a Theresia a punto de aceptar un honor que no quería. Es decir, una sonrisa que mostraba que guardaba algo en su corazón; y Theresia no tenía el valor de preguntar qué era.
—Como sea, vamos —dijo Theresia—. Y asegurémonos de que este tipo de cosas nunca vuelvan a suceder.
—Pero, Lady Theresia, ¿de qué servirá, incluso si Lord Bertol admite su perfidia en este caso?
—Esta vez no me importa. Voy a hacer que prometa para el futuro. Después de todo… —mientras se dirigía a la entrada de la casa de huéspedes, Theresia miró hacia atrás a Carol. Sus ojos no mostraban rastro de duda mientras declaraba: —… Wilhelm volverá para la boda. Prometió convertirme en su esposa. Así que no tienes que preocuparte por eso.
Entonces, montada en esa ola de confianza, Theresia alcanzó la puerta.
Sección 8
Así pues, Wilhelm tenía la completa confianza de Theresia, pero…
—…
El cielo estaba oscuro. Increíblemente oscuro. Todo el mundo parecía estar hecho de esta negrura total, sin un rayo de luz en ninguna parte.
Los cuatro rincones del mundo parecían no albergar luz alguna, y el aire se sentía saturado de arena que rozaba su piel, llevando consigo un amargor que casi podían saborear. El suelo bajo sus pies era a la vez duro, húmedo y resbaladizo. Era, sin duda, el peor entorno posible.
Varios golpes de metal contra metal resonaron en la oscuridad y se perdieron en la lejanía. Los hombres aguzaron el oído para seguirlos, oyeron cómo se desvanecían a lo lejos, y suspiraron.
—Profundo, ¿eh…?
No había lugar para la duda en el asunto, ni tampoco hubo respuesta. Pero eso no tenía más que sentido. Aparte de Wilhelm, solo había otras dos personas allí. Una de ellas estaba inconsciente en brazos del Demonio de la Espada, y en cuanto a la otra…
—…
Wilhelm sintió un ligero golpe en el hombro y miró hacia atrás. No podía ver el rostro de la otra persona debido a la penumbra. Pero, gracias a los muchos años de conocerlo, aún sabía qué estaba pensando aquel hombre. Daba miedo. Y estaba dando la peor respuesta posible.
Era apenas necesario profundizar en lo mala que era la combinación de Grimm y la oscuridad total. La falta de luz era el enemigo natural de un hombre que se comunicaba mediante la palabra escrita. Su expresión y su lenguaje corporal podían transmitir algo de lo que pensaba, pero en aquella oscuridad absoluta, ni siquiera eso era posible.
—… n̷̫̎g̴̱̾h̴͉̀.
—No importa lo desesperado que estés por hablar —dijo—, sigo sin saber qué intentas decir…
Quizás Grimm estaba angustiado por la gravedad de la situación. Sin embargo, al oír ese quejido ronco, Wilhelm se sintió más tranquilo. Los humanos a veces se vuelven más firmes cuanto más alterados están quienes los rodean. O quizás esa era solo una impresión. Tal vez Wilhelm simplemente había sufrido una racha tan tremenda de mala suerte que había atravesado la angustia suprema para alcanzar algo parecido a la iluminación.
—Ahh… —Wilhelm se rascó la mejilla y levantó la vista. Podía ver la entrada derrumbada de la cueva, pero por más que lo intentaba, no podía alcanzarla. Tendrían que explorar, usando el eco de la placa metálica de Grimm, con la esperanza de que hubiera otra salida más adentro.
—Pero aunque sobreviva a esto, quizás Theresia me mate antes…
Antes de la cuestión de llegar a tiempo a la boda, se había vuelto dudoso si siquiera llegaría a casa con vida. Wilhelm suspiró. Y con la ceremonia nupcial a solo medio día de distancia, el Demonio de la Espada dio su primer paso hacia el interior de la cueva, esperando escapar de ser enterrado vivo.
Sección 9
Carol tragó saliva en silencio ante la imponente presencia del hombre que tenían delante. Era muy similar al aura guerrera que desprendía un espadachín excelso, pero era de dominio público que el hombre que tenían delante no tenía habilidad con la espada, y Carol conocía bien ese hecho. Por lo tanto, aquella aura abrumadora debía ser una ola de alguna otra fuerte convicción.
—Primero, permíteme agradecerte que hayan venido hasta la capital.
Carol se sintió paralizada; a su lado, su Señora de toda la vida inició la conversación.
Sus ojos eran duros, una mirada que por sí sola podría haber deshecho a un oponente inferior. Pero aquel hombre, lejos de intimidarse ante la expresión de Theresia, la miró directamente a los ojos y sonrió.
Claro que lo hizo. Después de todo, la persona que enfrentaba a Theresia no era técnicamente un enemigo, sino…
—Demasiada formalidad, Theresia. Este es un lugar para la familia. No te sientas obligada a ser tan ceremoniosa.
—Sí, pero…
—No me hagas insistir. Somos familia, y soy tu padre. No hay necesidad de tanta ceremonia ni de protocolo —le sonrió, un caballero de mediana edad con una barba bastante distinguida.
Su estatura, su cabello rojo intenso y sus ojos azules sonrientes parecían evocar la imágen de Theresia. Como quizás debía ser, siendo los dos padre e hija.
El nombre de su padre era Bertol Astrea. Era el padre biológico de Theresia y el actual Jefe de la Casa de Astrea, linaje que por generaciones había albergado a los Santos de la Espada, aquellos que ocupaban el cénit del arte de la esgrima.
Pero era igualmente famoso por el hecho de que, a pesar de su linaje, el propio Bertol no tenía absolutamente ninguna habilidad con la espada.
—Carol —dijo Bertol.
—¡S-sí, Señor! —respondió Carol—. Ha pasado mucho tiempo, Lord Bertol.
—Deja a un lado los saludos formales. ¿Qué les pasa? Tanto tú como Theresia están muy tensas. Me hace temer que haya sucedido algo. ¿No?
Carol se enderezó cuando la conversación giró hacia ella, sin poder ocultar su nerviosismo. Era difícil juzgar su distancia social precisa con Bertol, y le resultaba complicado conversar con él, por razones completamente ajenas a la relación de la familia de Carol con los Astrea.
—Padre, por favor, no molestes a Carol. Es una chica muy seria.
—Oh, «molestar» es una expresión tan fea. En cualquier caso, parece que por fin estás lista. Debes estar nerviosa por mañana, pero te aseguro que no tienes que…
—En realidad, Padre, mañana es de lo que he venido a hablar contigo —Theresia interrumpió a Bertol para ir directamente al asunto.
Carol tomó esto como una señal para recomponerse, y Bertol entrecerró ligeramente los ojos.
—Cuando tu hija va a ser novia dentro de un día y viene diciendo que quiere hablar de mañana, uno no puede evitar sentirse preocupado —Bertol sonrió como para disipar la ansiedad.
No parecía sentir ningún remordimiento al mencionar el día siguiente. Ese hecho hizo temblar a Carol. La participación de Bertol en la patrulla de Wilhelm ya estaba clara. Eso hacía aún más impactante que pudiera hablar del tema con total aplomo.
—Tradicionalmente, cuando la novia saluda a sus padres antes de la boda, es para ofrecerles su agradecimiento y hacerles promesas sobre el futuro. Normalmente lo hace justo antes de la ceremonia, pero entonces supongo que apenas tendríamos tiempo para secarnos las lágrimas. Esto es muy considerado de tu parte.
—Por supuesto, estoy agradecida. Pero no es para eso que he venido —Theresia sacudió la cabeza, lo que llevó a Bertol a mencionar la peor posibilidad.
—¿Quieres posponer la boda, entonces, o cancelarla? Me temo que no se puede hacer a estas alturas. Traería tal deshonra a nuestra familia… Sí, una terrible humillación —se colocó las manos en el rostro como para enfatizar la tragedia que sería—. Me preguntaba qué podría haber traído a ti y a Carol solas aquí… no me digas que el novio te ha dejado plantada. ¿O hay alguna revelación perturbadora sobre él? Le pregunté por su historia cuando lo conocimos, pero quizás aún ocultaba algo. No, espera… Algo sobre su personalidad o sus preferencias que no sería evidente para el observador común… ¿Es algún deseo sexual desviado?
—¡PADREEE…!
—Cálmate, Theresia, no hay nada de qué avergonzarse. Un marido y una mujer deben, ejem, querer las mismas cosas. Deberíamos considerar una bendición que hayas descubierto esta anomalía antes de casarte formalmente. Es cierto, seguirá siendo un motivo de vergüenza cancelar la ceremonia, pero es más importante que…
—¡PADRE, YA BASTA! —Theresia finalmente interrumpió a su repentinamente locuaz progenitor, con los dientes apretados.
Los ojos de Bertol se agrandaron al oír la voz de su hija, y calló bajo su mirada.
—No he dicho ni una palabra todavía, Padre, pero pareces impaciente por aceptar esa humillación.
—¿Impaciente? Vaya, qué extraño. Solo estoy pensando en tu felicid…
—Hiciste algo contra Wilhelm, ¿verdad, Padre? Lo sé bien.
Bertol no parecía saber cuándo retirarse, así que Theresia lo atacó con palabras tan afiladas como cualquier espada. Él se quedó sin habla bajo ese asalto, hasta que finalmente logró responder.
—Y… ¿qué si lo hice?
Bertol esbozó una sonrisa fina, cruel y distintivamente malvada. A pesar de la vaga coartada del «qué si», claramente no tenía intención de ocultar nada más. Las sospechas de Theresia eran correctas. La sonrisa y la actitud de Bertol eran pruebas suficientes.
Theresia dejó escapar un pequeño suspiro al descubrir esa malicia por parte de su propio padre.
—Gracias por todo lo que has hecho por mí hasta este momento —dijo—. Por la presente, renuncio al nombre de Astrea. Adiós.
—¡¿Qué?! ¡E-espera un momento, Theresia! ¡Tu padre no lo permitirá!
—¿Crees que me importa lo que permitas? ¡Deberías estar suplicando mi perdón! ¡¿Cómo pudiste hacer algo así?! ¡Desde la entrevista me lo he preguntado; ¿qué es exactamente lo que odias tanto de mi Wilhelm?! —Theresia, tan rápida para actuar, volteó hacia Bertol.
Él estaba tambaleándose ante este nuevo ataque, con la boca solo abriendo y cerrándose. El aura imponente que había emanado de él hasta hacía un momento había desaparecido. En su lugar, solo había un hombrecillo asombrado y mezquino cuyos planes habían sido descubiertos.

—¡Tus métodos, Padre, son rastreros! Si no te agrada Wilhelm, dilo. ¿Qué hay de malo en él? ¡Adelante, dímelo! ¿Son sus logros? ¿Su origen familiar? ¿Su habilidad con la espada? ¿Su apariencia? Bueno, ha logrado todo lo que se podía esperar de él, proviene de un buen apellido, no creo que necesite hablarte de su habilidad con la espada, y francamente, ¡es perfectamente guapo!
—L-Lady Theresia, nos estamos desviando del tema…
—¡No, no lo estamos desviando! ¡Wilhelm es muy guapo! Tú también lo crees, ¡¿verdad, Carol?!
—¡Grimm es el número uno en mi corazón, así que no puedo decirlo!
Arrastrada por el ritmo acelerado de la conversación de Theresia, Carol terminó inesperadamente confesando lo que en verdad sentía. Se sonrojó intensamente.
Theresia se colocó una mano en la boca y dijo:
—Carol, eres tan dulce…
—¡P-por favor, no se burle de mí, Lady Theresia…!
—Ejem, ella tiene razón, no deberías burlarte, querida. Creo que le has dado un gran susto a tu padre.
—Lo que te dije no fue una broma, Padre. Si las cosas siguen así, ¡no te volveré a hablar!
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!
—¡Sí, te diré por qué! ¡Porque estás tratando de impedir mi boda! ¡¿Cómo es que no lo entiendes?!
Bertol se encogió ante los gritos de Theresia, pareciendo que podría desmayarse en cualquier momento. Carol contuvo el impulso de intervenir, esperando a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.
Esta interacción entre padre e hija era, de hecho, perfectamente normal.
La dignidad con la que Bertol había comenzado la conversación se había destruido por completo ante el arrebato emocional de su hija. No era la primera conversación de este tipo que tenían recientemente sobre la boda de Theresia. Carol lo sabía muy bien, habiendo escuchado a Theresia quejarse de ello en varias ocasiones.
—Intentaste buscarle oscuros secretos antes de conocerlo, introdujiste nuevos miembros en el Escuadrón Zergev para intentar sacar a Wilhelm de su cargo, y retrasaste la boda una y otra vez con la esperanza de confundirlo… ¡pero esto es inaceptable! ¡No puedo creer que fuera tan estúpida como para permitirte salirte con la tuya durante tanto tiempo!
—Es por su corazón bondadoso, Lady Theresia —dijo Carol—. Pero estoy de acuerdo en que esta vez las cosas han ido demasiado lejos.
—¡¿Qué?! ¿Tú también lo crees, Carol? —dijo Bertol, incrédulo.
A medida que se enumeraban sus crímenes, Bertol se convirtió también en objeto de una mirada desdeñosa por parte de Carol. Su barba se erizó cuando Carol lo señaló acusadoramente con el dedo.
—Oh, Carol —dijo él—, hija de la familia Remendis. Tú y tu linaje han servido a la Casa de Astrea durante generaciones. ¿Osas ahora alzar la voz contra el Jefe de esa misma Casa?
—Hemos servido, Señor, pero soy Carol antes que Remendis. Y mi lealtad no es con la familia Astrea, sino con Lady Theresia.
—¡Grrr…! —la réplica a quemarropa dejó a Bertol sin palabras.
Theresia lo ignoró, con los ojos llenos de emoción ante la declaración de Carol.
—Si hubiera sido hombre —dijo—, juro que te habría convertido en mi esposa, Carol.
—No estaba destinado a ser así, mi Señora.
—¡D-deténganse ahí! ¡No lo permitiré! ¡No te entregaría ni a Carol ni a nadie!
—No lo digo en serio —dijo Theresia—. Pero más importante, Padre… —volteó hacia Bertol, que había terminado tan acorralado que incluso se tomaba en serio un comentario en broma. Sus ojos se entrecerraron—. ¿Dices que no me entregarías ni siquiera a Carol? ¿Debo entender que el problema no es Wilhelm sino otra cosa?
—¡Aah…!
—¿Acaba de decir «aah», Lord Bertol?
Bertol se había puesto pálido, con todo el cuerpo temblando. No era un hombre con una buena cara de póker. Aunque quizás habría sido un poco más difícil de descifrar si el asunto no hubiera concernido a su hija.
Theresia continuó mirándolo fijamente en silencio. Las verdaderas motivaciones de Bertol eran ahora evidentes, pero después de tanta intromisión en su boda, Theresia no estaba de humor para la misericordia. Iba a asestar el golpe final.
No obstante, antes de que pudiera derribarlo, alguien nuevo entró en la habitación y en la conversación.
—Santo cielo, pero qué humillación. Creo que ya es hora de rendirse.
Los tres miraron, y cada uno tuvo una reacción diferente. El rostro de Bertol se volvió aún más pálido, mientras que las mejillas de Theresia se tensaron. Carol, por su parte, hizo una reverencia formal y dijo:
—Lady Tishua, ha pasado mucho tiempo. Carol está a su servicio.
—No hay necesidad de formalidades, querida. Sabes que eres como una hija para mí.
Este comentario, junto con una carcajada, provenía de una mujer de edad ambigua, con el cabello largo y lino. Su belleza la hacía parecer sorprendentemente joven; tenía un atractivo inconfundible.
Su nombre era Tishua Astrea. La esposa de Bertol y la madre de Theresia.
—Madre.
—Tú también, Theresia. No infles las mejillas. Te crie para ser una dulzura; tu Wilhelm dejará de quererte si pones esas caras todo el tiempo.
—Wilhelm nunca dejaría de quererme… creo.
—Bueno, pues qué maravilloso. ¿Y tú, querido? —Tishua sonrió ampliamente ante el evidente cariño de su hija por Wilhelm, y luego miró a su propio marido. Esa mirada fue suficiente para hacer retroceder a Bertol, sacudiendo las manos con vehemencia.
—E-espera, un momento, Tishua. Esto es, ya sabes, todo es un error… Sí, eso es, es solo un malentendido.
—¿Ah, sí? ¿Quieres decir que estabas demasiado afligido por la soledad como para dejar que tu hija contrajera matrimonio y, por ello, acosaste a su futuro esposo de todas las maneras que se te ocurrieron, incluyendo forzarlo deliberadamente a aceptar un destino militar que entraría en conflicto con la fecha misma de la boda, y que luego tu hija te descubrió y ahora amenaza con abandonar a su propia familia… pero todo se reduce simplemente a un malentendido?
—¡Arg…!
El ataque de Tishua fue incluso más demoledor que el de su hija, y la única respuesta de Bertol fue desplomarse de rodillas. De hecho, si alguien más hubiera escuchado la lista de fechorías del hombre, se habría quedado horrorizado.
Tishua suspiró ante su atónito marido y luego volteó hacia su hija.
—Lo siento mucho, Theresia. Además de ser un hombre bastante malintencionado, este hombre es tremendamente mezquino y no sería capaz de encontrar la salida de una bolsa de papel, y todo ello te ha causado tantos problemas a ti y a los tuyos.
—Eh… Madre, por lo general, ¿no sueles apoyar más a mi Padre…?
—¿Ves algo en sus acciones que merezca apoyo?
Las tres mujeres, si no el propio Bertol, podían estar de acuerdo en que no había absolutamente nada. Bajo el ataque combinado de su esposa, su hija y una muchacha que era como una hija, Bertol terminó con su orgullo destruido. Pero incluso mientras se acobardaba, logró mirarlas a los ojos.
—B-bien, digan lo que quieran. Pero eso no cambiará los hechos. Si ese joven no está aquí a tiempo para la boda, será una afrenta contra nuestra Casa. ¡Y entonces nunca podríamos ni soñar con aceptar este matrimonio! ¡Nunca te casarás, Theresia…!
—¿Pero por qué…? Padre, ¿quiere retenerme en mi vida? ¿Por qué?
—Eso no es algo que debamos hablar aún.
—Oh, deja ya ese aire tan solemne. Lo que pasa es que no quieres dejar ir a tu querida y dulce hija. Y no te detendrás ante nada para conservarla contigo.
—¡¿Tishua?! ¡¿De qué lado estás?!
—Qué pregunta. Del lado de mi hija, por supuesto.
—¡¿Queeeeeé?! ¡¿Pero por qué?! ¡Eres mi esposa, ¿no?!
—¿Acaso creías que una esposa debe seguir ciegamente a su marido? Pero qué ilusión tan inocente.
Asombrado por la lengua afilada de Tishua, Bertol vio cómo su barco metafórico se hundía una vez más. Su reacción dejaba claro que sus motivaciones eran precisamente las que Tishua había señalado.
—Pensamientos superficiales, metas superficiales, un hombre superficial… —Carol sonó exasperada.
—Para ser justos, eso es parte de lo que lo hace adorable —dijo Tishua, mirando con picardía a su esposo.
La relación entre ambos era algo difícil de comprender, pero estaba claro que Tishua realmente quería a Bertol. Incluso Carol, que los conocía desde hacía tanto tiempo, se sentía perpleja ante ese hecho, pero así estaban las cosas…
—Puede que a ti te parezca adorable, Madre, pero para mí es indignante. No sé en qué apuros pueda estar Wilhelm gracias a los ridículos planes de mi Padre…
—Como dije, este hombre no es muy profundo. No es capaz de nada realmente terrible. Solo unos cuantos pequeños ardides para retrasar el camino… trampas menores, nada que pudiera detener realmente al muchacho. Si tuviera que decirlo, llamaría a esto el último y vano esfuerzo de mi marido.
—¿Su último esfuerzo? —Carol frunció el ceño ante el intento de Tishua de calmar la ansiedad de Theresia.
Tishua miró con calma a Carol bajo sus largas pestañas y dijo:
—Así es, el último. Quiere poder mantener la cabeza en alto como hombre de la familia Astrea, poder decir que puso a prueba al futuro esposo de su hija hasta el final.
—Oh… —Theresia y Carol miraron a Tishua con sorpresa.
Estaba diciendo que era la última travesura del padre de Theresia, el último hombre de la familia Astrea tras la muerte de los hermanos de Theresia en la guerra civil.
—Hermano mayor Thames —dijo Theresia—, Hermano mayor Carlan. Y Casilles… —miró al suelo, pronunciando los nombres de tres de los que habían muerto en batalla.
“Parecían buenos hermanos”, reflexionó Carol. Al menos, todos habían querido a Theresia.
Después de nombrar a sus hermanos fallecidos, Theresia miró a Tishua.
—Si mis hermanos siguieran vivos… ¿crees que se habrían opuesto a mi boda?
—Supongo que no lo sé. Esos muchachos nunca fueron tan torpes como Bertol, así que no creo que hubieran hecho nada tan ridículo como esto… pero lo habrían puesto a prueba, estoy segura. Para ver si tu Wilhelm podía hacerte feliz.
—Ya lo hizo, hace mucho tiempo.
Tishua sonrió ante este susurro de Theresia.
—Sería para asegurarse de que pudiera seguir haciéndolo —se acercó a su marido derrumbado, colocando una mano en su hombro—. Ahora creo que ustedes dos tienen una boda que preparar. Es trabajo de todo un día hacer que una novia esté tan hermosa como sea posible para su matrimonio.
—Sí, Madre. ¿Pero qué hay de mi Padre…?
—Como dije, este es su último acto de resistencia. No dejaré que se salga con la suya en nada más. Y tu querido novio podrá superar sus pequeños planes. ¿No crees?
Theresia reaccionó por reflejo ante la provocación de su madre.
—Por supuesto que sí —luego frunció el ceño—. Pero, Madre.
Cuando se dio cuenta de que estaba en la palma de la mano de su madre, ya era tarde. La habían despojado de su razón para acorralar a Bertol.
—¡Mi Padre tiene que arrepentirse de verdad! ¡Esta vez sí estoy muy, muy enojada!
—¡P-pensaré en ello… ¿está bien?! ¡Lo entiendo! ¡Me arrepiento! ¡Lamento sinceramente mis actos! —la vacilación de Bertol se convirtió en una rendición genuina bajo la presión de Theresia.
Su hija resopló ante él, y Carol se encogió de hombros débilmente.
—Cielos, qué cansada estoy ahora… —dijo Theresia.
—Y aun así, estuvo increíble —dijo Carol—. Yo también tengo muchas ganas de que llegue mañana —una tenue sonrisa se dibujó en sus labios.
Theresia alzó una ceja y dijo:
—¿Así que también crees que Wilhelm llegará, Carol? Me sorprende un poco…
—Bueno, lleva a Grimm con él. Ejem, es broma, pero sí, lo creo. Ese hombre… Wilhelm… no fallaría en estar allí para tomarla como esposa.
En la mente de Carol, revivía el día en que la Santa de la Espada, Theresia, se convirtió en una simple muchacha. No fue solo Theresia a quien Wilhelm salvó aquel día. Nunca lo había mencionado, y jamás lo haría en toda su vida, pero él también salvó a Carol.
La pasión del Demonio de la Espada aquel día, la forma en que luchó, permanecía grabada en su memoria.
—Así que, Lady Theresia, preparemos todo para mañana. Tal como dijo Lady Tishua, mañana será la mujer más hermosa del mundo. Permítame ayudarla.
—Carol…
—Lo único que le envidio a ese hombre es que tendré que entregarle a mi Lady Theresia.
—Yo siento lo mismo —Carol solo intentaba ocultar su vergüenza, pero Bertol, rápido para recuperarse, estuvo de acuerdo con ella.
—¡¡¡PADRE…!!! —sus palabras provocaron un grito y un sonrojo en Theresia.
No obstante, detrás del rubor en su rostro, no había tanto enojo, sino más una emoción apremiante por el día siguiente.
—Te esperaré… —susurró Theresia, aún sonrojada, a un alguien ausente al que quería profundamente.
Ese hombre tan, tan querido superaría todas las mezquinas interferencias de Bertol para estar allí en la ceremonia nupcial al día siguiente, para tomarla como su esposa. De eso estaba segura.
Sección 10
Aproximadamente en el mismo momento en que su prometida estaba en la capital, declarando su inquebrantable fe en él…
—… Mierda, el aire huele a tierra —el joven escupió al suelo con un gruñido de frustración, estirando el cuello para mirar a su alrededor. Pero la vista por sí sola era de utilidad limitada en una cueva sin luz, encerrada entre gruesos muros de roca. Tenía que abrirse camino en gran parte por intuición, siguiendo la brisa que pudiera sentir y un rayo de esperanza demasiado tenue.
Se encontraba en el Monte Cordor, cerca de Cramlin, una ciudad al sureste de la capital, en una cueva conocida como la Guarida de la Serpiente de Tierra. Era considerada tan peligrosa que los lugareños nunca se acercaban a ella. Y con solo medio día hasta su boda, Wilhelm se encontraba encerrado en su interior, literalmente perdido en la oscuridad.
Todo había comenzado varias horas antes. Aparte del retraso en Fleur, la patrulla frenética del Escuadrón Zergev había transcurrido sin problemas. Pasaron por Millgray, famosa por sus molinos de viento, y Bonobo, renombrada por sus destilerías, en poco tiempo, y pronto llegaron a su destino final, Cramlin.
El problema surgió cuando al escuadrón se le presentó un informe que indicaba que varios niños locales habían desaparecido. Existía la posibilidad de que simplemente estuvieran jugando, se hubieran perdido o estuvieran haciendo una broma. Pero si les había pasado algo inesperado, entonces entraba dentro del mandato del escuadrón como guardianes de la seguridad pública.
—Capitán, si nos quedamos más tiempo aquí, llegaremos…
—Tarde a la boda. Lo sé. ¿Y qué le voy a decir a Theresia? ¿«Abandoné a un montón de niños para poder estar contigo»? Si lo supiera, me mataría a mí y a cada miembro de este escuadrón.
«Seguro haría eso. Y Carol también se enojaría conmigo.»
Tal era la valoración del Escuadrón Zergev sobre la situación de los niños desaparecidos. Wilhelm se oponía firmemente a descuidar el deber para priorizar la boda, y nadie dijo una palabra en contra. En su lugar, se pusieron a trabajar lo más rápido posible.
Encargaron a los lugareños buscar en el pueblo, mientras el Escuadrón Zergev registraba los campos cercanos. Fue así como encontraron las huellas cerca del Monte Cordor y siguieron el rastro hasta los niños, que habían caído en la cueva.
Para entonces, llevaban dos horas en Cramlin, una cantidad de tiempo dolorosa mas no una pérdida irrecuperable. Aliviado, Wilhelm planeó adentrarse a la cueva y ayudar a salir a cada uno de los cuatro niños, para luego regresar al pueblo.
Al menos hasta que ocurrió el terremoto, que derrumbó la entrada de la cueva.
Comenzó con un ligero temblor y una pequeña grieta; luego los temblores se hicieron más fuertes y la grieta se ensanchó hasta que, en una lluvia de polvo y tierra, la antigua entrada se convirtió en nada más que una pared sin rasgos distintivos.
En la cueva quedaron solo Wilhelm, el último de los cuatro niños, y Grimm, que había estado atrapando a los niños, pero había caído durante el sismo.
Varias horas después, los tres seguían avanzando a tientas en la oscuridad.
Forzando la vista para ver algo, Wilhelm murmuró en la oscuridad total:
—Estaba convencido de que esto sería más rápido que intentar desenterrar la entrada… pero empiezo a pensar que habría sido más sensato esperar a que llegara ayuda.
—Clank —como si fuera una reprimenda, se oyó un sonido metálico que resonó en las paredes de la caverna.
El estrépito era la protesta de Grimm. Golpeaba la placa metálica atada a su pierna izquierda como si dijera firmemente «No te rindas».
Como estaban preparados para diversas circunstancias, incluso sin palabras los dos podían mantener una comunicación mínima, pero eso hacía que las intervenciones de Grimm fueran mucho más físicas y ruidosas que cuando podía simplemente escribirlas. Wilhelm no necesitaba que Grimm le dijera que no se rindiera; solo quería salir de la cueva, y librarse de ese ruido, lo antes posible.
Quizás era una bendición que el niño que tenían consigo se hubiera desmayado durante el derrumbe y permaneciera inconsciente. Grimm llevaba el pequeño cuerpo consigo, mientras Wilhelm iba delante explorando la cueva, siguiendo la brisa que soplaba a través de los túneles con la esperanza de encontrar otra salida.
—…
Las horas pasaban implacablemente una tras otra. Apenas había luz en la cueva, y la velocidad de su búsqueda ni siquiera podía igualar el paso de un caracol. La impaciencia comenzó a apoderarse de ellos.
La hora del fuego ya casi había pasado cuando llegaron a Cramlin; para entonces, el sol debía estar poniéndose fuera y la temperatura empezando a bajar. La brisa que entraba en la cueva se volvía más fría, y su situación empeoraba lenta pero constantemente. Casi se desesperaban por llegar a tiempo para la boda.
Pero entonces…
—Oye, no te adelantes tanto. El terreno es inestable. Si el suelo cede bajo tus pies y te caes, no puedo prometer que pueda rescatarte.
—a̸̢͛a̸̲̾ḥ̵̆… a̸-a̴̼̔h̴̳̓… —Grimm, con la respiración entrecortada, se movía más rápido.
Parecía más alterado que Wilhelm, el hombre cuya boda iban a perderse, lo cual desconcertó a Wilhelm. Como todos los demás en el Escuadrón Zergev, Grimm había dado su bendición a la unión entre Wilhelm y Theresia, y era obvio que quería regresar a la capital lo antes posible.
—Pero esto no es propio de ti. Normalmente para ti la seguridad es primero, asegurándote de sobrevivir antes que cualquier otra cosa. ¿Y es ahora cuando decides alterarte?
—¡…! —Grimm volteó, sorprendido por unas palabras de consuelo que no estaba acostumbrado a escuchar de su viejo hermano de armas.
Su rostro era invisible en la oscuridad, pero su mirada transmitía enojo.
«¿Cómo puedes actuar tan despreocupado?», parecía preguntar.
A este paso, llegarían tarde a la boda. Y aun así, Wilhelm no daba muestras de consternación; su actitud tampoco se había vuelto más irascible. Evidentemente estaba impaciente, pero iba más allá de eso.
Consideró los hechos.
—Incluso si me perdiera la ceremonia, ella y yo ya sabemos lo que realmente sentimos. Mientras esos sentimientos no hayan cambiado, no hay razón para que me altere.
—…
—Además, no tengo intención de llegar tarde. Voy a hacerla mi esposa y voy a volver a casa. Le prometí ambas cosas. Si no cumplo esas promesas, probablemente nunca vuelva a comer su comida —diciendo esto, Wilhelm presumió con audacia ante un Grimm claramente abatido.
Por un segundo, Wilhelm tuvo la impresión de que Grimm estaba desconcertado por su charla despreocupada.
—A̶̡͒ḧ̷͚́h̴͓̉… —pero pronto, se escuchó un largo suspiro, una respuesta muy característica de Grimm.
—No me mires así. Sé lo que estás pensando, aunque no pueda verte ni a ti ni a tu nota. Y tampoco tenemos tiempo para charlar. ¿O sí?
La agresividad había desaparecido del aura de Grimm y fue reemplazada por algo más apacible, pero Wilhelm lo ignoró y reanudó la búsqueda en la caverna. Supuso que Grimm simplemente se encogió de hombros ante sus palabras y también volvió a la búsqueda, o al menos eso debió intentar, pero entonces se oyó un débil «ah…» en la oscuridad.
El sonido provenía de la dirección de Grimm, del niño que cargaba sobre su espalda. El antes inconsciente niño se movió, recuperando lentamente la conciencia.
—Ah, oh… ¿Eh…?
—… ¿Despertaste, eh? Hazme un favor e intenta no hacer mucho ruido —dijo Wilhelm con calma.
Podía sentir la confusión del niño. El niño captó el tono amable de Wilhelm mientras Grimm lo ponía en el suelo; buscó a los dos en la oscuridad, diciendo:
—¿D-dónde estamos…? ¿Quiénes son ustedes, señores?
—¿Nosotros? Somos de la capital. Vinimos a buscarte. Estamos en una cueva en la montaña. Te estuvimos buscando a ti y a tus amigos por todas partes. ¿Entiendes?
—Oh, estamos en la Guarida de la Serpiente de Tierra… Así que esta cueva debe ser… —el niño comprendió, por la explicación de Wilhelm, dónde estaban, y se aterró bastante.
—Tienes que mantener la calma. Tienes razón, esta es la cueva que llaman la Guarida de la Serpiente de Tierra. La entrada se derrumbó y estamos buscando otra salida… Y a todo esto, ¿por qué vinieron aquí?
—… Los adultos nos dijeron que no entráramos aquí.
—Tiene sentido. Prácticamente nos dijeron lo mismo.
—Pero ha habido tantos terremotos últimamente… Mi abuelo me contó una historia una vez. Dijo que la honrada Serpiente de Tierra que vive en la montaña causa los terremotos. Así que…
El niño se quedó callado, pero Wilhelm captó su intención.
—Vinieron a matar a la Serpiente de Tierra. Muy valientes.
Habló demasiado pronto. Con un tono de pánico en la voz, el niño dijo:
—¡N-no! ¡Queríamos traerle una ofrenda para que dejara de agitarse! —después de hablar, rebuscó en su bolsa.
Arrojó algo al suelo y, al instante, hubo una luz brillante. Era una luz intensa, la primera que veían en varias horas, y tanto Wilhelm como Grimm gruñeron por el brillo.
—… Trajiste lagmita, ¿eh?
—Claro que sí, es una cueva después de todo. ¿Por qué no trajeron ustedes, señores?
—…
Wilhelm y Grimm intercambiaron una mirada de amargura al ser reprendidos por un niño por su falta de preparación. Sea como fuere, gracias al muchacho, ahora tenían con qué ver. Esto haría su búsqueda considerablemente más fácil.
Wilhelm extendió la mano y el niño le entregó la piedra de mala gana; el cristal de lagmita. Wilhelm sintió el objeto brillante en su mano mientras decía:
—Admiro el espíritu que tú y tus amigos mostraron, pero son demasiado débiles para esta tarea. Practiquen su esgrima antes de hacer algo así otra vez, para que no le causen este tipo de problemas a todos.
—Em… Sí, señor. Lo siento —el niño bajó la cabeza, algo sorprendido por el consejo.
Ahora, con la luz y el viento, tal vez podrían encontrar de dónde venía la brisa y descubrir una salida. Wilhelm temía pensar cuánto tiempo habría pasado cuando finalmente salieran…
—Pero ya nos preocuparemos de eso cuando salgamos. Por mucho que odie las supersticiones como la de la Serpiente de Tierra.
Los niños habían estado, a su manera, pensando en el pueblo. No tenía sentido guardarles rencor por eso. Pero el murmullo positivo, casi optimista, de Wilhelm hizo que los ojos del niño se agrandaran.
—¿Supersticiones? —preguntó—. Pero la Serpiente de Tierra es real.
—… —Wilhelm entrecerró los ojos ante la sorprendida declaración del niño.
Inmediatamente después, y justo al lado de Wilhelm, Grimm hizo sonar su placa metálica con un tintineo agudo, tocándose la nuca. El eco del metal era la advertencia más contundente que podía emitir.
Grimm poseía un instinto para el peligro extraordinariamente afinado, y hasta el propio Wilhelm solía confiar en su juicio. La reacción de Grimm anunciaba que el verdadero peligro acababa de hacer su aparición.
—¡Mierda, ¿algo v…?! —Wilhelm estaba a punto de decir «viene», pero antes de que pudiera preguntar, ya estaba allí.
Con la espada desenvainada, alzó la luz para ver más adentro de la cueva. Apenas lo hizo, una sombra pasó frente a la brillante fluorescencia, mientras una masa se precipitaba hacia ellos por la caverna acompañada de un estruendo ensordecedor.
—¡¡¡…!!!
Se estrelló y se retorció, una criatura que llenaba todo el túnel frente a ellos, muchas veces más grande que Wilhelm o sus compañeros. Por un instante, dudaron de su propia percepción de la realidad.
Un segundo después, la gran sombra que se retorcía se lanzó contra ellos.
—¡¿…?!
La implacable ola de destrucción provocó un segundo derrumbe.
Sección 11
La llamada Serpiente de Tierra tenía la forma de un gusano gigante, de más de diez metros de largo. No tenía ojos, que no necesitaba bajo tierra, y su cuerpo retorcido carecía de brazos o piernas. Pero tenía cuernos retorcidos que crecían de su oscura frente, haciendo evidente la monstruosidad de su linaje a simple vista.
Los cuernos eran la prueba de que era una mabestia, uno de los archienemigos de la humanidad. Las mabestias estaban impulsadas por el deseo de aniquilar toda forma de vida, lo que significaba que los tres, al haber entrado sin querer en sus terrenos de caza, eran ahora los blancos de sus despiadados intentos de destrucción.
—¡¡¡…!!!
Su cola cayó sobre el escudo alzado de Grimm. Como escudero, tenía una habilidad excepcional para predecir un ataque entrante. Se enfrentaban a una mabestia, una criatura enorme y rápida, y a pesar de eso había predicho e interceptado fácilmente el primer golpe del enemigo.
—…
Grimm puso toda su fuerza en su escudo, desviando el golpe hacia un lado. En lugar de dar en su objetivo, se estrelló contra la pared de piedra del túnel, haciendo temblar toda la caverna.
—¡Ĝ̵͉r̸ṛ̵̃k̷̨̄ a̵͎̔g̶̛͚h̸h̸̉! —Grimm sacudió la cabeza por la fuerza del impacto, con sangre goteando de su boca.
Había bloqueado el golpe, pero no podía contrarrestarlo por completo. Se oyó un crujido desagradable en sus brazos y había caído de rodillas. Era poco probable que pudiera desviar un segundo golpe.
Aun así, les había conseguido una apertura, por breve que fuera. Confiaba en que el Demonio de la Espada pudiera aprovecharla como nadie.
—Bien hecho —solo fueron dos palabras, mas constituían el mayor elogio que podía dar, seguidas de una cascada de destellos plateados en la oscuridad.
Los cortes venían de todas direcciones y sin tregua, desgarrando el cuerpo de la inmóvil Serpiente de Tierra. La piel del monstruo era muy flexible, su superficie resbaladiza altamente resistente a garras o cuchillas.
Pero cada vez que el Demonio de la Espada veía rechazado uno de sus golpes, cambiaba su enfoque para el siguiente. El ángulo, y la intensidad, se volvían más precisos con cada embestida, hasta que finalmente rompió las defensas de la criatura.
—¡¡¡Rrrruuuuaaahhhh!!! —Wilhelm continuó su ataque con un ruidoso alarido, mientras la sangre salpicaba de vuelta sobre él.
Abrumada por los gritos y el increíble ataque, la mabestia se retiró, con su cuerpo chorreando sangre. Podían oírla deslizarse por el suelo, y la distancia entre ellos y la Serpiente de Tierra aumentó drásticamente en un instante.
—¡Grimm, levántate! ¡Este lugar no es seguro! ¡Vámonos! —Wilhelm agarró a Grimm por el hombro, ayudándolo a ponerse de pie, y luego sujetó al niño aterrorizado bajo su brazo.
Ninguno de sus dos compañeros podía moverse rápido, pero ese lugar los dejaba en demasiada desventaja para terminar la pelea. Se puso a correr hacia el interior de la cueva, confiando una vez más en la luz del cristal de lagmita.
Pero fue mientras corría que Wilhelm se dio cuenta de algo. Aquella caverna no era una formación natural; los túneles irregulares habían sido despejados por la serpiente mientras se movía.
—¡Y eso significa…!
Eso significaba que era probable que, por mucho que corrieran, el túnel nunca se volvería más ancho. Se verían obligados a luchar contra la Serpiente de Tierra en un espacio exactamente del tamaño de su oponente.
—Podemos seguir corriendo, pero las cosas solo van a empeorar para nosotros…
La valoración venía de sus instintos de lucha más profundos, y Wilhelm se detuvo donde estaba. Le pasó el niño a Grimm, luego se plantó con la espada en alto, mirando por encima del hombro. Grimm tomó al niño en silencio y luego gruñó algo a Wilhelm.
—¡Ninguno de los dos puede hacer lo que mejor sabe hacer aquí! —dijo Wilhelm mientras Grimm retrocedía—. ¡Esta es la mejor manera de salir vivo de este lugar! Mientras yo me enfrento a esa cosa, tú corres más adentro.
Luego golpeó el cristal de lagmita con su espada, partiéndolo en dos. Incluso dividido por la mitad, el cristal no perdía nada de su potencia. Le dio una de las luces ahora más pequeñas a Grimm, mientras Wilhelm sostenía el cristal restante en su boca.
—¡Vete…!
—… —con la luz y el niño, Grimm salió corriendo hacia el interior de la cueva.
El sonido de los pasos que se alejaban fue apagándose poco a poco por el roce de la tierra bajo un gran cuerpo que se acercaba. A la luz del cristal en la boca de Wilhelm, vio un monstruo sin ojos, con la mandíbula abierta, acercándose…
—¡¡¡RRRUUUUUAAAAHHHHH…!!!
Haciendo un esfuerzo, dirigió un golpe a la frente de la mabestia. Su espada rebotó en la piel de la criatura, pero entonces su excesiva entrega al combate encontró su objetivo de nuevo, y hundió su hoja en la carne del monstruo.
Los fluidos en el interior de la criatura brotaron, con su color oscurecido por la penumbra, y Wilhelm bramó mientras lo empapaban. Pero hasta ahí llegó su espada. La fuerza de su enemigo no se había atenuado, y lo embistió, lanzándolo por los aires.
—¡Aah!
Se estrelló contra una pared de roca, quedándose sin aliento, pero aun así giró rápidamente hacia un lado. Apenas un instante después, un ataque del monstruo se estrelló contra el lugar donde acababa de estar, arrancando un trozo de la pared. El impacto hizo saltar el cristal de entre sus dientes. La luz rodó hasta detenerse justo frente a la criatura, que levantaba la cabeza.
—…
Necesitaba recuperar su luz… o no, juzgó al instante.
Wilhelm saltó, recogiendo la roca brillante con la punta de su espada, lanzándose por el aire. Con el cristal aún equilibrado sobre ella, la hoja se hundió de nuevo en la herida. El monstruo, desprovisto de órganos vocales, solo pudo retorcerse violentamente, chocando en el angosto túnel.
Wilhelm no pudo escapar de las convulsiones del monstruo y se estrelló contra la pared varias veces. La sangre brotaba de una herida en su frente, pero Wilhelm había logrado su objetivo.
—Ahora sé exactamente dónde estás.
Con el cristal de lagmita incrustado en él, la cabeza del monstruo brillaba intensamente. Dondequiera que la criatura fuera ahora por los túneles, nunca perdería su rastro.
La Serpiente de Tierra, ciega, no era consciente de este hecho; se retiró a la oscuridad como hacía normalmente al cazar, esperando atrapar a su presa desde un ángulo mortal. Y en lugar de eso…
—¡Puedo verte, tarado!
El ataque de la enorme bestia era increíblemente silencioso, pero Wilhelm lo esquivó por muy poco. Incluso cuando sabía de dónde venía el ataque, el túnel era apenas lo suficientemente grande para esquivarlo. Tenía que esperar hasta el último momento posible, y luego apartarse.
Una y otra vez. A veces lograba golpear a la bestia con su espada al pasar, pero nunca asestaba nada que se pareciera a un golpe crítico. Ya fuera atacando o retrocediendo, ese espacio no le concedía libertad. Hasta que…
—Clank, clank, clank…
—¡¿…?! ¡¿Grimm?!
En medio del combate, de repente oyó un sonido agudo y repetido desde el fondo de la cueva. Parecía un ruido desesperado, pero para Wilhelm transmitía una instrucción clara.
«Llamada de emergencia», significaba que debía acudir, pasara lo que pasara.
—…
Wilhelm hizo lo que la placa metálica le indicaba, apresurándose hacia el interior de la cueva. La mabestia lo siguió con gusto en su huida, mientras el resplandor de su frente iluminaba el camino, ayudándolo irónicamente mientras escapaba.
Salió del camino laberíntico, saltó sobre una grieta, y finalmente vio el final del túnel oscuro…
—¡Grimm!
En los bordes mismos de la luz, vio a Grimm en el callejón sin salida del túnel, con ambas manos extendidas. Mientras Wilhelm llamaba su nombre, una pregunta cruzó su mente. No veía al niño que había encomendado al escudero. ¿Por qué estaban en un callejón sin salida? ¿Por qué lo había llamado Grimm hasta allí? ¿Y por qué lo miraba con tanta confianza en los ojos…?
—…
Wilhelm se lanzó contra Grimm, y ambos saltaron a un lado. La mabestia que había estado persiguiendo a Wilhelm no pudo seguirlos y se estrelló de cabeza contra la pared.
Fue un gran choque, y una explosión de polvo golpeó a Wilhelm y Grimm. El impacto derrumbó inmediatamente la pared que la criatura había golpeado. Hubo otro derrumbe, el estrecho túnel se llenó de tierra. Pero ese no fue el cambio más grande. Ese honor pertenecía al delgado rayo de luz que se filtraba a través de la pared y el techo roto.
—¡¡¡ESCUADRÓN ZERGEV, AL ATAQUE!!!
Oyeron una potente orden en grito, y luego un furioso entrechocar de espadas. Era el sonido de sus compañeros atacando sin piedad a la Serpiente de Tierra, cuyo impulso la había llevado a salir completamente de la montaña.
—Batalla concluida. ¡Capitán y Subcapitán recuperados con éxito! —Conwood subió al cadáver de la mabestia, sonriendo de oreja a oreja mientras miraba hacia abajo a Wilhelm y Grimm, aún medio enterrados.
Wilhelm solo pudo gruñir diciendo:
—Ya era hora.

Sección 12
La ceremonia nupcial debía comenzar justo después de que pasara la hora del fuego. El momento estaba casi por llegar y el salón de ceremonias ya estaba repleto de invitados. Todos tenían grandes esperanzas puestas en la hermosa ceremonia de la Santa de la Espada.
—Y a pesar de todas las veces que dije que me conformaría con una ceremonia pequeña, solo con la familia… —murmuró Theresia al oír el animado bullicio del salón.
—¡No, Lady Theresia! Todo el país está pendiente de su boda. Y creo que eso es lo más natural —respondió Carol.
Como dama de honor de la novia, Carol también vestía un elegante vestido. Este realzaba su belleza cortesana, pero Carol parecía indiferente a ello. En ese momento, solo tenía ojos para Theresia y para nada ni nadie más.
—Lady Theresia, en verdad está hermosa. Tanto como para querer llevármela y quedarme con usted para mí sola.
—Podría aceptar eso de ti, Carol… pero estoy segura de que Wilhelm vendría tras nosotras, y tendrías que pelear con él. ¡No quiero que peleen por mí!
—Tal como está ahora, Lady Theresia, creo que valdría la pena incluso si tuviera que pelear con la espada.
La conversación era en tono de broma, pero el elogio era sincero. Theresia se colocó una mano en la boca y rio. Ningún cumplido podía hacer justicia a cómo lucía con su blanco vestido de novia. Era tan dulce y espléndida que incluso Carol sintió la garganta seca, casi cegada por la belleza de la novia.
Theresia simplemente se había recogido su largo y abundante cabello rojo y se había puesto un poco de maquillaje, pero eso creaba una impresión completamente diferente a la habitual. Si con la espada en la mano era una heroína imponente, cuando estaba llena de amor era como un hada de las flores. Carol no pudo evitar sentirse orgullosa de haber ayudado a Theresia a vestirse y arreglarse. El único pero era que tuviera que ceder a la espléndida Theresia como novia ante un hombre tan grosero.
—Quizá sí me vaya a terminar fugando con usted…
—¿C-Carol? ¿Estás bien? Acabas de sonar demasiado seria…
—No se preocupe, mi Señora. Solo es una broma… por ahora.
Carol volteó hacia otro lado, evitando la mirada lastimera de Theresia, tratando de desviar la atención de sí misma. Sus esfuerzos se vieron interrumpidos por el portazo de la puerta de la habitación donde esperaba.
—¡Th-Theresia! ¿Aún no ha vuelto el joven Wilhelm? ¡Si no se apresura, la ceremonia comenzará! Y hay un hombre en el público que se parece muchísimo a Su Majestad el Rey… No puedo imaginar que en verdad sea él, pero… ¡Ah, el vestido de novia te queda muy bien! —Bertol había irrumpido en la habitación, totalmente incapaz de contenerse o calmarse. Miraba del salón a la sala de preparación y viceversa, sin poder centrarse en un solo tema de conversación, hasta que finalmente su corazón paternal se vio abrumado por la visión de Theresia con su vestido.
—Padre, sí que eres una gran molestia… —Theresia frunció el ceño ante todo esto, pero la mirada que dirigió a su padre no tenía ira; de hecho, había en ella una inmensa y considerada dulzura.
Como dejaba clara la consternación de Bertol, el Escuadrón Zergev aún no había regresado de su patrulla. El hecho de que llevaran más de medio día de retraso respecto a la hora prevista de regreso sugería que se habían encontrado con algún tipo de problema. Dado que Bertol había planeado varios de esos obstáculos para ellos, quizá fuera poco lógico que estuviera tan alarmado, pero aun así…
—¿Ves? Si simplemente lo hubieras aceptado como un hombre, en lugar de recurrir a planes absurdos, esto nunca habría pasado.
Tras el sollozante Bertol entró en la habitación Tishua, ataviada con un vestido digno de la madre de la novia. Sus ojos se posaron sobre su hija, la propia novia. Por un instante, en la mirada de la siempre serena Tishua se arremolinaron intensas emociones. Carol no alcanzó a discernir de qué emoción se trataba. Pero entonces Tishua dijo simplemente:
—Estás hermosa, Theresia. Estoy segura de que tus hermanos se habrían alegrado mucho.
—Sí —dijo Theresia, con una tenue sonrisa en el rostro—. Gracias, Madre… Y a mis hermanos, también. Y a ti, Padre —asintió tras decirlo.
Bertol, a quien Theresia parecía haber mencionado casi como si se hubiera acordado con retardo, se emocionó con sus palabras y se sonó la nariz con el pañuelo.
—Tiene razón —dijo Bertol—. Tus hermanos sin duda te habrían dado su bendición en este día, Theresia.
—Intentas sonar como si no pasara nada, Padre, pero aún no te he perdonado, ¿sabes?
—¡¿Queeeeeeé?! ¡¿Incluso con la ceremonia tan cerca?! De todos modos, ¡tenemos un problema más urgente ahora mismo!
—¿Y quién es el responsable de ese problema, me pregunto yo…?
—Lady Theresia, si se altera demasiado, arruinará su peinado y maquillaje. Y Lord Bertol, deje de molestar a Lady Theresia. Tenga en consideración el momento y el lugar, por favor.
—¡Tan solo escuchen cómo incluso Carol me habla así! —dijo Bertol bruscamente, parecía seguir sin mostrar el menor arrepentimiento, pero Carol ya había vuelto a atender a Theresia.
Era innegable que Wilhelm y sus compañeros aún no habían regresado. Si, hipotéticamente, el novio no llegara a tiempo, toda la ceremonia sería un desperdicio y sería como una bofetada en la cara de todos.
—Está bien. Incluso si pasara lo peor… no necesito la aprobación de nadie.
—¿Lady Theresia?
—No me importan los jueguitos de mi Padre. Si Wilhelm no llega a tiempo para la ceremonia, nos iremos a algún lugar lejano para casarnos. Yo me volví suya hace mucho tiempo, así como él mío. Nunca podremos ser separados. Por eso puedo mantener la frente en alto.
En lo que al Reino concernía, este era un matrimonio entre la Santa de la Espada y un Caballero. Pero para la propia Theresia, era simplemente la boda de un hombre y una mujer, y no exigía más ostentación que esa. Agradecía a los invitados y se alegraba por sus buenos deseos. Pero aun así…
—Nunca he sido más feliz que cuando Wilhelm vino por mí aquel día.
Carol casi olvidó respirar ante la sonrisa florida de Theresia. Lo mismo ocurrió con Bertol e incluso Tishua. Todos sabían que la novia no podía tener una sonrisa más auténtica ni más sincera. Ella y Wilhelm ya estaban unidos. Hacía mucho tiempo, sin duda en aquel campo de flores.
Y entonces…
—Oigo un alboroto allí fuera —dijo Tishua con sorpresa. Miró hacia la puerta. En ese mismo momento, llamaron a la puerta y se asomó un hombre corpulento con la cabeza inclinada.
El hombre, educado pero musculoso, era Bordeaux. Sonrió ampliamente e hizo un enérgico asentimiento.
—Siento haberlos hecho esperar tanto tiempo —dijo Bordeaux—. Por fin han vuelto.
Y así fue: casi en el momento en que la ceremonia iba a comenzar, llegó la noticia del regreso del novio a la capital.
Sección 13
Justo antes de que se abriera la puerta del salón de ceremonias, Theresia podía sentir cómo le palpitaba el corazón. Había estado tan tranquila esperando este momento crucial, y aun así, ahora que había llegado, toda su compostura la abandonaba. Le recordó que incluso ella era simplemente una frágil humana.
Sin duda, el hombre al otro lado de la puerta tenía algo que ver con eso. Él, y solo él, su prometido, podía transformar a Theresia en «simplemente» Theresia; no en la Santa de la Espada, no en una guerrera, sino simplemente en quien era.
—Aunque no creo que él lo sepa —murmuró con una sonrisa.
—Theresia, ya es hora —dijo Bertol a su lado, extendiéndole el brazo.
Como dictaba la tradición, la novia y su padre entrarían al recinto del brazo. Theresia enlazó su brazo con el de Bertol, mientras el faldón de su largo vestido se mecía con su movimiento. Sintió el calor de su cuerpo, la tensión en su brazo, y exhaló suavemente.
—Padre, siento haberte causado tantos problemas. Pero voy a ser feliz.
—¡…! Si me haces llorar ahora, la Casa de Astrea no podrá mantener la cabeza en alto.
—Por eso lo dije.
—De entre todos mis hijos siempre fuiste la más problemática.
Las palabras fueron un leve reproche en respuesta, pero Theresia apartó las emociones que le provocaron y sonrió a su padre. Él asintió y abrió la puerta del salón.
La luz se derramó sobre ellos, junto con la visión de la capilla real engalanada para la ceremonia. El pasillo por el que caminaban por la iglesia estaba cubierto de flores; pétalos amarillos de ese campo donde Theresia y Wilhelm se habían conocido, incontables decenas de ellos.
Probablemente era obra de Carol. Pensando en lo traviesa que era, Theresia miró a los invitados al final del pasillo. Pero lo que vio la dejó estupefacta.
—…
Junto al elegante e impecablemente ataviado séquito, ellos se mantenían erguidos y orgullosos. Estaban cubiertos de polvo, sudor y mugre, y aún llevaban armaduras y capas. Además de su lamentable estado, era más que evidente que no habían dormido, y aun así, allí estaban los soldados reunidos del Escuadrón Zergev.
Ciertamente no era la forma adecuada de vestir para una boda única como esta. Habría sido motivo perfectamente válido para expulsarlos del lugar con una severa reprimenda. Por el rabillo del ojo, Theresia podía ver el impacto en el rostro de Bertol.
Pero en cuanto a ella, solo cerró los ojos por un instante, profundamente agradecida de que estuvieran allí.
“Gracias”, pensó.
No podía pronunciar las palabras en voz alta, pero aun así expresó su gratitud a aquellos soldados sucios y exhaustos. Si arreglarse para celebrar esta ocasión se consideraba un acto de cortesía, entonces lo mismo debía decirse de aquellos que se habían apresurado a estar presentes, sin importar el costo.
Theresia, que había luchado junto a esos mismos guerreros en muchas ocasiones, sabía quiénes eran. Recibir su bendición era un gran honor para ella tanto como Santa de la Espada como como mujer.
Mientras recorría el pasillo alfombrado en rojo, los asistentes le aplaudían. Tiró del brazo de Bertol, sonriendo con ironía a su padre. El hombre estaba tan lleno de emoción que era difícil decir cuál de los dos era la novia.
Al pasar junto al Escuadrón Zergev, estos se enderezaron y aplaudieron para ella, y ella les dedicó una pequeña reverencia. Ellos respondieron con un saludo perfecto y colectivo, una imagen que se grabó en su memoria.
Grimm y Carol estaban formados juntos a un lado del escuadrón, ambos observando a Theresia. Estaba segura de que pronto tendrían la oportunidad de estar al otro lado de una ocasión como esta. Prometió que cuando llegara ese momento, los celebraría con más fervor que nadie.
Junto a ellos podía ver a Bordeaux, junto a varias personas importantes del Reino. Había una figura encapuchada junto a Bordeaux —su majestad Gionis en persona— y sonrió incluso mientras mostraba su sorpresa.
Saboreó su agradecimiento sincero hacia todos los que se habían tomado la molestia de ser parte de esta ceremonia.
Y entonces…
—Wilhelm…
Al final del pasillo, un hombre estaba sobre una tarima, mirándola.
Theresia pronunció su nombre y soltó el brazo de Bertol. El joven bajó de la tarima y tomó el brazo recién liberado de ella, envolviéndola en el suyo.
Era ese momento en que la novia dejaba a su padre para unirse a su marido. Theresia cerró los ojos, pensando en ello, respirando hondo el olor del joven que la abrazaba.
—Apestas… otra vez.
Las palabras, y su sonrisa, resumían su agradecimiento hacia el hombre que había luchado tan duro para estar allí con ella.
Sección 14
La batalla contra la Serpiente de Tierra había terminado justo al amanecer del día de la boda.
Conwood le explicaba la situación a Wilhelm después de rescatarlo de estar enterrado vivo.
—Fue gracias a la rápida reacción del Subcapitán Grimm —dijo—. El espacio por donde el viento entraba en la cueva era demasiado pequeño para que un adulto pasara, pero lo suficientemente grande para un niño. Así que hizo que el muchacho nos trajera un mensaje…
—¿Preparó al escuadrón para la emboscada y luego provocó que la mabestia derrumbara la cueva, eh? —dijo Wilhelm—. Me sorprende que pudieras saber dónde íbamos a aparecer.
—Estábamos más desesperados de lo que probablemente imagina, Capitán. El escuadrón estaba registrando toda la montaña.
Y entonces, por supuesto, la pequeña sorpresa de Grimm y el ataque del Escuadrón Zergev acabaron con la bestia. Cramlin estaba a salvo, los niños también, y, desde el punto de vista del mantenimiento del orden público, aquella patrulla había sido un éxito rotundo.
—Ahora todo lo que tenemos que hacer es montar nuestros dragones de tierra hasta regresarlo a la capital, señor… o al menos hasta la capilla. ¡Vamos, no hay tiempo para descansar! ¡Vámonos!
El feroz entusiasmo de Conwood obligó a Wilhelm a finalmente expresar sus dudas.
—Agradezco el entusiasmo, pero… ¿por qué están todos tan empeñados en esto? ¿Es tan importante mi boda con Theresia?
Conwood, ya medio subido a su dragón, resopló diciendo:
—Ya se lo dijimos. No podemos dejar a Lady Theresia plantada en el altar. Ella… ella es una muchacha que merece ser feliz.
—…
—Capitán… quiero decir, Wilhelm. Quizá no te des cuenta… —el tono habitual y jovial había desaparecido de la voz de Conwood, y parecía inusualmente serio. Habló como en aquellos días en que él y Wilhelm solo habían sido dos compañeros de armas—. Pero peleamos junto a ella, junto a la Santa de la Espada, en muchas batallas durante la guerra civil. Si aún estamos vivos, es gracias a ella. Eso no es ninguna exageración.
Conwood miraba al frente, con las manos en las riendas de su veloz dragón de tierra. Por solo un instante, Wilhelm vio cómo sus ojos destellaban con un dejo de autorecriminación.
—Me sentí abrumado por su fuerza, por la espada de la Santa de la Espada —dijo Conwood—. Así que cuando finalmente la venciste aquel día en la ceremonia, apenas pude soportarlo.
—¿Soportar qué cosa?
—El hecho de que nunca nos habíamos dado cuenta de que la Santa de la Espada también era una muchacha normal —al decirlo, Conwood apretó los dientes; Wilhelm pudo ver el abatimiento reflejado en su rostro. Luego la tensión en sus mejillas se suavizó y esbozó una sonrisa débil—. Sé que para ti es algo obvio, pero nosotros nunca lo habíamos visto. La Santa de la Espada era la encarnación de la fuerza, la persona en quien habíamos confiado durante años. Nunca pensamos que fuera una muchacha con sus propias debilidades.
—…
—Hicimos que empuñara una espada, que peleara… ¿y nos llamamos a nosotros mismos Caballeros? ¿Nos llamamos el audaz y heroico Escuadrón Zergev? Por eso todos estamos agradecidos de que le hayas quitado la espada. No éramos lo suficientemente buenos para llamarnos Caballeros u hombres, y tú nos hiciste reaccionar a lo que debíamos hacer —entonces Conwood dejó de hablar y se dio dos fuertes palmadas en cada mejilla. En un instante, había dejado atrás una vez más la familiaridad de un viejo camarada—. Por eso necesitamos que la haga feliz, Capitán. ¡Así que pongámonos en marcha! Quiero decir, más nos vale darnos prisa, señor. Aunque no tengamos tiempo para asearnos ni cambiarnos.
—¿Para que no tenga que quedarse plantada, eh?
—Exactamente, señor —Conwood esbozó entonces una amplia sonrisa, lo que provocó un bufido de Wilhelm, quien espoleó a su dragón de tierra.
Así, el Escuadrón Zergev regresó a la capital, aplazó el informe posterior a la operación y se apresuró hacia la ceremonia nupcial y…
—Apestas… otra vez.
Wilhelm sonrió mientras la muchacha entre sus brazos arrugaba la nariz al sentir su olor. Por una vez, no podía negarlo. No había tenido tiempo ni para dormir ni para la higiene durante esa patrulla. Tenía la intención de bañarse antes de aparecer en la iglesia, pero al final no había tenido tiempo.
No había un solo ausente entre los invitados a la boda; todos estaban presentes. Wilhelm no había tenido tiempo para bañarse, pero al menos había podido cambiarse la armadura. Esperaba que eso fuera suficiente.
Aun así…
—Me siento mal al respecto.
—No, no te sientas así. Este es tu olor, Wilhelm. Este eres tú.
—¿Mi olor es a tierra y sudor? No estoy seguro de cómo sentirme al respecto.
—No quise decir eso. Tonto.
Mientras permanecían allí abrazados, Wilhelm miró directamente a Bertol. El hombre que muy probablemente era responsable tanto de su asignación de patrulla como de los diversos obstáculos que había encontrado en el camino. Considerando las tribulaciones físicas y emocionales que acababa de soportar, dudaba que alguien lo culpara por tener algunas palabras bruscas para el hombre.
—Lord Bertol. Estoy aquí para recibir a su hija, Theresia —inesperadamente las palabras que al fin pronunció, estaban exentas de rencor. Dijo lo que tenía que decir a la persona a quien debía decírselo.
Y Bertol, con el rostro rígido, logró responder:
—… Quiero que la hagas feliz.
—Lo juro. Nadie lo desea más que yo.
Ella era, después de todo, su novia, la mujer amada que tomaba como esposa.
Las mejillas de Theresia se sonrojaron ante esta declaración, y los ojos de Bertol se abrieron ampliamente. Pero poco después, hizo una reverencia, como el padre de la novia, y regresó a su asiento junto a su propia esposa.
Ahora solo Theresia y Wilhelm permanecían en el pasillo, las dos personas que esta ceremonia celebraba. Wilhelm había logrado cambiarse a un atuendo apropiado, pero su cabello seguía hecho un desastre y su rostro aún estaba sucio; como novios, él no era el más impresionante.
Por su parte, Theresia, con su vestido blanco, podría haber sido la novia más hermosa del mundo.
—Te preguntaré qué opinas de mi vestido… después de la ceremonia, ¿bien? —dijo la novia.
—Honestamente, no confío en poder ponerlo en palabras —respondió el novio.
—Entonces puedes mostrármelo con tus acciones.
—… Bueno, eso podría salirse de control muy rápido.
—¿Eh?
—Ahh —el novio dejó escapar un suspiro tan habitual al contemplar a su novia, completamente ajeno a lo cautivadora que era.
Finalmente, Wilhelm la soltó de su abrazo, solo para alzarla en brazos. Theresia se sobresaltó ligeramente al sentir uno de sus brazos bajo sus piernas y el otro rodeándole la cintura mientras la llevaba hasta el altar. Trataba su esbelto cuerpo como si fuera lo más frágil y valioso de todo el mundo.
—¡Ay, bájame, me estás avergonzando…!
—Tengo que presumir de quién eres exactamente.
—¡Creo que ya hiciste eso en otra ceremonia hace mucho tiempo, y todo el país lo sabe!
Wilhelm inclinó la cabeza ante eso, como si dijera «Mmm, puede ser». Sus excusas a medias no importaban mucho de cualquier forma. Al final, lo había hecho porque quería.
Simplemente había querido presumir de que la más dulce y hermosa de todas las mujeres era su novia.
La ceremonia continuó.
Novio y novia se enfrentaron en el altar, donde Miklotov, como oficiante, pronunció un largo discurso. Wilhelm y Theresia, que solo prestaron atención a aproximadamente la mitad de lo que dijo, intercambiaron votos de amor mutuo…
—Ahora bien, y aunque sea por segunda ocasión, pueden compartir un beso, un voto de su amor ante todos los presentes —dijo Miklotov.
“¿En verdad era necesario ese comentario de su parte?”, pensó Wilhelm al dar un paso hacia Theresia.
—Wilhelm —dijo ella—, te amo.
—…
—¿Y tú?
—… —a la pregunta traviesa de su esposa, Wilhelm no respondió con palabras.
En cambio, como ella le había pedido, respondió con sus acciones, acercando sus labios a los de ella.
El día de esa boda fue la secuela de la Canción de Amor del Demonio de la Espada, un romance cuya historia seguiría siendo cantada durante mucho tiempo…
Fue un día hermoso, y un final apropiado para el turbulento y maravilloso Primer Acto de «la Balada de Batalla del Demonio de la Espada».