La Danza de la Flor Plateada de Picoutatte
Capítulo 3
La Danza de la Flor Plateada de Picoutatte
Sección 1
El Demonio de la Espada escuchó el silbido de una cuchilla mientras saltaba del suelo, escapando de la muerte por unos cuantos centímetros.
Por el rabillo del ojo, el Demonio de la Espada vio el polvo que había levantado; giró y atacó. Un destello plateado alcanzó el ancho cuello de su oponente, buscando el golpe mortal, pero fue desviado por un tajo desde abajo.
—… T… —ni siquiera hubo tiempo para un chasquido irritado de su lengua.
El Demonio de la Espada usó la fuerza del bloqueo para lanzarse hacia atrás. Podría parecer una tontería saltar al aire, donde no había escapatoria, pero en ese momento, no tenía adónde más ir…
—¡Shrrrrr!
Instantáneamente, hojas de acero atacaron desde tres direcciones, rozando su piel y liberando una neblina de sangre. Aun así, evitó cualquier herida mortal. Su percepción agudizada apartó el dolor mientras el ensangrentado Demonio de la Espada giraba en el aire para lanzar un golpe de revés al gigante que tenía justo delante.
La punta de su espada se hundió superficialmente en el hombro azul oscuro. No era suficiente para cortar el brazo, y apenas había apretado los dientes cuando llegó un golpe en respuesta.
—¡Arrgh…!
Un puño, al menos tan grande como la cabeza de un niño, le golpeó el costado y se lo hundió. Sus costillas lanzaron un grito de dolor bajo el impacto, y el golpe lo arrojó hacia un lado. Se estrelló contra el borde de piedra, cayendo al suelo sin tiempo para amortiguar la caída. Su frente se partió contra los adoquines, y cuando levantó la vista, pudo saborear la sangre en su lengua. No llegó ningún ataque subsecuente. Su enemigo no estaba precisamente ileso.
—…
El Demonio de la Espada se puso de rodillas, mirando a un gigante que estaba de pie con los brazos cruzados frente a él. El gigante miraba con perplejidad su propio brazo: el miembro que había usado para lanzar al Demonio de la Espada, y que ahora estaba cortado a la altura de la muñeca. La herida chorreaba sangre, y el puño mismo rodaba por el suelo junto a sus pies.
Las heridas parecían bastante graves a simple vista. El Demonio de la Espada estaba bastante herido también, pero era evidente que estaba en mejor estado que un oponente que acababa de perder su mano izquierda.
Si tan solo ese oponente no hubiera tenido tres manos izquierdas más de sobra.
—Harto ha que honrado non veíame con un enemigo cual vos… Es, sin duda, una dicha excepcional —retumbó la gran criatura azul y semidesnuda, mientras su brazo comenzaba a hincharse.
En ese momento, la sangre dejó de manar del brazo sin mano. Había contraído los músculos restantes en esa extremidad para detener forzosamente el flujo. No era cuestión de si tal cosa debía ser posible. Era ver para creer.
—… ¿Qué eres, algún tipo de monstruo?
—¡Cuán terribles son vuestras palabras, excelso enemigo mío! Vos y yo non somos sino dos seres igualmente insólitos.
—Pff… ¿Así es como un hombre justifica intentar robarle la mujer a otro? Buen intento.
—Cuando a un enemigo tan poderoso como vos abata, he de reclamarla como es debido. Sencillo de comprender es.
—Hablas como un verdadero bárbaro.
—Tal es la senda de quienes, como vos y yo, vivimos por la espada —el Dios de la Guerra de ocho brazos honró al Demonio de la Espada, que escupía sangre y flemas, con una sonrisa de guerrero.
La expresión reflejaba su abrumadora capacidad de combate, pero el Demonio de la Espada lo enfrentó sin inmutarse.
Claro. Retirarse no era una opción. Después de todo…
—… —desde un lado del puente de piedra, podía sentir un par de ojos en su espalda.
Esta batalla sobrehumana era observada por muchos ojos. Innumerables miradas estaban sobre él, incontables emociones se agitaban; las sentía en su piel.
Pero para el Demonio de la Espada, solo una de ellas importaba. Le bastaba con sentir esa, y era una muy poderosa.
—…
Ojos claros como un cielo azul, hermoso cabello rojo como una llama en el viento y un corazón sin ninguna duda sobre la victoria del Demonio de la Espada.
Mientras esos ojos estuvieran puestos en él, no podía perder contra nadie. Y así…
—Di lo que quieras. Voy a vencerte… Ocho Brazos Kurgan.
—Entonces he de dar vuestro nombre al hijo que de vuestra princesa engendre… Demonio de la Espada, Wilhelm.
Los siete grandes brazos sostenían las enormes espadas, las «Cuchillas Demonio». Kurgan, cuya técnica había repelido incluso a la Santa de la Espada, se preparó para la batalla, todo su cuerpo rebosaba de un aura de guerrero.
El interminable combate frenético, la lucha a vida o muerte, el duelo entre el Demonio de la Espada y Ocho Brazos…
«La Danza de la Flor Plateada de Picoutatte»: el duelo mortal que sería conocido en toda la nación.
Su comienzo y su conclusión formarían otro capítulo de «la Balada de Batalla del Demonio de la Espada», el cuento de aquella pareja de jóvenes.
Sección 2
—¡Eres un tonto, Padre! ¡Un tonto! ¡Me rindo!
A primera hora de una mañana, una hermosa voz resonó por toda la mansión, sobresaltando a las aves del jardín, que alzaron el vuelo. Cuando el batir de sus alas se desvaneció en la distancia, el mundo quedó sumido por un instante en el silencio. Mas aquel momento de quietud se disipó con rapidez, y un hombre alto, delgado y barbado entró de inmediato en acción.
Su exterior sereno quedó completamente desmentido por el agitado movimiento de sus manos mientras decía:
—E-espera, Theresia. ¿No crees que te estás precipitando al enojarte tanto? ¿No puedes escuchar con calma la idea de tu padre antes de que…?
—¡Tus «ideas», Padre, son las precipitadas! ¿Cómo pudiste decidir algo tan importante sin siquiera mencionármelo a mí? ¡¿Es tan extraño lo que digo?!
—Claro que no, es porque quería sorprenderte, mi querida hija.
—Oh, estoy sorprendida. Absolutamente impactada. ¡Pero de la peor manera posible! ¡Suficiente como para hacer que quiera abandonar esta familia!
—¡¿Q-q-qué?! ¡¿Pe-p-pero por qué?! ¡Si solo pienso en la familia!
—Ahh… —la joven soltó un suspiro dramático y agotado ante el hombre tartamudo.
Era una muchacha encantadora, con un hermoso cabello rojo y ojos del color del cielo. Vestía un sencillo atuendo blanco que, aunque modesto, resaltaba su belleza femenina. Sus brazos estaban cruzados de una manera que acentuaba su sorprendentemente abundante busto.
Su nombre era Theresia van Astrea, y era la dueña de esta casa. Era la hija de Bertol Astrea, quien estaba frente a ella. En otras palabras, esta era una discusión entre padre e hija.
Es más, este tipo de discusiones entre ellos no eran inusuales. De hecho, ocurrían con bastante frecuencia. Casi cada vez que Bertol visitaba a Theresia.
Y sobre eso…
—¡¿Cuántas veces piensas visitar esta casa al mes, Padre?! ¡Has estado aquí prácticamente la mitad del tiempo! ¡¿Entiendes lo que significan estos días para mí?! ¡¿Que soy una recién casada?!
—¡Claro que lo entiendo! ¡Por eso necesito vigilarte, para que ustedes dos, jovencitos, no hagan nada indecente! Si eso no es preocupación por mi hija, no sé qué es.
—¡Ojalá que un dragón de tierra te patee la cabeza, Padre!
—¡¿Queeeeeé?! ¡Reconozco ese dicho, es de Kararagi!
El padre de la joven novia intentaba mantener la cabeza en alto en el hogar de los recién casados, solo para recibir una sincera reprimenda de su hija.
Wilhelm, observando la discusión desde el sillón, suspiró. De repente, una taza de té apareció frente a él. Cuando vio a la persona que se la ofrecía, una mujer elegante de cabello lino, se enderezó.
—Lo siento, Wilhelm. Mi marido y mi hija siempre son así.
—Sí, bueno, esas payasadas no me m… Quiero decir, supongo que se podría decir que ya estoy acostumbrado. Y no es que no entienda cómo se siente mi Honorable Padre. Solo se le zafa un tornillo… Eh, digo, simplemente está preocupado por su hija.
La mujer sonrió mientras Wilhelm luchaba con las sutilezas del lenguaje aristocrático.
—Oh, no hace falta que cuides tu lenguaje delante de mí. Ahora somos familia. Solo desearía que ese hombre tuviera el valor para reconocerlo ya.
Wilhelm vio en la sonrisa de la mujer una sombra de la sonrisa que más amaba. Desde luego que serían parecidas. Esta mujer era Tishua Astrea, la madre de Theresia.
Esa mañana, Bertol y Tishua se habían presentado en la residencia de los Astrea, la casa en la que Wilhelm y Theresia estaban construyendo su nueva vida juntos. Y tal como lamentaba Theresia, sus visitas parecían ser muy frecuentes.
—Buenos días… ¿Y cuál parece ser la crisis de hoy?
Una nueva visitante apareció en la puerta, comentando el familiar sonido de la discusión. Era una mujer de brillante cabello dorado que le llegaba hasta los hombros, con un semblante serio y un aspecto refinado en general. Era Carol Remendis, la asistente de Theresia; también tenía una historia con Wilhelm. Su familia había servido durante mucho tiempo a los Astrea, y estas discusiones entre padre e hija eran terreno conocido para ella, claramente, ya que ignoró a la pareja que discutía para hacerle una pregunta a Tishua.
—Buenos días, Carol. Sí, esa es una excelente pregunta. Si no te importa que pregunte, ¿cuál crees que sea?
—Podría sospechar que Lady Theresia finalmente explotó ante la frecuencia de sus honorables visitas.
—Tus sospechas son bastante acertadas. Por supuesto, dada su terquedad, no es tan difícil de adivinar —dijo Tishua para luego sonreír.
Carol hizo una mueca y dijo:
—Ahh… ¿Ah, sí?
Este era el padre de su Señora. Parecía decepcionada porque su deseo de encontrar algo positivo de Bertol no se había cumplido hasta el momento. Wilhelm se abstuvo de señalar que su propia decepción era ya de por sí bastante grosera.
Entonces, notando que los tres habían dejado a un lado las formalidades matutinas para quejarse de Bertol, Theresia exclamó:
—¡Carol! ¡Escucha, Carol! ¡Mi Padre ha hecho algo de lo más egoísta y grosero… otra vez! ¡Pero ni siquiera se siente culpable por ello…! Ah, y buenos días.
—Buenos días, Lady Theresia. Simpatizo profundamente con sus frustraciones, de verdad, pero no debe ser demasiado crítica con su padre. Piense en lo triste que se sentirá.
—Escúchala, Theresia. Podrías aprender una o dos cosas de esa actitud respetuosa —Bertol se había perdido por completo la intención de lo que Theresia y Carol estaban diciendo.
—¡Jeje! Seguro está triste y ni siquiera se da cuenta… Es francamente adorable —por otra parte, Tishua, su esposa, parecía estar igualmente cautivada por él; Wilhelm se colocó una mano en la frente cuando lo notó.
La dinámica de esta familia era, como mínimo, inusual. Y ahora él formaba parte de ella. Pensó en su propia familia, en sus padres y en sus dos hermanos mayores… ¿Había sido tan agotador lidiar con ellos?
Si así había sido, de pronto le resultaba mucho menos desconcertante el motivo por el que había abandonado su hogar.
—Recuerdo haberme molestado por las excusas de mis hermanos, pero…
Mientras Wilhelm reflexionaba, Theresia lo llamó en busca de refuerzos:
—¡Oye, Wilhelm! ¡Díselo a mi Padre! Esto no es normal, ¿verdad? Tienes que decírselo… ¡No entiende nada aunque se lo expliquen a detalle!
—Bueno, entonces, ¿de qué serviría que yo dijera algo?
—¡Me hará feliz saber que estás de mi lado! ¿No basta con eso?
Apenas parecía darse cuenta del verdadero peso de aquel último argumento. Solo la Santa de la Espada podía ser capaz de captar por instinto el punto más débil de su adversario.
—¿…? ¿Por qué sonríes? Ven aquí. Necesito un aliado —le hizo una seña para que se uniera a ella.
—Sí, ya voy —dijo Wilhelm, todavía sonriendo—. Entonces, ¿sobre qué están discutiendo esta mañana? —aún no sabía la razón.
El número de visitas a las que habían sido sometidos durante las dos últimas semanas como marido y mujer no podía ser la única explicación.
Por fin, Theresia, con el rostro completamente rojo, reveló la escandalosa petición que Bertol había hecho esta vez.
—¡Mi Padre dice que quiere acompañarnos en nuestra luna de miel! ¿Puedes creerlo? ¡Wilhelm, ayúdame a convencerlo de que está loco!
“Ahora lo entiendo”, pensando esto, Wilhelm miró al techo. Esto era incluso peor de lo que había imaginado.
Sección 3
—Bien, Padre. Explica tu razonamiento. Entonces decidiré cómo me siento.
—Jajaja… «Decidir cómo te sientes» suena tan intimidante, Theresia. Pero qué niña, poniendo a prueba a su padre. Cada vez que pienso que puedo apartar la vista de ti…
—Decir eso no te ayuda, Padre.
—¡¿Queeeeeeé?! ¡¿Por qué?! ¡Si ni siquiera hemos hablado de nada todavía! —Bertol se sintió abrumado por la penetrante mirada de Theresia.
Wilhelm frunció el ceño, curioso de por qué el hombre no se sorprendía en nada, pero las tres mujeres permanecieron inexpresivas, tal vez ya acostumbradas a esto. Aun así, a este ritmo iban camino de una mera repetición de la discusión anterior. Aunque no quería hacerlo, Wilhelm descubrió que no tenía más remedio que intervenir.
—Cálmate, Theresia —dijo—. Escuchemos primero lo que tiene que decir. Y usted, Honorable Padre, por favor, no sorprenda así a Theresia. Sus emociones pueden estallar en cualquier momento.
—Armm… Sí, de acuerdo. Si tú lo dices, Wilhelm, escucharé —dijo Theresia, inflando las mejillas con molestia, pero aun así cedió.
Bertol, aliviado, acarició su barba, con una ligera sonrisa en el rostro y dijo:
—Casi actúas como si entendieras a Theresia mejor que yo, joven Wilhelm. Has de saber que yo me he bañado con Theresia.
—¡¡¡PADRE!!! ¿Hasta qué año piensas remontarte para alimentar esta absurda hostilidad tuya?
—Odio tener que informárselo, pero yo también lo he hecho.
—¡¡¡Aagghh!!!
—¡¿W-Wilhelm?!
Bertol se atragantó, y Theresia, con el rostro completamente rojo, sujetó a Wilhelm por las solapas y lo empujó hacia una esquina de la habitación. Allí, arrinconó a su marido contra la pared, con el rostro bañado en lágrimas de vergüenza, pánico y amor.
—¡¡¡¿Q-qu-qué crees que estás diciendo?!!! ¡¡¡Aún no nos hemos bañado juntos!!!
—Lo siento. La rivalidad me ganó.
—¡No intentes competir con mi Padre! ¡No quiero, bajo ninguna circunstancia, ver en tus ojos esa misma mirada que él tiene!
Parecía una forma implícitamente terrible de hablar de su padre, pero Wilhelm no pudo evitar estar de acuerdo con ella. El vínculo entre marido y mujer se fortalecía con la presencia de un enemigo común, y Wilhelm abrazó suavemente a Theresia antes de que volvieran al sillón. Luego se sentaron de nuevo cortésmente, pero…
—… Carol, ¿qué haces ahí? —preguntó Theresia.
Por alguna razón, Carol estaba sentada frente a Theresia y Wilhelm, es decir, junto a Bertol y Tishua. Hasta hacía un momento había estado haciendo guardia justo detrás de Theresia. Parecía indicar literalmente de qué lado estaba en esta discusión.
Carol, con aspecto muy serio, sacudió la cabeza a los lados y dijo:
—Ese hombre horrible ha abusado de su relación como marido y mujer para avergonzarla, Lady Theresia…
—¡Espera! P-pero Wilhelm y yo estamos casados, ¿recuerdas?
—Sí. Pero no puedo tolerar el abuso de la autoridad de un marido para meterse al baño con usted.
—¡¿Aunque estemos casados?!
Carol miraba a Wilhelm con toda la malicia de una mujer que buscaba vengar la muerte de sus padres. Bertol se apresuró a añadir:
—Ella tiene razón —afianzando aún más su alianza.
Aparentemente, el otro bando también había descubierto un enemigo común, y eso había reforzado su propia conexión. Vaya, esto era problemático.
—Lo siento mucho, Lady Theresia. Pero hay cosas en las que simplemente no puedo ceder. Incluso si eso me obliga a alinearme con Lord Bertol —explicó Carol.
—Sí, ella tiene ra… ¡¿Qué?! ¡¿Cómo que te obliga?! —preguntó Bertol, dudoso de lo que acababa de escuchar.
—P-pero si incluso tú lo dices, Carol, entonces ¿qué se supone que debo hacer…?
—Me da igual lo que piensen. Voy a bañarme con Theresia y punto.
—¡¡¡MALDITO SEAS, DESGRACIADO!!! —Carol se abalanzó sobre Wilhelm con auténtica furia, pero él desvió fácilmente su ataque.
Ignorando la pelea campal que se avecinaba a pesar de la diferencia en las habilidades de los combatientes, Theresia dirigió una mirada de preocupación hacia Tishua en busca de ayuda.
—Madre…
—Cielos, tú misma eres ya una esposa; no te veas tan patética. Aunque admito que siento un poco de pena por ti. ¿Querido…?
—¡Aah! ¡Juro que esto no es mi culpa! —con la cabeza entre las manos, Bertol dijo exactamente lo que siempre decía la persona culpable.
La imagen de su madre entrecerrando los ojos en silencio mientras miraba a su padre tembloroso era algo familiar para Theresia. Y también seguía un curso conocido, hacia una conclusión esperada.
—T-tengo que admitir que intentar acompañarlos en su luna de miel fue ir demasiado lejos, incluso para mí… Aunque no estuvieras tan enojada, Theresia, desde luego yo no…
—Ya lo oíste. Puede que sea un hombre de miras estrechas y con escasas habilidades sociales, pero no es una mala persona. Solo le gusta hacer alguna que otra travesura. No tienes nada de qué preocuparte.
—Madre, podrías practicar un poco más de moderación cuando hablas de mi Padre…
—Si usara moderación, no sería una disculpa adecuada para ti y tu querido Wilhelm. Por eso tengo que ser completamente cruel. Oh, cómo me hiere… —Tishua ofreció una sonrisa terriblemente seductora mientras seguía burlándose de Bertol, quien parecía encogerse bajo el ataque.
Theresia sintió compasión por su padre, que se había desinflado por completo, pero aun así dejó escapar un suspiro de alivio. Por mucho que quisiera mostrar devoción filial, ni siquiera ella podía soportar la idea de tener a su padre en su luna de miel. Aunque quizá estuviera dispuesta a dejar que Carol viniera como acompañante.
—Ojalá ustedes dos también dejaran de pelear —dijo Theresia.
—¿Cómo que pelear? —preguntó Wilhelm—. Ella es la que no me deja en paz.
—Argh… ¿Por qué debo carecer de fuerza? Oh, Dios de la Espada, si escuchas las plegarias de los mortales, dame el poder para abatir a este hombre aquí y ahora…
—¡¿Qué?! ¡No le pidas tal cosa a ese traicionero! ¡Detente, Carol! —Theresia abrazó a Carol, que tenía los dientes apretados, y le acarició la cabeza suavemente. Su asistente fue alcanzada por su emoción y notó el enojo de su Señora—. Y, Wilhelm —dijo Theresia, inflando las mejillas—, no la provoques más. La próxima vez, seré yo quien pelee contigo.
Wilhelm se apresuró a alzar la bandera blanca diciendo:
—… Bueno, contra eso no ganaré. Ya no lo haré.
Así fue como la discusión sobre su luna de miel, que había estado librándose durante toda la mañana, llegó por fin a su conclusión.
Aunque uno sospechaba que habría sido mucho más fácil si Bertol simplemente se hubiera comportado como un adulto.
—En cualquier caso, su primer viaje juntos es como mudarse a la misma casa: es otro hito en su nueva vida como marido y mujer —dijo Bertol—. Asegúrate de que no ocurra nada indebido, y que Theresia no resulte herida. ¿Entendido?
—Seh, claro… Quiero decir, sí, señor.
—Y, Theresia, si alguna vez tienes alguna inconformidad, puedes volver a la casa de tu familia cuando… ¡Auch! ¡Ay, ay, ay!
—Jojojojo. Bueno, Theresia, Wilhelm. Disfruten de su viaje juntos — Tishua logró agarrar la oreja de Bertol antes de que pudiera decir algo realmente fuera de lugar y lo arrastró fuera de la habitación.
El hecho de que, a pesar de estar presentes en la casa durante aproximadamente la mitad del mes, nunca hubieran intentado quedarse a dormir, quizá hablaba de la mejor naturaleza de Bertol.
—Espero no estar imaginando cosas —murmuró Carol.
—Intento no pensar demasiado en ello —dijo Theresia—. ¿Y tú, Carol? Hoy estás en tu descanso, ¿verdad?
Carol contuvo el aliento por un instante al oírlo. En su condición de asistente de Theresia, el concepto de un día libre fijo apenas existía para ella. Aquellos «días de descanso» no eran sino las jornadas en que la persona con quien podía disfrutar de un momento de sosiego también se hallaba de vacaciones.
—El escuadrón también descansa hoy —dijo Wilhelm—. Grimm debe estar pasando el rato en el cuartel. Ve para allá.
—¡N-no necesito que me lo ordenes! ¡Eso es lo que planeaba hacer!
—Sí, claro, eso es maravilloso —dijo Theresia—. Vamos, no pierdas tiempo. Este es tu último día libre antes del viaje. Ve a divertirte lo suficiente como para que puedas soportar estar con nosotros después de esto.
—M-muy bien… Si usted lo dice, Lady Theresia.
El toque de obstinación era tan femenino que Theresia no pudo evitar sonreír mientras despedía a Carol. Carol no dejaba de mirarla como si tuviera algo que decirle, hasta que se fue, pero quizá al darse cuenta de que nada que pudiera decirle a otra chica enamorada le serviría de algo, salió arrastrando los pies de la casa.
—Quizá tenga una cita con Grimm en el Distrito Comercial —dijo Theresia—. Creo que Carol ha estado muy adorable últimamente. ¡Casi siento envidia de Grimm!
Wilhelm chistó ante eso.
—Tch. Ambos son un dolor de cabeza. Deberían darse prisa y casarse.
—¿Por qué? ¿Para que empiece a prestarle más atención a él que a nosotros? Me sentiría un poco triste si eso pasara… —Theresia sonrió y pasó una mano por su cabello. Entendía lo que Wilhelm pensaba, pero la relación entre ella y Carol era algo compleja.
Después de todo, la familia Remendis, aunque no tan prominente como los Astrea, era de la nobleza. Como hija mayor de esa Casa, no sería asunto sencillo para Carol casarse con un plebeyo como Grimm. Incluso si sus corazones estaban en perfecta sintonía, el estatus y el linaje aún se interponían entre ellos.
Wilhelm percibió la duda de Theresia y dijo:
—Grimm solo tiene que convertirse en Caballero. Es el Subcapitán del Escuadrón Zergev. No tardará tanto —colocó una mano en el hombro de su esposa.
—… Mm —respondió Theresia, apoyándose en su calor y cerrando los ojos —. Tienes razón.
Fue una serie de milagros lo que produjo la unión entre ella y Wilhelm. Si una sola cosa hubiera sido diferente, esta felicidad quizá nunca habría existido. En ese momento, solo sintió una gratitud sincera. El amor que sentía por él la colmaba; levantó la mirada hacia Wilhelm y dijo:
—… D-dime, Wilhelm.
—Sí, ¿qué?
—Hoy también descansas, ¿verdad? ¿No tienes ningún plan en todo el día? —Theresia no parecía saber bien dónde poner los ojos al decirlo.
Wilhelm frunció el ceño. No comprendía del todo a qué apuntaba su pregunta, pero asintió para afirmar:
—Sí. ¿Qué pasa?
—… Sé que aún no es ni medio día, pero Carol se fue, y… Eh, ¿q-quieres que prepare un baño? —Theresia podía sentir el calor subiendo por sus mejillas; tuvo que armarse de valor para hablar.
Puede que pareciera irreverente comparar esto con los campos de batalla en los que había estado como la Santa de la Espada, pero sentía que esto la ponía aún más nerviosa. Era su propia prueba.
—… —los ojos azules de Wilhelm se agrandaron con asombro. Theresia vio su propio rostro reflejado en ellos y pensó en lo patética y vergonzosa que se veía allí.
Por un momento, pensó que moriría de vergüenza, pero…
Bueno, digamos simplemente que ese día, probaron algo nuevo como marido y mujer.
Sección 4
Cuando se trataba de la luna de miel de Wilhelm y Theresia, había una serie de desafíos logísticos que superar.
Por ejemplo, el Escuadrón Zergev de Wilhelm tenía un lugar muy importante en el Ejército Real reorganizado, reportando directamente al Rey. Se esperaba mucho de ellos. Con los efectos de la guerra civil aún muy presentes tanto dentro como fuera del país, existía una considerable preocupación por que el Capitán de esta unidad abandonara la capital.
De hecho, sería difícil negarse si se le pidiera que pospusiera su viaje por esos motivos.
No obstante…
—Non. La Santa de la Espada y el Demonio de la Espada al cabo se han desposado. Paréceme que aun el mismísimo Dragón montaría en cólera si osásemos interferir con el venerable rito de paso que es la luna de miel. ¡Yo digo que partan! —tales preocupaciones fueron apartadas por la declaración de su majestad Gionis.
El Rey era tan amable y comprensivo como siempre, cualidades por las que Wilhelm estaba profundamente agradecido. Casi hacía que ofrecerle la propia espada se sintiera como un gesto vacío.
Así, habiendo prometido a Su Majestad tanto recuerdos como historias, Wilhelm logró asegurarse una oportunidad para ir a su luna de miel.
El horario del marido quedó, por tanto, resuelto. El siguiente problema era su esposa.
Theresia conservaba la Protección Divina del Santo de la Espada, pero ya había sido liberada del servicio en el Ejército Real y había vuelto a ser solo otra hija de la nobleza, y un ama de casa, además. ¿Qué problema podía tener? La fama de la Santa de la Espada.
—Si se enteran de quién es usted, Lady Theresia, ciudades enteras se alborotarán. Estoy segura de que usted tampoco quiere eso. Así que debemos tener el máximo cuidado —Carol los acompañaría en su viaje, y ardía de entusiasmo por cumplir su papel como asistente de Theresia por primera vez en bastante tiempo.
Theresia se sentía algo intimidada por su intensidad.
—Ah-um, ¿Carol? ¿Quizá podrías tomarte un momento para respirar?
—¡Tener la oportunidad de arreglarla exactamente como siempre he deseado…! ¡Qué dicha haber nacido para ser su asistente…! En la ceremonia de la boda procuré hacerla lucir hermosa, sí, ¡pero ahora pondré todo mi corazón y toda mi alma en hacer que se vea tan bella como sea posible, Lady Theresia! ¡Prepárese!
—Ah, ehh…
Con Theresia como un lienzo en blanco, Carol demostró ser una artista sorprendentemente talentosa. Aunque a la Caballera no le gustaba arreglarse, aprovechaba la oportunidad de planificar un atuendo para Theresia.
Finalmente, el conjunto restaba importancia a la atractiva singularidad de Theresia, a la vez que la hacía parecer aún más dulce y noble de lo habitual; el efecto era prácticamente mágico.
—¡Mi mayor pesar es que ahora debo entregársela a ese hombre…!
—Oh, cálmate un poco… No pelearás mucho con Wilhelm durante el viaje, ¿verdad? —Theresia esbozó una tenue sonrisa mientras contemplaba su reflejo en el espejo.
El efecto de su característico cabello rojo se veía algo atenuado por un sombrero blanco de ala ancha, mientras que un vestido largo con una falda elaboradamente bordada estaba destinado a llamar la atención. Mientras no llevara consigo la Espada Dragón, nadie sospecharía que era la Santa de la Espada.
—Esa es mi Carol. Me encanta.
—Me alegra oír eso. Ahora preparemos todo para el…
—Espera. Sería injusto si no te arregláramos también a ti, Carol.
—E-eh —Carol se quedó paralizada al ver la sonrisa en el rostro de Theresia. Retrocedió paso a paso, pero Theresia la acorraló contra la pared, luciendo como una delicada dama de la nobleza en todo momento.
Entonces Theresia abrió los brazos, no había posibilidad de escape, y dijo:
—Vamos, ¡tú también puedes ser una chica como yo! No puedes dejarme pasar vergüenza sola.
—P-por favor, ¡perdóneme, Lady Theresia! Aunque vista una mujer tosca como yo de seda, yo seguiré…
—¡No digas tonterías! ¡Ven, vamos, vamos, vamos, vamos!
—¡Oh! ¡Oh nooo…!
Y con ese divertido interludio, tanto marido como mujer finalmente estuvieron listos para su luna de miel.
Sección 5
A los dos se les había concedido un generoso período de dos meses para su luna de miel. Habían oído que esto también tenía que ver con la buena intención de su majestad Gionis, pero cuanto más le agradecían, más generoso se volvía, así que, temiendo que les concediera aún más tiempo, decidieron dejar el resto de su gratitud para después del viaje.
—Aun así, sigue sin ser tiempo suficiente para recorrer todo el Reino…
—No hay nada al norte o al este de todos modos —dijo Wilhelm—. Podemos saltarnos esas zonas.
—Pero ¿no está el territorio de Trias al norte?
—… En serio, vayamos a otro sitio esta vez. ¿De qué les serviría que fuéramos allí en nuestra luna de miel?
Theresia sugirió que incluyeran el Territorio de Trias —o más bien, el antiguo el Territorio de Trias, ya que la familia había sido aniquilada— en su viaje, pero Wilhelm se negó. Aunque era efectivamente el lugar donde descansaba su familia y todos sus antepasados, ya había ido a presentar sus respetos una vez antes de su boda. Incluso los muertos podían sentirse incómodos con visitas demasiado frecuentes.
—Bueno, está bien. Te haré caso… ¿Entonces queremos recorrer el oeste o el sur?
—Si vamos al oeste, estaremos en la Ciudad de las Compuertas. Al sur está la Capital del Dragón de Tierra y la Ciudad Comercial. Tú eliges.
—Mmm. Mmmm. ¡Mmmmmmmmmm…! —dejando que ella decidiera, Theresia meditó y se angustió, pero entonces sus ojos azules se abrieron ampliamente, destellando—. ¡Para nuestro primer viaje, iremos al sur!
Marido y mujer salieron de la capital en un carruaje de dragón, dirigiéndose primero a Flanders. Flanders era una ciudad en el Altiplano Hyclara, donde vivía una gran variedad de dragones de tierra; la zona era conocida por la cría de estas criaturas. Los dragones de tierra de Flanders eran valorados tanto en el extranjero como dentro de Lugunica, y su «industria del dragón» la había elevado a una de las cinco ciudades más grandes del Reino.
—Según cuenta la leyenda, Flanders es también donde el Dragón Divino Volcanica hizo un pacto de amistad con el primer Santo de la Espada, Reid, y el Sabio Shaula —dijo Theresia.
—Sí, creo que he oído que los primeros dragones de tierra nacieron como una especie de «bendición» del Dragón Divino más o menos en la misma época. No es que me lo crea ni por un segundo.
—Pero si fuera verdad, ¿no sería emocionante? —los ojos de Theresia brillaban al decirlo.
—… —Wilhelm solo esbozó una sonrisa, conteniendo la oleada de emoción en su corazón.
Cuando los tres llegaron a Flanders, fueron recibidos por una escena digna del apodo de la ciudad, la Capital del Dragón de Tierra. Dondequiera que fueran en la gran ciudad, encontraban un lugar basado en la existencia de los dragones de tierra, con gran parte de la energía para las funciones urbanas proporcionada por estas criaturas. Como ejemplo sencillo, a veces veían a un dragón de tierra corriendo sobre una rueda gigante. El movimiento abría o cerraba un canal o subía o bajaba un puente levadizo.
—Últimamente, las linternas mágicas alimentadas por cristales de maná han empezado a aparecer en la capital, pero…
—Aquí no se ve nada de eso, ¿eh? —concluyó Wilhelm a lo que dijo Theresia—. Pero por otro lado, de donde nosotros venimos no existen estas ruedas.
—En la capital, los dragones de tierra se utilizan sobre todo para transportar mercancías o pasajeros —intervino Carol—. No disponemos de tantos como para destinar algunos a generar energía de esta manera. Además, la geografía de la capital tampoco se presta demasiado a algo así. Supongo que podría decirse que es una característica propia de esta región… ¿Qué? —lanzó una mirada de recelo a Wilhelm, quien se encogió de hombros.
—Nada —dijo Wilhelm en respuesta—. Solo me sorprendió escuchar una explicación tan perspicaz de tu parte. No sabía que supieras tanto.
—No puedo decir que se sienta del todo normal escuchar un elogio sincero de tu parte… En fin, solo es algo que aprendí.
—¿De Grimm? —preguntó Theresia.
—… —el ceño fruncido de Carol fue respuesta suficiente.
Debían quedarse en Flanders diez días, y los tres lo tomaron con calma durante ese tiempo.
Aun así, quienes más lo disfrutaron fueron Theresia y Carol, mientras que Wilhelm, menos dado a la apreciación de paisajes, seguía mayormente a las mujeres. Como ejemplo:
—¡Oye, Wilhelm! ¡Mira! ¡Qué vista tan hermosa! —estaban yendo a gran velocidad sobre el altiplano en un dragón de tierra, y Theresia señalaba y sonreía mientras el sol se ponía entre las montañas.
Incluso si el paisaje no hubiera sido tan cautivador, él habría quedado completamente prendado de la sonrisa de oreja a oreja de Theresia. Le habría bastado, cabalgando junto a ella en otro dragón, seguir mirando esa sonrisa de reojo.
Wilhelm también empezó a sonreír, sintiendo una sensación de alegría por este viaje…
Mas no todo en la luna de miel era tan agradable. Por ejemplo, estaba el asunto de la asignación de habitaciones.
—Quiero decir, puedo entender que reservemos dos habitaciones en la posada, pero ¿por qué ustedes se quedan en una y yo en la otra? Se supone que este es mi viaje con Theresia.
—Desgraciado… ¿Qué pretendes, intentando compartir la cama con Lady Theresia…?
—Para que lo sepas, eso es lo que hacemos todas las noches en casa. Es un poco tarde para preocuparse por eso ahora.
—¡¡¡CÓMO TE ATREVES, DESGRACIADO…!!!
—¡Oh, por todos los cielos! ¡Les prohíbo pelear! ¡Se! ¡Los! ¡Prohíbo! ¡Wilhelm, deja de provocar a Carol! ¡O de verdad no volveré a compartir cama contigo!
Así pasaron el tiempo en Flanders hasta que llegó el momento de dirigir su carruaje de dragón hacia su próximo destino, la ciudad de Picoutatte. Y durante el trayecto…
—Oigan, la casa principal de la familia Astrea está cerca de Flanders y…
—No.
—Creo que quizá sus padres ya han regresado a casa para…
—Que no.
Y así se acordó que no harían ningún desvío.
Ignoraron cortésmente la existencia de la mansión Astrea, que de todos modos quedaba algo apartada del camino, se dirigieron a Picoutatte, un lugar conocido por sus pintorescas vistas, y, sin que ellos lo supieran, el escenario del siguiente acto de su historia.
Sección 6
Picoutatte era otra de las Cinco Grandes Ciudades de Lugunica, un lugar que prosperaba gracias a su comercio con otras naciones. La ciudad estaba dividida en cinco distritos —uno para cada punto cardinal y un distrito central— y cada uno tenía su propio comercio especial y reglas únicas. Parecía como si cada uno de los distritos fuera una ciudad o, de hecho, un país en sí mismo.
El Distrito Central era especialmente rico y particularmente concurrido con instalaciones destinadas a los visitantes. Como la tradición prácticamente dictaba, Wilhelm y su grupo se hospedaron en una posada allí, pero…
—¡Eres un tonto, Padre! ¡Un tonto! ¡Me rindo!
A primera hora de una mañana, una hermosa voz resonó por toda la posada, sobresaltando a las aves del jardín, que alzaron el vuelo. Cuando el batir de sus alas se desvaneció en la distancia, el mundo quedó sumido por un instante en el silencio. Mas aquel momento de quietud se disipó con rapidez, y un hombre alto, delgado y barbado entró de inmediato en acción.
O podríamos decir simplemente: Bertol.
—E-espera, Theresia. Seguramente no hay motivo para alterarse tanto. Yo diría que cualquiera se sentiría sorprendido y rebosante de alegría al encontrarse con su padre de forma tan inesperada…
—¡¿Por qué siempre tienes que ser así, Padre?! ¡Justo cuando pensaba que por una vez por fin podrías ser sensato! Me has traicionado… ¡Eres el peor! ¡El más bajo, el más vil, el peor!
—¡¿Queeeeé?! ¡¿Tan malo como para que acabes llorando de esa manera?!
En la entrada del que era considerado el mejor hotel del Distrito Central de la ciudad, «la Copa de Oro», Theresia y Bertol estaban teniendo su primera discusión en casi medio mes.
Bertol profería chillidos bajo la agresión de Theresia. Carol, apoyando a su agitada Señora, le lanzó una mirada y dijo:
—Así que se adelantó a su hija para interceptar su luna de miel… Lord Bertol, me veo obligada a cuestionar su juicio.
—¡¿Tú también, Carol?! ¡¿Estás segura de que esas lágrimas no son de la conmovedora alegría de encontrar a la familia en tu viaje?!
—¡No, claro que no, ¿cómo podrían serlo?! ¡¿Mi Madre permitió esto?!
—Eh, Tishua estaba en contra, pero… pensé que quizá era una prueba…
—Oh, ¿con que una prueba?, en verdad lo es. ¡Es una prueba de mi paciencia! ¡Por ti, Padre!
Por el aspecto del marchito Bertol, parecía que Tishua no estaba con él esta vez. Theresia nunca lo había visto actuar por su cuenta antes, y el hecho de que no tuviera a su esposa para mantenerlo a raya la dejaba más inquieta que nunca sobre lo que podría hacer.
—Cálmate, Theresia —dijo Wilhelm—. El hecho es que ya está aquí, y no podemos cambiar eso. No es como si fuera a venir a nuestra habitación con nosotros. Estoy seguro de que tu Honorable Padre ya hizo lo que vino a hacer.
—Eh… Es que reservé una habitación aquí, ¿sab…?
—Estoy seguro de que ya HIZO lo que vino a HACER —Wilhelm miró fijamente a Bertol, silenciándolo con puro espíritu.
El Jefe de la familia de los Santos de la Espada pudo soportar esa mirada durante un instante más o menos, pero entonces su rostro palideció y sacudió la cabeza a los lados. No era la forma más respetuosa de tratar a su suegro, pero si alguna vez había un momento para que Wilhelm se pusiera del lado de su esposa, era este.
—Ahh… Padre, ¿qué le dijiste a mi Madre cuando viniste aquí?
—Le dije que tenía asuntos oficiales que atender. Había encargado algo a una de las casas comerciales de la parte oeste de la ciudad y recientemente recibí noticias de que había llegado. Vine a recogerlo… Ese era mi verdadero propósito.
—¿Así que solo pensaste en aprovechar para molestarme a mí y a Wilhelm…?
—¿Te vas a enojar aunque ya te haya dicho la verdad? ¡¿Qué quieres que haga?! ¡¿Que me disculpe?!
Sí, una disculpa probablemente habría ayudado, pero el orgullo de Bertol se interpuso, y descubrió que era incapaz de hacerlo. Ante un padre y una hija que parecían a punto de volver a discutir, Wilhelm y Carol asintieron entre sí. Entonces Wilhelm sujetó a Theresia, Carol sujetó a Bertol, y arrastraron a los dos por separado.
—W-W-Wilhelm —tartamudeó Theresia.
—Ya sé —dijo él—. Pero cálmate —miró a los ojos de Theresia, que brillaban con lágrimas de frustración—. Cálmate. No te dejes llevar por la emoción.
—Pero esta vez… Es que…
—Si no puedes soportarlo, déjame que yo me enoje por ti. Y no dejes que nadie más que yo te vea así. Soy el único por quien tienes que ponerte sentimental.
—Eres tan egoísta… Ohhh. Eh, digo…
Estaban tan cerca que podían sentir el aliento del otro. La ira que había dominado a Theresia hasta hacía un momento se desvaneció. Su rostro aún estaba rojo, pero ahora era por vergüenza más que por rabia.
Wilhelm se relajó al ver esto y volteó hacia el otro instigador de la discusión. Carol ya había conseguido la aquiescencia de Bertol con la amenaza de contárselo a Tishua. Wilhelm no estaba seguro de cómo sentirse al respecto.
—Ahora que ha recapacitado, Lord Bertol —dijo Carol—, nos despediremos…
—¡Espera, espera, espera, Carol! ¡Es obvio que tienes demasiada prisa por enviarme a casa! ¡Tengo asuntos que atender aquí! ¡Entrometerme en las vacaciones de Theresia no era mi único objetivo!
—Tenga cuidado con lo que dice, señor —le advirtió Wilhelm—. Un día de estos me voy a cansar de calmar a Theresia.
Era claramente solo cuestión de tiempo antes de que Theresia volviera a explotar cuando Bertol exponía así sus intenciones. El mejor plan sería claramente que hiciera su recado lo más rápido posible y se fuera a casa.
—… Y entonces, ¿qué es exactamente lo que querías aquí, Padre?
—T-tu voz tiene un tono muy amenazante… Ejem, pero… sí —mientras retrocedía ante la mirada cada vez más severa de su hija, Bertol se acarició la barba. Luego bajó la vista, casi con timidez—. Es un adorno para el cabello de Tishua. Verás… pronto será nuestro aniversario.
Sección 7
—Cada año, mi Padre le regala a mi Madre un adorno para el cabello nuevo. Y en los días importantes, mi Madre se pone el adorno que él le regaló ese año… Es lo único que hace que en verdad creo que es maravilloso —Theresia levantó la mirada hacia Wilhelm, sonriendo con timidez.
La sonrisa era una sutil indicación de que quería que Wilhelm aprendiera algo de aquello, pero al mismo tiempo implicaba que todo lo demás que hacía su padre no debía ser imitado.
Dicho esto, dado que Bertol en realidad tenía una razón perfectamente respetable para estar en la ciudad, no había motivo para impedirle que fuera a recoger el regalo. Era simplemente cuestión de ir al Distrito Oeste y recoger el artículo de un comerciante de allí. Incluso Bertol era incapaz de causar demasiados problemas en algo tan simple.
—Así que, vuelve a explicármelo, ¿por qué tenemos que ir con él?
—No tenemos elección. Lord Bertol solicitó que Lady Theresia lo acompañara. Si rechazamos esta petición tan sencilla, podríamos terminar arrastrando con él durante el resto de nuestro viaje.
—Hablas con bastante libertad sobre tu Señor…
Wilhelm frunció el ceño mientras él y Carol caminaban por la calle principal lado a lado. Esta situación era tan inusual en este viaje como en cualquier otro momento. Pero habían terminado juntos porque padre e hija caminaban delante de ellos, felices y enganchados del brazo. Esto ni siquiera había sido a petición de Bertol, sino que había surgido de forma natural.
—Esa Theresia… Por mucho que se queje, en el fondo sigue siendo la consentidita de su papi.
—Basta. La haces sonar como si fuera una mascota. De todos modos, su afecto mutuo es evidente. Lady Theresia, en particular, es la niña de los ojos de Lord Bertol. De hecho, en una ocasión sus ojos llegaron a convertirse en un problema.
—Bueno, eso es más que evidente.
Se alegraba de que la Protección Divina del Dios de la Muerte de Theresia hubiera cesado su efecto. Si su padre hubiera perdido la vista por eso, Theresia lo habría lamentado para siempre.
Con estos sentimientos en mente, Wilhelm sintió que su mirada se suavizaba mientras observaba a las dos personas que caminaban delante de él. La voz de Bertol sonaba autoritaria, si es que algo en él lo hacía, mientras que Theresia podía pasar de tener las mejillas infladas por el enojo a una sonrisa florida.
—… Te ves un poco blando para ser el Demonio de la Espada.
—Hay momentos en los que no necesito ser el Demonio de la Espada. Y de todas formas, nunca pensé que vería a Theresia y a su padre teniendo una conversación de verdad.
—… Puede que… tengas razón en eso —a pesar de su tendencia habitual a discutir, hoy, por una vez, Carol estuvo de acuerdo con Wilhelm.
En cualquier caso, la conexión familiar entre Theresia y Bertol parecía haberse restaurado. O tal vez nunca se había roto realmente.
Sin necesidad de vigilar atentamente a su esposa y a su suegro, Wilhelm echó un vistazo interesado a la ciudad con todas las vistas inusuales que ofrecía. Al principio, parecía muy similar al Distrito Comercial de la capital, pero era mucho más concurrido, ya que la vida comercial de la capital se había visto sofocada por la guerra civil.
Tiendas y puestos se alineaban en la calle, y las voces bulliciosas eran prueba de la abrumadora vitalidad y ánimo del lugar. El desgaste de la prolongada guerra parecía no haber tocado esta ciudad.
—Es un lugar ruidoso —comentó Wilhelm.
—¿No te gusta? —respondió Carol seriamente—. Aun así, este es un ejemplo concreto de lo que Lady Theresia luchó por proteger.
Lo que dijo era cierto. Si la despiadada mano de la Guerra Semihumana hubiera llegado a este lugar, ¿quién sabe qué habría sido de esta vitalidad?
—Siempre se culpa a sí misma —dijo Wilhelm.
—Para ella, las miradas de los difuntos sin voz son mucho más pesadas que el sonido de aquellos que fueron salvados. Odio decirlo, pero… tú eres el único que puede aliviar ese dolor.
—…
—Puedo verlo muy claramente ahora. Este viaje es también una especie de línea divisoria para mí.
—¿Qué tipo de línea?
—… Cuando volvamos a la capital, lo verás —Carol no quiso mirarlo a los ojos, su rostro manteniendo su habitual máscara impenetrable. Mantenía una armadura que ocultaba sus emociones de él, por mucho que Wilhelm intentara descubrirlas.
«Cuando volvamos a la capital, lo verás». Era testaruda, pero él le creía.
Wilhelm confiaba en ella.
El grupo pasó casi una hora paseando, a pesar de la inusual conversación.
Bertol finalmente se detuvo en una tienda justo dentro de la entrada del Distrito Oeste y dijo:
—Aquí es donde lo encargué.
Wilhelm levantó la vista, observando el lugar. Era relativamente grande y manejaba desde textiles hasta comestibles. Carol le había dicho que, en Picoutatte, la variedad de artículos que un establecimiento podía vender era una medida rápida de su estatus. Se deducía que esta tienda sería prominente incluso en la capital.
—Mercancías Suwen…
—Una casa comercial muy hábil —dijo Bertol—. La conocí hace años, cuando vine aquí por negocios. Desde entonces, siempre recurro a ellos cuando tengo que elegir un regalo para Tishua.
—He oído hablar de ellos, pero nunca he estado aquí —dijo Theresia—. Siempre vienes aquí a escondidas, Padre —su tono era casi de burla.
Bertol respondió sin ningún atisbo de vergüenza:
—Un hombre debe elegir los regalos por sí mismo. Es una de las mejores maneras de demostrar lo mucho que le importa una persona.
Theresia pareció sorprendida por un momento, luego miró rápidamente al suelo como si le diera vergüenza. Ver a su padre dar una forma tangible al amor que sentía por su esposa era una escena impactante. Pensó que quizás la relación entre Bertol y Tishua era algo diferente de lo que siempre había creído.
Totalmente ajeno a la forma en que su hija, ahora ya casada, lo observaba, Bertol habló con un joven empleado que estaba fuera de la tienda.
—¿Está Yaktol Suwen? Soy Bertol Astrea, tengo una cita.
En respuesta a la aparición de este cliente habitual, el empleado dijo:
—Un momento, por favor, señor —y entró rápidamente en la tienda.
Mientras esperaban, Bertol volteó hacia Wilhelm y dijo:
—Debo disculparme, joven Wilhelm —dijo—, pero estoy a punto de elegir un regalo para mi esposa… Quizás podría pedirles a ti y a Carol que esperen aquí fuera. No es que me dé vergüenza, claro está.
Wilhelm levantó una ceja.
—No me importa —dijo—, pero ¿y Theresia?
—Me gustaría que ella eligiera el adorno para el cabello conmigo. Por favor, consiénteme en esto.
—… —Wilhelm sintió que esto no encajaba del todo con la declaración anterior de Bertol de que un hombre debería elegir sus propios regalos.
—¡P-por mí está bien! —dijo Theresia—. E-escucha, Wilhelm, pasa un rato con Carol. Quiero decir, probablemente esta será la última oportunidad que tengas de pasear con una chica que no sea yo…
—No es una oportunidad que necesite ni mucho menos quiera.
—¡Oh, cállate y ven conmigo! ¡Lady Theresia, Lord Bertol! Nos veremos en un momento. Volveremos a reunirnos con ustedes en esta tienda… ¡más tarde! —entonces Carol arrastró a Wilhelm, casi pataleando y gritando.
Wilhelm quiso resistirse, pero el esfuerzo se desvaneció cuando vio a Theresia sonreír y agitar la mano en despedida.
“Está bien, entonces”. Consideraría esto como la última petición obstinada de su suegro y lo dejaría pasar.
—En serio, esta tiene que ser la última vez…
—Cada vez que te encuentres con Lord Bertol, tienes que seguirle el juego… diciéndote a ti mismo todo el tiempo que esta es la última vez. Recuérdalo bien.
No era una lección que Wilhelm quisiera aprender, pero dejó que Carol lo arrastrara lejos de la tienda igualmente.
Lanzó una última mirada hacia la tienda donde estaban Theresia y Bertol. Theresia siguió agitando la mano hasta que desapareció de su vista.
Wilhelm lamentaría su despedida en este lugar durante mucho tiempo.
Sección 8
Carol tomó el brazo del inexpresivo Wilhelm y lo arrastró entre la multitud.
—Theresia, ¿cómo ha ido el viaje hasta ahora? —preguntó Bertol, como si hubiera estado esperando este momento.
Theresia se colocó un dedo en los labios y dijo:
—Ha sido muy divertido. Tal como imaginaba… o quizás incluso mejor.
—Un viaje de más de un mes puede permitirte ver cosas que no ves en la vida diaria. El joven Wilhelm puede ser capaz de comportarse bien en casa, pero ¿cómo se ha portado en este viaje? ¿No le ha estado haciendo ojos a las chicas en los lugares que han visitado, o siendo condescendiente con los empleados de las tiendas, o tratando de sacarte de un lugar cuando te estás divirtiendo, o…?
—Todo ha estado bien, Padre.
—Pero…
—Padre —la voz de Theresia era gentil.
Los ojos de Theresia eran tan azules como un lago cristalino, y Bertol enmudeció, como si incluso él supiera que ese era el momento de dejar de hablar. No era alguien que comprendiera las situaciones con rapidez, ni que tuviera intuición, ni que supiera adivinar lo que sentían los demás… pero, aun así, Bertol seguía siendo el padre de su hija. Al menos los sentimientos de ella sí los comprendía.
—Tienes razón. He visto muchos lados de Wilhelm que normalmente no veo. No debes preocuparte por que mire a otras mujeres o que actúe aburrido en un lugar que no le interesa. Aunque el hecho de que parezca incapaz de expresarse o de ser sinceramente amable… Bueno, me gustaría trabajar en eso —Theresia rio entre dientes mientras doblaba los dedos, contando los recuerdos que habían creado en estas vacaciones—. Pero he visto mucho de él que normalmente no vería, y eso me ha hecho quererlo más que nunca. Me alegro tanto de que fuera él. Puedo aceptarlo todo porque fue él.
—…
—Padre, estoy enamorada. Amo a Wilhelm. Todo sobre él hace que mi corazón se colme de alegría. Soy verdaderamente feliz. Así que… —murmuró, mirando a su padre silencioso y con los ojos tensos—, gracias por haberte preocupado tanto por mí en toda mi vida —sonriendo, Theresia le transmitió aquella inmensa dicha que había encontrado, poniendo en sus palabras toda la gratitud y el amor que era capaz.
—… —Bertol contuvo la respiración al ver a su amada hija así. Luego se colocó una mano en la boca y dijo: —S-si realmente eres feliz, entonces con eso… con eso me basta.
—Sí.
—Eres hija mía y de Tishua. La hermana de Thames, Carlan y Casilles. Tengo la responsabilidad de velar por tu felicidad. ¿Puede…?
—¿Sí?
—¿Puede él hacer eso…?
—Sí —respondió Theresia después de una pausa, respondiendo a la temblorosa pregunta de su padre con amor y nada más que eso.
Finalmente, la presa que contenía las emociones de Bertol se rompió. Apartó la mano de su boca, la llevó hasta sus ojos y comenzó a llorar con grandes lágrimas.
Un hombre de mediana edad llorando en medio de una calle tan transitada era seguro que atraería algo de atención. Aun así, Theresia no sintió vergüenza, sino que se acercó a su padre, ofreciéndole suavemente un pañuelo.
—Si eres feliz, eso es lo único que importa. Me alegra que este viaje lo haya dejado claro. ¡Burfff!
—Claro que sí, Padre. Gracias. —Theresia asintió profundamente, ignorando el sonido de su padre sonándose la nariz.
La gente que los rodeaba, al ver que Bertol había terminado de llorar, pronto perdió el interés. Theresia sonrió con ironía al haberse convertido, por un momento, en una de las tantas atracciones turísticas de esta ciudad, luego volteó hacia la tienda y…
—Oh, lamento haberlo hecho esperar. Usted trabaja en este bazar, ¿verdad?
—¿Eh? Oh, ejem, sí. Emm, soy Yaktol Suwen, el portavoz de esta casa comercial. Es un placer conocerla —quien dijo estas palabras se inclinó ante Theresia.
Era un hombre de rostro delgado y cabello gris, y parecía un poco mayor que ella. El hecho de que dirigiera un bazar a su edad la sorprendió. Así como el hecho de que evidentemente era cercano a su padre.
—Yaktol —dijo Bertol—. Lamento que hayas tenido que verme así.
—Descuide, señor, no tiene nada de qué avergonzarse. Le aseguro que soy muy consciente de cómo los ojos pueden llenarse de lágrimas en una conversación emotiva entre padres e hijos —tomó aliento y continuó—. Si acaso, soy yo quien tiene motivos para disculparse —el joven, Yaktol, volvió a inclinarse.
—¿Disculparse? —preguntó Theresia con incertidumbre.
Inesperadamente, la respuesta pronto se reveló en carne propia.
—Harto tiempo pierdes en vanas habladurías. Has de non malgastar el preciado tiempo de mi venerable persona con cretinos.
Una voz imperiosa llegó desde el interior del bazar, atrayendo la atención de Theresia. Al final de un pasillo entre los estantes había una puerta que llevaba a la parte más interna de la tienda, y quien habló estaba de pie justo delante de ella.
Era delgado, con rasgos inusualmente nobles. Aparentaba rondar los treinta años y tenía un abundante cabello de un profundo color púrpura. Su ropa y porte lo marcaban inmediatamente como una persona de estatus, pero no de este Reino.
—¡L-Lord Stride! —exclamó Yaktol—. ¡Señor, debo pedirle que espere dentro a…!
—Cretino y patán. ¿Por qué habrían mis actos de sujetarse al dictado de un despreciable comerciante como tú? Si non sabes refrenar tu impertinencia, tu única virtud digna de loa, aquel ojo perspicaz tuyo, non te aprovechará más.
El hombre llamado Stride dirigió una mirada malévola hacia Yaktol. No le estaba hablando a Theresia, pero aun así ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Lo entendió: No había mentira en las palabras de Stride. Esto no era mera intimidación. Si a este hombre no le agradaba alguien, no tendría ningún reparo en arrancarle un ojo o dos.

Bertol dio un paso adelante para hablar por el paralizado Yaktol.
—… No puedo decir que sea una actitud muy caballerosa. ¿Qué es lo que buscas aquí? —no quedaba rastro del hombre sollozante y lloroso que había estado allí unos minutos antes. Ahora irradiaba la autoridad del Jefe de la Casa de Astrea, linaje de los Santos de la Espada.
Stride alzó una ceja, impresionado por la actitud de Bertol y dijo:
—Jum. Para quien plora cual mujer, harto bien sabes guardar el porte.
—Si deseas quedarte ahí y difamarme, permíteme responder de la misma manera. Si tienes algún asunto, dilo rápido. Si no, esto puede terminar con algo más que solo palabras.
—¿Con algo más que palabras, dices? Espléndido. Eso es, precisamente, cuanto deseo.
—¿Qué? —Bertol se sobresaltó ante la entusiasta reacción que provocó aquel peligroso intercambio.
Yaktol, pálido como un fantasma y tragando saliva, dijo:
—Lord Bertol… Lord Stride ha mostrado interés en el artículo que preparé para usted, señor. Naturalmente, me negué y le dije que ya tenía comprador, pero insistió en hablar con usted personalmente…
—Y ansí, aguardé. Dígneme a aguardar, pues díjoseme que vendrías; mas jamás pensé que entregaríaste a tan necio parloteo ante las puertas de aqueste bazar. Tal deplorable proceder erizar hasta el último de los cabellos de mi venerable persona.
—Espere un momento —dijo Theresia, enojada.
Le molestaba la forma en que sus palabras menospreciaban el momento que había compartido con su padre. No podía quedarse de brazos cruzados escuchando esa burla del amor torpe pero inconfundible de Bertol.
Pero entonces…
—… ¿Y qué es aquesto ante mí? —preguntó Stride, entrecerrando los ojos, miraba un pañuelo blanco a sus pies.
—De acuerdo con las costumbres del Reino de Lugunica, te desafío a un duelo, joven lobo del Imperio —Bertol se lo había arrojado; había golpeado el pecho de Stride antes de caer al suelo. Era, tal como dijo Bertol, una invitación a un duelo.
—¡Padre…! —Theresia tragó saliva, y Yaktol se puso aún más pálido que antes.
Y a pesar de todo, la expresión valiente de Bertol no flaqueó ni un ápice, y la de Stride tampoco al recoger el pañuelo mientras decía:
—Afrenta, una vez infligida, jamás puede ser deshecha.
—No tengo intención de retractarme —respondió Bertol—. Avergonzaste a mi hija y, además, buscas robarme el regalo para mi esposa, como un vulgar ladrón. Declaro que no puedo perdonar semejantes ofensas.
—¡Jah! —exclamó Stride—. ¡Semejantes palabras! En atreverte a decir tales cosas a mi venerable persona bien has hecho. Audaces son tus palabras, y non poco —la pasión apareció en el rostro de Stride. Miró fijamente a Bertol con respeto en los ojos, su fría e indiferente expresión desaparecida.
—¡P-Padre! ¡No puedes hacerlo! ¿Qué esperas lograr con…?
—No intentes detenerme, Theresia. Soy un miembro de la nobleza de Lugunica. Un hombre de la Casa de Astrea. Sé una o dos cosas sobre la espada. Y sobre todo, soy un esposo y un padre —Bertol rechazó suavemente el intento de Theresia de detenerlo; dar marcha atrás ya no era una opción.
—¡…! —ante la resolución y seguridad de su padre, Theresia se encontró sin poder ofrecer más palabras.
Dirigió su mirada más intensa hacia Stride. Su condición le diría lo capaz que era. Con la Protección Divina del Santo de la Espada que poseía, Theresia podía juzgar las habilidades de una persona de un vistazo. Y su juicio le mostró que…
—Oh…
—Has de non volcar sobre mi venerable persona tu mirada impertinente, moza. Mal luce la rudeza en una mujer. Mas dime, ¿vieron esos traviesos ojillos tal cosa? ¿Viste que non soy hombre apto de enfrentar duelo alguno?
—¿Qué es lo que…? —Theresia apenas podía pronunciar las palabras.
—Mjumjajaja —Stride soltó una risa seca. Luego habló a Bertol, que observaba perplejo el intercambio—. El cuerpo de mi venerable persona hállase atormentado por la enfermedad. Apenas dádome es moverme, y mucho menos blandir espada alguna. Un duelo semejante non haría sino conducirme a la desgracia. ¿Non parécete?
—Puede ser, pero…
Stride declaró abiertamente lo que Theresia había visto con sus ojos. Lo que dijo era cierto. Theresia había visto que la carne y los huesos de Stride no podían soportar un gran esfuerzo físico.
Entonces, ¿por qué había aceptado el desafío…?
—Ansí pues, mi venerable persona ha de nombrar un campeón que en mi lugar luche. En deferencia a tu noble espíritu…
En el momento en que Stride dijo «campeón», Theresia se dio la vuelta.
—…
Detrás de ella había una figura que nunca habría imaginado hasta ese momento. Era gigante. Casi dos metros de altura, tan imponente que ella tuvo que estirar el cuello para mirarlo, tan alto que él tuvo que agacharse para entrar en el bazar. Todo el cuerpo estaba cubierto por una túnica negra, pero Theresia podía sentir la amenaza que emanaba de él.
—Mi campeón —dijo Stride a Theresia, pareciendo disfrutar cruelmente de su miedo—. Mi venerable persona tomolo a su servicio cual guardaespaldas, mas hállaseme útil en ocasiones cual aquesta.
Ese fue el momento en que la Santa de la Espada, Theresia van Astrea, se encontró con Ocho Brazos Kurgan.
Estas fueron las primeras chispas de la Danza de la Flor Plateada de Picoutatte.
Sección 9
En el momento en que vio al hombre, un instintivo sentido de peligro se apoderó de Theresia.
Incluso ella, que había vivido con la Protección Divina del Santo de la Espada toda su vida, que había estado sujeta al capricho del Dios de la Espada, no pudo reprimir un estremecimiento.
El enorme cuerpo de Kurgan estaba blindado por gruesos y retorcidos músculos y envuelto en la capa negra. Su rostro estaba oculto por una capucha, pero lo más llamativo de este gigante eran sus brazos: ocho de ellos, muchos más que los de cualquier persona normal.
Ella lo comprendió de inmediato; al verlo allí de pie, con sus cuatro brazos cruzados, supo que aquel hombre era como salido de una leyenda.
—Stride —dijo el hombre. Su voz retumbaba como si una montaña estuviera hablando—. Dijísteme que vuestra presencia aquí era solo en cuanto a negocios. ¿Qué ocurre, entonces?
—Todo músculo y nada de seso, Kurgan —respondió Stride con gracia—. ¿Por ventura piensas que mi venerable persona dejaría llevarse por la agitación sin causa alguna? Non fui yo quien provocó aqueste incidente; aquestas criaturas insolentes fueron quienes iniciáronlo. Agora es menester que demuestres el valor de tu puesto como mi guardia.
—¡¿Kurgan…?! —exclamó Theresia.
El cuerpo gigante con su imponente aura, la multitud de brazos, todo apuntaba claramente a Kurgan del Clan de los Brazos Múltiples.
—¡¿Ocho Brazos Kurgan del Imperio de Vollachia?! —exclamó Theresia al completar el rompecabezas en su mente.
—Oh-jo. Vos non solo habedes visto lo que soy, sino que aun conocedes el nombre de Ocho Brazos. Maravíllome… maguer quizá non debiera. Una mirada más atenta revela algo más acerca de vos. Habedes despertado mi interés.
—Contente —dijo Stride—. Esa moza non es conejo que sea de atrapar.
—Jum. El hombre de sangre maligna apresúrase en demasía a pronunciar su parecer.
El gigante se echó la capucha hacia atrás, revelando el rostro que había debajo: piel azul y ojos negros, el aspecto de un demonio vengativo. Luego miró a los ojos azules de Theresia y dijo:
—Ya lo veo. Sodes una criatura íntegra, y de habilidades non esperadas. Decidme… ¿cómo os llamades?
—… —Theresia dudó al principio en responder a la pregunta de Kurgan.
Estaba claro con quién se enfrentaba. «Ocho Brazos» del Imperio de Vollachia era el apodo de un Dios de la Guerra que ostentaba el título del Más Fuerte del Imperio. Sus hazañas eran conocidas en todo el Reino de Lugunica, del mismo modo que la Santa de la Espada, Theresia van Astrea, era famosa en Vollachia.
Si se presentaba sin cuidado, esto se transformaría en un encuentro entre la Santa de la Espada y Ocho Brazos. Y no había forma de saber a dónde llevaría eso…
Su duda se resolvió cuando Bertol dio un paso adelante.
—No puedo tolerar que pongas tus groseros ojos sobre mi hija. Está recién casada, y lo que haces es difícil de perdonar. Además, esta disputa es entre él y yo, y no incluye a ningún campeón ni a nadie más —Bertol se plantó con su amada hija detrás de él, cubriéndola, intentando cumplir su papel como retador en el duelo.
Sintiendo la amenaza de él, Kurgan dirigió sus ojos a Bertol y dijo:
—… Impresióname vuestra audacia. Mas aquel hombre non puede serviros de oponente.
—¿Acaso no es mérito de un espadachín saber evaluar a su adversario y conocer cuándo desenvainar y cuándo envainar la espada?
—Ya veo —dijo Kurgan, bajando la cabeza con evidente admiración ante la resolución franca de Bertol—. Harto descortés he sido. Perdonadme, espadachín del Reino.
Ver al más fuerte del Imperio disculpándose con Bertol dejó a Theresia sin palabras. Olvidando por completo dónde estaba, no sintió más que orgullo por su padre. No tenía talento para la esgrima, raramente mostraba algo parecido al valor, y su sobreprotección sin pensar había sido la causa de más de una discusión entre ellos, pero aquí había una luz brillante que eclipsaba todo eso.
—Entonces permitidme haceros otra pregunta, non en sustitución de la anterior, sino además de ella: ¿cómo os llamades?
—… Soy Bertol. Oh Ocho Brazos Kurgan —Bertol se abstuvo de dar su apellido, ocultando su vínculo con los Astrea y los Santos de la Espada. Claramente, tenía las mismas dudas que su hija.
—Jum —Stride resopló con desinterés, mirándolos—. Qué pérdida de tiempo. El afecto de consanguineidad… Obsesión es esa que escapa a la comprensión de mi venerable persona. Mucho mayor sentido habría tenido que tu hija empuñase la espada, y non tú.
—...
—¿O es, por ventura, cierto que permitiósete abandonar la espada? Si así foe, entonces careces de cordura; y el Rey que dio su venia a semejante despropósito es gobernante aún más necio de cuanto había oído.
—¡¿L-Lord Stride?! ¡Es-estamos en Picoutatte, en el corazón del Reino, señor! —Yaktol se vio arrastrado al debate mientras Stride se burlaba ruidosamente primero de Bertol y luego del Reino de Lugunica. Estaba pálido como una hoja de papel ante la idea de que su tienda se convirtiera en un campo de batalla.
Stride se rio del hombre y dijo:
—¡Has de non juzgar al linaje de la «Espada Yang» por las admoniciones de los cretinos, patán! Por innumerables que sean las motas de polvo bajo nuestros pies, non tememos por nuestro lugar bajo el sol. ¡Un duelo será! ¡Un duelo que todo habrá de decidir! ¡Entre mi campeón, Ocho Brazos, y ese que nada sabe de la espada, mas pretende ocupar el lugar de la Santa de la Espada, el enfrentamiento será!
—¡…! ¡Tú lo sabías todo desde el principio…!
Cuando quedó claro que Stride sabía que Theresia y Bertol eran Astrea, incluso que Theresia era la Santa de la Espada, todo encajó.
No era más ni menos que la prueba del odio de Stride, nacido del Imperio de Vollachia.
—¡¿Tu intención es dañar las relaciones entre nuestros países?! Entonces este duelo…
—¿Cancélase, dices? Entonces nuestra es la victoria. Paréceme que objeción alguna non cabe. Bertol, desvergonzado noble de Lugunica. Por mera cobardía retractádote has del desafío que tú mismo lanzaste. ¡Sobre el nombre de tu Casa, y sobre el de la estirpe de tu hija, ha de caer la vergüenza! Bien os cuadra tamaña deshonra —Stride poseía una extraordinaria facilidad para los insultos y la mofa de los demás.
La frialdad había vuelto a su expresión, mientras la mente de Theresia se había quedado en blanco en una avalancha de emociones. ¿Tenía que soportar esta burla hacia su padre y luego simplemente digerirla y marcharse?
Pero parecía que Bertol sentía la misma indignación justa que Theresia.
—Theresia, déjame que…
—¡No…! Simplemente no debes hacerlo, Padre. Solo sopórtalo, por favor. Si no, te matarán…
Bertol valoraba el honor de su hija más que el nombre de la familia, más incluso que su propia vida. Theresia tiró de su manga, mordiéndose sus rosados labios y sacudiendo vigorosamente la cabeza a los lados.
Observando este debate entre padre e hija, el Dios de la Guerra habló sombríamente:
—En combate, he de non concederos cuartel alguno. Aquesta será la muestra de respeto que os ofrezco.
Esta postura de respeto entre guerreros era, en sí misma, una forma más de acorralarlos. Si la amenaza de la vergüenza era el mejor medio para provocar la indignación, Ocho Brazos no dudaría en quebrar a Bertol con ella.
Theresia intentó desesperadamente alejar a su padre vacilante antes de que eso sucediera, para ceder este lugar a sus oponentes, pero…
—¿Non nácete acaso el deseo de empuñar la espada en lugar de tu deshonrado padre? —preguntó Stride—. A la actual Santa de la Espada, paréceme, valor non sóbrale. O tal vez sea tu marido tan diestro en sus artes que consigue mantener en su cama a una mujer como tú.
—¡…PLAM! —al instante siguiente, un sonido seco resonó por toda la calle.
Era el sonido de un hueso golpeando carne, y Stride retrocedió tambaleándose de repente. El puño de un hombre cuyos ojos ardían había impactado contra su rostro; más concretamente, era el puño de Bertol.
Su padre había sido ridiculizado, su marido menospreciado, y Theresia había llegado a su punto de quiebre. Bertol había actuado y golpeado a Stride antes de que Theresia pudiera hacerlo.
Y entonces, con Theresia mirando sin palabras, Bertol gritó:
—¡WILHELM ES UN HOMBRE DE LOS ASTREA! ¡NO PERMITIRÉ QUE LO HUMILLES!
—… Paréceme aquesto un comienzo harto digno para un duelo —murmuró Stride, con sangre goteando de su labio partido.
Al instante siguiente, hubo una explosión de espíritu de lucha justo al lado de Bertol. «Magnífico» fue la palabra de aprecio por su resolución, y poco después llegó un puño de hierro.
—Dile a Tishua… que lo siento.
—Esp… —Theresia extendió la mano. Por alguna razón que no entendía, la voz de su padre sonaba terriblemente tranquila.
Sección 10
Para cuando Wilhelm oyó el alboroto y llegó corriendo, todo había terminado.
—… —cuando se abrió paso entre el muro de gente, vio sangre, grandes cantidades de ella. Pudo ver de inmediato que alguien había resultado gravemente herido.
Recorrió la zona con la mirada, pero no vio rastro de las personas que buscaba. La amada esposa y el problemático suegro que había dejado allí antes no estaban por ningún lado.
—¡Wilhelm! ¡El hospital! ¡Lady Theresia y Lord Bertol están…! —Carol, con expresión oscura en el rostro, habló con el dueño de la tienda. Captaron lo esencial de lo que decía y corrieron al hospital más cercano. Cuando llegaron allí, jadeando, entraron en la sala de espera y se encontraron con…
—Oh… —quien dijo esto fue Theresia, atónita, quien los vio entrar precipitadamente.
No tenía heridas visibles. Pero su atuendo de color rosa claro estaba salpicado de sangre. Parecía como si hubiera abrazado a alguien que sangraba profusamente.
—…
Más rápido de lo que una palabra pudo pronunciarse, Wilhelm abrazó a la esbelta muchacha. Theresia iba a decir algo, pero la fuerza de sus brazos la hizo contener el aliento, y entonces ya no pudo contenerse más. Rompió en sollozos entrecortados, con lágrimas brotando de sus ojos.
—P-Padre, él… ¡Padre…! ¡Wilhelm, yo…!
—No llores. Tranquila —dijo él, acariciando su cabeza. Luego preguntó: —¿Dónde está tu Padre?
—… —con un dedo tembloroso, Theresia señaló el interior.
—Déjame esto a mí —dijo Carol, dirigiéndose al interior del hospital—. Tú ocúpate de Lady Theresia.
Wilhelm la vio irse mientras seguía consolando a Theresia, que sollozaba, y trataba de que le contara lo sucedido.
—Cuando oímos que había algún tipo de problema, volvimos, pero frente a la tienda había sangre por todas partes, y tú estabas aquí. Me preocupaba tu Padre, pero sobre todo tú…
—Yo… estoy bien… Pero frente al bazar, discutimos con un hombre que dijo ser del Imperio… No, era más que eso. Nos había estado cazando desde el principio… Pero aun así, mi Padre, él…
—¿Cazándolos…?
—Mi Padre lo soportó todo. Entendió lo que querían y supo que no podía dejarse arrastrar… Por mucho que se burlaran de él, aún así aguantó… Pero cuando se burlaron de ti, Wilhelm…
—…
—Mi Padre… Mi Padre dijo que tú eras un hombre de los Astrea…
—… —cuando Theresia, enterrada en su pecho, le dijo esto, Wilhelm se quedó sin palabras.
Sintió que su pecho se humedecía con las lágrimas de su esposa, y el calor de estas avivaba el fuego creciente en su corazón. Pero antes de que pudiera tomar forma completa…
—Lady Theresia, ya terminaron de atender a Lord Bertol. Venga a su habitación.
—¡…! —cuando Carol habló, Theresia levantó la cabeza de golpe. Comenzó a tambalearse inestable por el hospital, y Wilhelm comenzó a seguirla.
—Wilhelm —dijo Carol—, quiero hablar contigo.
—¿Cómo está? —preguntó Wilhelm con severidad.
—No muy bien —murmuró Carol, tocándose su cabello dorado—. El hospital tiene un sanador excelente, así que al menos pudieron salvarle la vida… Pero sus heridas no son el verdadero problema. Es otra cosa.
—¿Cuál es?
—Su puerta está gravemente agotada. De forma antinatural. Yo diría que es… ¿cómo decirlo…?
—… Una maldición —la voz llegó desde detrás de ellos, de un hombre que acababa de entrar en la sala de espera.
Era un hombre delgado, al menos una década mayor que Wilhelm. Por su bata blanca de hechicero, parecía que podía ser un sanador.
—¿Quién es usted?
—Garitch. Soy sanador; hoy casualmente estaba en el hospital. Pero no se preocupen por mí. Lo más importante es esta maldición… Si no se rompe, la vida del paciente correrá peligro.
—¿Qué es exactamente esta maldición? ¿Es diferente de las artes curativas o la magia normal?
—Podría llamarse una versión distorsionada de esas cosas, o una perversión de ellas. Todas las maldiciones tienen verdadero poder letal; sus objetivos sufren y mueren. Las maldiciones son una herramienta favorita de los seres malvados.
—…
Rara vez habían oído antes la palabra «maldición», pero esta proclamaba la muerte de Bertol.
Mientras digería lo que el sanador Garitch les había dicho, Wilhelm miró hacia la habitación donde dormía su suegro. Incluso ahora, la vida del hombre corría peligro…
—Tenemos que encontrar al imperial que hizo esto.
—P-po-por fin los encontré… I-iban demasiado rápido y no pude alcanzarlos… —apenas Garitch terminó de explicar la situación, un joven, jadeando, irrumpió en la sala de espera.
Wilhelm lo miró: era el dueño del bazar donde había ocurrido la pelea, es decir, un testigo ocular que debería poder contarle lo que le había pasado a Theresia y Bertol.
—Uf… Tengo algo que decirles a ambos… bueno, a todos ustedes… ¡Erg, ¿ehh?!
—¿Quién hizo esto y dónde está ahora? Suéltalo. Te reto a que intentes ocultar algo y enfrentes las consecuencias.
—Espera, Wilhelm. No puede hablar si lo estrangulas. Estás olvidando tu propia fuerza.
—¡Alto ya! ¡No estoy tratando de encubrir a nadie! ¡Solo me dijeron que entregara un mensaje! He venido a… ¡S-suélteme, por favor!
Finalmente, Wilhelm soltó al hombre que había agarrado por el cuello y empujado contra la pared: Yaktol.
El joven se escondió detrás de Garitch para intentar alejarse de Wilhelm y Carol.
—A quien buscan, Lord Stride, dijo que los esperaría mañana por la mañana en el gran puente del Distrito Oeste. Dijo que traería el «Meñique Escarlata» que aflige a Lord Bertol…
—¡¿El «Meñique Escarlata»?! ¡¿Qué es eso?!
—¡No lo sé! ¡Eso es lo único que me dijeron que les dijera…!
El encogido Yaktol realmente parecía no tener más información. Reflexionando sobre la noticia, Wilhelm volteó hacia Garitch. El sanador sostuvo su mirada y asintió.
—El paciente está en un declive precipitado. Si la maldición no se rompe mañana al mediodía, su vida podría correr peligro.
—Cuanto antes rompamos esa maldición, mejor, supongo —dijo Wilhelm.
—¡Agh! ¡¿Tengo que esperar hasta mañana por la mañana?! —se quejó Carol—. ¡Voy a encontrar a esos desgraciados hoy! ¡Vamos, tendero, tú vienes conmigo!
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué yo?!
Viendo que no había tiempo que perder, Carol agarró a Yaktol y prácticamente lo arrastró fuera del hospital. Su resolución era digna de admiración, pero las esperanzas de encontrar a aquellos a quienes buscaban parecían escasas. Se enfrentaban a individuos capaces de poner en la mira a la Santa de la Espada, lanzar maldiciones y, además, fijar de antemano un lugar y una hora para el encuentro. Si gente así permanecía oculta, descubrir su paradero sería extremadamente difícil.
—¿Puedo pasar? —preguntó Wilhelm.
—Esa mujer con el paciente es tu esposa, ¿verdad? Como también te concierne, déjame decirte algo. Hoy, deberías pasar todo el tiempo que puedas con él —a pesar de su voz ronca y su actitud tímida, Garitch mostró un destello de humanidad.
Wilhelm asintió y finalmente atravesó la puerta hacia la habitación de Bertol.
La habitación era blanca y estéril. Era un amplio cuarto con cuatro camas, pero tres de ellas estaban vacías; Bertol era el único paciente allí. Vestido con ropa de hospital, estaba recostado en la cama, con vendas envueltas a su alrededor de una manera que era difícil verlo. Theresia sostenía la mano de su padre, mirando su rostro dormido.
—Cuando… cuando sostengo su mano así, su respiración se calma un poco. Supongo que está cansado de hacer esa expresión adolorida. A mi Padre nunca le gustó hacer una misma cosa por mucho tiempo.
—… Ah… ¿Ah, sí? —Wilhelm cerró la puerta suavemente.
Theresia no lo miró, pero siguió hablando con voz normal. Forzándose a sonar tranquila.
Wilhelm sabía que Theresia era alguien cuya fuerza aumentaba en los momentos difíciles. Por eso sabía que ella debía estar sufriendo mucho en ese momento.
—Theresia, ¿qué le pasó a tu Padre?
—… Una especie de magia extraña. El hombre del Imperio, fue él que…
—Una maldición, al parecer. Si no la rompemos, la vida de tu Padre podría correr peligro. Quienes se la hicieron nos dijeron dónde estarían mañana por la mañana. Voy a ir y…
—Voy contigo —Theresia fue enfática cuando escuchó lo que Yaktol había dicho.
Aun así, no era algo que Wilhelm escuchara con especial agrado. Entendía cómo debía sentirse Theresia. Pero sus enemigos estaban específicamente tras la Santa de la Espada. No quería llevarla con él, aunque sabía que negárselo supondría poner a prueba tanto a Theresia como a Bertol.
—Wilhelm, escucha.
—Theresia…
—Yo fui la Santa de la Espada. Sigo siendo una Astrea. El Jefe de mi familia fue víctima de una trampa y resultó herido. Debo limpiar esa deshonra.
Afectaba su orgullo tanto como miembro de la nobleza como espadachina del Reino. Mientras Wilhelm escuchaba hablar a Theresia, contuvo el aliento. No porque estuviera conmovido por el peso de su orgullo y dignidad, sino porque, con los ojos anegados en lágrimas mientras trataba de justificar el haber asumido aquella carga, le parecía más hermosa que nunca.
Aún mirándolo de una manera que cautivaba su corazón de nuevo, Theresia dijo:
—Eres un hombre de los Astrea, Wilhelm. El Jefe de nuestra familia lo dijo en persona.
—… Sí. Lo dijo.
—Tú y yo somos un hombre y una mujer de los Astrea. Iremos juntos.
Wilhelm miró al techo ante la fuerza de sus palabras. Reflexionó brevemente, antes de secar suavemente las lágrimas de Theresia. Y solo dijo:
—Sí. Tienes razón.
Sección 11
A primera hora de la mañana siguiente, Wilhelm y Theresia estaban en el gran puente. Solo habían dormido unos pocos minutos, pero ambos se sentían bien. Carol parecía estar mucho peor, habiendo estado despierta toda la noche deambulando por toda la ciudad. Ahora estaba atormentada tanto por el agotamiento como por la culpa de no conseguir resultados.
—Lo siento mucho, Lady Theresia…
—Está bien. No te preocupes. Wilhelm resolverá todo de alguna manera.
Theresia abrazó a Carol, que no dejaba de disculparse, y la consoló con palabras de alivio carentes de todo fundamento. Era tan fácil decirlas. Wilhelm suspiró y rozó audiblemente la empuñadura de su espada.
Ellos solo habían planeado disfrutar de su luna de miel. Ni él ni Carol habían llevado consigo una espada capaz de resistir un combate a muerte contra un enemigo formidable. De modo que, en un principio, Wilhelm se había resignado a entrar en batalla con cualquier hoja mediocre que lograra encontrar.
Pero antes de partir, Yaktol, que había sido arrastrado por Carol durante toda la noche al recorrer toda la ciudad, le ofreció un objeto envuelto.
—Debe ser el señor Wilhelm, yerno de la familia Astrea. Esto es para usted —dijo.
—¿Qué es esto? —preguntó Wilhelm, frunciendo el ceño ante el peso del paquete.
Los envoltorios obviamente ocultaban algo de cierta longitud, y por la sensación y el peso podía adivinar bien lo que contenía. Debía ser una espada.
El problema era su procedencia. ¿Por qué este hombre le daba una espada a Wilhelm aquí y ahora?
—Como creo que ya ha deducido, es una espada. Una hoja magistral… Cuando considero lo que está por suceder, simplemente no puedo dejar que proceda sin un arma decente.
—Y te lo agradezco, créeme, pero no tienes ninguna razón para molestarte en ayudarme, ¿o sí?
—Al contrario, señor, tengo todas las razones. Lord Bertol es un cliente valioso para mí. Se vio envuelto en una pelea con otro cliente en mi propia tienda… Todo esto es culpa mía.
Wilhelm hizo una pausa antes de decir:
—Ellos estaban tras Theresia y su padre. Tú simplemente tuviste mala suerte.
—Aun así, señor, me siento obligado. En cualquier caso, no le doy esa espada para limpiar mi conciencia. Simplemente porque le pertenece a usted. Solo que ha tardado en llegar a sus manos.
—¿Qué? —Wilhelm se quedó desconcertado al escucharlo.
Yaktol bajó ligeramente los ojos mientras explicaba:
—Lord Bertol me la encargó como regalo para su yerno. Al igual que el adorno para el cabello de su esposa, la escogió él mismo. Así que, como le digo, la espada le pertenece a usted. Es justo que la tenga, y no es para que nadie más la empuñe.
—…
—Puede que no sea la persona más adecuada para decir esto, señor, pero… le deseo la mejor suerte en la batalla.
Y así tuvo una conversación con el tendero y se fue con una nueva espada.
El hecho de que se sintiera tan familiar en su mano sin duda hablaba del buen ojo de Bertol. La longitud, el peso, todo parecía hecho a medida. No había motivo de queja, ni razón para preocuparse.
—Ansí que os habedes adelantado. Aun siendo manifiesto que nadie osaría hacer esperar a alguien cual mi venerable persona, impresionarme non deja.
Wilhelm y Theresia levantaron la vista cuando una voz imperiosa llegó hasta ellos. Al otro lado del puente aparecieron dos figuras vestidas de negro, como una parodia de los jóvenes que los esperaban. Wilhelm lo supo de un vistazo, eran sus enemigos.
Había un hombre que parecía de la nobleza, con una sonrisa fría, y un gigante con cuatro pares de brazos; Stride y Kurgan, el joven lobo del Imperio y el mismísimo Ocho Brazos.
—Qué cabrón tan terrorífico. La nobleza del Imperio es incluso más desagradable de lo que había oído.
Stride hizo una pausa y dijo:
—¿Qué significa aquesto? Contigo has traído a un papel menor. Mi venerable persona non recuerda haber otorgado su beneplácito para que cualquiera tomase parte en aquesta lid. Plebeyo insolente. Non pretendas hacerte pasar por alguien que aquí tiene cabida.
—Bueno, parece que eres demasiado estúpido para entrar en razón.
—Wilhelm, basta. No vinimos aquí a discutir.
Los ojos de Stride se entrecerraron con crueldad mientras intercambiaban provocaciones. Finalmente, Theresia intervino, mirando con ira a Stride:
—Deshaz la maldición que pusiste sobre padre —dijo la Santa de la Espada.
—Una maldición, dice. Non solo ha osado entrometerse en nuestro duelo, sino también pronunciar tales insolencias. Harto lejos hállase ese hombre de toda redención. Aun un hombre de aqueste Reino debería conocer siquiera un ápice de vergüenza…
—Stride, moderaos. En ocasiones sodes demasiado dado a los rodeos.
—Jum. Careces por completo de sentido del humor —dejó de sonreír y alzó la mano derecha—. Es aquesto lo que buscades, ¿non es ansí?
Tenía un anillo en cada uno de sus cinco dedos, y el del meñique brillaba con un tono escarlata apagado. Había algo inquietante en aquella joya, era extrañamente seductora.
—Aqueste es el «Meñique Escarlata». Objeto mágico de harta antigüedad es… Tengo entendido que, en aqueste Reino, «meteors» lo llamades, ¿non es ansí? Mientras su fulgor non extíngase, os aseguro la vida de vuestro padre. Maguer, desde luego, otra cosa non significa sino que su sufrimiento ha de prolongarse.
—Entrégame el anillo. Destrozaré esa piedra y romperé tu puta maldición.
—Cretino simplón. ¿Por ventura crees que alguien darate aquello que deseas tan solo porque lo exiges? Paréceme que, para empezar, faltaos… —Stride hizo un ademán como si ahuyentara a un perro callejero, tratando de sacar a Wilhelm de la conversación.
Pero antes de que pudiera terminar su propia frase, algo salió volando hacia su campo de visión. Describió un arco suave antes de tocar el pecho de Stride y luego caer al suelo.
Un pañuelo blanco, y aquí, como dictaban las normas, un desafío a combate.
—No tengo tiempo para esto. Así que lo haré más sencillo. Te desafío a un duelo —en lugar de los hombres silenciosos, el control del lugar pasó ahora a quien había arrojado el pañuelo; Theresia.
El aura de batalla emanaba de cada centímetro de ella, y miraba fijamente a Stride. Ya no quedaba rastro de su dulzura femenina. Solo había una fría y pulida hoja de acero, lo suficientemente fría como para destrozar un corazón; la Santa de la Espada en todo su esplendor.
—… Ansí que, al fin, has resuelto mostrarte, Santa de la Espada. ¿Un duelo? Tan bárbara como tu padre eres.
—¿No es eso lo que quieres? Diste tu motivo, me atrajiste… Atrajiste a la Santa de la Espada al lugar de la batalla. No sé qué pretendes con esto, pero…
La sonrisa fría de Stride pareció volverse un poco más cálida ante la seria petición de combate de Theresia. El rostro de Theresia se tensó ante eso, y miró a Kurgan.
—Obviamente has venido preparado —dijo—. El hecho de que hayas traído al más fuerte del Imperio es prueba suficiente.
—…
—Déjame preguntar una cosa. ¿El propósito de esta pelea en verdad es empeorar las relaciones entre nuestro Reino y su Imperio? Si es así…
—¿Y qué, de ser el caso? —dijo Stride.
—Entonces no pelearé por el anillo. Solo lo robaré —declaró Theresia, no tenía intención de permitir que esto se convirtiera en un incidente internacional.
—… —los ojos de Stride se agrandaron ante la declaración de Theresia. Luego se colocó una mano en la boca, murmurando «Ya veo», y asintió—. Astuta moza. Siempre existe la posibilidad de que, cuando concluido el duelo, la Santa de la Espada pierda la vida por un desafortunado accidente. Mas ¿con qué propósito habría de hacerse? Bajo la protección del Dragón Divino hállase vuestro Reino. Mientras ello non cambie, cuantos planes urda el Imperio, han de ser vanos… Non serán sino un «deseo de destrucción» —extendió los brazos, disipando sus dudas.
Las palabras de Stride eran correctas. O más precisamente, se basaban en lo que se consideraba un hecho establecido.
—… —Theresia, incapaz de adivinar qué estaba tramando exactamente Stride, frunció los labios junto con el ceño.
El Reino Dragón de Lugunica había hecho un pacto con el Dragón Divino. Garantizaba la prosperidad y la paz del Reino, y establecía que si algo amenazaba estas —por ejemplo, si otra nación declaraba la guerra a Lugunica— el Dragón acudiría en su ayuda.
El único problema era que el Dragón Divino nunca había invocado el Pacto ni había salvado al Reino del peligro. En los últimos siglos, nunca había ocurrido nada que lo justificara. Algunas personas incluso habían empezado a especular que quizás no había ningún Pacto protegiendo al Reino.
Por otra parte, si resultaba que el Reino realmente gozaba de la protección del Dragón Divino cuando las relaciones entre el Reino y el Imperio vecino alcanzaran un estado terminal, entonces el Imperio bien podría ser destruido. En ese caso, cualquier cosa que Stride hiciera aquí se convertiría realmente en un deseo de destrucción, exactamente como él había insinuado.
¿Creía Stride en el Pacto o no? ¿Era su objetivo realmente causar problemas entre sus naciones? Y si no, ¿qué demonios quería?
—Como bien sabedes, para los rigores de la lid non es apto el cuerpo de mi venerable persona. Ansí pues, aqueste hombre ha de ser mi campeón y en nombre de mi venerable persona ha de combatir. Confío en que eso, cuando menos, comprendedes.
Mientras hablaba, Stride recogió el pañuelo a sus pies y lo guardó en el bolsillo de su abrigo. La señal de que aceptaba el desafío.
Theresia asintió firmemente y dijo:
—Ocho Brazos Kurgan, a quien llaman el más fuerte del Imperio. Su nación no podría tener mejor campeón que él.
—Y en aqueste Reino entero, adversario más digno que él pudiese hallar non hay… —la sonrisa fría de Stride volvió; no se molestó en decir en voz alta que hablaba de la Santa de la Espada. Su sonrisa dejaba claro que uno de sus objetivos era Theresia.
Si llegó a sentir que su plan progresaba, Theresia lo frustró diciendo:
—No. Lo siento, pero hay algo que debo decirte. La Santa de la Espada no puede pelear.
—… ¿Qué?
—Por razones propias, he dejado la espada. Yo tampoco puedo pelear, aunque las circunstancias son diferentes a las tuyas. Y así, como tú, también nombraré un campeón.
—¿Qué? ¿Un campeón, dices? Absurdo. ¿Quién podría siquiera ser digno representante de la Santa de la Espada…?
El lenguaje de Stride se volvió más estridente mientras su plan se desviaba, y finalmente, fue interrumpido. No por su propia voluntad, sino porque fue golpeado por un espíritu guerrero que emanaba de cerca.
Provenía de algún lugar increíblemente cercano; dos auras se entretejían en un gran torbellino, y en un instante, el puente se había convertido en un campo de batalla.
—Mi gratitud por aqueste digno adversario. Me complace haberme encontrado con vos.
—Cállate. Lo único que diré es que no arruines la luna de miel de alguien y esperes salir vivo de ella.
Las dos presencias abrumadoras, y el posterior intercambio, vinieron de Kurgan y Wilhelm. Incluso Stride, que no sabía nada de combate, tragó saliva ante el poder de su arremolinado duelo de voluntades.
Y entonces…
—Un movimiento audaz, Santa de la Espada.
—Tú fuiste el primero en abusar de la costumbre del desafío. Además, quiero deshacer la maldición de mi Padre. ¿Qué forma más obvia de hacerlo que tener a alguien más fuerte que yo peleando en mi lugar? —Theresia habló con orgullo, con los hombros erguidos, y finalmente, Stride miró a Wilhelm con seriedad por primera vez.
El joven no había dado ni un paso atrás ante la intensidad total del ansia de batalla de Ocho Brazos, y eso fue lo que hizo que Stride finalmente comprendiera. El espadachín de cabello largo que estaba allí era realmente lo suficientemente poderoso como para tomar la espada de Theresia.
—¿Acaso existe en aqueste Reino guerrero que logre igualar a la Santa de la Espada?
—Supongo que lo mantuvieron en secreto —dijo Theresia—. Sería malo para nuestra reputación que la gente supiera que, en medio de su propia ceremonia, la Santa de la Espada fue derrotada por un intruso misterioso.
—¡Mi venerable persona asumió que rumor non era sino, y que atención alguna non merecía concedérsele…! —el toque de ira en la voz de Stride provenía de darse cuenta de que una historia que había descartado como un rumor frívolo era en realidad cierta.
Satisfecha en silencio por su reacción, Theresia tomó suavemente el brazo de Wilhelm, que estaba a su lado. Era la prueba de su propia fe.
—… ¡GAJAJAJA! —un segundo después, un gran estruendo sacudió el puente.
Theresia se dio cuenta tardíamente de que provenía de la garganta de Kurgan, y más tarde aún de que era risa. Los hombros de Kurgan temblaban con los tonos graves de sus carcajadas. Y entonces el Dios de la Guerra abrió ampliamente los ojos diciendo:
—El demonio de la espada, el Demonio de la Espada, aquel que arrebató la espada de manos de la Santa de la Espada y después tómola por esposa… ¿Cuál es vuestro nombre?
—Wilhelm van Astrea.
—Deslumbrante es vuestra aura de guerrero, y la forma en que os habedes presentado, radiante. Stride, non albergo duda alguna: aqueste hombre digno es de ser mi adversario.
—Non recuerdo que tal decisión correspondiésete tomar —dijo Stride, dirigiendo una mirada amarga hacia su campeón, tan obstinado como siempre. Luego volvió la vista hacia Wilhelm y Theresia, que ahora permanecían juntos, el uno junto al otro, y exhaló—. Objeción alguna non he de dar, maguer al elegido por la Santa de la Espada fáltale su dulzura. Cuál de vosotros ha de convertirse en una mancha sobre la espada de Ocho Brazos me resulta indiferente. El desafío ha sido aceptado. Hemos de non desperdiciar más palabras.
—¿Qué quieres si ganas el duelo? —preguntó Wilhelm.
—Nada —respondió Stride—, pues foe mi venerable persona quien ha sido desafiado, non quien el desafío ha lanzado. Ah, mas… —dejó la frase inconclusa, entrecerrando los ojos mientras contemplaba a ambos. Entonces dio una palmada en la espalda de Kurgan—. Deseo alguno non albergo; mas quizá lo mismo non pueda decirse de mi campeón, quien combate en mi nombre. He ahí la cuestión. Puesto que mi lugar en la lid ha tomado, su deseo ha de concederse como si del mío se tratase.
Así, Stride pasó el derecho del vencedor a Kurgan, quien cruzó uno de sus pares de brazos y consideró la oferta de su empleador. Luego señaló con otro de sus múltiples brazos, directamente hacia Theresia.
—Clamo por la princesa resplandeciente —dijo el Dios de la Guerra.
—¿Eh?
—… ¿Qué?
Theresia y Wilhelm respondieron casi al mismo tiempo.
—Su belleza, sus habilidades y su audacia son virtudes de las que non querría verme privado. Ansí pues, Wilhelm, cuando mi espada os haya partido en dos, he de hacer mía a la princesa. ¿Os oponedes acaso?
Las venas sobresalieron en la frente de Wilhelm ante esta declaración de que su joven esposa le sería arrebatada.
—¿Es que estos cabrones no entienden que somos recién casados? —su espíritu guerrero se vio impulsado por una ola de simple ira, mientras Kurgan solo sonrió ante eso.
A su lado, Stride asintió como si hubiera logrado su propio deseo y dijo:
—Ríndete. Necia costumbre es esa de las naciones de bárbaros. Remordimiento alguno non cáusanos preñar a una mujer fuerte para perpetuar nuestro linaje. Ansí pues, tú has de ser su recompensa. ¿Has de retirarte por temor? ¿Tal como tu padre hizo?
—No, no lo haré.
—¡Theresia! —fue Wilhelm quien se sintió perturbado por esta declaración.
Tener a la propia Theresia en juego cambiaba dramáticamente la naturaleza de la pelea para él.
Por su parte, Theresia sacudió la cabeza a los lados y dijo:
—Están tomando la vida de mi padre como rehén. Y no quiero ser la única que observe desde un sitio seguro porque no puedo pelear. Sé que no puedo empuñar una espada, pero déjame asumir parte de la responsabilidad.
—Pero, si por alguna situación yo llegara a p…
—¿Oh? —Theresia tocó los labios de Wilhelm con su dedo, silenciándolo. Sus ojos se agrandaron, y ella sonrió—. No pasará. No hay nadie en ningún lugar más fuerte que tú.
—…
—Me protegerás, ¿verdad?
—… Sí. Así es —Wilhelm, recordando su juramento, esbozó una sonrisa torcida.
El Demonio de la Espada solo tenía que ser él mismo. Para cumplir con sus deberes como guerrero y como hombre.
Wilhelm volteó hacia la criatura que osaría robarle a su esposa, y hacia el enemigo que había herido a su suegro con su artimaña, y mostró los colmillos.
—Acepto —dijo—. Cuando lleguen al infierno, digan que los envía Wilhelm.
Sección 12
Cuando el duelo comenzó, una multitud de espectadores se reunió junto al puente.
En esta época, los duelos eran casi sagrados, como un ritual, que ningún tercero podía violar. Aun así, al mismo tiempo, también eran una forma de entretenimiento para los curiosos. Si se seguían todas las reglas correctamente, ni siquiera los guardias podían interferir. Para quienes observaban la pelea desde la distancia, era una forma segura de disfrutar de un poco de espectáculo.
Así, en cuanto se difundió la noticia del duelo, los curiosos y espectadores acudieron en masa al puente, esperando pasar un buen rato.
No obstante, sus expectativas de una agradable frivolidad se esfumaron en el momento en que vieron a los contendientes enfrentados.
—…
Ninguno de los dos necesitaba hablar, pero cada uno proyectaba su aura de guerrero, sumiendo a la multitud en el silencio.
La visión del Demonio de la Espada y Ocho Brazos en el puente, enfrentados, cautivó a toda la multitud, dejándolos incapaces de emitir sonido alguno.
Todos, salvo Stride y Theresia. Contemplaban el duelo, aunque sin prestarle verdadera atención; permanecían uno junto al otro, lanzándose provocaciones mutuamente.
—Menudo acero. Maguer es despreciable comparada con la rutilante «Espada Yang».
—Fue escogida por el Jefe de la familia Astrea. Por supuesto que es impresionante.
—Y he de asumir que el hombre escogido por la Santa de la Espada ha de ser igualmente distinguido. Maguer mi venerable persona non alcanza a imaginar que para Ocho Brazos pueda suponer amenaza alguna. Dime, ¿qué podría hacer un mozalbete tan enclenque?
—¡Tú querías que peleara una muchacha aún más delgada!
—…
Theresia, con su Protección Divina del Santo de la Espada, era dolorosamente consciente de lo poderoso que era Ocho Brazos. Sin duda era el segundo oponente más fuerte que había conocido.
No tenía ninguna duda de que sería derrotado por el único hombre que lo superaba: su esposo.
—Wilhelm —no era una plegaria ni un ruego, sino simplemente una invocación amorosa de su nombre. Sabía que, como su esposa, era lo mejor que podía hacer.
—… —Wilhelm sintió que pronunciaban su nombre a sus espaldas antes de llegar a oírlo. Cerró los ojos.
El sonido del viento, el gorjeo de los pájaros, el rumor del agua bajo el puente, la respiración colectiva y el latido del corazón de los espectadores reunidos, en medio de todo esto, podía concentrarse en la voz de la mujer que amaba.
La forma en que dijo su nombre no llevaba ninguna duda de que él obtendría la victoria. Tampoco su mirada era menos que segura.
Era como la mañana en que se despertaban juntos y ella pronunciaba su nombre por primera vez ese día. Como cuando ella, sonriendo, le decía que la cena estaba lista. Como cuando pasaban tiempo juntos y ella tiraba de su manga. Como cuando, en medio de un pequeño desacuerdo, sus mejillas se sonrojaban dulcemente. Como cuando compartían un beso antes de dormir.
Ella había dicho su nombre. Ese solo pensamiento era suficiente para inspirar al Demonio de la Espada.
—Mi gratitud, por aquesta belleza. Mi corazón danza ante la bendición que en aqueste día ha sídome concedida.
—¿Bendición? ¿Das gracias por el día en que mueres? Sí que eres raro.
Cuando Wilhelm abrió los ojos, vio el gran puente bañado por el resplandor del sol matutino, cuyos rayos yacían como un manto sobre su enemigo.
Ahora que el oponente se había despojado de su túnica, realmente parecía una criatura evolucionada puramente para la batalla: Casi dos metros de piel azul y ocho brazos formaban un guerrero extravagante. Y la cabeza que coronaba esta forma inusual presumía de un rostro como el de un demonio nacido para la guerra.
—Así que te llaman Ocho Brazos por esos ocho brazos, ¿eh? Debe ser bastante genial tener tantos miembros.
—Es, contra toda expectativa, menos práctico de cuanto pudiera imaginarse. Que mayor sea el número de brazos de que puedo servirme non implica que mayores sean las cosas que puedo hacer. Y, sobre todo, harto grande es la atención que llamamos.
—¿Eso te convierte en un blanco de rivales?
—Muy al contrario. Muy pocos osan desafiar a quien tal aspecto tiene. Harto aburrida es tal vida.
Era muy propio de la lógica de un guerrero que vivía para la batalla. Con ese pensamiento, al menos, Wilhelm podía simpatizar.
Empuñar la espada era, por definición, buscar poder. El propio Wilhelm antes había buscado en otros la razón para sostener una hoja. Pero eso era pasado. Ahora, sus razones podían no residir en sí mismo, pero ciertamente no se encontraban en algún «otro» sin rostro.
—No vale la pena soltar toda esa charla. De todos modos, no tenemos tiempo. Date prisa y muere.
—Pienso prolongar cuanto séame posible aqueste tiempo de deleite. Con mayor razón, cuando tan escasas son las ocasiones que se dignan a presentárseme.
Wilhelm desenvainó su espada. La hoja heredada seleccionada por el mismísimo Jefe de la Casa de los Santos de la Espada brilló con la anticipación del combate.
Al mismo tiempo, cuatro de los brazos de Kurgan se movieron, desenvainando cuatro enormes y gruesas cuchillas de sus fundas en la espalda, armamentos apropiados para el más fuerte del Imperio.
—Aquestas ostentan el nombre de Cuchillas Demonio.
—Nunca he oído hablar de ellas.
—Instrumentos de vuestra destrucción habrán de ser. Quizá desedes conocer sus nombres. Decidme, ¿cuál es el nombre de vuestra espada?
—… —pensó por solo un segundo. Pero rápidamente se cansó de pensar y simplemente declaró: —¡Se llama «Astrea»! —luego avanzó con un impulso.
Y así, silenciosa pero intensamente, se encendió la chispa de la Danza de las Flores Plateadas.
Sección 13
El duelo duró inusualmente mucho tiempo para una pelea entre espadachines habilidosos.
—…
Los golpes subían y bajaban, el ritmo de los embates se aceleraba sin cesar. El estrépito del acero contra acero era incesante; volaba la sangre, el puente se agrietaba, y los resonantes pasos de los guerreros enviaban ondas a lo largo de la superficie del agua.
Era una confrontación entre lo blando y lo duro, o quizás sería más apropiado decir ligero y pesado.
Wilhelm se movía furiosamente por el puente, desatando golpe tras golpe con la esperanza de asestar el golpe mortal. En contraste, Kurgan permanecía majestuosamente donde había empezado, repeliendo los ataques del Demonio de la Espada con una defensa férrea.
Aunque pudieran llamarse ligero y pesado, el «pesado», Kurgan, era aún sorprendentemente rápido. Blandía las cuchillas en cuatro de sus ocho brazos monstruosos con la fuerza de una tormenta. Si siquiera el dobladillo de la camisa de Wilhelm hubiese sido atrapado por aquel torbellino, habría quedado reducido a polvo. Fue únicamente su agilidad extraordinaria lo que le permitió evitar semejante destino.
—…
Un simple enfrentamiento de fuerza bruta acabaría por llevarlo al límite de su resistencia. Su velocidad disminuiría y ya no sería capaz de esquivar los filos de las Cuchillas Demonio. Pero la velocidad de Wilhelm no era su ventaja. Más bien, era el valor y el juego de pies para acercarse lo suficiente a Kurgan como para golpear. No era su velocidad, sino el coraje y la técnica para desestabilizar a su oponente antes de acercarse para el golpe final.
Y a pesar de todo, ninguno de los dos había logrado asestar el golpe decisivo.
Eran similares en habilidad, ambos combatientes profundamente capaces, y por eso la pelea se prolongaba tanto. Si hubiera habido la más mínima diferencia en sus habilidades o en lo que estaba en juego en esta batalla, o si hubieran estado luchando en el mismo estilo, entonces el asunto se habría resuelto con el primer intercambio.
En lugar de eso, el duelo ya había superado con creces las cien arremetidas.
—…
Respirando con dificultad, Wilhelm lanzó un golpe, confiando en su velocidad. Fue bloqueado por una hoja enorme, y giró medio cuerpo para escapar de la respuesta. A continuación, hubo un destello abrumador de luz plateada, pero solo produjo una mella superficial en la coraza de su oponente, y el breve espacio permitió que un golpe le alcanzara el hombro.

—¡Argh…!
El cuerpo de Wilhelm tembló bajo el golpe; saltó al aire para esquivar el barrido lateral de la hoja que le siguió. Pero apenas había escapado al aire cuando sintió un escalofrío recorrerlo.
—¿Seredes capaz de esquivar aquesto, Demonio de la Espada?
Uno de los brazos ajustó su agarre en una Cuchilla Demonio, relajándose. Los enormes músculos se tensaron, una señal clara de que Ocho Brazos estaba a punto de desatar un golpe enorme.
En el aire, no había lugar donde huir; podía cruzar su espada para defenderse, pero… no, el ataque que se avecinaba sería imposible de bloquear. Si lo alcanzaba, no quedaría nada. Cortaría el mismo hilo de su vida.
Y así Wilhelm abandonó la defensa.
—Agora seredes pulverizado, Demonio de la Espada.
El ataque al acercarse era audible.
Para los oídos de Wilhelm, parecía que todos los sonidos del mundo se silenciaban en ese momento.
—¡Wilhelm!
Pero no fue así.
Ese grito, esa voz encantadora, esa voz que le llegaba al corazón, se convirtió en su orgullo, su fuerza, su inspiración para la batalla.
Abandonó toda defensa. Sosteniendo su espada de lado, recibió de buen grado el ataque que se aproximaba. Si Kurgan hubiese desatado un rayo, Wilhelm lo habría atrapado entre los colmillos del viento.
Una explosión de luz plateada envolvió el puente, brotando como una flor.
Los golpes se intercambiaron, y la sangre salió bailando por el aire. Wilhelm fue arrojado hacia atrás por la intensidad del enfrentamiento. Todos los huesos de su cuerpo dolían, y el lado izquierdo de su cuerpo, que había sido alcanzado por el plano de la enorme hoja, protestaba con fuerza. Podía haberse roto el hombro, la clavícula, las costillas y la cadera; no estaba seguro.
Pero Kurgan había pagado también un precio considerable a cambio.
—Magnífico… —la palabra salió como un gemido mientras la enorme figura de Kurgan caía de rodillas.
El Dios de la Guerra no se movió del charco de su propia sangre que crecía rápidamente. La fuente de la hemorragia masiva era su tercer brazo derecho, que había sido cortado de raíz por el golpe.
—Así que… funcionó…
En el instante en que decidió que no podía esquivar el golpe, Wilhelm se concentró en minimizar sus propias lesiones mientras maximizaba el daño a su oponente. Usaría su propio golpe para desviar el ángulo del ataque de Kurgan, mientras aprovechaba el impulso de su oponente para arrebatarle otra extremidad.
Esto significaba que Kurgan ahora tenía dos brazos que no podía usar y estaba sin una espada. Había sufrido heridas considerables y no podría moverse con facilidad. Lo mismo podía decirse de Wilhelm, pero mientras que Kurgan solo tenía su propia moral para sostenerse, Wilhelm tenía más que eso. Podía obtener fuerza de la voz de la mujer que estaba detrás de él. Ella le proporcionaba tal reserva de poder que, incluso ahora, parecía desbordarse de su corazón.
No obstante, justo cuando pensó que estaban a punto de entrar en una nueva fase de la pelea…
—¿Ansí que aquesto es todo cuanto puedes hacer por mi venerable persona? Condenada situación. Jamás la ejecución igualará al plan que la precede.
—¡¿Qué…?!
¿Esta sorprendente declaración había venido de uno de los espectadores? No, ninguno de ellos había hablado. Era en cambio alguien que había hecho lo imperdonable: transgredir el ritual del duelo.
Stride, despojado de su abrigo, se colocó junto al arrodillado Kurgan. Esto no representaba menos que la intrusión de un espectador en el duelo, la ruptura de un tabú sacrosanto.
—¡¿Acaso no sabes que esto es un duelo?! —exigió Wilhelm—. ¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!
—Hállaste a las puertas de la muerte, mozo; non desperdiciaría el tiempo en sollozos. Maguer, si mi venerable persona pierde aquí a su peón, tornaríase incierto quién conserva la iniciativa. Por ello, asumo que aquesto bastará por agora. Libre eres de considerar aqueste duelo como una derrota nuestra. Ven.
Wilhelm intentó desesperadamente levantarse, alzar su espada y hacerle frente, pero Stride simplemente resopló. Luego se quitó el anillo de su dedo meñique y lo arrojó a Theresia. Sus ojos se agrandaron con sorpresa, pero lo atrapó por reflejo.
El «Meñique Escarlata» —la fuente de la maldición— yacía en su palma.
—Vosotros, viles plebeyos, tened por vuestra aquesta victoria. Os cederemos el anillo y retirarémosnos. ¿De qué habría lugar a queja alguna?
—Es… una cuestión de llevar las cosas hasta el final. ¿Pues qué… crees que es un espadachín?
—En aqueste caso concreto, una pieza sobre el tablero de un juego. Mas, en términos generales, una mera herramienta. Aqueste encuentro, al menos, cierto provecho concedídole ha a mi venerable persona. Ansí pues, habré de retirarme agora. Ah, has de non inquietarte —al mirar hacia abajo a Wilhelm, cuya ira iba en aumento, Stride extendió su mano derecha. Aunque su meñique estaba desnudo, en los otros dedos aún conservaba cuatro anillos—. Aún dispondremos de otras cuatro ocasiones para jugar. La diversión ha de ser interminable. ¿Acaso non aguardas con ansia ese momento?
—¡¿Por qué, tú…?!
—Cretino, era aquesta una broma. Ansí que has de reír. Aún poseo mi mano izquierda, además de la derecha —levantó su otra mano, también adornada con anillos, y Wilhelm se quedó sin palabras. La reacción pareció poner a Stride de buen humor mientras señalaba su mano izquierda—. Non he de permitirme perder el tiempo con los hombres del Rey. Por ello, juzgo que aqueste es un momento adecuado para ofreceros un nuevo entretenimiento.
Mientras hablaba, hubo un destello de luz, y entonces el puente de piedra se disolvió de repente. Era como si toda la roca se hubiera convertido instantáneamente en arena. Todos los que estaban en el puente, junto con la antigua piedra, cayeron al río de abajo.
—¡Mierda…! ¡Argh...! —Wilhelm soltó una maldición, saltando al aire justo cuando el puente se evaporaba.
Corrió mientras las piedras se derrumbaban detrás de él, gritando mientras se abalanzaba en dirección a Theresia. Ella extendió los brazos para atraparlo, animando a su esposo.
Wilhelm dio un gran salto, agarrando los delgados brazos de Theresia. Escapó de la estructura que se desvanecía para aterrizar en el suelo firme de la ciudad misma.
—Ahh…
—¡Wilhelm!
—¡Estoy bien! Pero el anillo…
—L-lo tengo aquí. ¡Ayúdame! —le mostró el anillo en su mano, luego lo lanzó ligeramente al aire.
Wilhelm lo siguió con la mirada, juzgando su trayectoria, y entonces, con un destello de la espada que Bertol le había dado, lo partió en dos.
El extraño resplandor que el anillo había mostrado se desvaneció, como si se hubiera quemado con la luz del sol.
—¿Crees que mi Padre está a salvo ahora?
—La única forma de estar seguros es volver al hospital. Pero… —Wilhelm señaló con la cabeza el puente destruido.
Un rescate había comenzado para aquellos que habían caído al río. Mientras tanto, Stride y Kurgan habían desaparecido en el tumulto.
No había forma de que se hubieran ahogado: sin duda habían huido. Había una buena posibilidad de que aquella fuera la única oportunidad de alcanzarlos y averiguar qué era lo que realmente buscaban, pero…
—Olvídalo. No quiero tener nada más que ver con gente como ellos. Vamos rápido… al… hospital…
—¡¿Wilhelm?! ¿E-estás bien? ¡¿Te puedes mover?!
—No… te preocupes por mí. Solo he… perdido demasiada sangre. Me da vueltas la cabeza…
—¡¿Y dices que no me preocupe?! Vamos, ¡te llevaré! —Theresia cargó con Wilhelm, que estaba mareado por una afluencia de sangre a la cabeza.
Wilhelm intentó protestar por esta vergonzosa recepción de ayuda, pero no se resistió.
—También llevé a mi Padre al hospital. No pienses en ello, solo agárrate a mí... No tengo que ser la Santa de la Espada para cargarte, ¿verdad?
Wilhelm, reconociendo que nada de lo que dijera cambiaría la situación, se apoyó en su esposa y dijo:
—… Solo intenta no sacudirme demasiado.
Tomando esta confianza, Theresia comenzó a correr por la ciudad con una velocidad que pocos habrían esperado de la delicada doncella.
Unos minutos más tarde, Carol los recibió en la entrada del hospital con la noticia de la recuperación de Bertol, y Theresia dejó caer a Wilhelm al suelo mientras comenzaba a llorar.
Sección 14
—Se suponía que esto era mi luna de miel. No puedo creer en lo que se ha convertido… —la queja vino de la persona que visitaba a Wilhelm y Bertol, los dos residentes de esta habitación del hospital: Theresia, con sus mejillas rojas e infladas.
Después de la pelea, el gravemente herido Wilhelm fue ingresado inmediatamente en el hospital, terminando finalmente en la misma habitación que Bertol. Y hablando de Bertol, que en un momento había estado a un paso de perder la vida gracias a la maldición…
—Lo que quieres decir, Theresia, es que valoras más a tu padre que tu propia luna de miel… ¡Qué orgulloso estoy de significar tanto para mi hija!
—Me dan ganas de apretar tus heridas aún sin curar, Padre, así que mejor no tientes a tu suerte.
—¡¿Queeeeeé?! ¡¿Por qué?! ¡¿Acaso no me quieres?!
—Puedo quererte y aun así estar enojada contigo. Wilhelm, ¿estás seguro de que vas a estar bien compartiendo habitación con mi Padre? ¿Estás seguro de que tus heridas no se abrirán de nuevo por el estrés?
Bertol, quien se había estado acariciando la barba con la mano izquierda y luciendo extrañamente importante, se encontró con una severa reprimenda. Por su parte, Theresia hizo caso omiso de su desanimado padre, lo que arrancó una sonrisa a Wilhelm.
—Estaré bien —dijo Wilhelm—. Tu Honorable Padre no es tan malo una vez que te acostumbras a él.
—No me ganarás tan fácilmente —bromeó Bertol—. La lucha entre tú y yo por Theresia continuará mientras vivamos.
—Yo pertenezco a Wilhelm desde hace mucho tiempo, así que ya has perdido esa pelea, Padre.
—… —la franca observación de Theresia obligó a Bertol a callar.
Era una interacción perfectamente típica entre ellos, pero Theresia parecía contenta de poder tenerla. Al ver lo feliz que estaba, Wilhelm pensó que quizás la interrupción de su luna de miel y las graves heridas habían valido la pena.
Entonces se abrió la puerta de la habitación del hospital y Carol entró.
—Lady Theresia, el carruaje de dragón llegará pronto. ¿Va a recibirlo?
—Oh, sí, vamos —Se levantó, alisándose la falda mientras se dirigía a la puerta.
—¿Carruaje de dragón? —dijo Wilhelm—. ¿Qué hay con él?
—Debería ser obvio. Quiero irme de nuevo en cuanto te hayas recuperado, Wilhelm, pero no me siento del todo cómoda dejando a mi Padre aquí solo… Así que llamé a mi Madre.
—¡¿Queeeeeé?! —exclamó Bertol, retorciéndose en su cama—. ¡¿Tishua?! No, eso es demasiado para mí. ¡Va a enfurecerse!
—¡Ya lo está! ¡Y con razón! —respondió Theresia sin piedad. Luego, con un último suspiro por su padre acobardado, dirigió unos ojos bondadosos hacia Wilhelm—. Voy a salir unos minutos ahora. Hasta pronto, Wilhelm.
—Claro. Tú y Carol vayan a disfrutar de su luna de miel.
—¡I-idiota! ¡Lady Theresia y yo no estamos en una…! Eh, ya saben… ¡Ejem!
—Carol pareció admitir implícitamente que le había dado en el punto débil mientras Theresia la escoltaba fuera de la habitación con un sonrojado «¡Oh!».
Con sus visitantes parlanchines ya marchados, Wilhelm y Bertol quedaron solos en la habitación.
—Oh, joven Wilhelm, no pienses que has ganado. Yo cambié los pañales de Theresia, ¿sabes?
—Yo también le he cambiado la ropa, si es que me entiende.
—¡Argh! —Bertol retrocedió, apuñalado por el filo de las palabras. Tumbado de lado en su cama, Bertol comenzó a murmurar para sí—. Ahh… Primero mi yerno me quita a mi hija, luego mi esposa me ataca por querer ir de luna de miel… Una muchacha lo bastante querida como para ser otra hija para mí me dice que deje las cosas como están… ¿Adónde rayos se supone que voy a ir a partir de ahora…?
—¿Qué tal si lo deja como está, Honorable Padre? No es que piense que nada de lo que ha hecho sea especialmente digno de elogio, pero…
—Ahh, y ahora mi yerno se suma…
—Pero a pesar de todo, incluso Theresia pensó que se vio muy varonil, defendiendo a tu familia así. Yo mismo peleé contra ese monstruo azul. Entiendo el valor que debió tomar enfrentarse a él.
En la mente de Wilhelm, volvió a recordar lo imponente que había sido Kurgan. Había sido algo capaz de hacer vacilar incluso a él; que Bertol se hubiera enfrentado a aquel monstruo había sido prácticamente un suicidio. Por ello, Wilhelm no podía sentir sino orgullo de que Bertol, a pesar de todo, hubiera estado dispuesto a aceptar el desafío.
—Se enfrentó a esa cosa antes que yo, Honorable Padre. Eso es bastante impresionante.
—… Pero ese anillo, o lo que fuera, causó terribles problemas para ti y Theresia. Te hirió y arruinó tu luna de miel.
—Lo único que me hirió fue mi propia debilidad. No es nada de lo que deba preocuparse. Y…
—¿Sí?
—Escuché cómo se enfureció por mi culpa. Así que… no se preocupe por eso.
—… —Bertol no dijo nada ante la declaración de Wilhelm.
Hubo un momento de silencio entre los dos hombres. No era vergüenza ni incomodidad, como probablemente ambos se dieron cuenta.
Por eso el silencio terminó con Bertol carcajeándose.
—¡Buajajajaja! Muy bien. Pues asunto concluido. Demos por hecho que estamos a mano. ¿De acuerdo?
—… Sabe, creo que yo contribuí más que usted aquí.
—Dije, ¿de acuerdo?
—… Sí.
Mientras respondía a la insistencia de Bertol, Wilhelm tragó una variedad de emociones. Miró brevemente el armario junto a la cama y aplaudió como si acabara de recordar algo.
—No sé exactamente qué regaño va a intentar darle mi Honorable Madre, pero… Ya sabe, de lo que hablamos.
—¿Jum?
—Si le da ese adorno para el cabello de aniversario, ¿quizás ayude a que se calme?
Se inclinó hacia el armario y tomó el adorno del Bazar de Suwen. Un regalo para la esposa de Bertol que no había tenido tiempo de elegir debido a la interferencia de Stride. Theresia y Carol habían elegido uno en su lugar y le dijeron a Wilhelm que se lo diera a Bertol.
—Fueron Theresia y Carol quienes lo eligieron. Sé que quizás no sea exactamente su costumbre, pero…
—Ah, ¿ellas dos lo hicieron? Cielos… Qué tierno que no puedan decírmelo a la cara —Bertol sintió otra oleada de satisfacción consigo mismo mientras Wilhelm le ofrecía el adorno.
Wilhelm esbozó una leve sonrisa y se dispuso a entregárselo…
—¿Honorable Padre?
—… Eh, uy.
Bertol, con un movimiento poco natural, había dejado caer el adorno para el cabello en la cama. Se movió para recogerlo, exhalando mientras lo tomaba, con la mano izquierda; a pesar de que era diestro. Su mano derecha parecía inmóvil.
Wilhelm se quedó boquiabierto.
—… Un efecto secundario de la maldición —dijo Bertol, mirando su brazo derecho—. Lo normal habría sido que mis cuatro extremidades se pudrieran, pero ese sanador consiguió forzar la descomposición en un solo punto. En verdad es talentoso. Imagínate, un médico tan capaz en un lugar tan remoto. Cuando volvamos a la capital, tendré que hacer un informe y recomendarlo.
—Pero… ¿su mano derecha? Eso significa que…
—Como te dije, Wilhelm. Estamos a mano. No tienes ninguna responsabilidad que asumir.
Al ver el adorno para el cabello que Bertol sostenía en su mano izquierda, Wilhelm quedó paralizado y sin palabras. Una oleada de vergüenza lo golpeó al comprender qué era lo que Bertol había estado haciendo en verdad durante aquella conversación. No había querido que su hija y su yerno se sintieran responsables de lo que le había pasado a su brazo. Con ese fin, había hecho que Wilhelm aceptara que estaban a mano con lo que había parecido un acto de resentimiento.
Estaba disgustado consigo mismo por no darse cuenta. Al mismo tiempo, sintió una oleada de ira. Una inmensa rabia hacia los imperiales fugados: Stride y Ocho Brazos Kurgan. Eliminaría esta humillación. Exigiría el pago. Esto lo juró en su corazón.
—Yo…
—¿Umm?
—Yo arreglaré esto. Lo juro por su brazo, Honorable Padre —sus palabras estaban investidas de toda la autoridad que le confería su condición de guerrero, y las pronunció en favor del hombre que se hallaba ante él.
Pero Bertol solo se rio y dijo:
—No necesito ningún juramento así. Olvídalo. No quiero que Theresia se entere de esto. Si debes jurar algo, redobla tu promesa de hacerla feliz.
—Eh…
El tono despreocupado tomó a Wilhelm por sorpresa. Bertol parecía tan orgulloso como si hubiera asestado una estocada al joven.
—Esto debe mantenerse en secreto para Theresia —dijo—. Prométemelo, Wilhelm, de hombre a hombre. De familia a familia —sonrió de nuevo mientras hacía jurar a Wilhelm un voto inquebrantable.

Hasta el final de la vida de Bertol, su hija nunca supo del daño en su brazo derecho.
Y así, hasta el final de su vida, cada vez que a Wilhelm se le preguntaba por el espadachín que más respetaba, respondía sin dudar con el nombre de Bertol Astrea.
Y esta Danza de la Flor Plateada de Picoutatte le valió a Wilhelm dos enemigos que serían una parte ineludible de su vida.
Stride «Deseo de Destrucción» y «Ocho Brazos» Kurgan.
El relato de la batalla en la que participarían ambos junto con Wilhelm, así como Theresia, y que finalmente sumiría una vez más al Reino Dragón de Lugunica en el caos —«la Balada de Batalla del Demonio de la Espada»—, comenzó aquí.