El Interludio de los Amantes
Capítulo 4
El Interludios de los Amantes
Sección 1
Grimm Fauzen aún podía recordar el momento en que se había enamorado.
Al límite de su resistencia, Grimm cayó rendido en un rincón del campo de batalla. En una mano sostenía una vieja espada maltratada, sus dedos estaban tan entumecidos por aferrarla que ya no podía soltarla. Su brazo aún vibraba con la sensación de haber decapitado a la criatura que una vez había sido su amigo.
—…
Era el infierno. Cada lugar del campo de batalla, cada momento, era el mismísimo infierno.
Lamentó su propia decisión estúpida, aunque ya era demasiado tarde. Lamentó haber huido de su pueblo natal. Había temido durante tanto tiempo hacerse cargo del negocio familiar en su solitaria posada, aterrorizado por pasar toda su vida como un don nadie.
Su patético deseo de ser un héroe, la horrenda ambición de la que no había podido deshacerse, eso era lo que lo había impulsado.
El rostro de su antiguo amigo Tholter, con los ojos vacíos y ausentes debido a su transformación en guerrero no muerto, estaba grabado para siempre en la memoria de Grimm. Usó su espada no por el dolor de la muerte de su amigo, sino por el impulso oportunista de no morir.
Ese hecho hacía que las manchas de sangre y vísceras en sus manos parecieran mucho más profundas…
—Parece que te subestimé —la voz golpeó sus oídos, terrible y clara, haciendo que su corazón se estremeciera.
—… —sin querer, levantó la vista desde donde estaba sentado. Y allí estaba ella, de pie frente a él.
Su hermoso cabello dorado estaba corto, sus ojos azules eran como joyas que brillaban abiertamente con sus emociones, su porte era noble, y lo que más le impactó fue que todo esto le parecía completamente natural en ella. No era dulce o linda, sino elegante y hermosa. Y su nombre era…
—Usted es la señorita… Carol —su voz se enronqueció al pronunciar su nombre.
Los labios de la muchacha —Carol— se suavizaron en una tenue sonrisa y dijo:
—Así es. Parece que ambos lo hemos pasado mal, em… Grimm —en ese momento, la impresión digna que lucía se relajó, revelando un lado más juvenil acorde a su edad.
Se quitó la armadura ligera de encima y dejó a un lado la espada que siempre llevaba consigo. Al hacerlo, parecía muy lejos de la imagen de una Caballera realizada. Claro que aquel momento distaba mucho de ser una conversación tranquila. El viento seco que barría el campo de batalla apestaba a sangre, y la propia Carol estaba herida.
Sí, debía haberse lesionado luchando contra el enemigo.
—Solo es un rasguño —dijo Carol—. Nada que la hija de una familia de guerreros deba lamentar.
—¿Ah… sí? —dijo Grimm.
—Sí —respondió ella, leyendo la duda en su rostro—. Y además… —bajó la mirada.
Sus ojos esmeraldas se fijaron en la mano con la que Grimm empuñaba su arma. Un destello de emoción compleja cruzó sus ojos, y luego se deslizó hasta sentarse.
—¿Era la primera vez que matabas a alguien? —tocó la mano derecha de Grimm mientras hablaba.
Los dedos delgados y pálidos de Carol se masajearon sobre los músculos entumecidos de Grimm, aflojándolos hasta que sintió que las articulaciones comenzaban a moverse de nuevo.
—Oh, eh…
—No sientas tanta urgencia. Tómate tu tiempo. A todos nos pasa. Y más aún cuando era tu amigo.
—… —Grimm se tragó sus palabras temblorosas, mirando hacia abajo con desesperación.
Era la tercera vez que estaba en el campo de batalla, y la primera vez que finalmente mataba a alguien. Eso, claro, si es que podía decirse que los no muertos podían morir.
Y ya iban tres veces: en todas y cada una de ellas, Grimm se había arrepentido de haber puesto un pie en el campo de batalla.
Poner su propia vida en peligro, tratar las vidas de los demás a la ligera, estar en medio del nauseabundo hedor a sangre, Grimm no sentía más que arrepentimiento por todo ello. Cada vez, volvía a descubrir que no tenía lugar allí…
—Fue algo muy valiente lo que hiciste —incluso mientras Grimm estaba consumido por el remordimiento, Carol lo miraba directamente—. Tu amigo estaba en la más terrible de las circunstancias, y lo enviaste a descansar con tu propia espada. Aunque apenas lo hicieras conscientemente, eso no cambia lo que pasó. Fue algo muy noble —Carol parecía estar intentando llegar hasta el ausente Grimm.
Al oír su voz, al comprender el significado de sus palabras, Grimm contuvo el aliento y reflexionó sobre lo que había hecho.
“¿Era realmente algo digno de elogio?”, pensó.
—Cuando menos, liberaste a tu amigo de la vergüenza de lo que le ocurrió tras la muerte, y diste el impulso final que ayudó a mis compañeros de armas y a mí… Aunque me decepciona que también le diera otra oportunidad a ese grosero engreído.
Una vez más, Carol parecía haber leído los pensamientos de Grimm. Él la miró con asombro, pero ella solo sonrió y dijo:
—Espero no estar muy equivocada.
—… ¡No! ¡En… absoluto!
—¿No? Qué bien… Ahh —Carol soltó un pequeño suspiro de alivio. Miró los dedos de Grimm y vio sus dedos dolorosamente apretados soltando el mango de su espada.
Carol le quitó la espada con suavidad. Luego, aún sosteniendo su arma, se puso de pie.
—¿Qué?
Grimm tartamudeó ante su pregunta tranquila.
—Eh, es, uh —la cabeza le daba vueltas, confundido por lo que él mismo había hecho.
Su propia mano había tomado la de Carol, deteniéndola. Era como si sus dedos se resistieran a dejar ir su tierno tacto.
—Esto es muy…
—¡Gracias!
—…
—… Quiero decir, gracias, señorita —Grimm encontró su voz justo en el momento en que la calidez amenazaba con desaparecer de la expresión de Carol.
Sus palabras adoptaron la forma de un agradecimiento, pero era más que evidente que aquello no era sino una pobre excusa.
Los ojos de Carol se agrandaron ante la explicación de Grimm.
—Eres raro, Grimm —frunció sus atractivas cejas, pero sus labios se curvaron en una sonrisa.
A partir de aquel instante, Grimm Fauzen pasó a pertenecer a Carol Remendis.
Sección 2
El miedo al campo de batalla nunca disminuía para Grimm. La guerra era el infierno; esa convicción nunca se atenuaba. No había campo de batalla que no fuera infernal, ninguna batalla que librara sin terror, ninguna vida que mereciera la muerte, pero incontables iban a ella.
Odiaba pelear y nunca sintió que estuviera hecho para ello. Todos a su alrededor estaban de acuerdo, y no dudaban en decírselo.
Grimm comprendía que, a su manera, aquello también era una forma de bondad. ¿Por qué alguien tan poco apto, alguien incapaz de vencer el miedo, habría de seguir debatiéndose en aquel infierno? Si hubiera decidido desertar, estaba seguro de que ninguno de sus compañeros habría tratado de impedírselo.
No, lo habrían despedido mientras regresaba a su pueblo natal, con sonrisas de alivio en sus rostros.
Con una sola excepción: Wilhelm Trias.
—¿Todavía estás vivo, inútil? Si tienes tiempo para quedarte sentado mirando como un muerto, entonces lárgate de aquí —el Demonio de la Espada, el capaz de proezas incomparables en combate, gruñó al encontrar a Grimm luchando en el campo de batalla.
No había mentira en las palabras de Wilhelm. No hablaba por ninguna amabilidad o consideración, sino desde la creencia absoluta de que los débiles no pertenecían al campo de batalla y de que Grimm solo se interpondría en su camino.
—¡Como si fuera tan fácil! Wilhelm, ¿por qué siempre estás tan…?
—Tampoco hay tiempo para charlas estúpidas. Mira, refuerzos enemigos —ignorando la objeción de Grimm, Wilhelm levantó su hoja ensangrentada y salió disparado en dirección a la fuerza opuesta, tan rápido como el viento.
Los ojos de Grimm se abrieron ampliamente, y casi se arrancó el cabello mientras gritaba:
—¡Ahh, mierda! ¡Espera! ¡Wilhelm, espérame! —corrió tras Wilhelm, arrastrado una vez más a un campo de batalla repleto de enemigos; levantó su escudo.
El miedo nunca desaparecía. No estaba hecho para la batalla. La guerra siempre era un infierno.
Sin embargo, de algún modo, Grimm nunca podía huir de ella. En cambio, seguía avanzando, siguiendo a su hermano de armas. En ese momento, lo que más temía era que llegara un día en que ya no pudiera seguirlo.
—Si intentas imitarlo, no creo que importe cuántas vidas tengas, no serán suficientes —Carol, visitando a Grimm mientras él se aplicaba primeros auxilios, parecía exasperada.
Fue justo después de una de las escaramuzas que caracterizaron los encuentros entre el Escuadrón Zergev y las fuerzas semihumanas durante la guerra. Esta batalla había incluido otra de las abrumadoras demostraciones de Wilhelm, así que había sido una victoria bastante fácil con relativamente pocas bajas para su bando. Que Grimm se contara entre ese reducido número era una vergüenza para él.
—… No puedo ver esto —añadió ella—. Dámelo.
—Oh, uh, perdón… Y gracias.
Carol tomó el cargo del tratamiento de Grimm, que había estado intentando vendarse torpemente su propio brazo dominante. Envolvió rápidamente los vendajes alrededor del corte en su hombro derecho. Le llevó solo unos segundos; para Grimm, eso hacía que su propia incompetencia resaltara aún más.
—Es cuestión de costumbre —dijo Carol—. Incluso yo no podía vendarme bien mi propio brazo preferido.
—… ¿Tan fácil es saber lo que pienso? —preguntó Grimm, tocándose el rostro.
Los ojos de Carol se agrandaron ligeramente mientras decía: «Sí», y asintió.
—No estoy segura de por qué. Eres algo raro… Siento que tu cara es fácil de descifrar. Tal vez…
—¿Tal vez qué? —Grimm se inclinó, ansioso por escuchar lo que Carol diría.
Carol, sintiendo su interés, sacudió la cabeza suavemente a los lados y dijo:
—Tal vez alguien tan fácil de descifrar no pertenece al campo de batalla.
—Ah, eso otra vez…
—… —Carol se sorprendió al ver a Grimm tan desanimado.
—No se preocupe —dijo Grimm con una sonrisa forzada—. La gente me dice que no debería estar aquí todo el tiempo. Incluso yo mismo me lo digo muy a menudo.
—Entonces, ¿por qué te quedas?
—No lo sé.
La pregunta era natural, pero Grimm miró a lo lejos. Carol miró por encima de su hombro, siguiendo su mirada. Entonces…
—¿Tiene que ver con ese hombre, con Trias?
Grimm estaba mirando al Demonio de la Espada, el que había estado en la primera línea de esta batalla y regresado sin un rasguño. El muchacho de aspecto huraño estaba recostado, pareciendo aburrido, cerrando los ojos para descansar un poco.
Grimm sonrió ante el cosquilleo en la voz de Carol y respondió:
—Ojalá pudiera decir que no tiene nada que ver con él, pero probablemente no sería cierto… Espero que no se enoje demasiado conmigo por decirlo.
—…
—Es solo que no quiero que ese horrible idiota obsesionado con la espada me deje atrás.
Diciéndolo en voz alta, esta motivación sonaba tan ridícula que Grimm casi podía reírse de sí mismo. Wilhelm caminaba por su propio camino, un camino intenso y solitario en el que nadie podía acercarse a él. Esa era la fuente que alimentaba su fuerza y lo hacía quien era.
No obstante, por más distante que fuera Wilhelm, le había salvado la vida tres veces.
—No creo que Wilhelm siquiera lo sepa. Dudo que piense que le debo algo.
—Bueno, entonces…
—Pero yo no. Él me salvó.
No podía vencer su miedo: siempre odiaría pelear, y la guerra siempre sería un infierno para él. Pero en ese mismo campo de batalla cruel, Grimm había sido rescatado por un hermano de armas, aunque ese mismo hombre quizás no lo hubiera notado.
En este lugar brutal, en medio de la horrible batalla que se extendía, donde su corazón era atormentado por el terror, solo sus compañeros lo mantenían a salvo, protegían su vida.
—Si solo le diera las gracias, estoy seguro de que se burlaría de mí. Murmuraría algo sobre no creerme su amigo o algo. Así que, en cambio, voy a hacerlo entender.
—¿Hacerlo entender?
—Pelearé hasta que un día se alegre de que estuviera allí, que se alegre de que su hermano de armas estuviera allí para ayudarlo.
Las palabras de gratitud más sinceras que pudiera reunir nunca llegarían realmente a Wilhelm. Así que esperaría el momento en que el sentimiento que quería expresar pudiera llegar al corazón del otro hombre. Esperaría, vigilando como un halcón.
—Cuando llegue el momento, incluso Wilhelm debería poder ver lo agradecido que estoy. Entonces le diré: «Ahora estamos a mano». Esa es una de las razones por las que sigo luchando.
—…
—Oh…
Carol se quedó sin palabras al conocer la ambición secreta de Grimm. Su reacción dejó a Grimm repentinamente avergonzado por su propia confesión. Qué deseo tan humilde, y femenino, acababa de expresar.
Por su parte, Carol, con labios temblorosos, dijo:
—… Parece que aún te estoy subestimando.
—Oh, eh, um… No, l-lo siento por aburrirla con…
—Claro que no… Pero ¿de verdad crees… que él cambiará?
Grimm se detuvo a mitad de su disculpa. Lo había atrapado la mirada seria de los ojos de Carol.
—… —ella guardó silencio, esperando la respuesta de Grimm. Para él, parecía que quería una respuesta a otra cosa. Como si buscara algún tipo de ayuda de su parte.
De repente, recordó algo que ella había dicho cuando se conocieron.
“Ella dijo algo sobre ser sirvienta de alguien y pelear en la guerra en nombre de esa persona, creo.”
¿Esta pregunta, quizás, insinuaba algún tipo de sentimiento hacia ese alguien?
Sintió un dolor sordo atravesando su corazón. Pero se puso una mano en el pecho, ignorando la sensación, y dijo:
—Sí, creo que cambiará. Cualquiera puede hacerlo con suficiente tiempo, si lo desea.
—…
—En realidad, ya he llegado al punto en que puedo mantener una conversación con Wilhelm, ¿sabe? Quizás algún día incluso podamos salir a tomar algo juntos o algo así —lo dijo casi en tono de broma, pero no era más que una fachada. La razón era el cambio que había percibido en los ojos de Carol.
Vio cómo la ansiedad en esos hermosos ojos esmeraldas se despejaba en un instante.
Cualquier inquietud que ella tuviera sobre esa persona que apreciaba, sus palabras la habían curado. Casi podía oír a su amigo Tholter, ahora muerto en combate, encogerse de hombros y decir: «No dejas de hacer una cosa estúpi’a tras otra, ¿eh?».
Podría estar tratando con alguien que en realidad era su rival por el amor por Carol, y aun así había terminado prestándole ayuda a la competencia.
—… Una persona puede cambiar. Con tiempo y deseo, cualquiera puede… —Carol repitió las palabras de confianza de Grimm. La fuerza volvió a su voz mientras hablaba. Finalmente, con la respiración calmada, miró fijamente a Grimm a los ojos—. Yo te apoyo.
—¿Eh?
—Es lo que quiero para ti. Me alegraré si tu deseo se cumple —sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos brillaban de esperanza.
—…
Grimm sintió que su pulso se aceleraba. Pero también sabía que esos ojos y esa expresión no estaban dirigidos a él, y se castigó por actuar como si lo estuvieran. Tenía que ser otra cosa. Ya había alguien a quien Carol quería. En cuanto a él, solo se habían visto en el campo de batalla unas pocas veces. ¿Qué podría querer una mujer tan hermosa de él…?
—¿Mmm? Eso es… —murmuró Carol mientras Grimm miraba al suelo, confundido.
Él levantó la vista y vio que ella miraba una vez más por encima de su hombro, y que su rostro volvía a irradiar peligro. La fuente de su sospecha parecía ser una mujer alta y delgada que hablaba con Wilhelm.
—Ahí va Lady Mathers, hablando con él otra vez…
Se sacudió las rodillas y se puso de pie. La mujer a la que se refería con tal deferencia era Roswaal J. Mathers, una maga de la corte. Tanto su vestimenta como su forma de hablar podían describirse generosamente como inusuales, y aparecía con frecuencia en los mismos lugares que el Escuadrón Zergev, donde además de ayudar a cambiar el rumbo de la batalla, a menudo pasaba tiempo molestando a Wilhelm.
Tenía reputación de ser bastante problemática, pero como su imprudencia resultaba en sus encuentros rutinarios con Carol en el campo de batalla, en el fondo, Grimm le estaba agradecido.
Por su parte, Carol no aceptaba de buena gana el encuentro entre Wilhelm y Roswaal.
—Disculpa, Grimm —dijo—. Tengo que ir a trabajar.
—¡Oh, c-claro! Estoy… quiero decir, estoy bien. Hizo un gran trabajo.
—…
Carol entrecerró los ojos un momento, considerando su respuesta desequilibrada. Luego, mirando el escudo de gran tamaño apoyado contra la pared junto a Grimm, dijo:
—¿Tienes la intención de aprender a usarlo?
Parecía muy seria, así que él también miró el escudo.
—¿Señorita Carol…?
—Grimm, si de verdad piensas sobrevivir a esta guerra civil… Y ya que estamos, si piensas mantenerte cerca de Trias y del Capitán Zergev… la forma en que has estado peleando es peligrosa.
—…
—Así que, si quieres, estaría dispuesta a enseñarte a usar un escudo. Aunque… ¿Cómo decirlo? Debo admitir que yo misma aún no lo domino del todo.
—¡…! ¡¿De verdad me ayudará?! —Grimm casi saltó de su asiento. Era algo demasiado bueno para ser verdad.
Su reacción sorprendió a Carol, pero ella asintió rápidamente y dijo:
—Sí. Busquemos un momento, entonces. Creo que deberías poder disponer de un poco de tiempo en la capital.
—C-claro. Muchas gracias. ¡Estoy deseando aprender de usted! —inclinó la cabeza varias veces, profundamente agradecido con Carol.
Por supuesto, Grimm debía tener cuidado de no malinterpretar sus intenciones. Ella solo se lo ofrecía por amabilidad. Aun así, celebraba cualquier tipo de avance, ya fuera en su deseo por su compañero o en el intento de pasar algo de tiempo con la mujer que adoraba.
Estaba apretando el puño de felicidad cuando Carol dijo:
—Por cierto, quizás me estoy pasando al descifrar esto de ti, pero…
—¿Sí?
—La persona a la que sirvo es una mujer. Por favor, no te hagas una idea equivocada.
Y eso fue todo. Eso fue todo lo que dijo antes de girar sobre sus talones y dirigirse hacia Wilhelm y Roswaal. Les habló con severidad, interrumpiendo lo que parecía ser una discusión.
Pero Grimm, observando desde la distancia, luchaba desesperadamente por comprender lo que acababa de oír.
—No… no debo… malinterpretar sus intenciones… pero…
¿En verdad estaba equivocado? La pregunta daba vueltas y vueltas en su cabeza.
No podía quitarse la sensación de que, en algún otro lugar de su mente, Tholter sonreía con picardía.
Sección 3
Y así comenzó una serie de encuentros repletos de gratitud, esperanza en el futuro y quizás lo más mínimo de las segundas intenciones. Exteriormente, eran sesiones de entrenamiento con escudo para ayudar a mantener vivo a Grimm. Pero en realidad, eran mucho más intensas y brutales de lo que él imaginaba al oír la simple palabra de «entrenamiento».
—¡Ahí!
—¡Auch! ¡Ay, ay, ay! ¡Señorita Carol, eso duele!
—¡Va a doler mucho más que eso en el campo de batalla! ¡Acabas de perder todas tus extremidades! —gritó Carol. Sostenía una espada de madera de entrenamiento con la que acababa de golpear cada una de las manos y los pies de Grimm. Él había soltado su escudo y ahora estaba encorvado de dolor frente a Carol.
Carol manejaba la espada de madera como si fuera una extensión de su cuerpo, atacando a Grimm con cambios rápidos y movimientos fluidos. Incapaz de seguir su hoja con la mirada, había recibido decenas de golpes, y su cuerpo estaba a punto de romperse.
—Has mejorado mucho, pero todavía hay demasiadas ineficiencias en tus movimientos —dijo Carol, sentándose junto a Grimm—. Algún día te enfrentarás a un enemigo realmente poderoso, y entonces serás superado.
Exhaló suavemente, luego se secó el sudor de la frente y se humedeció los labios con la lengua. Cada gesto era digno a su manera, y Grimm estaba embelesado por la forma en que Carol se veía de perfil.
Así, durante un tiempo, Carol ayudó a fortalecer a Grimm. Se encontraban en los campos de entrenamiento de la capital, y Grimm podía pasar varias horas entrenando con ella en sesiones individuales.
Bordeaux había elogiado a Grimm por haber llegado a defenderse bien con el escudo. Grimm se animó por sus palabras y sintió que había comenzado a progresar en su manejo del escudo, pero claramente todavía tenía muchas asperezas. Carol parecía encontrar aberturas en sus defensas por todas partes, y en una batalla real probablemente ya habría muerto unas mil veces.
—Por lo que he visto —dijo Carol—, siento que tus movimientos son mucho mejores en un campo de batalla real.
—Oh. Me pregunto si será gracias a esa sensación extraña que siento en la nuca —Grimm se tocó la nuca, ofreciendo su propia hipótesis.
Esa «sensación» era una especie de sexto sentido para el peligro que el propio Grimm no terminaba de comprender. Cuando se enfrentaba a un enemigo en el campo de batalla, o cuando sentía uno cerca, un escalofrío de miedo recorría su nuca. Escuchando esa señal, Grimm era capaz de manejar su escudo con mucha más habilidad de lo que su entrenamiento sugería. Por otra parte, quizás nunca lo habría logrado sin Carol para elevar su nivel general de habilidad.
—No estoy segura de cómo me siento al respecto —respondió Carol—. Implica que la energía que pongo aquí no se parece en nada a una batalla real.
—¡E-eso no es lo que quería decir! Solo que, eh, ¿cómo lo digo…?
—Solo bromeaba. No tienes que ponerte tan nervioso —los labios de Carol se suavizaron en una sonrisa, y dirigió su amable mirada hacia Grimm.
Él se sujetó la cabeza, murmurando patéticamente:
—Maldición…
Sospechaba que ella podía descifrar lo que pensaba, que sabía exactamente lo que sentía. Y, aun así, el hecho de que siguiera acudiendo a aquellos encuentros solo podía significar una de dos cosas: o ella también consideraba que él era digno de ello, o era una mujer profundamente fiel a sus promesas. Aunque le gustaba pensar que, a esas alturas, ya sabía que en ella había algo más que un simple apego a la etiqueta.
—Señorita Carol, es que no puedo ganarle…
—¿Grimm? ¿Qué dijiste?
Rápidamente sonrió e intentó cubrirse.
—Oh, yo… yo solo pensaba que quizás la razón por la que nunca puedo defenderme es porque soy como un libro abierto para usted.
—Ya veo —dijo Carol en voz baja—. Es cierto que tus expresiones nunca han sido difíciles de descifrar. Quizás tu cara sea especialmente sencilla de descifrar para mí… Supongo que hacemos buena pareja.
—¡¿Qué?!
—Oh, nada —dijo Carol, con un destello de picardía en los ojos—. … Realmente eres fácil de descifrar —se puso de pie de un salto y luego le tendió cortésmente la mano a Grimm.
Él dudó un instante si aceptarla o no; al final, la tomó antes de convencerse a sí mismo de desistir.
—Siento que, incluso si no pudieras hablar, seguiría siendo capaz de entenderte.
Sección 4
Carol se disculpó desesperadamente por el comentario mientras entraba corriendo en la habitación del hospital de Grimm.
—¡Lo siento…! ¡Lo siento, Grimm…! ¡Lo…! —llegó a su lado, disculpándose entre lágrimas.
Cuando oyó el dolor en su voz, Grimm abrió la boca para decir algo, cualquier cosa que detuviera sus lágrimas. Pero…
—å̴h̴̔͜h̵͉̽… —solo un aliento ronco emergió de su boca; era incapaz de formar palabras con sentido.
La batalla del Pantano Aihiya, un enfrentamiento más feroz que cualquier otro en la Guerra Semihumana, acababa de terminar. Como parte del Escuadrón Zergev, Grimm había estado en ese campo de batalla, donde se había encontrado cara a cara con Libre Fermi, uno de los pilares de la Alianza Semihumana. La unidad se había visto arrastrada a una lucha despiadada.
Cuando la batalla casi había terminado, un destello de la hoja de filos gemelos de Libre había desgarrado la garganta de Grimm.
El tajo cortó los órganos que necesitaba para hablar, y Grimm perdió la voz. Los médicos del hospital ya habían declarado que lo más probable era que nunca volviera a hablar.
Carol se culpaba a sí misma por la lesión de Grimm y estaba terriblemente angustiada. Como si un comentario casual de una sesión de entrenamiento de hacía muchos meses pudiera haber sido la causa.
—¿Grimm?
—… —Grimm sonrió ante la voz ronca y llorosa que pronunciaba su nombre. Carol estaba a salvo con él, y en ese momento, eso lo hacía feliz.
Sí, le dolía haber perdido la voz. Saber que nunca volvería a pronunciar el nombre de su amada. Pero aun así, se alegraba de que, al menos, en las llamas de ese infierno, no la hubiera perdido a ella.
Ya había perdido a un compañero de armas. Alguien a quien le debía mucho. El campo de batalla le había arrebatado a esa persona. Su propia impotencia había resultado en muerte. Aún más razón para…
—Ah…
“Me alegro tanto de que estés a salvo”, pensó Grimm desde lo más profundo de su corazón. Y Carol, que siempre había sabido lo que él pensaba mejor que nadie, lo entendió de inmediato. Se incorporó lentamente, mirándolo con los ojos húmedos.
Sintió que nunca se cansaría de contemplar su rostro y embriagarse con su belleza. Ya no creía que estuviera malinterpretando la razón por la que sus ojos estaban húmedos, la razón por la que lo miraba. Ya no necesitaban excusas.
Y así, Grimm ahora atrajo a Carol hacia él.
—¡…!
Carol contuvo el aliento, sorprendida por un instante, pero luego se recostó contra su pecho. Cuando levantó la mirada hacia Grimm, él se inclinó para robarle un beso de los labios.
Ella no opuso resistencia.
Cuando el beso terminó, esperó que ella viera en su rostro cuánto la amaba. Ese pensamiento cruzó su mente mientras apretaba su cálido cuerpo contra el suyo con ansia.
Sección 5
Los días y los meses pasaron, y muchas cosas les sucedieron a Grimm y a Carol. La batalla en el castillo que resultó ser el punto de inflexión de la Guerra Semihumana; la batalla de debut de la Santa de la Espada, que provocó la deserción de Wilhelm del ejército; y la segunda batalla en el Campo Castour, que condujo a la conclusión definitiva de las hostilidades.
Y luego estaba la irrupción del Demonio de la Espada en la ceremonia del armisticio, y la derrota de la Santa de la Espada.
—¡Ese hombre es un absoluto, total y completo idiota! ¡Uno esperaría que en dos años hubiera aprendido algo!
El Demonio de la Espada había irrumpido en la ceremonia, superado a la Santa de la Espada en una demostración de fuerza, y luego fue arrestado y arrojado a la Torre de Prisión por una brigada de Caballeros.
Nadie más habría sido capaz de hacer algo tan estúpido y, al mismo tiempo, tan grandioso; Carol estaba completamente convencida de ello. Grimm solo pudo esbozar una sonrisa débil ante su iracunda amante. Él mismo, después de todo, había participado en la captura del Demonio de la Espada tras el comportamiento increíblemente audaz del hombre. Apenas habían llegado a casa cuando Carol comenzó a quejarse, y Grimm sonrió sin querer.
—¿Grimm? ¿Qué es exactamente lo que te parece tan gracioso? ¿Dije algo raro?
«Nada raro. Más bien… predecible, quizás.»
—¿Jum? ¿Quieres decir que sabías que me enojaría?
«Dímelo tú, maestra», escribió rápidamente en un cuaderno que sacó de su bolso, molestándola.
En los más de dos años desde que perdió la voz, se había acostumbrado bastante a esta forma de comunicarse. Por supuesto, Carol, que había mejorado aún más en adivinar sus pensamientos, ya había inflado las mejillas de fastidio antes de que él terminara de escribir.
Había pasado algún tiempo desde que comenzaron a mostrarse sus emociones tan abiertamente. Aunque, en ese momento, ella le parecía más sincera que en cualquier otro momento de los dos últimos años.
«¿Estás contenta de que Wilhelm haya regresado?»
—¿Que si estoy con…? ¡¿De qué estás hablando?! T-tú eres el único en mi corazón, Grimm…
«Perdón. Me refería a que estuvieras contenta por Theresia.»
—… Creo que te referías a justo lo que escribiste —a pesar de la rápida aparición de una segunda hoja de papel, Carol hizo un puchero y lo miró con furia.
Completamente satisfecho con la adorable expresión de su amada, Grimm notó de nuevo lo extraordinariamente aliviado que estaba él mismo. Apretó la mandíbula, obligando a sus dientes a dejar de castañetear.
Wilhelm, que había estado desaparecido dos años, había vuelto. Seguía siendo tan buen espadachín como siempre, quizás incluso mejor, de hecho. Lo suficientemente bueno para reclamar la victoria sobre la Santa de la Espada en la ceremonia. El Demonio de la Espada en verdad estaba en casa. Había vuelto para rescatar el corazón de Theresia, la mujer que lo significaba todo para Carol.
—¡De todas formas! ¡No podemos quedarnos aquí esperando! ¡Alguien tiene que ir a informar a ese grandísimo idiota de lo estúpidamente imbécil que es! ¡Y ese es nuestro trabajo, Grimm!
«¿Y Lady Theresia?»
—No me imagino que mi querida y dulce Lady Theresia vaya siquiera a regañarlo. ¡Me necesita para esa tarea!
No era una esperanza, sino una verdadera convicción lo que impulsaba esa declaración. La relación entre Wilhelm y Theresia debía ser tal como ella decía. Tan segura como el hecho de que Grimm amaba a Carol.
Él mismo tenía más de un par de cosas que quería decirle a Wilhelm. Ambos querían lo mismo.
—¡Vamos, Grimm! Estoy segura de que Lady Theresia lo llevará a su casa… ¡Y allí es donde voy a descargar contra él los dos años de ira que he estado acumulando!
Carol extendió la mano, y Grimm la tomó con esa misma pequeña sonrisa. Ella estaba lista para salir corriendo por la puerta, pero él la retuvo, solo un momento.
En ese momento, escribió los sentimientos que no había tenido oportunidad de expresar en la ceremonia interrumpida.
«En ese vestido te ves hermosa.»
Dejemos de lado los pormenores de la reacción de Carol. Cuando ella y Grimm abandonaron el salón de ceremonias, lo cierto es que tenía el rostro intensamente sonrojado.
Sección 6
Cuando la boda concluyó, Wilhelm y Theresia compartieron su primer beso como matrimonio. Desde los bancos, Carol se apoyó en el hombro de Grimm y lloró abiertamente.
El Escuadrón Zergev había llegado milagrosamente a tiempo para la ceremonia, pero todos sus miembros estaban en un estado lamentable. Eso incluía a Grimm, cuya armadura y uniforme, después de tres días consecutivos de uso, solo podían calificarse de antihigiénicos como mucho.
En cambio, Carol, con su amado —bastante sucio— una vez más a su lado, no podía importarle menos. La hermosa novia, Theresia, sentía exactamente lo mismo. Ambas se llenaban de orgullo.
Con el intercambio de votos y luego de un beso, Wilhelm y Theresia estaban por fin oficialmente casados. Incluso Su Majestad el Rey había asistido, aunque de incógnito. Nadie de los presentes se opuso a la unión. Claro que, en realidad, aparte del padre de la novia, nunca hubo nadie que tuviera mucho en contra de ella.
—Oh… Lady Theresia, qué hermosa está… —Carol no podía ocultar su alegría y emoción al ver a Theresia con su vestido de novia; estaba completamente absorta. Grimm sintió un toque de celos, pero en un día como aquel, podía dejarlo pasar.
Nadie necesitaba explicarle la inmensa importancia de Theresia en la vida de Carol. Eran como hermanas, o incluso más cercanas, y sus sentimientos en ese día debían ser realmente intensos. El propio Grimm se sentía igualmente aliviado de ver a Wilhelm cumplir su deseo. Aunque quizás no estaba tan emocionado como Carol.
—…
Con los votos y el beso, la ceremonia había terminado apropiadamente. Aun así, el acto se alargó con intervenciones que alguien poco caritativo podría considerar superfluas: Bordeaux, representando al novio, dio un discurso; Bertol, como padre de la novia, relató algunos recuerdos de su vida con su hija, aunque como era previsible, terminó llorando.
Finalmente, cuando todo terminó, Wilhelm y Theresia salieron juntos de la capilla. Todos les aplaudieron y ofrecieron sus bendiciones. Y justo cuando la pareja estaba a punto de irse…
—¡Carol!
—¡¿Qué?!
El ramo de novia describió un arco en el aire y cayó limpiamente en los brazos sorprendidos de Carol. Lanzar las flores amarillas que Theresia había sostenido era la última de las costumbres nupciales que debía observarse. Se decía que quien lo atrapaba sería el siguiente en encontrar la felicidad para el resto de su vida…
—Oh…
Theresia guiñó un ojo con picardía, y Carol se sonrojó. En ese momento, los aplausos en la capilla se desviaron de Wilhelm y Theresia y sonaron para Carol. Casi abrumada, agarró el brazo de Grimm, pero esto solo hizo que los buenos deseos se intensificaran.
—G-Grimm, eh…
Su amante no parecía saber muy bien qué hacer, pero Grimm también guiñó un ojo. Al otro lado de los aplausos, Theresia les sonreía felizmente, y Wilhelm tenía una expresión de fastidio en el rostro, como si dijera que le estaba dando a Grimm un poco de su merecido.
«Vas a ser el próximo en estar ahí arriba», parecía decir.
—…
Grimm rodeó el brazo izquierdo de Carol, y con la mano libre, tomó el ramo de ella y lo levantó por encima de su cabeza para que todos lo vieran.
Hubo un instante de shock entre los espectadores, pero luego todos se miraron entre sí y estallaron de nuevo en aplausos. El amante de la doncella que había atrapado el ramo lo levantó por encima de su cabeza. Eso solo podía significar una cosa.
Theresia se colocó las manos en la boca, y Wilhelm levantó una ceja como si estuviera ligeramente sorprendido. Bordeaux se rio a carcajadas, Miklotov sonrió y el Rey Gionis aplaudió más fuerte que nadie. Bertol, presa del miedo de que alguien a quien consideraba una hija fuera a serle arrebatada, comenzó a llorar de nuevo.
Carol se recostó contra Grimm, todavía sonrojada y dijo:
—Grimm, eres un… tonto —murmuró con su dulce voz. Su queja fue en voz baja, pero él la distinguió claramente entre los aplausos.

Sección 7
—Lo juro, nunca sé qué harás a continuación —dijo Carol, lanzándole una mirada de reproche a Grimm mientras se sentaba sobre la cama.
La ceremonia había terminado y, al caer la noche sobre la Capital de Lugunica, ambos se encontraban en una residencia privada situada en un rincón del Distrito Vasallo.
La habitación era el dormitorio de Grimm, y el edificio era su casa. Grimm era el Subcapitán del Escuadrón Zergev, una unidad distinguida y muy respetada. Bordeaux ya había determinado que Grimm no necesitaba seguir pasando las noches en el cuartel y que debía disponer de una vivienda cerca del castillo; el resultado era aquella casa. Contaba con todo cuanto necesitaba para vivir y cumplir con sus obligaciones, lo que hacía su vida mucho más cómoda. Y, por casualidad, también facilitaba que pudiera robar unos momentos para estar a solas con Carol.
—Antes me preocupaba la forma en que algunos de los otros Caballeros y guardias me miraban.
Sus encuentros secretos no eran tan frecuentes, pero la vida de un hombre con una amante tan hermosa también tenía sus propias dificultades. Desde hacía mucho tiempo, Grimm libraba una batalla silenciosa para impedir que cualquiera de sus competidores —muy inferiores a él tanto en méritos como en devoción— pusiera las manos sobre Carol. No tenía intención alguna de contarle aquella lucha en particular y, además, muy pronto recibiría una recompensa más que suficiente.
—Has tenido un día largo… Bueno, mucho más que solo un día largo, Grimm. Ven aquí.
Ya se había bañado y cambiado de ropa. Carol, con un leve rubor en las mejillas, dio unas palmaditas sobre el colchón a su lado. Grimm se sentó junto a ella y rodeó con un brazo su esbelta cintura. Sus labios se encontraron sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
En momentos como aquel, cuando solo estaban ellos dos, Grimm apenas llevaba consigo siquiera su pincel de escribir. Bastaba con contemplarse mutuamente. Saboreaba el placer de saber que Carol tenía razón: las palabras no eran el único medio para expresar lo que sentían.
De pronto, al recordar que estaba con una mujer que expresaba sus sentimientos con la espada, soltó una carcajada.
—… Oh, Grimm, mira lo que hiciste. Unas simples disculpas no bastarán para arreglar esto.
Carol estaba completamente indignada por haberla dejado plantada en mitad del beso, arruinando por completo el ambiente. Ignoró la expresión arrepentida de Grimm y apartó el rostro con evidente enojo.
Él apoyó una mano sobre una de sus mejillas y depositó un beso sobre la otra.
—Mmm, no. No vas a librarte tan fácilmente.
Su princesa seguía enojada, pero él no pensaba rendirse ante aquel desafío. Besó sus orejas, luego su cuello, cubriéndola de besos.
—¡Ah, oye, eso hace cosquillas…! ¡No vale, no vale, te dije que no!
Carol se retorció bajo el cosquilleo de sus labios y, por fin, la rigidez de su expresión comenzó a deshacerse. Al cabo de un instante, una sonrisa volvió a iluminar su rostro y una alegre carcajada anunció su rendición mientras se abandonaba entre sus brazos.
—… Qué extraño que un corazón tan valiente habite en un pecho tan esbelto.
Los labios de Carol rozaron aquel mismo pecho mientras hablaba con una voz dulce y vulnerable.
Normalmente procuraba mostrarse segura de sí misma y fuerte; nadie más conocía aquella faceta tan sentimental de ella. Ni siquiera Theresia había visto nunca esa expresión. Era un rostro reservado únicamente para Grimm.
—…
Cuando se conocieron, Carol había impedido que ese corazón se rompiera por completo. Luego había aceptado sus desmesuradas ambiciones sin una sola sonrisa ni burla.
Había llorado la pérdida de su voz y se había convertido en su amante. Durante dos años lo había acompañado y velado por él hasta que, por fin, pudo perdonarse a sí mismo. Y luego él la había visto atrapar aquellas flores y recibir las bendiciones de todos.
—… Todavía no estoy del todo preparada para convertirme en Carol Fauzen.
Sonrió al adivinar lo que se reflejaba en los ojos de Grimm mientras este la contemplaba.
A ese paso, parecía que ni siquiera sería capaz de ocultar su intención de pedirle matrimonio. Grimm se prometió ser más cuidadoso, al menos para poder sorprenderla cuando llegara el momento. Todo era por hacer feliz, de todas las maneras que estuvieran a su alcance, a aquella persona tan querida para él.
Y así concluye el deslumbrante interludio de la historia del Demonio de la Espada y la Santa de la Espada, de la unión entre un hombre y una mujer. También esta constituye una parte importante del relato de la Canción de Amor y la Balada de Batalla del Demonio de la Espada.
FIN