Sección 2
Sección 2
Y así comenzó la prueba.
El escenario era un espacio blanco en el segundo piso de la torre.
El examinador era el hombre pelirrojo de sonrisa de tiburón que permanecía de pie, tranquilo, al fondo de la sala.
Una presión inimaginable emanaba de aquel que se hacía llamar simplemente Palillero.
Y estaba también el hecho de cómo había aparecido. Shaula—quien era, al menos técnicamente, la guardiana de la torre—se había desmayado apenas verlo. Era evidente que no era una persona común y corriente.
Y entonces…
—¡Desde el primer momento, lucharé con toda mi fuerza!
Inclinándose hacia adelante, Julius avanzó con esas palabras.
De su mano salió volando la espada que había estado clavada en el suelo frente a la escalera. Girando en el aire, describió un arco y cayó clavándose justo a los pies del hombre, exactamente donde Julius había apuntado.
El hombre podía fácilmente extender la mano para tomarla, tal y como Julius pretendía.
—Oye, ¿qué faces? ¿Qué pretendes lanzándome una espada? ¿Es que ansias perecer?
—¡Desgraciadamente, como caballero, es un acto muy vergonzoso blandir una espada contra alguien desarmado!
—¡Jah! No fagas bromas. No tengo las manos vacías, oye, mira más de cerca.
El hombre sonrió, mostrando los colmillos, mientras Julius acortaba la distancia. Entonces, levantó la pierna con indiferencia y de un violento puntapié apartó la espada. El arma salió volando con un fuerte estruendo.
—¡Gh! ¡Espero que no te arrepientas de haber pronunciado tales palabras!
Tras ver despreciado su intento de tener un duelo justo, el rostro de Julius se endureció al desenvainar su espada de caballero.
La delgada hoja brilló en línea recta, convertida en un martillo de hierro para juzgar al hombre que había mancillado el honor de un duelo serio.
La embestida relampagueante…
—No grites cosas lindas, cachomierda. Tienes un rostro fermoso. No querrás excitarme y facerte plorar, ¿verdad?
—¡Gh!
Un trueno resonó cuando la estocada dirigida a su torso se detuvo.
Por supuesto, Julius no había contenido su mano: él siempre daba todo de sí. Así que no fue él quien se detuvo, sino el tiburón que sonreía frente a él.
—¡Imposible!
—Más te vale aprender a creer lo que ven tus ojos. Empieza por ahí. Ese es el primer paso.
El Palillero sonreía ferozmente mientras se rascaba el pecho con desinterés usando la mano derecha.
Pero era su izquierda la que había detenido la espada de Julius con una precisión aterradora.
Y…
—¿… Palillos de madera?
—No, mira mejor. Oye, ¿tienes los ojos mal o algo ansí? Son palillos; palillos. Son muy buenos para asir aperitivos, los palillos. Por eso los porto encima.
… En sus manos había dos delgados palillos de madera lacados en negro.
—Son palillos, sin duda. Solo supe que existían en este mundo cuando estábamos en Pristella, pero es la primera vez que veo a alguien usarlos de forma tan perfecta.
—No, incluso usándolos perfectamente, detener una espada con ellos no es algo que un humano pueda hacer…
—Oye, no fagas bromas. Golpeando en el mejor ángulo, con la mejor velocidad, con el mejor tacto, del mejor modo… Ya sea con palillos o lo que sea, no hay nada que no pueda cortar.
—Gh…
Era una visión increíble, pero el Palillero parecía incluso estar a punto de bostezar.
Todos estaban sin palabras, pero Julius no podía dejarlo así. Con más fuerza en los brazos, trató de liberar su espada del agarre de los palillos, pero no se movió.
—No te esfuerces, no te esfuerces… Mejor ríete, oye. Quien riese es más apuesto. Mas, siendo tú un hombre, no es que importe.
De repente, aflojó el agarre, y por un instante Julius perdió el equilibrio por la fuerza con la que estaba tirando. Pero en ese único momento, el cuerpo de su oponente giró, y su larga pierna impactó contra la delgada cintura de Julius, enviándolo a volar.
—¡Julius!
Subaru no supo quién gritó. El cuerpo de Julius salió despedido como una hoja sacudida por el viento. Y lo que lo esperaba en el aire fue…
—¡Já!
El Palillero saltó, alcanzando a Julius como si hubiera sido disparado desde un cañón. Colocándose por encima de él con una agilidad imposible, lanzó los dos palillos hacia abajo con la fuerza de una tormenta.
Julius, por puro instinto, trató de desviar el ataque con su espada. Pero los palillos lo esquivaron como burlándose de la idea de ser bloqueados, apuñalándolo, apuñalándolo, apuñalándolo—
—¡¡Jiwald!!
En un instante, un rayo abrasador fue disparado hacia los dos suspendidos en el aire.
Arrasó con el mundo de manera simple y brutal, como la propia luz. En otras palabras, incineraba todo lo que tocaba.
Era directo, y podría parecer fácil de esquivar, pero viajaba a la velocidad de la luz, persiguiendo a su presa.
Ni siquiera el Palillero debería poder anticipar un ataque de rayo proveniente de alguien fuera del anillo—
—Mi espada puede cortar incluso la luz, oye.
Antes de que esas palabras, que parecían simple fanfarronería, pudieran asimilarse, el ataque de palillos atravesó el rayo de calor.
Todos abrieron los ojos de par en par ante lo inimaginable, lo imposible.
Pero el hombre solo sonrió con burla, como si fuese natural y aun así siguió golpeando a Julius sin parar.
—¡Gh! ¡¡Jiwaaaaaald!!
Los ojos inyectados en sangre estaban completamente enfocados mientras volvía a conjurar—
Con las manos extendidas, Anastasia lanzó otra vez el hechizo de rayo de calor, su bello rostro teñido de determinación mortal.
De la punta de sus dedos salieron diez rayos separados, todos dirigidos al Palillero.
—¡Já!
De una forma asombrosa, el hombre los evitó: cortando de nuevo los rayos de luz con los palillos, y luego descendió en picada, clavando con precisión la punta de un palillo en el plexo solar de Julius, arrastrándolo por el suelo y estampándolo con brutalidad.
—¡Jajajajajah! Apunta bien, oye. Ni siquiera puedes aplastar una mosca así, oye. No me claman donjuán por nada, oye. ¡Jajajajajah!
—¡Jiwald! ¡Jiwald! ¡Jiwaaald!
Anastasia disparaba un torrente interminable de rayos mientras el hombre corría y reía como un demonio.
Pero, aunque la magia era poderosa, de nada servía si no daba en el blanco.
La diferencia entre la destreza de combate del hombre y la inexperiencia de Anastasia—o, mejor dicho, de Eridna—era evidente.
Y al final…
—Aah… Ngh…
—¿Ah…?
El Palillero arqueó una ceja al ver que los ataques se detuvieron. Anastasia se desplomó, con sangre manando de su nariz. Subaru recordó entonces: Eridna había advertido que usar esa carta final ejercía una carga inmensa sobre el cuerpo de Anastasia.
—¡Señorita Anastasia!
Al ver a su señora caer, el caballero, aún cubierto de heridas por los incontables golpes de palillo, se movió.
Liberándose al arrancarse el manto de la Guardia Real y usando el cambio de fricción, Julius logró escapar por un instante de la implacable ofensiva.
Girando desde el suelo, lanzó una patada con sus largas piernas hacia la cabeza de su enemigo.
El hombre la esquivó apenas inclinando el cuello, pero luego se impulsó lejos de Julius con un salto.
—Lo que acabas de facer, oye, fue de mi agrado. Sintiose así de bien, oye.
—¡No tengo tiempo para tus tonterías! ¡Apártate!
La diferencia de fuerzas era abrumadora.
Aun sabiendo eso, Julius rugió, cargando otra vez con la espada en mano. Su hoja se lanzó como una serpiente, en un ataque bello y elegante, perfeccionado tras incontables horas de esfuerzo, sudor y sangre.
Y, sin embargo—
—¿Esto es todo? No me fagas reír. ¿Es en serio? ¿Este eres tú dando todo? Qué decepción, oye.
El estoque fue detenido, el tajo desviado, la secuencia de golpes repelida, y la técnica final destruida.
Toda la esgrima que Julius había cultivado, todo lo que había forjado como caballero, fue cruel y aterradoramente pisoteado por dos simples palillos.
—No sueles ser ansí, oye. ¿Por qué peleas solo? No es ansí como peleas usualmente, ¿verdad? No estás acostumbrado… Y por eso todo esto abúrreme, oye.
—¡Yo…!
—Si quisieres asistir a tu chica, te dejaría. Toma prestados su par de muslos y déjate mimar, feo fracaso de espadachín.
Por un instante, una emoción apareció en el rostro de Julius. ¿Ira? ¿Dolor? ¿Desesperación? ¿Arrepentimiento?
Fuera lo que fuera, nadie desde fuera podía saberlo.
Su espada brilló, siguiendo un trayecto que había repetido decenas de miles de veces.
Pero, a ojos de cualquiera, era un ataque lleno de dudas.
El siguiente instante, los palillos cortaron la espada en dos con un simple chasquido.
Los ojos amarillos de Julius se abrieron de par en par al ver cómo su hoja volaba en pedazos.
No solo su espada se había roto.
—Duérmete.
Con esa sentencia, un puño de hierro lo golpeó en la cabeza. Era la violencia más simple y primitiva, la que existía incluso antes de que el hombre aprendiera a usar herramientas.
El ataque brutal destrozó su bello rostro y apagó su conciencia en un instante.
Su cuerpo fue lanzado como un muñeco de trapo, rodando por el suelo hasta caer junto a Anastasia.
Ambos quedaron inconscientes, lo que parecía casi un gesto de “consideración” del hombre bestial.
—En fin, que venga el siguiente.
Crujiendo su cuello como si solo hubiera terminado el calentamiento, el hombre volvió la mirada hacia Subaru.
Podría literalmente haber sido un simple calentamiento para él. Desde que Julius cargó, recibió una paliza, Anastasia intervino, y ambos cayeron inconscientes… apenas habían pasado uno o dos minutos.
Todo había ocurrido tan rápido que Subaru no tuvo ni un instante para ayudar. Solo había podido quedarse plantado como un poste.
Y no solo él: Emilia y los demás también…
—ICE BRAND ARTS, ICICLE LINE.
… O tal vez no.
Una luz pálida danzó en el espacio blanco, subrayando esa diferencia.