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Capítulo 7
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Sección 1
Tras la partida de la bandada de aves, un abismo descendió sobre el balcón.
Las aves, de aspecto antinatural, no dudaron en desplegar sus alas y lanzarse al oscuro cielo.
Como si dijeran que caer en un cielo sin soporte era más cómodo que permanecer allí.
Si eso era lo que sentían, Subaru estaba al cien por ciento de acuerdo. Así de inesperada y horrible era la situación asfixiante.
—¿Cuál es el significado… de lo que ha dicho ahora mismo?
El aire se cargó de tensión cuando Julius repitió sus palabras sin trabarse.
Las palabras eran las mismas que su primera y atónita pregunta, pero había recuperado un poco de vigor. Era una triste demostración de la fortaleza de su núcleo.
—¿Cuándo comenzó a escuchar la conversación?
Subaru obligó a su cerebro a ponerse en marcha solo para toparse de inmediato con un problema. Era crucial saber cuánto había oído Julius.
La parte de que Echidna estaba en el cuerpo de Anastasia no era algo que pudiera revelarse sin preparación. Y los secretos que Subaru y Echidna habían compartido estaban demasiado enraizados en el esfuerzo de conquistar la torre.
Eso involucraba espíritus artificiales, la Bruja de la Codicia y la Autoridad de la Gula, entre otras cosas. Subaru había juzgado que contarle a Julius los detalles de esa mezcla solo causaría confusión y dolor.
Y, sobre todo, el hecho de que la consciencia de Anastasia estaba dormida y el espíritu artificial Echidna habitaba su cuerpo.
Eso era…
—… Cielos santo, Natsuki, vamo’, no te comportes de manera tan evi’ente.
—… ¿Eh?
Tocando ligeramente al tenso Subaru en el pecho con su dedo, Echidna mostró una encantadora sonrisa.
Su tono y actitud eran una imitación perfecta de Anastasia, y por un momento Subaru se quedó sorprendido, sin saber qué pasaba.
Dejándolo en el aire, Echidna giró sobre sus talones.
—Lo siento, Julius. Pero no es como si te estuviéramo’ dejando de la’o, ¿sabes? Simplemente pensé en hablar con Natsuki sobre argunas de las cosas importantes que ocurrirán una vez abandonemo’ la Atalaya Pléyades.
—…
—Debimo’ abandonar la Sala verde ya que Rem y aquella pequeña dragona de tierra ‘taban allí, ¿no crees? No es que temamo’ que argún secreto especiar fuera a firtrarse, sino que simplemente me apetecía argo má reserva’o. Así que andamo’ por er lugar… y casuarmente encontramo’ este rincón apropia’o. Eso es to’o.
Juntando sus manos delante del pecho, inclinó un poco la cabeza.
—Perdónanos.
Era un gesto adorable y se sentía como algo que Anastasia podría hacer. Pero el contenido de la historia era demasiado poco convincente para haber salido de sus labios.
Casi como un delgado pañuelo de excusa improvisado para hacer presentable una situación comprometedora. O tal vez ni siquiera casi: exactamente eso.
Echidna también debía estar sorprendida por la situación desfavorable. Simplemente había reaccionado un poco más rápido que Subaru.
Y entonces…
—Tú… no eres la señorita Anastasia, ¿verdad?
—…
—Echidna, quiero que me digas qué ha ocurrido. No eres tan mala como para no saber rendirte e insistir en intentar ocultarme cosas llegados a este punto, ¿verdad?
Julius interrogó directamente a Echidna tras un momento de vacilación. Ella comenzó a replicar, pero…
—Eso no…
—He sido claro en que no podría aceptarlo así.
Julius desenvainó la espada con la que había reemplazado la rota y apuntó la punta a la blanca garganta de Echidna.
—¡Julius, espera! Eso es…
—Tú también, Subaru. Solo deseo conocer la verdad.
Con total calma, Julius pidió que fueran sinceros.
Echidna contuvo la respiración, incapaz de moverse con la espada en su cuello. Sus ojos buscaron a Subaru en busca de ayuda, pero él tampoco podía pensar en cómo salvar la situación.
—Julius, ¿por dónde quieres que comencemos?
—… Por el cuerpo de la señorita Anastasia.
La voz de Julius era ronca al responder.
Lo que hubiera escuchado era más que suficiente para hacerlo perder la calma. Pero, al menos en la superficie, mantenía la compostura.
O quizá las cosas se habían desviado tanto que ya había superado la fase de alterarse.
—… Soy un espíritu artificial que ha pasado muchos años con Ana. Mi nombre es Echidna.
—…
—Durante la batalla contra el Culto de la Bruja en Priestella y desde entonces, la consciencia de Ana ha estado dormida dentro de su cuerpo. Por eso soy yo quien lo mueve en su lugar. He estado fingiendo ser ella desde ese día.
Echidna decidió que no había manera de seguir ocultándolo. Con frialdad, sin preámbulos, comenzó a explicar con un tono neutro.
Cómo había intercambiado con Anastasia durante la lucha en Pristella, enfrentándose al Arzobispo… y cómo Anastasia no despertó después.
Cómo había ocultado eso a Julius, Ricardo y el resto de los Colmillos de Hierro, y cómo había partido hacia la Atalaya Pléyades en busca de una forma de devolverle el cuerpo a Anastasia.
—Y Subaru fue el único que conoció mi secreto.
—... ¿Por qué compartirías esa información únicamente con Subaru?
—Él no se encontraba bajo la influencia de la Autoridad del Arzobispo del Pecado, y por tanto, era la única persona ajena al caos de la situación. Además, él también es un usuario de artes espirituales que ha forjado un contrato con un espíritu artificial que posee las mismas raíces que yo: Beatrice. Inicialmente pensé en no contárselo a nadie; sin embargo…
—¿Sin embargo…?
—... Sin embargo… mi actuación como Ana no lo engañó a él, así que no tuve otra elección más que contárselo.
Hubo un fuerte impacto en los ojos de Julius al escuchar cómo Subaru llegó a ser el único en saber que Echidna estaba habitando el cuerpo de Anastasia.
La razón por la que Echidna había vacilado un momento era, sin duda, porque esperaba esa reacción.
Era natural. Que un extraño de mínima relación se diera cuenta significaba…
—Que alguien que se considera como su único e inigualable caballero no se diera cuenta de algo de lo que incluso alguien que apenas la conoce debería haberse dado cuenta…
—¡Para, imbécil! ¡No es eso!
—…
—¡Tu situación…! ¡Tú simplemente estabas en una mala situación! ¡Te había ocurrido algo muy grave y estabas con los ánimos por los suelos! Y no solo tú, también Ricardo, Mimi y los demás, ¿cierto? Tan solo me dí cuenta porque… por algo, ¡como sea, tan solo me dí cuenta por casualidad!
Aferrándose al comentario autocrítico de Julius, Subaru intentó detenerlo para que no se culpara. Pero no encontraba palabras para aliviar el peso de haber fallado en su deber como primer caballero.
¿Qué podía haber hecho realmente? ¿Podía culpársele?
Con todos sus logros y esfuerzos desmoronados como un castillo de arena, desvaneciéndose de la mente de la maestra a la que había jurado lealtad, de los camaradas con los que había prometido alzarla al trono, de los amigos con los que había combatido tanto tiempo… ¿cómo podía pedírsele que se levantara?
¿Cómo esperar que fuera resuelto, refinado, un caballero ejemplar? ¿Quién podría hacerlo?
Si ser caballero significaba no poder ser herido como cualquier otro humano, entonces ser caballero era una maldición para Julius Juukulius.
—Es el deber de su único e inigualable caballero el subliminar la probabilidad para convertirla en certeza en todo momento.
—¡Gh! ¡Eso de “único e inigualable caballero” no es más que… un título problemático que…!
—No me digas que me deshaga de ello, por favor. Yo… ahora mismo, temo perder, aunque sea una sola cosa más.
El intento de Subaru de consolarlo fue rechazado fácilmente por los ideales de caballería que regían a Julius.
Las palabras que Subaru quería desahogar quedaron atrapadas en su garganta, mientras Julius sacudía la cabeza.
—Volvamos al tema. Echidna, ¿cuál es tu objetivo?
—… Devolverle este cuerpo a Ana. Esa es la razón por la que los he traído a todos a la Atalaya Pléyades, por encima de las víctimas de Gula y Lujuria.
—Es decir, que nunca quisiste esta situación en la que te encuentras. Y que por ahora no hay forma de recuperar a la señorita Anastasia… ni aunque te corte en dos.
Los ojos de Julius se entrecerraron mientras hacía la peligrosa pregunta, su espada aun apuntando al cuello de Echidna.
Ella apartó la mirada y se tocó el pecho.
—Crees que soy un espíritu malvado, y que por esa razón me he hecho con el cuerpo de Ana… y lamentablemente no puedo darte evidencia alguna que lo refute. Así que, si estás convencido de que te estoy mintiendo y eliges destruirme, no puedo detenerte.
Pausó un instante y continuó:
—Pero, en ese caso, seguramente cualquier posibilidad de recuperar la consciencia del cuerpo vacío de Ana será extinguida por tu mano… En el peor de los casos, se volverá difícil incluso preservar su vida, y existe la posibilidad de que ella muera.
Respondió a la hipótesis de Julius con su opinión y luego levantó las manos.
—Claro, podría ser que solo esté diciendo lo que sea para salvar mi vida. No puedo asegurar que mi muerte no lo resolviera. Si eso le otorgara a Ana una vida larga, no me importaría. Pero no quiero morir.
—¿Por qué llegar tan lejos por la señorita Anastasia?
—La relación entre Ana y yo es una incompleta. Por lo tanto, quizá no sea correcto aplicar la manera común de ser entre un espíritu y un usuario de artes espirituales, pero…
Echidna miró entre Julius y Subaru.
Como celosa de que ellos sí tuvieran vínculos plenos con espíritus.
—Me agrada Ana. Y he estado junto a ella desde que era una niña pequeña. Así que no deseo abandonarla, y quiero que ella sea feliz. Ese, es mi motivo.
—…
—Julius, no te revelé este hecho porque únicamente conduciría a una confusión innecesaria. La propia Ana deseaba mantener mi existencia en secreto todo lo posible; y, de hecho, ella fue la razón por la que me había mantenido oculta hasta lo acontecido en Priestella. Fue todo gracias a esa niña.
Pero ese secreto, forjado durante años, salió a la luz por el choque con el Culto de la Bruja.
Y no solo eso: el precio de ese secreto había puesto en riesgo su vida…
—… Entiendo tu relación con la señorita Anastasia.
La espada en la garganta de Echidna se retiró lentamente, deslizándose con un sonido audible de regreso a la vaina. Julius bajó la mirada, con las pestañas largas enmarcando sus ojos caídos.
—Es difícil creerlo todo… pero no tengo elección más que creerte. Como mínimo, en este momento sería imprudente lidiar contigo de esa manera.
—Ya… veo. Me alegro de que hayas elegido racionalmente, Julius. Estoy segura de que a Ana le agradaría igualmente.
—…
Soltando la empuñadura de su espada, Julius guardó silencio, sin responder a Echidna.
Pero no era aceptación. Aún tenía un profundo sentimiento de vergüenza por lo sucedido. Lo apartó con un parpadeo.
—Deseo confirmar una cosa. El Od de la señorita Anastasia es el precio a pagar por tu habilidad para poder seguir manifestándote… Así que, naturalmente, cuanto más te esfuerces, más pesada será la carga sobre su cuerpo. ¿Cierto?
—Cierto. Esa noción es correcta. Si me alimento bien, descanso bien, realizo algo de ejercicio moderado… tomar un enfoque general de la vida saludable sería suficiente para contrarrestar el daño en el Od de Ana.
—Ya veo; en ese caso… ¿Por qué hiciste ese sobreesfuerzo en el segundo piso?
—…
—El peso de aquel acto sobre el cuerpo de Anastasia-sama no pudo ser ligero. Aquella acción contradice lo que has dicho hasta ahora. Así que, ¿por qué?
—Aquello…
La observación de Julius era correcta, y también era algo que había inquietado a Subaru.
Su expresión inquebrantable y desesperada cuando intervino para salvar a Julius no parecía fingida ni calculada.
Era pura preocupación. Algo que Echidna podía sentir por Julius, habiendo estado siempre al lado de Anastasia… Pero ¿era solo eso?
Ante la pregunta de Julius y las dudas de Subaru, Echidna se inclinó con la cintura.
—Yo también creo que aquello fue un error. Cómo decirlo… es muy vergonzoso admitir que no soy muy diestra en ello, pero tomé la decisión desde un punto de vista estratégico.
—¿Una decisión estratégica?
—En aquel momento, no sabía si el examinador del segundo piso tenía intención de matar. Si no hubiera actuado como lo hice, podríamos haber perdido la fuerza de combate de Julius. Por supuesto, quería evitarlo, por Ana. Además, Reid Astrea nos estaba dando la espalda… así que me pareció la oportunidad perfecta. Pero no solo fracasé, sino que también te causé malestar.
Con eso, Echidna se irguió.
No había contradicciones en su explicación. Si lo llamaba un juicio amateur que llevó a una acción imprudente, Subaru no podía refutarlo. Aunque sonaba vacío en lo emocional.
Pero justo cuando Subaru iba a presionarla—
—Comprendo. A partir de ahora, ten cuidado de no hacer nada impulsivo, por favor. No por otra persona, sino solamente por la señorita Anastasia.
—Entendido.
—¿¡Qu—!?
Julius parecía aceptar la explicación, y Echidna asintió.
Los ojos de Subaru se abrieron de par en par ante el intercambio, y golpeó el suelo con el pie.
—¡¿Cómo puedes estar convencido de lo que ha dich—?!
—Subaru, estoy convencido. Echidna se contendrá de hacer nada precipitado a futuro. ¿Qué más hay que decir? Esta es una cuestión entre Anastasia-sama y Echidna, y entre Anastasia-sama y yo mismo.
Subaru apretó los dientes al oírlo.
—¡Que yo esté asumiendo esto por mi cuenta o no es mi jodido problema, ¿no crees?!
—Así que ¿tú puedes asumir esto por ti mismo, y a mí me niegas el derecho de asumir mis propios problemas? Porque no consigo recordar que jamás me hayas contado acerca de la señorita Anastasia y Echidna.
—Gh.
—Lo siento. No debería haber dicho eso… Pero es la verdad.
Con esa fría réplica, Julius apartó la mirada.
Al verlo firme y escuchar su voz, Subaru lo comprendió.
Julius no estaba calmado en absoluto.
No solo hervía por dentro, ni siquiera podía fingir completa calma hacia afuera.
Su existencia había sido borrada del mundo, y lo único que le quedaba, su lealtad, había sido negada de facto. La promesa que le habían hecho por consideración también se había roto.
Que aun así no se permitiera volverse emocional era testamento de la vida que llevaba Julius.
—No tengo intención de discutir. Por el bien de la señorita Anastasia, debemos encontrar una manera de lidiar con esta situación tan pronto como sea posible. Echidna, espero poder contar con tu cooperación sincera.
—… Por supuesto. Ahora que lo has descubierto, supongo que ya no hay razón para que siga interpretando el papel de Ana. Bueno, eso si me puedes tolerar con la figura de Ana, claro.
—Eso es irrelevante. Debo traer de vuelta a la señorita Anastasia, y ver su figura me recordará con dolor lo que he de hacer.
Era una resolución terriblemente autodestructiva, y Echidna lo miró con tristeza. Pero Julius estaba viendo el cielo y no lo notó.
Por primera vez, pareció darse cuenta de que desde el balcón el miasma no bloqueaba el cielo nocturno, y entrecerró los ojos mirando las estrellas titilantes.
—No hay ninguna razón para quedarnos aquí durante más tiempo. Regresemos adentro. En cuanto al cuerpo de la señorita Anastasia y Echidna… La señorita Emilia y los demás mañana deberán de ser notificados de la situación.
—Sí, de acuerdo. Me prepararé yo también para ello.
Con eso, Julius tomó suavemente la mano de Echidna cuando ella empezó a moverse. Era exactamente la acción que habría tomado con Anastasia.
Fuera cual fuera el contenido del cuerpo, su lealtad hacia Anastasia no cambiaba. Aunque ella durmiera profundamente dentro, aunque lo hubiera olvidado por completo.
—¡Julius!
Sintiendo un dolor agudo al verlo marchar, Subaru lo llamó.
Ser olvidado en las memorias de los demás, pero aún permanecer en tu propia cabeza.
—Aferrarse a esos sentimientos y luchar desesperadamente… Yo entiendo ese camino con dolorosa claridad.
—Aunque yo sea olvidado, jamás olvidaré. Ese sentimiento por sí solo puede bastar para impulsarte.
—…
Julius se detuvo, pero no se giró, aun sosteniendo la mano de Echidna.
Aunque su corazón debía estar al borde de romperse, permanecía dolorosamente erguido y recto, y eso molestaba mucho a Subaru por alguna razón.
—Oye… ¿no hay nada que quieras decirme?
Había callado sobre Echidna, sobre el cuerpo de Anastasia.
Horas antes, había prometido turnarse con Julius en la Sala Verde, solo para romper esa promesa y tener una conversación secreta con Echidna en el balcón.
Podía explicarlo. Tenía sus razones. No había mala intención.
—Pero intención o no, razones o no, excusas o no, eso no liberaría a un corazón. Así que grita, maldice, desahógate conmigo.
Subaru no sabía si era realmente por Julius o solo por aliviar su propia culpa. Y Julius seguramente nunca lo haría.
Él no gritaría ni soltaría sus quejas…
—Sí lo hay.
—…
—Lo comprendo. Comprendo por qué creíste que esta verdad debía mantenerse oculta de mí. No pretendías hacer daño. Surgió tan solo por preocupación y consideración. Estoy de acuerdo con tus preocupaciones. En tu lugar, yo también habría mantenido silencio.
—…
—… Pero aun así…
Alzó la vista al cielo y le costó hablar.
—… Ya sea yo, la señorita Anastasia o tú, no deseo que piensen que soy indigno de ser un caballero.