Interludio – Viejas Memorias
Interludio
Viejas Memorias
Sección 1
Érase una vez, una mujer.
La mujer era emocional. Siempre estaba llorando. Sensible al dolor, sollozaba constantemente.
El único motivo de su pesar era no poder perdonarse por su falta de fuerza.
A su alrededor, siempre estaba lleno de conflictos, luchas y agitación.
Por más que suplicara, por más que gritara, por más que lo intentara y por más que llorara y sollozara, la tristeza nunca terminaba. Así pues, ella empezó a maldecir su destino.
Tras maldecirlo una y otra vez, finalmente se dio cuenta: por muchas lágrimas que derramara, era inútil.
Y al darse cuenta, la mujer empezó a desear nada más que pura fuerza. Con tal de obtener una fuerza que le permitiera deshacerse de todo y someter a otras personas, ella se esforzó al máximo, a su máximo absoluto, persiguiendo hasta el límite la fuerza que se le exigía.
Lo que ella necesitaba no era una fuerza para hacer daño, y tampoco para robar.
La fuerza que ella buscaba era una tan abrumadora que la hiciera inalcanzable, una que ella creía que podría terminar toda violencia.
La mujer que había llorado tanto deseaba la fuerza para dejar de llorar.
Ella sabía que, si continuaba siendo débil, nunca podría detener una pelea basada en fuerza.
Su voz no alcanzaría a nadie. Sus deseos no se cumplirían. Aunque mantuviera lejos las penas, la tristeza aún cubría el cielo.
—¿Cómo podrían estar bien? ¿Cómo podían hacerse daño entre ellos? ¿Cómo pensaban vivir con aquellas cicatrices? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Por qué no podían ver que existen otras maneras de vivir?
—Los niños están llorando. Los ancianos están llorando. Los hombres están llorando. Las mujeres están llorando. Todos están llorando. ¡¡ENTONCES, ¿POR QUÉ?!!
Para acabar precisamente con eso, ella deseó fuerza con todo su corazón.
Soportando todo dolor mientras se entrenaba, alcanzó una voluntad de hierro.
Finalmente, ella alcanzó su meta: una fuerza sin rival que la situaba en una posición abrumadora.
Gritó para detener la guerra plantándose en el campo de batalla.
Ella dedicó todos sus esfuerzos en doblegar toda fuerza con la suya propia, en aplastar toda tristeza, para destrozar toda malicia, y en detener la interminable corriente de lágrimas ante ella.
Golpeando a quienes blandían sus espadas, pateando a quienes usaban magia, destrozando a quienes mostraban sus colmillos, pulverizó a todos y cada uno de los que fuesen a buscar batalla.
Pero, mientras más luchaba y más fuerte se volvía, más aumentaba el número de espadachines, magos y colmillos.
Era como si hubiera entrado en una espiral de violencia interminable.
Nadie sabía cómo salvarse a sí mismo aparte de responder con violencia ante la violencia.
Y por eso, nadie conocía una manera de salvarse que no fuera venciendo en la batalla.
— ¡¡¿POR QUÉ?!!
Al final, aun sabiendo eso, respondió con violencia.
Estando cubierta de sangre y bajando sus puños que goteaban sangre, ella volteó su cabeza hacia el cielo y se lamentó.
La batalla no terminaría. Su esfuerzo, su trabajo duro, todo había sido en vano; ni sus lágrimas ni las de los demás dejarían de derramarse.
Finalmente, la desesperación brotó en el pecho de la mujer que se había esforzado sin parar.
Las lágrimas se desbordaron y cayeron por sus mejillas.
Las lágrimas que brotaban continuamente no eran cálidas, sino frías lágrimas de impotencia y desesperación.
Sin embargo, junto a ellas fluyó una emoción diferente y profunda.
Una tormenta despertó en su interior tiñendo su corazón de negro, su visión de rojo y su mente de blanco.
Con su rostro aún empapado con lágrimas, la mujer descubrió la verdadera identidad de esa emoción.
Ahora que conocía el nombre y los orígenes de esa emoción, ella finalmente lo comprendió.
Las lágrimas que siempre había estado derramando desde el principio hasta este momento no habían sido de tristeza, sino que siempre habían sido de rabia.
La gente llamaba a esa emoción Furia, no, la llamaban Ira.
A este mundo que forzó a otros a llorar; a quienes se rehusaron a dejar de pelear; a la absurda injusticia que es el fin de la vida; a todos ellos…
—Les golpearé con mis puños fuertemente.
En algún momento se levantó, limpió la suciedad de sus rodillas, y salió corriendo.
Lanzándose a la batalla que aún continuaba, ella golpeó el rostro de todos mientras gritaba.
—Paren de pelear. Miren al cielo. Escuchen el viento. Huelan las flores. Vivan, con sus familias y seres queridos.
Por primera vez, la voz de la mujer sacudió todo el campo de batalla.
Puños que podrían partir la tierra en dos, patadas que podrían hacer rugir los cielos, todo únicamente para que otros vivan.
Las heridas se cerraron, los gritos se disiparon y las rodillas cedieron ante el calor que se extendía mientras la batalla perdía su significado.
La vida volvió a lo mundano y las voces que lloraban desaparecieron del campo de batalla.
Cuando las lágrimas de las personas terminaron, sintieron gratitud hacia la mujer. Alzaron sus voces, agitaron sus manos y sonrieron.
Sin embargo, la mujer ya no se encontraba ahí.
Era de esperar.
La mujer aún tenía cosas que hacer. No tenía tiempo para mirar atrás, ni motivos para dejar de caminar.
Para cumplir su deseo de crear un mundo en el que nadie llore, donde no haya conflicto, donde nadie tenga que robar; ella corrió, y corrió, y siguió corriendo mientras lanzaba puñetazos.
Hasta el día en que todos dejen de llorar. Hasta el día en que las cálidas gotas dejen de rodar por sus mejillas.
La Bruja de la Ira, que ardía con rabia hacia la tristeza misma, continúo corriendo por siempre.
Créditos de la traducción del interludio: Traducciones Isekai.