Sección 4
Sección 4
Habían llegado a su destino. La puerta de la sala estaba cubierta por una densa capa de enredaderas verdes.
—Esto es…
Subaru se quedó sin palabras.
Frente a él se encontraba la primera planta real que había visto desde que habían puesto un pie en el desierto. El miasma que llenaba las tormentas de arena era un veneno para todo ser vivo, y aparte de la propia arena, su grupo no había visto nada que pudiera llamarse verdaderamente natural.
—Y la única excepción fueron esas Mabestias horribles que se convertían en flores…
Esos Osos Cortesanos normalmente vivían en bosques. Una manada de ellos había creado un campo de flores antinatural en medio del desierto, lo cual era básicamente lo único que parecía algo natural en días. Por supuesto, se veía tan fuera de lugar desde el principio que el camuflaje no sirvió de mucho.
—...
Subaru se detuvo, sumido en sus pensamientos, pero alguien pasó junto a él y tocó la puerta cubierta de enredaderas. No hubo ni una pizca de duda. La puerta se deslizó y se abrió como si nada.
—¿No vienes, Barusu?
—…Sí, voy.
Subaru dejó a un lado su inquietud y dio un paso al frente, siguiendo la esbelta figura de Ram mientras esta se deslizaba hacia el interior.
Tal como se podía intuir desde fuera, las enredaderas que cubrían la puerta también se extendían por el otro lado.
Aparentemente, el interior era de piedra en su origen, pero el suelo, las paredes y el techo estaban completamente dominados por el verde.
Era como si estuvieran dentro de unas ruinas ocultas que la naturaleza se hubiera apropiado durante siglos.
—Esto sí que tiene vibras de jungla. Shaula lo llamó “La Sala Verde”, pero… vaya nombre más literal.
Mientras pensaba en eso, se giró y se dio cuenta de que la entrada había vuelto a cerrarse, sellada por las mismas enredaderas.
—¡Ey, Ram! ¡Nos han encerrado!
—Te asustas con demasiada facilidad. Esta sala tiene un límite de personas que pueden entrar. Es la intención del amo de la habitación, al parecer.
—¿Con eso te refieres a…?
—A un espíritu.
Con esa respuesta breve, Ram siguió avanzando sin perder tiempo. Subaru se quedó mirando la puerta cerrada un momento, se rascó la cabeza y luego apuró el paso para alcanzarla.
Las gruesas enredaderas alfombraban toda la sala. Avanzaron con cuidado, trepando, esquivando y pisando con precaución entre la espesa vegetación que lo cubría todo. Y al llegar tan lejos como pudieron…
—Rem… y Patrasche…
En lo más profundo de la Sala Verde, Subaru encontró un espacio distinto del caos vegetal que dominaba el resto de la sala. Allí había una cama hecha de un mullido colchón de hierba, con pequeñas flores salpicadas aquí y allá.
Y sobre esa cama natural, adornada con flores, yacía Rem.
—...
No había color en sus mejillas pálidas, y su expresión dormida seguía igual que siempre. Su pecho se alzaba y bajaba apenas con cada respiración, y salvo por eso y el tibio calor de su piel, no había señales de que estuviera viva.
Aunque Rem seguía atrapada por la maldición del sueño de la bella durmiente, el solo hecho de verla fue tan reconfortante que las piernas de Subaru casi cedieron.
—De verdad está a salvo…
—Te lo dije. ¿O acaso pensabas que mentiría con algo relacionado con ella?
—No es que piense eso, pero… No podía relajarme del todo hasta verla con mis propios ojos. ¿Cómo se supone que debía actuar? Me alegra ver que tú también estás bien, Patrasche.
Subaru frunció ligeramente el ceño ante el comentario de Ram y se acercó a su dragona de tierra, que descansaba junto a la cama de hierba donde dormía Rem. Había un colchón natural de vegetación bajo su gran cuerpo, y Patrasche lo miraba con esa misma expresión tranquila de siempre, como cuando estaban en los establos.
—Te pasaste protegiéndome allá abajo… Eres tan…
Subaru acarició el cuello de Patrasche con la palma de la mano, mientras ella le frotaba el hocico contra la mejilla. Ese gesto de afecto le dio un poco de paz, pero, aun así, apretó los dientes y se preparó para hablar más en serio.
—Ya sé que no eres una damisela en apuros ni nada, pero no me hagas preocuparme tanto, ¿sí? Esta vez de verdad me asusté… ¡Ay, ay, ayyyy!
—¡…!
Antes de que pudiera terminar de reprenderla por su valentía algo temeraria, una escama puntiaguda le pinchó el cuello.
—¿Q-qué fue eso…?
—Como Otto no está, permíteme interpretar. Dice: “Tú eres el último que puede hablar”. Y la verdad, no podría haberlo dicho mejor
Dijo Ram, cruzándose de brazos, como si quisiera aprovechar la oportunidad para lanzar su propia crítica.
Por la expresión en los ojos de Patrasche, parecía que la traducción era bastante acertada.
—¿Eh? ¿Ella puede romper todas las reglas, pero yo soy el que tiene que tener más cuidado?
—Es cuestión de probabilidad. Míralo como quieras, pero ese dragón tiene más posibilidades de sobrevivir que tú. Eres como una vela encendida en medio de una ventisca.
—¿Nunca oíste eso de que la vela brilla con más fuerza justo antes de apagarse? ¿Y quién te pidió tu opinión, eh?
Bajo las miradas reprobatorias de Ram y su leal dragona, los hombros de Subaru se hundieron. Luego comenzó a examinar el cuerpo de Patrasche, y notó una cálida y tenue luz en las heridas donde le habían arrancado escamas.
—Parece que el poder de este espíritu acelera el proceso de curación…
—Cierto. Como te dije, el amo de esta habitación es un espíritu.
—Sí, dijiste eso… ¿Pero dónde está ese espíritu, entonces?
—Y eso que te haces llamar invocador de espíritus… Esta habitación misma es el espíritu.
Mientras acariciaba de nuevo a Patrasche, Subaru se quedó sin aliento al oír la revelación de Ram sobre la verdadera naturaleza del espíritu sanador.
Ahora que prestaba más atención, podía notar que la habitación estaba impregnada de una densa cantidad de maná, lo cual explicaba la increíble vegetación que dominaba el lugar.
Era como si su propio cuerpo se estuviera sanando desde dentro, como si respirara un aire puro y revitalizante.
—Sí… ahora lo siento. Definitivamente es un espíritu… Pero no parece que podamos comunicarnos, ¿no?
—Este espíritu es bastante peculiar… aunque bueno, eso puede decirse de todos los espíritus. Ya sea el gran espíritu de la señorita Emilia o la propia señorita Beatrice… Lo extraño de este es que no parece tener voluntad propia, por así decirlo. Simplemente trata de curar las heridas y enfermedades de todos los seres vivos que entran aquí.
Mientras decía eso, Ram se acercó a Rem. En cuanto lo hizo, unas enredaderas comenzaron a moverse a su espalda, retorciéndose hasta formar una silla verde. Era un gesto considerado, como si la sala misma hubiera querido acomodar a la hermana mayor que velaba por su hermana pequeña. Una vez sentada Ram, la escena parecía sacada de una visita hospitalaria familiar.
—Es bastante asombroso…
—Si no otra cosa, al menos es el espíritu más educado que he conocido. Deberías aprovechar para aprender algo de modales, Barusu. Ya sea de este espíritu… o del señor Julius.
—No puedo decir que me entusiasmen esas opciones…
Replicó Subaru, apartando la idea de usar a cualquiera de los dos como modelo. Luego acarició el cuello de Patrasche y le dijo suavemente:
—Descansa tranquila. Te lo ganaste.
Con cuidado, le acomodó la cabeza antes de volver su atención a Ram.
—Puedo ver que las heridas de Pastrasche están sanando… pero con Rem no hay ningún efecto. Tal como me dijeron allá abajo.
—Su estado no es ni una herida ni una enfermedad, así que no puede ser curada. Esa parece ser la conclusión a la que llegó el espíritu.
—Ya veo…
Subaru suspiró, sintiendo de nuevo esa punzada de decepción.
Pero, aunque no pudiera curarla, el espíritu del cuarto no había dudado en cuidar a Rem mientras dormía. El trato que le daba a Ram era prueba suficiente de ello.
—Al final, nada ha cambiado…
—…Si quieres que algo cambie, entonces tendrás que hacer lo que viniste a hacer en esta torre.
—La Gran Biblioteca Pleiades, ¿eh…?
De pie junto a Ram, Subaru contempló el rostro dormido de Rem.
La Gran Biblioteca Pleiades.
Ese era el verdadero nombre y propósito de la Atalaya Pléyades. Si se podía confiar en lo que decía Shaula, en algún lugar de esa biblioteca estaba la respuesta que tanto buscaban.
—Voy a encontrarla… y traeré de vuelta a Rem. Mi objetivo sigue siendo el mismo.
—…Ya veo. Me alegra.
Ram no apartó la vista de Rem mientras le tomaba la mano. Fue una respuesta fría, sí, pero con esa frialdad transmitía más fiabilidad que muchas palabras dulces.
—Por cierto, ¿por qué hay una silla para ti y no para mí? Esto es discriminación descarada.
—Los animales tienen un instinto natural para reconocer jerarquías. Tal vez los espíritus también.
—Rem dijo algo parecido una vez…
Antes de que él y Rem se llevaran bien, ella había hecho un comentario sobre por qué los niños de Earlham los trataban distinto. Era un recuerdo nostálgico. Hacía tiempo que no pensaba en esa aldea.
—Primero lo primero.
Subaru exhaló y desechó esa sensación de vacío que empezaba a invadirlo, enderezando el rostro.
—Muy bien. Voy a volver con los demás. ¿Y tú?
—Te preocuparías si no hay nadie cuidando de Rem, ¿cierto? Me quedaré vigilándola. Para eso vine, después de todo.
—Sí, tiene sentido. En ese caso, te la encargo.
—No puedo hacer más que velar por ella.
—Y eso ya tiene mucho valor.
Con esas palabras, Subaru trató de reconfortar a Ram en ese raro momento de autocrítica. Luego volvió a mirar el rostro de Rem. Inexpresivo, ni en paz ni en dolor, todavía perdida en sus sueños.
Extendió una mano hacia su frente y la tocó con ternura.
Poder hacer al menos eso le traía alivio. Y aunque sabía que en su interior quería mucho más, su expresión se suavizó.
—Volveré.
—...
Como era de esperarse, no hubo respuesta.
Ram entendió que esas palabras no eran para ella, y se mantuvo en silencio. Satisfecho, Subaru se dirigió a la salida del cuarto verde.
—Hablando de buenos modales… Por favor, cuida de Rem y Patrasche.
Antes de marcharse, tocó una de las enredaderas del muro y le dirigió una petición al espíritu que protegía la sala.
Aunque no pudiera hablar con él, tal vez su sinceridad llegara a tocarle. Y también su gratitud.
Quizá era solo un acto de indulgencia personal, pero una vez que dejó su mensaje, Subaru—
—Oh, cierto. Para alguien que declaró que su lugar está al lado de Rem, bajaste bastante para venir a visitarnos allá abajo.
—...
—No me digas que corriste en cuanto supiste que había despertado. Si hubo alguna razón especial, dímela. Podría ser una pista para…
—Lárgate. Ya.
—¿Eh? Pero si solo… Si pensaste en algo, tal vez sea útil como indicio para…
—Desaparece de una vez.
Aplastado por la presión que se acumulaba en el aire, Subaru ya no dijo nada más y se vio obligado a retirarse rápidamente de la Sala Verde.