No me Deja Decir las Palabras
CAPÍTULO 4:
No me Deja Decir las Palabras
Emitiendo sonidos chirriantes, el dragón de tierra siguió avanzando.
La mente de Subaru estaba confusa; inclinado profundamente en el asiento del conductor, era el conductor sólo de nombre. En parte era el cansancio, en parte los efectos de sus heridas, pero sobre todo el desgaste de su espíritu.
Sus huesos rotos y su frente cortada no se habían curado; su hombro izquierdo dislocado gritaba de forma dolorosa. Sus dientes rotos se sentían extremadamente desagradables; su ropa, sucia de sangre, barro y orina, transfería el frío directamente a su piel.
… ¿Por qué había sobrevivido?
Protegido por Rem sólo para perderla, abandonado por Otto, desdeñado incluso por la Ballena Blanca que le había perdonado su patética vida. Se había abierto paso por la carretera a través de la niebla nocturna, librándose de ella y prolongando así su vida.
¿Adónde les llevaría este camino a él y al dragón de tierra superviviente? Y una vez allí, ¿podría hacer algo?
El deseo de proteger a alguien, de salvar a alguien… había confiado en que era ese sentimiento el que le había impulsado a seguir adelante. Sin embargo, tras haber visto cosas que deseaba no haber visto, sabía que simplemente se había estado consolando con palabras bonitas.
Se había dado cuenta de que necesitaba su propia vida por encima de todo; era un trozo de carne envuelto en autocompasión.
Cuando habían dejado a Rem para enfrentarse a la Ballena Blanca, y Subaru había ordenado a Otto que se diera la vuelta, ¿quizás sólo había fingido que su corazón estaba roto por la refutación de Otto pero en realidad se sentía aliviado en el fondo? Si se trataba de un oponente al que incluso alguien como un Santo de la Espada no podía derrotar, retroceder sólo significaba la muerte de un perro. Rem no querría eso.
… Así que se había dicho a sí mismo que no necesitaba volver. No necesitaba morir.
De hecho, Subaru no había vuelto para salvar a Rem; incluso le había suplicado a la Ballena Blanca, el supuesto objetivo de su odio, que le perdonara la vida. Había gritado: «No quiero morir», mientras huía aturdido, orinándose encima.
En ese momento, la seguridad de Rem o la falta de ella no le pasó por la cabeza ni una sola vez. Rem había hecho una cosa bastante estúpida, tirar su vida por la borda por un hombre como él.
—Pero… lo más estúpido es…
Ya no había Rem. Otto se había ido, al igual que todos los demás mercaderes ambulantes. Subaru estaba solo, salvo por el dragón de tierra que seguía avanzando silenciosamente por la carretera en buen estado en busca de la civilización humana.
No importaba dónde. Subaru sólo quería que le llevara a alguna parte.
Subaru se volvió apático, soltó la mano de las riendas y se desplomó en el asiento del conductor. Cuando rodó sobre un costado, pudo ver las dagas con forma de crucifijo aún clavadas en un recoveco difícil de ver. Era la prueba de que Otto había sido atacado por adeptos del Culto de la Bruja con los que al parecer se había topado tras escabullirse entre la niebla.
Durante todo ese tiempo, Subaru se había estado preguntando si el Culto de la Bruja también se presentaría ante él; ¿tendría el mismo destino que Otto? ¿También acabarían con su vida sin sentido? O si llegara el caso, ¿se volvería a salvar, aunque estuviera cara a cara con Petelgeuse?
—Petel… geuse…
Al pronunciar el nombre del objeto de su odio, Subaru supo lo hueco que estaba su propio corazón. Incluso al pronunciar el nombre del loco que había asesinado a Rem con brutalidad, se había burlado de Subaru, y era la raíz de todos los males, el corazón de Subaru no sintió una punzada, a pesar de que sólo unas horas antes, la ira de Subaru hacia él era lo único que lo mantenía en pie.
—¿Qué demonios me pasa…?
Las ruedas del carruaje de dragón crujieron; un sonido extremadamente agudo le arañó los tímpanos. Casi dolorido por el sonido discordante, Subaru hizo una mueca y se incorporó.
—¿Un bosque…?
El dragón de tierra había detenido su marcha hacía algún tiempo. Cuando observó su entorno, el dragón de tierra estaba arañando el suelo de un camino boscoso rodeado de árboles. Al parecer, el sol había salido hacía algún tiempo, porque los rayos blancos del astro que venían de arriba estaban abrasando el cuerpo de Subaru.
Ahora que lo había notado, Subaru saboreó el calor en su piel, absorbiéndolo como una mecha, cuando…
—… Ah, ¿Subaru?
… se sorprendió al oír una voz inocente y aguda que le llamaba por su nombre.
Varias figuras diminutas habían subido al carruaje de dragón detenido, mirando a Subaru mientras éste se sentaba en el asiento del conductor. Señalaron a Subaru y empezaron a reírse del lamentable estado en que lo habían encontrado.
—Realmente es Subaru.
—¿Qué pasa, Subaru?
—Subaru, estás asqueroso.
—Apestas, Subaru.
Pero no eran risas de burla malintencionada, sino más bien risitas cálidas reservadas para aquellos a quienes sentían un profundo afecto.
—U-Ustedes son…
Conocía sus caras. Los había visto varias veces en los últimos días. Los había visto contorsionados por el dolor y la agonía, para no volver a sonreír.
Éstas eran las caras sonrientes de los niños que vivían en el Pueblo Earlham, en las afueras de la Mansión Roswaal.
Aturdido, Subaru levantó la cabeza y vio que allí, delante, en el sendero del bosque, estaba la civilización humana que había buscado.
Por fin había llegado al lugar que tanto anhelaba, que tanto ansiaba.
Subaru había conseguido volver antes de entregarse por completo a la desesperación y perderlo todo.
—¿Subaru?
—Er, ¿qué pasa?
—¡Ahh, cuidado!
Las voces de los niños se alzaron. Subaru sabía lo que intentaban decirle. Sin embargo, la cabeza ya le pesaba y ya no podía sostener su cuerpo.
Algo tenso emitió un sonido al romperse y, una vez más, la mente de Subaru cayó en un lugar oscuro y tranquilo, como si tratara de alejar todos sus problemas.
—Espera un… No te caigas…
… Se cayó.
1
Cuando Subaru abrió los ojos, lo primero que vio fue un techo blanco que le resultaba familiar.
La sencilla habitación, adornada únicamente con una lámpara de cristal, era una rareza entre las deslumbrantemente ornamentadas estancias de la mansión. Cuando estaba allí, podía sentirse a gusto como el plebeyo de rango que era. Por eso le había tomado cariño y la había elegido como su propia habitación.
Bajo su cabeza había una de esas almohadas tan eternamente blandas a las que nunca podría acostumbrarse. El hecho de que las sábanas estuvieran meticulosamente subidas hasta los hombros dejaba claro que alguien le había arropado mientras dormía en la cama.
La naturaleza de Subaru era ponerse alerta en cuanto abría los ojos, fuera cual fuera la situación. Miró alrededor de la habitación, viendo por sí mismo que, efectivamente, era donde siempre se despertaba.
—… Ah.
Había una chica sentada cerca del lado de la cama, con los ojos tranquilamente bajos sobre un libro.
Llevaba un traje de sirvienta personalizado, muy expuesto, con el negro como color principal. Tenía un adorno de flores blancas en el cabello y un rostro encantador; la nitidez de sus facciones rígidas y hermosas mostraba su refinamiento interior.
En cuanto Subaru se dio cuenta de que ella estaba allí, prácticamente se sentó de un salto y le sujetó la mano antes de que ella se diera cuenta de que estaba despierto. Su cara mostraba sorpresa…
—… No me toques tan a la ligera, Barusu.
… cuando sus palabras frías y contundentes, el tono de su voz y la sensación de que le sacudía la mano rompieron su ilusión.
En ese instante, se dio cuenta de que la chica que tenía ante sus ojos tenía el cabello rosa. Su reencuentro con alguien precioso a quien había perdido no era más que una ilusión. Se trataba de la hermana gemela mayor de la chica que anhelaba, dos guisantes en una vaina, que sólo se diferenciaban por el color del cabello.
—Puedo entender que estés feliz de verme después de varios días, pero saltar sobre mí por instinto es menos propio de un hombre y más de un macho. Es indecente.
Ram miró con reproche a Subaru, apartando la silla como si quisiera distanciarse de la cama. La frigidez de su mirada y su voz le hicieron comprender que no se trataba de su hermana pequeña.
—Sí…… es cierto, ya no tengo derecho a eso…
Ram levantó una ceja con suspicacia mientras Subaru se agarraba la cabeza, se mordía el labio y se encorvaba hacia delante.

Desde el punto de vista de Ram, no había hecho más que recibir su despertar con una lengua convenientemente afilada. El Subaru de siempre haría algún tipo de réplica frívola, pero él callaba con expresión grave.
—… Realmente preferiría que no me obligaras a hacer algo tan atípico, pero…
Mientras Ram hablaba, se acercó a Subaru y le acarició suavemente la cabeza con la palma de la mano. El suave movimiento de las yemas de sus dedos tenía un ritmo tranquilo y suave que inquietó a Subaru.
—Tu cara dice que estás pensando algo grosero, Barusu. ¿No esperabas amabilidad de mí?
—Pues… no… Pensé que eras de los que me patean cuando estoy en el suelo.
—Imagino que hay pocas criadas que tengan tanta generosidad y amabilidad como yo. Soy demasiado astuta para atormentarte en tu estado actual, Barusu. Guardaré el pataleo para otro momento y lugar.
—Corrección. Realmente eres la mujer que pensé que eras.
Ram declaró que la próxima vez redoblaría sus payasadas, pero Subaru no percibió menos afecto en las yemas de sus dedos.
Aunque su forma de hablar fuera más brusca y su personalidad completamente diferente, realmente era la hermana de Rem. Se le oprimió el pecho al saber que realmente pensaban igual. Soportó el dolor ineludible de lo que tenía que decirle…
—Ahh…
Mientras se sumía en sus pensamientos, Subaru sintió que los dedos de ella se separaban, lo que le hizo soltar un sonido de arrepentimiento. Se llevó una mano a la boca, pero Ram rompió a sonreír aún más rápido cuando ella le lanzó una mirada burlona.
—¿Querías más?
—No lo necesito. ¡No soy un niño pequeño…!
—Palabras audaces, cuando pareces dispuesto a berrear como un niño. Eres tan terco como un mocoso. —Ram se desplomó cuando Subaru le dirigió una mirada de reojo. Su condescendencia estaba totalmente intacta cuando dijo—: Ahora bien, Barusu.
—…
Ram devolvió la silla frente a Subaru, sentándose justo enfrente de él y mirándole fijamente.
—… Tengo que preguntarte qué tienes que decir. Sí —dijo, antes de entrar en materia—. Estabas en un estado horrible, Barusu. Apareciste en la aldea con un carruaje de dragón desconocido, sucio y medio muerto. Al principio, cuando la gente de la aldea me llamó para que viniera, pensé que debía tratarse de alguna broma.
En tono serio, Ram contó cómo había llevado a Subaru de vuelta a la mansión mientras estaba inconsciente.
—Hombro dislocado, frente cortada… conecté los huesos rotos, pero tus heridas se abrirán si haces fuerza. Me deshice de tus sucias ropas cubiertas de sangre y barro. Me abstendré de decirle a Emilia-sama que te aliviaste con ellas.
—… Sí, eso es de gran ayuda.
La muda reacción de Subaru hizo que Ram bajara los hombros con el disgusto patente en su rostro. Para Ram, esa última parte no era más que un pequeño toque de humor, pero de lo contrario habría supuesto un gran problema para Subaru.
—Y quien curó mis heridas fue…
—Emilia-sama.
Sin más, Ram dijo lo que Subaru había temido.
Cuando Subaru agachó la cabeza ante la respuesta, Ram puso las manos en las caderas y soltó un bufido por la nariz.
—No se pudo evitar. Primero se lo pedí a Beatrice-sama, pero se negó. Aunque, dado lo voluble que puede ser, esperaba que se negara.
—¿Emilia… dijo algo sobre mí?
—No te diré nada de eso. Eso es algo que deberías preguntarle tú mismo.
Ram respondió con frialdad a la mansa pregunta de Subaru mientras se palmeaba el hombro antes dislocado.
—No he oído lo que ocurrió entre ustedes en la capital real. No me interesa. Por tu reacción de hace un momento, parecería que no hiciste nada bueno a pesar de todo.
—Eso es bastante duro.
—Creo que es una afirmación justa, ¿no? Más exactamente, temes que aborde el tema principal que te preocupa, y deseas con torpeza aplazarlo todo lo posible hablando de otra cosa.
—Uhh…
Incapaz siquiera de emitir un gemido apropiado, Subaru comprendió lo que Ram realmente quería oír. Después de todo, el individuo que debería haber regresado al lado de Subaru estaba ausente. Por supuesto, necesitaba contárselo primero.
Se preguntó si fue la amabilidad de Ram o su severidad lo que le hizo abordar la conversación cuando Subaru no había dicho nada al respecto. Probablemente fueron ambas cosas.
No podía permitir que su benevolencia lo echara a perder para siempre.
—… Rem está muerta.
En el instante en que las palabras estaban en sus labios, Subaru sintió que algo en su interior se volvía a desprender. En el instante en que hizo la confesión, la pesada masa en lo más profundo de su pecho se rompió y se hundió en su estómago, exigiendo su reconocimiento.
La sensación de calor que sintió a través de la frente le dijo exactamente qué era esa masa.
… Perdí a Rem.
Un torrente de lágrimas brotó de él.
Y se dio cuenta. Sólo entonces se dio cuenta: Subaru había dejado morir a Rem, una y otra vez.
Incluyendo el bucle anterior en la mansión, esta era la cuarta vez que Subaru la había dejado morir, cuatro veces que Subaru había sentido su muerte. Finalmente, se dio cuenta de que había dejado morir a Rem cuatro veces.
Y sin embargo, esa fue la primera vez que Subaru había derramado lágrimas por su muerte. No por autocompasión, no por culpa, sino por el propio bien de Rem.
—No… pude hacer nada. En la carretera, la niebla… La Ballena Blanca apareció. Entonces, para poder escapar, Rem… Pero me quedé atrás en la niebla… y entonces, finalmente…
No podía expresar lo que quería decir en frases adecuadas. Con sollozos periódicos, su relato saltaba de idea en idea, sin conseguir ordenar los temas. Incapaz de mantener a raya sus excusas, Subaru se asustó, sintiendo que de algún modo había mancillado los últimos momentos de Rem.
Reconoció su delito. Aceptaría su castigo, uno acorde con un hombre desagradable como él.
Por eso tenía que explicarlo todo con la mayor claridad posi…
—¿Quién es Rem?
…
……
………
—Ah, er, ¿eh…?
No… entendía… lo que le decían.
Incapaz de comprender el significado de la pregunta de Ram, Subaru respondió con sonidos incoherentes.
¿Quién es Rem? ¿Qué significa eso?
Pero al ver a Subaru sumido en la duda, Ram ladeó la cabeza y volvió a abrir la boca.
—Barusu. ¿Quién es esta persona, Rem?
Su ceja ni siquiera se había movido ante la mención del nombre de su hermana gemela, y ahora preguntaba quién era.
—¿A qué te refieres con…? ¡No digas estupideces como esa! ¡¿Es el nombre de tu hermanita, no?! Rem, ¿verdad? R-e-m. ¡Rem! Este no es el momento para…
—¿Mi hermana pequeña…?
Ram se llevó un dedo a los labios, cerrando los ojos mientras parecía sumirse en serias cavilaciones. Subaru ya había visto ese gesto antes, pero en su estado actual le resultaba extremadamente difícil de soportar. Sintió el impulso de gritar «¡¿Qué demonios estás haciendo?!» y lanzar a Ram a la niebla en ese mismo instante.
—Mi hermana pequeña, Rem. Ahh…
—¡¿Ahora te acuerdas?!
—No puedo recordar lo que nunca fue. No tengo hermana pequeña. Siempre he sido hija única.
El rostro de Subaru se puso muy pálido cuando la simple afirmación de Ram desafió todas sus expectativas.
—Eso es una locura… ¿Qué estás diciendo…?
—… No tengo una hermana pequeña.
—¡No te metas conmigo! Si Rem no existiera, ¡¿qué pasó durante ese problema con las mabestias en el bosque?! Tú, Rem y yo fuimos allí y…
—De verdad, ¿qué te pasa, Barusu? Me resisto a admitirlo, pero la mitad del mérito del exterminio de la manada de Ulgarm es tuyo. La mitad restante se debe a mis propios esfuerzos y al poder de Roswaal-sama… No hay lugar para colar a una hermanita perdida hace tiempo llamada Rem.
Incluso al oír las protestas de Subaru, Ram se negó obstinadamente a reconocer la existencia de su hermana pequeña. En el interior de Ram, las cosas que sin duda habían sucedido habían sido sobrescritas con falsos recuerdos.
No sabía lo que significaba. No sabía por qué le respondía de esa manera.
—Esto no tiene gracia… Ni siquiera una pesadilla… tendría un guion tan malo…
—Como siempre, hablo muy en serio. Eres tú quien está soñando, Barusu.
—Soñando… ¿Soñando? ¡¿Estás diciendo que estoy soñando?! ¡Este chiste nunca fue gracioso!
Con Ram completamente desorientada, Subaru apartó las sábanas y salió de la cama. Su resistencia no había vuelto; la parte inferior de su cuerpo se tambaleaba mientras salía, impulsado por sus feroces emociones.
—Barusu, no deberías estar levantado y…
—¡Cállate! Cállate y… ¡ven a mirar!
Ram extendió una mano hacia su tambaleante cuerpo, pero Subaru la apartó con rabia.
Subaru había estado durmiendo en su habitación del segundo piso del ala este de la mansión. La habitación de Rem estaba en el tercer piso, así que se dirigió a las escaleras que subían en busca de algún rastro de ella.
—Tu resistencia no ha vuelto. Si continúas forzándote y colapsas, sólo me causarás problemas.
Ram le seguía por detrás, hablándole, pero Subaru, con los hombros temblándole de rabia, no tenía intención de escuchar. Tomándose más tiempo del habitual para subir las escaleras, Subaru se dirigió directamente al pasillo del tercer piso de la mansión antes de detenerse frente a una habitación: la de Rem.
Una vez que Ram lo viera, seguramente sus ridículas ideas se harían añicos.
Subaru agarró el pomo de la puerta de la habitación y entró. No dudó. Si lo hacía, el tímido corazón de Subaru le permitiría poner más excusas. No tenía tiempo para preocupaciones ni conflictos.
La habitación en la que entró era sencilla, pero estaba decorada de forma reservada y femenina.
—… Esto es… imposible.
No había… nada.
El espacio en el que acababa de entrar tenía una cama hecha y una mesita, nada diferente a cualquiera de las otras habitaciones vacías. La de Rem había sido sencilla, pero ésta era diferente, completamente desprovista de personalidad. Los pequeños toques femeninos y los adornos sí habían estado en la suya.
—Esto no puede ser real…
Mirando alrededor de la habitación, Subaru no podía creerlo y salió corriendo al pasillo. Ignorando la mirada de Ram, que estaba de pie junto a la puerta, Subaru contó las habitaciones desde las escaleras hasta ésta. No se había equivocado. Era imposible que lo hubiera hecho. Podía encontrar el lugar con los ojos cerrados.
… Entonces, ¿por qué…?
—¿Podría ser Beatrice? Tal vez ella barajó los espacios sobre mí como aquella primera vez…
—Barusu.
—¡Eso es! ¡Tiene que ser eso! Esa pequeña insolente… divirtiéndose a costa de atormentarme…
—Barusu, basta.
Al ver que Subaru se ponía histéricamente desesperado, Ram abandonó en silencio todo atisbo de afecto. Sorprendido, Subaru miró a Ram. Ella le devolvió la mirada, con una expresión lastimera, casi impensable, que mostraba lo mucho que le preocupaba su bienestar.
Pero se equivocaba. Eso no era lo que Subaru estaba buscando.
—Rem… Ella debería…
—… Nunca ha habido una persona con ese nombre en esta mansión. —Ram negó con la cabeza, con los ojos nublados, mientras decía, como para hacerle recapacitar—: Yo no tengo una hermana pequeña.
Y así acabó por destruir sus dudas.
2
Había querido asumir su responsabilidad, cargar con su crimen sobre los hombros. Había querido aceptar esa carga demasiado pesada, la responsabilidad de la que deseaba desprenderse y huir en ese mismo momento, y enfrentarse a la muerte de Rem.
—Y-Yo…
¿Ni siquiera tenía derecho a llorar la muerte de Rem y suplicar su perdón?
Había hecho cosas pensando que era por el bien de Emilia, pero ella no le había aceptado; sus sentimientos estaban enfrentados y seguían en trayectorias diferentes. Rem, que lo había tirado todo por la borda por el bien de Subaru, había gastado su vida de forma heroica mientras el mundo se repetía. Y, sin embargo, el mundo le había arrebatado a Subaru el deber de asumir la responsabilidad de su vida.
El tiempo, el mundo, el Culto de la Bruja, la Ballena Blanca… diversos obstáculos se interponían entre Subaru y lo que deseaba. ¿Por qué el mundo era tan frío con Subaru, traicionándole a él y a todos sus sentimientos?
Eso era, eso era…
—Barusu, por favor, vuelve a tu habitación.
Mientras Subaru permanecía estupefacto en la habitación desocupada, Ram le habló así. Con Subaru clavado en el suelo, Ram, de pie junto a él, le puso una mano en la espalda para sacarle de la habitación y le dijo:
—Debes de estar confundido sobre muchas cosas porque estás cansado. Vuelve a tu habitación y sigue soñando en la cama. Tengo cosas que hacer, así que no puedo quedarme contigo así para siempre.
Aunque Subaru estaba abatido, la decisión de Ram fue estricta con él. Su intención era llevar a cabo las tareas que le habían sido asignadas sin mimarle más.
—Vuelve a tu habitación y duerme.
Repitiendo la orden una vez más al salir, Ram bajó las escaleras y desapareció de su vista.
Ciertamente, si dormía como ella decía, podría escapar de esa sensación de alienación. Todo era un mal sueño, seguramente. Estaba soñando, así que volvería a la cama a soñar.
Debería huir, huir, huir. Había huido hasta donde estaba ahora. Si seguía tratando de escapar, como siempre lo había hecho, como siempre lo haría, si corría y corría y corría y corría, entonces…
—Entonces… ¿qué…? —murmuró Subaru, su pie se detuvo justo cuando estaba a punto de bajar las escaleras.
Juzgando que necesitaba evadirse en un sueño, arrastró los pies hasta las escaleras. Levantando ligeramente la mandíbula, Subaru miró los escalones que subían al siguiente piso.
No importa lo lejos que huyera, todo sería lo mismo. Y Subaru habría vuelto a traicionar a Rem.
Rem había protegido a Subaru, jugándose la vida para que escapara de la Ballena Blanca… ¿Y para qué?
Para que Subaru pudiera terminar lo que había empezado.
Por su objetivo de salvar a la gente preciada para él de las malvadas garras del Culto de la Bruja.
Si abandonara ese objetivo en ese momento, dejándose llevar y huyendo hacia su propia mente…
—Eso es… mucho más bajo que pedir perdón…
Subaru se apartó de las escaleras que bajaban.
Esta vez, no hubo vacilación en su andar. Subaru puso el pie en el primer escalón y subió, no bajó, porque allí encontraría la razón de su regreso.
Subaru subió cada escalón con paso firme. Al llegar al último piso, exhaló al encontrar la puerta por la que había estado luchando todo este tiempo.
Cuando alcanzó el pomo de la puerta, Subaru se dio cuenta de que estaba extrañamente tranquilo. Parecía mentira cuánto se había calmado su corazón después del frenético latido que había sentido al irrumpir en la habitación de Rem. Se preguntó si realmente se había calmado o si había superado por completo el estrés y se había hundido tanto que ya no podía oír su potente latido.
Pero…
—Rem, préstame… tu valor…
Al pronunciar ese nombre, Subaru sintió que su mano se fortalecía. Esa fuerza se transfirió al pomo de la puerta; abrió suavemente la puerta que parecía obstinada. Y al otro lado de la entrada abierta, una chica estaba sentada en el escritorio, mirando hacia él mientras decía:
—¿Subaru?
Cuando Subaru oyó la voz que le llamaba por su nombre, cerró los ojos. Por fin recordaba las profundas emociones que corrían por su pecho y que eran difíciles de expresar con palabras… y que había vuelto para escuchar su voz.
Era una chica de cabello plateado ondeante, piel pálida y ojos violetas. La tristeza empañaba sus fugaces y bellos rasgos. La chica —Emilia— se levantó de su asiento y le dijo a Subaru:
—… ¿Por qué… volviste?
No fueron las palabras en sí, sino el tono tembloroso de su voz, lo que privó a Subaru de todo pensamiento.
Aquí estaba Emilia, sin fuerza en los ojos, con los labios temblorosos.
Hacía tiempo que no la veía. Le pareció que estaba más delgada que cuando se separaron. Tanto su voz como sus ojos estaban nublados por el cansancio, lo suficiente como para sugerir que no había dormido nada.
Probablemente la habían arrinconado, su espíritu se había desgastado por influencias externas.
Así, Subaru se adelantó, ignorando la pregunta de Emilia mientras le ofrecía la mano.
—Vamos. No puedes quedarte aquí.
El enérgico comportamiento de Subaru sorprendió a Emilia, que se apartó ligeramente de él. Cuando se restableció la distancia original entre ellos, Emilia sacudió la cabeza hacia el atribulado muchacho.
—¿Ir a dónde…? No, ¿por qué?
—Cualquier sitio servirá, siempre que no sea aquí. Si vas a preguntar para qué es, mi respuesta es que es por tu bien. Volví por tu…
—¿Otra vez esto, Subaru?
Emilia pareció decepcionada por su respuesta mientras hablaba.
Sus ojos de terciopelo se humedecieron ligeramente, mirándole a través de las pestañas y acobardándole en silencio.
—Regresando de repente, cubierto de heridas y preocupando a todo el mundo… ¿No se supone que estabas recibiendo tratamiento de Ferris en la capital real? ¿Por qué estás aquí ahora?
—¡Han pasado muchas cosas! Hay una montaña de cosas que explicar, pero ahora mismo no tengo tiempo para hacerlo. Por favor, escúchame. Tenemos que salir de esta mansión en…
—Te dije que no puedo, ¿no? No puedo confiar en ti así, Subaru… te lo dije.
De mala gana, Emilia sacudió la cabeza y lo rechazó con voz temblorosa. Fue una continuación directa de su intercambio en la sala de espera de la capital real, sin el menor progreso. Subaru había sido incapaz de transmitir a Emilia su voluntad de hacer cualquier cosa por su bien, y no había logrado entender por qué Emilia se negaba a comprender lo que él sentía. Pero una cosa era diferente de antes.
—Te arrastraré fuera de aquí si tengo que hacerlo. En unos días, sabrás que tengo razón quieras o no, así que…
—Espera. Espera, Subaru. ¿Qué es lo que va mal? Tú no eres así, Subaru. Yo… ¿Qué ocurre…?
—¡Cállate y escúchame!
En cuanto gritó, los hombros de Emilia temblaron. Ante sus ojos incrédulos, la respiración entrecortada de Subaru llegó con tanta fuerza como su grito furioso, y él la miró con intensidad.
—No puedes quedarte aquí. Te arrepentirás. Sé que te arrepentirás. No ayudará a nadie. No salvará a nadie. No quiero sufrir más. ¡No quiero llorar más!
—¿De qué estás hablando…? Subaru, no lo entiendo.
—¡Cállate! Si todos hicieran… ¡Si hacen exactamente lo que les digo, todo saldrá bien! Todo saldrá bien. ¡Es verdad! ¡¿Por qué nadie entiende eso…?!
Subaru se agarró la cabeza, alzando la voz, no hacia Emilia, sino hacia lo irracional de la situación.
Sin duda, Emilia no podía entender el significado que había detrás del arrebato de ira de Subaru. Pero éste era el único lugar donde podía expresar estas maldiciones en voz alta. Sólo ante Emilia podía Subaru desahogarse sobre todas las cosas sin sentido que había encontrado y sacar a relucir todas las feas emociones que había soportado con tanta dificultad.
Al ver que Subaru suplicaba con voz llorosa, Emilia bajó los ojos con tristeza.
—Lo siento, Subaru. No entiendo lo que dices. Realmente no puedo entenderlo. —Los ojos de Emilia permanecieron bajos mientras suavizaba el tono de su voz en un esfuerzo por calmar el espíritu de Subaru—. Quiero entender. Pero incluso si pudiera entender con el tiempo, ahora mismo no puedo darte eso… Hay tantas cosas que necesito hacer. Por eso ahora mismo, yo…
—Todo saldrá mal.
Subaru interrumpió su muestra de preocupación con unas breves palabras, pisoteando los sentimientos de Emilia.
Al oír la malicia que llenaba su voz, Emilia se quedó en shock, parpadeando mientras él repetía las palabras.
—Todo saldrá mal. No eres buena. Fracasarás. No hay manera de que puedas hacerlo. No hay ninguna posibilidad. Eres pura palabrería. Estás más allá de cualquier salvación. Nadie puede rescatarte. Seguirás haciendo cosas imprudentes y temerarias, y el número de cadáveres en la pila será el mismo. Ese… es tu futuro.
La satisfacción que llenaba el cuerpo de Subaru era negra como el carbón, mezquina, fea y despreciable. A medida que cada palabra que salía de su boca sonaba en los oídos de Emilia, el dolor en su rostro le permitía ver realmente los efectos de clavar sus sentimientos como cuchillas en los puntos débiles de su corazón.
En ese momento, Emilia se vio obligada a prestar atención a todo lo que él decía. Sólo en ese instante, se alegró morbosamente de que ella no pudiera ignorarle.
Había rechazado su determinación, se había reído de su resolución, había pisoteado sus acciones de forma cruel, se había burlado de su ociosidad pasada y le había profetizado un futuro completamente oscuro. Mientras Subaru observaba a Emilia, atónita por todo lo que había dicho, su corazón…
—¿Por qué? —murmuró Emilia en voz baja.
La pena por las despiadadas palabras de Subaru, junto con el dolor por su descripción de un futuro ineludiblemente oscuro, hicieron que la expresión de Emilia se endureciera. Pero incluso entonces, sus ojos violetas permanecieron despejados. Cautivado por el inquietante y tenue brillo de sus ojos, observó el mundo reflejado en ellos, en otras palabras, a Subaru mismo, visto por ella. Entonces…
—¿Por qué parece que lloras de tanto dolor, Subaru?
… sólo entonces se dio cuenta de que se le había dibujado una sonrisa retorcida mientras se le saltaban las lágrimas.
Sabía que le habían echado en cara todo lo que había dicho.
Reflexionando sobre todas y cada una de las palabras con las que había aplastado los sentimientos de Emilia, todo el tiempo con los ojos desorbitados, se dio cuenta de que no significaban nada. Con todo lo que había dicho, Subaru sólo había conseguido hacerse pedazos a sí mismo.
Determinación, resolución, acciones, pasado, futuro: los de Subaru habían sido rechazados tanto como los suyos.
Sentía que era inútil por mucho que lo intentara.
Sabía que le embargaba la necesidad urgente de hacer algo. No tenía ni idea de contra qué luchaba. Sólo sabía una cosa.
—Rem… ella me trajo hasta aquí… No. Rem se quedó conmigo hasta aquí, y hay cosas que tengo que hacer por ella…
—¿Rem?
Subaru buscó con ansia en su corazón los sentimientos originales que le habían llevado hasta donde estaba ahora. Emilia, al escuchar sus palabras aparentemente sin sentido, inclinó la cabeza con ligereza.
—…
Se le cortó la respiración.
La forma en que Emilia había dicho su nombre.
Era claramente como sonaba la gente cuando estaba confundida.
—… Tú también.
—¿Hmm?
—También… olvidaste a Rem…
No sólo su propia hermana gemela había olvidado su existencia, no sólo se había desvanecido todo rastro de ella, sino que la persona que era toda la razón del regreso de Subaru tampoco la recordaba, a pesar de que Rem se había jugado la vida para que así fuera.
Los días que había pasado, el tiempo, los sentimientos, la forma en que había vivido, todo había desaparecido. Su sonrisa, su rabia, sus lágrimas, las caricias que habían compartido… ¿qué había sido de todo aquello que la hacía ser quien era, que era la prueba fehaciente de que había vivido?
—De acuerdo. Te lo contaré todo.
—¿Eh? —respondió Emilia, sorprendida por las palabras de Subaru. Al contemplar su bello y refinado rostro, Subaru descubrió de nuevo el origen de las emociones que le habían llevado tan lejos.
Si la alternativa era que Rem y sus sentimientos se desvanecieran para siempre en el éter…
—Es mejor sacarlo todo, aunque me haga toser sangre.
Subaru lo había decidido.
Se lo revelaría todo. Le diría la verdad sobre lo que nublaba las profundidades de su espíritu.
Emilia, al ver que la mirada de Subaru había cambiado, tragó saliva.
De pie ante ella, Subaru se llevó una mano al pecho. Los latidos de su corazón se aceleraban; sabía y temía exactamente lo que estaba a punto de ocurrir, cuál sería el resultado.
Ese dolor. Dolor suficiente para volver loco a un hombre.
El sufrimiento de esas presiones en su corazón, la sensación de ser aplastado, su incapacidad para emitir siquiera un sonido, continuando y continuando, sin saber nunca cuándo llegaría a su fin…
Pero él también había pensado en esto.
Como si me importara. Me trae sin cuidado. ¿Qué es ese dolor comparado con este sufrimiento de ahora?
No podía confiar en él. No podía entenderle. Si encima tenía que soportar el sufrimiento de nadie recordando a Rem, el mero dolor físico palidecía en comparación.
… Si vas a venir, entonces ven, maldita sea. Si es mi corazón lo que quieres, puedes tenerlo.
—Emilia.
—¿Sí?
—Vi… el futuro. Sé lo que va a pasar. Y si quieres saber por qué, es porque… puedo regresar de la muerte…
En el instante en que estaba a punto de revelarlo todo, el mundo se detuvo. Como esperaba, todo se ralentizó de forma gradual hasta detenerse por completo. En ese instante, el entorno perdió su color; todos los sonidos que había oído hasta entonces desaparecieron. El viento, su respiración, los latidos de su corazón, todo se alejaba cada vez más y no volvía.
Con los cinco sentidos abandonando su mente, Subaru estaba aislado del mundo.
… Entonces, como si no pudieran dejarle tranquilo en su soledad, las manos aparecieron lentamente, portadoras de su benevolencia no buscada.
La nube negra que surgió parecía deslizarse por el aire mientras se retorcía, cambiando de forma para adoptar la silueta de brazos. En el pasado, sólo el brazo derecho tenía los contornos bien definidos de una extremidad. Pero a medida que aumentaba la frecuencia de aparición de las manos malignas, también formaban una mano izquierda con inquietante rapidez.
Ambas manos se acercaron a Subaru, con la izquierda acariciando su mejilla, aparentemente cariñosa con él. La derecha se negó bruscamente a ser paciente, hundiéndose en el pecho de Subaru, deslizándose más allá de sus costillas, y envolviendo suavemente su corazón.
La aterradora sensación de aquel miembro extraño jugueteando suave y delicadamente con su corazón recorrió todo su cuerpo.
A diferencia del inimaginable dolor que le habían infligido con anterioridad, la negrura que tenía la vida de Subaru en sus manos parecía estar manipulando astutamente su miedo final para quebrar su determinación y resolución.
Al no llegar la inminente agonía, un nuevo temor empezó a arraigar silenciosamente en la mente de Subaru.
Había hecho las paces con la insoportable incomodidad y había jurado soportarla. Las manos malignas parecían burlarse de la determinación de Subaru, no infligiendo más dolor a su cuerpo y mente que unos pinchazos, y confiando en su imaginación para rellenar el resto. Fue esa forma de infligir dolor, tan diferente de lo que había esperado, lo que hizo que el inmovilizado Subaru quisiera gritar. Pero apretó los dientes inmóvil y rechazó el impulso.
Sufría, tenía miedo, era ignorante, pero Subaru no permitió que ese sufrimiento afectara a su espíritu. Si fracasaba, no ganaría nada. Si fracasaba, nunca sería perdonado. En un mundo en el que nadie recordaba que Rem había existido, Subaru no tenía ningún lugar donde pedir perdón por su responsabilidad en su muerte, excepto los confines de su propia alma.
Si la mano quería infligirle sufrimiento, dejaría que le tallara todo lo que quisiera. Pero esa determinación era lo único que no se rompería con tanta facilidad.
Subaru miró fijamente a la mano maligna que jugueteaba con su propio corazón, conteniendo la respiración mientras esperaba el momento inevitable. Pero la mano no hizo ningún movimiento. Si podía hacerlo en cualquier momento, también podía retrasarlo todo lo que quisiera.
En aquel mundo de tiempo detenido, lo único que podía hacer era librar una guerra de desgaste hasta que su mente se desgastara. Aunque la determinación de Subaru se mantuviera firme por el momento, acabaría flaqueando, y su espíritu sería subsumido y quebrantado.
… Si eso es lo que pensaba, le esperaba otra cosa.
Soportaría la agonía, sin importar cuántas horas o días le llevara. No había muerto una y otra vez en vano. Si no iba a matarlo, soportaría cualquier cosa que el dolor pudiera ofrecerle.
Tal era la determinación de Subaru…
—… ¿Ah?
De repente, algo empezó a animar aquel mundo inmóvil.
Todo rastro del dolor inminente, del que sólo había recibido un anticipo, desapareció de su mundo. Subaru y su determinación quedaron intactos cuando volvieron el sonido, el color y el tiempo. Un torrente de sonidos —su respiración, los latidos de su corazón, las cosas que se movían en el mundo— se arremolinó en torno a Subaru, como si aquel otro reino le hubiera escupido con sorna.
¿Quizás la mano maligna había juzgado que era inútil ante la obstinada resolución de Subaru?
Ya me gustaría, pensó Subaru. Su repetido sufrimiento en esas manos le llevó a burlarse de la idea. Incluso entonces, sintió que la mano derecha formada por esa nube negra agarraba su corazón con suavidad y ternura. Si lo hubiera apretado, en ese mismo momento Subaru estaría…
—…
En ese instante, una duda asaltó los pensamientos de Subaru.
Subaru tenía un firme recuerdo de aquella abominable mano derecha tocándole el corazón.
Pero, ¿qué había estado haciendo la mano izquierda durante ese tiempo? Al principio, había tocado su mejilla, pero después de eso…
—… Hu.
Antes de que pudiera encontrar una respuesta a su pregunta, Emilia, de pie ante él, pareció murmurar algo.
Su voz despertó a Subaru. Recordó el resto de la frase que había empezado antes de que el tiempo se detuviera. Aunque su repentina liberación de la pesadilla le había desconcertado, si violar el tabú no le supondría ningún precio, no necesitaba preocuparse más por ello.
Le revelaría todo, compartiendo con ella lo que le aguardaba en el futuro, para que Subaru, y todos, pudieran conseguir el mundo que esperaban. Finalmente, su determinación de llevarlo a cabo daría sus frutos…
—Ahh.
Un instante antes de que pudiera hacerlo, el cuerpo de Emilia se inclinó bruscamente hacia Subaru, que estaba de pie justo delante de ella.
Subaru alargó instintivamente una mano para sostenerla. Se quedó sin aliento al sentir el tacto suave y cálido de su mano cuando…
Splat.
—… ¿Eh?
Splat, splat, splat.
—¿Emi… lia?
Splatsplatsplat, spurt.
Emilia emitía sonidos extraños mientras le abrazaba al tiempo que una enorme cantidad de sangre manaba de su boca.
… ¿Dónde había ido la mano izquierda mientras la derecha tocaba el corazón de Subaru?
Emilia apoyó la cabeza en el hombro de Subaru, sin dejar de toser sangre. La enorme cantidad que salía teñía de carmesí la mitad de Subaru mientras su cuerpo se iba aclarando.
—Détente… ¿Qué? ¿Ah…? ¿Eh?
Ella levantó la cabeza, aparentemente intentando detener la sangre que vomitaba, pero en ese momento, su cabeza lánguida bajó. Se deslizó por su hombro. Su mirada sin vida le dijo todo lo que necesitaba saber.

Justo entonces, ante los ojos de Subaru, la vida de Emilia…
—¡¡¡WaaaAAAHHHHHH…!!!
Se oyó un grito.
Gritó y aulló lo suficiente como para desgarrarse la garganta, como si eso le permitiera olvidarlo todo. Si así fuera, deseaba que se rompiera en ese mismo instante, arañarla y arrancarla con sus propias manos.
El cuerpo inerte de Emilia seguía aligerándose entre sus brazos.
La sangre no dejaba de manar de ella. El cuerpo de Subaru se puso más rojo. Más rojo. Y más rojo.
… Mientras la mano derecha había estado tocando el corazón de Subaru, la izquierda había alcanzado el de Emilia.
Su determinación, su resolución, sus acciones, su pasado y su futuro habían sido pisoteados y escarnecidos.
Su obstinada determinación, la resolución que acababa de decidir que nunca se rompería, se había hecho añicos, y Natsuki Subaru se sumió en un abismo de desesperación.
Su grito llegó cada vez más alto, sin desvanecerse nunca.
Finalmente había llegado a esto. Subaru…
… había matado a Emilia.
3
Esta vez, seguramente no tenía más sangre que toser, ni más lágrimas que llorar. Le habían dejado seco.
¿Cuánto tuvo que llorar?
¿Cuánto tuvo que sufrir?
¿Había hecho algo tan imperdonable?
Su espíritu había sido herido y pisoteado. Le habían robado a alguien valioso. No podía proteger a las personas que necesitaba proteger. Y por su mano, la persona más importante para él en el mundo había perdido la vida de forma cruel.
… ¿Alguien le había impuesto algún tipo de juicio?
—Y-Yo…
Se había equivocado. Había entendido mal. Se había vuelto engreído.
Se había vuelto engreído después de utilizar hábilmente la maldición de la Bruja sobre su alma para cambiar las cosas antes. Animado por la idea de que volvería aunque muriera, había descartado al abominable ser conocido como la Bruja junto con sus malvadas manos, y este fue el resultado.
Todas esas cosas, acumuladas, habían producido el trágico espectáculo que ahora tenía ante sí.
Subaru cayó de rodillas, apoyando el cadáver de Emilia sobre ellas, mientras sus ojos huecos vagaban sin rumbo.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que Emilia había perdido la vida?
Cuando tocó su mejilla, se había enfriado. El calor se había desvanecido por la sangre que manaba de su boca. Sus suaves miembros habían empezado a ponerse rígidos, dejándole cada vez menos con qué negar su muerte.
Subaru, al comprenderlo, permaneció incapaz de moverse del sitio.
Estaba agotado.
Había sufrido tanto. ¿Seguro que estaba bien que se detuviera ahora?
¿Había algún ser humano en el mundo que hubiera sufrido tanto como él?
Había hecho esfuerzos impensables para su antiguo yo, intentando arreglárselas de alguna manera. Aun así, no había podido evitar lo peor, la calamidad le había alcanzado y lo había perdido todo. Entonces, ¿qué más podía…?
—… Vuestra cara parece decir: «Soy el hombre más desafortunado del mundo entero».
No debería haber nadie allí, así que Subaru dudó de sus propios oídos cuando miró hacia la entrada.
Cuando giró lentamente la cabeza, vio a una chica sola frente a la puerta. Miró a Subaru con desdén. Su largo cabello color crema estaba dividido en dos hermosos rollos, y llevaba un vestido adornado digno de una muñeca del Oeste. Tenía una cara adorable, una que Subaru no había visto a su regreso a la mansión las dos últimas veces a través de la actual serie de bucles.
—Bea… trice…
—En el tiempo que ha pasado desde la última vez que os vio Betty, ¿acaso vuestra cara de tonto se ha vuelto aún más tonta?
Al hacer esa dura declaración, Beatrice contempló el trágico espectáculo de la habitación.
Luego dijo:
—Bueno, ahora sí que habéis metido la pata hasta el fondo…
Con un suspiro, Beatrice resumió el trágico espectáculo con extrema brusquedad.
Al ver a Emilia inmóvil en un charco de sangre, con los ojos hundidos en el abrazo de Subaru, ¿realmente Beatrice se conmovió tan poco?
Pero aunque la animosidad fuera la reacción obvia, Subaru ya no podía manejarla. De hecho, en ese momento, Subaru se sintió agradecido por la reacción de Beatrice, que no le preguntó nada. Habría estado aún más agradecido si ella simplemente se hubiera dado la vuelta y le hubiera dejado allí.
—Entonces, ¿Puckie no saldrá? —Mientras Beatrice hablaba, se acercó y se arrodilló junto a Subaru—. Aunque Betty os dijera que mirarais, dudo que me hicierais caso… Betty odia tanto ensuciarse las manos.
Hablando con indiferencia, Beatrice extendió la mano hacia Emilia. Subaru no sabía lo que ella pretendía hacer con la chica fallecida, pero no reaccionó cuando sus dedos tocaron el cuello de Emilia. Subaru, sintiéndose incómodo con la acción de una manera que no podía expresar con palabras, comenzó a reprenderla.
—¿Está desconectado?
Pero Beatrice logró su objetivo antes de que él hubiera dicho una sola palabra. Cuando la mano de Beatrice se apartó de Emilia, sostenía un hermoso y reluciente cristal verde. Era el collar que Emilia nunca se quitaba: la morada de Puck y la representación física del pacto formado entre Emilia y el espíritu. Pero ahora, estaba…
—¿Ro… to…?
—Algo atrevido para quien lo rompió… Aunque parece que no sois consciente del hecho.
Contemplando desolada los dos trozos de cristal que descansaban sobre la palma de su mano, Beatrice guardó el objeto en ruinas.
¿Qué le había pasado a Puck, el espíritu que debería haber estado dentro del collar roto? ¿Qué le había pasado al espíritu que había amado tanto a Emilia, que ahora descansaba en los brazos de Subaru, que la había llamado su hija? ¿Adónde se había ido?
—¿Estáis preocupado? Puckie no está muerto. Simplemente ha sido devuelto a su verdadero cuerpo por el momento. Es sólo cuestión de tiempo hasta que vuelva… Pero no tardará mucho, creo.
Respondiendo con naturalidad a la pregunta no formulada de Subaru, Beatrice se levantó con un leve revoloteo de su falda. Subaru observó el revoloteo del cabello de la chica mientras se consolaba con su respuesta.
Si ese espíritu estaba vivo, si volvería aquí, entonces, con toda probabilidad…
—… ¿Tenéis algo que queráis decir?
Al ver el alivio tan inoportuno de Subaru, Beatrice le miró fijamente mientras planteaba la pregunta.
Subaru no notó los sentimientos en la voz de Beatrice. Pero si ella le estaba preguntando si tenía algo que decir, entonces…
—Mátame.
… quería que alguien acabara con su vida, en ese momento.
Estaba harto de todo. Había sido una cosa tras otra, y estaba agotado.
Así que quería morir. Quería morir y acabar con todo. Incluso si moría y regresaba, probablemente lo volvería a perder todo. Si las cosas volvían a empezar cuando él muriera, o incluso si no lo hacían, él ya no quería estar en ese mundo. En un mundo donde Emilia había muerto y la existencia de Rem había sido borrada, no quedaba nada para él. Por eso…
—Mátame…
… poner fin a todo era la única esperanza de salvación de Subaru.
Si había alguien ahí fuera que escuchara su súplica, quería que le arrancaran su vida de inútil. Había pisoteado la dignidad de su vida, había hecho que los sentimientos de todos carecieran de sentido y lo había abandonado todo en un patético esfuerzo por salvar su propia vida, y quería que lo quemaran y lo destruyeran por completo.
Seguro que la chica con poderes sobrenaturales que tenía delante podía concederle eso.
Beatrice seguramente odiaba a Subaru. Si ella escuchaba la petición de Subaru, no había duda de que él podía esperar un castigo cruel que correspondiera a la gravedad de su crimen.
Era un ser humano estúpido. Morir nueve veces no había cambiado nada. Entonces, ¿por qué no acabar con él por décima vez? Ahora que la benevolencia de Dios, la Diosa, Buda y la Bruja se había agotado, no había mejor momento.
Por lo tanto…
—Mátame, por favor —suplicó Subaru a Beatrice mientras abrazaba los restos de Emilia.
Si este iba a ser el final, quería que fuera con Emilia en sus brazos.
Habiendo conseguido el peor de los mundos gracias a sus esfuerzos interesados, Subaru se complacería hasta el amargo final.
Subaru apretó más fuerte a Emilia, cerrando los ojos mientras esperaba el final.
Imaginó que pronto caería en ese tiempo de silencio.
—… cruel.
Subaru, habiendo decidido con egoísmo acabar con todo, escuchó algo de forma abrupta.
—… ¿Eh?
Era una voz pequeña, frágil y vacilante.
Sin pensarlo, Subaru dejó escapar el aliento que había estado conteniendo y abrió los párpados para mirarla. Como antes, Beatrice estaba de pie frente a él, mirándolo todo el tiempo.
Abrazó su pequeño cuerpo con ambos brazos, mordiéndose los labios temblorosos como si se estuviera congelando.
—Pedirle a Betty que os mate… ¿No creéis que es demasiado cruel…?
Lo dijo con una mirada llorosa y la voz entrecortada, dejando a Subaru completamente perdido. No importaba cuántas veces parpadeara, la espesa tristeza de Beatrice no desaparecía.
La chica que Subaru conocía nunca pondría esa expresión. Después de todo, se suponía que le odiaba. Aunque siempre era brusca, aguantaba a Subaru porque había algo de bondad en ella, pero él pensaba que era alguien que podía atacarte de forma despiadada por naturaleza.
Aunque pensaba que ella no lo aceptaría de buen grado, o que incluso podría rechazarlo, esperaba que fuera acompañado de desdén y burla.
—No entendéis… ¡No entendéis nada…!
Subaru nunca había soñado que ella se negaría a matarlo con una expresión tan triste.
—¿B-Beatrice…?
—¿Betty debe negarse a todo lo que le pidáis? Si tanto queréis morir, hacedlo por vuestra mano… Betty se niega a hacerlo.
Beatrice sacudió la cabeza y se cubrió los ojos con una mano, reprimiendo la emoción de su rostro. Escondiendo las lágrimas en lugar de dejarlas caer, volvió la mano hacia Subaru.
—¿Qué estás…? ¡¿Qué pasa…?!
En ese instante, el mundo empezó a distorsionarse. Todo lo que rodeaba a Subaru se deformó y apareció una grieta.
Eran los preludios de la destrucción del mundo, o al menos eso pensó, apretando al instante el cuerpo entre sus brazos. Mirándole, Beatrice volvió a hablar con ojos fríos.
—Si vais a ser tan inútil, teneros aquí es una molestia… Como mínimo, quizá Betty pueda proteger esta mansión.
—¿Qué estás diciendo…? ¡No, Beatrice, estás…!
—… No creáis que Betty es como Roswaal. Dolor, angustia, sufrimiento, tristeza, miedo… ¿Quizás Betty odie todas estas cosas?
Respondió a la pregunta que no era una pregunta con una respuesta que no era una respuesta.
El espacio se distorsionó, y la fisura resultante que envolvió a Subaru lo llevó más allá del alcance de todas las leyes físicas conocidas.
No le dolió.
—Si vais a morir, ¿podéis hacerlo en un lugar donde Betty no vea?
Aunque su último murmullo fue cruel, no pudo ocultar ni un pequeño fragmento de su desolación.
No podía decir nada. No entendía nada. Pero sus emociones le dijeron una cosa.
… La decisión y el comportamiento de Subaru habían entristecido a Beatrice.
La distorsión alcanzó su cenit y luego volvió a la normalidad. Algo parecido a la estática recorrió su campo de visión mientras el mundo era barrido al instante; en el momento siguiente, el aire distorsionado sucumbió sin dejar rastro y desapareció.
La hendidura en el suelo manchado de sangre era la única señal de que Subaru y Emilia habían estado allí.
Beatrice observó cómo desaparecían antes de apoyarse contra la pared con aire cansado. Levantó las palmas de las manos con aire perezoso, poniéndoselas sobre los ojos como si eso fuera a ocultarle el mundo.
—… Madre. ¿Cuánto tiempo más debe Betty…?
El murmullo de la niña abandonada en el mundo se apagó, sin llegar a nadie.

4
… Sin previo aviso, Subaru salió despedido de una grieta en el espacio, precipitándose de cabeza sobre unas plantas musgosas.
—¡Bwah!
Subaru escupió saliva con sabor a tierra, levantó la cabeza y miró a su alrededor. Racimos de árboles aparecieron en su tenue campo de visión. Rodeado de naturaleza en todas direcciones, Subaru se dio cuenta de que había sido arrojado en medio de un bosque.
—¿Un bosque de noche…? ¿En algún lugar de las montañas…?
Sólo era capaz de ver porque la luz de la luna no le estorbaba.
Una brisa fría agitaba las hojas de los numerosos árboles, y los sonidos de los insectos dominaban el sombrío bosque bajo el cielo crepuscular. El hecho de que en el exterior de la mansión fuera de noche hizo que Subaru fuera consciente de que había dormido más de medio día.
—Teletransporte… o algo parecido, supongo.
El aire se había doblado, y justo después de que la fisura resultante se lo tragara, había sido arrojado al bosque. Utilizando el hechizo mágico Pasaje, Beatrice pudo reorganizar libremente dónde se conectaba cada puerta de la mansión. Tal vez no hubiera razón para esperar que no pudiera reubicar a las personas una por una si se lo proponía.
Pero aunque pudiera entender eso, seguía sin tener ni idea de lo que Beatrice había estado pensando realmente.
Incluso entonces, la última imagen de ella llorando se negó a desaparecer de su mente.
Aunque ella lo había rechazado, él había estado seguro de que lo dejaría allí con desdén. Y, no obstante, Beatrice había mirado a Subaru con abatimiento y desesperación en los ojos…
—Es como si… ella…
… como si hubiera esperado más de él.
El propio Subaru había rechazado tales ideas, por considerarlas excesivamente interesadas. Había reconocido que era un espíritu de pestilencia, incapaz de hacer nada, ¿no? Lo había aceptado, ¿verdad? Si él no podía esperar nada de sí mismo, estaba claro que nadie más podía. Que incluso alguien que le odiaba esperara algo de él no era más que el colmo del «Orgullo».
… Aunque había seguido huyendo y escapando de las expectativas de los demás mucho antes de llegar a ese mundo.
—Amigo, no tengo remedio, ¿verdad…?
Subaru esbozó una sonrisa torcida mientras se arrodillaba lentamente sobre la hierba. Sus piernas parecían menos móviles de lo esperado. Cuando Subaru miró hacia abajo, se dio cuenta de que había algo más que él pesando sobre sus rodillas.
Incluso entonces, tras dar tumbos por el espacio, los restos de Emilia siguieron descansando sobre su regazo.
—Emi… lia…
En aquel mundo de penumbra, un hilillo de luz de luna iluminó su pálido rostro.
No parecía sufrir ni estar en paz en la muerte. Por el contrario, parecía llena de conflictos, incapaz de comprender la causa de la desgracia que afligía su cuerpo. A saber, cómo su corazón había sido aplastado mientras aún estaba viva, en un mundo de tiempo congelado.
Pero, aunque no hubiera sentido ningún dolor, eso no era una gracia salvadora. No existía la muerte pacífica, ni la muerte era una gracia salvadora para nadie.
… Excepto para el propio Subaru, en ese momento.
—Lo siento. Lo siento tanto, tantísimo…
Al mirar el rostro de Emilia, unas gotas cayeron sobre su pálida mejilla.
Había creído que sus lágrimas se habían agotado, pero brotaron de un pozo sin fondo mientras Subaru era atormentado por una tortura incesante.
Oía voces, voces que le culpaban.
La gente que Subaru había conocido le gritaba con gélida rabia.
Entre ellos había una chica con el cabello plateado y otra con el pelo azul…
—Alguien… alguien, cualquiera…
… Por favor, mátame.
Bajo una lluvia de gritos que no se desvanecían, Subaru levantó a Emilia y se puso en pie. Desde allí, pisó la hierba y rompió ramas mientras empezaba a caminar lentamente hacia el bosque.
Podía oír bestias aullando en la distancia. Si se encontrara ahora con esas mabestias negras, sentiría que las recibiría con una sonrisa en la cara. Quería que consumieran su carne, su prana, su vida… lo que quisieran.
Porque si no lo hacían, si eso no ocurría, no habría salvación para Natsuki Subaru.
—…
Dirigiéndose hacia los aullidos, Subaru avanzó hacia las oscuras profundidades del bosque.
Ya no sentía el peso de llevar a Emilia, ni la fatiga de caminar por la fría carretera de montaña con escasa visibilidad. Se preguntó si sería porque tenía un objetivo claro y trabajaba con seriedad para conseguirlo. Eso sería bastante patético. Tampoco la palabra «patético» empezaba a describir su destino.
—Aquí… Pasando este barranco… y luego…
Moviéndose con cuidado, trepó por las retorcidas raíces de los árboles como si fueran escaleras.
Como una vela a punto de consumirse, estaba agotando las últimas fuerzas que le quedaban de vida. Pero esa no era la única causa de la falta de vacilación en sus pasos. Sencillamente, recordaba el camino.
Después de todo, este lugar era…
—Sí, ahí estás.
Una fina y sincera sonrisa asomó a sus labios, como si se sintiera aliviado de no haber errado el tiro. Una risa enloquecida se apoderó de él, del tipo que sólo un hombre embadurnado de sangre y libre de su cordura era capaz de soltar. Subaru conocía a un hombre que se reía así. Si se mirara al espejo en ese momento, probablemente vería la misma sonrisa en su propia cara. Ver una expresión así te carcomía la mente, su pura malevolencia daba lugar a una sensación fisiológica de repulsión.
Pero aquellos a quienes dirigía aquella sonrisa enloquecida estaban acostumbrados a la visión.
—…
En el interior del bosque nocturno, un grupo ataviado con trajes negros que se confundían con la oscuridad rodeaba a Subaru.
Como surgidos de las propias sombras, habían rodeado silenciosamente a Subaru, sin permitirle siquiera percibir sus auras mientras continuaban mirándole de forma fija. Sus miradas no contenían hostilidad ni amabilidad ni malicia ni benevolencia. No podía sentir nada parecido a la «voluntad». Subaru, bajo su escrutinio, recordó su encuentro con ellos de la primera vez.
—¿Igual que entonces, eh…?
Al igual que en los recuerdos de Subaru, todas las figuras vestidas de negro bajaron la cabeza en ese momento. Como marionetas sin voluntad propia, mostraron «respeto» a Subaru.
Subaru no tenía ni idea de por qué demostraban admiración por él. Lo único que sabía con certeza era que todos eran devotos del Culto de la Bruja, y que la oscuridad que envolvía a Subaru tenía alguna relación con la Bruja a la que adoraban.
—Fuera de mi camino.
La verdad por delante, había muchas cosas que quería preguntarles. Si esto hubiera ocurrido antes de que se resignara a morir, habría tenido una montaña de preguntas. Pero para entonces, incluso ese sentimiento era una mera reliquia sin valor.
Ante la breve orden de Subaru, las figuras vestidas de negro no emitieron ni un solo sonido de desacuerdo mientras se fundían en la oscuridad y desaparecían. Cuando desaparecieron de su vista, Subaru notó que el mundo se llenaba de silencio. Ya no oía los aullidos de las bestias que quería que fueran tras él, ni los incesantes chirridos de los insectos, ni siquiera el viento. Era como si todas las criaturas vivas despreciaran al Culto de la Bruja.
Quizá la razón no fuera sólo el Culto de la Bruja, sino también la presencia de Subaru. Tal vez el Culto y Subaru estando juntos en un solo lugar pintó una imagen tan repulsiva que el mundo mismo retrocedió.
… Pensó que esta última apreciación encajaba mucho mejor con su persona actual.
Una leve risa se apoderó de Subaru mientras avanzaba más allá de donde los adeptos del Culto de la Bruja le habían rodeado. Pasó más allá de las raíces, pisó el suelo, aplastó las hojas de los árboles con la suela de sus zapatos y, finalmente, el bosque se abrió. Un precipicio rocoso y escarpado se extendía ante sus ojos.
—Amado acólito, te he estado esperando.
Ante la pared de roca había un hombre demacrado con la misma sonrisa enloquecida que Subaru.
5
—Vaya, vaya, vaya… Y, además, además, además, a quien llevas en brazos… ¿Será la chica mediodemonio?
Cuando Subaru se acercó a la zona rocosa, Petelgeuse ladeó la cabeza y miró a Emilia, a quien Subaru sostenía en brazos. La cabeza del loco permaneció paralela al suelo mientras su lengua se deslizaba divertida, escupiendo saliva.
—Cielos, que pierda la vida antes incluso de emprender nuestro juicio… ¡Qué destino tan trágico! ¡Qué muerte tan prematura! ¡Ahh! Y, y, y… ¡qué diligencia por tu parte! Al borde de la prueba, antes incluso de que yo actúe, ¡le robaste el cuerpo y la vida a la mediodemonio…! —gritó Petelgeuse, aclamando la muerte de Emilia con gestos exagerados, agitando los brazos.
Subaru se dio cuenta entonces de que los seguidores del Culto de la Bruja se habían reunido alrededor de Petelgeuse en algún momento, todos ellos de rodillas mientras escuchaban con devoción los desvaríos del loco.
—¿Diligencia…?
Al oír el murmullo vacilante de Subaru, Petelgeuse se abalanzó sobre él con una risa jubilosa.
—¡Sí, eso es! ¡Tu diligencia! ¡Es espléndida! A diferencia de nosotros, lentos para decidir, escasos de ingenio y faltos de decisión, ¡hiciste que la voluntad de la Bruja se manifestara antes que cualquier otra! —Luego se puso de rodillas y cayó postrado, golpeándose prácticamente la frente contra el suelo rocoso—. ¡Comparado contigo! ¡Mis dedos y yo éramos tan lentos, tan tontos, tan faltos! ¡Ahh, perdóname! ¡Por ser incapaz de corresponder a tu amor! ¡Perdona a esta carne perezosa e infiel! Perdona a este estúpido incapaz de responder al amor que me concedes.
Un torrente de lágrimas brotó de Petelgeuse mientras golpeaba la roca con un brazo, casi partiéndose la frente con la intensidad de su disculpa. El ferviente acto de autolesión fue acompañado de un chorro de sangre. Subaru pudo ver hueso en el lugar donde se había cortado la muñeca. A pesar de ello, Petelgeuse no cesó en su violenta acción; de hecho, cada uno de los fieles arrodillados a su alrededor se apresuró a emular las acciones autodestructivas del loco.
Era una cacofonía de sangre y agonía, y mientras lo observaba, Subaru no sentía nada. Incluso con el hombre que tanto había odiado delante de él, su corazón no se conmovió en absoluto.
—Ahh, ¿qué puedo hacer por ti, que cumpliste la prueba en mi lugar mientras yo no respondía a Sus sentimientos? Dime, por favor. ¿Qué puedo hacer por ti, para demostrar que mi amor no es perezoso?
Petelgeuse se acercó, la sangre que goteaba de su cabeza hizo que brotaran lágrimas de sangre mientras hacía su ferviente súplica.
—Mátame —respondió Subaru.
Seguro que hasta la expresión de la cara de ese loco registraría conmoción por la repentina petición…
—¿Estás seguro de eso?
… pero no lo hizo. Sin dudarlo un instante, apartó a Subaru de una patada.
El viento le dio una patada, Subaru navegó hacia atrás mientras Petelgeuse le observaba con una expresión de éxtasis.
—¡Ahh, espléndido, espléndido en verdad…! Con la prueba cumplida en busca de la salvación, mis acciones, y las de mis creyentes que buscan la salvación, ¡pueden haberse vuelto así diligentes…! Ahh, ¡nos libramos de ser perezosos! ¡Tú y yo! ¡Tienes mi agradecimiento! Y mi diligencia se ganó Su amor.
Petelgeuse no albergó ningún recelo por la respuesta del meditabundo Subaru, ni sintió un solo remordimiento de conciencia por sus propias acciones, ya que ninguna de ellas era contraria a las leyes del mundo en modo alguno. Bajo la apariencia de diligencia, su sed de sangre se había desatado.
Subaru, al ver esto en el loco, cerró los ojos, su corazón apenas se agitó.
Al menos, era lo que Subaru quería ver en ese momento.
—Aunque debo decir…
Cuando oyó a Petelgeuse murmurar algo, Subaru sintió que la hostilidad le oprimía la piel.
—Incapaz de superar ni una sola prueba, sin enfrentarse siquiera a un solo Pecado Mortal, cargando con grandes expectativas sólo para tropezar con la primera piedra en su camino… —El loco miró a la dormida Emilia, suspirando—… ¡Ahh, era tan perezosa!
No tenía mayores palabras para degradar la muerte de Emilia.
Subaru lo sabía, porque recordaba cómo el loco había deshonrado la vida de una chica preciosa para él en un mundo pasado.
—…
Subaru abrió los ojos. En ese instante, vio acercarse una nube oscura que adoptaba la forma de una mano. Por un instante, retrocedió ante los dolorosos recuerdos que se agolpaban en el fondo de su mente.
Pero esta mano maligna era diferente. Su cuerpo podía moverse. Sus pies podían moverse. Sus brazos podían moverse. Por lo tanto, su cuerpo la evadió.
Cuando la mano negra se deslizó suavemente hacia él, Subaru saltó a un lado, sosteniendo a Emilia en sus brazos. La mano pasó de largo, perpleja, mientras desaparecía. Subaru respiró de forma entrecorta mientras la veía desaparecer.
Petelgeuse lo miró fijamente, con los ojos desorbitados por el fuego, y preguntó con voz temblorosa:
—… Tú. Acabas de ver mis Manos Invisibles, ¿verdad? —El loco se introdujo los dedos en forma de ramita en la boca, aplastando una a una las yemas de los dedos con los dientes. Mientras cada parte de su carne estallaba con el horrible sonido de los huesos rompiéndose y la sangre fresca brotando, continuó—: Eso no servirá, eso no servirá en absoluto. Es extraño, está mal. Hay un error, una equivocación. ¡Mi poder, el poder de la Pereza, las Manos Invisibles, su favor otorgado a mí…! ¡¡Que otro haya puesto sus ojos en ellas es imperdonable!!
Escupiendo sangre, Petelgeuse masticó fragmentos de hueso y uñas mientras miraba a Subaru con los ojos inyectados en sangre.
Al instante siguiente, unos brazos negros surgieron de la espalda de Petelgeuse.
La sombra de Petelgeuse estalló en siete miembros negros que danzaban con locura. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Subaru ante el parecido con las dos manos malignas que castigaban a Subaru cuando tocaba el tabú.
—Pero si puedo verlas, y mi cuerpo puede moverse…
Podía esquivarlas.
La velocidad de las manos negras no era tan rápida. Aunque presumían de poder desgarrar un miembro humano a distancia, su mayor amenaza era su poder de invisibilidad. Su mayor ventaja ya no funcionaba con Subaru. Y con los últimos vestigios de su vida consumiéndose, Subaru exhibió habilidades físicas más allá de sus limitaciones.
—¿Por qué…? ¿Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué, por qué, por qué…? ¡¿Por qué puedes evitarlas?! ¡¿Las ves?! ¡Este amor me pertenece! ¡¡¡Es sólo a mí!!!
—En el fondo, sólo hay un tipo que no quiero que me mate, y ese eres tú.
Subaru se retorció para esquivar una mano y saltó hacia delante para esquivar otro par de dedos que se extendían hacia él. Se agachó al instante para esquivar las dos que venían hacia él desde la izquierda y la derecha, prácticamente cayendo hacia delante y acortando la distancia con Petelgeuse.
Al ver la locura en la cara de Petelgeuse transformarse en shock, un oscuro placer llenó el vientre de Subaru.
Acababa de recordar el hecho de que había querido matar a aquel loco.
—… ¡Bgah!
Tomando el camino más corto posible, Subaru golpeó con la cabeza el puente de la nariz del loco, pateando de forma violenta su cuerpo mientras se balanceaba hacia atrás. Las manos negras se agitaron, incapaces de golpear con precisión. Ahora también manaba sangre de la frente de Subaru, cortada por los dientes delanteros de Petelgeuse. La abundante hemorragia le penetró en los ojos, borrándole la visión del lado derecho.
… Un momento después de notar que algo se deslizaba bajo sus pies, agarró las piernas de Subaru y lo lanzó por los aires.
Un instante antes de estrellarse contra un gran árbol, Subaru abandonó toda idea de amortiguar el golpe y se aferró con más fuerza a los restos de Emilia. No para aferrarse a ella, sino para protegerla.
—… ¡Gweh!
Y así, su espalda chocó contra el árbol, haciéndole sentir un crujido aparentemente letal en la columna vertebral. Varias vértebras se rompieron y sus heridas, recientemente cerradas, se abrieron de golpe. Cada una de ellas gritó en un coro de feroz dolor mientras Subaru caía al suelo, retorciéndose, y aparecían burbujas alrededor de su boca.
—¡Qué vergüenza! ¡¿Vergonzoso, no?! Ahh, estoy tan aliviado. ¡Realmente aliviado! ¡A ese ritmo, me habría revolcado en la ociosidad, todas mis acciones sin sentido! Pero en verdad soy diligente, agotando mis esfuerzos por amor…
—¡Cállate, mal… dito…!
Su respiración sonaba extraña. Tenía la sensación de haber sufrido graves daños en los pulmones. Aun así, se rio y se burló de Petelgeuse, mientras burbujas de sangre goteaban de sus labios.
—¿Qué amor, imbécil? Ese supuesto amor que dices que tienes… yo también puedo verlo, ¿no? Te ha estado engañando, imbécil.
—¡¿Qué… estás diciendo…?! Estás, estás, di-di-di-di-cieeeeendo… ¡Mi cerebro, mi cerebro se estremeceeeeee!
Petelgeuse se arrancó el cabello de la cabeza mientras enfurecía, con los ojos muy abiertos. Caminó hacia el Subaru caído, pateando violentamente a Emilia de sus brazos como para distanciarla de forma deliberada de Subaru.
El cuerpo de Emilia rodó, chocando contra las raíces de varios árboles. Petelgeuse la miró de reojo y se echó a reír.
—¡Denigrar mi amor es inadmisible! Ahh, lo decidí. ¡Está decidido! Aunque la mediodemonio que debía someterse a la prueba pereció de antemano, ¡los que la protegen aún permanecen!
Petelgeuse despotricó mientras una de sus manos negras levantaba a Subaru por el cuello. Los ojos de Subaru se abrieron de par en par cuando la fuerza amenazó con arrancarle la cabeza de los hombros; el brutal dolor le dejó incapaz de hablar.
—Primero, erradicaré a los asociados con la mansión; después, sacrificaré a los residentes de la aldea cercana por su afecto. No quedará nada, pues cualquier superviviente sería una prueba de Pereza. Yo, el pináculo de la diligencia, y mis dedos dictaremos sentencia sobre todos; ¡la carretera está sellada por la niebla, así que no hay nadie que interfiera en mi amor!
Gritando y escupiendo en su agitado estado, Petelgeuse expuso su diabólico plan.
—Antes de eso, parecías aferrarte a la carne de esa mediodemonio como si fuera muy preciada para ti… Si la destruyo, me pregunto qué sonidos maravillosos te oiré hacer.
Petelgeuse ladeó la cabeza, torció los labios y sus ojos se llenaron de una curiosidad inhumana.
Cinco brazos, aparte del que sujetaba a Subaru, salieron de la espalda del loco, cada uno de ellos moviéndose de forma independiente mientras se deslizaban hacia los restos de Emilia. Uno agarró cada una de sus extremidades, y la última mano rodeó su esbelto cuello.
—¿Los ves? ¿Entiendes lo que está a punto de suceder?
—… ¡De… tente!
En ese momento, Subaru se sintió atormentado por el miedo, precisamente porque podía verlo. Le hizo recordar cada detalle de lo que las manos negras de este hombre hicieron en el cuerpo de Rem cuando no podía verlas. Y ahora, esos mismos impulsos destructivos se dirigían hacia la carne de Emilia.
No tenía poder para impedir el vil acto. El dolor de Subaru sólo aumentó la sonrisa enloquecida y divertida de Petelgeuse. Lo único que le quedaba era desgarrar la carne de Emilia con placentera crueldad…
—… ¿Qué estás haciendo?
Sin previo aviso, la voz descendió de los cielos, retumbando con frialdad en los oídos de todos los presentes.
—¡…!
La expresión de Petelgeuse cambió y su mirada se desvió en busca del interlocutor. La voz tenía suficiente fuerza —y una rabia bien aprendida— como para hacerle cambiar de expresión.
Finalmente, la mirada de Petelgeuse se dirigió hacia un único punto del cielo y se detuvo. Un segundo después, Subaru, aún sujeto por el cuello, también miró al mismo punto del cielo.
—Repito…
Un número increíble de carámbanos se precipitó hacia abajo, llenando su visión, aparentemente borrando el cielo nocturno. Un soplo surgió, teñido de blanco; en un abrir y cerrar de ojos, un frío que amenazaba con helar el mundo entero se extendió por todo el bosque.
Las figuras vestidas de negro que seguían de rodillas y Petelgeuse, con una sonrisa enloquecida, sobre él, se quedaron sin palabras.
—¿Qué le están haciendo a mi hija, desgraciados…?
… El Apocalipsis Bestia de la Escarcha Eterna tiñó el mundo de blanco.
Para Subaru, era el ser que le traería la muerte al final de su décima vez, el décimo mundo.
6
Desde que fue invocado a este mundo, Subaru había experimentado la muerte una y otra vez.
En circunstancias normales, era una prueba a la que nadie se enfrentaba más de una vez en la vida. Esa regla de sentido común había sido violada, y Subaru, que ya había tenido diez oportunidades de enfrentarse a la muerte, sabía tanto sobre ella como cualquiera. Y habiéndola conocido tan bien, Subaru había llegado a ser capaz de sentir cómo se acercaba.
Sus refinados sentidos le dijeron alto y claro que la muerte iba hacia él.
—Seguro que les gusta hacer lo que les da la gana.
La voz, de un frío penetrante y una fuerza opresiva, procedía del velo helado del cielo. Las palabras procedían de un pequeño gato de color ratón, cuyas emociones eran tan gélidas como la horda de carámbanos con puntas afiladas que lo acompañaban en su camino hacia el suelo. Era tan pequeño que cabía en la palma de la mano, con una cola tan larga como alto era. Su nariz era rosada y los ojos redondos. Tenía los brazos cruzados, casi humanos, y una expresión de profundo odio.
Petelgeuse y los demás miembros del Culto de la Bruja guardaron silencio ante el ser sobrenatural que hablaba el lenguaje de los hombres. Y Subaru, que estaba con ellos, sintió que se le cerraba la garganta de asombro por una razón diferente. Nunca antes había visto a aquel ser, a aquel espíritu, temblar de ira de aquella manera.
Como presente en aquel lugar, sintiendo el desbordamiento de su ira, supo que la muerte había llegado al mundo.
—… Puck.
Bajo la niebla blanca que rodeaba al espíritu flotante —Puck—, el bosque de los alrededores emitió un sonido parecido a un crujido al transformarse. Los árboles se volvieron blancos, como si les hubieran chupado el verde; su prana absorbido, hojas, ramas y troncos se congelaron, muertos al caer.
La propia tierra mostró efectos idénticos. Primero, las flores murieron, luego el frío se deslizó por el suelo y, finalmente, alcanzó a Subaru, también en la tierra, apuñalándole por todo el cuerpo con un dolor ardiente. Sintió que el letargo surgía gradualmente de las profundidades de su cuerpo, haciendo que su respiración se entrecortara mientras su mente comenzaba a desvanecerse.
Mucho antes, Subaru había experimentado el ser despojado a la fuerza de su prana a manos de Beatrice. El enfurecido Puck estaba empleando ese poder a escala global, convirtiendo el poder del mundo en el suyo propio.
Al lado de Subaru, conteniendo un gemido, Petelgeuse retrocedió un paso con abundante sudor en la frente, y el Culto de la Bruja arrodillado jadeaba en busca de oxígeno a través de sus bocas abiertas, casi como peces.
—El Culto de la Bruja… no importa cuánto tiempo pase, nunca cambian, ¿verdad? En cada época, son ustedes los que me traen las cosas más tristes de todas.
Puck hablaba como si estuviera tratando con insectos nocivos mientras dirigía sus ojos a un único punto del bosque. Subaru, siguiendo su mirada, vio que quedaba un único espacio que el poder de Puck no estaba afectando. Sólo el cadáver de la chica estaba protegido del fin del mundo.
—Ahh, mi pobre Lia… Moriste sin entender nada. —Tras contemplar con nostalgia a Emilia, Puck volvió los ojos hacia los que aún vivían—. Privar a mi hija de su vida es un grave crimen. No crean que alguno de ustedes escapará con vida.
—¡¿Cómo se atreve un simple espíritu…?! ¡¿Cómo, cómo, cómo, cómo te atreves a hablar?! ¡Una mediodemonio que fracasa en una ordalía no es más que una sucia farsante! ¡La culpa es tuya por tu pereza e incapacidad para proteger a esa tonta! ¡Ahh! ¡Ahhh! ¡Ahhhhh! ¡¡Mi cerebro se estremece!!
Petelgeuse respondió a las amenazas de Puck levantando ambas manos al cielo, montado en cólera. Los ojos inyectados en sangre del loco se desenfocaron cuando la sed de sangre de Petelgeuse estalló en un géiser de espuma.
—¡Todo lo que sucederá, todo lo que debe suceder, el curso correcto de la historia está registrado en mi Evangelio! ¡La Bruja me ama, y debo pagarle con diligencia! ¡Mientras que tú, espíritu humilde, te revuelcas en la ociosidad!
Amor, ¿verdad? Para Petelgeuse, los actos de adoración hacia la Bruja no eran otra cosa que retribuirle su amor. Para el loco, las acciones que demostraban su adoración por la Bruja tenían prioridad absoluta sobre todo lo demás. La Bruja era suprema y la Bruja era la más grande. Además, nada ni nadie podía desafiar su amor por la Bruja.
—¡Muerte a los mediodemonios! ¡Y tú también debes pagar por tu ociosidad! ¡El favor de la bruja es la verdad que hace latir mi corazón! ¡Todos deben ser sacrificados por ella!
Petelgeuse agitó los brazos, despotricando y dando fuertes pisotones.
Puck contempló la locura de Petelgeuse con ojos fríos hasta la médula. No contenían ni piedad ni ira, sólo una lúcida visión de la escasa valía del objeto que tenían delante.
Las voluntades absolutamente incompatibles de Puck y Petelgeuse chocaron, alimentando su sed de sangre de forma mutua.
—¡Mis dedos! Este tonto debe pagar por su…
—Muere.
Los carámbanos descendieron sobre los seguidores del Culto de la Bruja, ensartándolos e inmovilizándolos. Los cuerpos y las extremidades de los cultistas quedaron empalados contra el suelo, atravesados como bichos para su estudio.
El aire crujió y la carne de los adoradores del Culto de la Bruja muertos se congeló, convirtiendo la zona rocosa en una exposición de esculturas de hielo.
—…
Al instante, sin previo aviso, Puck había acabado con casi veinte vidas. Durante ese tiempo, su mirada no vaciló en absoluto; tampoco la de Petelgeuse. Sin inmutarse por la pérdida de los seguidores que obedecían sus órdenes, que ahora eran literalmente peones sacrificados, aprovechó que Puck había desviado temporalmente su atención de él.
—… Mi cerebro… se… estremece.
Sus labios se torcieron de forma sombría y, un instante después, la sombra de Petelgeuse explotó. Al mismo tiempo, el cuerpo de Subaru se hizo a un lado mientras un total de siete brazos se abalanzaban sobre Puck, flotando en el cielo.
Con el poder de Puck, enfrentarse a las manos malignas que avanzaban con suavidad era un juego de niños. Pero Puck no reaccionó ante el avance de las manos, porque no las vio.
—¡Puck…!
Cuando Subaru intentó alzar la voz para advertir del peligro, la voz y los ojos que Puck dirigió hacia él le helaron la sangre.
—Cállate, Subaru. Me encargaré de ti en… ¿Ngh?
Pero antes de que el espíritu terminara de hablar, las manos negras atraparon su pequeño cuerpo, que desapareció de la vista de Subaru.
—Ahh…
El cuerpo de Puck era tan pequeño que la mano de un adulto normal era más que suficiente para ocultarlo a la vista. Era imposible que alguien pudiera verlo a través de siete manos. Y cada una de esas manos negras era tan abrumadoramente poderosa que podía desgarrar un cuerpo humano con facilidad.
—¡Descuido! ¡Negligencia! En otras palabras, ¡Pereza! ¡Deberías haberme eliminado al instante! ¡Poseías tal poder, pero descuidaste su uso apropiado! ¡Y este es el resultado! ¡Este! ¡Este! ¡¡¡Esteeeeeeee!!!
Las Manos Invisibles que sólo Subaru podía detectar envolvieron el cuerpo de Puck y lo aplastaron. Ante Petelgeuse, que bailaba con loco deleite, el Gran Espíritu fue cruelmente borrado…
—No me hagas reír.
Al momento siguiente, Subaru vio cómo los miembros negros convergentes saltaban por los aires.
—¿Eso es todo? Eres cuatrocientos años demasiado joven para invocar a la Bruja. Si realmente quieres matarme…
Los árboles helados, incapaces de soportar su propio peso, se hicieron añicos con un movimiento de su cola.
Los cadáveres de los seguidores del Culto de la Bruja que se habían convertido en esculturas de hielo se hicieron añicos. Las patas delanteras responsables de esto convirtieron el suelo bajo ellas en una zona de muerte absoluta. Su aliento más suave rivalizaba con una ventisca furiosa, y dentro de esa niebla blanca, sus ojos eran como deslumbrantes y brillantes ojos dorados que se alzaban sin piedad sobre un mundo de muerte.
—Entonces estira la mitad de las Mil Sombras de Satella, hacia mí.
Era una bestia felina de cuatro patas y pelaje gris, de tal tamaño que sobresalía por encima del bosque.
Fue la Bestia del Fin la que destruyó la mansión y trajo la muerte a Subaru en un mundo anterior.
… Fue, en efecto, una gran manifestación del Fin.
—…
La intensidad del frío subió otro nivel, y le dolía incluso mantener los ojos abiertos para ver cómo el mundo se volvía blanco. Subaru soportó el dolor mientras miraba a la bestia, boquiabierto.
—¿Qué…?
Una voz temblorosa resonó desde un pequeño rincón de aquel mundo de frío supremo.
—¡¿Qué es lo que me estás diciendo que traiga?!
Esta vez, el grito de Petelgeuse provocó un corte vertical en sus labios resecos, de los que brotó un rastro de sangre, pero en un abrir y cerrar de ojos, ésta también se congeló, poniendo fin a la hemorragia y al dolor.
Subaru temía que cerrar los ojos en medio del frío que soplaba significara que nunca volvería a abrirlos. Asimiló el último grito de Petelgeuse y volvió a mirar a la bestia.
—Puck, ¿eres tú…?
—Supongo que sería un poco mezquino decir: «¿No es obvio?».
La boca titánica de la bestia gris se movió en respuesta a la pregunta entrecortada de Subaru. Cada palabra llegaba con un vendaval, pero fue el sarcasmo de la enorme bestia lo que confirmó las sospechas de Subaru.
Con esa respuesta, Subaru llegó a aceptar el hecho de que, en el mundo anterior, y el mundo antes de aquel, Subaru había muerto al final porque…
Mientras Subaru se veía obligado a guardar silencio, Petelgeuse miró a Puck y murmuró:
—Im… posible…
El loco se llevó la mano intacta a la boca, aplastándose los dedos uno a uno, y rezumaron sangre. Era como si ese dolor fuera lo que ataba su locura perpetua al mundo.
—¡Esto es imposible; no puede ser! ¡Un mero espíritu! ¡Un humilde espíritu! ¡No puede poseer tal poder! ¡Si fuera posible, yo…!
—… Echidna.
—…
Los movimientos de Petelgeuse se detuvieron mientras la espuma sanguinolenta goteaba de la comisura de sus labios, con los ojos muy abiertos.
Puck había susurrado una palabra que había interrumpido la negación de Petelgeuse. El color de la cara de Petelgeuse había cambiado en el instante en que oyó lo que aparentemente era un nombre.
—Como hombre del Culto, entiendes lo que significa ese nombre, ¿no?
—¡Asqueroso…!
La reacción de Petelgeuse fue dramática. Junto con el sonido de algo duro, la sangre brotó de su boca. Procedía de sus muelas. Estaba tan enfadado que se había mordido los dientes con tanta fuerza que se los había roto.
—¡Es repugnante incluso pronunciar ese nombre! Ahh, ¡pobre tonto perezoso, ignorante del miedo! ¡Te atreves a pronunciar el nombre de una bruja caída, una bruja que no es Satella, ante mí…!
Los ojos de Petelgeuse habían pasado de estar inyectados en sangre a teñirse de escarlata; tal vez las arterias se habían reventado. De sus comisuras brotaban lágrimas de sangre. El loco giró las yemas de sus dedos mordidos y desgarrados hacia Puck.
—¡Mi fe! ¡Mi amor! ¡Eso es nada menos que un insulto a todo lo que le ofrezco a Ella!
—… Un humano que vive meras décadas no tiene nada que hacer discutiendo el tiempo con un espíritu.
Así, Petelgeuse dejó de retorcerse. No, no lo había hecho de forma consciente. Se había congelado de los pies para arriba, y eso le había hecho detenerse.
Mientras Subaru yacía de lado, con la visión borrosa y blanca, vio a su enemigo mortal al borde de la muerte.
Petelgeuse también sabía que su congelación significaba que su muerte no tardaría en llegar. Sin embargo, hasta el final, su locura no se dirigió hacia su propia muerte inminente, sino hacia Puck, que se alzaba ante él.
—¡La profundidad de la fe no tiene nada que ver con el tiempo! Eres una bestia perezosa, nacida con tiempo eterno, pero que lo agota casi todo en la ociosidad. ¡No me compares con un tonto como tú! ¡Ahh! ¡Ahh, ahh! ¡Mi cerebro se estremece, se estremeceeeeeeeeeeeeee!
Incluso sabiendo que su propio fin estaba cerca, la locura de Petelgeuse nunca vaciló. Para Subaru, que no conocía fenómeno más absoluto o aterrador que la muerte, el comportamiento de Petelgeuse era verdaderamente desviado.
Verle profesar su fe en el momento previo a su fallecimiento fue la prueba de que era un ser corrupto hasta la médula.
—La muerte no es castigo suficiente para ti, por eso odio a los de tu clase.
—¡La prueba se cumplió! No importa lo que le ocurra a este asqueroso cuerpo, mientras mis sentimientos lleguen a la Bruja que venero, Ella me concederá su favor… ¡Ahh, será tan bueno volver a verla!
Extendiendo ambas manos hacia el cielo, Petelgeuse soltó una carcajada.
La nieve soplaba con mayor intensidad, tiñendo de blanco su enjuto cuerpo. Subaru no estaba seguro de si primero fue su voz o sus movimientos los que se ralentizaron con suavidad.
Pero ni siquiera entonces cesó la risa de Petelgeuse.
Fue uno con su boyante locura hasta que finalmente cesó su risa y, con ella, su vida.
—… Lo dejaste mientras ibas por delante, ¿no?
La bestia gris murmuró mientras bajaba su pata delantera, haciendo polvo la escultura de hielo de Petelgeuse.
Incluso cuando Subaru vio expirar la vida del loco, sus fragmentos destrozados llevados por el viento, no se agitó en su interior ninguna emoción fuerte. Había odiado tanto a ese hombre; había deseado tanto matarlo. Petelgeuse fue donde todo había empezado; Subaru había creído que matándolo todo saldría bien.
Pero, ¿en verdad fue ése el resultado?
Aunque había presenciado la muerte de su odiado enemigo, Subaru sólo sentía un vacío en su interior. La derrota de Petelgeuse significaba eliminar la amenaza que suponía el Culto de la Bruja. Pero Rem, que debería haber estado allí compartiendo su alegría, había sido borrada del mundo; Emilia, que debería haber estado esperándole en silencio para traerle buenas noticias a su regreso, había muerto a manos del propio Subaru.
El peso acumulado de las muertes de ambos había hecho que Subaru deseara su propia muerte, pero al final ni siquiera pudo conseguirlo, y un vengador diferente se había cobrado su venganza…
A Subaru no le quedaba nada. Lo había hecho todo de nuevo y, como resultado, no había conseguido nada.
—… Ahora bien.
Subaru sintió que su propia impotencia le golpeaba mientras la bestia le miraba en silencio. Volvió a recordar que la bestia gigante era Puck; la enormidad de esa verdad hizo que su cuerpo se estremeciera. Recordó cómo, anteriormente, había observado con indiferente perplejidad cómo los Caballeros y el Consejo de Ancianos del palacio real habían actuado tan aterrorizados de luchar contra Puck cuando escucharon su alias.
—Hablemos, ¿quieres?
… Ahora, era dolorosamente consciente de lo que habían sentido entonces.
El frío le impedía pensar. El dolor que le desgarraba todo el cuerpo ya había desaparecido. Subaru oyó los suaves pasos de su propia muerte acercándose. Y justo cuando su cuerpo se aflojó por la dulce premonición de que el final estaba cerca…
—Oh, esto no servirá. Te estás desangrando demasiado, voy a ponerle fin a eso.
—… ¡¡Dwah!!
Sintió como si lo asaran vivo, despertando sus sentidos desvanecidos.
Con un dolor despiadado bloqueándole la garganta, Subaru vio que cada herida de su cuerpo se estaba congelando de forma audible. El vapor blanco se elevaba a medida que el hielo afilado conectaba, cosía y ataba sus heridas, incluso las del interior de su cuerpo.
Mediante este acto de tratamiento, abandonando toda consideración por el cuerpo humano, la carne de Subaru se curó de forma violenta. Los vasos sanguíneos estallaron dentro de sus ojos, tiñendo su visión de escarlata.
Era más que un ay, ay, ay. El infierno que había estallado dentro de su cuerpo trascendía incluso el dolor.
—Subaru, cometiste tres pecados.
Subaru se tambaleó, aullando con un grito sin voz. La bestia gigante siguió hablando como si nada hubiera pasado. Aunque su tamaño se había vuelto enorme, su boca estaba recubierta de interminables colmillos afilados, y el tono de su voz había cambiado, la cadencia era tan suave como siempre.
Eso le aterrorizó aún más.
—Primero, rompiste tu promesa con Lia. Parece que realmente no entiendes el peso que tiene para un mago espiritual una promesa hecha entre dos personas. Supongo que en verdad no sabes cuánto daño le hiciste a Lia al romper esa promesa de forma precipitada.
Su mente rechazaba comprender lo que Puck decía. No, su mente estaba dominada por el dolor. Sus órganos internos estaban congelados y sus huesos rotos estaban unidos entre sí por el hielo que perforaba la carne obstruida. El hielo carmesí que cubría sus heridas abiertas había sido arrancado y las zonas afectadas se habían congelado hasta la médula, deteniendo forzosamente la hemorragia. La congelación se había extendido. El dolor se había extendido. La muerte se extendía.
Duele, duele… dueledueledueledueledueledueledueledueleduele.
—Segundo, ignoraste los deseos de Lia y volviste. ¿Acaso sabes lo mucho que eso la arrinconó y la hizo sufrir, cuando ella no quería volver a verte? No sólo rompiste tu promesa, sino que pisoteaste el corazón de Lia a tu antojo.
Con Subaru en el suelo blanco, las extremidades abiertas, Puck acercó su cara y sopló con su aliento helado. Las lágrimas de Subaru se convirtieron en agujas que se clavaban en sus ojos. Su cerebro se convulsionó por la intensa agonía.
—Y tercero, dejaste morir a Lia.
Era como si le hubieran limado el alma. El dolor extremo hizo que Subaru olvidara cómo respirar. En medio de esa agonía, como tener cada nervio de su cuerpo sumergido en magma, Subaru maldijo su propia superficialidad.
Había pensado que el dolor era algo menor que la muerte. Estaba equivocado. Se equivocaba en todo. «Dolor», «Muerte», «Miedo»… todos ellos destrozaron el corazón del enclenque Natsuki Subaru por igual.
El alma de Natsuki Subaru había sido arrinconada sin tener adónde huir.
Cuando la lenta mente de Subaru empezó a apreciar aquella aterradora verdad, Puck le dijo:
—De acuerdo con el pacto, ahora destruiré el mundo. —Los ojos de Puck habían contenido la ira. Sólo en ese momento empezó a aflorar una nueva emoción—. Enterraré todo bajo hielo y nieve, como mi regalo de despedida a Lia.
—… Eso no…
—No tiene nada que ver con hacerla feliz o no. No importa cuál sea el pacto, no romperé lo acordado. —Los ojos de Puck se entrecerraron al responder a la voz incoherente de Subaru—. Pero ese acto terminará sin cumplirse, imagino. Incluso si extiendo este mundo de hielo para cubrir todas las tierras, como el bosque donde Lia y yo morábamos… el Santo de la Espada se enfrentará a mí. Esa es una batalla que no ganaré.
Puck pareció lamentar la disparidad de fuerzas cuando sacó a relucir el otro nombre de cierto héroe pelirrojo.
Subaru no podía creer que estuviera escuchando esas palabras.
Puck, blandiendo un poder tan abrumador, había declarado sin rodeos que no tenía ninguna posibilidad de derrotar al Santo de la Espada.
Y si Puck sabía que sería abatido en el proceso, ¿por qué se sacrificaría en semejante batalla?
—¿Por qué…?
—… Lia era toda la razón de mi existencia.
Puck respondió a la pregunta de Subaru.
El viento se hizo aún más frío, apuñalando la carne de Subaru, llenándole los ojos, helándole la sangre… El final estaba cerca.
—No tiene sentido para mí permanecer en un mundo sin ella. Ahora que la perdí, no permitiré que el mundo siga adelante. Para mí, todo terminó cuando esa chica murió. —Cuando Puck terminó de hablar, la intensidad del viento aumentó de repente—. ¿Cuánto tardará una persona en morir si es congelada lenta y gradualmente desde la punta de sus extremidades hacia arriba? ¿Alguna vez te lo has preguntado, Subaru?
—…
—Tomaré eso como un sí. Quiero que aprendas la respuesta.
Lenta, lentamente, el escalofrío consumía cada vez más su carne.
Sus heridas y órganos internos ya estaban congelados, por lo que quedaron exentos mientras el resto de la carne de Subaru expiraba desde la punta de los dedos hacia arriba.
Si el dolor pudiera volver loca a una persona, su cordura se habría hecho añicos mucho antes.
Quería que su mente fuera destrozada, hecha pedazos, esparcida en todas direcciones. Porque si no…
—… La niebla se acerca. Parece que atrajiste algo bastante desagradable.
No podía oír. Alguien decía algo, pero él no podía oír.
—La Gula… Ahh, hoy en día la llaman la Ballena Blanca, ¿no? Dejando morir a Lia, perdiendo tu propia vida… En verdad eres incorregible, ¿lo sabías?
No podía oír. No podía oír. Pero, aunque no debería haberlo oído, oyó la voz.
Oyó risas de alguna parte. Una voz burlona.
Un cacareo incesante.
Conocía esa risa. La voz del hombre que odiaba hasta la muerte.
¿De dónde viene? Con el final cerca, su conciencia buscó una respuesta a esa pregunta.
Entonces se dio cuenta.
El cacareo incesante provenía de su propia garganta.
El éxtasis empezó a dominar su cerebro, ahogando su dolor.
Dio sus primeros pasos en un mundo de locura que se extendía. La manera en que deformaba todo a su alrededor le hacía sentir… bien.
Las risas no paraban.
Su propia risa se burlaba de él, el que había dejado morir a Rem, el que había matado a Emilia y el que se estaba muriendo como un perro.
Ah, sí. Él era verdaderamente… cómo decirlo…
—… Subaru, eres perezoso.
Con un sonido agudo, se desmayó.
Probablemente no sólo le habían cortado la conciencia y la vida.
… Fue algo más, algo que apenas le había estado manteniendo unido, lo que de forma audible se deshizo en ese momento.
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